Final para esta atípica serie de Brian Vaughan y Tony Harris que brilló a pleno en la segunda mitad de la década pasada.
En este último tomo, pasa lo que esperabas que pasara desde que empezó la serie: New York se ve amenazada por algo tan heavy, que Mitchell Hundred se tiene que cagar en todas las reglas y volver a vestir el traje y el jetpack de Great Machine para salir a la calle y luchar contra… eso. Ya no alcanza con usar su poder de controlar a las máquinas con comandos orales. Acá hay que repartir machaca y usar esas armas locas con las que experimentó durante años con ayuda de su viejo mentor, Kremlin. Y además, bancarse las consecuencias, porque estaba muy claro que mientras ocupara el cargo de intendente de NYC, Hundred no podía bajo ningún concepto salir enmasacarado a impartir justicia por la Gran Manzana.
Por supuesto, Vaughan se las ingeniará para que eso, que supuestamente es crucial, no sea lo más importante del tomo. Para este gran final, el guionista se guardó un montón de revelaciones impactantes: el origen de los poderes de Hundred, la transparencia de la elección que ganó en 2004, su futuro político, su relación con Bradbury… son un montón de giros zarpados, en los que finalmente todo queda muy claro y se acaban las suspicacias. También hay escenas importantísimas para Dave Wylie, para la mamá de Mitchell, para January y sobre todo para Suzanne Padilla, que resulta ser la villana más peligrosa de toda la serie.
Me parece que este es el tomo en el que están mejor equilibradas la acción con todo lo demás. Nunca antes Vaughan tuvo excusas tan buenas para mostrar peleas, tiros, persecuciones y muertes truculentas como en esta saga final. Y por supuesto, todo lo demás está perfecto: desde flashbacks a la infancia de Mitchell hasta todo ese extenso epílogo en el que se revela qué hace Hundred cuando se termina su mandato como intendente de New York. A lo largo y a lo ancho del tomo, Vaughan se despacha con otra sobredosis de diálogos formidables, afilados, groseros, cómicos, profundos, con cero ingenuidad a la hora de meterse en temas políticamente jodidos como el aborto y con encomiable ternura a la hora de jugar con temas de la cultura geek como Tierra-1 y Tierra-2.
Supuestamente esta serie iba a tener una secuela llamada Vice en la que Hundred competía por la vicepresidencia de los EEUU como compañero de fórmula de… prefiero no revelarlo, porque es una de las sorpresas grossas del final de Ex Machina. Lo cierto es que eso nunca sucedió y la verdad es que no está mal. Dejémosla ahí, no aclaremos, que oscurece. Máxime cuando Vaughan tendría que haber empezado a escribir Vice en 2011, sabiendo perfectamente quién había ganado las elecciones presidenciales de 2008. Me parece que, como primera aproximación al tema de política + superhéroes, Ex Machina funciona muy bien así, es redonda, es completa, casi no deja tema sin tocar. Si más adelante Vaughan quiere volver a explorar el tema, lo ideal sería encarar para otro lado, quizás dejando a los superpoderes afuera de la ecuación, para no forzar esas secuencias de machaca entre escenas mucho más interesantes en las que los personajes juegan al peligroso juego de gobernar.
Por el lado de Tony Harris, casi todo el tomo está dibujado muy por encima de lo que habíamos visto hasta ahora. Quizás porque el tono de la saga ofrece muchas más oportunidades de zarparse hacia el lado oscuro, de limar con imágenes y climas más jodidos, más ominosos, menos ascépticos. O quizás porque el colorista J.D.Mettler quería probar cosas nuevas y lo convenció para que el inglés se fuera un poco más a la mierda. Lo cierto es que en estas páginas hay muchas más viñetas (y hasta secuencias enteras) en las que no se ve la referencia fotográfica, y miles más en las que sí se ve, pero el tratamiento de la iluminación y el color hace que no sea tan obvia, que no se parezca tanto a una fotonovela. Y dicho todo esto, hay una página en el cuarto episodio en el que las fotos se notan mucho más que en todo el resto de la obra. Son cuatro viñetas en las que parece que Harris se hubiera olvidado de retocar las imágenes que capturó con su cámara (o con el Flickr) y están ahí, groseramente puestas en el medio de un comic, apenas reventadas en el Photoshop, con el color y los globos de diálogo, pero sin la más mínima huella del estilo de Harris. Un bochorno que ojalá se corrija en las nuevas recopilaciones (más lujosas) de Ex Machina.
Y no hay más. No sé en qué anda Harris y Vaughan está a full en Image, con Saga y alguna cosita más. Quizás para la segunda mitad del año, cuando se anuncie la renovación total de la línea Vertigo, los muchachos nos den una sorpresa. Por ahora, queda esto: 10 tomos de excelente lectura, con ideas nuevas y con un personaje que rápidamente se convirtió en ídolo, aunque se haya dedicado a la política. No es fácil, pero Hundred lo hizo. Lo seguimos y no nos defraudó.
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domingo, 8 de febrero de 2015
miércoles, 28 de enero de 2015
28/ 01: EX MACHINA Vol.9
Uh, cuánto hacía que tenía colgada esta serie! Desde el 23/10/12 que no pasaba a visitar a Mitchell Hundred, el ex-superhéroe convertido en intendente de New York. Quizás la prolongada absitinencia haya contribuído a que este tomo me haya parecido espectacular, muy por encima de lo que yo esperaba de esta gran serie de Brian K. Vaughan.
Empezamos con un unitario 100% meta-comiquero, en el que Vaughan y Tony Harris “audicionan” para que Hundred los contrate para contar sus vivencias en forma de novela gráfica. El personaje (de reconocida pasión por los comics) y los autores (que trabajan de hacer comics) se encuentran, comparten un mismo nivel de realidad, y hablan de Morrison, de Bendis, de Paul Levitz, de Bryan Hitch, de Brad Meltzer, de Y the Last Man, de Starman, de Vertigo… Es un episodio muy tranqui pero muy ganchero y el giro del final (con Garth Ennis y Jim Lee como ganadores) es muy gracioso.
Después viene otro unitario, dibujado por John Paul Leon, realmente brillante. El editor de un diario que vive tirándole mierda a Hundred aparece muerto, y el asesino dice haber sido mandado por el intendente. El ex-superhéroe va a tener que estar más afilado que nunca para resolver este despelote, que además le sirve a Vaughan para hablar de energía limpia, reciclaje y demás banderas históricas de los movimientos ecologistas.
Y para el cierre, el arco más extenso, que es el que da título al libro. Es tiempo de definiciones, porque el próximo tomo será el último, y acá Vaughan sale a cerrar plots a ocho manos: Hundred empieza a revelar cómo va a seguir su carrera política, el complot entre January y Kremlin pega el zarpazo y –lo más importante- se producen impactantes revelaciones acerca del origen de los poderes del intendente, revelaciones que involucran además a su antiguo archi-enemigo Pherson y a un par de personajes sumamente poderosos. Sobre el final, Hundred logra controlar un in crescendo de kilombos, pero no sin acumular dudas acerca de sus poderes, sus aliados y hasta de sus convicciones. Todo apunta a que el Vol.10 nos va a ofrecer un final realmente impactante. Por suerte lo tengo ahí, pidiendo pista.
Como siempre, lo más flojo de Ex Machina son los constantes y muchas veces innecesarios flashbacks a los años en los que Hundred combatía el crimen con su traje de Great Machine y su jetpack. Si –como a mí- te interesa que el comic se meta a fondo en temas que tienen que ver con la política, con el gobierno, con el poder, seguramente te va a parecer que todas esas escenas, a la larga, restan más de lo que suman. Entiendo que en los primeros tomos tuvieran que estar, para funcionar de anzuelo, de engaña-pichanga para los giles que no te compran un comic si no hay muchachones disfrazados repartiendo trompadas. Pero a cinco episodios del final, me parece difícil que piquen los que todavía no picaron.
Casi todo el tomo está dibujado por Tony Harris, el titular indiscutido de la serie, en ese estilo tan limpito, tan careta, que a mí no me termina de convencer. Es buenísimo, obviamente, pero a mí me gusta el Harris más dark. Esta vez, además, hay muchas, muchas páginas en las que no me dibuja un puto fondo y eso me subleva bastante. También hay que decir que en las últimas páginas, el guión propone un cambio de clima bastante extremo y Harris responde con enorme jerarquía. Lo de Jim Lee son dos páginas, es un chiste que no resiste mucho análisis. Y las 32 páginas de John Paul Leon son un lujo, por ahí con la referencia fotográfica menos integrada al grafismo del ídolo que en otros trabajos, pero con un excelente manejo del claroscuro, rostros y cuerpos muy expresivos y un increíble repertorio de recursos narrativos para darle onda y emoción tanto a las escenas de acción como a las de “talking heads”.
Esto venía bien y se puso muy, muy bien. Queda poco espacio y muchas cosas para resolver, y seguramente lamentaremos que Vaughan no haya desarrollado más a fondo a algún personaje secundario interesante para mostrarnos peleas intrascendentes de cuando Hundred era superhéroe. Pero queda lo más importante, que es un comic que, sin cagarse en las convenciones del mainstream, se animó a meterse con varios temas muy espesos y a encararlos con una cintura que ya envidiaría más de un político.
Empezamos con un unitario 100% meta-comiquero, en el que Vaughan y Tony Harris “audicionan” para que Hundred los contrate para contar sus vivencias en forma de novela gráfica. El personaje (de reconocida pasión por los comics) y los autores (que trabajan de hacer comics) se encuentran, comparten un mismo nivel de realidad, y hablan de Morrison, de Bendis, de Paul Levitz, de Bryan Hitch, de Brad Meltzer, de Y the Last Man, de Starman, de Vertigo… Es un episodio muy tranqui pero muy ganchero y el giro del final (con Garth Ennis y Jim Lee como ganadores) es muy gracioso.
Después viene otro unitario, dibujado por John Paul Leon, realmente brillante. El editor de un diario que vive tirándole mierda a Hundred aparece muerto, y el asesino dice haber sido mandado por el intendente. El ex-superhéroe va a tener que estar más afilado que nunca para resolver este despelote, que además le sirve a Vaughan para hablar de energía limpia, reciclaje y demás banderas históricas de los movimientos ecologistas.
Y para el cierre, el arco más extenso, que es el que da título al libro. Es tiempo de definiciones, porque el próximo tomo será el último, y acá Vaughan sale a cerrar plots a ocho manos: Hundred empieza a revelar cómo va a seguir su carrera política, el complot entre January y Kremlin pega el zarpazo y –lo más importante- se producen impactantes revelaciones acerca del origen de los poderes del intendente, revelaciones que involucran además a su antiguo archi-enemigo Pherson y a un par de personajes sumamente poderosos. Sobre el final, Hundred logra controlar un in crescendo de kilombos, pero no sin acumular dudas acerca de sus poderes, sus aliados y hasta de sus convicciones. Todo apunta a que el Vol.10 nos va a ofrecer un final realmente impactante. Por suerte lo tengo ahí, pidiendo pista.
Como siempre, lo más flojo de Ex Machina son los constantes y muchas veces innecesarios flashbacks a los años en los que Hundred combatía el crimen con su traje de Great Machine y su jetpack. Si –como a mí- te interesa que el comic se meta a fondo en temas que tienen que ver con la política, con el gobierno, con el poder, seguramente te va a parecer que todas esas escenas, a la larga, restan más de lo que suman. Entiendo que en los primeros tomos tuvieran que estar, para funcionar de anzuelo, de engaña-pichanga para los giles que no te compran un comic si no hay muchachones disfrazados repartiendo trompadas. Pero a cinco episodios del final, me parece difícil que piquen los que todavía no picaron.
Casi todo el tomo está dibujado por Tony Harris, el titular indiscutido de la serie, en ese estilo tan limpito, tan careta, que a mí no me termina de convencer. Es buenísimo, obviamente, pero a mí me gusta el Harris más dark. Esta vez, además, hay muchas, muchas páginas en las que no me dibuja un puto fondo y eso me subleva bastante. También hay que decir que en las últimas páginas, el guión propone un cambio de clima bastante extremo y Harris responde con enorme jerarquía. Lo de Jim Lee son dos páginas, es un chiste que no resiste mucho análisis. Y las 32 páginas de John Paul Leon son un lujo, por ahí con la referencia fotográfica menos integrada al grafismo del ídolo que en otros trabajos, pero con un excelente manejo del claroscuro, rostros y cuerpos muy expresivos y un increíble repertorio de recursos narrativos para darle onda y emoción tanto a las escenas de acción como a las de “talking heads”.
Esto venía bien y se puso muy, muy bien. Queda poco espacio y muchas cosas para resolver, y seguramente lamentaremos que Vaughan no haya desarrollado más a fondo a algún personaje secundario interesante para mostrarnos peleas intrascendentes de cuando Hundred era superhéroe. Pero queda lo más importante, que es un comic que, sin cagarse en las convenciones del mainstream, se animó a meterse con varios temas muy espesos y a encararlos con una cintura que ya envidiaría más de un político.
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martes, 23 de octubre de 2012
23/ 10: EX MACHINA Vol.8
Lo fui a visitar a Mitchell Hundred y no estaba, el muy turro! Pasé por el City Hall de Nueva York camino al puente de Brooklyn y lo busqué, pero fue al pedo. Debe ser porque este comic se terminó hace unos añitos. De hecho, todas las secuencias del “presente” que ofrece este TPB están ambientadas en 2004, aunque las historietas se publicaron entre 2008 y 2009, o sea que Ex Machina incluso en su momento estaba situada en el pasado de la Gran Manzana.
Por supuesto, al tener muy fresquita la geografía y los escenarios de Manhattan, la lectura de esta serie (y supongo que también de DMZ) cobra un gustito especial, que es el de reconocer esquinas, edificios, colectivos y hasta gente, que hasta hace un par de días para mí eran tridimensionales y ahora no. Y al haber respirado el clima de la ciudad, tengo que contradecir un cachito a Brian K. Vaughan. En muchos pasajes de esta obra, el guionista subraya (a través de Mitchell Hundred) lo difícil que es ser Jefe de Gobierno de una ciudad como Nueva York. La verdad, me parece que exagera. No digo que sea pan comido, o que cualquier subnormal (incluso perteneciente al PRO) pueda hacerlo. Pero al lado de ciudades como Buenos Aires, San Pablo, Lima o México D.F., me dio la sensación de que Nueva York no es tan complicada de sacar adelante. Si quieren que asuma la intendencia para demostrarlo con los hechos, no tengo problema. Convóquenme y con mucho gusto me fumo cuatro años al frente de los cinco distritos.
Pero vamos a este libro, que trae por un lado, una saga en la que el borracho-genocida-retrasado mental George W. Bush le complica la vida a Hundred al elegir a Nueva York como la sede de la convención que ungirá a los candidatos republicanos para la elección de 2004. Se trata de uan decisión medio extraña, porque la ciudad siempre le dio –histórica y merecidamente- la espalda al partido más conservador, retrógrado y filo-fascista de este continente. Pero no olvidemos que Hundred no es ni republicano ni demócrata, y además, al acercarse el fin de su mandato como Jefe de Gobierno, está evaluando la posibilidad de presentarse él también como candidato a Presidente de los EEUU. O sea que hay una linda runfla, un lindo teje-maneje de ambiciones, cálculos y especulaciones.
El problema es... el problema. Como este conflicto “fino” no alcanza para vender historietas, Vaughan tiene que sumar un conflicto grueso, casi grotesco, y es la chica medio chapita a la que los medios llaman “Trouble” (Problema). Años atrás, Trouble fue rescatada de una muerte segura por Great Machine (la ex identidad heroica de Hundred) y ahora ella también anda enmascarada, cometiendo osados actos de vandalismo con el único objetivo de desprestigiar e incomodar a Bush para que no venga a Manhattan a rosquear candidaturas con su séquito de olfas. Esto le da a Vaughan la posibilidad de mechar escenas de acción que, la verdad, no hacían mucha falta. Y de volver una y otra vez a los flashbacks a la época en que Hundred trabajaba de superhéroe, que ya me tienen medio harto. Hay un par de sub-plots que avanzan a buen ritmo, excelentes diálogos y buen desarrollo para varios de los secundarios, lo cual hace que el conjunto resulte satisfactorio a pesar de la machaca innecesaria.
Y lo mejor viene al final: 32 páginas dibujadas por el gran John Paul Leon que transcurren aún más atrás, cuando Hundred todavía no es Great Machine, y exploran el viejo tema del Ku Kux Klan, pero desde otra óptica: Vaughan se centra en el hecho de que estos racistas excecrables actúan enmascarados y eso dispara un exquisito debate sobre las máscaras y las identidades suprimidas que obvia pero muy inteligentemente, salpica para el lado de los superhéroes.
Todo lo que no dibuja Leon está a cargo, como siempre, de Tony Harris, esta vez con viñetas más grandes (pocas páginas ofrecen más de cuatro) y con su ya tradicional combinación de realismo, corrección y frialdad. Si cliqueás en la etiqueta de Ex Machina vas a ver que hace varios TPBs que vengo hinchando por el regreso (a esta altura impostergable) del Harris más dark y más expresionista.
Ni bien consiga los dos tomos que me faltan, me zambullo hacia el final de esta originalísima serie. Aguante Nueva York!
Por supuesto, al tener muy fresquita la geografía y los escenarios de Manhattan, la lectura de esta serie (y supongo que también de DMZ) cobra un gustito especial, que es el de reconocer esquinas, edificios, colectivos y hasta gente, que hasta hace un par de días para mí eran tridimensionales y ahora no. Y al haber respirado el clima de la ciudad, tengo que contradecir un cachito a Brian K. Vaughan. En muchos pasajes de esta obra, el guionista subraya (a través de Mitchell Hundred) lo difícil que es ser Jefe de Gobierno de una ciudad como Nueva York. La verdad, me parece que exagera. No digo que sea pan comido, o que cualquier subnormal (incluso perteneciente al PRO) pueda hacerlo. Pero al lado de ciudades como Buenos Aires, San Pablo, Lima o México D.F., me dio la sensación de que Nueva York no es tan complicada de sacar adelante. Si quieren que asuma la intendencia para demostrarlo con los hechos, no tengo problema. Convóquenme y con mucho gusto me fumo cuatro años al frente de los cinco distritos.
Pero vamos a este libro, que trae por un lado, una saga en la que el borracho-genocida-retrasado mental George W. Bush le complica la vida a Hundred al elegir a Nueva York como la sede de la convención que ungirá a los candidatos republicanos para la elección de 2004. Se trata de uan decisión medio extraña, porque la ciudad siempre le dio –histórica y merecidamente- la espalda al partido más conservador, retrógrado y filo-fascista de este continente. Pero no olvidemos que Hundred no es ni republicano ni demócrata, y además, al acercarse el fin de su mandato como Jefe de Gobierno, está evaluando la posibilidad de presentarse él también como candidato a Presidente de los EEUU. O sea que hay una linda runfla, un lindo teje-maneje de ambiciones, cálculos y especulaciones.
El problema es... el problema. Como este conflicto “fino” no alcanza para vender historietas, Vaughan tiene que sumar un conflicto grueso, casi grotesco, y es la chica medio chapita a la que los medios llaman “Trouble” (Problema). Años atrás, Trouble fue rescatada de una muerte segura por Great Machine (la ex identidad heroica de Hundred) y ahora ella también anda enmascarada, cometiendo osados actos de vandalismo con el único objetivo de desprestigiar e incomodar a Bush para que no venga a Manhattan a rosquear candidaturas con su séquito de olfas. Esto le da a Vaughan la posibilidad de mechar escenas de acción que, la verdad, no hacían mucha falta. Y de volver una y otra vez a los flashbacks a la época en que Hundred trabajaba de superhéroe, que ya me tienen medio harto. Hay un par de sub-plots que avanzan a buen ritmo, excelentes diálogos y buen desarrollo para varios de los secundarios, lo cual hace que el conjunto resulte satisfactorio a pesar de la machaca innecesaria.
Y lo mejor viene al final: 32 páginas dibujadas por el gran John Paul Leon que transcurren aún más atrás, cuando Hundred todavía no es Great Machine, y exploran el viejo tema del Ku Kux Klan, pero desde otra óptica: Vaughan se centra en el hecho de que estos racistas excecrables actúan enmascarados y eso dispara un exquisito debate sobre las máscaras y las identidades suprimidas que obvia pero muy inteligentemente, salpica para el lado de los superhéroes.
Todo lo que no dibuja Leon está a cargo, como siempre, de Tony Harris, esta vez con viñetas más grandes (pocas páginas ofrecen más de cuatro) y con su ya tradicional combinación de realismo, corrección y frialdad. Si cliqueás en la etiqueta de Ex Machina vas a ver que hace varios TPBs que vengo hinchando por el regreso (a esta altura impostergable) del Harris más dark y más expresionista.
Ni bien consiga los dos tomos que me faltan, me zambullo hacia el final de esta originalísima serie. Aguante Nueva York!
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viernes, 26 de agosto de 2011
26/ 08: EX MACHINA Vol.7
Hoy, muy cortito porque no tengo tiempo…
Séptimo tomo de la adictiva serie de Brian Vaughan y Tony Harris, de la cual ya reseñé varios tomos previos, o sea que haciendo click en la etiqueta podés descubrir al toque de qué va y qué me pareció hasta ahora.
El tomo tiene un arco argumental de cuatro episodios y un episodio unitario centrado en la jefa de policía, Amy Angotti, en el que los autores le terminan de dar mucha chapa, a través de flashbacks a distintas épocas de su vida. Hasta ahora era un personaje secundario interesante, pero a partir de este unitario puede cobrar muchísimo protagonismo y además bancárselo.
La saguita más extensa se mete con otro tema espinoso: la religión. Mitchell Hundred viaja a Roma a entrevistarse con Juan Pablo II y para los católicos eso es muy grosso. Para Hundred no tanto, porque no termina de entender para qué lo citó el Papa. Detrás del misterio hay una conspiración medio-medio (podría haber sido más ingeniosa), capitaneada por un villano quintaesencialmente turro, casi sin matices. Como pasa en estos casos, Vaughan pilotea un argumento que no es de los más sólidos con un festival de diálogos magníficos, entre los que se destacan el que tiene Hundred con el padre Chetwas, el astrónomo del Vaticano.
Por supuesto hay flashbacks a la época en que el Jefe de Gobierno era superhéroe, y como casi siempre estos aportan poco más que impacto visual. Del elenco habitual de secundarios, el único que tiene un mínimo rol en la trama es Rick Bradbury y el resto, come banco de suplentes a lo pavote.
A raíz del tema religioso, Vaughan tira un montón de ideas polémicas y ricas para el debate, algunas relacionadas a los poderes “fantásticos" del protagonista y otras a los poderes “terrenales”, derivados de su función en la política. Ahí está, sin duda, lo que inclina la balanza a favor de este tomito.
Y nada más. No sé cuándo retomaré esta serie, pero la dejo en un gran momento. No dudes en zambullirte si ves baratos los TPBs o los hardcovers que traen de a 10 números.
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jueves, 28 de julio de 2011
28/ 07: EX MACHINA Vol.6

Otra vez hay clima de elecciones en Buenos Aires, y una vez más es menester acordarse de este ex-superhéroe que un día colgó el jetpack para dedicarse a servir al pueblo de New York de otra manera y se convirtió en Jefe de Gobierno de la Gran Manzana.
Este recopilatorio es el que menos historieta ofrece: sólo cuatro episodios de la serie regular y un especial que nos cuenta la trastienda de Ex Machina, cómo entrega Brian K. Vaughan los guiones, cómo boceta Tony Harris las páginas, cómo se colorea, cómo se arman las portadas, todo el proceso de las fotos a seres humanos de carne y hueso que luego la magia de Harris convierte en magníficos dibujos y demás (ahora que sabemos que Harris no afana fotos de Flicker, sino que las saca él mismo, lo pasamos al estilo Juan Carlos Nikkon). En total son 22 páginas de backstage y está –dentro de todo- bien. Más de 30 ya era un achaco. Pero claro, se supone que uno compra el libro para leer historietas y de eso hay apenas 88 páginas.
El tema es que son 88 páginas con mucho jugo. Acá lo vemos a Mitchell Hundred perder sus poderes, recordar sus inicios, ser víctima de un complot orquestado por su amigo incondicional Kremlin, enterarse de que este y su vieja pegaron onda, y enfrentar a un misterioso viajero, cargado de una extraña energía, que parece tener data grossa sobre quién, cómo y por qué le dio a Hundred sus habilidades especiales. En el medio, y por si faltara algo, el Jefe de Gobierno tiene que lidiar con un apagón de gigantescas proporciones que deja sin energía eléctrica a 50 millones de personas, lo cual pone a prueba –una vez más- su cintura política, su capacidad de trabajar en equipo y su ingenio para resolver los problemas de los que lo votaron.
Pero es todo mucho más intrincado de lo que parece. Al final (que llega rápido), Hundred no logra sacar demasiado en limpio de su encuentro con el misterioso Zeller y ni siquiera le queda clara la relación entre la extraña aparición de este personaje y el apagón. Zeller volverá a esfumarse, la energía eléctrica será restituída y al ex-superhéroe le quedarán tantas dudas como al principio de la saga. ¿Fue todo al pedo? No, porque los lectores ya podemos empezar a tirar conjeturas, y sobre todo porque vimos a Hundred desenvolverse sin sus poderes, de forma totalmente distinta a como lo hizo hasta acá. Por supuesto, Vaughan no deja pasar la oportunidad para mostrarnos cómo este suceso altera el sutil equilibrio entre el poder “fantástico” y el poder político, que es lo que hace tan interesante al personaje de Mitchell Hundred.
Y finalmente volvió la madre del protagonista, que apareciera allá por el Vol.3 y luego se morfara dos tomos en el banco de suplentes. Acá tiene un par de lindas escenas y es, junto a Kremlin, el personaje secundario con más desarrollo en este arco argumental.
El trabajo de Tony Harris, si bien sigue resultando frío, demasiado foto-dependiente, cobra un vuelo muy, muy atractivo en las escenas de acción, o sea, los flashbacks protagonizados por Great Machine durante los ataques del 11 de Septiembre de 2001. En la escenas protocolares, o de simples diálogos, se las ingenia siempre para no aburrir, pero cuando pinta la machaca, pela una intensidad y un vértigo que te quitan el aliento. Notable lo de Harris.
Me queda sin leer un sólo tomo y después vendrá una pausa larga hasta poder llegar al final de esta adictiva serie, repleta de diálogos magistrales, excelentes caracterizaciones, misterios atrapantes, dilemas morales espinosos y temas que habitualmente las historietas no tocan, como la forma en que se ejerce un cargo electivo tan importante como la intendencia de una mega-metropolis del Siglo XXI. Prometo volver pronto. Y el domingo, no te olvides: si no te interesa la política, votá por la salud, la educación pública, la cultura, la vivienda digna, el transporte público, los derechos humanos y todas esas cosas con la que el PROcesado Macri se limpió el orto cuatro años y –si lo dejamos- se lo va a limpiar otros cuatro. Por ahí Daniel Filmus no es el Jefe de Gobierno que se merece Buenos Aires. Pero quedate tranquilo, que peor que Macri no va a ser.
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domingo, 3 de julio de 2011
03/ 07: EX MACHINA Vol.5

Se vienen las elecciones para Jefe de Gobierno porteño y esa es una excusa tan buena como cualquier otra para volver a visitar al amigo Mitchell Hundred, el ingeniero que un día se hizo superhéroe y juntó tanta chapa que después se postuló para intendente de New York y ganó por afano.
Este es el famoso arco argumental que habla del faaaasssso. Acá, el intendente Hundred y sus colaboradores evalúan proponer cambios en las leyes vigentes acerca de tenencia y consumo de drogas, porque se dan cuenta de que son anticuadas y que –en la práctica- no resuelven absolutamente nada. El que se droga, ¿tiene que ir preso, o hacer un tratamiento para rehabilitarse? ¿Es lo mismo fumar marihuana que inyectarse heroína? ¿Puede el Estado negarte la libertad de –en tu casa y sin joder a nadie- meterte lo que se te cante en tu organismo? Hundred y su equipo se hacen estas preguntas, un poco a raíz del mini-escándalo generado por declaraciones del intendente en un programa de radio, donde “confiesa” (como si fuera un crimen) haber fumado faso en su juventud. Y enseguida, el guionista Brian Vaughan aprovecha la situación para tirarnos (sin aburrir ni predicar) un montón de datos asombrosos acerca del consumo de drogas en los EEUU. El más llamativo es el cruce con el tema racial: de los presos por tenencia de drogas, el 80% son negros o hispanos, y sin embargo los que más drogas consumen son los blancos. ¿Son serias las leyes vigentes, o son una mera excusa para “limpiar” las calles de negros y latinos?
Para sumarle espesor al dilema, tenemos a una mina que se inmola al mejor estilo talibán en reclamo por su hijo, que fue asesinado en la cárcel, donde cayó por vender faso. Y a un degenerado que se hace pasar por bombero para irrumpir en las casas, robar y matar gente. Los conflictos se apilan, pero ninguno es lo suficientemente físico como para que Hundred use mucho sus poderes, o como para garantizar buenas escenas de acción. Entonces Vaughan recurre al flashback, a la historia en la que Great Machine captura a este pibe que vendía faso y lo entrega a la cana. Para que haya acción en cuatro episodios, el flashback se estira un poco más de lo razonable, pero bueno… tiene que aparecer Great Machine volando y disparando para mantener la fachada de que esto tiene algo que ver con el género superheroico.
La mamá de Hundred sigue sin aparecer, Amy Angotti (estrella del tomo anterior) aparece apenas en dos escenas, debuta una chica con pinta de misteriosa (January Moore, hermana de Journal), avanza un sub-plot que involucra a Kremlin, hay muchas escenas de contrapunto entre Hundred y su vicejefe Dave Wylie, y por si faltara algo, todo un episodio –realmente brillante- dedicado a indagar en el pasado, la personalidad y las motivaciones de Rick Bradbury, el guardaespaldas de Hundred, otrora ladero de Great Machine.
Tony Harris sigue firme en su estilo de realismo fotográfico, lindo pero pecho frío, con momentos de gran lucimiento, sobre todo en las expresiones faciales, en esa extensa secuencia de acción protagonizada por Great Machine y en los arrebatos de violencia que se precipitan cada vez que entra en escena el bombero loco, para repartir hachazos a domicilio. El colorista JD Mettler pela acá algunas de sus mejores páginas, especialmente durante el flashback que nos muestra a Bradbury en la Guerra del Golfo, todo virado a los amarillos y naranjas.
Ex Machina sigue su curso y por suerte nunca baja del increíble nivel en el que arrancó. Vaughan logra un comic que no se parece a ningún otro: acá, el peligro que afronta el héroe es quedar como un facho con los votantes progres, o como un revolucionario extremista con los votantes conservadores, o como un chamuyero con los medios de prensa. Esa es la tensión que mantiene a Ex Machina interesante, mientras nos invita a reflexionar sobre temas tan actuales y reales como el matrimonio igualitario, la educación pública, el miedo a los ataques terroristas o la despenalización del consumo de marihuana. Falta la saguita en la que lo pescan a Hundred usando los poderes para escuchar conversaciones telefónicas de sus adversarios, o la saguita en la que crea la UCEP para cagar a palos a los indigentes que viven en la calle. Pero claro, el protagonista de esta ficción es un héroe y nuestro PROcesado jefe de gobierno está claramente del lado de los villanos. Ojalá el domingo que viene gane la Justicia.
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viernes, 27 de mayo de 2011
27/ 05: EX MACHINA Vol.4

Cumplí rápido mi promesa de volver a leer esta serie a un ritmo normal. Acá estoy con un nuevo tomo, que hasta ahora es el mejor.
El dibujo de Tony Harris ya me está empezando a cansar. Se nota tanto, pero tanto que labura todo en base a fotos, que se me hace pecho frío, le falta esa cosa más expresionista de Obergeist o Starman y la reemplaza con algo que al principio gusta, engancha, llama la atención, pero con el correr de las páginas hincha un poquito las bolas. Encima este tomo ofrece dos episodios dibujados por Chris Sprouse, un grosso de aquellos, que demuestra que sin jugarle todas las fichas a la referencia fotográfica también se puede lograr un estilo muy realista, muy creíble, muy digerible para el tipo que lee esto porque parece más una serie de HBO que una historieta. Decía la otra vez que, a diferencia de muchos Juan Carlos Flicker, Tony Harris integra muy bien la referencia fotográfica a su dibujo, logra meter las fotos en los fondos de modo armónico, nada chocante. Bueno, no alcanza. Todo se ve muy lindo, incluso demasiado lindo, pero le falta personalidad, riesgo, vuelo… no sé, en una de esas me quejo de lleno, nomás. Será que realmente quiero ver a Harris en su estilo anterior, más dark, más personal, menos reader-friendly.
Igual, poco importan estas quejas cuando tenés buenos dibujantes y tanto Harris como Sprouse son dos bestias infalibles. Y nada importan estas quejas cuando los guiones son excelentes, como en este caso. La serie venía en alza y para este cuarto tomo lo que pela Brian Vaughan ya es indescriptible: grandes personajes, magníficos diálogos, pero además conflictos jodidos, momentos realmente tensos, dilemas morales complicados y lo más importante: una trama 100% política, donde queda un mínimo margen para que Mitchell Hundred use sus superpoderes, pero donde lo principal pasa por la ética, por el compromiso ideológico, por las convicciones. La segunda historia, la que dibuja Sprouse, es un flashback a la época en la que el intendente todavía era superhéroe y tiene un villano y una estructura más clásica. Pero la secuencia inicial y la de cierre (ambientadas en el presente) nos traen de nuevo a la encrucijada política de Hundred, que –de nuevo- tiene que ver con las convicciones. Hoy estos episodios tienen un sabor distinto, porque varias veces se nombra a Osama Bin Laden, y se especula con qué hacer si las tropas yankis lo capturan, si da para matarlo, si no, quién lo tiene que ejecutar… Diatribas que desde hace un par de semanas tienen menos sentido, pero que hace unos años formaban parte de los debates acerca de la seguridad en unos EEUU sumidos en una paranoia de la que Vaughan se burla apenas, de keruza, sin hacerlo demasiado obvio, por las dudas.
La temática de Irak, Al Quaeda, Saddam Hussein, Bin Laden, la guerra, la respuesta yanki a los atentados del 11/9 (hace ya casi 10 años, qué lo parió!) invade la New York de Mitchell Hundred y Vaughan se las ingenia para que la Gran Manzana se convierta en un espejo (o en una lupa, para amplificar) de lo que se vivía en esos años en los EEUU de George Bush. Pero claro, las diferencias entre Hundred y el borracho-genocida-retrasado mental son millones y, en la medida en que uno PIENSA cómo carajo responder ante el miedo, las respuestas tienen que ser otras, menos obvias, más complejas… y en un punto más dolorosas.
Por lo menos en este arco, no se cumplió ni por casualidad mi predicción acerca del rol creciente de la mamá de Hundred. Pobre vieja, ni una viñeta aparece… Pero no me puedo quejar en absoluto del trabajo que hace Vaughan con los personajes secundarios. Todos están perfectamente pensados y trabajados y –si bien la que se roba los mejores tramos es Amy Angotti, la jefa de policía- el entorno vasto, creíble y complejo es parte de lo que hace tan sólido al personaje de Hundred.
Ex Machina –ni hace falta decirlo, creo- ya está en la lista de las series imprescindibles, definitivas de la década pasada. El engaña-pichanga de “el protagonista tiene poderes y antes era superhéroe” le permitió a Brian Vaughan juntar los suficientes lectores como para bancar un comic de política, arriesgado, sin miedo de meterse con temas ásperos, incómodos como tampón de virulana. No es DMZ, está claro, pero está a años luz del “más de lo mismo”. Y la próxima vez que alguien trate de meter la temática política en un comic de superhéroes (o algo así), todo el mundo va a decir “Miralo a Fulano, cómo trata de hacer la Gran Ex Machina”… Una gloria.
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domingo, 15 de mayo de 2011
15/ 05: EX MACHINA Vol.3

Qué loco que desde que empecé este blog no haya leído ningún tomo de esta serie… La tengo tan presente como si hubiese leído el Vol.2 la semana pasada y no: hace no menos de 500 días que no toco un tomo de Ex Machina. Ahora tengo varios TPBs acovachados, así que seguro que en los próximos meses va a aparecer a menudo por acá.
No creo que haga falta presentarla, pero por las dudas, Ex Machina es una serie creada por Brian K. Vaughan y Tony Harris para el extinto sello Wildstorm que se publicó entre 2004 y 2010, y contó con 50 números y 4 especiales. El protagonista es Mitchell Hundred, el Jefe de Gobierno de New York, que alguna vez fuera superhéroe, bajo la identidad de Great Machine. Hundred tiene el superpoder de controlar a las máquinas y gracias a su valiente accionar, una de las Torres Gemelas sobrevivió al supuesto ataque de Al-Qaeda del 11/9 de 2001. Desde ese momento, Hundred amasó tanta chapa, que se postuló para intendente y ganó por afano. Y ahí, cuando colgó el traje de superhéroe y se puso el de Jefe de Gobierno, empezaron sus verdaderos problemas.
Ex Machina no reniega de los superpoderes de Hundred (de hecho, uno de los principales sub-plots de estos primeros tomos tienen que ver con cómo obtuvo Mitchell sus habilidades paranormales), pero pone el énfasis en el otro poder, en el que le confieren los votos que sacó para gobernar una ciudad siempre conflictiva como la Gran Manzana. Estamos ante un comic que trata, básicamente, de política. Y eso lo hace sumamente interesante.
Brian Vaughan pone a un ex-superhéroe a pelear contra amenazas poco frecuentes para los justicieros enmascarados: hospitales, escuelas, impuestos, inseguridad, obras públicas, ley de matrimonio igualitario… Mitchell Hundred va a tener que aguzar de su ingenio, su carisma y su cintura para la runfla, por supuesto rodeado de un elenco de asesores y secretarios a los que Vaughan dota de personalidades complejas y atractivas. Pero claro, son políticos. Hundred no. Es apenas un ingeniero que leyó muchos comics de superhéroes y que aprendió a cachetazos el viejo adagio del poder y la responsabilidad que acuñara Stan Lee en los ´60. Ahí ya hay materia prima para un contraste sustancioso. Pero falta otra parte del elenco, los amigos de Hundred que lo bancaron durante el tiempo en que fue Great Machine, el único superhéroe del mundo. Y la madre de Mitchell, que aparece por primera vez en este tomo y pinta para tener un rol destacado en los próximos. Y las minitas, porque Hundred es soltero (algunos sospechan que es gay) y el cargo que ocupa en New York lo convierte en una presa codiciada por más de una mujer con ganas de salir en las tapas de las revistas. Los personajes copados son muchos, pero el protagonismo rara vez se hace coral. El peso de las tramas recae siempre en Mitchell Hundred y al resto del elenco se lo ve de vez en cuando, no hay demasiado espacio para explorar a fondo a ninguno de ellos, por lo menos hasta ahora.
Por supuesto, se trata de un comic muy hablado, y ahí Vaughan saca una enorme diferencia, porque puebla las páginas con unos diálogos afiladísimos entre estos maestros del chamuyo que, cuando se cruzan, se sacan chispas. En este tomo hay un poquito más de acción que en los anteriores (porque aparece un nuevo justiciero enmascarado), pero en general, la resolución de los conflictos no llega por esa vía.
A cargo del dibujo tenemos al maestro Tony Harris, en un estilo menos oscuro y menos cargado que el que descubrimos en Starman, The Liberty Files u Obergeist. Este es un Harris más claro, más transparente, más realista y con más trabajo con modelos que posan para sus viñetas. Seguro que muchos fondos provienen también de la referencia fotográfica, pero Harris los incorpora a la página con gran criterio, con mucho laburo para que personajes y decorados estén perfectamente integrados, y lo más importante: que no se vean estáticos. Como en sus trabajos anteriores, Harris maneja a la perfección los climas y sorprende todo el tiempo con las expresiones faciales. Y cuando aparece la acción (sobre todo en los flashbacks que nos muestran a Great Machine), sale a matar, con el cuchillo entre los dientes.
Ex Machina se cansó de ganar premios y es –junto a Y, the Last Man- una de las series que puso a Vaughan en la lista de los autores imprescindibles de la década pasada. Y la verdad es que toda la chapa y el reconocimiento acumulados se justifican plenamente al leer las historietas. Esto no se parece a nada y encima está muy, pero muy bueno. Y acá vendría un chiste con otro ingeniero convertido en Jefe de Gobierno de una ciudad enorme y conflictiva, pero no quiero manchar el buen nombre y honor de Mitchell Hundred mencionándolo en la misma frase que a ese mentiroso PROfesional, que de heroico no tiene absolutamente nada.
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