Hermosa noche para salir a atorrantear por ahí, y mañana pinta un gran día para levantarse tarde y no hacer una goma. Así que antes de salir, les dejo unas reseñitas…
Mal y tarde retomo la lectura de American Vampire con el Vol.6 (el Vol.5 lo vimos un lejano 28/07/15), un tomo raro porque recopila los dos one-shots que salieron en 2013, durante el tiempito en que la serie regular estaba en hiato. El primero, The Long Road to Hell, está a cargo del equipo titular de American Vampire: el guionista Scott Snyder y el dibujante Rafael Albuquerque. Es una novela gráfica breve de 56 páginas, bastante aislada de la trama central de American Vampire. Tiene un inmenso punto a favor, y es que no aparece el nefasto Skinner Sweet, y dos en contra: primero, está groseramente estirada. Era una historia que se podía contar tranquilamente en 32 páginas, siendo generosos. Y segundo, si nunca leíste American Vampire, la aparición en escena de Travis Kidd te va a dejar medio en bolas, porque Snyder no explica quién es y qué hace, a pesar de que su rol en la trama del one-shot es importantísimo. Al igual que el arco argumental en el que sí nos explicaron quién era Travis Kidd, The Long Road… está ambientada a fines de los ´50, un período de la historia yanki que a mí me encanta, y que Snyder domina con gran categoría. El dibujo de Albuquerque es formidable, como siempre, y hace que la estirada brutal del argumento se disfrute más de lo que se padece.
Para el segundo tramo del TPB tenemos la American Vampire Anthology, con una sucesión de historias cortas en las que Snyder casi no figura y les “presta los chiches” a varios autores de gran nivel. La seguidilla de historias cortas arranca muy arriba, con una de Jason Aaron y Declan Shalvey muy bien narrada. Albuquerque debuta como guionista en la segunda historia corta, dibujada nada menos que por el legendario artista italiano Ivo Milazzo. No es un guión perfecto, pero la magia del maestro Milazzo lo levanta muchísimo. Jeff Lemire y Ray Fawkes están a cargo de una historia muy violenta y con personajes que hubiese estado bueno seguir desarrollando en algún otro lado. Becky Cloonan cede a la tentación de tener a Skinner Sweet como protagonista de su historia, que es un toquecito obvia pero está muy bien. La de Francesco Francavilla (ni hace falta decirlo) está dibujada como los dioses, pero es bastante genérica, podría haber aparecido en cualquier antología de terror. Algo parecido pasa con la de Fábio Moon y Gabriel Bá, que además es muy linda. La de Greg Rucka y John Paul Leon también me gustó bastante, y la más zarpada a nivel guión es la de Gail Simone (dibujada por la gran Tula Lotay), que retoma a un personaje del… segundo arco de la serie y le pega una vuelta de tuerca truculenta y jodida como enema de chimichurri. Excelente balance para esta antología, y ya veremos cuándo retomo American Vampire, con la que creo que es la saga final de la serie.
Me vengo a Argentina, donde en 2017 se editó Cómo Yo Gané la Guerra, otra breve novela gráfica en la que el notable humorista gráfico cordobés Pepe Angonoa se disfraza de guionista para narrarnos en primera persona algunas de las anécdotas que le tocó vivir en 1982, cuando fue soldado en la Guerra de Malvinas. Básicamente, esta es una versión light de Tortas Fritas de Polenta, donde el relato de Angonoa no se centra en lo mal que la pasaron nuestros soldados en las islas, si bien hace bastante hincapié en el hambre, el frío y las injusticias que tuvieron que soportar.
Con esa materia prima chota y depresiva, Angonoa se juega a construir una crónica de la guerra basada en situaciones de comedia, con resultados más raros que buenos. Cómo Yo Gané la Guerra funciona como lado B de Tortas Fritas…, o como comic relief después de leer alguna otra historieta testimonial dura y desgarradora. Así solita, como obra individual, resulta muy extraña, porque desaprovecha lo más interesante que tiene Malvinas, que es todo esa faceta trágica y épica al mismo tiempo.
El dibujo está a cargo de Javier Solar, que se curó de aquel vicio que consistía en copiar descaradamente dibujos de Carlos Meglia y Humberto Ramos. Acá se lo ve a Solar enrolado en la línea clara de Marcinelle, con fuertes influencias de André Franquin, Pierre Seron y en menor medida Morris y Maurice Tillieux, con algunos rasgos incluso más caricaturescos, más cercanos a lo que hace Angonoa cuando dibuja sus chistes, y con una sóla viñeta alevosamente afanada, en este caso al maestro Carlos Giménez. El dibujo -muy acorde al tono de comedia que propone el guión- adolesce además de una alarmante escacez de fondos (aún teniendo en cuenta que muchas escenas transcurren en un páramo donde no había qué mierda poner en los fondos) y de un tratamiento del color muy rudimentario, resuelto con muy pocas ganas.
Y por hoy, nada más. Sigamos disfrutando un verano con mucho sol y muchos comics.
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sábado, 6 de enero de 2018
miércoles, 9 de julio de 2014
09/ 07: APOCALIPSIS
Esto pareciera ser el primer tomo de una serie, creada por el prolífico guionista Diego Cortés y los dibujantes Javier Solar y Belén Sonnet. Quizás, en unos años, este libro sea considerado el Vol.1 de Las Aventuras de Pascual Valverde. Por ahora, tenemos una historieta autoconclusiva de 72 páginas, en la que los autores nos presentan a los personajes, los involucran en un conflicto y lo resuelven.
Apocalipsis es una novela gráfica sumamente pasatista, que elige no profundizar en nada de lo que sucede. No sólo no se exploran las consecuencias, tampoco hay una intención por parte de Cortés de meterse a fondo en la psiquis de los dos personajes protagónicos, que son el octogenario Pascual y su nieto de 9 o 10 años, Sebastián. El hallazgo de Cortés empieza y termina con la decisión de poner a tres viejitos jubilados en el rol de héroes de acción, en una trama que involucra nada menos que a los Cuatro Jinetes del Apocalipsis. Eso está bueno: los veteranos que en vez de jugar al tute o a las bochas, terminan por combatir a una amenaza sobrenatural a gran escala. El resto, muy pobre.
Nunca se explica cómo obtienen sus armas mágicas los héroes, las monjas están ahí de adorno, para mostrar carne femenina, no es lógico que nadie sea testigo del combate a todo o nada, y por otra parte, este arranca cuando ya llevamos 56 páginas de franeleo previo, en las que no pasa NADA. Son 56 páginas de indicios de que va a llegar ese combate y finalmente, llega. Tenemos 11 páginas de machaca, cinco a modo de epílogo y no hay nada más. No hay un giro argumental impredecible, no hay introspección, casi no hay diálogos en los que los héroes se planteen por qué hacen lo que hacen… la verdad es que todo se queda en lo superficial, en el impacto de la lucha grossa entre los viejitos y el Mal, en la plaza de ese barrio suburbano al que nadie nombra.
Si todo está jugado a ese combate a todo o nada, se supone que esas 11 páginas serán memorables, no? No. La verdad es que son páginas apenas correctas, muy estridentes y poco claras, sin ningún tipo de riesgo en la narrativa, casi sin fondos, casi sin diálogos y dibujadas –como todo el libro- muy con lo justo. Este trabajo se parece poco a otros que ya vimos firmados por Javier Solar, y supongo que eso se deberá a la entrada en escena de Belén Sonnet, a cargo de los fondos. Sinceramente, la conjunción entre ambos me gusta mucho menos que los trabajos solistas de Solar.
Lo de Solar en general me resulta un poco frío, derivativo de los estilos de Carlos Meglia y Humberto Ramos, pero por lo menos correcto en un sentido: el de comprometerse con UN criterio estético y bancarlo hasta el final. Acá no hay coherencia. Hay una mezcla bizarrísima entre línea clara, claroscuro, cross-hatchings dignos de Robert Crumb, firuletes dignos de Alcatena, siluetas y manchas que parecen de Risso, tramas mecánicas, masas de gris aplicados con el photoshop… un festival de la línea y la textura en el que los dibujantes no se ponen de acuerdo. ¿Tanto kilombo es elegir UNA técnica de entintado y bancarla hasta el final? La portada se ve muy bien, con un trazo de pincel fuerte y tramas mecánicas. ¿No daba para hacer todo el libro así? Lamentablemente no, y esa mezcla, ese abuso de técnicas le da a todo el libro un cierto look improvisado, prácticamente amateur, muy desparejo, con algunas viñetas realmente muy bien logradas y otras para el olvido.
En Pascual y sus amigos, Diego Cortés tiene la posibilidad de encontrar a buenos personajes, pero se tiene que animar a darles más sustancia, más profundidad, a llevarlos más allá de “los viejitos valientes que machacan monstruos y demonios”. Quizás en una segunda aventura, con los personajes y el tono de la serie ya definidos, esto se vea mejor. Y Javier Solar retrocede tres casilleros, después de haber mostrado varias mejoras en sus trabajos más recientes, porque acá su búsqueda de un estilo personal se choca contra el caos visual que implica la grosera multiplicidad de criterios a la hora de entintar personajes y fondos. ¿Qué va´cer? Es el Apocalipsis, pero no es la muerte de nadie…
Apocalipsis es una novela gráfica sumamente pasatista, que elige no profundizar en nada de lo que sucede. No sólo no se exploran las consecuencias, tampoco hay una intención por parte de Cortés de meterse a fondo en la psiquis de los dos personajes protagónicos, que son el octogenario Pascual y su nieto de 9 o 10 años, Sebastián. El hallazgo de Cortés empieza y termina con la decisión de poner a tres viejitos jubilados en el rol de héroes de acción, en una trama que involucra nada menos que a los Cuatro Jinetes del Apocalipsis. Eso está bueno: los veteranos que en vez de jugar al tute o a las bochas, terminan por combatir a una amenaza sobrenatural a gran escala. El resto, muy pobre.
Nunca se explica cómo obtienen sus armas mágicas los héroes, las monjas están ahí de adorno, para mostrar carne femenina, no es lógico que nadie sea testigo del combate a todo o nada, y por otra parte, este arranca cuando ya llevamos 56 páginas de franeleo previo, en las que no pasa NADA. Son 56 páginas de indicios de que va a llegar ese combate y finalmente, llega. Tenemos 11 páginas de machaca, cinco a modo de epílogo y no hay nada más. No hay un giro argumental impredecible, no hay introspección, casi no hay diálogos en los que los héroes se planteen por qué hacen lo que hacen… la verdad es que todo se queda en lo superficial, en el impacto de la lucha grossa entre los viejitos y el Mal, en la plaza de ese barrio suburbano al que nadie nombra.
Si todo está jugado a ese combate a todo o nada, se supone que esas 11 páginas serán memorables, no? No. La verdad es que son páginas apenas correctas, muy estridentes y poco claras, sin ningún tipo de riesgo en la narrativa, casi sin fondos, casi sin diálogos y dibujadas –como todo el libro- muy con lo justo. Este trabajo se parece poco a otros que ya vimos firmados por Javier Solar, y supongo que eso se deberá a la entrada en escena de Belén Sonnet, a cargo de los fondos. Sinceramente, la conjunción entre ambos me gusta mucho menos que los trabajos solistas de Solar.
Lo de Solar en general me resulta un poco frío, derivativo de los estilos de Carlos Meglia y Humberto Ramos, pero por lo menos correcto en un sentido: el de comprometerse con UN criterio estético y bancarlo hasta el final. Acá no hay coherencia. Hay una mezcla bizarrísima entre línea clara, claroscuro, cross-hatchings dignos de Robert Crumb, firuletes dignos de Alcatena, siluetas y manchas que parecen de Risso, tramas mecánicas, masas de gris aplicados con el photoshop… un festival de la línea y la textura en el que los dibujantes no se ponen de acuerdo. ¿Tanto kilombo es elegir UNA técnica de entintado y bancarla hasta el final? La portada se ve muy bien, con un trazo de pincel fuerte y tramas mecánicas. ¿No daba para hacer todo el libro así? Lamentablemente no, y esa mezcla, ese abuso de técnicas le da a todo el libro un cierto look improvisado, prácticamente amateur, muy desparejo, con algunas viñetas realmente muy bien logradas y otras para el olvido.
En Pascual y sus amigos, Diego Cortés tiene la posibilidad de encontrar a buenos personajes, pero se tiene que animar a darles más sustancia, más profundidad, a llevarlos más allá de “los viejitos valientes que machacan monstruos y demonios”. Quizás en una segunda aventura, con los personajes y el tono de la serie ya definidos, esto se vea mejor. Y Javier Solar retrocede tres casilleros, después de haber mostrado varias mejoras en sus trabajos más recientes, porque acá su búsqueda de un estilo personal se choca contra el caos visual que implica la grosera multiplicidad de criterios a la hora de entintar personajes y fondos. ¿Qué va´cer? Es el Apocalipsis, pero no es la muerte de nadie…
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lunes, 5 de julio de 2010
05/ 07: LA HISTORIA DEL OTRO JUAN MOREIRA

El planteo de esta historieta es simple y atractivo: una horda de mutantes monstruosos y antropófagos vive infiltrada entre los humanos y un muchacho, que tiene el poder de detectarlos, se dedica a combatirlos. Excepto por la ambientación, se parece mucho a la propuesta de The Marquis (del gran Guy Davis), que ya sabemos que garpa. Esto transcurre aquí y ahora, y eso emparenta a la creación de Alejandro Farías y Javier Solar con las series de TV yankis, esas en las que un personaje con poderes paranormales asiste a la policía en la investigación de crímenes que ofrecen una arista sobrenatural, o fuera de lo común.
Como las series de TV, el comic adopta el formato episódico, con capítulos que abren y cierran, y siempre dejan pendiente algo que es parte de una trama mayor, que se resolverá (uno supone) más adelante. Entre los pendientes más importantes está la explicación de por qué Juan puede detectar a los mutantes cuando estos se camuflan en su forma humana y –la más importante- de dónde salieron estos bichos. Por ahora Farías no ofrece ninguna pista, más allá de la escalofriante revelación de que el hermano de Juan es uno de los mutantes.
Dentro de este esquema simple y que avanza sin apuro por revelarnos el 100% de la trama mayor, las historias de Farías son ágiles y entretenidas. Hay machaca, romance, investigación y un buen tratamiento de un par de personajes secundarios, principalmente el Gordo y el Vasco. La relación entre Juan y la stripper (que en realidad es mutante) también ofrece buenos momentos y le permite a Farías “adornar” los momentos tranquis del guión con escenas donde los silencios y las miradas cobran una intensidad similar a la que vemos cuando estalla la violencia. Uno por ahí asocia a Alejandro Farías con un comic de mayor compromiso autoral, o de intenciones más elevadas, pero acá, sin gambetear demasiado las consignas de un género más pochoclero, se las rebusca para que el resultado sea entretenido y satisfactorio, e incluso para que uno se quede con ganas de leer más historias de este personaje.
En la faz gráfica lo tenemos a Javier Solar, un dibujante cordobés que en su momento fuera escrachado mal por sus increíbles plagios a historietas de Carlos Meglia y Humberto Ramos, que llegaron al punto del “copy-paste”. Acá no hay “copy-paste”, pero sí dibujos copiados, frente-march. El primer plano del bebé de la página 5, por ejemplo, está tomado de un comic de Superman dibujado por Meglia, sin duda. La directora del orfanato del último episodio es claramente un personaje de Meglia. Y -sin estar necesariamente calcado- Juan Moreira, el protagonista de la serie, ES un personaje de Humberto Ramos. Incluso en los flashbacks a la infancia de Juan, Solar lo dibuja en el estilo del astro mexicano. El resto, más que de choreos, nos habla de influencias. El tratamiento de los fondos es idéntico al que hacía Meglia, la narrativa se parece muchísimo a la de Humberto, y así.
Por supuesto, todo esto contribuye a que la historieta sea linda de mirar, porque estamos hablando de dos dibujantes excepcionales, pero uno sospecha que Solar tiene herramientas (aunque no sé si ideas) como para dibujar en un estilo propio y aún así hacer un papel decoroso. Si me dijeran que por clonar a Meglia y Ramos el dibujante accede a laburos de alto perfil y excelente remuneración, lo entendería un poco más. Pero renunciar a un estilo propio para trabajar en proyectos chiquitos, en editoriales independientes argentinas, tiene menos lógica que el rating de ShowMatch. Ojalá en futuros trabajos Solar encuentre su propia voz y despegue hacia un rumbo más personal.
Mientras tanto, si te bancás ver a un personaje de Ramos en un comic argentino, La Historia del Otro Juan Moreira te va a resultar divertida y por momentos te puede llegar a impactar, a emocionar, o a engancharte en la intriga que propone, que está muy bien llevada. O sea que se le puede dar una chance sin problemas.
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