Vamos con un poquito de comic británico, que hace bastante que no leía.
Foodboy es una extraña novela gráfica de Carol Swain, cuyas historias cortas vimos allá por el 27/06/10. ¿Por qué extraña? Porque a lo largo de 72 páginas, Foodboy no presenta nada parecido a un conflicto. No hay buenos, no hay malos, no hay un personaje que deba sortear obstáculos para llegar del punto A al punto B, no hay una trama romántica enrevesada, ni una situación de opresión socio-política, ni un inminente cataclismo natural, ni nada de lo que habitualmente anima las tramas de las historietas. Para esta obra, Swain ensaya una estructura narrativa novedosa, arriesgada, que se podría resumir más o menos así:
El protagonista es Gary, un muchacho ya grande (veintimuchos o treintaipocos) que va cada tanto a llevarle comida a su viejo amigo Ross. En el camino, Gary rememora anécdotas del pasado, distintos momentos que compartió con Ross y otros amigos en la juventud, cuando eran una pandilla de pibes alegres, kilomberos y un poquito zarpados. En las buenas y en las malas (y pareciera que fueron más las malas, porque las secuencias del pasado están ambientadas en los ´80, durante el infausto gobierno de Margaret Thatcher), Gary y Ross estuvieron juntos; y por eso es que ahora Gary se siente obligado a recorrer esta campiña de Gales, estos bosques rodeados de montañas, para llevarle comida a su viejo amigo.
¿Por qué Ross no puede conseguir él mismo su sustento? Eso que amaga con ser el principal misterio de la trama, Swain lo revela en la página 39 y a partir de ahí no hay más sorpresas. Hasta el final de Foodboy veremos a Gary acercarse varias veces más al lugar donde vive Ross, siempre con la bolsa con comida, y ya no habrá más revelaciones impactantes. Veremos a Gary intentando esconder o reparar ciertas “animaladas” cometidas por su amigo, y no mucho más. Nunca la adrenalina, nunca la aventura, nunca el peligro.
Esto le da a Swain mucho margen para explotar dos elementos que maneja muy bien: la creación y descripción (visual) de los climas y la introspección, la decisión de sumergirse a pleno en la psiquis de Gary, de mostrarnos –además de sus actos- sus recuerdos y sus sueños. El resultado es una historia que “avanza” a paso lento, que no pretende generar tensión sino más bien invitarnos a reflexionar acerca de la lealtad, de estos vínculos que se mantienen a pesar de todo, y por supuesto acerca de cómo y por qué pibes como Ross eligen vivir al margen de la sociedad, de un modo cuasi-salvaje.
Para acompañar el tono introspectivo, descriptivo y parsimonioso de la historia, Swain opta por una narrativa muy controlada, en la que se nota claramente cuando la autora busca descomprimir el relato e invitarnos a que nos colguemos con otras sensaciones. Foodboy tiene diálogos brillantes, pero Swain se mide mucho en este rubro y, cada vez que puede, elige narrar sin palabras. Fiel a su costumbre, sorprende con angulaciones extremas, muy originales y muy bien resueltas. Y también fiel a su costumbre, dibuja a los varones con caras muy parecidas, con lo cual terminamos por diferenciar a los distintos muchachos (de los distintos tiempos por los que transita el guión) por el corte de pelo. Las sombras, las tonalidades y las texturas están logradas con carbonilla, una técnica que Swain domina a la perfección y que le agrega sutileza y belleza a un dibujo muy sólido, en el que (como en los otros trabajos de Swain) se ven las influencias de Oscar Zárate y José Muñoz.
Foodboy es una lectura atípica, que te puede dejar un poco frío por esta decisión de Swain de no enfatizar el conflicto y de no bancar hasta el final el misterio acerca de Ross. Superado ese escollo, te vas a encontrar con una excelente narradora, que se sabe meter a fondo con sus personajes y con el entorno (geográfico y social) en el que estos se mueven. Sumale un dibujo ideal para evocar climas de nostalgia, de extrañeza, de abandono, y te queda una historieta rara pero de enorme belleza plástica, que –de algún modo difícil de explicar- me cautivó, me incluyó, me generó una gran empatía con Gary y me dejó –una vez más- ansioso por descubrir más obras de Carol Swain, referente fundamental del comic alternativo británico, constantemente elogiada y recomendada por el mismísimo Alan Moore.
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domingo, 15 de junio de 2014
domingo, 27 de junio de 2010
27/ 06: CROSSING THE EMPTY QUARTER

Algún día nos terminaremos de dar cuenta de la real importancia que tuvo y tiene Carol Swain en la escena del comic británico independiente. Swain es algo así como la Siouxsie & the Banshees del comic: una mina que desde el under, sin estridencias, sin pegar jamás un mega-hitazo (lo más parecido a un hit fue cuando ofició de colorista en Skin, la novela maldita de Peter Milligan y Brendan McCarthy), resultó capaz de imponer un estilo, bancarlo, hacerlo evolucionar y además ganarse la lealtad incondicional no sólo de la crítica, sino también de colegas de la talla de Alan Moore, Oscar Zárate y los mencionados Milligan y McCarthy.
Admirada a muerte por su generación y por la posterior (para que se ubiquen mejor, Swain hoy tiene 48 años), la historietas de esta autora poblaron durante años las páginas de las más variadas antologías de comic indie, para luego reaparecer recopiladas en comic-books llamados Way Out Strips (un título que pasó por varias editoriales a ambos lados del Atlántico), y finalmente en este voluminoso y lujoso tomo de Dark Horse, donde podemos repasar casi 40 historietas autoconclusivas realizadas por Swain entre 1988 y 2009. El libro nos ofrece la irresistible posibilidad de ser testigos de la evolución de la autora a lo largo de más de 20 años y la verdad es que Swain evoluciona, pero no mucho. Lo cual es lógico, porque arrancó en un nivel muy alto.
Hay una mejora, por supuesto, y se ve sobre todo en el dibujo. Con los años, Swain deja de jugarse a esas angulaciones extremas y muy forzadas, en las que a veces los personajes le quedaban en poses casi imposibles de dibujar. Y además logró definir un trazo propio, una textura personal y original que le imprime al lápiz, a la tinta y –en sus trabajos más recientes- también al color. Se parece un poquito a lo que hacía Oscar Zárate en los ´80, es cierto. Pero vos ves una viñeta de Carol Swain y al toque sabés que es de Carol Swain y que no puede ser de nadie más.
En los guiones, en cambio, el estilo Swain permanece inalterable. Si nunca leíste comics de Swain, hacé de cuenta que estás leyendo a una cruza entre Adrian Tomine y Neil Gaiman. Las historias son chiquitas, intimistas, arrancan y se acaban en los momentos menos esperados (como en Tomine), pero además muchas veces se filtra el realismo mágico que Gaiman introdujo con tan buen olfato en la historieta británica, a veces con cierta ironía, a veces coqueteando con el absurdo y a veces para darle a la historia un notable vuelo poético. Pero hay más: hay autobiografía, hay un comic 100% de denuncia (que explica cómo George W. Bush se afanó la elección que lo llevó a la presidencia en 2000) y hay alguna fumariola en la que el absurdo le gana al guión y termina siendo una… nada.
Los diálogos de Swain son precisos, a veces casi cortantes, otras veces hace la Gran Muñoz/ Sampayo y reproduce cachitos de diálogos entre personajes que aparecen en el fondo y que no tienen nada que ver con la trama, pero siempre se nota un oído agudo, atento a las distintas formas del habla con las que se expresan los viejos, los pibes de clase baja, los yankis, los intelectualitos… Swain presta MUCHA atención a los detalles, pero no hace gala, no se florea. Toma lo que le sirve y trata de construir algo sólido con lo indispensable. Su historieta es por momentos austera, despojada, pero no por eso menos elaborada. De hecho, su dibujo es un dibujo de alguien que se mata en cada viñeta, en cada fondo y cada sombreado, y su narrativa, ajustada y repleta de variantes, no deja recursos sin utilizar.
Poco editada en castellano, Carol Swain es una autora muy original, muy grossa, que sabe lo que hace y que construye en silencio (elemento importante en sus historietas) una obra que, si te gusta el comic alternativo, te va a llegar con mucha fuerza.
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Carol Swain,
Crossing the Empty Quarter
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