Este álbum de 1979 se publicó originalmente en Italia dentro de la colección Un Uomo un'Avventura, la misma en la que apareció El Aventurero del Caribe, aquel trabajo de Hugo Pratt que vimos el 13/05/13. La consigna de la colección era narrar una historia autonclusiva, con un protagonista masculino al frente de una aventura en algún lugar exótico, en lo posible en alguna época interesante a nivel histórico. El maestro Fernando Fernández (uno de los dos artistas españoles convocados para el proyecto), entendió todo para el orto: Cuba, 1898 es un libro de historia disfrazado mínimamente de historieta, en el que el hombre y la aventura casi no tienen ningún protagonismo.
Fernández arranca con un interesantísimo texto que narra todo el proceso de las luchas por la independencia en Cuba, los intentos fallidos por romper las cadenas con el ya baqueteado imperio español. El relato llega hasta 1898, con lo cual el autor daba por entendido todo el contexto de lo que iba a suceder en las 48 páginas de historieta. Y sin embargo, de punta a punta de esas 48 páginas, Fernández se dedica a contarnos la historia de aquella última lucha, la que enfrentó a los rebeldes cubanos con las fuerzas españolas, esta vez con los yankis metidos en el medio. El tono es didáctico, detallado, lleno de fechas y datos. Claramente, Fernández quiere que aprendamos la lección. Y de hecho lo logra, porque la data –además de ser abundante- está bien presentada. Pero, ¿y el hombre? ¿y la aventura?
Como el encargo le llegó de una editorial italiana, Fernández decidió que el protagonista sea Sergio Masetti, un médico italiano ya cuarentón o cincuentón, que está en Cuba por motivos totalmente frutihortícolas. El rol de Masetti en la trama es básicamente el de un testigo: cura heridos de los tres bandos, se solidariza más con los cubanos, pero su accionar jamás define nada y son pocos los momentos en los que percibimos que su vida puede correr peligro. En las extensas secuencias que Fernández dedica a narrar desembarcos, avances de tropas, discursos de militares y políticos y demás, Masetti no aparece ni de adorno.
Lo más interesante que le sucede al protagonista es enamorarse perdidamente de una chica cubana mucho más joven que él. No hace ni cuatro horas que Sergio y María se conocen y ya se están declarando amor eterno, con frases trilladas y melosas, que felizmente desembocan en un garche light, pero garche al fin. Este artificio, totalmente forzado, le servirá a Fernández para darle a Sergio una especie de meta: volver a reunirse con María en una ciudad que se encuentra sitiada por las distintas fuerzas que forman parte de la contienda. Entonces, se podría argumentar que Sergio no está al pedo durante casi toda la historieta, sino que está esperando el momento propicio para volver en busca de María. En fin… como argumento, se cae a pedazos. Y el desarrollo del personaje –fuera del romance express- es ínfimo a lo largo de las 48 páginas de la novela.
La faz gráfica tiene un gran problema, que es el color. El virtuosismo de Fernández se luce cuando lo dejan trabajar a color directo, o en blanco y negro. Y esto no es ni una cosa ni la otra: está todo coloreado con colores planos, básicos, casi sin matices, sin caer en las atrocidades de Columba, pero a milenios luz de lo que haría Fernández poco después en Drácula o Zora y los Hibernautas. El dibujo en sí tampoco está tan perfecto como en las obras que consagrarían a Fernández, si bien tiene muchos hallazgos, especialmente en la planificación de las páginas, en la recreación histórica y en la forma en que Fernández dibuja las selvas, las mujeres y los caballos. La iluminación también está muy bien y la narrativa se resiente un poco por las brutales cantidades de texto que aparecen en las páginas que el autor le dedica a la data histórica, a los discursos de militares y políticos y a los diálogos en general. Las escenas con menos texto son –sin duda- las que mejor funcionan.
En fin, un álbum al que se le nota muchísimo el paso del tiempo. Lo rescato porque me encanta Fernández y porque baja la línea correcta: No se copa ni con los españoles que se aferran a las ancestrales prácticas imperiales, ni con los yankis que mandan tropas a cualquier lado con la excusa de defender la libertad y la democracia cuando en realidad vienen a defender y a expandir sus negocios. Mozo, un Cuba Libre!
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jueves, 7 de mayo de 2015
domingo, 1 de mayo de 2011
01/ 05: LA LEYENDA DE LAS CUATRO SOMBRAS

Como hice el año pasado, este año festejo el cumpleaños de mi amigo e ídolo Carlos Trillo con una reseña de una de sus obras inéditas en Argentina. Esta, por lo menos está publicada en castellano, dos veces a falta de una: primero se serializó en la ochentosa Zona 84 y hace no mucho la reeditó Glénat en un lujoso álbum de tapa dura. Pero claro, es una de las pocas historietas dibujadas por el maestro Fernando Fernández, y eso ya la convierte en una rareza digna de ser redescubierta por las nuevas generaciones.
Después de La Leyenda…, Fernández prácticamente se retiró del mundo de la historieta para dedicarse a la ilustración y la plástica. Pero antes de irse dejó todo. Como sus otras obras de los ´80 (Drácula y Zora y los Hibernautas) La Leyenda… está pensada para quemarle el cerebro a cualquier fan del dibujo académico-realista, con una alucinante combinación de técnicas (desde el lápiz pelado a las mega-ilustraciones con colores y texturas cercanas al impresionismo) y con un despliegue de recursos narrativos de los que no abundan en los autores de estilo pictórico. Fernández arriesga siempre y siempre gana. El resultado es una fiesta para los ojos que combina sutileza, poesía, espectacularidad, sensualidad y power en un relato que te atrapa ni bien empieza y no te suelta hasta el final. Por ahí hay un poquito menos de virtuosismo que en Zora, o menos énfasis en los climas que en Drácula, pero no es ilógico si pensamos que esas historietas (bastante más extensas que esta) las escribió el propio Fernández, mientras que acá tenía que decodificar y respetar un montón de lineamientos que provenían de la desbordante imaginación de Trillo.
Con La Leyenda…, Trillo se propone recrear la dinámica del cuento de hadas, pero en clave de historieta para adultos. Tenemos al rey que perdió el trono, al poeta que perdió la inspiración y al sacerdote que perdió la fe, tres arquetipos onda El Mago de Oz, reunidos por un misterioso encapuchado, que dice haberlo perdido todo y que convence a los tres “caídos” de acompañarlo en una gesta en la que los cuatro recuperarán lo que perdieron. El argumento es lineal, simple, mucho más jugado a los simbolismos típicos de la fábula medieval que al desarrollo de los personajes. Hay una especie de amague de darle carnadura o peso a las tres brujas y a la doncella a la que están por iniciar, pero queda en el amague: a los efectos de la trama, las brujas y la doncella son elementos meramente accesorios, decorativos, que tranquilamente podrían no estar.
Eso le habría dejado a Trillo espacio para trabajar más el final, que es un poco apresurado y esboza apenas una explicación sobre la verdadera identidad del enmascarado y de los poderes que recupera una vez que, con la ayuda de los tres “caídos”, reúne los objetos que le habían sustraído. No era 100% fundamental explicar meticulosamente al encapuchado, porque su rol en la trama era el de conductor. Alcanzaba con que moviera al rey, al poeta y al sacerdote hacia esas situaciones límite que los hacen enderezar sus destinos. Pero, de nuevo, el misterio en torno al encapuchado (“el que corroe”) tiene bastante protagonismo, con lo cual uno esperaba una resolución más explícita, más redonda. Se dice que Trillo evita echar luz acerca de este personaje, porque tanto él como las brujas y la doncella iban a regresar en una secuela, que se planificó pero que no llegó a realizarse. Puede ser, sería una explicación bastante lógica para esos volantazos medio extraños del final.
Lo cierto es que, así como está, La Leyenda de las Cuatro Sombras es una historia fuerte, emotiva, rica en simbolismos, con la lógica de las fábulas y una potente sensación de epopeya, de relato quintaesencial y atemporal, más poderoso que la vida misma. Le falta un rulito al final, un cierre más trabajado para las brujas y “el que corroe” para aspirar al status de obra maestra. Pero el planteo y el desarrollo son absolutamente memorables. Y el dibujo de Fernández es majestuoso, de punta a punta. Vale la pena, de una.
miércoles, 11 de agosto de 2010
11/ 08: ZORA Y LOS HIBERNAUTAS

Hoy me enteré y me amargué mal: ayer falleció Fernando Fernández, un autor con el que yo flasheaba a full en mi adolescencia, en las maravillosas épocas de Creepy y Zona 84. Y a la hora de rendirle un tributo se me ocurrió releer Zora…, que me acuerdo que en su momento no me gustó tanto como Drácula, que era lo más (y sospecho que lo va a ser siempre).
Leído de grande, Zora y los Hibernautas tampoco es un comic magistral, ni mucho menos. A nivel dibujo sí, es estremecedor en todo sentido. Pero el guión, sin ser choto, no aporta demasiado. Tiene un problema fundamental, que es que casi no baja línea. Pensemos en otras obras grossas de la ciencia-ficción de principios de los ´80: La Feria de los Inmortales, La Estrella Negra, Bárbara (otra de naves espaciales y heroínas de escasa vestimenta), Ficcionario, la saga del Incal, la Enciclopedia Délfica, Roco Vargas… son todas historietas con MUCHA bajada de línea, con mucho para decir, más allá de la aventura copada que te cuentan. Fernández, en cambio, elige no explotar el mejor recurso que ofrecía la sci-fi ochentosa, que era esa posibilidad de usarla para hablar de nuestro presente (o pasado, bah). Hay un mensaje, si lo sabés buscar: Zora y los Hibernautas habla de la supervivencia de la raza humana y de cómo la misma depende de que nos aferremos a lo que nos une, y no a lo que nos separa. Pero es un mensaje light, apenas delineado. Más de uno no lo pescará y se convencerá de que leyó una saga de Flash Gordon con minas en pelotas.
El resto se banca. Le falta un poquito más de motivación, de mala leche, a la villana. Pero la historia funciona, es coherente, explica muy bien el mundo en el que se mueven los personajes y se toma el tiempo para que estos, sobre todo Zora, sopesen y mediten acerca de la magnitud de la epopeya en la que están metidos. Al final, Fernández acelera un toque, casi de golpe, pero no queda demasiado abrupto ni traído de los pelos. Termina como tiene que terminar. Los condimentos con los que el autor sazona la trama, como para que justifique las 95 páginas que dura, tampoco están mal. Los personajes secundarios zafan, la intriga palaciega está bien llevada, los garches no desentonan con el clima elegante de la saga, las peripecias menores duran lo que tienen que durar, y si sos de Barcelona (como Fernández), hay un homenaje a Gaudí que te va a calcinar el cerebelo. O sea que estamos frente a una historieta cuyo guión no destila virtuosismo ni se las da de vanguardista, pero que resulta bastante competente, por lo menos para los parámetros de 1982.
Lo que realmente escapa a cualquier parámetro es lo que hace Fernández con el dibujo. Acá el capo catalán te sacude la estantería en todas las páginas. Mecha, como si fuera fácil, viñetas a color directo llenas de relieves, brillos y texturas, con viñetas de trazo lineal y colores planos, con viñetas en blanco y negro dibujadas sólo a plumín, o sólo a lápiz (con un nivel de detalle y unos sombreados que te caés de ojete, rebotás, te volvés a caer de ojete y así, hasta que en vez de un ojete tenés un bandoneón) y todo en la misma página! Y sin dañar ni complicar el flujo normal de las secuencias! Hay que ser muuuy grosso para hacer eso. Y de vez en cuando, como para hinchar las bolas, mete viñetas que parecen cuadros de Rubens, con unos volúmenes y una iluminación del carajo, aunque más estáticos. O viñetas mega-expresionistas, que te hacen acordar al Viejo Breccia, coloreadas con pinceladas más brutales. Todo eso ensamblado en una narrativa elegante, arriesgada, con puestas innovadoras en las que fondos, personajes, textos y viñetas bailan un baile provocador e hipnótico. Si te gusta el dibujo académico-realista, esto te deja el marulo en llamas, mal.
Y bueno, si Fernández me oyera me cagaría a pedos, porque era fan acérrimo de Alex Raymond. Pero entre Zora y Flash Gordon me quedo mil veces con Zora. Y no sólo porque está buenísima. Adios, Maestro. Y gracias por tanta magia.
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Fernando Fernández,
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