
Vuelvo a Inglaterra, a principios de los ´80, a encontrarme con otra de las grandes creaciones del maestro Pat Mills. No quiero reiterar la perorata acerca de este prócer del comic británico poco conocido en los países de habla hispana. En todo caso, recomiendo hacer click en la etiqueta y leer (o releer) la reseña de A.B.C. Warriors.
Nemesis the Warlock empezó como una idea limada más entre un montón de ideas limadas que Mills y el genial Kevin O´Neill tiraron para un unitario en la 2000 A.D.. A ese unitario le siguió otro, después se replanteó la idea para convertirla en un serial de largo aliento y cuando se quisieron dar cuenta, había nacido una de las duplas más fértiles de los ´80, responsable además de Marshal Law, la obra que los hizo realmente conocidos en los EEUU.
La serie narra, a grandes rasgos, el conflicto cruento, salvaje, a todo o nada entre Nemesis, un demonio con superpoderes oriundo del planeta Gandarva, y Tomás Torquemada, el Gran Inquisidor del planeta Termight (otrora la Tierra), fanático xenófobo que lidera ejércitos enteros de terminators con un único objetivo: el exterminio definitivo de todos los alienígenas, no sólo en Termight, sino en todos los planetas del vasto imperio con sede en este. A lo largo de las primeras cuatro sagas (sí, este tomo trae CUATRO sagas completas, cientos y cientos de páginas originalmente publicadas en episodios semanales de ocho páginas), Mills nos deja en claro que el demonio que le da título a la historieta es tan protagonista de la misma como el maligno genocida al que se enfrenta. Olvidate del héroe bueno, íntegro y moralista: Nemesis a veces le gana a Torquemada porque juega más sucio que él. Esto tiene más sabor a comic europeo para adultos (en realidad, para adolescentes) que a clásica saga de superhéroes, con niveles de crueldad, violencia y torturas realmente zarpado.
La última de las cuatro sagas (la del planeta Gothic, donde los aliens imitan la forma de vida de la Inglaterra victoriana) es la más floja a nivel guión, pero Mills la levanta con una astuta triquiñuela: la de integrar esta saga al universo que ya venía explorando en series como Ro-Busters y A.B.C. Warriors. Al sumar personajes ya conocidos por el lector, le agrega complejidad a una trama medio gastada, sin perder tiempo en explicar quién es y de qué juega cada nuevo jugador. Y las tres primeras sagas son cátedras, con muy buenas ideas, muchísima acción, mucho desarrollo de personajes, humor negro, runfla política y constante bajada de línea contra la xenofobia (hay que mandarle un tomo a Mauricio, a ver si lo entiende).
Kevin O´Neill dibuja la primera y la tercera saga, y entre una y otra mejora una barbaridad. Y empezó en un nivel altísimo, así que imaginate cómo termina. Hay momentos en los que la creatividad de O´Neill explota, desborda los confines de la historia, estalla en miles de esquirlas desaforadas (de las cuales una se le clavó en el cerebro a Quique Alcatena), pero el tipo jamás se olvida de que esto es comic y que hay que usar el dibujo para narrar. Impresionante.
La segunda saga la dibuja el español Jesús Redondo, un tipo más clásico, de gran manejo del claroscuro, una especie de Juan Zanotto con cositas de Carlos Ezquerra y Alfonso Font. Y en la cuarta saga tenemos uno de los primeros trabajos del maestro Bryan Talbot, acá en su estilo más barroco, más sobrecargado, más dark y a la vez con algunos toques caricaturescos (que recuerdan a la época under de Richard Corben) que después va a dejar de lado. Si leíste Luther Arkwright (y si no, leelo ya), sabés que a Talbot le encanta recrear ambientaciones históricas con un twist fantástico, y acá Mills se la sirve en bandeja. Talbot no deja un centro sin cabecear y se brinda entero en más de 80 páginas dibujadas en un nivel muy, pero muy notable, infrecuente en un dibujante poco curtido.
Nemesis the Warlock es comic de entretenimiento, pensado para atrapar semana a semana a los jóvenes lectores (varones, obvio) de la 2000 A.D. de hace 30 años. Pero Mills y sus dibujantes le pusieron la pasión y el talento suficientes como para que hoy se lea no como una verduleada hecha por kilo, sino como un comic de alto impacto, intenso, potente y con una impronta autoral mucho más marcada que en casi cualquier otro comic del mainstream británico. Muy grosso.