Durante muchos años (y como consecuencia de la quiebra de la editorial en los ´90), los derechos para publicar los comics de Marvel fuera de EEUU no los tuvo Marvel sino la mega-editorial italiana Panini. A esta empresa le fue tan bien publicando Marvel sobre todo en Europa, que un momento consiguió la luz verde para producir historietas nuevas con los personajes de Marvel, sin la supervisión de la editorial con base en Nueva York. La idea era “prestarle los chiches” a prestigiosos autores europeos y ver qué salía de la mezcla.
El guionista Jean-David Morvan y el dibujante Philippe Buchet se convirtieron a lo largo de los ´90 en una de las duplas más exitosas del mercado francés porque supieron integrar a la típica narrativa y el típico grafismo de la bande dessinée un montón de elementos tomados del manga. Sin copiar alevosamente a los grandes mangakas, Morvan y Buchet se las ingeniaron para traer algo de esa impronta japonesa al comic francés, con excelentes resultados. Ahora el desafío era entrarle a un personaje creado en EEUU, donde también se manejan rasgos estilísticos muy fuertes y bastante distintos de lo que es el comic francés. Los creadores de Segelle (Estela, en la edición española) se animaron con Wolverine y el resultado fueron estas 46 páginas, publicadas en un lujoso álbum en Europa y en un comic-book bastante croto en EEUU.
No te quiero sanatear y decirte que este es un comic de Wolverine con méritos como para seducir al que no es fan del personaje. Pero si habitualmente bancás las aventuras solistas del canadiense y te copaste -por ejemplo- con las etapas de Greg Rucka o Jason Aaron, esto seguro te va a emocionar. A simple vista, la historia parece estar ambientada en la época de los New X-Men de Grant Morrison, pero sobre el final se revela que sólo las últimas tres páginas transcurren el “el presente” y el resto es un flashback a “unos quince años atrás”. Acá se produce una inconsistencia notable, que se evidencia en lo sofisticado de los celulares de… 1990, ponele, y en la aparición en un escritorio de una iMac, un modelo que se lanzó en 1998 (me acuerdo perfecto, de hecho fue la primera computadora que me compré, allá por 2000, cuando cobré el juicio contra Perfil).
Detalles al margen, el salto temporal que pega la historia en el final le sirve a Morvan para mostrarnos qué fue de la vida de Mexer, el chico mutante de la favela al que Logan conoce durante su accidentado viaje al nordeste de Brasil. Para mi sorpresa, es un final agridulce, a tono con una historia en la que tanto Wolverine como sus ocasionales aliados la pasan bastante mal. Es una historia violenta, descarnada, donde prima un humor bastante negro, y donde además Morvan encuentra espacio para coquetear con el misticismo new age típico de Jodorowsky y con la bajada de línea socio-política. Con todos esos elementos y una machaca furibunda, el guionista redondea una propuesta muy satisfactoria, repito: comparándola con las aventuras normales que protagonizaba Wolverine en su serie regular.
Por el lado de Buchet, hay un trabajo excelente, muy bien apuntalado por el color de Walter. El francés sabe (porque es francés) armar muy lindas páginas de 10 viñetas, sabe meter líneas cinéticas y estridencia pochoclera al mejor estilo shonen, entiende que para que esto conserve un cierto olor a comic yanki no puede dibujar fondos en todos los cuadros, y te aniquila en las secuencias mudas. Lo único que tengo para criticarle es que en las escenas más tranqui, de diálogos entre Logan y sus amigos, hay muchos afanos a Eduardo Risso. Poses, gestos, composiciones, ángulos, iluminaciones… demasiadas similitudes. Menos mal que el color se parece poco al de 100 Bullets.
Si te gusta Wolverine y querés leer una aventura distinta (con algunas puteadas y un poco más de sangre de lo habitual), acompañalo en este paseo por Brasil de la mano de dos grandes talentos franceses.
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jueves, 29 de octubre de 2015
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