el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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martes, 10 de enero de 2023

MARTES AL MEDIODÍA

Me hubiese encantado postear estas reseñas ayer o anteayer, pero bueno, pasaron cosas... Volví a leer el principio de Monster, de Naoki Urasawa, que conocía gracias a la fracasada y lamentable experiencia de LARP. Y me acordaba casi todo, lo cual es muy raro. De nuevo, al terminar las primeras 200 páginas pensé "¿en serio esto es una serie de más de 3500 páginas? ¿Para qué, si con esto, con mínimos ajustes en el final, tenías un tomo unitario perfecto?". Pero claro, faltaba resolver lo de la hermana gemela de Johan, lo cual ocupa el centro de la escena en las 160 páginas siguientes. De nuevo, con mínimos cambios en el final, la trama se podría haber resuelto de manera categórica, potente y muy satisfactoria, y dejado todo ahí, en 360 páginas de gloria infinita. Sin embargo a Urasawa se le ocurre cómo seguir la historia y las últimas 40 páginas del tomo nos adelantan para dónde va a ir la cosa: el Dr. Tenma va a invertir los roles y se va a convertir en el cazador implacable decidido a hacer lo que haga falta para ponerle fin a los crímenes de Johan, el pibe al que él mismo le salvó la vida nueve años atrás. Nada de esto hacía falta, pero confío en que Urasawa se las va a ingeniar para que el conflicto gane espesor, y el suspenso nos tenga atrapados hasta el final de la obra. En el medio hay un misterio interesante, que es cómo corno Johan se convirtió en el asesino perfecto. También hay cierta ambigüedad en la forma en que Anna/ Nina narra su versión de los trágicos hechos que acabaron con la muerte de sus padres, así que seguramente habrá revelaciones por ese lado. Y lo que menos me interesa es el plot de "la policía cree que Tenma es el autor de los asesinatos", algo que se vuelve irrelevante porque a los lectores nunca nos quedan dudas de que Tenma es inocente. Esto le va a servir (digo yo) a Urasawa para meterle tensión a la trama, porque Tenma, además de perseguir a Johan, va a tener que escaparse una y mil veces de las autoridades. Y cada vez que eso pase, yo voy a bostezar. De nuevo, confío en que Urasawa le de vueltas de tuerca sorprendentes y novedosas a este planteo argumental, que introduzca nuevos personajes, nuevos conflictos... lo mismo que le veo hacer tomo a tomo en 20th Century Boys. El dibujo está casi a ese mismo nivel inverosímil que disfrutamos en la otra obra del ídolo que publica (de vez en cuando) Ivrea, con esa expresividad en cuerpos y rostros que potencian a full el dramatismo de la puesta en escena y de los diálogos. Las páginas a color son preciosas y si bien el ritmo es lento, y por momentos exasperante, está todo pensado para atrapar al lector y asfixiarlo con lo jodido de lo que sucede y con la forma de mostrarlo. Por cómo está narrada, Monster parece una serie de TV de las de ahora, pero Urasawa la dibujó en la segunda mitad de los ´90, o sea que estaba muy adelantado a su época. Disfrutémoslo y roguemos para que nunca falten obras de Naoki Urasawa en el mercado local.
Me voy a 2008, cuando una editorial británica y una canadiense co-producen una adaptación al comic (la enésima) de Strange Case of Dr. Jekyll and Mr. Hyde, el clásico de Robert Louis Stevenson que aún hoy ejerce una fascinación (sumamente entendible) en autores y lectores de todo el mundo. Esta vez, los encargados de contar en imágenes la desgarradora historia de Jekyll y Hyde son nada menos que el inolvidable Alan Grant y el siempre sólido Cam Kennedy. Se trata de un trabajo sobrio, sin excesos, donde se nota que ambos autores se esfuerzan por no irse a la mierda con el gore, ni con lo grotesco de las situaciones imaginadas por Stevenson. Los textos de la Bruja respetan a rajatabla los del relato original, como si el guionista quisiera permanecer oculto, convencernos de que no estamos leyendo a Grant, sino a Stevenson. Son pocas las escenas con mucho diálogo o muchos bloques de texto, con lo cual hay espacio para que Kennedy se luzca a full, en un estilo que remite enseguida a Carlos Ezquerra y con puestas en página que alternan entre las más tradicionales y algunas más arriesgadas. El color de Jamie Grant (el mismo de clásicos como All-Star Superman, por ejemplo) es maravilloso y se complemente a la perfección con la línea de Kennedy. No tiene sentido hablar del argumento porque es, ni más ni menos, el mismo que escribió Stevenson en 1886. Simplemente subrayar que la historia está muy bien llevada, que al toque Grant y Kennedy te meten en esa Inglaterra de fines del Siglo XIX y que, si no conocés la historia (lo dudo, pero bue...), el misterio se devela recién al final, cuando la tensión ya te dejó al borde del abismo. El libro tiene apenas 40 páginas de historieta, pero si sos fan de Cam Kennedy, o de la querida Bruja Grant, o de este tremendo relato de Stevenson, vale la pena conseguirlo y atesorarlo. Nada más, por hoy. Ni bien pueda, vuelvo a la carga con nuevas reseñas, acá en el blog. Y si quieren leer más, hay un montón de notas magníficas en el nuevo número de Comiqueando Digital, que se puede descargar por muy poquita plata en https://comiqueandoshop.blogspot.com/. Gracias y hasta pronto.

sábado, 20 de febrero de 2021

14 al 20 de FEBRERO

Nueva tanda de reseñas, y esta vez se me juntaron historietas de tres personajes icónicos del Noveno Arte. Me regalaron el Vol.30 del coleccionable de Nippur, ese que yo leía de prestado, gracias a mi hermano que había comprado hasta el Vol.28. Con un mínimo saltito en el medio, retomé la lectura de este clásico de Robin Wood, ahora con episodios del año 1980, todos muy tristes, muy bajoneros, en los que Nippur pierde hasta cuando gana. Los guiones transmiten una sensación de derrota, de desolación, de gran oscuridad. Y eso se refleja muy bien en la prosa de Wood que, como siempre, cobra vuelo en los bloques de texto. Al respecto de esto, dos curiosidades: la sexta aventura empieza con bloques narrados en off por Netpaht, por supuesto en primera persona, pero para la última página, el texto pasa a manos de un narrador omnisciente que relata en tercera persona. Y en la séptima historia, pasa algo similar, pero al revés: en las primeras dos páginas leemos textos a cargo de un narrador omnisciente, y de golpe empieza a narrar el propio Nippur en primera persona. Nada, me llamó mucho la atención, por eso lo comento. En cuanto a las tramas, creo que las mejores son la cuarta, la quinta y la séptima, la historia con la que cierra el tomo, en la que Robin parece urdir el inicio de una saga ambiciosa. La cuarta recordaba haberla leído de pibe, y me había impactado el mensaje, pero sobre todo el nivel de violencia. Es la única historieta de este tomo dibujada por Jorge Zaffino, y acá ya se ve un poquito más de lo que años más tarde va a ser el estilo definitivo de este monstruo sagrado, acá todavía muy pegado a la línea de Ricardo Villagrán. El propio Villagrán dibuja los seis episodios restantes, con su trazo elegante, con la influencia siempre presente de Harold Foster y una generosa variedad de enfoques. Por supuesto, tanto Villagrán como Zaffino se fuman muchas páginas de nueve y diez viñetas, a veces muy cargadas de texto, pero las pilotean con bastante decoro y además el color no les clava ninguna puñalada trapera. En ese rubro, este tomo es bastante mejor que los anteriores. No estoy como para retomar en serio la colección de Nippur donde la dejó mi hermano, pero si aparece el Vol.29 por ahí, seguro lo compro para completar el huequito que quedó.
Me voy a EEUU, a leer un voluminoso TPB de 320 páginas, que recopila unos cuantos números (y un Annual) de Shadow of the Bat, todo escrito por Alan Grant. Algo de esto había leído en su momento, y me acuerdo lo mucho que odié toda esa etapa de KnightQuest y demás secuelas de KnightFall, con Azrael disfrazado de Batman, en esas historias ultraviolentas y amargas al extremo del vómito. Esta vez las volví a padecer, pero algo pude rescatar. El episodio autoconclusivo que dibuja Vince Giarrano, en el que la Bruja Grant se mete con el tema recontra-áspero de la compra-venta de bebés, me pareció muy logrado. Hasta me gustó el dibujo de Giarrano, que habitualmente me resulta detestable. Los dos numeritos con la historia de los Clayface que forman una familia tienen un pibe, giran en torno a una idea interesante, pero el conflicto, lo que inventa Grant para que haya acción y peleas, es medio pelotudo. El número que engancha con Zero Hour es un bochorno, el número cero sólo zafa por algunos apuntes copados que tira Grant en los flashbacks, y el tomo cierra con una obra maestra, el Annual de Elseworlds. No te digo que esas 56 páginas rediman todo el dolor y la desolación que te inglige el resto del libro, pero The Tyrant es de esas historias definitivas de Alan Grant, repleta de bajada ideológica, ideas osadas, la posibilidad que dan los Elseworlds de llevar la trama hacia un final para nada obvio, y además la cuota habitual de machaca y buenos diálogos. El dibujo es desparejo, pero todo el tramo dibujado por Joe Staton y entintado por nuestro compatriota Horacio Ottolini se ve realmente MUY bien. El dibujante de casi todo el tomo es Bret Blevins, acá bastante alejado de ese trazo sutil (y por momentos incluso emotivo) que nos mostrara en sus primeros años en Marvel. Este es un Blevins que no resigna su plasticidad ni su dinamismo, pero que exagera al punto del grotesco la violencia, la acción y cualquier recurso que le sirva para sugerir que los personajes son todos muy heavies, muy jodidos y están muy enojados. No puedo decir que esté mal dibujado, ni mucho menos, pero obviamente me gusta mil veces más el Blevins de New Mutants, o de la graphic novel de los Inhumans. En síntesis, me parece que Alan Grant es, fue y será un gran guionista para Batman, pero justo esta etapa, lastrada por sagas grandilocuentes como las secuelas de KnightFall y Zero Hour, no es el mejor momento para disfrutar del talento del otro gran guionista escocés. Me guardo el Annual (tengo la revistita desde 1994) y el TPB lo regalo.
Finalmente, le di otra oportunidad a Astérix y los Pictos, un álbum que leí en digital en 2013, ni bien se publicó, y nunca reseñé acá en el blog, porque en el blog no hablo de las cosas que leo en digital. En aquel momento, este primer intento de Jean-Yves Ferri y Didier Conrad por recuperar la magia de esta serie emblemática me había parecido un fracaso, mucho más cercano a los álbumes chotos de Albert Uderzo como solista que a la época dorada de René Goscinny. Esta vez me pareció lo mismo. Por ahí valoré un poco más el esfuerzo de Ferri por remar desde el guion las falencias del argumento. Chistes, guiños, juegos de palabras, todas esas sutiles referencias al rock & roll de las islas británicas… Eso me causó una cierta gracia, en medio del embole soso y predecible que me resultó la trama. Por suerte Ferri se iba a reivindicar con su segundo álbum, que hasta ahora es el mejor de los creados por esta nueva dupla autoral. Del dibujo de Conrad no voy a hablar, porque no tengo nada para agregar a lo ya expresado en la reseña de El Papiro del César (publicada acá el 22/08/17). La conclusión es que se tacha a Astérix y los Pictos de la lista de álbumes del héroe galo que cada tanto ameritan una relectura. Y así se termina este encuentro semanal. Retomamos el finde que viene, con nuevas reseñas, acá en el blog. Gracias por el aguante y a estar atent@s, que se vienen novedades grossas.

jueves, 19 de enero de 2017

UNA LARGA Y DOS CORTAS

¿Qué hacés, Batman, tanto tiempo…? Volví a leer algo de Batman, en este caso un TPB que reúne tres arcos argumentales originalmente aparecidos en la revista Legends of the Dark Knight, uno del ´95, uno del ´96 y uno del ´97.
Para respetar el orden en el que salieron en la revista, el TPB arranca con Werewolf, un arco escrito por James Robinson, sumamente estirado. Son 75 páginas dedicadas a una trama que se podría haber desarrollado tranquilamente en 48 y que ni siquiera es muy interesante. Por ahí hay climas logrados, algún diálogo, pero en general está MUY por debajo de Blades, aquella memorable participación de Robinson en LOTDK. El dibujo es de John Watkiss, artista al que uno habitualmente asocia con el aburrimiento, y los más flojitos de estómago, a la náusea. Acá se nota la intención de Watkiss de dibujar y narrar bien, pero no lo logra. Intuyo que el dibujo se vería mejor en blanco y negro, pero no lo puedo afirmar categóricamente.
El segundo arco tiene un equipazo: guión de Warren Ellis, dibujos de John McCrea. Pero es de 1996, acá Ellis todavía no había explotado ni en StormWatch ni en Transmetropolitan y la saguita, si bien tiene un par de ideas buenas, no entra ni en pedo a un Top Ten de obras del inglés, ni de arcos de LOTDK. Lo mejor es el final, las últimas tres páginas, donde Ellis pone arriba de la mesa el dilema ético que subyace en toda la historia. El dibujo de McCrea es adusto, intenso y está siempre agazapado, a la espera del momento justo para impactar.
Y el tercer y último arco está a cargo de una dupla que ya jugaba de memoria: Alan Grant y Quique Alcatena, creo que en su primera visita conjunta a Gotham. El guión de la Bruja no es gran cosa: lo salvan algunos diálogos exquisitos de Alfred (¿quién si no?) y el buen aprovechamiento del hecho de que esta aventura transcurre durante el primer mes de Bruce Wayne como Batman, cuando todavía estaba muy verde. El resto, muy de manual, muy predecible. El dibujo de Alcatena, glorioso como siempre, con el atractivo extra de verlo dibujar lo que rara vez dibuja en sus historietas de corte más fantástico: callejones, tugurios, cloacas y una versión todavía muy primitiva de la Batcave. Todo esto con un ritmo y una puesta en página que no tienen nada que ver con los de sus trabajos para Italia. Como era de esperar, la magia de Quique le levanta el puntaje general al libro, que dentro de todo, aprueba dignamente.
Me voy a Inglaterra, donde en 1989 a algún transtornado se le ocurre editar como un álbum de tapa dura, a todo culo y en formato pequeño (24.5 x 16.5) dos historietas muy cortas del maestro francés Serge Clerc. Sam Bronx and the Robots y Murder in Megaville son relatos breves, en el mismo mundo y con los mismos personajes, y tuve que buscar páginas de las historietas en francés para convencerme de que Clerc las dibujó así, de a dos viñetas por página, porque pareciera un remontaje bizarro de una historieta planteada de modo más tradicional. Pero no, la bizarreada se la mandó Clerc, que decidió narrar historias en 32 y 18 viñetas, respectivamente, en las que la puesta en página está supeditada a la elección del formato (una viñeta arriba y otra abajo) y donde el dibujo se luce muchísimo. Pasan muy poquitas cosas, el desarrollo argumental es mínimo… pero ves esa línea, esos trazos, esas masas de negro, esas tramas mecánicas, esos fondos, esas líneas cinéticas… y nada te importa una chota. Es Clerc dibujando con todas las pilas y eso recontra-alcanza y recontra-sobra.
Y termino con la edición argentina de Del Otro Lado, del español Linhart, alq ue alguna vez nos cruzamos en alguna antología. Los tres episodios de Del Otro Lado son formidables: es una serie que narra las no-aventuras de Pablo Picasso, John Lennon, Albert Einstein, Lenin y Elvis Presley en una especie de limbo, un purgatorio extraño y sombrío. Linhart no sólo descolla en la gráfica, sino que tira muchísimas ideas y reflexiones geniales. Pero la serie llegó sólo hasta el tercer episodio (lejos el mejor) y el resto del tomo se completa con historias cortas, sin personajes recurrentes. Acá hay climas que remiten a Franz Kafka (también homenajes explícitos), conceptos dignos de Sigmund Freud y algunos achacos medio alevosos a Charles Burns. El nivel de los guiones, en estas historias autocionclusivas es muy desparejo. Algunas, de hecho, parecen estar hechas sin guión, así, al voleo. Pero bueno, de última siempre garpa el dibujo, que es inquietante, sugestivo y se apoya en una destreza técnica poco frecuente.
No me queda un choto sin leer, así que vuelvo cuando se me acumulen algunas lecturas. Será hasta entonces…

viernes, 23 de diciembre de 2016

ARRANCÓ EL VERANO

Sin más prolegómenos, vamos con la reseña que debía, la del Vol.4 de Wonder Woman de George Pérez.
De nuevo, lo más asombroso es lo poco que pasa. Las páginas y páginas en las que Pérez se dedica a desarrollar personajes simplemente a través de diálogos, o de escenas en las que suceden cosas casi cotidianas, en las que no está en juego la vida de nadie. Acá la gente vive vidas normales (incluso cuando son amazonas), cuenta historias, conversa, reza, rosquea, indaga en sus sentimientos… muy raro para un comic de superhéroes, pero muy lindo. La muerte de Mindy Mayer se explica en un unitario exquisito, con giros impredecibles y un mensaje muy potente. Después vienen varios números muy tranqui, y de a poco, a través del personaje de Hermes, Pérez se propone explorar a fondo la brecha entre dioses y humanos. Pero evidentemente alguien “de arriba” le debe haber parado el carro y el último episodio del libro es, básicamente, un combate a todo o nada con dos villanos y un monstruo vinculados a la mitología griega.
El dibujo, lamentablemente, derrapa mal. Los episodios en los que Bob McLeod entinta a Pérez casi zafan, pero ya para el final, el dibujo parece ser obra de un clon muy choto del ídolo. Por suerte en el libro viene el Annual 1, donde dibujan breves secuencias bestias de la talla de Arthur Adams, John Bolton y José Luis García López, como para que la faz gráfica no se hunda tan rápido ni tan profundo. Si existiera el Vol.5, ahí sí, estaríamos hablando de un dibujo que se precipita a una fosa séptica de la mano (o los muñones, no sé) del abominable Chris Marrinan, responsable de que miles y miles de personas hayan dejado de comprar esta serie. Tengo muchísimo más para decir sobre la etapa de Pérez en Wonder Woman, pero bueno, hasta acá llegamos, por ahora.
Me voy a Inglaterra, unos añitos antes, a 1984, cuando en las páginas de la 2000 A.D. los maestros John Wagner y Alan Grant empiezan a desarrollar (en episodios muy breves) un spin-off de Judge Dredd en el que una caravana de colonos intenta cruzar la Tierra Maldita (Estados Unidos) para llegar de la caótica y violenta Mega-City One a los Nuevos Territorios, donde –si llegan- van a poder vivir en paz. La saga se llamó HellTrekkers y es un festival de violencia y mala leche, con una idea grossa (la que acabo de citar) estirada hasta el infinito. La gracia parece ser que Grant y Wagner nos muestren cómo van muriendo cada uno de estos 111 desesperados, incluso cuando llegan a darles tan poco relieve, que nos importa un carajo si sobreviven o no. Obviamente algunos lograrán sortear todos esos peligros para llegar a la meta, y a medida que se achica el elenco, habrá espacio para que algunos personajes se luzcan un poco más y nos caigan mejor, o peor. Pero la verdad es que, a nivel guión, no hay grandes hallazgos.
El motivo central para amar a HellTrekkers es, claramente, el dibujo. Las primeras cinco páginas son una cátedra del prócer español José Ortiz. Y todo el resto lo dibuja el maestro Horacio Lalia, en un nivel impresionante. No sólo porque después de años de dibujar terror salta de taquito a la ciencia-ficción post-holocausto, sino por la fuerza que le pone a cada trazo y la onda que despliega en la puesta en página, muy osada para lo que se veía en esa época en las antologías argentinas. Este es un Lalia distinto, más jugado al impacto que a los climas, y es realmente alucinante. Lástima que al achicar las páginas para encajarlas en el formato de 15.5 x 22 cm, el dibujo se luce menos y la tipografía se vuelve casi microscópica. Además, como la caja de la 2000 A.D. es mucho más cuadrada, quedan guardas blancas MUY prominentes arriba y abajo de cada plancha del maestro Lalia. Más allá de estos detalles, HellTrekkers nos da la posibilidad de cubrir un poco ese bache de seis o siete años en los que Lalia prácticamente dejó de publicar en Argentina, con un trabajo en el que el co-creador de Nekrodamus dejó el alma. Y además siempre está bueno que se publique en Sudamérica material de la 2000 A.D., que acá se conoce muy poco.
Tengo leído un libro más, pero estas dos reseñas quedaron un toque largas. Me lo guardo, y prometo para el domingo otro post con dos o tres reseñas, ya en la recta final rumbo a 2017.

sábado, 4 de mayo de 2013

04/ 05: JUDGE DREDD: DREDD vs. DEATH

Me quedo en Europa, pero retrocedo en el tiempo hasta 1978, cuando en una muy incipiente (pero ya exitosa) revista 2000 A.D. aparece un dibujante de inverosímil virtuosismo, un ícono definitivo del estilo académico-realista: el maestro Brian Bolland, quien le dará al Judge Dredd, el personaje más popular del semanario, sus primeros clásicos realmente relevantes. Las dos saguitas contra el Judge Death que dan título al libro no son lo primero que dibuja Bolland del personaje: su debut llega con un puñado de unitarios escritos por John Wagner (co-creador del Juez), y que repasamos a continuación.
The First Lunar Olympics y su secuela, War Games, comparten un mismo problema: demasiadas ideas sobre la mesa para historietas que deben resolverse en seis míseras páginas. Wagner desaprovecha conceptos, tira a la marchanta elementos muy interesantes que jamás podrá desarrollar en un espacio tan acotado, y eso es una verdadera pena. The Oxygen Board, con menos pretensiones y una paginita más, es un excelente unitario de ciencia-ficción, en el que el rol de Dredd es mínimo, pero donde se ve una buena idea muy bien ejecutada, con pequeñas pinceladas de caracterización para los “malos” y un final fuerte y sorprendente.
En The Face-Change Crimes, Wagner y Bolland cuentan otra vez con 7 páginas para desarrollar una historia y cumplen sin sobresaltos, a pesar de que la idea no es tan buena como en el unitario anterior. En el siguiente, The Fog, volvemos al principio: un argumento que daba para 24 páginas, comprimido en 6 y con sabor a poco. Le sigue The Forever Crime, también con ideas que daban... no sé si para 24, pero seguro para 12 páginas, muy comprimidas en 6. Y cerramos con Punks Rule!, otra historia que, al resolverse en 6 páginas, simplifica groseramente un argumento interesante y hace que Dredd liquide demasiado rápido a una amenaza que en las primeras páginas parecía mucho más grossa.
Pero vamos con Judge Death, una saga de 1980 a la que Wagner logra extender a... 15 páginas! Son tres episodios, pero de cinco páginas cada uno! Man, estás por presentarnos a un villano fundamental, al enemigo más grosso de Dredd, ¿y le dedicás 15 páginas?!? ¿En 15 páginas tenemos que conocer al villano, tenerle miedo, verlo capaz de ganarle al héroe y además verlo perder, y nos tiene que cerrar? No da ni ahí la cuenta, y menos cuando Wagner introduce en ese mismo arco a la Jueza Anderson, quien también se convertiría en un personaje recurrente en esta serie y hasta en protagonista de sus propias aventuras.
Al año siguiente, Wagner y Bolland deciden reunirse para una secuela, Death Lives!, y suman a un segundo guionista, el querido Alan “la Bruja” Grant. Esta vez, Judge Death no viene solo, sino con otros tres jueces de la dimensión oscura. ¿Dredd y Anderson contra cuatro criaturas monstruosas e hiper-poderosas en sólo 15 páginas? No, esta vez tenemos 30! Y una aventura bastante mejor planteada, con mucho desarrollo para Anderson, con escenas que meten miedo de verdad, y un final en el que –una vez más- Dredd resuelve todo con demasiada facilidad.
De todos modos, esto podría no tener guiones, o estar peor escrito que la más nefasta parodia porno de Sailor Moon, y aun así le sobraría chapa para ser considerado un clásico, simplemente por lo que pela Bolland en el dibujo. Varios años antes de que el maestro Len Wein lo sedujera (y en una de esas, abdujera) para sumarlo a las filas de DC, el dibujante británico ya daba unas cátedras memorables en estas breves y descontroladas historias. A sus anchas en el blanco y negro, la pluma de Bolland derrochaba sabiduría y talento en la creación de climas, en la acción, en las expresiones faciales, en los detalles de ropas, peinados y fondos y en la elección de los ángulos. Ya desde los primeros unitarios vemos planificaciones de página zarpadas y efectivas, y un gran equilibrio entre blancos y negros, respaldado por un muy buen criterio para aplicar las tramas mecánicas. Imposible quejarse porque Bolland dibujaba (de vez en cuando) seis páginas por semana, cuando cada viñeta tiene el laburo que le puso el prócer a cada una de estas.
De las 90 páginas de historieta que ofrece este libro, ponele que haya buenos guiones en la mitad y que el resto te deje con la incómoda sensación de que te están mezquinando algo. Por suerte, Bolland no mezquina absolutamente nada, sino que despilfarra imágenes majestuosas a lo largo de todo el libro: sagas, unitarios y portadas de la 2000 A.D., que se reproducen al fondo del recopilatorio. Si sos fan del maestro, seguro ya te tragaste sapos peores por seguirlo a todas partes. Y si sos fan de Judge Dredd, bueno, ojalá pronto se encuentre la cura para esa enfermedad. Mientras tanto, podés vivir de glorias pasadas (algo entiendo de eso, por ser hincha de Racing) y releer hasta el hartazgo estas cuasi-perlitas de Wagner, Grant y Bolland, que si bien llegarían más alto en otros trabajos, acá pusieron todo.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

14/ 09: LOBO/ MASK


Eeeehhh!!! Kilombooooo!! Descontroooooool! Estos dos libritos prestige de 1997 proponen eso, y no mucho más que eso. Violencia, destrucción y masacres. Pero en joda, eh? The Mask siempre fue el abanderado de lo que los yankis llaman “cartoon violence” y Lobo, bueno… nunca se quedó atrás en ninguna disciplina que incluya el concepto de violencia. Además, como los dos se regeneran en dos viñetas, vale acribillarlos con munición de grueso calibre, mutilarlos, trozarlos, lo que quieras. Al toque van a aparecer de nuevo enteros y armados hasta los dientes, para seguir el combate (o la matanza) en cuestión.
El argumento que proponen Alan Grant y John Arcudi (los guionistas más identificados con cada uno de los personajes) parece sencillo, pero para el final pela un vericueto muy ingenioso, que lo aparta de la obviedad fácil de “mirá cómo matamos a mucha gente”. Apenitas, de modo no muy evidente, sobra The Mask. Esta historia se podría haber contado, con un par de modificaciones, sólo con el Capo. Pero el verdolaga aporta buenas dosis de humor, entra bien en el juego de Lobo y, en el segundo tomito, pasa lo que vos y yo queríamos que pasara: Lobo se pone la máscara! Y ahí agarrate. Si te parecía que los comics del último czarniano estaban demasiado plagados de atrocidades, te cuento que al lado de este, todos los demás se podrían publicar en la Jardincito. Las 24 páginas en las que Lobo usa la máscara son una orgía de sangre, muerte y destrucción a niveles cósmicos. Ya quisiera Thanos boletear a la cantidad de alienígenas que boletea Lobo en esas secuencias, excesivas por donde se las mire.
Tanto Grant como Arcudi son intachables a la hora de meter chistes zarpados en sus historietas, y esta no iba a ser la excepción. Así que preparate para reirte bastante y bastante seguido. Por supuesto, esto se podría haber narrado en mucho menos de 96 páginas, pero los autores estiran –además de con esos diálogos divertidos- con escenas de lucha totalmente pasadas de rosca, muy al límite, obviamente también pensadas para hacerte cagar de risa. O sea que si no te produce rechazo la machaca por la machaca misma, ni el grotesco por el grotesco mismo, este bizarro team-up no se te va a hacer denso en ningún momento.
Parte del atractivo, de la gracia de la historieta, es el dibujo de Doug Mahnke, que creo que para 1997 nunca había dibujado a Lobo, pero que era –claramente- el mejor dibujante que hubiera pasado por los comics de The Mask. En esa época Mahnke ya estaba en DC, pero en la oscura (e injustamente fracasada) Major Bummer, a años luz de los títulos hiper-hot que le dan ahora, que es un mega-consagrado. Y acá, además de dibujar (como siempre) al mejor Mask de todos los tiempos, dibuja a un Lobo imponente, recontra-expresivo, bien salvaje. Y además se luce con los fondos, con los aliens, con las armas, con las naves, con las tripas, y por supuesto, con las lenguas. Mahnke debe ser el mejor dibujante de lenguas sobre la faz de la Tierra, y desde acá hago público mi voto para que (en vez de esas boludeces de Green Lantern) dibuje pronto una buena historieta porno, con muchas chupadas de lo que venga. Las tintas de Keith Wiliams le dan al dibujo de Mahnke ese acabado complejo, barroco, sobrecargado de detallitos, casi cerca de un Geoff Darrow, y el colorista –pobrecito- apenas cumple con lo indispensable.
Esto es –como diría Micky Vainilla- pop para divertirse. No esperes nada demasiado jugado por el lado de la reflexión, ni de la originalidad, ni de nada. Lobo/ Mask funciona por el lado del exceso, del zarpe, de la transgresión en materia de violencia extrema, a todo o nada, en obscena (pero atractiva) connivencia con el humor. No hay mucho más sustento que ese (bueno, sí, los dibujos de Mahnke, que te devastan el bocho) y por eso no es extraño que estos personajes, otrora sumamente populares, hoy coman banco de suplentes, junto a tantos otros ultraviolentos que supieron inundar de machaca virulenta al olvidable mainstream de los ´90.

jueves, 1 de abril de 2010

01/ 04: LOBO: PORTRAIT OF A BASTICH


Este libro (otro hallazgo de mesa de saldos, esta vez detectado con ojo clínico por Fede “Freak” Velasco en pleno Animatate) no es otra cosa que una reedición en un sólo tomo de las dos primeras minis del Capo: The Last Czarnian y Lobo´s Back. Acá fue donde Lobo se convirtió en todo un símbolo de una época, en un paradigma perfecto de todo lo que el comic de superhéroes tradicional NO PUEDE aceptar bajo ningún concepto.
Creado en 1983 por Roger Slifer y Keith Giffen, el personaje cuaja recién en 1990 cuando este último forma equipo con dos británicos, Alan “la Bruja” Grant y Simon “la Bestia” Bisley. Ese encuentro es también el encuentro entre las dos grandes ramas de renovación del género superheroico que estallan a partir de Watchmen y Dark Knight. Los británicos (con el Marshall Law de Pat Mills y Kevin O'Neill a la cabeza) exploraron más la vertiente deconstructivista, que es la que despoja al superhéroe de sus rasgos más glamorosos para quedarse con lo más básico y lo que -para la propia cultura inglesa- resulta más amenazante: el cana facho, violento, descerebrado y dispuesto a pisotear los derechos de cualquiera en pos de lo que cree correcto. Giffen, por su parte, lideró la vertiente costumbrista, es decir, el intento de enfatizar el lado humano del superhéroe, su faceta de "tipo que mira tele, toma birra con los amigos, sufre para llegar a fin de mes y se gana minas muy de vez en cuando". Y Lobo es el producto del cruce entre ambas, la fusión en un único personaje de los presupuestos "El héroe es un facho peligroso con cero respeto por la vida humana" y "El héroe es un tipo jodón, kilombero y medio ganso como cualquiera de nosotros".
Lo de “héroe”, por supuesto, entendido en un sentido laxo del término, porque empezamos por aclarar que el Capo es todo lo que el comic de superhéroes tradicional NO PUEDE aceptar. Y las reacciones a Lobo fueron, básicamente, dos. Una, obvia, inmediata y miope, fue la de Image. Los chicos no entendieron que Lobo era una ironía y lo tomaron como modelo: puteadas, chumbos gigantescos, mucha sangre, diálogos con mínima elaboración, machismo extremo, cero énfasis en la historia, el pasado y las motivaciones del protagonista, pocos o ningún personaje secundario interesante... todo eso era fácil de hacer, y hacia allí fueron toneladas de comics de Image y sus imitadores. En el camino se perdió el mensaje, disimulado tras la fina ironía británica y que era, básicamente, "Ser como Lobo está mal". Como Lobo vendía, ser como Lobo estaba bien.
La otra reacción tardó un poco más, y provino de los autores que sí entendieron el mensaje. Para ellos, un Lobo era tolerable, pero una industria basada en clones de Lobo, Punisher y Wolverine, seguro que no. Lobo estaba mal y había que redescubrir aquello que estaba bien. Esa es la consigna de los Neo-Tradicionalistas, un movimiento que tuvo a Kurt Busiek y Mark Waid como referentes centrales. Si leiste Marvels, o Kingdom Come, el mensaje es claro: tratemos de redescubrir qué es lo que nos hacía maravillarnos con los superhéroes cuando los conocimos. Seguramente no era que mataban gente cagados de risa, ni que se excitaban los unos a los otros con esos trajecitos ajustados. Había otras cosas, otras sensaciones, y hacia ahí se encamina esta búsqueda.
O sea que si flasheaste con Kingdom Come o si lanzaste con Bloodwulf, el culpable es uno sólo: Lobo. Y este libro, con el que te vas a mear de risa y cuyas imágenes salvajes y alucinantes te van a dejar el cerebro como un plato de mondongo recién vomitado por el Ogro Fabbiani, es el puntapié inicial de ese delirio de violencia festiva y guarrada de alto vuelo. Después, toooodo lo demás, tooooda esa bola que se armó alrededor de Lobo, toooodas esas historietas de Lobo mil veces más light que esta, se pueden discutir, o incluso ningunear o basurear. Pero lo que hacen Giffen, la Bruja y la Bestia en estas dos sagas es un laburo fundacional, para figurar ya no entre los greatest hits de los ´90, sino entre los libros de historia de la historieta. Frag ya!

domingo, 3 de enero de 2010

03/ 01: THE DEAD Vol.1


Bueno, tras ese bizarro flashback a 1949, vuelvo a 2009.
Jamás entendí la gracia de los zombies. En una de esas porque no consumo películas de terror desde los ´80. Pero lo cierto es que los zombies están muy de moda y –por esas cosas del destino- hace poco me leí entera una enciclopedia de cine de zombies del escritor y guionista argentino Luciano Saracino. Con toda esa bola de conocimiento teórico encima, me mandé a la práctica y cacé el Previews decidido a pedirme un comic de zombies que pareciera pulenta. Había muchísimos y opté por dos viejos amigos que rara vez defraudan: Alan “la Bruja” Grant y Simon “la Bestia” Bisley tienen su serie de zombies en la editorial Berserker y su primer recopilatorio (Kingdom of Flies) acaba de salir en EEUU.
La historia es la típica: un grupo de humanos resiste el embate de miles de zombies, en una ciudad plagada de muertos vivos. Acá se trata de una dotación de bomberos, a los que con el correr de las páginas se suman dos milicos y (supongo que por pedido de Bisley) una pandilla de motoqueros heavy metal. Y están todos los elementos que –dicen los que saben- le otorgan chapa de clásico a las pelis de zombies: tripas, sangre, decapitaciones, desmembramientos, algo de sátira social, algo de humor negro y un buen par de tetas al aire. Por supuesto, Grant y Biz se zarpan con el humor negro, que es y será su fuerte, y con el gore sanguinoliento, una especialidad de la Bestia.
La principal cagada es que el guión no sorprende. Simplemente ves cómo mueren de a uno los secundarios y –cada tanto- algún protagonista. El desarrollo de personajes está y funciona, o sea que cada muerte provoca un impacto más allá de las tripas y la sangre. Y está lleno de chistes buenísimos (especialmente cuando Grant se mofa de cómo los medios cubren la plaga zombie). Pero no hay un rumbo, más allá de seguir aguantando un poco más. Encima esto es el primer tomo. Hay más en camino, que no sé con qué van a llenar.
La segunda cagada es que Bisley apenas planta los lápices. El responsable del acabado visual es Andrew Brown, un dibujante de la B Metropolitana, que dice “entintar” a Bisley, pero lo tapa casi por completo. El resultado parece una cruza entre Biz y Kevin O´Neill, pero sin la magia ni el talento de ninguno de los dos. A Bisley se lo intuye en la puesta en página y en algunos splash-pages realmente salvajes, pero no esperes la clásica orgía visual de otros comics del ídolo, porque no la vas a encontrar. El TPB también incluye las portadas de las revistitas, a cargo de Glenn Fabry, que son malignamente fastuosas, al nivel de sus mejores trabajos para Preacher.
Y bueno, me voy sin entender el fenómeno de los zombies. Me reí mucho (de hecho, tal vez compre el segundo recopilatorio para leer más chistes macabros), me impactaron las masacres y la truculencia, me encariñé con un par de personajes (de los cuales sólo Vinsen llegó al final) y no me importó un carajo no saber por qué toda esa gente se convirtió en zombies. Pero siento que la experiencia no me dejó demasiado, o por lo menos sigo sin saber por qué hay fans capaces de consumir toneladas de películas o comics muy parecidos a este, y casi idénticos entre sí. ¿Cuál será la gracia, el chiste que todavía no entendí? ¿Alguien me lo explica, por favor?