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viernes, 17 de mayo de 2024
VIERNES TRANQUI
En el 2008, en uno de sus infrecuentes regresos al mundo de la historieta, el maestro Serge Clerc se despachó con una novela gráfica de más de 220 páginas titulada "Le Journal" (la revista), en la que cuenta desde una óptica muy personal la historia de la revista Métal Hurlant.
Le Journal es una obra rarísima. Primero porque es mezcla de documental y autobiografía: Clerc cuenta la historia de Métal Hurlant (centrada sobre todo en la figura de Jean-Pierre Dionnet, el director de la etapa original de la revista) pero a la vez cuenta su historia personal: su llegada a París desde su pueblo natal, su crecimiento, las cosas que descubrió (sexo, drogas, rockanroll, cine, comics, literatura, viajes, escabio...), su propia evolución como artista, los vínculos que entabló con editores, autores, comerciantes y fans... O sea que es la historia de Métal Hurlant, pero también la del propio autor. Y segundo por la forma de narrar que elige Clerc: No solo es raro verlo trabajar en blanco y negro. También es loquísima la forma en la que Clerc integra a las viñetas (a veces dentro de los globos de diálogo o de pensamiento, a veces simplemente en los fondos) todo tipo de piezas gráficas, que reproducen u homenajean a portadas de comics (yankis y franceses), portadas de revistas de otros tipos, de antologías con relatos pulp, de obras literarias, portadas de discos, afiches de recitales de bandas, afiches de películas, afiches publicitarios de cualquier cosa, folletos turísticos... Varias veces por página, Le Journal te bombardea con referencias visuales a otras cosas, muchas veces con una leve conexión con lo que le está sucediendo a los personajes en la trama, otras conectadas a lo que se estaba publicando en ese momento en la Métal Hurlant, y otras veces totalmente desconectadas, en una especie de representación metafórica de algo que no se termina de entender.
El resultado es una obra que avanza a un ritmo vertiginoso, narrada de manera muy confusa. Todas estas recreaciones que hace Clerc de las portadas y demás piezas gráficas son alucinantes en términos de dibujo, pero terminan por marear al lector que trata de seguir la historia de Jean-Pierre, Serge y otros personajes destacados como Phil Manoeuvre y el mítico Yves Chaland. Seguramente el mejor tramo de la obra es el que indaga en la amistad entre Clerc y Chaland, un vínculo instantáneo y férreo, forjado en la pasión por los comics franco-belgas. Un homenaje conmovedor al genio que nos dejara en 1989 con sólo 33 años. En el aspecto más "documental" de la obra, Clerc nos muestra a Dionnet como un personaje abrumado por los kilombos, que en vez de confrontarlos escapa para adelante... donde genera nuevos kilombos. Por momentos parece ser retratado como "el héroe" de la novela, pero (aunque en el prólogo, que está a su cargo, se suba al carro de los héroes) las agachadas, los dobleces y los matices son tantos que nunca llega a ese nivel.
La verdad que no sé si Le Journal es la mejor forma de enterarse cómo se desarrolló la historia de Les Humanoides Associés y su famosa revista. Sí la valoro (y mucho) como vehículo para disfrutar a pleno del infinito talento como dibujante de Serge Clerc, de su línea elegante, sus composiciones impactantes, su manejo del claroscuro, del lenguaje corporal de los personajes, y de la mímesis para adaptar a su estilo todo tipo de materiales gráficos de distintas épocas, distintos países y distintos géneros. Una pena (y a la vez, bastante entendible) que esto exista sólo en francés.
Tarde pero seguro, empecé a leer un manga del que tengo varios tomos comprados, ahí en la pila de los pendientes: Dead Dead Demon´s Dededede Destruction (de ahora en más, DDDDD), una obra de Inio Asano que combina slice of life de chicas de escuela secundaria con elementos de ciencia ficcion y cosas que tienen que ver (o no) con el absurdo, el nonsense. Casi nada en este primer tomo tiene mucho sentido: son casi 200 páginas donde no hay mucho más que una presentación (muy lograda) de los personajes y otra (bastante ambigua) de la situación peculiar en la que viven. ¿Qué hace ahí esa gigantesca nave interestelar? ¿Por qué sus ocupantes (en caso de tenerlos) no se comunican con los terrícolas cuyo espacio aéreo invadieron? ¿Posta viene de otro planeta, o hay una conspiración político-militar con una potencia extranjera? Obviamente a Asano no le interesa revelarnos estos misterios tan temprano, ya que tiene 11 tomos más por delante.
Mucho me temo que para llegar al punto en que se aclare todo el tema de la nave (si es que tal cosa sucede alguna vez) habrá que fumarse infinitas páginas de las boludeces que hacen y dicen las protagonistas. Kadode, Ouran y sus amigas están en plena edad del pavo y Asano no lo oculta en lo más mínimo. Por ahí entre la sarta de idioteces que las vemos hacer y decir, alguna conecta con el misterio de la nave nodriza. O no, la verdad que leí un artículo muy bueno de Matías Mir al respecto, pero no me acuerdo cuánto de esto explicaba... y no lo quiero releer para que el manga me resulte más intrigante y las revelaciones me sorprendan.
Eso, claro está, si me aguanto más tomos en los que la trama no avanza. Tengo comprados tres más, y la verdad que si el argumento no encuentra una dirección que me convenza para el Vol.4, difícilmente compre los ocho restantes. Por ahora (y acá no descubro la pólvora ni el dulce de leche) el principal atractivo de DDDDD es el descomunal trabajo de Asano y sus asistentes en la faz gráfica, donde se disocian más que en otras obras del ídolo los personajes (dibujados de modo sintético, caricaturesco, como si fuera un manga humorístico) y los fondos, donde hay un trabajo inverosímil, por supuesto hecho en base a fotografías. Hay buenos climas, algunos diálogos divertidos, un misterio bastante original, pero el dibujo lo eclipsa todo, como la nave que le tapa el sol a los habitantes de la ciudad.
Tengo varias series de manga empezadas, con tomos en la pila de los pendientes, y varias obras autoconclusivas. Pero las voy a postergar un cachito para leer en las próximas semanas los tomos 2 al 4 de DDDDD y decidir si la sigo o la cuelgo. Ah, me olvidaba: excelente la traducción de Manuel Mercado.
Ni bien tenga leídos un par de libros más, nos reencontramos con nuevas reseñas acá en el blog.
jueves, 19 de enero de 2017
UNA LARGA Y DOS CORTAS
¿Qué hacés, Batman, tanto tiempo…? Volví a leer algo de Batman, en este caso un TPB que reúne tres arcos argumentales originalmente aparecidos en la revista Legends of the Dark Knight, uno del ´95, uno del ´96 y uno del ´97.
Para respetar el orden en el que salieron en la revista, el TPB arranca con Werewolf, un arco escrito por James Robinson, sumamente estirado. Son 75 páginas dedicadas a una trama que se podría haber desarrollado tranquilamente en 48 y que ni siquiera es muy interesante. Por ahí hay climas logrados, algún diálogo, pero en general está MUY por debajo de Blades, aquella memorable participación de Robinson en LOTDK. El dibujo es de John Watkiss, artista al que uno habitualmente asocia con el aburrimiento, y los más flojitos de estómago, a la náusea. Acá se nota la intención de Watkiss de dibujar y narrar bien, pero no lo logra. Intuyo que el dibujo se vería mejor en blanco y negro, pero no lo puedo afirmar categóricamente.
El segundo arco tiene un equipazo: guión de Warren Ellis, dibujos de John McCrea. Pero es de 1996, acá Ellis todavía no había explotado ni en StormWatch ni en Transmetropolitan y la saguita, si bien tiene un par de ideas buenas, no entra ni en pedo a un Top Ten de obras del inglés, ni de arcos de LOTDK. Lo mejor es el final, las últimas tres páginas, donde Ellis pone arriba de la mesa el dilema ético que subyace en toda la historia. El dibujo de McCrea es adusto, intenso y está siempre agazapado, a la espera del momento justo para impactar.
Y el tercer y último arco está a cargo de una dupla que ya jugaba de memoria: Alan Grant y Quique Alcatena, creo que en su primera visita conjunta a Gotham. El guión de la Bruja no es gran cosa: lo salvan algunos diálogos exquisitos de Alfred (¿quién si no?) y el buen aprovechamiento del hecho de que esta aventura transcurre durante el primer mes de Bruce Wayne como Batman, cuando todavía estaba muy verde. El resto, muy de manual, muy predecible. El dibujo de Alcatena, glorioso como siempre, con el atractivo extra de verlo dibujar lo que rara vez dibuja en sus historietas de corte más fantástico: callejones, tugurios, cloacas y una versión todavía muy primitiva de la Batcave. Todo esto con un ritmo y una puesta en página que no tienen nada que ver con los de sus trabajos para Italia. Como era de esperar, la magia de Quique le levanta el puntaje general al libro, que dentro de todo, aprueba dignamente.
Me voy a Inglaterra, donde en 1989 a algún transtornado se le ocurre editar como un álbum de tapa dura, a todo culo y en formato pequeño (24.5 x 16.5) dos historietas muy cortas del maestro francés Serge Clerc. Sam Bronx and the Robots y Murder in Megaville son relatos breves, en el mismo mundo y con los mismos personajes, y tuve que buscar páginas de las historietas en francés para convencerme de que Clerc las dibujó así, de a dos viñetas por página, porque pareciera un remontaje bizarro de una historieta planteada de modo más tradicional. Pero no, la bizarreada se la mandó Clerc, que decidió narrar historias en 32 y 18 viñetas, respectivamente, en las que la puesta en página está supeditada a la elección del formato (una viñeta arriba y otra abajo) y donde el dibujo se luce muchísimo. Pasan muy poquitas cosas, el desarrollo argumental es mínimo… pero ves esa línea, esos trazos, esas masas de negro, esas tramas mecánicas, esos fondos, esas líneas cinéticas… y nada te importa una chota. Es Clerc dibujando con todas las pilas y eso recontra-alcanza y recontra-sobra.
Y termino con la edición argentina de Del Otro Lado, del español Linhart, alq ue alguna vez nos cruzamos en alguna antología. Los tres episodios de Del Otro Lado son formidables: es una serie que narra las no-aventuras de Pablo Picasso, John Lennon, Albert Einstein, Lenin y Elvis Presley en una especie de limbo, un purgatorio extraño y sombrío. Linhart no sólo descolla en la gráfica, sino que tira muchísimas ideas y reflexiones geniales. Pero la serie llegó sólo hasta el tercer episodio (lejos el mejor) y el resto del tomo se completa con historias cortas, sin personajes recurrentes. Acá hay climas que remiten a Franz Kafka (también homenajes explícitos), conceptos dignos de Sigmund Freud y algunos achacos medio alevosos a Charles Burns. El nivel de los guiones, en estas historias autocionclusivas es muy desparejo. Algunas, de hecho, parecen estar hechas sin guión, así, al voleo. Pero bueno, de última siempre garpa el dibujo, que es inquietante, sugestivo y se apoya en una destreza técnica poco frecuente.
No me queda un choto sin leer, así que vuelvo cuando se me acumulen algunas lecturas. Será hasta entonces…
Para respetar el orden en el que salieron en la revista, el TPB arranca con Werewolf, un arco escrito por James Robinson, sumamente estirado. Son 75 páginas dedicadas a una trama que se podría haber desarrollado tranquilamente en 48 y que ni siquiera es muy interesante. Por ahí hay climas logrados, algún diálogo, pero en general está MUY por debajo de Blades, aquella memorable participación de Robinson en LOTDK. El dibujo es de John Watkiss, artista al que uno habitualmente asocia con el aburrimiento, y los más flojitos de estómago, a la náusea. Acá se nota la intención de Watkiss de dibujar y narrar bien, pero no lo logra. Intuyo que el dibujo se vería mejor en blanco y negro, pero no lo puedo afirmar categóricamente.
El segundo arco tiene un equipazo: guión de Warren Ellis, dibujos de John McCrea. Pero es de 1996, acá Ellis todavía no había explotado ni en StormWatch ni en Transmetropolitan y la saguita, si bien tiene un par de ideas buenas, no entra ni en pedo a un Top Ten de obras del inglés, ni de arcos de LOTDK. Lo mejor es el final, las últimas tres páginas, donde Ellis pone arriba de la mesa el dilema ético que subyace en toda la historia. El dibujo de McCrea es adusto, intenso y está siempre agazapado, a la espera del momento justo para impactar.
Y el tercer y último arco está a cargo de una dupla que ya jugaba de memoria: Alan Grant y Quique Alcatena, creo que en su primera visita conjunta a Gotham. El guión de la Bruja no es gran cosa: lo salvan algunos diálogos exquisitos de Alfred (¿quién si no?) y el buen aprovechamiento del hecho de que esta aventura transcurre durante el primer mes de Bruce Wayne como Batman, cuando todavía estaba muy verde. El resto, muy de manual, muy predecible. El dibujo de Alcatena, glorioso como siempre, con el atractivo extra de verlo dibujar lo que rara vez dibuja en sus historietas de corte más fantástico: callejones, tugurios, cloacas y una versión todavía muy primitiva de la Batcave. Todo esto con un ritmo y una puesta en página que no tienen nada que ver con los de sus trabajos para Italia. Como era de esperar, la magia de Quique le levanta el puntaje general al libro, que dentro de todo, aprueba dignamente.
Me voy a Inglaterra, donde en 1989 a algún transtornado se le ocurre editar como un álbum de tapa dura, a todo culo y en formato pequeño (24.5 x 16.5) dos historietas muy cortas del maestro francés Serge Clerc. Sam Bronx and the Robots y Murder in Megaville son relatos breves, en el mismo mundo y con los mismos personajes, y tuve que buscar páginas de las historietas en francés para convencerme de que Clerc las dibujó así, de a dos viñetas por página, porque pareciera un remontaje bizarro de una historieta planteada de modo más tradicional. Pero no, la bizarreada se la mandó Clerc, que decidió narrar historias en 32 y 18 viñetas, respectivamente, en las que la puesta en página está supeditada a la elección del formato (una viñeta arriba y otra abajo) y donde el dibujo se luce muchísimo. Pasan muy poquitas cosas, el desarrollo argumental es mínimo… pero ves esa línea, esos trazos, esas masas de negro, esas tramas mecánicas, esos fondos, esas líneas cinéticas… y nada te importa una chota. Es Clerc dibujando con todas las pilas y eso recontra-alcanza y recontra-sobra.
Y termino con la edición argentina de Del Otro Lado, del español Linhart, alq ue alguna vez nos cruzamos en alguna antología. Los tres episodios de Del Otro Lado son formidables: es una serie que narra las no-aventuras de Pablo Picasso, John Lennon, Albert Einstein, Lenin y Elvis Presley en una especie de limbo, un purgatorio extraño y sombrío. Linhart no sólo descolla en la gráfica, sino que tira muchísimas ideas y reflexiones geniales. Pero la serie llegó sólo hasta el tercer episodio (lejos el mejor) y el resto del tomo se completa con historias cortas, sin personajes recurrentes. Acá hay climas que remiten a Franz Kafka (también homenajes explícitos), conceptos dignos de Sigmund Freud y algunos achacos medio alevosos a Charles Burns. El nivel de los guiones, en estas historias autocionclusivas es muy desparejo. Algunas, de hecho, parecen estar hechas sin guión, así, al voleo. Pero bueno, de última siempre garpa el dibujo, que es inquietante, sugestivo y se apoya en una destreza técnica poco frecuente.
No me queda un choto sin leer, así que vuelvo cuando se me acumulen algunas lecturas. Será hasta entonces…
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viernes, 15 de junio de 2012
15/ 06: LA NOCHE DEL MOCAMBO
Ah, Serge Clerc! Que bruta bestia! Hoy muy poco recordado, Clerc fue uno de los dibujantes emblemáticos de la gloriosa Métal Hurlant y uno de los abanderados de la línea clara post-moderna, también conocida como “estilo atómico”. Pero claro, en 1987, cuando se fue al descenso la revista en la que publicaba desde los 18 años, Clerc prácticamente abandonó la historieta, para dedicarse a sus otras pasiones: la ilustración y el rock. Después, eventualmente, volvió a dibujar historietas, pero nunca volvió a ocupar ese rol protagónico que tuvo en la era de oro de los Humanoides Asociados. A esa era de oro pertenece La Noche del Mocambo, que no es sino un recopilatorio de historias cortas protagonizadas por Phil Perfect y su amigo Sam Bronx. Son historias publicadas originalmente en Métal Hurlant, aunque a Sam Bronx lo creó para un álbum de la editorial Magic Strip y la primera aparición de Phil Perfect fue en una historia corta para la revista Rock & Folk. Hilvanadas por una secuencia creada para esta edición en la que Sam Bronx habla sobre su amigo mientras escabia en una barra, las aventuras de Phil Perfect son apenas un poco más que un ejercicio formal. A Clerc no le interesan demasiado las historias que cuenta. Las encara con displiscencia, como quien sabe narrar de taquito y ya lo hace como para zafar, por costumbre, como una rutina más. Lo que le interesa más al autor –sospecho yo- son los climas, la atmósfera que elige plasmar en sus historias. Hay una sola (probablemente la mejor) en la que Clerc deconstruye el género de las novelas de espías. Se mete a fondo en sus convenciones y las trastoca al poner como protagonista a Perfect, que la va de Guacho Misterio, pero es un pobre borrachín con menos luces que la lancha del contrabandista. Ese contraste garpa muchísimo y hace de Nido de Espías en Alpha-Plage una verdadera joya de apenas 13 páginas.
Perdón… retiro el “apenas”. Nido de Espías… es la historieta más larga del tomo. ¿Qué hace Clerc en las restantes? Se divierte. La consigna es ver cómo Phil y Sam se ponen en pedo, se convencen de que van a romper la noche o ganarse a las minitas que les gustan y terminan siempre envueltos en alguna peripecia menor, cuando no en un bochorno lamentable. La idea del Guacho Winner rebajado a loser patético por los excesos de alcohol y canchereadas (Clerc no te lo muestra, pero es bastante obvio que Sam y Phil le dan duro a la merca) parece ser lo que al autor más le divierte explorar. Por ende, el escaso espesor de las tramas está ampliamente compensado con un excelente trabajo de construcción de personajes, y diálogos rimbombantes y delirantes que explotan cuando Phil y Sam están ya bastante ebrios, o cuando se topan con algún personaje aún más estrambótico que ellos.
Y si no te alcanza con una afilada y acertada comedia costumbrista de pseudo-piratas pasados de rosca , Clerc te juega la carta del triunfo, te tira la fatality devastadora, que es –huelga decirlo- su dibujo. A mitad de camino entre Yves Chaland y Daniel Torres, con la expresividad zarpada del primero y la elegancia inmaculada del segundo, Clerc dibuja un mundo en el que cualquiera querría vivir. Como todos los cultores del Estilo Atómico, se juega por una estética cincuentosa en la ropa, los autos, los edificios y la decoración de los departamentos y dibuja todo demasiado bien. En su forma de narrar hay menos acción y violencia que en Chaland, pero mucha más que en Ted Benoit, por ejemplo. Y sólo en los enfoques (no en la narrativa ni en el dibujo en sí) se le nota el gusto por Jacques Loustal. Recién en las últimas dos historietas, Clerc acata el reglamento de la línea clara que exige el imperio de los colores planos, sin brillos ni volúmenes. En las primeras historias mete (como metía Chaland) hermosos y sutiles brillos en cachetes, gafas y cabellos engominados.
Si querés descubrir a un autor injustamente olvidado, que supo hacer delirar a los adolescentes ochentosos con sus historias sofisticadas e irónicas de perdedores con ínfulas de grossos, La Noche del Mocambo te va a hacer muy feliz. Y si simplemente te cebás con los dibujantes finos, audaces, provocativos y zarpados que supieron revolucionar la línea clara y sacudirle la herrumbre a los viejos clones de Hergé, seguramente ya tenés a serge Clerc en tu altar de los ídolos máximos, de los difíciles de igualar. Es más, ni siquiera necesitás que te nombre a todos los dibujantes que vinieron después de Clerc y lo afanaron a mano armada. A seguir buscando sus libros, que no son fáciles de conseguir pero tampoco fáciles de olvidar.
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