el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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lunes, 18 de marzo de 2019

OTRA NOCHE DE LUNES

Vamos con las reseñas de un par de libritos que me bajé durante los últimos días.
Arranco con el Vol.5 de The Invisibles, llamado “Counting to None”. Esto abarca los nºs 5 al 13 de la segunda serie y es probablemente lo más flojo de la seminal obra de Grant Morrison. Son más de 200 páginas sostenidas por una premisa argumental tan chiquita, tan intrascendente, que por momentos me dio vergüenza ajena. En el contexto global de la obra, el 90% de lo poco que pasa en este tomo podría no pasar y no cambiaría prácticamente nada. El plot más interesante del tomo anterior (la posible dominación mental de Ragged Robin por parte del maligno Mr. Quimper) acá ni se menciona. Toda la gigantesca movida de los Invisibles y sus enemigos por capturar la Mano de la Gloria termina por tener ínfimas consecuencias, al igual que la captura de Boy por parte de una célula cuyo verdadero rol en la trama es impredecible y está bastante bien resuelto.
Y también hay mucha acción, violencia y torturas en grandes cantidades, amor, sexo, viajes astrales, conceptos limadísimos y diálogos muy afilados. Pero falta. Falta desarrollo en los personajes, sobre todo. Boy es la que más atención recibe, porque –torturas psicológicas mediante- nos metemos bastante en su mente. Y también hay algo de King Mob. Pero el resto, muy poquito. Es muy loco, porque en general cuando me dan un comic de machaca escrito por uno que sabe, me la creo, me engancho y no siento que me están mezquinando espesor dramático o solidez argumental. Acá sentí esa falencia todo el tiempo, incluso cuando Morrison detona todos esos diálogos brillantes y esas revelaciones supuestamente shockeantes.
El dibujo de Phil Jimenez sigue –por suerte- en un muy buen nivel, incluso en los episodios en los que entrega unos bocetos bastante básicos para que los termine un laborioso John Stokes. En los episodios donde no está Jimenez, tenemos unas muy lindas paginitas de un Michael Lark que no se parece en nada al actual y una participación muy notable de Chris Weston, que deja la vida en cada viñeta. Me queda un sólo tomo por leer, que espero sea mejor que este.
Salto a Brasil, a 2008, año en el que el maestro Adâo Iturrusgarai se viene a vivir a Argentina, no sin antes publicar No Divâ com Adâo (al diván con Adán) un libro de humor con el que me cagué de la risa, mal. Me reí a carcajadas en el bondi, como un subnormal. Son unas 120 páginas de chistes (varias de ellas inéditas), todas compuestas por cuatro viñetas en las que Adâo propone una misma estructura: un in crescendo de crueldad, mala leche o guarrada lisa y llana que desemboca invariablemente en una cuarta viñeta tremenda. Para mi sorpresa, la repetición de la fórmula suma comicidad con la acumulación, en vez de diluirse o hacerse predecible.
Adâo le va metiendo pequeñas modificaciones a la fórmula. Al principio todo gira en torno a cuántos años de terapia necesitás para superar ciertas situaciones, después cuántos Aves Marías y Padres Nuestros hacen falta para que Dios te perdone ciertos pecados, después cuántos kilos de culpa producen ciertos actos, después cuántos años de Infierno te merecés por cada cosa y así. Lo importante en realidad son las situaciones. La forma en la que Adâo observa y satiriza momentos, hechos, puntitas de conflictos con los que a veces es muy fácil sentirse identificados y otras veces es inevitable decir “nah, te fuiste a la mierda”. El genio del humor brazuca no deja títere con cabeza. Manda chistes de sexo salvaje, drogas, escatología, política, humor negro, violencia, y por supuesto no deja afuera el patetismo, la mala leche y la mediocridad de la vida cotidiana.
El dibujo fluctúa bastante, desde viñetas más cuidadas (más cercanas a un Angeli, ponele) hasta otras resueltas bien a los bestia, en un par de trazos bestiales, viscerales, más cercanos a un Johnny Ryan. El color a veces está más laburado, otras veces está todo pintado del mismo color, sin distinguir siquiera a los personajes de los fondos. Pero nada de eso es demasiado importante. Está claro que para Adâo el dibujo es totalmente accesorio, y lo realmente fundamental son las ideas y la forma de transmitirlas. Y ahí es donde el autor da la vuelta olímpica en el Maracaná que se le negó dos veces a la verdeamarela. En la gracia, la fuerza, el impacto y la genialidad con la que baja línea en estas no-historias que explotan de humor y que mucho le hubiera gustado imaginar al maestro Alfredo Grondona White. Esto en Brasil lo publicó la mega-editorial Planeta, así que no me parece tan utópico que se pueda traducir al castellano y publicarse en el país donde vive Adâo Iturrusgarai hace casi 11 años.

Y no hay más. Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

martes, 5 de marzo de 2019

SE ACABA LA JODA

Después de un feriado extra-large memorable (con triunfo de Racing incluído), mañana hay que volver a laburar. Mientras pega el bajón, me aboco a la redacción de mis habituales reseñas.
Retomé la lectura de The Invisibles con el Vol.4, el que recopila los primeros episodios de la segunda serie, la que Grant Morrison lanza a fines de 1996, en su momento de mayor éxito comercial, cuando las ventas de la JLA amenazaban con pintarle la cara a la ambiciosa movida de Heroes Reborn encarada por Marvel. Este es el tomo más cortito de Invisibles, con sólo cuatro episodios, un poco menos de 100 páginas con un sólo arco argumental y un sólo dibujante: un Phil Jimenez prendido fuego, complementado a la perfección por las tintas de John Stokes. Tuve la suerte de ver los originales a lápiz y debo decir que, si bien tanto Stokes como el colorista Daniel Vozzo aportan muchísimo, el laburo que hizo Jimenez en los lápices, el plantado de cada página, la planificación de las secuencias, es absolutamente hipnótico. Los fondos son zarpadísimos (y las excusas para no ponerlos cuando no aparecen son recontra-válidos) las expresiones faciales están cuidadísimas, la acción tene un impacto tremendo y por si faltara algo hay páginas como la 68 y la 69 (del TPB) donde la narración explota en una supernova gráfica sobrenatural. Si eso que muestra Phil estaba detallado en el guión de Morrison, entonces el escocés es un genio cósmico, más allá de toda exégesis, o de todo panegírico que uno pueda ensayar. Y si se le ocurrió a Jimenez, es un monstruo absoluto.
El dibujo de este arco argumental está tan bueno que eclipsa un poco al guión. Black Science es un arco atípico porque –si bien tiene un montón de ideas locas y conceptos fascinantes- es una aventura de palo y palo, totalmente basada en la machaca. Es una misión clara, lineal, sin vueltas demasiado retorcidas, ideal para enganchar nuevos lectores y sacudirle los prejuicios a los que no leían The Invisibles porque “es un delirio que no se entiende a menos que estés muy drogado”. Hay un par de flashbacks al pasado común entre King Mob y Jolly Roger y el resto va todo para adelante, como una topadora, a una confrontación a todo o nada entre los Invisibles y Mr. Quimper, que pinta para ser el villano grosso de esta segunda etapa. Un cambio de registro por parte de Morrison sumamente bienvenido, porque a pesar de optar por una narración más “careta” no mezquina nada en materia de diálogos (cada vez mejores) y desarrollo de personajes. Me faltan dos TPBs gorditos y cerramos la relectura de esta obra fundamental para entender al genio de Glasgow.
Ya estoy cerca de liquidar todo el material que se editó en Argentina en 2018 y me interesó como para pegarle una leída. La Cazadora de Libros apareció durante más de dos años en el suplemento ADN del diario La Nación, entre 2011 y… 2013 o 2014, no recuerdo con precisión. Finalmente el año pasado salió el libro, como para que los fans de Pablo De Santis y Max Cachimba pudiéramos sumar esta obra a nuestras bibliotecas, en vez de andar recortando páginas del house organ de la oligarquía argentina.
La verdad que me costó bastante leer La Cazadora de Libros en libro (¡cuac!) principalmente porque se le nota mucho la naturaleza serial. El recopilatorio quiere convertir en historias extensas a lo que originalmente eran entregas semanales (con algo así como un principio, desarrollo y fin propios) y se ven mucho las costuras. Se repite información, se frena el ritmo cada vez que la aventura amaga con levantar temperatura, hasta se conserva la decisión casi caprichosa de los autores de arrancar cada entrega con una viñeta muda en la que se ve un plano general de la fachada de la biblioteca… aunque en el remontaje de viñetas requerido por el libro esa imagen aparezca en el medio de la página, o incluso al final de la misma. Con el correr de las aventuras, se termina un poco la reiteración constante de esa viñeta y también se repite menos información. Y aparecen páginas distintas, donde ya no tenemos seis viñetas de igual tamaño, si no otras variantes que subrayan o puntúan mejor los distintos momentos del guión de De Santis.
Lo mejor, por lo menos para mi gusto, es ese tono farsesco que logra el guionista. Las aventuras son delirantes, estrambóticas, entre fantásticas, ingenuas y absurdas. Y De Santis acierta al combinarlas con diálogos repletos de humor, donde lo vemos muy afilado para los juegos de palabras. Obviamente un planteo entre absurdo, bizarro y naïf resulta ideal para el lucimiento gráfico de Cachimba. Sin embargo, acá el rosarino está bastante contenido. El tema de que todas las viñetas sean iguales lo limita un poco, y le permite jugar sólo en la elección de los ángulos. El trazo es minimalista, con margen para un repertorio de expresiones faciales sumamente acotado, y probablemente lo que más me haya gustado sea el tratamiento del color que propone Cachimba. Esta vez, en vez de colores planos, trabaja los fondos con pasteles o acuarelas, lo cual le permite (además de sugerir apenas los decorados) darle profundidad a las viñetas y clima a las secuencias. Me sigue gustando más el Cachimba de 1989-1992, obviamente, pero dentro de su estilo más despojado, este debe ser el trabajo en el que lo vi más comprometido, más decidido a encontrar un planeo estético que no obstaculice si no que acompañe y potencie los logros del guión.
 Además, La Cazadora de Libros es una historieta bien para todo público, que tiene (no como tema central, pero ahí nomás) el amor por la lectura, así que es ideal para regalárselo a hijos, sobrinos o mascotas bípedas a las que tratemos de inocular el virus de la historieta.

Uh, me fui a la mierda. La seguimos pronto.

viernes, 12 de septiembre de 2014

12/09: FAIREST Vol.1

Ya me voy a poner al día con Fables… eventualmente. Mientras tanto, el primer recopilatorio de esta serie complementaria me resultó muy atractivo y entre como un caballo. ¿Con qué me encontré?
En primer lugar, con una extensa saga de seis episodios protagonizada por la Bella Durmiente, Alí Babá y la implacable Snow Queen, otrora lugarteniente del Adversario, a la que hacía muchos años que no veíamos. El siempre astuto Bill Willingham se las ingenia para que tanto Briar Rose (que así se llama la Bella Durmiente) como la gélida villana tengan un regreso creíble, o por lo menos acorde con el verosímil de este tipo de historias. Estos tres personajes van a conformar un triángulo romántico muy bien pensado, sin obviedades ni lugares comunes, que felizmente dejará bastante espacio para la aventura.
Visto desde una óptica copada. Si lo ves con mala leche, toda la aventura está al pedo y sólo sirve para estirar a 120 páginas una idea que estaba piola pero daba para mucho menos. Como sea, Willingham le dedica muchas páginas a un conflicto heavy, a todo o nada, entre Snow Queen y el hada maligna que condenó a Briar Rose a morir pinchada con una rueca de coser, algo que finalmente no sucedió. Esta villana (que no es Maleficient, o Maléfica, como en la peli de Disney) será la encargada de que la historia crezca en tensión y en dramatismo, sobre todo en la segunda mitad. Otro elemento que pone en juego Willingham para darle sustancia (y más páginas) a la saga es un interesantísimo recuento de toda la historia de Briar Rose, desde su nacimiento hasta su rol en la guerra contra el Adversario (a quien me sigo resistiendo a nombrar para no cagarle la vida a los que todavía no hayan leído los recomendadísimos primeros 75 episodios de Fables).
Y el otro recurso que emplea el guionista para darle relieve a la historia es la caracterización, el juego constante entre cuatro personalidades muy fuertes. Alí Babá, Briar y Snow Queen tienen muchísimo desarrollo, muchas escenas interesantes, y además hay un cuarto personaje, que quizás no tenga tanto peso en la trama pero es el que más rápidamente logra la empatía del lector: Jonah, un duende menor, un genio de la botella de las ligas menores, con ínfimos poderes, ínfimos códigos y una compulsión a hablar sin parar y a ametrallarnos con los mejores diálogos que Willingham escribió en mucho tiempo. Jonah además le suma a la trama un cierto tono de comedia, que obviamente disminuye cuando las dos hechiceras se enfrentan a muerte, pero que durante gran parte de la saga se disfruta a full.
Y también disfruté mucho del dibujo de Phil Jimenez, en su regreso a Vertigo después de aquella amarga frustración que resultó Otherworld. Sobre el final se nota el desgaste, los esfuerzos que hace Jimenez para no dibujar fondos… pero a lo largo de muchas, muchas páginas, nos obsequia un despliegue de talento y una entrega realmente formidables. Fondos increíbles, muy buenas planificaciones, buen trabajo en las expresiones faciales, caras, gestos y lenguaje corporal muy distinto para cada personajes… y por supuesto una simbiosis exquisita con Andy Lanning, uno de los entintadores que mejor lo entienden, y con la fastuosa paleta de Andrew Dalhouse, a quien no conocía.
Complementa un unitario muy ingenioso, con guión de Matthew Sturges (habitual adláter de Willingham) y dibujos del gran Shawn McManus, que nos narra una historia del pasado de Bella y Bestia, ambientado en el Hollywood del cine mudo, coloreado en tonos que imitan el blanco y negro de las viejas películas y con el tono del típico policial noir. Gran dibujo y buenos diálogos para una historia menor, pero que hace un aporte válido al tomo al presentar otra estética, otra temática y otros personajes.
Buen arranque para Fairest, sin dudas, pero antes de entrarle al Vol.2 voy a avanzar un cacho con Fables, que la tengo medio abandonada.

sábado, 30 de octubre de 2010

30/ 10: NEW X-MEN Vol.6


Tarde pero seguro, conseguí el tomo que me faltaba para completar los New X-Men de Grant Morrison, una de las joyas más conspicuas en la corona de la dupla Bill Jemas-Joe Quesada al frente de la tercera Era de Oro de Marvel. Esto lo leyó muchísima gente en la época en que ConoSur editaba Marvel en Argentina, y no faltó el boludo que me contara (supongo que sin querer) lo que Morrison nos revela al principio de este libro: el copado y pacifista Xorn no es otro que Magneto (con una sóla t), que zafó de la muerte por enésima vez y vuelve más malo que nunca a aniquilar de una vez y para siempre a la raza humana, en venganza por el genocidio con el cual empezaba el primer tomo de New X-Men y que le costara la vida a 16 millones de mutantes.
El plan de Magneto para sacarse de encima definitivamente a los X-Men es brillante. Pero lo más brillante es por qué fracasa: los jóvenes no creen en él. Lo vieron morir y volver tantas veces que desconfían de que sea el verdadero Magneto. Lo respetan más como ícono para lucir en las remeras que como líder. Y no se les mueve un pelo con los gestos grandilocuentes y las declaraciones pomposas, a las que el Sapo (eterno esbirro del amo del magnetismo) define a la perfección como “chamuyo shakespereano”. ¿Desde cuándo tener una buena educación y un vocabulario vasto se conviertieron en impedimentos?, dice un Magneto que –como tantos villanos grossos de los comics- vive demasiado lejos de la gente como para aspirar a gobernarla.
Ahí Morrison termina de redondear su idea: esto es NUEVO. Los mutantes jóvenes (como los lectores jóvenes) quieren otra cosa. Si tu chamuyo atrasa 40 años, fracasás, aunque seas Magneto, Malcolm X o el Che Guevara. Y lo mismo para el comic: la fórmula de Stan Lee no corre más, la de Chris Claremont tampoco. De eso se trata New X-Men: de re-imaginar a los mutantes (en el funcionamiento de sus poderes, en su relación con los humanos, etc.) para el Siglo XXI, sin barrer lo previo bajo la alfombra (eso lo hace Mark Millar en Ultimate X-Men y también la rompe) pero pensando siempre para adelante, a futuro.
Lo cual también queda bastante claro si vemos que el elenco de secundarios de esta serie está compuesto casi exclusivamente por mutantes jóvenes, alumnos de la escuela de Xavier a los que nunca habíamos visto antes (y a los que no sé si veremos después). Para los seis protagonistas (el Profe, Cyclops, Jean Grey, Beast, Emma Frost y Wolverine) Morrison no escatima sacudones ni momentos memorables, pero el laburo que hace para construir a estos nuevos personajes es realmente notable. Y como siempre en la obra del escocés, tenemos esas vueltas de tuercas alucinantes al tema de los superpoderes, que acá llegan a niveles cósmicos. Las cosas que hacen Magneto, Jean o el Profe con sus poderes, la regeneración de Wolverine tras ser carbonizado a nivel molecular por el propio poder de Phoenix, todo está más allá de lo imaginable, incluso por el que leyó muuuucho comic de superhéroes.
Por el lado del dibujo, después de varios tomos en los que metían mano varios artistas, este se lo puso al hombro el siempre grosso Phil Jimenez y se lo bancó de punta a punta en un gran nivel. Como en The Invisibles, la química Morrison-Jimenez funciona al palo y hay que esforzarse para pensar que esto está imaginado por más de una persona. Jimenez entiende dónde tiene que acentuar el power, dónde bajar un cambio y dónde apostar fuerte por la emotividad, y eso no tiene precio, porque logra páginas de altísimo impacto sin caer en la onda pochoclera ni en la estridencia al pedo.
New X-Men demostró que los conceptos más baqueteados, remanidos y sobre-explotados también pueden resucitar (como Phoenix) de la mano de un autor que se tome la molestia de re-pensarlos. Y que sea un genio, claro, porque a más de un verdulero no se le hubiesen ocurrido ni media de las ideas de Morrison, ni fumándose los pelos del sobaco de Swamp Thing…