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lunes, 18 de marzo de 2024
A VER SI LOGRO RETOMAR
Acá estamos, después de una semana rara, en la que me absorbió muchísimas horas el evento de los Premios Cinder que hicimos sábado y domingo. Algo logré leer (siempre menos de lo que me hubiese gustado) y ahora tengo un rato para escribir las reseñas.
De casualidad, boludeando en una comiquería de París, me enteré que existía Ikki Mandara, un manga de Osamu Tezuka del que jamás había oído hablar. Son alrededor de 550 páginas, que el Dios del Manga serializó a lo largo de unos siete meses, entre 1974 y 1975, en la revista Weekly Shonen Sunday, hasta que la cerró de manera medio arbitraria, en un punto donde quedan colgadas algunas de las tramas que venía desarrollando.
La historia arranca en China en el año 1900, y se mete a fondo con la famosa (pero poco difundida en Occidente) revolución de los Boxers. En ese contexto, turbulento y complejo, emerge Sanniang, una joven campesina, ingenua e iletrada, que de alguna manera se convertirá en una hábil guerrera, por momentos una verdadera máquina de matar, que cobrará notoriedad entre las tropas rebeldes. Tezuka no le cobra para nada barato el protagonismo que le va a dar a Sanniang: la pobre piba va a vivir cientos de páginas al límite, y va a recibir (además de la discriminación típica de una sociedad que le tenía asignados roles muy menores a las mujeres) golpes, heridas, traiciones, torturas y violaciones. En algún momento, parece cobrar relieve una trama de amor no correspondido, pero al lado de lo que sufrió Sanniang por involucrarse con los Boxers, un revés romántico es casi una pelotudez.
Sobre el final de la primera mitad, Sanniang logra huir de China a Japón junto a Wang Taihai y en el segundo tramo de la obra, este otro revolucionario chino va a compartir protagonismo con la joven. Y se va a sumar un tercer protagonista, en este caso alguien que existió en la vida real: Ikki Kita, un destacado pensador, una figura de la filosofía política japonesa de principios del Siglo XX. Este tramo ambientado en Japón será un toque menos violento que el primero, pero seguirá a full la rosca política, la intriga palaciega, los conflictos entre tradiciones ancestrales y una modernidad que (con mucha guita en juego) viene a llevarse todo por delante. Acá hay más tiempo de debatir ideología, porque los personajes no están todo el tiempo tratando de que no los asesinen... aunque Wang Taihai la pasa bastante mal, pobre, por meterse en el medio entre la hija de una familia aristocrática y un poderoso empresario que tenía planeado casarse con ella.
En Ikki Mandara vemos a Tezuka ensayar lo que años más tarde va a hacer un poco mejor en Adolf: tomar un conflicto bélico del mundo real, un personaje fuerte que existió y que (por lo menos en Japón) todo el mundo conoce, y "decorarlo" con personajes ficticios, enroscados en una trama compleja, por momentos demasiado retorcida, y con un nivel de violencia absolutamente shockeante. ¿Por qué digo que en Adolf lo hace mejor? Primero, porque llega a un final mucho más contundente. Acá el manga se termina en cualquier lado, con uno de los protagonistas preso y los otros dos viendo qué carajo hacen con sus vidas. El propio Tezuka reconoce en el epílogo que le hubiese gustado continuar Ikki Mandara más adelante, tal vez en otra revista. Y lo más importante: el dibujo. Estas no son ni remotamente las páginas más inspiradas de Tezuka a nivel visual. Hay un trabajo excelente en los fondos, y en las batallas, y en todo lo que está pensado para apuntalar el realismo de la historia, pero los personajes están dibujados así nomás, de modo a menudo inconsistente. Así, mientras Sanniang parece un personaje de un manga infantil, que cada tres viñetas ve sus rasgos deformados de manera grotesca por el dolor, la sorpresa, la furia, o incluso por la alegría, Kita está dibujado como si fuera Golgo 13, o algún otro personaje de un gekiga de Takao Saito. Hasta los caballos están dibujados así nomás, sin mucho cuidado por la anatomía. Por suerte la puesta en página es gloriosa, y destaco sobre todo esa página de 32 viñetas, algo que nunca había visto funcionar tan bien como acá.
Imposible poner a Ikki Mandara entre las obras fundamentales del Manga no Kamisama, pero está buena para leer algo distinto, una aventura trepidante y zarpada en un contexto histórico fascinante. Como Adolf, pero varios años antes.
Hace mil años, el 20/07/16, hubo reseña del Vol.1 de Sex Criminals y recién ahora leí el Vol.2. Cualquiera. Lo importante es que me cagué de risa. En este segundo tomo pasan menos cosas que en el Vol.1, o por lo menos hay bastante menos acción. Entonces hay más desarrollo de personajes, más diálogos, más profundidad, y más sexo. Es maravilloso lo ido al carajo que está Matt Fraction en materia de chistes de pija, concha, guasca y garche. No recuerdo otros comics de mainstream yanki donde haya tanto de eso... Por ahí The Pro, aquella obra maestra de Garth Ennis y Amanda Conner... pero me acuerdo que en The Pro se hablaba de coger más de lo que efectivamente se cogía. En Sex Criminals, además de la sanata y los chistes, hay garche a pleno, y muchas veces es relevante para la trama.
Me pareció brillante el episodio en el que Fraction cuenta la vida de una piba que pasa en poco tiempo de bailar en bolas en cabarulos, a posar para revistas eróticas, a protagonizar películas porno, y todo el tiempo te hace la comparación entre lo que factura esta piba y lo que gana la gente común en laburos "normales" de oficina o mostrador. Pero en general, todo el tomo está bueno y te genera una empatía enorme con Jon y Suzie, los protagonistas de la serie.
Los dibujos son de Chip Zdarsky (sí, el guionista de Batman), que hace gala de un trazo preciosista, muy detallado, con gran atención por los detalles en los fondos y en el lenguaje corporal y gestual de los personajes. Además el propio Zdarsky está a cargo del color, que es magnífico y acompaña a la perfección los climas de la historia.
No sé cuándo voy a retomar la lectura de Sex Criminals, porque no tengo el Vol.3. Ojalá no pasen casi ocho más, porque este Vol.2 me dejó muy al palo. Hasta los extras que vienen al final del tomo están buenísimos, de verdad.
Nada más, por hoy. Gracias por el aguante y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.
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jueves, 29 de junio de 2023
ACÁ ESTOY DE VUELTA
Parecía que no, pero encontré un ratito para avanzar con las lecturas que tenía colgadas por falta de tiempo, así que ya tengo luz verde para robarle unos minutos a la Comiqueando Digital y escribir unas reseñas.
Empezamos en Italia, año 1991, cuando se publica por primera vez L´Uomo di Mosca (el hombre de Moscú), un policial de la inmensa dupla integrada por Roberto Dal Prá y Giancarlo Alessandrini. Este es el típico thriller en el que muere una minita y es obvio que a alguien desde alguna turbia "esfera de poder" no le conviene que se investigue quién la mató. Y claro, hay un policía honesto y testarudo, dispuesto a jugársela para llegar a la verdad caiga quien caiga. Y aprietes, y traiciones y revelaciones shockeantes. No sé si en 1991 esto era novedoso, pero hoy seguro que no lo es, con lo cual cualquier lector más o menos avezado se da cuenta al toque cómo y para qué lado se va a resolver la trama que plantea Dal Prá.
Lo atractivo es que el policía se llama Alexander Ivanovic Kolda y la historia está ambientada en Moscú, en los albores de la era post-Muro de Berlín. Entonces, además de los elementos típicos de estos relatos, tenemos sutiles pinceladas acerca del poder de las fuerzas armadas sobre la policía y la justicia y los rápidos cambios sociales y económicos que experimentaba la ex-Unión Soviética en esos años. Por lejos que nos quede Moscú (no así la corrupción de los poderosos o las mafias judiciales que Dal Prá muestra en la historieta), los personajes se sienten cercanos, humanos y creíbles. No son meros estereotipos, sino que todos tienen sus matices.
Y lo más lindo: el dibujo de Alessandrini, que acá salta al vacío para extremar su amor por la línea clara. Acá hay un predominio absoluto del blanco, prácticamente no hay masas negras, y el trazo del creador gráfico de Martin Mystére se reduce a una línea muy finita, como si fuera un alambre, de una prolijidad pasmosa y claro, muy cerca de lo que hacía en esa misma época Moebius. De hecho, hay páginas enteras que si te dicen que las dibujó Moebius, te lo creés. Como la gran mayoría de los autores italianos que incursionan en la aventura más o menos realista, Alessandrini es un narrador impecable, naturalmente dotado para organizar la información tanto dentro de la página como dentro de la viñeta, de modo que todo su despliegue de virtuosismo y la magia de su trazo están puestos al servicio del relato, que -más allá de algún diálogo demasiado farragoso- avanza con notable fluidez. En Argentina, algo de Dal Prá y Alessandrini se publicó hace muchos años en Puertitas, pero me doy cuenta de que estoy hablando de autores que son (injustamente) desconocidos por la inmensa mayoría de los comiqueros de habla hispana. Una pena.
Me voy a EEUU, año 2017, cuando el músico Jonathan Coulton empieza a sospechar que las canciones que compone tienen ciertos temas en común y que, ordenadas de cierto modo, pueden "leerse" como una especie de narración. Coulton se contacta nada menos que con Matt Fraction y le dice "tratá de armar una novela gráfica con estos conceptos". Fraction consigue que Albert Monteys se sume como dibujante y así se publica Solid State, un libro con formato cuadrado, similar al del disco de vinilo (incómodo como tampón de virulana), donde las ideas de Coulton toman forma de historieta.
Me costó un huevo terminarlo. Son 128 páginas con poco texto, pero se me hicieron infinitas. No por el dibujo de Monteys, obviamente, que es glorioso, al nivel de lo que vimos en ¡Universo!. El problema es el argumento, la forma en la que Fraction amalgama conceptos y fuerza la conexión entre ellos para formar un único relato y no... tres, ponele. Desde el momento en que la obra pretende ser consistente de punta a punta, y presentarnos todo esto como una única historia, se vuelve entre críptica y absurda. Lo cual no quita que tenga (sobre todo en el tramo del medio) momentos excelentes, como cuando indaga en "la trampa" de las redes sociales, y cómo se usan para manipular a la gente, orientar sus intereses y robarle información sobre sus vidas privadas. Y así como hay momentos brillantes, hay otros infumables, que sólo resultan tolerables por el dibujo de Monteys. Y otros que no se entienden, o que por lo menos yo no entendí. Hay sueños, recuerdos, realidades paralelas... por momentos se hace todo un poco confuso al pedo. Para la próxima, Fraction, jugate por tus propias ideas, que suelen ser muy buenas. Y si te llama Coulton, o cualquier otro músico, decile "no, gracias".
También en 2017, pero en Japón, el maestro Junji Ito se puso a adaptar al manga Indigno de Ser Humano, una novela de Osamu Dazai. El resultado fue una serie relativamente corta (creo que son tres tomos, nomás), que arranca con un Vol.1 fascinante. Los últimos mangas de Ito que leí me habían parecido medio falopa, pero esto es definitivamente otra cosa. hay margen para esa imaginería retorcida, fantasmagórica, exagerada y truculenta que caracteriza al maestro, pero la trama va para otro lado y me cerró mucho más que otras obras en las que Ito juega a ser más Ito que nunca.
Indigno de Ser Humano es un manga existencialista, que indaga en las profundidades de la psiquis del ser humano, en los vínculos, en los anhelos, las pulsiones, las penas, las frustraciones de no tener un mango, el sufrimiento que causa el amor, los placeres del sexo con y sin amor, los vaivenes y la runfla constante que empañan las causas políticas... Todos temas muy adultos, abordados con una profundidad casi agobiante por Ito (y supongo que por Dazai). Este es un manga que te hace mal, que te tortura psicológicamente, porque querés que Yozo Oba sea mucho más feliz de lo que es, y sabés que las cosas están dadas para que pase todo lo contrario.
Un trabajo de una calidad realmente apabullante por parte de Junji Ito, que no se cuelga en boludeces, sino que avanza a muy buen ritmo y jamás deja de impactar con la perfección y la originalidad de su trazo. Entre tanta porquería adocenada de pibes del secundario con poderes locos que combaten con demonios y bizarreadas varias, Indigno de Ser Humano levanta otras banderas, las de un comic realmente adulto, jugado, pesado, tremendo en el mejor de los sentidos. Si en los tomos posteriores esto no se cae a pedazos, estaremos hablando del mejor manga publicado en Argentina en 2023.
Y nada más, por hoy. Ni bien pueda, vuelvo a la carga con nuevas reseñas. Y si todo sale según lo planeado, para el lunes 17 tendremos disponible el nº7 de la Comiqueando Digital y mi vida volverá a algo así como la """normalidad""". Gracias por el aguante.
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martes, 7 de abril de 2020
OTRO DEJA-VU
A falta de ideas más
ingeniosas, sigo jugando al déja-vu, a tratar de que esta nueva entrada se
parezca lo más posible a las del 26/03 y 01/04.
Así es como empiezo con el
tercer y último tomo de Spirit of Wonder, estas recopilaciones de historias
cortas realizadas por Kenji Tsuruta en la primera mitad de los ´90. Y acá el
autor ya derrapa por completo. El tomo incluye sólo tres historias y se acaba
el tema de los elencos rotativos: ahora todo pasa por un elenco estable
integrado por dos personajes que ya habían aparecido anteriormente, a los que
se suma una chica llamada China, que será la protagonista casi excluyente de
estas últimas 144 páginas. Las peripecias científicas pasan a un tercer plano y
las historias giran en torno a cómo China se vincula con el resto de los
personajes. Hay muchísimo desarrollo para esta joven irascible y volátil, y
también hay excusas muy chotas para que se desnude y luzca un cuerpo perfecto.
Este tercer tramo de
Spirit of Wonder es un manga romántico con algo (poquito) de acción y algo (no
tanto) de comedia. No están más la mayoría de los elementos que hicieron
atractivos (dentro de todo) a las historias de los tomos anteriores, y si antes
yo señalaba cierta falta de idoneidad para los guiones por parte de Tsuruta, en
este tramo ya estamos hablando de un guionista casi indigente, que ni siquiera
se puede dar el lujo de desaprovechar buenos argumentos, porque ahora no los
tiene. Realmente se me hizo difícil llegar al final del tomo, atravesar
semejante maraña de situaciones ridículas, caprichosas, trilladas o simplemente
mal planteadas o mal resueltas.
Menos mal que el dibujo
sigue siendo maravilloso, hipnótico, generoso en texturas, detalles, matices,
con un trazo elegante, versátil, con la belleza como rasgo principal, como
condición que emparenta a rostros, cuerpos y paisajes. Este nivel de dibujo,
combinado con guiones de aceptables para arriba, constituiría un hito en la
historia del Noveno Arte muy difícil de superar e incluso de explicar. Pero
bueno, Tsuruta tuvo mala suerte con los guionistas, le tocó él mismo. Mi
consejo es que captures un tomito de Spirit of Wonder, lo atesores por los
dibujos, y sólo si sentís que no es suficiente le entres a los otros dos.
Y no, no tengo otro tomo
de Ant-Man para reseñar, porque creo que no hay más. Peeeero, tenía sin leer el
Vol.1 de FF de Matt Fraction y Mike Allred, con las historias que van entre el
libro reseñado el 29/05/14 y el reseñado el 25/08/15. Me faltaba un tomo en el
medio, lo conseguí (hace ya mucho tiempo) y mal y tarde, lo leí. ¿Cómo engancha
esto con la “consigna” del déja-vu? Como se ve claramente en la portada,
Ant-Man es uno de los protagonistas de esta serie, probablemente el mejor
tratado por Fraction en estos episodios.
Pero el equilibrio está
muy bien logrado: hay momentos fuertes para Medusa, un episodio protagonizado
casi en soledad por She-Hulk (un reencuentro romántico con el ídolo Wyatt
Wingfoot) y una secuencia en la que el guionista se juega entero para que le
tomemos cariño a Darla Deering, la chica de 19 años que “se calza la pilcha” de
The Thing. Y también hay muchos personajes secundarios, algunos (como
Bentley-23) muuuuy interesantes, y unos cuantos villanos de los clásicos
enemigos de los Fantastic Four titulares.
Fraction y Allred paran en
la cancha un equipo repleto de figuras y salen a divertirse, a tirar magia.
Cero especulación, cero línea de cinco, cero mediocampo más poblado que las
morgues de New York. Acá hay alegría, magia, sorpresa, algún que otro misterio,
algo de desarrollo de personajes (no tanto, pareciera que Fraction sabía que su
etapa en FF iba a ser corta y que prácticamente todo lo que plantea en esta
serie se iba a barrer rápidamente abajo de la alfombra), y un bolonki muy
atractivo, que crece hacia la resolución que ya vimos hace mil años en el
segundo y último TPB de la serie. Ojalá todos los comics tuvieran esta frescura
en los diálogos, en los planteos argumentales y en la interacción entre los
personajes.
Por supuesto si el guión
fuera lamentable, esto igual brillaría en cualquier biblioteca gracias a los
magníficos dibujos de Mike Allred, que derrochan imaginación, onda, dinamismo,
y sobre todo amor por los personajes. Obviamente en Silver Surfer va a volver a
subir la vara y FF empalidecerá frente a la siguiente cátedra del maestro. Pero
esto está realmente muy, muy bien. El único episodio que no dibuja Allred va a
manos de Joe Quiñones, también, un toquecito por debajo de lo que vimos en su
maravillosa etapa al frente de Howard the Duck. Nada de qué quejarse,
obviamente, ya que tanto Allred como Quiñones están más que capacitados para
emocionar al lector incluso laburando a media máquina, y acá ninguno de los dos
parece estar guardándose nada. Simplemente en sus siguientes trabajos la
rompieron aún más.
Y ahora sí, no tengo más
material ni de Kenji Tsuruta ni de Ant-Man para armar otro posteo clonado de
los anteriores. Veremos con qué me sorprendo a mí mismo en los próximos días.
Ni bien tenga leídos un par de libritos más, los comentamos acá en el blog.
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domingo, 1 de septiembre de 2019
DOMINGO ESPLENDIDO
Hermoso clima en Buenos
Aires en las horas previas al Superclásico y posteriores al regreso del cepo
cambiario. Aprovecho para clavar unas reseñitas del material que leí en estos
días.
Después de Avaritia,
Luxuria y Gula, el recorrido por los pecados capitales nos lleva a Acedia
(vendrá a ser “apatía”, o algo así), siempre de la mano de Casanova, la
alucinante serie creada por Matt Fraction y los Gemelos Fantásticos, Gabriel Bá
y Fábio Moon, que este año vuelven a visitarnos en la Crack Bang Boom. Esta vez
el TPB no nos ofrece una historia completa, sino la primera mitad de una
historia: cuatro episodios de 22 páginas de la saga de Acedia (que consta de
ocho episodios), tres dibujados por Fábio y uno por Gabriel. Y como
complemento, breves fetas de una aventura de las Metanauts, una segunda trama
que intersecta con el universo de Casanova Quinn, pero escrita por el maestro
Michael Chabon y también dibujada por Gabriel.
Visualmente, esto es
glorioso. Los dos gemelos dejan la vida en cada página, cada uno con su estilo
cada vez más marcado, y con el excelente color de Cris Peter, que ayuda a que
todo se vea más homogéneo, y además mejor, más lindo, más impactante. Todo está
dibujado a un nivel extraordinario, pero si tengo que destacar algo, me quedo
con las primeras páginas de Metanauts dibujadas por Gabriel Bá, que
directamente me dejaron sin aliento.
El guión de Fraction está
afiladísimo, esta vez con el desafío de ponerle a Casanova Quinn un
co-protagonista, que no sea ni un villano ni una minita a la que se transa. El
ritmo no decae nunca, las revelaciones shockeantes están a la orden del día, y
hay –cómo no- ideas estrambóticas, persecuciones trepidantes, machaca y sexo.
Pero (algún pero tiene que haber), al ser una trama básicamente de misterio, en
la que dos tipos que perdieron sus recuerdos los tratan de recuperar, sobran un
poco las peleas. Se nota bastante que los peligros y los villanos a los que
Casanova y Akim vencen por medio de la violencia irrumpen en escena sin mucho
más sentido que ese: que haya violencia y el relato no se limite a una
investigación donde se piensa, se habla y se lee más de lo que se entra en
acción. Fuera de ese detalle, Acedia es un muy buen cambio de registro para las
aventuras de Casanova, y por supuesto ni bien vea la segunda parte le entraré
como el agua al Titanic.
Me acuerdo que después de
leer los tomitos de Jellykid, me quedó la espina de verlo a Franco Viglino
trabajando en colaboración con otros guionistas, ya que con sus propios guiones
no me terminaba de convencer, más allá de haberme hecho MUY fan de sus dibujos.
Por suerte el comic siempre da revancha y este año OVNI editó la adaptación al
comic de El Principito (el mega-clásico de Antoine de Saint-Exupéry), con
Viglino a cargo del dibujo, esta vez potenciado por el guionista Tomás Wortley
y con la posibilidad de trabajar a todo color. Esto último le agrega al dibujo
de Viglino una nueva dimensión, perfectamente aprovechada por el autor. A todo
color, el dibujo se ve más bonito, más amistoso, y además se nota que Franco lo
sabe usar para reforzar los climas del guión, que son importantes al tratarse
de una historia de perfil emotivo, más que épico o aventurero.
Me resulta inevitable
retrotraerme al lejano 30/09/10, cuando acá en el blog comentábamos la
adaptación de El Principito realizada por el maestro Joann Sfar. Aquella vez me
sorprendía la decisión del autor de bancar a lo largo de 110 páginas una única
grilla, la clásica de seis viñetas iguales. En esta versión, Wortley y Viglino
toman el camino contrario: en 88 páginas, prueban de todo en materia de puesta
en página, un poco para asegurarse de que el lector no se aburra durante esas
extensas secuencias en las que sólo hay diálogos, y en parte porque saben
utilizar el armado de la secuencia y la diagramación de las viñetas como elemento
expresivo, para manipular el ritmo de la historia y acentuar ciertos momentos
por sobre otros. A lo largo de la novela hay secuencias mudas, secuencias muy
habladas, viñetas chiquitas, splash pages, secuencias en las que la cámara se
queda quieta y los personajes se mueven sobre un fondo que se repite, bastantes
viñetas en formato widescreen… un poco de todo. Y por supuesto aplaudo la gran
variedad de recursos narrativos que ponen en juego los autores. Wortley elige
con buen criterio qué diálogos conservar de la novela original, e incluso qué
escenas mostrarnos en un orden distinto al que aparecen en la versión de
Saint-Exupéry. Su trabajo está muy en función del lucimiento de Viglino, pero
también hace gala de una solvencia muy destacable. Espero leer pronto nuevas
obras suyas.
Y nada más. El martes 3 y
miércoles 4 estaremos festejando el Día de la Historieta en la Universidad de
Palermo (en la sede de Jean Jaurés 932), y ni bien terminan esas jornadas viajo
a Córdoba a participar del quinto Docta Comics, donde voy a estar el 5, 6 y 7
con un stand y conduciendo charlas de los maestros Alejandro Farías y Carlos
Gómez, más una trivia en la que los nerds cordobeses competirán por fabulosos
premios. Entre una cosa y otra, mis probabilidades de volver a postear en el
blog antes del lunes 9 son comparables a las que tiene Cambiemos de revertir el
resultado de las PASO. Me despido hasta entonces, y si algun@ viene a los
eventos de la UP o de Córdoba, acérquese a saludar.
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jueves, 15 de febrero de 2018
JOYAS DE JUEVES
Días muy felices en materia de lecturas. La verdad que me topé con dos maravillas del Noveno Arte. Veamos.
Diagnósticos recopila seis historias cortas escritas por Diego Agrimbau y dibujadas por Lucas Varela, publicadas muy de a puchitos en la Fierro, entre 2008 y 2013. Como libro, esto es una garcha atómica, porque son apenas 47 páginas de historieta metidas en un libro de 72, repletas de carátulas magníficamente dibujadas por Varela, pero que si no estuvieran, la lectura no sería en absoluto menos satisfactoria y el producto sería mucho más barato. Para 72 páginas, faltaban por lo menos dos historietas más (o sea, dos años más, al ritmo que se produjeron estas seis).
Por suerte, las seis historietas son muy buenas y algunas incluso son excelentes, verdaderas cátedras de narrativa dibujada. Cuando lo tenés a Varela así de afilado, dispuesto a dibujar todo a ese nivel, te podés tirar tranquilamente a chanta con los guiones y la horda igual te va a comprar el libro. Sin embargo Agrimbau sube la apuesta TODO el tiempo. Arranca tranqui, con Agnosia, una historieta pensada para el lucimiento del dibujante. Y al toque te tira Claustrofobia, donde Varela se debe haber vuelto LOCO para plasmar en imágenes el desafío formal que propone el guión. Sinestesia es una historieta más “tradicional” si se quiere, pero no menos intensa ni atrapante que las anteriores. Afasia es mi favorita, la más jugada, la más perfecta, donde se ve de modo más claro la fusión molecular entre guión y dibujo, donde más cuesta imaginar que hay dos autores y no uno. Akinetopsia es la que menos me atrapó, a pesar de que gráficamente Varela prueba cosas loquísimas que le salen bárbaro. Y la última, Prosopagnosia, tiene un planteo tan bizarro y te genera tanta intriga desde el guión, que ahí el dibujo se ajusta (de nuevo) a un canon más clásico, con menos margen para la experimentación. Otra historieta memorable, que se te queda impregnada en las retinas mucho después de cerrar el libro.
Por suerte Diego y Lucas siguieron trabajando juntos y aún hoy siguen generando nuevos proyectos. Las historietas que integran Diagnósticos son brillantes… y además son sólo el principio en la ilustre historia de una dupla destinada a romper con todo. No te digo que son los Lennon y McCartney de la historieta argentina actual, pero casi. Son dos bestias que tienen un talento y un manejo del lenguaje del comic que no se ve todos los días ni por casualidad, ni acá ni en ningún otro país. Un orgullo, bah.
Me voy a 2015, cuando Marvel publica el cuarto y último TPB de los que recopilan la etapa de Matt Fraction y David Ajá al frente de Hawkeye. Y sí, la dupla banca hasta el final la patriada de crear un comic que –sin salir del mainstream- no se parezca nada al resto de los comics que se publicaban en su momento. En algún momento, los conflictos se resuelven por medio de la violencia y ganan los buenos. Esas son todas las concesiones que Fraction está dispuesto a hacer.
El resto es idiosincracia pura. Episodios enteros en los que no vuela ni un sopapo, un número en el que el foco está puesto en un dibujo animado (con el gran Chris Eliopoulos como dibujante invitado), una construcción pausada de un personaje (Barney Barton) que tendrá mucho peso en el desenlace, diálogos jugosos, escenas mudas impresionantes y la sensación inconfundible de estar leyendo una historieta novedosa, rupturista, adulta más allá de que transcurra en un universo donde medio mundo tiene superpoderes.
Se nota mucho que Fraction y Ajá se divertían haciendo este comic. Se desafiaban, tiraban tacos, caños, lujos. Tardaron muchísimo en realizar apenas 22 números (muchos de ellos sin participación del dibujante español) porque se colgaban buscando la vuelta rara, el truquito narrativo que nunca le habíamos visto hacer a nadie… y el resultado es realmente formidable.
Grossos también Matt Hollingsworth, cuya magia cromática le aporta muchísimo a una faz gráfica repleta de originalidad, y el tano Francesco Francavilla, que dibuja, entinta y colorea un episodio clave, profundo, emotivo, difícil de olvidar. Si no te genera un rechazo conceptual leer comics de Marvel, donde el protagonista es un miembro de los Avengers, acá te vas a encontrar 22 episodios coronados de gloria por dos autores empecinados en cagar a flechazos a cualquier prejuicio o preconcepto que traigas.
Gracias por estar ahí y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas.
Diagnósticos recopila seis historias cortas escritas por Diego Agrimbau y dibujadas por Lucas Varela, publicadas muy de a puchitos en la Fierro, entre 2008 y 2013. Como libro, esto es una garcha atómica, porque son apenas 47 páginas de historieta metidas en un libro de 72, repletas de carátulas magníficamente dibujadas por Varela, pero que si no estuvieran, la lectura no sería en absoluto menos satisfactoria y el producto sería mucho más barato. Para 72 páginas, faltaban por lo menos dos historietas más (o sea, dos años más, al ritmo que se produjeron estas seis).
Por suerte, las seis historietas son muy buenas y algunas incluso son excelentes, verdaderas cátedras de narrativa dibujada. Cuando lo tenés a Varela así de afilado, dispuesto a dibujar todo a ese nivel, te podés tirar tranquilamente a chanta con los guiones y la horda igual te va a comprar el libro. Sin embargo Agrimbau sube la apuesta TODO el tiempo. Arranca tranqui, con Agnosia, una historieta pensada para el lucimiento del dibujante. Y al toque te tira Claustrofobia, donde Varela se debe haber vuelto LOCO para plasmar en imágenes el desafío formal que propone el guión. Sinestesia es una historieta más “tradicional” si se quiere, pero no menos intensa ni atrapante que las anteriores. Afasia es mi favorita, la más jugada, la más perfecta, donde se ve de modo más claro la fusión molecular entre guión y dibujo, donde más cuesta imaginar que hay dos autores y no uno. Akinetopsia es la que menos me atrapó, a pesar de que gráficamente Varela prueba cosas loquísimas que le salen bárbaro. Y la última, Prosopagnosia, tiene un planteo tan bizarro y te genera tanta intriga desde el guión, que ahí el dibujo se ajusta (de nuevo) a un canon más clásico, con menos margen para la experimentación. Otra historieta memorable, que se te queda impregnada en las retinas mucho después de cerrar el libro.
Por suerte Diego y Lucas siguieron trabajando juntos y aún hoy siguen generando nuevos proyectos. Las historietas que integran Diagnósticos son brillantes… y además son sólo el principio en la ilustre historia de una dupla destinada a romper con todo. No te digo que son los Lennon y McCartney de la historieta argentina actual, pero casi. Son dos bestias que tienen un talento y un manejo del lenguaje del comic que no se ve todos los días ni por casualidad, ni acá ni en ningún otro país. Un orgullo, bah.
Me voy a 2015, cuando Marvel publica el cuarto y último TPB de los que recopilan la etapa de Matt Fraction y David Ajá al frente de Hawkeye. Y sí, la dupla banca hasta el final la patriada de crear un comic que –sin salir del mainstream- no se parezca nada al resto de los comics que se publicaban en su momento. En algún momento, los conflictos se resuelven por medio de la violencia y ganan los buenos. Esas son todas las concesiones que Fraction está dispuesto a hacer.
El resto es idiosincracia pura. Episodios enteros en los que no vuela ni un sopapo, un número en el que el foco está puesto en un dibujo animado (con el gran Chris Eliopoulos como dibujante invitado), una construcción pausada de un personaje (Barney Barton) que tendrá mucho peso en el desenlace, diálogos jugosos, escenas mudas impresionantes y la sensación inconfundible de estar leyendo una historieta novedosa, rupturista, adulta más allá de que transcurra en un universo donde medio mundo tiene superpoderes.
Se nota mucho que Fraction y Ajá se divertían haciendo este comic. Se desafiaban, tiraban tacos, caños, lujos. Tardaron muchísimo en realizar apenas 22 números (muchos de ellos sin participación del dibujante español) porque se colgaban buscando la vuelta rara, el truquito narrativo que nunca le habíamos visto hacer a nadie… y el resultado es realmente formidable.
Grossos también Matt Hollingsworth, cuya magia cromática le aporta muchísimo a una faz gráfica repleta de originalidad, y el tano Francesco Francavilla, que dibuja, entinta y colorea un episodio clave, profundo, emotivo, difícil de olvidar. Si no te genera un rechazo conceptual leer comics de Marvel, donde el protagonista es un miembro de los Avengers, acá te vas a encontrar 22 episodios coronados de gloria por dos autores empecinados en cagar a flechazos a cualquier prejuicio o preconcepto que traigas.
Gracias por estar ahí y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas.
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lunes, 14 de agosto de 2017
LUNES POST-PASO
Bueno, mientras el gobierno nos secuestra los resultados de la elección en Provincia de Buenos Aires y mira para otro lado mientras Gendarmería desaparece a Santiago Maldonado, yo tengo secuestradas y desaparecidas las reseñas de los últimos dos libros que leí, por falta de tiempo para sentarme a redactarlas. El tema de no tener tiempo para redactar reseñas hace que no me den ganas de leer más libros y eso es una garrrrcha, mal. Por suerte me siguen dando de ganas de invertir esos viajes en bondi en leer literatura. Si no, me convertiría en un helecho menteplana capaz de votar a Cambiemos. Pero vamos a las reseñas, que finalmente están disponibles.
Arranco con un libro (¿qué digo “libro”? ¡Recontralibrazo!) de 2016 que se me había traspapelado: la esperadísima edición argentina de El Patito Saubón, en la versión que Carlos Nine realizó para Francia en 2009, a todo color y con muchos cambios respecto de la publicación original de los ´80. Las cuatro primeras historias son magníficas. Los textos en off, narrados por el propio Saubón, parecen una sátira a los clásicos del hard boiled norteamericano, en contraste con la estética surreal de los fondos, mientras que la violencia y la sordidez de los argumentos contrasta con la elegancia la plasticidad con la que Nine dibuja a los personajes. Esos episodios (sobre todo el cuarto, el más extenso) funcionan como un relojito, a pura belleza.
Después la serie pierde un poquito el rumbo y se reitera la fórmula “Saubón se entrevera sexualmente con la mina incorrecta y todo termina mal”, por supuesto con mucha gracia, pero sin la sorpresa ni la sofisticada ironía del primer tramo. Pero dentro de esta segunda mitad hay un episodio fundamental: Suite Pepona, una historia bizarra, inquietante y magistral, en la que Nine homenajea sin tapujos al universo de Krazy Kat y (ya que estamos) a El Eternauta. La última historieta, Viaje Sentimental, es larguísima al recontra-pedo (38 páginas, una eternidad), pero está tan bien dibujada que no querés que se termine nunca.
Como para cerrar, este es un comic totalmente único, irrepetible e idiosincrático. Es Carlos Nine desaforado, pasado de rosca, dispuesto a todo. Si te gusta Nine, lo tenés que tener sí o sí. Y si no te gusta Nine, lo tenés que leer para tratar de entender por qué no te gusta Nine, y por qué a tantos nos resulta fascinante.
Me faltaba un tomito para terminar Satellite Sam, la obra de Matt Fraction y Howard Chaykin, y la verdad que termina muy bien. Visto en perspectiva, el… 60% de lo que pasa no aporta nada a la trama central. Son personajes y situaciones que tranquilamente podrían no estar sin modificar casi en lo más mínimo el desarrollo del argumento. Pero… sabemos que tanto a Fraction como a Chaykin les gusta el protagonismo coral, las tramas accesorias, los conflictos secundarios que a veces aportan confusión (para el lector, no para ellos), tensión, humor, realismo, o simplemente excusas para que Chaykin dibuje a más minas con escasa vestimenta.
El trabajo de Chaykin acá es formidable, tanto en la narrativa como en el dibujo, rubro en el que se reencuentra con el blanco y negro para desplegar una variedad de recursos gráficos realmente pasmosa. Efectos, texturas, grisados, claroscuros… Chaykin apuesta fuerte en todo, hasta en la colita de los globos. Visualmente, no descarto que este sea el mejor Chaykin de Black Kiss para acá, mirá lo que te digo. Pero el trabajo más difícil es el que le tocó a Fraction, que se propuso escribirle a Chaykin un guión que parece de Chaykin. Como comentábamos en la reseña del Vol.1, si alguien te edita Satellite Sam omitiendo el nombre de Fraction, vos te creés SIN DUDAR UN INSTANTE que Chaykin es el autor del guión, no
Los propios autores reconocen que, con el correr de los episodios, el misterio “policial” se fue alejando del centro de la escena y Satellite Sam pasó a ser un comic acerca de los procesos internos que vive un tipo, Michael White, inmerso en una situación que no puede controlar, y acerca de esa industria naciente que era la de la televisión. Fraction le saca un enorme provecho a ese viraje: escaparle al mero “whodunnit” le abre posibilidades, lo libera, y el guionista responde con jerarquía.
Erotismo, muerte, televisión en vivo (y en blanco y negro), racismo, negocios espurios, amor, política, sexualidades alternativas, lealtades mafiosas y de las otras y un dibujo majestuoso son apenas algunos de elementos que hicieron memorable (y sumamente recomendable) a Satellite Sam. Sintonizalo.
Espero volver a postear esta semana, y si no, nos vemos el 20 y 21 en Dibujados. Gracias por el aguante.
Arranco con un libro (¿qué digo “libro”? ¡Recontralibrazo!) de 2016 que se me había traspapelado: la esperadísima edición argentina de El Patito Saubón, en la versión que Carlos Nine realizó para Francia en 2009, a todo color y con muchos cambios respecto de la publicación original de los ´80. Las cuatro primeras historias son magníficas. Los textos en off, narrados por el propio Saubón, parecen una sátira a los clásicos del hard boiled norteamericano, en contraste con la estética surreal de los fondos, mientras que la violencia y la sordidez de los argumentos contrasta con la elegancia la plasticidad con la que Nine dibuja a los personajes. Esos episodios (sobre todo el cuarto, el más extenso) funcionan como un relojito, a pura belleza.
Después la serie pierde un poquito el rumbo y se reitera la fórmula “Saubón se entrevera sexualmente con la mina incorrecta y todo termina mal”, por supuesto con mucha gracia, pero sin la sorpresa ni la sofisticada ironía del primer tramo. Pero dentro de esta segunda mitad hay un episodio fundamental: Suite Pepona, una historia bizarra, inquietante y magistral, en la que Nine homenajea sin tapujos al universo de Krazy Kat y (ya que estamos) a El Eternauta. La última historieta, Viaje Sentimental, es larguísima al recontra-pedo (38 páginas, una eternidad), pero está tan bien dibujada que no querés que se termine nunca.
Como para cerrar, este es un comic totalmente único, irrepetible e idiosincrático. Es Carlos Nine desaforado, pasado de rosca, dispuesto a todo. Si te gusta Nine, lo tenés que tener sí o sí. Y si no te gusta Nine, lo tenés que leer para tratar de entender por qué no te gusta Nine, y por qué a tantos nos resulta fascinante.
Me faltaba un tomito para terminar Satellite Sam, la obra de Matt Fraction y Howard Chaykin, y la verdad que termina muy bien. Visto en perspectiva, el… 60% de lo que pasa no aporta nada a la trama central. Son personajes y situaciones que tranquilamente podrían no estar sin modificar casi en lo más mínimo el desarrollo del argumento. Pero… sabemos que tanto a Fraction como a Chaykin les gusta el protagonismo coral, las tramas accesorias, los conflictos secundarios que a veces aportan confusión (para el lector, no para ellos), tensión, humor, realismo, o simplemente excusas para que Chaykin dibuje a más minas con escasa vestimenta.
El trabajo de Chaykin acá es formidable, tanto en la narrativa como en el dibujo, rubro en el que se reencuentra con el blanco y negro para desplegar una variedad de recursos gráficos realmente pasmosa. Efectos, texturas, grisados, claroscuros… Chaykin apuesta fuerte en todo, hasta en la colita de los globos. Visualmente, no descarto que este sea el mejor Chaykin de Black Kiss para acá, mirá lo que te digo. Pero el trabajo más difícil es el que le tocó a Fraction, que se propuso escribirle a Chaykin un guión que parece de Chaykin. Como comentábamos en la reseña del Vol.1, si alguien te edita Satellite Sam omitiendo el nombre de Fraction, vos te creés SIN DUDAR UN INSTANTE que Chaykin es el autor del guión, no
Los propios autores reconocen que, con el correr de los episodios, el misterio “policial” se fue alejando del centro de la escena y Satellite Sam pasó a ser un comic acerca de los procesos internos que vive un tipo, Michael White, inmerso en una situación que no puede controlar, y acerca de esa industria naciente que era la de la televisión. Fraction le saca un enorme provecho a ese viraje: escaparle al mero “whodunnit” le abre posibilidades, lo libera, y el guionista responde con jerarquía.
Erotismo, muerte, televisión en vivo (y en blanco y negro), racismo, negocios espurios, amor, política, sexualidades alternativas, lealtades mafiosas y de las otras y un dibujo majestuoso son apenas algunos de elementos que hicieron memorable (y sumamente recomendable) a Satellite Sam. Sintonizalo.
Espero volver a postear esta semana, y si no, nos vemos el 20 y 21 en Dibujados. Gracias por el aguante.
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miércoles, 20 de julio de 2016
HORA DE VOLVER
La verdad es que durante esa inolvidable semana en España no tuve tiempo para postear nada. Sí para leer, porque el viaje fue largo. Así que, ya en casa, es hora de reseñar algunos de los libritos que me bajé en aviones, trenes y micros.
Pedro and Me es una novela gráfica editada en 2000, en la que Judd Winick (que todavía no era guionista, sino autor integral) nos cuenta su experiencia en MTV: The Real World, uno de los primeros realities de la historia de la televisión. En esa convivencia filmada por no sé cuántas cámaras, este joven dibujante newyorkino se hizo amigo de Pedro Zamora, un chico nacido en Cuba y emigrado a EEUU, portador del virus del HIV. La historia de Pedro conmovió a todo el país, sobre todo porque unos pocos meses después de terminado el reality, este incansable vocero de los enfermos de SIDA falleció, con sólo 24 años. En 180 páginas, Winick nos cuenta su vida, la de Pedro y la increíble experiencia de haberse conocido en condiciones tan atípicas como un reality que vieron millones de personas, donde también participaba la que hoy es la esposa del autor. Por supuesto que el conflicto central es la enfermedad de Pedro, y desde el primer momento sabemos que va a terminar mal. Pero el tono no es excesivamente bajonero ni solemne. De hecho, creo que lo mejor que tiene la obra es el tono, la forma en la que Winick nos mete en la historia y logra que nos interesemos por lo que sucede sin apelar a golpes bajos y sin predicar. El dibujo no llega a ser precario, pero no brilla demasiado. Lo que más me gustó de la faz gráfica es el rotulado, que me hizo acordar mucho al de Scott McCloud. Si no te aburre la temática, Pedro and Me se puede abordar como una historieta autobiográfica muy lograda, o como un rastreo arqueológico de la época en que Judd Winick todavía dibujaba sus propios guiones, sin superhéroes, pero con luchadores de carne y hueso.
Finalmente, y después de muuuuchos años, conseguí el tomito que me faltaba de Los Reyes Elfos, casualmente el primero, el que dio origen a la extensa saga creada por Víctor Santos también en el 2000. Al haber leído todo lo posterior, ya sabía todo lo que iba a pasar en estas primeras 42 páginas: el príncipe Ehren Heldentodsson regresa a Alfheim tras un largo exilio en medio de un clima enrarecido y debe suceder en el trono a su padre, que muere en un combate. Lo que me llamó la atención es cómo suceden estas cosas, a qué ritmo, y con cuántas pistas acerca de lo que iba a pasar más adelante. Evidentemente acá había un plan, Santos sabía muy bien que esto era sólo el principio y abre un montón de puntas que más adelante se van a explorar a fondo. Las 42 páginas parecen 64, porque hay muchas páginas con más de 12 viñetas. Esto permite que el espacio alcance para explicar todo el entramado sociopolítico de Alfheim, presentar a los personajes y desembocar en una machaca no tan enfatizada, pero muy satisfactoria. El dibujo está muy verde comparado con lo que veremos hacer más adelante a Santos, y aún así se la re-banca.
Vamos con el primer tomo de Sex Criminals, la muy original, picante, transgresora y ganchera serie de Matt Fraction y Chip Zdarsky. Al dibujante no lo conocía y la verdad es que me gustó mucho, sobre todo por cómo trabaja la composición de las viñetas, por cómo encara esas páginas de muchos cuadros y por su manejo del color, que es impactante y elegante a la vez. Al guionista, en cambio, ya lo tengo bastante junado y –por más limada que sea la idea de esta serie- difícilmente me sorprenda como me sorprendió con Casanova, por citar su obra más personal. Lo que sí me resultó increíble es lo zarpado del contenido, la cantidad de menciones y apariciones explícitas de las pajas, los lechazos, los dildos, los petes, los garches, los orgasmos y todo el universo de los placeres carnales, que en la historieta aparecen con frecuencia sólo en el género porno, y están prácticamente suprimidos en todos los demás. Acá a Fraction se le ocurrió la forma de que una historia de amor y aventuras funcione en torno a un “superpoder” íntimamente ligado al sexo, y el resultado es gracioso y efectivo. Le falta un poquito más de fuerza a la aventura: por momentos parecieran sobrar los villanos, su aparición no resulta ni a palos tan natural ni tan interesante como la relación entre Suzie y Jon, que está muy, muy bien trabajada. Obviamente me cebó como para ir por un segundo tomo… y para desear que los autores no se jueguen a estirar la idea más de lo que esta puede resistir sin hacerse burda o reiterativa.
Tengo más material leído así que, si llego con el tiempo, clavo una reseña más antes del domingo. Será hasta pronto!
Pedro and Me es una novela gráfica editada en 2000, en la que Judd Winick (que todavía no era guionista, sino autor integral) nos cuenta su experiencia en MTV: The Real World, uno de los primeros realities de la historia de la televisión. En esa convivencia filmada por no sé cuántas cámaras, este joven dibujante newyorkino se hizo amigo de Pedro Zamora, un chico nacido en Cuba y emigrado a EEUU, portador del virus del HIV. La historia de Pedro conmovió a todo el país, sobre todo porque unos pocos meses después de terminado el reality, este incansable vocero de los enfermos de SIDA falleció, con sólo 24 años. En 180 páginas, Winick nos cuenta su vida, la de Pedro y la increíble experiencia de haberse conocido en condiciones tan atípicas como un reality que vieron millones de personas, donde también participaba la que hoy es la esposa del autor. Por supuesto que el conflicto central es la enfermedad de Pedro, y desde el primer momento sabemos que va a terminar mal. Pero el tono no es excesivamente bajonero ni solemne. De hecho, creo que lo mejor que tiene la obra es el tono, la forma en la que Winick nos mete en la historia y logra que nos interesemos por lo que sucede sin apelar a golpes bajos y sin predicar. El dibujo no llega a ser precario, pero no brilla demasiado. Lo que más me gustó de la faz gráfica es el rotulado, que me hizo acordar mucho al de Scott McCloud. Si no te aburre la temática, Pedro and Me se puede abordar como una historieta autobiográfica muy lograda, o como un rastreo arqueológico de la época en que Judd Winick todavía dibujaba sus propios guiones, sin superhéroes, pero con luchadores de carne y hueso.
Finalmente, y después de muuuuchos años, conseguí el tomito que me faltaba de Los Reyes Elfos, casualmente el primero, el que dio origen a la extensa saga creada por Víctor Santos también en el 2000. Al haber leído todo lo posterior, ya sabía todo lo que iba a pasar en estas primeras 42 páginas: el príncipe Ehren Heldentodsson regresa a Alfheim tras un largo exilio en medio de un clima enrarecido y debe suceder en el trono a su padre, que muere en un combate. Lo que me llamó la atención es cómo suceden estas cosas, a qué ritmo, y con cuántas pistas acerca de lo que iba a pasar más adelante. Evidentemente acá había un plan, Santos sabía muy bien que esto era sólo el principio y abre un montón de puntas que más adelante se van a explorar a fondo. Las 42 páginas parecen 64, porque hay muchas páginas con más de 12 viñetas. Esto permite que el espacio alcance para explicar todo el entramado sociopolítico de Alfheim, presentar a los personajes y desembocar en una machaca no tan enfatizada, pero muy satisfactoria. El dibujo está muy verde comparado con lo que veremos hacer más adelante a Santos, y aún así se la re-banca.
Vamos con el primer tomo de Sex Criminals, la muy original, picante, transgresora y ganchera serie de Matt Fraction y Chip Zdarsky. Al dibujante no lo conocía y la verdad es que me gustó mucho, sobre todo por cómo trabaja la composición de las viñetas, por cómo encara esas páginas de muchos cuadros y por su manejo del color, que es impactante y elegante a la vez. Al guionista, en cambio, ya lo tengo bastante junado y –por más limada que sea la idea de esta serie- difícilmente me sorprenda como me sorprendió con Casanova, por citar su obra más personal. Lo que sí me resultó increíble es lo zarpado del contenido, la cantidad de menciones y apariciones explícitas de las pajas, los lechazos, los dildos, los petes, los garches, los orgasmos y todo el universo de los placeres carnales, que en la historieta aparecen con frecuencia sólo en el género porno, y están prácticamente suprimidos en todos los demás. Acá a Fraction se le ocurrió la forma de que una historia de amor y aventuras funcione en torno a un “superpoder” íntimamente ligado al sexo, y el resultado es gracioso y efectivo. Le falta un poquito más de fuerza a la aventura: por momentos parecieran sobrar los villanos, su aparición no resulta ni a palos tan natural ni tan interesante como la relación entre Suzie y Jon, que está muy, muy bien trabajada. Obviamente me cebó como para ir por un segundo tomo… y para desear que los autores no se jueguen a estirar la idea más de lo que esta puede resistir sin hacerse burda o reiterativa.
Tengo más material leído así que, si llego con el tiempo, clavo una reseña más antes del domingo. Será hasta pronto!
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sábado, 26 de diciembre de 2015
26/12: HAWKEYE Vol.3
Tercer y anteúltimo tomo del Hawkeye de Matt Fraction, y acá es donde la serie se desdobla virtualmente en dos series bimestrales, principalmente para darle margen a David Ajá, un dibujante increíble pero muy lento, que venía fracasando estrepitosamente en su intento por entregar 20 páginas por mes. La solución fue dedicarle los números pares (14, 16, 18 y 20) a las aventuras de la otra Hawkeye (Kate Bishop), ahora solista y tratando de hacer pie en Los Angeles, por supuesto con otros dibujantes al frente de la faz gráfica.
En el primer episodio (un Annual), Fraction plantea el tono de lo que va a ser la saga de Kate en Los Angeles: Madame Masque va a entrar en escena para asegurarse de que todo se haga cuesta arriba para la joven arquera. Rápidamente la serie se empieza a poblar de personajes secundarios interesantes y para el segundo unitario (el el n°16) ya funciona todo como un relojito. Los últimos dos episodios Fraction se los guarda para resolver el conflicto grosso contra Madame Masque y después… no sé. La serie termina en el n°22, sospecho que con uno o dos episodios en los que ambos Hawkeyes vuelvan a pelear codo a codo.
Por supuesto que, al desactivar la química entre Kate y Clint Barton, la serie pierde algo de su atractivo. El rol de Clint en este tomo es mínimo, e incluso el perro Lucky, que se va a Los Angeles con Kate, casi no tiene peso en la trama. Pero si sos fan de la joven Hawkeye (o sea, si en los dos tomos anteriores Fraction te hizo fan de la joven Hawkeye) igual se disfruta a pleno porque ahora sí, el guionista tiene espacio e ideas para desarrollarla al mango, para terminar de convertirla en un personaje protagónico dentro del Universo Marvel.
Como sucedió siempre en esta serie, la aventura irrumpe con fuerza, pero de vez en cuando. No son relatos de acción palo-y-palo, sino que la gran mayoría de las secuencias tienen el tono de una comedia costumbrista, en la que una heroína inexperta y cheta se tiene que adaptar a vivir con poco, en un ámbito en el que juega muy de visitante. Cuando se dan estos estallidos de acción, Fraction los lleva al límite y, como todos los personajes son humanos comunes sin poderes, los vemos cobrar de lo lindo y terminar cada pelea notoriamente baqueteados. Al haber poca acción, los diálogos tienen mucho protagonismo. Como en los otros trabajos de Fraction, estos son dinámicos, complejos, con chistes, juegos de palabras y –como estamos cerca de Hollywood- muchísimas menciones a famosos de la A, la B y la C.
El primer episodio lo dibuja el gran Javier Pulido, con su trazo claro, limpito, estilizado. Lástima que abusa groseramente del recurso de dibujar a los personajes como siluetas negras. Es un recurso válido, interesante sobre todo en términos de composición. Pero si la gracia es dibujar el 75% de los cuerpos y los rostros como siluetas negras, ya es un capricho, una ridiculez pensada para llamar la atención del lector y eventualmente distraerlo del hilo de la trama. Los otros cuatro capítulos están a cargo de Annie Wu, a la que nunca había escuchado nombrar. Me gustó. Sobre todo en la narrativa y en la composición de las viñetas. No tanto en los primeros planos, en los que abandona la línea clara para meter mucho detalle, arruguitas, cositas que no están mal, pero que contrastan un poco con el estilo del resto de la historieta. El colorista Matt Hollingsworth, como siempre, un grosso, muy responsable de que a nivel visual esta serie haya sido tan distinta de todas las demás.
Me queda pendiente el último tomo, que todavía no lo compré, y ya estoy mirando con ansias la serie siguiente, la que escribe Jeff Lemire. Si venías comprando Hawkeye por Clint Barton, este tomo capaz que no te resulta atractivo, al centrarse 100% en Kate. Pero igual dale una oportunidad, que Fraction está afiladísimo.
En el primer episodio (un Annual), Fraction plantea el tono de lo que va a ser la saga de Kate en Los Angeles: Madame Masque va a entrar en escena para asegurarse de que todo se haga cuesta arriba para la joven arquera. Rápidamente la serie se empieza a poblar de personajes secundarios interesantes y para el segundo unitario (el el n°16) ya funciona todo como un relojito. Los últimos dos episodios Fraction se los guarda para resolver el conflicto grosso contra Madame Masque y después… no sé. La serie termina en el n°22, sospecho que con uno o dos episodios en los que ambos Hawkeyes vuelvan a pelear codo a codo.
Por supuesto que, al desactivar la química entre Kate y Clint Barton, la serie pierde algo de su atractivo. El rol de Clint en este tomo es mínimo, e incluso el perro Lucky, que se va a Los Angeles con Kate, casi no tiene peso en la trama. Pero si sos fan de la joven Hawkeye (o sea, si en los dos tomos anteriores Fraction te hizo fan de la joven Hawkeye) igual se disfruta a pleno porque ahora sí, el guionista tiene espacio e ideas para desarrollarla al mango, para terminar de convertirla en un personaje protagónico dentro del Universo Marvel.
Como sucedió siempre en esta serie, la aventura irrumpe con fuerza, pero de vez en cuando. No son relatos de acción palo-y-palo, sino que la gran mayoría de las secuencias tienen el tono de una comedia costumbrista, en la que una heroína inexperta y cheta se tiene que adaptar a vivir con poco, en un ámbito en el que juega muy de visitante. Cuando se dan estos estallidos de acción, Fraction los lleva al límite y, como todos los personajes son humanos comunes sin poderes, los vemos cobrar de lo lindo y terminar cada pelea notoriamente baqueteados. Al haber poca acción, los diálogos tienen mucho protagonismo. Como en los otros trabajos de Fraction, estos son dinámicos, complejos, con chistes, juegos de palabras y –como estamos cerca de Hollywood- muchísimas menciones a famosos de la A, la B y la C.
El primer episodio lo dibuja el gran Javier Pulido, con su trazo claro, limpito, estilizado. Lástima que abusa groseramente del recurso de dibujar a los personajes como siluetas negras. Es un recurso válido, interesante sobre todo en términos de composición. Pero si la gracia es dibujar el 75% de los cuerpos y los rostros como siluetas negras, ya es un capricho, una ridiculez pensada para llamar la atención del lector y eventualmente distraerlo del hilo de la trama. Los otros cuatro capítulos están a cargo de Annie Wu, a la que nunca había escuchado nombrar. Me gustó. Sobre todo en la narrativa y en la composición de las viñetas. No tanto en los primeros planos, en los que abandona la línea clara para meter mucho detalle, arruguitas, cositas que no están mal, pero que contrastan un poco con el estilo del resto de la historieta. El colorista Matt Hollingsworth, como siempre, un grosso, muy responsable de que a nivel visual esta serie haya sido tan distinta de todas las demás.
Me queda pendiente el último tomo, que todavía no lo compré, y ya estoy mirando con ansias la serie siguiente, la que escribe Jeff Lemire. Si venías comprando Hawkeye por Clint Barton, este tomo capaz que no te resulta atractivo, al centrarse 100% en Kate. Pero igual dale una oportunidad, que Fraction está afiladísimo.
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martes, 25 de agosto de 2015
25/ 08: FF Vol.2
Una de cal y una de arena. La breve etapa de Matt Fraction en Fantastic Four terminó medio cuesta abajo en la rodada, pero en la otra serie, en FF, la grossitud se mantuvo hasta el final y en este tomo vemos lo mejor de una colección que, si hay justicia en el mundo, va a ser recordada durante muchos años por su increíble onda y su superlativa calidad.
Como en Fantastic Four, los últimos cuatro episodios componen una saga grossa. De hecho es LA MISMA saga grossa (con Dr. Doom, Annihilus y una especie de Kang), pero vista totalmente desde otra óptica. La diferencias es que los otros cuatro episodios no son exactamente historias cerraditas y casi autoconclusivas. La primera sí, parece estar pensada como un unitario, aunque le sirve a Fraction para retomar a un personaje que ya había aparecido en Fantastic Four y sumarlo al elenco de esta serie. Y el episodio en el mundo de Impossible Man también tiene cierta estructura de unitario, aunque después tendrá mucho más sentido leerlo como parte del build-up hacia la saga final. El resto del tomo es eso: build-up hacia el conflicto a todo o nada con el que va a terminar la serie.
Por momentos parece que todo está estirado medio al pedo, pero Fraction nos bombardea constantemente con ideas geniales, con toques interesantísimos en la caracterización y diálogos formidables. Cuando Fraction se empieza a despedir, se hace cargo del guión Lee Allred, el hermano de Mike Allred, que mantiene los diálogos en un gran nivel. Entre los dos, le pegan vueltas de tuerca magníficas a Ant-Man, al Dr. Doom, a Maximus, al Watcher, e incluso a un personaje siempre menor como era Ravenna, la “novia” de Kang, de la que nos tiran data sumamente inquietante. Se puede criticar que Medusa, She-Hulk y Darla están casi de decorado, porque ninguno de los conflictos importantes las afectan. Pero suman a la hora de los diálogos graciosos y además Ant-Man solo al frente de todos los chicos de la FF no resultaba creíble.
El final es excelente, intenso, emotivo, con peleas zarpadas, revelaciones impactantes, detalles ingeniosos (como la aparición de los HeroClix) y un esfuerzo muy loable para que si sólo leías FF pudieras entender todo, sin necesidad de comprarte los números de Fantastic Four que también son parte de esta saga. Incluso dos personajes que durante toda la era Fraction son parte de Fantastic Four (Franklin y Valeria) tienen sus mejores escenas acá, en el final de FF. El epílogo comparte algunas páginas con el que vimos en el Vol.3 de Fantastic Four y está compuesto básicamente de escenas emotivas y diálogos cómicos, casi al nivel de la Justice League de Giffen y DeMatteis. Así que estamos ante un TPB que uno no quiere que se termine nunca.
Por supuesto, uno de los principales animadores de esta fiesta es el dibujo. Joe Quiñones la rompe en su propio estilo en el primer unitario y se camufla bajo las tintas de Mike Allred en el epílogo. Y Allred brilla en todo el resto del tomo con la jerarquía a la que ya nos tiene acostumbrados. Allred despliega un hallazgo atrás de otro en materia de puesta en página y hasta se ajusta a grillas muy estrictas cuando el ritmo del relato así lo requiere. Deja la vida en los fondos, en las escenas en las que aparecen multitudes de personajes y en ese clima que él tan bien maneja, mitad extraño y retorcido, mitad jodón y distendido. Por supuesto, su esposa Laura lo colorea como los dioses.
Si no sos muy fan de Fantastic Four pero te copa Allred, entrale a FF casi como si fuera un comic de autor y dejate llevar por el groove gráfico del creador de Madman. Si sos fan del Matt Fraction más loco, más experimental (el de Casanova, digamos), esto te va a encantar. Y si te enganchaste con Scott Lang a raíz de la peli de Ant-Man, acá lo vas a ver en un rol interesantísimo, con mucha profundidad, mucho desarrollo y una chapa cuasi-infinita. Así como los Fantastic Four de Fraction me dejaron con cierto gusto a poco, sus FF me dejaron pipón-pipón, como si me hubiera clavado una suprema a la suiza y un flan con dulce en El Salteño. ´Nuff said!
Como en Fantastic Four, los últimos cuatro episodios componen una saga grossa. De hecho es LA MISMA saga grossa (con Dr. Doom, Annihilus y una especie de Kang), pero vista totalmente desde otra óptica. La diferencias es que los otros cuatro episodios no son exactamente historias cerraditas y casi autoconclusivas. La primera sí, parece estar pensada como un unitario, aunque le sirve a Fraction para retomar a un personaje que ya había aparecido en Fantastic Four y sumarlo al elenco de esta serie. Y el episodio en el mundo de Impossible Man también tiene cierta estructura de unitario, aunque después tendrá mucho más sentido leerlo como parte del build-up hacia la saga final. El resto del tomo es eso: build-up hacia el conflicto a todo o nada con el que va a terminar la serie.
Por momentos parece que todo está estirado medio al pedo, pero Fraction nos bombardea constantemente con ideas geniales, con toques interesantísimos en la caracterización y diálogos formidables. Cuando Fraction se empieza a despedir, se hace cargo del guión Lee Allred, el hermano de Mike Allred, que mantiene los diálogos en un gran nivel. Entre los dos, le pegan vueltas de tuerca magníficas a Ant-Man, al Dr. Doom, a Maximus, al Watcher, e incluso a un personaje siempre menor como era Ravenna, la “novia” de Kang, de la que nos tiran data sumamente inquietante. Se puede criticar que Medusa, She-Hulk y Darla están casi de decorado, porque ninguno de los conflictos importantes las afectan. Pero suman a la hora de los diálogos graciosos y además Ant-Man solo al frente de todos los chicos de la FF no resultaba creíble.
El final es excelente, intenso, emotivo, con peleas zarpadas, revelaciones impactantes, detalles ingeniosos (como la aparición de los HeroClix) y un esfuerzo muy loable para que si sólo leías FF pudieras entender todo, sin necesidad de comprarte los números de Fantastic Four que también son parte de esta saga. Incluso dos personajes que durante toda la era Fraction son parte de Fantastic Four (Franklin y Valeria) tienen sus mejores escenas acá, en el final de FF. El epílogo comparte algunas páginas con el que vimos en el Vol.3 de Fantastic Four y está compuesto básicamente de escenas emotivas y diálogos cómicos, casi al nivel de la Justice League de Giffen y DeMatteis. Así que estamos ante un TPB que uno no quiere que se termine nunca.
Por supuesto, uno de los principales animadores de esta fiesta es el dibujo. Joe Quiñones la rompe en su propio estilo en el primer unitario y se camufla bajo las tintas de Mike Allred en el epílogo. Y Allred brilla en todo el resto del tomo con la jerarquía a la que ya nos tiene acostumbrados. Allred despliega un hallazgo atrás de otro en materia de puesta en página y hasta se ajusta a grillas muy estrictas cuando el ritmo del relato así lo requiere. Deja la vida en los fondos, en las escenas en las que aparecen multitudes de personajes y en ese clima que él tan bien maneja, mitad extraño y retorcido, mitad jodón y distendido. Por supuesto, su esposa Laura lo colorea como los dioses.
Si no sos muy fan de Fantastic Four pero te copa Allred, entrale a FF casi como si fuera un comic de autor y dejate llevar por el groove gráfico del creador de Madman. Si sos fan del Matt Fraction más loco, más experimental (el de Casanova, digamos), esto te va a encantar. Y si te enganchaste con Scott Lang a raíz de la peli de Ant-Man, acá lo vas a ver en un rol interesantísimo, con mucha profundidad, mucho desarrollo y una chapa cuasi-infinita. Así como los Fantastic Four de Fraction me dejaron con cierto gusto a poco, sus FF me dejaron pipón-pipón, como si me hubiera clavado una suprema a la suiza y un flan con dulce en El Salteño. ´Nuff said!
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sábado, 22 de agosto de 2015
22/ 08: FANTASTIC FOUR Vol.3
Esta serie venía bien y se pinchó acá, sobre el final. A todos nos sorprendió que Matt Fraction se bajara después de apenas 16 episodios, pero la verdad que hizo bien. Para escribir sin ganas, mejor dejarle el lugar a otro.
El tomo arranca bárbaro, con dos unitarios muy ingeniosos. En uno, Fraction nos propone revisitar el origen del Dr.Doom y arma una aventura muy loca en torno a eso, a presencias que de alguna manera “supervisan” la transformación de Victor Von Doom en el villano más temible del Universo Marvel. En el otro, los skrulls toman partido en la independencia de los EEUU y los Fantastic Four viajan a 1776 a evitar que la historia cambie para siempre. Son dos típicas historias de viajes en el tiempo, con ideas muy atractivas y conceptos locos de ciencia-ficción al estilo de lo que Fraction nos suele mostrar en Casanova.
Después viene un arquito de dos episodios en el que las ideas se empiezan a desdibujar. Fraction insiste con los conceptos de ci-fi, las paradojas, los seres pensados para desplazarse por el tiempo… pero falta un conflicto más sólido y sobra la machaca, que no aporta absolutamente nada. Y para el cierre, para los cuatro episodios finales, Fraction recluta como co-guionista a Karl Kesel, un verdadero especialista en Fantastic Four, para tratar de cerrar coherentemente las puntas que le quedaban abiertas. Bueno, no pudo ser. El tramo final se puebla de villanos grossos (¡Doom, Annihilus y Kang!), de héroes de realidades y tiempos alternativos y de batallas a todo o nada.
Más allá de la espectacularidad, la saga final no me convenció demasiado, sobre todo por la forma en que resuelve la mejor idea de las que Fraction arrastraba de los tomos anteriores: la enfermedad degenerativa que afectaba a los FF, que los atacaba y deterioraba a nivel celular. Por suerte hay otras ideas interesantes y muchos diálogos brillantes, muchas escenas grossas en lo que respecta al desarrollo y la definición de los personajes. Pero falta un poco más de fuerza, de prolijidad a la hora de contar, de esfuerzo para que todo se amalgame mejor y el final sea más orgánico, más satisfactorio.
Tampoco ayuda el hecho de que, tres capítulos antes del final, se vaya el dibujante titular y entre un suplente bastante menos idóneo, el italiano Raffaele Ienco. Que no es horrible, pobre flaco. Es una especie de Gene Ha sin pulir, al que si lo dejan puede llegar a convertirse en un excelente seguidor de la línea del ídolo. Por ahora, le falta un poco. Y el titular al que reemplaza es Mark Bagley, que viene de una vertiente gráfica totalmente distinta, mucho más cercana a la línea clásica, redondita y cuasi-amistosa de Alan Davis. De hecho, cuando trabaja con el mismo entintador que entintó los mejores trabajos de Davis (Mark Farmer), Bagley se aproxima mucho a la calidad del maestro británico. Cuando lo entinta Joe Rubinstein, en cambio, el dibujo de Bagley se luce mucho menos, muestra más sus limitaciones. De todos modos estamos hablando de un dibujante de mainstream superheroico siempre correcto, que maneja bien la narrativa, que entiende la espectacularidad que tiene que tener esta clase de relatos y al que, si no le pedís originalidad ni genialidades, no te va a defraudar.
Las 10 páginas finales son un epílogo que conecta con el final de FF (la otra serie que escribía Fraction), que voy a leer esta semana. Están dibujadas por el gran Joe Quiñones, que imita perfecto el estilo de Mike Allred, entintadas por el ídolo y coloreadas por su esposa. Es puro diálogo y ahí Fraction ya ni figura, pero lo que escribe Kesel me dejó cebadísimo para entrarle a ese último TPB con el que completo esta breve etapa de Fantastic Four. Después viene otra etapa breve (la de James Robinson, que no me llamó la atención como para comprarla) y después… no hay más. Un disparate.
El tomo arranca bárbaro, con dos unitarios muy ingeniosos. En uno, Fraction nos propone revisitar el origen del Dr.Doom y arma una aventura muy loca en torno a eso, a presencias que de alguna manera “supervisan” la transformación de Victor Von Doom en el villano más temible del Universo Marvel. En el otro, los skrulls toman partido en la independencia de los EEUU y los Fantastic Four viajan a 1776 a evitar que la historia cambie para siempre. Son dos típicas historias de viajes en el tiempo, con ideas muy atractivas y conceptos locos de ciencia-ficción al estilo de lo que Fraction nos suele mostrar en Casanova.
Después viene un arquito de dos episodios en el que las ideas se empiezan a desdibujar. Fraction insiste con los conceptos de ci-fi, las paradojas, los seres pensados para desplazarse por el tiempo… pero falta un conflicto más sólido y sobra la machaca, que no aporta absolutamente nada. Y para el cierre, para los cuatro episodios finales, Fraction recluta como co-guionista a Karl Kesel, un verdadero especialista en Fantastic Four, para tratar de cerrar coherentemente las puntas que le quedaban abiertas. Bueno, no pudo ser. El tramo final se puebla de villanos grossos (¡Doom, Annihilus y Kang!), de héroes de realidades y tiempos alternativos y de batallas a todo o nada.
Más allá de la espectacularidad, la saga final no me convenció demasiado, sobre todo por la forma en que resuelve la mejor idea de las que Fraction arrastraba de los tomos anteriores: la enfermedad degenerativa que afectaba a los FF, que los atacaba y deterioraba a nivel celular. Por suerte hay otras ideas interesantes y muchos diálogos brillantes, muchas escenas grossas en lo que respecta al desarrollo y la definición de los personajes. Pero falta un poco más de fuerza, de prolijidad a la hora de contar, de esfuerzo para que todo se amalgame mejor y el final sea más orgánico, más satisfactorio.
Tampoco ayuda el hecho de que, tres capítulos antes del final, se vaya el dibujante titular y entre un suplente bastante menos idóneo, el italiano Raffaele Ienco. Que no es horrible, pobre flaco. Es una especie de Gene Ha sin pulir, al que si lo dejan puede llegar a convertirse en un excelente seguidor de la línea del ídolo. Por ahora, le falta un poco. Y el titular al que reemplaza es Mark Bagley, que viene de una vertiente gráfica totalmente distinta, mucho más cercana a la línea clásica, redondita y cuasi-amistosa de Alan Davis. De hecho, cuando trabaja con el mismo entintador que entintó los mejores trabajos de Davis (Mark Farmer), Bagley se aproxima mucho a la calidad del maestro británico. Cuando lo entinta Joe Rubinstein, en cambio, el dibujo de Bagley se luce mucho menos, muestra más sus limitaciones. De todos modos estamos hablando de un dibujante de mainstream superheroico siempre correcto, que maneja bien la narrativa, que entiende la espectacularidad que tiene que tener esta clase de relatos y al que, si no le pedís originalidad ni genialidades, no te va a defraudar.
Las 10 páginas finales son un epílogo que conecta con el final de FF (la otra serie que escribía Fraction), que voy a leer esta semana. Están dibujadas por el gran Joe Quiñones, que imita perfecto el estilo de Mike Allred, entintadas por el ídolo y coloreadas por su esposa. Es puro diálogo y ahí Fraction ya ni figura, pero lo que escribe Kesel me dejó cebadísimo para entrarle a ese último TPB con el que completo esta breve etapa de Fantastic Four. Después viene otra etapa breve (la de James Robinson, que no me llamó la atención como para comprarla) y después… no hay más. Un disparate.
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sábado, 6 de junio de 2015
06/ 06: SATELLITE SAM Vol.1
En esta serie lanzada por Image el año pasado, Matt Fraction cumple uno de sus mayores sueños: trabajar codo a codo con su ídolo de siempre, el maestro Howard Chaykin. Y es increíble, pero si no te dicen que Satellite Sam tiene un guionista, te podés creer tranquilamente que es una obra 100% creada por Chaykin. De alguna manera, Fraction logra hacerse invisible, logra reproducir de un modo tan perfecto la estética y la forma de urdir de las historias de Chaykin que convierte a Satellite Sam en un típico producto del veterano autor newyorkino.
Fraction adopta para la serie la ambientación que a Chaykin más le gusta: la Nueva York de los años ´50. Y hace que la trama gire en torno a una de las grandes obsesiones del maestro: la televisión. Si a esto le sumamos un elenco numeroso, poblado de cínicos, garcas, borrachos, femme fatales, gays encubiertos, empresarios inescrupulosos y políticos corruptos, ya está todo puesto en su lugar para que Chaykin brille acá como en las obras escritas por él mismo.
Satellite Sam nos sumerge desde la primera página en un mundo del que yo conocía poco: la televisión de principios de los ´50, cuando todo era nuevo, cuando todos los programas se hacían en vivo, cuando la gente recién se estaba acostumbrando a este fenómeno y las empresas empezaban a entender el brutal negocio que podía brotar de adentro de esas pantallas. La victoria de los Aliados en la Segunda Guerra Mundial todavía estaba fresquita y la amenaza comunista recién se empezaba a olfatear. Fraction le saca un jugo atractivo a este contexto y además tira mucha data acerca del “secret origin” de la tele en los EEUU. Por supuesto, como milita en el ala dura del chaykinismo, hace el típico truco de empezar los diálogos en cualquier parte, como si los personajes ya estuvieran conversando desde antes que “los tomara la cámara” y eso hace que la información esté menos expuesta, menos digerida, y el lector tenga que poner más de sí para armar el rompecabezas.
Y felizmente el esfuerzo garpa muchísimo. Hay un misterio bien llevado, grandes diálogos, personajes interesantísimos, vínculos entre ellos que van tomando formas impredecibles y otra característica de los comics de Chaykin: un tono sumamente irónico, una pátina de comedia malalechística con respuestas fulminantes, puteadas afiladísimas y garches al rojo vivo. O sea que, aunque la trama avance lento, o a veces parezca que Fraction tiene que hacer magia para que los dos o tres principales hilos argumentales avancen parejo y a buen ritmo, sin confundir al lector con tanta data, tenés ese gancho irresistible que son los diálogos y el trabajo fino en la caracterización y en el retrato de la época y el particular medio en el que se mueven los personajes.
A todo esto, no dije ni media palabra acerca del misterio, qué lo activa, quiénes y por qué intentan resolverlo. No importa. Bah, a los efectos de la trama sí importa. No importa tanto a los efectos de la reseña, porque encontré unos cuantos elementos más de los que agarrarme a la hora de recomendar enfáticamente esta serie.
Y bueno, entre esos elementos uno importantísimo es el dibujo de Howard Chaykin que, como en Black Kiss 2, deslumbra en un glorioso blanco y negro. En los más de 65 meses que lleva este blog ya reseñé muchas obras de Chaykin dibujadas por él mismo, así que es casi imposible no reiterar conceptos. Es más fácil hablar sólo lo indispensable acerca de la faz gráfica de este trabajo y destacar que, en líneas generales, se asemeja mucho a lo que vimos en Black Kiss 2 (reseñada el 06/10/14). Lo más notable es el trabajo en los decorados: cada alfombra, cada cortina, cada empapelado, cada tapizado de cada sillón tiene un peso gráfico alucinante. Y los efectos que pela Chaykin sin salir del blanco, el negro y algún grisado para lograr climas y atmósferas tan distintas entre sí como la del estudio de TV donde se hace un programa tipo Star Trek o la del cabarulo bien noctámbulo donde el humo y el jazz se enredan en una danza tan procaz como ominosa.
Chaykin en su salsa, Fraction decidido a volcar sobre el ídolo toneladas de fan service, una temática atractiva… la verdad que no se puede pedir mucho más. Y encima Satellite Sam efectivamente TE DA mucho más. No veo la hora de entrarle al Vol.2.
Fraction adopta para la serie la ambientación que a Chaykin más le gusta: la Nueva York de los años ´50. Y hace que la trama gire en torno a una de las grandes obsesiones del maestro: la televisión. Si a esto le sumamos un elenco numeroso, poblado de cínicos, garcas, borrachos, femme fatales, gays encubiertos, empresarios inescrupulosos y políticos corruptos, ya está todo puesto en su lugar para que Chaykin brille acá como en las obras escritas por él mismo.
Satellite Sam nos sumerge desde la primera página en un mundo del que yo conocía poco: la televisión de principios de los ´50, cuando todo era nuevo, cuando todos los programas se hacían en vivo, cuando la gente recién se estaba acostumbrando a este fenómeno y las empresas empezaban a entender el brutal negocio que podía brotar de adentro de esas pantallas. La victoria de los Aliados en la Segunda Guerra Mundial todavía estaba fresquita y la amenaza comunista recién se empezaba a olfatear. Fraction le saca un jugo atractivo a este contexto y además tira mucha data acerca del “secret origin” de la tele en los EEUU. Por supuesto, como milita en el ala dura del chaykinismo, hace el típico truco de empezar los diálogos en cualquier parte, como si los personajes ya estuvieran conversando desde antes que “los tomara la cámara” y eso hace que la información esté menos expuesta, menos digerida, y el lector tenga que poner más de sí para armar el rompecabezas.
Y felizmente el esfuerzo garpa muchísimo. Hay un misterio bien llevado, grandes diálogos, personajes interesantísimos, vínculos entre ellos que van tomando formas impredecibles y otra característica de los comics de Chaykin: un tono sumamente irónico, una pátina de comedia malalechística con respuestas fulminantes, puteadas afiladísimas y garches al rojo vivo. O sea que, aunque la trama avance lento, o a veces parezca que Fraction tiene que hacer magia para que los dos o tres principales hilos argumentales avancen parejo y a buen ritmo, sin confundir al lector con tanta data, tenés ese gancho irresistible que son los diálogos y el trabajo fino en la caracterización y en el retrato de la época y el particular medio en el que se mueven los personajes.
A todo esto, no dije ni media palabra acerca del misterio, qué lo activa, quiénes y por qué intentan resolverlo. No importa. Bah, a los efectos de la trama sí importa. No importa tanto a los efectos de la reseña, porque encontré unos cuantos elementos más de los que agarrarme a la hora de recomendar enfáticamente esta serie.
Y bueno, entre esos elementos uno importantísimo es el dibujo de Howard Chaykin que, como en Black Kiss 2, deslumbra en un glorioso blanco y negro. En los más de 65 meses que lleva este blog ya reseñé muchas obras de Chaykin dibujadas por él mismo, así que es casi imposible no reiterar conceptos. Es más fácil hablar sólo lo indispensable acerca de la faz gráfica de este trabajo y destacar que, en líneas generales, se asemeja mucho a lo que vimos en Black Kiss 2 (reseñada el 06/10/14). Lo más notable es el trabajo en los decorados: cada alfombra, cada cortina, cada empapelado, cada tapizado de cada sillón tiene un peso gráfico alucinante. Y los efectos que pela Chaykin sin salir del blanco, el negro y algún grisado para lograr climas y atmósferas tan distintas entre sí como la del estudio de TV donde se hace un programa tipo Star Trek o la del cabarulo bien noctámbulo donde el humo y el jazz se enredan en una danza tan procaz como ominosa.
Chaykin en su salsa, Fraction decidido a volcar sobre el ídolo toneladas de fan service, una temática atractiva… la verdad que no se puede pedir mucho más. Y encima Satellite Sam efectivamente TE DA mucho más. No veo la hora de entrarle al Vol.2.
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viernes, 20 de marzo de 2015
20/ 03: EVERYTHING BURNS
Allá por el 14/01/14 yo llegaba a lo que creía que era el final de la etapa de Kieron Gillen al frente de Journey Into Mystery y me enteraba, gracias a los comentarios de los lectores, que la etapa en realidad terminaba en este libro, que no sigue la numeración de los anteriores, porque se trata de un ambicioso crossover de nueve partes entre JiM y The Mighty Thor, por ese entonces a cargo de Matt Fraction.
Hasta las dos terceras partes de este libro, da la sensación de que Fraction aceptó armar este crossover para darle más impacto a las ideas de Gillen. Si en el comic de Thor se hacían cargo de los peligros en los que estaba envuelto Loki, estos cobraban mayor magnitud. Una lucha a muerte en la que los Nueve Reinos estaban al borde de la extinción y que involucraba a todos los dioses nórdicos no tenía chapa si no transcurría en la revista de Thor. Sin embargo, en el tercio final vemos cómo Fraction aprovecha la dimensión que cobró esta guerra contra Surtur para traer agua a su propio molino, para resignificar varias cosas que habían sucedido en sus episodios anteriores y para abrir puntas que (supongo) explorará en episodios posteriores. Para la serie de Loki, Everything Burns era el final. Para la de Thor, Fraction se aseguró de que fuera ante todo una bocanada de aire fresco.
Dicho todo esto, cabe señalar que la saga está muy estirada. En seis episodios, a lo sumo siete, se podría haber contado lo mismo. Fraction estira más con la machaca, Gillen con los diálogos ingeniosos y las escenas más introspectivas en las que finalmente podremos dilucidar si este joven Loki se manda cagadas por error, o si sigue siendo el mismo hijo de puta de siempre. Y como en los arcos anteriores de JiM, Gillen mete mucha runfla, mucha negociación, mucho psicopateo verbal, por suerte escrito a un nivel muy, muy notable. Lo que no se le puede discutir a Everything Burns es su trascendencia: al final, casi nada queda como estaba al principio. Thor, Loki, Surtur, Leah, hasta personajes que tienen roles menores cambian al ritmo de esta epopeya en la que todo el status quo de Asgard y aledaños se ve seriamente sacudido.
Entre la rosca política, el chamuyo metafísico y la acción, la saga se hace entretenida a pesar de la extensión. La grandilocuencia, la búsqueda por todos los medios del impacto, empañan un poco esa imagen de “comic distinto” que tenía JiM, que parecía transitar por un carril más finoli, más cercano al comic de autor dentro del mainstream. Acá, Gillen choca contra el mainstream de frente y a 160 km/h, y hay que buscar las esquirlas del “comic finoli” entre una hecatombe de fierros abollados y prendidos fuego.
De los cinco episodios de The Mighty Thor, cuatro están dibujados por el inmenso Alan Davis. Fiel a su costumbre, el británico da cátedra de narrativa y combina como pocos elegancia y potencia pochoclera. El guión le da muchas oportunidades de no dibujar fondos y Davis las aprovecha, pero cuando tiene que dibujarlos, no mezquina nada. El episodio restante lo cubre Barry Kitson, muy correcto y con un colorista (Will Quintana) que lo resalta mucho más que los coloristas que le ponían en DC.
Por el lado de JiM, en tres de los cuatro episodios tenemos a Carmine Di Giandomenico (de quien ya hablé maravillas allá por el 08/02/14) afiladísimo, también complementado a la perfección por la paleta de Chris Sotomayor. Di Giandomenico tira magia en las planificaciones, en los primeros planos, en el lenguaje gestual y por ahí un toque menos en los fondos. Pero de verdad, garantiza un nivel impresionante, muy superior a la media de lo que se ve en las revistas mensuales de Marvel. Para el último episodio, cuando Gillen busca recuperar esa pátina de “comic finoli” baqueteada a lo largo de páginas y páginas de machaca, acierta al convocar a Stephanie Hans, una chica de estilo pictórico, con técnicas similares (aunque no al mismo nivel) del chino Benjamin, que se concentra más en los climas, las sensaciones y las pausas, aprovechando que es un capítulo prácticamente sin acción. La verdad que toda la faz gráfica del libro está cuidadísima y no hay que fumarse ni media página dibujada por los crotos impresentables que nos infligieron en los arcos anteriores de JiM.
Y ahora sí, se terminó la saga del Loki joven y su Journey Into Mystery. Ni en pedo me cebó como para darle la razón a los que la rotularon como “el Sandman de Marvel”, pero sí alcanzó como para interesarme por otros trabajos de Kieron Gillen, por ahí menos contaminados por los crossovers y demás parafernalia marketinera. Veremos cómo me va cuando me ponga a leerlos…
Hasta las dos terceras partes de este libro, da la sensación de que Fraction aceptó armar este crossover para darle más impacto a las ideas de Gillen. Si en el comic de Thor se hacían cargo de los peligros en los que estaba envuelto Loki, estos cobraban mayor magnitud. Una lucha a muerte en la que los Nueve Reinos estaban al borde de la extinción y que involucraba a todos los dioses nórdicos no tenía chapa si no transcurría en la revista de Thor. Sin embargo, en el tercio final vemos cómo Fraction aprovecha la dimensión que cobró esta guerra contra Surtur para traer agua a su propio molino, para resignificar varias cosas que habían sucedido en sus episodios anteriores y para abrir puntas que (supongo) explorará en episodios posteriores. Para la serie de Loki, Everything Burns era el final. Para la de Thor, Fraction se aseguró de que fuera ante todo una bocanada de aire fresco.
Dicho todo esto, cabe señalar que la saga está muy estirada. En seis episodios, a lo sumo siete, se podría haber contado lo mismo. Fraction estira más con la machaca, Gillen con los diálogos ingeniosos y las escenas más introspectivas en las que finalmente podremos dilucidar si este joven Loki se manda cagadas por error, o si sigue siendo el mismo hijo de puta de siempre. Y como en los arcos anteriores de JiM, Gillen mete mucha runfla, mucha negociación, mucho psicopateo verbal, por suerte escrito a un nivel muy, muy notable. Lo que no se le puede discutir a Everything Burns es su trascendencia: al final, casi nada queda como estaba al principio. Thor, Loki, Surtur, Leah, hasta personajes que tienen roles menores cambian al ritmo de esta epopeya en la que todo el status quo de Asgard y aledaños se ve seriamente sacudido.
Entre la rosca política, el chamuyo metafísico y la acción, la saga se hace entretenida a pesar de la extensión. La grandilocuencia, la búsqueda por todos los medios del impacto, empañan un poco esa imagen de “comic distinto” que tenía JiM, que parecía transitar por un carril más finoli, más cercano al comic de autor dentro del mainstream. Acá, Gillen choca contra el mainstream de frente y a 160 km/h, y hay que buscar las esquirlas del “comic finoli” entre una hecatombe de fierros abollados y prendidos fuego.
De los cinco episodios de The Mighty Thor, cuatro están dibujados por el inmenso Alan Davis. Fiel a su costumbre, el británico da cátedra de narrativa y combina como pocos elegancia y potencia pochoclera. El guión le da muchas oportunidades de no dibujar fondos y Davis las aprovecha, pero cuando tiene que dibujarlos, no mezquina nada. El episodio restante lo cubre Barry Kitson, muy correcto y con un colorista (Will Quintana) que lo resalta mucho más que los coloristas que le ponían en DC.
Por el lado de JiM, en tres de los cuatro episodios tenemos a Carmine Di Giandomenico (de quien ya hablé maravillas allá por el 08/02/14) afiladísimo, también complementado a la perfección por la paleta de Chris Sotomayor. Di Giandomenico tira magia en las planificaciones, en los primeros planos, en el lenguaje gestual y por ahí un toque menos en los fondos. Pero de verdad, garantiza un nivel impresionante, muy superior a la media de lo que se ve en las revistas mensuales de Marvel. Para el último episodio, cuando Gillen busca recuperar esa pátina de “comic finoli” baqueteada a lo largo de páginas y páginas de machaca, acierta al convocar a Stephanie Hans, una chica de estilo pictórico, con técnicas similares (aunque no al mismo nivel) del chino Benjamin, que se concentra más en los climas, las sensaciones y las pausas, aprovechando que es un capítulo prácticamente sin acción. La verdad que toda la faz gráfica del libro está cuidadísima y no hay que fumarse ni media página dibujada por los crotos impresentables que nos infligieron en los arcos anteriores de JiM.
Y ahora sí, se terminó la saga del Loki joven y su Journey Into Mystery. Ni en pedo me cebó como para darle la razón a los que la rotularon como “el Sandman de Marvel”, pero sí alcanzó como para interesarme por otros trabajos de Kieron Gillen, por ahí menos contaminados por los crossovers y demás parafernalia marketinera. Veremos cómo me va cuando me ponga a leerlos…
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jueves, 23 de octubre de 2014
23/ 10: FANTASTIC FOUR Vol.2
Segundo tomo de los Fantastic Four de Matt Fraction y esta vez nos concentramos sólo en el título principal, el que tiene como dibujante a Mark Bagley y como protagonistas a Ben, Johnny, Reed, Sue y los hijos de ambos. Estamos en esa saga que empezó en el Vol.1 (lo vimos el 29/05/14) en la que Reed y su familia se van de vacaciones, a pasear por los confines más remotos del espacio-tiempo, mientras en realidad Mr. Fantastic busca la cura para una extraña enfermedad degenerativa que lo está afectando. Es una linda consigna, que le da a Fraction mucha libertad para hacer básicamente lo que se le dé la gana, con espacio para historias cósmicas y grandilocuentes, y para historias más chiquitas, más intimistas.
El TPB va a explorar las dos variantes, más una tercera, en un número especial, injertado de prepo para conectar con la patética saga conocida como Age of Ultron. Ponele que, como Sue tiene mucho protagonismo en esa saga, era importante que Fantastic Four tuviera un tie-in con AoU. Pero, ¿aporta algo en el contexto de ESTE recopilatorio? No, absolutamente nada. Se podría haber reeditado en el TPB de AoU, o en ningún lado, porque la verdad que es una sucesión de lugares comunes berreta y estridente como las guerras de mediáticos en los programas de la tarde. El dibujante, André Araujo, no es malo. Con tiempo, con más rodaje y si lo dejan volar, quizás se convierta en un nombre a tener en cuenta.
Pero vamos a lo que importa, que son los cinco episodios de Fraction y Bagley. Arrancamos bien, con una historia sin machaca, en la que el conflicto central se da en el fuero íntimo de Reed, en la cuerda floja entre la integridad, el amor, la lealtad y el plan que –en una de esas- lo salve de irse al descenso. El segundo unitario es el de Julio César y lleva a la familia Richards al Imperio Romano para una aventura menor, con algo de acción y la presentación de un nuevo personaje secundario, que –sospecho- se va a revelar más adelante como alguien a quien ya conocíamos.
La saga zarpada, ambiciosa, “hickmanera”, de este tomo es la de los dos numeritos contra Blastaar, con una buena dosis de machaca, conceptos complejos que tienen que ver con el inicio y el fin de la existencia, y mucha chapa para los mejores personajes que tiene esta serie: Franklin y Valeria Richards. Y cierra un unitario tranqui, centrado en Ben, que elige pasar esos pocos días del año en los que recupera la apariencia humana en su viejo barrio, pero en la década del ´30. Allí ayudará a un viejo comerciante judío a liberarse de los aprietes de unos malvivientes (también de “la cole”) y repartirá piñas con y sin su característica super-fuerza. No me llegó a aburrir, pero tampoco me sorprendió en lo más mínimo.
Me quedo, entonces, con el primer unitario, y con los dos numeritos a todo o nada contra Blastaar, que –no sé por qué- es un villano que me gusta mucho. Rescato también el nivel de los diálogos, muy parejo y muy arriba, y sobre todo ese clima de libertad que señalaba antes. No se me ocurre postular que acá Fraction estaba haciendo comic de autor dentro del mainstream, porque es evidente que se tuvo que comer ese sapo cósmico del tie-in con Age of Ultron. Pero fuera de eso, este es un comic que se permite jugar por afuera del reglamento y hasta se da el lujo (como se daba Fraction también en Hawkeye) de plantear historias sin peleas entre buenos y malos, sin estridencias innecesarias.
Mark Bagley acompaña decorosamente, sin descollar, muy bien respaldado por las tintas de Mark Farmer y los colores de Paul Mounts, que le dan ese sabor tan típico de Alan Davis, aunque Bagley no dibuje tan bien como el prócer británico. Lo más loable es cómo Bagley pela versatilidad y va de un planeta alienígena a un barrio judío de la Nueva York de la Gran Depresión, a los suntuosos palacios del Imperio Romano y de ahí a las entrañas de una nave/fortaleza construída para ser testigo del fin de la existencia. Sin escatimar fondos y sin chorear fotos, el tipo se arremanga y logra ambientar correctamente cada una de las historias que pergeña Fraction, lo cual no es poco.
En unos meses –parece mentira- no va a haber más comics de los Fantastic Four. Y ahí sí diremos “la puta que lo parió, ganaron los malos”. Mientras tanto, yo sigo explorando la breve etapa de Matt Fraction, que no tiene con qué bancarle los trapos a la de Jonathan Hickman, pero tampoco está nada mal.
El TPB va a explorar las dos variantes, más una tercera, en un número especial, injertado de prepo para conectar con la patética saga conocida como Age of Ultron. Ponele que, como Sue tiene mucho protagonismo en esa saga, era importante que Fantastic Four tuviera un tie-in con AoU. Pero, ¿aporta algo en el contexto de ESTE recopilatorio? No, absolutamente nada. Se podría haber reeditado en el TPB de AoU, o en ningún lado, porque la verdad que es una sucesión de lugares comunes berreta y estridente como las guerras de mediáticos en los programas de la tarde. El dibujante, André Araujo, no es malo. Con tiempo, con más rodaje y si lo dejan volar, quizás se convierta en un nombre a tener en cuenta.
Pero vamos a lo que importa, que son los cinco episodios de Fraction y Bagley. Arrancamos bien, con una historia sin machaca, en la que el conflicto central se da en el fuero íntimo de Reed, en la cuerda floja entre la integridad, el amor, la lealtad y el plan que –en una de esas- lo salve de irse al descenso. El segundo unitario es el de Julio César y lleva a la familia Richards al Imperio Romano para una aventura menor, con algo de acción y la presentación de un nuevo personaje secundario, que –sospecho- se va a revelar más adelante como alguien a quien ya conocíamos.
La saga zarpada, ambiciosa, “hickmanera”, de este tomo es la de los dos numeritos contra Blastaar, con una buena dosis de machaca, conceptos complejos que tienen que ver con el inicio y el fin de la existencia, y mucha chapa para los mejores personajes que tiene esta serie: Franklin y Valeria Richards. Y cierra un unitario tranqui, centrado en Ben, que elige pasar esos pocos días del año en los que recupera la apariencia humana en su viejo barrio, pero en la década del ´30. Allí ayudará a un viejo comerciante judío a liberarse de los aprietes de unos malvivientes (también de “la cole”) y repartirá piñas con y sin su característica super-fuerza. No me llegó a aburrir, pero tampoco me sorprendió en lo más mínimo.
Me quedo, entonces, con el primer unitario, y con los dos numeritos a todo o nada contra Blastaar, que –no sé por qué- es un villano que me gusta mucho. Rescato también el nivel de los diálogos, muy parejo y muy arriba, y sobre todo ese clima de libertad que señalaba antes. No se me ocurre postular que acá Fraction estaba haciendo comic de autor dentro del mainstream, porque es evidente que se tuvo que comer ese sapo cósmico del tie-in con Age of Ultron. Pero fuera de eso, este es un comic que se permite jugar por afuera del reglamento y hasta se da el lujo (como se daba Fraction también en Hawkeye) de plantear historias sin peleas entre buenos y malos, sin estridencias innecesarias.
Mark Bagley acompaña decorosamente, sin descollar, muy bien respaldado por las tintas de Mark Farmer y los colores de Paul Mounts, que le dan ese sabor tan típico de Alan Davis, aunque Bagley no dibuje tan bien como el prócer británico. Lo más loable es cómo Bagley pela versatilidad y va de un planeta alienígena a un barrio judío de la Nueva York de la Gran Depresión, a los suntuosos palacios del Imperio Romano y de ahí a las entrañas de una nave/fortaleza construída para ser testigo del fin de la existencia. Sin escatimar fondos y sin chorear fotos, el tipo se arremanga y logra ambientar correctamente cada una de las historias que pergeña Fraction, lo cual no es poco.
En unos meses –parece mentira- no va a haber más comics de los Fantastic Four. Y ahí sí diremos “la puta que lo parió, ganaron los malos”. Mientras tanto, yo sigo explorando la breve etapa de Matt Fraction, que no tiene con qué bancarle los trapos a la de Jonathan Hickman, pero tampoco está nada mal.
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viernes, 10 de octubre de 2014
10/ 10: HAWKEYE Vol.2
Hacía bastante que no leía nada de Marvel, pero acá estoy, con el segundo tomo de una serie cuyo debut me dejó infinitamente cebado. Matt Fraction se plantea contarnos la vida cotidiana de Hawkeye, lo que hace en sus ratos libres, cuando no está combatiendo junto a los Avengers. Y sí, a veces no le queda otra que mostrar peleas de buenos contra malos, pero en la gran mayoría de las historias los conflictos pasan por otro lado. Una inundación, líos de polleras, antenas y cables que andan para el orto… un montón de problemas que no se solucionan tirando flechas con una puntería asombrosa.
Pero hay algo más loco. A Fraction no le alcanza con no hacer énfasis en Hawkeye como héroe. También sube la apuesta cuando decide no indagar en la personalidad de Clint Barton, no aprovechar estas no-aventuras para que el personaje se replantee quién es y por qué hace tantos años que hace lo que hace. Si caés en esta serie totalmente virgen de Hawkeye, no te va a ser fácil describir la personalidad del protagonista. Fraction nos lo muestra como un tipo normal, ni siquiera demasiado altruista, que se mete en kilombos con bastante frecuencia, e incluso a su propio pesar. Y ya está. No se debaten sus motivaciones, sus posiciones éticas, su relación con los otros Avengers… Todo eso Fraction lo da por sabido. Y paradójicamente, cuando se decide a meterse a fondo en la psiquis de un personaje, a explorar a fondo su origen, su motivación y demás, lo hace con un villano, en una historia fuerte, sumamente interesante, casi un Killing Joke, porque es probable que de acá surja ESE enemigo grosso que Hawkeye nunca tuvo en los 50 años que lleva militando en el Universo Marvel.
Entre tantas apuestas arriesgadas, este tomo incluye el ya mítico n°11, esas 20 páginas memorables narradas íntegramente por Pizza Dog (o Lucky), el perro que vive con Clint y Kate. Eso no se puede describir, hay que verlo por uno mismo, porque realmente es increíble. Es un experimento formal zarpado y de demoledora efectividad, que requiere un ingenio en la concepción y un talento en la ejecución de los que uno no asocia con la historieta mainstream “por kilo”, ni mucho menos con un guionista que escribe tres o cuatro de estas series todos los meses.
El final de ese episodio parece crucial para la serie, porque marca el alejamiento de un personaje hasta el momento central (no quiero dar detalles para no spoilear), pero lo realmente definitivo acá es el trabajo de David Ajá en la faceta visual. Esto es historieta, pero también es diseño gráfico. Es pensar a fondo en la representación, en la espacialidad, en complejas metáforas para mostrarnos la “realidad” desde la óptica de un personaje (el perro) que se comunica, se mueve y razona de modo muy distinto a nosotros y a los seres humanos que pueblan las historietas de Marvel. Ajá desparrama su jerarquía (y sus influencias, que van del mejor David Mazzucchelli al Guido Crépax más vanguardista) por casi todos los episodios reunidos en este tomo y logra que Hawkeye tenga la identidad gráfica que casi ningún otro comic americano tiene. Ves… una página, tres viñetas, y ya está, ya sabés que sólo se puede tratar del Hawkeye de Fraction y Ajá. En el episodio centrado en el villano, Ajá descansa y lo reemplaza otro capo, Francesco Francavilla, con una onda totalmente distinta en el grafismo, en los enfoques, en la puesta en página y hasta en el tratamiento del color, porque el tano se colorea a sí mismo con una paleta que no tiene nada que ver con la que usa el gran Matt Hollingsworth para colorear las páginas de Ajá.
Predeciblemente, y a pesar de las excelentes críticas que recibió y los premios que ganó, esta serie se terminó prematuramente, luego de sólo 22 episodios. Era bastante lógico, porque era un enfoque muy atípico, difícil de bancar en el largo plazo, y con una impronta autoral tan fuerte que si Fraction o Ajá decidían bajarse para dedicarse a otra cosa, lo más razonable era ponerle fin a la serie. Así que me falta la segunda mitad, que espero sea tan grossa como esta, con esta calidad tan apabullante en los diálogos y en el dibujo y con esta originalidad a la hora de plantear historias más cercanas a lo cotidiano, al barrio, a la vida “puertas adentro” de un paladín de la justicia.
Pero hay algo más loco. A Fraction no le alcanza con no hacer énfasis en Hawkeye como héroe. También sube la apuesta cuando decide no indagar en la personalidad de Clint Barton, no aprovechar estas no-aventuras para que el personaje se replantee quién es y por qué hace tantos años que hace lo que hace. Si caés en esta serie totalmente virgen de Hawkeye, no te va a ser fácil describir la personalidad del protagonista. Fraction nos lo muestra como un tipo normal, ni siquiera demasiado altruista, que se mete en kilombos con bastante frecuencia, e incluso a su propio pesar. Y ya está. No se debaten sus motivaciones, sus posiciones éticas, su relación con los otros Avengers… Todo eso Fraction lo da por sabido. Y paradójicamente, cuando se decide a meterse a fondo en la psiquis de un personaje, a explorar a fondo su origen, su motivación y demás, lo hace con un villano, en una historia fuerte, sumamente interesante, casi un Killing Joke, porque es probable que de acá surja ESE enemigo grosso que Hawkeye nunca tuvo en los 50 años que lleva militando en el Universo Marvel.
Entre tantas apuestas arriesgadas, este tomo incluye el ya mítico n°11, esas 20 páginas memorables narradas íntegramente por Pizza Dog (o Lucky), el perro que vive con Clint y Kate. Eso no se puede describir, hay que verlo por uno mismo, porque realmente es increíble. Es un experimento formal zarpado y de demoledora efectividad, que requiere un ingenio en la concepción y un talento en la ejecución de los que uno no asocia con la historieta mainstream “por kilo”, ni mucho menos con un guionista que escribe tres o cuatro de estas series todos los meses.
El final de ese episodio parece crucial para la serie, porque marca el alejamiento de un personaje hasta el momento central (no quiero dar detalles para no spoilear), pero lo realmente definitivo acá es el trabajo de David Ajá en la faceta visual. Esto es historieta, pero también es diseño gráfico. Es pensar a fondo en la representación, en la espacialidad, en complejas metáforas para mostrarnos la “realidad” desde la óptica de un personaje (el perro) que se comunica, se mueve y razona de modo muy distinto a nosotros y a los seres humanos que pueblan las historietas de Marvel. Ajá desparrama su jerarquía (y sus influencias, que van del mejor David Mazzucchelli al Guido Crépax más vanguardista) por casi todos los episodios reunidos en este tomo y logra que Hawkeye tenga la identidad gráfica que casi ningún otro comic americano tiene. Ves… una página, tres viñetas, y ya está, ya sabés que sólo se puede tratar del Hawkeye de Fraction y Ajá. En el episodio centrado en el villano, Ajá descansa y lo reemplaza otro capo, Francesco Francavilla, con una onda totalmente distinta en el grafismo, en los enfoques, en la puesta en página y hasta en el tratamiento del color, porque el tano se colorea a sí mismo con una paleta que no tiene nada que ver con la que usa el gran Matt Hollingsworth para colorear las páginas de Ajá.
Predeciblemente, y a pesar de las excelentes críticas que recibió y los premios que ganó, esta serie se terminó prematuramente, luego de sólo 22 episodios. Era bastante lógico, porque era un enfoque muy atípico, difícil de bancar en el largo plazo, y con una impronta autoral tan fuerte que si Fraction o Ajá decidían bajarse para dedicarse a otra cosa, lo más razonable era ponerle fin a la serie. Así que me falta la segunda mitad, que espero sea tan grossa como esta, con esta calidad tan apabullante en los diálogos y en el dibujo y con esta originalidad a la hora de plantear historias más cercanas a lo cotidiano, al barrio, a la vida “puertas adentro” de un paladín de la justicia.
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domingo, 8 de junio de 2014
08/ 06: HAWKEYE Vol.1
Al igual que me pasó ayer con Ardalén, encaré esta lectura con altísimas expectactivas, porque es material que se editó en 2012 y durante 2013 no paró de cosechar excelentes críticas y premios importantísimos. Por otro lado, hace muy poquito me crucé con el primer tomo de Matt Fraction al frente de Fantastic Four, y me convenció hasta por ahí nomás. Con lo cual uno no puede evitar preguntarse si Fraction es realmente un monstruo de inmenso talento (como vimos en Casanova) o un guionista un tanto limitado, al que ciertas camisetas “de club grande” le pesan demasiado.
En Hawkeye, a Fraction lo ponen a dirigir un club chico, un equipo que ascendió a Primera de casualidad, porque a alguien se le ocurrió ponerlo en la película más taquillera de la década. Y por lo menos en este primer TPB, parece tener tanta libertad, tanta luz verde para hacer lo que se le cante, como en su serie creator-owned. Lo más atractivo de Hawkeye es claramente el enfoque, todo lo que Fraction hace (y lo que no hace) para que esto no se lea como el típico comic de superhéroes, sino como algo único, muy original y con una impronta autoral que rara vez se ve en el mainstream. Las historias en sí están muy bien. Las tres primeras, que son autoconclusivas, son obras maestras, verdaderas gemas repletas de trucos narrativos brillantes, diálogos y bloques de texto afiladísimos, secuencias mudas impresionantes, buenas ideas... papa extremadamente fina. Y la historia en dos partes se torna un poquito más predecible, se inscribe un poquito más en la tónica habitual del comic yanki de acción y aventuras, pero también tiene momentos muy notables y diálogos realmente ingeniosos.
El libro termina con un one-shot de Young Avengers, en el que Fraction dedica 22 páginas a darle mucha onda y mucha profundidad a Kate Bishop, la chica que tomó el manto de Hawkeye cuando todos creían que Clint Barton estaba muerto. Kate es, hasta ahora, el único personaje secundario con peso en esta serie, así que es una gran idea incluir esta historia, para que los que nunca leyeron Young Avengers se familiaricen con ella y entiendan de dónde sacó chapa para ser la nueva Hawkeye. Además, esta es la única verdadera no-aventura, la única historia sin malos, sin peleas, donde todo se basa en las relaciones y en los mini-conflictos entre Kate, los otros héroes adolescentes y el propio Clint.
Es muy loco que para dibujar una historia de tono casi intimista hayan elegido a un maestro de los comics de machaca como es Alan Davis, pero bueno, una vez más el prócer demuestra que la rompe en todas partes, de local, de visitante, con héroes clásicos, con héroes nuevos, e incluso en una historia muy hablada, donde la acción casi no tiene peso. Un gran trabajo de un Davis que sigue mejorando con los años. La historia de dos partes está a cargo de Javier Pulido, a quien ya vimos en varios trabajos anteriores, y está muy bien. Tiene mucho ritmo, un gran poder de síntesis y una narrativa ajustadísima.
Y la paponga, lo más impactante, lo más interesante a nivel gráfico, está en los tres primeros unitarios, a cargo del maestro David Ajá. Cuando nos lo cruzamos (junto a Fraction, también) en aquel TPB de Iron Fist que leí el 17/03/10, Ajá ya era buenísimo. Ahora es mucho mejor. El español me devastó con su estilo austero, adusto, cercano al David Mazzucchelli de los ´80. También con su anti-virtuosismo, con su manejo del claroscuro y sobre todo con los riesgos que asume a la hora de planificar las secuencias. Acá es donde Ajá realmente la rompe: se nota que estudió a los maestros argentinos y europeos, entre ellos a Guido Crépax (a priori difícil de mezclar con un género como el de los superhéroes), y por supuesto a grandes narradores gráficos yankis como Jim Steranko, Howard Chaykin y Matt Wagner. Por si faltara algo, Matt Hollingsworth complementa a la perfección los dibujos de Ajá, con una paleta en la que predominan los violetas y que le sirve para subrayar que Hawkeye es un comic enrolado en una corriente distinta, que le escapa a la estridencia en lugar de abrazarla.
Si querés probar con una mirada distinta a los justicieros enmascarados, en la que la vida, las relaciones, las peleas y hasta la propia ciudad de Nueva York están vistas y contadas de un modo totalmente atípico, no dudes en apuntarle tus flechas a Hawkeye. Y si sos fan de Fraction o de Ajá, preparate para disfrutarlos en un nivel altísimo, merecedor de las fabulosas críticas que suele recibir esta serie.
En Hawkeye, a Fraction lo ponen a dirigir un club chico, un equipo que ascendió a Primera de casualidad, porque a alguien se le ocurrió ponerlo en la película más taquillera de la década. Y por lo menos en este primer TPB, parece tener tanta libertad, tanta luz verde para hacer lo que se le cante, como en su serie creator-owned. Lo más atractivo de Hawkeye es claramente el enfoque, todo lo que Fraction hace (y lo que no hace) para que esto no se lea como el típico comic de superhéroes, sino como algo único, muy original y con una impronta autoral que rara vez se ve en el mainstream. Las historias en sí están muy bien. Las tres primeras, que son autoconclusivas, son obras maestras, verdaderas gemas repletas de trucos narrativos brillantes, diálogos y bloques de texto afiladísimos, secuencias mudas impresionantes, buenas ideas... papa extremadamente fina. Y la historia en dos partes se torna un poquito más predecible, se inscribe un poquito más en la tónica habitual del comic yanki de acción y aventuras, pero también tiene momentos muy notables y diálogos realmente ingeniosos.
El libro termina con un one-shot de Young Avengers, en el que Fraction dedica 22 páginas a darle mucha onda y mucha profundidad a Kate Bishop, la chica que tomó el manto de Hawkeye cuando todos creían que Clint Barton estaba muerto. Kate es, hasta ahora, el único personaje secundario con peso en esta serie, así que es una gran idea incluir esta historia, para que los que nunca leyeron Young Avengers se familiaricen con ella y entiendan de dónde sacó chapa para ser la nueva Hawkeye. Además, esta es la única verdadera no-aventura, la única historia sin malos, sin peleas, donde todo se basa en las relaciones y en los mini-conflictos entre Kate, los otros héroes adolescentes y el propio Clint.
Es muy loco que para dibujar una historia de tono casi intimista hayan elegido a un maestro de los comics de machaca como es Alan Davis, pero bueno, una vez más el prócer demuestra que la rompe en todas partes, de local, de visitante, con héroes clásicos, con héroes nuevos, e incluso en una historia muy hablada, donde la acción casi no tiene peso. Un gran trabajo de un Davis que sigue mejorando con los años. La historia de dos partes está a cargo de Javier Pulido, a quien ya vimos en varios trabajos anteriores, y está muy bien. Tiene mucho ritmo, un gran poder de síntesis y una narrativa ajustadísima.
Y la paponga, lo más impactante, lo más interesante a nivel gráfico, está en los tres primeros unitarios, a cargo del maestro David Ajá. Cuando nos lo cruzamos (junto a Fraction, también) en aquel TPB de Iron Fist que leí el 17/03/10, Ajá ya era buenísimo. Ahora es mucho mejor. El español me devastó con su estilo austero, adusto, cercano al David Mazzucchelli de los ´80. También con su anti-virtuosismo, con su manejo del claroscuro y sobre todo con los riesgos que asume a la hora de planificar las secuencias. Acá es donde Ajá realmente la rompe: se nota que estudió a los maestros argentinos y europeos, entre ellos a Guido Crépax (a priori difícil de mezclar con un género como el de los superhéroes), y por supuesto a grandes narradores gráficos yankis como Jim Steranko, Howard Chaykin y Matt Wagner. Por si faltara algo, Matt Hollingsworth complementa a la perfección los dibujos de Ajá, con una paleta en la que predominan los violetas y que le sirve para subrayar que Hawkeye es un comic enrolado en una corriente distinta, que le escapa a la estridencia en lugar de abrazarla.
Si querés probar con una mirada distinta a los justicieros enmascarados, en la que la vida, las relaciones, las peleas y hasta la propia ciudad de Nueva York están vistas y contadas de un modo totalmente atípico, no dudes en apuntarle tus flechas a Hawkeye. Y si sos fan de Fraction o de Ajá, preparate para disfrutarlos en un nivel altísimo, merecedor de las fabulosas críticas que suele recibir esta serie.
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jueves, 29 de mayo de 2014
29/ 05: FANTASTIC FOUR Vol.1
Esta es la tercera vez en lo que va del blog que reseño un “Fantastic Four Vol.1”. Ya vimos toda la etapa de Mark Waid, toda la etapa de Jonathan Hickman, y ahora es el momento de ver qué hace Matt Fraction con el cuarteto más grosso de Marvel. Bah, en realidad con LOS cuartetos, porque el guionista relanza al mismo tiempo Fantastic Four y FF, dos grupos distintos, que vivirán aventuras en paralelo, unos en el espacio exterior jamás explorado y otros prácticamente acá nomás, en la Nueva York del Universo Marvel que tan familiar nos resulta. Este primer tomo compila los tres primeros números de ambas series y arranca con una historia cortita, muy linda, protagonizada por Ant-Man (Scott Lang) y tomada de la antología Marvel NOW! Point One.
Básicamente, en Fantastic Four vamos a ver lo siguiente: a Reed se le ocurre irse de viaje a explorar lugares nuevos del cosmos, junto a Sue, Ben, Johnny, Franklin y Valeria. El viaje va a durar un año, pero como pueden viajar por el tiempo, van a regresar a Nueva York cuatro minutos después de que se fueron. Por supuesto, algo va a salir mal y no van a regresar cuatro minutos después.
Para cuidar al edificio Baxter y a los chicos de la FF durante esos cuatro minutos, los titulares arman un grupo de cuatro suplentes. Sí, un nuevo grupo de Fantastic Four pensado para durar sólo cuatro minutos. Genialidades de Reed que conviene no cuestionar demasiado... Así se juntan Ant-Man, Medusa, She-Hulk y Darla, la novia de Johnny, a la que le ponen un traje de los que usaba Ben cuando perdió sus poderes, para convertirla en Miss Thing. Y bueno, menos mal que estaban estos cuatro suplentes, porque los cuatro titulares no vuelven en el momento previsto y, lógicamente, tanto los chicos de la FF como los incansables villanos de siempre van a traerles problemas.
Estas primeras aventuras transcurren en paralelo y después ya no. Ya vendrán tomos que cuentan sólo las aventuras cósmicas de los Fantastic Four y las aventuras terrestres de los FF. ¿Y están buenas las aventuras? Por ahora se vio muy poco. Más de medio tomo se centra en la decisión de Reed de emprender este viaje (tiene un motivo personal importante, pero no lo quiero spoilear, porque es la mejor idea que presenta Fraction en este inicio de colección) y en el armado y presentación del grupo suplente. Después, el equipo titular tendrá UNA breve aventura en el espacio y el suplente UNA machaca vibrante, muy divertida, contra Mole Man, en las cercanías del edificio Baxter. Y un episodio en el que se abre un misterio atractivo, con la llegada de un Johnny viejo y hecho mierda, que dice venir de un futuro donde el resto del equipo titular fue boleta. Ahí se lucen los diálogos de Fraction, pero no la trama en sí, que está apenas insinuada.
En cuanto a los dibujos, en Fantastic Four tenemos a Mark Bagley con muchas pilas, tratando de imitar a Alan Davis y, como lo entinta Mark Farmer y lo colorea Paul Mounts (habituales adláteres de Davis), le sale bastante bien. Olvidate de ese Bagley que sacaba con fritas las páginas de Trinity, por ejemplo. A este se le notan las ganas de laburar, de dejar una marca en una serie que –intuyo- lo apasiona. Y en FF (y en el unitario de Ant-Man) tenemos al maestro, al ídolo, al genio Mike Allred, también con muchas ganas, quizás con algún fondo que debería estar y no está, o resuelto medio a los pedos, pero con la onda y el virtuosismo intactos. A Allred también se le nota que se divertía mucho con esta serie, y como siempre, llama la atención lo bien que se complementa con la paleta de su esposa y colorista titular, Laura Allred.
La etapa de Matt Fraction al frente de estas series fue muy breve, apenas 16 episodios de cada colección, lo cual es un incentivo para bancarla hasta el final. Eso y la calidad de los dibujos, obvio: muy competentes en Fantastic Four y de un nivel alucinante, muy infrecuente en los comics mensuales de mainstream, en FF. Habrá más cuartetazo, en los próximos meses.
Básicamente, en Fantastic Four vamos a ver lo siguiente: a Reed se le ocurre irse de viaje a explorar lugares nuevos del cosmos, junto a Sue, Ben, Johnny, Franklin y Valeria. El viaje va a durar un año, pero como pueden viajar por el tiempo, van a regresar a Nueva York cuatro minutos después de que se fueron. Por supuesto, algo va a salir mal y no van a regresar cuatro minutos después.
Para cuidar al edificio Baxter y a los chicos de la FF durante esos cuatro minutos, los titulares arman un grupo de cuatro suplentes. Sí, un nuevo grupo de Fantastic Four pensado para durar sólo cuatro minutos. Genialidades de Reed que conviene no cuestionar demasiado... Así se juntan Ant-Man, Medusa, She-Hulk y Darla, la novia de Johnny, a la que le ponen un traje de los que usaba Ben cuando perdió sus poderes, para convertirla en Miss Thing. Y bueno, menos mal que estaban estos cuatro suplentes, porque los cuatro titulares no vuelven en el momento previsto y, lógicamente, tanto los chicos de la FF como los incansables villanos de siempre van a traerles problemas.
Estas primeras aventuras transcurren en paralelo y después ya no. Ya vendrán tomos que cuentan sólo las aventuras cósmicas de los Fantastic Four y las aventuras terrestres de los FF. ¿Y están buenas las aventuras? Por ahora se vio muy poco. Más de medio tomo se centra en la decisión de Reed de emprender este viaje (tiene un motivo personal importante, pero no lo quiero spoilear, porque es la mejor idea que presenta Fraction en este inicio de colección) y en el armado y presentación del grupo suplente. Después, el equipo titular tendrá UNA breve aventura en el espacio y el suplente UNA machaca vibrante, muy divertida, contra Mole Man, en las cercanías del edificio Baxter. Y un episodio en el que se abre un misterio atractivo, con la llegada de un Johnny viejo y hecho mierda, que dice venir de un futuro donde el resto del equipo titular fue boleta. Ahí se lucen los diálogos de Fraction, pero no la trama en sí, que está apenas insinuada.
En cuanto a los dibujos, en Fantastic Four tenemos a Mark Bagley con muchas pilas, tratando de imitar a Alan Davis y, como lo entinta Mark Farmer y lo colorea Paul Mounts (habituales adláteres de Davis), le sale bastante bien. Olvidate de ese Bagley que sacaba con fritas las páginas de Trinity, por ejemplo. A este se le notan las ganas de laburar, de dejar una marca en una serie que –intuyo- lo apasiona. Y en FF (y en el unitario de Ant-Man) tenemos al maestro, al ídolo, al genio Mike Allred, también con muchas ganas, quizás con algún fondo que debería estar y no está, o resuelto medio a los pedos, pero con la onda y el virtuosismo intactos. A Allred también se le nota que se divertía mucho con esta serie, y como siempre, llama la atención lo bien que se complementa con la paleta de su esposa y colorista titular, Laura Allred.
La etapa de Matt Fraction al frente de estas series fue muy breve, apenas 16 episodios de cada colección, lo cual es un incentivo para bancarla hasta el final. Eso y la calidad de los dibujos, obvio: muy competentes en Fantastic Four y de un nivel alucinante, muy infrecuente en los comics mensuales de mainstream, en FF. Habrá más cuartetazo, en los próximos meses.
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domingo, 22 de diciembre de 2013
22/ 12: CASANOVA: AVARITIA
O en realidad, Casanova Vol.3, como para retomar coherentemente esta serie a la que hace casi dos años que tenía abandonada.
Con Avaritia, el prolífico Matt Fraction propone un regreso a las fuentes, a la saga llamada Luxuria (que también vimos en 2011), y es un regreso por dos lados distintos. En primer lugar, la vuelta de Gabriel Bá como dibujante, tras un Vol.2 en el que se hizo cargo del dibujo su hermano gemelo, Fábio Moon. Y en segundo lugar, volvió la onda más compleja, más intrincada, más exigente para con el lector. Gula (el Vol.2) no te daba exactamente la papilla masticadita en la boca; por el contrario, tenía varios saltos al vacío realmente arriesgados. Avaritia se va al carajo bastante más seguido y por momentos nos obliga a prestar MUCHA atención para seguir esta historia laberíntica, que va para adelante, para atrás y para los costados.
Si leíste mucha ciencia-ficción (especialmente a Michael Moorcock) quizás esto te resulte una nimiedad. Básicamente, si lo reducimos a su mínima expresión, el argumento de Avaritia sería: Casanova Quinn, mezcla entre James Bond y Nick Fury de un mundo hiper-tecno, recorre infinidad de realidades paralelas y en todas tratará de boletear a Luther Desmond Diamond, antes de que este evolucione hasta convertirse en el peligroso villano Newman Xeno. En el medio pasan un montón de cosas más: muchas de estas realidades son obliteradas en escenas cataclísmicas, hay peripecias, escapes imposibles, runflas espúreas, amor heterosexual y del otro, una batalla en la que un robot gigante hace mierda media New York, canciones, peleas, garches y la inminente despedida del papá de Casanova, que tiene cáncer y se está por morir. Ah, y también muy buenos diálogos de los cuales los mejores se los lleva Luther.
Con todo esto, Fraction arma un cóctel explosivo y encima lo condimenta con muchas referencias a lo que sucedió en los tomos anteriores (no se te ocurra empezar a leer Casanova por acá) y con referencias meta-comiqueras, es decir, comentarios en los que los personajes se hacen cargo de estar viviendo dentro de una historieta. Casanova te propone frenesí, descontrol, violencia, sexo y mala leche, en un contexto de espionaje y ciencia-ficción al límite, con conceptos muy arriesgados y generalmente muy originales. Por eso la banco a full.
Ahora, si nada de eso te resulta atractivo (y en ese caso, es momento de serios replanteos en tu vida), Casanova tiene un ancho de espadas guardado en la manga, que es el dibujo de Gabriel Bá. Gabriel es el más filoso de los gemelos, el que opta por esa anatomía medio "blocky" que nos recuerda por momentos a la de Mike Mignola. También es el que simplifica muchísimo los rasgos faciales hasta llegar a un punto donde los personajes son expresión pura, como en Dupuy y Berberian, Frederick Peeters o Pablo Túnica. A la síntesis de su grafismo, Bá le contrapone una prodigiosa capacidad de meter muchos elementos en cada viñeta, muchas viñetas por página, y bancarse sin tropiezos secuencias muy complejas, donde hay que ser muy capo para que la narrativa fluya sin hacer ruido ni marear al lector. Gabriel es fan del claroscuro extremo, pero no se nota: acá está perfectamente complementado por la colorista Cris Peter, que entiende y potencia a niveles cósmicos el trazo atípico del gemelo brazuca.
Si ya estás adicto a Casanova, seguro que te compraste Avaritia ni bien salió. Si todavía no entraste al vicio, arrancá cuanto antes con el Vol.1 y aprovechá para ponerte al día, porque todavía no se sabe cuándo empieza la cuarta saga de esta increíble creación de Matt Fraction y Gabriel Bá, que tanta pasión genera en sus hinchas.
Con Avaritia, el prolífico Matt Fraction propone un regreso a las fuentes, a la saga llamada Luxuria (que también vimos en 2011), y es un regreso por dos lados distintos. En primer lugar, la vuelta de Gabriel Bá como dibujante, tras un Vol.2 en el que se hizo cargo del dibujo su hermano gemelo, Fábio Moon. Y en segundo lugar, volvió la onda más compleja, más intrincada, más exigente para con el lector. Gula (el Vol.2) no te daba exactamente la papilla masticadita en la boca; por el contrario, tenía varios saltos al vacío realmente arriesgados. Avaritia se va al carajo bastante más seguido y por momentos nos obliga a prestar MUCHA atención para seguir esta historia laberíntica, que va para adelante, para atrás y para los costados.
Si leíste mucha ciencia-ficción (especialmente a Michael Moorcock) quizás esto te resulte una nimiedad. Básicamente, si lo reducimos a su mínima expresión, el argumento de Avaritia sería: Casanova Quinn, mezcla entre James Bond y Nick Fury de un mundo hiper-tecno, recorre infinidad de realidades paralelas y en todas tratará de boletear a Luther Desmond Diamond, antes de que este evolucione hasta convertirse en el peligroso villano Newman Xeno. En el medio pasan un montón de cosas más: muchas de estas realidades son obliteradas en escenas cataclísmicas, hay peripecias, escapes imposibles, runflas espúreas, amor heterosexual y del otro, una batalla en la que un robot gigante hace mierda media New York, canciones, peleas, garches y la inminente despedida del papá de Casanova, que tiene cáncer y se está por morir. Ah, y también muy buenos diálogos de los cuales los mejores se los lleva Luther.
Con todo esto, Fraction arma un cóctel explosivo y encima lo condimenta con muchas referencias a lo que sucedió en los tomos anteriores (no se te ocurra empezar a leer Casanova por acá) y con referencias meta-comiqueras, es decir, comentarios en los que los personajes se hacen cargo de estar viviendo dentro de una historieta. Casanova te propone frenesí, descontrol, violencia, sexo y mala leche, en un contexto de espionaje y ciencia-ficción al límite, con conceptos muy arriesgados y generalmente muy originales. Por eso la banco a full.
Ahora, si nada de eso te resulta atractivo (y en ese caso, es momento de serios replanteos en tu vida), Casanova tiene un ancho de espadas guardado en la manga, que es el dibujo de Gabriel Bá. Gabriel es el más filoso de los gemelos, el que opta por esa anatomía medio "blocky" que nos recuerda por momentos a la de Mike Mignola. También es el que simplifica muchísimo los rasgos faciales hasta llegar a un punto donde los personajes son expresión pura, como en Dupuy y Berberian, Frederick Peeters o Pablo Túnica. A la síntesis de su grafismo, Bá le contrapone una prodigiosa capacidad de meter muchos elementos en cada viñeta, muchas viñetas por página, y bancarse sin tropiezos secuencias muy complejas, donde hay que ser muy capo para que la narrativa fluya sin hacer ruido ni marear al lector. Gabriel es fan del claroscuro extremo, pero no se nota: acá está perfectamente complementado por la colorista Cris Peter, que entiende y potencia a niveles cósmicos el trazo atípico del gemelo brazuca.
Si ya estás adicto a Casanova, seguro que te compraste Avaritia ni bien salió. Si todavía no entraste al vicio, arrancá cuanto antes con el Vol.1 y aprovechá para ponerte al día, porque todavía no se sabe cuándo empieza la cuarta saga de esta increíble creación de Matt Fraction y Gabriel Bá, que tanta pasión genera en sus hinchas.
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