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lunes, 9 de septiembre de 2024
CUENTA REGRESIVA
Ahora sí, hasta las bolas... Ya estoy en la cuenta regresiva rumbo a las vacaciones, con mil cosas para dejar resueltas antes de irme. El viernes a la tarde me voy a Montevideo, a participar el sábado 14 de Montevideo Comics. No tengo prevista ninguna actividad oficial, pero va a estar Paco Roca y lo quiero conocer. El domingo tipo 11 AM vuelvo a Buenos Aires, paso por casa un rato y a las 8 PM tengo el vuelo a New York, que es donde empiezan las vacaciones. Va a ser un finde intenso, y los días previos también están picantitos, así que nunca sé con certeza cuándo voy a volver a tener un rato para postear en el blog. Lo único seguro es que volvemos a la "normalidad" el 9 de Octubre.
Pero vamos al grano. Llegué al final de la saga A Nation Under Our Feet, que se extendió (innecesariamente) a lo largo de 12 números y tres TPBs de Black Panther, en lo que fuera el inicio de la etapa de Ta-Nehisi Coates al frente de un personaje que me encanta. Y no, no están bien resueltos los conflictos que planteo el guionista a lo largo del arco argumental. Los "buenos" liquidan todo muy rápido, se simplifica mucho y de golpe la compleja trama política que se había urdido en los tomos anteriores y encima el desarrollo es lento, protocolar, parsimonioso... Casi no hay acción en cuatro números de un comic de superhéroes, lo cual no está necesariamente mal, pero Coates la reemplaza con diálogos infinitos, que se hacen cada vez más aburridos.
Encima, pobre flaco, esta vez -para engordar el TPB- le meten como complemento 48 páginas levantadas de distintos números de New Avengers, aquella serie que escribía Jonathan Hickman y en la que Black Panther tenía un rol destacadísimo (por no decir que era el verdadero protagonista). Acá vemos con total claridad cómo Hickman (incluso con un dibujante mucho más pedorro que las bestias salvajes que acompañan a Coates) presenta un equilibrio mucho más logrado entre introspección, desarrollo de personajes, rosca política y machaca a todo o nada, con conflictos impactantes, villanos jodidos como enema de chimichurri, diálogos afilados y un in crescendo de emociones. Hasta detalles menores, como la integración con el resto del Universo Marvel, está mucho mejor logrado en el arco de New Avengers.
Y queda por destacar a los dibujantes que tuvo Coates en ese primer año al frente de Black Panther. En este tomito vuelve Brian Stelfreeze y la destruye toda, sobre todo en las páginas del nº12 que le toca dibujar. Hasta un dibujante de bueno para arriba, como es Chris Sprouse, queda sumamente opacado por Stelfreeze cuando sale decidido a pelar sin guardarse nada. Sprouse también tiene alguna que otra página notable, y ambos están potenciados por un excelente trabajo de la colorista Laura Martin. Obviamente cerrás el libro y te ponés a rezar para que Stelfreeze vuelva alguna vez a dibujar a T´Challa, en lo posible en una historia autoconclusiva (una novela gráfica, ponele) en la que pueda encargarse de TODAS las páginas, y en lo posible con guiones más atractivos. Y bueno, este relanzamiento de Black Panther resultó no ser para mí. Por suerte hay muchos más...
En 2017 y después de muchos años, el maestro Lorenzo Mattotti se volvió a juntar con el guionista Jerry Kramsky y lanzaron Guirlanda, una bestial novela gráfica de casi 400 páginas, que se editó en formato de lujo (en Francia) y valía fortunas. Felizmente, en 2023 se reeditó en formato nacional y popular, más chiquito y con papel choto, y la conseguí muy barata en una comiquería de Bélgica.
Guirlanda es algo así como "el manga de Mattotti". Tiene casi 400 páginas, es en blanco y negro, las páginas tienen pocas viñetas (nunca más de cuatro) y está todo narrado en función del dibujo y de la acción. Por momentos, parece que estás viendo una película (casi seguro de Hayao Miyazaki), porque el relato fluye a ese ritmo, muy apoyado en el movimiento de los personajes. Hay diálogos y no son superfluos ni excesivamente simples, pero no es ahí donde se sostiene la alucinante experiencia de leer Guirlanda.
Todo transcurre en una tierra imaginaria, poblada por criaturas fantásticas, mezcla de los Schtroumpfs y los Moomin, una cultura pacífica, integrada a la naturaleza de su hábitat y regida por un shaman copado llamado Zacharie. Pero a lo largo de casi toda la historia los protagonistas son Hippolyte (el hijo de Zacharie) y su esposa, gente buena, sencilla, unida por fuertes vínculos de amor y solidaridad. Con el nacimiento de Albine, la hijita de la pareja, la cosa se va a empezar a complicar y Guirlande se va a conventir en una aventura con visos épicos, en los que habrá persecuciones, escapes imposibles, muertes, resurrecciones, revoluciones, linchamientos, combates y personajes que pelan poderes imposibles. Una aventura con un pulso intenso, con unos niveles de fantasía altísimos (y que no paran de crecer), que le habría encantado firmar a la dupla de Alejandro Jodorowsky y Moebius. El relato arranca un poquito lento, con muchas páginas dedicadas a la contemplación de este universo alucinado, pero ya para la página 60, Kramsky y Mattotti ponen segunda y los personajes se empiezan a enroscar en un frenesí de peripecias que te atrapa hasta la última página, mientras el genio milanés puebla al mundo de Hippolyte y su familia con toda clase de criaturas imposibles, una más zarpada que la otra.
En cuanto al dibujo de Mattotti... ¿qué decir, no? Allá por el 16/05/11 yo me deshacía en babas y elogios en la reseña de Stigmata, otra obra del ídolo en blanco y negro, pero de 1994. Bueno, en Guirlanda dibuja todavía mejor. El diseño de los personajes tiene algo de Max, y el trazo, mágico, fuera de control, demasiado hermoso para ser real, tiene bastante de Carlos Nine. Estamos ante un nivel de virtuosismo gráfico impensado, una generosidad y una belleza en cada dibujo, en cada composición, que te dejan sin aliento. Cuadros y cuadros para recortar, ampliar y colgar en cualquier museo (y dejar en ridículo a todo tipo de artistas, plásticos o gráficos, no importa). Los coqueteos de Mattotti con la animación le sirvieron para soltar todavía más la mano, pero además en Guirlanda entra en juego como nunca antes la imaginación, el delirio, la falta absoluta de reglas a la hora de crear personajes, escenarios, fauna, vegetación... Mattotti inventa todo desde cero y lo adorna con unas texturas imposibles, que deberían venir con el cartelito de advertencia de "Chicos, no intenten esto en sus casas". Y sí, el guion de Kramsky es entretenido, emotivo, cautivante, pero podría no estar y Guirlanda igual sería una obra maestra, simplemente por lo que dibuja Mattotti en estas páginas. Me parece que nadie la tradujo al castellano, pero ya va siendo hora... y si no, recomiendo aprender italiano o francés para poder acceder a esta maravilla del Noveno Arte.
Nada más, por hoy. Espero poder volver por acá antes de la pausa.
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sábado, 22 de julio de 2023
RESEÑAS DE SÁBADO POR LA NOCHE
Por fin tengo un ratito para escribir las reseñas de un par de libros que leí durante la semana.
Incidenti (incidentes) es la primera obra larga de Lorenzo Mattotti en solitario, es decir, como autor integral. Son 64 páginas que el genio de Milán produjo en 1981, cuando su estilo todavía no estaba consolidado. Y en blanco y negro, lo cual es bastante loco. El dibujo es increíble. Por momentos se ve un esbozo de lo que va a ser el Mattotti definitivo, pero aparecen cosas raras. Un feísmo extraño, típico del under europeo de los ´70, una narrativa bastante similar a la de Didier Comés, momentos en los que la línea quiere parecerse a la de José Muñoz (hay un par de homenajes a Alack Sinner en el álbum, como para despejar dudas acerca de qué autores influenciaron a Mattotti en esta etapa) y de ratos aparecen esas texturas demencialmente sobrecargadas que asociamos con el primer Enki Bilal y la etapa más barroca de Moebius. Todo el tiempo se nota que el autor sabe lo que está haciendo, y cómo esas decisiones estéticas tienen que ver con cosas que nos quiere transmitir desde el dibujo. Incluso cuando quiere transmitir tantas cosas, que se mezclan mucho las técnicas y se produce cierta confusión, o indecisión en el aspecto visual de la obra. Pero si nos abstraemos de los tropiezos narrativos en los que puede incurrir un autor primerizo, hay que reconocer que Incidenti mantiene un nivel visual realmente notable, de punta a punta, y en un in crescendo que hace que el álbum llegue al final con el dibujo realmente prendido fuego.
El guion es claramente un primer intento de un autor que no tenía mucha experiencia en el rubro: para ser un thriller tradicional tiene momentos demasiado crípticos, y para ser una historieta de vanguardia, o transgresora, está demasiado atada a una estructura de aventura convencional. Pero no es un guion choto. Tiene buenos diálogos, buenas secuencias mudas, la trama genera una cierta tensión, hay un espacio para meter toques de comedia, de romance, de slice of life... hay una intención de retratar (aunque quizás no en primer plano) esa Italia violenta y convulsionada de la bisagra entre los ´70 y lo ´80, hay un par de personajes (Lucio, Igor y Cicilia) que se desarrollan bastante a lo largo del álbum... No se puede decir que esté mal, aunque estemos lejos de lo ideal.
Recomiendo la lectura de Incidenti a los fans de Mattotti, sobre todo para ver desde dónde arranca el ídolo la década de los ´80, que va a ser la de su consagración. ¿Por qué esto no está editado en castellano? La verdad que no encuentro respuestas. Pero es así: nunca salió ni en álbum, ni serializado "en fetas" en ninguna antología de historieta para adultos. Por suerte conseguí una muy buena edición italiana de los ´90 que abre con un prólogo alucinante del ya mencionado José MunDios.
Vamos a Estados Unidos, año 2018, cuando se forma un equipo increíble: el irlandés Garth Ennis y el croata Goran Sudzuka producen para la editorial AfterShock diez episodios de una serie llamada A Walk Through Hell, luego recopilada en dos TPBs. Este Vol.1 nos sumerge en las profundidades de un thriller psicológico espeso y sórdido, con algún tinte probablemente sobrenatural, y termina con un cliffhanger maligno, jodido como enema de chimichurri, así que prometo entrarle MUY pronto al Vol.2.
El dibujo de Sudzuka es magnífico. Ese entintado un poquito más filoso, menos redondito, le queda muy bien, y el manejo de las masas negras es asombroso. Por momentos parece que vino Eduardo Risso a ponerle los negros a las páginas, porque se arman unos claroscuros impresionantes, y muy a tono con la impronta hiper-dark del guion. La verdad que no hacía falta colorear esta historieta, pero aún así el trabajo de Ive Svorcina (otro talento croata) está muy bien, no opaca al trazo de Sudzuka, ni intenta competir con él. Por momentos pareciera que Sudzuka buscara alejarse un poco de la senda de Eduardo Barreto y Ernesto García Seijas (los principales referentes siempre presentes en su grafismo) y lo logra de manera muy satisfactoria. Se lo ve más suelto que en otros trabajos y muy solvente a la hora de mantener la atención del lector a lo largo de prolongadas secuencias en las que solo vemos a gente hablando. Diez puntos, lo de Sudzuka, más allá de ese vicio de autor que trabaja hace mucho para las editoriales de EEUU que consiste en dibujar muy pocas tomas panorámicas, o con los personajes de cuerpo entero, y abusar del enfoque más de cerca, más pendiente de las cabezas de los personajes que del resto de la escena.
El guion de Ennis me sorprendió muy gratamente. Primero porque nunca lo había visto escribir una historia de misterio sobrenatural ambientada en el presente (en este caso, en Los Angeles)... y sobre todo porque, si efectivamente A Walk Through Hell llegara a ser un thriller sobrenatural, no está presentado como Ennis presentaba las peripecias de John Constantine, sino como un relato de procedimiento policial. Más allá de sufrir con lo que les pasa a los agentes Shaw y McGregor en ese galpón gigantesco que parece estar habitado por algún tipo de entidad pesadillesca, el comic dedica muchas páginas a contar la previa: la vida de Shaw y McGregor en el cuartel del FBI donde trabajan, y su accidentada investigación para encontrar y meter preso a un sorete que dirige una red de pedófilos que secuestran, violan y matan pendejitos a lo largo de toda la Costa Oeste de EEUU.
Por ahora, lo más importante, e incluso lo más shockeante, está ahí: en el procedimiento policial de los protagonistas. ¿Qué es lo que realmente pasa en ese galpón? Todavía es un misterio, que supongo que Ennis develará en la segunda mitad de la obra. Pero ya estoy muy enganchado, ya siento que conozco a fondo a los protagonistas, sobre todo a Shaw, un personaje con mucha más profundidad de la que le daba Ennis a las mujeres que escribía en los ´90. Incluso el villano me parece fascinante, un personaje totalmente tridimensional, humano, lo que lo hace mucho más aterrador. Nunca había oído hablar de esta obra, me enteré que existía cuando vi los dos TPBs en el stand de AfterShock en la última convención a la que asistí en EEUU. Pero por ahora, está realmente MUY bien, me parece un trabajo excelente de dos autores a los que admiro mucho, hace muchos años.
Nada más, por hoy. Ya tengo otras lecturas avanzadas, así que en cualquier momento se vienen nuevas reseñas, acá en el blog. Y el miércoles a las 22:30, nuevo episodio de Agenda Abierta, en vivo para toda el habla hispana en el canal de YouTube de Comiqueando. Nos vemos ahí.
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domingo, 15 de enero de 2012
15/ 01: MURMUR
Así se llamó en su edición británica esta obra de Jerry Kramsky y Lorenzo Mattotti, que debutó en una revista italiana, La Dolce Vita, con el título La Zona Fatua. En castellano se publicó como Susurro, en la revista Cimoc. Y en Francia (donde salió por primera vez completa, en álbum, en 1989) le pusieron Murmure.
No tengo la menor idea de por qué Mattotti, que venía de romperla con un álbum en el que el guión le pertenecía (la fundamental Fuegos), optó por volver a trabajar con un guionista. Tampoco leí nunca guiones de Kramsky dibujados por alguien que no sea Mattotti, con lo cual no sé si este guionista podría adaptarse a otros dibujantes, o si se le ocurren las ideas pensando en cómo Mattotti las va a dibujar. Lo cierto es que acá se da esa extraña alquimia en la que hay que concentrarse mucho para aceptar que hay más de un autor. En Murmur metieron mano dos personas, pero no se nota en ningún momento. Todo el tiempo esto parece una creación integral, total, monolítica, de un sólo autor, obviamente muy limado.
El guión nos narra la historia de un tipo que deberá enfrentar a sus miedos para recuperar sus memorias y reconciliarse consigo mismo. Hay una mínima aventura, pero lo realmente interesante es el viaje interior de Murmur, el protagonista. Por supuesto, todo está repleto de simbolismos y metáforas, como aquellas pelis de Wim Wenders de los ´80, hoy bastante olvidadas. A lo largo de las 42 páginas nos encontramos con un montón de elementos demasiado fumados, imposibles de explicar desde lo racional. Pero –mirá qué loco- esto no es óbice para que la historia se entienda, para que el periplo de Murmur se concrete, para que lo que abre al principio cierre satisfactoriamente al final.
Alguna vez, Mattotti dijo sobre este trabajo “Kramsky y yo nos divertimos construyendo una estructura narrativa para después destruirla creando un efecto de vuelco. Cada vez que estábamos listos para la fabulación clásica, cambiábamos de rumbo. Era como luchar contra la estructura misma de la historieta”. Y coincido bastante: el personaje que parece el villano después no lo es, la que podría ser el interés romántico tampoco concreta nada, el encuentro entre Murmur y su madre es un amague que nos comemos todos, y así. Es una historia plagada de caprichos (esos peces con osamenta, esos dos duendecitos bizarros que se llaman Hans y Fritz, como los Katzenjammer Kids), que casi a pesar suyo se puede leer como un comic arriesgado, vanguardista, con mucho vuelo poético, pero coherente.
La cita de Mattotti nos permite inferir que San Lorenzo metió bastante mano en el guión. Lo imposible sería pensar lo inverso, que Kramsky mojara en el dibujo. A nivel visual, esto es 100% Mattotti, es el genio de Udine (y miembro del inolvidable Grupo Valvoline) en todo su esplendor, con todas las pilas. Llega incluso a dibujar páginas de seis viñetas, cosa que no le hemos visto prácticamente nunca en las obras que él mismo escribe. Por supuesto, mucho más que sus logros en materia de narrativa, lo que impacta es su manejo del color, de las formas y las texturas. Mattotti –ya se dijo mil veces- es el artista plástico que mejor entendió a la historieta. Cada una de sus viñetas es un cuadro que bien podría enmarcarse y exhibirse en cualquier galería de arte. Hasta la viñeta más intrascendente nos regala una composición impecable, una paleta hipnótica, unas formas casi oníricas, un placer para los ojos que va infinitamente más allá de lo buena que pueda estar la historia.
Un dato más: Murmur estuvo nominada para el premio a la Mejor Historieta Extranjera en Angouleme, pero perdió contra V for Vendetta. Y cuenta la leyenda que el comentario de Alan Moore fue “están todos en pedo, le tendrían que haber dado el premio a Kramsky y Mattotti”. Vos sabrás si creerle al Mago de Northampton... Yo sigo firme acá, en mi reivindicación (a veces solitaria) de Lorenzo Mattotti, el poeta del color, uno de los gigantes surgidos del período más fértil que tuvo el comic para adultos en Italia.
No tengo la menor idea de por qué Mattotti, que venía de romperla con un álbum en el que el guión le pertenecía (la fundamental Fuegos), optó por volver a trabajar con un guionista. Tampoco leí nunca guiones de Kramsky dibujados por alguien que no sea Mattotti, con lo cual no sé si este guionista podría adaptarse a otros dibujantes, o si se le ocurren las ideas pensando en cómo Mattotti las va a dibujar. Lo cierto es que acá se da esa extraña alquimia en la que hay que concentrarse mucho para aceptar que hay más de un autor. En Murmur metieron mano dos personas, pero no se nota en ningún momento. Todo el tiempo esto parece una creación integral, total, monolítica, de un sólo autor, obviamente muy limado.
El guión nos narra la historia de un tipo que deberá enfrentar a sus miedos para recuperar sus memorias y reconciliarse consigo mismo. Hay una mínima aventura, pero lo realmente interesante es el viaje interior de Murmur, el protagonista. Por supuesto, todo está repleto de simbolismos y metáforas, como aquellas pelis de Wim Wenders de los ´80, hoy bastante olvidadas. A lo largo de las 42 páginas nos encontramos con un montón de elementos demasiado fumados, imposibles de explicar desde lo racional. Pero –mirá qué loco- esto no es óbice para que la historia se entienda, para que el periplo de Murmur se concrete, para que lo que abre al principio cierre satisfactoriamente al final.
Alguna vez, Mattotti dijo sobre este trabajo “Kramsky y yo nos divertimos construyendo una estructura narrativa para después destruirla creando un efecto de vuelco. Cada vez que estábamos listos para la fabulación clásica, cambiábamos de rumbo. Era como luchar contra la estructura misma de la historieta”. Y coincido bastante: el personaje que parece el villano después no lo es, la que podría ser el interés romántico tampoco concreta nada, el encuentro entre Murmur y su madre es un amague que nos comemos todos, y así. Es una historia plagada de caprichos (esos peces con osamenta, esos dos duendecitos bizarros que se llaman Hans y Fritz, como los Katzenjammer Kids), que casi a pesar suyo se puede leer como un comic arriesgado, vanguardista, con mucho vuelo poético, pero coherente.
La cita de Mattotti nos permite inferir que San Lorenzo metió bastante mano en el guión. Lo imposible sería pensar lo inverso, que Kramsky mojara en el dibujo. A nivel visual, esto es 100% Mattotti, es el genio de Udine (y miembro del inolvidable Grupo Valvoline) en todo su esplendor, con todas las pilas. Llega incluso a dibujar páginas de seis viñetas, cosa que no le hemos visto prácticamente nunca en las obras que él mismo escribe. Por supuesto, mucho más que sus logros en materia de narrativa, lo que impacta es su manejo del color, de las formas y las texturas. Mattotti –ya se dijo mil veces- es el artista plástico que mejor entendió a la historieta. Cada una de sus viñetas es un cuadro que bien podría enmarcarse y exhibirse en cualquier galería de arte. Hasta la viñeta más intrascendente nos regala una composición impecable, una paleta hipnótica, unas formas casi oníricas, un placer para los ojos que va infinitamente más allá de lo buena que pueda estar la historia.
Un dato más: Murmur estuvo nominada para el premio a la Mejor Historieta Extranjera en Angouleme, pero perdió contra V for Vendetta. Y cuenta la leyenda que el comentario de Alan Moore fue “están todos en pedo, le tendrían que haber dado el premio a Kramsky y Mattotti”. Vos sabrás si creerle al Mago de Northampton... Yo sigo firme acá, en mi reivindicación (a veces solitaria) de Lorenzo Mattotti, el poeta del color, uno de los gigantes surgidos del período más fértil que tuvo el comic para adultos en Italia.
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viernes, 14 de octubre de 2011
14/ 10: EL SEÑOR SPARTACO

Il Signore Spartaco (que así se llamó esta historieta cuando se publicó por primera vez, en Italia, en 1983) marca un quiebre en la carrera del genial Lorenzo Mattotti. Es su primera historieta a color, es la primera con guión propio y la publica después de cuatro años de no producir historietas. O sea que acá Mattotti vuelve a empezar, se reinventa como autor de historietas y prueba un montón de cosas nuevas, que hasta entonces no había explorado.
Lo más llamativo es el guión. De trabajar con temáticas realistas, con bajada de línea y compromiso social, Mattotti pega el volantazo y nos cuenta una historia que es básicamente un sueño, un delirio, en la que la realidad tiene un ínfima injerencia. Spartaco sigue la lógica de un sueño: el protagonista agarra para un lado pero va para el otro, se mezclan recuerdos muy vívidos de su infancia y su juventud con cosas absolutamente limadas e inverosímiles, los paisajes se deforman, los personajes se metamorfosean y ese viaje en tren que Spartaco quiere emprender, nunca sucede fuera de su mente. En el medio se cuelan una especie de trama de espionaje, elementos místicos y hasta extraños personajes que comentan la “historia” desde afuera, como el coro en el teatro griego.
Para los que somos fans de los buenos guiones, este tiene gusto a poco. El único mínimamente coherente es el de las primeras 8 páginas, que Mattotti concibió como una historia corta, autoconclusiva, y a la que después continuó en un formato serial, ya sin demasiada brújula. Pero también habrá gente a la que no le calienta tanto la historia en sí. Si vos leés un poema, por ejemplo, no le pedís que te narre algo grosso. Preferís dejarte emocionar por cómo el poeta combina las palabras, los sonidos, el ritmo de los versos, las imágenes que evoca. Y Spartaco es un poco eso: poesía gráfica. Mattotti, al que siempre nos referimos como “el poeta del color”, acá hizo poesía en un sentido más amplio. En el sentido de dejar volar al personaje y a la trama, sin más rumbo que la búsqueda de la belleza estética. El cambio de la temática socio-política por la lírico-genital (dibujar lo que se le cantaban las bolas) es, sin dudas, una jugada de alto riesgo, pero el otro corte que pega Mattotti impacta mil veces más.
Porque de pronto llega el color. Mattotti se aferra a su clásica grilla de tres tiras de viñetas con no más de dos viñetas por tira y no se mueve de ahí. Necesita volcar toda su creatividad en otra área que es la del dibujo a color directo, en una época en la que no existía el photoshop. Con tinta negra, lápices y crayones, el genio italiano crea un estilo nuevo, un dibujo de formas juguetonas, volátiles, que nos llevan a pasear, de los pintores vanguardistas de principios del Siglo XX a la estética pop del Submarino Amarillo a la onda más dark de José Muñoz, todo con total naturalidad. El resultado es magia en estado puro, es un dibujo que ejerce una fascinación indescriptible, que se hace eco de lo bizarro de la historia, que se juega en angulaciones raras, en iluminaciones alucinantes, en climas de gran vuelo poético y gran expresividad.
O sea que, aunque la onda onírica y caprichosa del guión no te llegue a enganchar, en Spartaco te espera un trip visual absolutamente atrapante, una maravilla gráfica que te va a deleitar los ojos, te va a transtornar la mente y te va a dejar pensando en términos totalmente distintos la relación entre la historieta y las artes plásticas. Por suerte después vendrán obras en las que Lorenzo Mattotti combinará todo este despliegue fastuoso de formas y colores con argumentos sólidos y potentes, pero Il Signore Spartaco es importante para sus fans, porque es donde el ídolo pega esos saltos al vacío tan arriesgados. Si cuando escuchás nombrar a San Lorenzo pensás enseguida en el genio de Udine, no dejes de incluir a Spartaco en tus plegarias, ni en tu biblioteca.
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lunes, 18 de julio de 2011
18/ 07: CARTAS DE UNA EPOCA REMOTA

Me vuelvo a encontrar con el genio italiano Lorenzo Mattotti para un lujoso tomo que reúne cuatro historias, dos muy cortas y dos más largas. La más breve, El Retrato del Amor (con guión de Ambrosi) tiene apenas dos páginas y es brillante. Away Far Away (cuatro páginas con guión del propio Mattotti) no existe, es apenas una excusa para que el ídolo pele cuatro ilustraciones majestuosas.
Nos quedan dos historietas, de las cuales una (Después del Diluvio, con guión de Giandelli) es otra joya de 24 páginas. Una historia realmente hermosa, muy humana, muy real a pesar de los elementos extraños. Una historia de amor, pero también de liberación personal, de barajar y dar de nuevo esos sentimientos que generan angustia y depresión, de tirar al carajo esas necesidades que nos auto-imponemos porque sí, y que a la larga son obstáculos para estar bien. Llena de diálogos afilados y de silencios profundos, capaz de crear climas cautivantes incluso en la chatura prefabricada de un aeropuerto, Después del Diluvio está pensada para que se luzca el arte de Mattotti, pero además tiene un guión exquisito.
Y cerramos con la historia de 21 páginas que da título al álbum, co-escrita por Mattotti y Ambrosi. Cartas de una Epoca Remota es lo más parecido a un comic de ciencia-ficción que vas a ver en la trayectoria de Mattotti y sólo por eso es interesante. El problema es que el guión es muy light, no hay un conflicto fuerte, ni nada que se le parezca. Simplemente una hipotética bisnieta de Mattotti (o de un dibujante de historietas del presente que dibuja muy parecido a Mattotti y firma “Lucio Mazzotti”) le escribe una carta a su bisabuelo, en la que le describe cómo es su presente, que vendría a ser nuestro futuro. Los transportes, las telecomunicaciones, las relaciones interpersonales y las historietas de fines del Siglo XXI se nos anticipan en exclusiva en estas páginas y todo es muy lindo, pero bastante desapasionado y falta un hilo conductor, una historia que articule (con perdón de la palabra) estas interesantes descripciones de la bisnieta del dibujante. O sea, la típica historieta de virtuoso pecho frío.
De todos modos, muy por encima de los aciertos o los errores de cada guión, sobrevuela (y proyecta una sombra colosal) el dibujo de Mattotti, que más que dibujo es poesía, magia, o algo para lo que todavía no se inventaron las palabras adecuadas. El italiano deja la vida en cada viñeta, en cada composición, en cada página. Todo es perfecto, desde las formas más básicas, hasta el trazo finito, hasta el color y las texturas. Las historias le dan la posibilidad de mostrar distintos recursos estéticos para los flashbacks, o para el ingreso y egreso a campos de realidad virtual, y el maestro obviamente les saca un jugo riquísimo. En la primera historia, cuando la chica que tiene una enfermedad en un ovario entra en crisis, a Mattotti se le ocurre graficar el dolor en ocho viñetas tremendas, ocho imágenes que te devastan las retinas y se te impregnan para siempre por su audacia, su originalidad y su fuerza expresiva. Genialidad pura.
La única condición que pone Mattotti para dejar estallar su incalculable talento es que no le metan más de cinco viñetas por página. De hecho, en todo el libro hay una sóla página de seis viñetas y la inmensa mayoría tiene cuatro. Ahí es donde el ídolo se siente a gusto, donde despliega con más generosidad su personalísima magia.
Cartas de una Epoca Remota no es el mejor álbum de Mattotti, ni por casualidad. Pero si te hiciste adicto al maestro (como yo), lo tenés que tener. Y si te gustan las historias intimistas, jugadas y capaces de meterle vuelo poético al típico slice of life, tenés que leer Después del Diluvio, que es perfecta. Volveremos a visitar al poeta del color.
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Lorenzo Mattotti
lunes, 16 de mayo de 2011
16/ 05: STIGMATA

Nah, me están jodiendo… Busco en Wikipedia y me dice que esta historieta se publicó originalmente en 1994… No puede ser. ¿Cómo es que desde esa fecha hasta hoy no la escuchamos nombrar TODOS LOS DIAS como una obra cumbre de lectura absolutamente imprescindible? Posta, yo me enteré que existía cuando Fantagraphics anunció la edición yanki en el Previews. Y me la pedí de una, pero de timbero que soy, no porque estuviera convencido de que había que tenerla sí o sí. Andá a saber qué leen los cientos de críticos que -de 1994 para acá- se olvidaron de cantar las merecidas loas a esta descomunal novela gráfica de Claudio Piersanti y Lorenzo Mattotti.
Pero bueno, hoy las canto yo, así vos te cebás, lo buscás, lo encontrás, lo leés, te derretís, te juntan gota a gota con la aspiradora y eventualmente recuperás la forma humana, aunque tu mente nunca volverá a ser la misma. Stigmata narra la historia de un tipo cuyo nombre no sabemos, un grandote con pocas luces y poquísima suerte, al que un día se le abren extrañas heridas en las manos. Las heridas no paran de sangrar, porque sí, como le pasó alguna vez, hace mil años, a algún santo. Pero lejos de ganarse la canonización, el grandote se gana la discriminación, y pronto su extraña condición le cuesta el trabajo, la casa y casi también la vida. Varias veces a lo largo de más de 175 páginas, el grandote sacará fuerzas de donde no hay y saldrá del fondo de la tabla, movido por el instinto de vivir, de aferrarse a la vida por chota e injusta que esta haya sido con él. Así lo veremos tocar fondo más de una vez, ganarle al dolor y a la desesperación con un gol en offside, con la mano y en el minuto 94, y seguir, sin tener la menor idea de hacia dónde va.
El novelista Claudio Piersanti (de quien no conozco otras historietas) construye a este personaje a base de silencios y de bloques de texto que nos meten en su psiquis, la psiquis de un tipo simple, sencillo, que se conforma con poco. Y claro, a lo largo de tantas páginas y tantos sucesos shockeantes, de poco lo van rodeando personajes secundarios, muy distintos al grandote y entre sí. Piersanti los explora con jerarquía a todos, pero le reserva el privilegio de narrar un tramo de la historia (con bloques de texto en primera persona) a la hermana Anne, una de las monjas del hospicio que le brinda asilo al grandote.
Ya mencioné a los santos y a las monjas, o sea que las pistas están. El elemento religioso es definitivamente importante en esta trama de sacrificio y redención, de fe ciega. Y sorprende, porque Piersanti propone este abrazo a la devoción religiosa, no como cura infalible de todos los males, pero sí como un valor positivo, como el camino a tomar para no precipitarse al abismo de la desesperanza. No es el discurso más frecuente entre los autores de historieta para adultos, para nada…
Pero lo más raro de esta obra maestra no es tanto la línea que baja, sino el aspecto visual. ¿Lo tenías a Mattotti en blanco y negro? Yo creía que desde mediados de los ´80 TODA sus obras eran a color. Para mí, Mattotti era al color lo que José Muñoz al blanco y negro, el genio del color, el poeta del color. De hecho, así se llama un libro SOBRE Mattotti que escribieron varios colegas españoles y que no dedica ni UN RENGLON a hablar de Stigmata. Bueno, al grano: Stigmata está toda dibujada en blanco y negro, por un Mattotti fuera de control. Con una línea salvaje, sobrecargada, abigarrada, de increíble expresividad, exhuberante. Todo da la sensación de haber sido dibujado a los pedos, a mano alzada, pero no puede ser. Nadie puede dibujar tan bien sin un boceto previo. Como en sus obras a color, Mattotti compone cada viñeta como si se tratara de un cuadro para colgar en un museo. Mirándolas de a una, cada viñeta es perfecta, redonda, completa. Y después las mirás en el contexto de la página y se integran maravillosamente para construir secuencias tremendas, contundentes, poderosísimas. Por supuesto la más llamativa es la de los salmos, 17 páginas que parecen el story-board de un dibujo animado desbordado de lirismo y pasión. Pero hay varias secuencias fundamentales, sobre todo en los capítulos II y III, que es donde más avanzan las tramas.
Stigmata es un viaje de ida, mal. Para el fan de Mattotti, porque te abre la cabeza con el monumental trabajo del ídolo en blanco y negro. Para el fan del comic en general, porque te mete enseguida en una historia de singular belleza, que te estremece hasta los más remotos confines del alma. Una verdadera joya que ya tiene unos cuantos años, pero no envejeció ni 15 minutos.
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