el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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lunes, 3 de noviembre de 2014

03/ 11: S.H.I.E.L.D. BY STERANKO

Che, perdón… No me quiero hacer el guacho desmitificador, pero… ¿no le hemos hecho más bombo del que se merecía al Nick Fury de Steranko? Puesto en el contexto de 1967-68 es muy, pero muy interesante, muy loco. ¿Y leído hoy, qué onda? Veamos.
Jim Steranko hace su entrada a S.H.I.E.L.D. cuando Nick Fury y sus muchachos ocupaban 11 páginas de cada número de Strange Tales, compartiendo revista con el Dr. Strange. Al prometedor pibe del semillero le dan bocetos de Jack Kirby para que los termine, y los primeros episodios son eso: Steranko laburando para que los bocetos de Kirby parezcan páginas dibujadas totalmente por Kirby. Para el cuarto episodio, Kirby se termina de desligar de la serie y ahí sí, lo dejan a Steranko dibujar y entintar él mismo las aventuras de Fury, que pasan a ser escritas por Roy Thomas. Muy de a poquito, Steranko se empieza a soltar, a despegarse del molde de Kirby. Elimina la clásica grilla de seis viñetas iguales, empieza a probar otros recursos en la narrativa y le canta “quiero retruco” al Rey a la hora de meter máquinas imposibles y efectos locos logrados con collages.
Al toque se va Thomas y Steranko se convierte en el primer autor integral de la “era moderna” de Marvel: escribe, dibuja y entinta unas cuantas sagas de S.H.I.E.L.D., con muchísimo texto y muchísimas peleas ridículas de Fury contra Hydra y contra mega-robots e hiper-villanos que parecen pensados para hacerle el aguante a Thor o a Hulk. ¿Cómo les gana el viejo Nick? ¿Cómo zafa de una y mil trampas imposibles? Mejor no preguntes. En el medio, Steranko reemplaza a los personajes secundarios que no le gustaban con otros nuevos, con bastante onda, y hasta arranca con la ilustre tradición de tener al Capi América como aliado recurrente de los espías liderados por Fury. Cuando el ídolo lleva ya varios números al frente de la serie, le empiezan a poner entintadores, algunos buenos y otros realmente desgarradores. Mientras tanto, Steranko sigue experimentando: descompone las viñetas como Bernie Krigstein, diseña los títulos de los episodios como Will Eisner y detona todo a la mierda cuando inventa la cuádruple splash-page. Su último episodio en Strange Tales es psicodelia pura, con un argumento incomprensible, fotos retocadas, efectos limadísimos con el color…
Y finalmente en Junio de 1968, el Tordo se queda solito al frente de Strange Tales y a Nick Fury le dan su propia serie, que arranca desde el número 1, obviamente con Steranko como guionista y dibujante. Esto, que supuestamente es el pico más alto tanto de S.H.I.E.L.D. como de Steranko, dura apenas cuatro números y se puede resumir así:
Número 1: Increíble. Steranko ya no quiere dibujar como Kirby ni aunque le inyecten LSD en el glande. Miles de trucos narrativos alucinantes, un villano nuevo muy atractivo, acción al palo, menos páginas sepultadas de globos y bloques de texto.
Número 2: UNA página brillante en medio de un argumento disparatado, al filo de la bizarreada sin pies ni cabeza. De nuevo bocha de texto y un entintador impresentable (Frank Giacoia) estropeando los lápices de Steranko.
Número 3: Una historia rarísima, que va para el lado del misterio gótico, casi sin acción, con mucho diálogo, un despliegue narrativo impresionante y un Dan Adkins muy inspirado en las tintas.
Número 4: Steranko no llega con la entrega y mandan un reprint.
Número 5: Vuelve el villano del primer número y de las 20 páginas, 15 son acción al palo. Efectos visuales del mega-carajo, recursos narrativos que en 1968 sólo se veían en algunos comics europeos de vanguardia y unas tintas de John Tartaglione que de nuevo deslucen groseramente al dibujo. Ah, el argumento no se llega a resolver. Se acaban las páginas, el villano se escapa y alguien dice “capaz que se muere y no rompe más las pelotas”. Fin. Vienen otros autores, Steranko se queda sólo a dibujar un puñado de portadas majestuosas y la serie se cancela un año después, en el n°18.
¿Por qué esto es un clásico? Porque por primera vez aparece un autor que se hace íntegramente cargo de una serie de la B y logra hacerla interesante. Y en la segunda mitad, al tipo se le ocurre cómo modernizar la estética de Kirby, cómo pegarle un upgrade que la acerca al pop art, a la vanguardia gráfica y pictórica de aquellos años lisérgicos y experimentales. Steranko le impuso a un personaje tercerón una impronta moderna, filosa, por ahí sin grandes logros a nivel de los guiones, pero con un impacto visual mucho más sofisticado que el del resto de los comic-books que se publicaban en ese entonces.
Perdón por la extensión de la reseña, esto ya parece una nota de la Comiqueando. Hay mucho más para desmenuzar, pero lo dejamos ahí…

viernes, 4 de julio de 2014

04/ 05: FURY MAX Vol.2

Al final fueron 13, no 12, los episodios que duró esta estremecedora serie del sello MAX, cuyo primero tomo reseñamos el 15/09/13. Recomiendo repasar esa reseña, porque esta vez no pienso agregar una sola palabra acerca del trabajo del dibujante, Goran Parlov. Todo lo que opino sobre el desempeño del croata en esta serie está expresado en la reseña del Vol.1.
Este tomo está compuesto por dos arcos argumentales de tres episodios (como el Vol.1), al que se le suma un epílogo. El primer arco nos lleva a Vietnam, en 1970, para una misión en la que Nick Fury formará equipo con un joven pero ya curtidísimo Frank Castle. Como en las dos saguitas del tomo anterior, lo que más le interesa a Garth Ennis a la hora de escribir estas historias es mostrar el lado oscuro, sórdido, revulsivo de estas heroicas epopeyas de los EEUU en el Tercer Mundo. Son las Fuerzas Armadas, sí, pero el telón de fondo lo pone la CIA, y eso significa que detrás de la guerra hay gigantescos negocios que tienen que ver básicamente con el narcotráfico. Muy en sintonía con el memorable aporte de Alan Moore a Brought to Light (lo vimos el 12/01/12), Ennis se compromete con la denuncia, le pone todas las fichas a explorar mediante estas historias las atrocidades que la CIA hizo y bancó no por la libertad y la democracia, sino por la guita y el poder que implica la guita en una sociedad capitalista como la yanki.
La segunda historia va para el mismo lado, pero esta vez el escenario es Nicaragua y el año es 1984. Fury va a ser testigo de los escabrosos crímenes de lesa humanidad y los gigantescos negocios vinculados a la droga que se esconden detrás del entrenamiento de los contras por parte de la CIA. Con la excusa de no dejar crecer a los comunistas en el patio trasero de los EEUU, esta guerra de guerrillas cobrará miles de vidas, costará miles de millones y terminará con las roscas más espurias finalmente expuestas ante la opinión pública.
Como en los arcos del Vol.1, uno ya sabe cómo va a terminar la participación de los yankis en cada uno de estos conflictos y Ennis acierta al respetar los resultados del mundo real. Sin embargo, encuentra la forma de que el rol de Fury no sea irrelevante, sino que sirva para algo. O que por lo menos se preste para aventuras al límite, tensas, de las que sabemos que va a salir con vida, pero que nos mantengan entretenidos mientras Ennis baja línea. Para esto es muy importante el tratamiento que le da el irlandés al elenco de secundarios (ya lo desarrollé en la reseña del Vol.1), a los que hace avanzar con mucho huevo hacia un final inesperado, de altísimo impacto, que vemos en el epílogo. A lo largo de todo el tomo hay diálogos brillantes, afiladísimos, que plantean en términos incontrastables el espesor y la urgencia de los conflictos que nos muestra Ennis, y sin embargo, los diálogos más tremendos, los más categóricos, están en el epílogo ambientado en 1999, cuando los personajes ya son viejos y hace tiempo que no se meten en ninguna guerra sucia. Ahí el guionista le saca jugo a otros combates, igual de cruentos, pero librados en el fuero íntimo de Nick, Shirley, George y el senador McCuskey.
Un final a todo trapo para un comic muy jodido, muy jugado, que debería usarse para enseñar historia en las escuelas de los EEUU, si no fuera por la sobredosis de puteadas, los garches, los destripamientos y las masacres de las que no se salvan ni mujeres, ni ancianos ni bebés. Si el festival de la mala leche y las atrocidades no te ahuyentan, si te bancás a un Nick Fury tremendamente cínico envuelto en runflas siniestras con gente mucho más hija de puta que él, acá vas a encontrar una obra excelente, con inmensos hallazgos en la caracterización, en el andamiaje dramático que sostiene a las aventuras y sobre todo en la revisión de hechos clave en la historia del Siglo XX, en los que invariablemente Garth Ennis detecta la mano negra de los servicios de inteligencia de los EEUU, soretes jodidos si los hay.

domingo, 15 de septiembre de 2013

15/ 09: FURY MAX Vol.1

Era hora de que Garth Ennis volviera a escribir comics de Nick Fury y en 2012 se nos dio. Felizmente le dieron luz verde para incursionar una vez más en el sello MAX, que es el que permite subir la apuesta en materia de gore, sexo y puteadas, como para darle un tono más jodido a las aventuras de este milico que se enamoró de la guerra y no la puede abandonar.
La idea de Ennis para estos 12 episodios (de los cuales el primer tomo recoopila seis) es contarnos varias guerras sucias, posteriores a la Segunda Guerra Mundial, en las que mojó EEUU casi siempre con penosos resultados. El primer arco nos lleva a Indochina, en 1954, una época y un lugar donde también nos metimos a fondo en la reseña de By the Numbers, el comic que vimos el 7 de Mayo de este año. Y el segundo, a la invasión en Bahía de Cochinos, la que nos narrara hace poco Spain Rodriguez como parte de su biografía del Che Guevara. Es una idea bastante rara, porque uno ya sabe todo lo que va a pasar. Ennis respeta los resultados que se dieron en el mundo real, con lo cual uno ya sabe que Dien Bien Phu va a caer y que Fidel Castro no va a morir y sus revolucionarios le van a patear el culo a los yankis. No está el suspenso, la emoción de enterarse cómo le va a ir a Nick Fury en las misiones: sabemos de antemano que va a perder.
La gracia pasa por otros dos lados. Por un lado, siempre es un placer ver a Ennis bajar línea contra la CIA y contra las operaciones de EEUU en el Tercer Mundo, en general. En la saguita en Indochina también aprovecha para pegarle a los franceses y su tibio intento de preservar sus prerrogativas colonialistas, y a los nazis, porque en 1954 todavía quedaban sueltos un par de muchachos que masacraron a “las razas inferiores” en nombre del Tercer Reich. En la saga de Cuba se caga de risa de lo mal planificada y ejecutada que estuvo la invasión y cuestiona seriamente el rol que jugó John F. Kennedy, pero no se pone la camiseta de Fidel. La escena de torturas más aberrante del libro está protagonizada por un revolucionario cubano, que no tiene reparos en convertirse en verdugo de los invasores yankis, algo que –si le creemos a Spain Rodriguez- Fidel y el Che no habrían permitido nunca.
Por el otro lado, Ennis arma un muy lindo elenco para estas aventuras, obviamente con Nick Fury al frente. Amante de los cigarros, el whisky y las putas, mal hablado y cínico, Fury sigue por el camino trazado por Ennis hace más de 10 años, en su primera miniserie para el sello MAX. No sé si desde entonces ha habido un retrato más acertado de este viejo héroe de los comics bélicos de Marvel. Entre los secundarios se destacan George Hatherly (lo más parecido a un “bueno” que tiene la serie), el advenedizo diputado Pug McCuskey y la infartante Shirley DeFabio, un minón infernal que a la hora de las trompadas mete miedo y a la hora de las caricias, mucho más. Y como en todos los comics de guerra, aparecen más milicos que –tras amagar un par de páginas con convertirse en personajes relevantes- caerán en combate cuando la cosa se pase de castaño oscuro.
A cargo del dibujo tenemos al croata Goran Parlov, en un gran nivel. Parlov es una mezcla de Walt Simonson, el mejor Ron Garney, Oswal, el mejor Cliff Chiang, Giancarlo Alessandrini y algunas cositas de Jordi Bernet. Un dibujante completísimo, con un trazo muy versátil, al que claramente le gusta más laburar que chorear fotos. Para mi gusto, abusa un poco de la grilla widescreen (la “apilada” de viñetas horizontales), pero por suerte esto no resiente demasiado a la narrativa, que resulta sumamente fluída y entretenida, incluso cuando nos topamos con extensas secuencias de diálogos. Muy buen trabajo de este dibujante nunca valorado en toda su dimensión.
Me queda un segundo tomo de Fury MAX, seguramente para el año que viene, en el que el viejo Nick se enchastrará peleando para los yankis en otras guerras mugrientas, en otras misiones encubiertas que probablemente salgan mal. Si te gustan los diálogos groseros, directos y punzantes del mejor Garth Ennis, o si te divierte ver al irlandés en su género favorito (el bélico), o compartís su visión tremendamente crítica del rol de los EEUU durante la Guerra Fría, esto te va a encantar. Y si te bancás al Nick Fury menos heroico y más hijo de puta, no te quedes afuera de este festival de la runfla, las masacres, las torturas, las mutilaciones y los garches, escrito con muchas pilas y mucha mala leche por un guionista que –en obras como esta- justifica la desmesurada devoción que le profesan sus fans.

martes, 4 de diciembre de 2012

04/ 12: WOLVERINE/ NICK FURY: SCORPIO

Este libro reúne dos novelas gráficas y un prestige, originalmente publicados entre 1989 y 1994 y con un elemento en común: en las tres historias se cruzan el mutante canadiense y el capo de SHIELD. Y realmente, eso es lo UNICO que tienen en común. Veamos:
Arrancamos con Wolverine/ Nick Fury: The Scorpio Connection, la graphic novel en la que debuta el nuevo Scorpio, Mikel Fury, quien parece ser sobrino del viejo Nick, pero en realidad... no te lo puedo contar. El guión de Archie Goodwin es potente, con muchos momentos de alto impacto, una vuelta de tuerca muy grossa sobre el final, muchos diálogos de gran nivel y unos bloques de texto de lujo, de los que no abundan en los comics de tiros, trompadas y garras de adamantium. Sin ser una joya imprescindible, es definitivamente un muy buen guión.
Que empalidece por completo frente a la faz gráfica, en la que nos encontramos con el maestro Howard Chaykin prendido fuego, en el que seguramente debe ser su mejor trabajo para Marvel. En equipo con el glorioso colorista Richard Ory, Chaykin detona su mejor arsenal a la hora de darle imágenes a los textos de Goodwin. Se nota un cachito que no le gusta tanto dibujar a Wolverine (sobre todo enmascarado), pero ese Fury es quintaesencial, casi tan definitivo como el de Jim Steranko. Sólo por lo que dibuja Chaykin en esas 62 páginas, se justifica todo el libro.
Después tenemos Bloody Choices, otra graphic novel, pero del ´91, escrita por Tom DeFalco y dibujada por otro grande, John Buscema. Lamentablemente, este prócer tiene menos suerte con los coloristas: le toca Gregory Wright, quien se vuelca hacia una paleta sombría, llena de marrones y grises, que a veces se empastan y deslucen el dibujo. No sé si es uno de los mejores trabajos de Buscema. Por ahí no. Pero seguro que en blanco y negro se vería mucho mejor.
El guión de DeFalco no tiene nada que ver con la saga de Scorpio. Están Wolvie y Fury y de hecho se cruzan más feo que en las otras historias, pero la cosa va por otro lado. Este es el típico guión sórdido, oscuro, repleto de desesperanza y de excusas para que los héroes se saquen y empiecen a actuar como los villanos. No es ni bueno ni malo, es simplemente producto de una época muy marcada en la que se confundía a la madurez con la sangre, la violencia y la crueldad.
Y hablando de épocas, Wolverine/ Nick Fury: Scorpio Rising es de 1994, una de las peores épocas de la historia de Marvel, en la que –salvo honrosas excepciones, como el Hulk de Peter David- toda la línea editorial despedía hedores nauseabundos, dignos de una cripta lovecraftiana. En ese contexto aparece este guión de Howard Chaykin simplón, por momentos burdo, en el que Wolverine podría tranquilamente no estar, ya que con un héroe sobraba y todo lo importante que pasa, le pasa a Scorpio. Está claro que esto iba a vender mejor si se lo mostraba como una secuela a The Scorpio Connection y por eso está ahí Logan, esta vez con su traje amarillo con las hombreras de metal, esa cosa asquerosa cuyo diseñador merece morir en cana.
El dibujo cayó en manos de Shawn McManus, en el peor momento, en ese breve período en que este excelente dibujante se había pasado al lado oscuro de la Fuerza y se zarpaba dibujando esos cuerpos deformes, pasados de esteroides, con músculos imposibles, y esas caras aún más deformes, llenas de rayitas espantosas al estilo Rob Liefeld, dientitos apretados, crosshatchings innecesarios en los pómulos... una abominación, una cosa realmente desagradable. Lo único redimible es que, a diferencia de Liefeld y sus simios amaestrados, McManus no falla en la narrativa. Y si Buscema tuvo mala suerte con el colorista, pobre McManus, fue sumergido en una pileta con meo de todas las especies caninas del planeta. Lo que hace Gloria Vazquez en estas páginas no tiene ninguna explicación racional excepto “tuve que colorear las 46 páginas en un fin de semana en el que me la pasé borracha, drogada y enfiestada con tres chongos del Golden, dos travas, un burro y un enano”. Posta, la cantidad de errores y tiradas a chanta que se ven en el color de este comic es realmente un bochorno.
En fin, te recomiendo esto si sos muy fan de Wolverine, o de Fury, o (como yo) de Chaykin. O si querés ver cómo el grim´n gritty de fines de los ´80 y principios de los ´90 a veces funciona bárbaro y a veces se cae a pedazos.

sábado, 28 de enero de 2012

28/ 01: FURY: PEACEMAKER

Otra saguita de Nick Fury a cargo de Garth Ennis y Darick Robertson no era algo que uno fuera a dejar pasar fácilmente, y menos después de aquella que salió en 2001 en los albores del sello Marvel MAX (la reseñamos en Febrero de 2011).
Esta segunda saga, sin embargo, es bastante diferente a la anterior, por muchos motivos, principalmente 1) no es Marvel MAX, o sea que no hay puteadas, hay menos gore y la única escena de sexo está mucho más sugerida y 2) no transcurre en la actualidad, sino en plena Segunda Guerra Mundial, cuando Fury no era el capo de SHIELD, sino un valiente sargento de las tropas aliadas que le hacían el aguante a Hitler. También hay diferencias más sutiles. La que más suma es que acá Ennis no se plantea en ningún momento el mestizaje de géneros. Este es un comic 100% bélico, sin espionaje, sin elementos sobrenaturales, sin superhéroes y –lo más importante- sin un sólo chiste.
Ah... te empezó a gustar, no? Es que hasta los más férreos detractores de Ennis tienen que reconocer que, cuando se mete a fondo con la temática bélica y deja afuera los chistes, el irlandés es un acorazado insumergible. Peacemaker es una historia dura, áspera, y mucho más creíble que casi cualquier otra ambientada en el Universo Marvel. Ese detalle no es menor: esta saga está tan en continuidad que hasta revela cómo el viejo Nick perdió el ojo que le falta. Y aún así es un detalle. No es lo importante, porque este es un comic de Garth Ennis, no de Roy Thomas, y la intención no es encarar un retcon minucioso del pasado de Fury. De hecho, a los Howling Commandos apenas si se los menciona al pasar.
Acá, Fury comparte el protagonismo con un grupito de soldados británicos con una misión: eliminar como sea al Mariscal de Campo Stephen Barkhorn, el más brillante estratega de la jerarquía militar de la Alemania nazi. Y ahí se disparan –a falta de uno- tres dilemas éticos complejos e incómodos, a los que Ennis les saca un enorme provecho. Primero, Barkhorn le perdonó la vida a Fury tras una estrepitosa derrota de los yankis en Túnez. ¿Da para matarlo? Segundo, a Barkhorn le tocó presenciar atroces crímenes de lesa humanidad perpetrados por los nazis en Rusia y se indignó tanto que –dicen- planea matar al mismísimo fuhrer. ¿No es mejor dejarlo vivo y que cumpla con su propósito? Y tercero, ponele que Barkhorn o las tropas de Fury matan a Hitler y se termina la guerra: ¿qué hacemos? ¿Qué hace un tipo como Fury cuando no hay guerra? Este último dilema estaba bastante presente en la miniserie anterior, y acá vuelve con todo. Claramente, Ennis concibe a Nick como un enamorado de la guerra.
La trama está un poquito estirada (el primer episodio, sin ir más lejos, no aporta absolutamente nada) pero estos tres dilemas la hacen espesa, inquietante, tensa. Por supuesto, cada tanto irrumpe la acción y los combates entre los panzers alemanes y los bravos soldados aliados le prenden fuego a la página con una violencia zarpada y realista a la vez. Pero (como en la recordada Unknown Soldier), todo se resuelve con diálogos y en el último episodio. Ahí, recién ahí, aparece la mala leche característica de Ennis, y es sumamente bienvenida.
El dibujo de Robertson está muy por debajo de otros trabajos suyos. Tenía dos entintadores que eran garantía: Jimmy Palmiotti (que lo acompañó en la saga anterior de Fury) y Rodney Ramos (que lo entintaba en Transmetropolitan). Aún así, el dibujo (no la narrativa, que es óptima) derrapa miles de veces. Hay viñetas lindas, que parecen de Robertson inspirado, o de Joe Kubert, o de Tim Truman, o de John Severin, y después hay unos abortos infumables que parecen de esos verduleros de Image de principios de los ´90. No sé por qué, pero acá Robertson no logra ni en pedo mantener un nivel sólido y parejo a lo largo de las 144 páginas de la obra.
Lo cual no es óbice para recomendarla a full, porque el guión es excelente. Si sos fan de Ennis, del comic bélico o de Nick Fury, internate entre las líneas enemigas para capturar esta historieta que vale la pena, y mucho.

martes, 22 de febrero de 2011

22/ 02: FURY


Estamos en 2001 y empieza a tomar forma la Tercera Era Dorada de Marvel, de la mano de Joe Quesada y Bill Jemas. Uno de los hallazgos de ese momento es el sello MAX, un espacio para jugar con los personajes de siempre, pero apuntados al público adulto. Y no, el resultado no fueron comics de superhéroes con tetas y puteadas, sino unas cuantas historietas muy notables.
La que hoy nos ocupa tiene un sólo problema: la extensión. No era una historia para seis comic-books. En una novela gráfica de 96 se podría haber contado lo mismo, de modo más efectivo. Pero el guión es de Garth Ennis y la especialidad de Ennis es estirar. Estira lindo, con buenos diálogos, con escenas de desarrollo de personajes que están muy bien, y por supuesto, con su habitual culto a la violencia, los chumbos y la mala leche. En realidad, Fury es un comic contra la violencia, un alegato, una advertencia. Ennis se mete en la psiquis de Nick Fury y nos muestra un lado siniestro del longevo capo de SHIELD: terminada la Guerra Fría (y cuando todavía los fundamentalistas islámicos no eran el Nuevo Enemigo), el tipo se siente vacío y llega al punto de añorar los años de operaciones encubiertas, guerras sucias y aprietes a los espías contrarios para que revelen data top secret. ¿Puede un tipo que evitó miles de guerras enamorarse de la guerra? Eso es lo que se propone responder Ennis.
También, ya que está, baja una línea muy interesante acerca de la geopolítica del Siglo XX, explica las relaciones entre la O.N.U. y los gobiernos de los países centrales y las relaciones entre estos y sus respectivos servicios de inteligencia. Por supuesto, todo salpicado con una orgía de sangre, gore, torturas y atrocidades varias, en su mayoría cometidas por el villano (el ruso Rudi Gagarin), pero también algunas perpetradas por Fury y “los buenos”. Ennis le saca un enorme provecho al sello MAX: nada de lo que pasa acá podría pasar en un típico comic de superhéroes. No sólo porque estos intervendrían y desactivarían en segundos (y sin derramar una gota de sangre) el conflicto que intentar detonar Gagarin. El nivel de salvajada que se muestra en esta obra es sólo para el lector muy curtido, con mucho estómago. No son nada más los chistes groseros, la temática política o el abuso de la palabra “fuck”. Acá el héroe estrangula al villano con los intestinos de este último, expuestos gracias a un certero cuchillazo en el vientre.
Y por ahí lo más flojo es el intento de insertar un tercer género en la historia: Espionaje y bélico juntos se llevan bastante bien, pero cuando Ennis quiere meter comedia, cae o bien en un grotesco muy revulsivo (Fuckface, un guiño a Arseface) o en una boludez que casi no causa gracia (el personaje de Wendell). En Punisher, el chiste de meter elementos cómicos le salió bastante mejor que acá.
Para dibujar esta animalada, Ennis contó con un grosso al que no le cuesta para nada derrapar hacia el grotesco: Darrick Robertson tiene momentos de mucho realismo (con caras de Fury copiadas de fotos de Clint Eastwood), momentos mucho más caricaturescos y momentos (miles) totalmente desaforados, en los que potencia el impacto y el asco que nos tiene que generar todo este carnaval de los chumbos, las bombas, las torturas y las trompadas. Acá nace la dupla que luego se reunirá en Born y en The Boys y la verdad es que estos dos salvajes se entienden a la perfección. Sin ser un genio ni mucho menos (de hecho, tiene varios errores de anatomía), Robertson sabe acompañar al guionista: le pone onda a las escenas repletas de diálogos en las que nadie mueve un dedo y se zarpa más allá de lo descriptible en las escenas en las que estalla la violencia y vuela gente (y cachos de gente) por el aire. Bien Jimmy Palmiotti, también, que refuerza este laburo desde el entintado.
Fury no es una joya, ni un comic fundamental. Pero es un comic sólido, arriesgado, que se jugó a darle una vuelta de tuerca heavy y a la vez verosímil a un personaje de larguísima trayectoria, y que cumple con su cometido: arrancarte alguna sonrisa macabra y shockearte con un despliegue despiadado y visceral de muerte y violencia, cortesía de unos pocos hijos de puta para los cuales la guerra no significa tragedia, sino poder.