el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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domingo, 27 de julio de 2014

27/ 07: MARVELS: EYE OF THE CAMERA

Esta es la no muy promocionada secuela de Marvels, que supuestamente iba a salir para el décimo aniversario del clásico de Kurt Busiek y Alex Ross y al final terminó por salir muchísimo después.
Eye of the Camera retoma al personaje del fotógrafo Phil Sheldon y nos muestra qué fue de su vida desde aquel final de Marvels (que si mal no recuerdo terminaba con el trágico fin de Gwen Stacy) hasta su muerte, en 1987. El conflicto central tiene que ver con que Phil tiene cáncer de pulmón y le queda poco tiempo de vida. El veterano fotógrafo, sin embargo, se aferra a la idea de curarse y sobrevivir, porque quiere seguir disfrutando de sus hijas, de las proezas de los superhéroes (de los que hizo fan) y además tiene un excelente contrato para editar un segundo libro de fotografías, a raíz del impactante éxito de Marvels, su libro anterior. Al igual que en Marvels, todo lo que le sucede a Phil está hilvanado con sucesos importantes del Universo Marvel, de esos que salen en los diarios y los noticieros, siempre vistos desde la óptica del ciudadano “de a pie”. Felizmente, la emoción, el suspenso, la pequeña cuota de peligro que tiene Eye of the Camera no pasa por esos cachitos de epopeyas (algunas apenas insinuadas), sino por la vida del propio Phil, con cuyas emociones y sensaciones nos logramos compenetrar sin mayor inconveniente.
Esta vez Kurt Busiek no escribió solo, sino que (como ya había hecho en Avengers Forever) reclutó al maestro Roger Stern para que lo ayudara con la investigación y con la resolución de algunas escenas. Eye of the Camera repasa sucesos del Universo Marvel que van desde principios de los ´60 hasta Fall of the Mutants (1987) y hay un trabajo exhaustivo por parte de los guionistas para que cada escena de Phil y su familia pueda vincularse con mucha precisión a las fechas exactas en las que los lectores de larga data vimos desarrollarse cada una de las aventuras a las que el protagonista, o los secundarios, o los medios de comunicación, hacen mención en la obra. Esto en un punto se le va de las manos a Busiek y Stern, es como que abusan del recurso. Básicamente, la línea que quieren bajar es la de rescatar lo fascinante y maravilloso de vivir en un universo en el que existen los superhéroes. Y eso está bueno. Pero el exceso de erudición cansa un poco.
Diálogo típico de Eye of the Camera: -¿Y, Don Phil?, ¿Qué me cuenta? ¿Vio que ahora están de moda los monstruos, los vampiros, los hombres lobos y esos justicieros pesuttis que se hacen los poronga y matan gente? –Sí, ni me hable. A mí me gusta lo otro, a mí lo que me da fe y esperanza es saber que todavía hay héroes buenos y luminosos. Como Iron Man, que ayer estuvo en San Francisco combatiendo a Whiplash; o Thor, que justo ahora está en Asgard machacándose con unos dioses ancestrales de la mitología australiana; o el Capitán América, que hoy a la mañana impidió un atentado de unos terroristas extraterrestres; o los Cuatro Fantásticos, que ahora están en una dimensión paralela, intentando evitar una invasión de economistas mediáticos neoliberales…”. Y así, todo el tiempo. Para que sepas que estamos –ponele- en 1980, los diálogos mencionan un montón de situaciones que los héroes vivieron en los comics publicados en 1980, aunque eso no le aporte nada a la trama central. Si te bancás ese detalle, el guión es lindo, muy emotivo, muy humano, muy Astro City.
Al no poder contar de nuevo con Alex Ross, la búsqueda de otro dibujante foto-realista (algún día alguien me explicará de dónde viene la necesidad de generar comics de superhéroes con estilo foto-realista) derivó en Jay Anacleto, un muy buen dibujante, para nada clon de Ross. Anacleto entregó unos lápices muy, muy laburados, con gran atención por los detalles y un despliegue increíble en los fondos (basados en fotos, pero no afanados frente-march) y el colorista Brain Haberlin se encargó de agregarles volumen y texturas para lograr un combo visualmente muy prolijo y sin fisuras en la narrativa. Esto se ve menos “pictórico” que lo de Ross, pero a nivel relato gráfico no sé si no funciona mejor.
Como secuela de Marvels, Eye of the Camera no defrauda para nada. Leída por sí sola, por alguien que no esté familiarizado con Phil Sheldon o con el Universo Marvel, corre serios riesgos de aburrir o incluso de agobiar con tanta data y tantas referencias. Vos sabrás si meterte o no.

miércoles, 23 de octubre de 2013

23/ 10: DOCTOR STRANGE AND DOCTOR DOOM: TRIUMPH AND TORMENT

Ah, qué hermosas épocas las de las novelas gráficas de Marvel! A veces te tocaban adefesios infumables y otras veces, sin siquiera salir de la temática superheroica, los mismos autores que la remaban mes a mes en las series regulares se zarpaban para crear historias fuertes, redondas, a veces muy importantes para el desarrollo de algún personaje destacado del Universo Marvel.
En 1989, se juntaron dos bestias: Roger Stern (uno de los dos o tres guionistas clave para entender la Marvel de los ´80) y Mike Mignola, ese dibujante raro que había desaparecido de las revistitas mensuales de Marvel en el ´87 y la había roto en DC en el ´88 (con la mini del Phantom Stranger y Cosmic Odyssey). Y para entintar y colorear a Mignola se sumó un artista más raro todavía, Mark Badger, a quien ya vimos incursionar en este formato, en la reseña del 12/06/11. El elenco protagónico de estas 78 inolvidables páginas lo componen los tres pichis a los que vemos en la portada: el Dr. Strange (a quien Stern guió a lo largo de muchas sagas gloriosas en su propia revista), el Dr. Doom y el querido Mephisto, chabón copado si los hay.
La historia tarda un poco en arrancar. Las primeras 24 páginas están buenas, son muy divertidas, y presentan a un personaje de bastante peso en la trama. Sin embargo, en el contexto general de la novela, son un prólogo en esteroides. Todo lo que cuenta Stern en ese tramo es la previa, la excusa para que, una vez que nos tire la consigna, esta nos resulte atractiva y no una fumanchereada traída de los pelos. La gesta propiamente dicha, lo que Strange y Doom tendrán que lograr para que la aventura llegue a buen puerto, se nos plantea recién en la página 26 y se empieza a desarrollar recién en la 40. En el medio, un magistral repaso por el origen del Dr. Doom, más un giro brillante en la recapitulación de la historia de su madre (a la que Stern rescata de un lejano Fantastic Four Annual 2), más la explicación de cuál va a ser el rol de Mephisto en la trama. Y por si faltara algo, una bajadita de línea sobre lo bien que vive la gente en Latveria bajo el supuesto yugo del supuesto dictador.
Una vez que arranca la aventura, no para hasta que se termina la novela. El epílogo ocupa menos de tres páginas y todo lo demás es acción al palo, luchas y conjuros al límite, excelentes diálogos, un flashback traumático que le permite a Stern revisitar brevemente el origen del Tordo Strange y lo más grosso: la runfla final con Mephisto, ese poker a todo o nada entre fulleros místicos, con varias almas en juego, que el guionista resuelve de un modo impredecible y genial, y que además sirve para dejar en claro que, si bien todo lo realmente importante que pasa en la novela le pasa a Doom, esta no tenía sentido sin Strange y sin Mephisto. La escena del final, en la que Doom, en vez de blanquear por qué hizo lo que hizo, elige el silencio y la reclusión, es impactante, emotiva y –por si faltara algo- te deja clarísimo por qué la novela se llama “Triunfo y Tormento”.
Por el lado del dibujo, tenemos al Mignola ochentoso, ese de línea más clara, de anatomía más kirbyana, todavía lejos de su mejor nivel (que llegaría unos pocos años después, en el ´92-´93) y más lejos aún de su actual búsqueda de la síntesis, de ese grafismo más caligráfico, más para el lado del Hugo Pratt de los últimos años, que le ha espantado a más de un fan. Acá, el ancho de espadas de Mignola es la narrativa. El creador de Hellboy deja la vida en el armado de cada secuencia y cuando el guión le pide muchas viñetas, aprovecha las posibilidades del formato más grande para lucirse jugando al álbum europeo. Después, en todo lo demás, se nota mucho la mano de Badger: el acabado, los detalles, la paleta de colores, las texturas, los climas que logra en los flashbacks, el estallido cromático de las escenas en el Infierno, hasta algunas expresiones de los rostros, revelan más la impronta de Badger que la de Mignola. Pero me gusta el combo, eh? Tiene esa cosa visceral, jodida, que no tenía Mignola cuando lo entintaba P. Craig Russell, por ejemplo.
Si sos fan de Roger Stern, de Mike Mignola o de alguno de los dos facultativos, no dudes un segundo a la hora de comprarte esta paponga clásica y moderna, que se reeditó hace poquito, después de muchos años de haber sido un Santo Grial. Si está cara, rosqueá con Mephisto y pagala con el alma, en 24 cuotas sin interés.

martes, 19 de abril de 2011

19/ 04: CAPTAIN AMERICA: WAR & REMEMBRANCE


Ahora que me bajé del tren de la serie actual, me dediqué a indagar en la larga historia del Capi América en busca de alguna etapa o saga grossa, que valiera la pena leer. Encontré dos: por un lado estos nueve números de 1979-80 y por el otro, la etapa de J.M. DeMatteis, que abarca (con varias interrupciones) los números 261 al 300 y que injustamente no está reeditada en libro.
Pero vamos a lo de Roger Stern y John Byrne, que es lo que se puede conseguir casi sin dificultad. Estos numeritos del Capi (247 al 255) no son exactamente majestuosos. Son buenos comics de superhéroes de hace 30 años. Tienen una chapa descomunal simplemente porque entre que Steve Englehart deja al Capi (allá por 1975) y que Stern y Byrne llegan al rescate, la serie es un bofe sin pies ni cabeza, como tantas otras series de la Verdul Age que no se entendía por qué se publicaban ni mucho menos por qué se vendían. Y sí, me juego: la etapa de Jack Kirby forma parte del bofe sin pies ni cabeza. Listo, lo dije.
Stern y Byrne apagan el incendio con solvencia, con clase, como cuando Caruso Lombardi vino a Racing a salvarnos del descenso y nos dejó quintos en la tabla. Los tres primeros números, además de dos villanos obvios tienen un villano encubierto que manipula toda la situación, y un par de pinceladas muy interesantes que definen la relación del Capi con Nick Fury en particular y con SHIELD en general. También desde el arranque está la sana intención de darle bola a Steve Rogers por afuera de su identidad heroica y de rodearlo de un elenco de secundarios atractivo. En tres números, vimos mucho más de lo que habían hecho todos los guionistas post-Englehart.
Después hay que destacar dos saguitas de dos episodios: la de Mr. Hyde y Batroc, repleta de machaca, sirve para entender que una cosa es ser villano y otra ser un genocida hijo de puta. Y la del Baron Blood en Inglaterra logra, por un lado, recrear la mística de los Invaders y, por el otro, mostrarnos algo que en 1980 no era frecuente: el Capitán América, héroe de héroes y símbolo patrio inmaculado, a veces también mata. Okey, mata a un vampiro totalmente sacado, más maligno que Rodríguez Larreta. Pero lo mata de verdad, como unos años después Superman mataría a los genocidas de la Zona Fantasma en esa saga que forzaría la partida de Byrne de la serie.
Pero por ahí lo más celebrado de esta etapa sean los unitarios. El que cierra el libro es un festejo de los 40 años del personaje y los autores lo aprovechan para pasar el limpio el origen del Capi, desarrollar algunos puntos y barrer bajo la alfombra otros que tienen que ver con la niñez, la juventud y el experimento que le cambió la vida a Rogers. Esta es, en una palabra, la primera aparición del origen moderno del Capi. Y además, como a Byrne lo dejan entintar sus propios lápices, es -lejos- el episodio de mayor atractivo visual. El otro unitario se hizo para celebrar los 250 números de la serie (que arrancó como Tales of Suspense) y tiene la consigna más ganchera de la historia: el Capi se postula para presidente de los EEUU. Obviamente sabés desde el primer momento que no, que se va a bajar de la candidatura (como tantos otros menos patriotas que él), pero lo grosso es eso, es esperar el momento y ver cómo, con qué discurso, bajando qué línea, el símbolo patrio le explica a las masas que lo suyo no es gobernar sino cagarse a trompadas con los villanos. Imaginate si se postulaba… Nos salvábamos de Reagan! Ah, no… cierto que esto es Marvel, no la realidad.. Perdón…
Me toca hablar del dibujo, pero creo que ni hace falta. Estamos hablando de comics de superhéroes dibujados por John Byrne en los ´80, o sea, está todo recontra-bien. Ni siquiera jode que lo entinte Joe Rubinstein, cuyo trazo tiene poco que ver con el del ídolo. El Byrne de esta época era un tsunami que se llevaba todo puesto, una máquina de laburar que generaba bocha de páginas por mes, con una calidad muy superior a la de la media de sus colegas. Byrne acá colaboraba con Stern en los guiones, o sea que es también responsable de que esta etapa –sin ser una gloria irrepetible- funcione como un relojito a la hora de combinar acción, emociones, desarrollo de personajes, revelaciones asombrosas y un ritmo atrapante, con espacio incluso para tirar temas importantes y dejarte pensando. Un clásico con aguante, de una época en la que leer mainstream era más riesgoso que engancharse hoy con un manga de Ivrea.