el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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lunes, 23 de mayo de 2022

LIBROS DE LUNES

Hoy me tocó un viaje en bondi a los más remotos confines de la galaxia, y aproveché para clavarme dos libros, uno poderoso y otro finito. El poderoso no es otro que el Vol.1 de El Club del Divorcio, una obra maestra del gekiga creada en 1974 por Kazuo Kamimura, aquel genio del Noveno Arte que tuvo la pésima idea de morirse con solo 45 años. Si alguna vez te interesa averiguar por qué a los que leemos gekiga nos parecen medio gansos los mangas de peleas de buenos contra malos, en El Club del Divorcio se entiende a la perfección, leyendo apenas estas 500 páginas (que no tienen demasiado texto, por el contrario). La serie está compuesta por capítulos, y al principio amaga con ser una obra de protagonismo coral, en la que Kamimura nos va a contar las vidas de varios personajes que se entrecruzan en este barcito de Ginza donde van los empresarios a emborracharse y a alternar con mujeres "de la noche" a las que la vida trató bastante mal. Pero al toque queda claro que no, que al autor le interesa centrarse sobre todo en la vida de Yuko, la chica de 25 años que tiene una hijita de tres, un ex-marido pianista, y la ardua tarea de regentear el boliche. Como en los mejores mangas de Yoshihiro Tatsumi, también tiene un enorme protagonismo la gran urbe, donde se mezclan pobres y ricos, felices e infelices, cazadores de sueños alucinantes y repetidores de rutinas embolantes. El tono es amargo, melancólico, casi escuchás tangos de fondo. Los diálogos son filosos, las caracterizaciones son poderosísimas, los personajes secundarios son carismáticos, el dibujo es magnífico (acá sí no corre la analogía con Tatsumi, porque Kamimura era un virtuoso del dibujo y Tatsumi ni a palos), y si hay algo para criticar es la maldad del autor a la hora de negarle a Yuko un minuto de paz o de felicidad. Cada vez que parece que las cosas le salen bien, o que se va a llevar a la cama a Ken, el barman fachero y piola que prepara los tragos, pasa algo horrible que la obliga a tener que tomar decisiones jodidas, confrontar con su ex, tensar el vínculo con su mamá y su hijita, hacer magia para conseguir guita que le permita sacar a flote el boliche... Pobre Yuko, es hermosa, es fuerte, es hiper-responsable, tiene una dignidad y unos ovarios a prueba de bombas nucleares, y sin embargo no le sale una bien. El Club del Divorcio es un manga adulto, me imagino que bastante rupturista para una sociedad como era la japonesa en los años ´70, realmente profundo, con pinceladas de romance, de comedia y de poesía. No hay elementos fantásticos, nadie tiene superpoderes, no hay combates entre buenos y malos, sino conflictos muy humanos, muy reales, muy cercanos a los que vivimos los que estamos atrapados de este lado de las páginas. Amores imposibles, obsesiones al borde del acoso, gente tóxica que maltrata psicològicamente a sus afectos, gente boluda que elige los peores momentos para pasar facturas, gente a la deriva que no sabe qué rumbo tomar... y todo en el contexto más o menos turbio de un local "de ocio nocturno" donde unas minitas hermosas te franelean para que gastes fortunas en escabio y, en una de esas, pongas un extra y te las lleves con vos al telo, o a tu casa. Tengo el Vol.2 ahí en el aguante, y ojalá sea tan hermoso y tan conmovedor con el Vol.1.
Y me vengo a Argentina, año 2021, para encontrarme con una historieta breve, 54 páginas, en las que Jonathan Crenovich (co-guionista de Manta junto a Martín Mazzeo) inicia su carrera "solista", en equipo con el dibujante Alesio Rossino, con quien ya había trabajado en el one-shot de Iceberg. La obra se titula Knock Knock Monk y es una aventura lineal, ágil, de temática 100% fantástica con toques muy típicos de las películas de Hayao Miyazaki. Crenovich no profundiza mucho en la construcción ni en la exploración del mundo en el que se desarrolla la aventura: prefiere enfatizar el ritmo, la acción, y sobre todo el desarrollo del vínculo entre los dos protagonistas, Monk y Peke, que sin dudas es lo más atractivo de la obra. Ahí es donde el autor juega las cartas bravas y donde logra momentos emotivos, escenas realmente preciosas que elevan a Knock Knock Monk por encima de la clásica trama de "peripecias en un mundo repleto de criaturas fantásticas". No quiero contar nada del argumento, primero para no spoilear a quienes quieran leer el comic, y después porque al ser un relato breve, corro el riesgo de resumir todo lo que pasa en tres frases, y sería injusto para con Crenovich, que se mató para meter buenos diálogos y buenas secuencias mudas. El dibujo de Rossino es maravilloso, estamos frente a un talento realmente brutal, un dibujante argentino de nivel recontra internacional, que domina a la perfección una estética cuasi-shonen y la sabe combinar con una narrativa típica de historieta de acción yanki. El resultado es sumamente ganchero, satisfactorio y sobre todo promisorio, porque Rossino es un muchacho joven, que todavía no cumplió 30 años. Ni me quiero imaginar el carrerón que tiene por delante. A ojo de buen cubero (diría el Poroto), estimo que Knock Knock Monk está apuntada a lectores y lectoras de 10 a 13-14 años, el segmento de Amuleto, como para que nos orientemos fácil. Por eso me parece brillante que la dibuje un pibe que puede coquetear con la estética del manga más comercial, que está pegando a full en ese grupo etáreo. Pero además, cualquier adulto al que le divierta más o menos la clásica aventura fantástica se va a entretener un rato, y se va a encontrar con un par de momentos en los que la trama levanta vuelo y se anima a ir más allá. Muy lindo material, muy recomendable. Y nada más, por hoy. Nos reencontramos pronto, con nuevas reseñas acá en el blog.

lunes, 19 de noviembre de 2018

LUNES DE MAGIA Y CALOR

Tras una magnífica edición de Dibujados, me siento bajo el ventilador de techo a escribir unas reseñitas.
Arranco en España a mediados de los ´80, cuando el maestro Josep María Beá realiza la extraña historieta conocida como La Muralla. A priori, parecía una obra muy atractiva, y como la vi barata no dudé un segundo en comprarla. Pero a medida que la iba leyendo, se me deshizo en las manos, se me escurrió como un puñado de arena, hasta que cuando llegué a la última página me quedaba sólo la nada misma. Hasta el dibujo es inconsistente: hay páginas donde Beá te masacra con unos dibujos al nivel de sus mejores trabajos, y otras donde aparecen choreos hiper-obvios a Hugo Pratt, viñetas dibujadas así nomás porque están cubiertas en un 70% por texto… y cuando aparece de la nada esa mujer (una buscona cuya única función en la trama es abrirse de gambas) Beá cambia de estilo y ensaya una mezcla entre realismo y línea clara, algo que le salía muy bien a Milo Manara, pero no al autor español. Todo esto sin llegar a lo peor que tiene la faz gráfica, que es el color. En este rubro, Beá acierta las pocas veces que trata de reproducir esas tonalidades sutiles que usaba Moebius, pero después te tira esas páginas todas engamadas en violetas, verdes o rosas, que son un horror cuasi-columbístico.
El guión también es flojo, errático, caprichoso, a años luz de esos hermosos mecanismos de relojería que construyera Beá en Historias de Taberna Galáctica. Lo único divertido es cuando los diálogos se tornan repentinamente groseros. Ahí el autor me sorprendió y me sacó varias sonrisas. El resto es una aventura con estructura clásica, interrumpida con flashbacks al pasado del protagonista que no revisten ningún interés, escenas oníricas que no responden a ninguna necesidad del argumento, y un par de volantazos demasiado bizarros. Me quedo con las historias cortitas que vienen al final, a modo de complemento, donde los guiones no tienen ni la más mínima pretensión, pero el dibujo de Beá explota con una fuerza expresiva y una destreza técnica que no se ve ni a palos en las páginas de La Muralla.
Con mucha menos ambición, obtiene mejores resultados Iceberg, un breve relato gráfico (41 páginas no alcanzan para el rótulos de “novela gráfica”) co-escrito por Jonathan Crenovich y Martín Mazzeo y dibujado por Alessio Rossino. Iceberg tiene un sólo problema, y es que se lee muy rápido. Los guionistas toman la decisión (bastante arriesgada, por cierto) de contar casi toda la historia sin diálogos, y además el tramo principal de la obra transcurre en… menos de cinco minutos y bajo el agua, o sea que se complicaba posta poner muchos más diálogos. Los diálogos que efectivamente aparecen están muy bien, ayudan a sugerir el perfil del protagonista que (por la brevedad del relato) no llegará a desarrollarse, pero por lo menos alguna data tenemos sobre él, como para que nos importe un poco más lo que le pasa. No me quiero extender contando el argumento, porque esto se publicó en Argentina hace relativamente poco y está al alcance de cualquiera que quiera conseguirlo y leerlo. Lo importante es que lo que quieren contar Crenovich y Mazzeo está, y pega fuerte.
Lógicamente hay un muy buen manejo de la narrativa, para que todas esas secuencias mudas impacten y emocionen al lector, y para eso es fundamental el trabajo del dibujante. Con una línea sencilla, limpita, y un manejo del color alucinante, Alessio se pone al hombro casi todas las secuencias de Iceberg y despliega planificaciones muy logradas, con mucho énfasis en el timing, en ese tiempo que corre y que pone nervioso al lector a medida que se complica más la situación de Bruno, este “Mister Miracle subacuático” al que le toca pasarla bastante mal.
Y si bien Iceberg llega a un final contundente (y muy satisfactorio), algo pasa como para que otra historieta de Mazzeo y Crenovich retome a Manta, el enmascarado acuático que protagoniza esta historia. Prometo leer y reseñar muy pronto el primer librito de Manta, donde tengo entendido que los autores ensayan un relato episódico, bastante más extenso que este promisorio debut que vimos en Iceberg.
Nada más, por ahora. Muchas gracias a todos los que se acercaron a saludar en Dibujados (a felicitar por el blog, el canal de YouTube o los podcasts) y nos reencontramos pronto, con nuevas reseñas.