Mostrando entradas con la etiqueta Marcos Vergara. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Marcos Vergara. Mostrar todas las entradas
domingo, 22 de febrero de 2026
NOCHE DE DOMINGO
Vengo de una seguidilla de días bastante agitados, con cumpleaños en el medio y todo. Pero por fin logré parar un toque la pelota y sentarme a reseñar los últimos libros que leí.
Ya estoy casi en el final de East of West, y mi expectativa rumbo al desenlace bajó un toque con la lectura del Vol.9. Me da la sensación de que Jonathan Hickman y Nick Dragotta no lograron meterle más presión a esa olla que en el Vol.8 ya estaba calentita, a punto de estallar, y en este tomo la patean a la tribuna. El personaje grosso que parecía morir al final del tomo anterior resulta estar vivo, la jugada maestra de Xiaolian está buena pero se define en pocas páginas, y el guionista se centra mucho en el tema de Death, Babylon y los jinetes del Apocalipsis, que no es precisamente lo que más me llama la atención dentro de esta ambiciosa saga. Este es un tomo bastante violento, con balazos en la cabeza de varios personajes, gente muy pulenta atravesada por espadas aún más pulenta y combates muy zarpados. Y acá sí, muere definitivamente uno de los protagonistas, probablemente el que uno menos esperaba que muriera. Pero le falta algo. No sé bien qué es, no lo podría definir en pocas palabras. Lo que sé es que, a tan pocas páginas del final, esperaba más tensión, más intensidad en la escalada de los conflictos.
Por ahora, quedan abiertas unas cuatro o cinco puntas argumentales, que Hickman tendrá que resolver en los episodios finales, probablemente con un pase de magia que le dé un cierre a varias de estas puntas con una misma pincelada. Veremos con qué me encuentro en el tomo final. Obviamente, más allá de que este tomo no me haya resultado tan satisfactorio como el anterior, las tramas más potentes todavía están ahí, y al elenco todavia le sobran personajes carismáticos, capaces de patear el tablero y cambiar el resultado del partido en la última jugada. Los diálogos también siguen en un gran nivel, el dibujo de Dragotta no afloja (más allá de cierto abuso de los primeros planos) y el trabajo de Frank Martin en el color ya pasó de notable a consagratorio.
Así que, a pesar de todo, se puede confiar en que vamos a tener un Vol.10 a la altura de las circunstancias. Prometo entrarle pronto.
Y ya estoy ahí, a milímetros de terminar de reseñar todos los libros de historieta argentina que salieron en 2025 y me interesaron como para leerlos en físico (recordemos que acá no reseño el material que leo en digital). Sobre el final del año, Loco Rabia publicó Los Hermanos Dadá, de Federico Baert y Marcos Vergara, obra en la que -como suele suceder- se destaca muchísimo el dibujo de este talentoso autor oriundo de San Nicolás. Los hallazgos de Vergara en materia gráfica son muchísimos, desde el diseño de los personajes hasta la elección de la paleta de colores y las tipografías para los diálogos. Están buenas las onomatopeyas, los gestos en las caras, el ritmo que elige para contar las escenas de acción, los enfoques que elige para ponerle dinamismo a las secuencias donde solo vemos gente que habla... Vergara sabe hacer de todo y acá no se guarda nada. Hasta el detalle boludo de no dibujar los marcos de las viñetas impacta positivamente en la faz visual del libro.
El guion es el clásico guion de Baert, con un humor basado en las guarangadas y las atrocidades, con altísimos niveles de mala leche, vínculos retorcidos entre personajes detonados y diálogos al filo de lo publicable. Esta vez, a todo eso, se le suman muchas situaciones en las que cobra peso la machaca. Los Hermanos Dadá es una historieta repleta de situaciones violentas, que muchas veces no te ves venir porque se supone que es una comedia. Pero es una comedia con persecuciones, peleas, tiroteos, explosiones, asesinatos, turbas enardecidas que causan destrozos en las calles... Lo que empieza medio en joda crece como una bola de nieve en cada uno de los episodios y termina invariablemente en la sección Policiales de los diarios. Y como es una comedia, los protagonistas salen enteros de estas situaciones caóticas y violentas de un modo medio inexplicable, y no importa. No resulta frustrante ni tramposo que Baert rompa ciertos pactos de verosimilitud para que Yapa y Barrilete zafen una y otras vez de las hecatombes que ellos mismos generan.
Los diálogos, si bien son muy graciosos, vienen con el hexágono negro que advierte "EXCESO DE PUTEADAS". Baert les hace decir a los personajes bastantes más groserías que las que profiere el ser humano promedio. A mí me encanta, sin embargo, encontrarme en una obra de ficción con frases que uno (que es un grosero de mierda) dice todos los días en el mundo real, como por ejemplo -y voy a ser fino- "Chupame la chota" o "Me echo un garco y vamos". Si te molesta el uso y abuso de las mal llamadas "malas palabras", es muy probable que los diálogos de Los Hermanos Dadá te resulten inadmisibles.
Baert y Vergara nos cuentan aventuras alocadas de personajes inmorales, inescrupulosos, capaces de cualquier cosa. Y de ahí salen las sorpresas que le ponen impacto a los guiones. Uno supone que entre una chica, su hermano y su padre, las cosas se van a dar de cierta manera, y como esta familia es completamente disfuncional y extrema en miles de cosas, se dan de otra y se desatan todos estos kilombos de los que ya hablé más arriba. Las tropelías de Yapa y Barrilete involucran también a un vasto elenco de personajes secundarios (todos dibujados como los dioses por Vergara), como para que no nos acostumbremos a la extraña dinámica que se crea entre los protagonistas. Solo por los dibujos, esto ya vale muchísimo la pena; y si te divierten las aventuras tipo South Park, grotescas, zarpadas, idas a la mierda en materia de mala leche y guarangadas, seguro vas a disfrutar también de los guiones.
Nada más, por hoy. Gracias por el aguante, no se pierdan el miércoles la nueva emisión de Agenda Abierta en el canal de YouTube de Comiqueando, y nos reencontramos pronto acá en el blog.
Etiquetas:
East of West,
Federico Baert,
Jonathan Hickman,
Marcos Vergara,
Nick Dragotta
viernes, 16 de mayo de 2025
VIERNES ASQUEROSO
Con un clima húmedo, pegajoso, y una ciudad aplastada por la tormenta de anoche, el viernes se pone interesante recién después de las 18 hs, con actividades como una peli en la Biblioteca Nacional, un show de una banda acá a la vuelta de mi casa y una trasnoche ochentosa en un antro del Centro. Pero mientras, tengo muchísimo laburo pendiente vinculado a la Comiqueando Digital, y un ratito (más breve del que yo quisiera) para reseñar los últimos comics que leí.
Por fin terminé, con un delay que me avergüenza, la etapa de Jonathan Hickman en Fantastic Four. El epílogo es este Vol.4 de FF, que data de 2012 y compila los nºs 17 al 23 (vimos el Vol.3 el 08/05/23). En esta segunda serie, Hickman desplazaba el foco de la epopeya central para mostrarnos el Lado B de la acción, casi siempre con mayor protagonismo para los pibitos: Franklin, Valeria y el resto de los alumnos de la Future Foundation. Pero el primer episodio del TPB, por ejemplo, no tiene a los nenes Richards y sus amigos, sino que es una comedia costumbrista totalmente desopilante, protagonizada por Johnny Storm y Peter Parker. A lo largo de todo el tomo, Hickman va a demostrar que también es crack a la hora de escribir comedia, y este unitario en particular no tiene nada que envidiarle a los mejores momentos de la Justice League de Giffen y DeMatteis. En el segundo unitario, Johnny comparte el protagonismo con los pibitos, y también tenemos una "no-aventura" muy atrapante. El tercero es un episodio 100% autoconclusivo y centrado en los alumnos de la FF, esta vez ambientado en Wakanda y con la incorporación de una nueva compañera a la clase.
Y después sí, a partir del nº20 se vienen cuatro entregas mucho más articuladas con lo que pasaba en Fantastic Four, esa hiper-saga a todo o nada con la Supreme Intelligence, los Inhumans, el Franklin y la Valeria adultos que vienen del futuro, el Wizard y mucho más. Acá el guionista aprovecha el espacio extra para ahondar en los personajes y sus vínculos, a veces para enfatizar el dramatismo de lo que está contando, y a veces para descomprimir un poco, para recordarnos que -a pesar del tono épico y grandilocuente del relato- estos tipos y minas son seres humanos, que se equivocan, se enojan, se ríen, se enamoran... Hay muchas escenas memorables en estos números, muchos diálogos logradísimos que nos ayudan a entender mejor a personajes complejos como Black Bolt, Crystal, el Wizard, su hijo/clon Bentley, e incluso al propio Franklin, a quien -me atrevo a afirmar- nadie escribió mejor que Jonathan Hickman.
En la faz gráfica, Nick Dragotta cumple y dignifica con una estética que abreva en Jack Kirby y Steve Ditko, pero los moderniza al aprovechar la gran ventaja de trabajar con un guionista que a) pide pocas viñetas por páginas y b) mete poco texto en cada viñeta. En uno de los episodios lo reemplaza un poco destacado André Araujo y en otro la rompe toda un lujoso Gabriel Hernández Walta. Gran cierre para FF y para el inolvidable paso de Hickman por la vida de Reed, Sue, Ben, Johnny y los suyos.
Prometo volver pronto con más historieta brazuca, pero hoy tengo un comic uruguayo, publicado en 2024. El dibujante es argentino pero es una historieta que primero se serializó en una revista uruguaya y después se recopiló en una editorial uruguaya, escrita por un mexicano/uruguayo. Sí, Rodolfo Santullo se vuelve a reunir con Marcos Vergara y el resultado es Primera Edición (un misterio montevideano). Una vez más, la dupla se florea a la hora de retratar situaciones cotidianas, y por suerte el guion es rico en momentos en los que la comedia costumbrista le roba el protagonismo a la aventura. El misterio, que se nutre de elementos reales y mitos que circulan hace décadas por la capital del país hermano, está bien llevado y tiene el suficiente atractivo como para justificar el hecho de que gente común y corriente, sin pasta de héroes, ni de detectives, se vean subyugados por él y quieran resolverlo. Pero a mí lo que más me gustó es la interacción entre los personajes, esos diálogos irónicos que suenan 100% creíbles al oído rioplatense y nos hacen sentir que esto que le pasa a Leopoldo y sus amigos nos podría pasar también a nosotros.
No quiero ahondar mucho en la trama para no spoilear (el libro salió en Septiembre, hace relativamente poco), así que es momento de hablar (una vez más) del dibujo de Vergara. Me queda claro que Marcos sintió a esta aventura tan real y tan cercana como yo, o incluso más, porque le puso al protagonista sus propios rasgos, y a su esposa Silvina los de su esposa, Silvana. Además de dibujante, Marcos es bibliotecario como Leopoldo, así que seguro se sintió muy identificado con el personaje. El trabajo del oriundo de San Nicolás es sumamente expresivo, con un trazo muy fluido, un tratamiento sutil y precioso del color, pocas pero buenas escenas de acción, y la extraña pero acertada decisión de dibujar los ojos de los personajes sin pupilas, como hacía Harold Gray en Little Orphan Annie.
El libro tiene 88 páginas de las cuales solo 64 son de historieta, lo cual para mi gusto es un disparate. Nos están cobrando por 24 páginas de las cuales dos son un texto bastante interesante de Santullo y el resto no nos aporta absolutamente nada. Ojalá que Loco Rabia, o alguna editorial argentina, incorpore Primera Edición a su catálogo para que circule en nuestro mercado, y le haga una poda a todas esas carátulas y páginas en blanco que solo ocupan lugar y encarecen al producto.
Nada más, por hoy. Vuelvo a la Comiqueando Digital, a ver si legamos a lanzarla a fines de Junio. Gracias y buen finde para tod@s.
Etiquetas:
Fantastic Four,
Jonathan Hickman,
Marcos Vergara,
Nick Dragotta,
Rodolfo Santullo
martes, 14 de enero de 2025
MARTES A TODO COLOR
Hoy tengo para reseñar dos libros cortitos, así que probablemente las reseñas también sean breves.
El Vol.3 de Seven to Eternity no presenta muchas novedades respecto de lo que vimos en los tomos anteriores de esta ambiciosa saga de Rick Remender y Jerome Opeña. Lo más notable es que cobra espesor el dilema moral, los límites que Adam Osidis no pensaba cruzar y ahora -de hecho- cruza. Esa línea divisoria tan clara, que decía que Adam era el héroe y Garils el villano, se empieza a desvanecer a medida que ambos sobreviven juntos a ordalías y peripecias imposibles, en las que deben ayudarse el uno al otro, y sobre todo confiar ciegamente en quien hasta hace 10 minutos era el enemigo a aniquilar. Esto está muy bien llevado y le agrega al relato el interés que le restan todas esas batallas al pedo y esas supuestas situaciones límite de las que sabés que Adam va a zafar, de alguna manera.
Lo otro que jerarquiza a esta tercera entrega de manera notoria es que Opeña dibuja los cuatro episodios que recopila el TPB. La verdad que leer 100 páginas seguidas dibujadas por este monstruo es un privilegio. Opeña deja la vida en el diseño de personajes, criaturas y escenarios, en las escenas donde los personajes conversan y en las que estalla la acción y se va todo al carajo. Tiene el yeite de resolver con siluetas negras las viñetas donde un personaje atraviesa a otro con una espada, lanza o lo que sea, para no dibujar gore... y está bien... El atractivo de Seven to Eternity no pasa por ahí. La violencia está, y es muy gráfica, pero por ahí no hacen falta las tripas y los chinchulines.
Y creo que nada más para subrayar. Me queda pendiente de lectura el Vol.4, y me faltaría conseguir los tres últimos TPBs para completar la serie. Ya llegaremos.
Me vengo a Argentina, año 2024, cuando Loco Rabia publica Antídoto, una obra de Alejandro Farías y Marcos Vergara, que se realizó a un ritmo muy lento, entre 2016 y 2021. Es paradójico, tragicómico o simplemente absurdo que ellos hayan tardado cinco años en terminar estas 130 páginas y yo las haya leído en menos de 20 minutos. Pero bueno, son páginas chiquitas, ninguna tiene más de cinco viñetas, y Farías es un guionista que sabe "callarse la boca" y narrar con poco texto. La trama, además, es ideal para ser contada a un ritmo ágil, vertiginoso, sin colgarse en reflexiones profundas ni en complejas explicaciones de lo que está sucediendo.
Antídoto es, básicamente, una aventura fuera de control. Un kilombo de acción y carcajadas, sumamente disfrutable y -lo mejor- sumamente impredecible. Acá también están desdibujadas las fronteras entre buenos y malos: en el fragor del despelote cualquiera puede terminar aliado con cualquiera. Hay un solo personaje que es inequívocamente malo, y es el que mejor parado queda al final. La vorágine de los combates, mezclada con las alucinaciones que producen los hongos psicotrópicos que consumen Apo y Nejo, hacen que los planes de los distintos jugadores vuelen por el aire, y finalmente a nadie le salen las cosas tal como las había pensado. El más perjudicado, pobre, es Toga, quizás el personaje más altruista y más noble, aunque no necesariamente el más querible.
El dibujo de Vergara se sube sin ningún problema al torbellino de acción que propone el guion de Farías, y nos ofrece personajes muy expresivos, de gran plasticidad, capaces de movimientos rápidos, extremos. Al igual que Seven to Eternity, todo esto sucede en un mundo imaginario, en el que Marcos tiene la posibilidad de inventar TODO: la arquitectura, la fauna, los autos, las armas... no solo los personajes, que ya de por sí son un deleite. El dibujo es conciso, dinámico, generoso en texturas pero a su vez muy apto para ser coloreado. Y la paleta que usa Marcos es estridente como la aventura, con colores fuertes que prácticamente definen a los personajes.
Me divertí muchísimo esos 20 minutos que me duró Antídoto, y obviamente quisiera leer nuevas tropelías de estos personajes ambientadas en este mundo loco y atrapante que inventaron Farías y Vergara. Si te gustan las aventuras al palo, con mucho humor y un ritmo frenético, con buenos diálogos, peleas electrizantes y personajes entrañables (y un poquito despreciables, también), tirate de cabeza, que la vas a pasar bárbaro.
Nada más, por hoy. Como siempre, ni bien tenga más libros leídos se vendrán las correspondientes reseñas. Y si querés leer mucho más, te esperamos con un numerazo de la Comiqueando Digital en https://comiqueandoshop.blogspot.com/. Gracias y hasta pronto!
Etiquetas:
Alejandro Farías,
Jerome Opeña,
Marcos Vergara,
Rick Remender,
Seven to Eternity
viernes, 14 de octubre de 2022
TRES LIBRITOS APAISADOS
Qué loco cómo en Argentina se siguen editando libros en el formato apaisado que popularizaron en décadas pretéritas publicaciones como Mafalda, Patoruzú o las de la editorial Frontera. Algo que en el resto del planeta es rarísimo, acá está totalmente naturalizado. Pero lo que importan son los contenidos, más que los formatos, así que vamos a leer tres libritos de más o menos reciente aparición.
Sobre fines de 2021 salió el Vol.1 de Ultra Zombies, Humor Descerebrado, una creación de Pablo Henríquez, con dibujos de J.J. Rovella. El librito empieza con la presentación de ocho personajes y de un conflicto que los va a englobar a ellos y a sus enemigos, y te genera la ilusión de que vas a leer una gran aventura, una batalla épica entre los Ultra Zombies y este grupito bizarro donde hay un zombie-Drácula, un zombi-Frankenstein, un zombie-momia y demás variantes. Yo dije "bueno, una versión más violenta de Escuela de Monstruos... puede andar". Pero no. Cada página de Ultra Zombies es un chiste autoconclusivo que se remata en no más de seis viñetas, y ni siquiera son chistes graciosos. Alguno capaz te saca una sonrisa, pero en general son chistes viejos, que hasta los chicos a los que apunta esta historieta seguro ya leyeron alguna vez en otro lado. El conflicto global, que en principio daba para algo interesante, está bastante desaprovechado: todo queda en una gran excusa para meter chistes de monstruos y zombies sin arriesgar nunca en lo más mínimo. Esto es totalmente prescindible y no lo salva ni la buena tarea de Rovella al frente del dibujo y el color.
También a fines de 2021 se editó Salchiaventuras, un nuevo recopilatorio de historietas de ¡Corré, Wachín!, de las que Nahuel Sagárnaga suele producir para subir a las redes sociales. Este librito incluye cinco aventuras que el carismático perrito salchicha co-protagoniza junto a varios perros más. Rodear a Wachín de una pandilla de amigos es una buena idea, pero a veces (como en la última historia del libro) Sagárnaga la lleva a un extremo en el que no se sostiene.
Creo que las historias que más me gustaron fueron las dos primeras, que son las que mejor combinan humor con una aventura más o menos verosímil, siempre con la limitación de que es un material apuntado a un público muy amplio, que incluye a niñ@s y a gente que habitualmente no lee comics. A todas las historias les veo el mismo problema: están narradas a un ritmo muy brutal, como si fueran comics de superhéroes. Las transiciones entre viñetas, los ángulos que elige Nahuel, dónde mete los primeros planos, dónde mete las líneas cinéticas, cómo organiza las secuencias de acción... Hay un contraste muy fuerte entre el formato de dos tiras por página y ese timing desenfrenado, que todo el tiempo busca maximizar el impacto de lo que pasa... cuando lo que pasa es que un perrito huele un sorete, o sale corriendo porque se asustó de algo. Incluso en los diálogos entre los humanos, Sagárnaga exagera el énfasis y la tensión con recursos que seguramente aprendió de Akira Toriyama, pero que van mejor en otro tipo de narraciones. Me parece que las historias de Wachín deberían estar menos jugadas a la acción, sin buscar la epopeya en lo cotidiano, sobre todo para no deformarlo más allá de cualquier umbral de verosimilitud. Que los perros hablen entre ellos uno ya lo tiene normalizado. Pero cuando empiezan a actuar como humanos con cabeza de perro, a agarrar objetos con las manitos como si tuvieran pulgares reversibles y cosas así... no te digo que esté mal, pero se pierde sentido el contexto de la tira, en el que estos bichos son mascotas de los seres humanos, que necesitan que les den de comer, que los lleven a pasear, etc. Obviamente los más chicos no van a hacer estas salvedades y seguro disfrutarán a full de las aventuras de Wachín y del dibujo de Nahuel, que es MUY bueno.
Y ahora sí, tengo para comentar un comic argentino publicado en 2022. Tardé una bestialidad, pero acá estamos. Y lo mejor de todo es que es un comic MUY bueno. Gala y Gibbs, de Matías Di Stéfano y Marcos Vergara, plantea una aventura apta para todo público con un montón de elementos tribuneros (naves espaciales, dinosaurios, samurais alienígenas, simios que la van de Flash Gordon, acción, romance, etc.), narrada con talento. El trabajo de Vergara es excelente: tanto el dibujo como el color y el armado de las secuencias son impecables. Por ahí alguna escena se podría haber visto beneficiada con una puesta en página más jugada, o más impactante, pero incluso dentro de los confines de las dos tiras por página, la acción se disfruta muchísimo.
Como es su costumbre, Di Stéfano se luce muchísimo en los diálogos, que son su especialidad. Acá hay bastante margen para la comedia, pero nunca se pierde el foco dramático: todo el tiempo pasan cosas grossas que sacuden a los personajes y a su mundo. Por ahí el primer acto es muy largo, en comparación con el segundo y sobre todo con el tercero, que es notoriamente breve. Pero me doy cuenta de que para los más chicos podría ser medio un embole si se estiraba mucho la parte que a mí más me gustó, que es la de los protagonistas en el planeta selvático.
Recomiendo mucho Gala y Gibbs, porque es una historieta bastante original, bien escrita, entretenida, sin mayores pretensiones, con unos dibujos muy expresivos, muy potentes, color precioso, una tipografía lindísima para los globos y un ritmo pensado para enganchar a grandes y chicos por igual.
Y nada más por hoy. Nos vemos este finde en Dibujadxs y nos reencontramos la semana que viene con nuevas reseñas, acá en el blog.
Etiquetas:
Argentina,
J.J. Rovella,
Marcos Vergara,
Matias Di Stefano,
Nahuel Sagárnaga
viernes, 21 de diciembre de 2018
VIERNES DE DEPORTES
Casualmente los dos libros
que leí en estos días tienen que ver con deportes de pelota. Vamos a ver en qué
puesto de la tabla quedamos.
Arranco en Japón, con el
Vol.1 de Ping-Pong, un manga creado entre 1996 y 1997 por el sensei Taiyo Matsumoto.
El ping-pong es, lejos, mi deporte favorito y el único que practico aún hoy, a
mi avanzada edad. O sea que entré en una temática que me emociona muchísimo,
más allá de las tramas y los personajes.
Matsumoto plantea un
shonen clásico, con desafios para los jóvenes protagonistas que se irán
poniendo cada vez más bravos con el correr de las páginas, hasta que
eventualmente llegue (o no) la esperada consagración deportiva de Smile o de
Peko, su amigo de la infancia. Sobre este andamiaje que a priori deja poco
margen para la sorpresa, el autor de Tekkon Kinkreet empieza desde temprano a
tirar magia con su habitual talento para la construcción de climas y sobre todo
para el desarrollo de personajes. En poco más de 200 páginas, uno siente que
conoce de toda la vida a los dos protagonistas y al personaje más complejo e
interesante que apareció hasta ahora, el veterano entrenador Koizumi.
Pero lo mejor que tiene el
manga es el dibujo. Acá lo tenemos a Matsumoto en un nivel infernal,
concentrado sobre todo en transmitir desde la puesta en página el vértigo y la
adrenalina de unos partidos de ping-pong demoledores, entre jugadores que la
tienen clarísima. Con sólo ver cómo agarran la paleta los personajes de
Matsumoto, uno asume que le rompen el orto, aunque ellos sean de papel y uno de
carne y hueso. La elección de los ángulos, las onomatopeyas, los cortes de
cámara para mostrar las reacciones
de los espectadores… Matsumoto pone todos los recursos habidos y por
haber para que esos duelos (que por ahora son entrenamientos) resulten tan
vibrantes y emotivos como las más grandes gestas del tenis de mesa.
Tengo los tomitos que
siguen (no sé si todos), y no me voy a poder aguantar las ganas de entrarles,
así que seguramente el próximo manga que lea será el Vol.2 de Ping-Pong. Gracias ECC España por publicar esta
gema.
Salto a Uruguay, donde
este año se publicó El Camino del Maestro, una novela gráfica a cargo de la
dupla integrada por Rodolfo Santullo y Marcos Vergara. A lo largo de 68
páginas, el guionista uruguayo nacido en México y el dibujante y bibliotecario
de San Nicolás repasan toda la historia del Maestro Tabárez al frente de la
selección de Uruguay. Es un relato atípico, que combina el rigor de un
documental con escenas en las que cuatro personajes de ficción muestran desde
el lado del espectador, del uruguayo de a pie, cómo se vivió en el país vecino
todo este largo proceso conducido por el ya legendario DT.
Santullo toma de la
realidad varias declaraciones de Tabárez y por supuesto el desarrollo y los resultados
de los partidos. Esto hace que la trama avance siempre por carriles que el
lector ya conoce de antemano: cualquiera mínimamente interesado en el futbol
sabe en qué torneos Uruguay salió campeón, en cuáles llegó a semifinales, a a
cuartos, a octavos, etc.. Y ese es el lastre narrativo que impide que El Camino
del Maestro levante más vuelo. Las situaciones de comedia entre los personajes
de ficción, si bien están ejecutadas con ingenio y solidez, no alcanzan para
darle a la novela la emoción que pierde al contarnos una historia que ya
conocemos.
Me interesó mucho el
principio, la posibilidad de descubrir los inicios, el secret origin, de la Era
Tabárez en la Celeste, y me divertí con la interacción entre Héctor, Morán,
Laucha y el Colo (cuatro hinchas arquetípicos, apasionados al punto de amar u
odiar a jugadores y técnicos según los resultados de los partidos). Pero me doy
cuenta de que incluso el momento de mayor tensión dramática (el alargue contra
Ghana en Sudáfrica) impacta mucho menos de lo que impactó ver por la tele aquel
partido tan inverosímil como inolvidable.
El dibujo y el color de
Vergara son excelentes, y a priori mucho más idóneos para plasmar la comedia
costumbrista que las epopeyas deportivas. Acá la impronta visual del nicoleño no
desentona en ningún momento, y hasta sintoniza bastante bien las resemblanzas
con las caras de las personas reales que forman parte del relato. Lo más
bizarro es que, en esta época en la que todos los historietistas se esfuerzan
por incorporar a sus obras uno o varios personajes femeninos fuertes, Santullo
y Vergara salen a la cancha con casi 70 páginas en las que prácticamente no hay
mujeres.
Recomiendo El Camino del
Maestro a los fans de Santullo y Vergara que quieren tener TODO el material de
la dupla, a los interesados en leer historietas de temática futbolera, y por
supuesto a los hinchas acérrimos de la Celeste, que seguro van a vibrar
reviviendo partidos y goles (y patadas y mordiscones) que quedaron en la
historia grande del balompié.
Y hasta acá llegamos. Ya
superamos ampliamente la meta de las 120 entradas que me habia propuesto para
este año, pero igual prometo volver por más. Será hasta pronto.
Etiquetas:
Marcos Vergara,
Óscar W. Tabárez,
Ping-Pong,
Rodolfo Santullo,
Taiyo Matsumoto
miércoles, 4 de julio de 2018
OTRA NOCHE FUCKIN´FREEZIN´
¡Qué lo parió, qué fresquete! Y bue, es invierno. Si no hace frío ahora, ¿cuándo carajo va a hacer? Y sí, ya sé que ayer hubo posteo, pero fue la reseña de una película. Acá estoy de vuelta, esta vez con reseñas de un par de libros que me bajé en estos días.
Arranco en EEUU en 2007, cuando el sello Desperado recopila en TPB la miniserie Common Foe, originalmente aparecida en Image. Es un TPB medio ladri, con 20 páginas de pin-ups y carátulas al pedo, que bien podrían no estar.
Lo mejor que tiene Common Foe es el planteo argumental: Keith Giffen y Shannon Eric Denton (guionista grosso en el campo de la animación) tiran una idea que no sólo no puede fallar, sino que no se explica cómo no se le ocurrió antes a nadie y cómo nadie se las compró para convertir este comic en un largometraje. Diciembre de 1944, plena Segunda Guerra Mundial, un invierno áspero en un pueblito de Francia ya deshabitado, pero que –por cuestiones estratégicas- todavía se disputan un escuadrón de soldados yankis y un pelotón de infantería alemán. Tiros van, granadas vienen, hasta que de un antiguo aljibe salen unos monstruos antropófagos que se empiezan a manducar a los soldados como si fueran bizcochitos Don Satur. ¿Qué hacen los sobrevivientes de ambos bandos? Una tregua, para combatir al enemigo común.
O sea que, con un sólo pase de magia, Giffen y Denton te combinan el género bélico con el género de terror y enriquecen la trama con los conflictos que aparecen cuando estas dos facciones, que hasta ayer se mataban encarnizadamente entre sí, se ven obligadas a trabajar mancomunadamente. Para que nazis y yankis se decidan a hacer un team-up la amenaza tiene que ser realmente escalofriante: Giffen y Denton no se guardan nada a la hora de mostrar la voracidad y la crueldad de estos bichos, en escenas donde el gore tiene un protagonismo infrecuente en el comic yanki. Los diálogos son muy reales, los cuatro o cinco personajes que llegan vivos hasta el final están muy bien trabajados y la verdad es que el desarrollo me puso bastante nervioso. El final, más o menos. Me lo imaginaba más épico, y me resultó un poquito anticlimático. Pero el ancho de espadas es la premisa, poderosa y asombrosa por donde se la mire.
El dibujo arranca a cargo del francés Jean-Jacques Dzialowski, a quien se le nota poco la identidad francesa: dibuja y narra en un estilo típicamente norteamericano, sabe apostar fuerte al impacto visual, maneja bien los primeros planos y planos detalle y se da cuenta de cuándo bajar un cambio en los fondos para no saturar las viñetas con información y que, de paso, se luzca un poco el colorista. A la mitad del tomo, Dzialowski se suma a los caídos en combate y toma la posta un argentino, el notable Federico Dallocchio, en uno de sus primeros trabajos para EEUU en los que apareció su firma (tenía un montón previos, pero siempre asistiendo a Leo Manco). A Dallocchio le tocan menos escenas de acción, pero igual se pone al hombro el relato y lo saca adelante con fuerza, sobriedad y mucha atención por los detalles. La verdad que, sin tirar magia ni inventar nada nuevo, los dos dibujantes respaldan muy bien (cada uno en su estilo) el trabajo de Giffen y Denton. Que obviamente recomiendo, porque vale la pena descubrirlo.
Me vengo al Río de la Plata, para leer una obra realizada y hasta editada en equipo por el uruguayo Rodolfo Santullo y el argentino Marcos Vergara, una dupla que ya nos ha regalado unas cuantas gemas. Debajo de esa tapa tristísima, más insulsa y pecho frío que la selección de Sampaoli, Animales ofrece ocho historietas de ocho páginas donde conocemos a los habitantes de un complejo de departamentos de Montevideo y a sus mascotas. Y ya está, eso es todo.
Santullo incursiona en el slice of life, en tono de comedia costumbrista con mucho de autobiografía (Roberto en realidad es Rodolfo; su esposa María en realidad es Victoria, la esposa de Rodolfo en la vida real; Felipe es Bruno, el hijo del guionista, y así). Hasta aparece ese tipo bizarro con la pelada pintada al que solemos ver con asombro en cada edición de Montevideo Comics. ¿Y qué onda, cómo se mueve en este terreno un guionista especializado en thrillers, en obras de géneros bien de ficción, bien de aventura? Bastante bien. Los disparadores de las historias son –básicamente- boludeces de la vida cotidiana, pero Santullo les saca el jugo necesario como para sostener estos breves relatos a lo largo de ocho páginas. Algunos personajes le interesan como para indagar un poco más a fondo (Iris), otros menos (Andrés), pero en el contexto de la comedia suburbana, tranqui, distendida, todos le aportan su cuota de realismo, de verosimilitud, a estos micro-conflictos.
Lo que ya no es verosímil es el nivel al que está dibujando y coloreando Marcos Vergara. En estas páginas, el historietista oriundo de San Nicolás se vuelve a superar a sí mismo como si todos los límites estuvieran ahí para ser traspasados. No hay ningún aspecto de la faz gráfica que no me haya entusiasmado, pero lo que más quiero subrayar es la expresividad de los personajes, lo bien que actúan. Visualmente, esto está muy por encima de lo que se espera de un autor que (misteriosamente) todavía no está consagrado a nivel global, facturando fortunas con trabajos para las editoriales más grossas de los mercados más grandes. Pero no me quejo, eh? Ojalá los rioplatenses podamos seguir disfrutando con asiduidad del derroche de talento que nos regala Vergara cada vez que se sienta a dibujar una historieta.
Y ojalá que en Santiago del Estero haga menos frío que en Buenos Aires, porque para allá voy este finde. El sábado 7 estoy en Invencible, un evento comiquero que la va a romper. Quizás posteo antes de viajar y si no, nos reencontramos el lunes o el martes, con nuevas reseñas, acá en el blog.
Arranco en EEUU en 2007, cuando el sello Desperado recopila en TPB la miniserie Common Foe, originalmente aparecida en Image. Es un TPB medio ladri, con 20 páginas de pin-ups y carátulas al pedo, que bien podrían no estar.
Lo mejor que tiene Common Foe es el planteo argumental: Keith Giffen y Shannon Eric Denton (guionista grosso en el campo de la animación) tiran una idea que no sólo no puede fallar, sino que no se explica cómo no se le ocurrió antes a nadie y cómo nadie se las compró para convertir este comic en un largometraje. Diciembre de 1944, plena Segunda Guerra Mundial, un invierno áspero en un pueblito de Francia ya deshabitado, pero que –por cuestiones estratégicas- todavía se disputan un escuadrón de soldados yankis y un pelotón de infantería alemán. Tiros van, granadas vienen, hasta que de un antiguo aljibe salen unos monstruos antropófagos que se empiezan a manducar a los soldados como si fueran bizcochitos Don Satur. ¿Qué hacen los sobrevivientes de ambos bandos? Una tregua, para combatir al enemigo común.
O sea que, con un sólo pase de magia, Giffen y Denton te combinan el género bélico con el género de terror y enriquecen la trama con los conflictos que aparecen cuando estas dos facciones, que hasta ayer se mataban encarnizadamente entre sí, se ven obligadas a trabajar mancomunadamente. Para que nazis y yankis se decidan a hacer un team-up la amenaza tiene que ser realmente escalofriante: Giffen y Denton no se guardan nada a la hora de mostrar la voracidad y la crueldad de estos bichos, en escenas donde el gore tiene un protagonismo infrecuente en el comic yanki. Los diálogos son muy reales, los cuatro o cinco personajes que llegan vivos hasta el final están muy bien trabajados y la verdad es que el desarrollo me puso bastante nervioso. El final, más o menos. Me lo imaginaba más épico, y me resultó un poquito anticlimático. Pero el ancho de espadas es la premisa, poderosa y asombrosa por donde se la mire.
El dibujo arranca a cargo del francés Jean-Jacques Dzialowski, a quien se le nota poco la identidad francesa: dibuja y narra en un estilo típicamente norteamericano, sabe apostar fuerte al impacto visual, maneja bien los primeros planos y planos detalle y se da cuenta de cuándo bajar un cambio en los fondos para no saturar las viñetas con información y que, de paso, se luzca un poco el colorista. A la mitad del tomo, Dzialowski se suma a los caídos en combate y toma la posta un argentino, el notable Federico Dallocchio, en uno de sus primeros trabajos para EEUU en los que apareció su firma (tenía un montón previos, pero siempre asistiendo a Leo Manco). A Dallocchio le tocan menos escenas de acción, pero igual se pone al hombro el relato y lo saca adelante con fuerza, sobriedad y mucha atención por los detalles. La verdad que, sin tirar magia ni inventar nada nuevo, los dos dibujantes respaldan muy bien (cada uno en su estilo) el trabajo de Giffen y Denton. Que obviamente recomiendo, porque vale la pena descubrirlo.
Me vengo al Río de la Plata, para leer una obra realizada y hasta editada en equipo por el uruguayo Rodolfo Santullo y el argentino Marcos Vergara, una dupla que ya nos ha regalado unas cuantas gemas. Debajo de esa tapa tristísima, más insulsa y pecho frío que la selección de Sampaoli, Animales ofrece ocho historietas de ocho páginas donde conocemos a los habitantes de un complejo de departamentos de Montevideo y a sus mascotas. Y ya está, eso es todo.
Santullo incursiona en el slice of life, en tono de comedia costumbrista con mucho de autobiografía (Roberto en realidad es Rodolfo; su esposa María en realidad es Victoria, la esposa de Rodolfo en la vida real; Felipe es Bruno, el hijo del guionista, y así). Hasta aparece ese tipo bizarro con la pelada pintada al que solemos ver con asombro en cada edición de Montevideo Comics. ¿Y qué onda, cómo se mueve en este terreno un guionista especializado en thrillers, en obras de géneros bien de ficción, bien de aventura? Bastante bien. Los disparadores de las historias son –básicamente- boludeces de la vida cotidiana, pero Santullo les saca el jugo necesario como para sostener estos breves relatos a lo largo de ocho páginas. Algunos personajes le interesan como para indagar un poco más a fondo (Iris), otros menos (Andrés), pero en el contexto de la comedia suburbana, tranqui, distendida, todos le aportan su cuota de realismo, de verosimilitud, a estos micro-conflictos.
Lo que ya no es verosímil es el nivel al que está dibujando y coloreando Marcos Vergara. En estas páginas, el historietista oriundo de San Nicolás se vuelve a superar a sí mismo como si todos los límites estuvieran ahí para ser traspasados. No hay ningún aspecto de la faz gráfica que no me haya entusiasmado, pero lo que más quiero subrayar es la expresividad de los personajes, lo bien que actúan. Visualmente, esto está muy por encima de lo que se espera de un autor que (misteriosamente) todavía no está consagrado a nivel global, facturando fortunas con trabajos para las editoriales más grossas de los mercados más grandes. Pero no me quejo, eh? Ojalá los rioplatenses podamos seguir disfrutando con asiduidad del derroche de talento que nos regala Vergara cada vez que se sienta a dibujar una historieta.
Y ojalá que en Santiago del Estero haga menos frío que en Buenos Aires, porque para allá voy este finde. El sábado 7 estoy en Invencible, un evento comiquero que la va a romper. Quizás posteo antes de viajar y si no, nos reencontramos el lunes o el martes, con nuevas reseñas, acá en el blog.
Etiquetas:
Keith Giffen,
Marcos Vergara,
Rodolfo Santullo,
Shannon Eric Denton
miércoles, 13 de junio de 2018
NOCHE GELIDA
Estoy recontra a favor de la despenalización del aborto, aunque no tanto como para alejarme a más de 20 centímetros de una estufa y salir a la calle a cagarme de frío. Ya clavé posts ayer y anteayer, pero mañana seguro no voy a poder, el viernes ni en pedo y el sábado lo veo complicado, así que vamos con un par de reseñas hoy, que tengo tiempo y lecturas para comentar.
Arrancamos con El Barrio de la Luz, el segundo manga que produjo en su vida el maestro Inio Asano, lo cual lo hace el más antiguo de los que leí, por lo menos hasta ahora. Y no, no te pongo a El Barrio de la Luz al nivel de Solanin, pero la verdad que para ser un trabajo de un pibe que tenía menos de 25 años, es espectacular. El dibujo es particularmente asombroso, con muy poco para envidiarle a los mejores trabajos de Asano que –lógicamente- son los que vendrían después.
Lo más lindo del estilo de Asano es la forma en que integra la referencia fotográfica a sus dibujos. Eso, sumado al trabajo con los grises, le da a la faz gráfica una sensación de realismo a prueba de balas, que no se rompe cuando Asano dibuja a personajes un poco más caricaturescos, o cuando aparecen elementos imposibles como ese chofer de colectivo con cabeza de gato. La narrativa tiene algún breve momento de confusión, sobre todo cuando aparecen esos extensos bloques de texto resueltos con letra blanca sobre fondo negro, que interrumpen el fluir del relato de un modo demasiado grosero, por lo menos para mi gusto.
La primera de las cuatro historias que componen El Barrio de la Luz es un clásico slice of life protagonizado por los típicos jóvenes a la deriva, un arquetipo que Asano maneja muy bien en todas sus obras y que acá obviamente no falla. Es una historia breve, bastante ganchera, con tintes autobiográficos, porque el personaje principal es un mangaka que está empezando a insertarse en la industria. La segunda historia, ya más extensa, se centra en la relación entre una chica de escuela secundaria y un pibe que se dedica a coordinar suicidios, a asistir a los suicidas no para disuadirlos, sino para que se suiciden más rápido y de modo tal que la muerte sea más segura. Es una historia muy pensada y muy hablada, que corre el riesgo de perder un poco el interés cuando te cae la ficha de que no avanza hacia un final contundente, ni impactante.
La tercera historia sí, tiene más pasta de thriller. Sin renunciar al realismo, acá Asano mete más tensión, se zarpa más. El protagonismo recae en un malviviente que tiene un papel chiquito en la segunda historia y esta vez sí, todo avanza hacia un desenlace muy potente y para nada obvio. Y en la última historia, Asano se aventura en las procelosas aguas del realismo mágico y –sin salir del barrio donde transcurre toda la obra- mete almas reencarnadas en otros cuerpos, sueños que se mezclan con la realidad, un colectivo que levanta vuelo y un gato antropomórfico que funciona como una especie de entidad cósmica con poderes casi de dios. Muy loco y a la vez muy interesante. Tengo más mangas de Inio Asano sin leer, así que volveremos a visitarlo antes de fin de año.
Me vengo a Argentina, a 2017, para leer la adaptación del clásico Don Juan Tenorio, realizada por Alejandro Farías y Marcos Vergara, dos autores clave de la historieta argentina actual. La adaptación tiene una vuelta de tuerca muy ingeniosa: además de convertir en historieta la obra de teatro escrita por José Zorrilla, nos narra en paralelo la vida (sobre todo los infortunios) del propio Zorrilla, que en unas secuencias es autor y en otras, protagonista. O sea que Farías nos cuenta dos historias por el mismo precio: para escribir una, le alcanzó con leer el Don Juan, y para escribir la otra se nota que investigó muchísimo en la vida de José Zorrilla.
El traspaso a historieta del Don Juan está perfectamente logrado. Es una historieta con muchísimo ritmo, con abundantes diálogos y a la vez con buen margen para contar desde la acción, desde lo visual. Farías ya está muy canchero en esto de adaptar teatro a historieta y sus versiones rara vez defraudan.
La sorpresa me la dio Vergara, y por partida doble: en las secuencias en las que narra la clásica pieza teatral, el dibujante oriundo de San Nicolás lleva al grado máximo un estilo que ya insinuaba en otros trabajos, pero que acá realmente explota. Se trata de un claroscuro fuerte, sumamente expresivo, con personajes muy plásticos, cuerpos muy dinámicos y –lo más impactante- una incorporación magnífica de los grises. Vergara se enfrenta con algunas páginas muy pobladas de viñetas, algunas con mucho texto, y aún así deja todo, se prodiga en detalles impresionantes en los fondos, el vestuario, los carruajes… Todo está dibujado de modo sintético y exhaustivo a la vez.
Y en las secuencias protagonizadas por Zorrilla, el dibujante cambia de estilo y se va a una línea más abierta, aún más sintética, sin grises, casi sin manchas negras y a viñetas un poco más grandes, con menos texto, en las que los fondos aparecen sólo cuando son absolutamente imprescindibles y dibujados de modo mucho más esquemático que en la otra parte de la obra. Así es como Vergara dibuja de modo más realista la ficción (la obra Don Juan Tenorio) que la realidad (la vida de Zorrilla), algo que seguramente motivará algún sesudo análisis por parte de alguien que no seré yo (¿el terapeuta de Marcos, quizás?). En las páginas del libro conviven esos dos estilos tan distintos y en los dos se ve el talento, la solidez, la madurez de un Vergara que puede cambiar su grafismo pero no ocultar lo cómodo que se siente trabajando con Farías y poniendo su destreza como narrador al servicio de estas historias. Muy recomendable, sobre todo si (como yo) lo seguís a Vergara desde que era un promisorio militante del underground.
Trato de volver a postear el domingo, y si no, la semana que viene. Ah, aguante Argentina, que te queremos ver campeón, sub-campeón, o algo más o menos digno…
Arrancamos con El Barrio de la Luz, el segundo manga que produjo en su vida el maestro Inio Asano, lo cual lo hace el más antiguo de los que leí, por lo menos hasta ahora. Y no, no te pongo a El Barrio de la Luz al nivel de Solanin, pero la verdad que para ser un trabajo de un pibe que tenía menos de 25 años, es espectacular. El dibujo es particularmente asombroso, con muy poco para envidiarle a los mejores trabajos de Asano que –lógicamente- son los que vendrían después.
Lo más lindo del estilo de Asano es la forma en que integra la referencia fotográfica a sus dibujos. Eso, sumado al trabajo con los grises, le da a la faz gráfica una sensación de realismo a prueba de balas, que no se rompe cuando Asano dibuja a personajes un poco más caricaturescos, o cuando aparecen elementos imposibles como ese chofer de colectivo con cabeza de gato. La narrativa tiene algún breve momento de confusión, sobre todo cuando aparecen esos extensos bloques de texto resueltos con letra blanca sobre fondo negro, que interrumpen el fluir del relato de un modo demasiado grosero, por lo menos para mi gusto.
La primera de las cuatro historias que componen El Barrio de la Luz es un clásico slice of life protagonizado por los típicos jóvenes a la deriva, un arquetipo que Asano maneja muy bien en todas sus obras y que acá obviamente no falla. Es una historia breve, bastante ganchera, con tintes autobiográficos, porque el personaje principal es un mangaka que está empezando a insertarse en la industria. La segunda historia, ya más extensa, se centra en la relación entre una chica de escuela secundaria y un pibe que se dedica a coordinar suicidios, a asistir a los suicidas no para disuadirlos, sino para que se suiciden más rápido y de modo tal que la muerte sea más segura. Es una historia muy pensada y muy hablada, que corre el riesgo de perder un poco el interés cuando te cae la ficha de que no avanza hacia un final contundente, ni impactante.
La tercera historia sí, tiene más pasta de thriller. Sin renunciar al realismo, acá Asano mete más tensión, se zarpa más. El protagonismo recae en un malviviente que tiene un papel chiquito en la segunda historia y esta vez sí, todo avanza hacia un desenlace muy potente y para nada obvio. Y en la última historia, Asano se aventura en las procelosas aguas del realismo mágico y –sin salir del barrio donde transcurre toda la obra- mete almas reencarnadas en otros cuerpos, sueños que se mezclan con la realidad, un colectivo que levanta vuelo y un gato antropomórfico que funciona como una especie de entidad cósmica con poderes casi de dios. Muy loco y a la vez muy interesante. Tengo más mangas de Inio Asano sin leer, así que volveremos a visitarlo antes de fin de año.
Me vengo a Argentina, a 2017, para leer la adaptación del clásico Don Juan Tenorio, realizada por Alejandro Farías y Marcos Vergara, dos autores clave de la historieta argentina actual. La adaptación tiene una vuelta de tuerca muy ingeniosa: además de convertir en historieta la obra de teatro escrita por José Zorrilla, nos narra en paralelo la vida (sobre todo los infortunios) del propio Zorrilla, que en unas secuencias es autor y en otras, protagonista. O sea que Farías nos cuenta dos historias por el mismo precio: para escribir una, le alcanzó con leer el Don Juan, y para escribir la otra se nota que investigó muchísimo en la vida de José Zorrilla.
El traspaso a historieta del Don Juan está perfectamente logrado. Es una historieta con muchísimo ritmo, con abundantes diálogos y a la vez con buen margen para contar desde la acción, desde lo visual. Farías ya está muy canchero en esto de adaptar teatro a historieta y sus versiones rara vez defraudan.
La sorpresa me la dio Vergara, y por partida doble: en las secuencias en las que narra la clásica pieza teatral, el dibujante oriundo de San Nicolás lleva al grado máximo un estilo que ya insinuaba en otros trabajos, pero que acá realmente explota. Se trata de un claroscuro fuerte, sumamente expresivo, con personajes muy plásticos, cuerpos muy dinámicos y –lo más impactante- una incorporación magnífica de los grises. Vergara se enfrenta con algunas páginas muy pobladas de viñetas, algunas con mucho texto, y aún así deja todo, se prodiga en detalles impresionantes en los fondos, el vestuario, los carruajes… Todo está dibujado de modo sintético y exhaustivo a la vez.
Y en las secuencias protagonizadas por Zorrilla, el dibujante cambia de estilo y se va a una línea más abierta, aún más sintética, sin grises, casi sin manchas negras y a viñetas un poco más grandes, con menos texto, en las que los fondos aparecen sólo cuando son absolutamente imprescindibles y dibujados de modo mucho más esquemático que en la otra parte de la obra. Así es como Vergara dibuja de modo más realista la ficción (la obra Don Juan Tenorio) que la realidad (la vida de Zorrilla), algo que seguramente motivará algún sesudo análisis por parte de alguien que no seré yo (¿el terapeuta de Marcos, quizás?). En las páginas del libro conviven esos dos estilos tan distintos y en los dos se ve el talento, la solidez, la madurez de un Vergara que puede cambiar su grafismo pero no ocultar lo cómodo que se siente trabajando con Farías y poniendo su destreza como narrador al servicio de estas historias. Muy recomendable, sobre todo si (como yo) lo seguís a Vergara desde que era un promisorio militante del underground.
Trato de volver a postear el domingo, y si no, la semana que viene. Ah, aguante Argentina, que te queremos ver campeón, sub-campeón, o algo más o menos digno…
Etiquetas:
Alejandro Farías,
Don Juan Tenorio,
Inio Asano,
Marcos Vergara
jueves, 22 de octubre de 2015
22/10: CAMINO A AUSCHWITZ
Las tres historias que componen este libro marcan el debut como guionista de historietas del periodista Julián Gorodischer, acompañado de un dibujante ya consagrado, de probada solvencia, como es Marcos Vergara. Gorodischer se propone incursionar en el comic periodístico o documental, en una vertiente muy cercana a la de Maus, Los Zurcos del Azar o Tortas Fritas de Polenta. El autor va a indagar a fondo en los vínculos entre miembros de su familia y el holocausto del pueblo judío durante la Segunda Guerra Mundial y, como Art Spiegelman en Maus, a mezclar esa labor de historiador con los lazos familiares.
La primera historia (que da título al libro) tiene 32 páginas y se centra en los últimos días de Paie, la hermana gemela de la abuela de Julián. La historia de esta chica que muere en Auschwitz con sólo 21 años es apasionante, realmente fuerte y conmovedora. Lástima que esté tan estirada. Gorodischer le suma al relato toda otra faceta que es cómo se vincula el resto de la familia (que obviamente sobrevivió al holocausto) con la memoria de Paie. Esto hace que por momentos la historieta vire hacia un melodrama de entrecasa, predecible, aburrido y demasiado autorreferencial. De hecho hay tramos en los que el guionista-personaje le disputa el protagonismo a Paie y ahí uno tiene que elegir qué historia le interesa más. La verdad, entre una chica de 21 años torturada y asesinada en Auschwitz y un tipo de 40 al que le va mal en una cita a ciegas con un chongo, no hay mucha discusión.
La segunda historia tiene 29 páginas y está centrada en las memorias del anciano Berl, tío abuelo del guionista-personaje, que integró la resistencia a los nazis en el ghetto de Varsovia. Acá el equilibrio está más logrado y el protagonismo es claramente del tío Berl. El personaje de Gorodischer cumple un rol muy similar al de Spiegelman en Maus, que es contener e ir guiando por los senderos de la memoria al veterano que sobrevivió al horror. La de Berl es otra historia fuerte, de heroismo, de aguante, de aferrarse a la vida pase lo que pase, condimentada con tiros, bombas, torturas y un poco de amor entre varones.
La tercera historia es la que más me gustó, la que está menos estirada. De hecho, le hubiesen venido bien un par de páginas más. Esta vez la protagonista es una tía de la mamá del guionista-personaje que integró el comando judío que secuestró a Adolf Eichmann en 1960 (cuando vivía en nuestro país bajo una identidad falsa) y se lo llevó a Israel para que fuera sometido a juicio. Esta vez, el personaje de Gorodischer interpela a la anciana tía Luba (también sobreviviente de Auschwitz) para conocer los pormenores de esa operación. Los recuerdos de Luba se convierten en una historia intensa, brava, emocionalmente retorcida y con una viñeta final brillante.
El dibujo de Marcos Vergara es excelente, mejor aún que en sus trabajos anteriores, perfectamente complementado por el color que es clásico, sobrio, sin saltos al vacío. La escena onírica que Vergara dibuja casi sin color sobre el final de la primera historieta me pareció gloriosa y perturbadora a la vez. El uso de la referencia fotográfica es muy acertado y –como siempre- los personajes de Marcos transmiten una variedad enorme de emociones a través de expresiones faciales cada vez más logradas.
El libro (de impecable factura técnica) tiene una cantidad grotesca de páginas de relleno: carátulas, dibujitos sueltos, páginas en blanco… en total, de las 112 páginas por las que uno está pagando, sólo 89 son de historieta. Un disparate.
Y no, si Camino a Auschwitz aspiraba a convertirse en “el Maus argentino” me parece que no le alcanzó. Pero si te interesa el tema de los nazis, los judíos, los campos de concentración y la huella que dejó el holocausto en los que sobrevieron, acá vas a encontrar historias muy interesantes, abordadas con mucho respeto y dibujadas como la hiper-concha de Dios (o de Jehová) por un Marcos Vergara en un nivel muy, muy zarpado.
La primera historia (que da título al libro) tiene 32 páginas y se centra en los últimos días de Paie, la hermana gemela de la abuela de Julián. La historia de esta chica que muere en Auschwitz con sólo 21 años es apasionante, realmente fuerte y conmovedora. Lástima que esté tan estirada. Gorodischer le suma al relato toda otra faceta que es cómo se vincula el resto de la familia (que obviamente sobrevivió al holocausto) con la memoria de Paie. Esto hace que por momentos la historieta vire hacia un melodrama de entrecasa, predecible, aburrido y demasiado autorreferencial. De hecho hay tramos en los que el guionista-personaje le disputa el protagonismo a Paie y ahí uno tiene que elegir qué historia le interesa más. La verdad, entre una chica de 21 años torturada y asesinada en Auschwitz y un tipo de 40 al que le va mal en una cita a ciegas con un chongo, no hay mucha discusión.
La segunda historia tiene 29 páginas y está centrada en las memorias del anciano Berl, tío abuelo del guionista-personaje, que integró la resistencia a los nazis en el ghetto de Varsovia. Acá el equilibrio está más logrado y el protagonismo es claramente del tío Berl. El personaje de Gorodischer cumple un rol muy similar al de Spiegelman en Maus, que es contener e ir guiando por los senderos de la memoria al veterano que sobrevivió al horror. La de Berl es otra historia fuerte, de heroismo, de aguante, de aferrarse a la vida pase lo que pase, condimentada con tiros, bombas, torturas y un poco de amor entre varones.
La tercera historia es la que más me gustó, la que está menos estirada. De hecho, le hubiesen venido bien un par de páginas más. Esta vez la protagonista es una tía de la mamá del guionista-personaje que integró el comando judío que secuestró a Adolf Eichmann en 1960 (cuando vivía en nuestro país bajo una identidad falsa) y se lo llevó a Israel para que fuera sometido a juicio. Esta vez, el personaje de Gorodischer interpela a la anciana tía Luba (también sobreviviente de Auschwitz) para conocer los pormenores de esa operación. Los recuerdos de Luba se convierten en una historia intensa, brava, emocionalmente retorcida y con una viñeta final brillante.
El dibujo de Marcos Vergara es excelente, mejor aún que en sus trabajos anteriores, perfectamente complementado por el color que es clásico, sobrio, sin saltos al vacío. La escena onírica que Vergara dibuja casi sin color sobre el final de la primera historieta me pareció gloriosa y perturbadora a la vez. El uso de la referencia fotográfica es muy acertado y –como siempre- los personajes de Marcos transmiten una variedad enorme de emociones a través de expresiones faciales cada vez más logradas.
El libro (de impecable factura técnica) tiene una cantidad grotesca de páginas de relleno: carátulas, dibujitos sueltos, páginas en blanco… en total, de las 112 páginas por las que uno está pagando, sólo 89 son de historieta. Un disparate.
Y no, si Camino a Auschwitz aspiraba a convertirse en “el Maus argentino” me parece que no le alcanzó. Pero si te interesa el tema de los nazis, los judíos, los campos de concentración y la huella que dejó el holocausto en los que sobrevieron, acá vas a encontrar historias muy interesantes, abordadas con mucho respeto y dibujadas como la hiper-concha de Dios (o de Jehová) por un Marcos Vergara en un nivel muy, muy zarpado.
Etiquetas:
Argentina,
Camino a Auschwitz,
Julián Gorodischer,
Marcos Vergara
jueves, 6 de febrero de 2014
06/ 02: LA COMUNIDAD
Hoy cortito, porque tengo poco tiempo.
Este trabajo marca un nuevo pico en la producción conjunta entre el guionista uruguayo Rodolfo Santullo y el dibujante argentino Marcos Vergara, a los que ya vimos colaborar en Valizas y Cena con Amigos.
La Comunidad es una historieta extrema, a todo o nada, sin medias tintas, gobernada principalmente por la tensión, por una tensión exasperante. Me acuerdo que en la reseña de Valizas yo subrayaba la capacidad de Santullo de generar tensión y ponernos nerviosos cuando en realidad pasaba muy poco. Bueno, acá pasa de todo.
La historia es intensa, violenta, por momentos asfixiante. Como en Lord of the Flies, a medida que se deterioran los vínculos solidarios y la cultura y la civilización dejan lugar al “sálvese quien pueda”, la cosa se pone tan espesa, que uno sólo quiere que se termine. Y eventualmente se termina, justo cuando nos enteramos cómo enganchan las escenas de los militares y el camión con todo lo demás. Este es el pase mágico de Santullo, su toque de genialidad.
En las dos secuencias que transcurren en paralelo hay excelentes diálogos que definen muy bien a los personajes. La gran diferencia es que en la línea de los militares Santullo juega a mostrar un procedimiento, un trámite, como mucho un clima que en algún momento se va a enrarecer, mientras que en la línea de Brian, el Miope y el Pincho, el tono es mucho más “in your face” y la acción y la espectacularidad no se hacen rogar en lo más mínimo.
Lo cual constituye un enorme desafío para Marcos Vergara, que creo que nunca habia dibujado una historieta con tanta acción y tanto vértigo como La Comunidad. Una vez más, el prócer de San Nicolás sale muy bien parado y hasta logra transmitirnos la sensación de que a EL MISMO le causan escozor las animaladas que Santullo le hace dibujar. La frialdad de los militares y la salvajada de los... salvajes cobran vida y pegan fuertre gracias al trazo de Vergara, que –según cuenta en el libro- dibujó estas páginas con birome, una herramienta atípica en la historieta argentina actual (me acuerdo que Leo Manco le entraba con la birome a los guiones que le mandaban de Marvel en los ´90) a la que el autor le saca un provecho increíble.
La Comunidad bien podría llamarse La Genialidad. Es una historieta realmente perfecta, perturbadora y definitiva, de esas que se te quedan impregnadas en la mente mucho, mucho tiempo, hasta que te olvides de lo que era una cerca eléctrica.
Este trabajo marca un nuevo pico en la producción conjunta entre el guionista uruguayo Rodolfo Santullo y el dibujante argentino Marcos Vergara, a los que ya vimos colaborar en Valizas y Cena con Amigos.
La Comunidad es una historieta extrema, a todo o nada, sin medias tintas, gobernada principalmente por la tensión, por una tensión exasperante. Me acuerdo que en la reseña de Valizas yo subrayaba la capacidad de Santullo de generar tensión y ponernos nerviosos cuando en realidad pasaba muy poco. Bueno, acá pasa de todo.
La historia es intensa, violenta, por momentos asfixiante. Como en Lord of the Flies, a medida que se deterioran los vínculos solidarios y la cultura y la civilización dejan lugar al “sálvese quien pueda”, la cosa se pone tan espesa, que uno sólo quiere que se termine. Y eventualmente se termina, justo cuando nos enteramos cómo enganchan las escenas de los militares y el camión con todo lo demás. Este es el pase mágico de Santullo, su toque de genialidad.
En las dos secuencias que transcurren en paralelo hay excelentes diálogos que definen muy bien a los personajes. La gran diferencia es que en la línea de los militares Santullo juega a mostrar un procedimiento, un trámite, como mucho un clima que en algún momento se va a enrarecer, mientras que en la línea de Brian, el Miope y el Pincho, el tono es mucho más “in your face” y la acción y la espectacularidad no se hacen rogar en lo más mínimo.
Lo cual constituye un enorme desafío para Marcos Vergara, que creo que nunca habia dibujado una historieta con tanta acción y tanto vértigo como La Comunidad. Una vez más, el prócer de San Nicolás sale muy bien parado y hasta logra transmitirnos la sensación de que a EL MISMO le causan escozor las animaladas que Santullo le hace dibujar. La frialdad de los militares y la salvajada de los... salvajes cobran vida y pegan fuertre gracias al trazo de Vergara, que –según cuenta en el libro- dibujó estas páginas con birome, una herramienta atípica en la historieta argentina actual (me acuerdo que Leo Manco le entraba con la birome a los guiones que le mandaban de Marvel en los ´90) a la que el autor le saca un provecho increíble.
La Comunidad bien podría llamarse La Genialidad. Es una historieta realmente perfecta, perturbadora y definitiva, de esas que se te quedan impregnadas en la mente mucho, mucho tiempo, hasta que te olvides de lo que era una cerca eléctrica.
Etiquetas:
La Comunidad,
Marcos Vergara,
Rodolfo Santullo
jueves, 9 de enero de 2014
09/ 01: MORIR POR EL CHE
Una vez más los caminos de la historieta se cruzan con la convulsionada vida del mítico Ernesto “Che” Guevara. Esta vez un guionista uruguayo (Roy) y un dibujante argentino (Marcos Vergara) unen esfuerzos para contar una historia con algunos visos de ficción, pero insertada en un contexto 100% real como fue el de la visita del Che a Montevideo en Agosto de 1961.
Lo más interesante del libro es la investigación meticulosa realizada por Roy, que estudió publicaciones, grabaciones y testimonios de la época para reproducir fielmente los acontecimientos y hasta para tirar conjeturas bastante bien fundadas allí donde los hechos se hacían confusos o misteriosos. Roy pone especial énfasis en lo que tiene que ver con el asesinato de Arbelio Ramírez, un docente y periodista que caerá muerto en la calle tras el discurso del Che en la Universidad Nacional, y al que el guión de la historieta vincula (de modo sutil y verosímil) con una trama de espionaje entre las clásicas superpotencias de la Guerra Fría.
El guionista hace el esfuerzo de dotar a Arbelio de una personalidad interesante, a través de buenos diálogos con otros personajes, y algo similar intenta con un personaje 100% ficticio: Patricia, la chica que estudia bioquímica y milita en una agrupación de izquierda que delira ante la inminente llegada del Che. Sin embargo, la chapa grossa se la lleva el rosarino que acompañó a Fidel Castro desde los inicios de la revolución cubana. En apenas 14 páginas, Guevara se morfa el protagonismo y eclipsa sin la menor dificultad al resto de los personajes. Roy escribe a un Che afable, lúcido, humilde a la hora de relacionarse con sus anfitriones y decidido a la hora de bajar línea entre sus partidarios. Una vez que el Che sale de escena, pareciera que la fiesta se terminó hace rato y hay que conformarse con las sobras.
El dibujo de Vergara juega a dos puntas: es puro nervio y pura expresividad a la hora de dibujar a la gente común, y todo detalle y rigor histórico a la hora de recrear a la ciudad de los botijas y los terrajas, los pintas y los planchas, los refuerzos y los championes, los manyas y los bolsos. El grafismo de Vergara se luce muy especialmente porque acá podemos disfrutar de sus lápices sin entintar. Una vez digitalizados y realzados en el photoshop, los lápices fueron coloreados por Caio Di Lorenzo, el encargado de subrayar los climas mediante una paleta virtual, intencionalmente acotada, sin colores plenos, con mucha más sutileza que estridencia. Como suele suceder en los trabajos de Vergara, los principales logros están en la narrativa, en ese ritmo ágil y fluído que el prócer de San Nicolás sabe imponerle a toda clase de relatos. Acá tiene a su favor la proliferación de viñetas (y hasta secuencias) mudas y el hecho de que se tiene que bancar sólo una página de más de 6 viñetas. Eso le permite planificar la narración con soltura y dejar la vida en los fondos que así lo requieren y en esas escenas multitudinarias que siempre son un dolor de huevos para los dibujantes.
Morir por el Che me gustó como historieta, pero no me volvió loco, más allá de lo grato que resulta siempre leer otras 80 páginas dibujadas por Vergara. Donde sí me convenció totalmente es en su faceta documental, en la posibilidad que nos ofrecen Roy y Marcos de leer esta novela como un fiel testimonio de un hecho histórico poco recordado (por lo menos en Argentina) como es el paso del Che Guevara por la Montevideo de 1961. Hasta la viñeta, siempre.
Lo más interesante del libro es la investigación meticulosa realizada por Roy, que estudió publicaciones, grabaciones y testimonios de la época para reproducir fielmente los acontecimientos y hasta para tirar conjeturas bastante bien fundadas allí donde los hechos se hacían confusos o misteriosos. Roy pone especial énfasis en lo que tiene que ver con el asesinato de Arbelio Ramírez, un docente y periodista que caerá muerto en la calle tras el discurso del Che en la Universidad Nacional, y al que el guión de la historieta vincula (de modo sutil y verosímil) con una trama de espionaje entre las clásicas superpotencias de la Guerra Fría.
El guionista hace el esfuerzo de dotar a Arbelio de una personalidad interesante, a través de buenos diálogos con otros personajes, y algo similar intenta con un personaje 100% ficticio: Patricia, la chica que estudia bioquímica y milita en una agrupación de izquierda que delira ante la inminente llegada del Che. Sin embargo, la chapa grossa se la lleva el rosarino que acompañó a Fidel Castro desde los inicios de la revolución cubana. En apenas 14 páginas, Guevara se morfa el protagonismo y eclipsa sin la menor dificultad al resto de los personajes. Roy escribe a un Che afable, lúcido, humilde a la hora de relacionarse con sus anfitriones y decidido a la hora de bajar línea entre sus partidarios. Una vez que el Che sale de escena, pareciera que la fiesta se terminó hace rato y hay que conformarse con las sobras.
El dibujo de Vergara juega a dos puntas: es puro nervio y pura expresividad a la hora de dibujar a la gente común, y todo detalle y rigor histórico a la hora de recrear a la ciudad de los botijas y los terrajas, los pintas y los planchas, los refuerzos y los championes, los manyas y los bolsos. El grafismo de Vergara se luce muy especialmente porque acá podemos disfrutar de sus lápices sin entintar. Una vez digitalizados y realzados en el photoshop, los lápices fueron coloreados por Caio Di Lorenzo, el encargado de subrayar los climas mediante una paleta virtual, intencionalmente acotada, sin colores plenos, con mucha más sutileza que estridencia. Como suele suceder en los trabajos de Vergara, los principales logros están en la narrativa, en ese ritmo ágil y fluído que el prócer de San Nicolás sabe imponerle a toda clase de relatos. Acá tiene a su favor la proliferación de viñetas (y hasta secuencias) mudas y el hecho de que se tiene que bancar sólo una página de más de 6 viñetas. Eso le permite planificar la narración con soltura y dejar la vida en los fondos que así lo requieren y en esas escenas multitudinarias que siempre son un dolor de huevos para los dibujantes.
Morir por el Che me gustó como historieta, pero no me volvió loco, más allá de lo grato que resulta siempre leer otras 80 páginas dibujadas por Vergara. Donde sí me convenció totalmente es en su faceta documental, en la posibilidad que nos ofrecen Roy y Marcos de leer esta novela como un fiel testimonio de un hecho histórico poco recordado (por lo menos en Argentina) como es el paso del Che Guevara por la Montevideo de 1961. Hasta la viñeta, siempre.
Etiquetas:
Che Guevara,
Marcos Vergara,
Morir por el Che,
Roy
lunes, 22 de agosto de 2011
22/ 08: VALIZAS
Retomo mis habituales paseos por la historieta latinoamericana actual y la primera parada me lleva a Uruguay, más precisamente a un pueblito sobre la maravillosa costa de Rocha, llamado Valizas. Ahí me esperan (bien abrigados para zafar del viento y el frío) el ya consagradísimo guionista Rodolfo Santullo y uno de sus más prolíficos socios argentos, el maestro Marcos Vergara. Juntos intentarán superar su trabajo anterior, Cena con Amigos, una joya a la que visitamos en el blog en Abril de 2010, y que dejó el listón muy, muy arriba.
Y mi veredicto personal (muy discutible, por cierto) es que me gustó un poquito más Cena con Amigos. Valizas es una excelente historieta, de eso no me quedaron dudas, pero le faltó esa increíble instancia de identificación que proponía Cena…, esa sensación de cercanía, de familiaridad casi, de estar a milímetros de ser un miembro más del elenco que Santullo y Vergara crearon para llevar adelante aquella memorable trama policial.
Valizas se nos planta más lejos: primero, porque está ambientada a fines de los ´70 y no hoy. Segundo, porque transcurre en aquel agreste poblado costero, dominado por el mar, la arena, el faro y las cabañas de los pescadores. Tercero, porque los protagonistas son un pescador viudo, su hijito y una pareja de militantes de izquierda, perseguidos por la dictadura uruguaya. Y cuarto, porque cuando nos quiere “distraer” de la trama central, Santullo recurre a historias clásicas, redondas, perfectas, pero ambientadas en Alejandría, o en la antigua Hélade. O sea que las instancias de identificación del lector promedio son mínimas.
También es mínima la acción, y este es uno de los gigantescos méritos de Valizas: la novela mantiene todo el tiempo un clima tenso, ominoso, asfixiante, en el que todo está siempre al borde de derrapar hacia el drama, hacia la tragedia extrema. Y en realidad no pasa nada. Los milicos nunca encuentran a los prófugos, nadie mata a nadie, no vuela ni una trompada. Pero Santullo y Vergara se las ingenian para que vos igual sufras y te preocupes por estos personajes, y temas lo mismo que temen ellos. El clima tenso le sirve al guionista para que sus creaciones saquen a relucir su peor parte. Al final, van a ganar la comprensión, la fraternidad y la solidaridad. Pero antes vas a ver paranoia, desconfianza, suspicacias fuera de lugar y hasta pases de factura bastante heavies entre hermanos.
Los personajes (y ese es el otro gran mérito de Valizas) están perfectamente construídos, con los suficientes dobleces como para que no podamos establecer categorías tipo “buenos y malos”. Son gente castigada por la vida, que hace lo que puede. Incluso los personajes secundarios (el viejo del faro, la maestra y Lopetegui) están cuidados y todos entran y salen de escena prolijamente, en los momentos justos y sin dejar nunca de hacer su aporte a la trama.
Para este trabajo, Marcos Vergara pela un estilo nuevo, distinto a los que le conocíamos hasta ahora, mucho más proclive al expresionismo, a la captura de los climas, que tanto peso tienen en Valizas. Es un salto conceptual grosso, comparable al que pegó el Viejo Breccia entre Mort Cinder y su versión de El Eternauta. Ahora Vergara nos muestra su lápiz, los hilos de su marioneta, y le agrega textura, complejidad y valores a través de unas tramas que parecen como raspadas, y que quedan perfecto sobre el color arenoso que predomina en los fondos de toda la obra y hasta en el libro impreso. Y por supuesto, acierta en las expresiones faciales, que también tienen un enorme peso en la historia. En las secuencias dedicadas a los relatos de la antigüedad clásica, Vergara –con gran criterio- simplifica un poquito la línea y cambia el clima, que obviamente es mucho menos dark (y más épico) que en las secuencias de los ´70. Un laburo muy, muy notable del prócer de San Nicolás.
Valizas es una novela gráfica de enorme fuerza emotiva y expresiva, una historia humana y profunda de gente viviendo al límite (incluso geográfico, porque el mundo de Ulises y Felipe se termina en esa playa infinita), la enésima historia de milicos malos vs. militantes de izquierda buenos, es cierto, pero con tantos matices, tantos diálogos y tantas situaciones tan únicas y tan bien logradas, que es lo que menos importa. Cambiá a los milicos por… un terminator que viene del futuro a matar a los padres de John Connor, por decir algo, y la historia también te va a atrapar. Un lujo y una nueva demostración (a esta altura, innecesaria) del inmenso talento de Santullo y Vergara, una dupla rioplatense de nivel recontra-internacional.
Etiquetas:
Marcos Vergara,
Rodolfo Santullo,
Valizas
domingo, 18 de abril de 2010
18/ 04: CENA CON AMIGOS

Allá por 2008, cuando el famoso blog Historietas Reales se relanzó con una nueva propuesta, ya no tan centrada en la autobiografía como género predominante sino abierta a explorar distintos tipos de ficción, sumó (además de autores y temáticas) un enorme atractivo. Entre las series más seguidas y aplaudidas por los ciber-fans estuvo claramente Cena con Amigos, del guionista (y editor) uruguayo Rodolfo Santullo y el dibujante (y editor) argentino Marcos Vergara. O sea que era lógico que ambas editoriales (Belerofonte de Montevideo y Loco Rabia de Buenos Aires) se unieran para recopilar en libro esta historieta, cosa que sucedió a fines de 2009 y que nos vino bárbaro a los que (como yo) no nos ponemos las pilas para seguir una historia con continuará todas las semanas en la web.
Cena con Amigos se parece poco a otras historietas. Puesto a buscarle un parentesco, se me ocurre recordar a Verdad/Consecuencia, aquella serie semanal de Pol-Ka que duró tres años (1996-98) y que nos contaba las historias de siete amigos de veintimuchos o treinta y pocos, enredados en conflictos muy reales, pero con espacio para la joda y la diversión. Acá también hay siete amigos, de esa misma edad. Incluso son cuatro varones y tres mujeres, como en Verdad/ Consecuencia. Y esto es algo así como EL capítulo de esa serie, el que cambia todo, el cierre definitivo donde se pasan todas las facturas y se revelan todos los secretos.
El catalizador es la misteriosa muerte de Bernardo, uno de los siete amigos, el más bravo e inestable de la barra. Y el personaje con el que el lector se identifica más rápido es Cristian, el melenudo que cuenta chistes malos y vive con culpa el hecho de que Marcela, la ex de Bernardo, ahora sea su novia. Germán es el que los mira casi de afuera: es el novio de Cinthia, pero le cuesta integrarse al grupito. Jorge es el que aporta la cuota de sensatez y normalidad y Silvia, la de apariencia más jodona, guarda estoicamente un secreto incómodo como tampón de virulana. Casi todos los personajes están explorados en profundidad y la dinámica entre ellos es tan creíble como atractiva. El misterio de la muerte de Bernardo está llevado con mano maestra por el guión de Santullo, que se revela como un auténtico relojero, un creador de mecanismos perfectos, ricos en detalles y de alta complejidad. También sorprende con el manejo de los tiempos, dónde y cuándo meter las elipsis, el criterio a la hora de decidir qué se muestra, qué se sugiere y qué se cubre con el velo de la intriga. Realmente este trabajo ratifica a Santullo como uno de los grandes guionistas que tiene hoy el habla hispana.
Por supuesto, todo ese trabajo de observación, ese esfuerzo porque el costumbrismo funcione como marco viable para la trama “policial”, se iría por la alcantarilla si el dibujante no sintonizara la misma frecuencia y derrapara hacia la estridencia pochoclera o un expresionismo demasiado dark, por ejemplo. Acá no sucede nada de eso, principalmente porque Marcos Vergara es uno de los dibujantes más versátiles y habilidosos que aparecieron en los últimos años. Vergara puede dibujar lo que se le dé la gana, y todo le sale bien. Historieta infantil, aventura ultra-violenta, fantasía intimista, o una gran trama de misterio mezclada con comedia costumbrista. Los personajes de Vergara están vivos: los ves moverse, los oís hablar, te reconocés en sus gestos. Como esta historieta está apuntada a un público que comparte la edad y clase social de los protagonistas, hasta la ropa, los muebles, los discos y los libros que aparecen nos resultan totalmente familiares. Y por supuesto, en vez de pelar virtuosismo, Vergara trabaja siempre en función del guión que le toca dibujar. Su narrativa es prueba de balas y su manejo de las tramas y grisados resulta tan acertada como placentera de mirar.
Cena con Amigos es una historieta de inmensa calidad, hipnótica e impredecible de principio a fin. Una obra que da testimonio del excelente nivel que han alcanzado estos dos autores en imparable ascenso y de las inconmensurables posibilidades que tiene este medio de sorprender y emocionar a los lectores sin salir del aquí y ahora, de una realidad normal y cotidiana, a la que los autores convierten con maestría en terreno fértil para una gran ficción.
Etiquetas:
Argentina,
Cena con Amigos,
Marcos Vergara,
Rodolfo Santullo
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)

















