el blog de reseñas de Andrés Accorsi
Mostrando entradas con la etiqueta El Garaje Hermético. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta El Garaje Hermético. Mostrar todas las entradas

viernes, 31 de enero de 2014

31/ 01: EL CAZADOR CAZADO

Uno, que es fan de Moebius hace 30 años, ya está bastante acostumbrado a que varias de las historietas que él mismo escribía fueran fumanchereadas sin pies ni cabeza, en las que en vez de guiones había tenues (y frutihortícolas) excusas para que el ídolo dibujara lo que se le cantara la chota. De hecho, esta es una aventura del Major Grubert (“Mayor Gruber”, en la traducción de Norma), quizás el personaje con más sustancia de todos los que desfilan por El Garaje Hermético, la famosa epopeya que Moebius improvisó durante años SIN GUIÓN, sin tener la más puta idea de cómo o cuando iba a terminar. La sola presencia de Grubert (y de la frase “El Garaje Hermético” en la tapa del álbum) ya te predispone a leer a Moebius en su faceta más limada, la del narrador que narra sin saber muy bien qué, sin calentarse en lo más mínimo por estructurar el relato de alguna manera más o menos coherente.
El Cazador Cazado hace gala de esa sub-especie de no-guión: el guión fruteado, improvisado, sin más intención que la de hilvanar de algún modo las imágenes que brotan de la pluma del autor. O incluso que brotaron hace años, porque la mayoría de estas 52 páginas están fechadas entre 2006 y 2008, pero en el medio hay varias muy anteriores, de 1998 y hasta de 1996. Por ahí es una joda de Moebius, que frutea hasta en las fechas que le pone a las páginas, y por ahí son páginas rescatadas del pilón del descarte, o de proyectos inconclusos, a las que el Genio Eterno recicló y logró integrar (a veces medio a presión) a esta novela gráfica. Lo cierto es que en las primeras... 10 páginas, hay un amague de que puede llegar a pasar algo, hay un esbozo de un posible conflicto, que obliga al Mayor a cambiar su status quo y ponerse en movimiento. El tema es hacia dónde.
En las 40 páginas siguientes, el protagonista recorre mundos oníricos en los que no pasa absolutamente nada. Contempla edificios, criaturas, cuadros, objetos que flotan, y recién sobre el final hay una breve escena de acción y se incorpora a la trama un personaje que –en una de esas- estaba pensado para ser importante en el desarrollo. Nunca lo sabremos, claro, porque la historia termina con un “fin del episodio”, un modo muy choto de enterarnos de que este era el Vol.1 de una saga que, tras la muerte de Moebius en 2012, quedó inconclusa. Si estaba esa remota chance de que la segunda entrega de la saga encauzara un poco el argumento o definiera mejor los conflictos, el lamentable fallecimiento del autor nos la terminó de negar.
¿Con qué se rema tanto bajón, tanta caída libre hacia el abismo de la intrascendencia y la oquedad? Como siempre, con el dibujo. Bah, “como siempre”, las pelotas. Realmente hay pocas obras en la vasta carrera de Moebius dibujadas a este nivel. En las páginas donde la historia mínimamente avanza, la narrativa está perfectamente cuidada, tan cristalina como en sus trabajos más “careta” (Blueberry, etc.) aunque con menos cuadros por página (nunca más de seis). Y cuando el dibujo no tiene ninguna intención de narrar nada, cuando nos invita a colgarnos simplemente con la belleza de la línea, la complejidad de las composiciones, el manejo inusual e insuperable de los espacios, el festival de las rayitas y las texturitas microscópicas... ahí se va todo al carajo y más allá.
Ahí explota el otro Moebius, el que cambia la natación por los saltos ornamentales. El dibujo del ídolo ya no quiere llegar a algún lado, quiere sorprender con el firulete, con el detalle, con los desbordes de su imaginación a los que acompaña el virtuosismo de su trazo. Vos sabés que cuando Moebius se jugaba las fichas a su imaginación, a esa imaginería extraña que poblaba su mente (en la que se mezclaban el grabado oriental con el barroquismo art nouveau de Winsor McCay, el surrealismo de Dalí con la línea clara de Hergé), el Genio Eterno te armaba el mazo con 40 anchos de espada. Y visualmente el Cazador Cazado es eso: una sucesión de imágenes demasiado perfectas, que derrochan sugestión, misterio, magia y poesía.
Si no te jode comprar un comic cuyo guión no va a ningún lado y no te deja nada, no dudes en cazar al Cazador Cazado. En sus páginas te espera un Moebius auténtico, libre, dispuesto a detonarte los sentidos con algunos de los mejores dibujos de su vida. La edición española, gloriosa de verdad.