
Bueno, por fin una a la que no le pude poner ni un sólo “pero”. Esto, amigo viñetófilo, es Historieta Perfecta en su estado más puro. Es un 10, lo va a ser siempre, acá, en Europa, en EEUU, en cualquier lugar del universo donde se publique. Posta, no hay muchas historietas de esta calidad.
La primera historia es la más flojita. Y ya a partir de la segunda, la serie despega en un montón de direcciones distintas. Por un lado, aparece un conflicto central, que atraviesa la obra de punta a punta y que se ve reflejado en todos los episodios: Arenas, el Hipnotizador, no puede dormir hace años. Y por otro lado, empieza a aparecer el realismo mágico, que es una constante en la obra literaria de Pablo De Santis: un coleccionista de días felices abre el juego y luego vendrán otros conceptos dignos de Ben Katchor, como la casa de los sueños verdaderos. Ambos elementos contribuyen a definir el clima de la serie, que podría haber sido bizarro y estridente, pero es melancólico, introspectivo e imbuído de enorme sensibilidad, aún cuando el protagonista es un tipo inexpresivo, que no exterioriza sus emociones.
Tal vez lo mejor que tiene El Hipnotizador sea el formato. De Santis se las ingenia para que esta trama central avance en todos los episodios hasta llegar al clivaje final, pero a la vez cada uno de estos episodios cuenta una historia. En seis u ocho páginas, hay un relato que se abre, se desarrolla y se cierra con categoría, que deja contento al que leyó únicamente ese episodio (cosa que a veces sucede cuando las historietas aparecen en publicaciones periódicas) y a la vez le sube el cebamiento a niveles cósmicos al que se enganchó desde el principio y sigue la serie capítulo a capítulo. Eso, que debería ser la regla, casi siempre es la excepción. Pero De Santis lo logra con una solvencia monumental, como si realmente fuera muy fácil.
El truco funciona por muchos motivos, pero uno de los más atractivos son los personajes secundarios, Salinero y Anita, e incluso el villano, al que conocemos en el episodio del “origen”, pero al que recién vemos cara a cara (Y qué cara! Nada menos que la de Domingo Cavallo!) con Arenas en el episodio final. Las relaciones entre estos personajes y el protagonista están perfectamente orquestadas y cada uno interviene en los momentos justos para hacer aportes grandes o pequeños, según los requerimientos de cada una de las tramas “menores”, que son las que se resuelven en los distintos capítulos. Y por supuesto, el propio Arenas tiene un trasfondo y una impronta absolutamente hipnóticas (cuac!) y se nota que está recontra-trabajado por los autores para convertirse en un personaje memorable.
Todavía no nombré al dibujante, lo cual me hace merecedor de ignominiosos tormentos: esta es LA obra de Juan Sáenz Valiente, un dibujante que en poco tiempo pasó de joven promesa a referente ineludible. Entre su otra obra conocida (Sarna) y El Hipnotizador, Sáenz Valiente pega un salto abismal, y si en Sarna era buenísimo, acá ya es obscenamente genial. Sáenz Valiente no hace gala de su virtuosismo, no cancherea con lo bien que dibuja, y sin embargo no podés parar de maravillarte con sus dibujos, cuadro a cuadro, de punta a punta del libro. La narrativa está perfecta, las expresiones faciales, la arquitectura medio torcida (otra oportunidad para mencionar a Katchor), ese clima melanco, de edificios y gente que vio mejores épocas hace ya muchos años, los detalles increíbles en la ropa, en los muebles, la paleta de colores apagada, como gastada… No alcanzarían seis reseñas para mencionar la cantidad de recursos gráficos y narrativos a los que apela Sáenz Valiente para que esta historieta brille tanto en su faceta visual como en su asombroso y originalísimo guión.
No hay palabras para recomendar lo suficiente El Hipnotizador. Si lo habías descubierto en Fierro, seguro ya te tiraste de cabeza. Si no, cazá el libro, miralo fijo, concentrate y vas a sentir un trance extraño y hermoso. Cerrá los ojos, pagá lo que te pidan, llevate el libro y hacé fuerza para romper el influjo. Posta, se complica. Este es un sueño del que nadie en su sano juicio querría despertar.