Después de casi siete años en los que se dedicó a dibujar historietas de modo muy esporádico, con alguna que otra colaboración para antologías, el ya mítico Paul Pope volvió a la primera plana en 2013 con esta extensa novela gráfica, que en realidad es apenas la primera entrega de una serie de novelas que ojalá siga hasta el infinito y más allá.
Quizás eso sea lo único que se le puede criticar a Battling Boy: 202 páginas, años y años de trabajo, simplemente para abrir un universo, para presentar personajes y conflictos que se desarrollarán con mucha más fuerza en las hipotéticas futuras entregas de la saga. A Battling Boy se le nota mucho el concepto de serial, de idea a muy largo plazo. Se nota que Pope arrancó tan confiado de que esto iba a ser un hitazo, que no se calentó en cerrar nada de lo se le ocurrió abrir. Ya habrá tiempo para eso, porque tanto las ventas como las críticas le dieron la razón al autor y Battling Boy fue un éxito arrollador, tan importante para First Second como lo fuera Scott Pilgrim para Oni.
Lo cierto es que esta primera entrega es impactante. A primera vista parece una historia sencilla, en la que un héroe muy joven tiene que probar su valía en un mundo aterrorizado por monstruos, villanos y gangsters varios. Pero hay más: está el legado de Haggard West (que supongo que se explorará a fondo en Aurora West, el spin-off escrito por Pope y dibujado por David Rubín), está el reino pseudo-asgardiano en el que nació Battling Boy, están los propios villanos, dispuestos a organizarse frente a la aparición de este nuevo héroe, y además Pope desliza sutiles pinceladas satíricas hacia la forma en que el “poder real” (intendente, ministros, policía) reacciona ante la llegada de este “poder supra-real”.
Y claro, está también la machaca, que explota con una fuerza que no recuerdo haber visto en otras obras de Pope. Acá los personajes y los monstruos se dan como en bolsa, en peleas extensas, vibrantes, de mucho despliegue gráfico y mucha intensidad dramática. De a poco se hace creíble que un pibito petiso, flaquito, sin cuerpo de superhéroe, se banque cagarse a palos contra un monstruo gigante o contra varios villanos. Eso es mérito de Pope, que también de a poco suma escenas y diálogos que explican cómo funciona este mundo, de dónde vienen los poderes de Battling Boy, cómo y desde dónde lo vigila su cuasi-ominipotente padre y demás. Entonces estas proezas al límite ganan sustancia, se hacen verosímiles y hasta centrales para el argumento. No son fan service, no son relleno, no terminan de manera predecible. Así, vale la pena leer comics de peleas.
El dibujo de Pope es más livianito, más luminoso, con menos mancha negra que en otros trabajos. Se destacan el diseño de personajes y criaturas, que es sencillamente genial, y por supuesto el dinamismo, el vértigo que le imprime incluso a escenas tranquilas. La narrativa es impecable, llena de riesgos bien asumidos, y cuando se decide a dibujar los fondos (no siempre, hay secuencias enteras sin un puto fondo), Pope deja la vida en cada viñeta.
Es cierto, lo que este tomo de Battling Boy nos narra en 202 páginas se podría haber contado tranquilamente en… 96 páginas, ponele. Pero realmente la decompresión no jode, primero porque son más páginas dibujadas como los dioses por un genio del Noveno Arte, segundo porque aún con ese ritmo pasan MUCHAS cosas, y tercero porque al pensar la historia de modo tan visual, es muy probable que Battling Boy capte a un público juvenil, quizás más cercano al manga, y lo sume a la horda de fans de Paul Pope. Battling Boy toma muchos tópicos del típico comic de superhéroes, pero tiene un pulso distinto, mucha impronta autoral y un montón de ideas de inmenso potencial. Seguramente será un placer ver cómo este referente absoluto del buen comic contemporáneo las desarrolla en los futuros tomos.
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lunes, 15 de septiembre de 2014
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