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miércoles, 13 de noviembre de 2024
NUEVAS LECTURAS
Bueno, pude avanzar un poco más con las lecturas pendientes, un poco gracias a la presión que ejercen esas pilas de libros que me miran con cara de "dale, boludo, hace un año que estoy acá sentado"...
Empiezo con un clásico argentino, de dos autores que ya no están. Entre 1977 y 1978, Alfredo Grassi y Lucho Olivera realizaron para la revista Tit-Bits los once episodios de Ronar, que ahora Deux recopiló en libro. La edición tiene un problema grave, que es que nadie se tomó el laburo de re-rotular las historietas, y el rotulado manual de los años ´70 no solo no se ve lindo, sino que además aparece mordido, como si por momentos las letras se rompieran. El dibujo, por suerte, se ve bastante mejor, pero el rotulado quedó definitivamente por debajo de lo que se espera de un libro que sale a la venta al precio que Deux le puso a Ronar.
La historia en sí me pareció bastante entretenida. No tiene una lógica interna incuestionable, pero lo compensa con un ritmo de aventura de palo-y-palo que la hace digerible incluso 45 años después de su creación. Básicamente estamos ante un "Gilgamesh con machaca". Si a las aventuras de Gilgamesh le faltaban acción, peleas, explosiones, espadazos y violencia en general, acá Grassi toma nota y corrige esa falencia. Nunca se explica cómo un tipo normal, entrenado para ser Neal Armstrong o Buzz Aldrin, se convierte en poquísimas páginas en una especie de Conan, pero no importa. La aventura impone sus reglas y Ronald Arlton se calza la pilcha de guerrero imbatible, al mejor estilo Nippur, pero con esa cosa filosófica, trascendental y hasta melancólica de Gilgamesh, porque es un hombre desplazado en el tiempo y el espacio, eterno extranjero en una época que no es la suya.
Los textos de Grassi muestran una gran elaboración, con momentos dignos de Robin Wood, y nos invitan a pensar en el destino, su carácter inevitable, y las consecuencias de rebelarse ante él. La dimensión trágica del héroe no se hace densa ni melodramática, los villanos (que también me hicieron acordar a elementos presentes en la saga de Gilgamesh) son interesantes, y en todo caso se lamenta (como en casi todas las historietas de aquella época) el rol lamentable que le reserva la trama a los personajes femeninos. El resto está bien, es una buena mezcla de ciencia ficción con espada y brujería, héroes de la jungla, dinosaurios, piratas, ángeles caídos... un menú bastante completo para el fan de la fantasía, pensado para pibes de 14-15 años de 1977 pero bastante aceptable para el lector actual.
Y el dibujo de Lucho es sencillamente glorioso. Esto es justo anterior a la etapa de Gilgamesh escrita por Wood, y el dibujo de Lucho está a ese mismo y excelso nivel. A veces, los rasgos faciales de Ronar cambian bastante de una viñeta a otra, pero es un detalle menor. Estas páginas están llenas de los mejores yeites del genial correntino y transmiten toda la fuerza de su trazo como pocas veces. Hay momentos más sutiles, más jugados a los climas y momentos bien épicos, donde todo es espectacularidad y grandilocuencia. Hay emoción, hay machaca de todos los colores y para todos los gustos y hasta hay recursos muy bien aplicados en esas viñetas en las que Grassi se va al carajo con la cantidad de texto y a Lucho el queda muy poquito espacio para dibujar. Los fondos son increíbles, las naves, los templos, las armaduras... este es un Lucho exuberante, generoso en detalles y texturas imposibles y con un repertorio variadísimo de enfoques para acentuar el vértigo y el dinamismo de las batallas. Aunque los guiones no te atraigan para nada, esto vale la pena para disfrutar a pleno del trabajo de un Olivera tocado con la varita mágica.
En Octubre de 2017, en la ciudad de Las Vegas, un loco de mierda ametralló a una multitud durante un espectáculo musical, mató a 58 personas y dejó a más 500 heridas. Cosas maravillosas que solo pasan en Estados Unidos, obviamente. En 2018, Image lanzó una antología, impulsada por J.H. Williams III y coordinada por Will Dennis, llamada Where We Live, a beneficio de los sobrevivientes de la masacre de Las Vegas. Y como es costumbre, un montón de autores aportaron historietas breves, textos, ilustraciones, lo que venga. El resultado es un libro de casi 350 páginas... en el que la mitad del material o no me interesó, o me pareció bastante choto (menos mal que lo conseguí de oferta). Por suerte, entre el material atractivo hay varias gemas, y me quiero concentrar en destacar esos trabajos que me emocionaron o me sorprendieron.
La de Joshua Dysart y Pere Pérez está muy bien. La de Fábio Moon es una belleza, seguramente de lo mejorcito que ofrece el libro. Otro brazuca, el enorme Gustavo Duarte, te pinta la cara en apenas dos páginas mudas. Capo total. Un guionista al que no conocía, Rafael Scavone (me suena a que también es brazuca), forma equipo con el gran Rafael Albuquerque para otra historieta brillante. Muy linda también la de Amy Chu y Gabriel Walta, me dejó con ganas de que durara más páginas. J.H. Williams convierte en historieta a un poema de Neil Gaiman precioso, al que le añade unas imágenes sugestivas y conmovedoras. La de Brandon Graham es un toque delirante, pero está muy bien. Una grata sorpresa fue la de Brian Haberlin, autor por el que nunca di dos mangos, pero que acá me conmovió con siete páginas muy hermosas. Greg Pak, consagrado guionista, se anima a dibujar así nomás, en su estilo "nene de tercer grado", y le sale bien porque lo que tiene para contar está muy bueno.
También entre la papa más fina hay que poner a la historia escrita por James Robinson, con dibujos de Dean Kotz y Stefano Gaudiano, una verdadera gema. La de Ivan Brandon y Paul Azaceta agarra para el lado de la ironía y el delirio y también da muy buen resultado. Otra gran historia corta es la del siempre competente Cameron Stewart, tres paginitas difíciles de olvidar. No conocía a la guionista Lela Gwenn, pero su aporte, junto al dibujante Matthew Dow Smith, me pareció muy, muy grosso. Muy bien también por Matt Hawkins y Aaron Campbell, gran trabajo. La de J.M. DeMatteis, protagonizada por él mismo, está tan bien escrita, que no importa que la dibuje un cuatro de copas como Mike Cavallaro. Y dejo para el final dos glorias más: la de Rob Williams y Javier Pulido (un experimento que salió maravillosamente bien) y un team-up entre titanes: Kurt Busiek y Andrew McLean, que no podía fallar y no falló. Otra que ojalá durara mucho más y desarrollara hasta el infinito a esos personajes y esos conceptos.
Como suele suceder, tambén hay dibujantes que dieron lo mejor, pero tuvieron mala suerte con los guiones. Es el caso de Tyler Boss, Tom Fowler, Darick Robertson, Richard Pace, Ariela Kristantina, Ryan Kelly, Jamie McKelvie, Cliff Chiang, Dustin Weaver, Joëlle Jones, Michael Gaydos, Gabriel Rodríguez, Andrea Mutti, Sean Phillips, Al Davison, Chris Wildgoose, Phil Hester y Tess Fowler, capos y capas a los que uno sigue a todas partes, pero que acá se quedaron afuera del cuadro de honor por dibujar guiones pedorros. ¿Vale la pena comprarse el libro? Si lo ves barato, sí.
Y hasta acá llego, por hoy. Gracias totales y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.
sábado, 30 de diciembre de 2023
FIN DE AÑO CLÁSICO
Bueno, no me alcanzaron los días del 2023 para leer todas las publicaciones que salieron este año acá en Argentina. Pero bajó bastante el pilón de los pendientes. Estos son los dos últimos libros que logré leer.
Empiezo por Planeta Rojo, un compilado de Deux que trae los cinco episodios de esta serie publicados en Skorpio en 1979, junto a tres historias unitarias de ciencia ficción de la misma dupla autoral, que está integrada por Alfredo Grassi en guiones y Lucho Olivera en dibujos. Me acuerdo que cuando empecé a laburar en Skorpio y a interiorizarme en ese universo, Planeta Rojo era (como La Maga) una serie emblemática de la era de oro de la mítica revista, uno de esos picos que había alcanzado años atrás y a fines de los ´80 ya quedaban medio lejos. O por lo menos así te la vendían. Ahora que finalmente la leo toda de un saque, la verdad que la encontré bastante inconsistente. Primero porque no es una serie episódica clásica: los personajes no se repiten de un episodio a otro. Lo único que los engloba es que siempre hay personajes terrestres envueltos en tramas que transcurren en Marte.
Y son tramas que -leídas hoy- no suenan muy originales. Hay dos bastante atractivas ("Corrosión" y "Primer Contacto"), pero si ya leíste The Martian Chronicles de Ray Bradbury, o el manga 2001 Nights de Yukinobu Hoshino, no te van a sorprender ni el desarrollo ni el tono que elige Grassi para narrarlas. Por si faltara algo, acá Grassi escribe como si fuera un clon de segunda marca de Robin Wood, con bloques de texto que imitan alevosamente el estilo del ídolo paraguayo. El quinto y último episodio trae la novedad de que no está escrito por Grassi, sino por Ricardo Barreiro, y se nota muchísimo el cambio estilístico. Barreiro impone su prosa adusta (mucho más terrenal, sin ínfulas poéticas) y su crudeza característica para abordar los relatos bélicos. "Los Clones" es un típico unitario de Barreiro, con trágicas batallas entre máquinas y soldados futuristas, de esos que solía dibujar el maestro Juan Giménez. Finalmente, de las tres historias cortas de Grassi y Olivera, la única que rescato es "Amigos", cuyo guion está brutalmente estirado para que ocupe 12 páginas, cuando podría haberse contado tranquilamente en cuatro o seis, a lo sumo.
¿Por qué tiene sentido este libro? Porque el dibujo de Lucho es superlativo, brillante, glorioso, insuperable. Esto está, sin ninguna duda, al nivel de los mejores trabajos del inolvidable dibujante correntino. No tiene altibajos de los que a menudo se veían en sus historietas para Columba, no tiene tiradas a chanta, no tiene fallas en la narrativa, acá hay sólo magia y belleza, imaginación y delirio. Por ahí te jode que en los primeros planos Lucho use fotos de actores yankis como referencia para las caras de los personajes, pero la verdad que es un detalle muy menor. Visualmente, Planeta Rojo es una aplanadora, un festival de talento que brota de la pluma de Lucho de un modo inexplicable e indefinible. Por suerte, la reproducción es bastante decente y no se pierde la sutileza de la línea del ídolo. El moco grosero (en un libro de Deux rara vez nos privamos de estos lujos) está en la solapa donde aparece la foto de Alfredo Grassi, seguida de la biografía de Ray Collins. Sí, en serio. A ese nivel llegan los errores de esta editorial bochornosa hasta cuando rescata clásicos importantes como este. De todos modos, si sos fan de Lucho no queda más opción que poner el culito y dejarte vacunar, porque son casi 100 páginas en las que lo vas a ver perforar su propio techo y alcanzar unas cotas de calidad impensadas para una historieta de corte industrial realizada hace 45 años.
La reedición de los primeros 15 episodios de Khrysé, en cambio, está mucho más cuidada. Tiene algún error menor en el prólogo de Ricardo de Luca ("Franck" Spillane, Grace "Henrisen"...) pero la historieta está muy bien reproducida, con un rotulado nuevo muy competente y sin los horrendos colores que le pusieron en Columba cuando la serializaron en la revista D´Artagnan a partir de 1991.
Al igual que Planeta Rojo, en Khrysé también destaco al dibujo como su principal atractivo. Acá el que la rompe toda es el maestro Alfredo Falugi, en una etapa en la que su trazo era una amalgama perfecta entre Cacho Mandrafina y Lito Fernández, con lo mejor de ambos próceres. Por momentos, Falugi tira algunas magias que me recordaron también a Enrique Breccia, Jorge Zaffino o incluso a Alex Toth. Su manejo del claroscuro arranca muy arriba y se afianza con el correr de los episodios. Las páginas están armadas con una grilla que rara vez se altera (cuatro tiras de dos cuadros, al estilo Hugo Pratt) y Falugi no sólo se las ingenia para narrar de modo ágil y entretenido dentro de ese esquema tan rígido, sino que alguna que otra vez se caga en el esquema y ofrece puestas más impactantes, donde el dibujo (y sobre todo la acción, que abunda en las aventuras de Khrysé) se luce mucho más. Si nunca te enganchaste con el dibujo de Falugi, acá te vas a enamorar de su estilo... y en un par de años (para 1993-94) lo vamos a ver pegar nuevos saltos de calidad hasta convertirse en un verdadero monstruo que además producía una cantidad ingente de páginas sin bajar nunca la vara.
En cuanto a los guiones de Manuel Morini, me encontré con buenas ideas, aventuras sólidas, dinámicas, bastante poco obvias y sobre todo con un personaje (la protagonista) muy bien trabajado. Me la bajó un poco descubrir que aburren los bloques de texto en los que (cómo no) Morini intenta sin éxito reproducir la prosa florida y cautivante de Robin Wood. Por suerte esto se publicó a principios de los ´90, cuando las historietas de Columba ya empezaban a desembarazarse de esa tradición de los masacotes de texto extensos y pretenciosos (o totalmente innecesarios, como el globo de pensamiento del sexto cuadro de la página 70) y a apostar por una narrativa más ágil, menos sobrecargada.
El balance general de Khrysé es bueno, por encima de lo que esperaba cuando compré el libro. Y si pensamos que es una historieta realizada para Columba a principios de los ´90 (ya lejos del período de esplendor de la editorial), los logros de Morini y Falugi cobran todavía más dimensión. Ojalá la editorial Duma ofrezca pronto un segundo tomo de esta serie que -sin ser un clásico definitivo de la historieta argentina- me brindó un rato de entretenimiento que disfruté y me enganchó bastante.
Nada más por este año. Mil gracias a los que ya pasaron por https://comiqueandoshop.blogspot.com/ a descargar la nueva Comiqueando Digital, y los que todavía no lo hicieron, anímense que no se van a arrepentir. Feliz 2024 (en la medida de lo posible) y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog, que -gracias al aguante de ustedes- en cualquier momento arranca su decimoquinta temporada.
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jueves, 12 de mayo de 2022
JUEVES OCHENTOSO
Tengo otros dos libritos leídos, listos para reseñar, y son dos historietas creadas en los gloriosos años ´80.
Empezamos en Inglaterra, con una gema del underground de ese país, que tiene a Hunt Emerson como uno de sus maestros emblemáticos. Emerson tiene varias obras grossas, y un personaje muy popular, que fue Calculus Cat (acá apareció en algunos números de Puertitas, a principios de los ´90), paradójicamente surgido en 1982 en revistas de Estados Unidos.
Este álbum recopila 54 planchas originalmente realizadas para distintas publicaciones, y que componen una "saga", o mejor dicho, están atravesadas por una temática común: la relación entre Calculus y su televisor. Que en realidad es la forma que encuentra Emerson para hablar de la relación entre nosotros y los medios masivos de comunicación. El resultado es demencial, arrebatado, furibundo, tremendamente gracioso y sobre todo incómodo, porque por debajo del humor, la violencia y el absurdo, hay un mensaje muy potente, que tiene que ver con la idiotización de las masas, el bombardeo de la publicidad y el vínculo adictivo que genera la tele.
Calculus es un gato como podría ser un caballo, un pájaro carpintero o una cucaracha. Emerson lo dibuja en forma de gato, pero las actitudes y aptitudes del personaje son las de un ser humano común y corriente. En las pocas escenas que transcurren en la calle, vemos que este mundo está poblado de criaturas extrañas, y que el único personaje con rasgos de ser humano más o menos "real" es el locutor que le habla a Calculus desde la pantalla del televisor. Ese locutor es lo más parecido a un antagonista, o incluso a un personaje secundario, que vamos a encontrar en estas páginas. En las escenas que no son mudas, Calculus habla solo, o con este personaje al que (muy a su pesar) no puede tocar (ni atravesar con armas blancas).
Hunt Emerson es un dibujante bestial, desaforado. El tipo depuró el estilo del Robert Crumb de los ´70, lo combinó con algo de la magia y la idiosincrasia deforme de George Herriman y con ese ritmo hiperkinético de los mejores cortos animados de los Looney Tunes. Sus figuras son plásticas, hiper-expresivas. Su blanco y negro es vibrante, de un impacto gráfico apabullante, su manejo del timing narrativo es impecable, sus pantomimas son hipnóticas, sus diálogos filosos y muy cómicos. Acá vemos a un autor con una imaginación desbordante, abocado a hablarnos de algo absolutamente cotidiano y real como es el consumo acrítico de lo que nos ofrece la tele. Una combinación explosiva, a la que le sobran recursos humorísticos de toda clase para llegar a donde Emerson quiere ir, que es a que nos caguemos de risa de algo que nos debería generar una reflexión profunda y (en una de esas) amarga.
No creo que este sea un álbum fácil de conseguir, pero realmente vale la pena buscarlo.
Me vengo a Argentina, año 1986, cuando Lucho Olivera retoma (una vez más) la extensa saga de Gilgamesh el Inmortal en las páginas de la revista D´Artagnan, ahora en dupla con el prolífico guionista Ricardo Ferrari. Ya reseñamos varios de los álbumes de Gilgamesh que van antes de esta etapa e incluso uno que va después. Pero bueno, acá se edita así, mezcladito y sin la etapa de Robin Wood (que va entre la original y esta), que es lejos la mejor.
Como ya había hecho el prócer paraguayo, Ferrari se toma la atribución de desconocer parte de la historia narrada por sus antecesores, como para poder llevar la saga a donde a él le interesa ir. Por lo menos en estos primeros episodios, Gilgamesh es una serie claramente enrolada en la ciencia-ficción clásica, fría, cerebral, con énfasis en la vida cibernética, las naves espaciales y los viajes interestelares. Como en las etapas anteriores, el inmortal habla solo, no para de lamentarse por su condición, y cada tanto cambia angustia por violencia. Acá incluso se convence de que se está volviendo loco.
La acción es bastante escasa: a Ferrari pareciera interesarle más el conflicto interno del personaje que mandarlo a combatir con villanos o monstruos alienígenas. El ritmo es respetuoso de la ciencia-ficción dura, o sea, va muy lento: Gilgamesh se da cuenta de que está en la luna al final del cuarto capítulo, y para el final del séptimo todavía no logró poner un pie en la Tierra. No es algo incoherente, pero sí raro, si pensamos a la velocidad que narraban Olivera y Sergio Mulko cuando estaban a cargo de los guiones. Los bloques de texto de Ferrari están muy logrados, y sobre todo bien dosificados. No agobian para nada, ni sentimos que la voz en off le dispute el protagonismo a Gilgamesh o a sus peripecias. Los diálogos... son un poquito más arduos, porque repiten mucho las palabras. En una misma página, por ejemplo, encontré estas gemas:
-"No hay más terrestres... no hay más".
-"Estoy solo... absolutamente solo".
-"Una nave... una nave... una nave para volver a la Tierra".
El dibujo de Lucho Olivera es -una vez más- muy desparejo. Los dos primeros episodios están a un nivel no precario, pero muy inferior a lo que vimos en la etapa junto a Robin Wood. Después mejora un poco y para el final ya estamos cerca del Lucho que a mí más me gusta, que es el que trabajaba con Alfredo Grassi, Eduardo Mazzitelli o Emilio Balcarce para Skorpio. Pero claro, en Skorpio no le pedían páginas de 10 viñetas y acá sí. Hay varias de esas, donde no hay verdadero espacio para que se luzca el dibujo. Algunos planos se repiten bastante, pero en la segunda mitad del libro, cuando Lucho dibuja mejor, eso pasa a ser irrelevante. En esos episodios finales, el correntino empieza a tirar magia y te vuelve loco con esas texturas, esos detallitos y sobre todo con su manejo demoledor del claroscuro, que acá finalmente podemos apreciar porque no lo opacan los horrendos colores de las revistas de Columba.
Estoy casi seguro de que Doedytores publicó algún tomo más de Gilgamesh a cargo de Lucho y Ferrari, que yo no me compré por las dudas de que este me pareciera muy choto. Y la verdad que este, si bien no me divertí demasiado, no puedo decir que sea choto. El dibujo va mejorando, el guion tiene buenas ideas y buenos textos... le falta solo un poco más de onda al personaje y de ritmo a los relatos. Si más adelante Ferrari mete buenos personajes secundarios, buenos villanos o buenos conflictos, se puede hablar de una buena época para el mítico héroe. Veremos si me decido a entrarle a esas historias posteriores.
Y hasta acá llegamos. Nos vemos mañana viernes en la Biblioteca Nacional, en la entrega de los Premios Cinder.O en unos días, con nuevas reseñas acá en el blog.
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sábado, 3 de julio de 2021
28 de JUNIO al 4 de JULIO
Esta semana (como ya casi es costumbre) leí poca historieta. Estoy bastane cebado leyendo textos SOBRE historieta, y además le estoy entrando a algunas revistas (básicamente antologías europeas de los ´80) que no suelo reseñar en este espacio.
Arranco en Argentina, década del ´90, cuando en medio de la debacle de la editorial Columba a alguien se le ocurre que es un buen momento para hacer volver (una vez más) a Gilgamesh, el Inmortal, la gran creación de Lucho Olivera, que era un emblema de la editorial desde fines de los ´60. Así, Lucho forma equipo con el veterano maestro Alfredo Grassi (uno de los guionistas más prolíficos de la historia del comic sudamericano) para realizar cinco episodios que se publican entre 1997 y 1998 en la revista D´Artagnan.
Probablemente por lo difícil que resultaba cobrarle a Columba en aquellos años, el compromiso de Olivera es poco y va decreciendo. Por momentos se nota y se disfruta su mano maestra, su obsesión por los detalles, su plasticidad, la originalidad de sus angulaciones, la fuerza que le ponía a las expresiones faciales… y por momentos se extraña, y mucho, porque los asistentes que dibujan lo que no dbuja el maestro exhiben un nivel muy inferior. O sea que no faltan las páginas y las viñetas gloriosas, pero también hay muchas (sobre todo en el quinto y último episodio) totalmente carentes de imaginación, vuelo y onda.
Los guiones de Grassi empiezan con un salto al vacío, al plantear un reboot, un reinicio de la historia del personaje que lo habilita a dejar fuera del cánon todo lo narrado previamente por los autores anteriores. No era el primer reboot que sufría Gilgamesh, así que no es algo grave. Hay un cambio de registro respecto de lo anterior, ya que Grassi se juega menos a la ciencia-ficción y más a la mitología, con la aparición de dioses de la antigua sumeria. Pero se mantiene algo muy atractivo (sobre todo de la etapa escrita por Robin Wood) que es la posibilidad de ver a Gilgamesh en acción en distintas épocas del pasado histórico de nuestro planeta. Incluso tenemos algún que otro diálogo bien filoso (de los que Robin le haría decir a Dago) y esa otra rareza de los guiones del paraguayo, que es ir cambiando de narrador: a veces los bloques de texto los narra una entidad omnisciente, y a veces es el propio Gilgamesh el que cuenta en primera persona. En ninguno de los casos tenemos en los textos el nivel de lirismo al que nos acostumbró Robin Wood.
Esta etapa de Gilgamesh quedó trunca por los despelotes internos de Columba, y artísticamente no es ni fascinante ni deplorable. Está ahí, en un punto medio.Es aceptable para cualquier consumidor de historieta industrial de aventuras y muy importante para el fan incondicional de Gilgamesh, porque acá están sus últimas apariciones, y no a cargo de Juan Carlos Nadie, sino del propio Lucho Olivera y de un guionista más que competente como era Alfredo Grassi.
Salto a Japón, año 2011, cuando el glorioso Jiro Taniguchi se decide a adaptar al manga una novela de Itsura Inami titulada “St Mary´s Ribbon”. Básicamente es la historia de un tipo solitario que la juega de detective hard boiled y se dedica a recuperar perros perdidos o robados, generalmente perros de caza. A lo largo de casi 230 páginas veremos a Ryumon aceptar a regañadientes y resolver sin despeinarse un par de casos, principalmente el del robo de un perro lazarillo, adiestrado para acompañar a una chica ciega.
Además de la sublime calidad del dibujo de Taniguchi, me llamaron la atención tres cosas: 1) cómo la historia se resuelve no sólo sin violencia, sino casi sin darle protagonismo al conflicto, 2) la bola que le da Inami –y por ende Taniguchi- a la faceta didáctica de la historia, a brindarnos muchísima información, muy detallada y (sospecho) fruto de una investigación exhaustiva acerca de cómo se adiestran los perros para convertirlos en lazarillosy cómo se establecen los vínculos entre ellos y las personas ciegas a las que asistirán y complementarán. Y 3) algo que a esta altura ya no debería sorprenderme, que es la sobriedad, la parsimonia, el desparpajo con el que Taniguchi se anima a contarnos momentos de la historia en los que virtualmente no pasa nada. Tiempos muertos, conversaciones y silencios que cualquier autor occidental omitiría a través de la elipsis, Taniguchi la dibuja con su paciencia santa y su precisión apabullante, para contribuir a la sensación de que esto que estamos viendo lleva tiempo, es un proceso complejo, que por momentos parece no avanzar. Y que la vida del detective (especialmente en una zona cuasi-rural como la que eligió Inami para ambientar esta historia) no es precisamente una vorágine de acción y aventuras, sino que va a un ritmo mucho más pachorro.
Hay un segundo tomo de El Sabueso, en el que Taniguchi adapta otra novela de Inami (creo que protagonizada una vez más por Ryumon), y lo tengo ahí, en el estante de las lecturas pendientes, así que pronto lo veremos por acá.
Esto es todo por hoy, pero prometo para mañana la reseña de la película de Black Widow que llega el jueves a los cines. Gracias y hasta mañana.
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Lucho Olivera
sábado, 1 de agosto de 2020
NIPPUR DE LAGASH Vol.20
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lunes, 20 de julio de 2020
NIPPUR DE LAGASH Vol.19
¿Hoy es lunes, no? ya ni
me acuerdo en qué día estamos.
Bueno, tengo para comentar
otro tomo del coleccionable de Nippur de Lagash, con otras siete historietas de
fines de 1974 y principios de 1975. A ver qué hay ahí adentro.
La primera historieta
tiene un guión aceptable, porque en algún momento genera algo así como una
tensión. No es uno de esos conflictos light que Nippur va a resolver de
taquito. Una vez más, Robin Wood comete su pecado favorito: presentarnos a un
personaje secundario de inmenso potencial y no usarlo nunca más. El dibujo de
Sergio Mulko no sólo no brilla, sino que además se mete solito en unos bretes
narrativos complicadísimos, que requieren a veces de flechitas y a veces de una
cuota de imaginación por parte del lector para deducir en qué orden hay que
leer las viñetas. Imperdonable por completo.
La segunda historia tiene
un guión choto, predecible, con menos emoción que esos torneos de España en los
que Barcelona o Real Madrid le llevan 14 puntos al que va segundo. El dibujo de
Ricardo Villagrán no está mal, tiene momentos muy buenos, pero entre tantas
páginas de 12 viñetas iguales y chiquititas, parece que uno está leyendo un
álbum de estampillas.
La tercera es una aventura
decididamente liviana, incluso con varios momentos en los que la comedia le
gana al tono solemne que prevalece en la serie. El argumento es uno más del
montón, no se destaca demasiado. Y el dibujo de Mulko es flojo, muy eclipsado
por las montañas de texto y por el hecho de tener que armar páginas con 13
viñetas microscópicas.
La cuarta historia es
rara. El guión es clásico pero correcto, también con algún momento en el que
sentís algo así como un peligro real para Nippur. El villano es interesante
(aunque, por supuesto) no llega vivo al final del episodio, y en todo caso lo
más problemático es cómo está plasmada la narración gráfica. Sobre quince
páginas, tres tienen una sóla viñeta, dos tienen una viñeta que ocupa casi toda
la página con un cuadrito microscópico en uno de los vértices y claro, casi
todas las páginas restantes están hasta las pelotas de cuadritos minúsculos y
masacotes de texto interminables. Esto mismo, mejor equilibrado, seguramente
quedaba mejor. En las páginas con una o dos viñetas, explota como pocas veces
el virtuosismo de un Lucho Olivera muy comprometido. En las páginas de 12
viñetas chiquitas, lógicamente no. Cerca del final, encontré una página
alucinante, por lo bien dibujada y por lo infrecuente que era esto en la
producción de Columba: cuatro viñetas widescreen, sin bloques de texto y con
apenas cinco globos de diálogo, todos muy escuetos. Me hubiese encantado leer
una historieta toda así, en vez de pendular entre las splash-pages y las
páginas de 12 micro-cuadritos.
La quinta historia es,
lejos, la peor. El argumento es choto, la cantidad de texto es grotesca, el
dibujo de Mulko es flojísimo, los bloques de texto empiezan relatados por una anciana
(personaje secundario con bastante peso en la trama) y a las pocas páginas
pasan a ser relatados por un narrador omnisciente que habla de la anciana en
tercera persona… Nada para rescatar.
La sexta levanta apenitas
la puntería, dento de un nivel de mediocridad ya preocupante. Por lo menos hay
menos bloques de texto, están todos muy bien escritos, y hay un sólo narrador
en off (Nippur). El dibujo de Mulko, muy desparejo, con algunas viñetas
realmente inadmisibles.
Y el tomo cierra con otra
aventura menor, en la que Nippur se limita a relatar sucesos que protagoniza
otro personaje (bien desarrollado y mejor aniquilado por Robin Wood), y que
–lógicamente- nos importan menos que las cosas que le pasan al sumerio. Dentro
de todo, es una historia llevadera, que incorpora un recurso no muy logrado,
pero que por lo menos rompe con lo habitual: el relato de Nippur es leído en el
presente por un sumerólogo a cuyas manos llegan tablillas antiquísimas,
escritas por el propio héroe de Lagash muchos siglos atrás. Así, Lucho Olivera
demuestra que además de dibujar bien la antigüedad clásica, puede dibujar bien
el último tercio del Siglo XX, aunque no sean más que un par de secuencias sin
acción y sin mucha variedad de locaciones o personajes. Acá hay otra página con
poco texto resuelta en cinco viñetas widescreen (dibujadas como los dioses) y
una página de 14 viñetas que explotan de texto y reducen al dibujo de Lucho a
su mínima expresión.
Bueno, es lo que hay. “Ya vendrán
tiempos mejores”, decía una vieja zurciendo un forro… Gracias por el aguante y
nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.
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sábado, 11 de julio de 2020
NIPPUR DE LAGASH Vol.18
Sigo adelante con la
lectura del coleccionable de Nippur de Lagash y esta vez me toca abordar el
vol.18, donde por primera vez en mucho tiempo volvemos a tener siete
historietas en vez de seis y unas ilustraciones de relleno. No es que las
historietas sean muy buenas, pero siempre es mejor que haya más páginas de
historieta y menos de pelotudeces varias. Vamos a repasar, a ver qué se puede
rescatar.
La primera es la nada
misma, un argumento poco interesante, una resolución blandita, y por supuesto
unos bloques de texto hermosos. La segunda es de esas que te dan bronca: Robin
Wood presenta un nuevo personaje, ambiguo, complejo, con matices interesantes,
que podría ser un enemigo recurrente para Nippur, o incluso el protagonista de
otra serie ambientada en este mismo universo. ¿Y qué sucede? Lo que te
imaginás: muere en la anteúltima página. Una garcha. La tercera aventura
también, sumamente olvidable, no tiene ningún mérito. Y la cuarta, que es la
última aventura a todo color, tiene la novedad de que aparecen dos personajes
secundarios (Aneleh, o sea Helena, y Oiram, o sea Mario) que no mueren, sino
que van a reaparecer poco después. El rol de Aneleh en la historia es muy
interesante, más allá de que el argumento en sí no sea brillante.
La quinta historia es muy
rara, porque está narrada en primera persona (con unos textos preciosos) no por
Nippur, sino por una chica que está de novia con el Errante. ¿Quién es? ¿De
dónde salió? No se explica. Al final terminan juntos, abrazados, pero a ella
nunca la volvimos a ver. Me parece que era una aventura que Robin escribió para
otro personaje y a último momento alguien la modificó para que fuera una de
Nippur, porque no encaja para nada con lo que veníamos leyendo hasta acá. La
sexta historia tampoco tiene sorpresas, ni elementos novedosos, ni una trama
emocionante, pero por lo menos está narrada por Nippur y tiene un tono más afín
a la onda de la serie. Y la séptima y última del tomo es la mejor de esta
tanda, con los regresos de Aneleh, Oiram y, por si faltara algo, Karien, la
amazona, lo más parecido a una novia posta que tiene el héroe sumerio, por lo
menos en esta etapa. Esta es una historia que no descolla por el lado del
argumento, pero en la que Robin trabaja muy bien la dinámica entre los personajes.
Ojalá hubiera más de este tipo de guiones a lo largo de la serie.
En cuanto a los dibujos,
en la segunda historia me encuentro con algo que no quería ver: páginas
firmadas por Ricardo Villagrán en las que no se ve ni por asomo la calidad
habitual del maestro. Hasta la mitad del episodio el dibujo es excelente; pero
en la segunda mitad decae muchísimo, como si Villagrán se hubiera sacado las
páginas de encima muy rápido, o como si las hubiese puesto en manos de
asistentes menos capaces. Las cinco historietas en blanco y negro están
dibujadas (como ya es costumbre) por Sergio Mulko, también en un nivel bastante
precario. Pobre tipo, cuando puede trata de meter poses dinámicas, busca
enfoques que puedan impactar, tira de vez en cuando un primer plano copado, o
un efecto medio brecciano en un fondo… Pero se nota la incomodidad, se nota que
es un dibujante con recursos limitados, una especie de Herb Trimpe, o de Sal
Buscema, encima muy encorsteado en esas páginas que casi siempre tienen 12
viñetas muy chiquitas, donde el dibujo no se luce, sino que está ahí para
rellenar el pedacito que está ocupado por los masacotes de texto.
Y en la cuarta aventura,
segunda y última a todo color, tenemos el regreso del maestro Lucho Olivera, el
primer dibujante de Nippur. Este es un Lucho muy superior al de los primeros
episodios, más sólido, más suelto, más salvaje, que además tiene a su disposición
16 páginas de las cuales cuatro tienen una sola viñeta. Lucho arrastra el problema
de que le cambia la cara a las mujeres de una viñeta a la otra, pero todo lo
demás es sumamente atractivo. El dinamismo de los cuerpos, los enfoques para
las escenas de acción, los detalles en armas, vestimenta y fondos, algunas
expresiones faciales… Lástima esas páginas en las que sólo vemos cabecitas
hablando. Ahí el texto opaca mucho al dibujo y Lucho se calienta poco y nada
por ponerle un poco de onda a esas escenas desde lo visual. Pero está buenísimo
tenerlo de vuelta, no sé si sólo por esta vez, o de forma habitual a partir de
los próximos tomos. Ah, el color columbero (y generalmente horroroso) se sufre
más en la historieta de Lucho que en la de Villagrán. No sabría explicar bien
por qué, pero eso fue lo que me pasó al leerlas.
Nada más por hoy, sepan
disculpar. Gracias por el aguante y la seguimos pronto.
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lunes, 4 de mayo de 2020
LUNES DE AVENTURAS
Día asqueroso de lluvia,
frío y aislamiento, que aproveché para avanzar con las lecturas.
Tenía abandonado hace
muchos años (desde el 04/09/11) al compañero Nippur, pero ahora, para compensar
que en los últimos meses casi no conseguí material de autores argentinos, me
sumerjo en el clásico de Robin Wood y Lucho Olivera a través de la colección de
Planeta-DeAgostini, que mi hermano tuvo la decencia de adquirir, por lo menos
hasta que la empezaron a publicar todas las semanas a un precio que la hacía
incomprable. Arranco con el Vol.8 no para hinchar las pelotas (bueno, un poco
sí), sino porque es el que trae los episodios que van justo después de los que
reseñé aquel 04/09/11.
Este tomo arranca con una portada amarguísima, a la que sólo le falta el cartelito de "dejá esto ahí y comprá otra cosa". Y encima, ni bien lo abrís, te esperan agazapadas dos
historias malísimas: “El Juicio de la Espada” y “Los Cortesanos y los
Guerreros”, en las que los argumentos, lo que hace Nippur, contra quién pelea y
por qué, son realmente insostenibles. Zafan (lógicamente) por la calidad de los
bloques de texto, narrados en primera persona por Nippur, donde Wood tira magia
en cantidades imposibles. Después vienen otras dos historias en las que la voz
que relata ya no es la del protagonista, sino la de un narrador omnisciente. No
se entiende muy bien por qué va cambiando, pero en la quinta historia y en las
subsiguientes, Nippur vuelve a ser quien narra los bloques de texto. Las dos
que no narra Nippur son mucho más interesantes que las primeras, especialmente
“El Sumerio ha Llegado”, que es (además de la primera aventura del
incorruptible publicada a todo color) el reencuentro con Nofretamón y el inicio
del arco argumental conocido como “La saga de Tebas”.
A partir de esta alianza
con los tebanos y su reina, Nippur se dedicará a reclutar a otros pueblos de la
Mesopotamia para pelear contra los hititas, no sin antes aleccionar a algún
tebano con privilegios que se atreve a discutir su liderazgo. Los dos últimos
episodios nos muestran al héroe interactuando con el “pueblo del fuego”, a los
que sumará a su runfla. Son historias casi sin acción, más de política que de
aventura, con mucho énfasis en los diálogos. Eso está bueno, porque cambia un
poco el tono y no lo obliga a Robin a inventar excusas chotas para que Nippur
pele la espada o dé cátedra con los puños. Incluso “El Águila”, el segundo de
estos dos episodios, el que cierra el libro, nos muestra al infalible sumerio
cometer un error grosso, que costará unas cuantas vidas. Algo poco frecuente en
las obras de Robin Wood, y en las historietas de aventuras de principios de los
´70, en general.
El dibujo de Lucho Olivera
tiene altas y bajas, y las limitaciones se le notan mucho más en las
(muchísimas) escenas de gente hablando que en las de acción. Ahí, con menos
cuadros por página y menos texto, el dibujo despliega más plasticidad, más
dinamismo, y bastante onda. Después, en las secuencias tranqui, la única magia de
Olivera aparece cuando nos ofrece algún efecto de iluminación más jugado, más
brecciano. Los personajes se parecen bastante entre sí (los viejos son todos
iguales, los gordos son todos igual de gordos, las chicas –como ya vimos-
parecen todas hermanas gemelas) y todo lo que es paisajes y reconstrucción histórica
de edificios, armas, vestimenta y carruajes es correcto en las páginas que
Lucho sacó “con fritas” y deslumbrante en aquellas en las que dejó el alma.
Y ya que llegué hasta acá
sin soltar el libro de Nippur, guardo para mañana la reseña del otro libro que
tengo leído y aprovecho este espacio para exigir juicio y castigo para el hijo,
nieto, bisnieto y chozno de puta que decidió re-rotular todo Nippur con la
espantosa Comic Sans. Imposible, increíble, inaudito. Una vez que se reedita Nippur
completo, en un formato lindo, con buen papel, buenos materiales de reproducción,
con episodios a color que respetan y mejoran la labor de los coloristas de
Columba… viene un sorete mal cagado y decide (no sé si por ignorancia o por
pura maldad) que todos esos millones de palabras que escribió Robin, y que
Columba rotulaba con esas máquinas del horror, ahora aparezcan con la tipografía
más chota del mundo. La Comic Sans sólo puede ser usada por un diseñador sin
imaginación, sin compromiso, sin el menor cariño por el material, ni mucho
menos por los pobres giles que lo van a comprar y atesorar por siempre.
Tengo un montón de libros
más de esta colección para leer, así que vamos a ir viendo juntos la evolución
de esta mítica serie. Ya se escribieron gigabytes enteros sobre Nippur en
general y sobre esta colección en particular, pero bueno, trataremos de aportar
una mirada que sume algo más, o no, nunca se sabe.
Prometo para mañana por lo
menos una reseña más. Nos vemos acá en 24 horas.
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martes, 9 de abril de 2019
MARTES TEMPRANISIMO
Por fin encontré un rato para sentarme a escribir las reseñas de los
últimos libros que leí.
Arranqué con la puesta al día con material argentino anterior a 2018 y
así llegué a Gilgamesh el Inmortal: Hora Cero, una saga que va entre el libro
de Gilgamesh que reseñé el 22/11/18 y el que vimos un lejano 27/09/12. O sea
que los leí en perfecto desorden: empecé por lo que sería el final, después leí
el principio y ahora lo del medio. Pero bueno, es lo que hay…
Como vimos sobre el final del Vol.1, en un punto Lucho Olivera se
concentra sólo en dibujar y los guiones pasan a manos de Sergio Mulko, también
mucho más conocido por su labor como dibujante. Esto está todo escrito por
Mulko, y sigue con bastante fidelidad los lineamientos del Gilgamesh de Lucho,
en una transición bastante visible hacia esos guiones mucho más raros que
veríamos en Arenas Rojas (el tramo final). Como ya vimos, acá hay varias
historias sin conflictos, o con mínimos conflictos, en los que Gilgamesh
básicamente habla, contempla y piensa. Pero el cuarto episodio (“Veganos”)
introduce a una raza alienígena maligna, que garantiza violencia, destrucción y
genocidios hasta el final mismo del tomo. Pasan otras cosas más lo-fi mezcladas
con esta batalla casi personal del inmortal contra los korios, hay episodios en
los que no pasa nada, otros en los que Gilgamesh busca al responsable de su
inmortalidad… Pero si te gusta que los héroes luchen, acá eso está un poquito
más enfatizado que en otras sagas del otrora rey de Uruk.
El dibujo de Olivera también está en tránsito, de esos incios un tanto
precarios hacia el virtuosismo que le veríamos desplegar en la segunda mitad de
los ´70 (estas historietas son de 1973-74). Las naves espaciales que vemos en
este libro, por ejemplo, no tienen nada que envidiarle al mejor Lucho. Los
primeros planos de los rostros masculinos, sí, bastante. Muy condicionado por
el hecho de no poder meter nunca menos de ocho cuadros por página (y a menudo
tener que meter 12 ó 14), Lucho va probando distintos rebusques narrativos y en
el que más cómodo se lo ve es en la viñeta widescreen finita, que es algo que
se hacía poco en la historieta argentina de los ´70. Y después está el tema del
brazo de Gilgamesh, que aparece y desaparece. A veces le falta el brazo derecho,
a veces el izquierdo y a veces tiene los dos. Muy loco que nadie controlara
eso.
Si sos fan de Gilgamesh, seguro compraste esto cuando salió (2008). Y
si no, no empieces por acá, sino por el libro titulado “El Origen”.
Sigo visitando planetas y razas alienígenas extraños en un intento por
ponerme (un poquito más) al día con Saga, la epopeya de Brian K. Vaughan y
Fiona Staples, que tenía abandonada desde el 01/02/16 (un delirio). Para esta
altura de la historia, Vaughan ya sumó a tantos personajes que los tiene que
dividir en tres grupos y desarrollar tres narraciones en paralelo, un dolor de
cabeza garantizado para los que leían la serie en formato de comic-book de 20
páginas de errática periodicidad. Y para que cada grupito viva una peripecia
interesante, también tienen que aparecer muchos villanos, muchos conflictos,
algunos de los cuales se resuelven muy rápido, antes de que lleguen a
desarrollarse plenamente. Lo bueno es que la gran mayoría se resuelve de modos
impredecibles.
En el medio hay buenas ideas (algunas muy locas, como las propiedades
curativas del esperma de dragón), excelentes diálogos (con un nivel de
guarangada muy bienvenido) y en este tomo en particular, bastante acción. O sea
que si bien este Vol.5 es inabordable para el que no haya leído los cuatro
anteriores, resulta muy ganchero para el que viene siguiendo desde el principio
la saga de Hazel, sus padres y estos mundos en guerra.
El dibujo de Fiona Staples conserva el muy alto nivel que vimos en los
tomos anteriores y me volvió a sorprender con los diseños que pela para los
nuevos personajes que se van sumando al elenco sobre todo ese quinteto de
villanos de clara inspiración marveliana. Los paisajes, naves y bichos que
aparecen también están buenísimos, todos muy potenciados por el brillante
trabajo que realiza la canadiense en el coloreado digital de estas páginas.
Recomendar Saga, a esta altura del partido, ya es medio una obviedad. Pero
la idea es simplemente dejar constancia de que, mal y tarde, sigo adelante con
la lectura de esta serie.
Nada más, por hoy. Ni bien tenga un par de libros leídos, se vienen nuevas
reseñas, acá en el blog.
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jueves, 22 de noviembre de 2018
TRASNOCHE DE JUEVES
Tarde pero seguro, encontré un ratito para sentarme a escribir las reseñas de los últimos dos libros que me devoré.
Empiezo con Gilgamesh: El Origen, la reedición de los primeros 14 episodios de esta serie creada por el gran Lucho Olivera en 1970 para la revista D´Artagnan. Esto arranca con esas ocho famosas páginas a las que Robin Wood convertiría en un montón de episodios alucinantes, cuando la serie se rebootea en 1980. Pero en rigor de verdad, no son muchos más los puntos de contacto con la versión de Gilgamesh que vimos en las reseñas del 20 y 28 de Octubre de 2017. En esta primera versión, el dibujo de Olivera está mucho menos inspirado, repleto de páginas de 12 ó 13 viñetas microscópicas en las que dibujo y texto se disputan un espacio muy escaso. La acción está desenfatizada… cuando está, porque en unos cuantos episodios no hay acción.
Las aventuras de Gilgamesh no son exactamente aventuras: son las crónicas de un tipo que simplemente no puede morir, entonces en vez de vivir, dura. Esto era algo muy atípico en la historieta argentina de principios de los ´70: aventuras casi sin conflictos, donde el protagonista recorre distancias colosales y subsiste a lo largo de siglos y milenios, prácticamente sin sobresaltos. ¿Qué nos quería contar Olivera con esta serie? Imposible determinarlo con certeza, pero mi sensación es que quería hablar sobre el destino de la Humanidad, sobre cómo ciertas decisiones pueden modificar el devenir de la especie humana en este y otros planetas. Así es como en Gilgamesh vemos más ajedrez que machaca, más reflexión metafísica que acción física, más encrucijadas éticas que luchas con enemigos.
Una vez que te acostumbrás a lo extraño que es todo esto (dentro y fuera de una revista de Columba de 1972-73), la saga te empieza a atrapar. Los últimos cuatro episodios del tomo ya no los escribe Lucho, sino que están a cargo de Sergio Mulko (como el tomo de Gilgamesh que vimos el 27/09/12). El primero de los cuatro de Mulko, “Jornada de Guerra en Ammeru”, es el que menos me gustó de todo el libro. El mejor dibujado me parece que es “El Cerebro” (el único publicado a color) y el mejor escrito es –acá no tengo dudas- “La Ballesta del Cazador”, que es donde Olivera logra el equilibrio más fino entre introspección, construcción de personajes y sucesos que hagan avanzar a la trama. Tengo sin leer el tomo que le sigue a este, así que pronto habrá más Gilgamesh, acá en el blog.
Me voy ahora a 1999, cuando DC publica los tres libritos prestige de Doctor Mid-Nite, que leí en su momento y ahora redescubrí gracias a que conseguí el TPB. Esta es otra obra rara, que originalmente iba a estar protagonizada por el Dr. Mid-Nite de los ´40, después iba a ser un Elseworlds y al final terminó por presentar a una nueva iteración del personaje, en principio demasiado parecido a Charles McNider, pero que después (en buena medida gracias a que Geoff Johns y James Robinson lo suman a la JSA) tendrá una impronta más personal, más original.
Los manoseos editoriales de los que fue víctima nos dan margen para perdonarle a esta obra de Matt Wagner y John K. Snyder III algo que sería imperdonable en cualquier saga donde se presenta a un “legacy hero”: Pieter Cross, el nuevo Dr. Mid-Nite, no tiene NINGUN punto de contacto con el original. Nunca se encuentran, viven en distintas ciudades, no comparten personajes secundarios ni villanos, de hecho a Charles McNider no se lo nombra nunca, en casi 150 páginas de historieta. Es cierto que el Dr- Mid-Nite original siempre tuvo pocos fans y ponerlo en un rol importante en el origen de un sucesor no era garantía de vender más ejemplares, pero hubiese estado bueno algo (una mención, un guiño) que conectara al lector con la versión clásica del personaje.
El argumento, en general, es bastante decepcionante. Lo único atractivo es cómo Wagner baja línea socio-política, como se anima a indagar en las desigualdades sociales que genera el capitalismo salvaje, con una mega-corporación en el (ya muy obvio) rol del villano y varios personajes secundarios importantes tomados de esta subcultura de las márgenes donde se hacinan los excluídos. El resto, el conflicto en sí, la ordalía que debe atravesar Pieter Cross para derrotar a los villanos, es más de lo mismo al punto de que por momentos me aburrió.
Por suerte el debut de este nuevo Dr. Mid-Nite tiene un as imbatible que es el dibujo de John K. Snyder III. Responsable absoluto de que esta miniserie anunciada para 1994 viera la luz recién en 1999, Snyder dejó la vida en cada una de estas páginas y creo que después no volvió a publicar historietas hasta mediados de este año. En la faz gráfica de Doctor Mid-Nite tenemos lo mejor de ambos mundos: Snyder combina la narrativa típica de un comic de Matt Wagner (ajustada, sólida, con yeites vanguardistas) y el despliegue visual, el vuelo (más pictórico que gráfico) de un Bill Sienkiewicz. Y lo mejor es que funciona. Todo lo que no me cautivó el guión de Wagner, me volvió loco el dibujo de Snyder, con esos climas, esos planos detalle, esos encuadres raros, esos fondos devastadores y ese lápiz desbordante de virtuosismo, a distancias siderales de lo que vimos hace poquito (24/08/18) en un TPB del Suicide Squad. Ni hace falta decir que el trabajo del dibujante justifica por sí solo la compra de este TPB. Y si descubriste a Pieter Cross en la mejor época de la JSA, no está mal conocer su origen de la mano de sus creadores.
Dudo que vuelva a postear antes del lunes, así que buen finde para todos y nos cruzamos con los que se acerquen a saludar en La Costa Comics (Santa Teresita), donde voy a estar sábado y domingo. Ci vediamo.
Empiezo con Gilgamesh: El Origen, la reedición de los primeros 14 episodios de esta serie creada por el gran Lucho Olivera en 1970 para la revista D´Artagnan. Esto arranca con esas ocho famosas páginas a las que Robin Wood convertiría en un montón de episodios alucinantes, cuando la serie se rebootea en 1980. Pero en rigor de verdad, no son muchos más los puntos de contacto con la versión de Gilgamesh que vimos en las reseñas del 20 y 28 de Octubre de 2017. En esta primera versión, el dibujo de Olivera está mucho menos inspirado, repleto de páginas de 12 ó 13 viñetas microscópicas en las que dibujo y texto se disputan un espacio muy escaso. La acción está desenfatizada… cuando está, porque en unos cuantos episodios no hay acción.
Las aventuras de Gilgamesh no son exactamente aventuras: son las crónicas de un tipo que simplemente no puede morir, entonces en vez de vivir, dura. Esto era algo muy atípico en la historieta argentina de principios de los ´70: aventuras casi sin conflictos, donde el protagonista recorre distancias colosales y subsiste a lo largo de siglos y milenios, prácticamente sin sobresaltos. ¿Qué nos quería contar Olivera con esta serie? Imposible determinarlo con certeza, pero mi sensación es que quería hablar sobre el destino de la Humanidad, sobre cómo ciertas decisiones pueden modificar el devenir de la especie humana en este y otros planetas. Así es como en Gilgamesh vemos más ajedrez que machaca, más reflexión metafísica que acción física, más encrucijadas éticas que luchas con enemigos.
Una vez que te acostumbrás a lo extraño que es todo esto (dentro y fuera de una revista de Columba de 1972-73), la saga te empieza a atrapar. Los últimos cuatro episodios del tomo ya no los escribe Lucho, sino que están a cargo de Sergio Mulko (como el tomo de Gilgamesh que vimos el 27/09/12). El primero de los cuatro de Mulko, “Jornada de Guerra en Ammeru”, es el que menos me gustó de todo el libro. El mejor dibujado me parece que es “El Cerebro” (el único publicado a color) y el mejor escrito es –acá no tengo dudas- “La Ballesta del Cazador”, que es donde Olivera logra el equilibrio más fino entre introspección, construcción de personajes y sucesos que hagan avanzar a la trama. Tengo sin leer el tomo que le sigue a este, así que pronto habrá más Gilgamesh, acá en el blog.
Me voy ahora a 1999, cuando DC publica los tres libritos prestige de Doctor Mid-Nite, que leí en su momento y ahora redescubrí gracias a que conseguí el TPB. Esta es otra obra rara, que originalmente iba a estar protagonizada por el Dr. Mid-Nite de los ´40, después iba a ser un Elseworlds y al final terminó por presentar a una nueva iteración del personaje, en principio demasiado parecido a Charles McNider, pero que después (en buena medida gracias a que Geoff Johns y James Robinson lo suman a la JSA) tendrá una impronta más personal, más original.
Los manoseos editoriales de los que fue víctima nos dan margen para perdonarle a esta obra de Matt Wagner y John K. Snyder III algo que sería imperdonable en cualquier saga donde se presenta a un “legacy hero”: Pieter Cross, el nuevo Dr. Mid-Nite, no tiene NINGUN punto de contacto con el original. Nunca se encuentran, viven en distintas ciudades, no comparten personajes secundarios ni villanos, de hecho a Charles McNider no se lo nombra nunca, en casi 150 páginas de historieta. Es cierto que el Dr- Mid-Nite original siempre tuvo pocos fans y ponerlo en un rol importante en el origen de un sucesor no era garantía de vender más ejemplares, pero hubiese estado bueno algo (una mención, un guiño) que conectara al lector con la versión clásica del personaje.
El argumento, en general, es bastante decepcionante. Lo único atractivo es cómo Wagner baja línea socio-política, como se anima a indagar en las desigualdades sociales que genera el capitalismo salvaje, con una mega-corporación en el (ya muy obvio) rol del villano y varios personajes secundarios importantes tomados de esta subcultura de las márgenes donde se hacinan los excluídos. El resto, el conflicto en sí, la ordalía que debe atravesar Pieter Cross para derrotar a los villanos, es más de lo mismo al punto de que por momentos me aburrió.
Por suerte el debut de este nuevo Dr. Mid-Nite tiene un as imbatible que es el dibujo de John K. Snyder III. Responsable absoluto de que esta miniserie anunciada para 1994 viera la luz recién en 1999, Snyder dejó la vida en cada una de estas páginas y creo que después no volvió a publicar historietas hasta mediados de este año. En la faz gráfica de Doctor Mid-Nite tenemos lo mejor de ambos mundos: Snyder combina la narrativa típica de un comic de Matt Wagner (ajustada, sólida, con yeites vanguardistas) y el despliegue visual, el vuelo (más pictórico que gráfico) de un Bill Sienkiewicz. Y lo mejor es que funciona. Todo lo que no me cautivó el guión de Wagner, me volvió loco el dibujo de Snyder, con esos climas, esos planos detalle, esos encuadres raros, esos fondos devastadores y ese lápiz desbordante de virtuosismo, a distancias siderales de lo que vimos hace poquito (24/08/18) en un TPB del Suicide Squad. Ni hace falta decir que el trabajo del dibujante justifica por sí solo la compra de este TPB. Y si descubriste a Pieter Cross en la mejor época de la JSA, no está mal conocer su origen de la mano de sus creadores.
Dudo que vuelva a postear antes del lunes, así que buen finde para todos y nos cruzamos con los que se acerquen a saludar en La Costa Comics (Santa Teresita), donde voy a estar sábado y domingo. Ci vediamo.
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sábado, 28 de octubre de 2017
SABADO PRIMAVERAL
Hermoso clima hoy, para andar al aire libre. Pero yo estoy en casa muy al pedo, así que aprovecho para postear unas reseñas.
Me bajé a velocidades supersónicas el Vol.2 de Gilgamesh el Inmortal editado en España por 001 Ediciones, como para completar esa saga de Robin Wood y Lucho Olivera que había empezado la semana pasada. Bah, no la completé porque hay muchos más episodios… que no están recopilados.
El libro ofrece 13 historias, que arrancan justo antes de la Segunda Guerra Mundial y terminan muchos años en el futuro, cuando Gilgamesh logra lanzar un cohete a Marte (con él adentro) desde una Tierra devastada por la Tercera Guerra Mundial. Entre los dos últimos episodios pasan 30 años (lo que tarda el inmortal en dominar la tecnología de la NASA), pero los restantes están separados por una cantidad de tiempo mucho menor que en el tomo anterior. De hecho hay tres episodios ambientados en la Segunda Guerra, en un lapso de tiempo muy breve. O sea que recién una vez transcurridos 26 o 27 episodios llegamos a donde Lucho Olivera había llegado al final de su primer capítulo de Gilgamesh, allá a fines de los ´60.
Muchas de estas historias son brillantes. La prosa de Robin está afiladísima y se torna oscura y desgarradora una vez que Gilgamesh descubre que es el único ser vivo en el planeta tras el holocausto nuclear. Ahí la historieta cambia mucho, porque –al no haber nadie con quién pelear- prácticamente no hay conflictos. El conflicto se traslada al interior del personaje, y Robin lo plasma con maestría. También mete referencias a otros personajes de su creación: así como en el Vol.1 aparecía Nippur, acá mencionan a Or-Grund y a Max Chevalier, uno de los protagonistas de Aquí la Legión. Obviamente me copa que hayan usado a Gilgamesh para tirarnos pistas de que existía un Robinverse. Lo único choto es que Robin crea personajes alucinantes para usarlos en un sólo episodio: la gladiadora criogenada 20 siglos, el mutante que controla el sistema de espionaje de la URSS, el robot Napoléon… todos tienen onda de sobra para aparecer mucho más de lo que aparecen.
Y el otro bajón: el dibujo de Lucho viene a un nivel increíble, pero en un momento, cuando faltan cuatro o cinco episodios, experimenta una caída más brutal que la del poder adquisitivo del salario en estos dos años de revancha neoliberal. En las últimas 50 páginas del tomo vas a encontrar un puñado de viñetas maravillosas… y un montón muy toscas, resueltas con lo mínimo, como si Olivera hubiese perdido de golpe las ganas de dibujar. Igual recomiendo mucho estos libros de Gilgamesh, una aventura profunda, potente y más adictiva que los bizcochitos Don Satur hexagonales con azúcar negra.
Salto de 1981-82 a principios de 2015, cuando Chip Zdarsky y Joe Quinones lanzan una serie regular de Howard the Duck, que va a durar poquitos números y se va a reiniciar después de Secret Wars. El arranque es este Vol.0, un festival de chistes y situaciones bizarras muy efectivo, pero al que no le sobra para nada ese filo, esa arista de sátira social que encontramos en el Howard de Steve Gerber, o en el de Ty Templeton (ver reseña del 14/09/10).
Acá la gran jugada de Zdarsky consiste en convertir a Howard en un detective privado que opera ya no en Cleveland, sino en New York, una ciudad repleta de superhéroes. Y esa va a ser la principal fuente de chistes: la interrelación de Howard con los otros héroes y heroínas de Marvel, desde She-Hulk a los Guardians of the Galaxy, hasta llegar a un último episodio en el que unos 30 personajes le tienen que hacer el aguante a un villano de la B que se arma una especie de Guantelete del Infinito, también de segunda selección. El resultado es entretenido, me reí bastante, pero me pareció que el guionista abusa un poco del recurso de contraponer a Howard con los otros héroes de Marvel. Veremos si en el siguiente tomo (que pienso leer el año que viene) se abre un poco más el abanico de posibilidades para esta serie.
El dibujo de Quinones es limpito, dinámico, expresivo… ideal para una comedia de este tipo. Cuando juega a probar cosas locas en la puesta en página le sale muy bien y cuando hay que ponerle huevo a los fondos, pone sin mezquinar. Gran dibujante, que ojalá vuelva en los futuros tomos. Y bien también los amigos que dibujan los back-ups: Rob Guillory (el de Chew), Jason Latour (el de Southern Bastards) y Katie Cook, a quien no conocía. Habrá más Howard el año que viene.
Y ni bien tenga un par de libritos más leídos, habrá nuevas reseñas, así que será hasta pronto.
Me bajé a velocidades supersónicas el Vol.2 de Gilgamesh el Inmortal editado en España por 001 Ediciones, como para completar esa saga de Robin Wood y Lucho Olivera que había empezado la semana pasada. Bah, no la completé porque hay muchos más episodios… que no están recopilados.
El libro ofrece 13 historias, que arrancan justo antes de la Segunda Guerra Mundial y terminan muchos años en el futuro, cuando Gilgamesh logra lanzar un cohete a Marte (con él adentro) desde una Tierra devastada por la Tercera Guerra Mundial. Entre los dos últimos episodios pasan 30 años (lo que tarda el inmortal en dominar la tecnología de la NASA), pero los restantes están separados por una cantidad de tiempo mucho menor que en el tomo anterior. De hecho hay tres episodios ambientados en la Segunda Guerra, en un lapso de tiempo muy breve. O sea que recién una vez transcurridos 26 o 27 episodios llegamos a donde Lucho Olivera había llegado al final de su primer capítulo de Gilgamesh, allá a fines de los ´60.
Muchas de estas historias son brillantes. La prosa de Robin está afiladísima y se torna oscura y desgarradora una vez que Gilgamesh descubre que es el único ser vivo en el planeta tras el holocausto nuclear. Ahí la historieta cambia mucho, porque –al no haber nadie con quién pelear- prácticamente no hay conflictos. El conflicto se traslada al interior del personaje, y Robin lo plasma con maestría. También mete referencias a otros personajes de su creación: así como en el Vol.1 aparecía Nippur, acá mencionan a Or-Grund y a Max Chevalier, uno de los protagonistas de Aquí la Legión. Obviamente me copa que hayan usado a Gilgamesh para tirarnos pistas de que existía un Robinverse. Lo único choto es que Robin crea personajes alucinantes para usarlos en un sólo episodio: la gladiadora criogenada 20 siglos, el mutante que controla el sistema de espionaje de la URSS, el robot Napoléon… todos tienen onda de sobra para aparecer mucho más de lo que aparecen.
Y el otro bajón: el dibujo de Lucho viene a un nivel increíble, pero en un momento, cuando faltan cuatro o cinco episodios, experimenta una caída más brutal que la del poder adquisitivo del salario en estos dos años de revancha neoliberal. En las últimas 50 páginas del tomo vas a encontrar un puñado de viñetas maravillosas… y un montón muy toscas, resueltas con lo mínimo, como si Olivera hubiese perdido de golpe las ganas de dibujar. Igual recomiendo mucho estos libros de Gilgamesh, una aventura profunda, potente y más adictiva que los bizcochitos Don Satur hexagonales con azúcar negra.
Salto de 1981-82 a principios de 2015, cuando Chip Zdarsky y Joe Quinones lanzan una serie regular de Howard the Duck, que va a durar poquitos números y se va a reiniciar después de Secret Wars. El arranque es este Vol.0, un festival de chistes y situaciones bizarras muy efectivo, pero al que no le sobra para nada ese filo, esa arista de sátira social que encontramos en el Howard de Steve Gerber, o en el de Ty Templeton (ver reseña del 14/09/10).
Acá la gran jugada de Zdarsky consiste en convertir a Howard en un detective privado que opera ya no en Cleveland, sino en New York, una ciudad repleta de superhéroes. Y esa va a ser la principal fuente de chistes: la interrelación de Howard con los otros héroes y heroínas de Marvel, desde She-Hulk a los Guardians of the Galaxy, hasta llegar a un último episodio en el que unos 30 personajes le tienen que hacer el aguante a un villano de la B que se arma una especie de Guantelete del Infinito, también de segunda selección. El resultado es entretenido, me reí bastante, pero me pareció que el guionista abusa un poco del recurso de contraponer a Howard con los otros héroes de Marvel. Veremos si en el siguiente tomo (que pienso leer el año que viene) se abre un poco más el abanico de posibilidades para esta serie.
El dibujo de Quinones es limpito, dinámico, expresivo… ideal para una comedia de este tipo. Cuando juega a probar cosas locas en la puesta en página le sale muy bien y cuando hay que ponerle huevo a los fondos, pone sin mezquinar. Gran dibujante, que ojalá vuelva en los futuros tomos. Y bien también los amigos que dibujan los back-ups: Rob Guillory (el de Chew), Jason Latour (el de Southern Bastards) y Katie Cook, a quien no conocía. Habrá más Howard el año que viene.
Y ni bien tenga un par de libritos más leídos, habrá nuevas reseñas, así que será hasta pronto.
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viernes, 20 de octubre de 2017
VIERNES DE CLASICOS
Poca lectura esta semana, porque estuve muchas horas metido en la Universidad de Palermo, donde una vez más me tocó organizar las Jornadas de Historieta. Pero veamos qué fue lo que pude leer:
A pesar del sabor amargo que me dejó la lectura de Reptilia (ver reseña del 25/05/17), me aventuré con el primer tomo de Aula a la Deriva (o Drifting Classroom), un clásico de Kazuo Umezu de principios de los ´70. La idea es tan simple que resulta ramplona: un edificio entero, nada menos que una escuela primaria llena de alumnos y profesores, desaparece de un segundo a otro. En esa manzana de Tokyo queda un agujero, y la historia nos cuenta qué pasa adentro de la escuela, cómo se intentan adaptar chicos y adultos a este aislamiento forzado, y (por suerte antes del final del primer tomo) dónde carajo fue a parar el edificio a la deriva.
Básicamente, Umezu se plantea contar una historia de supervivencia. Nos va a mostrar cómo mueren un montón de estos “náufragos” y cómo los que quedan vivos van a cruzar límites insospechados, tanto a nivel coraje y entereza como a nivel miseria, codicia y degradación. El tono de la obra es extremo, sin piedad, no importa que los protagonistas sean chicos de 10 años. Umezu los sume en la oscuridad a grandes y chicos y hay lágrimas, hambre, violencia y muerte para todos. Si bien el “desplazamiento” de la escuela constituye un elemento fantástico de gran impacto y gran magnitud, el autor se dedica a explorar las consecuencias de este suceso desde una óptica absolutamente realista. La fantasía se termina cuando el colegio se materializa en… otro contexto, y de ahí en más, tenemos un clásico gekiga oscuro, dramático, tenso, sin un mínimo resquicio para el humor y sin siquiera esas escenas tan típicas de los mangas de terror de Umezu en los que suceden cosas tan sacadas, tan grotescas, que en vez de asustarte te cagás de risa. Acá no hay risas, sólo angustia y la sensación de que las cosas sólo pueden empeorar.
El dibujo está muy bien, la narrativa es espectacular (este es el rubro en el que Umezu siempre tiene el ancho de espadas) y quedé manija para entrarle en cualquier momento al Vol.2.
Allá por el 27/09/12, me tocó reseñar un tomo de Gilgamesh que recopilaba material de la primera mitad de los ´70, cuando Sergio Mulko escribía unos guiones rarísimos para que los dibujara un Lucho Olivera también extraño, lejos del nivel de sus mejores trabajos de aquel período. Ahora arranco con un tomo (editado en España) que reúne los primeros 14 episodios de la segunda versión de Gilgamesh, del “reboot” que impulsan en 1980 un consagradísimo Robin Wood y un Lucho Olivera listo para estallar con el fulgor de una supernova y regalarnos muchas de las mejores páginas de su vasta trayectoria.
Robin toma el argumento del primer episodio de la primera etapa de Gilgamesh, cuando el guionista todavía era el propio Lucho, y convierte esas 10 primeras páginas en el andamiaje sobre el cual edifica estos 14 episodios. Lo que sucede es básicamente lo mismo, pero Robin se toma su tiempo para contar a su ritmo hechos que Olivera nos había narrado en fast-forward, en páginas de muchas viñetas chiquitas, para llegar rápido a lo que a él le interesaba contar, que eran las aventuras del inmortal en el espacio. Wood, en cambio, para la bocha, la pisa y dice “en estas 10 páginas hay material para una serie entera” y hacia allá va con paso firme, con muy buenos textos, con mucho desarrollo para el protagonista y con una estructura episódica que recuerda bastante a la de la mejor etapa del Mort Cinder de H.G. Oesterheld y Alberto Breccia. Veremos qué pasa cuando Gilgamesh se lance al espacio exterior, pero por ahora Robin da cátedra en un terreno en el que siempre le fue muy bien: aventuras ambientadas en distintas épocas y civilizaciones de nuestro planeta. Con un agregado interesante, que es la presencia de razas alienígenas, semi-ocultas entre los humanos de los distintos periodos históricos.
Lucho sube muchísimo la apuesta en esta versión de Gilgamesh y la convierte en una joya de alto impacto visual, con un nivel de dibujo alucinante. El recorrido pausado por los distintos tiempos le da la posibilidad de lucirse también en la reconstrucción de edificios, vestidos y armamentos de todos los períodos históricos, algo que en la primera versión casi ni se disfruta. No todas las páginas son exquisitas (también hay viñetas que Lucho saca “con fritas”) pero el promedio de calidad es altísimo, probablemente el más alto de los muchos años de Olivera en las revistas de Columba. Prometo entrarle pronto al Vol.2 y ya estoy lamentando que no haya más material de esta etapa de Gilgamesh publicado en libro.
Ni bien tenga más material leído, volvemos con nuevas reseñas. Hasta entonces.
A pesar del sabor amargo que me dejó la lectura de Reptilia (ver reseña del 25/05/17), me aventuré con el primer tomo de Aula a la Deriva (o Drifting Classroom), un clásico de Kazuo Umezu de principios de los ´70. La idea es tan simple que resulta ramplona: un edificio entero, nada menos que una escuela primaria llena de alumnos y profesores, desaparece de un segundo a otro. En esa manzana de Tokyo queda un agujero, y la historia nos cuenta qué pasa adentro de la escuela, cómo se intentan adaptar chicos y adultos a este aislamiento forzado, y (por suerte antes del final del primer tomo) dónde carajo fue a parar el edificio a la deriva.
Básicamente, Umezu se plantea contar una historia de supervivencia. Nos va a mostrar cómo mueren un montón de estos “náufragos” y cómo los que quedan vivos van a cruzar límites insospechados, tanto a nivel coraje y entereza como a nivel miseria, codicia y degradación. El tono de la obra es extremo, sin piedad, no importa que los protagonistas sean chicos de 10 años. Umezu los sume en la oscuridad a grandes y chicos y hay lágrimas, hambre, violencia y muerte para todos. Si bien el “desplazamiento” de la escuela constituye un elemento fantástico de gran impacto y gran magnitud, el autor se dedica a explorar las consecuencias de este suceso desde una óptica absolutamente realista. La fantasía se termina cuando el colegio se materializa en… otro contexto, y de ahí en más, tenemos un clásico gekiga oscuro, dramático, tenso, sin un mínimo resquicio para el humor y sin siquiera esas escenas tan típicas de los mangas de terror de Umezu en los que suceden cosas tan sacadas, tan grotescas, que en vez de asustarte te cagás de risa. Acá no hay risas, sólo angustia y la sensación de que las cosas sólo pueden empeorar.
El dibujo está muy bien, la narrativa es espectacular (este es el rubro en el que Umezu siempre tiene el ancho de espadas) y quedé manija para entrarle en cualquier momento al Vol.2.
Allá por el 27/09/12, me tocó reseñar un tomo de Gilgamesh que recopilaba material de la primera mitad de los ´70, cuando Sergio Mulko escribía unos guiones rarísimos para que los dibujara un Lucho Olivera también extraño, lejos del nivel de sus mejores trabajos de aquel período. Ahora arranco con un tomo (editado en España) que reúne los primeros 14 episodios de la segunda versión de Gilgamesh, del “reboot” que impulsan en 1980 un consagradísimo Robin Wood y un Lucho Olivera listo para estallar con el fulgor de una supernova y regalarnos muchas de las mejores páginas de su vasta trayectoria.
Robin toma el argumento del primer episodio de la primera etapa de Gilgamesh, cuando el guionista todavía era el propio Lucho, y convierte esas 10 primeras páginas en el andamiaje sobre el cual edifica estos 14 episodios. Lo que sucede es básicamente lo mismo, pero Robin se toma su tiempo para contar a su ritmo hechos que Olivera nos había narrado en fast-forward, en páginas de muchas viñetas chiquitas, para llegar rápido a lo que a él le interesaba contar, que eran las aventuras del inmortal en el espacio. Wood, en cambio, para la bocha, la pisa y dice “en estas 10 páginas hay material para una serie entera” y hacia allá va con paso firme, con muy buenos textos, con mucho desarrollo para el protagonista y con una estructura episódica que recuerda bastante a la de la mejor etapa del Mort Cinder de H.G. Oesterheld y Alberto Breccia. Veremos qué pasa cuando Gilgamesh se lance al espacio exterior, pero por ahora Robin da cátedra en un terreno en el que siempre le fue muy bien: aventuras ambientadas en distintas épocas y civilizaciones de nuestro planeta. Con un agregado interesante, que es la presencia de razas alienígenas, semi-ocultas entre los humanos de los distintos periodos históricos.
Lucho sube muchísimo la apuesta en esta versión de Gilgamesh y la convierte en una joya de alto impacto visual, con un nivel de dibujo alucinante. El recorrido pausado por los distintos tiempos le da la posibilidad de lucirse también en la reconstrucción de edificios, vestidos y armamentos de todos los períodos históricos, algo que en la primera versión casi ni se disfruta. No todas las páginas son exquisitas (también hay viñetas que Lucho saca “con fritas”) pero el promedio de calidad es altísimo, probablemente el más alto de los muchos años de Olivera en las revistas de Columba. Prometo entrarle pronto al Vol.2 y ya estoy lamentando que no haya más material de esta etapa de Gilgamesh publicado en libro.
Ni bien tenga más material leído, volvemos con nuevas reseñas. Hasta entonces.
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jueves, 27 de septiembre de 2012
27/ 09: GILGAMESH: ARENAS ROJAS
Qué raro que es esto, ma-mita! ¿Esto salía en los ´70 en las revistas de Columba? Increíble. Se supone que Columba apelaba al mínimo denominador común, que eran historietas básicas, chatas, pensadas para gente de bajo nivel socio-cultural... y esto es todo lo contrario! Acá el guionista Sergio Mulko se pasa de sofisticado. Levanta un vuelo poético tan arriesgado, tan extremo, que en un punto es casi críptico. Esto es a la historieta lo que Rick Wakeman al rockanrol, algo demasiado elaborado, demasiado barroco, lo más anti-pochoclo que te puedas imaginar.
A tal punto Mulko se pasa de complicado, que la mitad de las cosas que pasan no las entendí leyendo las historietas, sino el prólogo del maestro Ariel Avilez (consuetudinario lector de este blog y diplomado en columbología). Hay un viaje de Marte a la Tierra, con Gilgamesh y su chica a bordo de una nave, secuencia power y definitiva para cualquier historieta de ciencia-ficción. No la vi, no me di cuenta cómo sucedía eso. Supuestamente asistimos a la destrucción de Phobos, una de las luna de Marte. Re-daba para una secuencia cataclísimica, en la que el héroe escapa con lo justo... Tampoco se ve claramente, ni se enfatiza desde el guión. Gilgamesh se enfrenta a un monstruo de la Atlántida, gran ocasión para un combate épico... que ocupa una viñeta microscópica, en una página en la que hay otras 15 viñetas microscópicas.
Realmente me intriga muchísimo cómo le entregaría Mulko los guiones a Lucho Olivera. Por momentos, los bloques de texto mandan extensas parrafadas (con un lirismo alucinante) que Lucho reparte entre cinco o seis viñetas. Mulko habla de la inmortalidad, de tumbas, vestigios y rescoldos, de “miríadas de crepitantes mundos y estrellas abigarradas”... ¿Y Lucho qué dibuja? Primeros planos de Gilgamesh o planos tan lejanos que se ven los planetas enteros con el espacio alrededor, y a veces con un globito que sale del planeta. ¿A quién se le habrá ocurrido dividir casi todas las páginas en 16 viñetas? ¿Y ocupar las restantes con splash pages impactantes? Muchas páginas incluso están divididas en cinco tiras, más chiquitas y finitas que las de los diarios.
Esto es defintivamente raro, casi fuera de la realidad. Por suerte hay textos de gran nivel (aunque no siempre sirvan para hacer avanzar la historia) y un gran estudio de qué es y para qué sirve ser inmortal. Mulko pensó a fondo en este dilema y la vida de Gilgamesh está signada por esas reflexiones, entre trágicas, cósmicas y metafísicas.
El dibujo de Lucho también sorprende, porque está muy por debajo de lo que hacía en esta misma época (1974-75) en otras historietas de su autoría. Claro, seguramente en las otras historietas no tenía que meter entre 12 y 16 mini-viñetas por página. Esto parece una colección de miniaturas, es Lucho jugando a ver cuántos cuadritos ínfimos le entran en cada página. Aún así, hay composiciones magníficas, secuencias bellamente articuladas. Pero se nota que hay dibujos hechos a mano alzada, sin siquiera un boceto previo. Los aliens que aparecen, más que miedo o extrañeza, dan risa. Parecen pibes con máscaras de aliens, bien grotescas y granguiñolescas.
Los primeros planos se repiten una y mil veces, como los informes de 6-7-8 en los que escrachan a los sicarios de Magnetto. Y –lo más choto- la acción está totalmente desenfatizada. Hay muy poca acción, es casi imperceptible, pero lo que la hace aún más imperceptible es la forma en que la dibuja Lucho. Los mínimos momentos en los que –por cuestiones de vida o muerte- los personajes deben entrar en acción, suceden en viñetas microscópicas y rodeadas de primeros planos que en un punto parecen siempre el mismo. Un sólo ejemplo: Gilgamseh y Galhya huyen de un engendro mecánico que les tira con tutti y el inmortal recibe un balazo en la frente, su primera herida quizás en muchos siglos. Todo eso en tres cuadritos diminutos, en una página de 17 viñetas. Y dos mini-cuadritos después, la herida no está más. Por suerte en cada episodio hay una o dos de esas splash pages en las que Lucho detonaba con el fulgor de mil supernovas.
Sorpresas te da la vida: esto, que salía en la D´Artagnan (que supuestamente era parte del establishment, el cuartel general del Más de lo Mismo, la máquina de hacer chorizos, la catedral de la historieta pre-masticada y adocenada), tiene una complejidad, un vuelo poético, una sofisticación y una onda tan inusual, tan anti-estridente, por momentos tan pretenciosa, que si la agarrás distraído, o la subestimás, por ahí “te deja afuera”, como dicen los columbófilos cuando tratan de leer el material más vanguardista de la Fierro.
A tal punto Mulko se pasa de complicado, que la mitad de las cosas que pasan no las entendí leyendo las historietas, sino el prólogo del maestro Ariel Avilez (consuetudinario lector de este blog y diplomado en columbología). Hay un viaje de Marte a la Tierra, con Gilgamesh y su chica a bordo de una nave, secuencia power y definitiva para cualquier historieta de ciencia-ficción. No la vi, no me di cuenta cómo sucedía eso. Supuestamente asistimos a la destrucción de Phobos, una de las luna de Marte. Re-daba para una secuencia cataclísimica, en la que el héroe escapa con lo justo... Tampoco se ve claramente, ni se enfatiza desde el guión. Gilgamesh se enfrenta a un monstruo de la Atlántida, gran ocasión para un combate épico... que ocupa una viñeta microscópica, en una página en la que hay otras 15 viñetas microscópicas.
Realmente me intriga muchísimo cómo le entregaría Mulko los guiones a Lucho Olivera. Por momentos, los bloques de texto mandan extensas parrafadas (con un lirismo alucinante) que Lucho reparte entre cinco o seis viñetas. Mulko habla de la inmortalidad, de tumbas, vestigios y rescoldos, de “miríadas de crepitantes mundos y estrellas abigarradas”... ¿Y Lucho qué dibuja? Primeros planos de Gilgamesh o planos tan lejanos que se ven los planetas enteros con el espacio alrededor, y a veces con un globito que sale del planeta. ¿A quién se le habrá ocurrido dividir casi todas las páginas en 16 viñetas? ¿Y ocupar las restantes con splash pages impactantes? Muchas páginas incluso están divididas en cinco tiras, más chiquitas y finitas que las de los diarios.
Esto es defintivamente raro, casi fuera de la realidad. Por suerte hay textos de gran nivel (aunque no siempre sirvan para hacer avanzar la historia) y un gran estudio de qué es y para qué sirve ser inmortal. Mulko pensó a fondo en este dilema y la vida de Gilgamesh está signada por esas reflexiones, entre trágicas, cósmicas y metafísicas.
El dibujo de Lucho también sorprende, porque está muy por debajo de lo que hacía en esta misma época (1974-75) en otras historietas de su autoría. Claro, seguramente en las otras historietas no tenía que meter entre 12 y 16 mini-viñetas por página. Esto parece una colección de miniaturas, es Lucho jugando a ver cuántos cuadritos ínfimos le entran en cada página. Aún así, hay composiciones magníficas, secuencias bellamente articuladas. Pero se nota que hay dibujos hechos a mano alzada, sin siquiera un boceto previo. Los aliens que aparecen, más que miedo o extrañeza, dan risa. Parecen pibes con máscaras de aliens, bien grotescas y granguiñolescas.
Los primeros planos se repiten una y mil veces, como los informes de 6-7-8 en los que escrachan a los sicarios de Magnetto. Y –lo más choto- la acción está totalmente desenfatizada. Hay muy poca acción, es casi imperceptible, pero lo que la hace aún más imperceptible es la forma en que la dibuja Lucho. Los mínimos momentos en los que –por cuestiones de vida o muerte- los personajes deben entrar en acción, suceden en viñetas microscópicas y rodeadas de primeros planos que en un punto parecen siempre el mismo. Un sólo ejemplo: Gilgamseh y Galhya huyen de un engendro mecánico que les tira con tutti y el inmortal recibe un balazo en la frente, su primera herida quizás en muchos siglos. Todo eso en tres cuadritos diminutos, en una página de 17 viñetas. Y dos mini-cuadritos después, la herida no está más. Por suerte en cada episodio hay una o dos de esas splash pages en las que Lucho detonaba con el fulgor de mil supernovas.
Sorpresas te da la vida: esto, que salía en la D´Artagnan (que supuestamente era parte del establishment, el cuartel general del Más de lo Mismo, la máquina de hacer chorizos, la catedral de la historieta pre-masticada y adocenada), tiene una complejidad, un vuelo poético, una sofisticación y una onda tan inusual, tan anti-estridente, por momentos tan pretenciosa, que si la agarrás distraído, o la subestimás, por ahí “te deja afuera”, como dicen los columbófilos cuando tratan de leer el material más vanguardista de la Fierro.
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domingo, 4 de septiembre de 2011
04/ 09: NIPPUR DE LAGASH Vol.2
Trip bizarro a Septiembre, pero de 1981, cuando Columba, todavía en el pico de su popularidad, publicaba en este voluminoso tomo nada menos que 27 episodios de Nippur de los que habían realizado a principios de los ´70 el guionista Robin Wood y el dibujante Lucho Olivera. Para 1981 Nippur ya era un clásico indiscutido, difícil de superar en cantidad de fans y de ejemplares vendidos mes a mes (o quincena a quincena, no me acuerdo bien). Y Columba, que no comía vidrio, salía -muy esporádicamente- a capitalizar la popularidad del héroe con estas reediciones.
La verdad es que, leídas 40 años después de su creación, las historias pierden bastante de su chapa de clásicos. Algunas son realmente atrapantes, con dramas humanos fuertes, con conflictos complejos, presentados con gran emotividad. Pero también bastante predecibles y reiterativas, casi escritas según una fórmula, obviamente eficaz, pero con poco margen para la sorpresa. Vos sabés que -pase lo que pase- Nippur no va a morir, no va a recibir heridas demasiado tremendas, no se va a quedar en ninguna aldea, al servicio de ningún rey ni en la cama de ninguna minita, que los tipos que se le unan para alguna aventura puntual no se van a sumar a su vagabundear por el mundo antiguo, muy probablemente porque serán boleta al final del episodio, que si pega onda con una mina es altamente probable que esta lo traicione y/o muera y que seguro Nippur se enfrentará a alguna situación de injusticia, abuso o crueldad y la rectificará a fuerza de carisma, ingenio o espadazos frente-march. Y listo, a la siguiente aventura, que será muy parecida.
A la moral inquebrantable del héroe sumémosle el hecho de que la saga casi no avanza. Hay una especie de “trama por encima de la trama” que tiene que ver con los ejércitos que está reuniendo Sargón (amigo de Nippur), a quien el Errante amaga con ir a buscar para unirse en su cruzada contra el tirano que lo desterró de su querida Lagash. Pero de los 27 episodios debe haber 20 en los que nadie siquiera menciona a Sargón, y en los que la “trama por encima de la trama” brilla por su ausencia. Otro obstáculo, aunque menor, es el tono muy formal (los personajes hablan en castellano clásico, dicen “vosotros la tenéis adentro, seguidla chupando”) que también ayuda a que muchas de las historietas del incorruptible Nippur sean (hoy) muy difíciles de digerir. Al final, de los guiones de Robin, lo que más me gustó fue lo que menos me gustaba cuando trataba de leerlo de pendejo: los bloques de texto en los que Nippur narra en primera persona y describe paisajes, sensaciones y estados de ánimo con una prosa increíblemente florida, sobre todo para un guerrero errante. Hay un sólo episodio en el que la narración en off no le pertenece al protagonista, sino a un joven pastor que cumple un rol secundario y sí, el nivel de la prosa es exactamente el mismo. El episodio que más me atrapó fue Enathim y los Enviados de la Muerte... y eso que en este tomo está el mítico team-up con Gilgamesh, el otro gran personaje de la dupla...
El dibujo de Lucho Olivera es muy raro. Por momentos, parece apenas bocetado, pero directamente en tinta. Y por momentos nos deslumbra con unos dibujos impresionantes, con un grado de elaboración imposible, con técnicas re-avanzadas para su época, como si su pluma fuera poseída cada tanto por un djinn. Las mujeres de Lucho tienen todas la misma cara (y eso que en la época no existía la clonación) y en las escenas de acción muchas veces las figuras se ven torpes o desproporcionadas. La narrativa también es complicada: no hay mucho que se pueda hacer en página tras página de 11 ó 12 viñetas, llenas hasta el ojete de globos y bloques de texto. Lucho aprovechaba para zarparse apenas en la primera página de cada capítulo, que muchas veces abría con una splash-page alucinante, a la que le ponía todo y mucho más. Pero el resto de las páginas muchas veces muestran los vestigios del apuro, del “sale con fritas”, con un abuso sistemático de los primeros planos y una escacez de fondos que sólo Ben Templesmith se animaría a superar.
Para bien o para mal, esto no tiene nada, pero nada que ver con la forma en la que hoy se piensa, se escribe, se dibuja y se lee la historieta argentina. Y por suerte, tampoco se parece a la forma en que hoy se edita: nadie en su sano juicio reeditaría hoy estos comics con el color horripilante y el rotulado decimonónico que le faltan el respeto a este material, aún hoy es venerado como un clásico. Feliz Día de la Historieta para todos!
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