el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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martes, 28 de marzo de 2023

NOCHE DE MARTES

Acá andamos, triste por la noticia de que se nos fue el maestro Ernesto García Seijas... y con un par de libritos leídos y listos para ser reseñados. Empiezo en Japón, año 1986, cuando el glorioso Shotaro Ishinomori, el Rey del Manga, empieza a serializar Hokusai, una extensa obra de casi 600 páginas centrada en la vida de Katsushika Hokusai, el famoso dibujante y pintor nipón del Siglo XIX, célebre a nivel mundial por su icónica ilustración de "La gran ola de Kanagawa". Prolífico, virtuoso, pero también mal llevado y cascarrabias, Hokusai es señalado como el principal exponente de un estilo de ilustración llamado " ukiyo-e", y gracias a Ishinomori me entero que incursionó también en otros estilos y otras escuelas. Y que se cambió muchas veces el nombre con el que firmaba sus obras. El manga recupera anécdotas de distintas etapas de la vida del artista, desde la niñez hasta que muere a los 90 años. Ishinomori no utiliza elementos fantásticos, pero la obra no es exactamente gekiga, porque recurre muchas veces a la comedia y el humor. La propia personalidad de Holusai y las situaciones en las que se ve envuelto se prestan con facilidad a ser retratadas en tono de comedia y Shotaro no se resiste. También hay momentos dramáticos, violentos y hasta poéticos perfectamente plasmados por el Rey del Manga. Lo único choto es que en cada capítulo hay una escena en la que aparece una mujer desnuda, a menudo para coprotagonizar escenas de sexo con el protagonista... que muchas veces no tienen nada que ver con la trama que urde Ishinomori. En una de esas fue una imposición por parte de la editorial, andá a saber... Las distintas épocas que visita el manga le sirven a Shotaro para poner en contexto las ilustraciones y dibujos más conocidos de Hokusai, que aparecen reproducidos en el manga y son realmente impactantes. Y por supuesto el dibujo de Ishinomori también es alucinante. Su forma de componer la viñeta, el armado de las secuencias... Se trata de un autor prácticamente contemporáneo de Osamu Tezuka y el único que rivalizó con él en cantidad de páginas producidas y de hits en el mercado japonés... aunque con mucha menos suerte a la hora de ver su material publicado fuera de la islita. Hay mucho de Tezuka en el estilo de Shotaro, incluso ese vicio que el Manga no Kamisama ya casi había dejado atrás en los ´80, que consiste en deformar groseramente a los personajes cuando gritan, y hacerlos saltar, caerse o pelear con gestos ampulosos, muy exagerados, típicos de la historieta humorística o infantil. A medida que Hokusai envejece, baja un par de cambios en sus rabietas y el mangaka aprovecha para dejar de lado esos excesos visuales. Sin dudas es algo que al lector japonés no le hace ruido, y a nosotros, acostumbrados a un comic para adultos más parsimonioso, o incluso más solemne, nos resulta medio bizarro. Hokusai es un personaje complejo y fascinante, al que Shotaro Ishinomori logra retratar en toda su dimensión. Y también a su entorno, y a su época, y a su impacto en la cultura visual de Japón. El libro es un masacote que se lee a un ritmo ágil, dinámico, que te atrapa con la potencia de las historias y la belleza de los dibujos. Creo que hasta un fan del manga más pochoclero, de machaca, demonios, espadas y superpoderes, se puede llegar a enganchar con esta hermosa obra.
Me vengo a Argentina, año 2022 (vamos que me falta poco para terminar de leer todo lo que se publicó acá el año pasado), cuando se edita en Córdoba la antología Mamma Marilyn. Se trata de 12 historietas en las que hay un elemento común: una pistola, llamada como el libro, que va a aparecer siempre en relatos marcados por el crimen y la violencia. También en algunas historias va a aparecer Núñez, ese personaje basado en el Gauchito Gil que creara Juan Bertazzi en el libro que vimos el 12/06/21. La antología tiene un problema que es el nivel marcadamente desparejo de los dibujantes. Al lado de monstruos como Nicolás Brondo o Hernán González, hay autores bastante consolidados como Pablo Burman y Alfredo Retamar (los dos en un nivel más que interesante), un tipo que es muy capo en la ilustración y tiene una técnica increíble pero al que la narrativa de historieta le cuesta bastante (el uruguayo Mann House), dibujantes que están ahí, un escalón por encima de lo presentable (Mari Salina y Casimiro), y unos cuantos chicos y chicas a los que le falta muchísimo para publicar en un libro que se vende en librerías y comiquerías de todo el país. Pero bueno, por suerte también hay buenos guiones. El mejor es el de Juli Lorente, una gema de 24 páginas que no querés que se termine nunca. Cristian Blasco aporta dos muy buenos guiones: el que abre la antología (originalmente publicado como revista hace unos años) y las 32 páginas de Circus, el extenso relato que le saca un jugo enorme a la fuerza expresiva y lírica del dibujo de Burman. Por el lado de Bertazzi tenemos dos historias muy cortas, una con Núñez muy bien resuelta, y una dibujada por Casimiro que es ingeniosa pero está un poco sobre-explicada. Y hay un par de historias más con las que no pude enganchar porque la nula calidad de los dibujos me lo impidió. Una pena, porque técnicamente el libro es lindo y la idea de que haya un objeto como hilo conductor de historias distintas, con distintos autores y distintos géneros, está muy piola. Ojalá que la próxima vez que a Blasco se le ocurra coordinar un proyecto de este tipo consiga mejores dibujantes, que potencien la fuerza de los guiones. Abrís con una portada buenísima de Quique Alcatena, cerrás con una ilustración preciosa de Brondo... y bueno, adentro hay que bancar los trapos. No podés poner a cualquiera que pasaba por ahí a dibujar historietas, porque en el contraste con los grossos se nota mucho. Nada más, por hoy. Gracias y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas acá en el blog.

miércoles, 6 de junio de 2018

DOS ANTES DE IRME

Después de casi seis meses sin moverme de Buenos Aires, esta noche me toca viajar una vez más a Córdoba, para participar del Docta Comics. Y no me quiero ir sin clavar un posteo en el blog, ya que después es muy poco probable que vuelva a postear antes del lunes. El lunes también tengo función de prensa de The Incredibles 2, así que la semana que viene, además de reseñar los libros que me baje durante el viaje a Córdoba, tendremos también reseña de la nueva peli del maestro Brad Bird.
Arranco en EEUU, en 1988, cuando el por entonces cuasi-ignoto Grant Morrison lanza una serie protagonizada por un personaje menos que tercerón, y encima con un dibujante de mediocre para abajo. En una de esas fueron las tapas de Brian Bolland las que hicieron la diferencia, lo cierto es que no fuimos tan pocos los que compramos Animal Man desde el principio… y el resto fue obra del boca a boca. Claramente, esta era la serie a recomendar, y así fuimos avivando gil tras gil, hasta que para cuando el escocés deja esta colección, ya era un hitazo, o por lo menos de culto.
Ahora me toca redescubrir estas historias en TPB y me reconforta ver lo bien que se bancaron el paso de 30 años. El dibujo de Chas Truog sigue siendo bastante insulso, aunque sin pifias demasiado groseras. Es muy fuerte el contraste con las portadas de Bolland, e incluso con el episodio que dibuja Tom Grummett, el noveno y último de este primer TPB. Pero bueno, eran los ´80, era un título al que DC no le jugaba demasiadas fichas, y de última no sé si estos guiones -con el grado de elaboración que uno percibe- necesitan de un dibujante más espectacular, más virtuoso o de mayor despliegue.
El trabajo de Morrison es realmente impecable. En los primeros cuatro números, presenta de cero a un personaje que nadie tenía en el radar, lo dota de un lindo elenco de secundarios, le da una motivación y le suma otra sobre el final del arco inicial. De paso reintroduce a otro héroe antiquísimo, también en desuso, que era B´wana Beast. Si todo terminaba ahí, era una excelente miniserie de cuatro episodios. Pero no terminó, y al toque Morrison jugó su as de espadas: The Coyote Gospel, desgarrador tributo a los dibujos animados del Coyote y el Correcaminos, y además el primer escarceo con un elemento que será central en esta serie: los distintos niveles de realidad. Una historia absolutamente impactante, que en su momento me dejó perplejo, boquiabierto, estupefacto.
Después vienen cuatro episodios más básicamente autoconclusivos (uno de ellos bastante enganchado con Invasion!), donde Morrison demuestra una vez más que 22 páginas le recontra-sobran para contar una buena historia, y de paso empieza a hilvanar un par de sub-plots y a integrar a Buddy Baker un poco más al Universo DC, en la época en que este funcionaba como tal.
Entre una cosa y otra, con estos nueve episodios Grant Morrison se ganó la lealtad de un montón de lectores que dijimos “a este pibe lo sigo a todas partes” y Animal Man pasó de ser una referencia oscura y bizarra (onda los sidekicks de Guido Süller) a ser un personaje que aparecía en todas las charlas entre los comiqueros de la época. Pronto voy por el Vol.2.
Me vengo a Argentina, a 2017, cuando el maestro Alejandro Aguado produce una segunda versión corregida y aumentada de su biografía del General Ingeniero Enrique Mosconi, que yo nunca había leído. El dibujo marca una notable evolución respecto de los trabajos anteriores de Aguado, que ahora parece acercarse a la estética de Edgar-Pierre Jacobs y André Juillard. No del todo, claro. O sea que el trazo elegante, recontra-detallista y un poco frío de los maestros europeos todavía convive con algo del estilo anterior de Aguado, más suelto, más expresivo, y con buen manejo de las masas negras. Además en este trabajo incorpora los grisados mediante tramas mecánicas, que funcionan muy bien. Lo único que desluce un poco la faz gráfica es el texto: hay viñetas en las que los textos (diálogos y bloques) son tan extensos, que el dibujo queda muy relegado. Y viñetas en las que el texto es breve, pero el globo que lo contiene es inmenso y cobra un peso gráfico que le compite al dibujo.
Fuera de este desborde en la cantidad de texto que quiere volcar en estas 65 páginas, Aguado cumple dignamente la tarea de brindarnos un montón de información acerca de la vida y la obra del General Mosconi, de modo bastante ágil, aunque sin ocultar en ningún momento el objetivo didáctico de la historieta. Es sumamente interesante la forma en la que Aguado presenta los hechos ocurridos hace casi 100 años y logra (de un modo bastante sutil) que los vinculemos a lo que sucede hoy con la producción petrolera, el desarrollo industrial y la soberanía energética de nuestro país. Este es un libro que tranquilamente podría convertirse en texto obligatorio en los colegios secundarios de todo el país, para que los chicos entiendan de qué hablamos cuando hablamos de YPF y por qué hasta la Unión Cínica Radical (hoy aliada al neoliberalismo más apátrida y entreguista del que se tenga memoria) defiende la existencia de una empresa petrolera estatal.
Volvemos seguramente el lunes, con nuevas reseñas acá en el blog. Y si estás por Córdoba o alrededores, no dejes de darte una vuelta por el Centro Cultural España Córdoba este jueves, viernes y sábado. ¡Nos vemos!

martes, 20 de diciembre de 2016

TRES DE REGRESO

Bueno, ya estoy de vuelta. Vamos con más reseñas.
Le di una posibilidad a RW: Rodolfo Walsh en Historietas, un libro que a priori no me había interesado mucho, porque al hojearlo me había parecido flojo el dibujo. Lo abrí sin saber qué me iba a encontrar: no sabía si eran relatos de Walsh adaptados al comic, o una biografía del mítico periodista y escritor. Finalmente descubrí que es casi lo segundo: son momentos elegidos en la vida de Walsh, que respetan el orden cronológico pero no se plantean como una biografía lineal, sino que tienen la sana intención de parecer episodios autoconclusivos.
Y bueno, no me pareció un espanto, pero tampoco lo recomiendo a nadie que no sea MUY fanático de Walsh. Los guiones de Gonzalo Pena son correctos, con los textos de Walsh bien integrados a las historias mediante diálogos y bloques de texto, pero sin hallazgos ni emociones para destacar. El dibujo de CJ Camba tiene algunos momentos interesantes y muchos muy aburridos. Lo mejor que ofrece es el manejo de las tramas de grises y lo más flojo se ve cuando mezcla distintas técnicas de entintado algunas de las cuales no maneja con solvencia. La historieta mejor dibujada es la más breve, RW en Palestina.
Seguimos con historietas basadas en hechos reales y estaba debiendo un comentario acerca del Vol.2 de 36-39: Malos Tiempos, segunda entrega de esta anti-epopeya de Carlos Giménez ambientada en la Guerra Civil Española. Esta vez, Giménez se concentra en la vida de Marcelino y su familia, que resisten en la Madrid sitiada por las fuerzas de Francisco Franco. Una ciudad que vibra cada noche al ritmo de los bombardeos y en la que las condiciones de vida son cada día más precarias, porque escasea lo más básico, que son los alimentos. Giménez no escatima escenas escabrosas en las que vemos nenes y ancianos cagados de hambre, pero va más allá del golpe bajo.
36-39 es un compendio de breves historias atroces, desgarradoras, donde no existen los héroes, ni la esperanza, ni la más remota posibilidad de un final feliz, a las que el trazo caricaturesco, suelto, vibrante del autor trata de restarle un poquito de oscuridad. La última historieta (la más extensa) tiene 15 páginas y es la única en la que Giménez desarrolla personajes por afuera de Marcelino, Lucía y sus hijos. Es como un autoconclusivo dentro de este tapiz de historias cortas y además es una joya, un relato de una intensidad y una crudeza tremendamente impactantes. Me faltan los Vol.3 y 4 de esta colección, que nunca los vi. Acepto donaciones.
Me voy al otro extremo, a una historia tan fantástica que transcurre en una realidad alternativa en la que el Imperio Británico rige supremo aún a principios del Siglo XXI. Se trata de Heart of the Empire, la secuela a la gloriosa The Adventures of Luther Arkwright, del maestro inglés Bryan Talbot. Rápidamente te digo que no, que Heart of the Empire no está al nivel de aquella gema. No sólo porque casi no aparece Luther, sino que hay varias diferencias más: al estar pensado para color, Talbot se controla mucho en el dibujo. Acá no vas a ver todo ese despliegue fastuoso de texturas, tramitas y efectos de iluminación que usaba el ídolo para darle fuerza al dibujo en blanco y negro, sino que hay una línea más power y menos sobrecargada, a la que luego Talbot complementa con el color (que está muy bien). Además, hay menos viñetas por página y más secuencias mudas.
El argumento está muy bien, pero un toque estirado. Hay un in crescendo hacia una secuencia final en la que Talbot te agarra de la garganta y te estrangula, en un montaje apasionante entre distintas escenas que transcurren al mismo tiempo, pero en distintos escenarios. Hasta llegar ahí, tenemos intriga política, machaca, sexo, ciencia-ficción, bajada de línea anti-monárquica y anti-eclesiástica, romance, misterio, realidades paralelas, terror… Una historia muy ganchera, con muchos personajes interesantes y muchos momentos fuertes. Por momentos, en esas escenas en las que Talbot detona el climax de la historia, aparecen los fantasmas de Moebius y Jodorowsky, o de Katsuhiro Otomo, pero no porque Talbot los copie, sino porque capta a la perfección esa sensación inquietante, inmensa, de “se pudre todo” que nos hicieron vivir Akira o El Incal. Si te gustó The Adventures of Luther Arkwright, no tenés ninguna opción más que entrarle a Heart of the Empire. Si no la leíste, o no te gustó, hay obras de Bryan Talbot que (creo yo) te van a cebar más.
Me queda pendiente la reseña del Vol.4 de Wonder Woman, que va a estar acá la próxima vez que postee.

martes, 7 de abril de 2015

07/ 04: ALIENOR: LA LEGENDE NOIRE Vol.3

Final para esta interesantísima trilogía… que en realidad no termina. Me comí el amague de que en el tercer y último tomo Arnaud Delalande y Simona Mogavino me iban a contar el desenlace definitivo de esta historia, es decir, la muerte de la reina Alienor. Y no. El relato llega hasta un punto, y si bien pasan un montón de cosas, no hay nada ni remotamente parecido a un final.
En la reseña del Vol.2 yo me preguntaba si en este último tramo Alienor iría en busca de la redención, y algo así es lo que efectivamente sucede. La joven reina quiere rectificar el rumbo, mejorar la letra… pero no le sale. En estas 56 páginas Alienor baja un par de cambios, un ratito. A la larga, terminará gobernada por sus pulsiones, sus impulsos, sus caprichos, cada vez más enfrentada a un Louis VII que ya está bastante podrido de que esos pelos que tiran más que una yunta de bueyes lo lleven de un papelón a otro. Y empiezo a pensar que realmente este es un tratamiento muy parcial de la biografía de Alienor, y que también existe una corriente historiográfica más “alienorista”, a la que la versión plasmada por Delalande y Mogavino le debe haber dado por las pelotas. Digo esto porque el tomo arranca con un “disclaimer”, donde la editorial explica en base a qué fuentes se construyó el guión, qué personajes son reales y cuáles ficticios, qué libertades se tomaron los autores a la hora de llenar baches o zonas oscuras de la historia, y pone paños fríos al aclarar que se trata de “una interpretación novelizada de la vida de Alienor basada en hechos históricos verídicos”. No es ilógico pensar que así como existe una leyenda negra, podría existir una leyenda blanca, en la que la reina salga muchísimo mejor parada que en esta obra.
En cuanto al argumento en sí, en este tomo el foco se desplaza un poquito. La intriga palaciega, las roscas y los garches siguen presentes, pero ahora la historia toma un perfil más bélico, ya que los reyes de Francia se suman a las Cruzadas y se ponen al frente de un poderoso ejército que marchará hacia Oriente, con flojísimos resultados. Las figuras de Louis VII, el sacerdote Suger y la hermana de Alienor pierden bastante protagonismo, en detrimento de Rançon, uno de los lugartenientes al frente de las tropas, y de Vincent, el caballero italiano enamorado de Alienor, el único personaje 100% ficticio de la saga. Y como decía la principio, el final no es un final, sino un “volver a empezar” luego de un cambio heavy en el status quo. De hecho el tomo termina con la palabra maldita: “a suivre”, o “continuará”, en criollo. Todo el tiempo Delcourt nos vendió esta obra como una trilogía, y cuando llegás al final te enterás que no, que eventualmente saldrán más historietas centradas en la vida de Alienor.
No tengo mucho más para agregar. Ni siquiera quiero extenderme repitiendo elogios para con el trabajo de Carlos Gómez al frente de la faz gráfica. La verdad que es un orgullo para todos los argentinos lo que hace Carlos para las editoriales europeas y en este libro (de 2014) se lo ve incluso mejor que en los anteriores. Si no me hubiese atrapado para nada la historia de Alienor, igual la habría bancado hasta el “final” por el placer que me produce el dibujo de Gómez.
Y a la gente a la que sí le entusiasma el tema de los reyes europeos del medioevo, sus triunfos, sus fracasos, sus roscas con la iglesia, con las otras potencias, con sus vasallos, etc., no puedo menos que recomendarle esta saga en la que –sesgada y todo- se nos brinda la posibilidad de meternos a fondo en la vida y la leyenda (negra, blanca, no calienta) de un personaje realmente apasionante como fue Alienor.

viernes, 27 de marzo de 2015

27/ 03: ALIENOR: LA LEGENDE NOIRE Vol.2

Bueno, de a poquito va quedando claro que Alienor, además de ser la protagonista de esta saga, es también la villana. En esta segunda entrega de 54 páginas, los guionistas Arnaud Delalande y Simona Mogavino se regodean casi con crueldad en las operetas que arma la joven reina para manipular a su marido, el también joven e inexperto rey Louis. Ambiciosa, lujuriosa, belicosa, intrigante, con menos escrúpulos que un puntero macrista de Cristian Ritondo, Alienor sigue hablando de justicia y dignidad pero lo único que le interesa es el poder, la sumisión de reyes, obispos y nobles a sus veleidades y caprichos. Por momentos me hizo acordar a cómo hablaban de Eva Perón mis abuelas gorilas.
Acá, en esta Francia feudal del año 1140, sobran los descamisados, los marginados, los excluídos, pero la tarea de incluirlos y darles dignidad no va a recaer en Alienor, para nada. A ella sólo le importa mandar, digitar, imponerse siempre, a como dé lugar, y estar sexualmente bien atendida. Si sus deseos y ambiciones le traen desgracias y derrotas al rey Louis, a sus súbditos o a sus aliados, poco le importa. Y de eso se trata en buena medida este Vol.2: de los costos que paga este rey ingenuo, convertido en un pollerudo sin voz ni voto por los encantos y las maquinaciones de su avasallante esposa. Llega un punto en el relato donde uno se quiere meter adentro del comic (como en aquel inmortal videoclip de A-Ha) para cagarlo a sopapos a Louis al grito de “¡Infeliz, date cuenta de que te estás mandando una cagada atrás de otra por culpa de esta conchuda!”. No existe esa posibilidad, lamentablemente. Sólo queda presenciar cómo Louis la pasa cada vez peor, se queda cada vez más solo, se vuelve cada vez más débil por darle todos los gustos a esta hija de puta.
Como en todas las historias de reyes y nobles, la intriga palaciega está a la orden del día: Delalande y Mogavino nos enroscan en conjuras, secretos, romances prohibidos y negocios por abajo de la mesa, que crean un clima muy denso, muy atrapante. Para el final de este tomo, caen algunas máscaras y quedan al descubierto algunos garcas que eran casi tan garcas como Alienor, aunque la jugaban de cayetano. Una vez más, entre todas estas runflas subrepticias y la acción, que no escasea, tenemos 56 páginas en las que pasan muchas cosas y las tramas avanzan muchísimo. Por eso no jode para nada que casi todas las páginas tengan muchas viñetas y una cantidad de texto medio zarpada. Hay que sentarse con tiempo, porque acá hay para ver y leer bastante más que en los típicos álbumes de este formato.
Falta un dato importante y es que la reina Alienor, el rey Louis, la gran mayoría de los personajes de la historia y casi todos los sucesos que aparecen en el comic EXISTIERON en la realidad. La historieta no sólo está anclada a una época histórica específica, sino que se sustenta en un monumental trabajo de documentación por parte de los guionistas y el dibujante. Y hablando del dibujante, una vez más tenemos al maestro cordobés Carlos Gómez en una cátedra memorable. No me quiero repetir, por eso recomiendo repasar la reseña del Vol.1, pero realmente acá hay páginas de Gómez que merecen pasar a la historia por la cantidad descomunal de laburo que le deben haber representado. Esta vez el colorista es José Luis Rio, muy acertado a la hora de acompañar con la paleta y los efectos digitales los distintos climas por los que transita el guión.
Me falta leer el final de la saga, a ver si finalmente Alienor se redime, o si pasará a la historia de Francia como una reina despiadada, venal y egomaníaca. Por ahora, su “leyenda negra” me tiene muy enganchado y el dibujo de Carlos Gómez me está haciendo cambiar de ropa interior varias veces por tomo. Prometo entrarle pronto al Vol.3.

martes, 17 de marzo de 2015

17/ 03: ALIENOR: LA LEGENDE NOIRE Vol.1

Hasta hace un par de años, el Dago de Robin Wood y Carlos Gómez no se publicaba en Argentina y todos puteábamos porque la única forma de acceder a ese material era a través de las ediciones italianas. Ahora que tenemos todos los años dos o tres tomitos de Dago, es hora de seguir puteando: Gómez abandonó las aventuras del veneciano y se fue a trabajar para Delcourt, en una serie que no se publicó nunca fuera de Francia. Alienor: La Légende Noire es una saga de tres tomos que salió como parte de la colección Les Reines de Sang, y es una de las tantas historietas de temática histórica que pueblan las bateas de las librerías francófonas.
Lo que diferencia a esta saga de las demás es, precisamente, que Gómez dibuja a lo Gómez, no se disfraza nunca de dibujante franco-belga. La idea original (si es que contar en historietas la vida de un personaje histórico puede ser considerado original) le pertenece a Simona Mogavino, quien co-escribió el guión con Arnaud Delalande. También hubo un artista, Erwan Le Saëc, encargado del storyboard. Supongo que habrá hecho los bocetos, o planificado la puesta en página. Después llegó el turno de Carlos Gómez, que dibujó y entintó las 54 páginas del álbum y finalmente Claudia Chec fue la encargada de colorear con muchísima onda y muchísimo criterio los dibujos del cordobés.
El guión nos ubica rápidamente en la corte del rey Louis VII, un chico que asciende al trono de Francia con apenas 15 años y al que casan medio de prepo con Alienor, una chica de su misma edad que de pronto se convierte en reina. Delalande y Mogavino van a dedicar la mayoría de este primer tomo a las intrigas que tienen lugar dentro de la corte, con roles muy importantes para la madre del joven rey y para Suger, su consejero. De a poquito, todos se darán cuenta de que esa jovencita a la que humillaban y ninguneaban es en realidad una persona de increíble sagacidad, coraje y ambición, que los va a terminar manipulando a todos estos supuestos capos de la rosca para que se imponga siempre su voluntad.
Lo que menos me atrapó es el tono de los diálogos, muy solemne, muy protocolar, y a la vez acorde con una historia que transcurre en una corte real en el año 1138. Me imaginaba a los personajes hablando en español antiguo (“vosotros me habéis traicionado”, etc.) y me aburría un poco más. Lo bueno es que en 54 páginas repletas de viñetas pasan muchas cosas: hay protocolo y franela pero también acción y hasta algunos pasajes en los que predomina la machaca. Y el principal logro de los guionistas es que nos presentan a Alienor como un personaje que no es ni bueno ni malo. Hace turradas, es fría, es calculadora, es bastante atorranta, pero está movida por valores respetables, como la dignidad, la compasión y la pulsión por llevar a buen puerto el reinado de su inexperto marido. Veremos cómo evoluciona la caracterización en los próximos tomos, y si Delalande y Mogavino terminan por darle la razón a los personajes que afirman que esta reina adolescente es una criatura endemoniada, que ha poseído al pobre Louis para llevarlo por la senda de la atrocidad y la ruina. La verdad que es una etapa de la historia de Francia que desconozco profundamente, así que estoy abierto a las sorpresas.
Y hablando de sorpresas, me sorprendió lo poco que cambió el dibujo de Carlos Gómez para adaptarse al formato de álbum francés. Obviamente se acabaron las páginas de cuatro viñetas que tantas veces vimos en Dago, pero en todo lo demás, el dibujante mantiene en alto las banderas que le vimos en sus trabajos para Italia: muchos (y excelentes) primeros planos, algunos detalles de composición y de lenguaje corporal de los personajes heredados de los maestros norteamericanos, otros detalles emparentados con la tradición argentina de Alberto Salinas, Lito Fernández y otros referentes de nuestra historieta clásica de aventuras… y sí, en todas las páginas hay por lo menos una toma “de lejos”, un plano bien panorámico, en el que los personajes se ven de cuerpo entero, o muy chiquitos porque Gómez nos muestra un paisaje, un edificio, o un gran salón. Esto que Gómez trataba de hacer poco en las historietas de Dago, acá le sale muy, muy bien. Se nota el rigor en la documentación, la pasión por los detalles y las ideas para que estas tomas no se parezcan mucho entre sí, a pesar de que casi siempre nos muestran las mismas locaciones. Por supuesto ayuda mucho la paleta de Claudia Chec, que le encuentra a cada escena un clima distinto y lo plasma desde el color.
Magnífico debut de Carlos Gómez en el mercado francés, con un tomo dibujado a un nivel impresionante y un guión que, a priori, puede no parecer muy ganchero, pero al que no le faltan los momentos interesantes, los giros impredecibles y los hallazgos en materia de caracterización. Prometo entrarle pronto al Vol.2.

martes, 23 de septiembre de 2014

23/09: THE FIFTH BEATLE

Jamás había oído nombrar a Vivek J. Tiwary, pero está claro que el tipo no se anda con chiquitas. Su primer trabajo en el mundo de la historieta es una novela gráfica de casi 130 páginas, editada a todo culo por Dark Horse, con dos dibujantes excelentes, con ventas impactantes y unos cuantos premios ya cosechados. The Fifth Beatle narra seis años en la vida de Brian Epstein, precisamente los seis años entre 1961, cuando escucha por primera vez a los Fab Four en The Cavern, hasta su temprana muerte en 1967. Un personaje crucial en la historia de los Beatles, en un período de tiempo también crucial para la historia de la banda de rock más influyente de todos los tiempos. Con eso, casi que alcanzaba. Y sin embargo, Tiwary va por más, decido desde el principio a hacernos sentir en carne propia la lucha interna entre la ambición, la alegría, la soledad, la tristeza, el desamor y las ganas de ser lo que nunca iba a poder ser de este muchacho entre trágico y mágico. Epstein se revela como un personaje complejo, fascinante, con muchas aristas para investigar, y la investigación, ese “meterse adentro” del personaje es el principal logro del guión de Tiwary.
A través del personaje de Epstein, el guionista nos muestra pequeños chispazos del backstage de los Beatles en su imparable ascenso a la cumbre. Pero no demasiados, quizás uno esperaba un poco más. Hay momentos interesantísimos, de gran rigor documental, que tienen que ver con cómo era ser manager de ídolos del rock en los ´60, o con cómo era ser gay en la Inglaterra de aquellos años. Ahí Tiwary encuentra mucha sustancia, tanto para emocionar como para informar al lector. Aunque, como ya dije, creo que lo que más me atrapó de la historia es la complejidad del personaje, un huracán seguro y decidido para un montón de cosas y un tierno, naïf y hasta pusilánime en otras.
La historia está contada de un modo descomprimido, con muchas páginas resueltas en pocas viñetas de gran tamaño y otras intencionalmente plagadas de cuadritos microscópicos. Por supuesto se podrían eliminar secuencias enteras o comprimir notablemente varias de las secuencias que no se podrían eliminar. Sin embargo, no sentí que el guión estuviera estirado, o que Tiwary estuviera “rellenando” en lugar de ir al grano. El tipo arma un relato en el que todo se hace plausible, verosímil, incluso detalle medio fumancheros como la conversación con Ed Sullivan, o el personaje de Moxie, que por momentos parece creado por Tiwary para que Epstein tenga con quién hablar, hasta que al final… sugiere que puede llegar a ser otra cosa, que prefiero no spoilear.
El hecho de que casi todas las páginas tengan pocas viñetas le hace mucha justicia al trabajo descomunal de Andrew Robinson, un autor conocido básicamente por sus portadas, del cual ahora van a salir unos cuantos a buscar las historietas que hacía en los ´90 (con escaso éxito) primero para Caliber y después para Image. Lo que hace Robinson en esta novela gráfica es monumental, casi digno de lo que hizo Sienkiewicz en la biografía de Jimi Hendrix, por pensar en un trabajo de corte similar, ambientado en el mismo palo y la misma época. La variedad de planos, los juegos con los bordes y los tamaños de las viñetas, las expresiones faciales, el lenguaje corporal, el despliegue del color (siempre al servicio de los climas) y hasta el rotulado (a cargo de Steve Dutro) cumplen a la perfección funciones importantísimas para el fluir del relato, además de mostrarnos a un autor afiladísimo, tanto a la hora de captar pequeños detalles como cuando se juega a limar, a levantar un vuelo plástico realmente magnífico. Pasando la mitad del tomo, a alguien se le ocurrió narrar las peripecias de Brian y los Beatles en Filipinas en una especie de aventura cómica y descontrolada de siete páginas, que el gran Kyle Baker parece haber dibujado en menos de 20 minutos, en un estilo muy crudo, muy cabeza. Efectivo, porque Baker nunca falla, pero a años luz de la sutileza y la belleza que se aprecian en las páginas de Robinson.
Esta apabullante edición de Dark Horse salió en hardcover a míseros u$ 20, así que la recomiendo ciegamente. Ni da para esperar el softco, que seguramente ya salió o estará anunciado. Evidentemente se jugaron a ponerala muy barata para captar a TODO el público interesado y la apuesta salió más que bien. Si te resulta mínimamente atractiva la idea de indagar en la vida, los sueños, las frustraciones y el legado del tipo que llevó a los Beatles a la cima del mundo, no lo dudes: este libro se merece de punta a punta el éxito logrado y se va a recordar siempre como el trabajo que convirtió a Andrew Robinson en un Número Uno indiscutido.

domingo, 4 de mayo de 2014

04/ 05: PIEDRA BUENA

Diez años después de su aparición, me siento a leer este libro que recopila tiras aparecidas en el diario Río Negro. En ese medio, el maestro Carlos “Chingolo” Casalla publicó durante muchos años la serie histórica Los Pioneros del Sur, escrita con un tono más aventurero que didáctico por el mismísimo dibujante de Cabo Savino, El Cosaco y tantos otros hitazos.
Por el dibujo del maestro, intuyo que esta etapa de la tira, la dedicada a narrar la vida de Luis Piedra Buena, debe ser de fines de los ´90 o principios de este siglo. Como aquella novela del Cabo Savino editada primero por Caleuche y después por La Duendes, esta historieta tiene el irresistible atractivo de ofrecernos un montón de páginas de Casalla en blanco y negro, sin ese color espantoso con el que lo tuvimos que padecer en las revistas de Columba, y con un rotulado manual impecable, aunque con alguna falta de ortografía. Casalla en blanco y negro es todo ganancia: acá se lucen el trazo vigoroso, nervioso de la pluma del maestro, su obsesión por los detalles, su gran equilibrio entre manchas negras y espacios blancos, y hasta hay lugar para efectos como esfumados, salpicados y texturas aplicadas con esponjas. Y después, por supuesto, la impronta personal de Casalla, lo que lo hace diferenciarse fácilmente de todos los demás dibujantes de estilo realista, que –si te gusta- acá se nota con muchísima fuerza.
La historia nos lleva a recorrer los 51 años de vida de Luis Piedra Buena, a quien Casalla nos presenta como un personaje noble, valiente, altruista, intrépido, leal, patriota, inteligente, compasivo, que se dedica a... matar ballenas, focas y pingüinos. Es muy loco que (en casi 140 páginas) al autor NUNCA le haga ruido que nos está tratando de vender como un héroe, como un prohombre ejemplar, a un tipo que se dedicaba (hace 150 años, cuando quizás no estaba tan mal visto como ahora) a cazar ballenas, focas, lobos marinos y demás ejemplares de la fauna de nuestra Patagonia. Nos muestra esta faceta de Piedra Buena con total naturalidad, como si nos dijera que para vivir plantaba zapallos o relataba partidos de futbol.
Si eso no te irrita ni un poquito, seguro te vas a emocionar al ver las increíbles proezas, las patriadas, los sacrificios, las cosas imposibles que logra este hombre cuyo amor por nuestra tierra y nuestro mar (no por su fauna, obviamente) fue tan incuestionable como ejemplar. Casalla investigó a full la vida de Piedra Buena y estudió especialmente la biografía escrita por Cándido Eyroa, un capitán de fragata que navegó bajo las órdenes del “Capitán Luis”. A partir de los testimonios históricos emerge una figura de enorme integridad, un verdadero pionero en esto de afirmar nuestra soberanía en los territorios del sur de nuestro país, en cada islita y cada canal perdidos en el culo del mundo y obviamente ignorados por los atildados políticos porteños. El rol de Piedra Buena en parte consiste en crear conciencia: esto existe, es nuestro, y está lleno de riquezas que –si no las protegemos- nos las van a avechuchear o nuestros vecinos del Oeste, o los piratas británicos que ya nos avechuchearon las Malvinas.
De todos modos, el heroico “Capitán Luis” no dudará en socorrer a marinos ingleses, a exploradores chilenos ni a ninguna otra víctima de los vientos huracanados, los fríos extremos o de algún aborigen medio pasado de rosca de la inhóspita región en la que elige vivir. Varias de las escenas de esta biografía transcurren en paralelo con “la campaña del Desierto”, pero el espíritu que predomina no es para nada el de la cacería despiadada de onas y tehuelches, sino el de fraternidad entre argentinos. Piedra Buena, en vez de matarlos, recluta a los indios para la causa nacional, les enseña a querer a nuestra bandera y a defender nuestro suelo de los posibles invasores. De hecho, los aborígenes que se ven en esta obra aparecen como tipos tranquilos, muy integrables, muy en armonía con su habitat (aunque con gran puntería para arponear cetáceos).
En fin... siempre está bueno conocer la vida de hombres importantes para la historia argentina, y la historia de Piedra Buena está narrada de forma dinámica, con una impronta aventurera, casi épica. Hay que mirar para otro lado cuando sale a masacrar animales, algo que felizmente el Chingolo Casalla no grafica de modo shockeante ni revulsivo. Un logro más de este historietista eterno, de este prócer que –con casi 88 años- sigue firme frente al tablero de dibujo jerarquizando nuestro Noveno Arte.

lunes, 31 de marzo de 2014

31/ 03: FURARI

Hoy el blog cierra su mes número 51 y cumple 1500 posts. Era una fecha importante (para mí, por lo menos) y la quería festejar con Jiro Taniguchi, uno de los fetiches de este blog y uno de los mejores mangakas de todos los tiempos.
Lamentablemente, la fiesta fue un velorio. Furari me resultó visualmente magnífica y aluciné como siempre con el asombroso trabajo del sensei en cada paisaje, cada fondo, cada animal, cada vista panorámica, cada trama mecánica y por supuesto en esas cuatro paginitas a color que parecen directamente de otro planeta, de tanto que avasallan los límites de lo humanamente posible.
Pero claro, además de mirar las historietas, a uno se le ocurre también leerlas y ahí es cuando queda en evidencia lo poco que tenía para contar Taniguchi en estas 200 páginas, originalmente publicadas en Japón en 2011. Leyendo una gacetilla de prensa de la editorial que lo publicó en España, me entero que el protagonista es Tadataka Ino, y que existió en la vida real. En el manga, no hay ninguna mención a esto. Ni siquiera se nombra al protagonista. Taniguchi jamás intenta vendernos el manga como una biografía de Ino, sino como una serie de historias en las que un señor jubilado dedica su tiempo libre a medir las distancias entre un lugar y otro de Edo, que es como se llamaba Tokio en la época feudal.
Recién sobre el final, pasa algo: tras varios años de trabajar de cartógrafo aficionado, sin instrumentos y sin ningún apoyo de las autoridades, el protagonista consigue la banca del shogunato y parte junto a su esposa a otra ciudad, donde finalmente podrá hacer (creo, porque Taniguchi no lo muestra) las mediciones más sofisticadas, las que siempre quiso hacer en Edo y nunca pudo. Esa es toda la evolución que vamos a ver en la trama.
Durante la inmensa mayoría de las historias que componen el libro, Ino no menciona sus ganas de que lo manden a Ezochi a trabajar en lo que tanto lo apasiona. Simplemente lo vemos caminar por Edo y sus alrededores, con la pachorra de un jubilado que no tiene mucho más para hacer. Las historias tienen un tono claramente descriptivo y Taniguchi las usa principalmente para mostrarnos cosas de la vida cotidiana del Tokio feudal. El comercio, la comida, la poesía, la música, los paisajes, el clima, por supuesto la fauna y la flora (que son fija en todas las obras del maestro), más alguna secuencia puertas adentro, en las que Ino conversa con su esposa. El núcleo de las historias son los paseos de este señor, que a veces sale a medir distancias entre un punto y otro, y otras simplemente a caminar (solo o con su mujer), para boludear, para contemplar las estrellas, los animalitos, los lagos, las montañas, o para comer en alguna fonda o en algún chiringuito callejero.
El truco de las historias sin conflictos, que giran más en torno a la descripción y la contemplación que a la evolución, o a la sucesión de hechos relevantes en las vidas de los personajes, Taniguchi ya lo había hecho 20 años antes en El Caminante, con muy buen resultado. Esta vez, en cambio, me aburrí mucho. Por ahí es problema mío, que me volví un lector más conflicto-dependiente. No sé... O por ahí me cayó para el orto enterarme por una gacetilla que esto era la biografía de un famoso cartógrafo, que es un dato que sin duda tendría que estar en el manga. Lo cierto es que, pasado el impacto de la magia que hace Taniguchi con el dibujo, Furari se me fue disolviendo en una nube de sopor y bostezos, muy difícil de leer.
Me parece excelente que haya un mercado para los mangas de “paz y amor”, en los que no hay masacres, ni piñas, ni un mísero grito. Y sin dudas, hay pocos mangakas más idóneos que Taniguchi para llevarlos a cabo. Yo, sin embargo, llego hasta acá. Al próximo manga del ídolo que no prometa acción, emoción, kilombo y cheap thrills, lo miraré, me babearé con los dibujos y lo dejaré una vez más en la batea. Taniguchi ya demostró que puede crear mangas tremendos, de gran intensidad dramática, incluso sin explosiones ni machaca. Ahora se le dio por volver a las historias sin dramatismo, ni intensidad, ni nada, y la verdad que lo banqué en unas cuantas, pero en esta no lo puedo bancar más. Una pena.

jueves, 13 de febrero de 2014

13/ 02: JEANGOT Vol.1

Una de las creaciones recientes del siempre prolífico Joann Sfar es una biografía en forma de comic del célebre guitarrista gitano Django Reinhardt, publicada por el prestigioso sello Gallimard. El primer tomo salió en 2012 y ahí nos encontramos con tres sorpresas. 1) No la dibuja Sfar, sino Clément Oubrerie, otro dibujante muy prolífico, con un estilo con bastantes puntos de contacto con el de Sfar, conocido sobre todo por los seis tomos de la saga de Aya de Yopougon (escrita por Marguerite Abouet), un embole soporífero que ganó varios premios y vendió mucho. 2) No se trata de una historieta autoconclusiva, sino de una serie, de la cual hasta ahora no salieron nuevos tomos. 3) Django Reinhardt y todos los personajes secundarios aparecen dibujados como animalitos antropomórficos (Sfar sabe de eso, lo hizo en Le Donjon durante años) y con los nombres cambiados. Así, el protagonista se llama Jeangot Renart (palabra que se escribe casi igual que “renard”, que significa “zorro”, y que suena muy parecido a como un francés pronuncia “Reinhardt”) y el primer tomo se llama “Renard Manouche”, que es algo así como “Zorro Zíngaro”.
Reinhardt vivió sólo 43 años y en este tomo, el relato de Sfar no llega ni siquiera a cuando cumple 19. Arranca con el nacimiento del músico en Bélgica y llega hasta cuando parece abandonar su carrera, luego de haberse enseñado a sí mismo a tocar la guitarra con dos dedos menos, cuyo uso perdió en un accidente. Estas 52 páginas están centradas en la infancia y la adolescencia de este virtuoso de la música que empezó a ganarse la vida con su talento desde los 13 años. ¿Y no va muy lento? No, más o menos. En cada página, como casi todas tienen entre 10 y 12 viñetas, pasa bastante.
El tema es que Sfar se cuelga en secuencias en las que no avanza el relato, sino que giran en torno al narrador, al personaje que el autor elige para contar la historia de Jeangot. Se trata de un erizo llamado Niglaud que además cumple el rol que en la realidad cumplió el hermano de Django. Niglaud es un personaje definitivamente carismático, con el que Sfar y Oubrerie se encariñan muchísimo, al que vemos crecer junto a Jeangot y –a diferencia del protagonista- llegar a viejo y escribir en base a sus recuerdos (no del todo confiables) la hsitoria de su mejor amigo. También veremos el backstage de esa biografía: la rosca de Niglaud con los editores, su búsqueda de personas que hayan conocido a Jeangot y puedan aportar su testimonio, y hasta peripecias menores (a las que se les dedican bastantes páginas), como la del final, cuando se escapa del hospital conectado al suero. Todo esto le va a interesar más al que quiera leer una historieta divertida, con una impronta de comedia, que al que busque una biografía de Django Reinhardt más tradicional, más basada en la documentación.
El dibujo de Oubrerie es bellísimo y muy expresivo. Cultiva la línea chunga, como Sfar, pero en ningún momento parece laburar directo en tinta, a mano alzada, sin boceto previo. A Oubrerie no lo amedrenta en lo más mínimo la grilla de cuatro tiras, ninguna con menos de dos viñetas, sino que se lo ve muy cómodo en ese formato. Lo mejor que tiene son los climas, las texturas que imitan el trazo de la carbonilla, y los momentos que elige para hacer desaparecer los fondos y los marcos de las viñetas. Acá, cuando trabajar sólo con Niglaud, plantea secuencias totalmente despojadas y a la vez muy logradas, con el timing de los grandes humoristas gráficos. El color también es extraordinario, con efectos y hallazgos asombrosos, y es mérito de Oubrerie y de Philippe Bruno, quien lo asistió en este rubro.
Espero ansioso el Vol.2, porque la verdad que este tomo me gustó mucho. Me interesó la historia de Jeangot, me encariñé yo también con Niglaud y descubrí una nueva faceta de Clément Oubrerie mucho más interesante que la que había visto en su obra más conocida. Hay que ponerle fichas a Joann Sfar, amigo viñetófilo. El tipo rara vez falla y generalmente la rompe. Yo siempre esperé leer la biografía de Django Reinhardt hecha en comic por Carlos Sampayo, que sabe bocha de jazz y lo metió en una historia corta, creo que de El Bar de Joe. Pero bueno, le ganó de mano Sfar con una historieta muy linda y muy satisfactoria. ¡Música, maestros!

miércoles, 30 de octubre de 2013

30/ 10: SECRET BATTLES OF GENGHIS KHAN

¿Te acordás cuando, en Julio de este año, vimos el Drácula de Robin Wood? Ahí nos sorprendimos alentando a un genocida despiadado, sanguinario y calculador... y de alguna manera estaba todo bien. Ahora se viene el “quiero retruco” con esta biografía de Gengis Khan, en la que el guionista Daryl Gregory y el dibujante Alan Robinson nos cuentan la vida del legendario conquistador mongol, desde el punto de vista del propio Khan, de tal modo que él es el héroe, no el villano.
No me preguntes cómo, pero esta pirueta de Gregory logra que nos identifiquemos con este guerrero pasado de rosca y lo veamos realmente como un héroe, como un prócer de su patria que lideró a su pueblo no en masacres imperialistas, sino en gestas épicas de inigualable valentía. Ya existía un antecedente de este enfoque: un manga llamado “Genghis Khan: To the Ends of the Earth and Sea” (de Nakada Higurashi) que adapta una novela de Seiichi Morimura y que a su vez fue adaptado al animé. Acá también, la historieta nos muestra la infancia del conquistador, cuando se llamaba Temujin y era apenas el hijo del cacique de una tribu nómada y de escasos recursos. Tanto Morimura como Daryl Gregory apuestan fuerte a que el lector se identifique con este chico que sufre, al que de pronto no le queda más opción que –con sólo 11 años- ponerse al frente de esta tribu de las estepas de Mongolia y tratar de subsitir sin que se lo morfen los caciques de las otras tribus, que siempre parecen más sanguinarios y más avechuchescos que él.
Para cuando el joven Temujin ya es un guerrero consumado, es decir, para cuando empiezan las sangrientas incursiones de sus hombres por los territorios de sus enemigos, uno ya se encariñó con el “bravo guerrero”. Por si faltara algo, Gregory se centra en sus "batallas secretas": nos cuenta cómo su mujer le mete los cuernos (y él tiene el gesto noble de darle su apellido y su amor a ese hijo bastardo, fruto de la traición de la bella Börte), cómo su mejor amigo (muerto de celos) se le da vuelta y se planta en la vereda de enfrente, cómo lucha para que sus hijos no se maten entre ellos, cosas que nos muestran al ambicioso conquistador como un tipo vulnerable, al que no es para nada imposible hacerle daño.
De todos modos, lo más atractivo de esta novela gráfica es la cantidad de información que nos brinda Gregory en sólo 80 páginas y sin aburrirnos en ningún momento. Mientras nos entretenemos con las batallas, las runflas y la intriga palaciega, el guionista no para un minuto de tirar data sobre las tribus de Mongolia del Siglo XIII, su situación geopolítica, su relación con sus aliados y enemigos, cómo cambia el mapa con la irrupción de Gengis Khan, cómo revoluciona la táctica militar de su época, como se relaciona con los otros imperios grossos que coexistían en la Asia de aquel entonces, etc. Más todos los detalles de la vida de Temujin, claro, desde su nacimiento hasta su muerte. Es una biografía rara, porque nunca nos muestra al personaje como el genocida que la Historia dice que fue (de hecho, acá jamás pronuncia su frase más famosa, la de “por donde yo piso, no vuelve a crecer el pasto”), y aún así muy efectiva, muy sólida. Un lindo material para que los profesores de Historia compartan con sus alumnos.
Al frente de la faz visual tenemos al amigo chileno Alan Robinson, a quien conocimos en la reseña de Phoenix Without Ashes (27/06/12), en un trabajo que le impuso desafíos heavy metal tanto en el rigor documental como en esas escenas multitudinarias, con centenares de guerreros a caballo dispuestos a dar sitio a una gigantesca fortaleza y demás elementos de los que hacen que varios dibujantes consagrados se vayan al mazo o contraten hordas de asistentes. Robinson piloteó la ordalía con decoro y cintura, se lució en los primeros planos, aportó ritmo y dinamismo en la puesta en página y eligió con astucia las viñetas en las que tirarse a chanta y no dibujar los fondos. El color es de Jay Fotos, el colorista de Locke & Key, quien logra algo notable: que Robinson se parezca mucho a Gabriel Rodríguez. Es cierto que no son dibujantes de escuelas opuestas ni mucho menos, pero hay algo en el color de Fotos que los hace casi clones.
Secret Battles of Genghis Khan se puede leer como un buen comic de aventura, con abundante machaca y dramas humanos, o como una biografía que elige un enfoque atípico para un personaje histórico decididamente cautivante. Es una historia que le hubiese encantado escribir a Robin Wood (a quien mencionaba en el primer párrafo) y que a mí me gustó mucho leer.

viernes, 18 de octubre de 2013

18/ 10: EL GENERAL SAN MARTIN: PROCER

Le entré a este libro con ínfimas expectativas, convencido de que iba a leer una historieta apenas competente. Cuatro dibujantes distintos (ninguno de mis favoritos), una novela cortada “en fetas” para ser distribuída en fascículos junto a un diario que no leería ni con un chumbo en la cabeza, una primera hojeada que revelaba una cantidad cuasi-infinita de splash-pages... Rápidamente, y a pesar de la majestuosa portada de Fito Migliari, me convencí de que iba a leer una biografía del General San Martín decididamente floja, escrita por Luciano Saracino sin onda, sin placer, para pagar las expensas. Por desgracia, la lectura de la obra confirmó casi todos mis prejuicios.
Creo que donde menos le emboqué es en lo de la pasión. En un punto de la lectura, le empecé a creer a Saracino que realmente se interesó por el personaje, como si la fuerza del prócer se llevara puesto al guionista, lo envolviera y lo empujara hacia ese lugar donde se para Luciano para contar la historia (que es la que todos sabemos). Por supuesto, en 82 páginas es imposible contar toda la vida de San Martín. Saracino se da cuenta, analiza qué público va a leer esta historieta y en base a eso elige con qué quedarse. Y elige la hagiografía, que es algo que a mí no me cierra cuando leo una historieta biográfica.
Este San Martín es más San que Martín. Es más celestial que humano. No tiene defectos ni contradicciones, no participó en ninguna runfla espúrea (no hay una sóla mención a la Logia Lautaro, no se indaga en la misteriosa muerte de su esposa, NADA), no se nos ocurre siquiera sospechar que alguna vez haya hecho algo que no fuera arriesgar su vida de modo heroico y altruista por la libertad de nuestro continente. En un momento, el guión se hace cargo de que las autoridades de Buenos Aires lo consideraron “un traidor” y lo acusaron de “conspirador”. Y ya está, no se enfatiza en lo más mínimo en ese aspecto. “Es todo un pase de facturas porque San Martín no quiso pelear contra los caudillos del Interior sublevado”, explica suscintamente Saracino, para enseguida volver a concentrarse en la grandeza inmaculada del prócer. Desde el momento en que San Martín entra a Lima dos páginas antes del final, es obvio que la novela va a dejar MILES de cosas afuera, casualmente todas las que generan ciertas dudas acerca de la intachable moral del protagonista que nos quiere vender la historieta.
Los textos son bastante abundantes (quizás para compensar el exceso de splash-pages) y levantan vuelo en la secuencia narrada por el cóndor. En el resto de la novela son correctos, casi siempre con la responsabilidad de llevar adelante la narración. Porque si miramos sólo los dibujos, no sólo se entiende menos de la mitad de lo que pasa: también nos vamos a aburrir mucho. El dibujante que más me convenció es Rafael Ortiz que, sin ser espectacular, me pareció el más completo, el menos precario. Después hay varias cosas rescatables en las páginas de Tomás Aira al que, uno supone, le debe resultar incómodo narrar en un estilo tan clásico y con tanto apego por la anatomía tradicional. Acá se ven pifias, pero menores. Yair Herrera es un clon de Rafael Ortiz, con menos recursos, al que le complicás bastante la vida cuando lo sacás de los primeros planos (que evidentemente son su fuerte). Y finalmente Pablo Churín es un dibujante muy limitado, no impresentable, pero lejos de un nivel atractivo. A todos les salva bastante las papas el muy buen trabajo del colorista Gonzalo Duarte, a todos se les nota la escasez de pilas para dibujar fondos, la falta de imaginación, de huevos... En promedio, esto es peor que malo: es chato. Y la verdad que ver a Mauro Mantella, uno de los guionistas más zarpados y más creativos que aparecieron en este siglo, desaprovechando su talento como letrista de esta historieta, es para clavarse el sable corvo de San Martín en el ojete e inventar el seppuku anal.
Esta historieta nos propone seguir el derrotero de un José de San Martín excesivamente edulcorado e idealizado, como el Héctor Oesterheld que nos mostró Saracino en la recordada Germán: Ultimas Viñetas. En la tele, quizás por las dimensiones trágicas del personaje, o porque la mayoría del público conocía mucho menos de los pormenores de su vida, ese enfoque funcionó. Acá, mucho menos. Repito: lo que menos ruido me hizo fue la prosa cuidada, fina, por momentos emotiva de Saracino. El resto, bastante para atrás.

miércoles, 28 de agosto de 2013

28/ 08: CHE (A GRAPHIC BIOGRAPHY)

Y sí, hay más biografías del Che Guevara en historieta. Esta debe ser la más reciente, porque se lanzó en 2008, y en una de esas también la mejor.
El guión de Spain Rodríguez (1940-2012) es muy, muy bueno. Dinámico, completo, muy bien condimentado con detalles poco conocidos de la vida del Che, con la indagación justa (ni mucha como para aburrir, ni poca como para dejarte en bolas) acerca de la coyuntura política de cada uno de los países en los que el mítico guerrillero hizo de las suyas, e incluso de su país de origen, que vendría a ser el nuestro. Rodríguez explica la Argentina de los años ´40 y ´50, en pocas páginas pero con un criterio más certero que cualquier otro historietista yanki que se haya enfrentado (aunque sea de pasada) con ese fenómeno complejísimo, virtualmente indescifrable llamado “peronismo”.
A diferencia de otras biografías de Guevara, la de Spain no mete a presión fragmentos de los textos escritos por el Che. A veces este se manda diálogos o pensamientos tan sofisticados, que es obvio que el autor los tomó de las escrituras del propio Guevara, pero estas citas encubiertas nunca se roban el protagonismo ni obstaculizan un relato muy, muy ameno. Al tratarse de un libro encargado y editado por un sello claramente alineado a un partido de izquierda, estaba el riesgo de que a Spain le pidieran una hagiografía del Che, que resaltara sólo sus virtudes y barriera abajo de la alfombra sus contradicciones y sus fracasos. Por suerte en la historieta eso no sucede. El autor trata muy bien al Che, no disimula en lo más mismo su comunión con las ideas del “personaje”, y sin embargo no se limita a endiosarlo. A lo largo de las 100 páginas que dura la novela vemos a Guevara tropezar, equivocarse, replantearse cosas, tener que pedir disculpas, obstinarse en decisiones que resultan erróneas, etc.
A nivel guión, te soy sincero, no sé si habrá una biografía del Che más interesante, más ganchera. Lo que la tira un poco para atrás es el dibujo. Ojo, no tanto como a aquella biografía del Che realizada por autores japoneses (la vimos el 27/02/11) en la que el dibujo era una patada en las bolas digna del Flaco Schiavi en la puerta del área grande. Spain no es horrible, es limitado. Es curioso, porque en este trabajo de 2008 muestra las mismas falencias que en sus trabajos 40 años anteriores, los de su época underground, cuando se hizo “famoso” con historietas como Trashman. Ese es uno de los problemas: Spain trata de ser un dibujante académico, realista, correcto, y no le sale. Tiene un muy buen manejo de sombras, texturas y tramas, equilibra muy bien blancos y negros, elige muy bien los ángulos de las viñetas, pero falla a menudo en la anatomía y en las caras. Vistas de lejos, estas páginas parecen una especie de Joe Sacco tirado a chanta.
Y el otro problema es que Rodríguez nunca le da al dibujo la chance de llevar adelante el relato. Todo está basado en los textos, a tal punto que se puede leer sólo los bloques de texto (y algún diálogo, ponele) y la historia se entiende perfectamente. En eso se parece mucho a los Big Books de Paradox. El dibujo no está ahí para narrar, sino para ilustrar (con más onda que virtuosismo) algo, un cachito, de lo que nos cuenta el texto.
Claramente estamos frente a un libro que no está pensado para deleitar al lector de historietas más curtido, o más purista. Spain pensó esta biografía para vendérsela a los fans del Che Guevara que la van a comprar en una librería “careta”, gente que en su mayoría no se preocupa por la mucha o poca integración entre texto e imagen o el reparto entre ambos de las responsabilidades narrativas de una historia. Para ese lector no entrenado, este es un comic alucinante, que informa, entretiene, te roba alguna sonrisa, por momentos te indigna y encima te deja pensando. Y encima tiene el atractivo de ser una co-edición entre una editorial británica y una yanki, de una obra de un autor yanki (con sangre española, pero yanki al fin), en la que los villanos son... los yankis.
La próxima vez que se te pase por la cabeza comprarte una remera o una gorra del Che, pensalo dos veces. Por ahí con la misma guita, o una moneda más, te podés comprar esta historieta que no estará dibujada por Enrique y Alberto Breccia, pero se la re-banca a la hora de contar la vida de este ícono del Siglo XX nacido acá cerquita.

jueves, 18 de julio de 2013

18/ 07: DRACULA

Otra vez me toca leer una biografía, esta vez de un muchacho al que le pasaron cosas un poquito más heavies que a John Coltrane. Me refiero a Vlad Tepes, o Vlad Dracul, o simplemente Drácula, que es como lo conoció el mundo gracias a su rol protagónico en la mitología vampírica, cortesía del escritor Bram Stoker. Además del Drácula vampiro (el Drácula “mediático”, digamos) hubo un Drácula real, que no era de Transilvania sino de Valaquia y que vivió en la segunda mitad del Siglo XV. Robin Wood y Alberto Salinas, la dupla que pasó a la historia por haber creado a Dago, nos invitaron allá por los primeros años ´90, a descubrir la vida del Drácula histórico, en una novela gráfica realizada a lo largo de cinco años (lo cual, para 120 páginas, es una infinidad) y que recién en 2012 se publicó completa en nuestro idioma.
Acá empieza a despuntar el Robin Wood moderno, el que se zarpa mucho menos con la cantidad de texto que mete en cada página. Las primeras páginas de Drácula (de 1990) están bastante cargadas de extensos diálogos y voluminosos bloques de texto, y las últimas (de 1995) ya no, ya se leen de otra manera. Lo bueno es que, cuando abundan y cuando escasean, los textos de Wood tienen un nivel altísimo, con muchas frases memorables. El argumento en sí es lineal, es la vida de este zarpado dispuesto a todo por el poder, cegado por la ambición, y a la vez dueño de una dignidad y un coraje que lo hicieron amado por su gente y temido por los imperios más poderosos de su época. El guión pega varios saltos, omite meses y hasta años enteros en la vida de Drácula, pero cuando elige un momento para desarrollar, lo hace con criterio. Con el correr de las páginas, Drácula adopta carnadura humana, complejidad y hasta buenos personajes secundarios.
El tono del relato es crudo, descarnado y hace un hincapié escabroso en la violencia, la crueldad y la desmesura de este genocida al que Wood pinta más como una bestia infernal que como un ser humano. Por momentos, vemos a Drácula desplegar una conducta tan extrema, tan abominable, que hay que juntar huevos para seguir adelante con la lectura. Pero fijate vos que, a pesar de las runflas espurias, las torturas, los asesinatos, las violaciones, las traiciones, las mutilaciones y las masacres que le vemos cometer a Drácula, Robin logra que siempre hinchemos por él. Sí, es un hijo, nieto y bisnieto de putas sin el menor escrúpulo. Y aún así uno quiere verlo ganar. Mitad porque se enfrenta a otros hijos de puta tan ambiciosos como él, mitad porque es un hijo de puta que va de frente, al que impulsan su orgullo y su amor por su patria. Una especie de Dr.Doom más realista, vendría a ser...
Y ya que metí esa referencia a Marvel, me acuerdo que cuando leí Tomb of Dracula, de los maestros Marv Wolfman y Gene Colan, también me sorprendí a mí mismo hinchando por el capo del vampiraje. Que no combatía contra emperadores codiciosos, sino contra un puñado de humanos a los que Wolfman se esforzaba por mostrarnos como “héroes”... y que no empalaba gente, entre otras cosas. O sea que, de alguna manera, Drácula ejerce esa fascinación: uno sabe que es un sorete, pero lo quiere ver ganar. Loco, no?
Párrafo para hablar maravillas del dibujo de Alberto Salinas, maestro de maestros, clásico de clásicos. Lo mejor, lo que más me gustó, es la reconstrucción de la época, impecable en todos los aspectos, y la línea, el trazo sobrio, muy elaborado, con un pincel y un plumín que no descuidan ni el más mínimo detalle. Y las escenas de batallas, en las que Salinas dibuja a 500 soldados a caballo contra otros 500 soldados a caballo como si fuera una boludez, como si el dibujante promedio no quedara al borde del ACV cuando lee un guión que dice “dos soldados a caballo”. Lo que menos me gustó es que, alrededor de la página 50, Salinas cambia la forma de encarar la página y prácticamente erradica la grilla de seis cuadros para plantarse casi siempre en cuatro cuadros más grandes. Sin embargo, las páginas de menos viñetas no tienen más laburo en cada viñeta. Simplemente vemos al maestro dibujar un poco menos. Sobre el final, se ve que la querían terminar rápido y reaparecen las páginas de seis viñetas (más alguna de siete) dibujadas como la hiper-concha de Dios. Hay algún palo menor en la narrativa, alguna secuencia en la que no queda claro cuál es el siguiente cuadro que toca leer, pero en general está todo muy bien resuelto.
Yo había leído Drácula muchos años atrás, en italiano y a color. Creo que era color directo, aplicado por el propio Salinas, no me acuerdo bien. Esto, así, en blanco y negro, me gustó más. El guión también, me gustó más que la primera vez que lo leí. Si sos fan de Alberto Salinas o de Robin Wood, o si te interesa la figura del Drácula real, hincale los colmillos a esta obra que, sin ser la Octava Maravilla del Mundo, se disfruta a full.

martes, 16 de julio de 2013

16/ 07: COLTRANE

A veces el olfato falla. Agarré este libro del italiano Paolo Parisi (editado en Argentina por La Pinta) bastante convencido de que iba a leer una joya, o algo así. En los meses que pasaron desde que salió, escuché muchas críticas favorables y además la tapa me parecía extraordinaria. El tema, la biografía de John Coltrane, me resultaba... nada, no sabía qué esperar, porque mi desconocimiento acerca del mundo del jazz es absoluto. Y ahí me sumergí, muy bien predispuesto.
Me encontré con una obra que no me convenció. Compartí la decisión de Parisi de no narrar la vida del saxofonista en forma lineal. Los saltos para adelante y para atrás en el tiempo ayudaron a mantener mi interés hasta el final, a la espera de un pase mágico que le diera al desenlace la onda que no tenía el desarrollo. También me pareció interesante el contexto social en el que vivió el músico. Parece (digo, después de haber leído biografías en comic de Jimi Hendrix, Fats Waller y Bob Marley) que es muy difícil contar la vida de los músicos afroamericanos sin meterse con el contexto social y político, como si todos fueran –antes que artistas- productos de su época. Acá el tema de la discriminación racial está tocado con sutileza, no le disputa el protagonismo a la vida de Coltrane ni se lleva las reflexiones más produndas por parte de Parisi.
Hasta ahí, muy bien. ¿Cuáles son los problemas del guión? Básicamente dos: por un lado, el “feteado” de la vida de Coltrane. La elección por parte de Parisi de qué momentos privilegiar, en qué escenas centrarse. Acá hay algunas muy cortitas, casi fotos, en las que no llega ni siquiera a plantearse un conflicto y mucho menos a desarrollarse. Está muy bien mostrar un toque de la grabación de cada disco, repasar los nombres de los músicos que lo acompañaban, pero Parisi dedica muchas páginas al simple hecho de mostrar a las bandas tocando. Lo cual es alucinante en una película, y bastante aburrido en un comic, donde no existe el sonido. Y en las escenas más centradas en la vida privada de Coltrane, lo que sucede fuera de los escenarios y los estudios de grabación, “pasan más cosas”, aunque los distintos mini-relatos adolescen siempre de lo mismo: no hay conflictos fuertes. O hay, pero Parisi no los enfatiza. El puterío entre los músicos, representantes y empresas discográficas está apenas esbozado. El deterioro de la relación entre Coltrane y su primera esposa recibe apenas un poquito más de atención. Y lo más rico, el elemento de mayor potencial dramático, está totalmente desaprovechado. Me refiero al dato de que Coltrane fue –durante un tiempo- adicto a la heroína y luego se recuperó. ¿Es muy frecuente eso? ¿Hay muchos artistas consagrados que se hayan recuperado de la adicción a la heroína? Me parece que no, y por eso la lucha del saxofonista contra esa adicción tendría que estar plasmada no sé si como una epopeya, pero sí con mucho más énfasis del que le pone Parisi.
El dibujo es correcto, sin virtuosismos ni pifias groseras. Parisi va para el lado de varios autores del indie yanki y por momentos me hizo acordar a los laburos de Adrian Tomine en su etapa under, o a algunas cosas de Chester Brown. La figura humana está un poquito descuidada, pero me da la sensación que es una decisión por parte del autor, no una limitación con la que se encuentra. Los fondos están muy bien, la documentación es acertada (me gustó ver a Harlem hace casi 50 años) y las expresiones faciales, que tienen mucho peso en la trama, sí revelan ciertas carencias en el estilo de Parisi. La puesta en página es clásica, casi siempre con grilla de seis cuadros y transiciones cortas, lo que le da a casi todas las secuencias un ritmo pausado, tranquilo, como para relajarse como te relajás cuando escuchás un disco de jazz. Esperaba un poquito más del dibujo, realmente, sobre todo por la gran calidad de la imagen de la portada. Pero bueno, Parisi tiene apenas 33 años y seguro va a pelar obras mejores, por lo menos en la faz gráfica.
No te pongo a Coltrane entre la lista de los libros imprescindibles y tampoco en la de los excecrables. Supongo que a los fans del saxofonista les parecerá mil veces mejor que a mí, porque realmente se nota que Parisi se compenetró a fondo no sólo con la vida, sino incluso con la obra del músico. Estudió su forma de componer, de interpretar, su forma de relacionarse con los otros íconos del jazz (Miles Davis, Duke Ellington, Thelonius Monk, etc.) con los que le tocó compartir discos y escenarios, su estrategia a la hora de armar sus bandas... Eso seguramente al amante del jazz lo va a cebar muy mal. Yo, como fan del comic, me llevo un poco menos de lo que esperaba. Me jodo por haber arrancado con las expectativas tan arriba...

jueves, 13 de septiembre de 2012

13/ 09: TRAGEDIAS DEL ROCK Vol.3

Después de un largo paréntesis, tenemos un nuevo tomo de esta colección, aunque quedó atrás la época del papel lujoso y las tapas duras. No seré yo quien les pase factura por una cosa así, ya que es pública mi prédica contra el lujo innecesario en la edición de historietas, que sólo sirve para encarecer al pedo los productos.
Acá, la palabra “producto” es central. Está clarísimo, y nadie intenta ocultar en ningún momento, que hacer una biografía de Bob Marley a modo de historieta es una movida 100% comercial, astutamente pensada para tener algo que venderle al fan de Marley que ya tiene todos los discos, el poster y la remera. La decisión de que esto sea un álbum barato y no un libro lujoso también responde a un cálculo: seguramente la mayoría de los fans de Marley tienen menos poder adquisitivo que el fan promedio de John Lennon.
Dentro de los estrechos confines de esta lógica mercantil dura, hay una sóla variable que puede inclinar la balanza: la calidad de la historieta. Por grosso que sea Marley, si la historieta es chota, los editores saben que dejan afuera a una masa (por ahí no muy grande) de potenciales consumidores, que somos los fans del comic. En cambio, con el mínimo esfuerzo de poner buenos autores a crear un buen producto, nos tienen ahí, poniendo nuestros pesitos junto con las legiones que idolatran al capo del reggae. En ese sentido, esta vez la apuesta fue a lo seguro, a una dupla que se conoce de memoria y que ya tenía varias obras potentes en su haber: Diego Agrimbau y Dante Ginevra.
El guión de Agrimbau es básicamente lineal, narra la vida del músico de principio a fin, sin voleteretas raras. Pero hay más: por un lado, mucha data sobre el contexto socio-político en el que Marley escribe sus canciones. Lo que sucede en Jamaica, lo que sucede en Africa, todo nutre al compositor y todo lo transforma de a poco en un militante por la causa de la paz mundial y la fe rastafari. ¿Qué carajo es la fe rastafari? Yo no lo sabía y me enteré leyendo esta historieta. Por otro lado, intercalados entre distintas secuencias, aparecen fragmentos de las letras más testimoniales de Marley, ilustradas –coherentemente- no con Bob y sus Wailers cantando, sino con aquello a lo que las letras hacen referencia: los padeceres de los hijos de Africa, ya sea a manos de los esclavistas del pasado o de los más recientes, los que los condenan a vivir como ciudadanos de segunda en las grandes urbes o a ir a morir a guerras ridículas.
Esas secuencias “descolgadas” le sirven a Ginevra para escaparle a la monotonía de dibujar siempre a Marley, ya sea cantando, hablando, fumando faso o jugando al futbol, y volar hacia otras locaciones, probar otros enfoques y hasta otra aproximación al color. Por supuesto, de acá salen momentos de gran atractivo visual. El resto del libro no desentona demasiado. Se notan algunos tramos en los que Dante pisa un poco el acelerador y saca algunas páginas con fritas, pero el tratamiento gráfico que propone el autor permite que eso no resulte feo ni chocante. A Ginevra le sobra oficio para pilotear más que decorosamente las secuencias que menos le interesan, o las que a veces dibuja en tiempos muy acotados, que asustarían a los más valientes. Todo eso, y la posibilidad de ser él su propio colorista, hace que este tomo ofrezca un nivel gráfico muy parejo y muy alto.
Seguramente los muy fanáticos de Marley criticarán el hecho de que la biografía que traza Agrimbau no es del todo exhaustiva. Hay algunos saltos, hay personajes que casi no tienen peso (la esposa y los hijos de Bob, por ejemplo) y probablemente hayan quedado afuera algunas anécdotas jugosas, que yo por supuesto desconozco, porque me gusta el reggae pero no como para saberme vida y obra de sus padres fundadores. Para los que –como yo- tocábamos de oído en cuanto a data sobre Marley, esta aproximación a su vida es un excelente punto de partida. Por ahí en las historietas dedicadas a Michael Jackson y John Lennon había más conflictos internos, más drama. Acá, sólo cuando el cáncer pone en jaque al ídolo los problemas se ven como más personales y menos sociales. Pero como a mí me interesa más la historia socio-política del Siglo XX que la vida personal de un músico, no me quejo para nada.
Si te prendiste fuego con El Asco, o con El Muertero Zabaletta, o por algún motivo extraño le juraste lealtad eterna a Agrimbau y Ginevra, ponele una ficha a la biografía de Bob Marley. No está al nivel de las joyas ya mencionadas, pero no defrauda en lo más mínimo.

miércoles, 16 de mayo de 2012

16/ 05: LAS AVENTURAS DE HERGE

Hace un tiempito apareció este libro ofrecido en el Previews, obviamente en edición yanki, y yo, tras derramar hectolitros de baba, decidí que no me cerraba pagarlo u$ 20, por eso no me lo pedí. Ahora lo vi en una comiquería amiga a menos de $90 (no muuucho menos) y al hojearlo, no me pude resistir.
Esta novela gráfica es absolutamente indispensable. No sólo para los fans de Hergé (1907-1983), o de la línea clara franco-belga. Cualquiera al que le interese mínimamente la historia del comic europeo tiene que tenerlo, o por lo menos leerlo un par de veces. Los guionistas José Luis Bocquet y Jean-Luc Fromental hicieron los deberes. En menos de 70 páginas, nos cuentan con lujo de detalles toda la vida del célebre Georges Rémi, infinitamente más conocido como Hergé, sin esquivar ninguna de las preguntas que cualquier lector se puede hacer sobre su vida y su obra. ¿De dónde viene su espíritu aventurero? ¿De dónde salieron el pibe con jopito, los hermanos gemelos y el irascible compañero siempre al borde de estallar en una catarata de improperios? ¿Cuál era su verdadera relación con su esposa Germaine, con la que nunca tuvo hijos? ¿Cuánto hay de cierto en los relatos que lo pintan como un jefe despótico, que terminó para el orto con casi todos sus asistentes? ¿Qué tan real es el mito que lo pinta como un chupacirios, amigo de los nazis y ferviente anti-comunista?
De humilde hijo de un empleado textil a celebridad mundial, globalmente famoso por sus historietas, la novela nos invita a redescubrir al Hergé público (se murió hace casi 30 años, con lo cual muchos de sus lectores no compartieron planeta con él) y a descubrir al Hergé privado, al que puertas adentro, con éxitos y desgracias, se forjó una carrera como historietista con la que, desde entonces, soñaron muchos. La verdad es que el guión es muy ecuánime: ni derrapa hacia la hagiografía ni se regodea en el escrache. Hergé sale parado como un tipo ni bueno ni malo, al que le sobraron huevos para un montón de cosas y le faltaron huevos para otras tantas. Ni es el empresario garca que se llenó de plata a costillas del trabajo de otros, ni el artista hippie que mantuvo intactos los ideales de sus inicios aunque se cagara de hambre. Igual se nota que los autores tienen claro que a Hergé lo sigue a full un público bastante conservador, que no quiere descubrir que su ídolo era un zarpado. Todo su affaire con la colorista Fanny Vlamynck está contado del modo más sutil posible y la escena en la que descubre la marihuana en un viaje a los EEUU dura una sóla viñeta.
La vida de Hergé es tan rica, que hasta tiene lugar para una trama de intriga internacional, que es la que gira en torno a Chang Chong-Jen, a quien el dibujante conoce en 1932 y logra sacar de China casi 50 años después. La relación fraterna entre Hergé y Chang es uno de los puntos más altos del libro, y además algo que yo desconocía absolutamente.
El dibujo, a cargo de Stanislas, obviamente se inscribe dentro de la línea clara, pero con la astucia necesaria como para que esto no parezca en ningún momento una historieta dibujada por Hergé. Stanislas es –no puede evitarlo- mucho más moderno, porque es evidente que leyó a Ever Meulen, Daniel Torres y Joost Swarte, entre otros renovadores de la estética creada por Hergé. Para que lo ubiques más fácil, Stanislas dibuja igual a Pablo Zweig. No al Zweig historietista, sino al Zweig ilustrador. Pero igual, eh? Si viene Pablo y te dice “Mirá mi nuevo libro”, le creés y lo felicitás. La narrativa es muy clásica y la puesta en página se diferencia de la de Hergé porque cada tanto Stanislas mete viñetas más chiquitas, ya sea cuadros partidos en dos, o cuadros horizontales (widescreen) muy finitos. El color es re-Hergé excepto por las manchas rojizas en los cachetes de los personajes (otro detalle típico de Zweig) y la tipografía no se parece a la de Tintín, pero se le acerca bastante.
Ahora que la peli de Spielberg y Jackson reavivó el interés por la obra de Hergé, es un gran momento para conocer su vida. Y la verdad es que Bocquet, Fromental y Stanislas nos la presentan como una sucesión de eventos muy, muy interesantes, que además vienen bárbaro para recorrer más de 75 años del Siglo XX en los que pasó absolutamente de todo, no sólo en la historia de Hergé, ni en la de la historieta, sino en la del mundo en general. Seas fan o detractor del creador de Tintín, esta obra te va a pegar fuerte y te va a cambiar la forma de leer las aventuras del chico del jopito.

miércoles, 19 de octubre de 2011

19/ 10: MUSASHI


Hora de conocer la vida de Takezo Shinmen, mucho más conocido como Musashi Miyamoto, el más diestro espadachín de la historia de Japón, autor de textos fundamentales como El Libro de los Cinco Anillos, protagonista de Vagabond (el famoso manga de Takehiko Inoue) e inspirador de Usagi Yojimbo, el conejo samurai de Stan Sakai. Muchos cineastas, literatos y mangakas han sido subyugados por la figura de este asombroso guerrero del Siglo XVII y de todos ellos sin dudas el más grosso debe ser Shotaro Ishinomori (1938-1998), apodado “el Rey del Manga”, el único historietista en cuyo honor se fundaron dos museos a falta de uno. Mínimamente conocido fuera de Japón, dentro de la islita la chapa de Ishinomori es infinita y rivaliza sólo con la de Osamu Tezuka, quien fue la guía y la inspiración de este mangaka fundamental de las décadas del ´60, ´70 y ´80.
La verdad, no sé con certeza en qué momento de su impresionante carrera Shotaro se abocó a la realización de estas casi 500 páginas. Seguramente no es de sus comienzos, porque en los ´50 hacía shojo, en los ´60 triunfó con la ciencia-ficción y entre los ´70 y ´80 produjo un montón de obras larguísimas, varias de ellas de temática histórica. En una de esas, este es uno de los últimos trabajos del maestro. Lo cierto es que acá, con sólo hojear el manga, te cae la ficha de que estás frente a un artista de una calidad superior. Se nota a ocho cuadras que no hay nada improvisado, que nada de lo que está en la página es “lo que se pudo”, sino más bien lo que se quiso. Cada viñeta transmite categoría, cancha, savoir-faire. La narrativa es tranquila, pausada, descomprimida como en el manga bien clásico. Las líneas cinéticas y las tramas de grises dejan sospechar la mano de una legión de asistentes, al igual que las texturas logradas mediante un festival del cross-hatching totalmente pasado de rosca. El dibujo está tan logrado, levanta tanto vuelo en cada secuencia tranqui de esas en las que Ishinomori se cuelga con paisajes, vistas panorámicas de los pueblos, castillos y bosques, que la belleza de las imágenes eclipsa a la violencia de la trama.
Como le pasaba a Tezuka, a Ishinomori le cuesta narrar en serio, sin chistes. Acá no hay chistes ni pantomimas graciosas, pero sí escenas en las que algunos personajes (secundarios o tercerones) se mueven y gesticulan de modo ampuloso, grotesco, caricaturizado. Las similitudes con Tezuka son innumerables, porque visualmente el estilo de Ishinomori estuvo siempre muy pegado al del Manga no Kamisama. Lo que se ve en Musashi es una cruza perfecta entre Tezuka y el Go Nagai menos brutal. De hecho, Nagai empezó como asistente de Shotaro y también quedó pegadísimo al estilo del maestro.
La trama –decíamos- avanza lento, porque Ishinomori se cuelga con esas escenas alucinantes que transmiten paz y serenidad. Pero cada tanto llegan los duelos de Musashi contra otros maestros de la lucha marcial y las viñetas estallan en un despliegue de enorme dinamismo. Ahí las doble-splash-pages tienen menos sentido que cuando nos muestran un bosque nevado o una cadena montañosa, pero logran un impacto altísimo, una sensación de frenesí, de combate a todo o nada. Esas son las secuencias que te quedan rebotando en el bocho cuando terminás el manga. En el medio, Musashi viaja, chamuya, aprende, enseña y tiene una relación medio extraña (“es complicado”, pondría si tuviera Facebook) con Tsü, una chica de su pueblo que se enamora de él en su adolescencia. El resto de los personajes no se acerca siquiera a disputarle algo de protagonismo al invencible ronin, pero acompañan dignamente.
Por supuesto, si no te interesa la temática de los samurais te vas a aburrir a lo pavote cada vez que arrancan las menciones a los daimios, los karos, las escuelas de combate y los koku. Este es un comic histórico basado en hechos reales, y por ende todo eso está meticulosamente investigado. Pero si te gustan los samurais, seguro escuchaste hablar de Musashi Miyamoto y seguro nunca leiste una biografía tan atrapante y tan bien dibujada como la que propone acá Shotaro Ishinomori, el Rey del Manga, un sensei de los senseis injustamente ninguneado por la mayoría de las editoriales de Occidente. Aguante Planeta-DeAgostini, que se le animó.

domingo, 25 de septiembre de 2011

25/ 09: 21


Esta juega al límite, muy finito, entre historieta latinomericana y yanki. El autor es el puertorriqueño Wilfred Santiago (a quien visitamos en este blog allá por el 21 de Octubre de 2010), que vive y trabaja hace mil años en EEUU, que creo que no tiene obra publicada en castellano, y que no sé si escribe en nuestro idioma, o directamente en inglés.
21 narra la biografía de Roberto Clemente, el más destacado beisbolista que diera Puerto Rico, y además un verdadero héroe de la vida real, con final trágico y todo. Santiago elige el camino lineal: arranca en la niñez de Clemente y termina con su fatídica muerte, en un accidente de aviación (como su admirado Carlos Gardel), con sólo 38 años. Los matices están dados por la historia política de Puerto Rico, el eterno debate entre los que quieren que la isla sea independiente y los que quieren mantenerla bajo la protección de los EEUU. Santiago esgrime argumentos a favor y en contra de ambas posturas, pero sin profundizar en ninguno de ellos, porque está claro que la suya no es una historieta de tinte socio-político, sino que este elemento aparece como uno más, como un recurso para ilustrar el contexto en el que crece y vive Roberto Clemente.
La personalidad del ídolo tampoco da mucho jugo paar convertirla en un elemento de peso en la trama. Clemente era un muchacho recto, siempre lejos de la joda y los excesos, pero muy cerca de la sensibilidad, y sobre todo de la solidaridad. En las secuencias finales, cuando Clemente ya está recontra-consagrado como beisbolista, Santiago nos lo muestra en una infatigable cruzada por ayudar a los que menos tienen. Afectuoso con su familia, respetuoso con su mujer, cordial con sus compañeros, sin el menor resentimiento por los malos tratos y la discriminación que sufrió por ser de raza negra, Clemente aparece como un hombre íntegro, cuyo principal rasgo es la bondad (además del talento para el beisbol). Santiago se las ingenia para perturbarlo mínimamente (sólo en sueños) con un trauma infantil relacionado con la temprana muerte de su hermana Anairis. El resto, todo para adelante, sin fisuras ni dobleces.
¿Dónde reside, entonces, la fuerza del relato? En la epopeya 100% real de este prodigioso deportista y del equipo del que formó parte durante muchos años, los Pittsburgh Pirates, que desde bien abajo, con sacrificio y humildad ganaron torneos importantísimos frente a equipos mil veces más grossos. En la primera mitad de la novela, en la que el beisbol tiene menos presencia, el ritmo es más lento, y si bien no llega a aburrir, por ahí sobran escenas (y personajes) referidas al entorno familiar de Clemente. Pero cuando el ídolo pasa de un club canadiense a los Pirates (y aprende inglés), los partidos cobran protagonismo y Santiago aprovecha al máximo las posibilidades dramáticas que le brindan los mismos para centrarse –como decía más arriba- en el carácter épico del personaje central. Y ahí sí, la tensión, la emoción y la diversión te llevan a no querer que la novela se termine nunca. Hasta que, inevitablemente, esta termina de modo abrupto, como la vida de Clemente y deja un regusto tristón, mezclado con la alegría de ver cuántos de los sueños de este pibe llegaron a hacerse realidad en los 38 años que habitó nuestro mundo.
Fiel a su costumbre, Wilfred Santiago pela en 21 un estilo totalmente distinto al que mostrara en sus obras anteriores. Esta vez, va para el lado más cartoon, con una cierta onda Scott Morse/ Marc Hempel, mezclada con el trazo más melancólico y oscuro de Stassen. El resultado es muy bello y muy original. Santiago también experimenta en dos rubros donde cuelga varios home-rounds: la integración de referencias fotográficas a su estilo visual, y la incorporación de texturas (supongo que digitales) a su trabajo de línea con blanco, negro y tonos de amarillo similares a los de Valizas, de Santullo y Vergara. El giro hacia una estética tipo cartoon le da terreno a Santiago para extremar los recursos expresivos, con lo cual logra increíbles momentos no sólo en los partidos de beisbol, sino también en la secuencia del choque que termina con la muerte de otro hermano de Clemente, y su funeral, que es breve, pero sumamente emotivo. Como en In My Darkest Hour, Santiago lima brillantemente en las secuencias oníricas, donde se juega cartas bravas, dignas de Dave McKean.
Munido de un bate, la camiseta 21 (de ahí el título de la obra) y un montón de buenas intenciones, Roberto Clemente conoció la pobreza y la riqueza, el fracaso y el éxito, la gloria y la tragedia. Y con todo eso, Wilfred Santiago armó una novela gráfica hermosa, inmejorable tributo a la vida y la obra de un auténtico superhéroe de carne y hueso.