el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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miércoles, 18 de julio de 2018

MIERCOLES LLUVIOSO

Sigo adelante con las lecturas, y me encuentro con una obra de 2014, publicada originalmente en Italia y traducida al castellano en 2017 por una editorial chilena. Se trata de una extensa novela gráfica de Tex (como la que vimos el 13/11/15), titulada Camino a Oregon, con guión de Gianfranco Manfredi y dibujos del cada día más glorioso Carlos Gómez.
La verdad que la trama daba para una aventura de Lucky Luke: 44 páginas con 10 viñetas cada una, en las que el conflicto dejara espacio para filtrar unos cuantos momentos de comedia. Sin embargo, Manfredi se aferra a la idea de construir con esta premisa una historia “seria”. Y el propio formato impuesto por la editorial marca que Camino a Oregon tiene que durar 224 páginas, con mayoría de cinco viñetas y unas cuantas de seis. O sea que no sólo tenemos un relato innecesariamente solemne, que renuncia a explotar la veta potencialmente humorística de estas cinco mujeres que atraviesan un país en busca de sus supuestos futuros maridos, sino que además el desarrollo se estira mucho más de lo recomendable.
Para que te des una idea, uno de los obstáculos que imagina Manfredi para esta caravana que viaja de Texas a Oregon es una tribu indígena belicosa y bardera, los Cayuse. ¿Sabés cuántas páginas de la novela pasan entre que aparece el primer indio y que Tex y sus amigos dan por terminada la peripecia? 64. Sí, 64. Es casi una novela gráfica adentro de la novela gráfica, con villanos, personajes secundarios, machaca a todo nada, dilemas éticos… Pero claro, si pensás que se trata de un obstáculo para un grupo de personajes cuyo objetivo no tiene nada que ver con el conflicto con los indios, se hace evidente que la extensión de este tramo roza el disparate.
Finalmente, como uno podía suponer desde el inicio, Tex y sus amigos cumplirán la misión casi sin despeinarse, y al final habrá una revelación grossa no acerca del principal villano (un personaje muy al límite, muy bien trabajado por Manfredi) si no de uno de los secundarios con peso en la trama. Y ya está. Si no la leés, no pasa nada, el status quo no se modifica en lo más mínimo.
Pero claro, mencioné al principio que el dibujo está a cargo de Carlos Gómez, y 224 páginas dibujadas por Gómez constituyen una oferta imposible de rechazar. No me quiero colgar horas hablando maravillas del trabajo del cordobés. Simplemente subrayar lo bien que le queda el western, lo lindo que es volver a verlo en blanco y negro (después de aquella trilogía de álbumes para Francia donde lo colorearon bastante bien) y que ya sólo por la cantidad de viñetas que ofrece cada página, esto está muy por encima de lo que hacía en Dago. No me alcanzan las palabras para recomendarle a los fans de Gómez que se consigan un ejemplar de Tex: Camino a Oregon.
Y avanzo un casillero, hasta 2016, cuando ECC edita en España el tomo de historias cortas conocido como Infierno Embotellado, que reúne trabajos realizados por el sensei Suehiro Maruo entre 2010 y 2012.
La mejor historia es la última, Pobre Hermanita. Es la que mejor combina sordidez, deformidad, sexo perverso y una muy interesante bajada de línea más social. Kogane-Mochi, basada en un clásico relato de rakugo (aquel género en el que vimos patinar nada menos que a Yoshihiro Tatsumi un lejano 15/12/12) tiene un argumento atractivo personajes carismáticos y el impacto de la sangre y las vísceras, pero me atrapo un poco menos. La Tentación de San Antonio es más cortita, casi un chiste bizarro, y Maruo no le pone ni remotamente las pilas que le pone habitualmente al dibujo.
Y la historia que le da título al tomo, por el contrario, tiene algunas de las imágenes más fastuosas jamás brotadas de la pluma del capo máximo del ero-guro. El guión es raro, está basado en un cuento de Yumenu Kyusaku que parte de una premisa muy atractiva, pero cuyo desarrollo es sinuoso, por momentos contradictorio. De todos modos, los climas que conjura, los paisajes en los que transcurre, le dan a Maruo la oportunidad de lucirse como pocas veces con la recreación visual de este Infierno Embotellado, y el sensei no la desaprovecha en lo más mínimo.
En líneas generales, se trata de un buen compilado, con trabajos recientes de un autor que no se queda quieto, que sigue inventando cosas nuevas desde lo narrativo y que encuentra los argumentos para sus historias en fuentes muy disímiles. Por supuesto, el principal atractivo sigue siendo el dibujo, ese trazo fino, prolijito y elegante que nos remite enseguida a André Juillard, puesto al servicio de escenas muy truculentas, en las que la violencia, el sexo o ambas cosas rompen con esa elegancia y enchastran todo. Y en la historieta Infierno Embotellado, donde no hay violencia y el sexo está apenas sugerido, Suehiro Maruo nos recuerda que cuando quiere, más que un provocador, más que un rupturista, más que un zarpado o un pasado de rosca, es un poeta de la pluma, el pincel y las tramas mecánicas.
Y hasta acá llegamos. Gracias y hasta la próxima.

martes, 2 de septiembre de 2014

02/09: MIDORI, LA NIÑA DE LAS CAMELIAS

El manga siempre da revancha, es así. La vez pasada, cuando finalmente leí La Sonrisa del Vampiro, me cerraron varias cosas y unas cuantas me hicieron ruido. En el total de las dos obras que componen la saga, no me fui del todo satisfecho. Esta vez me sumergí en otro clásico del maestro Suehiro Maruo, originalmente publicado en 1984, y ahora sí, todo fue tan maravilloso como en las mejores obras del genio del ero-guro.
Aclaremos primero lo más importante: salvo por la primera secuencia de 10 páginas, repletas de sangre, tripas, chupadas de pija y minas a las que les salen bichos de la argolla, esto no es muy ero-guro. De hecho, en el contexto global de la obra, esas 10 páginas desentonan bastante. Es como si Maruo hubiese querido marcar territorio, hacerle saber a sus fans (supongo que hace 30 años ya tenía un grupito de fans) que esto mantenía la tónica de sus historietas más bizarras y más extremas. Sin embargo, en las 140 páginas restantes no vamos a ver más de estas imágenes erótico-escatológicas que tan bien conjura el autor. Habrá garches, por supuesto, algunos más explícitos y otros más sugeridos, pero sin sangre, sin tripas, sin soretes y sin insectos.
La historia se centra en una nena de 12 años, que rompe vínculos con sus padres y termina por unirse a una troupe de freaks que recorre el país con una especie de circo, en el que la gente paga por ver a estos personajes extraños y contrahechos realizar proezas físicas, malabares, etc. Desde el inicio, Maruo reparte bien el protagonismo entre cinco o seis personajes, lo cual además le permite no indagar demasiado en la propia Midori, que funciona mejor como arquetipo, como concepto y como “ojo del lector”, como contrapunto entre un personaje supuestamente normal y este rejunte de anormales. El tono es duro, cruel, filoso, con mucha mala leche y la trama está continuamente matizada con las pesadillas de Midori.
Para la página 45, llega un volantazo en forma de un personaje que rápidamente desplaza el eje del relato y se convierte en protagonista casi indiscutido: Wonder Masamitsu, el enano con increíbles poderes mentales, capaz de alterar la percepción de quienes lo rodean. Al igual que los miembros de la troupe, Midori y el público, Maruo se fascina con este enigmático y gentil caballero y durante muchas, muchas páginas, la historia se concentra en la relación entre la jovencita y Masamitsu, que asume el rol de su mentor. Este es el mejor tramo de la obra, sin dudas, y el que Maruo utiliza para sembrar las pistas de un final inesperado pero muy bien ejecutado, perfectamente pulido.
El dibujo de este Maruo ochentoso es barroco, muy sobrecargado de detalles, con unas splash pages gloriosas, un manejo notable de las tramas mecánicas y, ya para la segunda mitad de la obra, algunos riesgos en la composición de la viñeta, donde empieza a aparecer un concepto distinto de la espacialidad. Por ahí no se lo ve tan ajustado en los primeros planos como en las obras posteriores, pero claramente la base está. Esto es 100% Maruo y la mano del maestro se reconoce en cada viñeta, por la complejidad, la elegancia, el realismo y los desbordes de su imaginación.
Si te subiste a ese viaje de ida llamado Suehiro Maruo, esta es una estación en la que sí o sí tenés que parar a ver qué onda. Al tener una película animada, Midori es una de las obras del maestro que más trascendieron por afuera de la módica legión de fans del ero-guro, el gekiga, el seinen, o los mangas que exploran temáticas alternativas, así, en general. Pero además es una de las obras más completas, más logradas, más genuinamente cautivantes de esta bestia del dibujo y la narrativa. Muy recomendable, incluso como puerta de entrada al perturbador universo de Maruo.

martes, 24 de junio de 2014

24/ 06: LA SONRISA DEL VAMPIRO

Este mega-broli de más de 500 páginas reúne las dos obras de Suehiro Maruo conocidas como La Sonrisa del Vampiro. La primera es de 2000 y la segunda (subtitulada “Paraíso”) de 2004. Sin duda se trata de los trabajos responsables del súbito crecimiento en la popularidad del maestro del ero-guro.
La primera parte, que se extiende a lo largo de 230 páginas, es brillante. De verdad, no hay nada para objetar. Los personajes están magníficamente delineados, la trama es compleja e hipnótica, los sacudones violentos funcionan, el clima es tremendamente cautivante y perturbador... Es un comic tan original, tejido con una cancha y con una solvencia, que aunque no te interese en lo más mínimo el tema de los vampiros, te va a atrapar.
El problema empieza en la segunda parte, una secuela innecesaria, que le resta impacto a la primera parte. Esta vez, a Maruo le sale todo mal. Suma muchos personajes y presenta bien a muy pocos; como ya no es novedad el tema de los vampiros que matan gente, agrega misterios sin pies ni cabeza, que nunca termina de explicar. Además le sube los decibeles al erotismo (que siempre está, pero en el segundo tramo parece más forzado, menos lógico), incorpora unas cuantas secuencias oníricas que muchas veces suman sólo confusión, y por supuesto, más violencia, más truculencia. No me quiero poner a discutir una por una todas las decisiones que toma Maruo y que yo no comparto. Posta, lo único que conserva esta segunda parte de todo lo bueno que tuvo la primera son los dos personajes centrales (Runa y Mori) ahora en roles menos protagónicos, y el clima siniestro, ominoso, sombrío, ese al que Maruo sabe como nadie disfrazar de sofisticación, sensualidad y elegancia.
Y si bien el resultado de esta segunda parte decepciona bastante (sobre todo porque al editarlas en un mismo tomo, es inevitable la comparación con la primera), la lectura arroja un balance positivo. En parte porque las primeras 230 páginas son alucinantes y en parte porque a lo largo de todo el tomo tenemos al sensei Maruo dibujando en un nivel superlativo. Fiel a su estilo preciosista, cercano al de André Juillard, el autor se vuelve a zarpar como en sus mejores trabajos, con rostros sumamente expresivos, un gran equilibrio entre blancos, negros y grises, esos detalles apabullantes en los decorados, en la ropa y en los paisajes... Todo lo que ya le vimos hacer bien a Maruo, acá está perfecto. Incluso el gore, los insectos, los garches sucios, manchados de sangre y violencia. Toda esa atmósfera bizarra, corrupta y por momentos casi surreal que uno asocia con Maruo, acá brilla en todo su esplendor.
Y no mucho más. La Sonrisa del Vampiro hoy en día es un clásico y se ganó ese rótulo con sus propios méritos. Si estás buscando por dónde entrarle al universo de Suehiro Maruo, esta es la historieta ideal. Y ya sé que está descatalogado, pero si encontrás el libro que trae sólo la primera parte, comprate ese y obviá la secuela. Si, como yo, te avivaste tarde y sos demasiado fan de Maruo como para resistirte a este mega-hardcover, entrale nomás, que el dibujo del ídolo justifica cada peso que pagues por él (por el hardcover, no por el ídolo).

lunes, 21 de mayo de 2012

21/ 05: LA ORUGA

Una vez más, el maestro Suehiro Maruo, el genio maldito del manga, se sienta a adaptar al comic una novela de Ranpo Edogawa. Pero esta vez, todo es distinto. Cuando salió La Extraña Historia de la Isla Panorama, fue una sorpresa. No sólo por su impresionante calidad, que la llevó a estar entre los mejores mangas de la década pasada. También porque la novela de Edogawa no transitaba lo tópicos habituales en la obra de Maruo, con lo cual el mangaka tuvo que pelar una increíble gama de recursos para que su estética tan personal se ajustara a un relato que encaraba claramente para otro lado. El resultado fue una obra de colosal belleza, compleja, tensa y fascinante,
Con La Oruga, Maruo pareciera decir “bueno, ahora me toca a mí jugar de local”. No leí la novela de Edogawa, pero la adaptación al comic se lee como una novela gráfica original de Maruo. Acá sí, están todos los tópicos clásicos de los mangas del ídolo: mutilaciones escabrosas, escenas de sexo recontra-hardcore, sangre, caca, violencia, pesadillas pasadas de rosca y hectolitros de mala leche. Básicamente, la novela se mete en la relación entre Tokiko Sunaga y su marido, el Teniente Primero Sunaga, quien vuelve de la guerra sin sus brazos, sin sus piernas, sin nariz, sin orejas, sordo y mudo. El señor Sunaga queda reducido a una verdadera oruga humana, a la que sólo le quedan fuerzas para comer y para coger con su esposa, ya que el miembro viril le funciona a la perfección. Y ahí Maruo se tira de cabeza, y se regodea en la repulsiva imagen de Tokiko intercambiando placeres carnales con el tipo sin brazos, ni piernas, ni nariz, ni orejas, ni voz, una y otra vez a lo largo de las casi 140 páginas del tomo. Por supuesto, también hay una sutil bajada de línea anti-militar, pero lo que más le interesa a Maruo (no sé si a Edogawa) es la bizarra y perversa relación entre Tokiko y su marido, una relación tan jodida y enfermiza que sólo puede terminar en tragedia.
Pasaditas las 110 páginas, viene el volantazo definitivo, el que uno no espera en ningún momento y el que precipita la obra hacia el abismo de la depravación más absoluta. Recién ahí empieza a pesar un poquito más la acción, se empieza a crear una tensión más clásica, algo así como un suspenso, porque cambia el status quo y uno quiere saber cómo corno va a terminar esta historia tan retorcida y alucinante. Y el final es brillante, casi poético, realmente conmovedor. Ahí te das cuenta de que esto es una novela, no un comic 100% imaginado por Maruo, que seguramente hubiese puesto el punto final en el peor momento de la trama, cuando todo se precipitaba hacia el abismo.
El dibujo es, como siempre fastuoso. Las primeras cuatro páginas son ilustraciones a color, sin mayor intención narrativa, y ahí Maruo te dice “preparate, porque se pudre todo”. Lo único que no dibuja en La Oruga son sus clásicos insectos que salen de una vagina. Todo lo demás, toda su imaginería demencial, elegante y perturbadora al extremo, se despliega en estas páginas con la inmensa calidad de siempre. Hay un montón de secuencias mudas (no sólo los garches) resueltas de modo magistral, una reconstrucción histórica perfecta y ese clima pesadillesco que sólo Maruo puede convertir en un deleite visual incomparable.
Esto es para estómagos entrenados. Si nunca leíste otras obras de este autor, ni se te ocurra empezar por La Oruga. Empezá por La Isla Panorama, si querés. Pero esto es demasiado extremo, demasiado heavy, es la quintaescencia del ero-guro, que es el género en el que los japoneses enrolan a Maruo. Ero de erótico y Guro de grotesco, claro. Hay que estar muy curtido para bancarse La Oruga. Y muy loco para escribirla y muy hecho mierda para convertirla en una historieta. Ahora, si ya venís entregado, si contabas los días que faltaban para tener entre tus manos la última obra de Maruo editada hasta el momento en nuestro idioma, tirate de cabeza, que esto no defrauda en lo más mínimo. A lo sumo te termina de pudrir la mente, pero a quién le importa cuando te la pudren con algo tan maravillosamente corrupto como La Oruga.

martes, 26 de abril de 2011

26/ 04: DR. INUGAMI


Vuelvo a internarme en las profundidades de Suehiro Maruo, el genio maldito del manga. Esta vez, para descubrir una serie de siete episodios, que aparecieron de modo muy esporádico entre 1991 y 1994 en la revista Young Champion. ¿Qué hace Maruo en una revista de shonen, te preguntarás? Lo que puede.
Al igual que su otra serie para la Young Champion (Gichi Gichi Kid, de 1996), Dr. Inugami se centra en un personaje cuyo principal atractivo es su dominio de las artes místicas. Si Gichi Gichi Kid se podía definir como una versión del Dr. Strange, pero en sexto grado, el Dr. Inugami es un Dr. Strange más dark, más para el lado de John Constantine. El protagonista es el misterioso Inukai, una especie de brujo justiciero, capaz de invocar a un poderosísimo dios ceremonial, ya sea para revertir conjuros malignos o para combatir a malignos demonios que poseen a algún pobre pibe (o mina) que no se lo merece.
Entre criaturas místicas y ritos ancestrales, se acumulan historias densas, muy bien planteadas, en las que gradualmente crece el rol de Inukai, que al principio es casi un mecanismo. Con el correr de los episodios encontramos (por primera vez en la obra del ídolo) personajes secundarios recurrentes, a los que de a poco empieza a dotar de una complejidad mayor, para que dejen de ser “el bueno”, “el malo”, “la víctima”, y así. Obviamente estaba todo dado para que Dr. Inugami se convirtiera en una serie extensa, pero andá a saber por qué corno sólo existen siete episodios.
Y lo más importante: ¿dónde están las atrocidades? Si quiero brujos con sobretodo, demonios y poseídos, me compro un TP de Hellblazer. Si compré un libro de Maruo es porque quiero desmembramientos, violaciones y todas las atrocidades a las que nos malacostumbró esta bestia. La verdad es que, sin ser Gichi Gichi Kid (que era apta para todo público), Dr. Inugami está entre las obras menos zarpadas de Maruo. Hay un par de garches (uno de ellos manchado de sangre), una orgía que dura varias páginas y sí, mucha gente destripada, decapitada, enterrada viva, crucificada o morfada por las ratas, bebés acuchillados y fetos ensangrentados. Los rituales satánicos le dan a Maruo la excusa perfecta para enchastrar todo de gore y sangre, pero el tipo se controla un poco más. Al no meter las atrocidades por mero capricho sino en función del guión, parecieran pegar menos. “La gracia” de la historieta no es que le cortan la cabeza a un tipo, o que a una mina le salen bichos de la argolla, sino que esas cosas suceden en virtud de un guión que –como ya dije- pasa por los combates entre seres sobrenaturales, los hechizos y los conjuros. Por ahí ver a la mina a la que le salen bichos de la argolla impacta más cuando la historieta se trata de eso.
Como los guiones están muy pensados y tienen mucho protagonismo, el ídolo también se controla un poquito en el dibujo, no dibuja TODO con los tapones de punta. Cuando Inukai hace aparecer al dios ceremonial, ahí sí, se va todo a la mierda. Pero en el resto de las escenas, Maruo baja un par de cambios y sin tirarse a chanta ni mucho menos, se cuida de que el dibujo no te abstraiga de lo que te está contando el guión. Incluso la narrativa es más explícita, menos arriesgada que en las obras más pesadillescas del autor. A veces se nota que le cuesta narrar “más claro” y se pega algunos palos, pero con el correr de los episodios, cuando el lector ya está más familiarizado con los personajes y la onda de la serie, tanto a nosotros como al propio Maruo nos resulta más fácil sintonizar esta otra onda, de relato más clásico, con menos saltos al vacío.
Dr. Inugami es lo más parecido a un comic de Vertigo que puede llegar a salir de la pluma de este genio maligno conocido como Suehiro Maruo. Sólo por eso, merecería ser comprado. Y encima tiene un montón de virtudes más.

martes, 15 de marzo de 2011

15/ 03: EL MONSTRUO COLOR DE ROSA


Qué bestia que soy, ma-mita… Hace mil años, cuando me tocó comentar New National Kid, decía que ese libro reunía las primeras historietas cortas de Suehiro Maruo, el Genio Maldito del Manga. Pero no, esos trabajos de fines de los ´80 y principios de los ´90 no son los más viejos. En este libro hay 13 historietas, todas de 1981 y 1982, o sea que la leyenda –por ahora- empieza acá.
Como en New National Kid, vemos a un Maruo primerizo, al que le falta mucho camino por recorrer para alcanzar el nivel de sus obras posteriores. Acá a Maruo no sólo le falta un poquito de cocción para lograr la madurez de su estilo visual, sino que está más acotado, más limitado a la hora de pensar las historias. Se ve claro su inobjetable amor por la atrocidad: la sangre, las mutilaciones, las violaciones, las perversiones, el asco, un vale todo frenético, perturbador y en un punto revulsivo. Pero le falta esa otra pata, la del vuelo poético, la de los climas oníricos, surreales, la pata más bizarra y a la vez más finoli de la Fórmula Maruo. La del Doctor Caligari y la de La Niña de las Camelias son las más elegantes, las que combinan referencias culturales con un atmósfera freak y ominosa. Las dos tienen sus escenitas de garche, pero no son lo más importante. El Joven Z y Belleza Natural son dos historietas claramente porno, pero conservan cierta poesía, hay una ilógica argumental que llama la atención y cautiva casi tanto como el intercambio de fluídos.
El resto, es el festival de sexo e inmundicias más escabroso que vas a leer en tu vida. ¿En Orc Stain había tipos a los que les cortaban el gronch? Acá los gronch vuelan por el aire página por medio, todos penetran a todos con cualquier elemento imaginable (el muñón de un chico al que le mutilaron media pierna, por ejemplo) y los tajos (y la sangre) se llevan buena parte del protagonismo. Dentro de esto, no sé cómo, Maruo se las ingenia para meter buenas historias, coherentes además de truculentas y shockeantes. Las Costumbres del Criado, por ejemplo, ofrece un argumento redondo e impredecible, que sería la envidia de cualquier película porno, donde los conceptos “redondo”, “impredecible” e incuso “argumento” se ven menos que los preservativos.
En este libro está una de las historietas más salvajes de Suehiro Maruo. Me la contaron en forma oral muchos años antes de leerla y me pareció tan increíble que la quiero contar yo también. Una madre no quiere a su bebito recién nacido, por ende lo arroja a un retrete para que muera en las cloacas. Pero el bebé no muere, sino que crece en ese inmundo ecosistema formado por agua podrida, caca y pis. Día a día recibe con alegría los soretes y los meos de la gente que pasa por el retrete y ya adolescente, cada vez que mira hacia arriba y ve un culito que lo excita, sale a la superficie, secuestra a la chica que está haciendo fuerza en el retrete, la hunde en la cloaca y la somete sexualmente entre las heces y la podredumbre. Su última víctima es su madre, una prostituta ya vieja, a la que le chupa una teta entre la mierda, en busca de la leche que no recibió de bebé. Eso existe, posta. Se llama Kawayanosuke el Virgen y son 20 páginas dibujadas como los dioses. Vos sabrás si tenés el estómago y el aguante mental para leer algo así.
Suehiro Maruo, el genio autodidacta que no se parece a ningún otro mangaka, es casi un género en sí mismo. Se lo denomina “ero-guro”, por erótico y grotesco, pero eso no da cuenta de la elegancia y la sofisticación de su dibujo. Si nunca leíste a Maruo (y al igual que pasaba con New National Kid), no te recomiendo empezar por El Monstruo Color de Rosa. Esto es para el que ya está totalmente entregado al perverso juego que propone el autor y ya se banca cualquier cosa. Para empezar, vuelvo a recomendar que arranques con La Sonrisa del Vampiro, o con La Isla Panorama, o con Lunatic Lovers, si lo tuyo son las historias cortas. Y estas historias guardalas para cuando ya hayas emprendido el camino sin retorno hacia las obsecenas profundidades de ese dios de la depravación llamado Suehiro Maruo.

sábado, 9 de enero de 2010

09/ 01: NEW NATIONAL KID


Acá empieza la leyenda. Este libro reúne las primeras historietas cortas de Suehiro Maruo, el Genio Maldito del Manga. Acá están los trabajos de fines de los ´80 y principios de lo ´90 que le permitieron asentarse como autor en la prestigiosa antología Garo y dejar gradualmente su laburo como ilustrador en revistas porno. Incluso está la primera historieta que le publicaron fuera de Japón, la polémica y estremecedora El Planeta de los Japos.
Por supuesto, es un Maruo primerizo, todavía muy lejos del nivel que le veremos en los otros recopilatorios de historias cortas (D.D.T., Lunatic Lovers, etc.) o en sus celebradas novelas gráficas (Doctor Inugami, La Extraña Historia de la Isla Panorama, etc.). Pero ya está, desde el vamos, la impronta única del genio: ese origen autodidacta que lo lleva a no parecerse a ninguno de los mangakas de su generación, sino a los antiguos grabadistas, o a dibujantes europeos, como Vittorio Giardino o André Juillard. También está desde el principio el amor por la atrocidad: la sangre, las mutilaciones, las violaciones, la gente que estalla esparciendo sus entrañas por toda la página, la crueldad sin límites y los insectos, por todos lados los insectos, para dejar bien claro que se está pudriendo todo, todo el tiempo.
También aparece temprano el clima surreal, lo onírico como reemplazo de la lógica argumental. Muchas historias son bizarreadas sin pies ni cabeza, con momentos que parecen tomados de sueños –o más bien pesadillas- del autor. Y, como en los sueños, en las historietas de Maruo aparecen también imágenes poderosísimas, de increíble belleza y sublime vuelo poético. Por ahí no en la historia del pibe con dos porongas que fantasea con llenarle dos agujeros a la vez a la chica que le gusta, pero en casi todas las demás (me vienen a la mente las dos de Hormigas Eléctricas, delirios dignos de David Cronenberg en ácido), entre los hectolitros de sangre y los cuerpos destrozados, se cuela un lirismo casi imposible de reproducir.
Y por si faltara algo, el primer Maruo ya se divertía jugando a los simbolismos. Por supuesto, casi todos tienen que ver con el sexo (una de sus fijaciones), pero también hay hermosas metáforas visuales que tienen que ver con la historia del Japón, el honor en la guerra, la relación entre el hombre y la tecnología, e incluso el genocidio de judíos perpetrado por los nazis. Todo eso, plasmado en un dibujo elegante, sofisticado, casi barroco, y a la vez mezclado con sangre, pijas y estalidos de bombas atómicas.
Dentro de lo que es la narrativa más convencional, tenemos que destacar los tres episodios de Pécora (protagonizados por una colegiala maligna y perturbadora) y por supuesto, El Planeta de los Japos, la impactante ucronía (o What If…, para decirlo en términos comiqueros) en la que Maruo nos cuenta una Segunda Guerra Mundial que termina cuando Japón lanza bombas atómicas sobre Los Angeles y San Francisco y EEUU presenta su rendición incondicional para someterse a la ocupación (y todo tipo de humillaciones) por parte del Imperio del Sol Naciente. Esas 28 páginas justifican todo el libro.
Pero no recomiendo empezar por New National Kid. Estas son historias para lectores que ya compraron la Fórmula Maruo, no para cebar a nuevos fans. Si nunca leíste a Maruo, arrancá con La Sonrisa del Vampiro, o con La Isla Panorama, o con Lunatic Lovers, si lo tuyo son las historias cortas. Pero a New National Kid entrale cuando ya estés en crack, perdido totalmente en las garras de este vicio con nombre y apellido que tanto daño hace y tanto placer da.