Mientras estalla cada 15 minutos un bolonki nuevo, yo sigo leyendo y reseñando comics, como si fuera el verano más tranqui de mi vida.
Hace no mucho, el 24/11/17, me tocó comentar el Vol.1 de la serie de She-Hulk escrita por Charles Soule, y ahora voy por el segundo y último tomo. El Vol.1 estaba bueno, el Vol.2 es prácticamente una joya. Los guiones son mejores, los conflictos son mejores, los diálogos son mejores y la resolución al plot que venía colgado del Vol.1 (el famoso Blue File) es buenísima. Soule se da todos los gustos, incluso el de presentarnos tres episodios en los que prácticamente no hay violencia. Es la trilogía del juicio a Steve Rogers, claramente el punto más alto de la etapa de Soule (que en la vida real también es abogado) al frente de esta serie. A lo largo de todo el tomo, el guionista desarrolla la química entre She-Hulk y Hellcat, pero además en esta trilogía se integran perfectamente al elenco Steve Rogers y Matt Murdock, dos personajes cuya dinámica con Jennifer y entre sí funciona como si Soule los hubiese escrito todos los meses durante 20 años.
Por si faltara algo, en este tomo hay un sólo dibujante y es Javier Pulido, un virtuoso del dibujo y sobre todo del armado de las secuencias, del manejo del tiempo narrativo. Pulido sabe cuándo romper todo y salir a buscar decididamente el impacto, pero también sabe cómo engancharte en las escenas en las que sólo vemos gente conversando. Mezquina poco los fondos, se mata en los flashbacks a los ´40 y los ´80, es en buena parte responsible de que los momentos de comedia que propone el guión lleguen a buen puerto, y además encuentra un complemento ideal en los colores de Muntsa Vicente. Creo que aunque no te interese en lo más mínimo She-Hulk, si te gustan los buenos dibujantes vas a ser muy feliz con este trabajo de Pulido, a quien me gustaría volver a ver en un proyecto que lo tenga como autor integral.
En 2017, el investigador y guionista Julián Oubiña Castro se probó también la pilcha de editor y produjo una antología de 200 páginas titulada Hora Tres. La misma combina historietas con textos muy interesantes acerca de la historia de la historieta argentina (extensos, sesudos, siempre necesarios), algunos co-escritos por Oubiña Castro y Ricardo De Luca, y uno muy largo escrito por el maestro José Muñoz, en el que toca un montón de temas, repasa toda su carrera y hace que lo admiremos aún más.
Pero vamos a las historietas: La primera es una obra del ya fallecido Luis García Durán, con un argumento muy remanido y un dibujo… no berreta, pero sí por debajo de las posibilidades del maestro. Trampa Cósmica, del legendario Alfredo Grassi y Ernesto Melo, tiene una cantidad de texto que la hace ilegible y que le resta lucimiento a los esfuerzos de Melo por dibujar parecido al Moebius de mediados de los ´70. Roberto Barreiro y Edu Molina aportan una historia que se hace larga porque la idea daba para mucho menos que las 10 páginas que ocupa. Por suerte el dibujo es magnífico. García Durán reaparece con una historia mil veces mejor dibujada que la primera del tomo, más corta y más original. Al Servicio de la Impunidad, de un tal N.N., es interesante a nivel plástico, pero catastrófica a nivel narrativo. Otros dos maestros de la línea clásica, Jorge Morhain y Juan Dalfiume, aportan un unitario bélico impactante y conmovedor, que atrasa un poquito (se nota que es de los ´70) pero todavía pega fuerte. Y una de las luminarias del panorama argentino actual, Renzo Podestá, se manda 22 páginas de una historieta totalmente adictiva (lejos lo mejor de la antología), que funciona como presentación de personajes a los que ojalá volvamos a ver muy pronto.
Y dejo para el último párrafo las cinco (!) historietas escritas por el propio Oubiña Castro. Mobiüs Crux es un pastiche insostenible, pobre remedo de las buenas historias de espada y brujería de los ´70 y ´80, muy lastrada por un dibujante que puso todo pero no le alcanzó. El Revés de la Trama, con dibujos de Hernán Castellano, se choca con sus propias pretensiones y con un dibujo que tampoco está a la altura de lo que pide el guión. La breve El Otro Espejo, en colaboración con Laura Gulino (dibujante emblemática de la revista Intervalo de los ´80) es una historieta sin conflicto, muy bien resuelta, que aprovecha plenamente el período histórico en el que está ambientada. Y también junto a Hernán Castellano, hay otras dos historietas interesantes: el western Los Actos de Codicia (buen guión, con algunos problemas en el armado de las secuencias que entorpecen un poco el flujo del relato) y la breve Ubi Sunt, algo así como una historieta romántica sumamente efectiva, y en la que más se luce el dibujo de Castellano. Claramente, el día que se mande una historieta larga en ese estilo y conservando ese nivel de calidad en figuras y fondos, Castellano está destinado a convertirse en una figura de primera línea, capaz incluso de romperla a nivel global.
Y hasta acá llegamos hoy. Volvemos pronto, obviamente, con más reseñas.
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jueves, 18 de enero de 2018
viernes, 24 de noviembre de 2017
DOS MINAS BRAVAS
Parece una joda, pero encontré otro libro editado en 2016 que no habia leído. No se termina mássss…
Evita Vol.1 es el primero de seis tomitos que narran en forma de historieta la vida de Eva Duarte de Perón, uno de los mitos argentinos que todavía no habíamos visitado en el blog. La publicación está gestada desde la Asociación Museo Evita y cuenta con guión de F.G. Aleman y dibujos de Juan Pablo Valdecantos, dos autores a los que nunca había oído nombrar.
La historieta está muy bien, es dinámica, el dibujo tiene momentos realmente grossos, la documentación histórica está muy bien, la narrativa está muy cuidada y los textos brindan mucha información sin aburrir ni predicar. ¿Cuál es el problema, entonces? La extensión. Esta entrega tiene 41 páginas de historieta, y suponiendo que las cinco restantes (cuya existencia no me consta) mantengan esa misma extensión, F.G. Aleman podrá darse el lujo de narrar los 33 años de Evita en 205 páginas, lo cual es un montón. Entonces elige un ritmo descomprimido, que contribuye a la fluidez de la lectura y al lucimiento de Valdecantos, pero que implica contar muy poco en cada página. Y eso lo obliga a sintetizar mucho, a elegir con mucha cautela qué escenas de los primeros años de la vida de Eva nos va a mostrar, porque para cuando llegue la página 41, la protagonista tiene que quedar por primera vez cara a cara con Juan Domingo Perón, para clavar el cliffhanger e invitarnos a volver. Claramente, la historia de Evita se pone picante en ese segundo tramo, que espero conseguir a la brevedad (si es que está editado).
No es que no me guste la Vida de Eva Perón que realizaron Héctor Oesterheld y Alberto Breccia en los ´60, pero la verdad es que la relevancia del personaje justificaba una biografía en historieta más actual, más sintonizada con la forma de leer comics del público de hoy. Por ahora esta versión funciona, y me imagino que puede llegar a aspirar a la chapa de obra importante el día que terminen de editarse los seis episodios que la componen.
Vamos con otra mina pulentosa, She-Hulk, que tuvo un relanzamiento en 2014 a cargo de un equipo creativo muy interesante. Como guionista, Charles Soule, un tipo que además de escribir comics, es abogado, como Jennifer Walters. Y como dibujante, Javier Pulido, un español brillante, originalísimo, que aunque quisiera plegarse al “más de lo mismo” no podría. Es muy grosso ver cómo años y años de laburo para el mainstream de EEUU no han logrado estandarizar ni restarle vuelo o identidad gráfica a este distinto, a este verdadero dotado para el dibujo y la narrativa, que se mantiene ahí, único e inimitable. Los dos números que no dibuja Pulido van a manos de Ronald Wimberly (a quien ya vimos entrar de suplente en alguna otra serie), también muy interesante, con un trazo pleno de riesgo y personalidad, que estalla especialmente en el último episodio, cuando lo dejan colorearse a sí mismo.
Los guiones de Soule se vuelcan acertadamente a la comedia y –si bien no descuidan la machaca- se nutren principalmente de la actividad de Jen como abogada y de su relación con los personajes secundarios que van poblando la serie. Entre ellos, un aporte de Soule muy atractivo, como es la asombrosa Angie Huang, que seguramente esconde secretos que el guionista revelará en el segundo tomo de la serie (prometo leerlo en 2018). A la hora de reclutar para su elenco a personajes ya existentes, Soule no hace la obvia y trae a tercerones largamente relegados al freezer, como Kristoff, Nightwatch, Shocker, Tigra y sobre todo a Hellcat que (en aquellos tiempos pre-serie de Netflix de Jessica Jones) tenía tantas chances de encabezar una colección propia como Tristán Suárez de darle baile al Real Madrid en la final del Mundial de Clubes.
Esta versión de She-Hulk no me cambió la vida, no me hizo reir a carcajadas ni vibrar de emoción, pero la pasé bien y me encantaron los dibujos. Así que la banco. Además creo que son sólo dos TPBs.
Estamos a sólo 12 posts de llegar a las 100 entradas en 2017. ¿Llegaremos? No está fácil, pero me tengo fe. Lunes o martes, vuelvo con reseñas de los brolis que me baje durante el viaje a Santa Teresita. Hasta entonces.
Evita Vol.1 es el primero de seis tomitos que narran en forma de historieta la vida de Eva Duarte de Perón, uno de los mitos argentinos que todavía no habíamos visitado en el blog. La publicación está gestada desde la Asociación Museo Evita y cuenta con guión de F.G. Aleman y dibujos de Juan Pablo Valdecantos, dos autores a los que nunca había oído nombrar.
La historieta está muy bien, es dinámica, el dibujo tiene momentos realmente grossos, la documentación histórica está muy bien, la narrativa está muy cuidada y los textos brindan mucha información sin aburrir ni predicar. ¿Cuál es el problema, entonces? La extensión. Esta entrega tiene 41 páginas de historieta, y suponiendo que las cinco restantes (cuya existencia no me consta) mantengan esa misma extensión, F.G. Aleman podrá darse el lujo de narrar los 33 años de Evita en 205 páginas, lo cual es un montón. Entonces elige un ritmo descomprimido, que contribuye a la fluidez de la lectura y al lucimiento de Valdecantos, pero que implica contar muy poco en cada página. Y eso lo obliga a sintetizar mucho, a elegir con mucha cautela qué escenas de los primeros años de la vida de Eva nos va a mostrar, porque para cuando llegue la página 41, la protagonista tiene que quedar por primera vez cara a cara con Juan Domingo Perón, para clavar el cliffhanger e invitarnos a volver. Claramente, la historia de Evita se pone picante en ese segundo tramo, que espero conseguir a la brevedad (si es que está editado).
No es que no me guste la Vida de Eva Perón que realizaron Héctor Oesterheld y Alberto Breccia en los ´60, pero la verdad es que la relevancia del personaje justificaba una biografía en historieta más actual, más sintonizada con la forma de leer comics del público de hoy. Por ahora esta versión funciona, y me imagino que puede llegar a aspirar a la chapa de obra importante el día que terminen de editarse los seis episodios que la componen.
Vamos con otra mina pulentosa, She-Hulk, que tuvo un relanzamiento en 2014 a cargo de un equipo creativo muy interesante. Como guionista, Charles Soule, un tipo que además de escribir comics, es abogado, como Jennifer Walters. Y como dibujante, Javier Pulido, un español brillante, originalísimo, que aunque quisiera plegarse al “más de lo mismo” no podría. Es muy grosso ver cómo años y años de laburo para el mainstream de EEUU no han logrado estandarizar ni restarle vuelo o identidad gráfica a este distinto, a este verdadero dotado para el dibujo y la narrativa, que se mantiene ahí, único e inimitable. Los dos números que no dibuja Pulido van a manos de Ronald Wimberly (a quien ya vimos entrar de suplente en alguna otra serie), también muy interesante, con un trazo pleno de riesgo y personalidad, que estalla especialmente en el último episodio, cuando lo dejan colorearse a sí mismo.
Los guiones de Soule se vuelcan acertadamente a la comedia y –si bien no descuidan la machaca- se nutren principalmente de la actividad de Jen como abogada y de su relación con los personajes secundarios que van poblando la serie. Entre ellos, un aporte de Soule muy atractivo, como es la asombrosa Angie Huang, que seguramente esconde secretos que el guionista revelará en el segundo tomo de la serie (prometo leerlo en 2018). A la hora de reclutar para su elenco a personajes ya existentes, Soule no hace la obvia y trae a tercerones largamente relegados al freezer, como Kristoff, Nightwatch, Shocker, Tigra y sobre todo a Hellcat que (en aquellos tiempos pre-serie de Netflix de Jessica Jones) tenía tantas chances de encabezar una colección propia como Tristán Suárez de darle baile al Real Madrid en la final del Mundial de Clubes.
Esta versión de She-Hulk no me cambió la vida, no me hizo reir a carcajadas ni vibrar de emoción, pero la pasé bien y me encantaron los dibujos. Así que la banco. Además creo que son sólo dos TPBs.
Estamos a sólo 12 posts de llegar a las 100 entradas en 2017. ¿Llegaremos? No está fácil, pero me tengo fe. Lunes o martes, vuelvo con reseñas de los brolis que me baje durante el viaje a Santa Teresita. Hasta entonces.
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viernes, 24 de abril de 2015
24/ 04: CATWOMAN Vol.3
Sigo adelante con mi tardío descubrimiento de esta serie que es –ya no tengo ninguna duda- lo mejor que le pasó a Catwoman en sus más de 70 años de historia. Como dije hace casi un año, cuando me tocó reseñar el Vol.2, “esto está muy por encima de lo que hizo Ed Brubaker en Batman y casi al nivel de lo mejor de Gotham Central”. Incluso me parece que este tercer tomo es bastante mejor que los dos anteriores.
El arco argumental más extenso lleva a Selina al conflicto directo con Black Mask, principal perjudicado por la magnífica manganeta que armaron la gata y Slam Bradley en el tomo anterior. El villano le va a cobrar carísimo su trapisonda a la protagonista y todos los personajes que componen el elenco de la serie la van a psara muy mal. A la hora de matar a alguno, Brubaker se va un poquito al mazo y liquida a un personaje que aparece por primera vez en este arco, y con el que los lectores ni nos habíamos empezado a encariñar. Así, esa muerte escabrosa sirve simplemente para mostrar lo tremendamente hijo de puta que es Black Mask, pero no impacta emocionalmente por lo menos de este lado de la página. Finalmente, contra viento y marea, gastando hasta su último centavo de aguante, ingenio y culo para zafar de los balazos, puñaladas y explosiones, Catwoman va a derrotar al villano y a su impensada secuaz, por supuesto a un costo altísimo.
Lo que pasa en estos episodios es tan heavy que Brubaker dedica los tres siguientes a pasarlo un poco en limpio, a mostrarnos cómo los protagonistas tratan de asimilar los golpes, de cicatrizar algunas heridas. Y felizmente para este extenso epílogo Brubaker vuelve a darle buena parte del protagonismo a Slam Bradley y a retomar la senda del hard boiled, por ahí con menos acción, con conflictos menos físicos, pero con unos textos espectaculares narrados en primera persona por el veterano detective. Como hay menos piñas y menos persecuciones, hay más espacio para indagar en las relaciones entre los personajes e incluso en sus sueños, a los que el guionista les saca un jugo alucinante. Y así, entre confesiones, arrepentimientos, abandonos, idas, vueltas, cuestionamientos y garches, salen más de 60 páginas tan ricas, tan intensas, y con un giro tan brillante en el final, que podría haber sido un cierre perfecto para la serie.
Pero la serie siguió, y Brubaker se quedó varios números más (hasta el 37, si no me equivoco). De hecho tengo ahí esperándome el Vol.4 (que voy a leer a más tardar el mes que viene, porque ni en pedo banco casi un año más para entrarle) en el que no creo que tengamos un cierre definitivo, precisamente porque el guionista sigue adelante. Recién este mes salió en EEUU un TPB que reedita el último año de Brubaker al frente de esta serie, y por supuesto me propongo capturarlo, a ver cómo termina este vailosísimo ejemplo de comic de autor dentro del mainstream.
En materia de dibujantes, en el arco más extenso lo tenemos al maestro británico Cameron Stewart, que se ajusta muy bien a esa onda “cartoon noir” que se había impuesto desde que Darwyn Cooke tocara a esta serie con la varita mágica. Acá hay escenas muy truculentas, muy oscuras, y el dibujo de Stewart no las ablanda ni las suaviza para nada. Lo más notable son los recursos narrativos del británico, que se manda páginas de 14, 15 y hasta 16 cuadros (obviamente muy chiquitos), que le permiten plasmar la acción de un modo muy compacto, muy controlado, como un mecanismo de relojería, aceitado e infalible. Un gran trabajo de Stewart, a quien complementan Mike Manley en algunas tintas y el gran Matt Hollingsworth en el color.
Para el arco más breve, en cambio, tenemos al español Javier Pulido, en un estilo muy distinto al que le vimos (por ejemplo) en Human Target. Esta vez, Pulido apuesta por el minimalismo, por un trazo limpísimo, casi sin mancha negra, una línea despojada, lograda con un pincel muy libre, muy suelto, que se parece más a las historietas de la revista Cairo que a los comics de DC. Hay cosas de Dupuy y Berberian, de Montesol y hasta de Bartolomé Seguí. Me imagino que los lectores yankis deben haber dicho “¿qué carajo es esto?!?” y el coordinador habrá dicho “Muy lindo, pero no lo hagas más”. De hecho, en el tercer y último episodio, que es cuando el guión se pone más sombrío y más noir, Pulido mantiene la línea clara en algunas escenas y en otras se tira con todo al claroscuro, con la misma soltura en el pincel, pero bien cargado de tinta, sin mezquinar manchas negras. El resultado es raro para un comic “de superhéroes”, pero visualmente exquisito.
Vamos pronto con el Vol.4, y a buscar el tercer tomo de la nueva edición, la que llega hasta el final de la inolvidable Era Brubaker.
El arco argumental más extenso lleva a Selina al conflicto directo con Black Mask, principal perjudicado por la magnífica manganeta que armaron la gata y Slam Bradley en el tomo anterior. El villano le va a cobrar carísimo su trapisonda a la protagonista y todos los personajes que componen el elenco de la serie la van a psara muy mal. A la hora de matar a alguno, Brubaker se va un poquito al mazo y liquida a un personaje que aparece por primera vez en este arco, y con el que los lectores ni nos habíamos empezado a encariñar. Así, esa muerte escabrosa sirve simplemente para mostrar lo tremendamente hijo de puta que es Black Mask, pero no impacta emocionalmente por lo menos de este lado de la página. Finalmente, contra viento y marea, gastando hasta su último centavo de aguante, ingenio y culo para zafar de los balazos, puñaladas y explosiones, Catwoman va a derrotar al villano y a su impensada secuaz, por supuesto a un costo altísimo.
Lo que pasa en estos episodios es tan heavy que Brubaker dedica los tres siguientes a pasarlo un poco en limpio, a mostrarnos cómo los protagonistas tratan de asimilar los golpes, de cicatrizar algunas heridas. Y felizmente para este extenso epílogo Brubaker vuelve a darle buena parte del protagonismo a Slam Bradley y a retomar la senda del hard boiled, por ahí con menos acción, con conflictos menos físicos, pero con unos textos espectaculares narrados en primera persona por el veterano detective. Como hay menos piñas y menos persecuciones, hay más espacio para indagar en las relaciones entre los personajes e incluso en sus sueños, a los que el guionista les saca un jugo alucinante. Y así, entre confesiones, arrepentimientos, abandonos, idas, vueltas, cuestionamientos y garches, salen más de 60 páginas tan ricas, tan intensas, y con un giro tan brillante en el final, que podría haber sido un cierre perfecto para la serie.
Pero la serie siguió, y Brubaker se quedó varios números más (hasta el 37, si no me equivoco). De hecho tengo ahí esperándome el Vol.4 (que voy a leer a más tardar el mes que viene, porque ni en pedo banco casi un año más para entrarle) en el que no creo que tengamos un cierre definitivo, precisamente porque el guionista sigue adelante. Recién este mes salió en EEUU un TPB que reedita el último año de Brubaker al frente de esta serie, y por supuesto me propongo capturarlo, a ver cómo termina este vailosísimo ejemplo de comic de autor dentro del mainstream.
En materia de dibujantes, en el arco más extenso lo tenemos al maestro británico Cameron Stewart, que se ajusta muy bien a esa onda “cartoon noir” que se había impuesto desde que Darwyn Cooke tocara a esta serie con la varita mágica. Acá hay escenas muy truculentas, muy oscuras, y el dibujo de Stewart no las ablanda ni las suaviza para nada. Lo más notable son los recursos narrativos del británico, que se manda páginas de 14, 15 y hasta 16 cuadros (obviamente muy chiquitos), que le permiten plasmar la acción de un modo muy compacto, muy controlado, como un mecanismo de relojería, aceitado e infalible. Un gran trabajo de Stewart, a quien complementan Mike Manley en algunas tintas y el gran Matt Hollingsworth en el color.
Para el arco más breve, en cambio, tenemos al español Javier Pulido, en un estilo muy distinto al que le vimos (por ejemplo) en Human Target. Esta vez, Pulido apuesta por el minimalismo, por un trazo limpísimo, casi sin mancha negra, una línea despojada, lograda con un pincel muy libre, muy suelto, que se parece más a las historietas de la revista Cairo que a los comics de DC. Hay cosas de Dupuy y Berberian, de Montesol y hasta de Bartolomé Seguí. Me imagino que los lectores yankis deben haber dicho “¿qué carajo es esto?!?” y el coordinador habrá dicho “Muy lindo, pero no lo hagas más”. De hecho, en el tercer y último episodio, que es cuando el guión se pone más sombrío y más noir, Pulido mantiene la línea clara en algunas escenas y en otras se tira con todo al claroscuro, con la misma soltura en el pincel, pero bien cargado de tinta, sin mezquinar manchas negras. El resultado es raro para un comic “de superhéroes”, pero visualmente exquisito.
Vamos pronto con el Vol.4, y a buscar el tercer tomo de la nueva edición, la que llega hasta el final de la inolvidable Era Brubaker.
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martes, 4 de mayo de 2010
04/ 05: HUMAN TARGET: FINAL CUT

Ah, bueno… Esto es jodido de verdad!
Obviamente, con Christopher Chance en Los Angeles, no se podía hacer esperar la saguita hollywoodesca, en la que el Blanco Humano se sumerja en el mundillo rutilante e hipócrita de las estrellas del Séptimo Arte. Ahí, donde todos juegan a ser lo que no son, donde la ficción tiene más peso que la vida real, el Gran Simulador puede sentirse casi a gusto y volver a encontrarle sentido a la profesión después de la tragedia de la saga anterior. Esta llegó tres años más tarde (en 2002) y en forma de una extensa novela gráfica, 91 páginas sin respiro y sin concesiones.
Acá Milligan ya tiene al personaje armado y lo maneja de taquito: “Todos estamos mintiendo. Toda mi vida es una mentira. Yo no soy nadie”, dice Chance en una de las mejores escenas del libro. Y esta vez, las consecuencias de vivir la vida de otro, y de SER otro, son muy heavies, porque Chance se enamora perdidamente de la esposa de uno de los hombres a los que suplanta. Que en total son tres: un actor veterano, un guionista y actor segundón (sospechoso de haber raptado a un chico que con sólo 13 años es estrella de cine) y un prestigioso productor, hijo de actores y padre del chico desaparecido. El Blanco Humano está acostumbrado a meterse en kilombos y a ser testigo (y partícipe) de relaciones tortuosas, sórdidas y perturbadoras, pero lo que va a tener que ver (y hacer) en Hollywood está más allá de su vasta preparación. Sobre todo cuando le toca encarnar a Davey King, el guionista de un film que ningún estudio aceptó rodar. King está hasta las bolas en más de un kilombo, y casi todos son producto de su relación con Conchita, una bomba atómica, más zarpada y problemática que él, que lo envuelve en un tsunami de sexo, droga y rock´n roll, que Chance trata de entender sobre la marcha, mientras esquiva los corchazos.
En la novela gráfica Milligan no sólo resuelve el misterio de la desaparición de Ronan White: también nos enteramos quién contrató a Emerald (la mercenaria de la saga anterior) para que le volara la cara a Chance. La respuesta es totalmente impredecible, al igual que la resolución del caso de Ronan White. Esta última, además, es totalmente cruel y shockeante. En esa secuencia final se va a la mierda todo ese clima frío, de “todo bajo control”, de investigación detectivesca prolija y bien estudiada. Ahí estalla la emoción violenta, se caen las máscaras que realmente importan y el lector recibe una seguidilla de patadas a la garganta, salvaje y visceral. No es la única escena de alto voltaje, para nada. Esta saga tiene menos machaca que la anterior, pero tampoco es un dibujito del Discovery Kids.
Para reemplazar al difunto croata Edvin Biukovic, llega un gran dibujante español: Javier Pulido. En el trazo de Pulido se ven vestigios de lo mejor de la línea clara valenciana (o sea, Daniel Torres), pero su manejo del pincel y su estilo adusto, austero y a la vez demoledoramente sólido nos remite también a Hugo Pratt y su narrativa tiene bastante de Dave Lapham. Pulido hace gala de un gran manejo de la acción, pero también de los climas más introspectivos. Su Human Target es reflexivo, serio, profundo, lleno de elocuentes silencios. Ni loco se mata en los fondos tanto como Biukovic, pero eso no le resta ni credibilidad ni efectividad a su Hollywood manchado de sol y sangre. El estilo de Pulido, rico en claroscuros e intencionalmente pobre en detalles, requiere un colorista especial, que entienda el planteo estético del dibujante y se acople a él armoniosamente. Ese enorme mérito le corresponde a Dave Stewart, el grossísimo colorista al que ya nos cruzamos en varias reseñas, siempre dispuesto a apuntalar con su paleta mágica los laburos de buenos dibujantes.
Final Cut es otra historieta perfecta por donde se la mire, intensa, arriesgada, potente, capaz de arrancarte una sonrisa, de ponerte los pelos de punta, y de dejarte pidiendo más. Misterio, acción, corrupción y las relaciones humanas más retorcidas del mundo, en una historia llena de vueltas de tuerca alucinantes que no podés dejar de leer.
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