el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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lunes, 11 de marzo de 2024

LUNES CON TORMENTA

Mientras afuera un temporal amenaza con destruir el mundo tal como lo conocemos, tengo otros tres libros leídos y listos para reseñar. Empezamos en España, año 2001, cuando se publica Cohibas Connection, una historieta protagonizada por el detective Simón Feijoo, originalmente publicada en el diario El Observador. El guion le pertenece al destacado especialista (y a veces guionista) Carles Santamaría y los dibujos son obra del maestro Bartolomé Seguí, muy identificado sobre todo con las revistas El Víbora y Madriz. La trama de Cohibas Connection narra las desventuras de Feijoo en La Habana, a donde viaja por placer, y con la idea de concretar un lucrativo negocio de contrabando de cigarros. Pero la transacción se complica, los habanos son algo más que lo que él supone que son, y el fisgón español se ve envuelto en un flor de bolonki donde abundan los intereses mezquinos, las traiciones. los policías corruptos y los gangsters armados y con ganas de disparar. Santamaría no inventa nada que no hayamos leído ya muchas veces en este tipo de historias, pero le pone por un lado mucha onda al desarrollo de los personajes, por otro lado bastante verosimilitud a su retrato de esta Cuba bizarra y en un punto hostil para con el "turista" español, y -lo más importante- mucho ritmo. La aventura es trepidante, todo el tiempo pasan cosas una más heavy que la otra, y la historia te transmite la sensación de no querer ser ese Simón Feijoo, que llegó a La Habana a comerse al mundo en dos pancitos y ahora está atrapado en una vorágine de violencia que no se sabe donde puede terminar. El guion ofrece también pinceladas de comedia y algo de sexo, pero se apoya sobre todo en esa violencia, turbia, descarnada y sin ningún tipo de control. Bartolomé Seguí aborda la faz gráfica con un magnífico manejo del claroscuro y un trazo ágil, donde demuestra su gran versatilidad con el pincel. Seguí es un crack dibujando comedia, pero su estilo no desentona para nada con la trama de Cohibas Connection, en la que el grotesco tiene un peso insoslayable. Probablemente hoy nadie se acuerde de esta historieta pero -sin ser una maravilla insuperable- está muy bien. Es divertida, es incómoda, por momentos salvaje, políticamente incorrecta, está dibujada a un excelente nivel, y lo que el guion no tiene de original lo tiene de sólido. También la encontré de pedo (y en oferta) en una comiquería argentina.
Salto a Estados Unidos, año 2010, para el cuarto tomito de Secret Warriors de Jonathan Hickman... que no es el último. Yo creía que terminaba todo acá, pero no: faltan dos TPBs más para completar la serie. Y obviamente no los tengo. Este es un libro finto, que recopila apenas cuatro comic books. El primero es un one-shot que conecta con el evento llamado Siege, en el que se termina la etapa de Norman Osborn al frente de las fuerzas de seguridad de EEUU (el llamado "Dark Reign"). Hickman centra el episodio en el reencuentro entre Nick Fury y Captain America, pero al que más chapa le da es a Alexander, el hijito de Ares. Es un episodio raro, porque no conecta mucho con lo que venía pasando en la serie regular de Secret Warriors, pero no está mal. Y los otros tres números son todavía más raros. Hickman arma una trilogía en la que nos cuenta (a modo de flashbacks) una última operación de los Howling Commandos en la que terminan todos muertos, salvo Dum-Dum Dugan, que apenas se rompe un brazo. Esto tiene una conexión mínima con lo que venía planteando el guionista en la serie (el conflicto entre Fury, HYDRA y Leviathan) y sirve básicamente para traer un poco de lógica al mundo: ya era muy inverosímil que esos tipos, que tenían entre 19 y 25 años en 1942, hubiesen llegado vivos y en un estado físico envidiable a 2010. Así que Hickman los limpia a todos en un combate contra Gorgon que está desenfatizado en favor del kilombo diplomático que se arma con China, país done tiene lugar el enfrentamiento. De nuevo, lo que hace llevadero todo esto son los diálogos y la complejidad del personaje de Nick Fury. El resto de las tramas (Leviathan, los pibes con superpoderes, los traidores infiltrados en las distintas organizacioines, etc.) no se mencionan en lo más mínimo, con lo que intuyo que el Vol.5 va a ser mucho más continuación directa del Vol.3 que de este. El dibujo de Alessandro Vitti cambia mucho entre el one-shot de Siege (más estilizado, con un trazo más finito, más tipo Carlos Pacheco) y los tres episodios centrados en los Howling Commandos, donde entinta con brocha gruesa y apuesta más al grotesco, y a la exageración del impacto. Tampoco lo ayuda el color, muy opaco, con predominio de tonos marrones. No hay mucho para rescatar en estas páginas del autor italiano, que por algo era suplente de Stefano Caselli. Hasta acá llego con Secret Warriors. Veremos con qué me encuentro el día que consiga y lea los tomitos que me faltan.
Y termino en Chile, año 2022, para reseñar Lautaro: El Ascenso, una novela gráfica de temática histórica, escrita por mi amigo Francisco Inostroza y dibujada por Claudio Muñoz. Me resultó sumamente interesante la temática, que tiene que ver con la resistencia de los pueblos originarios chilenos frente al avance de los conquistadores españoles. Hay una recreación de aquellos mediados del Siglo XVI muy inteligente por parte de Inostroza, que sin recurrir a la cátedra de historia nos mete en ese clima y en ese período para contarnos una historia que es al mismo tiempo muy personal y muy épica. Tiene el problema de que está contada de manera muy descomprimida. El libro tiene más de 80 páginas, la historieta alrededor de 65 y eso que nos cuentan los autores se podrían haber contado en 32, o 36, a lo sumo. El relato va lento, se cuelga en silencios y se regodea en las escenas de batalla, que ocupan muchísimas páginas. Lo importante, el motor emocional de Lautaro: El Ascenso, que es el contrapunto entre el joven aborigen y el español que lo crió (el conquistador Pedro de Valdivia) tiene mucho desarrollo y está muy bien llevado, pero podría haberse resuelto en muchas menos páginas. El dibujo de Muñoz es desparejo: tiene viñetas (sobre todo primeros planos) en los que se prodiga en detalles, como esos entintadores del mainstream yanki que quieren sobresalir por encima del trabajo de quien tiene a su cargo los lápices; y otras viñetas donde sintetiza muchísimo el trazo y lo circunscribe a los rasgos más básicos de cada personaje, animal o fondo. En esas escenas multitudinarias con decenas de indios y soldados españoles a caballo, hay algunos pifies notorios en la anatomía de humanos y animales, pero se aprecia el esfuerzo del dibujante por transmitir la fuerza y el vértigo de las batallas. Y el principal problema (para mi gusto) es que buena parte de los aborígenes tienen el físico de un superhéroe, o un luchador de la WWF. En una de esas estoy diciendo pelotudeces y Muñoz investigó documentos de la época que afirman que los mapuches hacían fierros y tenían esos cuerpos imponentes, anchos y musculados, o por ahí es una licencia de la que el dibujante abusa un toque. La verdad que no lo sé con certeza, pero me hizo ruido. Este mismo material, con menos páginas, menos prólogos, menos epílogos, menos pretensiones de relevancia y rigor histórico, sería mucho mejor. Así no está mal: hay un conflicto atractivo, que escala y se resuelve de modo impactante, y el dibujo no es un horror ni mucho menos. Pero como en Chile ganó varios premios y lo leí muy sugestionado por la manija previa, esperaba un poco más. Y a veces menos es más. Nada más, por hoy. Nos vemos el sábado y domingo en el Teatro Mandril para compartir el evento de los Premios Cinder y se viene otro programa en vivo en el canal de YouTube de Comiqueando, del cual prometo contar un poquito más la próxima vez que salga posteo acá en el blog. Gracias y hasta pronto.

miércoles, 10 de agosto de 2022

ACÁ ESTOY DE NUEVO

Estuve varios días totalmente absorbido por el cierre de la Comiqueando Digital, sin tiempo para leer comics, mucho menos para escribir acerca de ellos. El esfuerzo dio sus frutos (suele suceder) y la nueva entrega de la revista ya está disponible en https://comiqueandoshop.blogspot.com/, donde se puede descargar por muy poquita plata y acceder a unas notas tremendas, historietas gloriosas y contenidos audiovisuales exclusivos de primer nivel. Vamos con las lecturas. El Brujo es una historieta de autores chilenos que se publicó a lo largo de varios años y en distintas revistas, y que se recopiló este año en un tomo integral del cual tuve el privilegio de escribir el prólogo. El libro es un lujo, está armado con cariño, con jerarquía, por momentos hasta con picardía, y realmente tiene todo lo que cualquier fan de Román Farías (que así se llama El Brujo) quería ver en un integral. El punto débil de esta serie, breve pero de gran impacto entre los fans trasandinos, son los dibujantes. Uno tras otro, se suceden dibujantes con muy escasa onda, en su mayoría tributarios de la estética que imperaba en el mainstream yanki a mediados de los ´90: Scott Campbell, Joe Madureira, Humberto Ramos... esa onda, pero en versiones de menor calidad. Eso sí, con una paleta de colores totalmente distinta a la que usaban los comics de esos autores, obra de un hábil Carlos Badilla. Y con una puesta en página totalmente opuesta a la de los dibujantes a los que imitaban: acá todo está muy apretado, muy comprimido, las historias se narran en pocas páginas en las que pasan muchas cosas y hay muchas viñetas, algunas muy cargadas de texto. El Brujo es un comic abigarrado, agorafóbico, que por momentos te agobia por la cantidad de elementos que hay en cada página. Estas mismas historias, contadas en más páginas, con más aire para que el dibujo se luzca (ponele) se verían mucho mejor. Los guiones de Brian Wallis y Francisco Inostroza están muy bien, porque son 100% en joda. La idea de crear un superhéroe que en realidad es un joven chileno medio garca los lleva enseguida al terreno de la comedia, donde se mueven con mucha soltura. La aventura más divertida es la que está escrita más en joda, la menos aventurera, que es la del casting de supervillanos. Ahí Wallis demuestra ser un alumno aventajado en las cátedras que dictaron Keith Giffen y J.M. DeMatteis en su Justice League, a la que por supuesto le tira homenajes y referencias copadas. También hay mucha referencia a la cultura pop de los ´90, desde Ren & Stimpy a las cámaras ocultas de VideoMatch. Así que son unas cuantas páginas muy entretenidas. Esto mismo, con historias menos comprimidas y dibujantes más capaces, podría ser un clásico que trascienda ampliamente sus coordenadas temporales y geográficas. Pero bueno, les tocó en suerte esta narrativa tan sobrecargada y dibujantes que quizás ahora superaron este nivel, pero lo que muestran en El Brujo es bastante inconsistente, especialmente en el caso de Javier Bahamonde. Yo conocí a El Brujo cuando mi amigo Francisco Inostroza me mandó este libro en .pdf para invitarme a escribir el prólogo. Y la verdad que me pareció una idea muy atractiva, cuyo desarrollo por ahí no resultó tan eficaz, pero que para pasar un rato y rememorar las boludeces de los ´90, está muy bien.
Entre los años 2014 y 2015, el maestro británico Brendan McCarthy produjo para Dark Horse una obra fascinante llamada Dream Gang, luego recopilada en libro en 2016. El argumento es una epopeya fantástica en el mundo de los sueños: la clásica aventura de buenos contra malos que aspiran a destruir la realidad toda, pero ambientada en un universo onírico, con reglas más extrañas que las de cualquier otro mundo fantástico que puedas imaginar. Es una fórmula clásica, pero fresca, muy bien condimentada con ideas atractivas, buenos diálogos y algo de desarrollo de personajes. En ese aspecto, McCarthy todavía tiene muy marcado el genoma de la 2000 A.D., donde todo está jugado al plot y rara vez se le da bola al desarrollo de los personajes, y ese puede llegar a ser el único punto algo insatisfactorio de Dream Gang. Todo lo demás es un festival de imaginación, magia y audacia creativa pasada de rosca. La trama avanza a un ritmo cautivante, los peligros se siente reales, el final es brillante, quedan ventanitas por las que volver si alguna vez el autor decide hacer una secuela, y la extensión de la obra es la ideal para lo que quería contar McCarthy. Pero seamos sinceros: cualquier hallazgo que encontremos en el guion es un bonus track. Todos nos compramos los comics de McCarthy por los dibujos, y medio que los guiones nos chupan un huevo. Blanqueado ese punto, estoy en condiciones de afirmar que el dibujo de Dream Gang es perfecto. Es esa narrativa clásica, casi adusta, de los autores de la 2000 A.D., que identificamos con (por ejemplo) Carlos Ezquerra o Steve Dillon, combinada con un trazo mágico, psicodélico, lleno de yeites heredados de Moebius y Philippe Druillet, pero absolutamente personal. Y por supuesto con ese coloreado alucinante que caracteriza desde siempre al genio salvaje que es McCarthy. Visualmente, Dream Gang es un comic insuperable, que te hipnotiza en la primera secuencia y te lleva a delirar por climas, paisajes y momentos asombrosos, que te quitan el aliento. Si sos fan de Brendan McCarthy, ni hace falta que te lo recomiende. Y si no, este es un buen punto de entrada al universo desaforado y demencial de este genio del Noveno Arte.
Para cerrar, breve mención a La Sonrisa de Duchenne, una historieta corta de Damián Connelly que salió en formato de comic book de 20 páginas. A pesar de los climas oscuros y la temática sumamente perturbadora, la historia no me logró atrapar. Me pareció que había mucho impacto pero poca sustancia. Por otro lado, el de la gráfica, me encantó ver a Connelly más suelto, más libre, cada vez más cerca de despegarse de ese realismo foto-dependiente que adoptó desde que volvió a dibujar. Sin dudas ese es el camino a seguir. No sé cuándo voy a volver a postear en el blog, pero seguramente habrá más reseñas en algún momento. Y nos cruzaremos durante el finde con quienes asistan a Crack Bang Boom. No sean ortivas y saluden. Gracias y hasta pronto.

domingo, 2 de noviembre de 2014

02/ 11: ANATEMA: LAS SEIS REVELACIONES DEL PADRE ANZUELOS

Vuelvo a internarme en un comic reciente de autores chilenos, y me encuentro con una propuesta sumamente interesante.
Los guionistas de Anatema, Brian Wallis y Francisco Inostroza (este último con bastante participación en las antologías del Dr. Mortis que vimos el año pasado), hacen un truco que a mí me encanta: son seis historias, que a medida que las leés pintan para ser autoconclusivas. Pero la sexta y última revela que no, que las cinco anteriores están puestas en ese orden para lograr un efecto, y sobre el final, todo lo que sucedió resulta ser parte de algo mayor, que se termina por resolver no como se resuelven los unitarios autoconclusivos, sino como se resuelven las novelas gráficas. O sea que resulta ser una especie de “novela gráfica encubierta”, que es algo que no es fácil de estructurar, pero que está tan logrado que te dan ganas de volver a leer el libro, para detectar con más precisión las pistas que van hacia ese “todo tiene que ver con todo”. Podría ser más específico, me queda claro, pero no quiero spoilear.
El protagonista de los seis relatos es el Padre Anzuelos, un cura muy especial, que encara su trabajo y la relación con Dios y con los otros sacerdotes de un modo muy particular, muy audaz. Es un personaje interesante, muy bien construído, en el cual los guionistas indagan bastante y que no hay que ser un genio para deducir que le debe unas cuantas cosas al querido John Constantine. Las historias van para el lado de Hellblazer: posesiones satánicas, rituales ancestrales, un barrio (de Santiago de Chile) que está vivo y esas cosas que durante décadas le vimos hacer a Constantine, pero en Londres. El Padre Anzuelos la juega de pichi, de rebelde que vende humo disfrazado de actitud, pero está claro que la tiene atada en materia de conjuros y runflas con seres sobrenaturales, y generalmente las resoluciones de las historias vienen por ese lado: por la sorpresa que nos da el protagonista cuando revela cómo acostó a su adversario en una “negociación” en la que tenía todo para perder.
El clima es generalmente oscuro, los diálogos son filosos y bastante subidos de tono, y quizás lo más logrado sea el equilibrio entre estos elementos fantásticos zarpados y la mugre urbana, el chiquitaje de acá a la vuelta, algo que también aprendimos a disfrutar a partir de muchos años de leer Hellblazer. Aunque me estoy contradiciendo, porque lo más logrado es lo que dije antes: los volantazos que pegan los guionistas en las últimas 22 páginas para integrar todo lo que nos mostraron hasta ese punto en una única trama que no nos dejaron adivinar previamente, pero que estaba ahí, que latía por atrás de los cinco episodios unitarios.
El dibujante es Rodrigo Vargas (firma como “Rodrigo V.”), un profesor de música convertido en historietista. Me gustó su trabajo, especialmente el manejo del claroscuro, y la multiplicidad de climas y efectos que logra a partir del blanco, el negro y las tramas de gris aplicadas desde la computadora. La línea es en general gruesita, con algunos rasgos que me hicieron acordar a Jason Pearson, y donde lo veo más flojo es en la anatomía, que tiene algunos pifies notables. Pero tampoco es para crucificarlo. La referencia fotográfica está muy bien integrada, la narrativa fluye sin problemas, cuando tiene que pelar estéticas alternativas para narrar secuencias de flashbacks lo logra con mucha categoría… La verdad que es un libro que desde la faz visual no empaña para nada los logros de los guiones, que son unos cuantos.
Sospecho que este libro no se distribuyó ni se va a distribuir nunca en Argentina, pero si tenés amigos que viajan, o si vivís en el país de los flaites y los secos y querés leer un comic cuático (o incluso brígido), conseguite un ejemplar de Anatema y hacete amigo de este cura constantinescamente transgresor.