el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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miércoles, 19 de marzo de 2025

MÁS AVENTURAS

Allá por 1981, el glorioso Atilio Micheluzzi estaba en busca de su Corto Maltés. Tenía muy dominado el estilo gráfico de Hugo Pratt, podía clonar a la perfección su tempo narrativo, y hasta se daba el lujo de florearse un poco más en el dibujo, con angulaciones más arriesgadas y texturas más complejas, que remiten enseguida a las de otro capo de esta época como era Sergio Toppi. En este álbum de Rosso Stenton no hay el menor indicio del salto mortal que va a pegar Micheluzzi pocos años después, cuando se ponga la camiseta de la línea clara y adopte los yeites del Moebius más elegante. Por el contrario, todo permite suponer que el viraje de Micheluzzi iba a ser hacia el lado de un claroscuro más extremo, más hacia el estilo de José Muñoz. La ambientación de la aventura (Shanghai, mediados de la década del ´30) nos remite de inmediato a Corto Maltés, la página dividida en cuatro tiras también (aunque Micheluzzi no la va a bancar durante todo el álbum) y el ritmo al que avanza la trama durante las primeras... 20 páginas también, es muy de Corto Maltés. Pero después, Rosso Stenton impone su propia impronta, su propio ritmo. La trama se vuelca hacia una dinámica más de "palo y palo", con mayor énfasis en la acción y un vértigo en el que no hay lugar para esos silencios, esas pausas y esas reflexiones filosófico/ existenciales que caracterizan al personaje de Hugo Pratt. Se suceden, entonces, 30 páginas finales en las que hay saltos temporales de meses entre escena y escena, y en las que los protagonistas acumulan peripecias extremas, condimentadas con algunas pinceladas de humor y de romance. De a poco, Rosso Stanton pasa de ser un personaje prattiano a ser un personaje que le hubiese gustado imaginar a Robin Wood. Este álbum (titulado "Shanghai") tiene varias ediciones y la que conseguí yo (L´Isola Trovata, 1984) presenta la historieta a todo color, coloreada por el propio autor. Sospecho que alguna otra edición habrá conservado las planchas de Micheluzzi en blanco y negro, pero no lo puedo afirmar. No suma demasiado, el color. Son pocos los momentos en los que molesta, pero me parece que Micheluzzi no supo potenciar el dibujo con el color, sino -como mucho- acompañarlo decorosamente. Excepto en la portada, claro, donde la técnica utilizada es otra, y el resultado es mucho más atractivo. No conocía a Rosso Stenton. Caí en este álbum simplemente porque vi la firma de Atilio Micheluzzi y porque estaba muy barato. Pero me gustó el personaje, y el día que encuentre alguna otra de sus aventuras, trataré de sumarla a mi biblioteca. Esto es tan accesible, tan clásico y tan ganchero que además funciona como un inmejorable punto de entrada al universo de Micheluzzi para aquellos que todavía no descubrieron la obra de este increíble autor italiano.
Sigo adelante con los tomos recopilatorios de The Batman Adventures y me toca repasar el Vol.3, que empieza con el Annual 1. Este annual es muy importante, porque es la primera vez que se involucran con el comic los Padres Fundadores de la serie animada: Paul Dini y Bruce Timm. Dini aporta un puñado de historias muy centradas en los villanos, donde además se presenta a Roxy Rocket. Esa secuencia, la más extensa del annual, es la que dibuja Timm en un nivel superlativo. Pero además entran en escena otros dibujantes. Mike Parobeck, que ya demostró que podía generar un gran combo entre su propio estilo y la estética de BTAS, dibuja la historia del Ventriloquist, que no es gran cosa. Dan DeCarlo, legendario dibujante de los comics de Archie, tiene a su cargo la historia centrada en Harley Quinn, que está muy buena. El glorioso John Byrne modifica apenitas su icónico estilo para dibujar la mejor historia del annual, que es la que protagoniza el Joker. Y el que menos tiene que ver con la onda de BTAS, y que encima se fuma un guion medio pelo, es el enorme Klaus Janson, acá desubicado como chupete en el orto, porque lo meten en una publicación que claramente va para un lugar muy distinto al que uno asocia con este artista. Y después tenemos siete episodios autoconclusivos de los que aparecieron en la revista mensual de Batman Adventures, todos a cargo de Kelley Puckett y Mike Parobeck. El primero (nº21) es el más flojo, un kilombo sin pies ni cabeza, al que le meten una cantidad de personajes que no se pueden aprovechar ni a palos en las 22 páginas que dura la historia. El nº22 (como no podía ser de otra manera) tiene como protagonista a Two-Face, y es brillante. Probablemente lo mejor del tomo. Pero el 23 (con Poison Ivy) tampoco está nada mal. Es un muy lindo unitario, con un mensaje muy interesante, y que le da mucha chapa a la villana invitada. El nº24 está MUY bien dibujado, pero el guion es poco atractivo, una secuela muy predecible de un episodio menor de la serie animada. El nº25 trae el encuentro de Batman con Superman y Lex Luthor, en un episodio de 30 páginas. Más allá de algún que otro diálogo copado, el argumento es la nada misma, me despertó cero interés. El nº26 es una de misterio bien planteada y bien resuelta, con Batgirl y Robin en los roles protagónicos. Y el nº27 es un episodio raro, muy intenso, que nos invita a reflexionar acerca de la venganza, o en realidad acerca del rol que cumple la venganza en la identidad y en la vida de Batman. Y lo hace de un modo tan interesante, que el rol del propio Batman en la trama es muy menor, casi accesorio. Me falta un solo tomo para completar el repaso por esta serie que -de nuevo- creo que me gustaba más en los ´90, cuando descubría estas historias por primera vez, que ahora. Ojo, ahora me gustan. Pero antes me volaban la cabeza todos los meses, y cada relectura (sobre todo cuando me tenía que meter a fondo con cada diálogo y traducirlo para la edición argentina) era un placer inconmensurable. Hoy es un entretenimiento, no mucho más. Pero claro, me ponés dibujantes como Timm, Byrne o el propio Parobeck, y no me puedo resistir. Hasta acá llegamos. Nos reencontramos por acá ni bien tenga más libros para reseñar, o el sábado y domingo en Vuela el Pez, para compartir el evento de los Premios Cinder.

jueves, 18 de octubre de 2018

JUEVES TRANQUI

Día tranquilo, en la antesala de un finde que promete bastante acción, ideal para sentarse a escribir las reseñas de los libros que leí en estos últimos días.
Empiezo con un clásico semi-oculto de aquel glorioso 1986: Roy Mann, una colaboración entre el guionista Tiziano Sclavi (quien ese mismo año crearía nada menos que a Dylan Dog) y el dibujante Atilio Micheluzzi, dos íconos del comic italiano.
Roy Mann es una aventura con muchísimo ritmo, que coquetea entre homenajear a la ciencia-ficción clásica de Flash Gordon y Brick Bradford y deconstruirla desde una mirada irónica o paródica. Sclavi no se define por una u otra postura (en parte porque la obra tiene sólo 46 páginas) y juega un poquito a cada cosa. Y además le da mucha preponderancia a un tercer eje, el más atractivo por lo menos para mi gusto: Roy Mann es –además- un metacomic. El protagonista es un guionista de historietas que un día despierta en una realidad que no es la que él habita normalmente, sino la que él imagina para escribir sus guiones de fantasía y ciencia-ficción. Sclavi mezcla, entonces, dos niveles de realidad, y de ese “sube-y-baja” salen los mejores momentos de un álbum sumamente disfrutable.
Por supuesto hay también un enorme mérito por parte del maestro Micheluzzi, que acá brilla con una línea clara de asombrosa elegancia, con un tratamiento del color, los fondos y los vehículos muy cercano al de Moebius, una chica preciosa que parece dibujada por Vittorio Giardino y una puesta en página 100% de Micheluzzi, con esas viñetas finitas widescreen que aparecen en casi todas las páginas y que nadie más metía en sus comics en 1986. Visualmente, estamos ante una historieta fantástica, con un vuelo y una sutileza dignos de Winsor McCay. y mucho gancho para el lector que entre en busca de acción, escenarios grandilocuentes y mujeres hermosas con escasa vestimenta. La edición de Toutain es rara, porque soslaya la participación de Tiziano Sclavi hasta hacerla casi invisible. Se ve que cuando salió esto en España (1990), al creador de Dylan Dog todavía no se lo consideraba uno de los “Grandes Autores Europeos”. En fin…
Y no me muevo de España, porque el otro libro que leí, si bien es una edición argentina, es obra de un rosarino radicado hace mil años en la Madre Patria. Me refiero al maestro Jorge Isaurralde Gómez, más conocido como Tátum, quien la rompiera en los ´80 con historias cortas en Cairo y El Víbora, para luego desaparecer virtualmente del campo de la historieta.
Pero hete aquí que Tátum volvió, bastante cambiado desde el apartado gráfico, y decidido a convertir en historietas unos cuantos relatos del inimitable Ambrose Bierce. Como ya es costumbre, me tengo que quejar del libro, que nos ofrece 96 páginas, de las cuales sólo 77 son de historieta, y el resto es la nada misma. La edición es hermosa, pero realmente no hacían falta esas 19 páginas de relleno.
Dos de los relatos que adapta Tátum son tan breves que ni siquiera entendí cuál era el conflicto, o la gracia. Y tampoco cuál fue el criterio para incluirlos. Pero en los relatos más extensos, Tátum logra hacernos creer que estas historias nacieron en forma de historieta, pensadas desde el minuto cero para ser narradas con secuencias de imágenes, no en prosa. Una Noche de Verano, Parker Adderson Filósofo y Una Confabulación Imperfecta no sólo funcionan muy bien como historietas, sino que además son historietas con guiones, climas y personajes de la San Puta. Y a otras se le nota más la raíz literaria, o no, pero las tramas me resultaron menos satisfactorias, por eso destaco principalmente a esas tres.
El dibujo del rosarino, que antes era más etéreo, más volado, ahora se volvió más terrenal y más apegado a una estética feísta, como si Miguel Gallardo empezara a dibujar con su mano menos hábil, o si Philippe Vuillemin tratara de dibujar respetando las proporciones anatómicas y usando documentación posta para recrear decorados y vehículos del Siglo XIX. Es un dibujo raro, un tanto grotesco pero sumamente efectivo, muy potenciado por el color y por los aciertos de Tátum en materia de armado de las secuencias y elección de los planos.
Recomiendo a full Una Noche de Verano a cualquier fan de Ambrose Bierce, de las adaptaciones literarias al comic o a quien quiera descubrir (tarde pero seguro) al maestro Tátum, de quien espero que se publiquen varios libros más.
Gracias a todos y vuelvo pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.