el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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viernes, 29 de noviembre de 2013

29/ 11: MONDO

Hoy cortito, porque tengo poco tiempo.
Mondo, la última creación del maestro Ted McKeever para Image, es otro delirio sin pies ni cabeza. A pesar de esa tapa horrenda, con una foto apenas retocada, el dibujo del comic propiamente dicho no puede ser mejor: es un McKeever al que le sobran los recursos, las técnicas, la cancha para plasmar lo que se le dé la gana con la simple combinación de blanco y negro. Si leés comics por los dibujos, seguro ya te lo compraste y ni bien lo terminaste le juraste lealtad eterna a McKeever, a quien seguirás hasta el fin de tus días, incluso si el día de mañana se dedica a dibujar guiones de Howard Mackie, Terry Kavanagh o Armando Fernández.
Ahora, si lo que te interesa de una historieta es el guión, vas muerto. Ojo: no es que a McKeever no se le ocurran ideas. El tema es cómo las muestra, cómo las orquesta a la hora de desarrollarlas y darles algo así como un cierre, o un sentido. El primer tercio de Mondo está muy bien. Presenta a los personajes, describe el status quo, nos sitúa en un mundo bastante parecido al nuestro y abre la puerta por la que entra el elemento fantástico que le va a permitir... tener como protagonista a una especie de Hulk amarillo que rompe cosas y no sabe hablar. Una vez que Catfish se convierte en el Hulk amarillo, las escenas que protagoniza empiezan a ser cada vez más raras e intrascendentes, mientras McKeever desarrolla un segundo plot (el del intendente corrupto que quiere hacer mierda a la maravillosa Venice Beach), un tercer plot (el del satélite que va a impactar contra la Tierra) y un personaje descolgado pero carismático, la atractiva Kitten Kaboodle.
De alguna manera bastante tosca y por demás predecible, estas puntas argumentales, estos personajes y alguno más que ni viene al caso mencionar, confluirán en las últimas 14 páginas de Mondo, no para explicar nada de lo que hasta ese punto no se explicó, sino sencillamente para protagonizar una secuencia estridente, grandilocuente, casi de blockbuster pochoclero de Hollywood. En el medio de este mega-bolonki, McKeever mecha algunos díalogos graciosos e ingeniosos, como para asegurarse de que el lector nunca se tome en serio todo este carnaval de la bizarreada. El resultado final suena a capricho, a una colección de excusas chotas urdidas por McKeever para dibujar lo que él tenía ganas de dibujar, más allá de si con esas escenas, o esas imágenes, o esos climas, se arme o no una historia más o menos sólida.
El año pasado, cuando me tocó reseñar otra obra reciente de McKeever escrita por él mismo (12/02/12) me encontré con un argumento críptico, pretencioso, muy jugado a los simbolismos y a la davidlyncheada más extrema. Me lo fumé mansito. Ahora, un segundo guión de McKeever que no me convence. Conclusión: no compro más obras del ídolo escritas por él mismo, por lo menos por un largo tiempo. Una lástima, porque me jacté durante años de bancarlo a muerte. Pero así no da, por más que el dibujo sea glorioso de punta a punta.