el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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viernes, 13 de octubre de 2023

NOCHE DE VIERNES

Hoy aproveché un par de viajes largos (a lo de uno de los dealers que me provee comics) para avanzar con las lecturas, así que tengo un par de libritos más para reseñar. Del Mismo Barro es un recopilatorio de algunas de las historietas que escribió Osvaldo Lamborghini a principios de los ´70, antes de convertirse (de manera efímera, porque murió joven) en un referente de la literatura argentina. Como consecuencia casi lógica de la gran fama de Lamborghini entre los fans de la literatura, la edición de esta antología corrió por cuenta de un sello que suele editar literatura, no historieta, y por ahí pasa lo peor que tengo para decir del libro. Esto está muy mal editado. Salvo el excelente prólogo de Federico Reggiani, el resto es una sucesión de malas decisiones. El tamaño, el espacio en blanco alrededor de las planchas de historieta, los escaneados, la tipografía de Columba que nadie se calentó en reemplazar, ese texto frutihortícola de Fabián González y Agustina Pérez que no dice nada, imágenes a las que no les tocaron ni siquiera los niveles en el Photoshop... Son todos errores que sólo puede cometer alguien que no tiene la menor idea de cómo se trabajan los materiales cuando se rescatan historietas de hace 50 años. Que la portada sea una foto y no un dibujo... vaya y pase. Pero todo lo demás es cualquiera, posta. Vamos a las historietas en sí: la primera es la mejor, por los dibujazos de Gustavo Trigo (el historietista que más trabajó en dupla con Lamborghini) y porque los diálogos están repletos de expresiones y palabras 100% argentas, aunque la historia transcurre claramente en Estados Unidos. Evidentemente, Lamborghini tenía un manejo impecable del habla informal rioplatense de principios de los ´70 y eso se disfruta a pleno. La segunda historieta (la que da título al libro) no está mal: dibuja Rubén Sosa a un nivel aceptable, y si bien la historia termina medio en cualquier parte, el desarrollo de la situación y de los personajes la hace muy llevadera. Estas dos historietas salieron originalmente en la revista Top. Nos quedan cinco que salieron en la D´Artagnan, y acá agarrate fuerte. Las tramas son todas parecidas: ambientación urbana, personaje o grupito de personajes vinculados al crimen urbano, traiciones, tiros, piñas, y algún giro interesante muy de vez en cuando. Los bloques de texto están bien (a veces sobran) y los problemas son varios. Primero, la cantidad de texto. Segundo, el rotulado de Columba, funesto hoy y siempre. Tercero, la cantidad de viñetas por página. Casi nunca vemos menos de 12 cuadros, y hay muchas páginas de 14, 15 y 16. Y cuarto, la pésima suerte de Lamborghini en la ruleta de los dibujantes. Acá lo vemos dibujado por Ascanio (muy mediocre), por Enio (también sin onda, y con el peor guion del libro), por un tal Cristóbal (flojito) y por Aníbal Rodríguez Uzal (otro del montón). Las mejores páginas de este tramo son las cuatro primeras de la historieta que dibuja Martha Barnes. Ahí vemos un despliegue de onda, de creatividad, un intento por darle al clásico "policial urbano" un estilo más atractivo, más personal. Pero en un punto Martha se da cuenta de que para hacer eso necesita contar la historia en más de 20 páginas, entonces para liquidarla en 10 páginas entra a meter 16 cuadritos por página en las seis que le quedan y ahí se esfuma cualquier intento por dibujar por fuera del molde de estas revistas, donde (por lo menos en los unitarios que salían en D´Artagnan entre 1971 y 1973) la calidad estética del dibujo realmente no importaba un carajo. Nada, esto es para fans termo de Osvaldo Lamborghini, no para fans de las historietas. Nosotros lo podemos consumir como curiosidad, o bizarreada, pero no es mucho lo que nos aporta, más allá de esas páginas de Martha Barnes o las 16 primeras, en las que da catedra el Negro Trigo. El resto, no es menos olvidable que la gran masa de la historieta industrial "por kilo" que llenaba los kioscos de nuestro país hace 50 años. Y encima la edición tiene más problemas que Medio Oriente.
Le metí una pausa de cinco años a la relectura en TPB del glorioso Suicide Squad de John Ostrander (el Vol.4 fue reseñado el 24/08/18), pero acá estoy de vuelta con un Vol.5 brillante, que recopila los nºs 31 al 39 de aquella inolvidable serie de DC. En la bisagra entre los años ´80 y ´90, el Squad era una aplanadora. Y en este tramo puntual, Ostrander y sus colaboradores se dedican a cosechar a lo bestia un montón de puntas argumentales que venían sembrando desde los primeros episodios. De hecho, este tomo cierra tan bien, que si nunca más leés un comic del Squad, no pasa nada. Claro, hay tanto esfuerzo por desarrollar a algunos personajes, que sería un desperdicio dejarlos ahí y no tocarlos más. Pero está claro que la etapa clásica del título termina acá, en el nº39, y lo que viene después es otra cosa. Estas son historietas que leí muchas veces, llenas de situaciones y diálogos que me acordaba de memoria, y aún así las disfruté enormemente. Sin meterme una por una en las historias, esto es mainstream yanki del mejor nivel imaginable. Ostrander te mechaba sagas largas con unitarios contundentes, y números en los que sólo había desarrollo de personajes (como el 31, centrado en Richard Craemer, el mejor cura católico de la historia del comic). Y en este rubro era sumamente plural y horizontal: sí, obvio, el personaje al que más bola le da es Amanda Waller. Pero también trabaja muchísimo a segundones, tercerones y hasta a personajes que aparecen muy de vez en cuando, allá al fondo, y no aspiran siquiera a un rol protagónico. Por todos lados (hasta en plena machaca) asomaban puntitas argumentales que luego cobraban preponderancia y se exploraban hasta las últimas consecuencias, excepto que alguna decisión argumental "de arriba" forzara a Ostrander a deshacerse de algún personaje al que DC necesitaba para otra cosa. El resultado es una serie de una intensidad devastadora, que se animó a mostrar al Universo DC desde una óptica distinta, más jodida, más política, más cínica, más sucia, pero sin ser solemne ni mucho menos aburrida. En cuanto a los dibujos, este tomo tiene altibajos, pero me quedo con dos momentos: el nº31, donde lo dejan al zarpadísimo John K. Snyder entintar sus propios lápices, y los dos números finales, donde se termina de ensamblar el combo entre los lápices de Luke McDonnell y las tintas de Geoff Isherwood, con resultados sumamente potentes. Lástima que a mitad del nº38, McDonnell decide que no quiere dibujar más las zanjas entre las viñetas, algo que a mí me parece antinatural y medio choto. Pero por suerte el tipo sabe narrar y la desaparición de las zanjas no redunda en puestas confusas donde no se entiende qué pasa en una viñeta y qué en la de al lado. Me queda clarísimo que de acá hasta el final vienen tres tomos (27 números, creo) donde no vamos a volver a los niveles de magia que tiran John Ostrander y su tropa en estos episodios, pero igual los quiero, aunque sea para que no me quede parte de la colección en libros y parte en esas revistitas pindongas con papel choto y decenas de páginas de publicidad. Uh, me fui a la mierda con la extensión de las reseñas. Hasta acá llegamos. Gracias y nos reencontramos ni bien tenga más material leído, que ojalá sea pronto.

miércoles, 31 de octubre de 2018

MIERCOLES RETRO

Hoy me toca reseñar dos obras que había leído varias veces, pero que nunca había tenido en formato libro.
Arranco en 1986, cuando DC publica Legends, con la difícil misión de mantener alta la vara impuesta un año antes por Crisis on Infinite Earths. Así se juntan un argumentista de lujo como John Ostrander, un dialoguista con mucha experiencia en materia de Universo DC como Len Wein, un dibujante hiper-poderoso que atravesaba su mejor momento como John Byrne, y un entintador exquisito como Karl Kesel. Y me acuerdo que cuando la leí en mi adolescencia Legends me re-gustó, pero esta vez me dejó gusto a poco.
La mejor idea que se le ocurre a Ostrander (un decreto presidencial prohíbe las actividades de los superhéroes pero unos cuantos siguen actuando en la clandestinidad) está muy desaprovechada. En ese mismo momento, la misma idea le iba a dar frutos mucho mejores a Alan Moore en Watchmen, y ni hablar de lo que hizo Mark Millar cuando la recicló varios años después para Civil War. El resto, o son ideas flojitas, o se plasman en conflictos que se resuelven de modo demasiado simplista. De todos modos, eso no es lo peor: lo peor son los conflictos que se resuelven en otras colecciones (crossovers y spin-offs) que este tomito no incluye.
¿Qué se puede rescatar? Ese primer cruce picantísimo entre Amanda Waller y Rick Flag, algunos diálogos copados, la aparición épica de Wonder Woman y ese gaste inmisericorde al fracasado New Universe de Marvel, con garrotazo a Jim Shooter incluído. Y el trabajo de Byrne y Kesel, obviamente, que es impecable. En esta época, no era tan infrecuente que los comics de DC tuvieran implicancias políticas, ni que Ronald Reagan apareciera como personaje secundario (casi siempre como un viejito boludo bastante desorientado), pero me parece que el propio Ostrander utilizará este recurso mucho mejor en otros trabajos. Acá me resultó todo muy lavadito, muy falto de huevos. Y además me irritó verlo a Superman casi como un amanuense de Reagan, casi dándole letra a Frank Miller para que se mofara mal de ese aspecto del personaje en su (también contemporáneo a Legends) Dark Knight.
Me guardo el librito porque funciona bien como prólogo al Suicide Squad, a la Justice League de Giffen y DeMatteis y al Flash de Mike Baron, que ojalá algún día salga en libro. Y porque soy hardcore fan del Dios Byrne.
Saltito hasta Argentina, años 1990-91, cuando Pablo Fayó serializa en tres revistas distintas una de sus mejores obras, la recordada (y por fin recopilada) Pamela y el Extraterrestre. Es muy loco, porque me acordaba perfecto los episodios de la revista País Caníbal y no los de la Cóctel, la revista en la que yo laburaba cuando Fayó entregaba (siempre tarde) estas páginas, a las que incluso lo vi entintar o rotular en la oficina donde armábamos la revista.
El episodio mejor dibujado es el tercero (el último de País Caníbal), donde Fayó alcanza la síntesis perfecta entre los clásicos norteamericanos de los años ´20 y ´30 (George Herriman, Cliff Sterret, Elzie Segar, su ruta), Robert Crumb y la movida argentina de “línea chunga” (en algún punto heredera también de lo que hacían Miguel Gallardo y Juan Mediavilla en El Víbora) que cobraba fuerza en aquellos inicios de los ´90, para apagarse poco después. En las entregas siguientes, Fayó simplifica un poco el dibujo, renuncia a ese tratamiento más extremo de las masas negras que tan buen resultado le dio en el arranque de Pamela… y dibuja menos cuadros por página, si bien recurre bastante a la grilla de nueve viñetas.
El guión es una verdadera delicia, una mezcla infalible entre aventura de ciencia-ficción Clase Z y comedia costumbrista desopilante, en la línea de lo que hacía el glorioso Mique Beltrán en las aventuras ochentosas de Cleopatra. El ritmo es impredecible, los diálogos están afiladísimos y los volantazos y situaciones bizarras te mantienen siempre enganchado. Pero claro, son pocas páginas. Y eso abre la puerta a otro acierto de este libro: las 30 páginas finales, en las que tenemos un montón de historietas muy breves que no conectan en lo más mínimo con la saga de Pamela y Maxi, y que Fayó realizó para otras publicaciones. Recuerdo haber leído algunas en El Tajo… y hay un par que creo no haber leído nunca. Una de ellas, la que cierra el libro (Coleccionistas), me pareció una joya, una auténtica maravilla, seguramente una de las mejores historias cortas del hoy reputado cantante de tangos.
La verdad que ese tramito final, el de las historias cortas, me dejó tan cebado que ahora quiero un libro con 100 ó 120 páginas de eso: historietas cortas de Fayó, con todos los personajes que no son ni Pamela ni Agapito, o sin personajes, sólo con esas ideas brillantes y desaforadas que el crack “quemaba” en tres páginas repletas de diálogos y piruetas argumentales alucinantes.
Y nada más, por hoy. Terminamos un mes de mucha actividad en el blog, y vamos a ver hasta dónde llegamos en Noviembre. Tengo en carpeta un montón de eventos en los que voy a estar, y arranco este sábado (si no llueve) en la Feria del Libro de Vicente López. Ojalá nos crucemos por ahí.

lunes, 15 de octubre de 2018

LUNES DE HIJOS DE PUTA

Ya 100 posteos en lo que va del 2018. Venimos bien, llegamos tranqui a la meta de 120 posteos en el año.
Arranco con un pendiente, que es el TPB que recopila la miniserie de Deadshot de 1988, co-escrita por el maestro John Ostrander y su difunta esposa Kim Yale, y dibujada por Luke McDonnell. Esto engancha antes de los dos últimos libros del Suicide Squad que me bajé, pero bueno, es lo que hay.
Antes de meterme con la miniserie, breve glosa para las historias de Deadshot contra Batman que aparecen para rellenar el TPB y que quede más gordito. La primera ya la había leído en el libro reseñado el 23/10/10 (recomiendo releer dicha reseña). Las otras dos (de 1982 y 1984, respectivamente) son historias 100% de Batman, en las que Deadshot aparece simplemente porque es un comic de superhéroes y el protagonista tiene que luchar contra alguien. Pero es un mero ornamento, los guionistas (Gerry Conway, Paul Levitz y Doug Moench) no tienen la menor intención de desarrollar un poquito a Floyd Lawton. Y en ambos casos, el dibujo lleva la impronta del glorioso Don Newton, perfectamente complementado por las tintas de Alfredo Alcalá.
Ahora sí, vamos con Ostrander, Yale y un Luke McDonnell prendido fuego, afiladísimo, que capitaliza al mango la posibilidad de entintar sus propios lápices y hasta se ve beneficiado por la estridencia cromática de Julianna Ferriter. Gran trabajo del siempre sub-valorado McDonnell, lleno de secuencias memorables, tanto en los tramos más intimistas como en las escenas de acción.
En cuanto al guión, Ostrander y Yale nos enredan en una trama sórdida, tremenda, repleta de escenas horribles, perturbadoras. Básicamente, es una historia sin buenos, donde lo que nos quieren contar los autores es que Deadshot es un hijo de puta irredimible y le gusta ser así. Lo más parecido a una heroína es Marinie Herrs, la ex-terapeuta de Floyd Lawton, apartada de su cargo por haberse involucrado emocionalmente con su paciente. Pero no creas que esto dispara una historia de amor en la que Deadshot busca la redención por la vía de sus sentimientos hacia Marnie. Acá la redención no llega nunca, por ningún lado. Y eso es lo que hace tan memorable a esta historia. Si el Suicide Squad jugaba todo el tiempo en el límite entre buenos y malos, con los dilemas éticos siempre a flor de piel, acá ya no hay ambigüedad que valga. Es todo atrocidad y mala leche, de punta a punta. Ojalá cada vez que sale un spin-off de una serie en la que los guionistas se centran en un sólo integrante de un grupo, la calidad fuera esta.
30 años después de la mini de Deadshot, el argentino Marcelo Dupleich edita Roberto (un tipo de mierda), una obra a la que le sobran las buenas intenciones, pero también los problemas. En primer lugar, el librito tiene 58 páginas, de las cuales sólo 39 son de historieta. O sea que hay casi VEINTE páginas de prólogos, carátulas, dedicatorias, o incluso páginas vacías, donde sólo vemos tinta negra. Un delirio absoluto.
Las tres historietas del tomo van encajando en forma muy ingeniosa. Están publicadas en un orden cronológico que no respeta la diégesis y que acentúan la sorpresa que se lleva el lector al internarse en otro festival de la mala leche y la abyección moral. Pero a nivel narrativo y de armado de la página, les juega muy en contra la decisión de Dupleich de no meter nunca más de tres viñetas por página. Casi siempre hay sólo dos viñetas (sabemos que es la grilla que a mí menos me convence en términos de narrativa secuencial) y además no hay zanjas ni marcos para separar unas de otras. El omnisciente fondo negro se mezcla con las abundantes masas negras que utiliza Dupleich y complica un poco la lectura, al igual que el tamaño de los globos (algunos son gigantescos, repletos de palabras, como si los personajes tiraran monólogos infinitos cada vez que abren la boca) y la tipografía elegida para los textos, que es realmente espantosa.
La idea de Dupleich parece ser impactar al lector a toda costa, no sólo con las turradas que nos cuenta/muestra, sino incluso con la elección de los ángulos (bien extremos) y los planos (cortados en lugares más que inusuales). La estética también es feista, totalmente jugada al grotesco, y por momentos funciona bastante bien, sobre todo cuando Dupleich se concentra en el claroscuro (sin dudas la técnica que mejor maneja) y no se ceba metiendo detalles y texturas con ese trazo más finito, mucho menos logrado.
Lo mejor que tiene el libro son los diálogos (excelentes, sumamente realistas) y los argumentos, la base sobre la que Dupleich arma los relatos. A los guiones les faltan más viñetas, para mostrar un poco más de la acción y “licuar” los diálogos más extensos entre más imágenes. Al dibujo le falta decidirse por una sóla técnica de entintado. A la narrativa le faltan las zanjas y le sobran las splash-pages y las páginas de dos viñetas. Y al libro le falta por lo menos una historieta más, porque la verdad que 19 páginas de relleno es demasiado. Así como está, Roberto (un tipo de mierda) es el embrión de una obra importante, tanto en la carrera de Marcelo Dupleich como en la historieta argentina actual. Entre el embrión y la obra importante hay un largo trecho, que ojalá el autor pueda recorrer en futuras historietas, o en eventuales reediciones de esta. Talento no le falta.
Y nada más. Después de Floyd Lawton y Roberto, ya me empiezan a parecer buenos pibes Marcos Peña, Durán Barba y Héctor Magnetto. Nos reencontramos pronto, con nuevas reseñas, acá en el blog.

viernes, 24 de agosto de 2018

VIERNES COMPLICADO

Otra vez tengo problemas con mi computadora y estoy trabajando en una prestada. Esta noche no tengo joda nocturna, porque mañana muy temprano viajo a Pergamino, a participar de la Pergamino Comicon, que tiene una pinta espectacular.
Me voy a 2015, cuando se edita Caza Mayor, una “novela gráfica” que combina textos de Javier Chiabrando y dibujos de Nicolás Brondo. Las comillas vienen a cuento de que no es una verdadera novela gráfica, sino un cuento, una obra literaria de Chiabrando, re-armada para ocupar alrededor de 100 páginas, mezclada con dibujos, viñetas y unas poquitas páginas dibujadas por Nico Brondo. El cuento es bueno, atractivo, bien escrito, pero uno quiere ver a Brondo contar la historia con sus dibujos y eso sucede poco y de vez en cuando. Lamentablemente, no es mucho lo que Brondo logra transformar en narrativa secuencial, con lo cual en buena medida se limita a acompañar con sus dibujos las ideas del cuento original. Las secuencias más largas son dos, que ocupan cuatro páginas cada una, y obviamente es lo más disfrutable que tiene el libro. Después tenemos viñetas sueltas, o dibujos sin formato de viñeta, que aparecen en distintos tamaños, a veces más próximos a los de la ilustración. Algunos dibujos incluso se repiten varias veces, lo cual es medio una garcha. Y en general están muy bien, excepto cuando Brondo se zarpa copiando a Cacho Mandrafina y convierte al protagonista, Pierino Baldacci, en un clon del protagonista de Cosecha Verde. Eso también es bastante lamentable.
Cierro con un concepto reiterado: el relato que propone Chiabrando está muy bien, pero esto NO es una novela gráfica. Sólo se lo puedo recomendar a los fans extremos de Nico Brondo que tengan ganas de verlo afrontar un trabajo distinto, más calmo, menos experimental, sin elementos fantásticos y hasta con referencia fotográfica muy visible, otro rasgo atípico en la obra del cordobés.
Y también me bajé el Vol.4 de las recopilaciones del Suicide Squad de John Ostrander (el último que me quedaba sin leer), que trae apenas cinco episodios de esa gloriosa serie, mezclados en un crossover no demasiado atractivo con otras cuatro colecciones de DC de esa época: cuatro episodios de Checkmate (una serie menor escrita por Paul Kuppeberg), uno de Manhunter, uno de Firestorm (las otras dos series que escribía Ostrander, a las que les venía bien una inyección de nuevos lectores) y un epílogo de Captain Atom, casi un choreo, que tiene mínima conexión con la saga troncal.
La saga se llamó The Janus Directive, y lo mejor que tiene es la reflexión solapada acerca de los vicios, pecados y miserias de las agencias de inteligencia y demás operarios encubiertos al servicio del gobierno yanki. El resto -en el contexto de esta inolvidable etapa del Squad- es bastante olvidable. El plan de Kobra es medio estúpido, no hay una relación lógica entre lo que quiere hacer y toda esa runfla intrincada para hacer que los metahumanos y demás espías al servicio del gobierno se den machaca entre ellos. Por supuesto, Ostrander no baja nunca la calidad de los diálogos y siempre mete esos magníficos toques de caracterización en héroes, villanos y personajes secundarios. Comparado con lo que tenía para ofrecer Kuppeberg en Checkmate, Ostrander sale obscenamente bien parado, incluso en esas extensas secuencias donde lo único que hay son batallas entre tipos y minas con poderes.
Para este TPB, ya no tenemos a Luke McDonnell como dibujante del Squad. El reemplazante es el genial John K. Snyder III, que acá todavía estaba un poquito crudo. Eran sus primeros trabajos para una editorial mainstream, y desentonaba un poquito, sobre todo cuando lo entinta Pablo Marcos. Al principio cuesta acostumbrarse a esos cuerpos más masivos, esos rostros más deformes y esas angulaciones más extremas. Después vuelve a entintar Karl Kesel, y le da una pátina más clásica, menos transgresora al dibujo de Snyder. Pero lo mejor de este dibujante va a venir más adelante, cuando lo dejen entintarse a sí mismo. El libro también ofrece trabajos de un par de obreros del lápiz bastante correctos (Grant Miehm, Steve Erwin, Rick Hoberg), un capo como Tom Mandrake y un dibujante a veces muy bueno y a veces choto, como Rafael Kayanan (acá lo vemos en su faceta chota).
A pesar de fumarnos un crossover extenso, no demasiado trascendental y con muchos episodios de una serie medio pete como era Checkmate, los fans del Squad nos vamos contentos de este Vol.4, porque The Janus Directive no sólo no traiciona el espíritu del Squad, sino que Ostrander va a saber utilizar lo que sucede en esta saga para seguir construyendo para adelante, o por lo menos hasta el número 40, que es donde vendrá un sacudón bastante más zarpado que lo que se vio hasta ahora.
Me llevo unos libritos para leer en el micro rumbo a Pergamino, así para lunes o martes seguro tengo material para volver a postear acá en el blog. Gracias y hasta pronto.

lunes, 13 de agosto de 2018

LUNES CON ONDA

Otro día con lindo clima, a pesar de que –por distintos motivos- no me moví de mi casa. Y sí, anoche estaba desvelado y me terminé dos libros que tenía empezados.
El Vol.3 de los tomos que recopilan el glorioso Suicide Squad de John Ostrander es una fuckin´ aplanadora. 280 páginas de mala leche, runfla política, acción y un desarrollo de personajes impensable en el comic de hoy en día. Creo que ya mencioné esto en la reseña de alguno de los tomos anteriores, pero creo que pocas series hacen mejor uso de esa posibilidad que daba el comic-book mensual de planificar a largo plazo. Digo “daba” porque hoy rara vez un mismo guionista se queda en una serie más de 18-20 episodios, y casi ninguno se calienta por crear y desarrollar personajes secundarios. Ostrander es tan generoso en ese rubro, que se podría haber lanzado un segundo títulos SIN el Suicide Squad, sólo con Amanda Waller y el personal civil de Belle Reve. Todo el tiempo aparecen nuevos tipos y minas sin poderes, subalternos o sub-subalternos de Amanda y Ostrander hace que todos tengan una voz propia, o algo copado para aportarle a la serie.
Y después están las misiones, jodidas como enema de chimichurri, en las que vemos a este rejunte de villanos, héroes y anti-héroes de la B Metropolitana ir y venir de acá para allá según los caprichos de Waller, y hasta parársele de manos a esta abanderada de la amoralidad para tratar de torcer el rumbo del Squad, que más de una vez está a milímetros de hacerse mierda contra el piso. Pero los miembros del Squad van y vienen y lo que mantiene a esta serie allá arriba es el tono, esa ambigüedad turbia, en la que vemos a los malos hacer lo correcto, a los buenos sentir que se están enchastrando por causas más o menos justas, a los políticos cagarse en todo con tal de acumular poder y a Waller explotar las inseguridades y vulnerabilidades de todos en su propio beneficio. De nuevo me encontré con decenas de diálogos que me acordaba minuciosamente, pero aún así el libro me hizo muy feliz.
En este tramo de la serie, reaparece Karl Kesel y la conjunción entre sus tintas y el dibujo de Luke McDonnell levanta muchísimo la faceta gráfica. La comparación con la labor del otro entintador (Bob Lewis) es inimitable… y la verdad que es como comparar al Maradona del ´86 con el de ahora, a Quino con Nik o a Bob Marley con Marley. Entre los invitados están también el correcto Grant Miehm, un primerizo (y muy flojito) Graham Nolan y apenas ocho paginitas de un Keith Giffen exquisito. Pero lo más power, lejos, es el reencuentro entre McDonnell y Kesel. Tengo para leer el Vol.4, aunque me parece que antes le voy a entrar a la miniserie de Deadshot, que va en paralelo con los primeros episodios de este TPB. Gloria eterna al Suicide Squad de Ostrander y sus secuaces.
En 2014, con el maestro Caloi ya fallecido, la editorial Planeta publicó varios tomos de humor gráfico bajo el rótulo de “Universo Caloi”. Uno de ellos apareció muy barato en una librería y no me pude resistir.
El Absurdo de Caloi ofrece 120 páginas de chistes de distintas épocas firmados por el creador de Clemente, algunos resueltos en una única viñeta y otros en forma de historieta, con una narrativa secuencial siempre impecable. A veces a color, a veces en blanco y negro, a veces con textos y otras veces sólo con imágenes, Caloi tira ideas a la marchanta y las remata de modo sorprendente, en este caso jugando siempre a lo absurdo, a lo ilógico, a lo imprevisto. No tiene mucho sentido ponerse a explicar los chistes, y menos cuando la gracia para por el absurdo, por el capricho, por lo inexplicable. Pero sí es menester señalar lo bien que se movía Caloi en este registro, mucho menos prosaico que el de las tiras de Clemente.
Los chistes abarcan temáticas muy distintas, desde náufragos y astronautas hasta reflexiones muy agudas y profundas acerca de los vínculos entre las personas, o entre las personas y lo divino, o entre las personas y la realidad. Y al estar seleccionados de distintas épocas de la vasta carrera de Caloi, los chistes componen también una especie de montaña rusa visual, con sacudones violentos, cambios de estilo muy marcados, técnicas que aparecen y desaparecen, el rotulado que va mutando… Muy interesante para los que nos copamos siguiendo la huella gráfica de este prócer del humor. Y si bien no vi muchas páginas que me produjeran el orgasmo visual que viví con Humoris Causa (quizás el mejor recopilatorio de chistes de Caloi) el nivel pictórico de este material es increíble. Parece mentira que un dibujante le pusiera tanta dedicación y tanta sapiencia a una página humorística en la revista dominical de un diario de mierda.
¿Algo para criticar? Nah, que varios chistes de una sóla viñeta que en su momento aparecieron compartiendo página con otros, acá ocupan una página ellos solos, con infinito espacio blanco alrededor. Pero está bien, no es grave, no sentí que me estuvieran mezquinando el material. Y lo más importante cuando uno aborda un libro de humor gráfico: me reí varias veces. Si ves a buen precio El Absurdo de Caloi, no cometas el sinsentido de dejarlo pasar.
Gracias a todos los que se acercaron a saludar el sábado en el evento de la Escuela Da Vinci, y prometo volver a postear pronto, acá en el blog.

miércoles, 1 de agosto de 2018

SE LARGA AGOSTO

Este mes no estoy tan jugado con el tema de los viajes, así que voy a poder reseñar libros más seguido.
Arranco con Mis Supermachos, una recopilación de 1991 que reúne varias de las historietas realizadas por el maestro mexicano Rius entre 1965 y 1967… ¡a razón de 24 páginas por semana! Todo en esta obra es increíble: que fuera la primera historieta de Rius (quien hasta entonces sólo hacía chistes sueltos y caricaturas), que el maestro produjera ese volumen de material a ese ritmo, que la censura no se le viniera encima, y por supuesto la calidad.
Por si nunca la escuchaste nombrar, Los Supermachos era una historieta de sátira socio-política ambientada en un pueblito agreste del interior de México, con un elenco compuesto por siete u ocho personajes recurrentes y otros que aparecían de vez en cuando. Rius creaba cada semana comedias de 24 páginas repletas de situaciones y diálogos de enorme impacto humorístico, y –lo más importante- las usaba para bajar línea a ocho manos. Rius era un militante de sólida formación comunista al que le tocó crecer en la Latinoamérica post-Segunda Guerra Mundial. Sus historietas abordan, bajo la mascarada del humor, todos los tópicos clásicos de la militancia bolche latinoamericana: las condiciones leoninas de cualquier acuerdo comercial con Estados Unidos, el manto de oscurantismo de la iglesia católica, el atraso, la corrupción, la ignorancia de los pueblos, la desigualdad, el triste destino de los pueblos originarios reducidos y condenados a ser mano de obra barata en latifundios y ciudades, la farsa de los populismos que prometen revoluciones y terminan siempre entongados con los poderosos, el machismo, la explotación… Si vivís hace unas cuantas décadas en Latinoamérica no hace falta que siga enumerando.
Lo importante es que todos estos conceptos aparecen con una crudeza asombrosa (aún hoy, más de 50 años después) en el marco de unas historietas muy graciosas, pletóricas de ingenio y mala leche. El dibujo de Rius, además, es excelente. Tributario en algunos aspectos de Sergio Aragonés y ancestro directo (aunque no sé si lo leyeron) de bestias como Claire Bretécher y Angeli. Conocía a Rius por sus chistes de una página y lo conocí personalmente a él hace varios años, pero la verdad es que nunca me imaginé que Los Supermachos fuera tan zarpada, tan aguda, tan descarnada en su forma de encarar la sátira política. Esto (que, repito, es de 1965-67) está a años luz de cualquier otro intento de reirse desde la historieta de las tragedias del capitalismo y demás tumores malignos que tienen enferma hace siglos a nuestra sociedad. Lo amé fuerte.
Salto a 1988, cuando DC publica casi todas las historietas incluídas en este Vol.2 de la colección que recopila el glorioso Suicide Squad de John Ostrander (el Vol.1 lo vimos un lejano 10/05/11). Acá, además de muchísimas páginas en las que el dibujo de Luke McDonnell pierde impacto y belleza a manos de las tintas del poco idóneo Bob Lewis, tenemos un magnífico episodio en el que McDonnell se entinta a sí mismo, uno muy extenso dibujado al palo por Erik Larsen (con la Doom Patrol), uno dibujado como los dioses por Keith Giffen (con la Justice League) y el origen de Nightshade dibujado por un temprano Rob Liefeld, también con tintas de Lewis y resultados… casi presentables.
Como ya comenté en la reseña del Vol.1, este material lo leí muchas, muchísimas veces en los 30 años transcurridos desde que me compré una a una las revistitas. Aún así, Ostrander no deja de sorprenderme con su manejo de los personajes y con la forma en que no para nunca de sembrar plots a futuro. Sin dudas, estamos hablando de uno de los guionistas que más rico jugo le saca a esa posibilidad que te da la publicación mensual de ir construyendo a largo plazo. Ostrander no se priva de nada: boletea personajes sin piedad, rescata del olvido a otros, crea nuevos, inventa para todos conflictos y vueltas de tuerca increíbles, los hace cuestionarse a sí mismos, los deconstruye, los caga a palos y hace los interactuar de maneras absolutamente originales. A lo largo y a lo ancho del Universo DC (de aquella fructífera etapa entre Crisis y Zero Hour), Ostrander mezcla personajes tan disímiles como Speedy, Shade, Robotman, Vixen o Mark Shaw con héroes, villanos, temibles operarios del recontra-espionaje y gente común y corriente que simplemente trabaja para el Estado en una penitenciaría de Louisiana.
El resultado es realmente notable y leído así, en un masacote de más de 260 páginas (en buen papel, sin avisos y con el color muy mejorado), cobra una consistencia mayor, cercana a la de Obra Maestra. Si creías que el Suicide Squad era ese título pedorro con Harley Quinn y un grupito de villanos donde nunca muere nadie, entrale urgente al verdadero Squad, el de la Amanda Waller original (e insuperable), el de la runfla política, la acción al palo y las misiones más mugrientas.
Volvemos pronto con más reseñas… y mil gracias a todos los que se acercaron a saludarme en Comarca Comics, allá en Viedma.

sábado, 20 de junio de 2015

20/ 06: MUNDEN´S BAR

Durante aquel fugaz pero intenso romance entre IDW y Timothy Truman, la editorial californiana republicó unos cuantos episodios de la fundamental Grimjack, dibujada por Truman y escrita por el maestro John Ostrander. Pero se guardó para otro TPB (este) los back-ups que incluía Grimjack cuando salía como comic-book mensual en la editorial First, allá por los inolvidables ´80s. Los back-ups eran historias autonclusivas que transcurrían en el Bar de Munden, propiedad de John Gaunt (Grimjack), ubicado en un barrio muy heavy de la hiper-heavy ciudad de Cynosure. La idea era trabajar casi sin personajes recurrentes, para poder cambiar en todas las entregas de equipo creativo. Por Munden´s Bar pasaron, además de Ostrander y Truman, un montón de talentosos artistas de aquella época, con estilos muy variados.
La gracia de estos back-ups era que acá podía pasar cualquier cosa, desde comedias zarpadas de borrachos y pendencieros hasta thrillers asfixiantes o historias de terror al filo de la pesadilla. A veces los sucesos estaban ambientados ahí, en el momento, con Gordon Munden y sus clientes como protagonistas, y otras veces la serie adoptaba el formato de las geniales Historias de Taberna Galáctica, esas que pelaba Josep Ma. Beá en las páginas de 1984, en las que uno de los bichos que están ahí escabiando le cuenta al resto una historia de la que puede ser protagonista o mero testigo. Todo funciona para darle variedad y para mantener impredecible a la serie.
Fuera de las historias que escriben Truman y Ostrander, hay una sola de Mike Baron (con un gran personaje secundario de Nexus) y unas cuantas en las que Ostrander forma equipo con un monstruo: el dramaturgo, comediante, guionista de TV, iluminador, actor y maestro de varias generaciones de actores (de Bill Murray a Steve Carell), el legendario Del Close, uno de los tipos más rupturistas e innovadores del espectáculo norteamericano de la Segunda Guerra Mundial hasta su muerte en 1999. La alucinante química entre Ostrander y Close continuaría años más tarde en DC, con la gloriosa antología Wasteland, ahí sí, con menos comedia y más elementos cercanos al terror psicológico. Pero acá, en sus primeros trabajos conjuntos, hay muchísimas ideas brillantes, plasmadas en unitarios breves… que yo había leído hace menos de 20 años (cuando me armé por monedas la colección de Grimjack en revistitas) y no me acordaba para nada. La única historia que recordaba era una de Truman, dibujada como los dioses por John Totleben. El resto, me sorprendió por completo y –codo a codo con algún sapo menor de los que nunca faltan en las antologías- me encontré con papa muy fina.
De las historias de Truman, la mejor es esa, The Bargain, la que yo tenía fresca en la memoria. La de Mike Baron es muy buena. La que escribe y dibuja Phil Foglio también está muy bien. Y de las de Ostrander y Close es imposible elegir una, así que elijo tres: D.T. (con dibujazos de Stephen Bissette), Mother´s Calling (cátedra devastadora de un Brian Bolland que deja la vida en cada viñeta) y A Quiet Night at the Bar (con dibujazos de Hilary Barta), más virada a la comedia.
Ya mencioné a varios dibujantes grossos y sumo al elenco a algunas bestias más, como Rick Veitch, Joe Staton, Steve Rude, Jerry Ordway, Rick Burchett y William Messner-Loebs, que en esta época todavía era más conocido como autor integral que como guionista. El más flojo, el que desentona, es claramente Jim Valentino, con su aceptable labor cuando tiene que dibujar personajes cuasi-humorísticos y sus pifias grotescas cuando se juega por personajes con anatomía más o menos realista.
Esto es historieta ochentosa bastante adelantada a su época en materia de guiones, así que hoy se puede disfrutar sin ningún inconveniente. Y si no te ahuyenta esa tapa rarísima de Skip Williamson, adentro vas a ser muy feliz cuando te empiecen a bombardear las retinas todas esas imágenes extremas, bien idas a la mierda, que brotan de las plumas de ídolos como Totleben, Bissette, Veitch, Bolland, Rude, Ordway y demás. Sólo me quedé con la leche de ver un unitario dibujado por Truman, pero Munden´s Bar se inventó precisamente para llenar las páginas que Truman no llegaba a dibujar en la historia principal para que Grimjack pudiera sostener la periodicidad mensual… Y hablando de Grimjack, me dieron unas ganas de releerla…

martes, 10 de mayo de 2011

10/ 05: SUICIDE SQUAD Vol.1


Esto es militancia pura. Me compré en libro comics que tengo hace mil años, que leí cientos de veces y que hasta recuerdo de memoria, diálogo a diálogo. Pero lo que hicieron John Ostrander y Luke McDonnell en esta serie es tan grosso que se merecen, 25 años después, volver a llevarse mi dinero.
El Squad salió en el momento justo, el momento mágico en que DC peló una especie de ametralladora que disparaba una atrás de otra un montón de series alucinantes. En ese panorama de innovación y calidad, el Squad se destacó, de una. Era uno de esos comics que uno compraba no sólo para disfrutarlo: también para comentarlo con los amigos “del palo”. Es que la serie de Ostrander y McDonnell tenía mucha más sustancia que el comic promedio. Para empezar, tenía muchos personajes y hasta los secundarios por momentos cobraban chapa de protagonistas. Y se la bancaban, porque estaban muy bien armados. Además, como el Squad se nutría de los villanos a los que los héroes capturaban, estaba lleno de referencias a esos otros comics, que por ahí uno no leía y los amigos sí, o viceversa. Después la cosa creció tanto que se dio la inversa: leíamos las otras series que escribía Ostrander (Firestorm, o Manhunter) para ver qué villanos aparecían, porque –casi seguro- iban a terminar enrolados en alguna misión futura del Squad. Y lo más importante: la cantidad de ideas que pela la serie en estos primeros ocho números. Uno, que ya la leyó hasta el final, ya sabe quién va a morir, quién va a zafar, quién va a traicionar, etc. Pero lo más sorprendente de leer el principio sabiendo el final es descubrir la cantidad de tramas copadas cuyas semillas ya están sembradas en estos primeros episodios.
Pero al que nunca leyó nada del Squad, al alienígena que se acaba de bajar de su plato volador, le tengo que contar algo que lo cebe, no lo puedo dejar en banda. Esta es la historia de una agencia de operaciones encubiertas al servicio del gobierno de los EEUU. Un escuadrón que realiza misiones sucias, que ningún ejército o comando oficial se animaría a realizar, con altísimo riesgo y sin red. Si algo sale mal, nadie los respalda ni los protege. El detalle no menor es que el escuadrón está integrado en su mayoría por villanos conocidos, que están en cana, y a los que el gobierno les ofrece participar de estas misiones a cambio de una reducción de sus penas. O sea que, además de que la consigna es tramposa y mugrienta, los convocados para llevarla a cabo suelen ser una manga de garcas sin el menor código ético. Para que la cosa no se desmadre, el escuadrón tiene entre sus miembros a varios héroes y heroínas, todos de la B Metropolitana y todos con varios conflictos jodidos, al límite. Para que la mezcla cuaje, hacía falta un personaje nuevo, creado por Ostrander a la medida (áspera y ambigua) de esta serie, que terminó por convertirse en un personaje central del Universo DC, tanto en el comic como en las series animadas: Amanda Waller, tal vez el personaje más rico e interesante al que jamás vimos ponerse calzas, máscaras o capas.
Además de un increíble semillero de plots a futuro, estos primeros números son grandes aventuras por sus propios méritos, repletos de giros impredecibles, escenas impactantes y diálogos memorables. Lo único que tira un poco para atrás es el dibujo de Luke McDonnell, por momentos muy duro en la anatomía, aunque bien en las expresiones faciales y notable en la narrativa y la creación de climas. Después del tercer episodio, las falencias de McDonnell se notan un poco más, porque cambian a un gran entintador como Karl Kesel por uno mediocrón tirando a choto como Bob Lewis. Igual, nada es peor que el Secret Origins, en el que los lápices de McDonnell son masacrados por las tintas de Dave Hunt, anticuadas y sin onda por donde se las mire. McDonnell, con el tiempo, va a mejorar. Creeme, yo ya leí todo el Suicide Squad varias veces. Incluso va a volver Kesel, y van a aparecer un par de episodios (y una miniserie de Deadshot) en los que McDonnell se va a entintar a sí mismo y la va a descoser. O sea que los padeceres gráficos son temporarios, son unos 15 numeritos, nomás.
Y bueno, ahora a esperar que DC se digne a publicar más tomos recopilatorios del Squad. Ya me engolosiné y quiero toda la serie reeditada en este formato y con esta calidad. La seguí fielmente de principio a fin, mes a mes, hace 25 años y esta relectura me cebó lo suficiente para bancarla a muerte una vez más. Pasa el tiempo y no hay con qué darle a este cóctel explosivo de acción al palo, runflas malignas y pésima leche que puso a John Ostrander en la lista de los guionistas imprescindibles de los ´80 y ´90.