el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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lunes, 31 de agosto de 2020

NIPPUR DE LAGASH Vol.22

Hoy muy cortito, porque no me quiero amargar la vida yo, ni amargársela a ustedes. Este es, por afano, el tomo de Nippur más flojo de todos los que leí hasta ahora. No sólo los guiones son intrascendentes: también están llenos de ideas (y creo que hasta de diálogos) que ya leí en episodios anteriores. Parecieran ser refritos de historias viejas, a las que alguien (no sé si el propio Robin Wood o algún sicario) les cambió un par de nombres y alguna boludez más para venderlas como episodios inéditos. El tomo trae sólo seis historietas y no hay una sola para rescatar. Realmente, si te salteás este libro hacés mierda el dibujo que se forma con los lomos, pero te hacés un favor, porque esto sólo te puede aportar desgracias. Cuatro de los seis episodios están dibujados por Sergio Mulko, así nomás, sin demasiado entusiasmo, como si se quisiera sacar el trabajo de encima lo más rápido posible. En algunos episodios lo colorean los criminales de lesa humanidad a los que Columba empleaba para que destruyeran la labor de los dibujantes, y en otros lo vemos en ese blanco y negro siempre igual, sin nuevas ideas hace ya varios tomos. En los episodios a color aparecen varias splash-pages, que parecen viñetas comunes ampliadas. No se nota (como se notaba en las splash-pages de Lucho Olivera o de Ricardo Villagrán) la intención de aprovechar para meterle a esa única imagen un grado mayor de detalles, de cuidado en la composición, o de equilibrio entre masas negras y espacios blancos. Yo creo que Mulko se dio cuenta de que esos dibujos iban a ocupar una página entera recién cuando los vio publicados. Y quizás ni le llamó la atención, porque el color de la primera página lo dejó ciego y ya no pudo ver las siguientes. Los dos episodios que dibuja Carlos Leopardi aparecen publicados a color, y con mucho menos abuso de la splash-page. Cuando le dan a Leopardi la posibilidad de romperse el alma para que esa única imagen sea memorable, no la desaprovecha. De hecho, en la aventura que cierra el tomo (Primero el Vuelo del Pinzón) tiene apenas tres páginas con más de nueve cuadros (algo infrecuente para esta época de Nippur) y en la mayoría de las páginas de nueve viñetas o menos, vemos un equilibrio muy logrado entre texto e imagen. Más allá del guion formulaico y aburrido, la forma en que Leopardi plantea las secuencias hace que ese último episodio se pueda leer sin sufrir. Y los malignos coloristas lo tratan un poco mejor que a Mulko. Por lo menos no colorean a Nippur con todo el cuerpo violeta y las pupilas rojo sangre, lo cual es un avance. Nada más. No me quiero seguir flagelando a mí mismo con un comic de tan improbable redención. Ojalá haya más suerte en el próximo tomo. Tampoco me quedan tantos por delante porque –creo que ya lo conté- mi hermano los dejó de comprar cuando pasaron de quincenales a semanales. Es lo que hay. Gracias y hasta el mes que viene.

sábado, 1 de agosto de 2020

NIPPUR DE LAGASH Vol.20

Sigo inclaudicable en mi gesta, sin sucumbir a la tentación de mandar a la mierda a Nippur y a estas historias supuestamente clásicas que se repiten muchísimo y ya no me emocionan en lo más mínimo. Este tomo ofrece otros siete episodios publicados en 1975 en la revista D´Artagnan, y además una cantidad bastante indignante de páginas en blanco. Entiendo que no puedan publicar tomos con más páginas o menos páginas porque se trata de una colección con el formato estandarizado, pero poneme algo. Portadas de Alfredo De la María, textos sobre la Mesopotamia en la antigüedad, entrevistas a los autores, un texto de alguien que sepa grosso sobre la serie… algo. Vamos con lo que hay. La primera historieta es –lejos- la mejor del tomo. El planteo es lógico, el desarrollo crea intriga, la resolución no es la obvia, el recurso de que esté todo narrado en primera persona por alguien que no es Nippur también garpa muchísimo… La verdad que me re-gustó. Ojalá en las seis historietas restantes viéramos a Robin Wood en este mismo nivel. El dibujo de Lucho Olivera también está buenísimo, excepto por las caras de las mujeres que (como suele suceder) son todas idénticas. Se ve que en aquella época garchaban entre primos o incluso entre hermanos, y había poca variedad de rasgos faciales. Después tenemos dos aventuras flojísimas, donde no llegás a sentir el peligro, ni a merte dentro de la trama. Son boludeces, peripecias muy menores, una de corte más sobrenatural, la otra de corte más clásico. Obviamente con páginas de 12 y 13 viñetas en las que la acción nunca se luce y con cantidades de texto grotescas. En ambos casos dibuja Sergio Mulko que trata de meter por lo menos dos buenas imágenes en cada episodio, a pesar de todo. Y sí, el resto de los dibujos se ven apurados, sin ganas, a veces con una mezcla de técnicas de entintado rara, y con algunas viñetas entintadas a lo bestia, con tres pincelazos. En la cuarta historia vuelve Lucho y el guion de Robin levanta un poquito. También, una cantidad de texto bestial, y chicas idénticas entresí. Pero el argumento es un toque mejor. Hay una chica con los mismos poderes de Dream Girl (de la Legion of Super-Heroes) y hay un peligro grosso, tan grosso que no resulta demasiado verosímil la forma en que Nippur escapa de una muerte más que cantada. Después tenemos la historieta peor dibujada del tomo, con Mulko ya definitivamente sin ganas, con páginas repletas de viñetas microscópicas y sin esas dos o tres imágenes memorables que el dibujante trataba de meter en cada episodio. El guion va más para el lado de la ética y la filosofía, con lo cual cuando Wood le agrega un par de escenas de violencia (como para que Nippur haga algo) se desvirtúa un poco la escencia de lo que quería contar. La sexta historia es casi buena, tiene ritmo, tiene páginas sin bloques de texto innecesarios y hay un argumento que no es genial ni mucho menos, pero por lo menos no es igual al que ya leímos 50 veces. Lo raro es que empieza narrando en primera persona un personaje secundario y para la quinta página es Nippur quien se hace cargo del relato en off. Lucho le pone bastante onda al dibujo, excepto en esa página funesta, con QUINCE viñetas y muchísimo diálogo, donde –lógicamente- dibuja lo menos posiible. Y en la séptima y última vuelve Hattusil, para otra aventura con onda sobrenatural, en la que el dibujo de Mulko ya es cualquier cosa. Líneas y manchas en estado salvaje, como si estuviera trabajando directo en tinta, sin un plantado previo a lápiz. El resultado es sumamente olvidable. Otra cosa que me hizo ruido es que el hijito de Hattusil llamado Nippur, al que vimos nacer hará unos… tres años, cuatro a lo sumo, acá ya parece un pibe de 9 ó 10 años. Por supuesto los adultos están siempre igual, ninguno parece haber envejecido 9 ó 10 años. En fin, seguimos lejos de la calidad que uno espera en una serie considerada un clásico, un pico de la gloriosa historieta argentina. Podría ser peor (supongo), pero también podría ser infinitamente mejor, sobre todo si pensamos que era la serie más popular de la editorial que dominaba por amplísimo margen un mercado inmenso, y a la que evidentemente no le faltaban recursos para cuidar un poco más los guiones, los dibujos y el color. Ni hablar del rotulado, pero ese flagelo por suerte fue eliminado en la edición de Planeta que estamos recorriendo. Gracias por tanto, perdón por tan poco, y vamos que ya estamos en Agosto y falta menos para que se termine este año de mierda.

lunes, 20 de julio de 2020

NIPPUR DE LAGASH Vol.19

¿Hoy es lunes, no? ya ni me acuerdo en qué día estamos.
Bueno, tengo para comentar otro tomo del coleccionable de Nippur de Lagash, con otras siete historietas de fines de 1974 y principios de 1975. A ver qué hay ahí adentro.
La primera historieta tiene un guión aceptable, porque en algún momento genera algo así como una tensión. No es uno de esos conflictos light que Nippur va a resolver de taquito. Una vez más, Robin Wood comete su pecado favorito: presentarnos a un personaje secundario de inmenso potencial y no usarlo nunca más. El dibujo de Sergio Mulko no sólo no brilla, sino que además se mete solito en unos bretes narrativos complicadísimos, que requieren a veces de flechitas y a veces de una cuota de imaginación por parte del lector para deducir en qué orden hay que leer las viñetas. Imperdonable por completo.
La segunda historia tiene un guión choto, predecible, con menos emoción que esos torneos de España en los que Barcelona o Real Madrid le llevan 14 puntos al que va segundo. El dibujo de Ricardo Villagrán no está mal, tiene momentos muy buenos, pero entre tantas páginas de 12 viñetas iguales y chiquititas, parece que uno está leyendo un álbum de estampillas.
La tercera es una aventura decididamente liviana, incluso con varios momentos en los que la comedia le gana al tono solemne que prevalece en la serie. El argumento es uno más del montón, no se destaca demasiado. Y el dibujo de Mulko es flojo, muy eclipsado por las montañas de texto y por el hecho de tener que armar páginas con 13 viñetas microscópicas.
La cuarta historia es rara. El guión es clásico pero correcto, también con algún momento en el que sentís algo así como un peligro real para Nippur. El villano es interesante (aunque, por supuesto) no llega vivo al final del episodio, y en todo caso lo más problemático es cómo está plasmada la narración gráfica. Sobre quince páginas, tres tienen una sóla viñeta, dos tienen una viñeta que ocupa casi toda la página con un cuadrito microscópico en uno de los vértices y claro, casi todas las páginas restantes están hasta las pelotas de cuadritos minúsculos y masacotes de texto interminables. Esto mismo, mejor equilibrado, seguramente quedaba mejor. En las páginas con una o dos viñetas, explota como pocas veces el virtuosismo de un Lucho Olivera muy comprometido. En las páginas de 12 viñetas chiquitas, lógicamente no. Cerca del final, encontré una página alucinante, por lo bien dibujada y por lo infrecuente que era esto en la producción de Columba: cuatro viñetas widescreen, sin bloques de texto y con apenas cinco globos de diálogo, todos muy escuetos. Me hubiese encantado leer una historieta toda así, en vez de pendular entre las splash-pages y las páginas de 12 micro-cuadritos.
La quinta historia es, lejos, la peor. El argumento es choto, la cantidad de texto es grotesca, el dibujo de Mulko es flojísimo, los bloques de texto empiezan relatados por una anciana (personaje secundario con bastante peso en la trama) y a las pocas páginas pasan a ser relatados por un narrador omnisciente que habla de la anciana en tercera persona… Nada para rescatar.
La sexta levanta apenitas la puntería, dento de un nivel de mediocridad ya preocupante. Por lo menos hay menos bloques de texto, están todos muy bien escritos, y hay un sólo narrador en off (Nippur). El dibujo de Mulko, muy desparejo, con algunas viñetas realmente inadmisibles.
Y el tomo cierra con otra aventura menor, en la que Nippur se limita a relatar sucesos que protagoniza otro personaje (bien desarrollado y mejor aniquilado por Robin Wood), y que –lógicamente- nos importan menos que las cosas que le pasan al sumerio. Dentro de todo, es una historia llevadera, que incorpora un recurso no muy logrado, pero que por lo menos rompe con lo habitual: el relato de Nippur es leído en el presente por un sumerólogo a cuyas manos llegan tablillas antiquísimas, escritas por el propio héroe de Lagash muchos siglos atrás. Así, Lucho Olivera demuestra que además de dibujar bien la antigüedad clásica, puede dibujar bien el último tercio del Siglo XX, aunque no sean más que un par de secuencias sin acción y sin mucha variedad de locaciones o personajes. Acá hay otra página con poco texto resuelta en cinco viñetas widescreen (dibujadas como los dioses) y una página de 14 viñetas que explotan de texto y reducen al dibujo de Lucho a su mínima expresión.

Bueno, es lo que hay. “Ya vendrán tiempos mejores”, decía una vieja zurciendo un forro… Gracias por el aguante y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

sábado, 11 de julio de 2020

NIPPUR DE LAGASH Vol.18

Sigo adelante con la lectura del coleccionable de Nippur de Lagash y esta vez me toca abordar el vol.18, donde por primera vez en mucho tiempo volvemos a tener siete historietas en vez de seis y unas ilustraciones de relleno. No es que las historietas sean muy buenas, pero siempre es mejor que haya más páginas de historieta y menos de pelotudeces varias. Vamos a repasar, a ver qué se puede rescatar.
La primera es la nada misma, un argumento poco interesante, una resolución blandita, y por supuesto unos bloques de texto hermosos. La segunda es de esas que te dan bronca: Robin Wood presenta un nuevo personaje, ambiguo, complejo, con matices interesantes, que podría ser un enemigo recurrente para Nippur, o incluso el protagonista de otra serie ambientada en este mismo universo. ¿Y qué sucede? Lo que te imaginás: muere en la anteúltima página. Una garcha. La tercera aventura también, sumamente olvidable, no tiene ningún mérito. Y la cuarta, que es la última aventura a todo color, tiene la novedad de que aparecen dos personajes secundarios (Aneleh, o sea Helena, y Oiram, o sea Mario) que no mueren, sino que van a reaparecer poco después. El rol de Aneleh en la historia es muy interesante, más allá de que el argumento en sí no sea brillante.
La quinta historia es muy rara, porque está narrada en primera persona (con unos textos preciosos) no por Nippur, sino por una chica que está de novia con el Errante. ¿Quién es? ¿De dónde salió? No se explica. Al final terminan juntos, abrazados, pero a ella nunca la volvimos a ver. Me parece que era una aventura que Robin escribió para otro personaje y a último momento alguien la modificó para que fuera una de Nippur, porque no encaja para nada con lo que veníamos leyendo hasta acá. La sexta historia tampoco tiene sorpresas, ni elementos novedosos, ni una trama emocionante, pero por lo menos está narrada por Nippur y tiene un tono más afín a la onda de la serie. Y la séptima y última del tomo es la mejor de esta tanda, con los regresos de Aneleh, Oiram y, por si faltara algo, Karien, la amazona, lo más parecido a una novia posta que tiene el héroe sumerio, por lo menos en esta etapa. Esta es una historia que no descolla por el lado del argumento, pero en la que Robin trabaja muy bien la dinámica entre los personajes. Ojalá hubiera más de este tipo de guiones a lo largo de la serie.
En cuanto a los dibujos, en la segunda historia me encuentro con algo que no quería ver: páginas firmadas por Ricardo Villagrán en las que no se ve ni por asomo la calidad habitual del maestro. Hasta la mitad del episodio el dibujo es excelente; pero en la segunda mitad decae muchísimo, como si Villagrán se hubiera sacado las páginas de encima muy rápido, o como si las hubiese puesto en manos de asistentes menos capaces. Las cinco historietas en blanco y negro están dibujadas (como ya es costumbre) por Sergio Mulko, también en un nivel bastante precario. Pobre tipo, cuando puede trata de meter poses dinámicas, busca enfoques que puedan impactar, tira de vez en cuando un primer plano copado, o un efecto medio brecciano en un fondo… Pero se nota la incomodidad, se nota que es un dibujante con recursos limitados, una especie de Herb Trimpe, o de Sal Buscema, encima muy encorsteado en esas páginas que casi siempre tienen 12 viñetas muy chiquitas, donde el dibujo no se luce, sino que está ahí para rellenar el pedacito que está ocupado por los masacotes de texto.
Y en la cuarta aventura, segunda y última a todo color, tenemos el regreso del maestro Lucho Olivera, el primer dibujante de Nippur. Este es un Lucho muy superior al de los primeros episodios, más sólido, más suelto, más salvaje, que además tiene a su disposición 16 páginas de las cuales cuatro tienen una sola viñeta. Lucho arrastra el problema de que le cambia la cara a las mujeres de una viñeta a la otra, pero todo lo demás es sumamente atractivo. El dinamismo de los cuerpos, los enfoques para las escenas de acción, los detalles en armas, vestimenta y fondos, algunas expresiones faciales… Lástima esas páginas en las que sólo vemos cabecitas hablando. Ahí el texto opaca mucho al dibujo y Lucho se calienta poco y nada por ponerle un poco de onda a esas escenas desde lo visual. Pero está buenísimo tenerlo de vuelta, no sé si sólo por esta vez, o de forma habitual a partir de los próximos tomos. Ah, el color columbero (y generalmente horroroso) se sufre más en la historieta de Lucho que en la de Villagrán. No sabría explicar bien por qué, pero eso fue lo que me pasó al leerlas.
Nada más por hoy, sepan disculpar. Gracias por el aguante y la seguimos pronto.


jueves, 25 de junio de 2020

JUEVES GÉLIDO

Primer día de frío posta, acá en Buenos Aires. Y bueno, además de cagarme de frío leí historietas, como para tener qué corno reseñar en este espacio.
Como ya es costumbre, me clavé un tomito del coleccionable de Nippur, con otras seis historietas escritas por Robin Wood y publicadas entre fines de 1973 y principios de 1974. Acá está la resolución de la búsqueda de Teseo, esa saga que amagaba con ser muy extensa y termina por durar… siete u ocho episodios, no mucho más. El final está muy bien y el epílogo quizás sea lo mejor del tomo. Las peripecias del camino (las dos primeras historias de este tomo son apenas eso), la verdad que no, que me aburrieron bastante. Y lo más bizarro: como Columba había publicado episodios de esta saga tanto en la revista D´Artagnan (donde aparecían las aventuras de Nippur dibujadas por Sergio Milko) como en el comic-book del personaje (donde dibujaba Ricardo Villagrán), se les ocurrió la brillante idea de que AMBAS publicaciones mostraran el final de la saga de Teseo EL MISMO MES. Alucinante, no? Incluso hay dos o tres páginas de cada historieta en las que los textos COINCIDEN MILIMETRICAMENTE. Las palabras de Robin son LAS MISMAS, en dos historietas dibujadas en estilos totalmente distintos, y en las que –luego de esas páginas de convergencia- los argumentos siguen en direcciones distintas.
De pronto pareciera que alguien en Columba se esforzó por coordinar los contenidos de dos publicaciones distintas… hasta que ves los dibujos. Mulko dibuja a Teseo y a Pylenor en su estilo, Villagrán en el suyo -lo cual es lógico-pero además... cada uno les pone los rasgos que se les canta la chota. Teseo tiene barba y pelo corto cuando lo dibuja Mulko, y pelo largo sin barba cuando lo dibuja Villagrán. Lo cual es muy raro cuando lo vemos decir (como ya subrayé) exactamente los mismo textos. O sea que el esfuerzo de coordinar las dos publicaciones se hizo a medias, porque nadie se calentó por mostrarle a Villagrán cómo dibujaba Mulko a los personajes, o viceversa. Pero bueno, estamos hablando de personajes secundarios en una serie donde normalmente los personajes secundarios duraban 10 o 12 páginas. Ah, otra cosa que no se entiende de la saga de Teseo: ¿para qué lo llevan a Ur-El? El gigante no hace NADA, no tiene peso en ninguna de las tramas y prácticamente no habla.
Terminada la saga, con Nippur y sus amigos todavía en Atenas, Robin y Mulko nos ofrecen la historia más floja del tomo, como siempre salvada –apenas- por la jerarquía que demuestra el guionista a la hora de redactar bloques de texto. En cuanto a los dibujos, lo de siempre: poco para rescatar por el lado de Mulko (que empezó siendo una versión caricaturesca de Lucho Olivera y ahora es una versión caricaturesca del Mulko de cuatro o cinco tomos atrás) y varias imágenes realmente maravillosas en las historietas de un Ricardo Villagrán muy pegado a Hal Foster, al que uno quisiera ver dibujar menos viñetas por páginas y soltarse un poco más a la hora de dibujar cuerpos en acción. Por momentos el trazo de Villagrán es tan perfecto, tan cautivante, que hasta te olvidás de que las páginas están coloreadas para el infra-ojete por un criminal de lesa humanidad que merece morir en cana. De todos modos, hay un laburo notable por parte de la edición de Planeta para que el color no se sufra a los niveles que se sufría cuando esto lo publicaba Columba. No lo hace bueno, pero sí menos dañino.
Y me fui al carajo hablando del errante, Teseo, sus amigos y el cuasi-crossover entre D´Artagnan y la revistita de Nippur, con lo cual si intento meter acá la reseña del otro libro que leí, la tengo que comprimir en un párrafo y moneditas. Eso sería muy injusto, porque es un comic muy interesante, con bastantes páginas y unas cuantas aristas para explorar. Así que nada, lo guardo para reseñarlo muy pronto, junto a alguna otra cosa que lea en los próximos días.

Gracias por el aguante y la seguimos pronto.

martes, 9 de abril de 2019

MARTES TEMPRANISIMO

Por fin encontré un rato para sentarme a escribir las reseñas de los últimos libros que leí.
Arranqué con la puesta al día con material argentino anterior a 2018 y así llegué a Gilgamesh el Inmortal: Hora Cero, una saga que va entre el libro de Gilgamesh que reseñé el 22/11/18 y el que vimos un lejano 27/09/12. O sea que los leí en perfecto desorden: empecé por lo que sería el final, después leí el principio y ahora lo del medio. Pero bueno, es lo que hay…
Como vimos sobre el final del Vol.1, en un punto Lucho Olivera se concentra sólo en dibujar y los guiones pasan a manos de Sergio Mulko, también mucho más conocido por su labor como dibujante. Esto está todo escrito por Mulko, y sigue con bastante fidelidad los lineamientos del Gilgamesh de Lucho, en una transición bastante visible hacia esos guiones mucho más raros que veríamos en Arenas Rojas (el tramo final). Como ya vimos, acá hay varias historias sin conflictos, o con mínimos conflictos, en los que Gilgamesh básicamente habla, contempla y piensa. Pero el cuarto episodio (“Veganos”) introduce a una raza alienígena maligna, que garantiza violencia, destrucción y genocidios hasta el final mismo del tomo. Pasan otras cosas más lo-fi mezcladas con esta batalla casi personal del inmortal contra los korios, hay episodios en los que no pasa nada, otros en los que Gilgamesh busca al responsable de su inmortalidad… Pero si te gusta que los héroes luchen, acá eso está un poquito más enfatizado que en otras sagas del otrora rey de Uruk.
El dibujo de Olivera también está en tránsito, de esos incios un tanto precarios hacia el virtuosismo que le veríamos desplegar en la segunda mitad de los ´70 (estas historietas son de 1973-74). Las naves espaciales que vemos en este libro, por ejemplo, no tienen nada que envidiarle al mejor Lucho. Los primeros planos de los rostros masculinos, sí, bastante. Muy condicionado por el hecho de no poder meter nunca menos de ocho cuadros por página (y a menudo tener que meter 12 ó 14), Lucho va probando distintos rebusques narrativos y en el que más cómodo se lo ve es en la viñeta widescreen finita, que es algo que se hacía poco en la historieta argentina de los ´70. Y después está el tema del brazo de Gilgamesh, que aparece y desaparece. A veces le falta el brazo derecho, a veces el izquierdo y a veces tiene los dos. Muy loco que nadie controlara eso.
Si sos fan de Gilgamesh, seguro compraste esto cuando salió (2008). Y si no, no empieces por acá, sino por el libro titulado “El Origen”.
Sigo visitando planetas y razas alienígenas extraños en un intento por ponerme (un poquito más) al día con Saga, la epopeya de Brian K. Vaughan y Fiona Staples, que tenía abandonada desde el 01/02/16 (un delirio). Para esta altura de la historia, Vaughan ya sumó a tantos personajes que los tiene que dividir en tres grupos y desarrollar tres narraciones en paralelo, un dolor de cabeza garantizado para los que leían la serie en formato de comic-book de 20 páginas de errática periodicidad. Y para que cada grupito viva una peripecia interesante, también tienen que aparecer muchos villanos, muchos conflictos, algunos de los cuales se resuelven muy rápido, antes de que lleguen a desarrollarse plenamente. Lo bueno es que la gran mayoría se resuelve de modos impredecibles.
En el medio hay buenas ideas (algunas muy locas, como las propiedades curativas del esperma de dragón), excelentes diálogos (con un nivel de guarangada muy bienvenido) y en este tomo en particular, bastante acción. O sea que si bien este Vol.5 es inabordable para el que no haya leído los cuatro anteriores, resulta muy ganchero para el que viene siguiendo desde el principio la saga de Hazel, sus padres y estos mundos en guerra.
El dibujo de Fiona Staples conserva el muy alto nivel que vimos en los tomos anteriores y me volvió a sorprender con los diseños que pela para los nuevos personajes que se van sumando al elenco sobre todo ese quinteto de villanos de clara inspiración marveliana. Los paisajes, naves y bichos que aparecen también están buenísimos, todos muy potenciados por el brillante trabajo que realiza la canadiense en el coloreado digital de estas páginas.
Recomendar Saga, a esta altura del partido, ya es medio una obviedad. Pero la idea es simplemente dejar constancia de que, mal y tarde, sigo adelante con la lectura de esta serie.

Nada más, por hoy. Ni bien tenga un par de libros leídos, se vienen nuevas reseñas, acá en el blog.

jueves, 27 de septiembre de 2012

27/ 09: GILGAMESH: ARENAS ROJAS

Qué raro que es esto, ma-mita! ¿Esto salía en los ´70 en las revistas de Columba? Increíble. Se supone que Columba apelaba al mínimo denominador común, que eran historietas básicas, chatas, pensadas para gente de bajo nivel socio-cultural... y esto es todo lo contrario! Acá el guionista Sergio Mulko se pasa de sofisticado. Levanta un vuelo poético tan arriesgado, tan extremo, que en un punto es casi críptico. Esto es a la historieta lo que Rick Wakeman al rockanrol, algo demasiado elaborado, demasiado barroco, lo más anti-pochoclo que te puedas imaginar.
A tal punto Mulko se pasa de complicado, que la mitad de las cosas que pasan no las entendí leyendo las historietas, sino el prólogo del maestro Ariel Avilez (consuetudinario lector de este blog y diplomado en columbología). Hay un viaje de Marte a la Tierra, con Gilgamesh y su chica a bordo de una nave, secuencia power y definitiva para cualquier historieta de ciencia-ficción. No la vi, no me di cuenta cómo sucedía eso. Supuestamente asistimos a la destrucción de Phobos, una de las luna de Marte. Re-daba para una secuencia cataclísimica, en la que el héroe escapa con lo justo... Tampoco se ve claramente, ni se enfatiza desde el guión. Gilgamesh se enfrenta a un monstruo de la Atlántida, gran ocasión para un combate épico... que ocupa una viñeta microscópica, en una página en la que hay otras 15 viñetas microscópicas.
Realmente me intriga muchísimo cómo le entregaría Mulko los guiones a Lucho Olivera. Por momentos, los bloques de texto mandan extensas parrafadas (con un lirismo alucinante) que Lucho reparte entre cinco o seis viñetas. Mulko habla de la inmortalidad, de tumbas, vestigios y rescoldos, de “miríadas de crepitantes mundos y estrellas abigarradas”... ¿Y Lucho qué dibuja? Primeros planos de Gilgamesh o planos tan lejanos que se ven los planetas enteros con el espacio alrededor, y a veces con un globito que sale del planeta. ¿A quién se le habrá ocurrido dividir casi todas las páginas en 16 viñetas? ¿Y ocupar las restantes con splash pages impactantes? Muchas páginas incluso están divididas en cinco tiras, más chiquitas y finitas que las de los diarios.
Esto es defintivamente raro, casi fuera de la realidad. Por suerte hay textos de gran nivel (aunque no siempre sirvan para hacer avanzar la historia) y un gran estudio de qué es y para qué sirve ser inmortal. Mulko pensó a fondo en este dilema y la vida de Gilgamesh está signada por esas reflexiones, entre trágicas, cósmicas y metafísicas.
El dibujo de Lucho también sorprende, porque está muy por debajo de lo que hacía en esta misma época (1974-75) en otras historietas de su autoría. Claro, seguramente en las otras historietas no tenía que meter entre 12 y 16 mini-viñetas por página. Esto parece una colección de miniaturas, es Lucho jugando a ver cuántos cuadritos ínfimos le entran en cada página. Aún así, hay composiciones magníficas, secuencias bellamente articuladas. Pero se nota que hay dibujos hechos a mano alzada, sin siquiera un boceto previo. Los aliens que aparecen, más que miedo o extrañeza, dan risa. Parecen pibes con máscaras de aliens, bien grotescas y granguiñolescas.
Los primeros planos se repiten una y mil veces, como los informes de 6-7-8 en los que escrachan a los sicarios de Magnetto. Y –lo más choto- la acción está totalmente desenfatizada. Hay muy poca acción, es casi imperceptible, pero lo que la hace aún más imperceptible es la forma en que la dibuja Lucho. Los mínimos momentos en los que –por cuestiones de vida o muerte- los personajes deben entrar en acción, suceden en viñetas microscópicas y rodeadas de primeros planos que en un punto parecen siempre el mismo. Un sólo ejemplo: Gilgamseh y Galhya huyen de un engendro mecánico que les tira con tutti y el inmortal recibe un balazo en la frente, su primera herida quizás en muchos siglos. Todo eso en tres cuadritos diminutos, en una página de 17 viñetas. Y dos mini-cuadritos después, la herida no está más. Por suerte en cada episodio hay una o dos de esas splash pages en las que Lucho detonaba con el fulgor de mil supernovas.
Sorpresas te da la vida: esto, que salía en la D´Artagnan (que supuestamente era parte del establishment, el cuartel general del Más de lo Mismo, la máquina de hacer chorizos, la catedral de la historieta pre-masticada y adocenada), tiene una complejidad, un vuelo poético, una sofisticación y una onda tan inusual, tan anti-estridente, por momentos tan pretenciosa, que si la agarrás distraído, o la subestimás, por ahí “te deja afuera”, como dicen los columbófilos cuando tratan de leer el material más vanguardista de la Fierro.