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domingo, 8 de marzo de 2026
CORTITO Y AL PIE
Hoy dos reseñas breves, porque estoy bastante metido con otros temas que requieren atención, entre ellos la organización del evento anual de los Premios Cinder, para el que ya falta menos de un mes.
Prometí para Marzo más historieta latinoamericana, y acá estoy con Laberinto, una obra corta, escrita y dibujada por el maestro paraguayo Roberto Goiriz, que originalmente se serializó en Aces Weekly, la antología digital que dirige David Lloyd.
Nada, imposible que no me guste una historieta que gira en torno a la magia de la lectura, la cultura, la imaginación puesta al servicio del bien común, y que encima tiene guiños futboleros y homenajes a Jorge Luis Borges, Alberto Breccia, Robin Wood y Howard P. Lovecraft. En todo caso, lo que queda por evaluar es cómo hace Goiriz para meter todo eso en el contexto de un comic de aventuras. Sobre todo si pensamos que cuenta con solo 31 páginas para presentarnos a los personajes y el mundo en el que habitan, plantear un conflicto, llevarlo al climax y resolverlo. Y la verdad que lo logra de manera muy solvente. El misterio avanza, se enrosca, pasa de lo cotidiano a lo sobrenatural, llega a un punto de máxima tensión y desemboca en un final rápido, pero satisfactorio.
El dibujo es claro, sólido, siempre en una línea de realismo académico, pero con pinceladas de virtuosismo que me recordaron al malogrado Dave Stevens. En los momentos clave, Goiriz abandona la puesta en página tradicional en favor de una más ambiciosa, pero en ningún momento sacrifica la prolijidad en la forma de presentar gráficamente la narración. El color tal vez sea el rubro con más altibajos, donde el autor alterna hallazgos notables con decisiones (para mi gusto) más cuestionables.
A grandes rasgos, Laberinto es una muy bienvenida historieta de misterio y aventura, en la que se destacan un planteo sumamente original y un dibujo clásico, sobrio, y a la vez con mucho espacio para que Goiriz nos brinde un despliegue de imaginación a la altura de lo mejor de su vasta trayectoria.
Y llegué al final de East of West, la serie de Jonathan Hickman y Nick Dragotta que reseñé en su totalidad acá en el blog. ¿Es un final justo? Sí. Pierden los que merecían perder y zafan los que merecían zafar. ¿Es un final a la altura de la ambición que demostró la serie a lo largo de los diez tomos? No, lamentablemente. Sin ser una cagada, el final tiene mucho menos impacto del que amagaba con tener en la previa. Semejante construcción, con tantos años de trabajo, con un elenco tan amplio y complejo, con todas las situaciones tensas que se acumularon episodio a episodio, con todo ese clima de "se pudre todo" que los autores le insuflaron al relato, parecía que iba a desembocar en algo un poco más pulenta que lo que nos traen Hickman y Dragotta en el tomo final.
Hay momentos fuertes y emotivos, y hay (en las últimas páginas) un nuevo statu quo que hasta puede ser interesante para explorar en una eventual secuela. Y el dibujo está buenísimo, como siempre potenciado hasta el infinito y más allá por la extraordinaria labor del colorista Frank Martin. Pero no sé, esperaba más. Por la guita que hay que poner para tener los 10 tomos, por las horas que requiere leerlos, por el espacio que te ocupan en la biblioteca, por la chapa de los autores... por varios motivos esperaba más. El camino hasta acá fue bastante disfrutable, no es que sufrí o pedí la hora para llegar al final de East of West. Simplemente me parece que a lo largo de nueve tomos me convencieron de que esto era hiper-grosso, y el final no es hiper-grosso.
Nada más, por hoy. Disculpen la brevedad de los textos y vuelvan pronto, que en cualquier momento hay nuevas reseñas acá en el blog.
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domingo, 22 de febrero de 2026
NOCHE DE DOMINGO
Vengo de una seguidilla de días bastante agitados, con cumpleaños en el medio y todo. Pero por fin logré parar un toque la pelota y sentarme a reseñar los últimos libros que leí.
Ya estoy casi en el final de East of West, y mi expectativa rumbo al desenlace bajó un toque con la lectura del Vol.9. Me da la sensación de que Jonathan Hickman y Nick Dragotta no lograron meterle más presión a esa olla que en el Vol.8 ya estaba calentita, a punto de estallar, y en este tomo la patean a la tribuna. El personaje grosso que parecía morir al final del tomo anterior resulta estar vivo, la jugada maestra de Xiaolian está buena pero se define en pocas páginas, y el guionista se centra mucho en el tema de Death, Babylon y los jinetes del Apocalipsis, que no es precisamente lo que más me llama la atención dentro de esta ambiciosa saga. Este es un tomo bastante violento, con balazos en la cabeza de varios personajes, gente muy pulenta atravesada por espadas aún más pulenta y combates muy zarpados. Y acá sí, muere definitivamente uno de los protagonistas, probablemente el que uno menos esperaba que muriera. Pero le falta algo. No sé bien qué es, no lo podría definir en pocas palabras. Lo que sé es que, a tan pocas páginas del final, esperaba más tensión, más intensidad en la escalada de los conflictos.
Por ahora, quedan abiertas unas cuatro o cinco puntas argumentales, que Hickman tendrá que resolver en los episodios finales, probablemente con un pase de magia que le dé un cierre a varias de estas puntas con una misma pincelada. Veremos con qué me encuentro en el tomo final. Obviamente, más allá de que este tomo no me haya resultado tan satisfactorio como el anterior, las tramas más potentes todavía están ahí, y al elenco todavia le sobran personajes carismáticos, capaces de patear el tablero y cambiar el resultado del partido en la última jugada. Los diálogos también siguen en un gran nivel, el dibujo de Dragotta no afloja (más allá de cierto abuso de los primeros planos) y el trabajo de Frank Martin en el color ya pasó de notable a consagratorio.
Así que, a pesar de todo, se puede confiar en que vamos a tener un Vol.10 a la altura de las circunstancias. Prometo entrarle pronto.
Y ya estoy ahí, a milímetros de terminar de reseñar todos los libros de historieta argentina que salieron en 2025 y me interesaron como para leerlos en físico (recordemos que acá no reseño el material que leo en digital). Sobre el final del año, Loco Rabia publicó Los Hermanos Dadá, de Federico Baert y Marcos Vergara, obra en la que -como suele suceder- se destaca muchísimo el dibujo de este talentoso autor oriundo de San Nicolás. Los hallazgos de Vergara en materia gráfica son muchísimos, desde el diseño de los personajes hasta la elección de la paleta de colores y las tipografías para los diálogos. Están buenas las onomatopeyas, los gestos en las caras, el ritmo que elige para contar las escenas de acción, los enfoques que elige para ponerle dinamismo a las secuencias donde solo vemos gente que habla... Vergara sabe hacer de todo y acá no se guarda nada. Hasta el detalle boludo de no dibujar los marcos de las viñetas impacta positivamente en la faz visual del libro.
El guion es el clásico guion de Baert, con un humor basado en las guarangadas y las atrocidades, con altísimos niveles de mala leche, vínculos retorcidos entre personajes detonados y diálogos al filo de lo publicable. Esta vez, a todo eso, se le suman muchas situaciones en las que cobra peso la machaca. Los Hermanos Dadá es una historieta repleta de situaciones violentas, que muchas veces no te ves venir porque se supone que es una comedia. Pero es una comedia con persecuciones, peleas, tiroteos, explosiones, asesinatos, turbas enardecidas que causan destrozos en las calles... Lo que empieza medio en joda crece como una bola de nieve en cada uno de los episodios y termina invariablemente en la sección Policiales de los diarios. Y como es una comedia, los protagonistas salen enteros de estas situaciones caóticas y violentas de un modo medio inexplicable, y no importa. No resulta frustrante ni tramposo que Baert rompa ciertos pactos de verosimilitud para que Yapa y Barrilete zafen una y otras vez de las hecatombes que ellos mismos generan.
Los diálogos, si bien son muy graciosos, vienen con el hexágono negro que advierte "EXCESO DE PUTEADAS". Baert les hace decir a los personajes bastantes más groserías que las que profiere el ser humano promedio. A mí me encanta, sin embargo, encontrarme en una obra de ficción con frases que uno (que es un grosero de mierda) dice todos los días en el mundo real, como por ejemplo -y voy a ser fino- "Chupame la chota" o "Me echo un garco y vamos". Si te molesta el uso y abuso de las mal llamadas "malas palabras", es muy probable que los diálogos de Los Hermanos Dadá te resulten inadmisibles.
Baert y Vergara nos cuentan aventuras alocadas de personajes inmorales, inescrupulosos, capaces de cualquier cosa. Y de ahí salen las sorpresas que le ponen impacto a los guiones. Uno supone que entre una chica, su hermano y su padre, las cosas se van a dar de cierta manera, y como esta familia es completamente disfuncional y extrema en miles de cosas, se dan de otra y se desatan todos estos kilombos de los que ya hablé más arriba. Las tropelías de Yapa y Barrilete involucran también a un vasto elenco de personajes secundarios (todos dibujados como los dioses por Vergara), como para que no nos acostumbremos a la extraña dinámica que se crea entre los protagonistas. Solo por los dibujos, esto ya vale muchísimo la pena; y si te divierten las aventuras tipo South Park, grotescas, zarpadas, idas a la mierda en materia de mala leche y guarangadas, seguro vas a disfrutar también de los guiones.
Nada más, por hoy. Gracias por el aguante, no se pierdan el miércoles la nueva emisión de Agenda Abierta en el canal de YouTube de Comiqueando, y nos reencontramos pronto acá en el blog.
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sábado, 7 de febrero de 2026
TRIPLETE DE SABADO
Hermosa tarde en Buenos Aires y encima ganó Racing. Hora de reseñar algunos libros que leí en estos últimos días.
Sigo a full con East of West, de Jonathan Hickman y Nick Dragotta. Y en el Vol.8, otra sorpresa: así como en el tomo anterior casi todo pasaba por Archibald Chamberlain, esta vez este garca inescrupuloso prácticamente no aparece. Hickman reparte el protagonismo entre varios de los integrantes de su vasto elenco, uno de los cuales no va a llegar vivo a la última página. En la primera mitad, tenemos unas secuencias hermosas, de las más disfrutables de la serie, protagonizadas por Death y su hijo Babylon. Está todo tan bien escrito que hasta Dragotta se esfuerza por dibujar mejor en esas páginas. También hay bastante desarrollo para Prophet Wolf y su entorno, y más tarde cobra relieve el asesino a sueldo que se hace llamar Justice, quien se cobrará la vida de uno de los personajes que (hasta ahora) amagaban con ser protagonistas. Este último tramo del Vol.8, con la intriga palaciega que culmina con el asesinato de... alguien (no quiero spoilear) también nos muestra a un Hickman muy afilado, muy convencido de que no hace falta recurrir a la machaca para impactar fuerte en el lector.
Me llama la atención que, tan cerca del final de la serie, el guionista "esconda" a Xiaolian, la princesa de la dinastía de Mao y madre de Babylon. Lo más probable es que se la esté guardando para un rol definitivo en el desenlace de la serie, que ya se palpita en casi todas las secuencias de este Vol.8. Y lo más lindo es cómo Hickman se permite saltar de un género al otro. Por momentos East of West trabaja con los tropos del western, por momentos se va para el lado del drama palaciego tipo Hamlet, por momentos vemos un clásico cyberpunk donde una resistencia medio crota atenta contra la hegemonía de un sistema opresor, por momentos vemos una gigantesca partida de TEG entre hijos de puta y en el tramo centrado en Death y Babylon hasta tenemos una especie de comedia familiar. Todo esto en un mundo complejo, repleto de tecnología, criaturas y estructuras políticas y hasta religiosas, imaginadas por Hickman y Dragotta para abrir más posibilidades narrativas.
El dibujo de Dragotta está bien, el color de Frank Martin es espectacular y lo único realmente choto es la cantidad de páginas del TPB que no incluyen historieta. Retomamos pronto la lectura, porque está el Vol.9 ahí, pidiendo pista.
Nos vamos a Francia, año 2020, cuando el maestro Marc-Antoine Mathieu (fiel a su estilo) presenta la obra más rara que leí en lo que va del año. En el álbum titulado L´Hyperrêve (el hipersueño), regresa Julius Corentin Acquefacques, protagonista de unos cuantos álbumes de Mathieu, para una aventura que -una vez más- desafía la lógica y la gramática de la historieta. Esta vez Julius comparte protagonismo con su vecino Hilarion y el profesor Igor Ouffe (recordemos que Julius habita un universo donde no existen las mujeres) en una epopeya que empieza en la retiración de tapa y termina en la contratapa del álbum. Por si esto no fuera lo suficientemente bizarro, entre las páginas 40 y 42 hay DOCE páginas más, que se van haciendo cada vez más chiquitas. Pero no es que el dibujo se reproduce en tamaño más chico, sino que las propias páginas del álbum son más chicas. O sea que entre las páginas normales tenemos otras de menor tamaño, hasta llegar a una especie de estampillita de 5,5 x 6,5 centímetros. Y si esto no alcanza, el capítulo 7 abre con algo que parece una página normal, con dibujos, globos y bloques de texto, pero en una lámina que viene plegada, y cuando la desplegás aparece OTRA imagen, de la que forma parte todo lo que vimos en esa página incial, pero además incluye un montón de elementos más. Esto es una locura total, hay que verlo para creerlo, y estudiarlo AÑOS para entender cómo corno Mathieu logró ese efecto, y cómo carajo se le ocurrió plantear una cosa así.
El argumento es cualquier fumanchereada, con un vórtice infinito que amenaza con comerse al sueño, y los personaje son hojas en el viento, que no tienen la menor chance de frenar lo que está sucediendo. Tampoco importa. Lo maravilloso del álbum son estos experimentos formales de Mathieu, y obviamente el dibujo, que está fuera de escala. L´Hyperrêve nos invita a visitar la esencia del sueño, en un laberinto onírico fascinante, traducido por este genio del Noveno Arte en un claroscuro de altísimo impacto, en páginas en las que la imaginación toma el poder y no lo suelta ni dormida. Es muy difícil explicar en palabras la fascinación que provocan las obras más locas de Mar-Antoine Mathieu... como también es difícil entender que nadie publique esto en castellano...
Y cierro con una breve mwnción para Crónicas del Bombardeo, una obra escrita por Emiliano Maitía y dibujada por Fede Di Pila. Es una obra bastante breve, con apenas 59 páginas de historieta, que nos propone revisitar los trágicos acontecimientos del 16 de Junio de 1955, cuando las Fuerzas Armadas argentinas bombardearon la Plaza de Mayo, en el hecho terrorista más salvaje de nuestra historia.
Como documento histórico, Crónicas del Bombardeo funciona bien. Como historieta, mucho menos. Me quedo con el tramo del medio, esas páginas en las que Di Pila alterna entre una grilla fija de seis viñetas y una de ocho. Ahí es donde los autores logran transmitir con fuerza la sensación de caos y confusión que reinó en la Plaza durante esas horas cruciales y realmente generan tensión e impacto en el lector. Pero no hay exactamente un hilo conductor, recién sobre el final entra en escena un personaje con el que nos invitan a identificarnos (el joven fotógrafo), y el resto de los personajes o son claramente "villanos" o no llegan a desarrollarse.
El aspecto visual es extraño, porque el estilo de Di Pila, más cercano a la historieta infantil o humorística, no parece conectar con la onda más circunspecta del relato, sobre todo en el primer tramo. Pero el dibujante acierta con la paleta de colores, que resulta especialmente atractiva y en sintonía con el guion en el tramo del medio que (repito) es lo mejor del libro. Me voy con la sensación de que la temática daba para más: más páginas, más complejidad, más riesgo a la hora de construir alrededor del hecho histórico un andamiaje narrativo más potente.
lunes, 26 de enero de 2026
NOCHE DE LUNES
Bueno, acá estamos de nuevo después de un finde movidito.
Prometí no espaciar mucho las reseñas de los últimos tomos de East of West, y es hora de entrarle al Vol.7. Probablemente porque tenía muy fresco el Vol.6, lo disfruté bastante más que a los anteriores. Además es un tomo en el que pasan unas cuantas cosas importantes, como si Jonathan Hickman se hubiese dado cuenta de que estaba cerca del número en el que quería terminar la serie, y decidido cambiar de velocidad para llegar con todo lo que tenía para contarnos.
El orden global de East of West se empieza a sacudir fuerte en estas páginas, mientras queda cada vez más claro que Archibald Chamberlain no es solamente un político inescrupuloso: es (por lo menos en este tramo) el villano principal de la serie, el personaje cuyas acciones más cuesta reivindicar. Básicamente, el conflicto principal (repito, por lo menos en este tramo) es hasta dónde va a llegar Chamberlain antes de que algún otro de los jugadores que siguen en el tablero le ponga los puntos.
Hickman continúa con la limpieza de personajes iniciada en el tomo anterior, porque para entrar en la recta final necesita un elenco más chico, más compacto. Y eso también está bueno, porque la mayoría de las muertes son tan impactantes como impredecibles. El gran problema de East of West es que tiene tantos personajes, tantas locaciones y tantos plots abiertos, que en un TPB de cinco episodios no llegan a aparecer todos. Los que no están en el Vol.7, por ahí reaparecen en el Vol.8, y uno dice "¿y este quién carajo era...?". Olvidate de que Hickman empiece cada TPB con un resumen de lo sucedido, o una mínima recapitulación por si alguien se engancha a mitad de camino y no conoce a los personajes. Nada. A cara de perro. Cada episodio da por sentado que leiste TODOS los anteriores, y que te los acordás a la perfección... y si no es así, mala leche, a llorar a la iglesia.
La combinación entre los dibujos de Nick Dragotta y los colores de Frank Martin sigue dando muy buenos resultados, y siempre es gratificante ver a un làpiz tan idóneo para la machaca como el de Dragotta dibujar batallas, decapitaciones, explosiones y tiroteos, y no solo escenas de cabezas que hablan.
Me entusiasma ver cómo East of West levanta su propia temperatura, y esto me deja con más ganas de entrarle pronto al Vol.8, cuya lectura (y reseña) seguro se vendrá en los próximos días.
Y como ya es habitual, cierro con una obra de autores argentinos publicada en 2025, en este caso De Elfos, Soldaditos, Sirenas y Otras Historias, un libro que reúne seis relatos de Hans Christian Andersen adaptados al comic por Matías De Vincenzo. Creo que lo mejor que tienen estas adaptaciones es que Matías se queda solo con la idea principal del cuento original, y sobre eso construye otra cosa. Desplaza las historias en el tiempo y el espacio, reemplaza el idioma original de los personajes por el castellano rioplatense y le pone a cada cuento una estética muy personal, que no tiene nada que ver con ninguna otra de las muchas adaptaciones que se han hecho de estos clásicos. De Vincenzo es como esos músicos que cuando hacen un cover le encuentran un montón de aristas nuevas, le agregan o le cambian tantas cosas al punto que el tema pasa a ser prácticamente un tema nuevo, un tema propio. Todas las adaptaciones están resueltas en 24 páginas, excepto la última (El Patito Feo) que ocupa solo 12. La extensión de las historietas le permite a De Vincenzo florearse en viñetas grandes, tirar una que otra splash page y probar todo tipo de variantes en materia de grillas a la hora de pensar la puesta en página. La seis historias avanzan a muy buen ritmo, y no se las siente ni estiradas ni apretadas.
Entre los muchos elementos de su propia cosecha con los que Matías enriquece a los cuentos clásicos destaco principalmente los diálogos, que suenan absolutamente naturales y están repletos de aciertos. Y claro, en El nuevo traje del Emperador, donde la gracia reside en ver a un gobernante despótico hacer el ridículo, el autor elige para el personaje (al que vamos a odiar desde la primera viñeta) los rasgos del más patético de los bufones que se creen reyes, el repulsivo Javier Milei. Si Andersen pensó este cuento como una sátira cruel hacia la política, De Vincenzo le sube el volumen para que sea realmente una paliza (merecidísima, por cierto) a este ser abyecto, pedante, inescrupuloso y -en definitiva, cuando el velo se corre y la gente cambia engaños por verdades- débil y vulnerable.
Coherente con mi discurso habitual, cuando vi la cantidad de técnicas que emplea De Vincenzo en cada página, encendí todas las alarmas. El autor dispone de blancos, negros y grises, pero los logra de tantas maneras distintas que esa misma búsqueda, en manos de autores menos talentosos, podría terminar en catástrofe. En cambio acá vemos a Matías manejar con mucha cancha una enorme variedad de recursos gráficos para lograr unas imágenes alucinantes, que combinan emoción, impacto y vuelo poético de manera sumamente original. La lógica recomendaba bajar dos cambios y no meter -por ejemplo- las rayitas finitas hechas con la rotring. Pero Matías las puso igual, y le quedaron bien, incluso en viñetas en las que la composición pedía a gritos un claroscuro fuerte, sin texturas ni otros efectos de iluminación. Visualmente, este libro es una maravilla, y se agradece que Black Cat lo haya publicado en un formato más grande que el que vemos habitualmente en la mayoría de los libros de historieta argentina.
Hace años que sigo con atención la carrera de Matías De Vincenzo y siempre que publica un nuevo trabajo me encuentro con sorpresas una más grata que la otra. De Elfos... no es para nada la excepción y está sin dudas entre las obras más atractivas que dio el comic nacional en 2025.
Nada más, por hoy. Nos vemos el miércoles a las 22:30 en el canal de YouTube de Comiqueando, para compartir una nueva emisión en vivo de Agenda Abierta. Y ni bien tenga más libros leídos, se vienen más reseñas acá en el blog.
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miércoles, 14 de enero de 2026
MEDIODíA DE MIÉRCOLES
Traté de redactar estas líneas anoche, pero justo me cayó la ficha de que no había dormido la siesta. Así que me fui a dormir a las 21:45 y me levanté a las 9 AM de hoy. Una demencia. Vamos con las reseñas, que para eso vinimos.
Loco Rabia metió otro acierto difícil de mensurar cuando decidió publicar en nuestro país una obra de autores argentinos que circula hace más de 20 años por los mercados europeos, pero que acá era totalmente desconocida: Pampa, de los maestros Jorge Zentner y Carlos Nine. Esto es más argento que comerse un chori en el Obelisco cantando la marcha peronista y sí, parece una joda pero hasta hace muy poquito estuvo inédito en nuestro país.
También es inverosímil la calidad del dibujo de Nine, y por supuesto llama la atención que un dibujante con semejante vuelo plástico se ponga al servicio de la narración como lo hacía Carlos. Esto podría ser un artbook, una galería de (fastuosas) imágenes inconexas, pero no: la solidaridad icónica se hace presente en cada página y Nine, incluso cuando experimenta y cambia de técnicas, cuida siempre la fluidez y la consistencia del relato. La pampa infinita y mayormente vacía ofrece la posibilidad de prescindir casi por completo de los fondos y obviamente Nine la aprovecha. Eso sí: cuando el guion pide fondos, se manda unas locaciones perfectamente detalladas, tanto cuando las vemos desde afuera como cuando la escena transcurre puertas adentro. Y lo que más me gustó del trabajo de Nine son las texturas: tanto en las viñetas que parecen pintadas con óleos o crayones sobre lienzos como en las que dejan ver el trazo mágico de los lápices de colores. Visualmente, Pampa nos ofrece una fiesta irrepetible, y única en el sentido de que -si no me equivoco- Nine nunca dibujó tantas páginas de una misma historieta.
El gran acierto de Zentner es haber creado una trama que entusiasmara a Nine y le dieran ganas de comprometerse a largo plazo y dibujar estos tres álbumes con unas pilas gigantescas. Es una historia que combina vuelo poético con atrocidades indecibles (gente estaqueada, violaciones, masacres) y aventura de alto impacto con problemas más mundanos, como la disfunción eréctil. Zentner respeta a rajatabla los tropos de la historieta gauchesca, pero le agrega el aspecto sobrenatural: fantasmas, lobizones, profecías, maldiciones de ultratumba y poderes extrasensoriales. Con todo esto sale una historieta fuerte, dramática (más allá de alguna mínima pincelada de comedia), en la que Cirilo y Zenón, los hijos de Francisco Parra, se roban el protagonismo. Y con un toque magistral por parte de Zentner: acá el monstruo no es el hombre lobo, sino su hermano, que no se transforma en licántropo. Hay amor, hay sexo, hay violencia, hay un misticismo muy atractivo, y además está la historia de Bartolomé y su viaje espiritual. Todo esto en un contexto que se nutre de la vida real de los gauchos que poblaban nuestras planicies en el último tercio del Siglo XIX, justo cuando empezaba a asomar una democracia trucha, basada en el fraude electoral, al que los autores satirizan con deliciosa mala leche.
Me cuesta decir que Pampa es "el libro del año", porque la primera parte salió en Francia en 2003. Pero la verdad que, de lo que leí hasta ahora, me cuesta encontrar material de autores argentinos que me haya gustado más que este clásico atemporal de Jorge Zentner y Carlos Nine. Ultra-recomendado.
Retomé la lectura de East of West, que había dejado tras leer y reseñar (un ya lejano 18/10/22) el Vol.5. De nuevo, me costó volver a entrar a este mundo creado por Jonathan Hickman y Nick Dragotta, y volví a sentir la incertidumbre: esto que sucede acá, en los tomos "del medio", ¿será relevante en el contexto global de la obra, tendrá un peso real a la hora de resolver los conflictos, o son Hickman y Dragotta "despilfarrando" páginas para que en vez de cinco o seis TPBs la serie dure diez? Por suerte ya tengo todos los tomos que faltan comprados, en la pila de los pendientes, y me los voy a liquidar en las próximas semanas. No más baches de varios años entre tomo y tomo, porque así no se disfruta una mierda.
East of West es una serie complicadísima que avanza a un ritmo pachorro, se abre, se ramifica. Hickman cuenta con un elenco protagónico tan numeroso e incluye tantas ideas, situaciones y locaciones, que podría abastecer tranquilamente a tres o cuatro series más que se desarrollaran en paralelo, todas explorando el mismo universo. En este tomo algunos personajes mueren (y acá es para siempre, no como en X-Men) pero la complejidad de la trama no disminuye en lo más mínimo.
El dibujo de Dragotta (hoy encumbrado gracias al tremendo éxito de Absolute Batman) me sigue pareciendo un poco cabeza, en contraste con el guion de Hickman que es, casi todo el tiempo, elegante y sutil. Por suerte está el colorista Frank Martin, que se desvive para que su paleta le baje un poquito el tono al kilombo, el descontrol y el frenesí que transmiten los trazos de Dragotta. Este es un tomo con mucha acción, machaca y sangre a raudales, y aún así el colorista logra que no se vea todo como un show grotesco y ultraviolento. Por supuesto, me engancho más con East of West cuando la intriga política tiene más peso que la machaca pero -dentro de todo- la serie conserva el equilibrio que la hace atractiva tanto al público más adulto como a los pibes que se emocionan con los chumbos, las batallas y las decapitaciones. Vamos a ver con qué me encuentro en los cuatro tomos finales.
Y nada más, por hoy. Si necesitás más lectura, acordate que en https://comiqueandoshop.blogspot.com/ te podés descargar por poquísima plata el nuevo número de la Comiqueando Digital, con 364 páginas de artículos inéditos y QRs para acceder a contenidos audiovisuales exclusivos. Gracias totales y hasta pronto.
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viernes, 26 de julio de 2019
HOY TAMBIEN HAY RESEÑAS
Sí, hace un rato me
terminé un librito que tenía empezado, y aprovecho otra tarde espantosa para
clavar una nueva entrada en el blog, repasando esta última lectura y una más.
Empiezo en 1983, cuando el
guionista (y teórico del medio) Benoit Peeters y el dibujante François Schuiten
realizan Las Murallas de Samaris, primero como serie en la revista A Suivre y
más tarde como álbum autoconclusivo. Más adelante, esta historia se convertiría
en el Vol.1 de la extensa serie Las Ciudades Oscuras, y para eso se reeditaría
con varios cambios, sobre todo en el final, y con el agregado de una historia
corta inédita, para que el álbum fuera más voluminoso.
La verdad que esta primera
versión no me gustó para nada. El argumento es muy, muy flojo. Trata de
salvarse con el giro del final, pero llega tarde y está ejecutado con la
destreza de un pingüino empetrolado. El garche es de los peores que leí en un
comic, frío, triste, sin ningún sentido argumental, puesto ahí para justificar
las tetas al aire en la portada del álbum, en busca de algún comprador incauto
que crea que va a leer un comic erótico. Olvidate: esto así como está no puede
calentar ni a un ballenero del Cáucaso con seis meses de abstención sexual. El
guión… lo pongo un poquito por encima del argumento, porque los textos de
Peeters recrean esa atmósfera de “espiral jodida de misterio que derrapa hacia
la locura” tan típica de las adaptaciones al comic de los relatos de H.P.
Lovecraft, que a mí me gusta mucho.
El dibujo de Schuiten
(hasta hace poco viví convencido de que se pronuncia “yuitén”, pero un francés
me desasnó y me explicó que se pronuncia “scuíten”, con acento en la i) también
es desparejo: monumental, asombroso, al límite de lo inverosímil en los
paisajes urbanos, las perspectivas, toda la faceta arquitectónica del comic…
apenas correcto cuando tiene que dibujar la figura humana en movimiento y
bastante precario cuando tiene que ponerle expresión a los rostros. Supongo que
en las reediciones posteriores habrá habido varios retoques en el dibujo,
porque para principios de los ´90 el trazo de Schuiten ya había cobrado un
vuelo con el que acá no se podía ni soñar.
Si te hiciste fan de Las
Ciudades Oscuras y tenés las ediciones actuales, quizás te interese bucear en
las profundidades de los ´80 para encontrar esta versión “preliminar” de Las
Murallas de Samaris, como testimonio de los primeros pasos de la dupla. Schuiten
y Peeters nunca superaron esa frialdad, esa solemnidad que transmite esta obra,
pero nos brindaron historias mucho mejor escritas y mejor dibujadas que esta.
Y aprovecho que estamos
todos on fire con el relanzamiento de los X-Men a cargo del maestro Jonathan
Hickman para avanzar con East of West, la espectacular serie creator-owned que
tiene en Image el genial guionista hincha de River. De hecho, durante toda la
lectura del nº1 House of X, sentí cosas parecidas a las que siento cuando leo
East of West. La forma en que Hickman nos va tirando información, el clima
protocolar, de diálogo civilizado entre facciones con intereses contrapuestos,
la explicación de los avances tecnológicos… mucho de lo mejor de House of X
huele fuerte a East of West.
Este tomo arranca con una
guía para entender el universo de la serie, con textos, mapas y gráficos que
explican cómo funcionan estos Estados Unidos del futuro (ya no tan lejano),
cómo están divididos, gobernados y pertrechados para enfrentar el apocalipsis que
se viene. Me vino bárbaro porque el Vol.3 lo había leído en Marzo de 2016 y me
acordaba poco y nada de las tramas o los personajes.
Y después, lo de siempre:
Nick Dragotta en dibujos y la cocción a fuego lento de una trama apasionante de
intriga política, con metafísica, ciencia-ficción y certeros toques de
violencia, sexo y gore. Para la segunda mitad del tomo, Hickman se concentra
mucho en Babylon, el hijo de un Jinete del Apocalipsis y la implacable Xiaolian
Mao, un personaje que experimenta un crecimiento impresionante. Recién sobre el
final, las aventuras de Babylon se empiezan a teñir de las mismas tonalidades
que el resto de East of West. Durante muchas páginas, parece que estamos
leyendo un spin-off, una historieta ambientada en el mismo universo que la trama
central, pero decidida a contarnos todo desde una óptica y a un ritmo
totalmente distinto al del argumento principal. Y se disfruta tanto, que si
saliera un spin-off protagonizado por Babylon y Baloon, también me haría fan.
Excelente todo, posta. El
dibujo, el color, la complejidad de las tramas, los diálogos, los silencios,
los climas. La serie termina en el nº46 y este tomo llega hasta el nº19, así
que me queda un montón de East of West para recorrer de la mano de esta dupla
asesina, que mantiene altísimas la vara y las ambiciones, por lo menos en esta mitad
de la saga. No tengo comprado el Vol.5, así que no sé cuándo podré retomar la lectura.
Acepto donaciones ;)
Ahora sí, nos vemos mañana
y pasado en Villa Viñetas, o nos leemos la semana que viene, acá en el blog.
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domingo, 29 de marzo de 2015
29/ 03: EAST OF WEST Vol.2
Este segundo tomo de East of West sigue al pie de la letra los lineamientos que vimos en el Vol.1, reseñado el 15/12/14. Releo esa reseña y siento que es poquísimo lo que puedo agregar, porque tanto el guión como el dibujo avanzan por el cauce que fijaron Jonathan Hickman y Nick Dragotta en los primeros episodios, sin desviarse en lo más mínimo. Lo cual no significa que no haya sorpresas…
Para mí, lo más notable, fue que Hickman mandó al banco de suplentes a Xiaolian, la princesa de la dinastía de Mao, que en el Vol.1 había juntado chapa a lo bestia. Esta vez, apenas si se la menciona y no aparece ni una viñeta. La rosca interna de los Chosen, que en el Vol.1 se calentaba con las intrigas conjuradas por Archibald Chamberlain, explota en el primer episodio de este tomo y después no se vuelve a mencionar. Todo esto se explica con el gran número de personajes que conforman el elenco de la serie. Hickman tiene muchas alternativas, muchas historias para explorar, y para hacerlo elige desplazar el protagonismo de unos personajes a otros, según le convenga. La trama es compleja y espesa desde el principio, y al indagar en algunos personajes en los que hasta ahora no había profundizado (el príncipe John Freeman, el oráculo, la presidenta de lo que quedó de EEUU), el guionista no hace más que sumarle capas de complejidad, misterios y elementos que seguramente van a tener peso más adelante.
Con tanta runfla política, tanto diálogo y tanta travesía (Death, quien quizás sea el personaje central de la saga, pasa casi todo el tomo viajando o hablando), casi no hay lugar para la machaca. Leídas con frialdad, la única escena de pelea que se justifica a nivel argumental es la última. El resto, pareciera que está porque Hickman o sus lectores no se bancan 24 páginas sin acción. Son conflictos menores, que no requerían de tiros, combates ni explosiones para resolverse, pero que aparecen inflados, enchulados, para que los personajes se vean más jodidos y sus diferencias se vean más extremas. No es un mal recurso y tampoco se le puede pasar factura por eso a Hickman, que se ha bancado muchos guiones sin machaca en su época de guionista del mainstream superheroico.
Como otros trabajos de este autor, East of West no resulta una lectura fácil ni pasatista. Hay que leerla con mucha concentración, dedicándole tiempo. Yo estoy seguro de que me perdí detalles, pequeñas cositas, por no acordarme demasiado de lo que había pasado en el Vol.1. Por supuesto, Hickman no te hace ningún racconto, los personajes no explican nada a través de los diálogos, no hay red. Si no estás bien metido en la saga, quedás pagando como un infeliz. Y –me repito- es una saga compleja, con un mundo muy atractivo por explorar (esa mezcla de tecnología de ciencia-ficción con ambientación y climas de western), con un elenco numeroso y con ideas muy osadas, algunas derivadas de temas bíblicos (como los Cuatro Jinetes del Apocalipsis) y otras más locas, más originales, o más enroscadas. Por suerte, todo avanza a un muy buen ritmo, los diálogos son excelentes y los personajes están muy bien trabajados.
Y por el lado del dibujo, no me queda nada para decir que no haya dicho en la reseña del tomo anterior. Dragotta está muy afianzado en ese estilo, mezcla de Fiona Staples y Peter Snejberg, y felizmente se pone un poquito más las pilas a la hora de dibujar los fondos. Muy meritoria también la labor de Frank Martin, el colorista, que ajusta muy bien la paleta para darle su propia impronta a los flashbacks (que son muchos) y para subrayar los distintos climas, las distintas ambientaciones en las que transcurre la acción.
Después de estos años de Avengers y New Avengers -y sobre todo ahora que timbea su prestigio a todo o nada con Secret Wars- Jonathan Hickman dejó de ser un guionista incuestionable y pasó a ser no un mercenario más, pero sí un tipo que además de cebarnos, también puede decepcionarnos. Por suerte, en paralelo a la altísima exposición que le dan sus series en Marvel, tiene estos kiosquitos creator-owned en Image, donde vende mucho menos pero cuida mucho más la calidad. East of West es un claro exponente de esto último y una gran opción para el que busca leer más material de Hickman por afuera del “más de lo mismo”.
Para mí, lo más notable, fue que Hickman mandó al banco de suplentes a Xiaolian, la princesa de la dinastía de Mao, que en el Vol.1 había juntado chapa a lo bestia. Esta vez, apenas si se la menciona y no aparece ni una viñeta. La rosca interna de los Chosen, que en el Vol.1 se calentaba con las intrigas conjuradas por Archibald Chamberlain, explota en el primer episodio de este tomo y después no se vuelve a mencionar. Todo esto se explica con el gran número de personajes que conforman el elenco de la serie. Hickman tiene muchas alternativas, muchas historias para explorar, y para hacerlo elige desplazar el protagonismo de unos personajes a otros, según le convenga. La trama es compleja y espesa desde el principio, y al indagar en algunos personajes en los que hasta ahora no había profundizado (el príncipe John Freeman, el oráculo, la presidenta de lo que quedó de EEUU), el guionista no hace más que sumarle capas de complejidad, misterios y elementos que seguramente van a tener peso más adelante.
Con tanta runfla política, tanto diálogo y tanta travesía (Death, quien quizás sea el personaje central de la saga, pasa casi todo el tomo viajando o hablando), casi no hay lugar para la machaca. Leídas con frialdad, la única escena de pelea que se justifica a nivel argumental es la última. El resto, pareciera que está porque Hickman o sus lectores no se bancan 24 páginas sin acción. Son conflictos menores, que no requerían de tiros, combates ni explosiones para resolverse, pero que aparecen inflados, enchulados, para que los personajes se vean más jodidos y sus diferencias se vean más extremas. No es un mal recurso y tampoco se le puede pasar factura por eso a Hickman, que se ha bancado muchos guiones sin machaca en su época de guionista del mainstream superheroico.
Como otros trabajos de este autor, East of West no resulta una lectura fácil ni pasatista. Hay que leerla con mucha concentración, dedicándole tiempo. Yo estoy seguro de que me perdí detalles, pequeñas cositas, por no acordarme demasiado de lo que había pasado en el Vol.1. Por supuesto, Hickman no te hace ningún racconto, los personajes no explican nada a través de los diálogos, no hay red. Si no estás bien metido en la saga, quedás pagando como un infeliz. Y –me repito- es una saga compleja, con un mundo muy atractivo por explorar (esa mezcla de tecnología de ciencia-ficción con ambientación y climas de western), con un elenco numeroso y con ideas muy osadas, algunas derivadas de temas bíblicos (como los Cuatro Jinetes del Apocalipsis) y otras más locas, más originales, o más enroscadas. Por suerte, todo avanza a un muy buen ritmo, los diálogos son excelentes y los personajes están muy bien trabajados.
Y por el lado del dibujo, no me queda nada para decir que no haya dicho en la reseña del tomo anterior. Dragotta está muy afianzado en ese estilo, mezcla de Fiona Staples y Peter Snejberg, y felizmente se pone un poquito más las pilas a la hora de dibujar los fondos. Muy meritoria también la labor de Frank Martin, el colorista, que ajusta muy bien la paleta para darle su propia impronta a los flashbacks (que son muchos) y para subrayar los distintos climas, las distintas ambientaciones en las que transcurre la acción.
Después de estos años de Avengers y New Avengers -y sobre todo ahora que timbea su prestigio a todo o nada con Secret Wars- Jonathan Hickman dejó de ser un guionista incuestionable y pasó a ser no un mercenario más, pero sí un tipo que además de cebarnos, también puede decepcionarnos. Por suerte, en paralelo a la altísima exposición que le dan sus series en Marvel, tiene estos kiosquitos creator-owned en Image, donde vende mucho menos pero cuida mucho más la calidad. East of West es un claro exponente de esto último y una gran opción para el que busca leer más material de Hickman por afuera del “más de lo mismo”.
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Nick Dragotta
lunes, 15 de diciembre de 2014
15/12: EAST OF WEST Vol.1
Y ayer festejamos, nomás, después de 13 años de sequía. No me quiero extender sobre esto, pero fue muy emocionante. Le mando un abrazo a todos los lectores de este blog que comparten la pasión racinguista y ahora sí, vamos a la reseña.
Casualmente se trata de la obra de un yanki hincha de River, dignísimo subcampeón. East of West es uno de los tantos kioscos que se armó Jonathan Hickman en Image, algo imprescindible para que nunca falten los proyectos creator-owned entre tanta producción digitada por los intereses corporativos de Marvel y Disney. Es la primera vez que me engancho con una creator-owned de Hickman, por un motivo muy simple: excepto East of West, todas sus series “de autor” tienen dibujantes de lesa humanidad, crotos impresentables que dibujan peor que yo parado, arriba de un 151 repleto.
Por eso quiero empezar hablando bien de Nick Dragotta, el camaleón, el hombre de los mil estilos, a quien ya vimos jugar de suplente en varias series que reseñamos acá en el blog. Para este proyecto puntual, Dragotta acomoda la línea para parecerse a Fiona Staples y le termina saliendo una mezcla bastante atractiva entre la canadiense y Peter Snejberg, el gran danés. Dragotta se luce sobre todo en el manejo del claroscuro (como Snejberg) y en el diseño de naves, fortalezas, armas y demás chiches tecno que abundan en esta saga, porque la ambientación elegida es una hábil mezcla entre western y ciencia-ficción. Y lo más flojo es un vicio heredado de Staples, que son las infinitas viñetas sin fondos. El colorista Frank Martin trata de llevar la estética para el lado de la canadiense, excepto en una secuencia (gloriosa) en la que parece poseído por Juan Giménez y pela –como si fueran novedad- recursos que el mendocino ya manejaba de taquito en los ´80. Pero se ve todo lindo, no hay mucho para criticar en este aspecto y menos si comparamos a East of West con las otras obras de Hickman en Image.
El guión arranca tranqui. Al principio, parece la enésima historia centrada en los cuatro jinetes del Apocalipsis, pero con rasgos más humanos, de tipos y minas “normales”, algo que ya hicieron demasiado bien Neil Gaiman y Terry Pratchett en Good Omens como para volver a insistir sobre lo mismo. Por suerte, esto no es “lo mismo”. Con el correr de las páginas Hickman despliega dos variantes muy atractivas: por un lado, sacarle mucho el jugo a esta ambientación rara, a este futuro en el que EEUU volvió de alguna manera (que ya se explicará, o no) a la época de los westerns, pero con tecnología futurista. Y por el otro, empieza a incorporar personajes y a mostrarnos de qué juega cada uno en este partido complicado, chivo, en el que se mezclan entidades de inmenso poder, fuyeros, fanáticos religiosos, maestros de la runfla política, hechiceros ancestrales, mercenarios de poca monta y genocidas a escala planetaria.
Dentro de este amplio y promisorio elenco, hay personajes apenas explorados, un par que pintan para tener roles importantes más adelante (Archibald Chamberlain, claramente) y uno que de a poquito se morfa la saga: Xiaolian, la princesa de la dinastía de Mao que conquistó a la Muerte en un sentido distinto al que te imaginás. En el segundo tramo del TPB, Xiaolian cobra una fuerza increíble y nos demuestra que Hickman, además de ser grosso a la hora de volar, de generar ideas grandilocuentes y conceptos originales, también sabe darle humanidad a los personajes y convencernos de que, a pesar de los poderes, los implantes cibernéticos o lo que chota sea, son casi seres de carne y hueso. Todo esto, obviamente, mediante hermosos diálogos y conmovedores silencios, e incluso con bloques de texto, porque le permite a los distintos personajes hacerse cargo, alternativamente, del relato en off.
Por la magnitud de los conflictos que se empiezan a delinear en este tomo, se me ocurre que Hickman pensó a East of West como una serie corta, como para durar no más de 25 episodios, o cinco TPBs. No la veo durando 75 episodios, ni a palos. Pero bueno, Lucifer duró más o menos eso con conceptos más zarpados, así que puede pasar cualquier cosa. Por ahora, East of West me enganchó y quiero más. Tengo el Vol.2 acovachado para leer el año que viene y en cuanto pueda me compro el Vol.3. La serie va por el n°16 en EEUU, así que con un tomo más ya estoy virtualmente al día. Si sos fan de Jonathan Hickman, dale una oportunidad, que no te va a defraudar. Esto es heavy, intenso, por momentos muy violento, con giros muy impredecibles y con todo para ser una obra realmente memorable.
Casualmente se trata de la obra de un yanki hincha de River, dignísimo subcampeón. East of West es uno de los tantos kioscos que se armó Jonathan Hickman en Image, algo imprescindible para que nunca falten los proyectos creator-owned entre tanta producción digitada por los intereses corporativos de Marvel y Disney. Es la primera vez que me engancho con una creator-owned de Hickman, por un motivo muy simple: excepto East of West, todas sus series “de autor” tienen dibujantes de lesa humanidad, crotos impresentables que dibujan peor que yo parado, arriba de un 151 repleto.
Por eso quiero empezar hablando bien de Nick Dragotta, el camaleón, el hombre de los mil estilos, a quien ya vimos jugar de suplente en varias series que reseñamos acá en el blog. Para este proyecto puntual, Dragotta acomoda la línea para parecerse a Fiona Staples y le termina saliendo una mezcla bastante atractiva entre la canadiense y Peter Snejberg, el gran danés. Dragotta se luce sobre todo en el manejo del claroscuro (como Snejberg) y en el diseño de naves, fortalezas, armas y demás chiches tecno que abundan en esta saga, porque la ambientación elegida es una hábil mezcla entre western y ciencia-ficción. Y lo más flojo es un vicio heredado de Staples, que son las infinitas viñetas sin fondos. El colorista Frank Martin trata de llevar la estética para el lado de la canadiense, excepto en una secuencia (gloriosa) en la que parece poseído por Juan Giménez y pela –como si fueran novedad- recursos que el mendocino ya manejaba de taquito en los ´80. Pero se ve todo lindo, no hay mucho para criticar en este aspecto y menos si comparamos a East of West con las otras obras de Hickman en Image.
El guión arranca tranqui. Al principio, parece la enésima historia centrada en los cuatro jinetes del Apocalipsis, pero con rasgos más humanos, de tipos y minas “normales”, algo que ya hicieron demasiado bien Neil Gaiman y Terry Pratchett en Good Omens como para volver a insistir sobre lo mismo. Por suerte, esto no es “lo mismo”. Con el correr de las páginas Hickman despliega dos variantes muy atractivas: por un lado, sacarle mucho el jugo a esta ambientación rara, a este futuro en el que EEUU volvió de alguna manera (que ya se explicará, o no) a la época de los westerns, pero con tecnología futurista. Y por el otro, empieza a incorporar personajes y a mostrarnos de qué juega cada uno en este partido complicado, chivo, en el que se mezclan entidades de inmenso poder, fuyeros, fanáticos religiosos, maestros de la runfla política, hechiceros ancestrales, mercenarios de poca monta y genocidas a escala planetaria.
Dentro de este amplio y promisorio elenco, hay personajes apenas explorados, un par que pintan para tener roles importantes más adelante (Archibald Chamberlain, claramente) y uno que de a poquito se morfa la saga: Xiaolian, la princesa de la dinastía de Mao que conquistó a la Muerte en un sentido distinto al que te imaginás. En el segundo tramo del TPB, Xiaolian cobra una fuerza increíble y nos demuestra que Hickman, además de ser grosso a la hora de volar, de generar ideas grandilocuentes y conceptos originales, también sabe darle humanidad a los personajes y convencernos de que, a pesar de los poderes, los implantes cibernéticos o lo que chota sea, son casi seres de carne y hueso. Todo esto, obviamente, mediante hermosos diálogos y conmovedores silencios, e incluso con bloques de texto, porque le permite a los distintos personajes hacerse cargo, alternativamente, del relato en off.
Por la magnitud de los conflictos que se empiezan a delinear en este tomo, se me ocurre que Hickman pensó a East of West como una serie corta, como para durar no más de 25 episodios, o cinco TPBs. No la veo durando 75 episodios, ni a palos. Pero bueno, Lucifer duró más o menos eso con conceptos más zarpados, así que puede pasar cualquier cosa. Por ahora, East of West me enganchó y quiero más. Tengo el Vol.2 acovachado para leer el año que viene y en cuanto pueda me compro el Vol.3. La serie va por el n°16 en EEUU, así que con un tomo más ya estoy virtualmente al día. Si sos fan de Jonathan Hickman, dale una oportunidad, que no te va a defraudar. Esto es heavy, intenso, por momentos muy violento, con giros muy impredecibles y con todo para ser una obra realmente memorable.
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