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viernes, 2 de febrero de 2024
ESSENTIAL WARLOCK
Hoy me toca un viaje a los años ´70, a bordo de un tremendo masacote de 576 páginas en majestuoso blanco y negro.
La saga de Warlock está claramente dividida en dos: la etapa de Roy Thomas y la etapa de Jim Starlin. Thomas es el que recupera a este personaje creado por Stan Lee y Jack Kirby en los ´60, para un numerito de Fantastic Four, y lo reformula como un héroe protagónico para los ´70, junto al maestro Gil Kane. Y cuando no le queda tiempo para escribir los comics porque lo ascienden a Jefe de Coordinadores, supervisa historias en las que Mike Friedrich o Gerry Conway desarrollan las ideas que se le ocurrieron a él. El Warlock de Thomas es básicamente un comic de machaca, aunque todo el tiempo te subrayan que el protagonista es una especie de Jesucristo, creado por una especie de Dios, enviado a una especie de Tierra a combatir a una especie de encarnación del pecado y seguido por una especie de apóstoles. La metáfora es obvia y pasa por debajo de la acción y las peleas, escritas sin mayor brillo, ni en los diálogos ni en los bloques de texto. Lo más destacable de esta etapa (además del trabajo de Gil Kane en los primeros episodios) es el momento en el que el principal villano de la serie y el presidente de los EEUU pasan a ser la misma persona. No porque el inquilino de la Casa Blanca se corrompa, sino porque su cuerpo está controlado mentalmente por el perverso Man-Beast. Pero la misión de Warlock pasa a ser cagar a trompadas al presidente del los EEUU, con todo lo que eso implica en 1974, en pleno gobierno de Richard Nixon.
Pero luego de esa trilogía como invitado en la revista de Hulk (y sin salir de 1974), Warlock vuelve a tener serie propia, como protagonista de la revista Strange Tales y ahora sí, la apuesta es fuerte. Marvel le permite a Jim Starlin, un autor joven y mayoritariamente desconocido, escribir, dibujar, entintar y colorear el regreso de Warlock, que también es una reformulación, porque Starlin rápidamente se saca de encima todo el plot de Man-Beast, la Counter-Earth y el High Evolutionary para llevar la serie por otros caminos.
De acá en adelante, la analogía Warlock/ Jesucristo se va a desactivar y van a entrar en escena conceptos mucho más jugados como la prisión interior, el personaje que se desdobla en dos (uno bueno y uno malo, pero el malo en realidad es el futuro del bueno), la locura como paso previo indispensable para aspirar al verdadero manejo del poder, la iglesia maligna que funciona como una potencia imperial a niveles cósmicos (idea que volverá en Dreadstar), y sobre todo el vínculo entre Adam Warlock y la gema del alma, el poder/ maldición que encierra la misma, y -ya sobre el final- el tema de las seis gemas y qué pasa cuando alguien logra reunirlas a todas. Si en la etapa de Thomas ya veíamos a un Warlock sumamente conflictuado (bien a tono con los ´70), Starlin va a extremar esa faceta del personaje y lo vamos a ver sufrir todo el tiempo, enroscado en dilemas morales de bastante profundidad, bien planteados en los diálogos y globos de pensamiento (sí, son los ´70, los personajes todavía pensaban en nubecitas).
Starlin trae a Thanos (que había creado para un número de Iron Man) y al In-Betweener (que había creado para un número de Dr. Strange) y nos muestra el debut de Pip el Troll y Gamora para mezclarlos a todos en un arco argumental (el del Magus) que avanza lento, porque eran revistas bimestrales, con 19 o 20 páginas de historieta, de las
cuales dos o tres se destinaban a recapitular lo ya sucedido. Pero hasta ahí, hasta que neutralizan al Magus, la Era Starlin es muy atractiva y hasta tiene algún momento en el que se asemeja a un comic moderno. No sé si de ahora, pero seguro de los ´80 o ´90. El dibujo es excelente, cuidadísimo, riquísimo en detalles, con unas puestas en página fabulosas, y empieza a decaer cuando Starlin pasa a encargarse solo de los lápices (a veces solo de los bocetos) para dejar el resto en manos de un Steve Leialoha que pone huevo, pero no llega al nivel al que nos había acostumbrado el capitán del equipo. Después vienen historias menores, y después el título se cancela y Adam Warlock reaparece como invitado en títulos de Spider-Man, los Avengers y The Thing, para la saga final contra Thanos en la que el dibujo de Starlin vuelve a brillar pero el guion es un poco más chato y más predecible que en el arco contra el Magus. Para este entonces (fines de 1977), Warlock ya es un héroe cósmico más, demasiado poderoso como para sumarlo a los Avengers, y poco popular como para tener revista propia. Entonces el arco contra Thanos termina en un empate en el que ambos rivales quedan desactivados "para siempre". Un final potente, atrevido, pero que genera un statu quo que obviamente no iba a durar.
El tramo grosso del libro (la saga del Magus en Strange Tales nºs 178-181 y Warlock nºs 9-11) es una locura, dibujada en un nivel al que Starlin no volverá jamás. Un despliegue de creatividad muy zarpado, con acción y aventura, pero con espacio para indagar en temas referidos a la psiquis, el alma, la demencia, el poder, el destino, el honor, la integridad... algo que probablemente le hubiese gustado escribir a Eduardo Mazzitelli, por ejemplo. El resto tiene momentos de mucho impacto visual, pero con guiones más convencionales, más cerca de esa media (media chota) que exhibía el comic de superhéroes en los ´70 y que a los fans del género mucho no nos convence. Me quedé con las ganas de que Adam Warlock le bajara unos cuantos dientes al High Evolutionary, algo que no sé si sucedió en las etapas posteriores del personaje, porque la verdad que nunca me generaron el interés suficiente como para leerlas.
Nada más. Gracias totales y nos reencontramos muy pronto, con las reseñas de otros libros que ya tengo leídos.
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jueves, 6 de octubre de 2022
ESSENTIAL CLASSIC X-MEN Vol.3
Bueno, ahora sí. Último masacote de 536 páginas y me dejo de joder con X-Men por un tiempo largo. O para siempre, no sé.
Este tomo trae el tramo final de la serie cuyos inicios vimos en las reseñas del 16/11/17 y el 16/6/22. Con los números que faltaba recopilar (54 al 66, porque después la serie pasa a ofrecer episodios viejos hasta el nº94) no llenás ni a palos un Essential, por eso a alguien se le ocurrió la brillante idea de sumar a este tomo algunos numeritos de Spider-Man, Marvel Team-Up y Hulk en los que uno o más alumnos de Charles Xavier tienen un rol más o menos importante. Son todos pésimos, no hay una historia decente entre estos "extras".
Pero además el Essential trae los seis episodios de la efímera serie protagonizada por Beast (lejos, mi mutante favorito) en la revista Amazing Adventures. Y si bien no son aventuras gloriosas, son entretenidas, por momentos bizarras (el tema de que use máscara y guantes para tapar la cara y las manos peludas es tan ridículo que te cagás de risa), y está el numerito que transcurre en Rutland, Vermont y es parte del crossover encubierto con Thor y... Justice League of America (no lo voy a explicar ahora, ya lo expliqué en las páginas de ¿Quién quiere ser superhéroe?). La idea de mutar a Hank McCoy en una auténtica fiera de piel azul (y de paso, subirle un poquito el nivel de poder) fue de Gerry Conway, y el que lleva adelante la breve serie (en los ´80 hubiera sido una miniserie) es un primerizo Steve Englehart, al que todavía le cuesta un poco. Los dibujos de Tom Sutton son muy raros, porque se nota que viene más de una escuela tipo Will Eisner que de la mímica de Jack Kirby que predominaba en la Marvel de principios de los ´70. Aún así, la narrativa está cuidada y cuando engancha un buen entintador, zafa bastante bien.
Pero vamos a este final provisorio de X-Men, que llega en un momento raro, porque la cancelación coincide con un momento en el que, terminada la extraña etapa de Arnold Drake, Roy Thomas había logrado encauzar la serie. De la mano de "Rascally Roy", nos comemos pijazos como el de descubrir que el Profe no estaba muerto, pero en general, hay una idea de qué hacer con la serie, hay una dirección y los personajes parecen menos desaprovechados. La única que no se luce casi nada es Jean. Los otros cuatro, más Polaris y Havok, tienen momentos muy grossos en estos números finales. Hay nuevos villanos, hay vueltas de tuerca interesantes para viejos villanos, y está esa saga con los Sentinels que leí 500 veces y aún hoy me hiela la sangre.
Y lo más genial, obviamente, es que llega Neal Adams a hacerse cargo de los dibujos. En una serie donde nos habíamos acostumbrado a Werner Roth y Don Heck, que caiga ESE Neal Adams, así, on fire, en estado de gracia, a matar o morir, es como ir a ver un recital de Chayanne y que al tercer tema diga "Bueno, yo en realidad era el grupo soporte. Fuerte ese aplauso para David Bowie". El primer episodio del tomo lo dibuja Heck, con tintas de Vince Colletta. Onda, me lo están haciendo a propósito para que me caliente y tire el libro a la mierda. Y encima con una puesta en página rara, como buscando desesperadamente el dinamismo que su dibujo no tiene. Pero después, no solo llega Adams a redimir todos los pecados de estos verduleros infumables, sino que hasta hay unas paginitas de Roth (las últimas que aportará a X-Men) en las que lo entinta Sam Grainger y se ve realmente bien. La magia de Adams se ve potenciada por las tintas del mítico Tom Palmer, un capo tan capo que, en el episodio en el que entinta a Heck, hace que se vea más que digno. Y a Adams sí le sale el truco de experimentar con la puesta en página, de hacerla cada vez más extrema, más asombrosa. Obviamente, la forma termina por eclipsar al contenido, porque ni las historias ni los diálogos tienen el impacto que tienen las puestas y los dibujos de Adams, pero bueno, el tipo estaba a un nivel muy por encima del resto. No solo de Roth y Heck, también de otros autores que aparecen en el tomo, como un primerizo Sal Buscema, el rústico de Herb Trimpe, o un Gil Kane a media máquina al que ni las tintas de John Romita le permiten competir con Adams.
En fin, un tomo raro, con mucho material que no es ni remotamente fundamental para entender y disfrutar la saga de los X-Men, pero con números gloriosos de la revista principal y esa etapa bizarra de Beast al frente de un comic que por momentos quiere ser de terror, y donde se desdibuja un poco el personaje, por lo menos hasta que Englehart se lo lleve a las filas de los Avengers.
Pronto habrá más Beast, más Angel y más Iceman en blanco y negro, porque tengo sin leer un par de Essentials de los Defenders. Gracias por el aguante y nos reencontramos en unos días con nuevas reseñas, acá en el blog, o el finde en Heroica Comics, en Paysandú, Uruguay.
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jueves, 16 de junio de 2022
ESSENTIAL CLASSIC X-MEN Vol.2
Otro Essential de durísima digestión, esta vez con el aliciente de que yo ya sabía lo que me iba a encontrar en estas 640 páginas, porque ya había leído todas estas historietas, por supuesto a color.
Y entré tan convencido de que me estaba sumergiendo en un foso séptico, que por momentos el material me pareció menos choto de lo que suponía que iba a ser. De hecho, hay algunos numeritos de Roy Thomas que no están mal, que se me hicieron entretenidos, a pesar de la cantidad ingente de diálogos. Me parece que el problema fundamental de esta etapa de X-Men (años 1966-68, más o menos) es que es una serie que no va a ningún lado, que hace la plancha y simplemente acumula episodios, que hasta se podrían leer en cualquier orden. A partir del nº38, cada número incluye un episodio principal más corto (15 páginas) y un back-up protagonizado por uno solo de los miembros del equipo en el que generalmente se exploran sus orígenes. Esto le da un poco más de aire a los relatos, porque Thomas y sus sucesores (Gary Friedrich primero y Arnold Drake después) no sienten más la presión de cerrar las aventuras en la página 20, y estas se extienden a lo largo de varios números.
Dos cosas me llamaron mucho la atención. Uno: me divertí mucho más en las escenas en las que los X-Men actúan en sus identidades civiles, como adolescentes "normales" de los años ´60, que durante las peleas con los villanos. Dos: parece que en el Universo Marvel de 1966-68 todavía no había afroamericanos. Ni en las escenas de multitudes, ni cuando aparecen grupos de soldados, policías, bomberos o incluso pandilleros, vemos gente de raza negra. Nunca, jamás, ni un solo personaje que no sea caucásico.
Lo mejor, lejos, el ídolo Hank McCoy y la magia que nos regala en los diálogos, con un vocabulario florido, sofisticado, y referencias al cine, la literatura, la música y las artes plásticas, además de a la ciencia, que es su especialidad. Incluso en esta época "oscura" de los X-Men ya había motivos de sobra para hacerse hardcore fan de este personaje carismático y genial, quizás no tan relevante a la hora de definir los combates, pero brillante para tirar chistes y diálogos de los que los otros personajes no podrían tirar jamás.
No sé si a causa de la vejez o del blanco y negro, no me disgustó el trabajo de Werner Roth en el dibujo. Al vilipendiado autor lo mandan a clonar los layouts de Jack Kirby, y si bien no logra reproducir el impacto y el carisma de los dibujos del Rey, zafa dignamente. Sobre todo en los primeros números, cuando lo entinta un Dick Ayers extrañamente elegante, que por momentos parece Sid Greene entintando a Gil Kane en un comic de DC. Después, al pobre Roth le infligen las tintas de asesinos como John Tartaglione y (en menor medida) John Verpoorten, y el dibujo se hunde en los pantanos del oprobio. En el medio, a Roth le permiten probar otras puestas en página, no clonadas de las de Kirby, a veces imaginadas por él mismo y otras veces delineadas por Don Heck.
Entre los suplentes están Ross Andru, George Tuska (a los que también masacran los entintadores), un numerito más que decente de Dan Adkins, uno espantoso de Jack Sparling, uno de un primerizo Barry Smith (todavía sin el "Windsor") que es un pastiche bochornoso de afanos a Kirby, un par de números dibujados por Don Heck sin alma ni talento, y los dos numeritos del mítico Jim Steranko que ya vimos (a todo color) en la reseña del 22/03/18. Después de años de Roth y Heck, el despliegue visual que propone Steranko es un soplo de aire fresco, pero al ídolo también le enchastran los lápices con las horrendas tintas de John Tartaglione y el resultado queda muy por debajo de lo que pudo haber sido.
El Essential incluye también un número de Avengers, ya que Roy Thomas ensaya un crossover entre las dos revistas de equipos que escribía en este entonces. Y claro, aparece en escena John Buscema y su jerarquía se impone de modo natural... excepto por un detalle. Parece que nadie le avisó al dibujante que los X-Men eran adolescentes, y dibuja a los pibes de 16 años con los mismos rasgos que a Hank Pym (que tenía más de 30) o Hawkeye (que no tendría menos de 23-24).
En fin, poco para rescatar a nivel dibujos, pocas aventuras interesantes, y en todo caso si vale la pena guardar este masacote es por su valor histórico: acá están las primeras apariciones de personajes como Polaris, Banshee, Mesmero, Erik the Red, Mimic y la primera de las muchas muertes del Professor Xavier. Y por supuesto, también hay apariciones de un sinnúmero de personajes irrelevantes, que más tarde serían prolijamente barridos abajo de la alfombra, o reformulados por completo. Ah, y la dulce ironía de ver a Arnold Drake (co-creador de la Doom Patrol) como guionista de los X-Men también suma unos puntos.
Tengo el tercer y último Essential de Classic X-Men en la pila de los pendientes y seguro le entraré durante este año.
Nada más, por hoy. Gracias y hasta pronto.
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lunes, 21 de septiembre de 2020
THE CHRONICLES OF KULL Vol.1
Sí, ya sé, con Nippur tengo cubierta la dosis de muchachones musculosos con escasa vestimenta que se cagan a espadazos. Pero bueno, este es el último libro que me queda sin leer de los muchos que me compré hace casi tres años en EEUU, y no lo quiero postergar más, pobre.
En la época en que tuvo los derechos para publicar el material de Conan, Dark Horse se jugó también por reeditar Kull the Conqueror, otra serie basada en relatos de Robert E. Howard que produjo Marvel a principios de los ´70 (y según me dicen, una de las poquísimas historietas de Marvel que nunca fue publicada en España, donde La Casa de las Ideas es religión hace décadas). Siempre digo que Conan me interesa poco y nada, y que son pocos los autores capaces de hacerme comprar un comic de Conan. A partir de hoy lo mismo se aplica a Kull, pero hace tres años este tomo me llamó la atención porque estaba muy barato, porque no había leído nada de este personaje y porque tiene unos dibujantes del mega-carajo.
El tomo arranca con una historia corta dibujada por Berni Wrightson en un nivel sublime, aunque masacrado por un colorista que merece morir en cana. Después tenemos un episodio más extenso dibujado por Ross Andru en un gran nivel, con unas tintas gloriosas del incomparable Wally Wood. Y todo el resto del tomo, casi 200 páginas más, están a cargo de los hermanos Severin. Marie se ocupa del plantado, del armado de las secuencias, y John le pone al dibujo de personajes y fondos esa elegancia, esa solidez, esa impronta tan pulida. John Severin es un dibujante que está en las antípodas del típico dibujante de Marvel de los ´70, cuando todos seguían (hasta donde les daba el talento) la huella de Jack Kirby. Un tipo de un talento descomunal, un ilustre continuador de la línea más clásica, más académica, más de Harold Foster y Alex Raymond. O sea que visualmente, Kull te ofrecía algo que ningún otro comic de Marvel de esa época te podía ofrecer. Y sí, a los hermanos Severin también los hacen mierda los coloristas, pero un poco menos, y sobre todo en los últimos episodios que incluye este tomo. Por supuesto que esto mismo publicado en blanco y negro se vería muchísimo, pero MUCHISIMO mejor.
En materia de guiones, la verdad que esperaba un poco más. No mucho, porque –como ya dije- en general la ficción tal como la entendía Robert E. Howard no me llega ni me identifica. Pero por ahí Roy Thomas, o Gerry Conway (que toma las riendas de la serie cuando Thomas es ascendido a Jefe de Coordinadores) se jugaban con algo distinto, más loco, más impredecible. No pudo ser. Se queda todo en la machaca con monstruos y villanos con poderes fantásticos, apenas sazonada con un poquito de intriga palaciega. No hay desarrollo de personajes, los secundarios tienen poquísimo relieve, las mujeres son adornos, los villanos son chatos, Kull le gana a amenazas infinitamente poderosas de modos imposibles… Nada para destacar, realmente. El último episodio creo que fue el que más me gustó. Es largo y violento al pedo, pero sobre el final aparece esa humanidad casi oesterheldiana que Robin Wood le puso a las mejores aventuras de Nippur.
El resto, sólo tiene sentido para maravillarse con los dibujos. Ah, y otra cosa loquísima: en todos estos combates tremendos, donde se cagan a espadazos, hachazos, flechazos y cuchillazos… ¡no se ve sangre! El único monstruo que sangra es uno al que Kull destroza bajo el agua, y ahí sí, el colorista tiñe de un color magentoso la escena subacuática. Pero todo el resto de las matanzas (que son muchísimas) son limpitas. Se matan todos contra todos sin salpicar una gota de sangre, que aparece sólo en el filo de la espada de Kull cuando ya terminó de combatir. Otra cosa que me sorprendió es ver a Thulsa Doom como enemigo recurrente Kull. Para mí, que soy un ignorante en materia de la mitología de Howard, Thulsa Doom era un enemigo de Conan; de hecho es el malo de la peli de los ´80, con Arnold Schwarzenegger, que recuerdo haber visto en el cine hace mil años. Ahora me entero que no, que Thulsa Doom siempre fue enemigo de Kull y recién en 1991 Roy Thomas lo hizo aparecer en la Era Hyboriana como antagonista de Conan. ¿Por qué eligieron como villano para la peli de Conan a un enemigo de Kull? No se me ocurre ninguna respuesta coherente.
Bueno, todos los días se aprende algo nuevo. Y cada tanto, una lectura como esta me recuerda por qué no soy fan del género de espada y brujería en su vertiente “bárbaros pasados de testosterona que vociferan los nombres de sus dioses mientras reparten espadazos”. Kull the Conqueror tiene el atractivo irresistible de los dibujos de los hermanos Severin, pero si algún día veo baratas las revistitas, me compro dos o tres y hago guita el TPB. No necesito toooodas estas páginas de aventuras poco consistentes para disfrutar de la magia de Marie y John. Y si sale un tomo en blanco y negro con este material, obviamente me vuelven a seducir.
Hasta acá llegamos, por hoy. Pasen una primavera recontra comiquera y vuelvan pronto por acá, que en unos días habrá nuevas reseñas.
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domingo, 30 de diciembre de 2012
30/ 12: SHOWCASE PRESENTS ALL-STAR SQUADRON Vol.1
Y sí... hoy tengo que empezar de nuevo diciendo “Qué grande Jerry Ordway, qué loco que no tenga muchos más fans, etc.”. Es, sin dudas, la primera conclusión a la que llegué tras bajarme estas 528 páginas de All-Star Squadron, la revista en la que Ordway debutó profesionalmente (primero como entintador y firmando “Jeremiah Ordway”) allá por 1981. En los seis primeros episodios, Ordway entinta a Rich Buckler, el siempre eficiente (aunque nunca muy original) dibujante al que ya vimos en varios Essentials de Marvel. Después vienen otros 9 números y un Annual en los que entinta a su sucesor, Adrián González, un dibujante bien comunardo, al que no le sobra nada. Esos 16 episodios (varios larguísimos, de más de 25 páginas), que a lápiz deberían verse como un típico comic de superhéroes de esa época, sin demasiada onda ni inspiración, entintados por Ordway se ven primero como la obra de un único dibujante (es decir, el paso de Buckler a González se hace casi imperceptible), y después como historietas llenas de fuerza, de elegancia y de detalles deliciosos. El increíble aporte de Ordway a la faz gráfica de esta serie te queda definitivamente claro al ver los últimos episodios, en los que González aparece entintado por otras manos. Ahí no hay magia ni onda y, si bien el dibujo no se desploma de manera catastrófica, la diferencia se nota muchísimo, como si compraras una Coca y el líquido fuera verde flúo.
¿Y qué onda las historias? La verdad, se bancan decorosamente el paso de las tres décadas y monedas. La consigna está buena: un comic ambientado en 1941 y en Tierra-2, donde los superhéroes aparecieron a fines de los ´30. Y con un detalle limado más: los protagonistas no son los héroes más grossos (o sea, los de la Justice Society), sino que el guionista Roy Thomas dedica buena parte de estos 19 episodios a darle chapa a los héroes menores, que existían en 1941 pero jugaban en la C, y a personajes nuevos, retro-injertados en este período. Lo más notable es la cantidad de referencias que maneja Thomas: por un lado, se nota que escribía esta serie con los diarios de 1941 en el escritorio, porque de ahí saca nombres de ministros, generales, sucesos de la Segunda Guerra Mundial, cosas relacionadas a la misma que pasaban dentro de EEUU, noticias de celebridades, deportes, etc. No hay un sólo detalle, ni el más mínimo, que te haga ruido en cuanto a la autenticidad y la veracidad de que estamos en 1941.
Bueno, sí. En nuestro 1941 no había superhéroes... Y esa otra referencia Thomas también la maneja a la perfección. Además de los diarios, el guionista tiene perfectamente estudiado qué pasaba en ese momento en las historietas de cada uno de los 20 ó 25 personajes que aparecen en este tomo (luego serán muchos más) y se hace cargo de todo, incluso de historias chotísimas y cuasi-inexplicables, de esas que abundaban bastante en los comics de la “Golden Age”. Si la historia transcurre en Enero del ´42, Thomas sabe que –ponele- el Dr. Mid-Nite no puede aparecer, porque en una aventura ambientada en Enero del ´42 y publicada en esa época, nos lo mostraban de viaje por Africa. Esto está armado con tanta disciplina y tanto respeto, que si llegás al final de All-Star Squadron sin caer en la tentación de empezar a leer los comics de los ´40 de todos estos personajes, es porque realmente nunca en tu vida los vas a leer. Yo, por suerte, zafé. Pero posta, en más de una ocasión me dieron ganas, sobre todo cuando Thomas se desloma para darle onda y coherencia a los personajes más pedorros, a los que en los ´40 tuvieron poquísimas apariciones, siempre en historias cortitas y menores.
Si sos fan de larga data de DC, seguro ya tenés All-Star Squadron completa, porque es una serie que en los ´80 acumuló una chapa más que considerable. Si sos fan de Marvel y querés ver qué hizo Roy Thomas cuando se fue a DC, creo que también te va a gustar. Si te copa la Segunda Guerra Mundial y querés leer una versión alternativa, en la que los superhéroes cumplen un rol que no es el que te imaginás, también te la recomiendo. Si te gusta el comic clásico de superhéroes, así, a secas, dale nomás. Y si sos fan del inmenso Jerry Ordway, no te pierdas All-Star Squadron porque acá es donde empieza la leyenda. Quiero ya más Showcases de esta serie, así termino de reemplazar a las revistitas, a las que hice guita hace varios años.
¿Y qué onda las historias? La verdad, se bancan decorosamente el paso de las tres décadas y monedas. La consigna está buena: un comic ambientado en 1941 y en Tierra-2, donde los superhéroes aparecieron a fines de los ´30. Y con un detalle limado más: los protagonistas no son los héroes más grossos (o sea, los de la Justice Society), sino que el guionista Roy Thomas dedica buena parte de estos 19 episodios a darle chapa a los héroes menores, que existían en 1941 pero jugaban en la C, y a personajes nuevos, retro-injertados en este período. Lo más notable es la cantidad de referencias que maneja Thomas: por un lado, se nota que escribía esta serie con los diarios de 1941 en el escritorio, porque de ahí saca nombres de ministros, generales, sucesos de la Segunda Guerra Mundial, cosas relacionadas a la misma que pasaban dentro de EEUU, noticias de celebridades, deportes, etc. No hay un sólo detalle, ni el más mínimo, que te haga ruido en cuanto a la autenticidad y la veracidad de que estamos en 1941.
Bueno, sí. En nuestro 1941 no había superhéroes... Y esa otra referencia Thomas también la maneja a la perfección. Además de los diarios, el guionista tiene perfectamente estudiado qué pasaba en ese momento en las historietas de cada uno de los 20 ó 25 personajes que aparecen en este tomo (luego serán muchos más) y se hace cargo de todo, incluso de historias chotísimas y cuasi-inexplicables, de esas que abundaban bastante en los comics de la “Golden Age”. Si la historia transcurre en Enero del ´42, Thomas sabe que –ponele- el Dr. Mid-Nite no puede aparecer, porque en una aventura ambientada en Enero del ´42 y publicada en esa época, nos lo mostraban de viaje por Africa. Esto está armado con tanta disciplina y tanto respeto, que si llegás al final de All-Star Squadron sin caer en la tentación de empezar a leer los comics de los ´40 de todos estos personajes, es porque realmente nunca en tu vida los vas a leer. Yo, por suerte, zafé. Pero posta, en más de una ocasión me dieron ganas, sobre todo cuando Thomas se desloma para darle onda y coherencia a los personajes más pedorros, a los que en los ´40 tuvieron poquísimas apariciones, siempre en historias cortitas y menores.
Si sos fan de larga data de DC, seguro ya tenés All-Star Squadron completa, porque es una serie que en los ´80 acumuló una chapa más que considerable. Si sos fan de Marvel y querés ver qué hizo Roy Thomas cuando se fue a DC, creo que también te va a gustar. Si te copa la Segunda Guerra Mundial y querés leer una versión alternativa, en la que los superhéroes cumplen un rol que no es el que te imaginás, también te la recomiendo. Si te gusta el comic clásico de superhéroes, así, a secas, dale nomás. Y si sos fan del inmenso Jerry Ordway, no te pierdas All-Star Squadron porque acá es donde empieza la leyenda. Quiero ya más Showcases de esta serie, así termino de reemplazar a las revistitas, a las que hice guita hace varios años.
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martes, 17 de agosto de 2010
17/ 08: ESSENTIAL FANTASTIC FOUR Vol.8

Sigo firme en mi postura de deshacerme de las revistas de los ´70 a medida que Marvel las reedita en Essentials. Me hice fan de este formato, y lo banco a muerte.
Acá ya estamos en un punto de la evolución de Fantastic Four (n°s 160-183) donde la palabra “Essential” ya nos queda un poco grande. Acá de esencial hay poco y nada, y nadie se muere si no lee en su puta vida las sagas recopiladas en este tomo. Y todo eso, sin ser espantoso ni mucho menos. A diferencia de la mayoría de los comics de la Verdul Age, acá hay algo así como una dirección. Roy Thomas (guionista de 24 de los 26 comics que trae el Essential) era un experto en mantener el status quo de una serie con elegancia, sin revolucionar nada, pero siempre con ideas que mantuvieran a la revista en ese falso avance, esa ilusión de que va para adelante, aunque siempre estemos igual de lejos del final que cuando empezamos. Para lograr la ilusión, recurre a algunos giros arriesgados: Ben pierde los poderes y se mete en un traje artificial de Thing hasta que los recupera. Reed pierde los poderes y no sabemos cómo los va a recuperar (hasta el próximo tomo, obvio). Sue ve cómo sus poderes aumentan, Johnny conoce a Frankie Ray, Power Man reemplaza a Ben un par de números y Galactus se lastra el planeta del Impossible Man, tras machacarse con el High Evolutionary. En el medio, desfilan algunos villanos clásicos, hay nuevos viajes en el tiempo, nuevos planetas y nuevas tierras paralelas, como para que el interés no decaiga, si bien todo lo que sucede en estas aventuras ya había sucedido (con mínimas variaciones) en los 15 años anteriores.
La saga más pedorra es la que mezcla a FF y Marvel Two-in-One (la revista de team-ups de Thing) en un crossover que lleva al cuarteto a la Segunda Guerra Mundial a pelear junto con los Invaders y la Liberty Legion, obviamente contra villanos nazis. Y es raro que esto suceda, porque ese período histórico y esos héroes de la Golden Age siempre fueron una cancha en la que Thomas jugó de local, y sacó grandes resultados. Bueno, acá se comió una goleada histórica. Y lo mejorcito lo tenemos en los n°s 168 y 169, cuando Luke Cage se instala en el Edificio Baxter y Ben se siente un inútil completo, a quien nadie quiere, respeta ni teme ahora que no es anaranjado y de piedra. Hubiese estado bueno tener al morocho barriobajero como miembro del cuarteto varios números más, pero el miembro más popular, el que hacía delirar a la hinchada, era Thing y sin Thing no íbamos ni a la esquina.
Como atractivo extra, muchas de estas historias están dibujadas por el maestro George Pérez. No es el Pérez glorioso de los ´80, todavía falta un toque. Pero en su primera incursión en un título importante, el prócer sale con los tapones de punta y no se priva de absolutamente nada. Acá ya se le nota la pasta de ídolo, la pasión y el talento a siete cuadras de distancia. También hay aportes de Rich Buckler (de quien Pérez fuera alumno y aprendiz), John Buscema, Sal Buscema y Ron Wilson, pero los cambios de dibujante son virtualmente imperceptibles, porque el entintado está casi siempre cargo de Joe Sinnott, una verdadera aplanadora que impone su línea perfecta, dinámica y finoli sobre todos los lapicistas. En la saga de la Segunda Guerra Mundial, donde no está Sinnott, se nota mucho más la diferencia de nivel entre un maestro como John Buscema y un dibujante del montón como su hermano Sal. Y en el episodio en el que el nefasto Vince Colletta sodomiza a los lápices de Pérez, vas a ver un Hulk, un Reed y un Johnny que se van a sumar de por vida al elenco estable de tus pesadillas. Ni a propósito se puede estropear tan mal un comic tan bien dibujado…
Bueno, esto no es clásico, ni mucho menos. Es lo que había a mediados de los ´70, cuando la fórmula mal que mal funcionaba y el público no exigía mucho más. Si sos fan de los superhéroes clásicos lo vas a soportar sin mayores inconvenientes (porque en ningún momento te faltan demasiado el respeto) y si sos fan de los Fantastic Four por ahí hasta te parece copado (sólo porque más adelante vendrán historias mucho peores). Ah, y si sos fan de George Pérez, tirate de cabeza, que acá también el ídolo puso todo lo que tenía.
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