Segundo tomo del clásico de Neil Gaiman y esto se pone aún más raro. Bajo el rótulo de “The Doll´s House” e incluso con número de capítulo, como si TODO fuera parte de un mismo arco argumental, se recopilan seis episodios que efectivamente componen una saga y además dos unitarios totalmente descolgados, sin la menor conexión con nada, que bien podrían estar en cualquier otro TPB. Empezamos por ahí.
Primero, el unitario de Nada, narrado como un relato folklórico de una tribu africana, donde Gaiman nos cuenta básicamente que Morpheus es inflexible en materia de amores. Este autoconclusivo está dibujado por Mike Dringenberg, así que tiene un parentesco visual con el resto del tomo. Pero más adelante, disfrazado de “capítulo cuatro” de The Doll´s House, hay otro unitario, el de Hob Gadling, que ni siquiera lo dibuja Dringenberg (estaba a full preparando el número siguiente, que era doble) y que tampoco tiene el menor contacto a nivel argumental con el resto de la saga. Es un unitario repleto de ideas interesantísimas y diálogos gloriosos, pero ¿qué hace ahí?. Nunca lo entendí.
O sea que, dejando de lado a los infiltrados, The Doll´s House se compone de seis capítulos, uno de ellos doble. Y es una saga complejísima, que deja ver una elaboración muy cuidadosa por parte de Gaiman. A priori, pareciera que el foco de la historia es descubrir el paradero de cuatro habitantes importantes del Dreaming (Brute y Glob, el Corinthian y Fiddler´s Green), quienes durante la ausencia del Rey Sueño se fueron a la mierda. Morpheus va a dar con cada uno de ellos, pero finalmente eso no es lo más importante. The Doll´s House también retoma a Unity Kincaid, un personaje menor del arco anterior, y la explora a fondo. Los nietos de Unity se llevan buena parte del protagonismo, y casi seguro los veremos volver más adelante. Pero eso tampoco es lo más importante. Muy de keruza, sin hacerlo muy explícito y sin la menor estridencia, Gaiman plantea en The Doll´s House el conflicto central de la serie: todo lo que sucede resulta ser una maniobra encubierta de Desire, cuyo objetivo es que su hermano Dream derrame sangre de un familiar suyo, lo cual lo condenaría a ser boleta… forever. Esta vez no lo logra, pero lo va a volver a intentar.
En el medio tenemos cosas loquísimas y geniales como esa extensa secuencia en la Convención de Asesinos Seriales (podría haber sido una graphic novel aparte, ya que el vínculo con el resto de la saga no est TAN fuerte) y la reformulación de Hector y Lyta Hall, dos personajes a los que Gaiman rescata de la por entonces recién cancelada Infinity Inc.. Si bien en este tomo los lazos con el resto del DCU no son tan firmes como en el anterior, Gaiman no renuncia a jugar con esos chiches heredados de otros autores. Y otra cosa muy loca es la construcción de los personajes secundarios que rodean a Rose Walker (la nieta de Unity) durante su estadía en La Casa de Muñecas. Ahí hay ideas atractivas y desarrollo como para una segunda serie regular y sí, a algunos de esos personajes los volveremos a encontrar más adelante.
El dibujo de Mike Dringenberg sigue pendulando entre el preciocismo y la desprolijidad, entre el realismo fotográfico y el grotesco… y uno empieza a sospechar que parte del mérito y/o la culpa le corresponde al entintador, Malcolm Jones III. ¿Por qué? Porque en el otro episodio que no dibuja Dringenberg tenemos el debut de Chris Bachalo, y visualmente se parece más a Dringenberg que a lo que poquísimos meses más tarde le veríamos hacer en Shade the Changing Man. Obviamente el canadiense es mejor que Dringenberg, pero la mano del entintador hace que esto se note sólo en algunos pasajes del episodio. Finalmente el unitario “infiltrado” en el que Gaiman nos presenta al maestro Hob Gadling está dibujado por Michael Zulli, bien, tranqui, con un muy buen trabajo en los fondos y en la reconstrucción de los distintos períodos históricos por los que transita el guión.
Establecido el personaje de Morpheus y recuperado el control de su reino, sus “aventuras” empiezan realmente acá, en The Doll´s House, un arco en el que Gaiman cosecha mucho de lo sembrado en los primeros números y además abre puertas a futuro con la jerarquía de un auténtico grande del guión. Quizás un poquito enroscada, con muchas páginas que no se relacionan con la trama central sino con historias paralelas, The Doll´s House sigue siendo una saga realmente hipnótica, llena de sorpresas, conceptos alucinantes y escenas memorables.
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martes, 8 de diciembre de 2015
lunes, 7 de diciembre de 2015
07/12: THE SANDMAN Vol.1
Vamos con otra bizarreada: 10 días, 10 reseñas, una para cada tomo de Sandman, el clásico de Neil Gaiman que arrancó como un título raro de DC y se convirtió en uno de los Padres Fundadores de Vertigo.
Empezamos (como no podía ser de otra manera) por Preludes y Nocturnes, que es el principio, la primera saga, esa que al propio Gaiman no le termina de cerrar aún hoy. Yo, sinceramente, no le veo grandes problemas. Quizás ese número con Mister Miracle y J´onn J´onzz quedó medio descolgado. Había que conectar a Morpheus con el rubí del Dr. Destiny de alguna manera y –a la luz de la resolución de esa punta argumental- quizás mezclar a Sandman con la Justice League (encima en la época en que era en joda) no fue la decisión más afortunada. El resto funciona muy bien, sobre todo si pensamos que era la primera vez que este muchacho inglés escribía una serie regular para una editorial de EEUU.
El primer episodio se hace un poco largo, pero la verdad es que siembra no sólo para la saga que vemos en este TPB, sino incluso para sagas posteriores, así que hay que bancarlo. Después vienen esos episodios de exploración, en los que Morpheus va a tratar de recuperar primero sus poderes, después sus objetos y en el medio, a tratar de darse cuenta de cómo viene la mano, de cómo le conviene reinsertarse en un universo que cambió bastante durante su ausencia.
¿Los picos más altos? Obviamente el duelo con el demonio Choronzon y, ya más cerca del final, la extensa secuencia del Dr. Destiny y los parroquianos de aquel bar a los que le va a hacer vivir horas inolvidables. El combate (por así decirlo) entre Dream y el villano no es particularmente emocionante y sienta un precedente importante: acá la cosa no pasa por la machaca. De hecho, esta será la última vez que Sandman se enfrente a un supervillano en el sentido tradicional del término. El plan de Gaiman para esta serie era claramente otro.
Al término de este primer arco argumental tenemos un unitario, el n°8, al que ya nos encontramos en otro libro, reseñado el 12/02/15. No me quiero repetir, así que recomiendo releer ese parrafito en la citada reseña.
El dibujo arranca raro, de la mano de un Sam Kieth que tampoco había dibujado nunca una ongoing para una editorial grande, y que se luce sobre todo en los efectos de iluminación y en los riesgos que asume en la puesta en página. El propio Kieth narró que los guiones de Gaiman le resultaban complejísimos y pesadillescos, y tras entregar el n°3, pidió el cambio. Finalmente dibujó hasta el n°5 y entró en su reemplazo un dibujante todavía menos conocido, Mike Dringenberg. Sin esa impronta medio cartoony de Kieth, Dringenberg también era un dibujante raro, que oscilaba entre un estilo más visceral, más grotesco, más salvaje y uno más careta, más pendiente del realismo fotográfico. Y además se tiraba MUY para atrás a la hora de dibujar fondos. Pero entre tantos saltos al vacío, dudas y desprolijidades, hay algo maravilloso que es menester rescatar: esta colección de TPBs ofrece todo el material recoloreado. Olvidate de ese color de los ´80 que te lesionaba las retinas, que se te tiraba a las canillas como Orión (el de Boca, no el de New Genesis) saliendo de abajo del arco. Ahora este comic, otrora hundido en el fango por culpa de un colorista de lesa humanidad, se ve infinitamente mejor.
Y así arrancaba Sandman, con la humilde pretensión de hacerse un lugarcito en el sector dark-místico-tétrico del Universo DC, a fuerza sobre todo de ideas innovadoras que exceden ampliamente el género del terror fantástico. Ya desde este primer arco, lo que mejor le sale a Gaiman es combinar seres poderosos envueltos en trasfondos mitológicos y ancestrales, con gente común, enroscada en la miseria, en la berretada y en la intrascendencia de todos los días. De acá en más, esa impronta se va a potenciar hasta elevar a Sandman a ese status de clásico del que goza aún hoy.
Empezamos (como no podía ser de otra manera) por Preludes y Nocturnes, que es el principio, la primera saga, esa que al propio Gaiman no le termina de cerrar aún hoy. Yo, sinceramente, no le veo grandes problemas. Quizás ese número con Mister Miracle y J´onn J´onzz quedó medio descolgado. Había que conectar a Morpheus con el rubí del Dr. Destiny de alguna manera y –a la luz de la resolución de esa punta argumental- quizás mezclar a Sandman con la Justice League (encima en la época en que era en joda) no fue la decisión más afortunada. El resto funciona muy bien, sobre todo si pensamos que era la primera vez que este muchacho inglés escribía una serie regular para una editorial de EEUU.
El primer episodio se hace un poco largo, pero la verdad es que siembra no sólo para la saga que vemos en este TPB, sino incluso para sagas posteriores, así que hay que bancarlo. Después vienen esos episodios de exploración, en los que Morpheus va a tratar de recuperar primero sus poderes, después sus objetos y en el medio, a tratar de darse cuenta de cómo viene la mano, de cómo le conviene reinsertarse en un universo que cambió bastante durante su ausencia.
¿Los picos más altos? Obviamente el duelo con el demonio Choronzon y, ya más cerca del final, la extensa secuencia del Dr. Destiny y los parroquianos de aquel bar a los que le va a hacer vivir horas inolvidables. El combate (por así decirlo) entre Dream y el villano no es particularmente emocionante y sienta un precedente importante: acá la cosa no pasa por la machaca. De hecho, esta será la última vez que Sandman se enfrente a un supervillano en el sentido tradicional del término. El plan de Gaiman para esta serie era claramente otro.
Al término de este primer arco argumental tenemos un unitario, el n°8, al que ya nos encontramos en otro libro, reseñado el 12/02/15. No me quiero repetir, así que recomiendo releer ese parrafito en la citada reseña.
El dibujo arranca raro, de la mano de un Sam Kieth que tampoco había dibujado nunca una ongoing para una editorial grande, y que se luce sobre todo en los efectos de iluminación y en los riesgos que asume en la puesta en página. El propio Kieth narró que los guiones de Gaiman le resultaban complejísimos y pesadillescos, y tras entregar el n°3, pidió el cambio. Finalmente dibujó hasta el n°5 y entró en su reemplazo un dibujante todavía menos conocido, Mike Dringenberg. Sin esa impronta medio cartoony de Kieth, Dringenberg también era un dibujante raro, que oscilaba entre un estilo más visceral, más grotesco, más salvaje y uno más careta, más pendiente del realismo fotográfico. Y además se tiraba MUY para atrás a la hora de dibujar fondos. Pero entre tantos saltos al vacío, dudas y desprolijidades, hay algo maravilloso que es menester rescatar: esta colección de TPBs ofrece todo el material recoloreado. Olvidate de ese color de los ´80 que te lesionaba las retinas, que se te tiraba a las canillas como Orión (el de Boca, no el de New Genesis) saliendo de abajo del arco. Ahora este comic, otrora hundido en el fango por culpa de un colorista de lesa humanidad, se ve infinitamente mejor.
Y así arrancaba Sandman, con la humilde pretensión de hacerse un lugarcito en el sector dark-místico-tétrico del Universo DC, a fuerza sobre todo de ideas innovadoras que exceden ampliamente el género del terror fantástico. Ya desde este primer arco, lo que mejor le sale a Gaiman es combinar seres poderosos envueltos en trasfondos mitológicos y ancestrales, con gente común, enroscada en la miseria, en la berretada y en la intrascendencia de todos los días. De acá en más, esa impronta se va a potenciar hasta elevar a Sandman a ese status de clásico del que goza aún hoy.
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