el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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jueves, 12 de mayo de 2022

JUEVES OCHENTOSO

Tengo otros dos libritos leídos, listos para reseñar, y son dos historietas creadas en los gloriosos años ´80. Empezamos en Inglaterra, con una gema del underground de ese país, que tiene a Hunt Emerson como uno de sus maestros emblemáticos. Emerson tiene varias obras grossas, y un personaje muy popular, que fue Calculus Cat (acá apareció en algunos números de Puertitas, a principios de los ´90), paradójicamente surgido en 1982 en revistas de Estados Unidos. Este álbum recopila 54 planchas originalmente realizadas para distintas publicaciones, y que componen una "saga", o mejor dicho, están atravesadas por una temática común: la relación entre Calculus y su televisor. Que en realidad es la forma que encuentra Emerson para hablar de la relación entre nosotros y los medios masivos de comunicación. El resultado es demencial, arrebatado, furibundo, tremendamente gracioso y sobre todo incómodo, porque por debajo del humor, la violencia y el absurdo, hay un mensaje muy potente, que tiene que ver con la idiotización de las masas, el bombardeo de la publicidad y el vínculo adictivo que genera la tele. Calculus es un gato como podría ser un caballo, un pájaro carpintero o una cucaracha. Emerson lo dibuja en forma de gato, pero las actitudes y aptitudes del personaje son las de un ser humano común y corriente. En las pocas escenas que transcurren en la calle, vemos que este mundo está poblado de criaturas extrañas, y que el único personaje con rasgos de ser humano más o menos "real" es el locutor que le habla a Calculus desde la pantalla del televisor. Ese locutor es lo más parecido a un antagonista, o incluso a un personaje secundario, que vamos a encontrar en estas páginas. En las escenas que no son mudas, Calculus habla solo, o con este personaje al que (muy a su pesar) no puede tocar (ni atravesar con armas blancas). Hunt Emerson es un dibujante bestial, desaforado. El tipo depuró el estilo del Robert Crumb de los ´70, lo combinó con algo de la magia y la idiosincrasia deforme de George Herriman y con ese ritmo hiperkinético de los mejores cortos animados de los Looney Tunes. Sus figuras son plásticas, hiper-expresivas. Su blanco y negro es vibrante, de un impacto gráfico apabullante, su manejo del timing narrativo es impecable, sus pantomimas son hipnóticas, sus diálogos filosos y muy cómicos. Acá vemos a un autor con una imaginación desbordante, abocado a hablarnos de algo absolutamente cotidiano y real como es el consumo acrítico de lo que nos ofrece la tele. Una combinación explosiva, a la que le sobran recursos humorísticos de toda clase para llegar a donde Emerson quiere ir, que es a que nos caguemos de risa de algo que nos debería generar una reflexión profunda y (en una de esas) amarga. No creo que este sea un álbum fácil de conseguir, pero realmente vale la pena buscarlo.
Me vengo a Argentina, año 1986, cuando Lucho Olivera retoma (una vez más) la extensa saga de Gilgamesh el Inmortal en las páginas de la revista D´Artagnan, ahora en dupla con el prolífico guionista Ricardo Ferrari. Ya reseñamos varios de los álbumes de Gilgamesh que van antes de esta etapa e incluso uno que va después. Pero bueno, acá se edita así, mezcladito y sin la etapa de Robin Wood (que va entre la original y esta), que es lejos la mejor. Como ya había hecho el prócer paraguayo, Ferrari se toma la atribución de desconocer parte de la historia narrada por sus antecesores, como para poder llevar la saga a donde a él le interesa ir. Por lo menos en estos primeros episodios, Gilgamesh es una serie claramente enrolada en la ciencia-ficción clásica, fría, cerebral, con énfasis en la vida cibernética, las naves espaciales y los viajes interestelares. Como en las etapas anteriores, el inmortal habla solo, no para de lamentarse por su condición, y cada tanto cambia angustia por violencia. Acá incluso se convence de que se está volviendo loco. La acción es bastante escasa: a Ferrari pareciera interesarle más el conflicto interno del personaje que mandarlo a combatir con villanos o monstruos alienígenas. El ritmo es respetuoso de la ciencia-ficción dura, o sea, va muy lento: Gilgamesh se da cuenta de que está en la luna al final del cuarto capítulo, y para el final del séptimo todavía no logró poner un pie en la Tierra. No es algo incoherente, pero sí raro, si pensamos a la velocidad que narraban Olivera y Sergio Mulko cuando estaban a cargo de los guiones. Los bloques de texto de Ferrari están muy logrados, y sobre todo bien dosificados. No agobian para nada, ni sentimos que la voz en off le dispute el protagonismo a Gilgamesh o a sus peripecias. Los diálogos... son un poquito más arduos, porque repiten mucho las palabras. En una misma página, por ejemplo, encontré estas gemas: -"No hay más terrestres... no hay más". -"Estoy solo... absolutamente solo". -"Una nave... una nave... una nave para volver a la Tierra". El dibujo de Lucho Olivera es -una vez más- muy desparejo. Los dos primeros episodios están a un nivel no precario, pero muy inferior a lo que vimos en la etapa junto a Robin Wood. Después mejora un poco y para el final ya estamos cerca del Lucho que a mí más me gusta, que es el que trabajaba con Alfredo Grassi, Eduardo Mazzitelli o Emilio Balcarce para Skorpio. Pero claro, en Skorpio no le pedían páginas de 10 viñetas y acá sí. Hay varias de esas, donde no hay verdadero espacio para que se luzca el dibujo. Algunos planos se repiten bastante, pero en la segunda mitad del libro, cuando Lucho dibuja mejor, eso pasa a ser irrelevante. En esos episodios finales, el correntino empieza a tirar magia y te vuelve loco con esas texturas, esos detallitos y sobre todo con su manejo demoledor del claroscuro, que acá finalmente podemos apreciar porque no lo opacan los horrendos colores de las revistas de Columba. Estoy casi seguro de que Doedytores publicó algún tomo más de Gilgamesh a cargo de Lucho y Ferrari, que yo no me compré por las dudas de que este me pareciera muy choto. Y la verdad que este, si bien no me divertí demasiado, no puedo decir que sea choto. El dibujo va mejorando, el guion tiene buenas ideas y buenos textos... le falta solo un poco más de onda al personaje y de ritmo a los relatos. Si más adelante Ferrari mete buenos personajes secundarios, buenos villanos o buenos conflictos, se puede hablar de una buena época para el mítico héroe. Veremos si me decido a entrarle a esas historias posteriores. Y hasta acá llegamos. Nos vemos mañana viernes en la Biblioteca Nacional, en la entrega de los Premios Cinder.O en unos días, con nuevas reseñas acá en el blog.

sábado, 3 de julio de 2021

28 de JUNIO al 4 de JULIO

Esta semana (como ya casi es costumbre) leí poca historieta. Estoy bastane cebado leyendo textos SOBRE historieta, y además le estoy entrando a algunas revistas (básicamente antologías europeas de los ´80) que no suelo reseñar en este espacio. Arranco en Argentina, década del ´90, cuando en medio de la debacle de la editorial Columba a alguien se le ocurre que es un buen momento para hacer volver (una vez más) a Gilgamesh, el Inmortal, la gran creación de Lucho Olivera, que era un emblema de la editorial desde fines de los ´60. Así, Lucho forma equipo con el veterano maestro Alfredo Grassi (uno de los guionistas más prolíficos de la historia del comic sudamericano) para realizar cinco episodios que se publican entre 1997 y 1998 en la revista D´Artagnan. Probablemente por lo difícil que resultaba cobrarle a Columba en aquellos años, el compromiso de Olivera es poco y va decreciendo. Por momentos se nota y se disfruta su mano maestra, su obsesión por los detalles, su plasticidad, la originalidad de sus angulaciones, la fuerza que le ponía a las expresiones faciales… y por momentos se extraña, y mucho, porque los asistentes que dibujan lo que no dbuja el maestro exhiben un nivel muy inferior. O sea que no faltan las páginas y las viñetas gloriosas, pero también hay muchas (sobre todo en el quinto y último episodio) totalmente carentes de imaginación, vuelo y onda. Los guiones de Grassi empiezan con un salto al vacío, al plantear un reboot, un reinicio de la historia del personaje que lo habilita a dejar fuera del cánon todo lo narrado previamente por los autores anteriores. No era el primer reboot que sufría Gilgamesh, así que no es algo grave. Hay un cambio de registro respecto de lo anterior, ya que Grassi se juega menos a la ciencia-ficción y más a la mitología, con la aparición de dioses de la antigua sumeria. Pero se mantiene algo muy atractivo (sobre todo de la etapa escrita por Robin Wood) que es la posibilidad de ver a Gilgamesh en acción en distintas épocas del pasado histórico de nuestro planeta. Incluso tenemos algún que otro diálogo bien filoso (de los que Robin le haría decir a Dago) y esa otra rareza de los guiones del paraguayo, que es ir cambiando de narrador: a veces los bloques de texto los narra una entidad omnisciente, y a veces es el propio Gilgamesh el que cuenta en primera persona. En ninguno de los casos tenemos en los textos el nivel de lirismo al que nos acostumbró Robin Wood. Esta etapa de Gilgamesh quedó trunca por los despelotes internos de Columba, y artísticamente no es ni fascinante ni deplorable. Está ahí, en un punto medio.Es aceptable para cualquier consumidor de historieta industrial de aventuras y muy importante para el fan incondicional de Gilgamesh, porque acá están sus últimas apariciones, y no a cargo de Juan Carlos Nadie, sino del propio Lucho Olivera y de un guionista más que competente como era Alfredo Grassi.
Salto a Japón, año 2011, cuando el glorioso Jiro Taniguchi se decide a adaptar al manga una novela de Itsura Inami titulada “St Mary´s Ribbon”. Básicamente es la historia de un tipo solitario que la juega de detective hard boiled y se dedica a recuperar perros perdidos o robados, generalmente perros de caza. A lo largo de casi 230 páginas veremos a Ryumon aceptar a regañadientes y resolver sin despeinarse un par de casos, principalmente el del robo de un perro lazarillo, adiestrado para acompañar a una chica ciega. Además de la sublime calidad del dibujo de Taniguchi, me llamaron la atención tres cosas: 1) cómo la historia se resuelve no sólo sin violencia, sino casi sin darle protagonismo al conflicto, 2) la bola que le da Inami –y por ende Taniguchi- a la faceta didáctica de la historia, a brindarnos muchísima información, muy detallada y (sospecho) fruto de una investigación exhaustiva acerca de cómo se adiestran los perros para convertirlos en lazarillosy cómo se establecen los vínculos entre ellos y las personas ciegas a las que asistirán y complementarán. Y 3) algo que a esta altura ya no debería sorprenderme, que es la sobriedad, la parsimonia, el desparpajo con el que Taniguchi se anima a contarnos momentos de la historia en los que virtualmente no pasa nada. Tiempos muertos, conversaciones y silencios que cualquier autor occidental omitiría a través de la elipsis, Taniguchi la dibuja con su paciencia santa y su precisión apabullante, para contribuir a la sensación de que esto que estamos viendo lleva tiempo, es un proceso complejo, que por momentos parece no avanzar. Y que la vida del detective (especialmente en una zona cuasi-rural como la que eligió Inami para ambientar esta historia) no es precisamente una vorágine de acción y aventuras, sino que va a un ritmo mucho más pachorro. Hay un segundo tomo de El Sabueso, en el que Taniguchi adapta otra novela de Inami (creo que protagonizada una vez más por Ryumon), y lo tengo ahí, en el estante de las lecturas pendientes, así que pronto lo veremos por acá. Esto es todo por hoy, pero prometo para mañana la reseña de la película de Black Widow que llega el jueves a los cines. Gracias y hasta mañana.

martes, 9 de abril de 2019

MARTES TEMPRANISIMO

Por fin encontré un rato para sentarme a escribir las reseñas de los últimos libros que leí.
Arranqué con la puesta al día con material argentino anterior a 2018 y así llegué a Gilgamesh el Inmortal: Hora Cero, una saga que va entre el libro de Gilgamesh que reseñé el 22/11/18 y el que vimos un lejano 27/09/12. O sea que los leí en perfecto desorden: empecé por lo que sería el final, después leí el principio y ahora lo del medio. Pero bueno, es lo que hay…
Como vimos sobre el final del Vol.1, en un punto Lucho Olivera se concentra sólo en dibujar y los guiones pasan a manos de Sergio Mulko, también mucho más conocido por su labor como dibujante. Esto está todo escrito por Mulko, y sigue con bastante fidelidad los lineamientos del Gilgamesh de Lucho, en una transición bastante visible hacia esos guiones mucho más raros que veríamos en Arenas Rojas (el tramo final). Como ya vimos, acá hay varias historias sin conflictos, o con mínimos conflictos, en los que Gilgamesh básicamente habla, contempla y piensa. Pero el cuarto episodio (“Veganos”) introduce a una raza alienígena maligna, que garantiza violencia, destrucción y genocidios hasta el final mismo del tomo. Pasan otras cosas más lo-fi mezcladas con esta batalla casi personal del inmortal contra los korios, hay episodios en los que no pasa nada, otros en los que Gilgamesh busca al responsable de su inmortalidad… Pero si te gusta que los héroes luchen, acá eso está un poquito más enfatizado que en otras sagas del otrora rey de Uruk.
El dibujo de Olivera también está en tránsito, de esos incios un tanto precarios hacia el virtuosismo que le veríamos desplegar en la segunda mitad de los ´70 (estas historietas son de 1973-74). Las naves espaciales que vemos en este libro, por ejemplo, no tienen nada que envidiarle al mejor Lucho. Los primeros planos de los rostros masculinos, sí, bastante. Muy condicionado por el hecho de no poder meter nunca menos de ocho cuadros por página (y a menudo tener que meter 12 ó 14), Lucho va probando distintos rebusques narrativos y en el que más cómodo se lo ve es en la viñeta widescreen finita, que es algo que se hacía poco en la historieta argentina de los ´70. Y después está el tema del brazo de Gilgamesh, que aparece y desaparece. A veces le falta el brazo derecho, a veces el izquierdo y a veces tiene los dos. Muy loco que nadie controlara eso.
Si sos fan de Gilgamesh, seguro compraste esto cuando salió (2008). Y si no, no empieces por acá, sino por el libro titulado “El Origen”.
Sigo visitando planetas y razas alienígenas extraños en un intento por ponerme (un poquito más) al día con Saga, la epopeya de Brian K. Vaughan y Fiona Staples, que tenía abandonada desde el 01/02/16 (un delirio). Para esta altura de la historia, Vaughan ya sumó a tantos personajes que los tiene que dividir en tres grupos y desarrollar tres narraciones en paralelo, un dolor de cabeza garantizado para los que leían la serie en formato de comic-book de 20 páginas de errática periodicidad. Y para que cada grupito viva una peripecia interesante, también tienen que aparecer muchos villanos, muchos conflictos, algunos de los cuales se resuelven muy rápido, antes de que lleguen a desarrollarse plenamente. Lo bueno es que la gran mayoría se resuelve de modos impredecibles.
En el medio hay buenas ideas (algunas muy locas, como las propiedades curativas del esperma de dragón), excelentes diálogos (con un nivel de guarangada muy bienvenido) y en este tomo en particular, bastante acción. O sea que si bien este Vol.5 es inabordable para el que no haya leído los cuatro anteriores, resulta muy ganchero para el que viene siguiendo desde el principio la saga de Hazel, sus padres y estos mundos en guerra.
El dibujo de Fiona Staples conserva el muy alto nivel que vimos en los tomos anteriores y me volvió a sorprender con los diseños que pela para los nuevos personajes que se van sumando al elenco sobre todo ese quinteto de villanos de clara inspiración marveliana. Los paisajes, naves y bichos que aparecen también están buenísimos, todos muy potenciados por el brillante trabajo que realiza la canadiense en el coloreado digital de estas páginas.
Recomendar Saga, a esta altura del partido, ya es medio una obviedad. Pero la idea es simplemente dejar constancia de que, mal y tarde, sigo adelante con la lectura de esta serie.

Nada más, por hoy. Ni bien tenga un par de libros leídos, se vienen nuevas reseñas, acá en el blog.

jueves, 22 de noviembre de 2018

TRASNOCHE DE JUEVES

Tarde pero seguro, encontré un ratito para sentarme a escribir las reseñas de los últimos dos libros que me devoré.
Empiezo con Gilgamesh: El Origen, la reedición de los primeros 14 episodios de esta serie creada por el gran Lucho Olivera en 1970 para la revista D´Artagnan. Esto arranca con esas ocho famosas páginas a las que Robin Wood convertiría en un montón de episodios alucinantes, cuando la serie se rebootea en 1980. Pero en rigor de verdad, no son muchos más los puntos de contacto con la versión de Gilgamesh que vimos en las reseñas del 20 y 28 de Octubre de 2017. En esta primera versión, el dibujo de Olivera está mucho menos inspirado, repleto de páginas de 12 ó 13 viñetas microscópicas en las que dibujo y texto se disputan un espacio muy escaso. La acción está desenfatizada… cuando está, porque en unos cuantos episodios no hay acción.
Las aventuras de Gilgamesh no son exactamente aventuras: son las crónicas de un tipo que simplemente no puede morir, entonces en vez de vivir, dura. Esto era algo muy atípico en la historieta argentina de principios de los ´70: aventuras casi sin conflictos, donde el protagonista recorre distancias colosales y subsiste a lo largo de siglos y milenios, prácticamente sin sobresaltos. ¿Qué nos quería contar Olivera con esta serie? Imposible determinarlo con certeza, pero mi sensación es que quería hablar sobre el destino de la Humanidad, sobre cómo ciertas decisiones pueden modificar el devenir de la especie humana en este y otros planetas. Así es como en Gilgamesh vemos más ajedrez que machaca, más reflexión metafísica que acción física, más encrucijadas éticas que luchas con enemigos.
Una vez que te acostumbrás a lo extraño que es todo esto (dentro y fuera de una revista de Columba de 1972-73), la saga te empieza a atrapar. Los últimos cuatro episodios del tomo ya no los escribe Lucho, sino que están a cargo de Sergio Mulko (como el tomo de Gilgamesh que vimos el 27/09/12). El primero de los cuatro de Mulko, “Jornada de Guerra en Ammeru”, es el que menos me gustó de todo el libro. El mejor dibujado me parece que es “El Cerebro” (el único publicado a color) y el mejor escrito es –acá no tengo dudas- “La Ballesta del Cazador”, que es donde Olivera logra el equilibrio más fino entre introspección, construcción de personajes y sucesos que hagan avanzar a la trama. Tengo sin leer el tomo que le sigue a este, así que pronto habrá más Gilgamesh, acá en el blog.
Me voy ahora a 1999, cuando DC publica los tres libritos prestige de Doctor Mid-Nite, que leí en su momento y ahora redescubrí gracias a que conseguí el TPB. Esta es otra obra rara, que originalmente iba a estar protagonizada por el Dr. Mid-Nite de los ´40, después iba a ser un Elseworlds y al final terminó por presentar a una nueva iteración del personaje, en principio demasiado parecido a Charles McNider, pero que después (en buena medida gracias a que Geoff Johns y James Robinson lo suman a la JSA) tendrá una impronta más personal, más original.
Los manoseos editoriales de los que fue víctima nos dan margen para perdonarle a esta obra de Matt Wagner y John K. Snyder III algo que sería imperdonable en cualquier saga donde se presenta a un “legacy hero”: Pieter Cross, el nuevo Dr. Mid-Nite, no tiene NINGUN punto de contacto con el original. Nunca se encuentran, viven en distintas ciudades, no comparten personajes secundarios ni villanos, de hecho a Charles McNider no se lo nombra nunca, en casi 150 páginas de historieta. Es cierto que el Dr- Mid-Nite original siempre tuvo pocos fans y ponerlo en un rol importante en el origen de un sucesor no era garantía de vender más ejemplares, pero hubiese estado bueno algo (una mención, un guiño) que conectara al lector con la versión clásica del personaje.
El argumento, en general, es bastante decepcionante. Lo único atractivo es cómo Wagner baja línea socio-política, como se anima a indagar en las desigualdades sociales que genera el capitalismo salvaje, con una mega-corporación en el (ya muy obvio) rol del villano y varios personajes secundarios importantes tomados de esta subcultura de las márgenes donde se hacinan los excluídos. El resto, el conflicto en sí, la ordalía que debe atravesar Pieter Cross para derrotar a los villanos, es más de lo mismo al punto de que por momentos me aburrió.
Por suerte el debut de este nuevo Dr. Mid-Nite tiene un as imbatible que es el dibujo de John K. Snyder III. Responsable absoluto de que esta miniserie anunciada para 1994 viera la luz recién en 1999, Snyder dejó la vida en cada una de estas páginas y creo que después no volvió a publicar historietas hasta mediados de este año. En la faz gráfica de Doctor Mid-Nite tenemos lo mejor de ambos mundos: Snyder combina la narrativa típica de un comic de Matt Wagner (ajustada, sólida, con yeites vanguardistas) y el despliegue visual, el vuelo (más pictórico que gráfico) de un Bill Sienkiewicz. Y lo mejor es que funciona. Todo lo que no me cautivó el guión de Wagner, me volvió loco el dibujo de Snyder, con esos climas, esos planos detalle, esos encuadres raros, esos fondos devastadores y ese lápiz desbordante de virtuosismo, a distancias siderales de lo que vimos hace poquito (24/08/18) en un TPB del Suicide Squad. Ni hace falta decir que el trabajo del dibujante justifica por sí solo la compra de este TPB. Y si descubriste a Pieter Cross en la mejor época de la JSA, no está mal conocer su origen de la mano de sus creadores.
Dudo que vuelva a postear antes del lunes, así que buen finde para todos y nos cruzamos con los que se acerquen a saludar en La Costa Comics (Santa Teresita), donde voy a estar sábado y domingo. Ci vediamo.

sábado, 28 de octubre de 2017

SABADO PRIMAVERAL

Hermoso clima hoy, para andar al aire libre. Pero yo estoy en casa muy al pedo, así que aprovecho para postear unas reseñas.
Me bajé a velocidades supersónicas el Vol.2 de Gilgamesh el Inmortal editado en España por 001 Ediciones, como para completar esa saga de Robin Wood y Lucho Olivera que había empezado la semana pasada. Bah, no la completé porque hay muchos más episodios… que no están recopilados.
El libro ofrece 13 historias, que arrancan justo antes de la Segunda Guerra Mundial y terminan muchos años en el futuro, cuando Gilgamesh logra lanzar un cohete a Marte (con él adentro) desde una Tierra devastada por la Tercera Guerra Mundial. Entre los dos últimos episodios pasan 30 años (lo que tarda el inmortal en dominar la tecnología de la NASA), pero los restantes están separados por una cantidad de tiempo mucho menor que en el tomo anterior. De hecho hay tres episodios ambientados en la Segunda Guerra, en un lapso de tiempo muy breve. O sea que recién una vez transcurridos 26 o 27 episodios llegamos a donde Lucho Olivera había llegado al final de su primer capítulo de Gilgamesh, allá a fines de los ´60.
Muchas de estas historias son brillantes. La prosa de Robin está afiladísima y se torna oscura y desgarradora una vez que Gilgamesh descubre que es el único ser vivo en el planeta tras el holocausto nuclear. Ahí la historieta cambia mucho, porque –al no haber nadie con quién pelear- prácticamente no hay conflictos. El conflicto se traslada al interior del personaje, y Robin lo plasma con maestría. También mete referencias a otros personajes de su creación: así como en el Vol.1 aparecía Nippur, acá mencionan a Or-Grund y a Max Chevalier, uno de los protagonistas de Aquí la Legión. Obviamente me copa que hayan usado a Gilgamesh para tirarnos pistas de que existía un Robinverse. Lo único choto es que Robin crea personajes alucinantes para usarlos en un sólo episodio: la gladiadora criogenada 20 siglos, el mutante que controla el sistema de espionaje de la URSS, el robot Napoléon… todos tienen onda de sobra para aparecer mucho más de lo que aparecen.
Y el otro bajón: el dibujo de Lucho viene a un nivel increíble, pero en un momento, cuando faltan cuatro o cinco episodios, experimenta una caída más brutal que la del poder adquisitivo del salario en estos dos años de revancha neoliberal. En las últimas 50 páginas del tomo vas a encontrar un puñado de viñetas maravillosas… y un montón muy toscas, resueltas con lo mínimo, como si Olivera hubiese perdido de golpe las ganas de dibujar. Igual recomiendo mucho estos libros de Gilgamesh, una aventura profunda, potente y más adictiva que los bizcochitos Don Satur hexagonales con azúcar negra.
Salto de 1981-82 a principios de 2015, cuando Chip Zdarsky y Joe Quinones lanzan una serie regular de Howard the Duck, que va a durar poquitos números y se va a reiniciar después de Secret Wars. El arranque es este Vol.0, un festival de chistes y situaciones bizarras muy efectivo, pero al que no le sobra para nada ese filo, esa arista de sátira social que encontramos en el Howard de Steve Gerber, o en el de Ty Templeton (ver reseña del 14/09/10).
Acá la gran jugada de Zdarsky consiste en convertir a Howard en un detective privado que opera ya no en Cleveland, sino en New York, una ciudad repleta de superhéroes. Y esa va a ser la principal fuente de chistes: la interrelación de Howard con los otros héroes y heroínas de Marvel, desde She-Hulk a los Guardians of the Galaxy, hasta llegar a un último episodio en el que unos 30 personajes le tienen que hacer el aguante a un villano de la B que se arma una especie de Guantelete del Infinito, también de segunda selección. El resultado es entretenido, me reí bastante, pero me pareció que el guionista abusa un poco del recurso de contraponer a Howard con los otros héroes de Marvel. Veremos si en el siguiente tomo (que pienso leer el año que viene) se abre un poco más el abanico de posibilidades para esta serie.
El dibujo de Quinones es limpito, dinámico, expresivo… ideal para una comedia de este tipo. Cuando juega a probar cosas locas en la puesta en página le sale muy bien y cuando hay que ponerle huevo a los fondos, pone sin mezquinar. Gran dibujante, que ojalá vuelva en los futuros tomos. Y bien también los amigos que dibujan los back-ups: Rob Guillory (el de Chew), Jason Latour (el de Southern Bastards) y Katie Cook, a quien no conocía. Habrá más Howard el año que viene.
Y ni bien tenga un par de libritos más leídos, habrá nuevas reseñas, así que será hasta pronto.

viernes, 20 de octubre de 2017

VIERNES DE CLASICOS

Poca lectura esta semana, porque estuve muchas horas metido en la Universidad de Palermo, donde una vez más me tocó organizar las Jornadas de Historieta. Pero veamos qué fue lo que pude leer:
A pesar del sabor amargo que me dejó la lectura de Reptilia (ver reseña del 25/05/17), me aventuré con el primer tomo de Aula a la Deriva (o Drifting Classroom), un clásico de Kazuo Umezu de principios de los ´70. La idea es tan simple que resulta ramplona: un edificio entero, nada menos que una escuela primaria llena de alumnos y profesores, desaparece de un segundo a otro. En esa manzana de Tokyo queda un agujero, y la historia nos cuenta qué pasa adentro de la escuela, cómo se intentan adaptar chicos y adultos a este aislamiento forzado, y (por suerte antes del final del primer tomo) dónde carajo fue a parar el edificio a la deriva.
Básicamente, Umezu se plantea contar una historia de supervivencia. Nos va a mostrar cómo mueren un montón de estos “náufragos” y cómo los que quedan vivos van a cruzar límites insospechados, tanto a nivel coraje y entereza como a nivel miseria, codicia y degradación. El tono de la obra es extremo, sin piedad, no importa que los protagonistas sean chicos de 10 años. Umezu los sume en la oscuridad a grandes y chicos y hay lágrimas, hambre, violencia y muerte para todos. Si bien el “desplazamiento” de la escuela constituye un elemento fantástico de gran impacto y gran magnitud, el autor se dedica a explorar las consecuencias de este suceso desde una óptica absolutamente realista. La fantasía se termina cuando el colegio se materializa en… otro contexto, y de ahí en más, tenemos un clásico gekiga oscuro, dramático, tenso, sin un mínimo resquicio para el humor y sin siquiera esas escenas tan típicas de los mangas de terror de Umezu en los que suceden cosas tan sacadas, tan grotescas, que en vez de asustarte te cagás de risa. Acá no hay risas, sólo angustia y la sensación de que las cosas sólo pueden empeorar.
El dibujo está muy bien, la narrativa es espectacular (este es el rubro en el que Umezu siempre tiene el ancho de espadas) y quedé manija para entrarle en cualquier momento al Vol.2.
Allá por el 27/09/12, me tocó reseñar un tomo de Gilgamesh que recopilaba material de la primera mitad de los ´70, cuando Sergio Mulko escribía unos guiones rarísimos para que los dibujara un Lucho Olivera también extraño, lejos del nivel de sus mejores trabajos de aquel período. Ahora arranco con un tomo (editado en España) que reúne los primeros 14 episodios de la segunda versión de Gilgamesh, del “reboot” que impulsan en 1980 un consagradísimo Robin Wood y un Lucho Olivera listo para estallar con el fulgor de una supernova y regalarnos muchas de las mejores páginas de su vasta trayectoria.
Robin toma el argumento del primer episodio de la primera etapa de Gilgamesh, cuando el guionista todavía era el propio Lucho, y convierte esas 10 primeras páginas en el andamiaje sobre el cual edifica estos 14 episodios. Lo que sucede es básicamente lo mismo, pero Robin se toma su tiempo para contar a su ritmo hechos que Olivera nos había narrado en fast-forward, en páginas de muchas viñetas chiquitas, para llegar rápido a lo que a él le interesaba contar, que eran las aventuras del inmortal en el espacio. Wood, en cambio, para la bocha, la pisa y dice “en estas 10 páginas hay material para una serie entera” y hacia allá va con paso firme, con muy buenos textos, con mucho desarrollo para el protagonista y con una estructura episódica que recuerda bastante a la de la mejor etapa del Mort Cinder de H.G. Oesterheld y Alberto Breccia. Veremos qué pasa cuando Gilgamesh se lance al espacio exterior, pero por ahora Robin da cátedra en un terreno en el que siempre le fue muy bien: aventuras ambientadas en distintas épocas y civilizaciones de nuestro planeta. Con un agregado interesante, que es la presencia de razas alienígenas, semi-ocultas entre los humanos de los distintos periodos históricos.
Lucho sube muchísimo la apuesta en esta versión de Gilgamesh y la convierte en una joya de alto impacto visual, con un nivel de dibujo alucinante. El recorrido pausado por los distintos tiempos le da la posibilidad de lucirse también en la reconstrucción de edificios, vestidos y armamentos de todos los períodos históricos, algo que en la primera versión casi ni se disfruta. No todas las páginas son exquisitas (también hay viñetas que Lucho saca “con fritas”) pero el promedio de calidad es altísimo, probablemente el más alto de los muchos años de Olivera en las revistas de Columba. Prometo entrarle pronto al Vol.2 y ya estoy lamentando que no haya más material de esta etapa de Gilgamesh publicado en libro.
Ni bien tenga más material leído, volvemos con nuevas reseñas. Hasta entonces.

jueves, 27 de septiembre de 2012

27/ 09: GILGAMESH: ARENAS ROJAS

Qué raro que es esto, ma-mita! ¿Esto salía en los ´70 en las revistas de Columba? Increíble. Se supone que Columba apelaba al mínimo denominador común, que eran historietas básicas, chatas, pensadas para gente de bajo nivel socio-cultural... y esto es todo lo contrario! Acá el guionista Sergio Mulko se pasa de sofisticado. Levanta un vuelo poético tan arriesgado, tan extremo, que en un punto es casi críptico. Esto es a la historieta lo que Rick Wakeman al rockanrol, algo demasiado elaborado, demasiado barroco, lo más anti-pochoclo que te puedas imaginar.
A tal punto Mulko se pasa de complicado, que la mitad de las cosas que pasan no las entendí leyendo las historietas, sino el prólogo del maestro Ariel Avilez (consuetudinario lector de este blog y diplomado en columbología). Hay un viaje de Marte a la Tierra, con Gilgamesh y su chica a bordo de una nave, secuencia power y definitiva para cualquier historieta de ciencia-ficción. No la vi, no me di cuenta cómo sucedía eso. Supuestamente asistimos a la destrucción de Phobos, una de las luna de Marte. Re-daba para una secuencia cataclísimica, en la que el héroe escapa con lo justo... Tampoco se ve claramente, ni se enfatiza desde el guión. Gilgamesh se enfrenta a un monstruo de la Atlántida, gran ocasión para un combate épico... que ocupa una viñeta microscópica, en una página en la que hay otras 15 viñetas microscópicas.
Realmente me intriga muchísimo cómo le entregaría Mulko los guiones a Lucho Olivera. Por momentos, los bloques de texto mandan extensas parrafadas (con un lirismo alucinante) que Lucho reparte entre cinco o seis viñetas. Mulko habla de la inmortalidad, de tumbas, vestigios y rescoldos, de “miríadas de crepitantes mundos y estrellas abigarradas”... ¿Y Lucho qué dibuja? Primeros planos de Gilgamesh o planos tan lejanos que se ven los planetas enteros con el espacio alrededor, y a veces con un globito que sale del planeta. ¿A quién se le habrá ocurrido dividir casi todas las páginas en 16 viñetas? ¿Y ocupar las restantes con splash pages impactantes? Muchas páginas incluso están divididas en cinco tiras, más chiquitas y finitas que las de los diarios.
Esto es defintivamente raro, casi fuera de la realidad. Por suerte hay textos de gran nivel (aunque no siempre sirvan para hacer avanzar la historia) y un gran estudio de qué es y para qué sirve ser inmortal. Mulko pensó a fondo en este dilema y la vida de Gilgamesh está signada por esas reflexiones, entre trágicas, cósmicas y metafísicas.
El dibujo de Lucho también sorprende, porque está muy por debajo de lo que hacía en esta misma época (1974-75) en otras historietas de su autoría. Claro, seguramente en las otras historietas no tenía que meter entre 12 y 16 mini-viñetas por página. Esto parece una colección de miniaturas, es Lucho jugando a ver cuántos cuadritos ínfimos le entran en cada página. Aún así, hay composiciones magníficas, secuencias bellamente articuladas. Pero se nota que hay dibujos hechos a mano alzada, sin siquiera un boceto previo. Los aliens que aparecen, más que miedo o extrañeza, dan risa. Parecen pibes con máscaras de aliens, bien grotescas y granguiñolescas.
Los primeros planos se repiten una y mil veces, como los informes de 6-7-8 en los que escrachan a los sicarios de Magnetto. Y –lo más choto- la acción está totalmente desenfatizada. Hay muy poca acción, es casi imperceptible, pero lo que la hace aún más imperceptible es la forma en que la dibuja Lucho. Los mínimos momentos en los que –por cuestiones de vida o muerte- los personajes deben entrar en acción, suceden en viñetas microscópicas y rodeadas de primeros planos que en un punto parecen siempre el mismo. Un sólo ejemplo: Gilgamseh y Galhya huyen de un engendro mecánico que les tira con tutti y el inmortal recibe un balazo en la frente, su primera herida quizás en muchos siglos. Todo eso en tres cuadritos diminutos, en una página de 17 viñetas. Y dos mini-cuadritos después, la herida no está más. Por suerte en cada episodio hay una o dos de esas splash pages en las que Lucho detonaba con el fulgor de mil supernovas.
Sorpresas te da la vida: esto, que salía en la D´Artagnan (que supuestamente era parte del establishment, el cuartel general del Más de lo Mismo, la máquina de hacer chorizos, la catedral de la historieta pre-masticada y adocenada), tiene una complejidad, un vuelo poético, una sofisticación y una onda tan inusual, tan anti-estridente, por momentos tan pretenciosa, que si la agarrás distraído, o la subestimás, por ahí “te deja afuera”, como dicen los columbófilos cuando tratan de leer el material más vanguardista de la Fierro.