Uh, qué mala leche... Justo se viene a morir Moebius cuando yo me cebo mal con una obra suya que es la primera parte de una trilogía...
Nah, en serio: imposible recomendarte que gastes la guita que vale este libro sabiendo que nunca vas a leer el final de la historia. A menos que compres historietas sólo por los dibujos, cosa que yo he hecho con más de una obra de Moebius, de esas que tienen guiones patéticos. Si te bancás el garrón de engancharte con una historia que está buenísima pero de la que nunca vas a saber el final, o si lográs leer este comic como si no fuera un comic sino un artbook, preparate para experimentar la más absoluta fascinación.
A nivel visual, este es un laburo de Moebius realmente sublime, incluso para los propios standards del autor. A simple vista puede parecer un trabajo frío, porque se nota que nada está librado al azar, ni una línea, ni una pinceladita de color, ni una onomatopeya. Sin embargo, en cuanto te enganchás con la narrativa y te empezás a meter en el mundo de Arzak, sentís que estos personajes están vivos, que laten, que de alguna manera te incluyen, te hacen partícipe de lo que está sucediendo. El Genio Eterno logra que vos, como lector, pases a formar parte de la maravilla que pone ante tus ojos. Esto hay que verlo para creerlo, no puedo –como tantas otras veces- armar un marco de referencia citando a autores cuyos estilos se dejan ver en la obra que estoy reseñando, porque Moebius es un universo aparte; a él no lo influyen, sino al revés: él es el que proyecta una sombra monstruosa sobre todos los que lo leímos alguna vez.
El guión es otro tema. Acá Moebius se resiste a dos tentaciones: por un lado, no regurgita ni respeta ni una puntita de los guiones que co-escribió con otra gente para la serie animada de Arzak hace casi 10 años. Por el otro lado, no nos hace el fan service a los que deliramos con las historias clásicas del personaje, las de los ´70. Ni siquiera se hace cargo de esa historia de los ´80 en la que explicaba quién era Arzak, cuál era su rol en el mundo y –de paso- integraba a la continuidad a los personajes de La Desviación, otra de sus míticas historietas setentosas.
En esta versión, Arzak no es un humanoide de piel amarilla y rasgos medio orientales. Es un humano común y corriente, con rasgos europeos y sin más superpoderes que el de usar ese gorro con forma de poronga sin parecer un ridículo. Moebius re-explica al personaje, a su misión, a su realción con el resto de los personajes que aparecen (hay ocho o nueve importantes) y arma las bases de un universo. Todo lo que pasa acá está perfectamente justificado, hasta lo más fumanchero. Evidentemente, el maestro había imaginado no sólo un mundo, no sólo un clima, no sólo un nuevo look para el personaje, sino toda una epopeya, compleja y elaborada, que arranca por la senda correcta.
Hay un poquito de machaca, bastante runfla política, muchos elementos de la ciencia-ficción limada con la que tantas veces nos invitó a volar el Genio Eterno y algunos conceptos metafísico-espiritualosos, aunque sin tanto protagonismo como en otras obras del maestro. Este primer tomo termina en un momento bravo, complicado tanto para Arzak como para Lady Charmayne y su hijo Domyo, quienes venían llevando adelante un sub-plot que estaba a punto caramelo, listo para integrarse al tronco principal de la saga. Y es todo lo que hay.
Lamentablemente, Moebius no llegó a completar ni siquiera el segundo tomo y la historia quedó trunca. Queda esta primera parte y todos esos dibujos, ilustraciones y bocetos que aparecen en las últimas 16 páginas de este álbum y que son una exquisitez cósmica. El pterodelfo de Arzak no va a volver a volar, pero nuestra imaginación sí, porque Moebius nos enseñó a cagarnos en los límites, a ir siempre más allá en ese terreno de inagotable fertilidad del cual él fue Amo y Señor. Gloria infinita para él.
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viernes, 27 de julio de 2012
domingo, 22 de mayo de 2011
22/ 05: ARZACH & OTHER FANTASY STORIES

Creo que acá empezó mi vicio de leer comic europeo editado en EEUU. Cuando Marvel lanzó (en el sello Epic) unas ediciones de la reputísima madre de toda la obra de Moebius. Estábamos a fines de los ´80 y yo era hiper-fan del prócer francés. Por supuesto, tenía un montón de sus obras repartidas entre revistas de antología y álbumes, todo de editoriales españolas. Pero las ediciones de Epic les pasaban el trapo, mal. El propio Moebius coloreó historias que habían salido en blanco y negro, corrigió textos, cambió diálogos y escribió prólogos y notas complementarias para casi todas las historietas, con anécdotas, recuerdos, lecturas o vivencias que lo inspiraron, y mucha data del backstage. Para traducir todo eso al inglés, Marvel puso a Jean-Marc Lofficier (francés radicado en EEUU) y a su muy yanki esposa Randy, que se convirtieron en los fieles esbirros de Moebius en toda su etapa en California, donde el ídolo vivió casi 15 años. El matrimonio logra una equilibrada síntesis entre la sensibilidad de Moebius y los requerimientos del mercado americano, que parece enamorarse –brevemente, al menos- del genio francés.
Este tomo es la devastación total. En sus 72 páginas tenemos las cuatro historias clásicas de Arzach, las de los ´70, las que armaron un kilombo bárbaro cuando se publicaron en los primeros números de Metal Hurlant, porque nadie entendía nada. Al toque, pegadita, una de las pocas historias que Jean Giraud nunca quiso colorear, La Deviation (realizada antes de fundar la Metal Hurlant junto a los otros Humanoides Associés). Y en el tramo final, otro clásico de los ´70 (Ballade, inspirada en un poema de Rimbaud) y tres rarezas de los ´80: La Ciudadela Blanca (de la época en que Moebius realizaba sus estudios de espiritualidad bajo el ala del gurú zen Jean-Paul Appel-Guéry), Ktulu (inspirada en la obra de Lovecraft y con el entonces presidente de Francia como villano) y una historieta 100% nueva de Arzack, que se publicó por primera vez en este álbum, incluso antes que en Francia.
Esta última es la más extraña de todas. Son apenas cinco páginas realizadas en color directo, con poquísimas viñetas por página, y con textos! Textos narrados por el propio Arzack, que explican cómo funciona su universo, resumen un poquito su historia y, como si esto fuera poco, incorporan a “la continuidad” a los personajes de La Deviation, que hasta ese momento era una fumanchereada que no encajaba ni a palos en ningún lado. Los textos que acompañan a las historietas nos cuentan que Moebius y los Lofficier estaban armando una novela gráfica extensa de Arzack, un poco con la intención de conseguir un productor que la convirtiera en un largometraje animado, y de ahí la necesidad de darle cierta cohesión (y personajes humanos y “normales”) a la saga del tipo amarillo con el gorro con forma de pija.
De todos modos, me parece que Arzack funciona mejor cuanto menos se lo explica. Esas primeras historias mudas, en las que Moebius dibuja cada viñeta con el detalle y la dedicación que un dibujante normal le pone a una ilustración o una portada, son sin duda lo más poderoso del tomo. Los argumentos (sobre todo el de la cuarta historia) son menores, a veces apenas excusas para que Moebius dé cátedra desde lo visual, para que despliegue esas imágenes fastuosas que parecen venir directo de su subconsciente, sin filtro ni explicación.
Y por supuesto, esos excesos en materia de dibujo son lo que hacen fundamental a La Deviation, la historieta más zarpada, desmedida y vanguardista del ídolo, que aparece firmada por Gir, dibujada en el estilo de Moebius y nos narra las vacaciones del historietista Jean Giraud. A partir de esta historieta de 1973 ya no hacía falta ser un perito calígrafo para convencerse de que esos tres autores eran, en realidad, uno sólo, cosa que no era de público conocimiento para los lectores de ese entonces. Al exceso visual, Moebius le suma una grosera cantidad de textos (obviamente a propósito) y termina por redondear 7 páginas que tienen más laburo y más contenido que muchos álbumes actuales de 46 páginas.
En 2010, Moebius volvió con Arzack y lanzó una novela gráfica que anduvo muy bien, pero que nunca leí. Ojalá esté a la altura de estos clásicos a los que vuelvo cada tanto, para recordar por qué me enamoré del trazo sobrecargado y los argumentos delirantes de este titán del lápiz y la tinta hace casi 30 años.
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