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miércoles, 10 de diciembre de 2025
OTRA TARDE DE MIÉRCOLES
Meto otra pausa cortita en el laburo para comentar un par de libros que leí en estos últimos días.
Le entré al Vol.4 de Deadly Class (el 3 lo habíamos visto el 28/04/25) y medio que me cansó. Tanta sobredosis de violencia, tanta sangre, tanta mala leche, se sostiene un rato, no toda la vida. En estos cuatro TPBs se recopilaron los primeros 21 números de la serie de Rick Remender y Wes Craig y se me hizo un poco monocorde. Sobre todo este último tomo, que no tiene mucho más que cinismo y muertes truculentas. Hay una referencia piola a Lord of the Flies, y UN diálogo brillante entre un vendedor de discos fan del heavy metal y un pibe que le trata de explicar por qué B-52´s es una banda del mega-carajo. El resto, persecuciones, tiroteos, cuchillazos, alguna revelación impactante acerca del pasado (invariablemente sórdido) de algún personaje secundario, y no mucho más. Todo esto narrado con muy buen ritmo, de manera muy ganchera, por dos autores a los que les sobran recursos para poner nervioso al lector y asfixiarlo con la sensación de que se está yendo todo a la mierda.
Pero tantas páginas de lo mismo, a mí me satura un poco. Me encanta el dibujo de Wes Craig (salvo esos primeros planos que parecen calcados de viñetas de Paul Pope), cuando Remender baja un cambio mete unos diálogos magníficos, el color es precioso, hasta el rotulado la rompe. Y cuando se acuerdan de jugar con el hecho de que la historia esté ambientada en los ´80, salen momentos muy copados, que no se ven en otros comics de machaca y oscuridad.
La colección de TPBs termina en el Vol.12. Es imposible que en los ocho tomos que me faltan los autores no paren un toque la pelota, no prueben con otra cosa, con otro ritmo, con otros climas... hasta con otros personajes, porque en este tomo palman un montón. El tema es que son ocho tomos: mucho espacio en la biblioteca, mucha guita y muchas horas de lectura. No sé si le quiero dedicar todo ese esfuerzo a una serie que me gusta, pero no me vuelve loco. Veremos. Por ahora, la corto acá. Si aparece el Vol.5 muy barato, no descarto darle una posibilidad.
Vuelvo al repaso por la historieta argentina publicada en 2025 y me encuentro con Hotel, el nuevo trabajo de Carina Altonaga. Al salir tan encima del trabajo anterior de la autora (Chamán, reseñado el 10/01/25) la comparación es inevitable... y desfavorable para Hotel. La faz gráfica es una maravilla. A esa estética realista, emparentada con la de Salvador Sanz, Altonaga suma ahora el color, y acá saca una diferencia enorme. Es un color bellísimo, aplicado con sutileza, con criterio, con imaginación y con una técnica que me remitió más a Juan Ferreyra que a Sanz. Además de rigor académico, el dibujo tiene encuadres variados, como para darle ritmo incluso a las secuencias en las que no vemos mucho más que personas hablando. Las referencias fotográficas están muy bien integradas, los personajes son fácilmente reconocibles y los estallidos de violencia son electrizantes.
¿Por qué, entonces, pongo a Hotel por debajo de Chamán? Básicamente por el guion, que me pareció mucho menos original, más pegado a una fórmula que ya consumí mil veces, y con un misterio menos atrapante que el de la obra anterior. Los personajes están bien (sobre todo Lily Torres), los diálogos no brillan pero cumplen, la explicación de qué es el hotel y por qué pasa lo que pasa está bien, los flashbacks están puestos en el momento correcto, pero el argumento en sí, la base sobre la que se construye el relato, me pareció más endeble. Las últimas páginas, que me hicieron acordar a algún unitario de Hellblazer, levantan un poco el promedio, y aún así el guion de Hotel queda lejos del de Chamán.
Una pena que, justo en el momento en el que Carina Altonaga había pegado fuerte con una obra muy grossa, que llamó mucho la atención, tengamos que verla retroceder un par de casilleros con una novela gráfica que -pese a sus inmensos méritos en el aspecto visual- adolece de un argumento medio flojo de papeles. Para la próxima (que ojalá sea pronto) estaría bueno verla colaborar con un/a guionista, a ver qué pasa.
Y ya estoy para despedirme, pero antes quiero dedicarle unas líneas a la excelente reedición que hizo Historieteca de tres historietas de Brian Janchez que estaban descatalogadas. No voy a extenderme acerca de cada una de ellas, porque de El Permiso ya hablé acá el 22/02/18, de La Mejor mis Ex-Novias hablé el 24/12/18 y La Hija del Carpintero tuvo su reseña en este espacio el 21/08/19. Durante la relectura me di cuenta de lo poco que me acordaba de los argumentos, pero también releí las reseñas, y coincido en casi todo con lo que escribí en su momento, así que ahí están, para quien quiera consultarlas.
Nada más por hoy. Gracias por el aguante y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.
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sábado, 13 de mayo de 2023
TARDE ALUCINANTE
Inmejorable clima este sábado en Buenos Aires, justo el día que se cumplen 29 años de la aparición del nº1 de Comiqueando. Pero vamos a las reseñas, que para eso estamos.
En 1988 apareció una de esas historietas que hasta que no las tenés en la mano no podés creer que existen: el maestro Go Nagai se mandó una novela gráfica 100% inédita de Mazinger, a todo color y en un formato medio cuadrado, para la editorial estadounidense First, que en aquel entonces era una de las tres o cuatro que peleaban por el tercer puesto en el mercado eternamente dominado por Marvel y DC. ¿Qué hizo el célebre mangaka cuando la editorial con sede en Chicago le dio total libertad? Una garcha.
El argumento de la novela gráfica es bochornoso: en el Siglo XXIII, Mazinger es un mega-robot que pelea en una guerra que enfrenta a los países del Norte con los de Sur. Un estallido nuclear lo transporta a otra dimensión, donde la gente es del tamaño de Mazinger (o sea, gigantes) y Kabuto (el milico que pilotea al robot) tiene el tamaño de un action figure tipo los Super Powers de los ´80. Kabuto pega onda con una princesa del tamaño de Mazinger que anda en tetas por ahí, y pone su espada y su coraje al servicio de esta chica para combatir a sus enemigos. ¿Qué pasa en la primera batalla? De nuevo, explotan miles de misiles y el estallido transporta a Mazinger de nuevo a su dimensión, donde alguien le dice -¿dónde estabas, pelotudo? Te estamos buscando hace un año... -¿cómo un año? Para mí pasó sólo un día... Fin.
¿Qué tiene que ver esto con el Mazinger que todos conocemos? Poco. Es un robot gigante, tiene una espada hiper-pulenta y lo tripula un flaco apellidado Kabuto. El resto, no tiene la menor conexión con la saga creada por Go Nagai en 1972. ¿El guion tiene algún hallazgo que permita remar lo mediocre del argumento? No, casi nada. No hay buenos diálogos, no hay desarrollo de personajes... todo chatísimo, 100% basado en la machaca, excepto la escena en la que Kabuto le tira los galgos a la princesa. Bueno, zafará el dibujo, me imagino.... De a ratos. Cuando Nagai (y su equipo) dibuja ejércitos, naves, armas, robots y explosiones, las páginas explotan de onda y polenta. El color (a cargo de Kazuhiro Amachi) está buenísimo, la narrativa es ganchera... Ahí la verdad que se luce. Y cuando dibuja la figura humana y especialmente los rostros, decís "ah, pero no aprendió nada... esto es igual de choto que los mangas que dibujaba a principios de los ´70". Posta, me cuesta entender que haya tenido tanto éxito un autor que dibuja tan mal el cuerpo humano y las caras de las personas.
¿Por qué está bueno tener este libro? No sé, por ahí por lo inusual, lo extraño que es todo. Una novela gráfica a color de Mazinger hecha para EEUU por el creador del manga original, seguro es algo que llama la atención. Después la leés y se te pasa, pero durante años quise tener esto, leerlo y constatar que existe semejante fumariola. Pero si alguien me ofrece un buen billete, no soy tan talibán ni de Mazinger ni de Nagai como para no largarla...
Me voy a 2005, cuando se edita en Italia la novela gráfica Ragazzini, que es la misma que en Francia salió un año antes como Les Enfants, obra del maestro Jean-Philippe Stassen. ¿Qué carajo hago leyendo comic franco-belga en italiano? Es la edición que pude conseguir. Juro que este año cuando vaya a Francia y Bélgica, el 50% de lo que me voy a traer van a ser obras que ya tengo en ediciones españolas, italianas o yankis, que van a ser reemplazadas por las originales. Pero mi amor por Stassen es más fuerte que la barrera idiomática, por eso cuando vi esto no me pude aguantar.
Dicho esto, es hora de aclarar que es la obra de Stassen que menos me gustó de las que leí hasta ahora. Sin ser chota ni mucho menos, Les Enfants tiene dos problemas: El primero es que no están muy enfatizados lo conflictos. La historia avanza, la tensión que rodea a los personajes crece, hay desarrollo en los protagonistas y secundarios, pero nunca se le otorga un verdadero peso dramático a ninguno de los conflictos que Stassen plantea en estas 80 páginas. Que no son pocos, porque la obra se centra en la vulnerabilidad de unos chicos que viven en una ciudad africana muy próxima a una zona de guerra, donde ya casi no quedan adultos porque todos fueron al frente a combatir al enemigo. Los pibitos comen mal, tienen problemas mentales, deambulan por la ciudad semi-vacía en busca de cerveza o cigarrillos que se puedan afanar, se codean con adultos con fama de pedófilos que los miran con cariño, están expuestos a discursos racistas (de un lado y del otro) y, por supuesto, a la violencia, que va a estallar fuerte (y del modo menos racional concebible) cerca del final. O sea que Les Enfants es una de jóvenes a la deriva, con nenes de 9 a 13 años como protagonistas.
El segundo problema es que todo esto es demasiado triste, demasiado bajonero, demasiado desolador. Alguna travesura de los pibes, algún chiste gracioso seguro se cuela por ahí, pero básicamente esto es un drama. La incertidumbre, el miedo a la invasión inminente del enemigo, la precariedad, la sordidez, se llevan puesta a la inocencia de los chicos, cuyas elecciones son cada vez más difíciles de justificar. Lo que al principio reviste una cierta "ternura freak" al final ya es muy turbio y te deja un sabor horrible en la boca.
Por suerte el dibujo de Stassen es glorioso. Detallado cuando está bueno que se aprecien los detalles, sintético cuando pega más fuerte la síntesis, y con un coloreado magnífico. El belga sabe narrar de manera interesante largas secuencias en las que sólo vemos gente que dialoga, y le pone todo a las expresiones faciales y corporales de los personajes, que son todos pibitos africanos pero a los que podemos diferenciar sin el menor esfuerzo. Les Enfants te revienta el alma a garrotazos, pero el dibujo es tan hermoso que ayuda a aguantar los golpes. Sigo prefiriendo Deogratias o Thérese como punto de entrada a la obra de Stassen, pero si te copa una historieta más testimonial, más densa y menos apegada a las fórmulas del relato más convencional o más aventurero, puede ser que Les Enfants te cierre más.
Cierro esta edición extra-large con un libro editado en Argentina en 2022 que compila tres historietas de Brian Janchez protagonizadas por Bulma Jimenes. La primera y más extensa es La Frustración, a la cual ya le dediqué una reseña completa allá por el 14/11/20. Después, el mundo de Bulma se amplió con otras dos historias, El Taller y La Otra, que siguen la misma tónica en lo que se refiere al planteo estético de Janchez, con lo cual no hace falta volver a hablar del aspecto visual de estas obras.
En los guiones de estas otras dos historietas, Janchez propone algo similar a lo que vimos en La Frustración: seguir las desventuras de un personaje que prácticamente no genera la menor empatía en el lector, salvo por el hecho de que concentra sus esfuerzos en triunfar (o por lo menos sobrevivir) como autora de historietas. Detrás de la frialdad y la mala onda de la conflictiva Bulma, uno percibe una pasión genuina por la historieta, y ahí es donde más o menos la sentimos cercana, o querible. Pero es una chica inestable, jodida, por momentos inescrupulosa, y a la que encima la suerte no ayuda ni un poquito. Tanto en El Taller como en La Otra vemos a Bulma rodearse de un muy buen elenco de personajes secundarios, y los vínculos que se establecen entre ellos son en varios pasajes más importantes que las tramas en sí. Este aspecto, sumado a la exploración del extraño mundo que crea Brian para esta serie, es lo que a mí más me llegó, lo que mantuvo mi interés hasta el final del libro.
Me gustaron también las referencias a los X-Men y los personajes de Street Fighter, o que aparezca la revista "Salto Joven" (en vez de Young Jump) en la editorial "Suecia" (en vez de Shueisha) y esos guiños limados a otros mangas famosos como Sailor Moon o Dr. Slump. En todo momento queda claro que Bulma Jimenes es una obra de madurez para Janchez, a la que le puso mucha planificación, mucho corazón y donde, al incorporar acertadamente elementos de ciencia ficción post-holocausto, le agrega a su universo una capa de profundidad que va más allá de su notable manejo de la comedia costumbrista y el drama basado en relaciones humanas. No te digo que es la cima más elevada de la historieta argentina reciente, pero sin dudas está muy, muy bien y merece una oportunidad.
Y nada más, por hoy. Gracias por llegar hasta acá y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.
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sábado, 28 de agosto de 2021
23 al 29 de AGOSTO
Semana complicada, por muchísimos motivos, pero igual pude leer un par de cosas.
Gracias a la nueva y magnífica edición de Ivrea, me volví a sumergir en 20th Century Boys, una serie que había empezado hace muchos años, en inglés y de prestado, y que en algún momento dejé de leer. Me acordaba muy poquito de la trama, por suerte, y eso ayudó a que me volviera a atrapar por completo. En este manga hay una cantidad brutal de elementos gancheros, y es casi imposible de enumerarlos a todos. Para sintetizar, creo que acá Naoki Urasawa termina de dominar lo que ya había ensayado en Monster, que es el manejo molecular del suspenso. Esa capacidad asombrosa para dosificar la información, dejarte siempre con ganas de saber más, cortar cada escena en el momento justo, en el que el impacto dramático de lo que se cuenta está en su cénit. Además de todo eso, Urasawa complementa una trama muy espesa de misterio y conspiraciones con secuencias ambientadas en la infancia de los protagonistas, en las que el humor y la ingenuidad rompen un ratito con el clima ominoso del resto de la historia. También hay pasos de comedia muy logrados en las escenas que transcurren en el presente, que supongo que desaparecerán gradualmente, a medida que se tense cada vez más el conflicto principal.
No quiero contar nada de la trama, pero sí señalar que estamos en manos de un maestro absoluto de la narrativa. Urasawa se da todos los lujos, todos. Hasta construir perfectamente, como si fueran los protagonistas de toda la obra, a personajes a los que va a utilizar menos de 20 páginas. Quiero que esto dure para siempre, que 20th Century Boys sea hasta el final un gran manga de misterio, narrado en clave muy realista, con personajes muy humanos, con situaciones cotidianas, perfectamente reconocibles, que eventualmente se van a enroscar en torno a esto que está sucediendo. Ojalá no aparezcan elementos fantásticos ni sobrenaturales, ojalá Urasawa no amplíe demasiado el elenco protagónico, ojalá haya más secuencias ambientadas en la infancia de Kenji y sus amigos, más pinceladas que nos permitan vislumbrar cómo se vivió en Japón el estallido del rock anglófono a fines de los ´60 y principios de los ´70… Así como está, esto es mágico e insuperable. Y encima está dibujado como los dioses por un autor que brilla sobre todo en las expresiones faciales, pero al que le sobra solidez en todos los rubros. Tengo un par de tomos más de 20th Century Boys y haré fuerza para no devorármelos esta semana que arranca el lunes.
Me vengo a Argentina, año 2021, para hablar un poquito de Lo Que Ya Pasó, un recopilatorio de cuatro historias cortas, escritas por Brian Janchez y dibujadas por Pablo D´Alio. Son historias tan fieles a la impronta de Janchez, tan imbricadas (con perdón de la palabra) en el estilo de este autor, que resulta extraño verlas dibujadas por alguien que no sea él mismo. No es que D´Alio dibuje mal. Para nada, el dibujo es muy bueno, se complementa bien con los climas que evocan los guiones y tiene momentos de gran belleza plástica. Pero las historias son tan Brian que me pasó algo similar a lo que viví cuando Darwyn Cooke dibujó Twilight Children (ver reseña del 16/03/18).
En cuanto a las historias, creo que la que más me gustó fue la primera, pero las cuatro están muy bien. Creo que a “La ametralladora” le faltó una vueltita de tuerca más en el final, como para bancar un poco el clima tenso que se genera a la mitad del relato, y no más que eso. Son historias atractivas, distintas entre sí y con muy buen nivel en los diálogos y los bloques de texto. Si sos fan de Brian Janchez, seguro te van a encantar, y además vas a conocer a Pablo D´Alio, un dibujante que todavía no explotó, pero que tiene varias historietas publicadas y en todas sorprende con su manejo del pincel y las aguadas.
Nada más, por hoy. Gracias y hasta el finde que viene.
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sábado, 14 de noviembre de 2020
LA FRUSTRACION
Sigo recorriendo lanzamientos de historieta argentina de este extrañísimo 2020, y ahora es el turno de La Frustración, el nuevo trabajo de Brian Janchez. Esta probablemente sea la novela gráfica más extensa en la bibliografía del autor, que no sólo subió la apuesta en materia de ambiciones, sino también en materia de originalidad. Después de jugar con varios géneros, de destacarse sobre todo en la comedia costumbrista (a la que de a poco le fue incorporando elementos dramáticos), ahora Janchez se propone una fusión sumamente original: La Frustración es una aventura dramática, con mucha introspección, con un rol muy importante para los vínculos entre las personas, pero ambientada en un contexto de ciencia-ficción del post-holocausto. Una combinación rara, que en una de esas se le podría haber ocurrido a Beto Hernández, pero no a muchos más.
Y por si a la consigna le faltara atractivo, Janchez incorpora otro elemento con el que le había ido muy bien en sus primeros trabajos: la autobiografía. La Frustración no es un comic autobiográfico, pero obtiene un montón de recursos tragicómicos del hecho de que la protagonista, Bulma Jimenes, es una autora de historietas enrolada eternamente en un underground enrarecido y adverso, que garantiza sangre, sudor y lágrimas, más que esa consagración a la que todo artista alguna vez aspiró. Está claro que muchas de las frustraciones que experimenta Bulma, ese boulevard de los sueños rotos por el que transita su carrera como autora de comics, empalma con los sinsabores que alguna vez vivió Brian en los años que lleva en este metier.
El contexto del post-holocausto da origen a un world-building interesante, bien pensado y bien ejecutado. Pero sin dudas el principal atractivo de la novela está en la construcción que hace Janchez del personaje central. Bulma Jimenes es una mina dura, conflictiva, tramposa, manipuladora, por momentos capaz de ser muy cruel. Difícil identificarse con un personaje así, si no fuera por ese rasgo que (en una de esas, a los ojos de algunos lectores) la redime: su amor por la historieta. Probablemente eso sea lo único 100% genuino en esta mujer enroscada al límite de lo patético. Janchez hace crecer al personaje desde la primera viñeta hasta la última, a fuerza de un logrado equilibrio entre silencios introspectivos, diálogos punzantes y escenas de acción a todo o nada, con más violencia que la que nos mostró en cualquier otra de sus obras. El final es abierto, y no del todo triste. No me molestaría en lo más mínimo que en algún momento Janchez se decidiera a retomar a Bulma Jimenes para continuar esta historia y ofrecernos nuevos giros argumentales y más exploración de este mundo crepuscular y caótico en el que la historieta es el principal entretenimiento popular.
El dibujo va en la línea de los trabajos más recientes de Brian: una línea despojada, sintética, con un claroscuro extremo en el que sólo existen los espacios blancos y las masas negras. Las caras son muy expresivasy los fondos no aparecen muy seguido, pero cuando lo hacen, están bien. Creo que lo que más me gustó de la faz gráfica fueron los homenajes a Peanuts, los personajes claramente basados en Marcie y Peppermint Patty. Y me gustó también la narrativa descomprimida, sobre todo esas páginas en las que en vez de meter tres viñetas widescreen cada una con un bloque de texto, Janchez dibuja tres viñetas normales y pone los textos en la mitad de la página que le queda vacía.
A rasgos generales, hay una intención coherente en guión y dibujo que –digo yo, no sé si Brian lo pensó así- la de generar una distancia entre lo que se cuenta y el lector. La narrativa tiene ese grado de frialdad como para que incluso las escenas que nos resultan familiares se sientan lejanas, la protagonista no se esfuerza en lo más mínimo en generar ningún tipo de empatía, y el recurso de ambientar la historia 65 años en el futuro le permite al autor “vendernos” un mundo que no se parece demasiado al nuestro. Así como hay historietas que buscan que uno se sienta parte del relato, que se involucre casi como si fuera un personaje más, La Frustración va para el lado contrario y aún así llega a buen puerto. Estamos hablando de una muy buena novela gráfica, donde brilla el desarrollo de un mundo y un personaje para nada trillados, y donde se ve a un autor maduro, en total control de una vasta gama de recursos narrativos y gráficos. Me animo a recomendarle La Frustración no sólo a los fans de Brian Janchez que lo siguen hace años, sino incluso a quienes nunca se aventuraron en las obras de este interesantísimo autor.
Y nada más, por hoy. Retomamos este Noviembre dedicado a la historieta argentina en un futuro post que se viene pronto, acá en el blog.
miércoles, 21 de agosto de 2019
MIERCOLES DE REALISMO
Casualmente los dos
últimos libros que leí son historietas en blanco y negro, de un único autor,
sin ningún tipo de elementos fantásticos y bastante bajoneras.
Por un lado, retomé la
serie 36-39 Malos Tiempos, del prócer español Carlos Giménez, con el Vol.3 (el
Vol.2 lo vimos el 20/12/16). Esto es absolutamente desgarrador, una patada al
alma atrás de otra. Imaginate que a una gran ciudad dejan de entrar alimentos.
En poco tiempo, no hay más comida en ningún lado. La gente (que ya se morfó a
caballos, gatos y perros) hace largas colas para conseguir aunque sea una papa,
y al poco tiempo empieza a desmayarse de hambre por la calle, o directamente a
morir de inanición. A los cadáveres que pueblan las calles fruto del hambre y
las enfermedades, se suman los cientos de muertes causadas por los constantes
bombardeos, por parte de aviones que pasan todos los días… y todas las noches.
O sea que, si el hambre y el frío te dejaran dormir, igual te despertarían los
estruendos de las bombas. Y tendrías que salir corriendo de donde sea que estás
tratando de dormir, por miedo a que el techo se te caiga encima, o que todo el
edificio se prenda fuego. En estas constantes evacuaciones perdés
sistemáticamente objetos de valor, ropa de abrigo y hasta hijos y esposas o
maridos. Y ahí vas de nuevo, a escabullirte a otro refugio como si fueras una
rata, gambeteando fiambres y pestilencia.
No, no es una ficción del
género post-holocausto. Así vivieron los madrileños mientras la capital
española fue asediada por la insurrección fascista que llevó al poder al
nefasto genocida Francisco Franco. Sí, todas esas penurias que sufrieron los
hombres, mujeres y niños de Madrid, les fueron infligidas por compatriotas
suyos. No fueron los franceses, ni los ingleses, ni los marcianos. Fueron otros
españoles, lo cual hace que todo sea mucho más atroz, más jodido, más
angustiante… y obviamente más difícil de explicar a quien no tenga la menor
idea de qué pasó durante la tristemente célebre Guerra Civil Española.
Por suerte está Carlos
Giménez para recrear esos Malos Tiempos con un rigor documental escalofriante,
con su trazo dinámico y recontra- expresivo, con su narrativa cristalina, con
su equilibrio perfecto entre masas negras y espacios blancos y –lo que a mí más
me gusta- decidido a no bajar ninguna bandera. Giménez sigue denunciando los
crímenes de lesa humanidad de la dictadura franquista, no se resigna a barrer
bajo la alfombra la hora más oscura de la historia de su país. La memoria (los
argentinos lo sabemos muy bien) duele como la San Puta, pero sin memoria no hay
verdad, sin verdad no hay justicia y sin justicia las heridas no cicatrizan
jamás. Además de tremendas, estas historietas son 100% verosímiles, por eso a
pesar de estar buenísimas, te dejan un sabor horrendo, como si te transaras a
Laura Alonso en el bunker de Cambiemos. Me queda el cuarto y último tomo
pendiente, y prometo entrarle pronto.
La Hija del Carpintero es
la novela gráfica más reciente de Brian Janchez, y la más extensa en la carrera
de este notable autor argentino. Esta también es una historia 100% verídica,
probablemente basada en hechos reales.
Como en varias de sus
obras más recientes, Janchez usa diálogos muy breves y precisos, cortitos y al
pie, junto a bloques de texto que se cargan encima buena parte del flujo del
relato, pero que también están escritos con una prosa adusta, para nada florida
ni sobrecargada. Esto genera un contraste bastante notable, porque los recursos
narrativos que pone en juego Janchez hacen que uno se aleje de lo que nos
cuenta, genera entre el lector y los personajes una relación fría, distante. Y
sin embargo, la historia en sí, lo que de hecho le pasa a Berta a lo largo de
estas 84 páginas, logra el efecto contrario, que es que el lector se involucre,
se identifique, sienta lo que siente Berta, sufra y (muy de vez en cuando) goce
con ella.
El otro contraste lo
obtiene Janchez desde el dibujo. Como ya lo hiciera tantas veces Chris Ware,
Brian narra una historia cotidiana, muy próxima, por momentos muy triste, con
un estilo muy idóneo para contar historias de corte humorístico. La línea
despojada de Janchez, sin efectos de iluminación y con ese tembleque que
recuerda a Charles Schulz, va perfecto con la comedia o el humor puro y duro.
En La Hija del Carpintero hay menos humor que en una película de Ingmar Bergman,
y contar una historia así con ese trazo, es sin dudas un manifiesto por parte
del autor.
En síntesis, La Hija del
Carpintero es una historia conmovedora, real, de alcance barrial (no llega a
ser urbana), seria, dramática y que le permite a Janchez desplegar una amplia
gama de recursos narrativos muy bien manejados. También produce en el lector
una cierta amargura (menos que 36-39, porque no hay casi violencia), que se
mezcla con la grata sensación de haber leído un buen comic en el que un buen
autor hizo lo que se le cantaron las pelotas. No es poco.
Nos reencontramos pronto
con nuevas reseñas, acá en el blog. Y vayan pensando qué quieren hacer a fines
de Diciembre o principios de Enero para festejar los 10 años de 365 Comics por
Año…
lunes, 24 de diciembre de 2018
UN LUNES COMUN Y CORRIENTE
Para los que no festejamos
Navidad, este lunes es un lunes casi como cualquier otro, con el detalle de que
es feriado y además víspera de feriado, con lo cual muy probablemente surjan
salidas de trasnoche. Yo tengo un par de libritos leídos, así que aprovecho la
tarde para reseñarlos.
Arrancamos con el Vol.1 de
Scarlet Traces, de los maestros británicos Ian Edginton y D´Israeli (ya vimos
otra obra de la dupla un lejano 14/05/11), un tomo que incluye el primer álbum
de la serie en cuestión (en su versión de 2003, tal como la publicó Dark Horse)
y su precuela, que no es otra cosa que la adaptación al comic de War of the
Worlds, la famosa novela de H. G. Wells. Básicamente, lo que Edginton se
plantea contarnos en Scarlet Traces es cómo cambia la historia del Reino Unido
a partir del ataque de los marcianos que narró Wells en su novela. De pronto,
el país invadido y devastado por la flota alienígena tiene a su disposición una
inmensa cantidad de artefactos de tecnología avanzadísima para la época
(primeros años del Siglo XX) y una vez que aprenda a manejarlos, se va a
posicionar una vez más como una potencia privilegiada a nivel global.
Scarlet Traces arranca 10
años después del final de la guerra, cuando Inglaterra ya fue transformada gracias
a la tecnología que le carroñó al invasor derrotado. Es una época de esplendor
en materia de infraestructura, edificios, medios de transporte, fábricas,
dispositivos de seguridad… pero claro, el rápido avance tecnológico y
científico tiene su costo: cientos de miles de trabajadores perdieron sus
puestos a manos de la robótica y las otras inovaciones en materia industrial y
ahora se mueren de hambre. El foco principal de la saga está puesto en eso, en
el gran salto cualitativo que deja afuera del sistema a un montón de gente,
condenada a la más abyecta de las miserias.
Está claro que con ese
tono de denuncia social (porque es obvio que Edginton sitúa la acción en el
Siglo XX pero habla el XXI) no alcanza para venderle al gran público un comic
que supuestamente tiene que tener aventuras, y ahí es donde entra la otra
faceta muy atractiva de Scarlet Traces: la conspiración. Tras bambalinas, hay
gente muy poderosa planeando una chanchada muy heavy, y un puñado de hombres
decididos a descubrir qué corno está pasando. Eso está muy bien armado, y
prometo darle un poco más de bola el día que lea el Vol.2 y lo reseñe. Porque
por suerte a esta novela le fue muy bien y además de la precuela, generó varias
secuelas, que intentaré conseguir a la brevedad.
El dibujo de D´Israeli es
excelente, podría estar horas enumerando sus virtudes. Además (como en las
buenas series del mercado europeo) lo dejan colorearse a sí mismo, y en ese
rubro también saca mucha diferencia. Recomiendo a full Scarlet Traces por la
gran vuelta de tuerca que le dan los autores a War of the Worlds y por ese
combo magnífico entre aventura conspirativa y conciencia social.
Me vengo a Argentina,
donde en 2018 apareció La Mejor de mis Ex-Novias, una breve historieta escrita
y dibujada por Brian Janchez. Esta vez, me quedé con gusto a poco. La historia
me sonó más a un rejunte de dos o tres anécdotas que a un relato con una
estructura dramática fuerte y los personajes no me terminaron de enganchar. Me
engancharon, como siempre, los diálogos y los silencios, que son recursos que
Janchez maneja con una solvencia apabullante. Pero la trama en sí, además de
muy breve se me hizo bastante livianita, me generó un impacto mínimo.
Y hablando de mínimo, me
encanta cómo Brian busca la síntesis, como va todo el tiempo hacia el
minimalismo, pero también me doy cuenta que esa estética se aprecia más en un
tamaño más chico, como el de los libritos de Janchez anteriores a El Permiso.
En este formato más grande, queda todo muy pelado, los globos de texto se ven
inmensos y hacen más ruido esas composiciones de página (contra las cuales
nunca dejaré de militar) en las que hay dos viñetas de igual tamaño, una arriba
y una abajo.
Por suerte Janchez no para
nunca de producir, con lo cual seguramente falta poco para que haya revancha. Hoy,
lamentablemente, tengo en la mano un comic que no me animo a recomendar,
firmado por un autor fundamental para entender la década que se termina en un
par de años.
Y eventualmente volveremos
con nuevas reseñas, como siempre, acá en el blog.
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Ian Edginton
lunes, 12 de marzo de 2018
PONIENDOME AL DIA
Venía de varios días con poco tiempo para sentarme a escribir reseñas, pero hoy me levanté temprano y me pude organizar mejor.
Convertir a La Odisea en un comic es una gran idea. De hecho, ya se hizo mil veces. Convertir a La Odisea en un comic de 28 páginas (140 viñetas) es una pésima idea, porque tenés que sintetizar todo el relato de Homero a su mínima expresión y hasta dejar cosas afuera. Sin embargo, a partir de esa pésima idea, el guionista Federico Villalobos y el inmenso dibujante Jorge González lograron en 2008 una versión realmente efectiva del clásico de la antigüedad. Obvio, todo pasa muy rápido. De una viñeta a otra pasan meses, o años. Pero está la esencia del relato de Homero, no hay grandes traiciones ni omisiones.
Y obviamente el ancho de espadas es el dibujo de González. Con un trazo suelto, como de lápiz sin entintar, el autor de Fueye y Dear Patagonia abreva en las siempre rendidoras fuentes de Lorenzo Mattotti y logra convertir al lápiz en varita mágica. Tanto en las páginas de siete o nueve viñetas como en las splash-pages, el trazo de González combina power con lirismo como sólo los grandes pueden hacerlo. Así, este clásico hiper-sintetizado se convierte en un festival de imágenes maravillosas, difíciles de olvidar. Entiendo que este es un trabajo por encargo, de esos que González hace para subsistir, no para ganar premios ni prestigio. Pero la verdad, a nivel visual me gusta más su trabajo en La Odisea que lo que le vimos en Fueye o Dear Patagonia. Es así, lo admito (y lo siento si a alguno le molesta): me gusta más el González “careta” que el González más “autor”, más libre, más poético, o más climático. Por eso atesoraré hasta el infinito y más allá estas 28 páginas en las que González, sin mezquinar un gramo de su talento, se pone las pilas para CONTAR UNA HISTORIA, meta ulterior de cualquier historietista que se precie de tal.
Me voy a EEUU, a 2009, cuando se edita Power Up, una de las novelas gráficas de Doug TenNapel, el creador del famoso Earthworm Jim, quien desarrolló una notable carrera como historietista, que yo hasta ahora conocía sólo por historias cortas en antologías.
Power Up es una narración clásica, con presentación, nudo y desenlace perfectamente estructurados, un personaje que evoluciona, un final donde se cierran todas las puntas argumentales… Técnicamente, es un guión redondo, perfecto. Hay buenos personajes secundarios, la línea que baja está buena (a pesar de que TenNapel tiene fama de ser un tipo muy de derecha, ideológicamente bastante nefasto), los toques de comedia están bien puestos… La verdad que no hay mucho para discutirle.
Eso sí, para que te cierre la historia, TenNapel te pide un esfuerzo mayúsculo en materia de suspensión del descreimiento. Buena parte de la gracia de Power Up reside en su ambientación realista, en su dinámica de sitcom, en su manejo de lo cotidiano… y cuando irrumpe el elemento fantástico, se hace… excesivamente fantástico. TenNapel no se calienta en absoluto por conservar el verosímil y bueno, como la historia está bien contada uno se deja llevar, incluso en el tramo final donde el realismo costumbrista convive (a los codazos) con un planteo de aventura fantástica MUY extremo, muy bizarro.
Por supuesto ayuda que el dibujo sea muy bueno (con reminiscencias de Bill Watterson y Dave Cooper) y esté muy bien puesto al servicio del relato. Creo que voy por más obras de Doug TenNapel.
Cierro con Agosto y Mardel- plata, otra obra de Brian Janchez publicada en 2017. Esta vez Janchez vuelve a su habitual estilo narrativo que consiste en combinar personajes muy losers, climas muy melancólicos, una especie de trama romántica y chistes muy efectivos basados en la observación de las boludeces cotidianas, o simplemente en gags guarangos o escatológicos. En ese sentido, Agosto y Mardelplata no ofrece sorpresas para el lector que sigue hace unos años la obra de este prolífico autor. De hecho es una obra tan Janchez, que si leíste mucho Janchez te puede sonar a algo repetido, a un déja vu.
Como siempre, lo más notable en cada trabajo de Brian es el timing, el manejo del tempo narrativo, que es lo que le da profundidad a los personajes y eficacia a los gags. Esos planos que se repiten a lo largo de varias viñetas, como si de pronto estuviéramos viendo teatro, esos silencios, las secuencias en las que las pulgas de Mardelplata se roban el protagonismo… con esos truquitos el comic sostiene el interés del lector a lo largo de 48 páginas (que en otras obras de Janchez se pasan volando y en esta no tanto).
Si te gustan las historias muy reales, muy basadas en las boludeces de todos los días, en las relaciones con parejas, madres, mascotas y soretes varios a los que día a día nos toca fumarnos, Agosto y Mardelplata tiene buenas probablidades de emocionarte, engancharte o arrancarte alguna risa.
Y hasta acá llegamos. Vuelvo pronto, con nuevas reseñas.
Convertir a La Odisea en un comic es una gran idea. De hecho, ya se hizo mil veces. Convertir a La Odisea en un comic de 28 páginas (140 viñetas) es una pésima idea, porque tenés que sintetizar todo el relato de Homero a su mínima expresión y hasta dejar cosas afuera. Sin embargo, a partir de esa pésima idea, el guionista Federico Villalobos y el inmenso dibujante Jorge González lograron en 2008 una versión realmente efectiva del clásico de la antigüedad. Obvio, todo pasa muy rápido. De una viñeta a otra pasan meses, o años. Pero está la esencia del relato de Homero, no hay grandes traiciones ni omisiones.
Y obviamente el ancho de espadas es el dibujo de González. Con un trazo suelto, como de lápiz sin entintar, el autor de Fueye y Dear Patagonia abreva en las siempre rendidoras fuentes de Lorenzo Mattotti y logra convertir al lápiz en varita mágica. Tanto en las páginas de siete o nueve viñetas como en las splash-pages, el trazo de González combina power con lirismo como sólo los grandes pueden hacerlo. Así, este clásico hiper-sintetizado se convierte en un festival de imágenes maravillosas, difíciles de olvidar. Entiendo que este es un trabajo por encargo, de esos que González hace para subsistir, no para ganar premios ni prestigio. Pero la verdad, a nivel visual me gusta más su trabajo en La Odisea que lo que le vimos en Fueye o Dear Patagonia. Es así, lo admito (y lo siento si a alguno le molesta): me gusta más el González “careta” que el González más “autor”, más libre, más poético, o más climático. Por eso atesoraré hasta el infinito y más allá estas 28 páginas en las que González, sin mezquinar un gramo de su talento, se pone las pilas para CONTAR UNA HISTORIA, meta ulterior de cualquier historietista que se precie de tal.
Me voy a EEUU, a 2009, cuando se edita Power Up, una de las novelas gráficas de Doug TenNapel, el creador del famoso Earthworm Jim, quien desarrolló una notable carrera como historietista, que yo hasta ahora conocía sólo por historias cortas en antologías.
Power Up es una narración clásica, con presentación, nudo y desenlace perfectamente estructurados, un personaje que evoluciona, un final donde se cierran todas las puntas argumentales… Técnicamente, es un guión redondo, perfecto. Hay buenos personajes secundarios, la línea que baja está buena (a pesar de que TenNapel tiene fama de ser un tipo muy de derecha, ideológicamente bastante nefasto), los toques de comedia están bien puestos… La verdad que no hay mucho para discutirle.
Eso sí, para que te cierre la historia, TenNapel te pide un esfuerzo mayúsculo en materia de suspensión del descreimiento. Buena parte de la gracia de Power Up reside en su ambientación realista, en su dinámica de sitcom, en su manejo de lo cotidiano… y cuando irrumpe el elemento fantástico, se hace… excesivamente fantástico. TenNapel no se calienta en absoluto por conservar el verosímil y bueno, como la historia está bien contada uno se deja llevar, incluso en el tramo final donde el realismo costumbrista convive (a los codazos) con un planteo de aventura fantástica MUY extremo, muy bizarro.
Por supuesto ayuda que el dibujo sea muy bueno (con reminiscencias de Bill Watterson y Dave Cooper) y esté muy bien puesto al servicio del relato. Creo que voy por más obras de Doug TenNapel.
Cierro con Agosto y Mardel- plata, otra obra de Brian Janchez publicada en 2017. Esta vez Janchez vuelve a su habitual estilo narrativo que consiste en combinar personajes muy losers, climas muy melancólicos, una especie de trama romántica y chistes muy efectivos basados en la observación de las boludeces cotidianas, o simplemente en gags guarangos o escatológicos. En ese sentido, Agosto y Mardelplata no ofrece sorpresas para el lector que sigue hace unos años la obra de este prolífico autor. De hecho es una obra tan Janchez, que si leíste mucho Janchez te puede sonar a algo repetido, a un déja vu.
Como siempre, lo más notable en cada trabajo de Brian es el timing, el manejo del tempo narrativo, que es lo que le da profundidad a los personajes y eficacia a los gags. Esos planos que se repiten a lo largo de varias viñetas, como si de pronto estuviéramos viendo teatro, esos silencios, las secuencias en las que las pulgas de Mardelplata se roban el protagonismo… con esos truquitos el comic sostiene el interés del lector a lo largo de 48 páginas (que en otras obras de Janchez se pasan volando y en esta no tanto).
Si te gustan las historias muy reales, muy basadas en las boludeces de todos los días, en las relaciones con parejas, madres, mascotas y soretes varios a los que día a día nos toca fumarnos, Agosto y Mardelplata tiene buenas probablidades de emocionarte, engancharte o arrancarte alguna risa.
Y hasta acá llegamos. Vuelvo pronto, con nuevas reseñas.
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jueves, 22 de febrero de 2018
TARDE DE JUEVES
Por fin tengo un ratito para sentarme a escribir reseñas…
Arranco con The New York Five, de Brian Wood (autor fetiche de este blog) y Ryan Kelly. ¿Te acordás cuando yo decía que DMZ era un canto de amor de Wood a la ciudad de Nueva York? Bueno, olvidate. ESSSSTA es la verdadera oda del guionista a la Gran Manzana. Acá es donde Wood no oculta en absoluto las ganas de contarte una historia en la que New York sea la protagonista, donde se hace obvia su intención de cebarte con la ciudad, de que te enamores perdidamente de ella.
Y además hay un argumento que está bueno (la clásica slice of life con cuatro amigas jóvenes y sus conflictos low-fi) y varios toques brillantes en el guión, tanto en diálogos como en bloques de texto, como en decisiones que toma Wood a la hora de orquestar ciertas secuencias. Me entero leyendo este libro que hay un tomo anterior, The New York Four, con las mismas protagonistas… y la verdad es que debe ser bastante introductorio, bastante acotado a la presentación de los personajes, porque acá todo se entiende perefcto sin haber leído lo anterior.
Wood aprovecha que las New York Five son chicas atractivas de 18 años para hablar de temas vinculados a los romances, las parejas y la sexualidad, pero también se mete con la presión que se les ejerce a los estudiantes desde las universidades, con lo mucho que cuesta bancar una carrera en una universidad privada, con esa cosa tan yanki de que casi seguro cursás la universidad en una ciudad que no es la de tus viejos y amigos del secundario, con lo duro que es tener un familiar enfermo en un país donde la salud pública casi no existe… y por si faltara algo, la quinta integrante del elenco (muy secundaria respecto de Ren, Riley, Merissa y Lona) es una chica que vive en la calle. O sea que esto no es exactamente un capítulo de Friends sin varones, hay un contexto un poco más duro.
El trabajo de Ryan Kelly es excelente, lejos el mejor de su carrera. La decisión de no colorear estas páginas y publicarlas así, en blanco y negro (más algunos grises aplicados con tramas mecánicas), es acertadísima. Kelly nunca va a ser el rey de los virtuosos, nunca se va a terminar de sacudir algunos tics que heredó de Paul Pope, nunca va a ser un dibujante super-original, pero con lo que hizo acá, ya pasó a ser el tipo que mejor dibuja a New York. Los fondos de esta obra son PERFECTOS, realmente sentís que ahí atrás hay una ciudad que vive, que late, que seduce, no son sólo fotos copiadas, hay mucho más. Y además hay un cuidado por detalles que tienen que ver con la ropa y los peinados de las chicas, que no se ve habitualmente en los comics. Muy linda novelita gráfica, aunque menor en el contexto global de la obra de Brian Wood.
Seguro alguna vez escuchaste la frase “Menos es más”, o su pariente cercana, “Lo bueno si breve, dos veces bueno”. Seguramente también, el que acuñó esas frases sabía que Brian Janchez iba a lanzar en 2017 El Permiso, este librito de apenas 32 páginas, en las que el prolífico autor narra una de las mejores historias de su carrera.
Un personaje principal, dos secundarios con peso en la trama, un par de personajes menores, muchas páginas de tres viñetas, pocas de cinco o seis, ninguna de siete o más, un dibujo despojado, los fondos mínimos necesarios, diálogos muy breves, silencios muy elocuentes, cero acción… Con eso, un autor solvente, maduro y con un gran manejo del timing puede crear una historieta memorable. Y no tengo dudas de que El Permiso lo es. Una historia chiquita, pero profunda, un drama llevado adelante sin golpes bajos, sin boludeces… por un autor que hasta ahora había brillado en el humor y la comedia.
No me animo a hablar de “obra maestra” simplemente porque son sólo 32 páginas. Pero aún así El Permiso tiene TODO para conmoverte, para involucrarte, para hacerte sentir que conocés a Federica de toda la vida. Y eso la hace por un lado un comic indispensable, y por el otro un hito realmente jodido de superar en la cada vez más interesante carrera de Brian Janchez.
Gracias por el aguante y volvemos pronto con nuevas reseñas.
Arranco con The New York Five, de Brian Wood (autor fetiche de este blog) y Ryan Kelly. ¿Te acordás cuando yo decía que DMZ era un canto de amor de Wood a la ciudad de Nueva York? Bueno, olvidate. ESSSSTA es la verdadera oda del guionista a la Gran Manzana. Acá es donde Wood no oculta en absoluto las ganas de contarte una historia en la que New York sea la protagonista, donde se hace obvia su intención de cebarte con la ciudad, de que te enamores perdidamente de ella.
Y además hay un argumento que está bueno (la clásica slice of life con cuatro amigas jóvenes y sus conflictos low-fi) y varios toques brillantes en el guión, tanto en diálogos como en bloques de texto, como en decisiones que toma Wood a la hora de orquestar ciertas secuencias. Me entero leyendo este libro que hay un tomo anterior, The New York Four, con las mismas protagonistas… y la verdad es que debe ser bastante introductorio, bastante acotado a la presentación de los personajes, porque acá todo se entiende perefcto sin haber leído lo anterior.
Wood aprovecha que las New York Five son chicas atractivas de 18 años para hablar de temas vinculados a los romances, las parejas y la sexualidad, pero también se mete con la presión que se les ejerce a los estudiantes desde las universidades, con lo mucho que cuesta bancar una carrera en una universidad privada, con esa cosa tan yanki de que casi seguro cursás la universidad en una ciudad que no es la de tus viejos y amigos del secundario, con lo duro que es tener un familiar enfermo en un país donde la salud pública casi no existe… y por si faltara algo, la quinta integrante del elenco (muy secundaria respecto de Ren, Riley, Merissa y Lona) es una chica que vive en la calle. O sea que esto no es exactamente un capítulo de Friends sin varones, hay un contexto un poco más duro.
El trabajo de Ryan Kelly es excelente, lejos el mejor de su carrera. La decisión de no colorear estas páginas y publicarlas así, en blanco y negro (más algunos grises aplicados con tramas mecánicas), es acertadísima. Kelly nunca va a ser el rey de los virtuosos, nunca se va a terminar de sacudir algunos tics que heredó de Paul Pope, nunca va a ser un dibujante super-original, pero con lo que hizo acá, ya pasó a ser el tipo que mejor dibuja a New York. Los fondos de esta obra son PERFECTOS, realmente sentís que ahí atrás hay una ciudad que vive, que late, que seduce, no son sólo fotos copiadas, hay mucho más. Y además hay un cuidado por detalles que tienen que ver con la ropa y los peinados de las chicas, que no se ve habitualmente en los comics. Muy linda novelita gráfica, aunque menor en el contexto global de la obra de Brian Wood.
Seguro alguna vez escuchaste la frase “Menos es más”, o su pariente cercana, “Lo bueno si breve, dos veces bueno”. Seguramente también, el que acuñó esas frases sabía que Brian Janchez iba a lanzar en 2017 El Permiso, este librito de apenas 32 páginas, en las que el prolífico autor narra una de las mejores historias de su carrera.
Un personaje principal, dos secundarios con peso en la trama, un par de personajes menores, muchas páginas de tres viñetas, pocas de cinco o seis, ninguna de siete o más, un dibujo despojado, los fondos mínimos necesarios, diálogos muy breves, silencios muy elocuentes, cero acción… Con eso, un autor solvente, maduro y con un gran manejo del timing puede crear una historieta memorable. Y no tengo dudas de que El Permiso lo es. Una historia chiquita, pero profunda, un drama llevado adelante sin golpes bajos, sin boludeces… por un autor que hasta ahora había brillado en el humor y la comedia.
No me animo a hablar de “obra maestra” simplemente porque son sólo 32 páginas. Pero aún así El Permiso tiene TODO para conmoverte, para involucrarte, para hacerte sentir que conocés a Federica de toda la vida. Y eso la hace por un lado un comic indispensable, y por el otro un hito realmente jodido de superar en la cada vez más interesante carrera de Brian Janchez.
Gracias por el aguante y volvemos pronto con nuevas reseñas.
martes, 4 de abril de 2017
OTRA VEZ FUNCION TRASNOCHE
Y bueno, es lo que hay… A veces me resulta cómodo dejar el tema de las reseñas para última hora y a veces la última hora son las dos de la matina del día siguiente. No es tan grave, total ustedes las pueden leer cuando se les cante (o no leerlas, incluso).
Hace mil años, el 17/05/10, le dediqué una reseña al Vol.1 de 24Seven, una antología de Image coordinada por Ivan Brandon, repleta de nombres grossos. Recomiendo revisitar dicho texto, ya que mucho de lo dicho en ese entonces se aplica hoy, a la reseña del Vol.2.
No sólo esta segunda entrega de 24Seven repite la fórmula del primer tomo. También repite un montón de autores… y los dos problemas principales del Vol.1 siguen ahí. Por un lado, algunos guiones demasiado simples, o con planteos ambiciosos y resoluciones simplistas, lo cual es peor. Como en todo compilado de historias cortas, muchas veces a los guionistas les cuesta rematar en espacios chicos y los relatos terminan en cualquier lado, o derrapan en el final. Puede suceder. Por otro lado, una vez más tenemos unas cuantas historias que desaprovechan la temática de la antología, que son los robots/ androides/ sintezoides y demás. Historias que tranquilamente podrían estar protagonizadas por gente normal, de carne y hueso, y que presentadas así, con robots como protagonistas, hacen un poco de ruido. Tampoco te ahuyentan, pero en algún momento decís “¿para qué?”…
Pero vamos a subrayar las gemas que están esparcidas entre estas 240 páginas. La primera historia tiene un guión flojo, pero el dibujo (un team-up entre Fiona Staples y Frazer Irving) es majestuoso. La que escribe Carla “Speed” McNeil saca un gran provecho de la temática de la vida artificial, y el dibujo de Bruno D´Angelo por ahí es medio limitado a la hora de la narrativa, pero se ve muy lindo. Podría haber salido tranquilamente en la Métal Hurlant de los ´80. El ídolo brazuca Fábio Moon narra una muy linda historia, emotiva y original, en 10 páginas que podrían haber sido 6 u 8, pero también se ven muy lindas. La del ignoto Seth Peck y el glorioso Rafael Albuquerque es una historia fuerte, jugada, casi polémica… que tendría más fuerza si los personajes fueran humanos en vez de robots. Igual es muy grossa. Jason Aaron colabora con otro artista brazuca, Miguel Alves, en una historia tranqui, reflexiva, de belleza atípica y con una estética fina, diseñosa, más cercana a la de la ilustración editorial. La que escribe Kelly Sue DeConnick es cortita y al pie, efectiva aunque quizás no tan original. Ben Templesmith aporta unos dibujos magníficos a un guión de John Ney Rieber que claramente no está a la altura. Otra historia rara pero que funciona es la de Alice Hunt y Meg Hunt.
Gabriel Bá (hermano gemelo de Fábio Moon) dibuja uno de los mejores guiones del libro, a cargo de Macon Blair, una historia hermosa que también funcionaría perfecto con seres humanos. Michael Avon Oeming te detona las retinas en siete páginas medio light a nivel guión, pero con unos dibujos y un color alucinantes, dignos de Enrique Breccia. Muy buena también la de Jonathan Davis y Antonio Fuso, tranqui, sin estridencias y con buenas ideas. El canadiense Niko Henrichon también deja la vida en sus ocho páginas, intensas y divertidas. Muy bien también Will Pfeiffer, que escribe una historia dibujada a cuatro manos por Andy McDonald Paul Azaceta. Andy Kuhn, Dave Johnson y José Luis Ágreda se lucen con sus dibujos en historias cuyos guiones me interesaron poco. Ya sobre el final, Macon Blair vuelve con otra historia muy atractiva, ya coqueteando un toque con el género del terror, y potenciada por unos dibujos fastuosos de Francesco Francavilla. Y otro monstruo brazuca, el maestro Mateus Santolouco, tira magia en una de cinco páginas que no es hiper-original, pero funciona perfecto. Buen promedio, en general, para este broli, que salió en 2007 y hace muchos años que se consigue en oferta.
Me queda poquito espacio para hablar de Topati, el último libro (hasta hoy) del prolífico Brian Janchez, que recopila un puñado tiras cómicas junto a algunas historietas cortas. Topati es un hombre-pato, que aspira a ser una criatura temible al estilo del hombre lobo, pero en vez causa gracia. Es la enésima historieta en la que el mecanismo del humor pasa por la lástima que genera el protagonista en los lectores, y si no te copa esa onda del personaje patético, constantemente humillado y denigrado, difícilmente te saque una sonrisa. A mí me gusta la forma en que Janchez explota ese recurso y en general me gusta cómo están dibujadas las historietas de Topati, aunque a veces la cantidad de texto que tiene cada viñeta conspira un poco contra el lucimiento del trazo de Brian. De todos modos, queda claro que el autor se esfuerza mucho más por ponerle onda a los diálogos que a los dibujos… y viéndolo así no está mal que las palabras tengan tanto peso dentro de las viñetas.
No te quiero vender la sanata de que Topati es lo mejor que hizo Janchez hasta ahora, porque no es así. Pero tiene onda, diálogos y situaciones ingeniosas y un dibujo correcto, sin ningún intento de virtuosismo, sino más pensado para ser funcional a los relatos.
Nos reencontramos pronto, cuando tenga leídos un par de libros más. ¡Gracias por el aguante!
Hace mil años, el 17/05/10, le dediqué una reseña al Vol.1 de 24Seven, una antología de Image coordinada por Ivan Brandon, repleta de nombres grossos. Recomiendo revisitar dicho texto, ya que mucho de lo dicho en ese entonces se aplica hoy, a la reseña del Vol.2.
No sólo esta segunda entrega de 24Seven repite la fórmula del primer tomo. También repite un montón de autores… y los dos problemas principales del Vol.1 siguen ahí. Por un lado, algunos guiones demasiado simples, o con planteos ambiciosos y resoluciones simplistas, lo cual es peor. Como en todo compilado de historias cortas, muchas veces a los guionistas les cuesta rematar en espacios chicos y los relatos terminan en cualquier lado, o derrapan en el final. Puede suceder. Por otro lado, una vez más tenemos unas cuantas historias que desaprovechan la temática de la antología, que son los robots/ androides/ sintezoides y demás. Historias que tranquilamente podrían estar protagonizadas por gente normal, de carne y hueso, y que presentadas así, con robots como protagonistas, hacen un poco de ruido. Tampoco te ahuyentan, pero en algún momento decís “¿para qué?”…
Pero vamos a subrayar las gemas que están esparcidas entre estas 240 páginas. La primera historia tiene un guión flojo, pero el dibujo (un team-up entre Fiona Staples y Frazer Irving) es majestuoso. La que escribe Carla “Speed” McNeil saca un gran provecho de la temática de la vida artificial, y el dibujo de Bruno D´Angelo por ahí es medio limitado a la hora de la narrativa, pero se ve muy lindo. Podría haber salido tranquilamente en la Métal Hurlant de los ´80. El ídolo brazuca Fábio Moon narra una muy linda historia, emotiva y original, en 10 páginas que podrían haber sido 6 u 8, pero también se ven muy lindas. La del ignoto Seth Peck y el glorioso Rafael Albuquerque es una historia fuerte, jugada, casi polémica… que tendría más fuerza si los personajes fueran humanos en vez de robots. Igual es muy grossa. Jason Aaron colabora con otro artista brazuca, Miguel Alves, en una historia tranqui, reflexiva, de belleza atípica y con una estética fina, diseñosa, más cercana a la de la ilustración editorial. La que escribe Kelly Sue DeConnick es cortita y al pie, efectiva aunque quizás no tan original. Ben Templesmith aporta unos dibujos magníficos a un guión de John Ney Rieber que claramente no está a la altura. Otra historia rara pero que funciona es la de Alice Hunt y Meg Hunt.
Gabriel Bá (hermano gemelo de Fábio Moon) dibuja uno de los mejores guiones del libro, a cargo de Macon Blair, una historia hermosa que también funcionaría perfecto con seres humanos. Michael Avon Oeming te detona las retinas en siete páginas medio light a nivel guión, pero con unos dibujos y un color alucinantes, dignos de Enrique Breccia. Muy buena también la de Jonathan Davis y Antonio Fuso, tranqui, sin estridencias y con buenas ideas. El canadiense Niko Henrichon también deja la vida en sus ocho páginas, intensas y divertidas. Muy bien también Will Pfeiffer, que escribe una historia dibujada a cuatro manos por Andy McDonald Paul Azaceta. Andy Kuhn, Dave Johnson y José Luis Ágreda se lucen con sus dibujos en historias cuyos guiones me interesaron poco. Ya sobre el final, Macon Blair vuelve con otra historia muy atractiva, ya coqueteando un toque con el género del terror, y potenciada por unos dibujos fastuosos de Francesco Francavilla. Y otro monstruo brazuca, el maestro Mateus Santolouco, tira magia en una de cinco páginas que no es hiper-original, pero funciona perfecto. Buen promedio, en general, para este broli, que salió en 2007 y hace muchos años que se consigue en oferta.
Me queda poquito espacio para hablar de Topati, el último libro (hasta hoy) del prolífico Brian Janchez, que recopila un puñado tiras cómicas junto a algunas historietas cortas. Topati es un hombre-pato, que aspira a ser una criatura temible al estilo del hombre lobo, pero en vez causa gracia. Es la enésima historieta en la que el mecanismo del humor pasa por la lástima que genera el protagonista en los lectores, y si no te copa esa onda del personaje patético, constantemente humillado y denigrado, difícilmente te saque una sonrisa. A mí me gusta la forma en que Janchez explota ese recurso y en general me gusta cómo están dibujadas las historietas de Topati, aunque a veces la cantidad de texto que tiene cada viñeta conspira un poco contra el lucimiento del trazo de Brian. De todos modos, queda claro que el autor se esfuerza mucho más por ponerle onda a los diálogos que a los dibujos… y viéndolo así no está mal que las palabras tengan tanto peso dentro de las viñetas.
No te quiero vender la sanata de que Topati es lo mejor que hizo Janchez hasta ahora, porque no es así. Pero tiene onda, diálogos y situaciones ingeniosas y un dibujo correcto, sin ningún intento de virtuosismo, sino más pensado para ser funcional a los relatos.
Nos reencontramos pronto, cuando tenga leídos un par de libros más. ¡Gracias por el aguante!
miércoles, 28 de octubre de 2015
28/10: KIRILENKO
Este libro reúne los ocho episodios de Kirilenko que Brian Janchez y Víctor Zelaya serializaron originalmente en la web. Como suele suceder, la versión digital era a todo color, y los colores de la portada te dan una idea bastante cabal de cómo estaba coloreada la historieta: predominio de tonos marrones y azules, más bien apagados pero ricos en matices. Lamentablemente, en el paso a blanco, negro y grises todo eso se perdió y a diferencia de otras veces, donde la faz gráfica no se ve muy afectada, esta vez sí, se sufre bastante la pérdida del color.
El resto de la faz gráfica está muy bien, con un Zelaya muy preciso, muy cuidadoso en el lenguaje corporal de los personajes y muy generoso en los fondos. La puesta en página está basada en el recurso de las viñetas muy chiquitas, a tal punto que en las que vemos diálogos extensos, Zelaya sólo pone el texto. El efecto se parece un poco al que proponía Chris Ware en ACME Novelty Library: un mosaico de muchos cuadritos muy chiquitos, muchos de ellos con mínima acción y con unos fondos muy elaborados.
La protagonista de las historias es Olga Kirilenko, una investigadora privada fumadora, puteadora, violenta y taciturna. Un personaje ideal para una serie grim ´n gritty, si no fuera porque Janchez nos recuerda constantemente que esto es una comedia, y que detrás de los golpes, las explosiones y las muertes, en realidad hay una intención festiva. Al clima sutilmente delirante contribuye bastante el hecho de que Kirilenko investiga casos vinculados a la presencia en nuestro planeta (en realidad, en nuestro país) de seres provenientes de latitudes lejanas, tipo Plutón, Júpiter y Marte.
Así es como Janchez arma un cóctel explosivo entre el típico hard boiled, la ciencia-ficción y la comedia ácida, con apenas unas pinceladas de ternura en un lienzo donde se imponen la sordidez y la mala leche. El resultado funciona muy bien: Olga es al mismo tiempo repulsiva y cautivante y las historias tienen siempre una estructura que parece básica, reconocible, y a la vez con agujeros, con áreas oscuras por las que en cualquier momento se pueden colar elementos bizarros y hacer girar a las tramas hacia donde uno menos se lo imagina.
Finalmente, después de seis episodios bastante autoconclusivos, que casi podrían leerse en cualquier orden, el séptimo episodio es clave. Ahí es donde Janchez se va al carajo, donde la serie deja de centrarse en los casos que resuelve Kirilenko y pasa a centrarse en ella, en su relación enfermiza con un emperador de otro planeta. Una relación que se va a resolver de modo… impactante (por usar un eufemismo), a tal punto que casi todo el octavo episodio va a ser una exploración de las consecuencias de lo que sucede en el episodio anterior. En este tramo final, la comedia le deja su lugar al drama e incluso al blockbuster hollywoodense de catástrofes, destrucción, persecuciones y tiros. Y para la última secuencia, donde ya prima de nuevo un ritmo más tranqui, Janchez se guarda una última sorpresa, también muy fuerte e incómoda como tampón de virulana.
Lo dicho: el pase del color a blanco, negro y grises desluce un poco el dibujo, y las páginas con tantas viñetas editadas en tamaño chiquito a veces se hacen difíciles de leer. Por eso, si querés disfrutar a pleno de Kirilenko, recomiendo la versión digital, la que los autores subieron a la web. Y como segunda opción, el librito. De un modo u otro, no dejes de descubrir a Kirilenko, que es una historieta realmente jugada, distinta, divertida, extraña y perturbadora a la vez.
El resto de la faz gráfica está muy bien, con un Zelaya muy preciso, muy cuidadoso en el lenguaje corporal de los personajes y muy generoso en los fondos. La puesta en página está basada en el recurso de las viñetas muy chiquitas, a tal punto que en las que vemos diálogos extensos, Zelaya sólo pone el texto. El efecto se parece un poco al que proponía Chris Ware en ACME Novelty Library: un mosaico de muchos cuadritos muy chiquitos, muchos de ellos con mínima acción y con unos fondos muy elaborados.
La protagonista de las historias es Olga Kirilenko, una investigadora privada fumadora, puteadora, violenta y taciturna. Un personaje ideal para una serie grim ´n gritty, si no fuera porque Janchez nos recuerda constantemente que esto es una comedia, y que detrás de los golpes, las explosiones y las muertes, en realidad hay una intención festiva. Al clima sutilmente delirante contribuye bastante el hecho de que Kirilenko investiga casos vinculados a la presencia en nuestro planeta (en realidad, en nuestro país) de seres provenientes de latitudes lejanas, tipo Plutón, Júpiter y Marte.
Así es como Janchez arma un cóctel explosivo entre el típico hard boiled, la ciencia-ficción y la comedia ácida, con apenas unas pinceladas de ternura en un lienzo donde se imponen la sordidez y la mala leche. El resultado funciona muy bien: Olga es al mismo tiempo repulsiva y cautivante y las historias tienen siempre una estructura que parece básica, reconocible, y a la vez con agujeros, con áreas oscuras por las que en cualquier momento se pueden colar elementos bizarros y hacer girar a las tramas hacia donde uno menos se lo imagina.
Finalmente, después de seis episodios bastante autoconclusivos, que casi podrían leerse en cualquier orden, el séptimo episodio es clave. Ahí es donde Janchez se va al carajo, donde la serie deja de centrarse en los casos que resuelve Kirilenko y pasa a centrarse en ella, en su relación enfermiza con un emperador de otro planeta. Una relación que se va a resolver de modo… impactante (por usar un eufemismo), a tal punto que casi todo el octavo episodio va a ser una exploración de las consecuencias de lo que sucede en el episodio anterior. En este tramo final, la comedia le deja su lugar al drama e incluso al blockbuster hollywoodense de catástrofes, destrucción, persecuciones y tiros. Y para la última secuencia, donde ya prima de nuevo un ritmo más tranqui, Janchez se guarda una última sorpresa, también muy fuerte e incómoda como tampón de virulana.
Lo dicho: el pase del color a blanco, negro y grises desluce un poco el dibujo, y las páginas con tantas viñetas editadas en tamaño chiquito a veces se hacen difíciles de leer. Por eso, si querés disfrutar a pleno de Kirilenko, recomiendo la versión digital, la que los autores subieron a la web. Y como segunda opción, el librito. De un modo u otro, no dejes de descubrir a Kirilenko, que es una historieta realmente jugada, distinta, divertida, extraña y perturbadora a la vez.
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jueves, 9 de julio de 2015
09/ 07: UN GLOBO QUE NO SE DESINFLA
En este librito Brian Jánchez se propone narrar 60 historias autoconclusivas, todas resueltas en una sóla página y con seis viñetas. Sin continuará, sin personajes recurrentes, son 60 situaciones que se presentan, se desarrollan y se rematan en apenas seis cuadros, casi siempre de igual tamaño. El autor realizó esta tarea a lo largo de varios años, y acá aparecen todas esas páginas recopiladas, algunas publicadas en blanco y negro puro y otras realzadas por un excelente trabajo de aplicación de grises en el photoshop.
Por supuesto, al ser de distintos años, hay variaciones en el dibujo, pero en general este rubro es muy sólido. El estilo de Brian está muy presente, las páginas en las que hay muchas tonalidades de grises se lucen muchísimo y las páginas en las que está todo jugado al claroscuro también están muy bien equilibradas.
Algunas de las historias van para el lado de la bizarreada, otras juegan con un humor más negro y otras son simples anécdotas de la vida real, pequeños relatos cotidianos ambientados en un barrio cualquiera, con un giro gracioso, o grotesco, sobre el final. A mí las historias que más me gustaron son esas en las que Janchez recurre bastante al relato en off, a bloques de texto que nos cuentan anécdotas notables en la vida de personajes excéntricos, que obviamente no existen. Esas historias me hicieron acordar mucho a las brillantes Efemérides Truchas del maestro Daniel Paz y me causaron mucha gracia.
No me quiero poner a enumerar todas las historietas que realmente valen la pena en este libro porque son muchas. Lo quiero recomendar, no sólo a los fans de Brian Janchez, sino a cualquiera que quiera disfrutar de un humor muy suelto, con muchos recursos, que van de la nerdeada a jodas bastante punzantes con temas como los nazis, los indigentes y los discapacitados. Cucarachas, supehéroes, parientes de Oesterheld, un demonio que da pie a un homenaje a Mignola, un transformer, la telemarketer de Satanás, pibes mutilados, el team-up entre Batman y Porky, muñecos del trencito de la alegría, hinchas de Canadá y el mundial de dominó para gordos son algunas de las ideas que Brian detona en apenas seis viñetas y que hacen a este libro un festival de chistes muy diverso y sumamente satisfactorio. Que no se desinfle nunca.
Por supuesto, al ser de distintos años, hay variaciones en el dibujo, pero en general este rubro es muy sólido. El estilo de Brian está muy presente, las páginas en las que hay muchas tonalidades de grises se lucen muchísimo y las páginas en las que está todo jugado al claroscuro también están muy bien equilibradas.
Algunas de las historias van para el lado de la bizarreada, otras juegan con un humor más negro y otras son simples anécdotas de la vida real, pequeños relatos cotidianos ambientados en un barrio cualquiera, con un giro gracioso, o grotesco, sobre el final. A mí las historias que más me gustaron son esas en las que Janchez recurre bastante al relato en off, a bloques de texto que nos cuentan anécdotas notables en la vida de personajes excéntricos, que obviamente no existen. Esas historias me hicieron acordar mucho a las brillantes Efemérides Truchas del maestro Daniel Paz y me causaron mucha gracia.
No me quiero poner a enumerar todas las historietas que realmente valen la pena en este libro porque son muchas. Lo quiero recomendar, no sólo a los fans de Brian Janchez, sino a cualquiera que quiera disfrutar de un humor muy suelto, con muchos recursos, que van de la nerdeada a jodas bastante punzantes con temas como los nazis, los indigentes y los discapacitados. Cucarachas, supehéroes, parientes de Oesterheld, un demonio que da pie a un homenaje a Mignola, un transformer, la telemarketer de Satanás, pibes mutilados, el team-up entre Batman y Porky, muñecos del trencito de la alegría, hinchas de Canadá y el mundial de dominó para gordos son algunas de las ideas que Brian detona en apenas seis viñetas y que hacen a este libro un festival de chistes muy diverso y sumamente satisfactorio. Que no se desinfle nunca.
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sábado, 20 de diciembre de 2014
20/12: MARISA QUIERE PIJA
Hoy tengo poco tiempo para dedicarle a la reseña, pero felizmente coincide con que leí un libro cortito, con sólo 56 páginas de historieta. Acá encontramos, por primera vez en libro, a la que quizás sea la mejor de las muchas historietas que Brian Janchez serializó en la web antes de llevarlas al soporte físico. Y como complemento, varias historias breves, de cuatro paginitas, realizadas en fechas mucho más próximas a la edición del librito.
Porque, aunque no parezca, Marisa Quiere Pija, la historieta central de este recopilatorio, ya tiene cinco años. Janchez la subió por primera vez a un blog entre 2009 y 2010. Y no sólo conserva intacto su atractivo, sino que se ve mucho mejor que las historietas cortas, que son posteriores. A nivel del dibujo, lo vemos a Janchez cuidar muchísimo la prolijidad del trazo y el equilibrio entre masas negras y espacios blancos. En las historias posteriores, se vuelca a una línea más chunga, menos trabajada y deja que el blanco gane brutalmente la pulseada y protagonice de modo hegemónico casi todas las páginas. La constante, lo que no cambia a lo largo de los años, es el buen ojo de Brian para observar los gestos de la gente, tanto en las expresiones faciales como en el lenguaje corporal. En cuanto a la narrativa, en las historias cortas el autor se auto-impone una única y cuasi-inamovible grilla de cuatro viñetas iguales y la pilotea muy bien, mientras que en Marisa Quiere Pija la grilla que manda es la de 6 cuadros, y es menos inmutable, da más permiso para que –cuando Janchez lo necesita- la puesta en página vaya para otro lado.
Los guiones de las historias cortas son pequeñas fetas de situaciones muy reales, de las que nos pasan a todos, y casi siempre tienen que ver con la pareja: amores, desamores, confesiones, silencios, garches, cuernos… Los diálogos son tan importantes como las viñetas mudas, en las que los personajes se dicen cosas muy heavies con la mirada, y todo está muy bien escrito, todo suena muy real y -cuando Janchez busca el efecto cómico- muy gracioso.
Marisa Quiere Pija funciona como una breve comedia romántica, al estilo Kevin Smith. Es decir, con una buena dosis de guarangada y con diálogos exquisitos, muy bien trabajados. Tanto la idea que funciona como disparador de la trama, como el desarrollo, como el giro del final, me parecieron brillantes. Me reí, me sentí identificado, sentí la intriga, las ansias por saber cómo se iba a resolver la historia… la pasé muy bien. Son sólo 32 páginas, pero no sobra ni falta nada.
Cualquier cosa con la palabra “pija” en el título puede sonar a chabacanería, a berretada, a algo ramplón resuelto así nomás, apelando al mínimo denominador común. No te dejes engañar. Acá hay diálogos muy subidos de tono y garches intensos, pero la sencillez es apenas una ilusión que nos quiere vender Janchez. No es fácil lograr un guión de esta calidad y, con o sin puteadas, Marisa Quiere Pija está respaldada por algo mucho más complejo que los chistes de pija y concha, que se llama talento.
Porque, aunque no parezca, Marisa Quiere Pija, la historieta central de este recopilatorio, ya tiene cinco años. Janchez la subió por primera vez a un blog entre 2009 y 2010. Y no sólo conserva intacto su atractivo, sino que se ve mucho mejor que las historietas cortas, que son posteriores. A nivel del dibujo, lo vemos a Janchez cuidar muchísimo la prolijidad del trazo y el equilibrio entre masas negras y espacios blancos. En las historias posteriores, se vuelca a una línea más chunga, menos trabajada y deja que el blanco gane brutalmente la pulseada y protagonice de modo hegemónico casi todas las páginas. La constante, lo que no cambia a lo largo de los años, es el buen ojo de Brian para observar los gestos de la gente, tanto en las expresiones faciales como en el lenguaje corporal. En cuanto a la narrativa, en las historias cortas el autor se auto-impone una única y cuasi-inamovible grilla de cuatro viñetas iguales y la pilotea muy bien, mientras que en Marisa Quiere Pija la grilla que manda es la de 6 cuadros, y es menos inmutable, da más permiso para que –cuando Janchez lo necesita- la puesta en página vaya para otro lado.
Los guiones de las historias cortas son pequeñas fetas de situaciones muy reales, de las que nos pasan a todos, y casi siempre tienen que ver con la pareja: amores, desamores, confesiones, silencios, garches, cuernos… Los diálogos son tan importantes como las viñetas mudas, en las que los personajes se dicen cosas muy heavies con la mirada, y todo está muy bien escrito, todo suena muy real y -cuando Janchez busca el efecto cómico- muy gracioso.
Marisa Quiere Pija funciona como una breve comedia romántica, al estilo Kevin Smith. Es decir, con una buena dosis de guarangada y con diálogos exquisitos, muy bien trabajados. Tanto la idea que funciona como disparador de la trama, como el desarrollo, como el giro del final, me parecieron brillantes. Me reí, me sentí identificado, sentí la intriga, las ansias por saber cómo se iba a resolver la historia… la pasé muy bien. Son sólo 32 páginas, pero no sobra ni falta nada.
Cualquier cosa con la palabra “pija” en el título puede sonar a chabacanería, a berretada, a algo ramplón resuelto así nomás, apelando al mínimo denominador común. No te dejes engañar. Acá hay diálogos muy subidos de tono y garches intensos, pero la sencillez es apenas una ilusión que nos quiere vender Janchez. No es fácil lograr un guión de esta calidad y, con o sin puteadas, Marisa Quiere Pija está respaldada por algo mucho más complejo que los chistes de pija y concha, que se llama talento.
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lunes, 25 de noviembre de 2013
25/ 11: EL SABIO DE SION
Brian Janchez vuelve a incursionar en el terreno de la autobiografía, con historietas de 2009, en las que narra (entre otras cosas) un viaje que lo llevó durante varios meses a Israel.
Para mi gusto, el libro arranca flojito, con unas… 14 primeras páginas que apenas me lograron arrancar alguna sonrisa. Es la previa, lo que le sucede a Janchez antes del viaje, más un par de páginas ya ambientadas en Israel. Después la puntería de Brian levanta bastante y se multiplican las anécdotas graciosas y/o bizarras, apuntaladas por los comentarios ácidos y las observaciones mordaces que caracterizan a este autor con innegable talento para satirizar las boludeces de la vida cotidiana.
No te voy a decir que de la página 15 hasta el final sólo hay historietas brillantes, porque seria una mentira atroz. Pero seguramente lo mejor del libro está en ese segundo tramo de El Sabio de Sión, en el que a Brian le toca vivir situaciones más interesantes y en el que –quizás sin querer- incluye mucho más al lector, lo capta mucho más y lo hace sentir parte de la infrecuente experiencia que significa ser argentino y vivir seis meses de 2009 en la ciudad israelí de Migdal Haemek. Las similitudes y diferencias entre lo que vivió (y comió) Janchez en estos seis meses y lo que vivió (y comió) el resto de su vida son el principal sustento para esta crónica atravesada principalmente por el humor costumbrista.
El dibujo de Janchez no está en su mejor momento. El autor abandona su trazo más despojado, más minimalista, y mete en cada viñeta muchos detalles, mucho laburo en los fondos y abundante texto. Y si bien acierta cuando aplica grises para diferenciar los planos y destacar ciertas figuras por sobre otras, en general, estas páginas de ocho cuadros se ven muy, muy sobrecargadas de elementos, algo que por momentos llega a entorpecer la fluidez del relato. Además, al dibujar tantas cosas (objetos, edificios, ropa, etc.) queda bastante claro que este Janchez modelo 2009 dibujaba algunas cosas muy bien y otras de modo bastante precario. Lo cual no siempre hace ruido, porque todo está puesto en función de un grafismo básicamente caricaturesco, pero a veces (sobre todo cuando aparecen autos) llaman la atención por la falta de cuidado en el “rediseño”. El avión que dibuja Brian, en cambio, no se parece en nada a ningún avión que haya existido jamás, pero está buenísimo.
Y mirá lo que son las cosas…El Sabio de Sión termina en la página 36 y el librito sigue, para incorporar una segunda versión de las crónicas del viaje de Janchez a Israel, presentadas en forma de textos que el autor publicó en su blog. Y en esas páginas finales, en las que desaparece el dibujo y sólo queda la opción de engancharse con los textos, me sorprende gratamente un historietista que es, además, un muy buen escritor. A su afilada observación, Brian suma también un talento para el absurdo, que no se ve en sus historietas pero que enriquece muchísimo a sus escritos. La crónica tiene más sentido, permite hilar mejor los sucesos, nos invita a meternos aún más de lleno en las vivencias del autor que la mayoría de las anécdotas contadas en forma de historieta. Así que ni se te ocurra hacerle zapping a ese tramo final donde no hay dibujos, porque te vas a perder varios de los momentos más cómicos y más incisivos del libro.
Entre la ingenuidad y la mala leche, entre las ganas de dejar un registro de lo que ve y vive y las ganas de romper las pelotas, un Brian Janchez de sólo 23 años generó esta obra breve, aunque de gran intensidad y desbordante honestidad. No es su trabajo formalmente más logrado (de hecho, hoy dibuja mil veces mejor), no todas las situaciones que elige contarnos son efectivas o graciosas, pero la idea de compartir esa experiencia tan definitiva con sus lectores, evidentemente funcionó. Si seguiste El Sabio de Sión cuando se serializó en la web, o si sos fan de este personalísimo autor argentino y disfrutaste de las otras dos obras que componen su “trilogía judía” (Sloishim y McKosher), no dejes de comprarte el librito.
Para mi gusto, el libro arranca flojito, con unas… 14 primeras páginas que apenas me lograron arrancar alguna sonrisa. Es la previa, lo que le sucede a Janchez antes del viaje, más un par de páginas ya ambientadas en Israel. Después la puntería de Brian levanta bastante y se multiplican las anécdotas graciosas y/o bizarras, apuntaladas por los comentarios ácidos y las observaciones mordaces que caracterizan a este autor con innegable talento para satirizar las boludeces de la vida cotidiana.
No te voy a decir que de la página 15 hasta el final sólo hay historietas brillantes, porque seria una mentira atroz. Pero seguramente lo mejor del libro está en ese segundo tramo de El Sabio de Sión, en el que a Brian le toca vivir situaciones más interesantes y en el que –quizás sin querer- incluye mucho más al lector, lo capta mucho más y lo hace sentir parte de la infrecuente experiencia que significa ser argentino y vivir seis meses de 2009 en la ciudad israelí de Migdal Haemek. Las similitudes y diferencias entre lo que vivió (y comió) Janchez en estos seis meses y lo que vivió (y comió) el resto de su vida son el principal sustento para esta crónica atravesada principalmente por el humor costumbrista.
El dibujo de Janchez no está en su mejor momento. El autor abandona su trazo más despojado, más minimalista, y mete en cada viñeta muchos detalles, mucho laburo en los fondos y abundante texto. Y si bien acierta cuando aplica grises para diferenciar los planos y destacar ciertas figuras por sobre otras, en general, estas páginas de ocho cuadros se ven muy, muy sobrecargadas de elementos, algo que por momentos llega a entorpecer la fluidez del relato. Además, al dibujar tantas cosas (objetos, edificios, ropa, etc.) queda bastante claro que este Janchez modelo 2009 dibujaba algunas cosas muy bien y otras de modo bastante precario. Lo cual no siempre hace ruido, porque todo está puesto en función de un grafismo básicamente caricaturesco, pero a veces (sobre todo cuando aparecen autos) llaman la atención por la falta de cuidado en el “rediseño”. El avión que dibuja Brian, en cambio, no se parece en nada a ningún avión que haya existido jamás, pero está buenísimo.
Y mirá lo que son las cosas…El Sabio de Sión termina en la página 36 y el librito sigue, para incorporar una segunda versión de las crónicas del viaje de Janchez a Israel, presentadas en forma de textos que el autor publicó en su blog. Y en esas páginas finales, en las que desaparece el dibujo y sólo queda la opción de engancharse con los textos, me sorprende gratamente un historietista que es, además, un muy buen escritor. A su afilada observación, Brian suma también un talento para el absurdo, que no se ve en sus historietas pero que enriquece muchísimo a sus escritos. La crónica tiene más sentido, permite hilar mejor los sucesos, nos invita a meternos aún más de lleno en las vivencias del autor que la mayoría de las anécdotas contadas en forma de historieta. Así que ni se te ocurra hacerle zapping a ese tramo final donde no hay dibujos, porque te vas a perder varios de los momentos más cómicos y más incisivos del libro.
Entre la ingenuidad y la mala leche, entre las ganas de dejar un registro de lo que ve y vive y las ganas de romper las pelotas, un Brian Janchez de sólo 23 años generó esta obra breve, aunque de gran intensidad y desbordante honestidad. No es su trabajo formalmente más logrado (de hecho, hoy dibuja mil veces mejor), no todas las situaciones que elige contarnos son efectivas o graciosas, pero la idea de compartir esa experiencia tan definitiva con sus lectores, evidentemente funcionó. Si seguiste El Sabio de Sión cuando se serializó en la web, o si sos fan de este personalísimo autor argentino y disfrutaste de las otras dos obras que componen su “trilogía judía” (Sloishim y McKosher), no dejes de comprarte el librito.
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lunes, 15 de octubre de 2012
15/ 10: HORMIGAS EN EL CULO
Hoy una reseña corta, mitad porque vengo medio estropeado de tanto patear por Nueva York, mitad porque el libro es finito y ofrece poco material sustancioso para el análisis.
La consigna esta vez fue reunir material de Brian Janchez apuntado al público infantil, y sospecho que pensado para ser publicado a color, aunque acá nos lo presentan en blanco y negro. Las primeras 12 páginas son chistes de una sola viñeta, casi todos bastante ingeniosos, en donde el dato más llamativo es un que se va a repetir también en las historietas: los coqueteos de Brian con la escatología, algo que cuando uno era pendejito era impensable en la historieta infantil, y aparentemente hoy es un recurso más a disposición de los humoristas.
Después hay 12 páginas de historietas de Topati, que parecen tiras remontadas para formar páginas. Acá se lucen más algunas virtudes destacadas de Janchez, como su trabajo con los fondos, la diversidad de expresiones que les crea a los rostros de sus personajes y el buen equilibrio entre espacios blancos y masas negras.
Y finalmente, otras 12 "páginas que parecen tiras remontadas", pero de Soy L.A. Ventura, esta vez una nena de 10 años con mucha imaginación y una zapatilla gigante en la cabeza.
Está bien, me causó bastante gracia y está todo bien dibujado. Pero no lo pongo entre las obras importantes de Brian Janchez, ni entre los lanzamientos fundamentales de la historieta argentina reciente. Este mismo material, editado de otra manera, con más producción, con más páginas y demás, sería bastante más atractivo. Así, lo que vimos es una especie de fanzine pro, una mini-curiosidad, como para aguantar entre un libro posta de Brian y el siguiente.
La consigna esta vez fue reunir material de Brian Janchez apuntado al público infantil, y sospecho que pensado para ser publicado a color, aunque acá nos lo presentan en blanco y negro. Las primeras 12 páginas son chistes de una sola viñeta, casi todos bastante ingeniosos, en donde el dato más llamativo es un que se va a repetir también en las historietas: los coqueteos de Brian con la escatología, algo que cuando uno era pendejito era impensable en la historieta infantil, y aparentemente hoy es un recurso más a disposición de los humoristas.
Después hay 12 páginas de historietas de Topati, que parecen tiras remontadas para formar páginas. Acá se lucen más algunas virtudes destacadas de Janchez, como su trabajo con los fondos, la diversidad de expresiones que les crea a los rostros de sus personajes y el buen equilibrio entre espacios blancos y masas negras.
Y finalmente, otras 12 "páginas que parecen tiras remontadas", pero de Soy L.A. Ventura, esta vez una nena de 10 años con mucha imaginación y una zapatilla gigante en la cabeza.
Está bien, me causó bastante gracia y está todo bien dibujado. Pero no lo pongo entre las obras importantes de Brian Janchez, ni entre los lanzamientos fundamentales de la historieta argentina reciente. Este mismo material, editado de otra manera, con más producción, con más páginas y demás, sería bastante más atractivo. Así, lo que vimos es una especie de fanzine pro, una mini-curiosidad, como para aguantar entre un libro posta de Brian y el siguiente.
viernes, 1 de julio de 2011
01/ 07: McKOSHER

Y hoy sí, tenemos autobiografía pura, sin ningún elemento fantástico. Brian Jánchez nos cuenta con gracia y honestidad su breve experiencia laboral en el McDonald´s Kosher del patio de comidas del Abasto Shopping en forma de historieta, y es todo lo que hay.
Pero no es poco, porque la historieta está buenísima. Primero te engancha por lo raro: seguro que la primera vez que viste el McDonald´s Kosher dijiste “qué bizarro…”. Después, seguro te preguntaste en qué se diferencia la comida chatarra kosher de la normal. Y después, seguro te fuiste a comer comida china, asado o pastas. Una vez ahí adentro, ya convertido en “activador”, Jánchez también descubrió los sutiles procedimientos que hacen kosher a la clásica hamburguesa con fritas, y nos revela todo el proceso con mucha precisión, condimentado con observaciones agudas y graciosas. Y de postre, nos ofrece un nutrido desfile de jefes, supervisores y compañeros de trabajo, de los cuales ninguno llega a cobrar demasiado protagonismo, no porque no sean interesantes, sino porque la historieta es muy breve.
Una vez que nos tiene enganchado con lo atípico del lugar donde trabaja, Jánchez aprovecha y mete más cosas personales: sueños, aspiraciones, madre, novia, viajes en bondi de o al laburo y hasta episodios fecales en el inodoro. Y por supuesto, pela su mejor recurso, que suele ser el humor. Un humor de stand-up comedy, basado sobre todo en la observación, apuntalado por una ironía inteligente, finoli, y servido en bandeja por el alto nivel de patetismo que Jánchez le encuentra a la situación y a la relación que se entabla entre jefes, empleados, clientes y demás.
El resultado es una comedia costumbrista con una mirada ácida e ingeniosa sobre un tema bastante desconocido por la mayoría de los lectores que, por no ser judíos o por no consumir comida chatarra, nunca comimos en el McKosher. Entra también en el subgénero “jóvenes a la deriva”, aunque nunca vemos a Brian destapar una birra.
En la faz visual, Jánchez cosecha un montón de laureles más. El dibujo es muchísimo mejor que el de su otra obra publicada en libro (Sloishim) y nos muestra a un autor mucho más solvente, que no dibuja lo que puede, sino lo que quiere. En la versión que salió publicada en la revista La Mano, McKosher era a color, o en realidad tenía varios tonos de naranja y amarillo. Esa paleta intencionalmente restringida fue reemplazada con éxito por blanco, negro y gris y la verdad es que los colores no se extrañan para nada. Parte de lo que hace interesantísimo leer a Jánchez es que no se le nota ninguna influencia alevosa. Nunca fue un “clon de”, ni mucho menos. Y por supuesto, está muy bueno verlo mejorar como narrador. Las 48 páginas de McKosher están armadas en dos tiras, y en cada tira pasa de todo. Las hay de dos viñetas y las hay de seis, y en todas está todo lo que tiene que estar. En esos espacios chiquitos, casi claustrofóbicos, Jánchez pone todo lo que quiere mostrar y lo organiza de tal modo que no satura, ni sobrecarga, ni aburre.
Brian Jánchez es muy joven, pero McKosher lo dejó ahí, a centímetros de esa obra maestra que lo consagre definitivamente y lo siente en la mesa de los más grossos de la historieta argentina actual. Si todavía no lo descubriste, agrandá tu combo y sumalo a tu lista de autores mega-promisiorios a los que conviene seguir muy de cerca.
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