el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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martes, 21 de agosto de 2018

MARTES DE FINALES

Hoy tengo para reseñar dos tomos que funcionan como cierre a sendas colecciones.
En primer lugar, el esperado (pero para nada deseado) final de La Mazmorra, que nos lleva al nivel 111 del Crepúsculo, de la mano de Lewis Trondheim, Joann Sfar y Mazan. Esta historia va casi todo el tiempo en paralelo con la que vimos en el tomo inmediatamente anterior, pero desplazando un poco el foco del relato. En vez de centrarse en Marvin Rojo y Zakutu, este episodio cuenta la batalla final contra la Entidad Negra desde la óptica de Herbert, con roles importantes para el Rey Polvo, Papsukal y el alucinante (o alucinógeno) Gilberto.
Acá también Sfar y Trondheim logran un equilibrio magnífico entre la epopeya grandilocuente, las escenas intimistas (pocas veces tuvo más peso el vínculo entre los personajes) y los chistes, que no pueden faltar. Y además, en este episodio final hay elementos más esotéricos, más limados, que tienen que ver con viajes astrales, que trascienden la violencia física, por supuesto muy presente. La mejor escena, lejos, aparece cuando la Entidad Negra lo psicopatea a Herbert, para hacerlo dudar si está o no controlando los actos de Papsukal. Que un villano tan absolutamente hijo de puta se tome unas viñetas para comportarse como un cancherito, para hacerle una travesura/ guachada más a su víctima, me pareció un hallazgo exquisito.
Y el final –como no podía ser de otra manera- transmite esa sensación chota de desolación, de lo que pudo haber sido y no fue. Pero está claro que -por cómo venía sobre todo la saga de Crepúsculo- si terminaba todo bien, con dicha y alegría para todos, estaríamos hablando de una traición grosera, como cuando te prometen mejor calidad educativa y te destruyen el presupuesto para las universidades, la ciencia y la tecnología. O sea que sí, es un bajón que la hiper-saga que iba a durar 300 álbumes terminara después de… treinta y pico, pero la verdad es que termina bien, con un final redondo, coherente con la evolución que Sfar y Trondheim venían trazando para los personajes principales.
El dibujo de Mazan (a quien ya habíamos visto en uno de los álbumes de Monstres) no me copó tanto como el de Alfred, pero no está nada mal. Gloria eterna a La Mazmorra y si algún día deciden retomarla, acá tienen un comprador seguro.
Me vengo a nuestro país, a 2016, cuando se edita el Vol.8 (y último) de Antología de Héroes Argentinos, con ocho historietas muy, muy distintas entre sí.
La primera retoma una punta argumental iniciada en una de las historias del Vol.6 (lo reseñé el 20/07/18), la hace avanzar dándole mucha chapa al personaje de Romina, y cierra no sin dejar otra punta abierta. Dentro de todo, zafa. No me emocionó mucho, pero no puedo decir que esté mal. Le sigue un episodio de la intrincada saga de Camulus, apenas seis páginas que se proponen cerrar los plots abiertos, pero como leí la saga esporádicamente, no entendí una chota. Acá por lo menos vuela una piña, así que me imagino que habrá un conflicto un poco más power que la vez anterior.
En una brevísima historia de cuatro páginas y cero profundidad, Sebastián Rizzo, Jorge Lucas y Claudio Ramírez narran un encuentro entre Carlitos y Cazador. Nada, muy poquito. Carlitos también tiene peso en la siguiente historia, seis páginas en las que Luis “Hitoshi” Díaz y Emiliano Urich nos muestran el regreso de Estigma, un personaje que había tenido sólo dos apariciones en la efímera revista H de Héroes, allá por 2001. No sé si volvió a aparecer luego de este regreso.
La historia más extensa del tomo es la de Crazy Jack, 14 páginas en las que los maestros Gustavo Amézaga y Rubén Meriggi sacan a relucir su vasto profesionalismo y la estrecha relación laboral que los une hace varias décadas. Un cierre más que atractivo para la saga de este personaje, que ojalá regrese pronto. Carlitos aparece una vez más para una historia que no se entiende muy bien, en la que intercambia trompadas con dos enmascarados, bajo la atenta mirada de un tercero.
Fernando Calvi nos regala una joyita metacomiquera y autorreferencial, en la que reaparecen todos sus personajes de los ´90 (varios de ellos creados en las páginas de Comiqueando). Es una trama compleja resuelta de modo sencillo y que tiene que ver con la evolución artística del propio Calvi. Y para terminar, Toni Torres y Quique Alcatena narran una invasión alienígena a Buenos Aires ambientada en 1948, que será repelida por Misterix, el Vengador, el Caballero Rojo de los años ´40 y varios superhéroes más que yo no conocía. Por supuesto, en apenas 10 páginas no hay espacio para presentarnos a estos personajes, ni para darles profundidad, ni para explicar demasiado nada. Es un clásico palo-y-a-la-bolsa, no muy distinto de las aventuras que vivían en los ´40 los superhéroes yankis, con el plus de estar dibujado por Alcatena, y la contra de cargar con mucho texto, muchas viñetas por página y el rotulado manual de Quique, que a mí personalmente no me gusta. Ah, en un par de viñetas Alcatena dibuja a Perón. Eso sólo hace que esta historieta sea medio totémica.
Y no hay más, ni más Mazmorra ni más Héroes Argentinos. Veremos con qué sigo la próxima vez que me siente a leer comics, y ni bien junte un par de libritos para reseñar, nos reencontramos acá en el blog.

viernes, 20 de julio de 2018

OTRA PREVIA DE OTRO EVENTO

Otro día con un clima espantoso y otra noche de viernes en la que no puedo salir de joda porque a las 7:30 tengo que estar listo para viajar a Villa Constitución, a la nueva edición de Villa Viñetas.
En materia de lecturas, me clavé el tercer y último recopilatorio de la etapa de Grant Morrison en Animal Man. Un cierre rarísimo, anticlimático, con momentos en los que decís “pará, ¿acá no se venía una mega-crisis cósmica, con caos de continuidad, choque entre distintos niveles de realidad y toda la fanfarria?”. Sí, pero los aliens amarillos (que vendrían a ser algo así como guardianes del meta-relato) desactivan todo de cuajo, gracias a que Buddy Baker aprende a manejar a su favor el hecho de que sabe que es un personaje de comics.
Básicamente, lo que pasa al final es que Morrison blanquea que le chupa un huevo la aventura. El escocés nos contó estas historias de Animal Man para bajar línea, para reflexionar en voz alta acerca de cómo cambiaron los superhéroes desde su infancia hasta 1990, para exorcizar algún mambo suyo, por qué no. Y la forma que elige para explicarle esto a los lectores no puede ser más rupturista. Si alguien hace eso en una película, por ejemplo, la gente le prende fuego a los cines. Y si bien el impacto es fuerte, y si bien uno le cree a Morrison cuando declama su amor por los superhéroes, no se puede soslayar el mensaje que transmite este cierre de Animal Man: Los comics de superhéroes son, en esencia, papelitos de colores. Una acumulación de caprichos de los guionistas, volantazos de los editores, olvidos injustos, contradicciones involuntarias, accidentes –en una palabra- producto de la vorágine de llenar chotocientas páginas por mes para tener siempre alimentado al fanático. Más o menos lo mismo que (en esa misma época) proponía John Byrne en las páginas de She-Hulk, pero con la diferencia (vos sabrás si a favor o en contra) de que Morrison lo aborda desde un costado dramático y Byrne desde la joda.
Lamentablemente, en este tomo no tenemos a Tom Grummett para darnos un respiro entre tantas páginas del errático Chas Truog. El único episodio que no dibuja Truog (a quien en este tramo final se le notan más las pifias) le toca a Paris Cullins, lejos de su mejor nivel. Lo único que tengo para decir a favor de ambos es que les tocaron guiones muy difíciles de dibujar. Y hasta acá llegamos con esta serie. Tengo más material de Morrison en la pila de los pendientes, así que volveremos pronto a visitarlo.
Me vengo a Argentina, a 2015, cuando se edita el Vol.6 de Antología de Héroes Argentinos, un tomo compuesto de varias historias cortas a cargo de distintos autores. Con 15 páginas, la primera historia es la más extensa. Es parte de la ambiciosa saga de Cámulus, escrita por Pablete García y dibujada por Jorge Blanco, y da la sensación de ser un capítulo “del medio”, donde los conflictos ya fueron presentados y falta bastante para que se resuelvan. No entendí mucho, pareciera escrita para eruditos, para lectores muy empapados en la historia del personaje. Sebastián Rizzo y Pablo Canadé narran una breve historia de Carlitos en la que interviene también Animal Urbano. Nada, muy cortita, no hay espacio para desarrollar la situación, ni sus causas, ni sus consecuencias.
Una heroína a la que me parece haber visto en otros tomos de Carlitos, o de esta antología, forma equipo con Anita, la hija del verdugo, para una historia vibrante y violenta, a cargo de Gabriel Bobillo. Probablemente sea la mejor escrita del tomo. El dibujo nos muestra al notable Mariano Navarro muy compenetrado con la acción y con la figura humana, pero con algunas dudas en el armado de las secuencias, algo raro en él. La historia de Carlitos continúa en otra historia corta escrita por Bobillo, junto a Ignacio Segesso. Acá tampoco se llega a establecer claramente un conflicto, ni mucho menos a resolverlo.
Después tenemos 14 páginas del mítico Crazy Jack, a cargo de Gustavo Amézaga y Rubén Meriggi. Esto continúa directamente del tomito de Crazy que vimos el 04/01/18 y agradezco haberlo tenido más o menos fresco, porque acá no hay ningún tipo de flashbacks que ayude a poner en situación al que no venía siguiendo al personaje. La historieta es básica, a pura acción, pensada para el lucimiento de un Meriggi que deja el alma en cada viñeta. En la siguiente historia vuelve Carlitos, de la mano de David Rodríguez y un precario Nicolás Armano. Me gustó tan poco el dibujo, que no me pude enganchar con la trama. Toni Torres y Lito Fernández retoman al Caballero Rojo de los años ´40 y ´50 para una historia interesante, que me hizo acordar mucho a una de Jupiter´s Circle. El dibujo es muy raro, la cantidad de cuadros le resta lucimiento al trabajo de Lito, y por momentos pareciera que el maestro está apenas entintando a otro dibujante, de trazo menos fluído, menos diestro en la composición de las viñetas.
Y para el final, otro personaje al que ya visitamos en este blog: El Chispa, de Gustavo Lucero. Son apenas seis páginas, una anécdota menor, que le sirve a Lucero simplemente para desplegar su manejo impactante del claroscuro y su talento para el diseño de personajes. Una vez más, la narrativa se resiente un poco por la sobrecarga de elementos gráficos y por algunos tropiezos en la planificación de las secuencias. Tengo un tomo más de esta antología sin leer. Prometo entrarle pronto.
Y ya está, me voy a dormir un rato, así llego bien a tomar el micro a Villa Constitución. Gracias y hasta la semana que viene.

lunes, 25 de mayo de 2015

25/ 05: ANTOLOGIA DE HEROES ARGENTINOS Vol.5

Después de una primera entrega que mucho no me convenció, me bajé de esta serie y le perdí un poco el rastro… hasta que un amigo me regaló este quinto tomo y dije “nah, me estás jodiendo. ¡Esto lo tengo que leer!”.
Esta vez el nombre del libro contradice a su contenido: no se trata de un compilado de historias cortas sino de una única aventura de 50 páginas, a cargo (casi) de un único guionista. Es, prácticamente, una novela gráfica, en la que seis héroes deben enfrentar una crisis a gran escala, algo con lo que Toni Torres (el guionista a cargo este “crossover final”) soñó desde hace muchos, muchos años. Finalmente lo pudo llevar a cabo en este libro de impecable factura técnica, con un papel y una impresión realmente lujosos, de notable calidad.
Los protagonistas de la aventura son Carlitos (el crédito local de Universo Retro), Camulus, Animal Urbano (que venían apareciendo en casi todos los tomos de la AHA), Shamana (personaje que quizás no te suene: fue creada en 1991 por Sanyú y Jorge Lucas y sólo había aparecido en tres ocasiones), y dos personajes a los que vi nacer en las páginas de Comiqueando: Bruno Helmet y el Caballero Rojo. Además aparecen muy brevemente, en cameos mínimos, otros 30 ó 40 personajes, algunos muy oscuros, entre los que me sorprendió ver, por ejemplo, a King Cop. Le pregunté qué onda a su creador, Luciano Saracino, y me confirmó lo que yo sospechaba: ni las aventuras de King Cop transcurren en Argentina, ni nadie vinculado a este proyecto le consultó si podían utilizar a este personaje.
Lo más acertado que tiene el guión es ese momento cerca del final en el que Torres explica por qué son esos seis personajes y no otros los elegidos para vencer a la amenaza final. Lo más flojo es cuando intenta justificar por qué es Argentina el lugar elegido por la Muerte para manifestarse. Dice Shamana: “La corrupción, la desconfianza, la falta de fe y esperanza, los robos, los asesinatos. Nuestro país está hundido, ha perdido sus valores. Nunca hubo un momento de tan poca fe. Nadie cree en nada ni en nadie. Todos tienen miedo, todos odian al otro”. En fin… detrás de eso se ve con toda claridad una posición política que obviamente no comparto. No te digo “poné la tele y mirá lo que está pasando en este momento en Plaza de Mayo”. Te digo simplemente “salí a la calle, recorré un poquito el país, hablá con la gente”… A menos que te cruces con zombies que sólo miran TN, te va caer la ficha de que Argentina es otra cosa, que los valores están, que la fe está, que mucha gente cree más que nunca en el futuro, en algunos líderes, en algunos proyectos… Pero bueno, este espacio no existe para discutir de política con los guionistas de los comics que leo.
Al tratarse de una amenaza sobrenatural, es casi lógico que la forma de vencerla sea demasiado fácil, más vinculada a un pase de magia que a la lucha de los personajes. No se puede criticar demasiado esa movida. Y los diálogos entre los seis protagonistas están bien: Si fueran más a fondo, las 50 páginas quedarían demasiado sobrecargadas de texto.
En cuanto a los dibujantes, las secuencias protagonizadas por varios héroes se las reparten entre Mariano Navarro (como siempre afiladísimo en las expresiones faciales, con cuerpos de gran dinamismo y narrativa impecable) y los Silva Brothers, correctos, pero más fríos, menos expresivos. En el concurso de “a ver quién dibuja menos fondos” ganan los Silva, pero por muy poco. Juan Pablo Massa completa con algunas páginas de varios héroes juntos, con fondos más laburados y personajes más duros, menos plásticos. Después hay una secuencia de Camulus y Carlitos dibujada por Jorge Blanco (creador de Camulus) en un estilo rústico, muy sobrecargado, donde también se ven personajes de poca ductilidad, casi tallados en madera. Edu Molina, en cambio, la rompe en esas cinco páginas donde sólo aparecen Animal Urbano y Carlitos; y Fernando Calvi dibuja Y ESCRIBE cuatro páginas “solistas” de Bruno Helmet, en su estilo más actual, más personal, de un modo tan idiosincrático y tan ingenioso que logra que esas páginas se puedan leer como una aventura autoconclusiva en sí misma, que podría haber aparecido en cualquier otro tomo de la AHA, en la Fierro, en la Comiqueando o donde se le cante al autor. Gracias a esa secuencia planteada por Calvi, Bruno Helmet termina por ser el único de los seis protagonistas que llega a plantearse por qué carajo hace lo que hace y crece en esas cuatro páginas más que los otros cinco héroes en las 46 restantes.
Sospecho que hace 15 años, cuando muchos vibrábamos con las aventuras de Caballero Rojo, Animal Urbano, Bruno Helmet y demás, esto hubiese sido no sé si un furor, pero seguro mucho más de lo que es hoy. Hoy la historieta argentina (para bien o para mal) agarró para otro lado y una aventura como esta (casi obsesiva en su afán de parecerse a las típicas crisis que tanto abundan en los comics de superhéroes) pasa a ser una bizarreada medio marginal, una curiosidad medio freak en la que los lugares comunes le ganan la pulseada al talento artístico, que por suerte también está. Porque tampoco estamos hablando de un bofe infumable, ni mucho menos…

domingo, 24 de febrero de 2013

24/ 02: ANTOLOGIA DE HEROES ARGENTINOS Vol.1

Es lógico que este libro lo edite Universo Retro. La idea es definitivamente retro y habría funcionado maravillosamente bien allá por 1999 cuando surgían con bastante frecuencia los proyectos en los que autores argentinos buscaban aproximarse –de distintas maneras y con distintos grados de éxito- a estéticas y temáticas vinculadas al comic de superhéroes. En aquel entonces, el espacio compartido entre todos esos personajes no sucedió y ahora sí. Veamos cómo vino esta primera entrega:
Lógicamente, Cazador no podía faltar. Pero la historieta que entregó Jorge Lucas no tiene nada que ver con el material que tanto amaron los fans del Paladín de las Puteadas. Se trata más bien de un rejunte de clichés de los cuentos de Lovecraft, al que al final se suma una tibia mención a Cazador. El clima oscuro y denso está muy bien llevado por los textos y ahí se terminan los logros. El dibujo prácticamente no existe: es Lucas jugando muy finito en la frontera entre el estilo Juan Carlos Flicker y la fotonovela. Arrancamos con el pie izquierdo.
Después viene la historieta más extensa: 20 páginas protagonizadas por Camulus. Se trata de una epopeya ambiciosa, evidentemente bien planeada por los guionistas García y Cascallares. Tiene dos problemas: por un lado, le falta establecer de modo más fuerte el conflicto. En las primeras páginas, los personajes tiran frases enigmáticas, profecías ominosas, pero no queda claro qué está pasando. Eso tiene que ver con el segundo problema: me da la sensación de que esta historia funciona perfecto como un episodio más en la saga de Camulus y al que no la viene siguiendo, lo deja bastante afuera. Hubiese estado piola que García y Cascallares usaran esta historia para explicarle a los neófitos el universo de Camulus, para tratar de cebarlos. Lo que sí me cebó hasta el infinito y más allá es el trabajo de Jok al frente de los dibujos. Estas 20 páginas son –lejos- las más hermosas del libro y están repletas de hallazgos. Jok aprovecha la ambientación fantástico-medieval para adoptar algunos truquitos clásicos de Alcatena y al combinarlos con su estilo salen unas imágenes de asombrosa belleza.
En la breve historieta de King Cop nos reencontramos con los autores de El Feo, Luciano Saracino y Omar Hetchenkopf. Esta vez la historia es menor, casi un chiste largo, y el mayor lucimiento se lo lleva el dibujo, super expresivo, recontra estilizado y con los fondos puestos donde tienen que estar.
Fernando Calvi retoma después de muchos años a Bruno Helmet, en una historieta sumamente extraña: lo que sucede es fuerte, definitivo, crucial para la historia del personaje. Sin embargo, el autor se esfuerza por des-enfatizarlo, por desorientarnos con los bloques de texto para que creamos que en realidad nos está narrando una historia chiquita, una anécdota de poca trascendencia. El dibujo le da una vuelta de tuerca más al estilo que Calvi nos mostró estos últimos años en Fierro: como no puede recurrir al color, le prende fuego al lápiz, la tinta y las tramas mecánicas para lograr ocho páginas repletas de imágenes de altísimo impacto.
Finalmente, los autores de Animal Urbano, Guillermo Grillo y Edu Molina, se reencuentran para una breve historia que supuestamente “pasa en limpio” lo sucedido en la novela gráfica de Carlitos (la vimos el 10/ 6/ 12), aunque en realidad lo que hace es introducir con mucho ingenio un concepto que –me parece- está pensado para habilitar (más adelante, si el proyecto de la antología se afianza y prospera) el encuentro entre varios de estos personajes. El dibujo de Molina (radicado hace ya muchos años en México) está bárbaro y hace que uno lamente enormemente que la historieta dure sólo seis páginas.
Hay un segundo tomo de la antología en carpeta, con historietas de Animal Urbano y Caballero Rojo (entre otros), pero por ahora no tiene fecha de salida. Esta primera entrega tiene sus altas y sus bajas, pero en general es un producto cuidado, con una edición impecable y con trabajos que los fans de Calvi, Jok, Hetchenkopf, Grillo y Molina no van a querer perderse por nada del mundo.