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miércoles, 16 de agosto de 2023
HOY, TRES RESEÑAS
Hacía bastante que no clavaba tres reseñas en una misma entrada, pero esta vez hay dos que me quedaron un toque más cortas que las habituales.
Allá por el 01/10/18 me tocó reseñar el Vol.1 de La Danza del Tiempo, obra del maestro ucraniano Igor Baranko para el mercado francés, publicada en nuestro idioma por Planeta-DeAgostini. Tarde pero seguro conseguí los dos álbumes restantes, y la verdad que el Vol.2 es bien del medio. No resuelve la trama (porque eso lo va a hacer Baranko -supongo- en el vol.3), no explica demasiado lo que ya contó en el Vol.1 (por eso no recomiendo la pelotudez que hice yo de dejar pasar cinco años entre un tomo y otro), y en todo caso lo que hay es una depuración del elenco, en la segunda mitad del tomo.
Como ya conté en la reseña del Vol.1 esto es una especie de Romeo y Julieta atravesado por Back to the Future, con protagonistas que vienen de distintas tribus de los pueblos originarios de Norteamérica. En esta segunda parte, la historia de amor se tensiona, la tragedia insinuada en los sueños proféticos de Luna-entre-las-nubes se lleva. a unos cuantos personajes y la incursión de los pieles rojas al territorio de los aztecas termina bastante para el orto. Vamos a ver en el Vol.3 (que prometo leer pronto) a ver cómo resuelve Baranko todo lo que le queda pendiente.
Mientras tanto, tenemos majestuosas batallas con ejércitos precolombinos, un trabajo glorioso en trajes y armas, una narrativa clara y a la vez novedosa, y la influencia de los grandes dibujantes italianos: Hugo Pratt, Milo Manara y Sergio Toppi están todo el tiempo presentes en las páginas de Baranko, en sus composiciones y hasta en el trazo, que por momentos también coquetea con cositas de Jean Giraud. Visualmente, La Danza del Tiempo es una orgía de emociones, una obra con la que Baranko se puede sumar sin ningún pudor al Olimpo de los hiper-consagrados. Pronto nos vamos a enterar si el argumento se la banca hasta la última secuencia, o si nos comemos un derrape final que le impida ascender también al Olimpo de las obras maestras del comic europeo de este siglo.
Le puse mucha onda a Phonogram: Rue Britannia, porque venía muy bien recomendada. Pero me fue mal y lo mejor que tengo para decir es que por suerte conseguí muy barato el TPB. En esta obra de Kieron Gillen y Jamie McKelvie me encontré con un dibujo a media máquina, genérico, básico, sin sorpresas, ni magia, ni imaginación. Es un comic realizado en blanco, negro y grises, pero me parece que no levanta ni siquiera con un colorista top onda Dave Stewart o José Villarrubia. Una pena, y a la vez muy copado constatar que en trabajos posteriores de McKelvie queda atrás esta escacez de onda que lastra tanto a Phonogram.
El guion de Gillen tiene una idea brillante (los "phonomantes", tipos y minas capaces de obtener magia de la música) sepultada entre un montón de elementos que no me cerraron. Por ahí esa misma idea, puesta más en el centro de la trama, menos rodeada de todas esas referencias al brit-pop (que no me molestan, pero acá no aportan nada más que confusión), o con un protagonista más copado, y sobre todo en menos páginas, podría haber funcionado bien. No es el caso. Acá el guionista realmente se excede en la presentación del contexto, la ciudad, los músicos, los discos, anécdotas intrascendentes del pasado de David Kohl... y para cuando la historia más o menos arranca, uno ya quiere que se termine cuanto antes. Me imagino que para un erudito, o un crítico especializado en rock británico de los ´90, esto puede ser una sorpresa alucinante, porque de pronto todas esas bandas hoy semi-olvidadas (con las excepciones de Blur, Pulp y alguna otra) resultan importantes para una especie de aventura sobrenatural que -mejor escrita- podría haber aparecido en Vertigo. Para el comiquero muy curtido, las sorpresas del guion no son tales, y en todo caso se rescata un concepto atractivo (ya lo mencioné) y la calidad de los diálogos, muy adultos, realistas y en perfecta sintonía con la caracterización de los personajes. No mucho más, lamentablemente.
Y cierro con un comic de autores argentinos aparecido en 2022 que había leído en digital, pero no en físico: el Vol.1 de Distancia, escrito por Jonatan Catalano y dibujado por Daniel Roa. Bajo una hermosa portada de Salvador Sanz, me encuentro con un dibujante al que no conocía, bastante decoroso, con muchas influencias del manga pochoclero y del mainstream "bonito" del comic yanki noventoso. Un muchacho que maneja muy bien la narrativa, la expresividad de los personajes, los fondos... pero lo mejor que tiene la faz visual de Distancia, para mi gusto es la aplicación de los grises, que no está a cargo de Roa, sino de Catalano. Paradojas de la vida. Entre lo que no me gustó del trabajo de Roa destaco las caras de los personajes secundarios (sobre todo Sara y Giselle), cuyos rasgos cambian bastante de una viñeta a otra. Sentí como si estuviera viendo una película y cada vez que enfocan a un personaje apareciera la cara de una actriz distinta.
Los aciertos de Catalano no se limitan a la aplicación de los grises, sino que la rompe MAL en el rubro diálogos (realmente excelentes). La construcción de los personajes también está muy lograda, pero claro, hay una trampa: Catalno se toma 100 páginas para presentarnos a Franco (un goma total, estoy al borde de odiarlo), 175 páginas para presentarnos a Laura (personajón, mucho más rico y complejo) y recién en las 22 páginas finales de este potente Vol.1 se empieza a desarrollar realmente el conflicto central de la obra. Es lógico y hasta imprescindible que si le dedicás 275 paginas a presentar a los protagonistas, estos tengan relieve, profundidad y altas chances de cautivar al lector con sus conflictos y su personalidad.
Este Vol.1 de Distancia tiene un muy buen ritmo, se siente honesto, fresco, y capta a la perfección la ambientación porteña, sin hacer excesivo hincapié en que todo sucede en Buenos Aires. Me mató esa viñeta en la que aparecen las máscaras de Dr. Paradox, Caballero Rojo y Manta, y por supuesto el diálogo que establece Catalano entre la tragedia que azota a su Buenos Aires y la que vivimos unos años atrás con la famosa pandemia de COVID-19. La gran cagada que tiene este vol.1 de Distancia es que en 300 páginas apenas tenemos un esbozo de para dónde puede ir la trama, y no sabemos ni cuántos tomos van a necesitar Catalano y Roa para desarrollarla, ni cuándo estará disponible el Vol.2. Encarar un proyecto con este nivel de ambición, en Argentina y sin el respaldo de una editorial importante (Distancia está editada por sus propios autores) es una movida en la cornisa entre la patriada y el delirio, que puede salir muy bien o muy mal. Por ahora, las ventas fueron muy buenas y forzaron más de una reedición, pero claro, para el Vol.2 los autores van a tener que largar desde el vamos una tirada mucho más grande... y estar listos para volver a reeditar el Vol.1, sin el cual la saga no se va a entender. No es fácil, ojalá les salga bien. Y pronto, antes de que los lectores que se engancharon con el Vol.1 pierdan el entusiasmo.
Al final no vi la peli de Blue Beetle, pero queda para la semana que viene. En un rato salgo para Rosario, para asistir una vez más a la Crack Bang Boom, y a la vuelta seguro vendré con más libritos leídos que se convertirán en nuevas reseñas acá en el blog. Gracias y hasta entonces.
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lunes, 29 de junio de 2020
LUNES HORRENDO
Llueve, hace frío y estoy
en mi casa, aburridísimo. Por suerte tengo un par de libritos para reseñar.
Predeciblemente, no me
aguanté demasiado antes de entrarle al segundo y último tomo de Blanco, del
maestro Jiro Taniguchi. Quería saber, necesitaba saber, si había una chance de
final feliz para la historia del perro ruso convertido en una máquina de matar.
No pretendía tampoco un final tipo Disney, donde todos cantaran y bailaran, pero
tenía mucho miedo de que Taniguchi me clavara una puñalada artera y me dejara
puteando. Finalmente se podría considerar un empate. Hay una carga de
sensiblería golpebajera importante, el clima desolador de “se pudre todo” se
conserva hasta el final, y Taniguchi logra filtrar un rayito de esperanza sin
tirar a la mierda el dramatismo ni el verosímil que fue construyendo a lo largo
de casi 600 páginas.
¿Es de los mejores guiones
del ídolo? No, no te quiero mentir. Es una aventura zarpada, muy realista, que
explora a fondo las consecuencias de todo lo que pasa y que explica en detalle
esas cosas que vemos en Blanco pero nunca vimos en el mundo real. Un gekiga
sólido, duro, sin facilismos, sin tomar por boludo al lector. Por ahí se pdría
haber simplificado, con menos personajes y menos explicaciones, pero dentro de
un esquema de aventura para jóvenes o adultos, así como está funciona muy bien.
Y además el guion (me enteré el otro día que no se acentúa más la “o” de
“guion”) le da a Taniguchi la posibilidad de lucirse, de maravillarnos con esa
ambientación geográfica imponente, de sublime majestad, como es el sudoeste de
Canadá y el noroeste de Estados Unidos. Pocas veces leí un manga que se nutra
tan bien, que aproveche tanto los escenarios naturales en los que se sitúa la
acción. Y por si faltara algo, la acción también está bárbara, repleta de
escenas de alto impacto, con momentos de una violencia estremecedora,
retratados con maestría por este inolvidable genio del Noveno Arte.
O sea que, sin ser una
obra maestra, si te acercás a Blanco por completismo, porque querés tener todo
lo que hizo Taniguchi, te vas a encontrar con una aventura clásica, potente,
emotiva, por momentos descarnada, que te va a hacer pasar un buen rato a puro
misterio, vértigo y machaca.
Nos vamos a EEUU, año
2014, cuando Kieron Gillen y Jamie McKelvie empiezan a publicar The Wicked +
The Divine, una serie que tuvo una excelente repercusión y muy buenas ventas. ¿Te
acordás cuando Neil Gaiman refritó varias ideas de la saga Brief Lives y les
pegó una vuelta de tuerca muy copada para volver a usarlas en la novela
American Gods? Bueno, Gillen vuelve a esas mismas ideas y les pega OTRA vuelta
de tuerca copada. Sí, otras vez dioses poderosísimos de distintos panteones
mezclados entre los humanos en un contexto urbano y actual. Pero esta vez,
Gillen le agrega todo un discurso acerca de la cultura de la celebridad, la
fama efímera y –lógicamente- vincula esto a la música que consumen los
adolescentes, esa industria caníbal en la que todos los días se inventan ídolos
pensados para romper todo durante dos años y después desaparecer más rápido que
la guita que el Banco Nación le prestó a Vicentín.
The Wicked + The Divine es
una historia de poder, de fe, con mucha acción, un cierto tinte fatalista
(típico de Sandman) y mucha rosca sobre el tema de la identidad, que por
supuesto incluye la exploración de identidades sexuales no tradicionales. El
personaje central (Laura) está muy bien trabajado, los diálogos son excelentes
(y muy groseros) y –a diferencia de Gaiman- Gillen quiere que la presencia
entre nosotros de estos seres hiper-poderosos garantice el constante estallido
de escenas de acción y violencia bien al límite. La explicación de todos estos
elementos fantásticos está bien lograda, desde el momento en que jamás te
aburre. Ahí también, el guión combina sabiamente buenas ideas, sutileza e
impacto.
El dibujo de McKelvie me
gustó mucho, lo sentí muy idóneo para el tipo de historia que nos quiere
contar. Se trata de un dibujante muy influenciado por Kevin Maguire en los
enfoques, en la composición de la página y hasta en el trazo en sí, aunque
claro, McKelvie no llega a los extremos a los que llega Maguire a la hora de
ponerle onda a las expresiones faciales. Es como un Maguire al que el editor le
dijo “buenísimo todo, pero bajame un cambio con las muecas”. Aclaro por las
dudas que me gusta más Maguire que McKelvie, pero acá veo a un muy buen
dibujante, que además deja la vida en los fondos, en el diseño de los personajes
y en un montón de detalles que tienen que ver con indumentaria, peinados y
hasta con maquillaje y bijouterie, que tanto aportan a la imagen de las
estrellas del rock y el pop para adolescentes.
Nada, leí la puntita del
iceberg. Seis episodios de una serie que ya pasó el nº 50. Pero me enganchó
bastante. Cuando vea a buen precio los tomos que siguen, no voy a dudar en
entrarles. Bien por Gillen, bien por McKelvie y bien por Image, apostando por
un título de esos que hasta 2012 sólo podrían haber aparecido en Vertigo.
Nada más por hoy. Mañana
seguro voy a avanzar con nuevas lecturas para que arranquemos el segundo
semestre con más reseñas acá en el blog.
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viernes, 20 de marzo de 2015
20/ 03: EVERYTHING BURNS
Allá por el 14/01/14 yo llegaba a lo que creía que era el final de la etapa de Kieron Gillen al frente de Journey Into Mystery y me enteraba, gracias a los comentarios de los lectores, que la etapa en realidad terminaba en este libro, que no sigue la numeración de los anteriores, porque se trata de un ambicioso crossover de nueve partes entre JiM y The Mighty Thor, por ese entonces a cargo de Matt Fraction.
Hasta las dos terceras partes de este libro, da la sensación de que Fraction aceptó armar este crossover para darle más impacto a las ideas de Gillen. Si en el comic de Thor se hacían cargo de los peligros en los que estaba envuelto Loki, estos cobraban mayor magnitud. Una lucha a muerte en la que los Nueve Reinos estaban al borde de la extinción y que involucraba a todos los dioses nórdicos no tenía chapa si no transcurría en la revista de Thor. Sin embargo, en el tercio final vemos cómo Fraction aprovecha la dimensión que cobró esta guerra contra Surtur para traer agua a su propio molino, para resignificar varias cosas que habían sucedido en sus episodios anteriores y para abrir puntas que (supongo) explorará en episodios posteriores. Para la serie de Loki, Everything Burns era el final. Para la de Thor, Fraction se aseguró de que fuera ante todo una bocanada de aire fresco.
Dicho todo esto, cabe señalar que la saga está muy estirada. En seis episodios, a lo sumo siete, se podría haber contado lo mismo. Fraction estira más con la machaca, Gillen con los diálogos ingeniosos y las escenas más introspectivas en las que finalmente podremos dilucidar si este joven Loki se manda cagadas por error, o si sigue siendo el mismo hijo de puta de siempre. Y como en los arcos anteriores de JiM, Gillen mete mucha runfla, mucha negociación, mucho psicopateo verbal, por suerte escrito a un nivel muy, muy notable. Lo que no se le puede discutir a Everything Burns es su trascendencia: al final, casi nada queda como estaba al principio. Thor, Loki, Surtur, Leah, hasta personajes que tienen roles menores cambian al ritmo de esta epopeya en la que todo el status quo de Asgard y aledaños se ve seriamente sacudido.
Entre la rosca política, el chamuyo metafísico y la acción, la saga se hace entretenida a pesar de la extensión. La grandilocuencia, la búsqueda por todos los medios del impacto, empañan un poco esa imagen de “comic distinto” que tenía JiM, que parecía transitar por un carril más finoli, más cercano al comic de autor dentro del mainstream. Acá, Gillen choca contra el mainstream de frente y a 160 km/h, y hay que buscar las esquirlas del “comic finoli” entre una hecatombe de fierros abollados y prendidos fuego.
De los cinco episodios de The Mighty Thor, cuatro están dibujados por el inmenso Alan Davis. Fiel a su costumbre, el británico da cátedra de narrativa y combina como pocos elegancia y potencia pochoclera. El guión le da muchas oportunidades de no dibujar fondos y Davis las aprovecha, pero cuando tiene que dibujarlos, no mezquina nada. El episodio restante lo cubre Barry Kitson, muy correcto y con un colorista (Will Quintana) que lo resalta mucho más que los coloristas que le ponían en DC.
Por el lado de JiM, en tres de los cuatro episodios tenemos a Carmine Di Giandomenico (de quien ya hablé maravillas allá por el 08/02/14) afiladísimo, también complementado a la perfección por la paleta de Chris Sotomayor. Di Giandomenico tira magia en las planificaciones, en los primeros planos, en el lenguaje gestual y por ahí un toque menos en los fondos. Pero de verdad, garantiza un nivel impresionante, muy superior a la media de lo que se ve en las revistas mensuales de Marvel. Para el último episodio, cuando Gillen busca recuperar esa pátina de “comic finoli” baqueteada a lo largo de páginas y páginas de machaca, acierta al convocar a Stephanie Hans, una chica de estilo pictórico, con técnicas similares (aunque no al mismo nivel) del chino Benjamin, que se concentra más en los climas, las sensaciones y las pausas, aprovechando que es un capítulo prácticamente sin acción. La verdad que toda la faz gráfica del libro está cuidadísima y no hay que fumarse ni media página dibujada por los crotos impresentables que nos infligieron en los arcos anteriores de JiM.
Y ahora sí, se terminó la saga del Loki joven y su Journey Into Mystery. Ni en pedo me cebó como para darle la razón a los que la rotularon como “el Sandman de Marvel”, pero sí alcanzó como para interesarme por otros trabajos de Kieron Gillen, por ahí menos contaminados por los crossovers y demás parafernalia marketinera. Veremos cómo me va cuando me ponga a leerlos…
Hasta las dos terceras partes de este libro, da la sensación de que Fraction aceptó armar este crossover para darle más impacto a las ideas de Gillen. Si en el comic de Thor se hacían cargo de los peligros en los que estaba envuelto Loki, estos cobraban mayor magnitud. Una lucha a muerte en la que los Nueve Reinos estaban al borde de la extinción y que involucraba a todos los dioses nórdicos no tenía chapa si no transcurría en la revista de Thor. Sin embargo, en el tercio final vemos cómo Fraction aprovecha la dimensión que cobró esta guerra contra Surtur para traer agua a su propio molino, para resignificar varias cosas que habían sucedido en sus episodios anteriores y para abrir puntas que (supongo) explorará en episodios posteriores. Para la serie de Loki, Everything Burns era el final. Para la de Thor, Fraction se aseguró de que fuera ante todo una bocanada de aire fresco.
Dicho todo esto, cabe señalar que la saga está muy estirada. En seis episodios, a lo sumo siete, se podría haber contado lo mismo. Fraction estira más con la machaca, Gillen con los diálogos ingeniosos y las escenas más introspectivas en las que finalmente podremos dilucidar si este joven Loki se manda cagadas por error, o si sigue siendo el mismo hijo de puta de siempre. Y como en los arcos anteriores de JiM, Gillen mete mucha runfla, mucha negociación, mucho psicopateo verbal, por suerte escrito a un nivel muy, muy notable. Lo que no se le puede discutir a Everything Burns es su trascendencia: al final, casi nada queda como estaba al principio. Thor, Loki, Surtur, Leah, hasta personajes que tienen roles menores cambian al ritmo de esta epopeya en la que todo el status quo de Asgard y aledaños se ve seriamente sacudido.
Entre la rosca política, el chamuyo metafísico y la acción, la saga se hace entretenida a pesar de la extensión. La grandilocuencia, la búsqueda por todos los medios del impacto, empañan un poco esa imagen de “comic distinto” que tenía JiM, que parecía transitar por un carril más finoli, más cercano al comic de autor dentro del mainstream. Acá, Gillen choca contra el mainstream de frente y a 160 km/h, y hay que buscar las esquirlas del “comic finoli” entre una hecatombe de fierros abollados y prendidos fuego.
De los cinco episodios de The Mighty Thor, cuatro están dibujados por el inmenso Alan Davis. Fiel a su costumbre, el británico da cátedra de narrativa y combina como pocos elegancia y potencia pochoclera. El guión le da muchas oportunidades de no dibujar fondos y Davis las aprovecha, pero cuando tiene que dibujarlos, no mezquina nada. El episodio restante lo cubre Barry Kitson, muy correcto y con un colorista (Will Quintana) que lo resalta mucho más que los coloristas que le ponían en DC.
Por el lado de JiM, en tres de los cuatro episodios tenemos a Carmine Di Giandomenico (de quien ya hablé maravillas allá por el 08/02/14) afiladísimo, también complementado a la perfección por la paleta de Chris Sotomayor. Di Giandomenico tira magia en las planificaciones, en los primeros planos, en el lenguaje gestual y por ahí un toque menos en los fondos. Pero de verdad, garantiza un nivel impresionante, muy superior a la media de lo que se ve en las revistas mensuales de Marvel. Para el último episodio, cuando Gillen busca recuperar esa pátina de “comic finoli” baqueteada a lo largo de páginas y páginas de machaca, acierta al convocar a Stephanie Hans, una chica de estilo pictórico, con técnicas similares (aunque no al mismo nivel) del chino Benjamin, que se concentra más en los climas, las sensaciones y las pausas, aprovechando que es un capítulo prácticamente sin acción. La verdad que toda la faz gráfica del libro está cuidadísima y no hay que fumarse ni media página dibujada por los crotos impresentables que nos infligieron en los arcos anteriores de JiM.
Y ahora sí, se terminó la saga del Loki joven y su Journey Into Mystery. Ni en pedo me cebó como para darle la razón a los que la rotularon como “el Sandman de Marvel”, pero sí alcanzó como para interesarme por otros trabajos de Kieron Gillen, por ahí menos contaminados por los crossovers y demás parafernalia marketinera. Veremos cómo me va cuando me ponga a leerlos…
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martes, 14 de enero de 2014
14/ 01: JOURNEY INTO MYSTERY Vol.4
Mirá qué mala leche... La etapa de Kieron Gillen al frente de Journey into Mystery se termina justo con el mejor arco argumental de toda la serie. The Manchester Gods es una saga cortita, de apenas tres episodios, y además es excelente. Acá no sobra nada, hay cero relleno. Gillen aprovecha cada viñeta para hacer avanzar la trama, para sumarle espesor a los dilemas morales, para meter cada tanto un chiste que descomprima la situación, o para explicar algunos puntos oscuros típicos de un comic “de rosca”, como para que no se pierdan los giles que leían esto en revistita y ni siquiera tenían la decencia de seguir la serie desde el primer número.
Esta vez, el joven Loki y Leah caen en Inglaterra (en realidad, en la dimensión en la que se manifiesta el inconsciente de Inglaterra) para una historia simple (a pesar de estar llena de elementos míticos y místicos), que va todo el tiempo para adelante, y en la que Gillen encuentra un rinconcito donde meter una aguda reflexión sobre su país y el rol que cumplió en la modernización del mundo. También, ya que está, trae de vuelta a Daimon Hellstrom (se ve que recibió buen feedback tras la aparición del Son of Satan en el arco anterior) y mete dos homenajes, uno muy sutil y uno muy cabeza, al maestro, al referente de todos los guionistas británicos, el glorioso Alan Moore.
La etapa del joven Loki como protagonista de su propia serie cierra con la dosis exacta de ambigüedad, como para mantener intacta la intriga inicial. ¿Qué onda este nuevo Loki? ¿Le podemos creer que está buscando la redención? ¿O estamos seguros de que las cagadas que se manda no son fruto de la mala suerte sino de una perversa y calculada intención de complicarle la vida a los otros asgardianos? Gillen deja abierto el interrogante y sobre el final le cobra cara a Loki una de sus runflas más sombrías, el acueste que le hizo a Hela en el Vol.2.
Y como con las 64 páginas de The Manchester Gods no se llena un TPB, a alguien se le ocurrió complementar este tomo con un annual de Thor, escrito por J.M. DeMatteis, que lo único que tiene en común con JiM es que está dibujado por Richard Elson. La aventura de Thor es cósmica, grandilocuente, e involucra a Galactus y al Silver Surfer. De hecho el protagonista real es el Surfer y los antagonistas son Scrier y The Other, dos poderosísimas entidades cósmicas a las que el heraldo de Galactus ya conocía de la época en que DeMatteis escribía su serie regular. La historia tiene mucho ritmo, un cierto regusto ochentoso y muchos bloques de texto muy bien escritos. La banco a full, con dos salvedades: 1) Sobra la machaca. Todo el conflicto se podría haber resuelto sin revolear una sóla trompada (ni un martillazo), y si están todas esas escenas en las que Thor y el Surfer combaten a esos aliens flacuchos, es sin dudas para cumplir con el decálogo del comic de superhéroes, que exige peleas en todas las aventuras. 2) Sobra Thor. Absolutamente todo lo que cuenta DeMatteis se podría contar sin involucrar al Dios del trueno, sólo con el Surfer, o mejor todavía, sólo con Galactus.
Y mirámelo a Richard Elson... No sólo pasó de suplente a titular en JiM, sino que logró que su annual de Thor (irrelevante en el contexto general de lo que sucedía en las series regulares ambientadas en Asgard) se recopilara junto con The Manchester Gods. Su trabajo junto a Gillen no varía mucho de lo que vimos en el tomo anterior. Es correcto, pero le falta onda e identidad. En las 44 páginas junto a DeMatteis, Elson muta levemente su estilo para parecerse bastante a Jim Starlin, capo de la machaca cósmica, al que el inglés le copia (no literalmente) muchos trucos de puesta en página y hasta de composición de las viñetas. Mirado muy de lejos, este comic parece dibujado por Starlin, con menos horrores de anatomía, claro. Y lo otro que le da al annual de Thor rasgos propios, muy distintos de los de JiM, es el espectacular trabajo de los coloristas Morry Hollowell y Will Quintana, que realzan los dibujos de Elson hasta el infinito y más allá con todo tipo de efectos de altísimo impacto visual. Todo lo chato o adocenado que pueda parecer el dibujo, lo levanta la magia del color.
En síntesis, no me hice hardcore fan de Kieron Gillen como para comprarle todos los comics en los que mete mano, pero estuvo bueno descubrir a un guionista decididamente distinto, con otra forma de encarar este tipo de relatos. La próxima vez que genere un proyecto atractivo y con buenos dibujantes, cuenta con mis manguitos. Y aguante Loki que –a pesar de las muchas derrotas cosechadas a lo largo de las décadas- ya era un villano de infinita chapa mucho antes de Tom Hiddleston y su notable performance en la pantalla grande.
Esta vez, el joven Loki y Leah caen en Inglaterra (en realidad, en la dimensión en la que se manifiesta el inconsciente de Inglaterra) para una historia simple (a pesar de estar llena de elementos míticos y místicos), que va todo el tiempo para adelante, y en la que Gillen encuentra un rinconcito donde meter una aguda reflexión sobre su país y el rol que cumplió en la modernización del mundo. También, ya que está, trae de vuelta a Daimon Hellstrom (se ve que recibió buen feedback tras la aparición del Son of Satan en el arco anterior) y mete dos homenajes, uno muy sutil y uno muy cabeza, al maestro, al referente de todos los guionistas británicos, el glorioso Alan Moore.
La etapa del joven Loki como protagonista de su propia serie cierra con la dosis exacta de ambigüedad, como para mantener intacta la intriga inicial. ¿Qué onda este nuevo Loki? ¿Le podemos creer que está buscando la redención? ¿O estamos seguros de que las cagadas que se manda no son fruto de la mala suerte sino de una perversa y calculada intención de complicarle la vida a los otros asgardianos? Gillen deja abierto el interrogante y sobre el final le cobra cara a Loki una de sus runflas más sombrías, el acueste que le hizo a Hela en el Vol.2.
Y como con las 64 páginas de The Manchester Gods no se llena un TPB, a alguien se le ocurrió complementar este tomo con un annual de Thor, escrito por J.M. DeMatteis, que lo único que tiene en común con JiM es que está dibujado por Richard Elson. La aventura de Thor es cósmica, grandilocuente, e involucra a Galactus y al Silver Surfer. De hecho el protagonista real es el Surfer y los antagonistas son Scrier y The Other, dos poderosísimas entidades cósmicas a las que el heraldo de Galactus ya conocía de la época en que DeMatteis escribía su serie regular. La historia tiene mucho ritmo, un cierto regusto ochentoso y muchos bloques de texto muy bien escritos. La banco a full, con dos salvedades: 1) Sobra la machaca. Todo el conflicto se podría haber resuelto sin revolear una sóla trompada (ni un martillazo), y si están todas esas escenas en las que Thor y el Surfer combaten a esos aliens flacuchos, es sin dudas para cumplir con el decálogo del comic de superhéroes, que exige peleas en todas las aventuras. 2) Sobra Thor. Absolutamente todo lo que cuenta DeMatteis se podría contar sin involucrar al Dios del trueno, sólo con el Surfer, o mejor todavía, sólo con Galactus.
Y mirámelo a Richard Elson... No sólo pasó de suplente a titular en JiM, sino que logró que su annual de Thor (irrelevante en el contexto general de lo que sucedía en las series regulares ambientadas en Asgard) se recopilara junto con The Manchester Gods. Su trabajo junto a Gillen no varía mucho de lo que vimos en el tomo anterior. Es correcto, pero le falta onda e identidad. En las 44 páginas junto a DeMatteis, Elson muta levemente su estilo para parecerse bastante a Jim Starlin, capo de la machaca cósmica, al que el inglés le copia (no literalmente) muchos trucos de puesta en página y hasta de composición de las viñetas. Mirado muy de lejos, este comic parece dibujado por Starlin, con menos horrores de anatomía, claro. Y lo otro que le da al annual de Thor rasgos propios, muy distintos de los de JiM, es el espectacular trabajo de los coloristas Morry Hollowell y Will Quintana, que realzan los dibujos de Elson hasta el infinito y más allá con todo tipo de efectos de altísimo impacto visual. Todo lo chato o adocenado que pueda parecer el dibujo, lo levanta la magia del color.
En síntesis, no me hice hardcore fan de Kieron Gillen como para comprarle todos los comics en los que mete mano, pero estuvo bueno descubrir a un guionista decididamente distinto, con otra forma de encarar este tipo de relatos. La próxima vez que genere un proyecto atractivo y con buenos dibujantes, cuenta con mis manguitos. Y aguante Loki que –a pesar de las muchas derrotas cosechadas a lo largo de las décadas- ya era un villano de infinita chapa mucho antes de Tom Hiddleston y su notable performance en la pantalla grande.
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sábado, 11 de enero de 2014
11/ 01: JOURNEY INTO MYSTERY Vol.3
Tercer tomo de esta serie y, para mi sorpresa, Kieron Gillen sigue enganchado con los sucesos de la infumable Fear Itself, ahora más bien abocado a sacarle las últimas gotitas de jugo que puedan dar los (supongo que muchos) cabos sueltos que dejó la mega-epopeya. Por lo menos esta vez hay una novedad: aparece un villano que tiene un plan para quedarse con todo y serán Loki y sus aliados quienes deban detenerlo. Es decir que JiM deja de ser “el lado B” de una aventura que se desarrolla en otros títulos y el elenco de la serie tiene –por fin- verdaderas amenazas y una misión a cumplir independiente de lo que otros guionistas planificaron para otras colecciones.
Como para dejar bien en claro que leyó con atención el Sandman de Neil Gaiman, Gillen elige como villano central a Nightmare, y además les da roles destacados a varios “señores del miedo”, de distintas tradiciones y culturas, que por supuesto se sientan en una misma mesa a “analizar la situación” y obviamente a rosquear. Esto podría parecer un achaco lineal al clásico de Gaiman si no fuera por un detalle: Gillen no se aguanta ni dos cuadritos las ganas de meter humor, de tirar chistes sutiles (y muy efectivos) sin llegar a los niveles de una JLI de Giffen y DeMatteis, pero decidido a restarle solemnidad y circunspección a las runflas entre estas poderosas entidades conceptuales.
Sobre el final y cuando las papas quemen, Loki (con apenas 13 o 14 años) los enroscará a todos ellos en el juego que a él más le conviene, en un pase mágico mucho más de Hellblazer que de Sandman. Y acá sí, Gillen se caga en todo y se tira de cabeza a la pileta de la comedia. Otro logro del guionista tiene que ver con el desarrollo del plot “serio”, el más orientado a la machaca superheroica típica: acá suma a Daimon Hellstrom (Son of Satan), lo hace jugar (de modo apenitas forzado) en el equipo de Loki y lo trata muy bien. Se nota que allá por el ´93-´94, además de Sandman y Hellblazer, leía el Hellstrom de Warren Ellis y Leo Manco, que era el título “Vertigófilo” de aquella abominable etapa de Marvel.
En general, la saguita de los “señores del miedo” está bien, apenitas estirada y con varios puntos altos (obviamente, el juego de mesa apócrifo es EL momento). Y complementa un unitario de Navidad, también entretenido, que de alguna manera le da un cierre a uno de los personajes de la saga anterior y en el que también Gillen obtiene buenos resultados apostando por la comedia y no por la epopeya.
Por el lado de los dibujos, este episodio unitario está a cargo de Mitch Breitweiser, a quien ya vimos jugando de suplente en un TPB de Captain America (reseñado el 04/04/13). A Breitweiser se le nota bastante que dibuja a los santos pedos, incluso sospecho que hay páginas enteras hechas directo en tinta, pero no está mal, es más que competente. Y en el arco principal tenemos de titular a Richard Elson, el que apareciera en el tomo anterior al frente de un par de unitarios. De nuevo me encuentro con un dibujante de estilo muy clásico, con un grafismo que por momentos me recordó a un Dave Gibbons sin onda, como mezclado con esos dibujantes ingleses de los ´50 y ´60 que eran académicamente muy correctos pero a los que les faltaba toneladas de personalidad, de filo. Elson no es un verdulero ni un improvisado, para nada. De hecho, estamos hablando de un tipo de más de 50 años, con 25 de trayectoria y mucha obra publicada en medios muy importantes de Inglaterra. Se nota que sabe y que se esfuerza por encajar lo mejor posible en la onda que le proponen los guiones de Gillen. Y también se le nota una limitación grossa, por el lado de la identidad. Es un dibujante muy genérico, con pocos rasgos que lo destaquen o lo distingan del pelotón de tipos que narran bien y respetan la anatomía clásica. Una vez más, las dos coloristas que le tocan lo entienden bien y lo levantan mucho.
Me queda un sólo tomo sin leer, porque en el medio está ese crossover con New Mutants cuyo olor a delito me hizo saltearlo. Así que la semana que viene liquidamos Journey into Mystery y damos el veredicto final. Por ahora, banco a los que destacan su originalidad y sus buenas ideas y les recomiendo buenas clínicas de rehabilitación a los que le colgaron el rótulo de “el Sandman de Marvel”. Veremos qué onda el final.
Como para dejar bien en claro que leyó con atención el Sandman de Neil Gaiman, Gillen elige como villano central a Nightmare, y además les da roles destacados a varios “señores del miedo”, de distintas tradiciones y culturas, que por supuesto se sientan en una misma mesa a “analizar la situación” y obviamente a rosquear. Esto podría parecer un achaco lineal al clásico de Gaiman si no fuera por un detalle: Gillen no se aguanta ni dos cuadritos las ganas de meter humor, de tirar chistes sutiles (y muy efectivos) sin llegar a los niveles de una JLI de Giffen y DeMatteis, pero decidido a restarle solemnidad y circunspección a las runflas entre estas poderosas entidades conceptuales.
Sobre el final y cuando las papas quemen, Loki (con apenas 13 o 14 años) los enroscará a todos ellos en el juego que a él más le conviene, en un pase mágico mucho más de Hellblazer que de Sandman. Y acá sí, Gillen se caga en todo y se tira de cabeza a la pileta de la comedia. Otro logro del guionista tiene que ver con el desarrollo del plot “serio”, el más orientado a la machaca superheroica típica: acá suma a Daimon Hellstrom (Son of Satan), lo hace jugar (de modo apenitas forzado) en el equipo de Loki y lo trata muy bien. Se nota que allá por el ´93-´94, además de Sandman y Hellblazer, leía el Hellstrom de Warren Ellis y Leo Manco, que era el título “Vertigófilo” de aquella abominable etapa de Marvel.
En general, la saguita de los “señores del miedo” está bien, apenitas estirada y con varios puntos altos (obviamente, el juego de mesa apócrifo es EL momento). Y complementa un unitario de Navidad, también entretenido, que de alguna manera le da un cierre a uno de los personajes de la saga anterior y en el que también Gillen obtiene buenos resultados apostando por la comedia y no por la epopeya.
Por el lado de los dibujos, este episodio unitario está a cargo de Mitch Breitweiser, a quien ya vimos jugando de suplente en un TPB de Captain America (reseñado el 04/04/13). A Breitweiser se le nota bastante que dibuja a los santos pedos, incluso sospecho que hay páginas enteras hechas directo en tinta, pero no está mal, es más que competente. Y en el arco principal tenemos de titular a Richard Elson, el que apareciera en el tomo anterior al frente de un par de unitarios. De nuevo me encuentro con un dibujante de estilo muy clásico, con un grafismo que por momentos me recordó a un Dave Gibbons sin onda, como mezclado con esos dibujantes ingleses de los ´50 y ´60 que eran académicamente muy correctos pero a los que les faltaba toneladas de personalidad, de filo. Elson no es un verdulero ni un improvisado, para nada. De hecho, estamos hablando de un tipo de más de 50 años, con 25 de trayectoria y mucha obra publicada en medios muy importantes de Inglaterra. Se nota que sabe y que se esfuerza por encajar lo mejor posible en la onda que le proponen los guiones de Gillen. Y también se le nota una limitación grossa, por el lado de la identidad. Es un dibujante muy genérico, con pocos rasgos que lo destaquen o lo distingan del pelotón de tipos que narran bien y respetan la anatomía clásica. Una vez más, las dos coloristas que le tocan lo entienden bien y lo levantan mucho.
Me queda un sólo tomo sin leer, porque en el medio está ese crossover con New Mutants cuyo olor a delito me hizo saltearlo. Así que la semana que viene liquidamos Journey into Mystery y damos el veredicto final. Por ahora, banco a los que destacan su originalidad y sus buenas ideas y les recomiendo buenas clínicas de rehabilitación a los que le colgaron el rótulo de “el Sandman de Marvel”. Veremos qué onda el final.
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miércoles, 8 de enero de 2014
08/ 01: JOURNEY INTO MYSTERY Vol.2
Este tomo sigue, a grandes rasgos, los lineamientos del anterior. La saga Fear Itself, la mega-machaca a todo o nada contra el hermano perdido de Odin conocido como Serpent, llega a su cataclísmico final en revistas que no leeré jamás y en Journey into Mystery vemos el lado B de la epopeya. La especialidad de Kieron Gillen en esta serie parece ser esa: mostrarnos lo que pasa por atrás de los combates grandilocuentes entre monos hiper-poderosos, en una apuesta por el anti-pochoclo sumamente arriesgada y a la vez acertada.
Lo malo es que sigue prisionero de una saga chotísima y todo lo que pasa en este tomo tiene por lo menos algo que ver con Fear Itself y sus efímeras consecuencias (-Uy, se murió Thor! -Sí, claro). Y lo bueno es que JiM está MUY bien escrito, de nuevo con alucinantes diálogos, magníficos bloques de texto y una pátina de inteligencia, de elaboración, de fineza poco frecuente en el mainstream de Marvel. En materia de guiones, los puntos más altos del tomo son dos unitarios, dos episodios que bien podrían no estar, pero que le sirven a Gillen para terminar de redondear a dos personajes: uno es el que está protagonizado por Volstagg (nunca tan grosso) y el otro, con Mephisto como figura excluyente, le da al guionista la posibilidad de explorar el tema de los dioses, los demonios, las entidades cósmicas que pueblan el Universo Marvel. ¿Cómo se relacionan entre sí? ¿Qué orden jerárquico existe entre ellos? ¿Cómo responden a estas mega-crisis que amenazan con alterar “para siempre” el status quo y el equilibrio de poderes? Un Mephisto muy rosquero y muy gracioso nos revela todo esto en un unitario que –ahora sí- me hizo acordar mucho a Sandman.
Y hay un unitario más, también escrito de modo exquisito, pero no por Gillen, sino por Robert Rodi, autor de aquella memorable saga de Loki que reseñamos un lejano 25/03/10. Esto es una especie de pasada en limpio de algunas cosas planteadas por Gillen en el tomo anterior, sobre todo lo que tiene que ver con la forma en que este nuevo Loki se relaciona con los distintos personajes de Asgard. Si con esto la serie no captó nuevos lectores que se cebaran mal con la trama, era para cerrarla y dedicarse a la decoración de tortas.
Entonces tenemos tres unitarios muy, muy atractivos y tres episodios un poco menos gancheros, aunque muy llevaderos, en los que avanza la saga del joven Loki y sus aliados, siempre a la sombra de los sucesos de Fear Itself. Veamos qué onda los dibujantes, ya que esta vez Doug Braithwaite brilla por su ausencia y aporta apenas un flashback de tres páginas.
El unitario de Robert Rodi viene con un ancho de espadas, que es el dibujo de Pasqual Ferry. El español es un dibujante del mega-carajo incluso cuando labura a media máquina y acá, si bien no deja la vida, cuenta con el apoyo de un monstruo del color digital, el increíble Frank D´Armata. Entre los dos logran unas páginas realmente hermosas.
Los tres episodios de la saga central están a cargo del muerto, del fiambre, del irredimible Whilce Portacio, pésimo dibujante si los hay. Me niego a dedicarle más puteadas, prefiero arrojar un piadoso manto de silencio. Simplemente digo... ¡Tres episodios! Capaz que son más que los que dibujó para WetWorks, su notable “creación” de los ´90...
Y los dos unitarios que escribe Gillen caen en manos de Richard Elson, un dibujante de estilo bien clásico al que jamás había visto ni oído nombrar. Es raro, porque en la historia protagonizada por Mephisto se lo ve bastante precario, duro, con algunos problemas en la anatomía y las caras, mientras que en el unitario de Volstagg está mucho más suelto, más plástico, mucho mejor. Trabaja con distintas coloristas, es cierto, pero ¿eso explica tanta mejora entre una historieta y otra? Ni idea, lo cierto es que si los próximos laburos de Elson se parecen a lo que hace acá en su segundo unitario, va a ser un nombre a tener en cuenta.
Journey into Mystery avanza a paso firme, pero sin apresurarse, hacia ese hermoso lugar, ese nirvana llamado “comic de autor dentro del mainstream”. Sigo cebado como para entrarle muy pronto al Vol.3, a ver con qué me sorprende Kieron Gillen ahora que se sacó de encima la pesada mochila de Fear Itself.
Lo malo es que sigue prisionero de una saga chotísima y todo lo que pasa en este tomo tiene por lo menos algo que ver con Fear Itself y sus efímeras consecuencias (-Uy, se murió Thor! -Sí, claro). Y lo bueno es que JiM está MUY bien escrito, de nuevo con alucinantes diálogos, magníficos bloques de texto y una pátina de inteligencia, de elaboración, de fineza poco frecuente en el mainstream de Marvel. En materia de guiones, los puntos más altos del tomo son dos unitarios, dos episodios que bien podrían no estar, pero que le sirven a Gillen para terminar de redondear a dos personajes: uno es el que está protagonizado por Volstagg (nunca tan grosso) y el otro, con Mephisto como figura excluyente, le da al guionista la posibilidad de explorar el tema de los dioses, los demonios, las entidades cósmicas que pueblan el Universo Marvel. ¿Cómo se relacionan entre sí? ¿Qué orden jerárquico existe entre ellos? ¿Cómo responden a estas mega-crisis que amenazan con alterar “para siempre” el status quo y el equilibrio de poderes? Un Mephisto muy rosquero y muy gracioso nos revela todo esto en un unitario que –ahora sí- me hizo acordar mucho a Sandman.
Y hay un unitario más, también escrito de modo exquisito, pero no por Gillen, sino por Robert Rodi, autor de aquella memorable saga de Loki que reseñamos un lejano 25/03/10. Esto es una especie de pasada en limpio de algunas cosas planteadas por Gillen en el tomo anterior, sobre todo lo que tiene que ver con la forma en que este nuevo Loki se relaciona con los distintos personajes de Asgard. Si con esto la serie no captó nuevos lectores que se cebaran mal con la trama, era para cerrarla y dedicarse a la decoración de tortas.
Entonces tenemos tres unitarios muy, muy atractivos y tres episodios un poco menos gancheros, aunque muy llevaderos, en los que avanza la saga del joven Loki y sus aliados, siempre a la sombra de los sucesos de Fear Itself. Veamos qué onda los dibujantes, ya que esta vez Doug Braithwaite brilla por su ausencia y aporta apenas un flashback de tres páginas.
El unitario de Robert Rodi viene con un ancho de espadas, que es el dibujo de Pasqual Ferry. El español es un dibujante del mega-carajo incluso cuando labura a media máquina y acá, si bien no deja la vida, cuenta con el apoyo de un monstruo del color digital, el increíble Frank D´Armata. Entre los dos logran unas páginas realmente hermosas.
Los tres episodios de la saga central están a cargo del muerto, del fiambre, del irredimible Whilce Portacio, pésimo dibujante si los hay. Me niego a dedicarle más puteadas, prefiero arrojar un piadoso manto de silencio. Simplemente digo... ¡Tres episodios! Capaz que son más que los que dibujó para WetWorks, su notable “creación” de los ´90...
Y los dos unitarios que escribe Gillen caen en manos de Richard Elson, un dibujante de estilo bien clásico al que jamás había visto ni oído nombrar. Es raro, porque en la historia protagonizada por Mephisto se lo ve bastante precario, duro, con algunos problemas en la anatomía y las caras, mientras que en el unitario de Volstagg está mucho más suelto, más plástico, mucho mejor. Trabaja con distintas coloristas, es cierto, pero ¿eso explica tanta mejora entre una historieta y otra? Ni idea, lo cierto es que si los próximos laburos de Elson se parecen a lo que hace acá en su segundo unitario, va a ser un nombre a tener en cuenta.
Journey into Mystery avanza a paso firme, pero sin apresurarse, hacia ese hermoso lugar, ese nirvana llamado “comic de autor dentro del mainstream”. Sigo cebado como para entrarle muy pronto al Vol.3, a ver con qué me sorprende Kieron Gillen ahora que se sacó de encima la pesada mochila de Fear Itself.
domingo, 5 de enero de 2014
05/ 01: JOURNEY INTO MYSTERY Vol.1
Tarde pero seguro arranco con esta colección de 2011 que tanta chapa cosechó entre los críticos yankis, que hasta llegaron a describirla como “el Sandman de Marvel”. ¿Es para tanto? No. O por lo menos no en este primer tomo.
Kieron Gillen, un periodista inglés que escribía sobre música, videojuegos y comics, un día se vio mágicamente transformado en guionista de historietas. Le tocó nada menos que hacerse cargo de Thor cuando lo dejó J.M. Straczynski y le fue bastante bien. Un año después, como venía la peli de Thor, Marvel quería una nueva serie del Dios del Trueno y ahí fue Matt Fraction a lanzar un nuevo número 1. Y la serie que escribía Gillen, que continuaba la numeración clásica de Journey into Mystery, recuperó su viejo título y siguió adelante, ahora con Loki (que –no hace falta aclarar- se morfa la peli de Kenneth Branagh) como protagonista. Por supuesto, la idea podía fallar, y más cuando desde el primer arco argumental Gillen tiene que hacerse cargo de las cosas grossas que estaban sucediendo en simultáneo tanto en la revista de Thor como en ese crossover patético, terriblemente vendehumo, llamado Fear Itself.
De alguna manera, la serie protagonizada por este Loki de 13 ó 14 años no naufragó. Tiene dos problemas fundamentales: 1) hay que saber mucho de la historia de Thor, Asgard y todos los dioses nórdicos para entender lo que pasa. Esto está lleno de referencias a los comics ya mencionados, a la etapa de Walt Simonson, obviamente a lo que hicieron Gillen y Straczynski... Si caés en bolas, te van a marear muy rápido, sobre todo porque el guionista elige no explicar puntillosamente nada de lo que menciona a la hora de mostrar el background de estos personajes. 2) Todo el tiempo sentí que a los conflictos que me mostraba Gillen les faltaba espesor. A cada página se me hizo más claro que la epopeya grossa estaba en otro lado (en revistas que no pienso leer) y que lo que sucede en JiM es una especie de backstage, de runfla por detrás de la acción y la machaca, que no es intrascendente, pero tampoco te hipnotiza y te ceba como las grandes sagas superheroicas en las que todo el universo está en juego.
¿Y por qué no naufraga la serie? Porque está muy bien escrita. Gillen demuestra conocer muy bien a estos personajes (no sólo a Loki, también a Volstagg, Odin, Hela, Mephisto, Tyr, Surtur) y logra que las roscas en las que se trenzan resulten novedosas, creíbles y coherentes con lo que cada uno hizo en el pasado. Hay excelentes diálogos y –como hacía Neil Gaiman en Sandman- el guionista recurre varias veces al truco de hacer que los personajes se narren entre ellos historias y anécdotas, en las que nos regala unos bloques de texto de gran vuelo literario. Falta un poquito más de emoción, quiero que se me frunza más el orto ante la inminencia de un final nefasto para Loki y sus aliados, cosa que hasta ahora no está siquiera insinuada. Pero vamos bien.
El dibujo también está a cargo de un inglés, en este caso Doug Braithwaite, a quien le pidieron expresamente que haga algo parecido a lo que hizo en Justice, su serie de la Liga de la Justicia, en la que se encargaba de los lápices para que luego viniera Alex Ross a pelar magia. Acá podemos disfrutar de los maravillosos dibujos de Braithwaite sin entintar, simplemente levantados en el photoshop y coloreados con onda y sofisticación por Ulises Arriola. El resultado es gráficamente muy atractivo, lleno de matices, de sutilezas... y de yeites para que Braithwaite no tenga que dibujar fondos. Como pasa cada vez que a un dibujante talentoso y de estética realista lo dejan publicar lápices sin entintar, en las mejores viñetas de este tomo flota el fantasma del maestro Gene Colan, al que –me parece- la habría encantado dibujar esta historieta.
Por ahora, Journey into Mystery promete. Ojalá en los tomos siguientes cumpla. Tengo la sensación de que sí, de que una vez libre de toda la movida de Fear Itself, la serie va a tomar un rumbo más claro, más propio. La idea de un Loki adolescente y menos poderoso está buena, la interacción con el resto del elenco está muy lograda, los diálogos y los bloques de texto están muy por encima de la media, y sólo falta que empiecen a pasar cosas más grossas, por supuesto sin derrapar hacia un comic 100% de machaca, ya que buena parte de la gracia de JiM reside en su tono no pochoclero. Sólo por eso (y por su sana intención de hacer comic de autor dentro del mainstream) merece ser bancada a muerte por los que militamos contra el “más de lo mismo”.
Kieron Gillen, un periodista inglés que escribía sobre música, videojuegos y comics, un día se vio mágicamente transformado en guionista de historietas. Le tocó nada menos que hacerse cargo de Thor cuando lo dejó J.M. Straczynski y le fue bastante bien. Un año después, como venía la peli de Thor, Marvel quería una nueva serie del Dios del Trueno y ahí fue Matt Fraction a lanzar un nuevo número 1. Y la serie que escribía Gillen, que continuaba la numeración clásica de Journey into Mystery, recuperó su viejo título y siguió adelante, ahora con Loki (que –no hace falta aclarar- se morfa la peli de Kenneth Branagh) como protagonista. Por supuesto, la idea podía fallar, y más cuando desde el primer arco argumental Gillen tiene que hacerse cargo de las cosas grossas que estaban sucediendo en simultáneo tanto en la revista de Thor como en ese crossover patético, terriblemente vendehumo, llamado Fear Itself.
De alguna manera, la serie protagonizada por este Loki de 13 ó 14 años no naufragó. Tiene dos problemas fundamentales: 1) hay que saber mucho de la historia de Thor, Asgard y todos los dioses nórdicos para entender lo que pasa. Esto está lleno de referencias a los comics ya mencionados, a la etapa de Walt Simonson, obviamente a lo que hicieron Gillen y Straczynski... Si caés en bolas, te van a marear muy rápido, sobre todo porque el guionista elige no explicar puntillosamente nada de lo que menciona a la hora de mostrar el background de estos personajes. 2) Todo el tiempo sentí que a los conflictos que me mostraba Gillen les faltaba espesor. A cada página se me hizo más claro que la epopeya grossa estaba en otro lado (en revistas que no pienso leer) y que lo que sucede en JiM es una especie de backstage, de runfla por detrás de la acción y la machaca, que no es intrascendente, pero tampoco te hipnotiza y te ceba como las grandes sagas superheroicas en las que todo el universo está en juego.
¿Y por qué no naufraga la serie? Porque está muy bien escrita. Gillen demuestra conocer muy bien a estos personajes (no sólo a Loki, también a Volstagg, Odin, Hela, Mephisto, Tyr, Surtur) y logra que las roscas en las que se trenzan resulten novedosas, creíbles y coherentes con lo que cada uno hizo en el pasado. Hay excelentes diálogos y –como hacía Neil Gaiman en Sandman- el guionista recurre varias veces al truco de hacer que los personajes se narren entre ellos historias y anécdotas, en las que nos regala unos bloques de texto de gran vuelo literario. Falta un poquito más de emoción, quiero que se me frunza más el orto ante la inminencia de un final nefasto para Loki y sus aliados, cosa que hasta ahora no está siquiera insinuada. Pero vamos bien.
El dibujo también está a cargo de un inglés, en este caso Doug Braithwaite, a quien le pidieron expresamente que haga algo parecido a lo que hizo en Justice, su serie de la Liga de la Justicia, en la que se encargaba de los lápices para que luego viniera Alex Ross a pelar magia. Acá podemos disfrutar de los maravillosos dibujos de Braithwaite sin entintar, simplemente levantados en el photoshop y coloreados con onda y sofisticación por Ulises Arriola. El resultado es gráficamente muy atractivo, lleno de matices, de sutilezas... y de yeites para que Braithwaite no tenga que dibujar fondos. Como pasa cada vez que a un dibujante talentoso y de estética realista lo dejan publicar lápices sin entintar, en las mejores viñetas de este tomo flota el fantasma del maestro Gene Colan, al que –me parece- la habría encantado dibujar esta historieta.
Por ahora, Journey into Mystery promete. Ojalá en los tomos siguientes cumpla. Tengo la sensación de que sí, de que una vez libre de toda la movida de Fear Itself, la serie va a tomar un rumbo más claro, más propio. La idea de un Loki adolescente y menos poderoso está buena, la interacción con el resto del elenco está muy lograda, los diálogos y los bloques de texto están muy por encima de la media, y sólo falta que empiecen a pasar cosas más grossas, por supuesto sin derrapar hacia un comic 100% de machaca, ya que buena parte de la gracia de JiM reside en su tono no pochoclero. Sólo por eso (y por su sana intención de hacer comic de autor dentro del mainstream) merece ser bancada a muerte por los que militamos contra el “más de lo mismo”.
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