el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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jueves, 22 de enero de 2015

22/ 01: TEN GRAND Vol.1

Acá tenemos otra de las muy buenas series de la Image actual, a la que quizás no se le dio toda la pelota que merece. Ten Grand estuvo parada un tiempito, pero los episodios siguen apareciendo (a veces un poco espaciados) y para el mes que viene ya se anuncia el segundo TPB. Los primeros cuatro episodios arrancaron con un Dream Team: guiones de J.M. Straczynski y dibujos de Ben Templesmith. Pero en un momento, el glorioso artista austarliano tildó y dejó de responderle los mails al guionista, dejó su cuenta de twitter, abandonó su blog… virtualmente cortó la comunicación con el mundo. A tal punto que Straczynski se calentó y le avisó a través de los medios de prensa que estaba afuera de la serie, y que su reemplazante sería C.P. Smith, a quien vimos allá por el 30/05/13 al frente de la faz gráfica de The Programme. Este tomo ofrece cuatro episodios dibujados por Templesmith y dos por Smith (se nos cayó el Temple).
Alguien elogió a Ten Grand con la frase “llena el agujero que nos dejó Hellblazer” y la verdad es que coincido muchísimo. Esto es un toquecito más cabeza que Hellblazer, porque en casi todos los episodios hay tiroteos, piñas o ambas cosas. Pero sin dudas va para ese lado y va muy bien. La historia combina mugre urbana, la sordidez del submundo de los asesinos a sueldo, con un complejo entramado de ángeles y demonios, de almas cautivas, de gente que resucita una y otra vez en busca de la redención, o simplemente del amor. A las clásicas roscas entre el Cielo y el Infierno acá se suma un protagonista humano, muy heavy, que sabe mucho de estos temas y tiene un arsenal místico bastante considerable. Joe Fitzgerald fue un sicario al servicio de un capo mafioso, hasta que su esposa fue masacrada y recibió una oferta de los ángeles: cada vez que muera por una causa noble, podrá compartir cinco minutos con su mujer y luego volver a la vida.
Pero lo cierto es que, a pesar de lo atractivo de la consigna, pensada para estructurar una larga serie de episodios, Straczynski pega el volantazo muy temprano y para el final del cuarto episodio, manda a Joe al Infierno a buscar el alma de su mujer. En seis capítulos, las veces que lo vemos morir para ayudar a un inocente son… una sola, sobre el final de un arco muy intenso, muy ganchero, que combina perfectamente la escencia del hard boiled con la machaca sobrenatural. Ojalá la serie retome ese planteo y veamos a Joe tratar de resolver otros casos vinculados al misticismo para morir, ver a Laura y resucitar.
Lo mejor de este primer TPB son, por un lado, los diálogos: afilados, zarpados, muy graciosos, con muchísima onda. Y por el otro, la magia que tira Straczynski para mechar en medio de todos estos despelotes unos flashbacks formidables al pasado del protagonista, cuyo camino al Infierno empieza a los 13 años, cuando boletea a sangre fría a… no te lo puedo contar. Cada vez que puede, el guionista nos revela algún momento más del pasado de Joe y son todas escenas tremendas, que nos revelan a un personaje oscurísimo, cuya única virtud es el genuino amor que siente por su mujer.
El trabajo de Ben Templesmith en los cuatro episodios que dibuja es realmente brillante. A su habitual talento para el expresionismo pasado de rosca, acá agrega un cuidado poco frecuente en los fondos y en el arma de Joe, que se ve sumamente realista, mientras que los dedos que la sostienen a veces son un alambre retorcido, un garabato a mano alzada de esos que tan bien le quedan al australiano. El color es alucinante, lleno de matices, de texturas, perfecto para enfatizar los climas jodidos por los que transcurre el relato. Los demonios, los fantasmas, las explosiones, los tugurios inmundos… todo está fantásticamente bien dibujado. Y cuando llega C.P. Smith, llega con una sorpresa, porque despliega un estilo que se parece poco a lo que habíamos visto en otros trabajos suyos. Acá el autor se juega todo a la paleta digital, a lograr efectos zarpados de iluminación, texturas raras, volúmenes y demás yeites con técnicas 100% digitales. Y le queda muy bien, primero porque se despega bastante de la manada de los Juan Carlos Flicker, y después porque estos experimentos locos le salen muy bien. Obviamente desaparece ese clima espeso, ominoso, de “se pudrió todo” tan presente en las páginas de Templesmith. Pero el arte de Smith transmite otras sensaciones, que también pegan fuerte.
Si eras fan del Hellblazer de Garth Ennis, Ten Grand te va a asesinar. Straczynski y sus dibujantes nos cerraron el orto a los que creíamos que ya no había más formas posibles de combinar el hard boiled o el policial urbano con la onda mística de ángeles y demonios. Y lo hicieron con mucha categoría, en una serie cuyo arranque me dejó muy cebado, pidiendo más. Dejate corromper por esta historia de violencia, amor, mala leche y redención.

jueves, 12 de abril de 2012

12/ 04: CRIMINAL MACABRE OMNIBUS Vol.1

Ufff... qué trip! Casi 400 páginas al hilo de Criminal Macabre, la serie de Steve Niles que Dark Horse publica desde 2003. Esto de que los libros tengan cada vez más páginas me está matando, cada vez es más difícil bajarme uno por día. Pero por otro lado está buenísimo. Yo conocí a Criminal Macabre por una historia corta en una antología, después vi el primer TPB barato y me lo compré, y después me olvidé, o no le di bola. Años más tarde salió este masacote y ahora tengo en un sólo broli aquella historia corta, la saga que tenía en TPB y tres aventuras más: una de 26 páginas, una de 96 y una de más de 100. Ahora sí, me olvido de Cal McDonald y sus misterios por un largo tiempo, pero tranquilo, porque tengo todo lo que me interesa tener.
Por si no lo ubicás, Cal McDonald es una especie de versión cabeza de John Constantine. Es un detective expulsado de la policía por borracho y drogadicto, que resuelve crímenes en los que suelen estar implicados vampiros, hombres lobo, momias, demonios que poseen gente (o cosas) y monstruos varios. El tipo sabe ocultismo, pero en vez de cancherear tipo Constantine, de hacerles la sutil, de psicopatearlos, opta por cagarse tiros y trompadas con las criaturas de la noche. Como Hellboy, o the Goon, pero sin más superpoderes que la inconciencia absoluta, producto del alcohol y las drogas.
Cal McDonald cobra de lo lindo, pero siempre sale entero, en parte gracias a su amigo y cuasi-guardaespaldas Mo´lock, un muerto resucitado con mucho aguante y mil veces más serio que Cal, que se la pasa profiriendo chistes y guarangadas sumamente ingeniosas. Casi todas las historias respetan el formato del policial, en el que un detective investiga uno o varios crímenes, sigue pistas, interroga a sospechosos, etc., excepto la última, Supernatural Freak Machine, la más extensa. Acá Niles opta por una estructura más típica del comic de superhéroes: un villano al que Cal derrotó en el pasado vuelve para vengarse de nuestro no-héroe. No es la fórmula que mejor funciona en esta serie, lamentablemente, si bien la historia dentro de todo es entretenida.
El resto son muy buenas historias policiales, que rápidamente viran hacia la machaca sobrenatural. La primera tal vez sea la menos lograda, pero ya a partir de la segunda (la cortita, la primera que leí yo) las tramas son redondísimas, las amenazas funcionan perfecto, el ritmo se hace más impredecible, más ágil, y por supuesto Niles conoce mejor a los personajes, con lo cual se mete más y mejor en sus cabezas. Si me tengo que quedar con una, elijo la tercera, Love Me Tenderloin, la de 26 páginas, que creo que es la que mejor combina misterio, investigación, machaca, desarrollo de personajes, bizarreada y chistes de humor negro y mala leche.
Las tres primeras historias están dibujadas por el monstruo Ben Templesmith, co-equiper de Niles en la mucho más famosa 30 Days of Night. Como es su costumbre, Templesmith se caga olímpicamente en los fondos. Mete una texturita de photoshop, dos rayas, una mancha, y a comerla. Ni se le ocurre que se tiene que matar en los fondos... como un ciego en el colectivo, que ni se esfuerza por hacerse el dormido, porque sabe que nadie le va a pedir el asiento. Con Templesmith pasa lo mismo: ¿quién le va a exigir que se rompa el culo en los fondos a un tipo que dibuja esas caras, esos dientes y que tiene ese manejo del color? No seamos ridículos...
Las dos sagas finales están a cargo de Kelley Jones, dibujante emblemático de los ´90. Jones es un virtuoso, de eso no hay dudas. Si quisiera, podría ser un clon perfecto de Berni Wrightson. Pero no quiere. A él e gusta el kilombo, la machaca, el grotesco. Ir al extremo, generar revulsión. Su talón de Aquiles son las minas. Cuando le salen lindas, se nota que están copiadas de fotos. Cuando se nota que no están copiadas de fotos, le salen feas. Y no le pidas que tengan la misma cara de una viñeta a otra, porque no le sale. A veces ni siquiera los varones conservan los rasgos faciales de una viñeta a otra. Igual lo banco.
Un policial con terror, machaca y chistes no es algo fácil de hacer. Steve Niles lo hizo y le salió muy bien. Aguante Criminal Macabre.

sábado, 9 de octubre de 2010

09/ 10: 30 DAYS OF NIGHT Vol.3


Uno en general no es muy partidario de las secuelas a las obras exitosas. Casi siempre lo mejor es dejarlas ahí, no romperse los sesos pensando cómo carajo volver a sacarle leche a ese concepto que la rompió. Y no hace falta caer en la crueldad de putear (una vez más) a las infaustas secuelas de Matrix. Sin salir del comic, hay un montón de obras lindas y redonditas que no necesitaban secuelas y nos las encajaron igual. El Incal, El Clic!, El Eternauta… un montón. Pero 30 Days of Night es una sana excepción, porque las secuelas están buenísimas, tal vez mejores que la saga original.
Hace ya muchos meses (en Febrero, creo) comentamos el Vol.2 de la saga de Steve Niles y Ben Templesmith, que inteligentemente retomaba a un sólo personaje (Stella Olemaun) de los pocos que sobrevivieron a la masacre de Barrow en el primer arco, lo sacaba de ese entorno y lo metía en una situación totalmente nueva, que además se resolvía con sorpresa y con talento. O sea, nada que ver con la típica secuela. Este tercer arco se parece más al primero, sobre todo porque una vez más hay un sheriff que se hace cargo de la policía de Barrow (un pueblito de Alaska en el que, en pleno invierno, no sale el sol durante 30 días consecutivos) justo cuando se está por venir la noche, y con ella una nueva tropa vampírica con ganas de completar el sangriento genocidio perpetrado en la primera parte.
Pero la estructura del relato no se parece. No es lo mismo el viaje de ida que el de vuelta. Brian Kitka no es Eben Olemaun (aunque le tocará ocupar no sólo la oficina, sino también la casa en la que vivieran Eben y Stella) y el pueblo, después de la tragedia, nunca volvió a ser el mismo. Además, a diferencia del primer arco (en el que el rol de los Olemaun crece con el correr de las páginas) acá hay un protagonista definido desde la primera viñeta y todo el relato se articula (con perdón de la palabra) en torno a Kitka y su hijo. Los vampiros tampoco son los mismos, en buena medida gracias a la movida que le vimos hacer a Stella en el tomo anterior. O sea que sí, esta se parece a la primera parte mucho más que la segunda, pero no huele a clon ni a figurita repetida.
Como en los tomos anteriores, Niles mide muchísimo las palabras. En ese sentido es un anti-Bendis o un anti-Ennis. En 30 Days… se habla poco de verdad. Pero está muy trabajado todo lo demás: las pausas, los climas, las miradas, los gestos y por supuesto, la machaca, porque este es un comic de vampiros, pero podría ser tranquilamente de zombies. Y si bien gran parte del protagonismo recae en Brian Kitka, incluso con pocas pinceladas Niles le da chapa, carnadura humana y mucha onda a dos secundarios que estuvieron ahí durante el primer ataque de los vampiros, John y Donna, que encarnan la memoria, el dolor y a la vez la resistencia y el aguante. Les falta el pañuelo blanco en la cabeza, nomás. Por el lado de los vampiros, lo más impactante es cómo Niles boletea sin piedad a personajes a los que él mismo se esforzó por darles mucha onda, como Greta (una nena de ocho años) y Dane, un chupasangre con bastante peso en Dark Days, el segundo arco. Con todos estos elementos, algunos chistes, bastante gore y algo de sátira socio-política, la historia va para adelante, los buenos ganan no sin sufrir bastante y uno se divierte de lo lindo. Así da gusto leer secuelas.
Lo de Ben Templesmith también es muy notable. Como ya señalamos, está en tránsito hacia su mejor trabajo, que es Fell, y eso se nota sobre todo en cómo busca la síntesis en su grafismo y cómo se pone las pilas con la narrativa. Y después está el tema de los fondos: Templesmith ya se convirtió en un experto a nivel mundial en no dibujar fondos. Todo sucede de noche, en espacio abiertos, y las cuatro casitas chotas que dibuja cuando no tiene más remedio, se repiten perfectamente copy-pasteadas a lo largo del resto de la novela y –de nuevo- cuando no le queda otra. Lo suyo son los climas, las texturas, las manchas, las líneas cinéticas fuera de control, la paleta de colores opaca y fría con estallidos de violencia en la que los rojos furiosos y los naranjas incandescentes le prenden fuego a la página, la salvajada, el grotesco. Muy grosso.
30 Days… es una saga de vampiros distinta. No trata de explotar ni el lirismo ni la sensualidad habitualmente asociada a los chupasangre, no se va por las ramas con linajes ancestrales ni runflas políticas, ni tampoco nos encumbra a un héroe humano, valiente y pulentoso, destinado a borrar a los vampiros de la faz de la Tierra. Acá los buenos hacen lo que pueden. Y a veces, lo más que pueden es no olvidar ni perdonar.

viernes, 19 de febrero de 2010

19/ 02: 30 DAYS OF NIGHT Vol.2


Hace mil años, cuando empezaba con esto del blog, reseñé una de zombies y comenté cómo todas las historias de zombies me resultan muy parecidas y por qué me parece tan difícil crear una historia de zombies que se despegue un poco del montón. Sin embargo, con los vampiros eso no pasa. Me vienen a la mente 15 ó 20 historietas de vampiros muy distintas entre sí, algunas muy pegadas a la fórmula de Bram Stoker y otras de increíble originalidad. ¿Por qué será?
Uno de los comics de vampiros más originales e impactantes que leí fue 30 Days of Night, un hitazo de 2002 que puso en el mapa a Steve Niles y Ben Templesmith, y de paso a la por entonces incipiente editorial IDW. Dark Days es secuela directa de 30 Days of Night y no sólo comparte el equipo creativo, sino que no se entiende un pomo si no leíste la saga anterior. El esfuerzo que hacen Niles y Templesmith por presentarle a Stella Olemaun a los que no la conocían es ínfimo, y como tampoco se menciona con demasiado detalle lo que hicieron los vampiros en 30 Days…, esta búsqueda de venganza por parte de una de las pocas sobrevivientes de Barrow, Alaska, no tiene mayor explicación para nadie que no haya leído el primer libro.
30 Days… tenía sus giros interesantes, pero era una historieta básicamente lineal, parecida en su estuctura a las películas de zombies (mucho más que a las de vampiros), y repartía el protagonismo entre muchos personajes, hasta que sobre el final Stella y su marido Eben se cargaban la serie al hombro y detonaban la conclusión. Acá, nada que ver. Los giros sorpresivos e impredecibles son muchos más y los protagonistas muchos menos. De hecho, salvo Stella, todos los demás son secundarios, con mayor o menor peso en la trama, pero secundarios al fin. Y por supuesto, eso le permite a Niles trabajar mucho más al personaje y dotarla de convicciones, contradicciones, filias y fobias que la enriquecen notablemente respecto de su rol en 30 Days… Entre los secundarios y los villanos también hay algunos hallazgos, y si a eso le sumamos algunos diálogos grossos, un ritmo narrativo muy parejo (que casi no decae nunca) y un acertado equilibrio entre introspección y machaca, nos queda un guión muy jugoso, tal vez mejor que el de la primera saga. No esperes sutilezas gaimanescas ni yeites cuasi-literarios. Esto no es un comic de Vertigo, ni se plantea serlo. Es bastante más cabeza, estridente y salvaje que un comic de Vertigo, y si bien explora una arista de la dark fantasy, con ambientación urbana y blablabla, agarra definitivamente para otro lado.
Y el adjetivo “salvaje” se lo debemos en un 85% al amigo Templesmith, el australiano que empezara como clon de Ashley Wood para afianzarse en 30 Days of Night como un autor con todas las letras y una impronta gráfica 100% personal. Templesmith tiene un sólo problema: los fondos. No le pidas fondos, porque no te los va a dibujar. Las calles de Los Angeles, un estudio de Hollywood, un cementerio, una casa embrujada… TODO es una mancha de algún color opaco y herrumbroso, con alguna textura de photoshop y a veces algunas lagunas de tinta, raspones o garabatos hechos en 15 segundos. El resto, alucinante. Templesmith se zarpa en las splash pages, provoca unos estallidos de violencia increíbles, acompaña con su paleta a los climas del guión, le pone todo a los primeros planos de las caras, maneja un grotesco muy atractivo (por momentos parecido al del monstruo expresionista Ted McKeever) y acá muestra un manejo de la narrativa muy, muy sólido, aunque todavía no al nivel de su obra siguiente (Fell, junto al amigo Warren Ellis), donde alcanza un pico jodido de superar.
Si leíste 30 Days of Night, no dejes de jugarle una ficha a Dark Days, que seguro garpa. Y si NO leíste 30 Days of Night, leela ya, a menos que no te gusten los vampiros, que es algo que también puede suceder.