
Descubrí al maestro suizo Frederik Peeters hace varios años, pero nunca había leído sus obras más importantes, Lupus y la que hoy nos ocupa.
Imposible no relacionar desde temprano a Peeters con Pierre Wazem, su compatriota y amigo, a quien descubrimos con Como un Río. Las similitudes gráficas y narrativas son muchísimas, aunque –como señalamos en la reseña de Como un Río- Wazem es un poco más salvaje, se zarpa un poco más. Peeters, en cambio, es todo equilibrio. Su manejo del blanco y negro es perfecto, se le nota el dominio molecular del pincel y del plumín, como si dibujara directamente en tinta, sin lápiz previo. Cuesta creer que abajo de lo que vemos impreso, alguna vez hubo un boceto dibujado con algo que no sea tinta. El estilo de Peeters funciona por todos lados: realismo para los fondos, expresionismo y soltura para los personajes, manchas y complejidad para los paisajes, simplicidad y claridad para las expresiones faciales. Sumémosle un inmejorable tempo narrativo, un montón de truquitos que le salen bien (como el de llevar al extremo el plano detalle para que una figura se convierta en otra, que le va a servir como elemento narrativo en la secuencia siguiente) y un criterio acertadísimo para romper el esquema de tres tiras (casi siempre divididas en 6 viñetas) y vamos a estar frente a un libro visualmente fascinante, lleno de imágenes y secuencias pensadas para quedarse a vivir en tus retinas durante mucho, mucho tiempo.
Pero Píldoras Azules no pasó a la historia ni consagró definitivamente a su autor por estar bien dibujada. Lo que armó revuelo, lo que llamó la atención y la puso en boca de todos es el tema, el eje central del argumento: Frederik, el dibujante medio loser de veintimuchos, y su relación sentimental con Cati, una chica un par de años mayor que él, que tiene un hijo chiquito producto de una relación anterior, que al igual que ella es portador del virus VIH, más conocido como el SIDA. ¿Ves? Ahí tiene sentido ponerse autobiográfico! ¿Con cuántas minas que tenían hijos saliste? ¿Dos, tres, cinco? ¿Cuántas tenían VIH? ¿Y cuántas tenían un hijito con VIH? Seguro que no viviste lo que vivió Peeters, y seguro que te va a interesar su historia.
Ojo, no confundamos originalidad con calidad. Píldoras Azules no es excelente por hablar de la relación entre Frederik y su novia con VIH. Se pueden hacer comics (y novelas y películas) chotísimas sobre ese tema. Es excelente por cómo Peeters aborda el tema, por cómo (y desde dónde) nos cuenta lo que pasa en esa pareja/ familia, por cómo gambetea la linealidad documental para mechar recuerdos, reflexiones y hasta secuencias oníricas que terminan de completar el mapa de los sentimientos de Frederik frente a Cati, su hijo y su enfermedad. Peeters elude también la sensiblería, no se postula para la canonización por amar a una chica infectada, no la muestra a ella como un objeto de lástima, ni como una zorra pecaminosa a la que Dios condenó por su lujuria. No la juzga, solamente la ama.
Y por ahí pasa lo más conmovedor de la novela, por la relación entre Frederik y Cati. Los sustos, el miedo al contagio, la bronca y la impotencia de saber que tanto ella como su hijo van a depender ad infinitum de las píldoras azules para mantener a raya al virus… todo eso está, pero es un complemento, no es lo central. Lo central es esta celebración de la vida y del amor que propone Peeters y que seguro te va a llegar. Porque es humana, porque es sincera, porque por momentos es graciosa, porque está llena de grandes diálogos y metáforas ingeniosas, y porque está dibujada como la mega-San Puta por un monstruo de descomunal talento narrativo. Ojalá la pasión sea contagiosa y esta reseña te transmita el virus de la Peeters-filia.