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viernes, 19 de agosto de 2022
NOCHE DE VIERNES
De a poquito se me van acomodando los horarios y empiezo a encontrar momentos para leer comics y reseñarlos, que para eso está este blog.
Sobre fines del año pasado, Loco Rabia y Belerofonte lanzaron el libro Nuggu y los Cuatro + La Niña de Sal, de Eduardo Mazzitelli y Quique Alcatena. Los memoriosos recordarán que allá por 2007, Belerofonte había publicado en Uruguay un librito que traía Nuggu y los Cuatro. Cuando se anunció este, pensé que simplemente le habían agregado atrás otra serie de la dupla con una ambientación similar, como suele hacerse. Imaginate mi sorpresa cuando descubrí que La Niña de Sal no solo comparte ambientación con Nuggu y los Cuatro, sino que retoma a los personajes y los conceptos de aquella saga. O sea que a las 70 páginas originales se les sumaron 144 más, que forman parte de un mismo universo y resignifican lo que Eduardo y Quique nos habían contado en aquella primera saga. La única cagada que tiene el libro es que no ofrece información acerca de cuándo se realizaron estas historietas o cuándo fueron publicadas en Italia, su mercado original. El resto, todo alucinante.
Mazzitelli y Alcatena nos llevan a una versión fantástica y desaforada de Japón, donde conviven imperios poderosísimos, demonios ancestrales, hechiceros malignos, monjes, luchadores y todo de tipo de criaturas una más extrema que la otra. Como siempre, el guionista se las ingenia para contar pequeñas historias dentro de la historia troncal (que parecen ser dos, pero es una sola cuyo foco se desplaza un poquito), para mechar sutiles pinceladas de humor y algunos bloques de texto de increíble vuelo poético. Fiel a su costumbre, los guiones de Mazzitelli requieren de la violencia para resolver los conflictos, pero esta está bastante desenfatizada. Nunca llegan a ser historietas "de machaca", si bien proliferan las espadas, los ejércitos y los combates a todo o nada entre seres hiper-poderosos. Esta vez tenemos un héroe que realmente transpira la camiseta y la pasa mal para conseguir su objetivo, el rústico Togoro, quien recién alcanzará la paz en la última viñeta. Y dos chicas en roles muy destacados: Yaomi en el primer tramo y Okima en el segundo encerrarán las claves para que la historia avance y llegue a buen puerto. El trabajo que hace Mazzitelli con estos dos personajes es realmente muy notable. Como son historias pensadas para ser publicadas en episodios de 12 páginas, algunas incluyen peripecias que -miradas con un poquito de perspectiva- no aportan tanto al desarrollo global de las tramas, sino que están ahí básicamente para que no se vaya el episodio entero sin que "pase algo" que impacte al lector. Pero la lectura en libro, con toda la saga junta, no transmite la sensación de "esto está estirado al pedo", en lo más mínimo.
El dibujo de Alcatena está en ese nivel de esplendor al que se subió hace más de 30 años y nunca se bajó. Acá encontré algo infrecuente en la obra del ídolo: una página de 11 viñetas. Y no, no tuve un flashback traumático a la época en que leía las revistas de Columba. Quique pilotea con maestría el obstáculo de tener que meter todos esos dibujos y todos esos globos de diálogo en una sola página sin dejar nunca de maravillar al lector con su imaginación y su oficio para contar estas epopeyas, una más zarpada que la otra.
Recomiendo enfáticamente Nuggu y los Cuatro + La Niña de Sal, tanto a los fans de la dupla Mazzitelli-Alcatena como para quienes todavía no se aventuraron en los mundos fantásticos de estos dos genios de la historieta mundial.
Me voy contra dupla tremenda, la que integran Tsugumi Ohba y Takeshi Obata. Mucho después del final de Death Note, los demiurgos de aquel "shonen que redefinió el shonen" se volvieron a reunir para sumar algunas historias cortas que continúan y expanden la idea del manga original, y felizmente Ivrea las reunió en un librito muy copado.
Las tiras cómicas me parecieron malísimas. Las dos historias más breves, las de la infancia de L, están bien sobre todo por la impresionante calidad de los dibujos. Y las tres historias extensas son lo que realmente vale la pena. La saga de C-Kira se mete con el espinoso tema de los ancianos sin recursos, a los que tan caro resulta mantener en una sociedad envejecida como es la japonesa. Y con la eutanasia, así, en general, con la gente que vive porque no le queda otra pero -si le dan a elegir- preferiría morir. La saga de A-Kira tiene un guionazo, una intriga tensa, espesa, donde nunca tenés idea de qué puede llegar a pasar, qué nuevos volantanzos pueden llegar a pegar el propietario del Death Note y Ryuk, nuestro shinigami favorito. Es todo un gran in crescendo maligno, pasado de rosca, que va a terminar con una puñalada trapera por parte de... alguien. Una historia en la que alguien que no ambiciona el poder ni la riqueza desequilibra todo un mundo regido por esos "valores". Y la saga de Taro Kagami es la que baja a tierra el concepto del Death Note, porque esta vez no está en manos de un maestro de la manipulación, ni de un estratega genial, sino de un pibe más chico, de unos 13 o 14 años, que toma conciencia de a poco de lo zarpado que es poder decidir si los demás viven o mueren.
Las tres historias recuperan la sensación que me produjo la lectura del manga original, y en buena medida se debe a lo bien que narran estos dos monstruos. El dibujo apenas baja un poquito la calidad en la última historia (la de Taro), pero también mejora notablemente en las dos secuencias breves de la infancia de L. Así que visualmente esto es tan cautivante como los 12 tomos de Death Note. Solo lamenté que en estas historias no haya personajes femeninos importantes, que es algo que Takeshi Obata dibuja maravillosamente bien. Pero está todo muy bien logrado: el mundo de los shinigamis y el contraste con el mundo real, las expresiones faciales de los personajes, los sutiles toques que le mete a Near para dar cuenta de que pasó el tiempo... todo funciona tan bien como en el manga original. La traducción de Damián Gaggero, impecable.
Y ahora sí, creo que no hay más Death Note. Pero si cada tanto se juntan Ohba y Obata y se les ocurren ideas tan interesantes como estas para continuarla (o para continuar Bakuman, ¿por qué no?), cuenten conmigo, que acá hay un comprador incondicional.
Vuelvo pronto con nuevas reseñas. Gracias por el aguante, hasta entonces, y no dejen de descargar la nueva Comiqueando Digital en https://comiqueandoshop.blogspot.com/, que está buenísima.
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martes, 19 de diciembre de 2017
TRES DE MARTES
Día horroroso por varios motivos, pero bueno, vamos con una nueva tandita de reseñas.
¡Terminé Bakuman! Los muchachos de Ivrea cumplieron con la meta de publicar el Vol.20 antes de fin de año y acá está, comprado y leído, como debe ser.
Esta vez Tsugumi Ohba y Takeshi Obata logran lo imposible: focalizar el principal conflicto del tomo en el que hasta ahora era el peor personaje de la serie, Miho Azuki, la “novia” de Mashiro a quien vimos convertirse en una conocida actriz que pone su voz en distintas series animadas. Y acá es donde los autores sacan chapa de genios: les alcanza medio tomo para darle a Azuki toda la onda, la profundidad y la fuerza que no había mostrado en los 19 tomos anteriores. De pronto, esa boludita histérica pela lo que hay que pelar y se suma a la lista de los grandes personajes que nos deja este manga de amor al manga.
El resto del tomo es –ni más ni menos- la consagración definitiva de los Muto Ashirogi, dos autores ya curtidos, que ahora sí, imponen sus propias reglas y controlan ellos mismos cada aspecto de su carrera, como los nº 1 que son. Sobre el final, Ohba y Obata se acuerdan de que tienen que cerrar la trama romántica entre Azuki y Mashiro, y hacia allá va el último tramo, no sin antes regalarnos excelentes secuencias de “cierre” de los demás personajes y una secuencia especialmente emotiva, difícil de leer sin que se te ponga la piel de gallina, que es la de la carta que Mashiro le escribe a su tío muerto.
El dibujo, magnífico como siempre, con un brillo especial en un tomo tan superpoblado de textos. Y llego a la última página con ganas de que Bakuman siga muchos tomos más… o que salga un manga con Eiji Niizuma como protagonista y los Muto Ashirogi como secundarios… no sé, cualquier cosa mínimamente ligada al universo Bakuman me saca la guita con total facilidad, estoy entregadísimo. Una vez más, recomiendo enfáticamente esta maravilla del Noveno Arte a los que todavía no se hayan enganchado. Gracias Ohba, gracias Obata, gracias Ivrea. Ovación de pie para ustedes.
Victory es el segundo tomo recopilatorio de la actual etapa de Astro City, la que edita el alicaído sello Vertigo. Es un tomo medio trampa, porque trae sólo cuatro episodios de la serie regular y a modo de complemento, una especie de Secret Files & Origins (hermoso) editado mucho antes, cuando Astro City salía de vez en cuando en el sello WildStorm.
Para el arco de cuatro episodios, los maestros Kurt Busiek y Brent Anderson nos proponen hacer foco en Winged Victory, la Wonder Woman de este universo, en una trama que la obliga a replantearse su rol en este mundo, su relación con los otros héroes (en especial con Samaritan y el Confessor, que vendrían a ser Superman y Batman) y su forma de encarar su “misión”. De paso, Busiek encuentra la excusa perfecta para ahondar en su origen y para reforzar su personalidad. Obviamente de acá sale una Winged Victory mil veces más interesante que lo que habíamos visto hasta el momento.
La lucha de las mujeres, la manipulación miserable de la verdad por parte de los medios, la lealtad entre los que dicen defender los mismos valores… todos temas muy candentes, abordados por Busiek desde un relato clásico de superhéroes, con villanos, machaca, secretos y poderes limados. Todo un logro de este consumado guionista, bien acompañado por un Anderson clásico y elegante, que deja la vida cada vez que tiene que dibujar a WV. Muy lindo material.
Y cierro con el Vol.2 de Historias DeLirantes (el Vol.1 lo comen-
tamos el 05/12/16), en el que Chanti renueva el elenco de la serie para ofrecernos personajes totalmente distintos y aún más logrados que los del Vol.1. Las clases de la Señorita Lirantes son una cátedra de humor, donde hay lugar para los juegos de palabras, pero también para el absurdo, la escatología, el humor físico y hasta sutiles bajadas de línea socio-política. Todo esto dibujado con muchísimas pilas, por un Chanti que trata de compensar con la imaginación y la fluidez de su trazo el hecho de que en la mayoría de las viñetas vemos básicamente siempre lo mismo. Igual no te aburrís ni a palos.
Como complemento, la historieta para chicos más rara que leí en mi vida: CruciTramas, un experimento formal en el que Chanti juega con la gramática misma de la historieta. El mendocino narra una historia en una especie de “lienzo infinito”, que es constantemente alterado e invadido por cosas que transcurren en las márgenes, supuestamente por fuera de la historieta central. El espacio y el tiempo, el adentro y el afuera se mezclan en un relato absolutamente adictivo, donde llega un punto en que querés ver a Chanti tropezar con la inmensa envergadura de sus pretensiones… cosa que no sucede jamás. CruciTramas es una locura, una quijotada historietística a nivel Marc Antoine Mathieu, de la que Chanti sale obscenamente bien parado. Precioso librito, para regalarle a los pibes ahora que vienen las fiestas.
Tengo leídos un par de libros más, así que esta semana seguro tenemos más reseñas acá en el blog. ¡Hasta pronto!
¡Terminé Bakuman! Los muchachos de Ivrea cumplieron con la meta de publicar el Vol.20 antes de fin de año y acá está, comprado y leído, como debe ser.
Esta vez Tsugumi Ohba y Takeshi Obata logran lo imposible: focalizar el principal conflicto del tomo en el que hasta ahora era el peor personaje de la serie, Miho Azuki, la “novia” de Mashiro a quien vimos convertirse en una conocida actriz que pone su voz en distintas series animadas. Y acá es donde los autores sacan chapa de genios: les alcanza medio tomo para darle a Azuki toda la onda, la profundidad y la fuerza que no había mostrado en los 19 tomos anteriores. De pronto, esa boludita histérica pela lo que hay que pelar y se suma a la lista de los grandes personajes que nos deja este manga de amor al manga.
El resto del tomo es –ni más ni menos- la consagración definitiva de los Muto Ashirogi, dos autores ya curtidos, que ahora sí, imponen sus propias reglas y controlan ellos mismos cada aspecto de su carrera, como los nº 1 que son. Sobre el final, Ohba y Obata se acuerdan de que tienen que cerrar la trama romántica entre Azuki y Mashiro, y hacia allá va el último tramo, no sin antes regalarnos excelentes secuencias de “cierre” de los demás personajes y una secuencia especialmente emotiva, difícil de leer sin que se te ponga la piel de gallina, que es la de la carta que Mashiro le escribe a su tío muerto.
El dibujo, magnífico como siempre, con un brillo especial en un tomo tan superpoblado de textos. Y llego a la última página con ganas de que Bakuman siga muchos tomos más… o que salga un manga con Eiji Niizuma como protagonista y los Muto Ashirogi como secundarios… no sé, cualquier cosa mínimamente ligada al universo Bakuman me saca la guita con total facilidad, estoy entregadísimo. Una vez más, recomiendo enfáticamente esta maravilla del Noveno Arte a los que todavía no se hayan enganchado. Gracias Ohba, gracias Obata, gracias Ivrea. Ovación de pie para ustedes.
Victory es el segundo tomo recopilatorio de la actual etapa de Astro City, la que edita el alicaído sello Vertigo. Es un tomo medio trampa, porque trae sólo cuatro episodios de la serie regular y a modo de complemento, una especie de Secret Files & Origins (hermoso) editado mucho antes, cuando Astro City salía de vez en cuando en el sello WildStorm.
Para el arco de cuatro episodios, los maestros Kurt Busiek y Brent Anderson nos proponen hacer foco en Winged Victory, la Wonder Woman de este universo, en una trama que la obliga a replantearse su rol en este mundo, su relación con los otros héroes (en especial con Samaritan y el Confessor, que vendrían a ser Superman y Batman) y su forma de encarar su “misión”. De paso, Busiek encuentra la excusa perfecta para ahondar en su origen y para reforzar su personalidad. Obviamente de acá sale una Winged Victory mil veces más interesante que lo que habíamos visto hasta el momento.
La lucha de las mujeres, la manipulación miserable de la verdad por parte de los medios, la lealtad entre los que dicen defender los mismos valores… todos temas muy candentes, abordados por Busiek desde un relato clásico de superhéroes, con villanos, machaca, secretos y poderes limados. Todo un logro de este consumado guionista, bien acompañado por un Anderson clásico y elegante, que deja la vida cada vez que tiene que dibujar a WV. Muy lindo material.
Y cierro con el Vol.2 de Historias DeLirantes (el Vol.1 lo comen-
tamos el 05/12/16), en el que Chanti renueva el elenco de la serie para ofrecernos personajes totalmente distintos y aún más logrados que los del Vol.1. Las clases de la Señorita Lirantes son una cátedra de humor, donde hay lugar para los juegos de palabras, pero también para el absurdo, la escatología, el humor físico y hasta sutiles bajadas de línea socio-política. Todo esto dibujado con muchísimas pilas, por un Chanti que trata de compensar con la imaginación y la fluidez de su trazo el hecho de que en la mayoría de las viñetas vemos básicamente siempre lo mismo. Igual no te aburrís ni a palos.
Como complemento, la historieta para chicos más rara que leí en mi vida: CruciTramas, un experimento formal en el que Chanti juega con la gramática misma de la historieta. El mendocino narra una historia en una especie de “lienzo infinito”, que es constantemente alterado e invadido por cosas que transcurren en las márgenes, supuestamente por fuera de la historieta central. El espacio y el tiempo, el adentro y el afuera se mezclan en un relato absolutamente adictivo, donde llega un punto en que querés ver a Chanti tropezar con la inmensa envergadura de sus pretensiones… cosa que no sucede jamás. CruciTramas es una locura, una quijotada historietística a nivel Marc Antoine Mathieu, de la que Chanti sale obscenamente bien parado. Precioso librito, para regalarle a los pibes ahora que vienen las fiestas.
Tengo leídos un par de libros más, así que esta semana seguro tenemos más reseñas acá en el blog. ¡Hasta pronto!
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miércoles, 8 de noviembre de 2017
VUELVO A LA RUTA
Después de un mes y moneditas en Buenos Aires, mañana me toca viajar a San Luis, a participar de la maravillosa San Luis Comic Con. Entre una cosa y otra, estaré posteando nuevamente en el blog el martes 14… que es el día de la función de prensa de la peli de Justice League, así que puede haber reseñas de comics o de dicho largometraje. Ya veremos. Por ahora, tengo esto para reseñar.
Llegamos al anteúltimo tomo de Bakuman, y pasó lo que inevitablemente iba a pasar: Tsugumi Ohba y Takeshi Obata se acordaron del subplot más pedorro de esta magnífica serie y, en la segunda mitad de este tomo, lo empezaron a desarrollar hasta convertirlo en el centro de la trama. Me refiero a la promesa del capo de Mashiro y la boluda de Azuki, algo tan ridículo, tan caprichoso, tan ilógico, que los propios autores no ocultan en lo más mínimo que se trata de un despropósito. Alcanza con ver la (impagable) expresión que Obata le dibuja al rostro de Hattori cuando se entera de esta situación. Es la cara que cualquier adulto sensato pondría ante una decisión tan pueril como la que tomaron años atrás Mashiro y Azuki.
Por suerte la primera mitad del tomo conserva el nivel de excelencia habitual y nos empieza a tirar data valiosísima acerca de cómo se negocian los derechos para adaptar al animé los mangas más populares de los semanarios onda Shonen Jump. Y a lo largo de todo el tomo podemos disfrutar (como siempre) de unos diálogos formidables y del maravilloso dibujo de Obata, cada vez más plástico, más expresivo, más pensado para transmitirnos las distintas emociones que viven los protagonistas a lo largo de la historia.
Se viene el final, parece mentira… pero nos quedan tantas emociones, tantos momentos alucinantes, tantos mimos a nuestros ojos y nuestros corazones que es obvio que Bakuman no se va a terminar NUNCA. Ponga huevo, Ivrea, a ver si sale el Vol.20 antes de fin de año…
Acá tengo otra publicación argentina que para mí era de 2017, pero tiene fecha de catalogación en 2016. Family Curse es una antología de relatos fantásticos, algunos escritos por Ziul Mitomante y otros por Nicolás “el Negro” Viglietti. Cada uno aporta tres historias, hilvanadas por una secuencia en la que distintos personajes se narran entre sí estos relatos. No entendí si estos personajes son una referencia a otros, o qué son, pero me divertí con los diálogos y no me convencieron los dibujos, obra de Kundo Kunch.
De las seis historias cortas, las que más me gustaron, las que más me sorprendieron, las que más se apartan de la maraña de clichés típicos de las historias de misterio sobrenatural que leímos chotocientas veces, son Hongos de An-Nasirah (guión de Mitomante, dibujos de un inspiradísimo Facundo Belgradi) y Tío Dan (gran guión de Viglietti, dibujazos de Hernán González).
El resto, o flaquea en los guiones, o sufre de la impericia de los dibujantes. Lo único que es realmente excelente a lo largo de todo el libro son los diálogos. Se ve que ahí está el fuerte de Viglietti y Mitomante. Y bueno, obviamente no hace falta que subraye el notable trabajo de Maan House en la portada, no? Es apenas un golazo más en la carrera de un ilustrador definitivamente tocado por la varita mágica. Me quedo con esa imagen, con esa doble página de la orgía dibujada por Belgradi, con esos primeros planos repulsivos de González y con algunas cosas de las que ensaya Joel Saavedra, muy influenciado por Sean Murphy, pero en el camino correcto.
El martes, entonces, es muy probable que haya nuevo post. Y si estás en San Luis, nos vemos este finde.
Llegamos al anteúltimo tomo de Bakuman, y pasó lo que inevitablemente iba a pasar: Tsugumi Ohba y Takeshi Obata se acordaron del subplot más pedorro de esta magnífica serie y, en la segunda mitad de este tomo, lo empezaron a desarrollar hasta convertirlo en el centro de la trama. Me refiero a la promesa del capo de Mashiro y la boluda de Azuki, algo tan ridículo, tan caprichoso, tan ilógico, que los propios autores no ocultan en lo más mínimo que se trata de un despropósito. Alcanza con ver la (impagable) expresión que Obata le dibuja al rostro de Hattori cuando se entera de esta situación. Es la cara que cualquier adulto sensato pondría ante una decisión tan pueril como la que tomaron años atrás Mashiro y Azuki.
Por suerte la primera mitad del tomo conserva el nivel de excelencia habitual y nos empieza a tirar data valiosísima acerca de cómo se negocian los derechos para adaptar al animé los mangas más populares de los semanarios onda Shonen Jump. Y a lo largo de todo el tomo podemos disfrutar (como siempre) de unos diálogos formidables y del maravilloso dibujo de Obata, cada vez más plástico, más expresivo, más pensado para transmitirnos las distintas emociones que viven los protagonistas a lo largo de la historia.
Se viene el final, parece mentira… pero nos quedan tantas emociones, tantos momentos alucinantes, tantos mimos a nuestros ojos y nuestros corazones que es obvio que Bakuman no se va a terminar NUNCA. Ponga huevo, Ivrea, a ver si sale el Vol.20 antes de fin de año…
Acá tengo otra publicación argentina que para mí era de 2017, pero tiene fecha de catalogación en 2016. Family Curse es una antología de relatos fantásticos, algunos escritos por Ziul Mitomante y otros por Nicolás “el Negro” Viglietti. Cada uno aporta tres historias, hilvanadas por una secuencia en la que distintos personajes se narran entre sí estos relatos. No entendí si estos personajes son una referencia a otros, o qué son, pero me divertí con los diálogos y no me convencieron los dibujos, obra de Kundo Kunch.
De las seis historias cortas, las que más me gustaron, las que más me sorprendieron, las que más se apartan de la maraña de clichés típicos de las historias de misterio sobrenatural que leímos chotocientas veces, son Hongos de An-Nasirah (guión de Mitomante, dibujos de un inspiradísimo Facundo Belgradi) y Tío Dan (gran guión de Viglietti, dibujazos de Hernán González).
El resto, o flaquea en los guiones, o sufre de la impericia de los dibujantes. Lo único que es realmente excelente a lo largo de todo el libro son los diálogos. Se ve que ahí está el fuerte de Viglietti y Mitomante. Y bueno, obviamente no hace falta que subraye el notable trabajo de Maan House en la portada, no? Es apenas un golazo más en la carrera de un ilustrador definitivamente tocado por la varita mágica. Me quedo con esa imagen, con esa doble página de la orgía dibujada por Belgradi, con esos primeros planos repulsivos de González y con algunas cosas de las que ensaya Joel Saavedra, muy influenciado por Sean Murphy, pero en el camino correcto.
El martes, entonces, es muy probable que haya nuevo post. Y si estás en San Luis, nos vemos este finde.
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martes, 8 de agosto de 2017
TRIPLETE DE MARTES
Ufff… por fin un minuto de paz para sentarme a redactar unas reseñas… Tengo unos días complicados y… sí, ya sé, siempre el mismo verso… Pero posta, hoy escribo estas reseñas y no tengo la más puta idea de cuándo voy a poder clavar el culo en la silla y escribir las próximas.
Arranco con Mildiu, una gema semi-oculta del glorioso Lewis Trondheim que en realidad es la tercera aventura de Lapinot, y la primera que no es editada por L´Association, el sello independiente fundado (entre otros) por el ídolo en cuestión. Mildiu sale en el sello Seuil justo antes de que los álbumes de Lapinot pasen al formato tradicional, a color, y a Dargaud. Es una obra de 1994, cuando Trondheim ya no era su propio editor pero todavía hacía lo que se le cantaba la chota.
Mildiu nos ofrece casi 140 páginas frenéticas, en las que Trondheim se propone satirizar a los relatos de aventuras que se basan en un 95% en peleas entre el Bueno y el Malo, y casi sin querer pela una obra maestra. Obviamente para esa cantidad de páginas, pasan pocas cosas. Pero no es tan importante el cuánto como el cómo. Y el cómo es maravilloso. Lapinot y su enemigo Mildiu (sí, el comic tiene el nombre del villano) combaten a espadazos, piñas y patadas en el medioevo, en un castillo lleno de trampas, recovecos peligrosos y pasadizos secretos, mientras se tiran frases desopilantes y se cruzan con otros personajes bizarros, entre ellos un hechicero cuyos conjuros hacen aún más impredecible el resultado de la cuasi-infinita pelea.
Acá te reís, te entusiasmás, vibrás al ritmo de la machaca, te mordés el labio de abajo onda “no podéssss”, y cuando llega el final aplaudís de pie. Trondheim te garantiza, como siempre, diversión de la buena y un dibujo exquisito. Me encantó volver a verlo en blanco y negro (como en La Mouche, a la cual le tira un homenaje), me cebó mucho verlo dibujar espadas, escudos y hechiceros años antes de La Mazmorra, y obviamente al tener tantas páginas para llenar, la magia que tira el francés en el armado de las secuencias es virtualmente ilimitada. Un flash alucinante.
Me vengo a Argentina, al 2016, cuando se edita Ultradeformer, un librito muy breve con varias historias cortas realizadas por Pedro Mancini. Me da la sensación de que una de las historias (Misterio de Krang) era inédita y el resto ya había aparecido en la revista Ultramundo. Como siempre, son historias al borde del delirio, bastante crípticas, con poco texto, ideas muy locas y cierto coqueteo con el comic clásico de suspenso y enigmas sobrenaturales.
Al final, entre ese cúmulo de incertidumbres, lo que queda claro es que Mancini es un dibujante con un talento increíble, una imaginación única, y que su fuerte son esos climas oscuros, enrarecidos, altamente cautivantes. Tengo más libros de Pedro sin leer, así que pronto vuelvo a explorar los bizarros paisajes de su ultramundo.
Y cierro con el Vol.18 de Bakuman, el único comic que leo el día que me lo compro, que suele ser el día que se edita. Ya no falta nada para el final y Tsugumi Ohba y Takeshi Obata dan el puntapié inicial de lo que (supongo yo) es el arco final de la serie. De un modo muy elegante, Perfect Crime Party pasa a un segundo plano y ahora la historieta que define, la que sale a patear en la definición por penales, es Reversi, una nueva creación de los incansables Muto Ashirogi ahora sí, pensada no sólo para prenderle fuego a las páginas de la Jump, sino también para convertirse en un animé exitoso…
Claro que no va a ser todo tan fácil. Están las fechas de entrega, están las excentricidades del inefable Eiji Niizuma, las roscas y los protocolos de los editores (esta vez con mucha chapa para Yujiro Hattori) y está el público que, con su preferencia, decide quién da la vuelta olímpica y quién no. Es un tomo en el que vamos a ver a los protagonistas al límite de su aguante, siempre bien complementados por las tramas que Ohba les reserva a los secundarios, cada vez más queribles. Lo único medio choto es esa secuencia con el abuelo de Mashiro, una forma bastante ramplona de recordarnos la motivación del joven dibujante, que se podría haber obviado. El resto, todo intensamente maravilloso, y dibujado como la hiper-concha de Dios. Voy a extrañar mucho a Bakuman cuando termine de salir. Mucho.
La seguimos pronto (creo).
Arranco con Mildiu, una gema semi-oculta del glorioso Lewis Trondheim que en realidad es la tercera aventura de Lapinot, y la primera que no es editada por L´Association, el sello independiente fundado (entre otros) por el ídolo en cuestión. Mildiu sale en el sello Seuil justo antes de que los álbumes de Lapinot pasen al formato tradicional, a color, y a Dargaud. Es una obra de 1994, cuando Trondheim ya no era su propio editor pero todavía hacía lo que se le cantaba la chota.
Mildiu nos ofrece casi 140 páginas frenéticas, en las que Trondheim se propone satirizar a los relatos de aventuras que se basan en un 95% en peleas entre el Bueno y el Malo, y casi sin querer pela una obra maestra. Obviamente para esa cantidad de páginas, pasan pocas cosas. Pero no es tan importante el cuánto como el cómo. Y el cómo es maravilloso. Lapinot y su enemigo Mildiu (sí, el comic tiene el nombre del villano) combaten a espadazos, piñas y patadas en el medioevo, en un castillo lleno de trampas, recovecos peligrosos y pasadizos secretos, mientras se tiran frases desopilantes y se cruzan con otros personajes bizarros, entre ellos un hechicero cuyos conjuros hacen aún más impredecible el resultado de la cuasi-infinita pelea.
Acá te reís, te entusiasmás, vibrás al ritmo de la machaca, te mordés el labio de abajo onda “no podéssss”, y cuando llega el final aplaudís de pie. Trondheim te garantiza, como siempre, diversión de la buena y un dibujo exquisito. Me encantó volver a verlo en blanco y negro (como en La Mouche, a la cual le tira un homenaje), me cebó mucho verlo dibujar espadas, escudos y hechiceros años antes de La Mazmorra, y obviamente al tener tantas páginas para llenar, la magia que tira el francés en el armado de las secuencias es virtualmente ilimitada. Un flash alucinante.
Me vengo a Argentina, al 2016, cuando se edita Ultradeformer, un librito muy breve con varias historias cortas realizadas por Pedro Mancini. Me da la sensación de que una de las historias (Misterio de Krang) era inédita y el resto ya había aparecido en la revista Ultramundo. Como siempre, son historias al borde del delirio, bastante crípticas, con poco texto, ideas muy locas y cierto coqueteo con el comic clásico de suspenso y enigmas sobrenaturales.
Al final, entre ese cúmulo de incertidumbres, lo que queda claro es que Mancini es un dibujante con un talento increíble, una imaginación única, y que su fuerte son esos climas oscuros, enrarecidos, altamente cautivantes. Tengo más libros de Pedro sin leer, así que pronto vuelvo a explorar los bizarros paisajes de su ultramundo.
Y cierro con el Vol.18 de Bakuman, el único comic que leo el día que me lo compro, que suele ser el día que se edita. Ya no falta nada para el final y Tsugumi Ohba y Takeshi Obata dan el puntapié inicial de lo que (supongo yo) es el arco final de la serie. De un modo muy elegante, Perfect Crime Party pasa a un segundo plano y ahora la historieta que define, la que sale a patear en la definición por penales, es Reversi, una nueva creación de los incansables Muto Ashirogi ahora sí, pensada no sólo para prenderle fuego a las páginas de la Jump, sino también para convertirse en un animé exitoso…
Claro que no va a ser todo tan fácil. Están las fechas de entrega, están las excentricidades del inefable Eiji Niizuma, las roscas y los protocolos de los editores (esta vez con mucha chapa para Yujiro Hattori) y está el público que, con su preferencia, decide quién da la vuelta olímpica y quién no. Es un tomo en el que vamos a ver a los protagonistas al límite de su aguante, siempre bien complementados por las tramas que Ohba les reserva a los secundarios, cada vez más queribles. Lo único medio choto es esa secuencia con el abuelo de Mashiro, una forma bastante ramplona de recordarnos la motivación del joven dibujante, que se podría haber obviado. El resto, todo intensamente maravilloso, y dibujado como la hiper-concha de Dios. Voy a extrañar mucho a Bakuman cuando termine de salir. Mucho.
La seguimos pronto (creo).
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jueves, 1 de junio de 2017
TRES DE JUEVES
Vamos con algunas reseñitas más.
Salió el Vol.17 de Bakuman y obviamente me lo bajé ni bien lo levanté de la batea de la comiquería donde suelo comprarlo. El tomo tiene el peor principio posible: un enemigo al que los Muto Ahirogi ya derrotaron vuelve recargado, con un plan mejor y más maligno para aplastar a nuestro jóvenes mangakas favoritos. –No, no me hinchés las bolas… ¿con qué necesidad?... –Pero bancá, porque a partir de la consigna más chota imaginable, Tsugumi Ohba y Takeshi Obata desarrollan un arco argumental BRILLANTE, lleno de momentos impactantes, momentos emocionantes, giros impredecibles… Cuando una serie es perfecta, se puede dar estos lujos: arrancar con una jugada obvia, remanida… y darla vuelta en el aire para convertirla en una historia excelente. El villano cobra chapa, los Muto Ashirogi la rompen, el nunca bien ponderado Akira Hattori demuestra una vez más lo clara que la tiene, por fin el guión de Ohba explota un poco más el legado del tío mangaka de Mashiro, y la historia de amor (quizás lo único medio pedorro de los primeros tomos de la serie) sigue allá lejos, en octavo o noveno plano.
Bakuman, el manga de amor al manga, el shonen para acabar con todos los shonen, sigue allá arriba, con guiones y dibujos insuperables y, como siempre, una buena traducción por parte de Nathalia Ferrera que hace sumamente disfrutables los abundantes diálogos que caracterizan a esta serie. No te puedo explicar cómo la voy a extrañar cuando se termine ni la bronca que me da que los tomos salgan tan espaciados.
El año pasado, para festejar los 200 años de la delaración de la Independencia argentina, se editó en Tucumán la antología Bicentenario Fantástico, en la que participan los integrantes de un colectivo de autores llamado La Marca de Caín, con varias historietas cuya consigna es agregarle elementos fantásticos a los sucesos más importantes de la historia de nuestro país. Así, el general Belgrano interactúa con un vampiro, San Martín con zombies, los congresales de 1816 con alienígenas, Perón y Evita con mechas onda Gundam, los soldados de Malvinas con naves que parecen de Star Wars… Se entiende, no?
La idea no está mal. Es bizarra, pero con bastante potencial. La realización, en cambio, me resultó bastante precaria. Los guiones tienen poca fuerza, les falta timing… Ninguno me terminó de convencer. Y entre los dibujantes hay algunos rescatables. Emanuel Molina hace un trabajo bastante aceptable, con cierta influencia de Salvador Sanz. Rodolfo Paz muestra un muy buen manejo del claroscuro y buen criterio para la narrativa. Lo de Malena Villafañe y Arcade es raro, desparejo, con momentos realmente grossos y puntos muy bajos en una misma historieta. Y también con varios problemas en la narrativa y en la aplicación de los grises, me pareció interesante el dibujo de Brenda Cruz Villacorta, muy influenciado por Matsuri Hino. Ojalá los chicos y chicas de La Marca de Caín sigan generando nuevas y mejores historietas allá en Tucumán, una ciudad con bastante tradición comiquera.
Finalmente, después de aquel primer desencuentro amoroso, le di otra chance a Los Escorpiones del Desierto de Hugo Pratt, con otro librito que conseguí muy barato en Chile, el año pasado: Un Fortín en Dancalia, título de 1982 que, a diferencia del que vimos el 24/04/17, está pensado como una breve novela gráfica, con una única (y excelente) línea argumental.
Esta vez sí, Pratt logra hacer lo que más sabe: nutrirse de un conflicto bélico real para crear una historia 100% verosímil, humana, donde lo que importa son los personajes. Y la verdad que a Un Fortín en Dancalia le sobran los personajes cautivantes. Además, la trama en sí es muy ganchera, los diálogos están afiladísimos, la grilla de 12 viñetas iguales (que Pratt conserva en la gran mayoría de las páginas) resulta un elemento formidable para la narrativa controlada a nivel molecular, y el trazo del Tano, aún coloreado por los franceses, remite como pocas veces a la estética de Milton Caniff y Roy Crane, que tan bien encaja con los relatos de la Segunda Guerra Mundial. Así, sí.
Prometo volver pronto con nuevas reseñas y aprovecho para invitar a los amigos cordobeses a la tercera edición de Docta Comics, donde voy a estar entre el jueves 8 y el sábado 10 de este mes. ¡La seguimos en cualquier momento!
Salió el Vol.17 de Bakuman y obviamente me lo bajé ni bien lo levanté de la batea de la comiquería donde suelo comprarlo. El tomo tiene el peor principio posible: un enemigo al que los Muto Ahirogi ya derrotaron vuelve recargado, con un plan mejor y más maligno para aplastar a nuestro jóvenes mangakas favoritos. –No, no me hinchés las bolas… ¿con qué necesidad?... –Pero bancá, porque a partir de la consigna más chota imaginable, Tsugumi Ohba y Takeshi Obata desarrollan un arco argumental BRILLANTE, lleno de momentos impactantes, momentos emocionantes, giros impredecibles… Cuando una serie es perfecta, se puede dar estos lujos: arrancar con una jugada obvia, remanida… y darla vuelta en el aire para convertirla en una historia excelente. El villano cobra chapa, los Muto Ashirogi la rompen, el nunca bien ponderado Akira Hattori demuestra una vez más lo clara que la tiene, por fin el guión de Ohba explota un poco más el legado del tío mangaka de Mashiro, y la historia de amor (quizás lo único medio pedorro de los primeros tomos de la serie) sigue allá lejos, en octavo o noveno plano.
Bakuman, el manga de amor al manga, el shonen para acabar con todos los shonen, sigue allá arriba, con guiones y dibujos insuperables y, como siempre, una buena traducción por parte de Nathalia Ferrera que hace sumamente disfrutables los abundantes diálogos que caracterizan a esta serie. No te puedo explicar cómo la voy a extrañar cuando se termine ni la bronca que me da que los tomos salgan tan espaciados.
El año pasado, para festejar los 200 años de la delaración de la Independencia argentina, se editó en Tucumán la antología Bicentenario Fantástico, en la que participan los integrantes de un colectivo de autores llamado La Marca de Caín, con varias historietas cuya consigna es agregarle elementos fantásticos a los sucesos más importantes de la historia de nuestro país. Así, el general Belgrano interactúa con un vampiro, San Martín con zombies, los congresales de 1816 con alienígenas, Perón y Evita con mechas onda Gundam, los soldados de Malvinas con naves que parecen de Star Wars… Se entiende, no?
La idea no está mal. Es bizarra, pero con bastante potencial. La realización, en cambio, me resultó bastante precaria. Los guiones tienen poca fuerza, les falta timing… Ninguno me terminó de convencer. Y entre los dibujantes hay algunos rescatables. Emanuel Molina hace un trabajo bastante aceptable, con cierta influencia de Salvador Sanz. Rodolfo Paz muestra un muy buen manejo del claroscuro y buen criterio para la narrativa. Lo de Malena Villafañe y Arcade es raro, desparejo, con momentos realmente grossos y puntos muy bajos en una misma historieta. Y también con varios problemas en la narrativa y en la aplicación de los grises, me pareció interesante el dibujo de Brenda Cruz Villacorta, muy influenciado por Matsuri Hino. Ojalá los chicos y chicas de La Marca de Caín sigan generando nuevas y mejores historietas allá en Tucumán, una ciudad con bastante tradición comiquera.
Finalmente, después de aquel primer desencuentro amoroso, le di otra chance a Los Escorpiones del Desierto de Hugo Pratt, con otro librito que conseguí muy barato en Chile, el año pasado: Un Fortín en Dancalia, título de 1982 que, a diferencia del que vimos el 24/04/17, está pensado como una breve novela gráfica, con una única (y excelente) línea argumental.
Esta vez sí, Pratt logra hacer lo que más sabe: nutrirse de un conflicto bélico real para crear una historia 100% verosímil, humana, donde lo que importa son los personajes. Y la verdad que a Un Fortín en Dancalia le sobran los personajes cautivantes. Además, la trama en sí es muy ganchera, los diálogos están afiladísimos, la grilla de 12 viñetas iguales (que Pratt conserva en la gran mayoría de las páginas) resulta un elemento formidable para la narrativa controlada a nivel molecular, y el trazo del Tano, aún coloreado por los franceses, remite como pocas veces a la estética de Milton Caniff y Roy Crane, que tan bien encaja con los relatos de la Segunda Guerra Mundial. Así, sí.
Prometo volver pronto con nuevas reseñas y aprovecho para invitar a los amigos cordobeses a la tercera edición de Docta Comics, donde voy a estar entre el jueves 8 y el sábado 10 de este mes. ¡La seguimos en cualquier momento!
martes, 14 de febrero de 2017
DOS JOYITAS
Sigo avanzando en las lecturas del material que se publicó en Argentina durante el segundo semestre de 2016, aquel período mágico e idílico que pasó a la historia porque fue cuando vimos la luz al final del túnel y se terminaron la inflación, la recesión, los despidos, los tarifazos, la fuga de capitales, la inseguridad y el impuesto a las ganancias.
Y así llegué a Los Visitantes del Agujero del Comedor, otra excelente colaboración entre Federico Reggiani y Angel Mosquito, una de las grandes duplas que tiene hoy el comic, me animo a decir a nivel mundial. Esta historia arranca medio X-Files y termina medio Men in Black, pero de punta a punta tiene el irresistible sabor de la berretada argentina, ese aroma inconfundible del sainete de Alberto Vacarezza, del grotesco de Esperando la Carroza. Reggiani ya demostró que sabe condimentar con esas especias historias de zombies, de astronautas, road movies, lo que venga. Y esta vez se supera a sí mismo con un equlibrio impecable entre el suspenso, la acción y la comedia. Todo esto sustentado en un magnífico trabajo en la construcción de los personajes que, a pesar de su torpeza, su mala leche o su codicia, resultan uno más querible que el otro.
El dibujo de Mosquito contribuye muchísimo a ese equilibrio entre estos elementos no tan fáciles de incorporar a un mismo relato. Acá lo vemos trabajar en un estilo limpito, sintético, complementado con un manejo alucinante de los grises aplicados en el photoshop. Sin dudas, ese registro tan Mosquito (siempre a mitad de camino entre el costumbrismo y la bizarreada) resulta ideal para esta gran anti-epopeya, esta especie de “Eternauta puertas adentro” en la que la aventura viene a buscar a tipos y minas comunes del conurbano bonaerense ya no a su barrio, sino al interior mismo de su living. Recomiendo a full Los Visitantes del Agujero del Comedor y felicito a la editorial Maten al Mensajero por apostar fuerte a la dupla Reggiani-Mosquito, que hasta ahora jamás me falló.
Y salto a 2017, porque con Bakuman no me puedo aguantar y salió el Vol.16, después de una larga abstinencia. Tsugumi Ohba y Takeshi Obata (hablando de duplas grossas…) avanzan hacia el tramo final de su obra maestra a paso firme, sin tirarse a chantas y sin guardarse absolutamente nada. Esta vez, el foco está puesto en el genio, el virtuoso, el asombroso Eiji Niizuma, el rival al que todos le quieren ganar y al que todos admiran profundamente. La trama es brillante, el suspenso, la tensión, todo funciona a la perfección. Y sobre todo, el gran logro de Ohba, que es que amemos a estos personajes, con sus virtudes y defectos. Te juro que en un momento me dieron ganas de meterme en la historieta (como la minita del videoclip de A-ha) a darle un abrazo a Niizuma y decirle cuánto lo admiro.
El resto del elenco no se queda atrás aunque, claro, al ser tantos personajes, hay varios que en este tomo están pintados al óleo, con menos protagonismo que Independiente en los torneos de verano. Lo bueno de esto es que esta vez zafamos de Azuki, el personaje más choto de Bakuman, que no aparece ni una viñeta y ni siquiera la nombran. Mejor así. Mientras tanto, Ohba y Obata nos regalan un montón de escenas memorables, como cuando Niizuma le pela a Yujiro Hattori el pilón de originales de sus obras inéditas, o cuando Iwase sale de su reclusión y reacciona como nadie se imaginó que iba a reaccionar. Por si faltara algo, en las últimas… 40 páginas, se empieza a desarrollar un plot nuevo muy interesante, que si no me equivoco anuncia el inminente regreso de uno de los “villanos” más atractivos que tuvo este manga.
Como siempre digo, Bakuman es lo mejor que le pasó al shonen en su historia. Un manga de amor al manga cuyo único defecto es que termina en el Vol.20 y ya leí hasta el Vol.16. Quisiera que esto dure para siempre, decía una canción de una banda mediocre…
Y bueno, ya volveremos con más reseñas. Estoy empezando a leer un mega-broli de muchas páginas, así que capaz que me tomo más días que de costumbre para volver a postear…
Y así llegué a Los Visitantes del Agujero del Comedor, otra excelente colaboración entre Federico Reggiani y Angel Mosquito, una de las grandes duplas que tiene hoy el comic, me animo a decir a nivel mundial. Esta historia arranca medio X-Files y termina medio Men in Black, pero de punta a punta tiene el irresistible sabor de la berretada argentina, ese aroma inconfundible del sainete de Alberto Vacarezza, del grotesco de Esperando la Carroza. Reggiani ya demostró que sabe condimentar con esas especias historias de zombies, de astronautas, road movies, lo que venga. Y esta vez se supera a sí mismo con un equlibrio impecable entre el suspenso, la acción y la comedia. Todo esto sustentado en un magnífico trabajo en la construcción de los personajes que, a pesar de su torpeza, su mala leche o su codicia, resultan uno más querible que el otro.
El dibujo de Mosquito contribuye muchísimo a ese equilibrio entre estos elementos no tan fáciles de incorporar a un mismo relato. Acá lo vemos trabajar en un estilo limpito, sintético, complementado con un manejo alucinante de los grises aplicados en el photoshop. Sin dudas, ese registro tan Mosquito (siempre a mitad de camino entre el costumbrismo y la bizarreada) resulta ideal para esta gran anti-epopeya, esta especie de “Eternauta puertas adentro” en la que la aventura viene a buscar a tipos y minas comunes del conurbano bonaerense ya no a su barrio, sino al interior mismo de su living. Recomiendo a full Los Visitantes del Agujero del Comedor y felicito a la editorial Maten al Mensajero por apostar fuerte a la dupla Reggiani-Mosquito, que hasta ahora jamás me falló.
Y salto a 2017, porque con Bakuman no me puedo aguantar y salió el Vol.16, después de una larga abstinencia. Tsugumi Ohba y Takeshi Obata (hablando de duplas grossas…) avanzan hacia el tramo final de su obra maestra a paso firme, sin tirarse a chantas y sin guardarse absolutamente nada. Esta vez, el foco está puesto en el genio, el virtuoso, el asombroso Eiji Niizuma, el rival al que todos le quieren ganar y al que todos admiran profundamente. La trama es brillante, el suspenso, la tensión, todo funciona a la perfección. Y sobre todo, el gran logro de Ohba, que es que amemos a estos personajes, con sus virtudes y defectos. Te juro que en un momento me dieron ganas de meterme en la historieta (como la minita del videoclip de A-ha) a darle un abrazo a Niizuma y decirle cuánto lo admiro.
El resto del elenco no se queda atrás aunque, claro, al ser tantos personajes, hay varios que en este tomo están pintados al óleo, con menos protagonismo que Independiente en los torneos de verano. Lo bueno de esto es que esta vez zafamos de Azuki, el personaje más choto de Bakuman, que no aparece ni una viñeta y ni siquiera la nombran. Mejor así. Mientras tanto, Ohba y Obata nos regalan un montón de escenas memorables, como cuando Niizuma le pela a Yujiro Hattori el pilón de originales de sus obras inéditas, o cuando Iwase sale de su reclusión y reacciona como nadie se imaginó que iba a reaccionar. Por si faltara algo, en las últimas… 40 páginas, se empieza a desarrollar un plot nuevo muy interesante, que si no me equivoco anuncia el inminente regreso de uno de los “villanos” más atractivos que tuvo este manga.
Como siempre digo, Bakuman es lo mejor que le pasó al shonen en su historia. Un manga de amor al manga cuyo único defecto es que termina en el Vol.20 y ya leí hasta el Vol.16. Quisiera que esto dure para siempre, decía una canción de una banda mediocre…
Y bueno, ya volveremos con más reseñas. Estoy empezando a leer un mega-broli de muchas páginas, así que capaz que me tomo más días que de costumbre para volver a postear…
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viernes, 6 de noviembre de 2015
06/11: BAKUMAN Vol.10
¡Aggghhhhh! Tenía abstinencia de manga y tengo otros tomos para leer, pero me encapriché en que quería que mi próximo manga fuera el Vol.10 de Bakuman, ningún otro. Y bueno, finalmente Ivrea se dignó a editarlo y acá está.
Si hasta ahora no nos había quedado muy claro en qué medida las decisiones, los caprichos y las especulaciones de los editores pueden cambiar el rumbo de la carrera de un magaka, acá Tsugumi Ohba y Takeshi Obata nos lo terminan de explicar. En este tomo, los Muto Ashirogi (el guionista Takagi y el dibujante Mashiro) no son los protagonistas, son más bien dos hojitas a las que sacude el viento. Primero para acá, después para allá, nuestros jóvenes mangakas rara vez motorizan la historia, sino que dedican todas sus energías a complacer a los editores, a hacer lo que ellos les dicen que hagan. Mangas en joda, mangas oscuros, mangas “de humor serio”… para publicar en la Shonen Jump hay que saber hacer de todo. Y ni siquiera te juzgan por si sos bueno o malo, te juzgan por si le podés ganar en popularidad a los mangas que más entusiasmo generan dentro de la misma antología.
Claro, los editores son los que saben y los que pueden participar de las reuniones en las que se decide quién publica y quién no, por eso a los chicos no les queda más remedio que escucharlos y cumplir con sus exigencias. Pero guarda, que además son seres humanos. Este tomo se toma su espacio para mostrarnos cómo los editores se emocionan, se equivocan, rosquean, discuten, se buchonean entre ellos y hasta tienen problemas sentimentales con las mangakas cuya labor supervisan. Con todo esto, es lógico que el protagonsimo se desplace, al menos por un rato, hacia Hattori y Miura, los dos editores más vinculados al trabajo de los Muto Ashirogi. Como consecuencia, esta vez tenemos poquísimas escenas centradas en los otros jóvenes mangakas y –como ya es costumbre- escasa participación para la esposa de Takagi y la novia de Mashiro.
Ohba le pone mucho énfasis a las estrategias que los editores discuten con los Muto Ashirogi, las teorías que unos y otros exponen acerca de qué rumbo deben darle los chicos a su carrera, y eso hace que este tomo sea particularmente denso en cuanto a la cantidad de diálogo. Hay páginas y páginas de puro diálogo, a veces con globos inmensos, que ocupan la viñeta entera o dejan lugar para que Obata dibuje apenas un ojo. Y no son un embole, lo cual habla bien del espesor dramático que Ohba logra darle a estas secuencias y por supuesto de la labor de la traductora, Nathalia Ferreyra, para la que pedimos aumento de sueldo, urgente.
Acerca del dibujo de Obata no puedo más que reiterar los elogios que ya le prodigué en reseñas anteriores. Lo más grosso de este tomo son esas mutaciones estilísticas a las que recurre cuando nos tiene que mostrar páginas dibujadas por otros mangakas. Esto le sale tan bien, que uno realmente sospecha que el tipo invita a otros mangakas amigos suyos (o quizás a sus asistentes) a dibujar esas páginas para que el lector realmente se convenza de que nos están mostrando trabajos de varios dibujantes distintos. Cada vez es más increíble que todas esas imágenes hayan salido de la misma pluma. Incluso muy condicionado por la brutal cantidad de texto que mete Ohba, Obata logra hacernos vibrar con su estilo fresco, potente, repleto de detalles alucinantes y –cuando el guión lo requiere- desbordante de expresividad. Un monstruo.
Se terminó la primera mitad de Bakuman y hasta ahora todo es espectacular. Veremos qué le deparan los próximos tomos a Takagi y Mashiro… y cuánto tarda Ivrea en publicar el Vol.11.
Si hasta ahora no nos había quedado muy claro en qué medida las decisiones, los caprichos y las especulaciones de los editores pueden cambiar el rumbo de la carrera de un magaka, acá Tsugumi Ohba y Takeshi Obata nos lo terminan de explicar. En este tomo, los Muto Ashirogi (el guionista Takagi y el dibujante Mashiro) no son los protagonistas, son más bien dos hojitas a las que sacude el viento. Primero para acá, después para allá, nuestros jóvenes mangakas rara vez motorizan la historia, sino que dedican todas sus energías a complacer a los editores, a hacer lo que ellos les dicen que hagan. Mangas en joda, mangas oscuros, mangas “de humor serio”… para publicar en la Shonen Jump hay que saber hacer de todo. Y ni siquiera te juzgan por si sos bueno o malo, te juzgan por si le podés ganar en popularidad a los mangas que más entusiasmo generan dentro de la misma antología.
Claro, los editores son los que saben y los que pueden participar de las reuniones en las que se decide quién publica y quién no, por eso a los chicos no les queda más remedio que escucharlos y cumplir con sus exigencias. Pero guarda, que además son seres humanos. Este tomo se toma su espacio para mostrarnos cómo los editores se emocionan, se equivocan, rosquean, discuten, se buchonean entre ellos y hasta tienen problemas sentimentales con las mangakas cuya labor supervisan. Con todo esto, es lógico que el protagonsimo se desplace, al menos por un rato, hacia Hattori y Miura, los dos editores más vinculados al trabajo de los Muto Ashirogi. Como consecuencia, esta vez tenemos poquísimas escenas centradas en los otros jóvenes mangakas y –como ya es costumbre- escasa participación para la esposa de Takagi y la novia de Mashiro.
Ohba le pone mucho énfasis a las estrategias que los editores discuten con los Muto Ashirogi, las teorías que unos y otros exponen acerca de qué rumbo deben darle los chicos a su carrera, y eso hace que este tomo sea particularmente denso en cuanto a la cantidad de diálogo. Hay páginas y páginas de puro diálogo, a veces con globos inmensos, que ocupan la viñeta entera o dejan lugar para que Obata dibuje apenas un ojo. Y no son un embole, lo cual habla bien del espesor dramático que Ohba logra darle a estas secuencias y por supuesto de la labor de la traductora, Nathalia Ferreyra, para la que pedimos aumento de sueldo, urgente.
Acerca del dibujo de Obata no puedo más que reiterar los elogios que ya le prodigué en reseñas anteriores. Lo más grosso de este tomo son esas mutaciones estilísticas a las que recurre cuando nos tiene que mostrar páginas dibujadas por otros mangakas. Esto le sale tan bien, que uno realmente sospecha que el tipo invita a otros mangakas amigos suyos (o quizás a sus asistentes) a dibujar esas páginas para que el lector realmente se convenza de que nos están mostrando trabajos de varios dibujantes distintos. Cada vez es más increíble que todas esas imágenes hayan salido de la misma pluma. Incluso muy condicionado por la brutal cantidad de texto que mete Ohba, Obata logra hacernos vibrar con su estilo fresco, potente, repleto de detalles alucinantes y –cuando el guión lo requiere- desbordante de expresividad. Un monstruo.
Se terminó la primera mitad de Bakuman y hasta ahora todo es espectacular. Veremos qué le deparan los próximos tomos a Takagi y Mashiro… y cuánto tarda Ivrea en publicar el Vol.11.
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miércoles, 15 de julio de 2015
15/ 07: BAKUMAN Vol.9
Hoy muy cortito, porque me quedé sin tiempo.
Me sigo divirtiendo muchísimo con este manga. No sé cómo, pero Tsugumi Ohba y Takeshi Obata me siguen sorprendiendo tomo a tomo, con las volteretas que pega el argumento, con la forma en que generan tensión incluso en situaciones cotidianas o boludas, con la profundidad que le dan a los personajes y –quizás lo más atractivo- con la data que tiran acerca del backstage de las grandes antologías japonesas.
Este tomo tiene escenas cómicas, románticas, discusiones al borde de irse a las manos, revelaciones sobre el pasado de los personajes adultos, más evolución en los personajes jóvenes y nuevos conflictos (pesados y livianitos) para que la trama no decaiga nunca, para que uno la siga siempre con el mismo interés.
Los diálogos son muy graciosos y afilados (bien ahí la traducción argentísima de Nathalia Ferreyra) y el dibujo de Obata por momentos levanta un vuelo expresivo increíble.
No me canso de recomendar Bakuman… ni de preguntar en el kiosco cuándo carajo sale el próximo tomo…
Me sigo divirtiendo muchísimo con este manga. No sé cómo, pero Tsugumi Ohba y Takeshi Obata me siguen sorprendiendo tomo a tomo, con las volteretas que pega el argumento, con la forma en que generan tensión incluso en situaciones cotidianas o boludas, con la profundidad que le dan a los personajes y –quizás lo más atractivo- con la data que tiran acerca del backstage de las grandes antologías japonesas.
Este tomo tiene escenas cómicas, románticas, discusiones al borde de irse a las manos, revelaciones sobre el pasado de los personajes adultos, más evolución en los personajes jóvenes y nuevos conflictos (pesados y livianitos) para que la trama no decaiga nunca, para que uno la siga siempre con el mismo interés.
Los diálogos son muy graciosos y afilados (bien ahí la traducción argentísima de Nathalia Ferreyra) y el dibujo de Obata por momentos levanta un vuelo expresivo increíble.
No me canso de recomendar Bakuman… ni de preguntar en el kiosco cuándo carajo sale el próximo tomo…
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lunes, 13 de abril de 2015
13/04: BAKUMAN Vol.8
Volvió la alegría. No lo digo por mí ni por las reseñas, sino por Bakuman, el manga de la frescura, la vitalidad, los sueños, los ideales, la pasión, el amor. El manga que tenés que amar si alguna vez amaste al manga (o al comic, o a como lo quieras llamar).
Siempre digo que mi único “pero” para con esta obra es que se extiende a lo largo de 20 tomos, lo cual a priori parece una bestialidad. Sin embargo, una vez que estás adentro, son tantas las variantes que encuentran Tsugumi Ohba y Takeshi Obata para mantenerte entretenido y enganchado con las tramas, que no importa nada. No se te pasa por cabeza que eso con lo que te estás divirtiendo a lo pavote quizás sea un relleno, una anécdota muy menor en el contexto global de la serie. Estos turros hacen que vos vivas cada una de esas pequeñas cosas con total intensidad, involucrado hasta la manija, de un modo muy similar a como lo viven Takagi y Mashiro, los jóvenes protagonistas. Ese debe ser el principal logro de los muchos que hacen tan ganchero y apasionante a Bakuman.
En este tomo, el guión de Ohba apela a un recurso hasta ahora poco explorado, con el que empieza a tomar coherencia la decisión (a veces un poco extrema) de poner el protagonismo en manos de pibes tan jovencitos: un malentendido da pie a una crisis en una de las parejitas de novios (novios muy raros, porque da la sensación de que se franelean muy poco, y de coger ni hablar) y a su vez genera secuelas que afectan a la otra. O sea que tanto Takagi como Mashiro tienen que lidiar, por un lado, con los ya clásicos bolonkis de los editores, las reuniones de serialización y los pormenores del laburo de mangakas, y por el otro con sus respectivas chicas, con las que tendrán que remar duro y parejo para que sus vínculos afectivos no se terminen de ir al descenso.
En medio de esta vorágine de sentimientos y hormonas fuera de control, gana muchísima importancia en la trama Koh Aoki, la chica mangaka que viene dando sus primeros pasos en la Shonen Jump en paralelo a los Ashirogi, y que por ahora siempre había estado medio al margen de los conflictos centrales. Esta vez el guión nos invita a meternos de lleno en sus sentimientos, en su piel y hasta la vemos hacer algo que hasta ahora no había hecho ningún personaje en Bakuman: reventarle la cara a otro de un sopapo formidable, en la que probablemente sea la mejor escena de un tomo repleto de grandes momentos.
Como ya es costumbre, los diálogos (muy bien argentinizados por Nathalia Ferreyra) reflejan perfectamente las edades, los sentimientos y la onda de este gigantesco elenco, y constituyen un elemento sumamente atractivo, que compensa con creces la falta de acción y la sobreabundancia de talking heads. En paralelo a todo ese plus maravilloso que tira Ohba en los diálogos, Obata se juega cada vez más a un dibujo menos pendiente de la representación y más en sincro con esto de las emociones y las sensaciones. Así, personajes y hasta tipografías se deforman para subrayar momentos claves, en los que las expresiones faciales y corporales se amplifican, le ganan al realismo y nos muestran a un dibujante capaz de correrse de su propio andamiaje estético para ofrecernos un magnífico “algo más”.
Si bien las carreras de los jóvenes mangakas tienen sus altas y sus bajas, Bakuman sigue muy, muy arriba, cada vez más difícil de bajar. Por suerte ya salió el Vol.9, así que hasta hay chances de que lo lea antes de que se publique el Vol.10. Obviamente, quiero más.
Siempre digo que mi único “pero” para con esta obra es que se extiende a lo largo de 20 tomos, lo cual a priori parece una bestialidad. Sin embargo, una vez que estás adentro, son tantas las variantes que encuentran Tsugumi Ohba y Takeshi Obata para mantenerte entretenido y enganchado con las tramas, que no importa nada. No se te pasa por cabeza que eso con lo que te estás divirtiendo a lo pavote quizás sea un relleno, una anécdota muy menor en el contexto global de la serie. Estos turros hacen que vos vivas cada una de esas pequeñas cosas con total intensidad, involucrado hasta la manija, de un modo muy similar a como lo viven Takagi y Mashiro, los jóvenes protagonistas. Ese debe ser el principal logro de los muchos que hacen tan ganchero y apasionante a Bakuman.
En este tomo, el guión de Ohba apela a un recurso hasta ahora poco explorado, con el que empieza a tomar coherencia la decisión (a veces un poco extrema) de poner el protagonismo en manos de pibes tan jovencitos: un malentendido da pie a una crisis en una de las parejitas de novios (novios muy raros, porque da la sensación de que se franelean muy poco, y de coger ni hablar) y a su vez genera secuelas que afectan a la otra. O sea que tanto Takagi como Mashiro tienen que lidiar, por un lado, con los ya clásicos bolonkis de los editores, las reuniones de serialización y los pormenores del laburo de mangakas, y por el otro con sus respectivas chicas, con las que tendrán que remar duro y parejo para que sus vínculos afectivos no se terminen de ir al descenso.
En medio de esta vorágine de sentimientos y hormonas fuera de control, gana muchísima importancia en la trama Koh Aoki, la chica mangaka que viene dando sus primeros pasos en la Shonen Jump en paralelo a los Ashirogi, y que por ahora siempre había estado medio al margen de los conflictos centrales. Esta vez el guión nos invita a meternos de lleno en sus sentimientos, en su piel y hasta la vemos hacer algo que hasta ahora no había hecho ningún personaje en Bakuman: reventarle la cara a otro de un sopapo formidable, en la que probablemente sea la mejor escena de un tomo repleto de grandes momentos.
Como ya es costumbre, los diálogos (muy bien argentinizados por Nathalia Ferreyra) reflejan perfectamente las edades, los sentimientos y la onda de este gigantesco elenco, y constituyen un elemento sumamente atractivo, que compensa con creces la falta de acción y la sobreabundancia de talking heads. En paralelo a todo ese plus maravilloso que tira Ohba en los diálogos, Obata se juega cada vez más a un dibujo menos pendiente de la representación y más en sincro con esto de las emociones y las sensaciones. Así, personajes y hasta tipografías se deforman para subrayar momentos claves, en los que las expresiones faciales y corporales se amplifican, le ganan al realismo y nos muestran a un dibujante capaz de correrse de su propio andamiaje estético para ofrecernos un magnífico “algo más”.
Si bien las carreras de los jóvenes mangakas tienen sus altas y sus bajas, Bakuman sigue muy, muy arriba, cada vez más difícil de bajar. Por suerte ya salió el Vol.9, así que hasta hay chances de que lo lea antes de que se publique el Vol.10. Obviamente, quiero más.
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martes, 17 de febrero de 2015
17/ 02: BAKUMAN Vol.7
Vuelvo al manga, después de unas cuantas semanas de abstinencia, y vuelvo con el mejor manga que se está publicando actualmente en Argentina.
Este es un tomo importantísimo en la obra de Tsugumi Ohba y Takeshi Obata, porque acá los chicos protagonistas se ven obligados a replantearse un montón de cosas, entre ellas el rumbo que van a elegir para continuar con sus carreras como mangakas. Es un tomo que avanza lento, muy hablado, muy pensado, pero en el que finalmente pasan unas cuantas cosas importantes para Mashiro, para Takagi y para el Shonen Jump en general. Ohba nos muestra una radiografía cada vez completa, más osada del backstage del popular semanario japonés, se anima a poner al descubierto detalles, milimétricamente diseccionados, de prácticas, roscas y hasta manías y perversiones de los coordinadores que trabajan en la publicación y que muchas veces resultan determinantes en el éxito de un manga o incluso en la carrera de un autor.
Tan importante es en este tramo el rol de los coordinadores que durante un extenso pasaje del tomo Ohba propone a Goro Miura como “el villano a vencer” y tensa a niveles casi épicos las opiniones y estrategias cruzadas entre el coordinador y los jóvenes protagonistas. Por supuesto, ganará la cordura, y sobre todo el esfuerzo, la pasión de Mashiro y Takagi por esta profesión a la que más que abrazarse, se aferran. Una vez más, vamos a ver a los chicos dejar el alma para salir adelante, para lograr afianzarse en el competitivo mercado del shonen sin renunciar a su pulsión creativa, a lo que realmente tienen ganas de hacer.
En paralelo al rol de los coordinadores, Ohba reserva también muy buenas secuencias a otros jóvenes mangakas que debutaron en la Jump más o menos al mismo tiempo que Mashiro y Takagi. A veces les dedica apenas una viñeta a cada uno, como para decir “no me olvido que todos estos personajes siguen siendo parte del elenco”, y cuando puede, habilita escenas en las que se lucen muchísimo, especialmente el excéntrico e hiperkinético Eiji Niizuma y Koh Aoki, la chica intelectual, retraída y misteriosa, que para el tramo final del tomo cobra bastante protagonismo. La que esta vez come banco de suplentes a lo pavote es Azuki, la “novia” de Mashiro, que sólo figura a través de un par de mensajes de texto. Es el personaje que menos me interesa de toda la serie, así que todo bien.
Lo único que me resultó ilegible son las viñetas en las que Obata dibuja los bocetos de Takagi, en un estilo intencionalmente precario. El resto, si bien tiene muchísimo texto, es un verdadero deleite visual, mérito de un Obata que sabe perfectamente cuándo desentenderse del realismo fotográfico para acentuar las expresiones de los personajes, y cuando eliminar los fondos.
Terminado el primer tercio de la serie, Bakuman no decae en lo más mínimo, sino que el entusiasmo sube tomo a tomo. Dibujo maravilloso, guiones increíbles, personajes muy bien delineados, diálogos muy graciosos (por lo menos en la traducción argenta, obra de Nathalia Ferreyra) y ese gancho irresistible, que es el de conocer por dentro los entretelones de la producción de los mangas más populares. Un lujo que esto se esté editando en nuestro país.
Este es un tomo importantísimo en la obra de Tsugumi Ohba y Takeshi Obata, porque acá los chicos protagonistas se ven obligados a replantearse un montón de cosas, entre ellas el rumbo que van a elegir para continuar con sus carreras como mangakas. Es un tomo que avanza lento, muy hablado, muy pensado, pero en el que finalmente pasan unas cuantas cosas importantes para Mashiro, para Takagi y para el Shonen Jump en general. Ohba nos muestra una radiografía cada vez completa, más osada del backstage del popular semanario japonés, se anima a poner al descubierto detalles, milimétricamente diseccionados, de prácticas, roscas y hasta manías y perversiones de los coordinadores que trabajan en la publicación y que muchas veces resultan determinantes en el éxito de un manga o incluso en la carrera de un autor.
Tan importante es en este tramo el rol de los coordinadores que durante un extenso pasaje del tomo Ohba propone a Goro Miura como “el villano a vencer” y tensa a niveles casi épicos las opiniones y estrategias cruzadas entre el coordinador y los jóvenes protagonistas. Por supuesto, ganará la cordura, y sobre todo el esfuerzo, la pasión de Mashiro y Takagi por esta profesión a la que más que abrazarse, se aferran. Una vez más, vamos a ver a los chicos dejar el alma para salir adelante, para lograr afianzarse en el competitivo mercado del shonen sin renunciar a su pulsión creativa, a lo que realmente tienen ganas de hacer.
En paralelo al rol de los coordinadores, Ohba reserva también muy buenas secuencias a otros jóvenes mangakas que debutaron en la Jump más o menos al mismo tiempo que Mashiro y Takagi. A veces les dedica apenas una viñeta a cada uno, como para decir “no me olvido que todos estos personajes siguen siendo parte del elenco”, y cuando puede, habilita escenas en las que se lucen muchísimo, especialmente el excéntrico e hiperkinético Eiji Niizuma y Koh Aoki, la chica intelectual, retraída y misteriosa, que para el tramo final del tomo cobra bastante protagonismo. La que esta vez come banco de suplentes a lo pavote es Azuki, la “novia” de Mashiro, que sólo figura a través de un par de mensajes de texto. Es el personaje que menos me interesa de toda la serie, así que todo bien.
Lo único que me resultó ilegible son las viñetas en las que Obata dibuja los bocetos de Takagi, en un estilo intencionalmente precario. El resto, si bien tiene muchísimo texto, es un verdadero deleite visual, mérito de un Obata que sabe perfectamente cuándo desentenderse del realismo fotográfico para acentuar las expresiones de los personajes, y cuando eliminar los fondos.
Terminado el primer tercio de la serie, Bakuman no decae en lo más mínimo, sino que el entusiasmo sube tomo a tomo. Dibujo maravilloso, guiones increíbles, personajes muy bien delineados, diálogos muy graciosos (por lo menos en la traducción argenta, obra de Nathalia Ferreyra) y ese gancho irresistible, que es el de conocer por dentro los entretelones de la producción de los mangas más populares. Un lujo que esto se esté editando en nuestro país.
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viernes, 21 de noviembre de 2014
21/11: BAKUMAN Vol.6
Hoy tengo poquito tiempo, así que se viene una reseña muy breve de un tomo fascinante, con muchísimo para analizar.
Esta serie sigue a un nivel impresionante. Tsugumi Ohba me sigue sorprendiendo, es increíble. Por un lado, todo ese “reality” cautivante que muestra cómo se hace y cómo se sostiene una antología semanal de manga, cómo la reacción del público determina quiénes se consagran y quiénes quedan en el camino, cómo los bendecidos por el gusto del público empiezan a ganar un billete cada vez más grande… Por el otro, los volantazos “dramáticos” para que la serie mantenga alto el nivel de tensión, para que pasen cosas, para que estallen conflictos. Se te tienen que ocurrir cosas que le sacudan la estantería a pibes que lo único que pueden hacer en sus vidas es dibujar historietas para cumplir con las entregas semanales que les impone la revista donde publican. Y finalmente, pero muy emparentado con lo anterior, acá empieza a dar frutos EN SERIO la brutal expansión de elenco que encaró Ohba a partir del segundo tomo. Lo que empezó con Mashiro y Takagi, hoy es un cast multitudinario con las novias de ambos, la mamá de Mashiro, los asistentes de Mashiro, cinco o seis coordinadores de la editorial (que son los que arman la antología semana a semana y “persiguen” a los autores para que entreguen su material) y todo ese grupito maravilloso y heterogéneo de mangakas jóvenes que se sumaron a la revista justo antes o justo después que Mashiro y Takagi.
En estas páginas pasa algo muy grosso, y Ohba logra que eso movilice a TODOS los personajes, del primero al último, en una exploración a fondo de las consecuencias de eso que pasa. Y la consecuencia más grossa es la que vuelve a incrementar la tensión al final, cuando parece que la serie de Mashiro y Takagi se va al descenso porque pierde popularidad. El tomo termina en un cliffhanger jodido como enema de chimichurri, que te dan ganas de correr a buscar el tomo siguiente (por suerte ya salieron el Vol.7 y el Vol.8) para ver cómo se resuelve.
Como única constante en medio de este torbellino de emociones, de esperanzas, sueños, decepciones, tropiezos, culpas, caprichos, competencias a todo o nada y gestos solidarios conmovedores, tenemos como ancla, como refugio, el dibujo siempre perfecto de un Takeshi Obata magistral. Más que nunca, Bakuman es un manga de gente que habla (y habla y habla) y Obata se arremanga y te dibuja 200 páginas de eso, sin chistar y sin que decaiga el interés. Cuando puede, hace que los personajes hablen mientras andan en bici por un parque, como para dibujar algo distinto, para romper un poco la claustrofobia de escena tras escena contenida entre cuatro paredes, en tres o cuatro locaciones distintas.
Con un argumento originalísimo, un elenco amplio, variado y fresco, y un dibujo sumamente expresivo, ajustado y acogedor, Bakuman está allá arriba y cuesta bajarlo. Son 20 tomos, lo cual significa que a pesar de lo mucho que pasó hasta ahora, uno no leyó ni un tercio de la obra. Pero tengo fe, confío en que Tsugumi Ohba y Takeshi Obata la van a bancar allá arriba hasta el final. Hasta ahora, es hiper-recomendable.
Esta serie sigue a un nivel impresionante. Tsugumi Ohba me sigue sorprendiendo, es increíble. Por un lado, todo ese “reality” cautivante que muestra cómo se hace y cómo se sostiene una antología semanal de manga, cómo la reacción del público determina quiénes se consagran y quiénes quedan en el camino, cómo los bendecidos por el gusto del público empiezan a ganar un billete cada vez más grande… Por el otro, los volantazos “dramáticos” para que la serie mantenga alto el nivel de tensión, para que pasen cosas, para que estallen conflictos. Se te tienen que ocurrir cosas que le sacudan la estantería a pibes que lo único que pueden hacer en sus vidas es dibujar historietas para cumplir con las entregas semanales que les impone la revista donde publican. Y finalmente, pero muy emparentado con lo anterior, acá empieza a dar frutos EN SERIO la brutal expansión de elenco que encaró Ohba a partir del segundo tomo. Lo que empezó con Mashiro y Takagi, hoy es un cast multitudinario con las novias de ambos, la mamá de Mashiro, los asistentes de Mashiro, cinco o seis coordinadores de la editorial (que son los que arman la antología semana a semana y “persiguen” a los autores para que entreguen su material) y todo ese grupito maravilloso y heterogéneo de mangakas jóvenes que se sumaron a la revista justo antes o justo después que Mashiro y Takagi.
En estas páginas pasa algo muy grosso, y Ohba logra que eso movilice a TODOS los personajes, del primero al último, en una exploración a fondo de las consecuencias de eso que pasa. Y la consecuencia más grossa es la que vuelve a incrementar la tensión al final, cuando parece que la serie de Mashiro y Takagi se va al descenso porque pierde popularidad. El tomo termina en un cliffhanger jodido como enema de chimichurri, que te dan ganas de correr a buscar el tomo siguiente (por suerte ya salieron el Vol.7 y el Vol.8) para ver cómo se resuelve.
Como única constante en medio de este torbellino de emociones, de esperanzas, sueños, decepciones, tropiezos, culpas, caprichos, competencias a todo o nada y gestos solidarios conmovedores, tenemos como ancla, como refugio, el dibujo siempre perfecto de un Takeshi Obata magistral. Más que nunca, Bakuman es un manga de gente que habla (y habla y habla) y Obata se arremanga y te dibuja 200 páginas de eso, sin chistar y sin que decaiga el interés. Cuando puede, hace que los personajes hablen mientras andan en bici por un parque, como para dibujar algo distinto, para romper un poco la claustrofobia de escena tras escena contenida entre cuatro paredes, en tres o cuatro locaciones distintas.
Con un argumento originalísimo, un elenco amplio, variado y fresco, y un dibujo sumamente expresivo, ajustado y acogedor, Bakuman está allá arriba y cuesta bajarlo. Son 20 tomos, lo cual significa que a pesar de lo mucho que pasó hasta ahora, uno no leyó ni un tercio de la obra. Pero tengo fe, confío en que Tsugumi Ohba y Takeshi Obata la van a bancar allá arriba hasta el final. Hasta ahora, es hiper-recomendable.
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sábado, 12 de julio de 2014
12/ 07: BAKUMAN Vol.5
Esta serie ya logró, con sólo cinco tomos, algo que parecía imposible. Me olvidé de Death Note, me chupa un huevo Death Note y me limpio el orto con Kira, L, Light y sus histeriqueos ajedrecísticos. Bakuman es la vida, es la onda, es el humor, es un container de data impresionante sobre el backstage del mundo del manga, que Tsugumi Ohba y Takeshi Obata nos vuelcan encima en una fiesta alucinante de emoción y diversión.
Vuelvo sobre algo que ya dije: lo único que no me cierra, lo que le suma conflictos pero le resta demasiada verosimilitud a la obra, es el hecho de que Takagi y Mashiro tengan 16 años y estén en plena cursada de la secundaria. Entiendo por qué los autores toman esa decisión, pero no la puedo compartir. Esto mismo, con chicos de 20 años, tendría más sentido, o se vería menos forzado. A pesar del lastre que significa contarnos (casi) en paralelo el avance de estos dos chicos por la carrera de mangakas profesionales y los estudios secundarios, Bakuman va para adelante como una locomotora y no se detiene en giladas innecesarias. Todo el tiempo pasan cosas, la evolución en estos cinco tomos es muy, muy palpable y todo permite suponer que el techo de estos dos chicos (y de esta serie) todavía está muy lejos.
La maravillosa experiencia de lectura que ofrece Bakuman está sostenida sobre dos pilares. Por un lado, el trabajo brillante en la caracterización de una docena de personajes relevantes. Y por el otro (y por sobre todo) lo que mencionaba antes acerca de la masa de información que brinda esta serie sobre cómo se hace manga en una antología semanal de primera línea como el Shonen Jump. Acá está todo. La cocina, la rosca, la estrategia, la burocracia, la competencia, la camaradería, la explicación para los volantazos medio extraños que a veces pegan los mangas. Para la segunda mitad de este tomo, el conflicto central deja de ser “los chicos quieren ser mangakas profesionales” y pasa a ser “los chicos tratan de bancar una serie atípica sin tener que recurrir a la machaca absurda para zafar de la cancelación”. Lo cual grafica muy bien esa tensión que debe existir en el seno de estas taquilleras antologías entre el material más mainstream, más pochoclero, y las series o los autores que encaran otras búsquedas, otros géneros, o incluso otras estéticas.
El camino del mangaka hacia la cima es largo y duro, lleno de vericuetos inesperados, y ni siquiera hay grandes chances de ganar buena guita hasta que lleguen los tomos recopilatorios o (en el mejor de los casos) el animé. Mientras tanto, hay que remarla, y en eso están Takagi y Mashiro, pero también otros jóvenes autores a los que ya habíamos conocido en los tomos anteriores y que ahora se acercan también al sueño de la serie propia. Todo esto, contado con mucho humor, con grandes diálogos, con un desparpajo muy bienvenido y con la picardía, la viveza, el timing que hace falta para crear suspenso y dramatismo a partir de situaciones tan mundanas como una reunión con el coordinador, o un viaje en remis a una fiesta organizada por la editorial. Y acá queda claro para qué sirve esa decisión tan extrema de tener por protagonistas a pibes en la Edad del Pavo: todas estas situaciones para ellos son nuevas, son inmensas, son un viaje iniciático increíble, que no deja margen para el cinismo ni para la especulación. Todo es genial, todo es maravilloso, todo late más fuerte que nunca y todo se disfruta o se sufre a todo o nada, sin filtro. Por eso Bakuman resulta un manga tan fresco, tan lleno de vida y de onda.
Y por supuesto, no se puede cerrar la reseña sin la habitual ovación para el maestro Obata, que se luce en el lenguaje facial y corporal de los personajes y se banca como un duque páginas y viñetas muy cargadas de texto, sin que se hagan aburridas ni atenten contra el ritmo ágil y atrapante de la serie. Al editarse en tomos chiquitos, a veces los diálogos se imprimen en una tipografía microscópica, que nos hace evaluar a los más veteranos la posibilidad de ir al oculista y pedirle que nos recete lentes de aumento. Pero la verdad, los diálogos son tan divertidos (y ahí hay mérito de la traductora Nathalia Ferreyra) que vale la pena dejar las retinas en cada viñeta.
Voy por el Vol.5, hace poquito salió el Vol.6 y espero que esto siga así hasta el Vol.20. Nunca me había embarcado en un manga de 20 tomos, pero a raíz de la chapa de Death Note, decidí darle la oportunidad a Bakuman y hasta ahora garpó con creces. Si amás al manga, subite ya a esta joya con la que (de vez en cuando) Ivrea jerarquiza las bateas de nuestras comiquerías.
Vuelvo sobre algo que ya dije: lo único que no me cierra, lo que le suma conflictos pero le resta demasiada verosimilitud a la obra, es el hecho de que Takagi y Mashiro tengan 16 años y estén en plena cursada de la secundaria. Entiendo por qué los autores toman esa decisión, pero no la puedo compartir. Esto mismo, con chicos de 20 años, tendría más sentido, o se vería menos forzado. A pesar del lastre que significa contarnos (casi) en paralelo el avance de estos dos chicos por la carrera de mangakas profesionales y los estudios secundarios, Bakuman va para adelante como una locomotora y no se detiene en giladas innecesarias. Todo el tiempo pasan cosas, la evolución en estos cinco tomos es muy, muy palpable y todo permite suponer que el techo de estos dos chicos (y de esta serie) todavía está muy lejos.
La maravillosa experiencia de lectura que ofrece Bakuman está sostenida sobre dos pilares. Por un lado, el trabajo brillante en la caracterización de una docena de personajes relevantes. Y por el otro (y por sobre todo) lo que mencionaba antes acerca de la masa de información que brinda esta serie sobre cómo se hace manga en una antología semanal de primera línea como el Shonen Jump. Acá está todo. La cocina, la rosca, la estrategia, la burocracia, la competencia, la camaradería, la explicación para los volantazos medio extraños que a veces pegan los mangas. Para la segunda mitad de este tomo, el conflicto central deja de ser “los chicos quieren ser mangakas profesionales” y pasa a ser “los chicos tratan de bancar una serie atípica sin tener que recurrir a la machaca absurda para zafar de la cancelación”. Lo cual grafica muy bien esa tensión que debe existir en el seno de estas taquilleras antologías entre el material más mainstream, más pochoclero, y las series o los autores que encaran otras búsquedas, otros géneros, o incluso otras estéticas.
El camino del mangaka hacia la cima es largo y duro, lleno de vericuetos inesperados, y ni siquiera hay grandes chances de ganar buena guita hasta que lleguen los tomos recopilatorios o (en el mejor de los casos) el animé. Mientras tanto, hay que remarla, y en eso están Takagi y Mashiro, pero también otros jóvenes autores a los que ya habíamos conocido en los tomos anteriores y que ahora se acercan también al sueño de la serie propia. Todo esto, contado con mucho humor, con grandes diálogos, con un desparpajo muy bienvenido y con la picardía, la viveza, el timing que hace falta para crear suspenso y dramatismo a partir de situaciones tan mundanas como una reunión con el coordinador, o un viaje en remis a una fiesta organizada por la editorial. Y acá queda claro para qué sirve esa decisión tan extrema de tener por protagonistas a pibes en la Edad del Pavo: todas estas situaciones para ellos son nuevas, son inmensas, son un viaje iniciático increíble, que no deja margen para el cinismo ni para la especulación. Todo es genial, todo es maravilloso, todo late más fuerte que nunca y todo se disfruta o se sufre a todo o nada, sin filtro. Por eso Bakuman resulta un manga tan fresco, tan lleno de vida y de onda.
Y por supuesto, no se puede cerrar la reseña sin la habitual ovación para el maestro Obata, que se luce en el lenguaje facial y corporal de los personajes y se banca como un duque páginas y viñetas muy cargadas de texto, sin que se hagan aburridas ni atenten contra el ritmo ágil y atrapante de la serie. Al editarse en tomos chiquitos, a veces los diálogos se imprimen en una tipografía microscópica, que nos hace evaluar a los más veteranos la posibilidad de ir al oculista y pedirle que nos recete lentes de aumento. Pero la verdad, los diálogos son tan divertidos (y ahí hay mérito de la traductora Nathalia Ferreyra) que vale la pena dejar las retinas en cada viñeta.
Voy por el Vol.5, hace poquito salió el Vol.6 y espero que esto siga así hasta el Vol.20. Nunca me había embarcado en un manga de 20 tomos, pero a raíz de la chapa de Death Note, decidí darle la oportunidad a Bakuman y hasta ahora garpó con creces. Si amás al manga, subite ya a esta joya con la que (de vez en cuando) Ivrea jerarquiza las bateas de nuestras comiquerías.
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lunes, 17 de febrero de 2014
17/ 02: BAKUMAN Vol.4
Venía con una abstinencia de manga importante, de más de dos meses, y decidí romperla con un nuevo tomo de mi manga favorito, o por lo menos del que más me ceba, cuyo tomo anterior fue –casualmente- el último comic ponja que reseñé acá en el blog. Tengo más mangas sin leer, de autores muy diversos, y ya van a pasar por acá. Pero ahora me quería sacar la leche con esta maravilla de Tsugumi Ohba y Takeshi Obata que por suerte nos ofrece Ivrea a los lectores argentinos.
Creo que si los diálogos fueran una mierda, los personajes fueran unos subnormales y la temática no me enganchara en lo más mínimo, también me gustaría Bakuman por su increíble frescura y su conmovedora vitalidad. Este es un manga que vive, que late, que está hecho del mismo material que los sueños de miles y miles de pibes que aman al manga. Es la historia de dos pichis que no son nada pero van por todo. Bakuman es juego, es diversión, es emoción... pero ya estamos en el momento en que empiezan a estar en juego cosas MUY serias. Saiko y Shuujin, todavía alumnos de escuela secundaria, logran metas muy grossas, que no cualquiera alcanza, y lo hacen con un esfuerzo, con un sacrificio y con una responsabilidad que no son para nada frecuentes entre los adolescentes, que a esa edad (la del pavo) están –como su nombre lo indica- en la pavada. Estos chicos, en cambio, laburan a destajo, van a reuniones con editores, se codean con mangakas que ya lograron publicar en las revistas más importantes... De a poco se les abren las puertas del mundo editorial, de las revistas de manga más populares de Japón. Un mundo fascinante, y a la vez muy complejo, muy enrevesado, lleno de vericuetos y tecnicismos, al que los guiones de Ohba nos muestran con rigor documental y a la vez con el suficiente filo dramático como para que jamás decaiga el interés que suscita la trama.
Quizás ese sea el salto cualitativo que pega el guión de Ohba en este tomo: convertir en algo “aventurable” (como diría el maestro Sasturain) a un procedimiento burocrático y ascéptico como es el de la selección de nuevos historietistas para incluir en las páginas de un semanario japonés. El voto del público, la opinión de los editores, la chapa previa de unos y otros aspirantes, todo se conjuga en un in crescendo dramático que se hace realmente atrapante y que llega a su cénit en la famosa “reunión de serialización”, que vendría a ser una especie de “gala de eliminación” de un reality, por trazar una analogía más accesible. Si alguna vez seguiste un reality y te pusiste nervioso en esos momentos de tensión en los que están en juego los sueños, las esperanzas y meses de esfuerzo por parte de varios pibes o minitas con los que –de algún modo- te identificaste, ya tenés una idea de qué botones va a apretar Ohba para que no puedas soltar ni en pedo este tomito de Bakuman.
El resto, excelente. El elenco de la serie sigue en expansión (de hecho reaparece la mamá de Azuki, que no figuraba desde el Vol.1), la historia de amor sigue en un segundo o tercer plano y lo único que hace ruido es cómo los chicos se las ingenian para zafar de las obligaciones del colegio secundario para poder ponerle tantas pilas al despegue de sus carreras como mangakas.
El dibujo de Obata no puede ser mejor. Está cada vez más suelto, más expresivo, más zarpado, menos atado al realismo fotográfico, y por si faltara algo para pintarles la cara a todos los demás dibujantes de esa onda, acá dibuja en CUATRO estilos distintos, uno por cada mangaka ficticio con algún peso en el guión. Cada vez que los editores o los dibujantes discuten sobre la calidad de algún manga, Obata nos muestra un par de páginas, cada una con la impronta gráfica y las técnicas de uno de los personajes. Impresionante. De la truculencia dark de los mangas de Shinta Fukuda al minimalismo cute (“chibi”, le dicen los ponjas) de las escenas graciosas (en las que casi siempre tiene chapa Miyoshi), Obata da cátedra de versatilidad y sobre todo de sabiduría.
Sin peleas, sin misterios retorcidos, sin dilemas morales con la humanidad toda en juego, sin sexo, ni drogas, ni rockanrol, Bakuman es un manga brillante, completamente adictivo, ameno, esclarecedor y desbordante de una onda juvenil, festiva, acaso un toque ingenua pero para nada pavota. Una gloria.
Creo que si los diálogos fueran una mierda, los personajes fueran unos subnormales y la temática no me enganchara en lo más mínimo, también me gustaría Bakuman por su increíble frescura y su conmovedora vitalidad. Este es un manga que vive, que late, que está hecho del mismo material que los sueños de miles y miles de pibes que aman al manga. Es la historia de dos pichis que no son nada pero van por todo. Bakuman es juego, es diversión, es emoción... pero ya estamos en el momento en que empiezan a estar en juego cosas MUY serias. Saiko y Shuujin, todavía alumnos de escuela secundaria, logran metas muy grossas, que no cualquiera alcanza, y lo hacen con un esfuerzo, con un sacrificio y con una responsabilidad que no son para nada frecuentes entre los adolescentes, que a esa edad (la del pavo) están –como su nombre lo indica- en la pavada. Estos chicos, en cambio, laburan a destajo, van a reuniones con editores, se codean con mangakas que ya lograron publicar en las revistas más importantes... De a poco se les abren las puertas del mundo editorial, de las revistas de manga más populares de Japón. Un mundo fascinante, y a la vez muy complejo, muy enrevesado, lleno de vericuetos y tecnicismos, al que los guiones de Ohba nos muestran con rigor documental y a la vez con el suficiente filo dramático como para que jamás decaiga el interés que suscita la trama.
Quizás ese sea el salto cualitativo que pega el guión de Ohba en este tomo: convertir en algo “aventurable” (como diría el maestro Sasturain) a un procedimiento burocrático y ascéptico como es el de la selección de nuevos historietistas para incluir en las páginas de un semanario japonés. El voto del público, la opinión de los editores, la chapa previa de unos y otros aspirantes, todo se conjuga en un in crescendo dramático que se hace realmente atrapante y que llega a su cénit en la famosa “reunión de serialización”, que vendría a ser una especie de “gala de eliminación” de un reality, por trazar una analogía más accesible. Si alguna vez seguiste un reality y te pusiste nervioso en esos momentos de tensión en los que están en juego los sueños, las esperanzas y meses de esfuerzo por parte de varios pibes o minitas con los que –de algún modo- te identificaste, ya tenés una idea de qué botones va a apretar Ohba para que no puedas soltar ni en pedo este tomito de Bakuman.
El resto, excelente. El elenco de la serie sigue en expansión (de hecho reaparece la mamá de Azuki, que no figuraba desde el Vol.1), la historia de amor sigue en un segundo o tercer plano y lo único que hace ruido es cómo los chicos se las ingenian para zafar de las obligaciones del colegio secundario para poder ponerle tantas pilas al despegue de sus carreras como mangakas.
El dibujo de Obata no puede ser mejor. Está cada vez más suelto, más expresivo, más zarpado, menos atado al realismo fotográfico, y por si faltara algo para pintarles la cara a todos los demás dibujantes de esa onda, acá dibuja en CUATRO estilos distintos, uno por cada mangaka ficticio con algún peso en el guión. Cada vez que los editores o los dibujantes discuten sobre la calidad de algún manga, Obata nos muestra un par de páginas, cada una con la impronta gráfica y las técnicas de uno de los personajes. Impresionante. De la truculencia dark de los mangas de Shinta Fukuda al minimalismo cute (“chibi”, le dicen los ponjas) de las escenas graciosas (en las que casi siempre tiene chapa Miyoshi), Obata da cátedra de versatilidad y sobre todo de sabiduría.
Sin peleas, sin misterios retorcidos, sin dilemas morales con la humanidad toda en juego, sin sexo, ni drogas, ni rockanrol, Bakuman es un manga brillante, completamente adictivo, ameno, esclarecedor y desbordante de una onda juvenil, festiva, acaso un toque ingenua pero para nada pavota. Una gloria.
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jueves, 12 de diciembre de 2013
12/ 12: BAKUMAN Vol.3
Ah, bueno... Esta serie arrancó buenísima y no hace más que mejorar. Posta, me pone muy, pero muy contento que Tsugumi Ohba y Takeshi Obata hayan creado esta genialidad, que alguien la haya publicado en Japón y que Ivrea la esté publicando en Argentina, para que yo me la pueda comprar (cuando sale, de vez en cuando) a un precio bastante accesible.
Así como Death Note subvirtió las reglas sacrosantas del shonen pochoclero porque te obligaba a pensar, Bakuman pega otro hachazo de increíble precisión, afilado, tremendo, porque –además de divertirnos- nos hace reflexionar acerca del backstage del manga, es decir, cómo se piensa, cómo se escribe, cómo se dibuja, cómo se edita y hasta cómo se publicita un manga. ¿Cuál es el camino al éxito? ¿Cuál es la combinación de suerte, talento, cálculo, originalidad, onda con los editores, bajada de lienzos para con los fans, etc., que hace falta para que un manga sea masivo, popular, capaz de lanzar al estrellato a sus autores? ¿Cuánto de este gigantesco mecanismo funciona a base de pasión y creatividad y cuándo es hora de poner los pies sobre la tierra y convertir a los artistas en engranajes para que produzcan lo que el público quiere consumir? ¿Hasta dónde es deber del editor bancar a las series nuevas y hasta dónde vale dejar que “el voto del público” decida el futuro de los mangas, como si todo fuera un Bailando por un Sueño?
Sin descuidar el humor, la emoción, incluso la ternura, los guiones de Bakuman hablan de todo eso y –lo más importante- nos incluyen a los lectores en estos debates que son –no tengo dudas- absolutamente fundamentales para entender cómo se maneja la millonaria industria del manga en Japón. El maestro Ohba no te quema la gorra con sus argumentos acerca de cada uno de estos temas de debate, sino que deja que estos fluyan casi naturalmente en los diálogos entre los protagonistas que son, lógicamente, autores y editores de manga, de distintas edades y con distintas formas de encarar esta pasión convertida en laburo.
Y ya que nombro a los protagonistas, este tercer tomo plantea un cambio bastante radical en el elenco de la serie. En un punto, Akito Takagi (alias Shuujin) pasa a ser un personaje secundario, mientras que dos personajes secundarios que pintaban para grossos (Akira Hattori y la cada día más boluda Miho Azuki) pasan a ser tercerones. El rol 100% protagónico se lo queda Moritaka Mashiro y crece enormemente el espacio para que se luzca Eiji Niizuma, el personaje más freak, más excéntrico de la serie. El mejor tramo del libro es el que comparten Mashiro, Niizuma y nuevos secundarios con mucha chapa: Takuro Nakai y sobre todo Shinta Fukuda. El editor Yujiro Hattori también tiene escenas copadas y de a poco empieza a tener más sentido el rol de Kaya Miyoshi, aunque la prefiero así, apareciendo poco y en un papel secundario.
El dibujo del compañero Obata es brillante y capta a la perfección el espíritu lúdico de la serie, ese aspecto entre ingenuo y tenaz de estos chicos que van a luchar hasta el final por convertirse en estrellas del manga. La pasión de Miyoshi por los deportes más físicos le permite a Obata dibujar un poco de acción, como para no anquilosarse entre tantas secuencias de cabezas que hablan y manos que dibujan. Igual dibuja todo a la perfección, con especial énfasis en las expresiones faciales de los personajes, que es donde se juega un poco más a exagerar, a romper las reglas del dibujo más académico.
Entre todas las cosas que me arrancaron carcajadas, sonrisas o simplemente me hicieron sentir bien, no me puedo olvidar de las páginas del final, las “Aclas”, esos glosarios en los que los coordinadores de la edición argentina explican cosas que mencionan los personajes y que por ahí no se entienden fuera de Japón. Esta vez, le dedican varios párrafos a explicar qué es el gekiga, por qué fue importante en la evolución del manga, quiénes fueron sus principales cultores... Sí, maestro. En una publicación de Ivrea, la editorial que en los... diez años que duró la revista Lazer JAMAS le dedicó NI UNA SOLA NOTA a ningún autor de gekiga, ni al mismísimo Osamu Tezuka. Ah, el karma...
Si todavía no te enganchaste con Bakuman, por favor no te la pierdas. La edición nac & pop va por el Vol.4 y hasta ahora el manga no puede ser mejor.
Así como Death Note subvirtió las reglas sacrosantas del shonen pochoclero porque te obligaba a pensar, Bakuman pega otro hachazo de increíble precisión, afilado, tremendo, porque –además de divertirnos- nos hace reflexionar acerca del backstage del manga, es decir, cómo se piensa, cómo se escribe, cómo se dibuja, cómo se edita y hasta cómo se publicita un manga. ¿Cuál es el camino al éxito? ¿Cuál es la combinación de suerte, talento, cálculo, originalidad, onda con los editores, bajada de lienzos para con los fans, etc., que hace falta para que un manga sea masivo, popular, capaz de lanzar al estrellato a sus autores? ¿Cuánto de este gigantesco mecanismo funciona a base de pasión y creatividad y cuándo es hora de poner los pies sobre la tierra y convertir a los artistas en engranajes para que produzcan lo que el público quiere consumir? ¿Hasta dónde es deber del editor bancar a las series nuevas y hasta dónde vale dejar que “el voto del público” decida el futuro de los mangas, como si todo fuera un Bailando por un Sueño?
Sin descuidar el humor, la emoción, incluso la ternura, los guiones de Bakuman hablan de todo eso y –lo más importante- nos incluyen a los lectores en estos debates que son –no tengo dudas- absolutamente fundamentales para entender cómo se maneja la millonaria industria del manga en Japón. El maestro Ohba no te quema la gorra con sus argumentos acerca de cada uno de estos temas de debate, sino que deja que estos fluyan casi naturalmente en los diálogos entre los protagonistas que son, lógicamente, autores y editores de manga, de distintas edades y con distintas formas de encarar esta pasión convertida en laburo.
Y ya que nombro a los protagonistas, este tercer tomo plantea un cambio bastante radical en el elenco de la serie. En un punto, Akito Takagi (alias Shuujin) pasa a ser un personaje secundario, mientras que dos personajes secundarios que pintaban para grossos (Akira Hattori y la cada día más boluda Miho Azuki) pasan a ser tercerones. El rol 100% protagónico se lo queda Moritaka Mashiro y crece enormemente el espacio para que se luzca Eiji Niizuma, el personaje más freak, más excéntrico de la serie. El mejor tramo del libro es el que comparten Mashiro, Niizuma y nuevos secundarios con mucha chapa: Takuro Nakai y sobre todo Shinta Fukuda. El editor Yujiro Hattori también tiene escenas copadas y de a poco empieza a tener más sentido el rol de Kaya Miyoshi, aunque la prefiero así, apareciendo poco y en un papel secundario.
El dibujo del compañero Obata es brillante y capta a la perfección el espíritu lúdico de la serie, ese aspecto entre ingenuo y tenaz de estos chicos que van a luchar hasta el final por convertirse en estrellas del manga. La pasión de Miyoshi por los deportes más físicos le permite a Obata dibujar un poco de acción, como para no anquilosarse entre tantas secuencias de cabezas que hablan y manos que dibujan. Igual dibuja todo a la perfección, con especial énfasis en las expresiones faciales de los personajes, que es donde se juega un poco más a exagerar, a romper las reglas del dibujo más académico.
Entre todas las cosas que me arrancaron carcajadas, sonrisas o simplemente me hicieron sentir bien, no me puedo olvidar de las páginas del final, las “Aclas”, esos glosarios en los que los coordinadores de la edición argentina explican cosas que mencionan los personajes y que por ahí no se entienden fuera de Japón. Esta vez, le dedican varios párrafos a explicar qué es el gekiga, por qué fue importante en la evolución del manga, quiénes fueron sus principales cultores... Sí, maestro. En una publicación de Ivrea, la editorial que en los... diez años que duró la revista Lazer JAMAS le dedicó NI UNA SOLA NOTA a ningún autor de gekiga, ni al mismísimo Osamu Tezuka. Ah, el karma...
Si todavía no te enganchaste con Bakuman, por favor no te la pierdas. La edición nac & pop va por el Vol.4 y hasta ahora el manga no puede ser mejor.
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jueves, 20 de junio de 2013
20/ 06: BAKUMAN Vol.2
Qué grosso, cómo me estoy divirtiendo con este manga. Parece mentira: en Death Note, Tsugumi Ohba y Takeshi Obata nos obligaban a pensar, a deducir movidas cada vez más retorcidas, nos estrujaban los huevos de a poco con un misterio denso, tenso, irrespirable, lleno de dilemas morales jodidos. Y en Bakuman, todo lo contrario: acá la onda es pasarla bien, hinchar por los buenos, reirse de las boludeces que hacen, disfrutar con sus logros, olvidarse de todo y dejarse llevar por un tsunami de ilusión, de onda, de sueños adolescentes, de amor al manga.
El ritmo del relato también es radicalmente distinto: en un tomo promedio de Death Note pasaba bastante poco, y en cada tomo de Bakuman pasan miles de cosas. No tenemos transitadas ni 400 páginas y Takashi y Mashiro –con sólo 14 años- ya tienen una historieta publicada en una revista grossa de Shueisha. La historia ya está perfectamente definida, encaminada... tanto que no se me ocurre cómo carajo hacerla durar 18 tomos... pero bueno, ya veremos con qué me sorprenden los autores. Por ahora me sorprende la velocidad con la que avanzan, sin colgarse en boludeces que no aportan nada a la trama.
En una de esas, no es muy verosímil lo que está pasando. No sé, realmente, si en Japón hay chicos de 14 ó 15 años que publican mangas en las revistas de las editoriales más importantes. Por ahí es un delirio de Ohba, que no tiene sustento en la realidad. Tampoco me calienta demasiado, porque a los efectos de mostrarnos los primeros pasos de Takashi y Mashiro en el mundo del manga profesional, los autores despliegan un montón de información intramuros. Gracias a Bakuman, podemos ver de modo diáfano las maniobras, las políticas, los procedimientos, hasta las estrategias de los tipos que rara vez se hacen conocidos, que son los que arman esas antologías, los que deciden qué autores publican, cuáles hacen unitarios, cuáles acceden a serializar sagas más extensas... Todo eso acá está centrado en Akira Hattori, un personaje que en este tomo cobra una magnitud casi protagónica, un grosso absoluto.
Hay dos personajes más a los que Ohba y Obata desarrollan bastante: la noviecita de Takashi, la kilombera pero copada Miyoshi, y el joven prodigio del manga, el excéntrico y prolífico Eiji Niizuma, que sin conocer siquiera a los protagonistas, ocupa algo así como el rol del villano. Sin dudas es un personaje del que el lector quiere ver más, porque está muy bien presentado, en pocas pero muy atractivas secuencias. Por suerte, en este tomo hay menos Azuki, la chica de la que está enamorada Mashiro, una auténtica pelotuda. Cuanto menos Azuki, mejor. Y también esta vez hay menos flashbacks a la vida de Nobuhiro, el tío de Mashiro que quiso ser un mangaka famoso y nunca logró jugar en Primera. No me quejo, eh? Así como está, el elenco está muy interesante.
Una salvedad antes de meternos con el dibujo. Guarda, no creas en ningún momento que Bakuman es un manga “de no pensar”. Para nada. Todo el tiempo se nos invita a pensar en un tema fundamental, que se resume en la pregunta ¿Por qué algunos mangas tienen éxito y otros no?. Los chicos protagonistas quieren pegar un hitazo, ¿qué tienen que hacer para lograrlo? ¿Lo que a ellos les apasiona, o lo que exige una masa anónima de lectores a la que no tienen el gusto de conocer? ¿Se puede pegar un hitazo sin bajarse los lienzos? Ohba y Obata, que superaron con creces esa prueba con Death Note, dirán –obviamente- que sí, que se le puede vender un manga distinto a las hordas que idolatran a Naruto y demás shonens pochocleros. Pero eso no le garantiza la misma suerte a Takashi y Mashiro, ¿o si?. Veremos cómo se resuelve esa incógnita, que es la que a mí más me interesó en este tomo.
Y me quedan poquitas líneas para hablar del dibujo de Obata, que acá también agarra un camino distinto al que transitara en su magnum opus. Olvidate del realismo fotográfico. Acá eso existe sólo en los fondos. A la hora de dibujar a los personajes, Obata se zarpa mucho más, mete expresiones faciales mucho más exageradas y caricaturescas (sobre todo en las escenas con Miyoshi), deforma todo mucho más, juega más con la puesta en página, con las angulaciones de las viñetas... Todo se ve más suelto, más vivo, más fresco. Una gloria.
Por suerte, después de otro paréntesis larguísimo, Ivrea ya editó el Vol.3. Me faltan décadas para leerlo, pero por lo menos me quedo tranquilo, porque tengo 200 páginas más de este manga adictivo y entrañable, con el que aprendo cosas que no sabía sobre una industria apasionante, y además me cago de risa.
El ritmo del relato también es radicalmente distinto: en un tomo promedio de Death Note pasaba bastante poco, y en cada tomo de Bakuman pasan miles de cosas. No tenemos transitadas ni 400 páginas y Takashi y Mashiro –con sólo 14 años- ya tienen una historieta publicada en una revista grossa de Shueisha. La historia ya está perfectamente definida, encaminada... tanto que no se me ocurre cómo carajo hacerla durar 18 tomos... pero bueno, ya veremos con qué me sorprenden los autores. Por ahora me sorprende la velocidad con la que avanzan, sin colgarse en boludeces que no aportan nada a la trama.
En una de esas, no es muy verosímil lo que está pasando. No sé, realmente, si en Japón hay chicos de 14 ó 15 años que publican mangas en las revistas de las editoriales más importantes. Por ahí es un delirio de Ohba, que no tiene sustento en la realidad. Tampoco me calienta demasiado, porque a los efectos de mostrarnos los primeros pasos de Takashi y Mashiro en el mundo del manga profesional, los autores despliegan un montón de información intramuros. Gracias a Bakuman, podemos ver de modo diáfano las maniobras, las políticas, los procedimientos, hasta las estrategias de los tipos que rara vez se hacen conocidos, que son los que arman esas antologías, los que deciden qué autores publican, cuáles hacen unitarios, cuáles acceden a serializar sagas más extensas... Todo eso acá está centrado en Akira Hattori, un personaje que en este tomo cobra una magnitud casi protagónica, un grosso absoluto.
Hay dos personajes más a los que Ohba y Obata desarrollan bastante: la noviecita de Takashi, la kilombera pero copada Miyoshi, y el joven prodigio del manga, el excéntrico y prolífico Eiji Niizuma, que sin conocer siquiera a los protagonistas, ocupa algo así como el rol del villano. Sin dudas es un personaje del que el lector quiere ver más, porque está muy bien presentado, en pocas pero muy atractivas secuencias. Por suerte, en este tomo hay menos Azuki, la chica de la que está enamorada Mashiro, una auténtica pelotuda. Cuanto menos Azuki, mejor. Y también esta vez hay menos flashbacks a la vida de Nobuhiro, el tío de Mashiro que quiso ser un mangaka famoso y nunca logró jugar en Primera. No me quejo, eh? Así como está, el elenco está muy interesante.
Una salvedad antes de meternos con el dibujo. Guarda, no creas en ningún momento que Bakuman es un manga “de no pensar”. Para nada. Todo el tiempo se nos invita a pensar en un tema fundamental, que se resume en la pregunta ¿Por qué algunos mangas tienen éxito y otros no?. Los chicos protagonistas quieren pegar un hitazo, ¿qué tienen que hacer para lograrlo? ¿Lo que a ellos les apasiona, o lo que exige una masa anónima de lectores a la que no tienen el gusto de conocer? ¿Se puede pegar un hitazo sin bajarse los lienzos? Ohba y Obata, que superaron con creces esa prueba con Death Note, dirán –obviamente- que sí, que se le puede vender un manga distinto a las hordas que idolatran a Naruto y demás shonens pochocleros. Pero eso no le garantiza la misma suerte a Takashi y Mashiro, ¿o si?. Veremos cómo se resuelve esa incógnita, que es la que a mí más me interesó en este tomo.
Y me quedan poquitas líneas para hablar del dibujo de Obata, que acá también agarra un camino distinto al que transitara en su magnum opus. Olvidate del realismo fotográfico. Acá eso existe sólo en los fondos. A la hora de dibujar a los personajes, Obata se zarpa mucho más, mete expresiones faciales mucho más exageradas y caricaturescas (sobre todo en las escenas con Miyoshi), deforma todo mucho más, juega más con la puesta en página, con las angulaciones de las viñetas... Todo se ve más suelto, más vivo, más fresco. Una gloria.
Por suerte, después de otro paréntesis larguísimo, Ivrea ya editó el Vol.3. Me faltan décadas para leerlo, pero por lo menos me quedo tranquilo, porque tengo 200 páginas más de este manga adictivo y entrañable, con el que aprendo cosas que no sabía sobre una industria apasionante, y además me cago de risa.
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miércoles, 9 de enero de 2013
09/ 01: BAKUMAN Vol.1
Y sí, Death Note se terminó hace meses, pero el romance con Takeshi Obata y Tsugumi Ohba continúa.
Bakuman es otro shonen atípico. Empieza en un colegio secundario, como otros cientos de shonens, y los protagonistas son dos pibes adolescentes. Y ahí se terminan las obviedades. Estos chicos no van a ser superhéroes, ni agentes secretos, ni estrellas del deporte, ni descubrirán que son “los elegidos” que, según una ancestral profecía, están destinados a salvar al mundo de las fuerzas del Mal. Moritaka Mashiro y Akito Takagi, sin habilidades sobrenaturales ni mucho menos, se van a deslomar para triunfar en el competitivo mundo del manga. Uno dibujará, el otro escribirá los guiones y no descansarán hasta lograr el éxito, hasta crear un manga que tenga su adaptación al animé.
Estamos ante una especie de meta-manga: un manga que habla de manga, de cómo se hace, de qué se necesita para crecer en la profesión, de cómo viven los autores que deciden dedicarle su vida a la historieta, por lo menos en Japón. Y como además los protagonistas son dos pibes de 14 años medio nabos, el clima es claramente festivo, de comedia. Olvidate de las intrincadas runflas de Death Note: acá los autores no se ven obligados a mostrar secuencia a secuencia su increíble intelecto y sagacidad, sino que se nota que se quieren divertir y compartir con los lectores secretos y mitos de su pasión, que es hacer mangas.
Le discuto algunas cosas: para darle más dramatismo a la trama, los chicos se comprometen a trabajar juntos en un manga justo en la semana en la que en el colegio les toman unos exámenes importantísimos y de alta exigencia. Al pedo. O no, pero es demasiada casualidad. Por otro lado, la trama romántica (Moritaka está enamorado de una compañera de curso que cuando sea grande quiere ser seiyuu, o sea, hacer voces para animación y videogames) por momentos se pasa de pavota. Obvio, son chicos de 14 años. Cualquier pibe de esa edad es medio ganso y si encima está enamorado, ni hablar. Por momentos esto es gracioso y por momentos no. Tampoco es un desastre. Y por último, una casualidad demasiado grosera: Moritaka tuvo un tío que quiso ser mangaka, tuvo un éxito... modesto y finalmente falleció cuasi-olvidado. Eso ya es un poco mucho: un pibe que tiene talento para dibujar... y un tío que fue mangaka y dejó un estudio repleto de originales, revistas, libros y materiales de dibujo. Pero hay más: Este buen señor pasó toda su vida cortejando a una mina con la que nunca intercambió ni un mísero franeleo. Y sí, el amor imposible del tío de Moritaka es... la mamá de Azuki, la chica que le revolucionó las hormonas a Moritaka. Demasiada coincidencia, sobre todo si pensamos que estamos en una mega-urbe japonesa. En un pueblito de Chubut, por ahí te lo creo.
El dibujo del maestro Obata está incluso mejor que en Death Note. Más plástico, más suelto, más jugado a la pasión que al virtuosismo. La referencia fotográfica sigue ahí, siempre bien integrada al dibujo, de nuevo hay larguísimas escenas de diálogo perfectamente resueltas y sigue estando todo muy, pero muy bien dibujado. Lo que cambia es la onda, ahora más acelerada, más kilombera y menos solemne.
La verdad, este primer tomo me encantó, me hizo aprender mucho sobre la vida de los mangakas y además me reí a carcajadas. Nathalia Ferreyra, la traductora a la que Ivrea le encomendó adaptar Bakuman al argento, la tiene MUY clara. Los personajes hablan como verdaderos pibes de 14 años, los localismos y la puteadas argentas están donde tienen que estar, no hay una sola pifia en los signos de puntuación y al fondo del tomo hay cinco páginas de texto (llamadas “Las Aclas”) donde nos ofrecen toneladas de información sobre los autores de Bakuman y sobre los mangas, animés y demás costumbres y tradiciones japonesas que se mencionan en el manga. Por ahora, la periodicidad de la edición argentina es entre catastrófica e inexistente, pero la banco porque la traducción me causó mucha gracia y me re-cerró. Por ahí es porque no sé japonés, andá a saber... Lo cierto es que lo disfruté mucho. Ohba y Obata, sigan así, que acá tienen un comprador seguro, visiten el género que visiten y los edite quien los edite en Argentina. Veremos cuánto aguanto sin entrarle al Vol.2.
Bakuman es otro shonen atípico. Empieza en un colegio secundario, como otros cientos de shonens, y los protagonistas son dos pibes adolescentes. Y ahí se terminan las obviedades. Estos chicos no van a ser superhéroes, ni agentes secretos, ni estrellas del deporte, ni descubrirán que son “los elegidos” que, según una ancestral profecía, están destinados a salvar al mundo de las fuerzas del Mal. Moritaka Mashiro y Akito Takagi, sin habilidades sobrenaturales ni mucho menos, se van a deslomar para triunfar en el competitivo mundo del manga. Uno dibujará, el otro escribirá los guiones y no descansarán hasta lograr el éxito, hasta crear un manga que tenga su adaptación al animé.
Estamos ante una especie de meta-manga: un manga que habla de manga, de cómo se hace, de qué se necesita para crecer en la profesión, de cómo viven los autores que deciden dedicarle su vida a la historieta, por lo menos en Japón. Y como además los protagonistas son dos pibes de 14 años medio nabos, el clima es claramente festivo, de comedia. Olvidate de las intrincadas runflas de Death Note: acá los autores no se ven obligados a mostrar secuencia a secuencia su increíble intelecto y sagacidad, sino que se nota que se quieren divertir y compartir con los lectores secretos y mitos de su pasión, que es hacer mangas.
Le discuto algunas cosas: para darle más dramatismo a la trama, los chicos se comprometen a trabajar juntos en un manga justo en la semana en la que en el colegio les toman unos exámenes importantísimos y de alta exigencia. Al pedo. O no, pero es demasiada casualidad. Por otro lado, la trama romántica (Moritaka está enamorado de una compañera de curso que cuando sea grande quiere ser seiyuu, o sea, hacer voces para animación y videogames) por momentos se pasa de pavota. Obvio, son chicos de 14 años. Cualquier pibe de esa edad es medio ganso y si encima está enamorado, ni hablar. Por momentos esto es gracioso y por momentos no. Tampoco es un desastre. Y por último, una casualidad demasiado grosera: Moritaka tuvo un tío que quiso ser mangaka, tuvo un éxito... modesto y finalmente falleció cuasi-olvidado. Eso ya es un poco mucho: un pibe que tiene talento para dibujar... y un tío que fue mangaka y dejó un estudio repleto de originales, revistas, libros y materiales de dibujo. Pero hay más: Este buen señor pasó toda su vida cortejando a una mina con la que nunca intercambió ni un mísero franeleo. Y sí, el amor imposible del tío de Moritaka es... la mamá de Azuki, la chica que le revolucionó las hormonas a Moritaka. Demasiada coincidencia, sobre todo si pensamos que estamos en una mega-urbe japonesa. En un pueblito de Chubut, por ahí te lo creo.
El dibujo del maestro Obata está incluso mejor que en Death Note. Más plástico, más suelto, más jugado a la pasión que al virtuosismo. La referencia fotográfica sigue ahí, siempre bien integrada al dibujo, de nuevo hay larguísimas escenas de diálogo perfectamente resueltas y sigue estando todo muy, pero muy bien dibujado. Lo que cambia es la onda, ahora más acelerada, más kilombera y menos solemne.
La verdad, este primer tomo me encantó, me hizo aprender mucho sobre la vida de los mangakas y además me reí a carcajadas. Nathalia Ferreyra, la traductora a la que Ivrea le encomendó adaptar Bakuman al argento, la tiene MUY clara. Los personajes hablan como verdaderos pibes de 14 años, los localismos y la puteadas argentas están donde tienen que estar, no hay una sola pifia en los signos de puntuación y al fondo del tomo hay cinco páginas de texto (llamadas “Las Aclas”) donde nos ofrecen toneladas de información sobre los autores de Bakuman y sobre los mangas, animés y demás costumbres y tradiciones japonesas que se mencionan en el manga. Por ahora, la periodicidad de la edición argentina es entre catastrófica e inexistente, pero la banco porque la traducción me causó mucha gracia y me re-cerró. Por ahí es porque no sé japonés, andá a saber... Lo cierto es que lo disfruté mucho. Ohba y Obata, sigan así, que acá tienen un comprador seguro, visiten el género que visiten y los edite quien los edite en Argentina. Veremos cuánto aguanto sin entrarle al Vol.2.
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jueves, 17 de mayo de 2012
17/ 05: DEATH NOTE Vol.12
Y finalmente terminó Death Note, una de esas series que empezamos a recorrer cuando el blog todavía era una novedad, un experimento.
Por supuesto no terminó como yo esperaba. El más grosso, el pulenta, el personaje que tomo a tomo se subió al podio de los mejores de la historia del manga, el que puso huevo los 90 minutos, el tiempo suplementario y hasta en los penales, el que fue héroe y villano, presa y cazador, perdió sobre la hora contra un pendejito yanki medio freak. Donde fracasaron L y Mello, Near levantó la copa. Gracias a él, no existe más Kira, el genocida justiciero. La forma en que Near derrota a Light es tan rebuscada, tan retorcida, que parece de un guión de Gardner Fox de la Silver Age de DC. Pero no es una movida trucha, ni inválida, ni imposible de justificar por parte del guionista Tsugumi Ohba. Simplemente no es ni por casualidad el final que uno esperaba (en realidad, anhelaba) leer.
De Ohba no se puede decir ni mu. El tipo es tan capo que en este último tomo se hizo cargo y corrigió las dos falencias más evidentes que tenía la serie, sobre todo en este segundo tramo. Por un lado, le dio un rol importante a Ryuk, el shinigami, que venía de muuuchos tomos comiendo banco de suplentes. Parecía el pibe Sergio Araujo, el delanterito de Boca que va a criar nietos desde el banco, pobrecito. Ryuk pela chapa cuando ya faltan menos de 40 páginas para el final, pero –por fin- su accionar es decisivo. Y completamente impredecible.
Por el otro lado, y también con el correr de los tomos, Ohba había convertido todo esto en un duelo personal: Light contra L, Mello contra Light, Light contra Near y todos contra Kira. Y al hacerlo tan personal, se desdibujó lo más interesante, que era el dilema moral. En el último tomo, el guionista vuelve a dedicarle unas cuantas páginas al debate crucial, al que hace que todas las acciones de todos los personajes tengan sentido o sean un capricho de nenes pelotudos. A lo largo de los años que abarca la serie, Kira ejecutó sin misericordia a miles y miles de criminales. ¿Es un adalid de la justicia, o un genocida hijo de mil putas? Light, Near y los adláteres de ambos entrecruzan opiniones al respecto pasadita la mitad del tomo y ahí aparecen los diálogos más interesantes que escribió Ohba en mucho tiempo. Sobre el final, y para dejar en claro que lo suyo no es el resultadismo, Ohba pela una escena impactante y conmovedora que nos muestra cómo una inmensa masa de hombres y mujeres mantiene vivo el culto a Kira. Sin ejecuciones, sin cuadernos, sin shinigamis, sin el cerebro mágico de Light, la noción de que un dios llegó al planeta y lo cambió para mejor, sigue viva. ¿Quién tiene razón? O como decía Matías Martin (que ahora se hace el neutral), “Chabón! ¿De qué lado estás?”.
Este tomo tiene como 12 páginas de acción, lo cual es casi un record. Y como siempre, Takeshi Obata las dibujó maravillosamente. Monumento urgente para este capo absoluto.
Sí, ya sé. Hablar en Argentina de lo que venden los mangas en Japón es casi obsceno, como mostrarle a un hincha de Racing los títulos que ganó el Barcelona. Uno mira esas cifras y tiene dos opciones: a) pegarse un corchazo y b) decir “estos tipos son de otro planeta, juegan con otras reglas”. En el caso del manga, está claro que la opción correcta es la b. En Japón, la producción y la comercialización del manga tienen otras reglas, otra lógica. Aún así, lo de Death Note es extrañísimo: más de 26 millones de lectores se compraron los recopilatorios de una serie que tenía todo para ser oscura, para quedar relegada a las márgenes, o directamente para fracasar, simplemente porque iba en contra de todo lo que el fan clásico del shonen busca en un manga. Acá, felizmente, se impuso otra lógica y una obra lenta, muy hablada, sin machaca, sin colegialas que muestran la bombacha, casi sin elementos fantásticos, encontró un público masivo. Un público al que Ohba y Obata invitaron a reflexionar, a debatir, a deducir las jugadas más retorcidas de los personajes, a analizar el poder de las palabras, de los silencios, de los razonamientos. Una obra pensada para hacer pensar. Un delirio, un oasis, una genialidad.
Por supuesto no terminó como yo esperaba. El más grosso, el pulenta, el personaje que tomo a tomo se subió al podio de los mejores de la historia del manga, el que puso huevo los 90 minutos, el tiempo suplementario y hasta en los penales, el que fue héroe y villano, presa y cazador, perdió sobre la hora contra un pendejito yanki medio freak. Donde fracasaron L y Mello, Near levantó la copa. Gracias a él, no existe más Kira, el genocida justiciero. La forma en que Near derrota a Light es tan rebuscada, tan retorcida, que parece de un guión de Gardner Fox de la Silver Age de DC. Pero no es una movida trucha, ni inválida, ni imposible de justificar por parte del guionista Tsugumi Ohba. Simplemente no es ni por casualidad el final que uno esperaba (en realidad, anhelaba) leer.
De Ohba no se puede decir ni mu. El tipo es tan capo que en este último tomo se hizo cargo y corrigió las dos falencias más evidentes que tenía la serie, sobre todo en este segundo tramo. Por un lado, le dio un rol importante a Ryuk, el shinigami, que venía de muuuchos tomos comiendo banco de suplentes. Parecía el pibe Sergio Araujo, el delanterito de Boca que va a criar nietos desde el banco, pobrecito. Ryuk pela chapa cuando ya faltan menos de 40 páginas para el final, pero –por fin- su accionar es decisivo. Y completamente impredecible.
Por el otro lado, y también con el correr de los tomos, Ohba había convertido todo esto en un duelo personal: Light contra L, Mello contra Light, Light contra Near y todos contra Kira. Y al hacerlo tan personal, se desdibujó lo más interesante, que era el dilema moral. En el último tomo, el guionista vuelve a dedicarle unas cuantas páginas al debate crucial, al que hace que todas las acciones de todos los personajes tengan sentido o sean un capricho de nenes pelotudos. A lo largo de los años que abarca la serie, Kira ejecutó sin misericordia a miles y miles de criminales. ¿Es un adalid de la justicia, o un genocida hijo de mil putas? Light, Near y los adláteres de ambos entrecruzan opiniones al respecto pasadita la mitad del tomo y ahí aparecen los diálogos más interesantes que escribió Ohba en mucho tiempo. Sobre el final, y para dejar en claro que lo suyo no es el resultadismo, Ohba pela una escena impactante y conmovedora que nos muestra cómo una inmensa masa de hombres y mujeres mantiene vivo el culto a Kira. Sin ejecuciones, sin cuadernos, sin shinigamis, sin el cerebro mágico de Light, la noción de que un dios llegó al planeta y lo cambió para mejor, sigue viva. ¿Quién tiene razón? O como decía Matías Martin (que ahora se hace el neutral), “Chabón! ¿De qué lado estás?”.
Este tomo tiene como 12 páginas de acción, lo cual es casi un record. Y como siempre, Takeshi Obata las dibujó maravillosamente. Monumento urgente para este capo absoluto.
Sí, ya sé. Hablar en Argentina de lo que venden los mangas en Japón es casi obsceno, como mostrarle a un hincha de Racing los títulos que ganó el Barcelona. Uno mira esas cifras y tiene dos opciones: a) pegarse un corchazo y b) decir “estos tipos son de otro planeta, juegan con otras reglas”. En el caso del manga, está claro que la opción correcta es la b. En Japón, la producción y la comercialización del manga tienen otras reglas, otra lógica. Aún así, lo de Death Note es extrañísimo: más de 26 millones de lectores se compraron los recopilatorios de una serie que tenía todo para ser oscura, para quedar relegada a las márgenes, o directamente para fracasar, simplemente porque iba en contra de todo lo que el fan clásico del shonen busca en un manga. Acá, felizmente, se impuso otra lógica y una obra lenta, muy hablada, sin machaca, sin colegialas que muestran la bombacha, casi sin elementos fantásticos, encontró un público masivo. Un público al que Ohba y Obata invitaron a reflexionar, a debatir, a deducir las jugadas más retorcidas de los personajes, a analizar el poder de las palabras, de los silencios, de los razonamientos. Una obra pensada para hacer pensar. Un delirio, un oasis, una genialidad.
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viernes, 4 de mayo de 2012
04/ 05: DEATH NOTE Vol.11
Aleluya, hermanos! Los dioses de todos los panteones dejaron de lado por un rato sus diferencias y se mandaron un hiper-team-up para permitir el milagro que mucho estábamos esperando: que LARP publicara en un lapso realmente breve los dos tomos de Death Note que faltaban para terminar con la saga de Takeshi Obata y Tsugumi Ohba. Hoy el milagro es increíble, pero real.
El Vol.11 es un poco extremo: hay una pequeña persecución de vehículos en las últimas cuatro páginas y el resto, todo chamuyo, conjetura, especulación. Un altísimo porcentaje de las viñetas nos muestra un plano detalle de las caras de Light o de Near (su contrincante en esta etapa de la serie), con textos superpuestos así, de una, sin globo de diálologo ni de pensamiento, que nos cuentan qué está elucuburando cada uno. Páginas y páginas de eso, de mentes trabadas en un duelo a muerte y textos (a veces redundantes) que nos cuentan qué pasa por esas mentes.
La mejor secuencia del tomo está cerca del final y son esas ocho páginas mudas en las que los autores recorren la vida cotidiana de los protagonistas durante una semana (o un poquito más) en la que lo único que pueden hacer es dejar correr el tiempo para poner en marcha su siguiente jugada. Sobre el final, será Near quien cante “quiero retruco” y vuelva a acorralar a Light con una propuesta muy arriesgada, pero que el protagonista absoluto de Death Note no podrá rechazar.
No quiero contar mucho más para no spoilear, pero está claro que todo avanza hacia un final definitivo. Lo que me sorprende es cómo Ohba sigue sin echar mano a un recurso fundamental, que para mí debería ser decisivo en el desenlace: los shinigamis. Acá se los nombra... 15 cuadritos, y Ryuk aparece en ocho o nueve, pero completamente pintado al óleo, sin el menor amague de recuperar algo del protagonismo perdido hace ya muchos tomos. ¿Cometerá el guionista el error de mantener a los shinigamis relegados incluso en el último tomo? Me cuesta creerlo, pero muy pronto me voy a enterar.
El dibujo de Obata, magistral como siempre, con una perfecta integración de la referencia fotográfica y millones de recursos para que no se haga soporífera la lectura de un manga donde lo único que se ve es gente que piensa, escribe o habla. Un prócer.
Y hasta acá llego. En poquitos días más tendré en mis manos el Vol.12, lo leeré, lo reseñaré y –lo más importante- me enteraré cómo carajo termina esta historia que me tiene agarrado de los huevos hace años. Aleluya!
El Vol.11 es un poco extremo: hay una pequeña persecución de vehículos en las últimas cuatro páginas y el resto, todo chamuyo, conjetura, especulación. Un altísimo porcentaje de las viñetas nos muestra un plano detalle de las caras de Light o de Near (su contrincante en esta etapa de la serie), con textos superpuestos así, de una, sin globo de diálologo ni de pensamiento, que nos cuentan qué está elucuburando cada uno. Páginas y páginas de eso, de mentes trabadas en un duelo a muerte y textos (a veces redundantes) que nos cuentan qué pasa por esas mentes.
La mejor secuencia del tomo está cerca del final y son esas ocho páginas mudas en las que los autores recorren la vida cotidiana de los protagonistas durante una semana (o un poquito más) en la que lo único que pueden hacer es dejar correr el tiempo para poner en marcha su siguiente jugada. Sobre el final, será Near quien cante “quiero retruco” y vuelva a acorralar a Light con una propuesta muy arriesgada, pero que el protagonista absoluto de Death Note no podrá rechazar.
No quiero contar mucho más para no spoilear, pero está claro que todo avanza hacia un final definitivo. Lo que me sorprende es cómo Ohba sigue sin echar mano a un recurso fundamental, que para mí debería ser decisivo en el desenlace: los shinigamis. Acá se los nombra... 15 cuadritos, y Ryuk aparece en ocho o nueve, pero completamente pintado al óleo, sin el menor amague de recuperar algo del protagonismo perdido hace ya muchos tomos. ¿Cometerá el guionista el error de mantener a los shinigamis relegados incluso en el último tomo? Me cuesta creerlo, pero muy pronto me voy a enterar.
El dibujo de Obata, magistral como siempre, con una perfecta integración de la referencia fotográfica y millones de recursos para que no se haga soporífera la lectura de un manga donde lo único que se ve es gente que piensa, escribe o habla. Un prócer.
Y hasta acá llego. En poquitos días más tendré en mis manos el Vol.12, lo leeré, lo reseñaré y –lo más importante- me enteraré cómo carajo termina esta historia que me tiene agarrado de los huevos hace años. Aleluya!
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domingo, 4 de marzo de 2012
04/ 03: DEATH NOTE Vol.10
Ah, bueno! Existen los milagros! Los muchachos de LARP apagaron la PlayStation y se dignaron a ofrendarnos un nuevo tomo de Death Note a apenas dos meses de la salida del tomo anterior. Y creo que hasta le pusieron un papel menos choto que el de los dos o tres tomos anteriores. Un lujo desmesurado que ojalá no se repita, a ver si los terminan por confundir con una editorial seria.
Este tomo de Death Note es brillante, un claro ejemplo de por qué es considerado (al menos desde este blog) el manga más inteligente de todos los tiempos. Sin trompadas, sin piñas, sin garches, sin siquiera una persecución, Tsugumi Ohba y Takeshi Obata hacen crecer la tensión hasta que uno cree que está por explotar en mil pedazos. El tomo arranca con Light, protagonista indiscutido y candidato a mejor personaje de la historia del comic japonés, definitivamente acorralado: el team-up entre Mello y Near dio resultado y este último ya está seguro (aunque le faltan evidencias concretas) de que Light, L y Kira son la misma persona. Bajo vigilancia y sospecha permanente, Light va a tener que hacer una jugada magistral para desmarcarse, eludir a los cinco defensores y volver a quedar en posición de agujerear la red.
Para esto, Ohba va a recurrir a dos tácticas distintas: una ya se había insinuado en el tomo anterior y tiene que ver con la exploración del fenómeno masivo que representa Kira en esta sociedad. Los millones de fieles seguidores que, desde los cuatro puntos cardinales, lo veneran como a un dios, empiezan a jugar un rol definitivo en la saga y Light, que no es ningún boludo, va a encontrar la forma de que jueguen a su favor. La otra táctica tiene que ver con un nuevo recambio en el elenco: en el tomo anterior, Ohba se sacó de encima a Soichiro Yagami y ahora no boletea, pero sí desactiva a Misa, que cuando apareció por primera vez parecía que se llevaba la trama por delante y en estos últimos tomos había sido condenada a un rol absolutamente terciario, de boluda manipulada, ninguneada y hasta basureada por Light. Ahora la rubia siamo fuori de toda la runfla del cuadernito, los asesinatos y demás, y sus chances de recuperar algo de protagonismo en los próximos dos tomos son tan bajas como las de la Independiente en el Clausura.
¿Con qué reemplazamos a los personajes desactivados? Con nuevos personajes: uno es un injerto de continuidad, una minita a la que Light se había transado en la universidad, antes de conocer a Misa. Me tomé el laburito de buscar los primeros tomos, a ver si aparecía Tacky, pero no la encontré. Y acá alguno dirá que la casualidad está medio forzada: de los millones de seguidores de Kira, la elegida para ser su vocera es justo una minita que tenía onda con Light. Pero está explicado: la mina conduce un noticiero muy visto en todo Japón.
El otro personaje nuevo aparece a la mitad de este tomo y rápidamente gana un protagonismo muy notable. A tal punto que Ohba y Obata dedican un episodio completo, 19 páginas íntegramente centradas en la vida y la forma de sentir y pensar de Teru Mikami. Un experimento osado, pero sumamente logrado, ya que este tramo, tan distinto a todos los demás, está seguro entre lo mejor del tomo. No quiero vaticinar que Mikami va a ser decisivo en el final de Death Note, porque el guacho de Ohba ya nos hizo comer cientos de amagues de cosas que uno suponía que iban a pasar y después no pasaron un carajo. Veremos.
Obata, mientras tanto, sigue pelando excelencia en todos y cada uno de los aspectos del dibujo. En este tomo se zarpa mal en la secuencia inicial, la de los disturbios en Los Angeles, con Demegawa agitando a la horda pro-Kira desde un helicóptero, Near armando una lluvia de billetes sobre la multitud y la cana –cómo no- reprimiendo violentamente a los manifestantes. En el resto del tomo, no hay otra cosa más que gente que habla o piensa. Y como ya es costumbre, Obata se las fuma mansito y sin mezquinarle nada al espléndido realismo de su estilo.
No veo la hora de leer el final de esta saga, que otra vez está en un momento impresionante. Quiero ver hasta dónde está dispuesto a llegar Light para encubrir sus asesinatos, quiero ver una vuelta más de tuerca a la relación humano-shinigami, no sé... quiero más.
Este tomo de Death Note es brillante, un claro ejemplo de por qué es considerado (al menos desde este blog) el manga más inteligente de todos los tiempos. Sin trompadas, sin piñas, sin garches, sin siquiera una persecución, Tsugumi Ohba y Takeshi Obata hacen crecer la tensión hasta que uno cree que está por explotar en mil pedazos. El tomo arranca con Light, protagonista indiscutido y candidato a mejor personaje de la historia del comic japonés, definitivamente acorralado: el team-up entre Mello y Near dio resultado y este último ya está seguro (aunque le faltan evidencias concretas) de que Light, L y Kira son la misma persona. Bajo vigilancia y sospecha permanente, Light va a tener que hacer una jugada magistral para desmarcarse, eludir a los cinco defensores y volver a quedar en posición de agujerear la red.
Para esto, Ohba va a recurrir a dos tácticas distintas: una ya se había insinuado en el tomo anterior y tiene que ver con la exploración del fenómeno masivo que representa Kira en esta sociedad. Los millones de fieles seguidores que, desde los cuatro puntos cardinales, lo veneran como a un dios, empiezan a jugar un rol definitivo en la saga y Light, que no es ningún boludo, va a encontrar la forma de que jueguen a su favor. La otra táctica tiene que ver con un nuevo recambio en el elenco: en el tomo anterior, Ohba se sacó de encima a Soichiro Yagami y ahora no boletea, pero sí desactiva a Misa, que cuando apareció por primera vez parecía que se llevaba la trama por delante y en estos últimos tomos había sido condenada a un rol absolutamente terciario, de boluda manipulada, ninguneada y hasta basureada por Light. Ahora la rubia siamo fuori de toda la runfla del cuadernito, los asesinatos y demás, y sus chances de recuperar algo de protagonismo en los próximos dos tomos son tan bajas como las de la Independiente en el Clausura.
¿Con qué reemplazamos a los personajes desactivados? Con nuevos personajes: uno es un injerto de continuidad, una minita a la que Light se había transado en la universidad, antes de conocer a Misa. Me tomé el laburito de buscar los primeros tomos, a ver si aparecía Tacky, pero no la encontré. Y acá alguno dirá que la casualidad está medio forzada: de los millones de seguidores de Kira, la elegida para ser su vocera es justo una minita que tenía onda con Light. Pero está explicado: la mina conduce un noticiero muy visto en todo Japón.
El otro personaje nuevo aparece a la mitad de este tomo y rápidamente gana un protagonismo muy notable. A tal punto que Ohba y Obata dedican un episodio completo, 19 páginas íntegramente centradas en la vida y la forma de sentir y pensar de Teru Mikami. Un experimento osado, pero sumamente logrado, ya que este tramo, tan distinto a todos los demás, está seguro entre lo mejor del tomo. No quiero vaticinar que Mikami va a ser decisivo en el final de Death Note, porque el guacho de Ohba ya nos hizo comer cientos de amagues de cosas que uno suponía que iban a pasar y después no pasaron un carajo. Veremos.
Obata, mientras tanto, sigue pelando excelencia en todos y cada uno de los aspectos del dibujo. En este tomo se zarpa mal en la secuencia inicial, la de los disturbios en Los Angeles, con Demegawa agitando a la horda pro-Kira desde un helicóptero, Near armando una lluvia de billetes sobre la multitud y la cana –cómo no- reprimiendo violentamente a los manifestantes. En el resto del tomo, no hay otra cosa más que gente que habla o piensa. Y como ya es costumbre, Obata se las fuma mansito y sin mezquinarle nada al espléndido realismo de su estilo.
No veo la hora de leer el final de esta saga, que otra vez está en un momento impresionante. Quiero ver hasta dónde está dispuesto a llegar Light para encubrir sus asesinatos, quiero ver una vuelta más de tuerca a la relación humano-shinigami, no sé... quiero más.
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martes, 27 de diciembre de 2011
27/ 12: DEATH NOTE Vol.9

Otra vez hubo que esperar seis meses para que los amigos de LARP editaran un nuevo tomo de Death Note. La verdad, ya no hay palabras para tanta desidia, tanta inoperancia, tanto “me chupa un huevo la gente que nos compra”. Se merecen que nadie les compre un puto manga, si no fuera porque la calidad de Death Note justifica casi cualquier garrón que haya que comerse...
En este tomo hay de todo. Incluso una escena de acción que dura más de 10 páginas! Tsugumi Ohba y Takeshi Obata matan a un personaje importante, se sacan de encima al último shinigami que había entrado en escena (de hecho sólo vemos a Ryuk quien, una vez más, no hace nada en todo el tomo) y se concentran –básicamente- en lo jodido que es para Light manener ocultas sus dos identidades secretas: la de Kira y la del segundo L, en una cancha bastante embarrada por el accionar de Mello y Near, los dos pibes yankis que quieren lograr lo que el primer L no pudo: terminar para siempre con el reinado de Kira.
Acá ya pasó algo que no está muy enfatizado en los diálogos, pero que es fundamental para el argumento de la saga: ya no es más secreto el hecho de que detrás de Kira hay poderes sobrenaturales que tienen que ver con los cuadernos y los shinigamis. Ya lo saben la cana de Japón, Near, Mello... falta que salga la nota en la revista Genios, nomás. Y eso no está bueno. La gracia de los primeros tomos era ver cómo toda la gilada investigaba los asesinatos de Kira como crímenes comunes, policiales, sin tener la más puta idea de que en realidad la cosa pasaba por estas criaturas del más allá y sus fantásticos poderes. Ahí la ventaja de Light era grossa. Ahora ya tiene que remar un poco más.
En este tomo sufre mucho, pierde mucho y lo acorralan demasiado. Le queda una carta de triunfo, que es la gran aceptación que logra Kira entre la gente común, especialmente en EEUU, que es donde transcurren casi todas las secuencias de este tramo de la serie. Pero justo cuando la juega, se termina el librito y a esperar otros seis meses a ver cómo carajo sigue la historia. Lo más interesante es cómo Ohba se esfuerza por dejarnos bien en claro que, si bien Near y Mello se oponen a Kira y su particular forma de impartir justicia, no son “los buenos”. Son bastante hijos de puta, tan retorcidos como Light o tal vez un poco más. O sea que de las runflas entre estos tres (y hay varias) sólo puede salir uno de ellos con el ojete en llamas, al grito de “Traidores! Me empomaron al primer descuido!”.
Pero la cosa está planteada así, como una competencia entre Mello, Near y L a ver quién captura primero a Kira. Light (que es L y Kira a la vez) sigue siendo el personaje mejor trabajado y desarrollado de la serie (de la historia del manga, me atrevo a decir) y así como en el tomo anterior vimos bastante de los esbirros de Mello, esta vez el guión le da bastante bola a los esbirros de Near. La que pobrecita sigue morfando banco de suplentes a lo pavote es Misa, otrora fundamental para la trama y hoy convertida en la menos importante de los aliados de Light.
Como siempre, el dibujo de Takeshi Obata se pasa de glorioso. Por supuesto estalla en la secuencia de la razzia en la guarida de Mello, pero también sorprende y emociona en las miles de escenas de gente que piensa, habla o teclea en una computadora. En la página 7 del tomo argentino, justo antes de que arranque el episodio 71 de la saga, hay una ilustración de Obata publicada en blanco y negro, pero que se nota que originalmente era a color. Esa página es la fuckin´perfección y –si te gusta el dibujo realista- vale por sí sola lo que te cobren por todo el tomo. Me la imagino a color y me chorrea la masa encefálica por los agujeros de la nariz.
Quiero leer el final de Death Note, pero YA. En 2011 salieron tres tomos, o sea que hay una remota chance de que antes del 31/12/12 esté publicado el final. Pero yo la empecé a leer en Enero de 2010 (¿te acordás?) y me parece una guachada de crueldad inmisericorde hacerme esperar tres años para saber cómo corno termina la saga...
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