el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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jueves, 30 de marzo de 2017

TARDE DE JUEVES

Es jueves a la tarde, tengo un rato al pedo y un par de libritos leídos, así que vamos a ver qué sale…
Finalmente me clavé el sexto y último tomo de Wonder Woman de Brian Azzarello, y sí, es lo mejor del New 52, por amplio margen. Por muchos motivos, principalmente porque es una historia jugada, rupturista, narrada en forma aislada del resto del universo, un verdadero comic de autor protagonizado por un personaje emblemático del mainstream. Algo que DC cada tanto le deja hacer a algún autor importante, pero no con un ícono de primera línea como es Wonder Woman. Por otro lado, Azzarello no deja de sorprender nunca. Cada giro argumental es menos predecible que el anterior… excepto el del hijito de Zola, que se veía venir desde el primer tomo. Pero pasan muchas cosas grossas, y pasan de modo orgánico, natural, no parecen manotazos de ahogado de un guionista que abrió muchas puntas y ahora las tiene que cerrar de golpe, sin saber bien cómo.
La entrada y salida de este amplísimo elenco de personajes es coherente, es prolija, obedece siempre a momentos cruciales en la trama. Los diálogos están afiladísimos, el villano tiene motivos para arriesgar todo lo que arriesga en la pelea final, la brutalidad de la machaca no nos distrae nunca de la magnitud de lo que está en juego en cada combate, y para el final uno quiere a Diana mucho más que al principio, la admira mucho más, la banca mucho más en cada decisión que toma.
El dibujo se mantiene a lo largo de todo el tomo en un nivel altísimo, gracias a los relevos entre Cliff Chiang y Goran Sudzuka, ambos comprometidísimos, dispuestos a no guardarse nada, y además muy potenciados por la labor del colorista Matt Wilson. Una vez terminada la epopeya final, el tomo ofrece las 12 páginas de esa especie de “año cero” que escribió Azzarello para un número de la revista Secret Origins, una comedia recontra-queer que termina con la llegada de Steve Trevor a Themiscyra. Para estas páginas, Matt Wilson acomoda su paleta para jugarse a colores más planos y más intensos, mientras que Sudzuka recrea con su trazo el estilo de las mejores historietas románticas de fines de los ´60, con vestigios de Mike Sekowski y Alex Toth. Una joyita en clave retro, pero transgresora hasta el final.
Por otro lado, en 2016 salió el Vol.2 de Brunella, que recopila otras 60 planchas de la historieta creada por J.J. Rovella para la revista Comic.ar. La verdad que es poco lo que puedo agregar respecto de la reseña del Vol.1 (23/07/14), así que recomiendo revisitarla.
Lo más importante es que a lo largo de estas 60 planchas, Rovella desarrolla hasta las últimas consecuencias ese núcleo argumental que se planteaba sobre el final del Vol.1. Este segundo tomito es básicamente la resolución de ese planteo, un largo y penoso tránsito hacia un final no feliz ni mucho menos, pero no tan desolador como el del primer tomo.
El resto, ya lo dije en su momento: buenísimo el dibujo, impresionante el manejo del autor de los recursos iconográficos que le permiten narrar todo esto sin palabras, tremendo el impacto que genera la combinación de un formato y una estética de tira humorística con una temática tan acuciante, tan desgarradora como la de una nena sumida en la miseria y la marginalidad.
Y el enigma que sigo sin descifrar, que es a qué público está apuntada esta historieta. De a poco me va cerrando la posibilidad de que Brunella sea un comic pensado principalmente para los talibanes de Rovella, los que lo tenemos allá arriba y le compramos cualquier cosa que lleve su firma. En el último tiempo, el personaje reapareció en “chistes” de una sóla viñeta, a color y con textos, que circulan con éxito en las redes sociales y en cualquier momento van a parar a un libro en una editorial más grande, más mainstream. Quizás entonces nos llegue la revancha a los “rovellistas” que sufrimos con las privaciones, la angustia, la sordidez que el autor nos mostró y nos hizo sentir con estas historietas tan extrañas y tan difíciiles de olvidar.
Vuelvo la semana que viene con nuevas reseñas. Si estás al pedo sábado o domingo, venite a Sismicomix, que la vamos a pasar bárbaro. Voy a estar ahí conduciendo algunas charlas con autores muy grossos, y con una mesa repleta de papa finísima a precios cuidados. La data completa del evento está acá: https://www.facebook.com/events/277068702721483/

viernes, 3 de marzo de 2017

ACA NO HACEMOS PARO

Paran los docentes, paran los futbolistas y a la larga van a parar todos los sindicatos de todas las actividades, porque es evidente que este gobierno se quiere llevar puestos a todos y a todo. Pero bueno, el blog sigue adelante y mientras tenga ratos libres para leer y escribir, no van a faltar las reseñas.
Arranco en EEUU, en 2015, cuando DC lanza el Vol.5 de los tomos que recopilan la gloriosa etapa de Wonder Woman a cargo de Brian Azzarello, Cliff Chiang y su suplente de lujo, Goran Sudzuka. No me quiero repetir, así que recomiendo repasar las reseñas de los tomos anteriores (la del Vol.4 se publicó el 23/12/15, en los albores de la Revolución de la Alegría). El Vol.5 le pone un final prematuro al reinado de Apollo en el Olimpo, no sin antes permitirle protagonizar las escenas de tortura más escabrosas y con más mala leche que me tocó leer en el último tiempo. Otros dioses con bastante peso en este segmento de la saga son Hera, Artemis, Hermes y Dionysus, uno que hasta ahora había aparecido poco y nada, y al que Azzarello trae del banco de suplentes para que salga a la cancha y la termine de embarrar. Todo esto sin dejar de lado a Zora y Zeke, al First Born (que demuestra en la práctica la infinita chapa que parecía tener en los episodios previos y cuyo origen resulta tan épico como estremecedor) y a Orion, aunque para la mitad del tomo desaparece y no lo vemos más, ni nadie lo vuelve a mencionar ni siquiera para preguntar “che, ¿qué pasó con Orion, que no volvió a aparecer?”. Tranqui, está lo más bien, atajando en Racing :P
Son muchos personajes, porque además hay una villana bien marcada (Cassandra), un ejército que responde al First Born y muchos más. Sin embargo, Azzarello los hace entrar y salir de escena a todos de modo claro, ordenado, coherente. La trama es compleja y hasta que no reaparezca Zeus no se va a simplificar. Pero está claro que el próximo tomo es el último, por eso sobre el final de este Vol.5 el guionista cruza varios rubicones y deja a Diana definitivamente establecida como Diosa de la Guerra, algo de lo que (por supuesto) jamás se hicieron cargo en ninguna de las apariciones de la heroína fuera de esta revista. Lo cierto es que tenemos mucho desarrollo de personajes, excelentes diálogos, una intriga familiar y política irresistible y un nivel de machaca que te deja absorto. Los dos dibujantes, Chiang y Sudzuka, le ponen el alma a esta saga como nunca antes lo habían hecho. Su principal logro consiste en dotar de elegancia y sobriedad a un comic por momentos muy pasado de rosca en materia de violencia, muerte y destrucción. Prometo liquidar muy pronto el Vol.6, ni en pedo me aguanto otros 14 meses y medio para saber cómo sigue esta hiper-epopeya con la que Azzarello dio cátedra de cómo se hace comic de autor adentro del mainstream.
Por otro lado, el 08/02/16 me tocaba reseñar (entre otros) el Vol.1 de Artemis, la serie de aventura, fantasía y ciencia-ficción creada por Ariel Grichener y Guillermo Villarreal. Ahora voy por el Vol.2, llamado Ejército de Sombras, y a nivel dibujo tengo para decir exactamente lo mismo que dije la vez pasada, así que recomiendo releer la reseña del Vol.1.
En cuanto al guión, esta vez Grichener abre el juego a más personajes, le otorga una chapa descomunal al enano Claus y (una vez más) deja algunas puntas abiertas para explorar en futuras entregas. La historia está bien, es divertida, pero me encuentro con dos trabas a la hora de recomendarla. Por un lado, esta vez se me hizo más evidente la fórmula que usa Grichener para escribir estas historias, todo me sorprendió un poco menos que la primera vez, me pareció más obvio. Y por otro lado, los diálogos, que suenan muy antiguos, muy acartonados. No te pido que personajes de un mundo tecno-medieval onda He-Man digan “¿qué hacé, vieja, todo liso?”… pero diálogos como “Ya te tengo… es tu fin…” y el uso constante del imperativo para contarnos lo que van a hacer los personajes (“debo hacer esto”, “debemos hacer lo otro”…) están al límite de tomar por boludo al lector. En las primeras dos páginas, Grichener acompaña una secuencia muda con bloques de texto muy bien escritos, con cierto vuelo poético al estilo Robin Wood, pero enseguida los deja de usar. Una pena. Lo más rescatable del guión es, una vez más, el ritmo, la capacidad de Grichener de darle a cada secuencia la cantidad exacta de viñetas que necesita para mantener el interés del lector, sin estirar ni apurar groseramente el flujo del relato.
Ya tengo leído un librito más, así que en cualquier momento volvemos con más reseñas. Y creo que queda alguna vacante para el seminario sobre Historia de los Superhéroes, así que si sos de Buenos Aires o aledaños, anotate y nos vemos el lunes.

miércoles, 23 de diciembre de 2015

23/12: WONDER WOMAN Vol.4

Bueno, por fin se dio la lógica, que era reseñar más de un tomo por año de esta serie que me tiene cebadísimo. Este es el tomo ladri de la colección, porque incluye sólo cinco episodios de 20 páginas, y para arrimar a un libro de 144 páginas te meten carátulas, un guión tal como lo entregó Brian Azzarello y TODO el quinto episodio a lápiz sin entintar, tal como se lo entregó Cliff Chiang al letrista para que le pusiera los textos. Sí, maestro. Hay portadas repetidas (puede suceder) y VEINTE PAGINAS que están dos veces: una vez en la versión final y una en la que está sólo el dibujo a lápiz. Un disparate.
Pero vamos a la aventura propiamente dicha. Para esta altura del partido, Azzarello ya tenía acumulado un elenco importante, al que había presentado con categoría en los tomos anteriores. La trama (ver reseñas de los Vol.1-3, así no la explico de nuevo) estaba a punto caramelo y era un excelente momento para dedicarle una buena cantidad de páginas a la machaca. Mientras terminaban de cerrar su rosca el First Born (que apareció en el Vol.3 y rápidamente se posicionó como EL villano pulenta de la serie) y un par de dioses más, a Diana le toca pelear con Artemis, que no es la amazona que la reemplazó brevemente en los ´90, sino la diosa griega de la luna. Y después sí, veremos a Diana, Orion, War (que vendría a ser Ares) y varios aliados más darse como en bolsa con First Born, el primer y más peligroso vástago de Zeus.
El único tramo realmente tranqui del tomo llega cuando Azzarello nos lleva a conocer New Genesis… y la verdad es que a mí mucho no me escandalizó, pero si sos hardcore fan del Cuarto Mundo de Jack Kirby, quizás te rompa un poco las pelotas que la nueva versión se aparte tanto de la original. Y cuando se termina la machaca, tenemos la muy emotiva y poco esperada muerte de un personaje grosso, que sirve para ponerle fin a casi todo. De todo lo que abrió en estos cuatro tomos, lo único que Azzarello no cierra acá es el subplot de la profecía acerca del hijito de Zola, el último descendiente de Zeus. Todo lo demás llega a un desenlace fuerte, impactante y te deja dudando… ¿para dónde va a agarrar el guionista en el próximo tomo?
¿Tendremos revancha contra el First Born, se resolverá el tema de la profecía, habrá una intriga palaciega para destronar a Apolo, reaparecerá Zeus? Y ya puestos a frutear, ¿propondrá Azzarello alguna conexión entre los dioses griegos y los New Gods? La verdad es que esta serie mantiene muy arriba el interés, incluso cuando derrapa un poco (como esta vez) para el lado de los hiper-combates a todo o nada.
En materia de dibujo, tenemos una mejora grossa: el mediocrón Tony Akins, que era el suplente nato de Cliff Chiang, esta vez dibuja muy poquitas páginas. Casi todo lo que no dibuja Chiang va a parar a manos de Goran Sudzuka, que me gusta mucho más. La verdad que pasar de Akins a Sudzuka es como bajarse del 42 repleto y subirse a un BMW manejado por Marcela Kloosterboer en pelotas. Y bueno, los tres últimos capítulos están íntegramente dibujados por Chiang, que además se entinta a sí mismo. Ya hablé bastante del estilo de Chiang en las reseñas anteriores, así que no me quiero repetir. Pero sí subrayar que, con la posibilidad de leer un guión tal como lo entregó Azzarello, acá queda claro hasta dónde llega el aporte del dibujante. Prácticamente TODAS las decisiones en materia de narrativa, desde el armado de las secuencias hasta la composición de las viñetas, están libradas al criterio del dibujante, y acá Chiang no falla nunca. Por el contrario, ese texto que escribió Azzarello leído así, en crudo, no transmite ni un 10% del power que tienen las páginas una vez que Chiang hace su trabajo. Eso es un enorme acierto del dibujante y también del guionista, que sabe “correrse del medio” y dejar que el aspecto visual de la obra sea controlado lo más posible por el especialista en imágenes.
Tengo ya encanutados los dos tomos que faltan para completar esta fascinante etapa de Wonder Woman, a ver si banca hasta el final el rótulo de “la mejor serie de los New 52”.

viernes, 7 de agosto de 2015

07/ 08: SPACEMAN

Hoy muy breve, porque tengo poco tiempo…
Me debía a mí mismo esta obra de Brian Azzarello y Eduardo Risso y me generaba mucho interés, porque se apartaba mucho del registro de 100 Bullets. ¿Es una buena historieta? Sí. ¿Es una obra maestra? No.
Lo primero que me enganchó fue el clima, la ambientación post-holocausto bien crota, bien tercermundista. De hecho, es un ambiente en el que Risso ya demostró moverse con gran categoría en Borderline. Acá hay menos tecnología futurista, pero una mala leche similar y un énfasis similar en las grotescas desigualdades entre ricos y pobres. Y después hay dos ideas magníficas: una es el reality en el que chicos huérfanos compiten para ser adoptados por una pareja de famosos de Hollywood onda Brad Pitt + Angelina Jolie. Y la otra es la de esta ciudad en ruinas que parece -además de inundada- bombardeada, y a la que Risso dibuja parecida a Rosario. Este marco geográfico le brinda a la historia un montón de posibilidades, muy bien aprovechadas.
El resto, hasta ahí nomás. Le sobran muchas páginas (el que leyó esto en episodios mensuales se debe haber pegado no uno sino varios corchazos), la secuencia del flashback es demasiado extensa para lo poco que aporta, y al final le falta un poco más de espacio y de claridad. Azzarello una vez más se consagra como el peor enemigo de los traductores: esta vez, en lugar de explorar el slang de todos los gangstas y barriobajeros de todas las urbes de los EEUU, directamente inventa un idioma nuevo, un inglés hiper-deforme, muy atractivo, que le da un filo muy especial a los diálogos… pero que si los tenés que traducir a otro idioma te la cortás en Juliana.
El dibujo de Risso está afiladísimo, como siempre, con unas composiciones exquisitas. Lo más interesante es que, para las escenas del pasado de Orson que trasncurren en Marte, Risso agrega efectos de iluminación con esas tramitas microscópicas dibujadas a mano como las que metían Moebius, Bilal y otros autores de ciencia-ficción de los ´70. Incluso el color de esas secuencias parece querer homenajear a esas historietas setentosas de la Metal Hurlant. Ya en los últimos episodios, cuando todas las escenas en Marte suceden a bordo de una nave, estos efectitos desaparecen. Una lástima, porque quedan buenísimos. Spaceman es un trabajo realmente excelente por parte de Risso, que demuestra que -a pesar de los años transcurridos en el universo tarantinesco y hard boiled que inventó Azzarello- no se quedó anclado a una sola estética, sino que cuando quiere puede volver a pisar fuerte en el cyberpunk bien podrido.
Spaceman no es la obra más memorable de la dupla, pero para entretenerse un rato está muy bien. Y para flashear con los dibujos de un Risso realmente inspiradísimo, ni hablar.

martes, 5 de mayo de 2015

05/ 05: BROTHER LONO

Lo dije cada vez que me tocó reseñar un tomo de 100 Bullets y lo repito: odio a Lono, me parece el peor personaje de la inolvidable saga de Brian Azzarello y Eduardo Risso, el que más ruido hace, el que menos encaja, el que rompe con el verosímil… No se lo puede tildar de unidimensional, porque Azzarello se rompió el culo para darle algunos matices, pero no fueron tantos y llegaron cuando uno ya aborrecía al personaje. Y de todo el vasto elenco de 100 Bullets, ¿a quién eligieron Azzarello y Risso para esta secuela de 2013? Sí, a Lono, la reputa madre que lo parió.
Con esa buena onda, con ese optimismo a prueba de (100) balas, encaré la lectura de este libro. Y sin embargo me conquistó. La ambientación está buenísima, la trama es atrapante y Lono no sólo está muy cambiado, sino que Azzarello lo rodea de un elenco donde sobran los personajes interesantes, creíbles, complejos. Recién en las últimas 15 páginas, Lono hace lo que uno temía verlo hacer, lo que uno está harto de verlo hacer, lo que uno sabe que ningún ser humano puede hacer. Y el libro tiene 160 páginas de historieta, o sea que Azzarello realmente bancó los trapos hasta que no le quedó más remedio que volver al Lono de 100 Bullets, a esa insostenible cruza entre Lobo y Hulk.
Para ese entonces, el guionista acumuló tantos méritos que uno se encariñó hasta con los villanos más hijos de puta. Y ya se sorprendió con unas cuantas revelaciones impactantes, de las cuales una jamás me vi venir y la otra era bastante evidente. Y sí, al igual que 100 Bullets, esta saga está estirada. No hacían falta 160 páginas para contar esta historia. ¿Con qué rellena Azzarello todas esas páginas que podrían tranquilamente no estar? Esta vez no recurre tanto al diálogo (si bien en este rubro siempre se luce), sino que opta por escenas mudas en las que los bloques de texto nos ilustran (a veces de modo muy sutil) lo que pasa en el fuero íntimo de los personajes. Sobran muchos de estos bloques de texto, pero no da para quejarse, porque están muy bien escritos. Y el otro recurso es la crueldad: escena a escena, el guionista hace mucho, muchísimo hincapié en lo jodidos que son los malos, en su total falta de reparos a la hora de golpear, violar, torturar o matar a quien se les ponga adelante. En ese clima macabro, todo el tiempo al límite, ni siquiera hace falta que prolifere la violencia física (que está, y muy bien dosificada), porque todo el tiempo se ejerce una violencia emocional, verbal y hasta social, de estremecedora crudeza.
Como verás, no quiero contar nada del argumento para que te sorprenda como me sorprendió a mí. Que alcance con decir que el status quo cambió muchísimo desde aquel episodio final de 100 Bullets en el que Lono zafaba, una vez más, de una muerte que hubiese sido absolutamente justa. Y también aclarar que todo lo que pasa en estas 160 páginas lo afecta sólo a Lono, no guarda ninguna relación con la trama de 100 Bullets. O sea que es mucho más spin-off que secuela y si tu rechazo hacia Lono es incluso mayor que el mío, podés no acercarte a esta obra en lo más mínimo sin perderte ningún desarrollo importante para ninguno de los otros elementos que hicieron inolvidable a 100 Bullets.
Obviamente entre esos elementos está el dibujo de Eduardo Risso, que acá vuelve a brillar de la mano de los colores de Patricia Mulvihill. Creo que lo único que me animo a criticar es que hay muchas, realmente muchas, páginas sin un puto fondo. Por supuesto, también hay un montón de páginas con unos fondos laburadísimos, con los que me caí de culo. Pero se nota mucho cuando estos deberían estar y no están. El resto, todo maravilloso, sobre todo las sutilezas a las que apela Risso para escaparle al gore y a la estridencia. Eso no suaviza las escenas de sangre, muerte y mutilación, pero las hace menos repulsivas. Y después, el cuidado en los detalles, en los objetos, la ropa, las expresiones faciales, el manejo del claroscuro, los recursos narrativos para las secuencias oníricas… pequeñas y grandes cosas que lo reafirman a Risso como uno de los dibujantes más completos, más afianzados que tiene hoy la historieta realista a nivel global.
Incluso odiando al protagonista, Brother Lono me gustó muchísimo. Si sos fan del personaje, obviamente vas a amar incondicionalmente este libro. Y si venís siguiendo las violentas tropelías de Risso y Azzarello por los pagos de Vertigo, también lo vas a disfrutar enormemente. Me queda para más adelante Spaceman, la otra obra de la dupla para mi sello favorito del comic americano.

jueves, 2 de abril de 2015

02/ 04: WONDER WOMAN Vol.3

No puedo volver a colgar a esta serie casi un año entre tomo y tomo, y menos cuando ya terminó y está toda editada en TPBs. Así que me lanzo de cabeza sobre el Vol.3, no si antes recomendar un repasito por las reseñas de los tomos anteriores (15/11/13 y 29/10/14).
De los conceptos ya vertidos, me parece que hay que volver a subrayar uno: Esto no tiene nada que ver con ningún otro comic de Wonder Woman que hayas leído. De verdad, con ninguno. Ni siquiera con comics que se publicaban en simultáneo con este, como Justice League o Superman/ Wonder Woman. Esta es una obra 100% de autor, en la que a Brian Azzarello le dieron la posibilidad única de reimaginar de cero a la famosa heroína, a su entorno y a su historia, sin la menor interferencia por parte del resto del Universo DC, que acá parece no existir. Recién sobre la segunda mitad de este tomo, Azzarello suma al siempre expansivo elenco de la serie a Orion, el más pulenta de los New Gods. Supongo que en el Vol.4 quedará claro cuál será su función en la saga, porque hasta ahora no tiene mucho más efecto más allá del impacto de volver a ver en la etapa New 52 a nuevas versiones de los personajes creados hace casi 45 años por Jack Kirby.
Creo que el mayor logro de Azzarello es la forma en que logra pilotear la gran cantidad de personajes que componen el elenco de la serie. Esta vez, además de Orion, aparece un portentoso guerrero inmortal que pinta para convertirse en el villano más power de la saga, y otros dos hijos bastardos de Zeus nacidos en la Tierra durante el Siglo XX. First Born (el guerrero machacoso) tiene sus propias secuencias y hasta sus propios personajes secundarios. Los otros hijos de Zeus, en cambio, aportan un poco menos, y pareciera que Azzarello no los va a integrar definitivamente al elenco, sino que sus apariciones fueron pensadas para hacer avanzar puntos concretos de la trama, o para que Diana tuviera contra quién pelear en un episodio que, de otro modo, hubiese sido 100% diálogo. Realmente la trama de First Born resulta un gran hallazgo, porque habilita un montón de escenas de pelea lejos de donde están Wonder Woman y el resto del elenco, que siguen enroscados en una historia que –ya lo dije en las reseñas anteriores- no pasa por la machaca sino por la rosca en el seno de una familia disfuncional.
Otro punto destacadísimo son los diálogos. Un rubro en el que Azzarello pela una magia asombrosa para darle voz e identidad a cada uno de estos personajes, a los que nos muestra como cercanos, casi reales, a pesar de ser dioses mitológicos de la antigüedad y –ante todo- personajes de historieta. Sin cagarse en las raíces mitológicas, Azzarello actualiza estos dramas famiiares, estas alianzas, estos odios, y los hace increíblemente contemporáneos. Y la única historia en la que cambia totalmente el registro (la del n°0, protagonizada por una Diana de 11 ó 12 años) lo hace para adoptar ciertos tics típicos de los comics de la Silver Age. Claro, el espesor dramático del relato es mucho mayor, pero si sabés verlos, están los guiños a Stan Lee, Bob Haney y demás.
En materia de dibujantes, esta vez no alcanzó con un titular y un suplente. Cliff Chiang (el titular) dibuja tres de los siete episodios. Tony Akins (el suplente) dibuja un episodio entero, la mitad de otro, 16 páginas de un tercero y entrega apenas un plantado a lápiz de un cuarto, para que se lo terminen los entintadores. Para cubrir los baches, tenemos a un ignoto (y no muy presentable) Amilcar Pinna, al glorioso Goran Sudzuka y a varios entintadores, entre ellos el notable Dan Green (que logra que los dibujos de Akins se vean cada vez mejor) y el infalible Rick Burchett. Y pese a mi amor incondicional por Sudzuka, tengo que reconocer que Chiang se ganó en buena ley la chapa de ser EL dibujante de esta versión de Wonder Woman. Desde el diseño de los personajes hasta los recursos narrativos que tiene que poner en juego para darle onda a las escenas en las que sólo vemos gente hablando (un clásico de Azzarello, a esta altura), Chiang muestra solidez, compromiso y talento. Cada vez más afianzado en su estilo “Arthur Adams sin los 15 millones de rayitas”, Chiang pone todo lo que hay que poner, se entinta a sí mismo y se complementa mejor que ningún otro con el colorista Matthew Wilson. Muy grosso.
No sé qué me espera en la segunda mitad de esta serie, pero la primera me pareció excelente, me sorprendió y me emocionó muchas más veces de las que yo me imaginaba. Sobre el final de mi adolescencia fui muy fan de la Wonder Woman de George Perez y ya en este siglo me volví loco cuando Greg Rucka llevó a su máximo apogeo a esa versión. Y sin embargo, estos tres TPBs me dejan picando la idea de que tal vez (por ahora es un tal vez) la Wonder Woman definitiva sea esta, la de Azzarello y Chiang, parida con el “pecado original” de ser parte del New 52, pero satisfactoria y apasionante por donde se la mire.

lunes, 16 de marzo de 2015

16/ 03: LOVELESS Vol.3

Y se dio vuelta la tortilla, nomás. Esta serie que venía más interesante que buena, con mucho potencial bastante desaprovechado por Brian Azzarello, pega el volantazo y en su segunda mitad se vuelve una aplanadora, con muchísimos más logros que dudas o peros.
La clave está en que Azzarello decide dejar a un lado las sutilezas, sacar los secretos a la luz y que pase lo que tenga que pasar. Y la primera revelación grossa es que nos comimos un amague magistral: todos creíamos que el protagonista era Wes Cutter, pero la verdadera estrella de Loveless termina por ser Ruth, su esposa. Sin dudas, Loveless es la historia de Blackwater, el pueblito donde transcurre toda la acción. Pero dentro del numeroso elenco creado por Azzarello, claramente el rol más importante se lo lleva Ruth Cutter, a pesar de que su historia no se termine de resolver, porque la serie se cancela prematuramente.
El tomo arranca con tres unitarios maravillosamente dibujados por Danijel Zezelj, en los que Azzarello narra las consecuencias del tremendo final del Vol.2. Para cancherear, cuenta los sucesos de atrás para adelante. Es decir, recién el tercer unitario engancha temporalmente con lo que vimos en el Vol.2 y los dos anteriores relatan sucesos que transcurren días después. Más allá del artificio narrativo, estos unitarios sirven para dejarnos en claro que acá hay algo así como un héroe: el Coronel Silas Redd, a quien –con su característica mala leche- Azzarello hace sufrir a lo pavote. También en estos unitarios crece muchísimo la figura de un personaje hasta ahora menor, el Sargento Foley. Y se empieza a vislumbrar qué pudo haber pasado con Wes y Punch, mientras se revelan secretos vinculados al pasado (y a la doble identidad) de Ruth.
Todo esto desemboca en un último arco de seis episodios, en el que se va a resolver casi todo. Quedarán pendientes dos puntas argumentales: la de Boyd Johnson y la de Jonny Cutter, dos personajes bastante relevantes en la primera mitad, que en la segunda brillan por su ausencia. Pero veremos qué sucede con Wes, con Punch, con Atticus Mann, habrá un desenlace para los planes retorcidos del Capitán Lord y otro para la venganza despiadada de Ruth. Todo regado de muertes y atrocidades indecibles, de escenas pensadas para revolver las vísceras de los lectores por su crueldad, su violencia y su desesperanza. Salvo los dos personajes ya mencionados (a los que nombran bastante pero no vemos nunca) todo el elenco de Loveless confluye en este arco argumental y Azzarello les habilita buenas secuencias a todos, como si fuera fácil.
Y después vienen tres epílogos, ya ambientados muchos años después, en el Siglo XX. Pará: ¿quedaron puntas sin cerrar y los últimos tres episodios son unitarios ambientados varias décadas después del final del arco anterior? Sí, es un delirio. Pero las historias son interesantes. La primera recupera uno de los temas centrales de Loveless, el del odio racial, y reserva un rol importante al cadáver de Wes Cutter. La segunda retoma a un personaje secundario de la primera mitad, que no aparecía en esta: el joven Jasper. Y la tercera es una de las historias más sórdidas y jodidas escritas por Azzarello en toda su carrera, con Foley como protagonista.
La verdad es que, entre los unitarios y el arco más extenso, estos 12 episodios conforman el mejor tramo de Loveless y es un bajón que haya terminado así. Lo único que no me cierra es que la motivación de casi todos los personajes es la misma: el odio o la venganza, que es un odio hacia el que te cagó en el pasado. Mucho, muchísimo de lo que pasa, no tiene más explicación que el odio, sobre todo en la segunda mitad, en la que se desactiva bastante la historia de amor entre Wes y Ruth.
En materia de dibujo, Marcelo Frusín ya es un grato recuerdo que sólo ilustra las portadas (¡y qué portadas!). Después tenemos los seis unitarios desbordantes de la magia claroscura, extrema y radical del glorioso Danijel Zezelj, con épocas y ambientaciones cambiantes y el talento a prueba de balas como constante. Y los seis unitarios del arco principal a cargo de Werther Dell´Edera, a quien veo más flojo que en el tomo anterior, más apurado, con menos atención por un montón de cosas, entre ellas la anatomía, que tiene varios errores notorios, sobre todo en las articulaciones de brazos y manos. Me imagino esos seis episodios dibujados por Frusín y se me derrite la… computadora.
En fin, puede ser que Loveless no sea la obra más importante en la notable trayectoria de Brian Azzarello, pero es un gran western con muchas ideas y subtextos para trascender el género, muchos momentos shockeantes y varios personajes de los que –por lo menos yo- me quedé con ganas de leer mucho más. Y de última, se puede tener para babearse con los dibujos de Zezelj y Frusín. Como no le fue bien, Loveless está toda reeditada en sólo tres TPBs, lo cual mejora mucho las chances de completarla sin mayor esfuerzo y sin pagar fortunas. Animate.

domingo, 8 de marzo de 2015

08/ 03: LOVELESS Vol.2

Segundo tomo de esta serie y ahora sí, empieza a estar más claro por qué, a pesar de la jerarquía de sus autores, no logró pasar la marca de los 24 episodios. Lo mejor de este tomo (creo que de los dos tomos que leí hasta ahora) son los tres unitarios con los que arranca el Vol.2. El primero es brillante y está protagonizado por Atticus Mann, el ex-esclavo negro convertido en cazador de recompensas. Si sospechabas (como yo) que el rol de este personaje podía crecer hasta convertirse en fundamental para el desarrollo de Loveless, acá Brian Azzarello te da la razón y le inyecta al personaje toda la onda y la complejidad necesaria para que ese crecimiento sea sustentable a lo largo de los episodios.
El segundo unitario se centra en Ruth, la mujer de Wes Cutter. Es otro desafío para Azzarello, porque en todo el episodio no hay tiros ni piñas. Son, básicamente, mujeres hablando. De la Guerra, de sus maridos, de sus anhelos… y también hay unas pinceladas más para Jonny, el hermano de Wes, que al principio pintaba para villano y pareciera cumplir un rol más ambiguo. El tercer unitario también, es una charla tranqui entre Wes y Trotter, el hombre que lo nombró sheriff de Blackwater. Pero acá sí, Azzarello mete varios flashbacks bien shockeantes, con tiros, persecuciones y explosiones, ambientados en la época de la Guerra. No está al nivel de los otros dos, pero se la banca muy bien.
Y nos queda un arco argumental de cuatro episodios bastante piantavotos: hay demasiados personajes, todos hablan mucho y los conflictos se definen de forma bastante etérea. El primer tramo enfatiza el rol de villanos de Boyd y su banda (responsables de matar y colgar de los árboles a familias enteras de negros) pero después aparece un nuevo asesino, Punch, que juega más de keruza y es potencialmente más peligroso. En el medio hay muchas persecuciones, emboscadas, intentos de boletear a Boyd, charlas, roscas y conjuras entre los pobladores de Blackwater para sacarse de encima a Wes, más flashbacks jodidos a la época en la que Ruth se quedó sola… y nada termina de impactar. Es como un rompecabezas en el que las piezas están buenas, pero no terminan de encajar. El accionar del propio Wes es tan liviano, tiene tan poco peso en lo que sucede, que no se termina de entender.
Por suerte, cuando lo que pasa no te interesa, Azzarello te ensarta con el cómo sucede. Narra secuencias en paralelo, combina los diálogos con imágenes que no corresponden a esa escena pero que terminan por vincularse en ese juego entre texto y dibujo que Alan Moore le enseñó a todos, calza los flashbacks donde más duelen y te acribilla con los diálogos. O sea que incluso este arco medio endeble se hace sumamente llevadero. Y los unitarios, más focalizados, con más fuerza argumental, son exquisitos.
Un detalle no menor es que esos tres unitarios están dibujados por el prócer croata Danijel Zezelj, quien ya había colaborado con Azzarello en el electrizante western El Diablo (ver reseña del 06/07/10). Una vez más, el croata detona su devastador arsenal de recursos para elevar el claroscuro a una potencia brecciana y, si bien se zarpa un toque en la política de “no te dibujo un fondo”, pela unas páginas impresionantes, desbordantes de expresionismo y de emoción, con un gran manejo de la acción y unos caballos majestuosos, todo muy bien complementado por la paleta de Patricia Mulvihill.
Después tenemos unas cuantas páginas de Marcelo Frusín (que pintaba para titular pero apenas llegó a dibujar siete episodios), también a un gran nivel, con momentos de una oscuridad casi mignolesca y un gran trabajo en las expresiones faciales. Pero el rosarino cuelga los guantes a la mitad del arquito y se va para no volver. Este es (por ahora) su último aporte al sello Vertigo. Entra del banco de suplentes el italiano Werther Dell´Edera, un dibujante más tranqui, con mucha menos personalidad que Frusín, una especie de Giuseppe Camuncoli con poca onda. Dell´Edera conserva esa impronta gráfica basada en el claroscuro, pero tiene un trazo más finito, menos plasticidad en los cuerpos y se zarpa mucho menos a la hora de graficar la violencia y las atrocidades que imagina Azzarello para los personajes.
O sea que sobre siete episodios, tenemos cinco dibujados como la San Puta y los dos últimos, bastante por debajo. Lo peor es que este dibujante “menor” será el titular en la segunda mitad de la serie, que está toda recopilada en el Vol.3. Prometo entrarle pronto. Mientras tanto, si sos fan a muerte de Zezelj y rastreás por cielo y tierra sus trabajos, acá tenés más de 60 páginas del ídolo realmente gloriosas. Y si seguís a todas partes a Frusín, acá están sus últimas 44 páginas publicadas en Vertigo. ¡Buena cacería!

domingo, 1 de marzo de 2015

01/ 03: LOVELESS Vol.1

Las ventas de la Distri durante Febrero fueron bastante insignificantes, con lo cual no da para armar un ranking más o menos serio. Haremos un Febrero + Marzo más adelante, y aprovechamos la entrada de hoy para avanzar con las reseñas.
Esta es una serie de Vertigo a la que le fue bastante mal y terminó cancelada luego de apenas 24 episodios. Una pena, porque en todo momento se nota que Brian Azzarello estaba colocando los cimientos de algo grande, algo ambicioso, probablemente pensada (como American Vampire) para abarcar muchas décadas en la historia de los EEUU. Por ahora, este primer TPB (el único tramo de Loveless que había leído en su momento en revistitas) se queda todo el tiempo en el mismo momento, un par de años después del fin de la Guerra de Secesión. Felizmente, esa etapa histórica nutre a Azzarello de una buena variedad de conflictos, como para tejer una primera parte de la historia rica en tensiones, aunque por ahí con poca acción.
Este tramo se centra en Wes Cutter, un tipo duro y honesto que peleó en la guerra para el Sur, y tras la derrota, se decide a regresar al pueblito de Blackwater, donde se va a encontrar con las cosas muy cambiadas. Cutter va a tener que lidiar no sólo con haber perdido la guerra, sino con haber perdido a su mujer, haberse distanciado de su hermano (que pinta para ser un villano importante) y tener su tierra ocupada por el ejército vencedor, que no ve con buenos ojos su regreso a Blackwater. Igual, algo va a inventar para quedarse en el pueblo y empezar a saldar cuentas que le quedaron pendientes.
O sea que está todo dado para que se genere un lindo clima de rosca política, sumado a un drama familiar, una historia de amor, las secuelas de las atrocidades cometidas por uno y otro bando durante la guerra, y un tema con mucho peso en el EEUU de aquellos años: la reciente libertad de los esclavos negros, que ahora buscan insertarse en una sociedad que (sobre todo en el Sur) no está muy conforme con el nuevo status quo. Uno de estos ex-esclavos, Atticus, está muy bien desarrollado por Azzarello y también amenaza con convertirse en un personaje relevante en el contexto global de la saga.
¿Por qué no me sorprende que Loveless no haya sido un hitazo a la par de 100 Bullets, por ejemplo? Porque me parece que arranca a un ritmo demasiado pachorro, le falta impacto. Azzarello muestra un par de escenas jodidas en las primeras páginas, pero no se explica sino hasta mucho después en qué afectan a los personajes principales. Y además hay muchísimos personajes, demasiados. Enseguida cobra preponderancia Wes Cutter, pero a su alrededor se aglutina un elenco de secundarios muy nutrido, y son pocos aquellos en los que Azzarello llega a profundizar. El resto se convierte en un cúmulo de Juan Carlos Nadie con los que el lector nunca logra empatizar y apenas si alcanza a diferenciarlos entre sí. Obviamente eso se puede corregir sin necesidad de hacer milagros a lo largo de los futuros episodios, pero me imagino que, en el momento del mes-a-mes, debe haber ahuyentado a más de un lector.
Lo que, por el contrario, funciona como un gancho irresistible, es el dibujo del maestro rosarino Marcelo Frusín, que ya había formado dupla con Azzarello en unos cuantos episodios de Hellblazer. Como todo comic ambientado en las agrestes planicies cuasi-rurales del EEUU del Siglo XIX, Loveless le brinda a Frusín la posibilidad de dibujar muchos espacios abiertos y pocos fondos. Por eso, en las exiguas escenas en las que la acción se traslada a las callecitas de Blackwater o al interior de algún edificio, el dibujante deja la vida en cada fondo. Siempre subrayo la cuota extra de virtuosismo que pela Frusín cada vez que tiene que dibujar animales, y acá me encontré con caballos y perros gloriosos. Quiero más bichos en los próximos tomos. Pero lo más notable es lo que hace Marcelo a la hora de crear climas (apoyado por el color de Patricia Mulvihill) y sobre todo a la hora de plantear juegos narrativos que tienen que ver con cosas que suceden fuera de cuadro, con la elección de ángulos para sorprender al lector, con la integración de los flashbacks a las viñetas del presente, o con el armado de montajes paralelos como el de las primeras dos páginas del quinto episodio. Frusín no se va a quedar hasta el final de Loveless, pero en este primer tramo no falta nunca y deja todo.
Por temática, por ambientación, incluso por el tono, entiendo que Loveless pueda no ser una lectura prioritaria para el típico fan de Vertigo. Pero si sos fan de Azzarello o de Frusín, te la recomiendo igual, porque acá los dos animalitos salieron a dar lo mejor, a innovar y a meterse con temas que la historieta (especialmente ell mainstream yanki) rara vez aborda.

miércoles, 29 de octubre de 2014

29/ 10: WONDER WOMAN Vol.2

Voy muy atrasado con esta serie, ya lo sé. Reseñé el Vol.1 el 15/11/13 y aguanté casi un año para entrarle al Vol.2, y eso que el primero me había recontra-cebado. Pero bueno, son problemas lindos, causados por el hecho de que uno lee mucho y muy variado.
Lo que tengo para decir sobre este tomo se parece bastante a lo que dije cuando reseñé el Vol.1, pero reitero estos conceptos:
Brian Azzarello está haciendo comic de autor adentro del mainstream. Esto es un laburo 100% personal que responde a una única visión, a un único criterio lírico-genital y es el del glorioso creador de 100 Bullets.
Esto no se parece en nada a ningún otro comic de Wonder Woman que hayas visto o leído. Es más: a duras penas se parece a otros comics de superhéroes. Acá Diana no actúa como una típica superheroína, sino que su rol es el de proteger a una chica mortal que se pegó una revolcada con Zeus y ahora está por dar a luz al enésimo hijo bastardo del capo del Olimpo.
La trama pasa por ahí, por la runfla constante entre estas esposas, amantes, hijos e hijas de un Zeus que lleva un tiempo desaparecido, a ver quién se queda con el trono del barbeta. Y la inminente aparición de un nuevo heredero con quien repartir la torta incomoda bastante a estos seres tan poderosos como venales. Diana (también hija de Zeus) deambula entre estos fuyeros de la inmortalidad, pelea lo menos posible, le escapa a un dios que la quiere “de novia” y -en uno de los mejores giros argumentales que leí en la historia del personaje- se entera por qué carajo en la Isla Paraíso no hay varones. Esta explicación es tan grossa que no creo que ningún guionista de los que vengan después se animen a hacerse cargo.
Azzarello se auto-impone un obstáculo que es la gran cantidad de personajes que componen el elenco de la serie, y que en este tomo es aún más numeroso que en el anterior. Pero lo sobrelleva con mucha clase. La entrada y salida de los personajes es ordenada, para cada uno hay grandes momentos de lucimiento, el nivel de los diálogos está afiladísimo, y sirve además para marcar con onda y fuerza los rasgos de caracterización de cada protagonista.
Con mucha más rosca que violencia, la serie logra un ritmo muy ganchero, muy intenso, supongo que similar al de Game of Thrones (digo “supongo” porque nunca vi la serie ni leí las novelas), muy bien condimentado con el impacto que produce este desfile incesante de personajes de inmenso poder, todos enredados en una compleja tramoya de promesas, traiciones, rencores y oscuras ambiciones, como en las mejores telenovelas.
El dibujo de Cliff Chiang está muy bien, siempre en ese estilo “Arthur Adams sin los 15 millones de rayitas” y además con su propio entintado, lo cual transmite la grata sensación de “tranqui, muchachos, tengo todo bajo control”. Su interpretación visual de los distintos dioses, del Hades, de la forja de Hephaestus y del Olimpo mismo es invariablemente original y acertada y la sintonía con Azzarello se ve cada vez más afianzada. Y no, Chiang no te dibuja 20 páginas por mes ni recibiendo cocaína por vía intravenosa, por eso dos de los seis episodios van a parar a las garras de Tony Akins, dibujante que a mí no me gusta para nada. De todos modos, debo reconocer que en este tomo está mejor que en el anterior, donde también entró a jugar de suplente cuando Chiang dijo “no llego”. Atribuyo esta mejora a las tintas del mítico Dan Green, vigente desde los ´80 con su trazo finito, prolijo y vibrante. Además el guión juega a favor de Akins, porque le tocan capítulos donde la ausencia de fondos (rasgo clásico de este mediocre) choca poco o nada.
Y bueno, el bebé de Zola nace en la anteúltima página, así que se acaba ese franeleo previo tan atractivo. En el próximo tomo veremos qué tenía planeado Azzarello para este nuevo vástago de Zeus y cómo cambia el status quo de la serie, que hasta ahora es impecable. Creo que el mes pasado salió en EEUU el último episodio de Wonder Woman de la dupla Azzarello-Chiang, así que esta magnífica versión de la princesa amazona ya tiene un final. Ahora, a prenderle unas velas a los dioses de la religión que más te cope para que guionista y dibujante sigan juntos, en lo posible en un proyecto creator-owned, sin la imposición ridícula de las 20 páginas por mes, así puede dibujar todo Chiang.

viernes, 15 de noviembre de 2013

15/ 11: WONDER WOMAN Vol.1

Muy de a poquito, sigo con mi exploración del nuevo Universo DC, el que se presentó hace ya más de dos años. El reboot de Wonder Woman me interesó básicamente porque el guionista a cargo era Brian Azzarello, un tipo que –a priori- no tenía absolutamente nada que ver con el personaje y su mitología. La apuesta garpó con creces: no sólo Azzarello logra imponer su sello, la calidad de sus diálogos, el espesor de sus tramas y la profundidad de sus personajes, sino que además la nueva versión del ícono cierra por todas partes. Y lo más loco: le va bien. Contra todos los pronósticos, Azzarello no se tuvo que ir de la serie tras un puñado de episodios porque no vendía una chota, o porque cada 15 minutos alguien de arriba le decía “No, capo, esto no se puede hacer en un comic mainstream de superhéroes, y menos en uno protagonizado por un personaje cuya película estamos intentando poner en marcha”.
Y la verdad es que eso es muy notable, porque la versión de Azzarello es radicalmente distinta a las anteriores. De la WW de George Pérez, toma dos elementos: la fuerte presencia de los dioses de la mitología griega y la figura de una chica humana (en este caso embarazada nada menos que de Zeus) como compañera de aventuras para Diana. Todo lo demás, no lo habíamos visto nunca. El clima de la serie, por lo menos en el arranque, no es tan superheroico. Hay machaca en todos los episodios, pero porque no puede faltar, no porque sea demasiado importante. La atmósfera imperante es la de un drama familiar… con la salvedad de que se trata de la familia de Zeus, el más pulenta de los dioses griegos, a quien Azzarello le da un rol nuevo y muy interesante en el origen de Diana. La esposa, las amantes, los hermanos y los hijos (reconocidos y bastardos) del rey del Olimpo rosquearán, se amenazarán, se manipularán, conspirarán los unos contra los otros y armarán complejas estrategias para quedarse con el trono, porque –acá está lo más jugoso- Zeus desapareció y nadie sabe dónde está. Mi corazonada: Zeus está en el vientre de Zola y piensa resucitar en forma de bebé cuando esta dé a luz.
Además de Zola, el único personaje que por ahora no blanquea ningún vínculo con la mitología es el enigmático Lennox, que seguro oculta algo grosso. Entre todos estos personajes se tejen diálogos y situaciones muy atractivas, con conflictos fuertes (e impredecibles) siempre a flor de piel. Si tengo que criticar algo, me parece que Azzarello se zarpa con al cantidad de personajes que presenta en este tomo. Obvio: es el primero de una nueva era y es lógico tener que presentar a un nuevo elenco. La cagada es que no llega a desarrollarlos a todos y algunos (especialmente los centauros y Strife) están un poquito desaprovechados, como si sólo sirvieran para generar UN impacto grosso en el lector.
Por el lado del dibujo, sale a la cancha como titular Cliff Chiang (a quien ya vimos colaborar con Azzarello en un lejano 20/06/10), muchísimo mejor que en aquel tomo de Dr. Thirteen. Salvo alguna pifia menor en las expresiones faciales, Chiang está en un gran nivel, sólido en la narrativa, generoso a la hora de dibujar fondos, afilado para las secuencias de acción (que no eran su fuerte) y canchero en una estética que pareciera ser una simplificación del trazo de Arthur Adams, con la misma plasticidad, pero sin todas esas rayitas microscópicas que hacen que el ídolo dibuje un comic cada 8.500 años. Lamentablemente, los dos últimos episodios del tomo caen en manos de Tony Akins, ese dibujante mediocre y sin alma al que ya nos fumamos un par de veces en comics de Vertigo. Hay que reconocer que Akins se esfuerza por no dar lástima, y pone más que en los otros trabajos que le vimos. Pero se nota que trata de imitar a Chiang, se notan mucho los yeites que pela para no dibujar fondos, y en general el nivel gráfico baja mucho, justo en dos episodios en los que pasan cosas grossas y Azzarello introduce a varios personajes importantes. Ojalá en los próximos tomos haya muy poco o nada de Tony Akins, porque la química entre Azzarello y Chiang funciona demasiado bien y es una lástima ver cómo se desactiva para que entre un suplente que no está a la altura.
Esto, por ahora, tiene todo para ascender a una categoría por la que yo siento una insuperable debilidad: comic de autor adentro del mainstream. Wonder Woman es un comic sin crossovers, donde Azzarello ni siquiera se hace cargo de que Diana es parte de la Justice League, ni del romance con Superman, ni de nada. Repito: por ahora. El rol de Wonder Woman como superheroína está totalmente desenfatizado y todo gira en torno a su alcurnia, a las funestas consecuencias del accionar irresponsable de Zeus, que sembró más vientres que Maradona y dejó vacante una herencia incluso más jugosa que la que va a dejar el Diego cuando culmine su estadía entre los mortales. Si no sos fan de Wonder Woman, porque lo que conocías del personaje no te gustaba o no te interesaba, este es EL momento para meterte los prejuicios en el orto y darle una posibilidad. Azzarello y Chiang hacen méritos más que suficientes como para que quieras apostar por SU versión de este septuagenario concepto, al que ya muchas veces le cantaron “no va mássss”.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

30/ 11: CAGE


Finalmente y tras buscarla muchos años, pude conseguir esta gema semi-oculta de la Tercera Era de Oro de Marvel, la de Bill Jemas y Joe Quesada, la que apostaba fuerte al comic de autor y proponía –desde el sello MAX- versiones más jugadas y más adultas de los íconos heroicos de la editorial. Así aparece esta saga de Cage en 2002, y Luke Cage ya nunca será el mismo. Ese Cage que vimos en Alias y hoy vemos en algún título de Avengers no se parece en nada al de los ´70 y ´80, sino más bien a este, al que Brian Azzarello y Richard Corben redefinieron a principios de este milenio.
El argumento no es nada del otro mundo: Luke Cage cae en medio de una guerra entre tres bandas de delincuentes que se disputan el control sobre un sector muy pobre de un barrio que parece ser el Bronx. Se mete medio a presión, rosquea con unos, rosquea con otros y al final deja que se maten entre ellos. Nada demasiado original ni demasiado heroico. La gracia está en cómo Azzarello desarrolla esta trama a través de las 110 páginas que tiene para trabajar. Hay varios puntos sobresalientes en el guión (que levanta un vuelo con el que el argumento no puede ni soñar), pero yo destaco dos:
El primero tiene que ver con el propio Luke Cage, con su evolución como personaje, con la forma en que Azzarello define su personalidad y Corben redefine su apariencia. Acá despunta un Cage heavy de verdad, un tipo con el que no querés tener ningún problema, porque –menos sacar un chumbo y bajarte de un corchazo- es capaz de hacerte cualquier cosa. Hábil para rosquear con los malvivientes, implacable para sacar información, ganador con las minas, maduro como para no dejarse ganar por la bronca que le genera el mundo injusto en el que se mueve, este Cage es un jugador realmente temible, un recio, un duro que opera al margen de la ley y no tiene miedo de enchastrarse hasta el alma para que gane la justicia. O por lo menos SU justicia.
Lo otro muy notable es cómo Azzarello arma el contexto, cómo nos mete en este submundo hostil y cuasi-salvaje, cómo maneja los códigos y hasta la forma de hablar de este lumpenaje al límite del cual él (graduado de Bellas Artes de la ciudad de Chicago) no forma parte ni remotamente. Sin embargo, como en 100 Bullets, sus gangstas se sienten reales, genuinos, no son estrellas del hip-hop con mansiones carísimas haciéndose los pibes chorros en un videoclip. Los “ballers” de la barrita de Clifto son pibes chorros de verdad y lo mejor de todo es que Azzarello no los caricaturiza ni los estigmatiza. De hecho, se toma el laburo de dejarte pensando en lo chota que es la vida de esos pobres pibes, eternamente condenados a un status quo de violencia, criminalidad, ignorancia y ninguneo por parte de las autoridades, simplemente por ser negros y pobres. Es gente, claro, pero molesta, porque huele mal y se porta peor. Y el resto, en vez de preguntarse por qué huelen mal y se portan peor, opta por la fácil: hacerlos mierda y barrerlos abajo de la alfombra, para que no jodan más.
Lo que sí es un poco caricaturesco es el dibujo del maestro Richard Corben. Pero es siempre así, no sólo en Cage. Acá el ídolo va de una punta a la otra, de una estética realista y careta tipo Steve Dillon, a viñetas más mugrientas y retorcidas tipo Robert Crumb. Y todo eso sin perder coherencia, sin que parezca que hay más de un dibujante, sin que el ojo se distraiga de la historia que nos quieren contar. Los hallazgos de Corben en materia de dibujo y narrativa son unos cuantos (el tiroteo del cuarto episodio y la trifulca del quinto son impresionantes), pero el esfuerzo principal del maestro está puesto en los climas. Y ahí entra en juego un ancho de espadas, que es el color de José Villarrubia, el poeta del photoshop. No sé si fue Corben o el propio Villarrubia, pero alguien tuvo la brillante idea de darle al color más protagonismo que en el comic promedio. Además de poner los colores (magníficos, de punta a punta), Villarrubia agrega unas texturas perfectas, que ensucian el dibujo de Corben y a la vez lo levantan. Entre dibujo, color y texturas, Corben y Villarrubia logran climas sencillamente asfixiantes, que se te impregnan y te acompañan incluso cuando terminás el libro. Un deleite.
Y bueno, cuando te den un poquito de desconfianza Barack Obama, Beyonce, Lenny Kravitz y todos esos negros ricos y glamorosos, acá te va a estar esperando Cage para mostrarte otra visión, más jodida pero más honesta, de la realidad de los afroamericanos en las grandes urbes yankis. Power, man.

jueves, 3 de marzo de 2011

03/ 03: 100 BULLETS Vol.13


Uffff.. Bueno, terminé 100 Bullets. Por fin puedo respirar. La verdad es que el último tomo es, lejos, el mejor de la serie. Atenti si no lo leíste, porque pienso spoilear a ocho manos. Acá no se jode: hay una sóla historia marginal, que no conecta con el tronco central de la obra, y está muy buena. Pero la inmensa mayoría de estos últimos 13 episodios van derecho hacia lo que todos queríamos ver, que es la resolución del sangriento conflicto entre el Trust y los Minutemen. El final está espectacular, pasa todo lo que uno quería que pasara y es todo trágico, épico y humano a la vez (bueno, lo de Lono no es humano; obviamente –y aunque Brian Azzarello lo niegue- el chabón tiene superpoderes).
Lo primera reflexión que me surge es cómo cambia la propuesta de 100 Bullets de los primeros números al final. Al principio es una cosa más episódica, más cercana a las series de TV y al final es casi una de guerra entre maffias, en la que todos los personajes se conocen hace mil años (incluso en el último episodio te enterás que uno de los “buenos” es hijo de uno de los “malos”) y tienen talonarios enteros de facturas para pasarse por las transgresiones y traiciones acumuladas desde la década del ´60. Por supuesto, estas historias y estos personajes están tan bien armados, que el conflicto final te atrapa por completo. El tema es que, si la idea era que todo condujera a esto, mucho de lo que leímos en los 12 tomos anteriores se apartó MUCHISIMO de esa idea. Lo disfrutamos a pleno, obvio, pero ¿era una parte del rompecabezas de 100 Bullets? Y, no, era otra cosa. Era una exploración de la corrupción en sus distintas formas, a lo largo y a lo ancho de los EEUU. Y por ahí alguno te explica que la serie se trata tanto de eso como de la guerra entre el Trust y los Minutemen.
La otra reflexión: el final me hizo acordar a Sandman. Sí, sí, estoy sobrio. ¿Te acordás cuál era el conflicto central en Sandman? Los Endless tenían una regla muy estricta: si uno de ellos derramaba sangre de un familiar, sería ejecutado por las Euménides. A Morpheus lo enroscan para que mate a su propio hijo y lo termina por pagar con su propia vida. O sea, por más poderoso que seas, hay UNA regla que no podías transgredir y si lo hiciste, fuiste. El final de 100 Bullets es eso: un árbitro severo (ningún “siga, siga”) imparte castigos durísimos a los que violaron el reglamento, a cara de perro y sin que le pese el complejo entramado de relaciones humanas que vincula a los distintos protagonistas. De los que merecían salir con vida, muere uno sólo, y de los que merecían la muerte, zafa también uno sólo (el hijo de puta de Lono). Pero claro, al tener personajes tan humanos, tan reales, la línea que separa a buenos y malos es muy finita. ¿Alguno era 100% inocente? No, ni en pedo. Pero algunos pelearon por lo que creían más noble, otros cumplieron órdenes y otros defendieron hasta el final sus propios y mezquinos intereses. O sea que es casi imposible no tomar partido.
¿Quedaron cabos sueltos? Sí, muchísimos. Sin dudas, el final se les vino encima y los autores tuvieron que acelerar, comprimir y dejar para otro momento (tal vez para nunca) una pasada en limpio de cómo quedó la cosa, qué pasó con algunos personajes a los que dejamos de ver en algún punto de este tomo y cómo se resolvieron puntas a las que en su momento Azzarelllo les dedicó mucha atención (sagas enteras!), como la de la pintura robada.
Del trabajo de Eduardo Risso ya hablamos muchísimo, y no me quiero repetir. Simplemente destacar las cátedras de narrativa que da a lo largo de todo el tomo, especialmente en el noveno episodio, que es el que intercala secuencias de seis o siete historias paralelas sin perderte ni marearte en ningún momento. Hay que ser infinitamente grosso para que te salga bien eso. Y la secuencia del final, esas seis páginas mudas que transcurren en algo así como cinco segundos, son imbatibles y lo serán forever.
Al final, 100 Bullets terminó por ser un comic raro, muy arriesgado, muy complejo, muy ambicioso… y aún así ganchero y taquillero como pocos. ¿Qué pasó ahí? ¿Cómo se generó esa sintonía entre dos autores que en ningún momento se bajaron los lienzos y un público que ama ver cómo los autores se bajan los lienzos? Por ahí tiene que ver con las fechas en las que se publicó, 1999-2009, años en los que el público del comic yanki se renovó casi por completo… Ni idea, pero te recomiendo que lo descubras por vos mismo, porque garpa de verdad.

domingo, 20 de febrero de 2011

20/ 02: 100 BULLETS Vol.12


Aaaggghhh! Más de dos meses aguanté sin abalanzarme sobre este libro para ver cómo corno sigue la historia que me atrapó por completo y me dejó el cerebro en llamas! Una proeza digna de todos los superhéroes de todas las editoriales de la Golden Age para acá. Y cuando lo terminé quedé más caliente que antes, a apenas 12 episodios (un TPB) del final.
Acá la historia ya es una sóla y avanza en una única dirección. Los nuevos Minutemen reunidos por el agente Graves empezaron con la eliminación sistemática de las familias que componen al Trust y todavía no apareció nadie con un plan convincente para frenarlos. ¿Habrá tiempo para evitar una masacre? ¿Hará falta? ¿O lo que Graves nos vende como una cruzada épica y noble terminará por ser un bluff, o un apriete para rosquear en mejores condiciones? Por ahora, nada es negociable y la sangre corre a raudales, por lo menos del lado del Trust.
Una vez más, me impresiona el trabajo de Brian Azzarello. El tipo sigue poniendo TODO en el armado de personajes secundarios, con ínfima injerencia en la trama central. Vos decís “este tipo, tan bien desarrollado, al que en pocas secuencias le dan una onda infernal, seguro va a tener peso más adelante”. Pero enseguida te respondés “Pará, ¿qué más adelante, si esto está a milímetros de terminar?”. Y antes de que te pongas de acuerdo con vos mismo, llega la escena en la que ese personaje que tanto te enganchó recibe unos hermosos comprimidos de plomo que lo liquidan sin piedad, en el acto, y ya está. Con suerte, se lo volverá a nombrar, pero no va a aparecer más. Azzarello se da ese lujo: en la recta final, sigue construyendo personajes tercerones con el empeño que otros autores ponen para presentarte a los protagonistas, y ya que está te los boletea 15 páginas después, cuando ya les tomaste cariño, o te intrigaron como para buscar los tomos anteriores, a ver si es un personaje 100% nuevo, o alguien a quien el guionista está retomando, después de muchos capítulos en el freezer.
Esa crueldad es mínima al lado de otras crueldades que despliega este príncipe de la mala leche, que además sigue dando clase de virtuosismo, de cómo armar y ejecutar secuencias memorables. El mejor episodio del tomo es uno que narra dos historias en paralelo: por un lado una cena muy tensa entre Megan Dietrich, Augustus Medici y su hijo Benito; y por el otro una “aventura” de Lono que, por primera vez, nos lo muestra como un ser humano, como un tipo al que se lo puede vencer. Azzarello logra que estas dos secuencias -a priori inconexas- interactúen entre sí mediante un uso de los bloques de texto absolutamente brillante, digno del mejor Alan Moore. Como un juego de espejos, contrapone a víctimas y victimarios, traidores y traicionados, valientes y cobardes. Hay que ser MUY capo para que te salga bien una cosa así. El último episodio también se destaca, porque avanza bastante el plot del famoso cuadro que Cole Burns está intentando recuperar y termina con la muerte de uno de los personajes secundarios con más peso en la trama.
Todo esto, por supuesto, dibujado como los mega-dioses por Eduardo Risso, asesino serial del lápiz y la tinta que sigue sin mezquinar ni un ápice de su magia en el diseño de los personajes que se suman (estos nuevos, llenos de hallazgos pero con menos futuro que Miguel Del Sel en la política) y está siempre listo para dibujar la violencia de modo tremendo, impactante, jodido pero no revulsivo. Y los fondos… el laburo de Risso en los paisajes y las locaciones (que nos llevan por varias ciudades y pueblos de EEUU) es absolutamente devastador.
Con su ritmo descomprimido y su incesante acumulación de personajes y puntas argumentales, este hito del comic contemporáneo se acerca a su fin. A menos de 300 páginas de que baje el telón, los pocos que quedan vivos se preparan para definir quién será el ganador de esta guerra sucia que le cagó la vida a tanta gente ficticia, y se la alegró a tanta gente real. No creo que aguante más de una semana sin leer el último tomo.

lunes, 7 de febrero de 2011

07/ 02: FILTHY RICH


Dos de mis autores fetiche se reunieron para crear una novela gráfica 100% nueva, justo en el sello editorial con cuya propuesta más me identifico. ¿Estamos frente a una obra maestra definitiva, que marca un antes y un después y cuya lectura es tan imprescindible como que arranque el Clausura para no aburrirnos los domingos a la tarde? No, pero sí estamos frente a una excelente historieta, con todos los ingredientes para satisfacer de sobra a los fans del género noir.
Tenemos un protagonista medio loser, bastante fachero pero no muy difícil de manipular; tenemos un millonario jodido, al que querés ver muerto desde que aparece en escena; tenemos una femme fatale; hay varios asesinatos bastante truculentos, garches muy hot, engaños, verdades a medias y esperanzas de tener una vida mejor hechas añicos contra el piso enchastrado de sangre y alcohol barato. Y todo funciona.
Pero claro, el guionista no es otro que Brian Azzarello, maestro del mal, amo y señor de los climas sórdidos, las perversiones a oscuras y las traiciones a quemarropa. Azzarello reproduce perfectamente el ritmo de la buena novela negra americana. Construye con paciencia y buen tino a los personajes, aguanta los estallidos de violencia para los momentos justos y te acribilla con unos diálogos absolutamente inolvidables. Así te lleva por el descenso del pobre Rich Junkin hacia el abismo de la abyección moral, la lujuria y el asesinato a sangre fría. Como ex-futbolista, “Junk” trata de parar la pelota, de leer la posición de los jugadores en el campo, de planificar jugadas en equipo. Pero no puede. Le gana el vértigo en el que se ve envuelto, el huracán de pasiones y traiciones, las piernas que se le abren, las oportunidades que se le cierran. Para el final de la novela, como cuando se lesionó la rodilla y tuvo que dejar las canchas, “Junk” va a dar gracias por haber sobrevivido y aspirará, con mucha suerte, a comer banco de suplentes un tiempito más.
El dibujante, que con Filthy Rich hizo su debut en Vertigo, es el auténtico y legítimo Víctor Santos, un especialista en la estética noir, a la que (en su serie Pulp Heroes) le encontró la vuelta para ir más allá de los yeites y los truquitos que inventó Frank Miller en Sin City (más los que se choreó, claro) y que cualquier mediocre puede imitar. A esa base milleresca, Santos le mete unas tramas mecánicas perfectas, una narrativa más clásica, y por supuesto las influencias de los otros autores que lo marcaron: Mike Mignola, Darwyn Cooke, Eduardo Risso, Chris Sprouse, y un par que hasta ahora no habíamos detectado en las obras previas de Santos, pero que acá asoman su impronta, como David Lapham o Daniel Torres. El combo es visualmente impresionante, como la cancha del español para cambiar de clima, de ambientación tanto geográfica como social, y para retratar con onda tanto las escenas intimistas como las más explosivas (los asesinatos y los garches). Un trabajo absolutamente impecable de este maestro del claroscuro.
Y no, Filthy Rich no te cambia la vida. Pero te entretiene, te shockea, te calienta… te involucra, que es lo más difícil de hacer, sobre todo cuando los protagonistas no buscan parecerse a los lectores. Si sos fan de las historias de criminales (me niego a llamarla “policial” porque en las 191 páginas que dura la novela no aparece un sólo cana), o de Azzarello, o de Santos, o te resulta atractivo el crossover entre un gran guionista yanki y un gran dibujante español, no dejes de leer Filthy Rich. Te va a dejar bastante cagado a trompadas, pero también muy feliz.

jueves, 9 de diciembre de 2010

09/ 12: 100 BULLETS Vol.11


Y bueno, ya fue. Estoy demasiado cebado con 100 Bullets como para leer otra cosa. Me saco de encima el tomo que me queda, y por este año no jodo más ni con Brian Azzarello ni con Eduardo Risso.
Este tomo empieza a recorrer el cuarto final de la obra y ya uno percibe el cambio en el tono, que se va tornando más melancólico, más triste, como si los autores y los personajes se fueran dando cuenta de que se viene el final y que ya se mandaron cagadas más que suficientes para garantizarse un desenlace tan inevitable como trágico. Acá hay menos chistes (a pesar de que ahora sí, se reunió a pleno la tropa de Graves) e incluso menos violencia, como si a todos les hubiese pintado la onda reflexiva.
También hay información muy interesante que cierra un poco lo de los tomos anteriores. Yo me preguntaba cómo catzo había sobrevivido Megan Dietrich al disparo de Victor. Ya me lo explicaron. Pensaba también que Ronnie Rome (el hermano de Remi) era demasiado buen personaje para no volverlo a usar, y lo usan, para avanzar un subplot que anda dando vueltas hace mil años, el del cuadro robado, que está en Italia. Ronnie, que siamo fuori de los Minutemen por penales en una giornatta tristíssima, protagoniza una aventura solista en la ciudad de su apellido, pero aventura posta, con tiros, garches, piñas, traiciones, persecuciones… Muy grosso.
También especulaba con la reaparición de Dizzy Cordova, a la que en el Vol.10 nadie nombra, y la verdad es que está muy bien manejada. De los tres tipos que estaban con ella (Benito, Branch y Wiley) sólo dos viven para contarlo y eso le agrega tensión y drama a la conversación que Dizzy y Graves tienen pendiente, y que es probablemente el momento más intenso y potente del tomo. El plot de Lono y su dudosa lealtad a Graves no avanza demasiado, aunque algún datito más siempre pinta. También tenemos la muerte (más cómica que truculenta) de otra de las cabezas del Trust, y para los que extrañábamos a Shepherd, hay un flashback muuuuy extenso a principios de los ´70, a la juventud del finado “Warlord”, en el que nos enteramos cómo lo conoció a Graves. Es una historia fuerte, de honor, huevos y discriminación, llena de revelaciones impactantes (que no pienso batir).
Ya estamos en ese momento de la trama en el que todo lo que falta que pase le tiene que pasar a los protagonistas, por eso en este tomo Azzarello no nos obsequia historias paralelas, de esas en las que los “de siempre” casi no aparecen, pero en las que se lucen personajes secundarios creados ad hoc, trabajados como si fueran los recontra-protagonistas. Lo más parecido a una historia lateral es el mencionado flashback a la juventud de Shepherd, donde Azzarello termina de redondear al personaje de Curtis Hughes, el papá de Loop, al que conocimos ya de viejo en una de las primeras sagas.
En el este y el oeste, en el norte y en el sur, en las sagas ambientadas en los ´70, en México, en Roma, o en cualquier ciudad de EEUU, en las mansiones y en las pocilgas y en más bares de los humanamente concebibles, brilla siempre el claroscuro de Risso, un monstruo fuera de escala, que pone tanto, pero tanto, que cuando trate de escatimar, de mezquinar, de pichulear un poquito de esfuerzo, no va a poder. Realmente escalofriante lo que pela el león de Leones en esta serie.
Y ahora, a tratar de conseguir el Vol.12, para leer ese y el último (que ya lo tengo ahí, pidiendo pista) y enterarme cómo carajo termina esta aplanadora del Noveno Arte, este adictivo canto a la corrupción, las conspiraciones y la justicia por mano propia que tanta chapa cosechó a lo largo de diez años de publicación.

domingo, 5 de diciembre de 2010

05/ 12: 100 BULLETS Vol.10


Dispuesto a cumplir la promesa de llegar a fin de año con el tomo 11 reseñado, me tiré de cabeza sobre el 10 cuando todavía tenía muy fresquita la lectura del 9. Y me encuentro con que pifié mi pronóstico de acá al planeta más remoto del Imperio Shi´ar. Yo vaticinaba un tomo con mucho protagonismo para Dizzy Cordova y en estas 192 páginas no sólo no aparece ni en una mísera viñeta, sino que ni siquiera se la nombra. Como adivino de sagas me cago de hambre, me parece…
De nuevo, tenemos buenas historias en las que pasa poco. Lo más destacado del tomo es la eliminación de otra familia del Trust (la de Nagel), mediante prolijas e inescrupulosas movidas de los dos miembros más poderosos del cónclave, cada uno por la suya, ya que tienen objetivos incompatibles: Augustus Médici por un lado y Javier Vasco por el otro traman complejas runflas, mitad para que el Trust triunfe en la guerra sucia contra Graves, y mitad para acumular más poder y más riquezas, como si las que tienen fueran pocas. El plot de los Nagel, estirado hasta el infinito, está bien condimientado con un flashback a la época en que Vasco, Médici y Graves eran jóvenes, que resulta intrigante y revelador a la vez.
Por el lado de los Minutemen, falta activar a uno sólo de la tropa original y acá Azzarello y Risso nos hacen entrar como camellos con un truquito perfecto: a lo largo de toda la saga te comés el amague de que el agente que falta es Ronnie Rome, un chabón grandote, amargo, metido con un capo mafia de la B Metropolitana y poseedor de uno de los infaustos maletines que suele repartir Graves. Pero al final resulta que no, que el Minuteman que faltaba es Remi, su hermano menor, un tipo sádico, mentiroso, canallesco y ventajero, que si no está metido en un kilombo mucho mayor o directamente muerto, es porque Graves lo desactivó y Ronnie hizo lo posible para cuidarlo y encarrilarlo para otro lado. De todos modos, Ronnie está tan bien desarrollado y trabajado que sería un pecado no hacerlo reaparecer, aunque sea en un rol secundario, en el tramo final de la saga.
¿Y eso es todo? Bueno, casi… También cobra muuuucha chapa Lono. ¿De qué juega este hijo, nieto y bisnieto de puta? Supuestamente es uno de los agentes de Graves, de hecho es quien logra re-encauzar a Jack para que se una a los nuevos Minutemen. Pero también rosquea a ocho manos con Médici, y en el unitario que cierra el tomo “opera” con la destreza de un maestro de la manipulación a un chico que recibe el maletín de Graves para acabar con la mujer que le cagó la vida. Por supuesto, todo 100 Bullets está teñido de ambigüedades, pero para dónde va a saltar Lono a la hora de la verdad, no tengo la más puta idea. Los otros personajes tampoco, y está bueno verlos desconfiar y sentirse incómodos en la presencia de este asesino pasado de rosca al que Azzarello supo dotar de una complejidad notable. Y lo otro que no se termina de explicar es cómo sobrevive Megan Dietrich al balazo que le vimos recibir en el restaurant de San Diego, en el tomo anterior (cortesía de Victor). Augustus Médici la convence de no tomar represalias y ya está, queda todo olvidado. Obviamente ahí pasa algo raro. Ojalá Azzarello revele pronto cómo vino la mano.
Entre estos plots, subplots, flashbacks, chistes groseros, diálogos tensos, hermosos juegos entre lo que Azzarello escribe en los bloques de texto y lo que Risso muestra en las viñetas, y excelentes personajes secundarios (la mamá de Ronnie y Remi, la novia y el amigo de este último…), nos fumamos otro tomo en el que las tramas avanzaron lo mínimo indispensable. Por suerte, entre todos estos recursos narrativos y la calidad -siempre pareja, siempre en un nivel inconmensurable- del dibujo de Risso, la cosa se hace más que llevadera. Nos falta recorrer apenas el cuarto final de la obra y -si bien no me animo a pronosticar nada para no sumar otro fracaso- no tengo dudas de que esto está por estallar.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

01/ 12: 100 BULLETS Vol.9


Retomo esta adicción que tenía colgada, pero ahora va en serio: de acá a fin de año, me bajo tres tomos, sí o sí. Y me quedarán los dos últimos para 2011, qué le va´cer.
En este tomo de la obra maestra de Brian Azzarello y Eduardo Risso vuelve la pachorra exasperante. Después de un tomo en el que pasaban miles de cosas, en este pasan muy pocas. Para que te des una idea, en las primeras 22 páginas Lono y Loop llegan a Chicago a buscar a Victor (el Minuteman original que nos reveló la historia secreta del Trust en el volúmen anterior) para que se sume a ellos, Victor acepta y se van. ¿Cómo se sostiene eso? Con más personajes, que no aportan nada a la trama mayor (la del Trust vs. los Minutemen del Agente Graves), pero que son los que le dan onda y vida a estos episodios menores, que se podrían haber contado en cuatro páginas. En este caso puntual, nos enteramos de que Victor estaba saliendo con una mina casada y esta blanqueó la relación con su marido, que no sabe si pegarse un tiro, o matar a la mina, o a Victor. Y ahí ya se armó una muy buena historia para 22 páginas.
Otro episodio de 22 páginas nos cuenta a dónde fue a parar Jack cuando dejó la heroína. El propio Graves va a ver qué onda y a apurarlo, a pincharlo, a psicopatearlo para que se sume a su tropa. Jack parece no darle ni pelota. Fin. Imaginate cuánto puede pasar en una saga de 88 páginas… lo mismo que en un comic normal de 20, con toda la furia. En el medio, Azzarello adorna, no sólo con personajes menores (algunos con infinita chapa, como Spain), sino también con extensos dialogos llenos de pistas, de sutilezas, y también de puteadas y de chistes groseros, cuando los que dialogan son los personajes lumpen-barriobajeros que pueblan la saga. Y por supuesto, con altas dosis de violencia, necesaria e innecesaria. A esta altura, vos ya sabés que si aparece un chabón con cara de heavy, tatuajes y demás, va a terminar cagado a tiros, o a trompadas. Si aparece una minita que se hace la sexy, no va a faltar el zarpado que la quiera violar, y el que salte a defenderla, y así. La sangre y las muertes están garantizadas, incluso cuando se podrían evitar.
Pero por más que hayas leído mucho 100 Bullets (o mucho género noir, o incluso cosas más terribles, como Scalped), nada te prepara para la secuencia en la que Lono tortura al pobre Fulvio Carlito. Son 12 páginas (mechadas con una secuencia de Loop y Victor en un cabarulo) estremecedoras, que te ponen los nervios de punta. Posta, no se puede ser tan cruel, tan hijo de puta. Mirá que en el tomo hay decapitaciones, masacres, drogas duras, sexo hadcore y hasta un tipo que se morfa a un perrito. Pero nada supera las atrocidades que le hace Lono a ese pobre infeliz.
Y lo de Risso ya desafía toda explicación, porque se las ingenia para mostrar todas estas animaladas con gran criterio, sin caer en el gore revulsivo, pero sin escaparle al bulto a la hora de que quede claro la magnitud, la intensidad, la grossitud de lo que está sucediendo. De todos modos, lo más notable (ya lo notamos antes) es cómo el prócer se fuma toooodas esas páginas sin acción, esos diálogos infinitos, ya sea en las mansiones y los hoteles 5 estrellas donde paran los chetos del Trust, o en los tugurios abyectos por donde pulula la fauna más sórdida de la obra. Ahí Risso hizo gala de una paciencia santa y de un talento enorme, porque los tipos hablan página tras página y vos nunca te aburrís. Para lograr eso hay que tenerla muy, muy clara.
Despacito, despacito, ya estamos en el número 67, en los albores del tercio final de la saga. Ya está claro el rumbo del argumento (aunque no descarto algún volantazo imprevisto), ya cobraron chapa un montón de personajes que son los que seguramente van a protagonizar este tramo final, y ya quedó claro que cualquiera puede ser boleta cuando menos te lo esperes, sin importar cuánto desarrollo haya tenido hasta ese punto. Mi pronóstico para el Vol.10 es mucho kilombo en torno a Dizzy Córdova, alrededor de la cual revolotean tres tipos dispuestos a todo: Wylie, Benito Medici y Branch, que hasta ahora es el personaje más errático, menos explicable, menos lógico de la historia. Pronto me voy a enterar si la emboqué o no…

lunes, 2 de agosto de 2010

02/ 08: 100 BULLETS VOL.8


Bueno, ahora sí. Se acabaron los prólogos, se acabó la modorra, se acabó la onda de sembrar plots para cosechar más adelante. La mítica serie de Brian Azzarello y Eduardo Risso inicia su segunda mitad con un cambio de ritmo asombroso, un mega-broli con nueve episodios en los que pasan muchísimas cosas y se explican muchísimas más.
Pero guarda, que la explicación no es “Hola, soy Lono. Antes era uno de los Minutemen del Agente Graves y trabajaba para el Trust. Ahora soy un chabón heavy que bla-bla-bla”. Para nada. Azzarello no quiere cobrar barato, no le cierra hacer todo el esfuerzo él (y Risso) y que el lector coma la papita ya masticada. Acá todo es ambiguo, oscuro y para cazar cómo viene la mano hay que prestar muchísima atención. Los flashbacks van y vienen, la mitad de los personajes miente más que Macri y hay que estar muy, muy concentrado para seguir la historia por tantos vericuetos. Lo bueno es que de a poco, va quedando claro que estamos ante UNA historia y que todos los personajes a los que vimos hasta ahora van a terminar por confluir. La guerra entre el Trust de las 13 familias que gobiernan el mundo y su ex-empleado, el Agente Graves, está por estallar y ahora sí, los protagonistas tienen que elegir bando y bancarse esa elección.
Este tomo arranca con un episodio fundamental, el 50, en el que uno de los ex-Minutemen que sigue vivo explica nada menos que el origen secreto del Trust y su célula de justicia interna. Y de ahí nos vamos a New Orleans, para una saga extensa, ocho episodios en los que reaparece Wiley Times (a quien habíamos visto en un gran unitario, allá por el Vol.6), otro ex-Minutemen que ahora se reactiva y se enreda en una historia 100% troncal, en la que cobran muchísimo protagonismo Dizzy Córdova y sobre todo Shepherd, cuyo rol en la runfla se empieza a entender mucho mejor. Sobre el final, trágico, tenso, desesperante, un volantazo imprevisto va a cambiar radicalmente el curso de lo que veníamos viendo hasta ese punto, y ahí sí, todo encaja mejor y se encauza hacia el momento que estábamos esperando, que es el de la confrontación frente-march entre el Trust y la alegre muchachada de Graves.
Nada de lo dicho hasta acá le hace ni la menor justicia al trabajo de Azzarello, a su particular forma de llevar las tramas, a su manejo de los tiempos, a su inigualable oído para los diálogos, a la solvencia con la que presenta y define a decenas de personajes en cada arco y a la profundidad que les brinda no sólo a los protagonistas. En esta saguita ese laburo de personajes secundarios alcanza la cima con Martin, el trompetista genial y deforme al que todos apodan Gabriel. Lo que hace Azzarello con él es brillante y a la vez no tiene perdón de Dios.
Y lo de Risso, como siempre, está más allá del Bien y del Crack. A mitad de camino entre José Muñoz y Steve Dillon, el cordobés-rosarino encuentra un espacio donde expresarse con una contundencia infrecuente en el comic actual. Las miradas, el lenguaje corporal, los estallidos de violencia, todo es impactante y todo está perfectamente graficado. Hay en este arco varias minitas super-power y Risso recurre a figuras manarescas y trompitas altuneanas, pero sin renunciar nunca a su propia impronta visual. Pero lo más zarpado lo vemos en la construcción de las secuencias, varias de las cuales merecen pasar a la historia. La escena de Wylie y Martin en el pantano, una vez que zafan de sus captores, se tiene que usar en las escuelas para enseñar qué carajo es una historieta. El flashback que narra el fin de la relación entre Wylie y Rose también, es un clásico. Si eso no te pone los pelos de punta, tenés un témpano en el corazón de proporciones riquelmeanas.
100 Bullets, muchachos. 100 números, dos autores, cientos de personajes, infinitos corchazos, miles de diálogos filosos, de chistes groseros, de conspiraciones, traiciones y pases de facturas manchadas con sangre. Una gloria del Noveno Arte cuya segunda mitad –por lo menos en el arranque- cumple y dignifica mucho de lo que prometía la primera mitad.

lunes, 19 de julio de 2010

19/ 07: 100 BULLETS Vol.7


Bueno, prometí volver pronto y cumplí. Ahora, los que no volvieron son los personajes del tomo anterior! Posta, este tomo es rarísimo: Graves aparece tres páginas, en un flashback. Shepherd aparece (cada día más parecido a Alack Sinner) en una secuencia de 12 páginas. Y el único de los grossos que tiene un rol más o menos importante es un personaje al que en el tomo anterior vimos caer abatido a balazos y a quien yo, como buen salame crédulo y naif, creía boleteado forever. Obviamente no lo voy a nombrar, para no spoilear.
Eso que decía la vez pasada de la pachorra exasperante con la que Brian Azzarello hace avanzar esta ambiciosa trama de corrupción y venganza, en este libro alcanza niveles insólitos. Samurai (así se llama el recopilatorio, sin más sentido que jugar con el título de la famosa película) se compone de dos arcos argumentales. Uno transcurre en una cárcel y está protagonizado por Loop, uno de los reclusos, el de la saguita Hang Up on the Hang Low (Vol.3), un cuatro de copas que –por lógica- debería cobrar protagonismo en los próximos arcos. La segunda historia del libro retoma la historia de Jack, otro perdedor consumado a quien el Agente Graves le entregó el chumbo con las 100 balas imposibles de rastrear (presentado en los números 21 y 22). Hasta ahora no hay muchas pistas de que Jack pueda llegar a ser importante en el desenlace del conflicto entre los Minutemen y el Trust, pero con dos excelentes historias a cuestas, ya sería muy ilógico que no enganchara para nada en el big picture.
Ambos arcos tienen en común la vida tras las rejas. El de Loop, obviamente porque transcurre en la cárcel, un submundo que Azzarello ya demostró que domina como pocos cuando tiró aquella bomba atómica que fue la saga de Hellblazer en la que John iba en cana, aquel dibujado como los dioses por Richard Corben. Y el de Jack, porque gira en torno a una especie de zoológico de la B Metropolitana, en el que un par de tigres viven enjaulados. Y por supuesto, en los dos hay muchísimos momentos sórdidos, violentos, jodidos como enema de chimichurri. Aunque parezca mentira, la historia de Jack y los tigres es más escabrosa, y te revuelve más las entrañas, que la de Loop en la cárcel. A Loop ahora nos lo muestran como un habilidoso, un tipo que con ingenio, chamuyo y huevos se las va a rebuscar siempre para salir más o menos bien parado. Y además tiene códigos: con los amigos no se jode y al enemigo, ni justicia. Jack, en cambio, es un tiro al aire, un heroinómano poco dispuesto a intentar dejar la jeringa, que nunca sabés para dónde va a disparar (en sentido literal). Los dos “héroes” se enchastran de sangre ajena, los dos cobran de lo lindo, los dos van a tener que replantearse miles de cosas antes de poder tomar partido en la guerra fría entre el Trust y el Agente Graves.
Pero vuelvo a lo de antes: las historias están buenísimas, los diálogos son excelentes, los climas están logradísimos, las escenas de acción son recontra-impactantes… El tema es cuánto avanza la trama central en cada arco y la verdad es que la respuesta es: poquísimo. En todo caso la gracia será decir “yo a este pibe lo sigo desde la Novena” cuando Loop o Jack cobren chapa más adelante, pero por ahora la cantidad de páginas que les vimos protagonizar no tienen la menor relación con su injerencia en la trama. Veremos cómo y cuánto aparecen en la segunda mitad de la obra.
Del trabajo de Eduardo Risso al frente de la faz gráfica casi ni tiene sentido hablar. La chapa que demuestra el león de Leones en cada secuencia te deja helado. La cantidad de recursos que pela para darle ritmo y variedad a las extensas escenas de diálogo, o de inacción, es pasmosa. Su aporte al clima pesado y ominoso de la trama es incalculable. La personalidad que le da a cada uno de los cientos de personajes menores que desfilan por la(s) trama(s) es alucinante y su forma de retratar la violencia, escalofriante.
Por si faltara algo, el prólogo de este tomo lo escribió nada menos que Carlos Trillo, otra máquina de generar excelentes historietas con y sin dibujos de Risso. Esto se cocina a fuego lento, muchachos. Pero va largando un olorcito riquísimo…