el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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sábado, 21 de abril de 2018

SABADO SETENTOSO

Sigo en mis mini-vacaciones de historieta argentina, pero este país tan maldito y tan querido me persigue a todas partes.
Me fui a 1975, cuando DC toma la extraña decisión de darle su propia revista a un villano, y nada menos que al Joker. Por supuesto, el experimento duró poco (apenas nueve episodios), y el resultado es previsiblemente mediocre, pero bueno… leí estas historietas de pibe en las ediciones mexicanas y me sedujo la idea de tenerlas todas en un lindo TPB. La verdad que, leídas con ojos de adulto, es un material que deja gusto a poco.
De los nueve episodios, hay cuatro escritos por Denny O´Neil. Uno es catastrófico (el del actor que se cree Sherlock Holmes), uno es bastante flojo (el de Creeper) y los otros dos, mal que mal , son entretenidos. O´Neil hace que el Joker hable con un vocabulario florido, sofisticado, tal como harían con el Penguin los escritores de la serie animada de Batman de los ´90. Y por supuesto, para que el yosapa se banque mejor el rol protagónico, le amplía el arsenal de trucos, la habilidad para pelear, y hasta intenta armarle un elenquito de personajes secundarios. También hay cuatro episodios firmados por Elliot S! Maggin, todos bastante olvidables, aunque es este el guionista que se anima a darle al Joker un puñado de esbirros fijos, a los que -de a poquito- intenta desarrollar. Y la historia más aceptable, la que más me atrapó, es la que escribe Martin Pasko, contra la Royal Flush Gang. No hay joyas en este libro, pero es interesante ver los malabares que hacían los guionistas setentosos de DC para que el protagonista de la serie sacara en cada episodio aunque sea un empate, después de tantos años condenado a la derrota simplemente por ocupar el lugar de “el malo”.
El dibujante titular de la serie era Irv Novick, un dibujante ya veterano en los ´70, que en esa época tenía a su cargo también la serie mensual de Flash (The Joker era bimestral). De chico me gustaba mucho Novick, y hoy me resultó un poco soso, un poco aburrido. Por suerte hay un episodio en el que lo entinta el glorioso José Luis García López, que lo levanta muchísimo. Y dos episodios en los que el propio García López (nacido en España, pero criado y formado como profesional en Argentina, de ahí la referencia ineludible a la historieta nacional) se hace cargo del dibujo y la recontra-rompe. Incluso con páginas muy cargadas de texto, incluso con los colores estridentes y espantosos de aquella época, el dibujo de García López ostenta sublime majestad y casi justifica por sí solo la compra de este broli.
Me voy a 1986, cuando el sensei Takao Saito se decide a publicar en inglés cuatro libros de Golgo 13, para lanzar su editorial (Leed) en Estados Unidos. El primer tomo reúne una historia larga y una corta. La larga le da el título al libro, y es Into the Wolves´Lair, la historia escrita y dibujada por Saito en la segunda mitad de los ´70 (no encuentro el dato exacto). En esta misión, el implacable mercenario es contratado por el Mossad para liberar a un agente secreto israelí, prisionero del Cuarto Reich, un ejército nazi que planea la conquista del mundo desde su guarida… en los subsuelos del aeropuerto de Ezeiza, acá en las afueras de Buenos Aires. Man, es un karma: autor ponja, edición yanki… y la trama sucede acá en Argentina.
Y está bastante bien, dentro de todo. El dibujo es magnífico y Saito se toma el trabajo de explicar todo muy bien, de reforzar mucho el verosímil para que no te cagues de risa cuando Golgo triunfa en una misión absolutamente imposible, en la que tiene que zafar de peligros extremos, uno atrás del otro, sin parar. Obviamente esto no alcanza para compensar la excesiva simpleza del argumento (hay un solo giro sorprendente, y llega a siete páginas del final) ni la nula empatía que me generan Golgo 13 y su accionar.
La segunda historia es mucho más breve (46 páginas) y tiene la enorme ventaja de funcionar como una crónica de algo que en su momento (fines de los ´70, principios de los ´80) era noticia en todos los diarios del mundo: la invasión soviética en Afganistán. Esta vez, la intervención de Golgo tiene que ver con un contexto político y económico absolutamente real, que Saito explica coherentemente y que ofrece aristas polémicas: no hay un villano claro, ni una víctima clara, tampoco. En ese terreno gris, la misión de Golgo tiene mucho más sentido. Saito la remata rápido, sin perder tiempo en boludeces, y sin que el protagonista transpire una sóla gota. De nuevo, el ancho de espadas está en el dibujo y en la construcción de las secuencias, que es un roller coaster infernal, violento y adictivo. Si sos fan de Golgo 13, contratá un mercenario que te rastree estos cuatro libros editados por Leed en los ´80, que hoy son muy jodidos de conseguir.
Y hasta acá llegamos. Vuelvo pronto con más reseñas (seguro volveré a leer material argentino reciente), y atenti que el martes hay función de prensa de Avengers: Infinity War.

lunes, 28 de agosto de 2017

LECTURAS DEL FINDE

Aproveché los viajes de ida y vuelta a Pergamino para clavarme unos libritos, que procedo a reseñar.
Arranco con el Vol.5 de Deadman, con las historias más importantes del personaje previas a la etapa en Action Comics, o sea, hasta 1987. El tomo abre con la bizarra trilogía en la que Deadman y Swamp Thing aparecen como invitados en la revista de los Challengers of the Unknown, una saga complicada y un toque pretenciosa en la que Gerry Conway (por si le faltaran personajes oscuros) recupera a Rip Hunter, que no aparecía desde los ´60. Esto es mainstream de los ´70, o sea: tiene problemitas. Pero dentro de todo, con un poco de buena voluntad, se hace soportable, no es un espanto insostenible. El dibujo de Keith Giffen, si bien está a años luz de la mejor época del maestro, muestra muchas ganas de innovar, de probar cosas nuevas en la línea y en algunas planificaciones de página.
Después viene la miniserie de Deadman del ´86, escrita por Andrew Helfer y dibujada por José Luis García López, que es una exquisitez. Helfer le da mucho más relieve a Rama Kushna, al sensei, a Clevleand Brand (hermano del protagonista) y a personajes hasta ahora menores como Vashnu y Maxwell Loomis. Es increíble cómo en menos de 100 páginas Helfer le pega un upgrade tan grosso al personaje, la cantidad de cosas que pasan y cómo avanzan tanto la historia como la mitología de Deadman. Sólo en los ´80 se daba este fenómeno de las miniseries de cuatro episodios que replanteaban de cuajo a personajes con una vasta trayectoria a cuestas. Helfer también tiene a su cargo un recuento del origen de Deadman que aparece en la revista Secret Origins, y que es básicamente una expansión repleta de nueva data y nuevos detalles a la historia de Boston Brand en el circo, previa al balazo que lo manda al otro lado del mostrador.
Esta historia está dibujada por un inspiradísimo Kevin Maguire, pero nada se compara a lo que hace García López en la miniserie. Una vez más, el ídolo deja la vida en cada viñeta (y hay páginas de hasta 16 viñetas) en un trabajo monumental… que no merecía ser ultrajado por un colorista que se limpió el ojete con los dibujos de García López. Horrible, realmente, lo de Tom Ziuko en esta miniserie. Me quedo mil veces con la estridencia de Jerry Serpe en la saguita de los Challengers. Y rezo para que alguna vez DC republique el majestuoso Deadman de García López en blanco y negro.
Y me vengo a Argentina, a reseñar un libro de Diciembre de 2016 (¡vamos que me falta poco!). Rip Van Hellsing ofrece unas cuantas historietas de este aventurero al que conocimos gracias a la revista Términus, de la mano de Enrique Barreiro, Hernán Ferrúa y Enrique Santana. Acá, a diferencia del material que vimos en Términus, los guionistas construyen una saga a largo plazo, no se quedan en un planteo sencillito que se pueda resolver en 12 páginas casi sin diálogos. La apuesta argumental sube notablemente y eso es muy bienvenido.
Lo cual no quiere decir que sean todos aciertos. La primera historia, la del cyborg militar asesino, es excelente. La segunda es un poquito predecible y la tercera… bastante pobre, apenas una excusa para hacer avanzar la trama hacia donde la quieren llevar Barreiro y Ferrúa. Y lo más importante: falta desarrollar al personaje. ¿Quién es Rip Van Hellsing? ¿Qué piensa, qué siente, por qué hace lo que hace? En casi 150 páginas estas preguntas no llegan siquiera a esbozarse y eso es, sin dudas, el talón de Aquiles de esta serie.
El ancho de espadas de Rip Van Hellsing es, para mi gusto, el dibujo de Santana. Fresco, dinámico, con la cantidad exacta de detalles como para no sobrecargar de información visual a las viñetas, con un gran manejo de la anatomía, de las expresiones faciales y de las posibilidades que brinda el blanco y negro. Un dibujante ideal para este tipo de comic, repleto de acción, tiros, explosiones y machaca entre seres sobrenaturales, tal vez todavía no valorado en toda su dimensión por los lectores argentinos.
La edición es impecable, cuidadísima de punta a punta, con una calidad infrecuente en nuestro país. Así que si descubriste a Rip Van Hellsing en la Términus y te quedaste con ganas de más, en este tomo vas a encontrar mucho más. Y si no conocés al personaje pero te gustan la acción, el vértigo y el bolonki, dale una oportunidad. Te espera un pochoclo bien elaborado, potenciado a full por la magia del rotring de Santana.
Y ahora sí, empecé a vivir la adrenalina pre-Comicópolis. No creo que vuelva a postear antes del lunes 4, así que nos vemos el finde en La Rural. ¡Hasta pronto!

jueves, 5 de enero de 2017

LECTURAS VERANIEGAS

Bueno, acá estoy de nuevo. Vamos con algunas lecturas veraniegas…
Un muy lejano 2 de Mayo de 2010, acé en blog nos reíamos un buen rato con Los Superhéroes Injustamente Desconocidos, un álbum en el que el maestro francés Manu Larcenet nos presentaba a superhéroes absurdos, patéticos, condenados al fracaso antes de empezar. En este álbum de 2003, Larcenet descarga toda su mala leche sobre un único héroe: La Leyenda de Robin de los Bosques nos propone reencontrarnos con el mítico Robin Hood, pero viejito, chicato, con Alzheimer y transplantado al mundo moderno. Son siete historietas breves, de seis páginas cada una, en las que Larcenet plantea, desarrolla y remata una idea, siempre en clave de parodia, de sátira muy aguda.
El pequeño Juan, el padre Tuck, el sheriff de Nothingham y Lady Marian también tienen sus roles en este Sherwood otoñal, donde te podés cruzar también con turistas, un árbol que habla o un Tarzan también octogenario al que los animales le gustan demasiado. Además de humor y mala leche (los episodios con Tarzan y el padre Tuck son particularmente malignos), Larcenet nos garantiza un dibujo de gran calidad, esta vez a todo color, con reminiscencias de maestros del humor “mugriento” como Reiser o Vuillemin, pero con composiciones y timing mucho más próximos a la corriente en la que militó siempre Larcenet, que es la de Trondheim y Sfar. La traducción al castellano es MUY graciosa, así que evidentemente Norma contrató a gente que sabe hacerlo muy bien.
Otro flashback, esta vez al 14/02/16, cuando me tocaba reseñar el libro de La Duendes dedicado al maestro Alfredo Grondona White, prócer inolvidable para los que alguna vez leímos Hum®, SuperHum® o SexHum®. Si repasás ese texto, vas a ver que el libro tenía más problemas que la AFA. Pero por suerte, en 2016 salió una nueva edición, corregida y aumentada, en tamaño grande, sin errores, con la misma escacez de ideas en el diseño gráfico, pero con más material. Y como además Grondona White falleció en 2015, la nueva edición incluye homenajes que otros autores le hacen al maestro. La versión de 2012 estaba agotada hacía rato, así que olvidate de que existe: ahora el único libro que circula por ahí con chistes, historietas, tiras y dibujos de Grondona White (más textos, entrevistas y bocetos) es este. Y está muy bien. Si sos fan de este exquisito exponente del humor y la historieta argentinos, o si nunca lo habías oído nombrar, buscalo y maravillate con su talento.
Para terminar, un clásico de 1988 que DC tardó nada más que 26 años en recopilar en libro: Cinder and Ashe, una historieta escrita por Gerry Conway y dibujada por el ilustre José Luis García López, claramente apuntada al público adulto. Este es un Conway raro, más oscuro y a la vez más libre, que nos invita a adentrarnos en una trama muy violenta, con una conspiración jodida (por momentos me hizo acordar a XIII, el clásico de Jean Van Hamme) y personajes muy duros, muy sórdidos y sobre todo muy bien elaborados. Lo único que no me cerró del guión es que el recurso de ir mechando flashbacks al pasado de los personajes (principalmente ambientados en la Guerra de Vietnam) se extiende hasta casi la última página. Para que eso te salga bien, la resonancia entre escenas del pasado y el presente tiene que ser perfecta, a nivel Alan Moore. Si no, parece un recurso de guionista desesperado al que se le acaban las páginas y le quedan un montón de cosas por contar.
El dibujo de García López (como siempre) es majestuoso. El ídolo te hace sentir que dibujar así es lo más normal del mundo, porque sus personajes tienen esa fluidez, esa plasticidad… son actores que actúan bien, no modelos que posan para la foto. El cuidado en la ropa, las armas, los escenarios, las expresiones faciales… un trabajo realmente magistral del argentino nacido en España y radicado en EEUU. Y además muy loco, porque dibuja una escena de sexo muy impactante, que es algo que nunca le había visto dibujar. El color de Joe Orlando (sobrio, sin estridencias) podría no estar sin que la historieta se resienta en lo más mínimo. La estrella de Cinder and Ashe es, sin dudas, el dibujo y la narrativa de un García López inspiradísimo, que se banca páginas de 9 ó 10 viñetas, cuadros recontra-cargados de texto, varias escenas narradas en paralelo… un montón de desafíos sorteados con la jerarquía de un grande entre los grandes. Una lástima que Conway y García López no hayan producido más aventuras con estos personajes.
Hasta acá llegamos por hoy. Gracias y hasta pronto.

viernes, 1 de mayo de 2015

01/ 05: SHOWCASE PRESENTS JONAH HEX Vol.2

Hay que ser muy fan de Jonah Hex para bajarse en dos o tres días un masacote de 540 páginas de historieta, pero bueno… la serie de Jimmy Palmiotti y Justin Gray logró eso: que uno banque a muerte al pistolero más jodido del Oeste y se fume incluso sus andanzas setentosas.
Debo decir que me acuerdo poco del primer Showcase (lo leí hace mil años, antes de empezar con el blog), y a la vez tengo la sensación de que este me gustó bastante más. Hay cuatro o cinco de estos 27 episodios que le hacen el aguante sin ningún inconveniente a los mejores momentos de Gray y Palmiotti. Con otros recursos y otras limitaciones, Michael Fleisher (principal guionista de esta etapa) logra perfeccionar una fórmula que da resultados muy satisfactorios, y a veces incluso excelentes. Para ser justos, digamos que al podio de las mejores historias de este Showcase se suma también una de las tres que escribe David Michelinie: The Railroad Blaster.
El recopilatorio arranca con los últimos números de Weird Western Tales protagonizados por Jonah Hex y enseguida pasa a la revista que lleva el nombre del temible cazador de recompensas. En el primer número de Jonah Hex, todo sigue exactamente igual que en WWT: escribe Fleisher, dibuja como los mega-dioses José Luis García López y todo cierra en la última página de cada episodio, todos 100% autoconclusivos. Pero para el n° 2, el guionista propone una innovación: se viene una larga seguidilla de episodios (incluso los escritos por Michelinie) en los que se resuelve una aventura, pero queda pendiente algo más, una trama principal que sobrevuela las tramas menores: Hex es acusado de un triple homicidio del que es inocente y se convierte en un prófugo de la Justicia. Finalmente logrará limpiar su nombre y recuperar el status quo habitual de las aventuras de WWT en el n°16, una historia extensa, de 25 páginas, en la que Fleisher cierra todo lo que quedaba pendiente desde el n°2.
Los dos números siguientes también tienen historias de 25 páginas y son bastante bizarros porque Hex termina… en la selva del Amazonas! Quizás para darle un respiro a tanto pistolero, caballo y saloon de mala muerte, Fleisher inventa un argumento medio traído de los pelos para desplazar al protagonista a la jungla brasilera, en un primer episodio muy logrado y un segundo bastante choto. Como tantos otros guionistas yankis, Fleisher confunde Brasil con Argentina y hace que los brazucas hablen castellano. ¿Cómo vuelve Hex al Oeste de los EEUU? Olvidate, nunca se explica. Lo cierto es que después de esta extraña aventura vienen más episodios autoconclusivos, en los que a veces reaparecen personajes a los que ya vimos: alguna minita que pegó onda con el caripela, el papá de Jonah, o alguno de los villanos recurrentes: el bandido mexicano El Papagayo y el corrupto potentado Quentin Turnbull.
Entre una cosa y otra (y siempre sacando tolerancia de donde no hay para no indignarse cuando Hex sobrevive a caídas tremendas, trampas mortales, tiros, cuchillazos, dardos envenenados o días enteros sin comer ni beber) las peripecias se hacen muy entretenidas y, como ya dije, entre las aventuras definivamente menores hay algunas gemas realmente memorables.
En cuanto a los dibujantes, en los primeros dos episodios de este tomo tenemos a nuestro compatriota Jorge Moliterni, con un dibujo bien mugriento, muy de la revista Frontera, muy pensado para blanco y negro. El siguiente dibujante regular es García López y es brillante. Rápidamente abandona las manchas y las texturas para volcarse hacia su línea más fina, más elegante, más cercana a lo que hacía en Roland el Corsario, aunque sin soslayar la sordidez de estas aventuras. Y antes de la mitad del tomo ya tenemos como titular a Vicente Alcázar, que se va a quedar hasta el final y a dibujar casi todos los números del 8 al 22 de la revista Jonah Hex. Alcázar nunca estuvo entre mis dibujantes filipinos favoritos, porque es muy desparejo. En algunos episodios se lo ve como un dibujante con ideas, con imaginación para los enfoques, correcto en la anatomía y las expresiones faciales, muy aplicado en los fondos, pero sin mucha personalidad ni mucho empeño, como si se quisiera sacar el laburo de encima rápido. Es decir, a años luz de virtuosos como Alfredo Alcalá, Néstor Redondo, Alex Niño o el mejor Tony De Zuñiga. Y después tenés trabajos como el del n° 20, en los que no podés creer que sea el mismo dibujante. Acá Alcázar pela composiciones alucinantes dignas de Sergio Toppi, suelta el pincel para conjurar detalles, tramas, sombreados, crosshatchings y texturas zarpadísimas para el comic yanki, como si su pincel estuviera poseído por Carlos Roume o Antonio Hernández Palacios. Parece imposible, pero es real: es siempre el mismo dibujante, y es a la hora del promedio donde pierde contra talentos más constantes como Moliterni o García López.
Pasaron mil años entre el primer Showcase de Jonah Hex y el segundo, pero si sale el tercero antes de que me muera, acá tienen un comprador.

sábado, 10 de enero de 2015

10/ 01: DEADMAN Vol.4

Volvieron los superhéroes, que últimamente estaban apareciendo poco por el blog. Prometo un par de semanas muy superheroicas, con muchos clásicos y algunas cositas más actuales.
¿Qué es este libro? Reediciones en orden cronológico de todas las historias de Deadman originalmente publicadas entre 1978 y 1980, tramo final de la Verdul Age. La etapa gloriosa del personaje (a cargo de Neal Adams) ya había quedado atrás hacía mucho, pero Deadman seguía teniendo un aguante, un grupúsculo de fans que querían ver más aventuras del campeón ectoplasmático. Así es como el difunto trapecista aparecía cada tanto en las revistas de team-ups de Batman o de Superman, y cuando Adventure Comics se convierte en una antología de muchas páginas, con cabida para varios personajes, Deadman encuentra (durante un tiempito) algo así como un hogar, como un espacio regular para sus andanzas.
El libro arranca con un especial de Brave & the Bold, escrito por Bob Haney (guionista principal de la serie durante los ´70) y dibujado por Ric Estrada, ese pecho frío sin alma ni talento, al que solemos cruzarnos cada vez que nos aventuramos en el mainstream setentoso de DC. Esto no puede ser peor. Además de Batman y Deadman, participan de la aventura el Sargento Rock y… Sherlock Holmes, todos en la misma época, en la misma tierra, entrelazados por un guión absurdo, que nos toma por idiotas en cada secuencia. La verdad que tomarse el laburo de desempolvar esa historia, retocar las páginas en las que el dibujo estaba cascoteado, reconstruir el color, invertir todo ese tiempo y esa guita para que el lector de hoy pueda leer eso, es tirarle margaritas a chanchos infectados con ébola, afiliados al PRO y fans de Agapornis.
Por suerte, cuando Deadman se gana el lugarcito en Adventure Comics se hace cargo un equipo creativo serio, integrado por los maestros Len Wein, Jim Aparo y José Luis García López. Los dibujantes van rotando, pero Wein logra darle a Deadman ese sentido de saga, de historia que evoluciona episodio a episodio hacia algo más power. Tarda un poco en arrancar, es cierto, y para cuando se revela qué es exactamente lo que está en juego, muchos de los conflictos y peleas de los primeros episodios parecen boludeces. Y bue, era la época.
Terminada “la saga de Kronsky”, Wein vuelve a los relatos autoconclusivos. Arranca con uno extenso (23 páginas) que está bastante bien, con varios momentos atrapantes, pero donde realmente la rompe es en el tercero y último, un comic de apenas 12 páginas realmente notable, con unos huevos inmensos y una emotividad digna de la mejor época del personaje. El team-up con Superman que cierra el tomo arranca como “secuela” de ese maravilloso unitario, pero el guión no está a la altura, a pesar de que Wein se esfuerza por darle MUCHA chapa al muerto de Boston Brand.
Lo más raro que tienen estas historias es que Deadman se la pasa interactuando con gente que no lo ve ni lo oye… y sin embargo no para de hablar! Todo el tiempo mete bocadillos, comentarios muchas veces jocosos acerca de lo que dicen los otros personajes, que conversan entre ellos sin suponer que Deadman los está escuchando. ¿Para qué habla Deadman? ¿Para que lo “escuchemos” nosotros? La verdad que es una canchereada que capaz me cerraba si lo leía a los 11 años, pero hoy no me convenció. Como todo comic de los ´70, este tiene muchísimo más texto que un comic actual, pero no se sufre porque Wein maneja muy bien la prosa y los diálogos no suenan anquilosados.
A la hora de los dibujos, olvidemos rápidamente esas 34 páginas de Ric Estrada (entintadas de modo casi grotesco por Dick Giordano), para concentrarnos en los trabajos de un Jim Aparo muy sólido, muy comprometido, que realmente le ponía todo a cada episodio. Y que, lógicamente, se ve eclipsado por el exquisito García López, un virtuoso, un distinto, uno de los pocos que saben darle elegancia a la machaca entre tipos musculosos. Cuando lo entinta Giordano, se pierde un poquito de la impronta del ídolo. Pero cuando lo dejan entintar sus propios lápices, García López se va al carajo con escorzos a lo Neal Adams, expresiones faciales perfectas, composiciones que combinan la onda clásica de un Alex Raymond con ideas más arriesgadas y más modernas… una verdadera delicia para los ojos. Lástima el color, que respeta mucho al original de los ´70, obra de la nefasta Glynis Wein.
No hace falta que te diga que Deadman no es un superhéroe convencional, y que –fuera de los team-ups con Batman y Superman- acá hay historias bastante raras, bastante alejadas de los conceptos más habituales y más trillados del género. Si te gusta el personaje y no te querés quedar sólo con lo de Neal Adams, entrale a esto, que dentro de todo se la banca con bastante decoro aún hoy.

domingo, 9 de junio de 2013

09/ 06: STAR RAIDERS

Estamos en 1983, y DC lanza su línea de novelas gráficas (ya con ese rótulo), apuntadas en un principio a la ciencia-ficción, es decir, no tanto para competir con las novelas gráficas de Marvel (que estaban repletas de superhéroes), sino más bien con las revistas tipo Heavy Metal y Epic Illustrated.
No sé en 1983, pero hoy, Star Raiders adolesce de un guión definitivamente flojo. De todo lo que pasa en esas 64 páginas, lo único que me sorprendió, o me entusiasmó, o me pareció ingenioso, pasa dos páginas antes del final. En todo el resto de la obra, lo vemos a Elliot S! Maggin (guionista de Superman durante buena parte de la Verdul Age) transitar sin sobresaltos por toda una serie de lugares comunes, muy anclado en las convenciones de la ciencia ficción post-Star Wars. Hay machaca, hay combates épicos entre naves espaciales, hay una rebelión contra un imperio malo y poderoso... nada que resulte novedoso o atrapante para los lectores de hoy. Por ahí algún atisbo de diálogo más filoso, o algún chiste más o menos bien deslizado... No mucho más. Ah, sí... chivos subrepticios a Atari! Star Raiders era un juego de aquella precaria consola que tanto nos cebara a los pibes de principios de los ´80, y acá se dice varias veces la palabra “Atari Force”, que después sería el título de una serie regular de DC.
¿Qué salva a Star Raiders de irse al descenso? Sin dudas, el dibujo del maestro José Luis García López. Acá, además de sorprender con su incomparable talento para la anatomía, la perspectiva, la puesta en página, las expresiones faciales y el diseño de naves, armas y criaturas, el prócer del dibujo académico-realista nos detona las retinas con el color. Estas 64 páginas están realizadas por García López a color directo, con una técnica (obviamente manual) zarpadísima, que le da muchísimo protagonismo al color, aunque sin eclipsar al trabajo de la línea. El dibujo de García López coloreado por él mismo cobra tridimensionalidad, volumen y por momentos incluso un vuelo, una sofisticación impensable en las historietas que le masacraban por aquellos años los impresentables coloristas de los comic-books tradicionales. Se ve que este debe haber sido un desafío durísimo para el ídolo, porque después dijo “nunca más” y en los 30 años posteriores no lo vimos nunca colorear sus propios trabajos. Una lástima, porque esto tiene una belleza indescriptible. Acá vemos cómo, cuando a uno que sabe le dan los medios para irse a la mierda, salen maravillas. García López aprovecha a pleno las posibilidades de este formato más grande y más finoli que el tradicional, y responde con un despliegue de viñetas que amenaza con llevarse puestos los límites de la página, y por supuesto con la magia alucinante del color directo, irreproducible en el papel berreta de los comic-books de 1983.
Si te gusta el dibujo clásico de aventuras, ya sabés que no hay muchos artistas al nivel de García López. No los había en 1983, y mucho menos hoy. Con lo cual ni tiene sentido que te recomiende conseguir Star Raiders para hacerte pajas de fuego con los dibujos del maestro. Seguro ya la tenés, protegida con láminas de amianto. Y lamentablemente, no hay otros lectores a los que les pueda recomendar esto, porque el guión no tiene ni por asomo los méritos suficientes para dedicarle los 40 ó 45 minutos que requiere su lectura. Esto es 100% dibujo, un dibujo colosal, majestuoso por donde se lo mire, que rema solito contra un guión que más que pobre es indigente, y que –repito- si te gusta la estética clásica, te va a hacer infinitamente feliz.

viernes, 8 de febrero de 2013

08/ 02: ROAD TO PERDITION Vol.2

Road to Perdition es una excelente película dirigida por Sam Mendes, producida por Steven Spielberg y protagonizada por Tom Hanks, pero antes fue una excelente historieta escrita por Max Allan Collins y dibujada por Richard Piers Rayner. Cuando la peli se estrenó y resultó un éxito, Collins recibió luz verde de DC para continuar la saga, o en realidad para... algo muy raro. Esto no es exactamente una secuela, sino que el autor le agregó casi 300 páginas a la saga original. Casi 300 páginas que enganchan cerca del final de la primera novela, probablemente entre las páginas 262 y 263.
On the Road (que así se llama la no-secuela) se compone de tres arcos de 96 páginas, todos protagonizados por Michael O´Sullivan (apodado “el Angel de la Muerte”) y su hijito Mike. Juntos intentarán llegar vivos al pueblito de Perdition, a una granja en la que Mike va a estar a salvo de un montón de cosas muy heavies que le van a pasar a su padre, que cometió el pecado de confrontar con Frank Nitti y la familia Looney, capos de la mafia de Chicago y alrededores. Al mejor estilo Lone Wolf & Cub, padre de treinta y pico e hijo de nueve van a yirar por las polvorientas rutas del medio-oeste de los EEUU, sin quedarse nunca en ningún pueblo ni ciudad para no facilitarle el trabajo a los sicarios de Nitti y Looney que buscan al Angel de la Muerte para pasarlo a valores. O´Sullivan, el torpedo de la mafia irlandesa que mantiene los códigos y observa los ritos de la fe católica, no se limita a escapar: también les toca el culo a sus ex-jefes mediante asaltos sistemáticos a los pequeños bancos en los que la mafia de Chicago lava su dinero sucio. De modo que esta guerra (en la que el Angel perdió a su esposa y a su hijo menor) también le sale muy cara a la familia Looney y a Nitti, socio y mano derecha de Al Capone.
Max Allan Collins, consumado escritor de literatura policial y hard boiled, conoce de memoria la época de la Gran Depresión. Así, sin aburrir en ningún momento, explica la interna de la operatoria mafiosa, sus procedimientos, sus códigos, sus valores y lo más interesante: sus vinculaciones con el poder político. El protagonista es un personaje duro, recto, implacable en su sed de venganza, y a la vez lleno de matices, como el profundo amor por su familia, su compasión para con sus víctimas y su apego a los preceptos religiosos. Para estas tres “saguitas dentro de la saga mayor”, Collins también le da forma a los dos Jacks, un dúo de cazarrecompensas con personalidades bien trabajadas, a los que eclipsa bastante Queenie McQueen, un personaje supuestamente menor pero que cada vez que aparece se morfa la novela.
El segundo tramo de On The Road está dibujado por el gran Steve Lieber (además entintador del tercer tramo), aunque acá se luce menos que en otros trabajos, porque en vez de jugarse todo al claroscuro (que maneja con muchísima cancha) se esfuerza por acercarse al estilo de Piers Rayner, un demente que se especializa en meter rayitas y texturitas por todos lados. Piers Rayner es un virtuoso y Lieber no, por eso el resultado, sin ser horrendo ni mucho menos, no tiene el nivel de las otras obras de Lieber y por supuesto ni se acerca al de la saga original.
Bajo las tintas de Lieber en el tercer tramo y bajo las de Joe Rubinstein en el primero tenemos al prócer, al genio, al ídolo, al inconmensurable José Luis García López, de quien –en más de 37 meses de blog- nunca había reseñado más que su participación en Legacies. Con cualquiera de los dos entintadores, el estilo de García López (referente indiscutido a nivel mundial del dibujo académico-realista) se luce a full. Sus increíbles expresiones faciales, su perfecta integración de la referencia fotográfica, la elegancia y el dinamismo de sus cuerpos en movimiento, su narrativa cristalina y efectiva... todo ostenta sublime majestad. Como el libro se edita en formato pequeño (20,5 x 14) García López no dibuja nunca más de cuatro viñetas por página y en cada una pone todo. Por si faltara algo, esto se publica en blanco y negro, o sea que no existe el riesgo de que un colorista choto estropee el trabajo del maestro. Obviamente, cuanto más miro estas páginas más quiero leer TODAS las obras de García López en blanco y negro (bueno, Twilight capaz que no).
Si nunca leiste Road to Perdition (la original), leela ya, que es grandiosa. Y la no-secuela, si bien no tiene la tensión de la original (porque sabés cómo van a terminar O´Sullivan, su hijo, Connor Looney y demás) está repleta de momentos espectaculares y dibujada en un 66% por un monstruo sacrosanto, de esos a los que hay que comprarles TODO lo que publican. Collins condimenta una tremenda historia de traición, venganza y redención con gangsters, prostitutas, timba, jazz, violencia, pólvora y una ambientación histórica cuidadísima. Ni los nombres más talentosos de Hollywood pueden reproducir tanta gloria.