el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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lunes, 14 de abril de 2025

LUNES TRANQUI

Bueno, acá estoy de nuevo con un par de lecturas más. Simplemente porque lo vi obscenamente barato en una librería de usados (encima en un estado impecable) me compré Flock of Dreamers, una antología de 1997 que recopila 21 historias cortas a cargo de autores de ocho países distintos, todas basadas en sueños. Ya vimos varias obras en este blog en las que en vez de crear ficciones, los autores cuentan en forma de historieta cosas que soñaron. Suelen ser trabajos cortos, experimentales, de los que uno no espera nada a nivel guiones, desarrollo de personajes, etc.. El atractivo se limita a ver ideas limadas plasmadas de manera ingeniosa u original en la página. Y eso es, básicamente, lo que encontré en un puñado de las historietas que integran esta antología. Algunas no me brindaron ni eso, porque los dibujos son malísimos, o porque la inoperancia de los autores a la hora de armar la página o de equilibrar el texto con la imagen eclipsaron totalmente a la intriga o la extrañeza que generan las ideas. Thierry Guitard es un autor al que no conocía, que dibuja y narra muy bien. El inmenso Jim Woodring se excede un poco con la cantidad de texto, pero el dibujo es maravilloso. Me pareció interesante el aporte de otro autor al que no conocía, Bob Kathman, Y muy bizarro, muy extremo, pero sin dudas atrapante el breve relato de Luke Walsh, al que tampoco conocía y del que definitivamente quiero leer otras historietas. El maestro Aleksandar Zograf (al que tuve la suerte de conocer personalmente en 2006 y gastarlo sin piedad por el 6-0 de Argentina a Serbia y Montenegro de ese año) tiene una primera página flojita, y después levanta muchísimo, con una serie de viñetas en las que explica una técnica que desarrolló para poder recordar y dibujar sus sueños. Correcto lo de Pat Moriarty, muy notable lo de Rick Veitch (vimos todo un libro de historietas basadas en sus sueños el 01/07/16) y alucinantes esas seis páginas en las que me reencuentro con Francesca Ghermandi (de la que hablamos hace muy poquito), en un trabajo demoledor, realizado a cuatro manos junto a Massimo Semerano. Dejo de lado a unos cuantos muertos de frío que no tienen nada que hacer en un álbum de estas características, y paro un toque la pelota para hablar de dos autores hiper-grossos que acá dejan la vida en los dibujos, pero lamentablemente eligen no narrar. Lo de Robert Crumb son simplemente dibujos sueltos, acompañados de textos muy breves, y lo que entrega Danijel Zezelj son una serie de ilustraciones fastuosas, en un formato similar al de un cuento ilustrado. Hay una narración, pero pasa exclusivamente por el texto. Las imágenes acompañan y resaltan algunos pasajes de los textos. Técnicamente esto es de una belleza y una originalidad alucinante, pero a mí me gusta ver a Zezelj narrar con el dibujo. Lectura livianita, rápida, en un punto también despareja... y todavía no decidí si conservar este librito o deshacerme de él.
Me vengo a Argentina, año 2024, para reencontrarme con Antonio Mamerto Gil Nuñez, más conocido como “el Gauchito Gil”, en una nueva aventura escrita por el cordobés Juan Bertá (vimos una el 12/06/21), ahora con los dibujos de Pablo Burman. Me gusta cómo labura Burman, me vuelve loco esa atmósfera opresiva que logra con esas aguadas bien expresionistas, que me recuerdan al Viejo Breccia de la época de Perramus, me copa cuando de repente cambia de estilo y se va a una línea clara abigarrada, sobrecargada de detallitos onda Moebius, en este libro en particular me encantó su dominio de la puesta en página basada en viñetas widescreen... pero me parece que no era el dibujante adecuado para este guion. Ya me habia pasado antes, cuando leí La Bruja de Toska (ver reseña del 03/04/21). No lo veo al marplatense como un dibujante ideal para estos guiones tan clásicos, tan de aventura tradicional que podrían haberse publicado tranquilamente en la revista Skorpio. Sí para relatos más arriesgados, más experimentales, y más breves. El Cantar del Prodigio y el Insomne tiene un solo problema, que es su extensión: la trama que plantea Bertá para 72 páginas funcionaría mucho mejor en 48 ó 50. El resto está muy bien. Hay un misterio atrapante, conflictos muy humanos, que van más allá de la lucha entre Nuñez y el villano de turno, está muy bien aprovechada la ambienación en la Argentina rural del último tercio del Siglo XIX, la información está bien dosificada... Y bueno, para llenar 72 páginas con esta idea, Bertá opta por meter largas escenas de diálogos que ralentizan el ritmo del relato. Algunos diálogos sirven para produndizar en la psiquis de los personajes, y otros se hacen un poco tediosos. También hay algunas secuencias mudas que podrían no estar, aunque son momentos en los que generalmente brilla el pincel de Burman. Este mismo argumento, así como está, con esa impronta criolla y esos tintes shakespereanos, resumido para que ocupe menos páginas y con un dibujante más convencional, podría sostener una historieta realmente potente. Acá se ve una especie de tensión incómoda entre un guionista que quiere ser profundo, dramático y subrayar la humanidad de los personajes, y un dibujante que quiere volar, irse al carajo, dibujar personajes y paisajes a veces grotescos y a veces etéreos, de gran belleza plástica, pero que requieren una cierta decodificación por parte del lector. Y en general, la historieta funciona mejor cuando el guion y el dibujo bailan al mismo ritmo, tienen las mismas metas y tiran para el mismo lado. Nada más, por ahora. Gracias por leer y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas.

sábado, 12 de junio de 2021

7 al 13 de JUNIO

Otra semana de pocas lecturas, porque por suerte estuve avanzando mucho con otro proyecto del cual en poco tiempo voy a poder contar mucho más. Empiezo con un libro que quería leer desde hace años, cuando mi amigo Lucas Ferrero me cebó hablándome maravillas y mostrándome algunas páginas. Dance! Kremlin Palace compila una serie de historias cortas realizadas por Shintaro Kago en 2003, donde da rienda suelta a una descarnada sátira política que gira en torno a la Unión Soviética y los distintos líderes que tuvo ese conglomerado de naciones durante el tiempo que duró el régimen socialista, y más allá. Kago encuentra en el régimen político de la URSS y en la cultura rusa en general un montón de elementos para exacerbar, para llevar a un extremo grotesco, disparatado y sumamente cómico. Fiel a su costumbre, se va al pasto muchas veces, con escenas de mutilaciones, violaciones, torturas y gente que vomita caca, pero todo en un contexto festivo, de joda fuera de control. Cada frase, cada gesto, cada medida política de uno de los líderes rusos (de Stalin a Putin) es tomada por Kago como disparador de una o varias secuencias en las que (como ya hizo en Compendio de la Verdadera Historia Universal) empieza el relato con un tono documental y de a poco se empieza a imponer el delirio y el zarpe cada vez más pasados de rosca. Hasta el frío que suele hacer en esa región le sirve al autor para generar ideas loquísimas, de gran impacto cómico. Kago mezcla la historia real de la URSS con alienígenas, androides, zombies, máquinas hechas con cuerpos de mujeres mutiladas, una especie de Disneylandia socialista, un partido de beisbol… Todo vale para delirar y sorprendernos con el impacto de los chistes, o de las atrocidades que nos cuenta el autor. Particularmente agudo es el episodio en el que los rusos logran que Japón se vuelva socialista. Acá queda muy claro que lo de Kago no es simplemente una burla al régimen soviético, sino que se aferra del mismo (y de la mirada que sobre el mismo se difundió en Japón, y en casi todo Occidente) paralanzar dardos envenenados también contra el sistema capitalista. El dibujo no es brillante, ni busca impactar por el lado del virtusismo, sino que apunta a otro efecto, que es el de mostrar una versión deforme, mutante y asombrosa de Rusia, sus líderes, sus paisajes y su iconografía. Y combinar todo eso con los elementos fantásticos, bizarros y extremos que surgen de la inagotable imaginación de ese genio fuera de control llamado Shintaro Kago. Libro muy recomendable, para explotar de risa y gritar muchas veces “¡no podéeesss!”.
Me vengo a Argentina, año 2020, cuando se edita El Cantar del Farsante, una novela gráfica de Juan Bertazzi y Hernán González. La consigna es muy atractiva: convertir al mítico Antonio Mamerto Gil Nuñez, más conocido como “el Gauchito Gil”, en un tipo que murió y resucitó con la misión de escupirle el asado a otras criaturas sobrenaturales y espíritus malignos vinculados a las leyendas de nuestra Litoral. Una especie de Hellblazer criollo, en la selva mesopotámica del último tercio del Siglo XIX. El guion de Bertazzi combina el “secret origin” del protagonista con un caso muy turbio, en el que el horror no viene sólo de las criaturas a las que enfrenta Nuñez, sino también de la descripción descarnada que hace Bertazzi de la precaria e injusta situación laboral a la que estaban sometidos en ese entonces los peones de las grandes estancias del Interior de nuestro país. Al principio me costó un poco entender por qué y en qué momentos el guion decide interrumpir el relato del tiempo “presente” para contarnos el pasado de Nuñez, pero con el correr de los capítulos me empezó a cerrar mucho más. Fuera de los notorios errores y omisiones en materia de signos de puntuación que exhiben los diálogos, el resto me resultó muy convincente y atractivo. El dibujo de González sigue mutando, y acá lo vemos en su trabajo más limpio, menos plástico, más funcional al relato y menos al lucimiento de sus innegables condiciones con el pincel y la tinta. De todos modos fluctúa mucho entre viñetas muy realistas, muy cargadas de detalles fotográficos, y otras más sintéticas. También entre secuencias muy jugadas a un claroscuro potente y otras en las que entran en juego varias técnicas de entintado distintas. A grandes rasgos, González sortea con éxito la prueba de trabajar en un estilo un poco más convencional, en el que se nota menos su impronta personal tan marcada en otras obras. Hay algún que otro tropiezo en la narrativa, fruto de ángulos elegidos con criterios medio raros, que hacen que el relato no fluya con la naturalidad que sería ideal, y eso que señalaba de las distintas técnicas de entintado, que distraen un poco al ojo, en esos saltos mortales de la línea clara a la mancha profunda o el festival de las tramas y los esfumados, o del recontra-realismo lleno de detallitos y el grafismo más crudo, más pelado, en los que se impone la síntesis. Estos vaivenes le impiden al dibujo de González crear climas y sostenerlos, pero también le amplían mucho el repertorio de efectos a la hora de impactar al lector, sobre todo en las escenas más escabrosas. El balance general de El Cantar del Farsante es positivo, porque la historia es atrapante, bastante original, el personaje central está muy bien tratado y la época histórica muy bien aprovechada. Si vienen nuevas aventuras de Antonio Mamerto Gil Nuñez a cargo de eta dupla y en esta misma onda, se puede armar una serie realmente potente. Y nada más, por hoy. Será hasta el finde que viene y no se olviden de pasar por https://comiqueandoshop.blogspot.com/ y descargar la Comiqueando Digital. Sale muy barata y garantiza muchas horas de buena lectura, además de que es una forma de contribuir con quienes generamos tantos contenidos gratuitos sostenidamente hace tantos años.

sábado, 20 de marzo de 2021

15 al 21 de MARZO

Otra semana de escasas lecturas, ya que le dediqué muchas horas a participar en notas y entrevistas en distintos medios, para promocionar el lanzamiento de la Comiqueando Digital. Ojalá muchos de ustedes la hayan descargado de https://comiqueandoshop.blogspot.com/, y a los que todavía no lo hicieron, les pido una vez más que hagan ese mínimo esfuerzo, que será ampliamente recompensado por muchas horas de excelente lectura. Empezamos en Argentina, año 2020, cuando se publica Welcome to the Machine, una novela gráfica escrita por Juan Bertazzi (fanático de ponerle a sus obras los títulos en inglés) y dibujada por Gabriel Rearte. Se trata de una historia de ciencia-ficción con mucho componente socio-político y muchas referencias a Rogers Waters y Pink Floyd. Me da toda la sensación de que los autores pensaron la obra como una miniserie de cuatro episodios para el mercado de EEUU, porque cada 24 páginas hay cortes muy marcados, e incluso algunos cliffhangers que le ponen impacto a esos cortes y a la vez no tienen una relevancia real en términos del desarrollo global de la trama. Son esos típicos cliffhangers engaña-pichanga que ponen los guionistas yankis para que creas que tu vida no tiene sentido si no leés pronto el siguiente número de la serie, o miniserie. Lo que más me gustó del guion de Bertazzi es la evolución de Gabriel, el protagonista, que es bastante extrema y a la vez muy coherente. El mundo en el que transcurre la historia está muy bien pensado, pero sobre-explicado. Son muchas páginas recontra-cargadas de texto, que exploran minuciosamente esta realidad distópica como si la aventura fuera a durar 15.000 páginas, no 96. Me pareció que eran buenas ideas que se podrían haber presentado de manera más dinámica, en una de esas a lo largo de más páginas. Y el conflicto más fuerte, el que motoriza sobre todo la segunda mitad de la obra (una vez que Bertazzi termina de presentarnos el contexto socio-político, económico, tecnológico, ecológico, etc.) está bien, va para el lado de The Man Who Was Thursday, la gloriosa novela de G.K. Chesterton que nunca está de más recomendar. A cargo del dibujo me encuentro como de costumbre con un Gabriel Rearte sobrio, correcto,también muy alineado con una estética de mainstream yanki, sin asumir riesgos ni saltos al vacío ni en el dibujo ni en la narrativa. No noto que haya un mayor esfuerzo ni más ganas de lucirse en aquellas páginas (no demasiadas) en las que el texto en vez de abundar, escasea. Es como que Rearte entendió que las reglas del juego eran esas, y jugó de la misma manera a lo largo de toda la obra. No está mal. Welcome to the Machine no tiene ni pifias notables ni esos momentos de gloria en los que no podés creer lo que estás leyendo de tan genial que es. Aprueba tranquila, pero sin descollar.
Salto a Japón, a 1972-73, cuando Yoshihiro Tasumi produce a lo bestia breves historias urbanas que retratan el lado B de esa veloz y definitiva expansión económica que vivía la isla del Sol Naciente. Felizmente el sello Gallo Nero retomó la senda iniciada hace muchos años por La Cúpula, y en este tomo llamado Pescadores de Medianoche compila nueve de esos relatos creados por este maestro indiscutido del gekiga. Son historias de perdedores, pajeros, putas, timberos, ladrones de poca monta, oportunistas en busca del mango fácil en la jungla de cemento, cazadores de sueños imposibles que por un minuto creen que le van a ganar a un sistema que se los va a comer crudos a todos. El dibujo es siempre excelente, con la alquimia perfecta entre el realismo que requiere la ambientación urbana y esa soltura, esa plasticidad, esa síntesis típica de los grandes mangakas clásicos. Tatsumi va a fondo con las expresiones y con los climas, sobre todo cuando estos son sórdidos, agobiantes, desoladores. Y los guiones… hay de todo. Algunos son anécdotas redonditas, bien cerradas, otras son historias que se diluyen, como las de la gente común, y otras (pienso en Apropiación Indebida) podrían ser el disparador, el primer capítulo, de una excelente novela gráfica… que no existe. Dentro de este universo de borrachos, yiros y violadores también hay margen para el amor y para el humor, no como recontra-mearse de risa, pero sí para distender un poco con tonos más cercanos a la comedia, como el de El Amanecer del Porno. Sorprende también El Palacio de la Mujer, porque es la única historia que incorpora elementos de ciencia-ficción, algo poco común en la obra de Tatsumi. De todos modos, lo principal de esa historia es su vuelo poético, su discurso metafórico y su clima crepuscular, sumamente emotivo. Hacía muchos años que no leía mangas de Yoshihiro Tatsumi y fue un verdadero placer reencontrarme con este prócer y vivir estas historias jodidas y cercanas, reales y urgentes, amargas y zarpadas. Muy recomendable, de verdad, para cualquier fan de la historieta para adultos de fuerte perfil autoral y sin concesiones. Y hasta acá llegamos esta semana. Nos reencontramos el finde que viene, con nuevas reseñas acá en el blog.

sábado, 23 de diciembre de 2017

PAPONGAS DE SABADO

Llego tranquilísimo a la meta de clavar 100 posts en el blog a lo largo de 2017. Es más, creo que la voy a superar. Vamos con las reseñas de dos libritos que me bajé en estos días.
La Diosa Sumergida es una historieta perfecta. El maestro Miguel Calatayud entendió TODO y en 46 páginas logró lo imposible: presentar personajes con los que uno enseguida pega onda, plantear un conflicto, desarrollarlo y darle una resolución absolutamente satisfactoria. Por momentos, el argumento se parece tanto al de La Carta Esférica (la gran novela de Arturo Pérez-Reverte) que por un momento temí que terminara igual. Pero no. Más allá de las similitudes en el argumento, Calatayud le da a su historia un ritmo y una impronta propias, con las que logra transmitirnos una sensación maravillosa: la de que todo es una especie de joda, que si bien hay peligros, villanos y esas cosas que tienen las buenas aventuras, La Diosa Sumergida es –ante todo- un divertimento. Lo mejor de todo es que Calatayud no recurre a esa pátina de ironía para cubrir falencias en el guión. El guión es un mecanismo de relojería infalible, inapelable. Y ese dejo irónico pasa a ser un plus, un guiño al que se sabe de memoria las convenciones del género con las que el maestro valenciano condimenta el relato.
El dibujo y el color están en un nivel tan fuera de escala que no se me ocurre cómo hablar de ellos. Podría balbucear, en una de esas, pero no sería justo. Los amigos de Dib-buks tiuvieron además el acierto de publicar esto en un tamaño grande, o sea que el lucimiento de cada viñeta está garantizado. Creo que lo más notable de la faz gráfica de La Diosa Sumergida es cómo Calatayud estiliza todo, impregna todo (hasta el rotulado) de una impronta visual muy personal, muy fuerte, muy idiosincrática, sin que esto empantane en lo más mínimo el fluir del relato. Obvio que te colgás a admirar el virtuosismo extremo en el dibujo y el color… pero de algún modo la historia te mantiene enganchado. La composición de las viñetas, la ubicación de los globos, el armado de las secuencias, todo está controlado por el autor para que en ningún momento te desconectes de la narración. Y una vez que llegás al final, sí, se complica resistir el impulso de recorrer de nuevo las páginas del libro, esta vez concentrados en apreciar a pleno la magia visual de Calatayud. Genialidad pura de la mano de un prócer del Noveno Arte del que injustamente se habla poco en nuestro país.
Hablando de nuestro país, este año el sello cordobés Buen Gusto publicó Hellhound on My Trail, nuevo trabajo del imparable Hernán González, esta vez en equipo con el guionista Juan Bertazzi. Sí, tal como lo sospechás, Hellhound on My Trail narra por enésima vez la fascinante historia de Robert Johnson, el músico de blues que pactó con el Diablo en aquella encrucijada en un intento por torcer su destino. De nuevo esa historia que ya leímos chotocientas veces… pero ahora contada de un modo distinto.
En apenas 52 páginas, Bertazzi y González logran dotar a la trama de un intersante trasfondo histórico y social, le dan bastante bola a una historia de amor (teñida de trampa y condenada al fracaso) y hasta se permiten dedicarle algunas páginas a reproducir fragmentos de las letras de Johnson, acompañadas de magníficos dibujos de González. Lo mejor que hace el guión quizás sea animarse a darle profundidad al protagonista, mostrarnos a Johnson como una persona 100% real, tridimensional. Más allá de cualquier rigor documental que pueda tener Hellhound on My Trail, queda muy claro que lo que estamos viendo son apenas un puñado de anécdotas en la vida de una persona posta, con una complejidad genuina, que excede los momentos dramáticos que todo guión debe ofrecernos para que nos enganchemos con el relato, e incluso al elemento fantástico (el pacto con el Diablo) que funciona como punto de inflexión de la trama.
Y lo que realmente hace única e irrepetible a Hellhound on My Trail es el dibujo de González, su manejo alucinado y virtuoso del blanco y negro extremo, con ese nivel de expresionismo al que nos acostumbró José Muñoz, combinado con esa puesta en página ágil, versátil, con gran variedad de planos y ángulos, ese trazo denso, oscuro, ideal para generar climas espesos y agobiantes como los que propone Bertazzi en varios pasajes del guión. La verdad es que la conjunción entre tema y autores funciona muy bien y convierte a este librito en una obra realmente recomendable, de especial interés para los fans del blues y para los seguidores de este autor de asombroso talento llamado Hernán González.
Vuelvo pronto con más reseñas. A los que festejan Navidad y esas cosas, les deseo Felices Fiestas. Al resto, aprovechen el finde largo para leer comics. Tante grazie.