el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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domingo, 17 de junio de 2012

17/ 06: SASHA DESPIERTA

Desde que Sasha Despierta empezó a salir en la Fierro, muchísimas veces me preguntaron “¿Está buena?” y yo siempre respondí “ni idea”. Desde el primer momento en que Carlos Trillo y Lucas Varela me contaron de qué iba la historia, me quedó clarísimo que era una historieta imposible de leer “en fetas”. Y en Fierro –caprichosa e inexplicablemente- se publicó en fetas, con lo cual no la leí. Me sentía un traidor inmundo por hacerle zapping a las páginas de Carlos y Lucas, pero me mantuve en mi postura de no leerla hasta que no estuviera completa. Para cuando terminó de salir en Fierro (muy poquito antes de la muerte de Trillo), ya estaba confirmado que Doedytores la iba a recopilar en libro, con lo cual opté por seguir esperando y leerla recién cuando saliera el tomito. Ahora sí, salió el tomito, la edición me gustó mucho y finalmente pude leer Sasha Despierta como corresponde. Me quedó una deuda, la de comentar la historia con Trillo, discutirle un par de cosas (más que nada para hinchar las bolas) en nuestras eternas reuniones de alfajores y Coca Zero, y bueno… hoy lo puedo discutir, a lo sumo, con Varela. Y por escrito, porque está viviendo en Francia.
Lo que menos me cerró es el recurso de que el villano sea el hermano de la protagonista. Un hijo de puta vinculado al poder, sádico y lujurioso al punto del incesto. No tiene nada de malo, excepto porque Trillo ya nos mostró eso mismo en otras dos historietas casi contemporáneas: Sick Bird y Angustias. En las dos el malo es el hermano de la protagonista y ambos villanos funcionan de un modo muy parecido al que exhibe acá Marcelo Vidal.
El resto está todo muy, muy bueno. Es cierto: casi no hay acción y la escena más tensa, más peligrosa, la que más daba para el dramatismo, la violencia y el estallido (en las páginas 72 y 73 de la novela) está resuelta de un modo atípico, anticlimático, como si Trillo y Varela se esforzaran por des-enfatizar el power de lo que está sucediendo. Esa escena requería –me parece- un tratamiento menos sofisticado y más pochoclero. El verdadero vértigo, la verdadera emoción, las sensaciones más intensas que propone la saga se dan en la mente de la protagonista, Miranda Vidal, cuando esta descubre que tiene una segunda personalidad, que aflora cuando Miranda cree estar dormida. El núcleo más fuerte de la trama es ese: Miranda, que intenta averiguar quién carajo es Sasha, por qué surgió dentro suyo esa segunda identidad y por qué Sasha hace lo que hace (y Miranda no hace lo que no hace). Es todo un periplo hacia atrás, un back-track en busca del quiebre mental de Miranda que provocó la aparición de Sasha. Y después viene la venganza contra el responsable (que resulta ser, además, artífice de unas cuantas crueldades más) y el reestablecmiento del status quo.
Investigar en la psiquis de un personaje es algo normal, pero pocas veces esto fue llevado tan a fondo como en Sasha Despierta. Trillo dedica largas secuencias a diálogos muy profundos de Miranda con su psiquiatra y con la gente que conoce a Sasha, principalmente el chino Rodríguez. Por medio de cartas, Sasha y Miranda dialogan entre sí, en intercambios memorables. O sea que se habla, se habla y se sigue hablando mucho más que en otros comics de Trillo. Hay que escribir muy bien estas secuencias para no abusar de la paciencia del lector y el ídolo sale bien parado del duro desafío, porque conoce a fondo a Miranda y le sobran los trucos para mostrarla como un personaje real, creíble, capaz de lograr rápidamente la empatía del lector. Sasha, en cambio, difícilmente logre la identificación del lector, pero su rol es más activo, más decisivo que el de su alter ego. Al lado de Sasha, Miranda es cagona, pecho frio, resignada… casi como el Señor López antes de abrir las puertitas. El contrapunto entre ambas es complejo, por momentos áspero y siempre delicioso y está perfectamente complementado con un muy buen elenco de personajes secundarios.
Por el lado del dibujo, Lucas Varela está prendido fuego. De las chetas calles de Belgrano a la Villa 31, dibuja una Buenos Aires tan real como la de Solano López. Sus personajes, mucho más sobrios y realistas que en El Síndrome Guastavino, se deforman sólo cuando las emociones los superan y ahí cobran rasgos mucho más expresionistas. Los enfoques son variadísimos, a tal punto que las largas secuencias de diálogos nunca se hacen densas ni aburridas. Hay unas texturas magníficas y todo está perfectamente engamado en una paleta que va de naranjas tenues a sepias intensos con muchísima sobriedad. El hecho de que Miranda sea dibujante le permite a Varela experimentar con otros estilos, cuando nos muestra lo que dibuja la chica de la doble personalidad. Si creías que en Guastavino habíamos visto los climas más sórdidos y perversos de la carrera de Varela, acá te vas a sorprender. Esto es más heavy, más oscuro y –lo más tremendo- se ve y se siente mucho más real.
La obra final de esta dupla perfecta no es para cualquiera. Hay que tener estómago para bancarse imágenes y situaciones muy escabrosas y hay que tener ganas de meterse muy, muy adentro de la mente de una minita hecha muy, muy mierda. Si te la bancás, te espera un thriller psicológico de gran calidad y gran intensidad, una historieta adulta en el sentido más amplio de la palabra, que no se queda en el sexo-droga-y-rockanrol sino que se juega a fondo con unos temas realmente urticantes a los que más de un autor les haría asco. Trillo y Varela, amigo viñetófilo. Vos sabés que no se puede pedir mucho más.