el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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sábado, 7 de febrero de 2026

TRIPLETE DE SABADO

Hermosa tarde en Buenos Aires y encima ganó Racing. Hora de reseñar algunos libros que leí en estos últimos días. Sigo a full con East of West, de Jonathan Hickman y Nick Dragotta. Y en el Vol.8, otra sorpresa: así como en el tomo anterior casi todo pasaba por Archibald Chamberlain, esta vez este garca inescrupuloso prácticamente no aparece. Hickman reparte el protagonismo entre varios de los integrantes de su vasto elenco, uno de los cuales no va a llegar vivo a la última página. En la primera mitad, tenemos unas secuencias hermosas, de las más disfrutables de la serie, protagonizadas por Death y su hijo Babylon. Está todo tan bien escrito que hasta Dragotta se esfuerza por dibujar mejor en esas páginas. También hay bastante desarrollo para Prophet Wolf y su entorno, y más tarde cobra relieve el asesino a sueldo que se hace llamar Justice, quien se cobrará la vida de uno de los personajes que (hasta ahora) amagaban con ser protagonistas. Este último tramo del Vol.8, con la intriga palaciega que culmina con el asesinato de... alguien (no quiero spoilear) también nos muestra a un Hickman muy afilado, muy convencido de que no hace falta recurrir a la machaca para impactar fuerte en el lector. Me llama la atención que, tan cerca del final de la serie, el guionista "esconda" a Xiaolian, la princesa de la dinastía de Mao y madre de Babylon. Lo más probable es que se la esté guardando para un rol definitivo en el desenlace de la serie, que ya se palpita en casi todas las secuencias de este Vol.8. Y lo más lindo es cómo Hickman se permite saltar de un género al otro. Por momentos East of West trabaja con los tropos del western, por momentos se va para el lado del drama palaciego tipo Hamlet, por momentos vemos un clásico cyberpunk donde una resistencia medio crota atenta contra la hegemonía de un sistema opresor, por momentos vemos una gigantesca partida de TEG entre hijos de puta y en el tramo centrado en Death y Babylon hasta tenemos una especie de comedia familiar. Todo esto en un mundo complejo, repleto de tecnología, criaturas y estructuras políticas y hasta religiosas, imaginadas por Hickman y Dragotta para abrir más posibilidades narrativas. El dibujo de Dragotta está bien, el color de Frank Martin es espectacular y lo único realmente choto es la cantidad de páginas del TPB que no incluyen historieta. Retomamos pronto la lectura, porque está el Vol.9 ahí, pidiendo pista.
Nos vamos a Francia, año 2020, cuando el maestro Marc-Antoine Mathieu (fiel a su estilo) presenta la obra más rara que leí en lo que va del año. En el álbum titulado L´Hyperrêve (el hipersueño), regresa Julius Corentin Acquefacques, protagonista de unos cuantos álbumes de Mathieu, para una aventura que -una vez más- desafía la lógica y la gramática de la historieta. Esta vez Julius comparte protagonismo con su vecino Hilarion y el profesor Igor Ouffe (recordemos que Julius habita un universo donde no existen las mujeres) en una epopeya que empieza en la retiración de tapa y termina en la contratapa del álbum. Por si esto no fuera lo suficientemente bizarro, entre las páginas 40 y 42 hay DOCE páginas más, que se van haciendo cada vez más chiquitas. Pero no es que el dibujo se reproduce en tamaño más chico, sino que las propias páginas del álbum son más chicas. O sea que entre las páginas normales tenemos otras de menor tamaño, hasta llegar a una especie de estampillita de 5,5 x 6,5 centímetros. Y si esto no alcanza, el capítulo 7 abre con algo que parece una página normal, con dibujos, globos y bloques de texto, pero en una lámina que viene plegada, y cuando la desplegás aparece OTRA imagen, de la que forma parte todo lo que vimos en esa página incial, pero además incluye un montón de elementos más. Esto es una locura total, hay que verlo para creerlo, y estudiarlo AÑOS para entender cómo corno Mathieu logró ese efecto, y cómo carajo se le ocurrió plantear una cosa así. El argumento es cualquier fumanchereada, con un vórtice infinito que amenaza con comerse al sueño, y los personaje son hojas en el viento, que no tienen la menor chance de frenar lo que está sucediendo. Tampoco importa. Lo maravilloso del álbum son estos experimentos formales de Mathieu, y obviamente el dibujo, que está fuera de escala. L´Hyperrêve nos invita a visitar la esencia del sueño, en un laberinto onírico fascinante, traducido por este genio del Noveno Arte en un claroscuro de altísimo impacto, en páginas en las que la imaginación toma el poder y no lo suelta ni dormida. Es muy difícil explicar en palabras la fascinación que provocan las obras más locas de Mar-Antoine Mathieu... como también es difícil entender que nadie publique esto en castellano...
Y cierro con una breve mwnción para Crónicas del Bombardeo, una obra escrita por Emiliano Maitía y dibujada por Fede Di Pila. Es una obra bastante breve, con apenas 59 páginas de historieta, que nos propone revisitar los trágicos acontecimientos del 16 de Junio de 1955, cuando las Fuerzas Armadas argentinas bombardearon la Plaza de Mayo, en el hecho terrorista más salvaje de nuestra historia. Como documento histórico, Crónicas del Bombardeo funciona bien. Como historieta, mucho menos. Me quedo con el tramo del medio, esas páginas en las que Di Pila alterna entre una grilla fija de seis viñetas y una de ocho. Ahí es donde los autores logran transmitir con fuerza la sensación de caos y confusión que reinó en la Plaza durante esas horas cruciales y realmente generan tensión e impacto en el lector. Pero no hay exactamente un hilo conductor, recién sobre el final entra en escena un personaje con el que nos invitan a identificarnos (el joven fotógrafo), y el resto de los personajes o son claramente "villanos" o no llegan a desarrollarse. El aspecto visual es extraño, porque el estilo de Di Pila, más cercano a la historieta infantil o humorística, no parece conectar con la onda más circunspecta del relato, sobre todo en el primer tramo. Pero el dibujante acierta con la paleta de colores, que resulta especialmente atractiva y en sintonía con el guion en el tramo del medio que (repito) es lo mejor del libro. Me voy con la sensación de que la temática daba para más: más páginas, más complejidad, más riesgo a la hora de construir alrededor del hecho histórico un andamiaje narrativo más potente.

domingo, 10 de marzo de 2019

DOMINGO DE CLAROSCURO

Hoy me toca reseñar dos libros de los ´90, en los que no existen los grises. Dos autores muy distintos entre sí, que resuelven el aspecto gráfico de sus obras sólo con el blanco y el negro puros.
El Vol.4 de Ping-Pong es impresionante. Taiyo Matsumoto se toma las primeras 90 páginas del tomo para terminar de desarrollar a los personajes, y después sí, con el elenco ya debidamente presentado, se manda a hacer lo que no puede faltar en ningún shonen: el torneo a todo o nada, en el que los protagonistas se enfrentan y habrá gloria sólo para algunos. Todo ese segundo tramo centrado en el torneo de ping-pong es alucinante. Son páginas y páginas de una intensidad tremenda. Nada de lo que yo escriba puede siquiera empezar a describir las cosas que te hace sentir Matsumoto a través sobre todo del armado de las secuencias. La elección de los planos, la construcción de la página, las líneas cinéticas y las onomatopeyas son apenas algunos de los recursos que el mangaka despliega para meternos adentro de estos partidos en los que Smile y Peko dejan la vida para defender los colores del Instituto Katase.
Durante el tramo del torneo, aparecen poco el entrenador de Smile y “la Abuela”, responsable del enorme crecimiento de Peko. Y es lo único que se extraña. Todo lo demás queda totalmente opacado por el modo brutalmente apasionante del relato de los duelos.
No quiero repetirme mucho más, sobre todo en lo que tiene que ver con el dibujo, porque mucho de lo que tengo para decir ya lo dije en las reseñas de los tomos anteriores. Me queda un solo tomo más por leer, que arranca con las semifinales del torneo. Se nota desde la primera página que acá se define todo, que todo lo que pasó en los primeros cuatro tomos explota en estos últimos tres partidos. Un delirio maravilloso, conjurado por un Matsumoto aplastante en dibujo y narrativa, y como siempre un poco retorcido en materia de guión.
Pero me voy unos años antes, a Francia. Inexplicablemente inédita en nuestro idioma, la serie de Julius Corentin Acquefacques, prisionero de los sueños, es una de las obras fundamentales de ese genio del Noveno Arte conocido como Marc-Antoine Mathieu. De milagro conseguí el tercer tomo (en francés) y por fin pude internarme en el cautivante universo de Julius Corentin Acquefacques, un universo crepuscular, extremo, donde no existen las mujeres, donde la arquitectura señorial y sofisticada contrasta de modo bestial con una atmósfera oscura, espesa, entre opresiva y surrealista.
Estaría buenísimo que Mathieu contara una historia en la que esta extraña metrópolis tuviera un rol más importante, pero en este álbum, The Processus, lo central tiene que ver con el propio Julius, con un extraño sueño que deriva en un desdoblamiento de su persona, lo cual detona un guión perfecto, un mecanismo de relojería ambicioso y asombroso como pocos. Sin hacerse críptico, sin saltar al vacío, Mathieu se mete en la esencia del sueño, en un laberinto onírico fascinante, que nos lleva más allá del subconciente de Acquefacques para convertirse a partir de cierto punto en un metacomic, porque el personaje cambia de nivel de realidad y pasa a un plano en el que él es tridimensional y accede a una dimensión en la que el resto del álbum son páginas de historieta a las que puede entrar y salir por los marcos de las viñetas.
Como te imaginarás, The Processus es un gigantesco experimento formal, un ejercicio impactante de narrativa, como los que le vimos alguna vez a Shintaro Kago, o a Chanti y sus Crucitramas, o a aquel Mangaman de Colleen Doran. La diferencia está en el extremo al que lleva Mathieu la experimentación formal, y en la fecha, porque el francés cruzó este rubicón en 1993, cuando esto era absolutamente impensable. Realmente no tengo palabras, The Processus me las quitó todas. Terminé de leer el álbum y lo seguí mirando, para atrás, para adelante, atrapado en ese loop perfecto que tanto peso tiene en la trama. Albumes como este (autores como este) son los que nos hacen enamorarnos perdidamente de este lenguaje, de este medio, de esta forma narrativa en la los límites de la imaginación son constantemente avasallados por las ideas que pelan y los riesgos que asumen genios como Marc-Antoine Mathieu. Glorioso es poco.

Gracias como siempre por estar ahí, y nos reencontramos muy pronto, con nuevas reseñas acá en el blog.

lunes, 7 de julio de 2014

07/ 07: 3 SEGUNDOS

Vuelvo a encon-
trarme con el maestro Marc-Antoine Mathieu, quien un lejano 14/07/10 me apabullara con esa cátedra inolvidable de historieta llamada Dieu en Personne.
Después de haber experimentado con éxito desde la temática, Mathieu vuelve a la cancha en la que juega de local, que es la de la experimentación formal. 3 Segundos es una historieta muda, desarrollada a lo largo de 67 páginas, todas divididas en nueve viñetas de igual tamaño. La acción que narra Mathieu transcurre en el lapso de tres segundos, es decir, no sucede prácticamente nada. La historieta es, básicamente, un truco de óptica. La gracia es seguir a la luz, que va rebotando por 33 superficies espejadas. Cada una de estas superficies refleja algo distinto, y son todas cosas que suceden en esos mismos tres segundos.
Lo más loco es que, con esos fragmentos que nos muestran cada una de las superficies espejadas, se puede construir un argumento. En serio, no estoy borracho ni drogado. Hay un argumento que tiene que ver con la corrupción en el futbol, con un tongo para arreglar el resultado de un partido, hay alguien dispuesto a denunciar esa runfla, y ese conflicto se va a resolver por las malas en esos tres segundos clave que Mathieu nos invita a ver desde distintas ópticas.
Pero lo más importante es el ejercicio formal, los malabares que hace el autor para hilvanar todas estas secuencias sin meter un solo corte. Es todo una sola escena, en la que nuestra mirada se desplaza de una punta a otra de la ciudad (incluso del sistema solar) a través del efecto del zoom, de ver cada vez más de cerca cosas que al principio son imperceptibles a nuestro ojo, pero que siempre estuvieron ahí. Me imagino la planificación que le debe haber requerido esta obra a Mathieu y me da un ACV. Después, ese esfuerzo se habrá visto compensado por el hecho de estas 67 páginas requieren pocos dibujos. El propio efecto del zoom permite mostrar cada vez más grandes los detalles de un dibujo que se realiza una sola vez. Y claro, en cada detalle Mathieu deja la vida, porque sabe que eso que en una viñeta es microscópico (un aro en la oreja de una mina, por ejemplo), ocho o nueve viñetas después va a ser enorme, y va a servir para reflejar otra imagen que luego será observada a fondo, hasta el menor detalle, en el siguiente zoom de la “cámara”. Un disparate, realmente genial.
Por si faltara algo, en el sitio web de la editorial Sins Entido se puede ver el comic completo en la pantalla, como si fuera un corto animado, aprovechando el hecho de que se trata de una secuencia que nunca se interrumpe y que se desarrolla en un montón de cuadros de idéntico tamaño (como la pantalla).
No quiero contar más, porque está bueno leer y releer el libro (al no tener textos, se hace rápido) para encontrar las piezas de este rompecabezas y armar la trama que moviliza a estos mínimos sucesos. Me resta sacarme el sombrero una vez más ante la genialidad de Marc-Antoine Mathieu, que vuelve a sorprender con una idea rarísima y una ejecución perfecta, pensadas para correr una vez más los límites de lo que se puede o no hacer en este medio que tanto nos gusta. No me parece que 3 Segundos sea tan imprescindible como Dieu en Personne, pero como experimento, como bizarreada, como rareza rupturista, es glorioso.

miércoles, 14 de julio de 2010

14/ 07: DIEU EN PERSONNE


En Francia, los críticos de historieta otorgan todos los años un Grand Prix (Gran Premio) a la mejor obra del año anterior. El Grand Prix de 2010 se lo llevó Dieu en Personne, la joya del Noveno Arte que terminó de poner a Marc-Antoine Mathieu (un tipo con 51 años de edad y 20 de crear una tras otra las novelas gráficas más vanguardistas del mercado francés) en el Olimpo de los grossos.
Y sí, es cierto que en Dieu en Personne el autor no experimenta tanto como en otras obras suyas (especialmente en su serie Julius Corentin Acquefacques), pero el tema… el tema es sencillamente definitivo. Dieu en Personne nos cuenta qué pasa el día que Dios, el verdadero Dios, vuelve a la Tierra de keruza y empieza a interactuar con los mortales tranqui, sin armar kilombo, hasta que alguien se da cuenta y –tras demostrar sobradamente que se trata del mismísimo Dios- el mundo cambia por completo, de la noche a la mañana.
A lo largo de las 110 páginas que tiene la obra, Dios responde absolutamente todo lo que uno le preguntaría si lo tuviera enfrente. Son diálogos extensos, sofisticados, donde se manejan conceptos ontológicos, filosóficos y hasta de física cuántica. Con Dios en la Tierra, pierde sentido la religión, la propia fe, ya que nadie duda de su existencia, ni de su omnisciencia, ni de su buena voluntad para con los mortales. Y empiezan otros debates, centrados más que nada en la responsabilidad de Dios, en el por qué de su milenaria inacción, en la causalidad, el azar, la emoción, las verdaderas leyes que rigen nuestras vidas y en el por qué necesitamos conocer el origen de la vida y de las cosas en general. O sea que Dios se nos presenta como un intelectual, un sabio absoluto, que da vuelta como un guante a teólogos, psicólogos, filósofos y jueces en unos contrapuntos verbales de un nivel impresionante, en los que Mathieu hace gala de una inteligencia pasmosa, realmente descomunal.
Paralelamente, el autor explora el fenómeno comercial de la llegada de Dios: el merchandising, las giras, los libros, el comic, los videogames, todo aquello que Dios hace o dice se comercializa y el capo de la creación amasa una cuantiosa fortuna que dedica a obras de caridad y a pagar las costas del mega-juicio que le hacen unos cuantos pícaros, perjudicados por fenómenos naturales y demás creaciones de Dios. Mathieu resuelve todo esto con ironía y con un gran talento para contraponer los procedimientos, mecanismos y reacciones ordinarias del “mundo real” con la forma totalmente inusual e impredecible en que Dios responde en cada una de estas situaciones. Metafísica y marketing, justicia civil y justicia divina, interrogatorio policial y preguntas trascendentales sobre el sentido de la vida se dan cita en esta historia absolutamente única.
Con tantos diálogos (y en términos tan elevados) corremos el riesgo de caer en una historieta lenta y embolante. Dieu en Personne es lenta, sí, pero no te aburrís ni un segundo. No querés que termine nunca. Esto se debe en gran medida a la narrativa de Mathieu, clara, dinámica, con los cortes y las pausas puestos en los momentos justos, con un criterio brillante para elegir dónde y cuándo meter los momentos intimistas y los grandilocuentes. Y como si esto fuera poco, estamos frente a un dibujante impecable. Un tipo que maneja las masas de blanco, negro y grises plenos con una cancha devastadora, notable en las expresiones faciales, asombrosamente grosso en las arquitecturas y los fondos, infalible a la hora de iluminar las escenas, y encima con un grafismo personal, con la cuota justa de expresionismo para subrayar con maestría el grotesco, para retratar la mendacidad y la berretada que se generan (o en realidad, se potencian) ante la aparición de algo tan sublime como una visita de Dios a nuestro mundo. Visita que –no hace falta ser el Guacho Vidente para sospecharlo- no se va a prolongar por demasiado tiempo, pero a la que Mathieu le saca infinito provecho.
Creas o no en Dios, esperes o no verlo algún día en persona, esta historieta te va a sacudir. No sólo por su belleza gráfica, sino por las preguntas que hace, las respuestas que da y la cantidad de ideas que te deja rebotando en el bocho, como pelotitas de pinball rellenas de crack, frula y LSD. Historieta Perfecta, de verdad, escrita y dibujada con la mano de Dios.