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sábado, 2 de mayo de 2026
POCO PERO BUENO
Otra semana en la que me costó juntar un par de libros para reseñar, un poco porque estoy bastante enganchado con otras lecturas, de cosas que no reseño acá en el blog. Pero lo que leí y tengo para comentar es de una calidad muy, muy notable.
En el sector Obras de Autores Argentinos que no se conocen en Argentina, encontré la antología llamada Terra Nostra: Los Derechos de la Tierra, editada por Ikusager (en España, en castellano, no hay que traducirla del euskera, ni del francés, ni del chino) en 1998. Ahí tenemos varias historietas de temática ecológica, cada una de ocho páginas, a cargo de un All-Star Squadron de autores. El glorioso Max la rompe toda. Will Eisner, que a fines de los ´90 no atravesaba su período más inspirado, también se luce en una fábula donde deja todo. Bill Sienkiewicz no cuenta una historia, sino que compila reflexiones sobre la vida en la Tierra, la naturaleza y el abuso de los recursos naturales por parte del hombre formuladas por grandes literatos, poetas y pensadores. Y las acompaña con unas ilustraciones maravillosas. Miguelanxo Prado nos regala la mejor historieta del libro, profunda, tremenda, desgarradora, poética y con unos dibujos de la hiper-concha de Dios. A Felipe Hernández Cava se le ocurre hablar de las especies animales ya extintas a través de la figura del dodo, pero se enreda un poco cuando mezcla, además, el universo ficticio creado por Lewis Carroll para Alice in Wonderland. Lo acompañan dos dibujantes increíbles como son Raúl y Federico Del Barrio, dos de sus más asiduos colaboradores.
Pero además hay dos historietas de autores argentinos, predecible e injustamente inéditas en nuestro país. Por un lado, el inolvidable Carlos Nine le pone imágenes a un texto de su esposa, Alicia Caseiras, que conecta el tema de la ecología con el de las brutales desigualdades sociales. Como guion de historieta no brilla, pero el mensaje es potente y las ilustraciones de Nine le confieren un vuelo y una belleza impresionantes. Y también tenemos ocho páginas a cargo de la imparable dupla integrada por Carlos Trillo y Eduardo Risso (a quien por error en el libro se nombra como "Carlos Risso"). La breve "Fiebre de Primavera" es una salvajada, repleta de imaginación de ironía, y con un ritmo arrollador. Si la mirás bien, podría suceder tranquilamente en el universo de Borderline, aunque el hecho de que Risso le ponga color a estas páginas (un color extraordinario) la despega de aquel trabajo, tan caracterizado por el uso extremo del claroscuro.
Más allá de que el tema de la ecología te interese mucho, poco o nada, este libro te bombardea con relatos, imágenes e ideas muy grossas, a cargo de unos nombres que te ponen los pelos de punta. El hecho de que incluya material de Nine, Trillo y Risso que nunca vimos en Argentina lo hace todavía más atractivo. Estamos hablando de una excelente antología, que complementa a las legendarias Los Derechos Humanos (ver reseña del 28/07/14), Los Derechos del Niño (lo vimos el 12/08/14), Los Derechos de la Mujer (lo vimos el 20/08/14) y Los Derechos de los Pueblos (lo vimos el 07/08/14).
Me vengo más cerquita en el tiempo, a 2022, cuando Dark Horse compila en TPB la miniserie Groo Meets Tarzan, que es consecuencia del éxito de Groo Meets Tarzan, una saga que no tengo, que busco hace siglos y que si alguien me la quiere donar, ascenderá al panteón eterno de mis ídolos.
Esta vez, Sergio Aragonés y Mark Evanier arman una historia muy entretenida, que transcurre en tres niveles distintos de realidad. Uno es el de la típica aventura de Tarzan, donde el dibujo es clásico, académicamente correcto, y obra del maestro (nunca ponderado en toda su magnitud) Thomas Yeates. El segundo es el de la típica aventura de Groo, con Aragonés on fire, siempre en la cúspide de lo que se puede hacer hacer en materia de historieta humorística. Y el tercero, también con dibujos de Aragonés, cuenta una historia protagonizada por el propio autor, con un rol secundario (pero muy gracioso) para Mark Evanier. Eventualmente, la historia de Tarzan se va a cruzar con la de Groo, de un modo medio traído de los pelos, pero divertido. El capo de la monada y el guerrero más inepto del multiverso van a forjar una alianza improbable para derrotar a sus enemigos, y Tarzan se va a asegurar de que -una vez vencidos los malos- esos dos planos de realidad no vuelvan a intersectar nunca más.
Los chistes más cómicos, las situaciones más atractivas, están en las secuencias que transcurren en "el mundo real", donde Sergio y Mark son autores de historietas que van a la San Diego Comic Con a interactuar con sus colegas y sus fans. El efecto de reiterar los chistes, de apilarlos unos sobre otros de manera recurrente, funciona a la perfección. Sergio y Mark se ríen de las charlas en las convenciones, de los cosplayers y de los momentos chotos que les toca vivir cuando algún fan los confunde con otros historietistas. Pero la "aventura" en sí tiene que ver con parque de atracciones donde hay animales sueltos, al estilo del famoso zoológico que Jorge Cutini tenía en General Rodríguez. Ese ámbito les habilita a los autores toda una serie de situaciones desopilantes, una más bizarra que la otra. Y lo peor es que, si conocés la vida de Aragonés, y leíste sus historietas autobiográficas, casi todo lo que sucede en ese parque de Chula Vista podría ser real.
El eterno y glorioso colorista Tom Luth trabaja cada plano de realidad con distintas tonalidades y el contraste entre Groo y Tarzan (en las páginas en las que comparten viñetas) está perfectamente enfatizado desde el color. Si hay que criticar algo, podríamos decir que para el fan de Tarzan, esto es la nada misma. Si seguís las aventuras de Lord Greytsoke pero no sabés nada de Groo, ni leíste nunca comics de Aragonés, esto te va a parecer una bizarreada sin pies ni cabeza. Por el contrario, si sos fan de Groo esto te va a detonar el bocho porque el contrapunto entre los universos está muy bien logrado, y toda la secuencia del "mundo real", con los autores de Groo en el centro de la escena, es una cátedra de humor que combina delirio, erudición comiquera y mala leche en dosis exquisitas. Aguante Groo, y ya me duele la panza pensando cómo lo vamos a extrañar al maestro Aragonés cuando no esté más. Posta, no quedan vivos muchos historietistas de ese nivel de talento. Y Sergio tiene casi 90 años.
Hasta acá llegamos, por hoy. Nos reencontramos por acá en la semana, o el lunes a las 19:30 en Libros del Pasaje, donde voy a estar conversando con Liniers sobre sus 30 años de trayectoria. Gracias y hasta pronto.
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miércoles, 3 de septiembre de 2025
MIÉRCOLES DE AVENTURAS
Acá estamos de nuevo. Ayer tenía poco para hacer, así que le dediqué un rato largo a leer historietas. Veamos con qué me encontré.
Empezamos en Francia, año 1968, época en la que el maestro Fred (cuyo verdadero nombre era Frédéric Othon Théodore Aristidès) la rompía todas las semanas en las páginas de la revista Pilote. Fred escribía y dibujaba las aventuras de Philémon, claramente apuntadas al punto infanto-juvenil y eran rarísimas, básicamente porque Fred era un autor de clara impronta underground, que venía de una revista hiper-salvaje como Hara-Kiri, y que -tras su etapa en Pilote- volvería a ese tipo de historietas de vanguardia, transgresoras y jodidas como enema de chimichurri. En las historietas de Philémon, Fred cuidaba a rajatabla la narrativa, para que fuera absolutamente clara, pero la línea, el dibujo en sí, es totalmente under, mucho más parecido a un Gilbert Shelton, o al Joann Sfar más sacado, que a un Albert Uderzo o un André Franquin. La colorista Evelyne Tranié se esfuerza para que el trazo casi lisérgico de Fred se vea amistoso para los chicos y la verdad es que Philémon es aún hoy una gran historieta de aventuras para todo público.
El tema son los guiones. Fred estaba recontra-chapa (de hecho, estuvo internado en un neuropsiquiátrico) y las aventuras de Philémon no respetan ningún tipo de lógica. En "Philémon et le naufragé du A", seguimos a este joven campesino en una concatenación de peripecias que parece no tener fin, pero además no tener límites. Esto es fumado en serio, y realmente puede pasar cualquier cosa. Además, Fred no busca generar humor para matizar las peripecias, como lo hacían Hergé o Franquin. Es obvio que todo lo que pasa es en joda, simplemente por lo surrealista de las situaciones en las que se involucran los personajes, y si alguna vez se cuela un chiste es simplemente para darle un poquito más de relieve al personaje del burro Anatole, que está ahí para proporcionar el famoso "comic relief". Más que la sensación de peligro, las aventuras que vive Philémon en este álbum transmiten la idea de extrañeza, de abrir bien los ojos para tratar de entender qué carajo está pasando, dónde estamos, qué son estos paisajes, estos edificios, estas criaturas, estas islas con forma de letras. Una demencia muy divertida, que contrastará sobre el final con la incredulidad del papá de Philémon, que (lógicamente) se convence de que su hijo es un fabulador y un sanatero, porque -a su regreso a la granja- le narra sucesos 100% inverosímiles.
Y bueno, era 1968. No había que ser un vanguardista ido al carajo para incluir a Philémon en una antología infanto-juvenil: de hecho, el director de la revista era René Goscinny, quien sería criticado por los colaboradores más jóvenes del semanario precisamente por no irse más al carajo y apostar por material más experimental. Pero en esta época tan hippie y tan loca, no era un despropósito darle a los lectores de Astérix, Valérian y Blueberry una historieta de aventuras oníricas, una alucinación sin pies ni cabeza que -reitero- aún hoy resulta atractiva por lo carismático de los personajes, el ritmo que no para nunca y un dibujo rarísimo y a la vez muy ganchero. Evidentemente, en los ´60 Fred estaba adelantado a su época. Y el reconocimento de la crítica le va a llegar muchos después, con sus obras más "maduras", ya apuntadas a un público más adulto, que espero poder conseguir algún día.
Me voy a Estados Unidos, año 2000, cuando Dark Horse recopila en TPB una miniserie co-editada con DC Comics en la que Batman comparte una aventura con Tarzan. El título "Claws of the Cat-Woman" es bastante engañoso, porque da a entender que Catwoman es la villana y no: el villano es un tipo de apellido Dent que (predeciblemente) va a llegar al final de la historia con media cara hecha concha. Ron Marz firma un guion ágil, sin mayores pretensiones, cuyo único punto flojo es la facilidad con la que un tipo sin superpoderes ni mayores habilidades mentales o físicas logra mantener a raya a los dos héroes durante casi toda la historia. Finnegan Dent es ambicioso e inescrupuloso, pero ¿alcanza eso para "domar" a Batman y Tarzan? Normalmente no, y Marz "la fuerza" un poquito para que los héroes se las vean bastante fuleras contra este garca, al que vamos a ver caer por su propio peso: no van a ser ni el Rey de los Monos ni el Detective Nocturno quienes lo saquen de circulación.
Lo que más me gustó del guion es que se anima a meterse con la negación que tiene Batman/ Bruce Wayne con el tema del amor. En una de las primeras secuencias, Bruce le echa flit a una Vicky Vale que viene con el cartelito de "oferta" colgado de la chabomba, y durante el tramo principal de la aventura, vamos a ver (a modo de subplot no muy enfatizado por el guionista) cómo a Batman le empiezan a "pasar cositas" con la princesa Khefretari, que no solo le salva la vida varias veces, sino que le hace saber de manera bastante obvia que está muerta por él. Para la secuencia final, a Bruce no le queda otra que reconocer que siente algo fuerte por la princesa, pero obviamente no se puede quedar a gobernar junto a ella un reino perdido de África. Gotham lo necesita, y tiene que volver. Y el otro subplot hábilmente manejado por Marz, aparece de manera mucho más explícita: Tarzan no tiene mayor inconveniente en matar a sus oponentes (cuadrúpedos o bípedos) y a Batman le da por las bolas que su ocasional aliado no haga un esfuerzo extra para ganar los combates sin desparramar cadáveres por todos lados. De hecho, Batman va a terminar la aventura seriamente lesionado por haber tratado de salvarle la vida nada menos que a Finnegan Dent, el villano que hizo de todo para hacerlo boleta. Claramente en este punto coincido más con el hombre mono que con el hombre murciélago.
Lo más notable de esta historieta, lo que me hizo comprarla sin dudar un instante, es el dibujo de Igor Kordey. Qué bestia, ma-mita... Kordey combina la elegancia de un Sergio Toppi con la polenta y la espectacularidad de un Richard Corben, y la rompe toda en esos primeros planos repletos de rayitas y detalles tipo Bernie Wrightson o Barry Windsor-Smith. Diseña la página con un sentido dinámico, de alto impacto, las secuencias están planificadas con un criterio increíble, dibuja muy bien a los animales, el trabajo en los fondos es maravilloso (y sabe cuándo omitirlos para que se destaquen las expresiones de los personajes) y se ve todo tan sólido, tan bien pulido, que si le sacás a estas páginas el color de Chris Chuckry no pierden ni un ápice de su atractivo. El excelente desempeño del astro croata nos permite redondear un gran team-up entre dos íconos de la aventura, dos hijos de familia cheta que un día abrazaron (cada uno a su manera y en junglas distintas) la lucha contra la injusticia. Lo recomiendo tanto a los fans de Batman como a los fans de Tarzan, y obviamente a los fans de Igor Kordey.
Y hasta acá llegamos, por hoy. Gracias por el aguante y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.
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viernes, 6 de diciembre de 2019
VIERNES DE VERANITO
Hermoso clima en Buenos
Aires en el último finde de la chetocracia, casualmente compuesto por los días
6-7-8. Y mientras nos preparamos para iniciar los festejos, no está mal clavar
un par de reseñitas de los últimos libros que leí.
Mirá quién volvió: nada
menos que Tarzan, con un librito de 1996 que reúne dos historietas realizadas
por Russ Manning a mediados de los ´70, que estaban inéditas en EEUU. El
maestro Manning realizó este material por encargo de editoriales de Europa
(donde desde siempre la demanda de comics de Tarzan es mayor que en nuestro
continente), tomando levemente como base algunos relatos de Edgar Rice
Burroughs. El resultado son dos novelitas de 50 páginas cada una, que conforman
un díptico porque ambas (The Land that Time Forgot y The Pool of Time) están
ambientadas en la misteriosa isla de Caspak. ¿Qué hace Tarzan lejos de Africa,
en una isla del Pacífico cerca de Perú? La explicación no me cerró en lo más
mínimo.
En general, nada del
argumento me cerró en lo más mínimo. Los guiones son una sucesión de peripecias
extremas, hilvanadas de modo caprichoso de modo tal que cada dos o tres páginas
Tarzan y sus aliados tengan que enfrentar peligros mortales. En vez de fieras
africanas hay animales prehistóricos y en vez de bravos guerreros del
continente negro tenemos cavernícolas, pero básicamente esto es más de lo
mismo: aventura clásica sin profundidad ni sorpresas. Lo único apenitas zarpado
es que cuando Manning habla del terrible trato que estos cavernícolas intentan
darle a las mujeres (todas hermosas y de cuerpos esculturales) queda bastane
claro que se refiere a abusos de tipo sexual, aunque el dibujo no lo grafique.
Todo lo demás suena antiguo, remanido, blandito. Las peleas sin sangre, los
diálogos acartonados, los villanos estereotipados… Muy poco para rescatar en
este aspecto.
Por suerte, el dibujo de
Manning es muy lindo, muy plástico. También un poco pecho frío, a años luz de
lo que para esta misma época hacía Joe Kubert en los comics de Tarzan que
editaba DC, o incluso lo que hacía Gil Kane en las planchas que salían en los
diarios. Manning se luce sobre todo cuando muestra a lo personajes en acción,
de cuerpo entero. Los primeros planos me gustan bastante menos que esas tomas
panorámicas, en las que el maestro también dejaba la vida en los fondos. Y me
gustó también la puesta en página, muy funcional al ritmo de los relatos. O sea
que si sos fan de Russ Manning, este librito es poco menos que imprescindible
aunque sea por los dibujos. Y si sos fan de Tarzan, por ahí no, no te aporta
demasiado. Si no sos fan ni del autor ni del personaje, ni te acerques porque
no tiene ningún sentido.
Vuelvo a Argentina, año
2019, y me reencuentro con Rocío Ogñenovich (vimos un trabajo suyo el
27/10/19), quien a lo largo de 48 páginas presenta el inicio de una saga
llamada Hera. Visto de lejos, es un comic precioso, parecido en su estética a
un título cool de Image. Las tonalidades de color en la portada, el logo, todo
va para ese lado, muy atractivo.
Después, a la hora de
internarse en la historia, aparece un dibujo que evidencia algunos problemas a
medida que la autora plantea planos más amplios. A la inversa de lo que
comentaba recién de Russ Manning, los primeros planos de Ogñenovich son muy
buenos, mientras que los planos más abiertos, donde los personajes se ven de
cuerpo entero, me convencieron mucho menos. El color (rubro en el que la autora
contó con la colaboración de Alejandro Basso) está muy bien logrado de punta a
punta del tomito y ayuda bastante.
Pero Hera falla en lo más
importante, que es la trama. Hay un conflicto, pero es leve, poco ganchero, y
se explicita cuando ya van casi 30 páginas de… preludio a la aventura, que se liquida rápido y deja muchísimas puntas abiertas. La
consigna ya la leí mil veces (una chica del mundo real pasa a un mundo fantástico
con hechiceros, dragones, castillos, etc.) y la verdad es que, para que me
enganche con algo tan trillado, hay que pelar personajes y diálogos bastante más
interesante que los que me ofreció Hera. No descarto en lo más mínimo que el
guión pueda mejorar en las entregas posteriores, pero estas 48 páginas me
dejaron con gusto a poco. Una pena, porque la calidad de la portada y de la
edición en general son realmente infrecuentes en nuestro mini-mercado.
Nada más por hoy. ¿Habrá
otro posteo antes de que asuman Alberto y Cristina? Ni idea, en una de esas
hay. Y cierro con la noticia de que el 28/12, para los festejos de los 10 años
del blog, vamos a tener la presencia de Nicolás Gath (Tierra-X), Gonzalo Ruiz (9
Paneles) y Matías Mir (Ouroboros, Zinerama), tres jóvenes referentes de la difusión
del comic en las redes a los que sigo a todas partes y que me van a estar
acompañando para pensar en voz alta sobre este tema. Un honor, posta.
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lunes, 24 de diciembre de 2012
24/ 12: TARZAN Vol.18
Cumplí mi promesa de terminar antes de fin de año con la colección de Tarzan de Planeta-DeAgostini que tanto me costó digerir. Este último tomo es el mejor de todos, no porque hayan mejorado los guiones (que fueron siempre el principal lastre de esta serie), sino porque hay menos guiones, entonces se sufre menos.
Me explico: ¿te acordás de aquellos primeros tomos en los que el maestro Burne Hogarth dibujaba página tras página con 16 viñetas chiquititas? Bueno, eso ya recontra fue. El prócer rediseñó las planchas para dibujar menos cuadros por entrega y en este tomo la mayoría de las páginas tienen entre 3 y 6 viñetas. Y como la cantidad de texto es la misma, en la misma cantidad de páginas suceden muchas menos cosas. En estas últimas 49 semanas, Hogarth nos cuenta lo mismo que años atrás nos contaba en 20.
¿Por qué, de repente, menos es más? En principio, porque al haber menos aventuras por tomo estas se hacen menos reiterativas. Acá ya no hay lugar para que Tarzan, en sólo 50 planchas, encuentre a tres civilizaciones perdidas, rescate a cuatro minitas que se enamoran de él, se escape de cinco trampas o se enfrente a 15 ó 20 animales salvajes. En este tomo tenemos, en apenas dos páginas, la resolución de la saguita de los Ononoes, que venía del tomo anterior, y dos aventuras más: una larga y una de sólo 9 páginas. La más larga, sin ser una joya, no está mal. Acá los malos son dos blancos que engañan y manipulan a los negros para llevarse un fabuloso tesoro que yace en las profundidades de un río. Un nativo tan avechuchesco como ellos entrará en la runfla y los ayudará a llevar adelante un plan muy turro, al que no le falta intriga palaciega, aunque la tribu tenga chozas en vez de palacios. Por supuesto, Tarzan resolverá todo muy fácil y casi sin despeinarse, pero por lo menos no es un guión taaan trillado.
El de la aventura cortita es decidamente nefasto: un cazador blanco se le aparece a Tarzan y le dice “Un zoo de Inglaterra me paga fortunas si les llevo un rinoceronte y un gorila vivos. ¿Me ayudás a capturarlos?”. Tarzan, en vez de mandarlo a la mierda, negocia: “Bueno, pero sólo el rinoceronte. Con los gorilas no se jode, porque (como diría Zambayonny) yo los considero mis hermanos”. En el medio de la cacería del rinoceronte, oh casualidad, aparece un gorila que, cuando ve al bicho de los cuernos, se pone loco y lo quiere matar. Tarzan le ordena que se calme, pero el simio desobedece a su rey lo confronta. A Tarzan le da por el quinto forro del taparrabos que el gorila se le subleve y se decide a matarlo. Ahí aparece el cazador y le dice “No lo mates, ayudame a capturarlo y yo me lo llevo”. El Rey de la Selva le hace caso (!) y así es como este pichi se vuelve a Inglaterra con un resonante triunfo de visitante, servido en bandeja por un Tarzan que, en vez de bancar a los bichos que siempre lo ayudaron, los entregó miserablemente, a cambio de nada, y traicionando su propia palabra. Un horror.
En cuanto al dibujo, esto ya es completamente indescriptible. Cuantos menos cuadros tiene la página, más se luce el dibujo de Hogarth, que acá está en un nivel divino, en el sentido que parece que dibuja con la mano de Dios. En las páginas de 6 viñetas, el maestro cumple con creces y, cuando puede dibujar tres o cuatro, estalla en unas composiciones pefectas, dinámicas, icónicas, de altísimo impacto y enorme belleza plástica. Acá Hogarth se toma en serio lo de “el Miguel Angel de la historieta” y se manda capillas sixtinas página por medio, viñetas tan elaboradas, tan bien resueltas, que podrían enmarcarse y colgarse en cualquier museo. Incluso en la tira del título, donde muchas veces iba un dibujito de relleno, el maestro mete dibujazos que jerarquizan a ese espacio tanto como a cualquier otra viñeta de la plancha.
Pero bueno, era 1950 y Hogarth, un poco cansado, decidió colgar las lianas y dedicarse a la docencia y a la realización de sus famosos libros de anatomía para dibujantes. 22 años más tarde volvería a oir el llamado de la selva y regresaría con Tarzan of the Apes, una verdadera (y gloriosa) novela gráfica, en la época en la que ese término todavía no se había acuñado. Para la plancha dominical del Rey de la Selva era el fin de una era, aunque seguiría vigente hasta el año 2000 (creo), en manos de otros autores como Russ Manning, Gil Kane y Mike Grell, entre otros. Y ya está. No más Tarzan en el blog, por lo menos durante 2013. Gracias por el aguante, fiera.
Me explico: ¿te acordás de aquellos primeros tomos en los que el maestro Burne Hogarth dibujaba página tras página con 16 viñetas chiquititas? Bueno, eso ya recontra fue. El prócer rediseñó las planchas para dibujar menos cuadros por entrega y en este tomo la mayoría de las páginas tienen entre 3 y 6 viñetas. Y como la cantidad de texto es la misma, en la misma cantidad de páginas suceden muchas menos cosas. En estas últimas 49 semanas, Hogarth nos cuenta lo mismo que años atrás nos contaba en 20.
¿Por qué, de repente, menos es más? En principio, porque al haber menos aventuras por tomo estas se hacen menos reiterativas. Acá ya no hay lugar para que Tarzan, en sólo 50 planchas, encuentre a tres civilizaciones perdidas, rescate a cuatro minitas que se enamoran de él, se escape de cinco trampas o se enfrente a 15 ó 20 animales salvajes. En este tomo tenemos, en apenas dos páginas, la resolución de la saguita de los Ononoes, que venía del tomo anterior, y dos aventuras más: una larga y una de sólo 9 páginas. La más larga, sin ser una joya, no está mal. Acá los malos son dos blancos que engañan y manipulan a los negros para llevarse un fabuloso tesoro que yace en las profundidades de un río. Un nativo tan avechuchesco como ellos entrará en la runfla y los ayudará a llevar adelante un plan muy turro, al que no le falta intriga palaciega, aunque la tribu tenga chozas en vez de palacios. Por supuesto, Tarzan resolverá todo muy fácil y casi sin despeinarse, pero por lo menos no es un guión taaan trillado.
El de la aventura cortita es decidamente nefasto: un cazador blanco se le aparece a Tarzan y le dice “Un zoo de Inglaterra me paga fortunas si les llevo un rinoceronte y un gorila vivos. ¿Me ayudás a capturarlos?”. Tarzan, en vez de mandarlo a la mierda, negocia: “Bueno, pero sólo el rinoceronte. Con los gorilas no se jode, porque (como diría Zambayonny) yo los considero mis hermanos”. En el medio de la cacería del rinoceronte, oh casualidad, aparece un gorila que, cuando ve al bicho de los cuernos, se pone loco y lo quiere matar. Tarzan le ordena que se calme, pero el simio desobedece a su rey lo confronta. A Tarzan le da por el quinto forro del taparrabos que el gorila se le subleve y se decide a matarlo. Ahí aparece el cazador y le dice “No lo mates, ayudame a capturarlo y yo me lo llevo”. El Rey de la Selva le hace caso (!) y así es como este pichi se vuelve a Inglaterra con un resonante triunfo de visitante, servido en bandeja por un Tarzan que, en vez de bancar a los bichos que siempre lo ayudaron, los entregó miserablemente, a cambio de nada, y traicionando su propia palabra. Un horror.
En cuanto al dibujo, esto ya es completamente indescriptible. Cuantos menos cuadros tiene la página, más se luce el dibujo de Hogarth, que acá está en un nivel divino, en el sentido que parece que dibuja con la mano de Dios. En las páginas de 6 viñetas, el maestro cumple con creces y, cuando puede dibujar tres o cuatro, estalla en unas composiciones pefectas, dinámicas, icónicas, de altísimo impacto y enorme belleza plástica. Acá Hogarth se toma en serio lo de “el Miguel Angel de la historieta” y se manda capillas sixtinas página por medio, viñetas tan elaboradas, tan bien resueltas, que podrían enmarcarse y colgarse en cualquier museo. Incluso en la tira del título, donde muchas veces iba un dibujito de relleno, el maestro mete dibujazos que jerarquizan a ese espacio tanto como a cualquier otra viñeta de la plancha.
Pero bueno, era 1950 y Hogarth, un poco cansado, decidió colgar las lianas y dedicarse a la docencia y a la realización de sus famosos libros de anatomía para dibujantes. 22 años más tarde volvería a oir el llamado de la selva y regresaría con Tarzan of the Apes, una verdadera (y gloriosa) novela gráfica, en la época en la que ese término todavía no se había acuñado. Para la plancha dominical del Rey de la Selva era el fin de una era, aunque seguiría vigente hasta el año 2000 (creo), en manos de otros autores como Russ Manning, Gil Kane y Mike Grell, entre otros. Y ya está. No más Tarzan en el blog, por lo menos durante 2013. Gracias por el aguante, fiera.
domingo, 9 de diciembre de 2012
09/ 12: TARZAN Vol.17
Me propuse terminar la colección de Tarzan antes de fin de año y acá estoy, a un sólo tomo del final.
El Vol.17 trae la conclusión de la saga que empezó en el tomo anterior, la de los lathianos, y sí, para mi sorpresa, los ignotos guionistas se hacen cargo de que Tarzan había sido llevado en submarino a la Polinesia y la aventura culmina con el viaje de vuelta a Africa en el mismo medio de locomoción. ¿Por qué digo “para mi sorpresa”? Porque esa aventura no se diferencia EN NADA de las que transcurren en la jungla donde Tarzan juega de local. La Polinesia de Burne Hogarth está poblada por los mismos animales, la misma vegetación, las mismas tribus nativas y hasta las mismas civilizaciones perdidas que su Africa. En todas partes pasa lo mismo: Tarzan es capturado, se libera, salva a alguien (a veces a sus propios captores) de alguna fiera descontrolada, se gana la confianza de algunos, se erige en líder y pone en marcha la caída de algún rey o dictador, generalmente muy turro.
Lo más gracioso es cómo el puñal de Tarzan aparece y desaparece como por arte de magia. Cada vez que lo capturan y lo atan, le afanan, primero que nada, el arco y las flechas. Y después el puñal, ese que Tarzan suele llevar atado sobre la nalga derecha. En la siguiente secuencia, el rey de los monos se libera de sus ataduras sin la ayuda del puñal, porque se lo chorearon sus captores. A esa secuencia suele seguirle otra de combate entre Tarzan y un león, un tigre o una pantera. Y ahí, cuando el grosso se lanza sobre la (otra) bestia asesina, ¿quién aparece?. El viejo y querido puñal, que se hundirá centelleante en la carne de la fiera enardecida por el hambre, para darle a Tarzan una nueva victoria, que se celebra con un nuevo grito y nuevos golpes en su pecho. Algún día alguien explicará cómo aparecía y desaparecía el puñal. Por ahí Tarzan se lo escondía por adentro del calzoncillo de leopardo, andá a saber.
La segunda aventura que ofrece este tomo, cuyo final queda pendiente para el próximo, trae algo así como una innovación: la aparición de un elemento 100% fantástico como es esa raza de humanoides redondos, los ononoes, súbditos del Rey Molo sin piernas, ni torso, ni genitales. El contraste entre la anatomía perfecta de Tarzan y estas pelotas grotescas, con dientes, cejas y orejas desmesuradas, se pasa un poco de bizarro, pero por lo menos da un respiro después de tantas civilizaciones de pseudo-vikingos, pseudo-árabes, pseudo-chinos y pseudo-aborígenes africanos. Ah, ¿y te acordás de Jane? Parece que Hogarth no, porque hace dos tomos que ni la nombran...
Y acá viene ese párrafo en el que me deshago en elogios para con el dibujo del inmortal Burne, elogios que –si venís siguiendo este blog hace un tiempo- ya te sabés de memoria. Además de todas las maravillas de siempre, esas que se potenciaron hace un par de tomos cuando la grilla de las planchas de Tarzan cambió para permitirle al maestro dibujar menos viñetas por página, ahora hay que sumar una decena de imágenes 100% icónicas. Esas que definen al Tarzan de Hogarth, esas que ilustran los (muchísimos) textos que se han escrito sobre esta historieta. Esas que se te quedan impregnadas en las retinas, esas que si sos dibujante o fan del estilo académico-realista vas a estudiar como si fueran una revelación divina. Belleza, fuerza, elegancia, majestad, dramatismo, emoción... los dibujos de Hogarth transmiten todo eso y mucho más y son –sin dudas- lo que elevaron a clásico a esta serie. Como siempre digo, sólo por esos dibujos, uno se banca sin chistar (o casi) la lectura de estos “guiones”, realmente arduos, muy lejos de las exigencias del viñetófilo del Siglo XXI. Vamos, que falta un sólo tomo!
El Vol.17 trae la conclusión de la saga que empezó en el tomo anterior, la de los lathianos, y sí, para mi sorpresa, los ignotos guionistas se hacen cargo de que Tarzan había sido llevado en submarino a la Polinesia y la aventura culmina con el viaje de vuelta a Africa en el mismo medio de locomoción. ¿Por qué digo “para mi sorpresa”? Porque esa aventura no se diferencia EN NADA de las que transcurren en la jungla donde Tarzan juega de local. La Polinesia de Burne Hogarth está poblada por los mismos animales, la misma vegetación, las mismas tribus nativas y hasta las mismas civilizaciones perdidas que su Africa. En todas partes pasa lo mismo: Tarzan es capturado, se libera, salva a alguien (a veces a sus propios captores) de alguna fiera descontrolada, se gana la confianza de algunos, se erige en líder y pone en marcha la caída de algún rey o dictador, generalmente muy turro.
Lo más gracioso es cómo el puñal de Tarzan aparece y desaparece como por arte de magia. Cada vez que lo capturan y lo atan, le afanan, primero que nada, el arco y las flechas. Y después el puñal, ese que Tarzan suele llevar atado sobre la nalga derecha. En la siguiente secuencia, el rey de los monos se libera de sus ataduras sin la ayuda del puñal, porque se lo chorearon sus captores. A esa secuencia suele seguirle otra de combate entre Tarzan y un león, un tigre o una pantera. Y ahí, cuando el grosso se lanza sobre la (otra) bestia asesina, ¿quién aparece?. El viejo y querido puñal, que se hundirá centelleante en la carne de la fiera enardecida por el hambre, para darle a Tarzan una nueva victoria, que se celebra con un nuevo grito y nuevos golpes en su pecho. Algún día alguien explicará cómo aparecía y desaparecía el puñal. Por ahí Tarzan se lo escondía por adentro del calzoncillo de leopardo, andá a saber.
La segunda aventura que ofrece este tomo, cuyo final queda pendiente para el próximo, trae algo así como una innovación: la aparición de un elemento 100% fantástico como es esa raza de humanoides redondos, los ononoes, súbditos del Rey Molo sin piernas, ni torso, ni genitales. El contraste entre la anatomía perfecta de Tarzan y estas pelotas grotescas, con dientes, cejas y orejas desmesuradas, se pasa un poco de bizarro, pero por lo menos da un respiro después de tantas civilizaciones de pseudo-vikingos, pseudo-árabes, pseudo-chinos y pseudo-aborígenes africanos. Ah, ¿y te acordás de Jane? Parece que Hogarth no, porque hace dos tomos que ni la nombran...
Y acá viene ese párrafo en el que me deshago en elogios para con el dibujo del inmortal Burne, elogios que –si venís siguiendo este blog hace un tiempo- ya te sabés de memoria. Además de todas las maravillas de siempre, esas que se potenciaron hace un par de tomos cuando la grilla de las planchas de Tarzan cambió para permitirle al maestro dibujar menos viñetas por página, ahora hay que sumar una decena de imágenes 100% icónicas. Esas que definen al Tarzan de Hogarth, esas que ilustran los (muchísimos) textos que se han escrito sobre esta historieta. Esas que se te quedan impregnadas en las retinas, esas que si sos dibujante o fan del estilo académico-realista vas a estudiar como si fueran una revelación divina. Belleza, fuerza, elegancia, majestad, dramatismo, emoción... los dibujos de Hogarth transmiten todo eso y mucho más y son –sin dudas- lo que elevaron a clásico a esta serie. Como siempre digo, sólo por esos dibujos, uno se banca sin chistar (o casi) la lectura de estos “guiones”, realmente arduos, muy lejos de las exigencias del viñetófilo del Siglo XXI. Vamos, que falta un sólo tomo!
viernes, 30 de noviembre de 2012
30/ 11: TARZAN Vol.16
Retrocede dos casilleros... Después de un tomo bastante interesante, vuelven la chatura y el más de lo mismo.
Una vez que Tarzan se repone de la fiebre que casi lo manda al descenso, se dedica lo de siempre: descubrir civilizaciones perdidas. Acá encuentra dos: en una, hay una reina (obviamente blanca) que se lo quiere quedar de mascota sexual. En la otra, un dictador mala onda que arroja a Tarzan a una arena donde deberá pelear por su vida con bestias cuadrúpedas y bípedas. Estas dos cosas ya pasaron no menos de cinco veces en los tomos que llevo leídos y la verdad, me tienen los huevos al plato.
Como “novedad” tenemos que una de las dos civilizaciones perdidas está muy lejos de Africa, más para el lado de la Polinesia. Para llegar hasta allá, Tarzan viaja durante días y días en un submarino, al que unos tipos (y una minita) lo suben engañado. Igual, el capo de la monada va terminar por hacerse amigo de sus captores para luchar todos juntos contra tipos mucho más jodidos que ellos. En el próximo tomo me voy a enterar cómo hace Tarzan para volver a Africa... si es que los guionistas se acuerdan de que Tarzan NO está en Africa, porque en esta ciudad oculta ya aparecieron negros grandotes, tigres y selva.
Como siempre, Tarzan da cátedra de idiomas. Seguimos sumando especies animales, nuevas civilizaciones en nuevos continentes y el hombre mono se las sigue ingeniando para entender a todos y que todos lo entiendan. Un fenómeno. Lástima que un tipo tan dotado para las relaciones públicas recurra tantas veces a matar a sangre fría a sus interlocutores... Acá, Tarzan estrangula, apuñala o atraviesa a flechazos a gente de todas las razas, tigres, panteras, leones, cocodrilos y hasta un pulpo. Lo más heavy es que nadie se escandaliza.
Así, sin sorpresas y sin nada mínimamente interesante para destacar, transcurren otras 52 planchas dominicales de esta historieta que, pese a que me parece un embole, no puedo dejar de leer. ¿Me volví loco, me lobotomizaron, me afilié al club de fans de Ricardo Montaner? No, sigo cada vez más cebado con los dibujos de Burne Hogarth, que además no paran de mejorar. El maestro máximo del dibujo académico-realista ya está claramente en su mejor nivel y le prende fuego a cada viñeta de cada plancha. Cuando estalla la acción, Hogarth se deja poseer por un espíritu salvaje y su dibujo gana en plasticidad y belleza. La lucha de Tarzan contra el tigre llamado “Muerte a Rayas” es dinamita pura, un ballet descontrolado y a la vez armonioso, casi sensual. Además es el combate físico en el que Hogarth se anima a mostrar sangre en cantidades más o menos realistas. Esas dos páginas garpan todo el libro, de una.
Y hay mucho más. Esto está lleno de imágenes impactantes, majestuosas, en las que cuerpos y decorados levantan tanto vuelo y se enfiestan en una orgía tan zarpada, que poco importa la mediocridad de los argumentos. Ya me faltan sólo dos tomos para terminar el Tarzan de Hogarth (en lo que a planchas para los diarios se refiere) y prometo entrarles en Diciembre, así ya nos lo sacamos de encima para el 2013. Si los guiones siguen así, no va a ser fácil, pero –como siempre digo- Hogarth merece este esfuerzo y muchos más.
Una vez que Tarzan se repone de la fiebre que casi lo manda al descenso, se dedica lo de siempre: descubrir civilizaciones perdidas. Acá encuentra dos: en una, hay una reina (obviamente blanca) que se lo quiere quedar de mascota sexual. En la otra, un dictador mala onda que arroja a Tarzan a una arena donde deberá pelear por su vida con bestias cuadrúpedas y bípedas. Estas dos cosas ya pasaron no menos de cinco veces en los tomos que llevo leídos y la verdad, me tienen los huevos al plato.
Como “novedad” tenemos que una de las dos civilizaciones perdidas está muy lejos de Africa, más para el lado de la Polinesia. Para llegar hasta allá, Tarzan viaja durante días y días en un submarino, al que unos tipos (y una minita) lo suben engañado. Igual, el capo de la monada va terminar por hacerse amigo de sus captores para luchar todos juntos contra tipos mucho más jodidos que ellos. En el próximo tomo me voy a enterar cómo hace Tarzan para volver a Africa... si es que los guionistas se acuerdan de que Tarzan NO está en Africa, porque en esta ciudad oculta ya aparecieron negros grandotes, tigres y selva.
Como siempre, Tarzan da cátedra de idiomas. Seguimos sumando especies animales, nuevas civilizaciones en nuevos continentes y el hombre mono se las sigue ingeniando para entender a todos y que todos lo entiendan. Un fenómeno. Lástima que un tipo tan dotado para las relaciones públicas recurra tantas veces a matar a sangre fría a sus interlocutores... Acá, Tarzan estrangula, apuñala o atraviesa a flechazos a gente de todas las razas, tigres, panteras, leones, cocodrilos y hasta un pulpo. Lo más heavy es que nadie se escandaliza.
Así, sin sorpresas y sin nada mínimamente interesante para destacar, transcurren otras 52 planchas dominicales de esta historieta que, pese a que me parece un embole, no puedo dejar de leer. ¿Me volví loco, me lobotomizaron, me afilié al club de fans de Ricardo Montaner? No, sigo cada vez más cebado con los dibujos de Burne Hogarth, que además no paran de mejorar. El maestro máximo del dibujo académico-realista ya está claramente en su mejor nivel y le prende fuego a cada viñeta de cada plancha. Cuando estalla la acción, Hogarth se deja poseer por un espíritu salvaje y su dibujo gana en plasticidad y belleza. La lucha de Tarzan contra el tigre llamado “Muerte a Rayas” es dinamita pura, un ballet descontrolado y a la vez armonioso, casi sensual. Además es el combate físico en el que Hogarth se anima a mostrar sangre en cantidades más o menos realistas. Esas dos páginas garpan todo el libro, de una.
Y hay mucho más. Esto está lleno de imágenes impactantes, majestuosas, en las que cuerpos y decorados levantan tanto vuelo y se enfiestan en una orgía tan zarpada, que poco importa la mediocridad de los argumentos. Ya me faltan sólo dos tomos para terminar el Tarzan de Hogarth (en lo que a planchas para los diarios se refiere) y prometo entrarles en Diciembre, así ya nos lo sacamos de encima para el 2013. Si los guiones siguen así, no va a ser fácil, pero –como siempre digo- Hogarth merece este esfuerzo y muchos más.
viernes, 26 de octubre de 2012
26/ 10: TARZAN Vol.15
No pasaba nada, no pasaba nada, y de repente... pasa todo junto!
La vez pasada se nos cortó el tomo cuado recién arrancaba la saga de los tártaros, esa en la que –por primera vez- había personajes femeninos atractivos, capaces de mover los hilos de la trama. Bueno, hete aquí que el maestro Burne Hogarth... no termina esa saga! Hace 12 páginas más y se va a probar suerte con Drago, un personaje de su propia creación. Para reemplazarlo llega Rubimor, pseudónimo detrás del cual se esconde el portorriqueño Rubén Moreira, conocido por los muy eruditos de DC por haber co-creado a Roy Raymond y Rip Hunter, además de participar bastante en las antologías de misterio.
Rubimor, un dibujante correcto, a años luz de Hogarth, apenas un poco mejor que los pibes de 18 años que daban pena en los comic-books de Marvel y DC de mediados de los ´40, se va a quedar al frente de las planchas dominicales de Tarzan 88 semanas. Va a terminar la saga de los tártaros y a iniciar otras, que esta edición no incluye para centrarse en las aventuras en las que mete mano Hogarth. O sea que hay un salto en la narración y es bastante brusco, porque cuando se inicia la saga que marcará el regreso de Hogarth, Tarzan está casado con Jane y vive en una granja, con capataces y peones. Incluso cuando tiene que viajar, se viste con un impecable traje blanco! Pero pará, que falta lo mejor. Cuando Rubimor lleva seis páginas de esta nueva saga (llamémosla “El Lago de Sangre”) se anima a lo imposible: cambia el esquema de cuatro tiras de viñetas por uno de TRES tiras! O sea que dibuja, como máximo, nueve viñetas por página en vez de 16! Acá mejora mucho el dibujo, pero claro, como pasan menos cosas por página, se ve más forzado el cliffhanger con el que terminaba cada entrega.
Y la página 18 de esta saga, del 10 de Agosto de 1947, marca el regreso triunfal de Burne Hogarth, a quien le había ido bastante mal con Drago. Hogarth vuelve cambiado, más extremo, más expresionista, más cebado con dibujar acción y machaca grandilocuente. La nueva grilla de menos cuadros le permite jugar mucho más con el dibujo y cada vez que la rompe para darle más espacio a alguna viñeta, su anatomía y sus fondos explotan en una orgía visual apabullante. Ahora sí, el dibujo de Hogarth brilla en todo su esplendor y –salvo algunos rostros femeninos- todo se ve demasiado perfecto para ser real.
Además, tanto en el tramo inicial (el de los tártaros) como en el epílogo de la saga del Lago de Sangre, Hogarth hace que pase algo que nunca había pasado antes: exhausto y malherido, Tarzan cae, se va a la lona, tira la toalla, no tiene más fuerza para pelear, ni siquiera para mantenerse erguido. Al principio lo salvan otros tártaros. Al final, el monito Nikima pide auxilio a todos los animales de la jungla y ya veremos en el tomo siguiente quién logra rescatar al Rey de la Selva de una situación límite, que por primera vez parece revestir real gravedad. Por supuesto, aplaudo la aparición de este Tarzan más vulnerable, porque eso lo humaniza, lo hace más creíble. El guacho pistola que se banca todo las 24 horas de los 365 días del año ya me tenía bastante podrido.
Tarde pero seguro, explotó Tarzan. Y ahora sí, si los guiones empeoran aún más, me importa un carajo. Primero porque me faltan sólo tres tomos para llegar al final. Y segundo porque sobre el final de este tomo, el dibujo de Burne Hogarth alcanzó ese nivel imposible, ascendió al Olimpo, no dejó promesas ni amenazas sin cumplir. Si el precio para acceder a este festival del dibujo académico-realista es fumarse guiones excecrables, de los que no se puede rescatar ni los signos de puntuación, yo por este Hogarth me los fumo, sin dudarlo.
La vez pasada se nos cortó el tomo cuado recién arrancaba la saga de los tártaros, esa en la que –por primera vez- había personajes femeninos atractivos, capaces de mover los hilos de la trama. Bueno, hete aquí que el maestro Burne Hogarth... no termina esa saga! Hace 12 páginas más y se va a probar suerte con Drago, un personaje de su propia creación. Para reemplazarlo llega Rubimor, pseudónimo detrás del cual se esconde el portorriqueño Rubén Moreira, conocido por los muy eruditos de DC por haber co-creado a Roy Raymond y Rip Hunter, además de participar bastante en las antologías de misterio.
Rubimor, un dibujante correcto, a años luz de Hogarth, apenas un poco mejor que los pibes de 18 años que daban pena en los comic-books de Marvel y DC de mediados de los ´40, se va a quedar al frente de las planchas dominicales de Tarzan 88 semanas. Va a terminar la saga de los tártaros y a iniciar otras, que esta edición no incluye para centrarse en las aventuras en las que mete mano Hogarth. O sea que hay un salto en la narración y es bastante brusco, porque cuando se inicia la saga que marcará el regreso de Hogarth, Tarzan está casado con Jane y vive en una granja, con capataces y peones. Incluso cuando tiene que viajar, se viste con un impecable traje blanco! Pero pará, que falta lo mejor. Cuando Rubimor lleva seis páginas de esta nueva saga (llamémosla “El Lago de Sangre”) se anima a lo imposible: cambia el esquema de cuatro tiras de viñetas por uno de TRES tiras! O sea que dibuja, como máximo, nueve viñetas por página en vez de 16! Acá mejora mucho el dibujo, pero claro, como pasan menos cosas por página, se ve más forzado el cliffhanger con el que terminaba cada entrega.
Y la página 18 de esta saga, del 10 de Agosto de 1947, marca el regreso triunfal de Burne Hogarth, a quien le había ido bastante mal con Drago. Hogarth vuelve cambiado, más extremo, más expresionista, más cebado con dibujar acción y machaca grandilocuente. La nueva grilla de menos cuadros le permite jugar mucho más con el dibujo y cada vez que la rompe para darle más espacio a alguna viñeta, su anatomía y sus fondos explotan en una orgía visual apabullante. Ahora sí, el dibujo de Hogarth brilla en todo su esplendor y –salvo algunos rostros femeninos- todo se ve demasiado perfecto para ser real.
Además, tanto en el tramo inicial (el de los tártaros) como en el epílogo de la saga del Lago de Sangre, Hogarth hace que pase algo que nunca había pasado antes: exhausto y malherido, Tarzan cae, se va a la lona, tira la toalla, no tiene más fuerza para pelear, ni siquiera para mantenerse erguido. Al principio lo salvan otros tártaros. Al final, el monito Nikima pide auxilio a todos los animales de la jungla y ya veremos en el tomo siguiente quién logra rescatar al Rey de la Selva de una situación límite, que por primera vez parece revestir real gravedad. Por supuesto, aplaudo la aparición de este Tarzan más vulnerable, porque eso lo humaniza, lo hace más creíble. El guacho pistola que se banca todo las 24 horas de los 365 días del año ya me tenía bastante podrido.
Tarde pero seguro, explotó Tarzan. Y ahora sí, si los guiones empeoran aún más, me importa un carajo. Primero porque me faltan sólo tres tomos para llegar al final. Y segundo porque sobre el final de este tomo, el dibujo de Burne Hogarth alcanzó ese nivel imposible, ascendió al Olimpo, no dejó promesas ni amenazas sin cumplir. Si el precio para acceder a este festival del dibujo académico-realista es fumarse guiones excecrables, de los que no se puede rescatar ni los signos de puntuación, yo por este Hogarth me los fumo, sin dudarlo.
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jueves, 20 de septiembre de 2012
20/ 09: TARZAN Vol.14
Bueno, cuando ya me quedaban menos esperanzas que a los hinchas de Independiente, me encontré con un tomo de Tarzan en el que los guiones mejoran un poco respecto de la sarta de pelotudeces que me había tenido que fumar en los tomos anteriores. Por supuesto, al lado de cualquier comic de hoy, o incluso de los comics bien escritos de aquella época (1944-45), estos guiones “mejores” siguen en un nivel de pedorro para abajo. Pero algunos sufrimientos nos ahorramos, lo cual no es poco, si pensamos en las penurias que hubo que atravesar con estoicismo y resignación para llegar hasta acá.
La vez pasada, el capo de la monada estaba intentando que el resto no hiciera boleta a Bulak, un simio de pelaje blanco, estigmatizado por el gorilaje. Ese plot, en vez de resolverse, interesecta con otro. Una saga extensa y bastante ambiciosa interrumpe una trama bastante ridícula y la absorbe, porque Tarzan, Bulak y varios de los monos tienen roles reservados en esta historia que el maestro Burne Hogarth y sus anónimos guionistas nos narrarán a lo largo de 28 planchas.
Acá los malos son los nazis, aliados a un japonés con cara de garca que casi no pincha ni corta, y decididos a rosquear con una especie de jeque árabe (¿qué carajo hacía un jeque árabe en la jungla africana?) para quedarse con vastas extensiones de tierra ricas en petróleo. El jeque, por supuesto, negocia con los malos a espaldas de su pueblo, al que tiene distraído no con famosas de cuarta que bailan en el caño, sino con un coliseo en el que se enfrentan varias fieras salvajes cagadas de hambre. Tarzan y Bulak, capturados por los esbirros del jeque, están entre las bestias que van a combatir en el coliseo. Pero Lord Greystoke, que es amigo de muchos de los cuadrúpedos cautivos, los convence para que no se maten entre sí y hagan causa común contra el jeque. De liderar a las fieras, Tarzan pasa al toque a liderar a los ciudadanos en una revolución para derrocar al jeque, y de ahí a un ataque contra los pozos de petróleo controlados por los soldaditos del führer, que deben emprender la retirada, con otra derrota bajo el brazo. Nada de lo que pasa es muy lógico, pero por lo menos hay un sentido, una intención de decir algo más o menos relevante (“guarda, muchachos de Medio Oriente, no entren en la runfla con los nazis, que van a salir perdiendo”) y son 28 páginas que van en una única dirección, sin volantazos fumados.
La siguiente saga es más breve, sólo 16 páginas, y esta vez, en lugar de transplantar a los pagos de Tarzan a villanos que amenazaban a Europa y EEUU, la saga explota dos elementos misteriosos de la propia Africa: los pigmeos y el mítico Mokele-Mbembe, ese saurio inmenso, probablemente un sobreviviente de la época de los dinosaurios, que –se dice- habita en la jungla aún hoy. Acá tiene otro nombre (Goru-Bongara) y por supuesto muere a manos de Tarzan, que es el único que no le tiene miedo. No es una mala historia, dentro de todo. Y sobre el final del tomo, arranca un tercer arco, el de los tártaros, que se resolverá en el próximo libro y que tiene algo que hasta ahora no habíamos visto: entre tanta salvajada y tanta testosterona, un poquito de protagonismo para la sugestiva Lurulai, una minita con la que Tarzan había pegado onda en la saguita de los pigmeos.
Si todavía no lo hiciste, imaginate el combate entre Tarzan y una especie de dinosaurio dibujado por Hogarth. Bueno, ahora cambiate la ropa interior e imaginate la escena en la que Tantor el elefante y bocha de animales más embisten contra el coliseo del jeque y lo derrumban. Aunque los guiones sean medio frutihortícolas, ver a Hogarth dibujar esas animaladas es un placer infinito. La explosión del arsenal de los nazis, también, te pone los pelos de punta. Para esta época, el Miguel Angel de la historieta ya estaba muy, muy inspirado y pelaba en esas viñetitas chiquitas lo que pocos pelarían en esa y otras décadas. Si te gusta Gil Kane, vas a ver muchas imágenes que luego el prócer reciclaría en sus historietas. Y si te gusta el dibujo académico-realista, sabés que a Hogarth no hay con qué darle.
De nuevo, estoy un tomo más cerca de terminar el Tarzan de Hogarth. Sólo que esta vez me maltrataron un poquito menos los guiones y eso hay que festejarlo. Me largaría a colgarme en calzoncillos de los cables de tensión, pero hace un poquito de frío...
La vez pasada, el capo de la monada estaba intentando que el resto no hiciera boleta a Bulak, un simio de pelaje blanco, estigmatizado por el gorilaje. Ese plot, en vez de resolverse, interesecta con otro. Una saga extensa y bastante ambiciosa interrumpe una trama bastante ridícula y la absorbe, porque Tarzan, Bulak y varios de los monos tienen roles reservados en esta historia que el maestro Burne Hogarth y sus anónimos guionistas nos narrarán a lo largo de 28 planchas.
Acá los malos son los nazis, aliados a un japonés con cara de garca que casi no pincha ni corta, y decididos a rosquear con una especie de jeque árabe (¿qué carajo hacía un jeque árabe en la jungla africana?) para quedarse con vastas extensiones de tierra ricas en petróleo. El jeque, por supuesto, negocia con los malos a espaldas de su pueblo, al que tiene distraído no con famosas de cuarta que bailan en el caño, sino con un coliseo en el que se enfrentan varias fieras salvajes cagadas de hambre. Tarzan y Bulak, capturados por los esbirros del jeque, están entre las bestias que van a combatir en el coliseo. Pero Lord Greystoke, que es amigo de muchos de los cuadrúpedos cautivos, los convence para que no se maten entre sí y hagan causa común contra el jeque. De liderar a las fieras, Tarzan pasa al toque a liderar a los ciudadanos en una revolución para derrocar al jeque, y de ahí a un ataque contra los pozos de petróleo controlados por los soldaditos del führer, que deben emprender la retirada, con otra derrota bajo el brazo. Nada de lo que pasa es muy lógico, pero por lo menos hay un sentido, una intención de decir algo más o menos relevante (“guarda, muchachos de Medio Oriente, no entren en la runfla con los nazis, que van a salir perdiendo”) y son 28 páginas que van en una única dirección, sin volantazos fumados.
La siguiente saga es más breve, sólo 16 páginas, y esta vez, en lugar de transplantar a los pagos de Tarzan a villanos que amenazaban a Europa y EEUU, la saga explota dos elementos misteriosos de la propia Africa: los pigmeos y el mítico Mokele-Mbembe, ese saurio inmenso, probablemente un sobreviviente de la época de los dinosaurios, que –se dice- habita en la jungla aún hoy. Acá tiene otro nombre (Goru-Bongara) y por supuesto muere a manos de Tarzan, que es el único que no le tiene miedo. No es una mala historia, dentro de todo. Y sobre el final del tomo, arranca un tercer arco, el de los tártaros, que se resolverá en el próximo libro y que tiene algo que hasta ahora no habíamos visto: entre tanta salvajada y tanta testosterona, un poquito de protagonismo para la sugestiva Lurulai, una minita con la que Tarzan había pegado onda en la saguita de los pigmeos.
Si todavía no lo hiciste, imaginate el combate entre Tarzan y una especie de dinosaurio dibujado por Hogarth. Bueno, ahora cambiate la ropa interior e imaginate la escena en la que Tantor el elefante y bocha de animales más embisten contra el coliseo del jeque y lo derrumban. Aunque los guiones sean medio frutihortícolas, ver a Hogarth dibujar esas animaladas es un placer infinito. La explosión del arsenal de los nazis, también, te pone los pelos de punta. Para esta época, el Miguel Angel de la historieta ya estaba muy, muy inspirado y pelaba en esas viñetitas chiquitas lo que pocos pelarían en esa y otras décadas. Si te gusta Gil Kane, vas a ver muchas imágenes que luego el prócer reciclaría en sus historietas. Y si te gusta el dibujo académico-realista, sabés que a Hogarth no hay con qué darle.
De nuevo, estoy un tomo más cerca de terminar el Tarzan de Hogarth. Sólo que esta vez me maltrataron un poquito menos los guiones y eso hay que festejarlo. Me largaría a colgarme en calzoncillos de los cables de tensión, pero hace un poquito de frío...
miércoles, 22 de agosto de 2012
22/ 08: TARZAN Vol.13
Me venía haciendo el dolobu hace como un mes, pero bueno... me tengo que arremangar, nomás, y entrarle a un nuevo tomo de Tarzan, una tortura que no duele menos por el hecho de ser autoinfligida.
Esta vez hay algo redimible en uno de los guiones! Por primera vez en muuuchos tomos, a un villano se le ocurre un plan realmente ingenioso! Por supuesto va a fracasar, pero ahí, con lo justo y porque Tarzan es muuuuy grosso. Esta vez realmente había chances de que los malos (en este caso, nazis) ganaran de visitante en los infinitos pagos del Rey de la Selva.
Digo “infinitos pagos”, porque si le creemos a esta historieta, Africa es más grande que Asia y Europa juntas, tiene todos los climas, todas las geografías imaginables (llanuras, desiertos, selvas, volcanes, islas, cataratas, acantilados... lo que quieras) y está poblada por cientos de civilizaciones, además de los nativos (aborígenes de raza negra) y los boers (colonos holandeses del Africa meridional). En este tomo aparece una civilización con jeques y odaliscas, turbantes y cimitarras, al mejor estilo árabe, y 20 páginas después, un villano con aspecto español, que organiza corridas de toros. Posta, si no aparecieran cada tanto gorilas y leones, creeríamos que Tarzan va viajando en liana de un continente a otro.
Otra novedad: en las 50 planchas de este tomo (años 1943-44) ninguna mina se enamora de Tarzan! Hay una que le pide que rescate a su padre (prisionero de ese garca con pinta de español) y eso es todo. No le tira onda, no suspira por él, ni se le quiere colgar de la liana. También hay variaciones en las bestias a las que mata el héroe: después de tanto mono, tigre y cocodrilo, acá lo vemos liquidar sin piedad a un jabalí gigante, un toro y un pulpo. Y a unos cuantos seres humanos, no vaya a ser que nos sintamos discriminados.
A pesar de estas pequeñas variaciones en la fórmula de siempre, los guiones siguen siendo chatos, siguen sin tener profundidad, sin aprovechar al mango el dramatismo y el impacto de las situaciones que plantean. Pareciera que el laburo del guionista fuera simplemente responder a la pregunta “¿Y qué pasó después?”, como un maquinista de tren cuyo laburo consiste en tirar carbón en una caldera para que no se detenga la locomotora. No importa nada: ni la construcción de los personajes, ni el verosímil, ni siquiera que las secuencias parezcan hiladas con una mínima lógica, una mínima coherencia. Sólo importa que la locomotora siga adelante, semana tras semana, peripecia tras peripecia, en lo posible con un gancho, un misterio o un peligro en la última viñeta de cada página. Evidentemente, eso alcanzaba para tener cebados a los lectores de hace 70 años.
O no. Por ahí en aquella época los lectores de Tarzan hacían lo mismo que yo: se fumaban guiones pedorros, repetitivos y con más agujeros que ventana de bosnio, simplemente porque flasheaban con los majestuosos dibujos de Burne Hogarth, uno de los capos máximos del estilo académico-realista, considerado el Miguel Angel de la historieta. Yo tengo muchos prejuicios hacia la historieta de aventuras pre-1955-60, pero la verdad es que Hogarth me emociona, me hipnotiza, logra que me meta los prejuicios en el orto. Me emociona verlo luchar contra la grilla de 12 viñetas, contra la cero onda de los textos, tan anodinos que ni siquiera están contenidos dentro de un bloquecito. El maestro no se conformaba con dibujar algo anatomicamente correcto: sus cuerpos en movimiento son belleza en estado salvaje, llenos de plasticidad. Sus paisajes, palacios y junglas laten, viven, son mucho más que hermosas escenografías. Por ahí no hay mucha variedad de climas, ni de expresiones faciales (tanto Tarzan como los malos tienen su repertorio de caras y los repiten ad infinitum), pero no sé si en 1943 se valoraban tanto los climas y las expresiones faciales. Me consta que Will Eisner ponía muchísimo de eso en The Spirit, pero el resto... no sé, por ahí todavía no había descubierto que esos recursos expresivos garpaban muchísimo a la hora de enganchar al lector en el relato.
En fin... estoy un tomo más cerca de terminar el Tarzan de Hogarth y eso, por ahora, es una buena noticia. Veremos con qué me encuentro cuando me decida a entrarle al próximo.
Esta vez hay algo redimible en uno de los guiones! Por primera vez en muuuchos tomos, a un villano se le ocurre un plan realmente ingenioso! Por supuesto va a fracasar, pero ahí, con lo justo y porque Tarzan es muuuuy grosso. Esta vez realmente había chances de que los malos (en este caso, nazis) ganaran de visitante en los infinitos pagos del Rey de la Selva.
Digo “infinitos pagos”, porque si le creemos a esta historieta, Africa es más grande que Asia y Europa juntas, tiene todos los climas, todas las geografías imaginables (llanuras, desiertos, selvas, volcanes, islas, cataratas, acantilados... lo que quieras) y está poblada por cientos de civilizaciones, además de los nativos (aborígenes de raza negra) y los boers (colonos holandeses del Africa meridional). En este tomo aparece una civilización con jeques y odaliscas, turbantes y cimitarras, al mejor estilo árabe, y 20 páginas después, un villano con aspecto español, que organiza corridas de toros. Posta, si no aparecieran cada tanto gorilas y leones, creeríamos que Tarzan va viajando en liana de un continente a otro.
Otra novedad: en las 50 planchas de este tomo (años 1943-44) ninguna mina se enamora de Tarzan! Hay una que le pide que rescate a su padre (prisionero de ese garca con pinta de español) y eso es todo. No le tira onda, no suspira por él, ni se le quiere colgar de la liana. También hay variaciones en las bestias a las que mata el héroe: después de tanto mono, tigre y cocodrilo, acá lo vemos liquidar sin piedad a un jabalí gigante, un toro y un pulpo. Y a unos cuantos seres humanos, no vaya a ser que nos sintamos discriminados.
A pesar de estas pequeñas variaciones en la fórmula de siempre, los guiones siguen siendo chatos, siguen sin tener profundidad, sin aprovechar al mango el dramatismo y el impacto de las situaciones que plantean. Pareciera que el laburo del guionista fuera simplemente responder a la pregunta “¿Y qué pasó después?”, como un maquinista de tren cuyo laburo consiste en tirar carbón en una caldera para que no se detenga la locomotora. No importa nada: ni la construcción de los personajes, ni el verosímil, ni siquiera que las secuencias parezcan hiladas con una mínima lógica, una mínima coherencia. Sólo importa que la locomotora siga adelante, semana tras semana, peripecia tras peripecia, en lo posible con un gancho, un misterio o un peligro en la última viñeta de cada página. Evidentemente, eso alcanzaba para tener cebados a los lectores de hace 70 años.
O no. Por ahí en aquella época los lectores de Tarzan hacían lo mismo que yo: se fumaban guiones pedorros, repetitivos y con más agujeros que ventana de bosnio, simplemente porque flasheaban con los majestuosos dibujos de Burne Hogarth, uno de los capos máximos del estilo académico-realista, considerado el Miguel Angel de la historieta. Yo tengo muchos prejuicios hacia la historieta de aventuras pre-1955-60, pero la verdad es que Hogarth me emociona, me hipnotiza, logra que me meta los prejuicios en el orto. Me emociona verlo luchar contra la grilla de 12 viñetas, contra la cero onda de los textos, tan anodinos que ni siquiera están contenidos dentro de un bloquecito. El maestro no se conformaba con dibujar algo anatomicamente correcto: sus cuerpos en movimiento son belleza en estado salvaje, llenos de plasticidad. Sus paisajes, palacios y junglas laten, viven, son mucho más que hermosas escenografías. Por ahí no hay mucha variedad de climas, ni de expresiones faciales (tanto Tarzan como los malos tienen su repertorio de caras y los repiten ad infinitum), pero no sé si en 1943 se valoraban tanto los climas y las expresiones faciales. Me consta que Will Eisner ponía muchísimo de eso en The Spirit, pero el resto... no sé, por ahí todavía no había descubierto que esos recursos expresivos garpaban muchísimo a la hora de enganchar al lector en el relato.
En fin... estoy un tomo más cerca de terminar el Tarzan de Hogarth y eso, por ahora, es una buena noticia. Veremos con qué me encuentro cuando me decida a entrarle al próximo.
lunes, 23 de julio de 2012
23/ 07: TARZAN Vol.12
No, si yo no aprendo más... Después de que decidí darle de baja a esta colección por lo chotos que eran los guiones, me dejé tentar. En su momento dije “no compro más tomos a menos que aparezcan de recontra-saldo a precio ridículo”, y así fue. Los libros que no se vendieron en Buenos Aires a $ 25 se distribuyeron en Córdoba en packs de dos por $ 10 y ante semejante oferta no me pude resistir y le encargué a un amigo de allá que me comprara –por miseros $ 35- los 7 tomos que me faltaban para completar todo lo de Burne Hogarth.
Pagarlos fue fácil, lo difícil es leerlos. Libro tras libro esperando que mejoraran los guiones y los guiones no sólo no mejoran, sino que empeoran. Ahora ya ni son sutiles: en el tomo anterior había un villano que era una especie de caricatura de Hitler. En este, directamente hay un traidor hijo de puta con una esvástica tatuada en el pecho, o sea, un auténtico villano nazi, de esos que tenemos casi todas las semanas acá en el blog.
Pero lo peor es la repetición: el cliché de “Tarzan se encuentra con una civilización perdida y una minita (generalmente princesa) se moja cuando lo ve y se lo quiere quedar de mascota sexual” se reitera tres veces en 50 páginas. El cliché de “Tarzan combate con el jefe de una manada de monos, le gana y por ley se convierte en el nuevo jefe” es el final absolutamente predecible para el predicamento en el que dejamos al Rey de la Selva al final del Vol.11, allá por Enero de 2011. Y por supuesto, vemos al protagonista zafar de ataduras, cárceles, caídas al vacío, flechazos, tiros, redes, espadazos... todo el clásico repertorio. Los malos, además de malos, son bastante pelotudos: todos en algún momento capturan a Tarzan, pero a ninguno se le ocurre sacarle el puñal que el Hombre Mono lleva atado a la cintura, a la altura de la nalga derecha. ¿No se dan cuenta de que con eso Tarzan puede cortar las sogas con las que lo atan, y si se pone espeso, hasta cortarles la yugular? Es como capturar a Batman y no sacarle el bati-cinturón... De Tarzan no esperaba mucho, pero la verdad es que en los tomos anteriores hubo mejores villanos, más idiosincráticos, más memorables. Acá el único que tiene mínima chapa es el de la esvástica, y sólo porque se hizo pasar por amigo de Tarzan y se dio vuelta muuuchas páginas después. Si no, ni eso.
Lo cierto es que, si esto fuera aventura clásica escrita con mínima onda, uno se bancaría todas estas estupideces inexplicables. El tema es que, entre la serialización de a una página por semana (estas son planchas de 1942/43) y el uso de textos en tercera persona en vez de diálogos, el paquete está armado para que la onda no pueda entrar ni a saludar. Por supuesto, si el guionista (que no sabemos quién es) usara globos de diálogo, en algún momento nos preguntaríamos cómo es que Tarzan habla sin problemas con todos: no menos de 15 especies animales y unas 25 civilizaciones de humanos y afines, algunos negros, otros nórdicos, otros que parecen chinos, algún inglés...
Al final, y una vez más, lo único que salva a estos hermosos tomos de terminar en el carrito de los cartoneros es el dibujo del maestro Burne Hogarth, que casi siempre logra romper la grilla de 12 cuadros por página para brillar con su estremecedor manejo de la figura humana y los paisajes exóticos. Acá aparecen unas cuantas minas (una de las civilizaciones perdidas está compuesta por amazonas) y no, los rostros femeninos no le salen a Hogarth tan bien como los masculinos, le cuesta más hacerlos distintos, darles expresividad. Los cuerpos sí, están perfectos. La viñeta esa en la que un barco es abordado por cuatro o cinco mastodontes es una obra maestra en sí misma, una genialidad casi surrealista. Y en materia de dibujo todavía falta lo mejor, porque en un par de años/tomos más, Hogarth se va a superar a sí mismo.
Veremos qué tan infumables se me hacen los guiones de los próximos tomos. No me queda más remedio que leerlos, pero espaciados, así no te torturo a vos con mis padeceres...
Pagarlos fue fácil, lo difícil es leerlos. Libro tras libro esperando que mejoraran los guiones y los guiones no sólo no mejoran, sino que empeoran. Ahora ya ni son sutiles: en el tomo anterior había un villano que era una especie de caricatura de Hitler. En este, directamente hay un traidor hijo de puta con una esvástica tatuada en el pecho, o sea, un auténtico villano nazi, de esos que tenemos casi todas las semanas acá en el blog.
Pero lo peor es la repetición: el cliché de “Tarzan se encuentra con una civilización perdida y una minita (generalmente princesa) se moja cuando lo ve y se lo quiere quedar de mascota sexual” se reitera tres veces en 50 páginas. El cliché de “Tarzan combate con el jefe de una manada de monos, le gana y por ley se convierte en el nuevo jefe” es el final absolutamente predecible para el predicamento en el que dejamos al Rey de la Selva al final del Vol.11, allá por Enero de 2011. Y por supuesto, vemos al protagonista zafar de ataduras, cárceles, caídas al vacío, flechazos, tiros, redes, espadazos... todo el clásico repertorio. Los malos, además de malos, son bastante pelotudos: todos en algún momento capturan a Tarzan, pero a ninguno se le ocurre sacarle el puñal que el Hombre Mono lleva atado a la cintura, a la altura de la nalga derecha. ¿No se dan cuenta de que con eso Tarzan puede cortar las sogas con las que lo atan, y si se pone espeso, hasta cortarles la yugular? Es como capturar a Batman y no sacarle el bati-cinturón... De Tarzan no esperaba mucho, pero la verdad es que en los tomos anteriores hubo mejores villanos, más idiosincráticos, más memorables. Acá el único que tiene mínima chapa es el de la esvástica, y sólo porque se hizo pasar por amigo de Tarzan y se dio vuelta muuuchas páginas después. Si no, ni eso.
Lo cierto es que, si esto fuera aventura clásica escrita con mínima onda, uno se bancaría todas estas estupideces inexplicables. El tema es que, entre la serialización de a una página por semana (estas son planchas de 1942/43) y el uso de textos en tercera persona en vez de diálogos, el paquete está armado para que la onda no pueda entrar ni a saludar. Por supuesto, si el guionista (que no sabemos quién es) usara globos de diálogo, en algún momento nos preguntaríamos cómo es que Tarzan habla sin problemas con todos: no menos de 15 especies animales y unas 25 civilizaciones de humanos y afines, algunos negros, otros nórdicos, otros que parecen chinos, algún inglés...
Al final, y una vez más, lo único que salva a estos hermosos tomos de terminar en el carrito de los cartoneros es el dibujo del maestro Burne Hogarth, que casi siempre logra romper la grilla de 12 cuadros por página para brillar con su estremecedor manejo de la figura humana y los paisajes exóticos. Acá aparecen unas cuantas minas (una de las civilizaciones perdidas está compuesta por amazonas) y no, los rostros femeninos no le salen a Hogarth tan bien como los masculinos, le cuesta más hacerlos distintos, darles expresividad. Los cuerpos sí, están perfectos. La viñeta esa en la que un barco es abordado por cuatro o cinco mastodontes es una obra maestra en sí misma, una genialidad casi surrealista. Y en materia de dibujo todavía falta lo mejor, porque en un par de años/tomos más, Hogarth se va a superar a sí mismo.
Veremos qué tan infumables se me hacen los guiones de los próximos tomos. No me queda más remedio que leerlos, pero espaciados, así no te torturo a vos con mis padeceres...
jueves, 20 de enero de 2011
20/ 01: TARZAN Vol.11

Ahora sí, último tomo de Tarzan que me pienso comprar, a menos que aparezcan de recontra-saldo a precio ridículo en las librerías de Corrientes. Estuve viendo en la web de Planeta las portadas de los siete que me faltan, y las últimas son alucinantes. Ahí está el Burne Hogarth definitivo, la perfección más absoluta del dibujo académico aplicado a la historieta de aventuras. Pero no me aguanto más los guiones, me aburro demasiado.
Este tomo sigue, a grandes rasgos, los lineamientos del anterior. O sea, la historieta habla de política internacional, de la situación que vivía el mundo en 1941-42. Arranca con el final de la saga contra Dagga Ramba, el déspota del desierto, típico tirano facho al estilo Mussolini. El rol de Tarzan en la historia es raro: salta, esquiva balazos, se agarra a trompadas varias veces, pero lo importante, lo que lo motiva, es una labor diplomática, un rol de emisario político que tiene que lograr que los distintos pueblos de esta extraña región de Africa se pongan de acuerdo para, entre todos, terminar con el sangriento régimen de Dagga Ramba. Por supuesto hay intriga palaciega, minitas que se le regalan al capo de la monada y avechuchos miserables dispuestos a traicionar a propios y ajenos para quedarse con la mejor parte. Tarzan guiará a las tribus con justicia y eficacia, al punto de que –una vez depuesto el tirano- le ofrecerán ser el nuevo rey de estos pueblos, ahora unidos. Como los monos en las sagas anteriores, ¿te acordás? Tarzan renuncia a los honores, pero no a la lucha, y en la misma página en la que se despide de sus aliados, se mete en un nuevo kilombo.
En el segundo tramo, el malo es una especie de parodia de Adolf Hitler: un enano con cara de jodido, ambicioso, grandilocuente y medio trastornado, al que lo único que le interesa es el poder. “Entrad en mi mundo de hombres superiores!” le grita a una tribu de nativos inusualmente grandotes y sorprendentemente blancos. “Los que no quieren unirse a vosotros son vuestros enemigos. Matadlos!”, vocifera con gesto desencajado y la mano extendida en un gesto parecido al saludo nazi. Tarzan, que no se come ni la punta, lo enfrenta en combate y lo mata, así de una, sin sentir el menor remordimiento. No hay tiempo, tiene que arrancar YA otra aventura.
Junto con una minita (que misteriosamente no le tira onda), se raja en un avión, con tan mala suerte que se le cuelga al techo un gorila mutado, más grande y fuerte que los normales. Tarzan se sube al techo del avión y (en pleno vuelo) se trompea con el gorila, que obviamente cae a una muerte segura. El avión se estrella poco después y sólo sobreviven Tarzan y un milico, el Comandante Jonathan. Juntos tendrán que vencer a una nuevo amenaza, Nahro el ermitaño, un loser que se hace el poronga pero dura vivo apenas seis páginas. Ya no aguantan como antes, los villanos.
El dibujo de Hogarth no tiene secuencias de lucimiento tan impactantes como las del tomo anterior, pero igual está excelente. Se juega mucho en las caras (sobre todo las de los malos), capta los detalles de ciudades, desiertos, islas y junglas, siempre distintos, siempre nuevos, y renueva el repertorio de poses a la hora de mostrar a Tarzan en acción. O sea, todo demasiado tranqui, pero impecable.
Y ya fue: en la última viñeta Tarzan y Jonathan quedan cara a cara con una manada de simios enardecidos con intenciones tan malas como su higiene bucal, y recién en el próximo tomo te enterás cómo hacen los muchachos para vencerlos, o convencerlos de que reconozcan a Tarzan como su legítimo soberano. No me importa, no lo pienso comprar. A menos que –repito- me tiren onda desde una mesa de saldos a un precio demasiado tentador. Adios, Lord Greystoke, adios Maestro Hogarth, un gustazo… o casi.
miércoles, 12 de enero de 2011
12/ 01: TARZAN Vol.10

Sí, soy cabezadura. Volví por más Tarzan después de haberme fumado tres tomos desgarradores con los peores guiones que leí en mucho tiempo. Pero el amor es más fuerte, y lo que hacía el maestro Burne Hogarth hace 70 años en esas planchas dominicales es demasiado como para no volver a visitarlo nunca más.
Y la verdad es que la persistencia garpó. Guarda, no me encontré con el mega-guión. Pero por lo menos hay un cambio, una búsqueda de algo distinto a las pelotudeces que nos contaron en los tomos anteriores. Básicamente el cambio está en que la serie agarra un rumbo más (entre miles de comillas) político. Tarzan deja de luchar con bestias cuadrúpedas (de hecho, en todo el tomo mata un sólo leopardo) y se dedica a combatir a déspotas y tiranos, enquistados en el poder de las culturas con las que toma contacto. Probablemente esto tenga que ver con la época en la que están escritas las sagas (1940-41), cuando el tema de las dictaduras fascistas europeas empezaba a inquietar a los yankis. Lo cierto es que en la historieta se abusa del recurso de las civilizaciones perdidas, para que Tarzan confronte con milicos y monarcas uno más despiadado que otro. Otros dos tópicos se repiten en ambas aventuras: las princesas babosas que se le quieren colgar de la liana al hombre mono, y los amigos que lo ayudan, siempre chabones grandotes… y blancos! No sabemos cómo, pero todas las civilizaciones perdidas de Africa están compuestas por blancos. En fin…
La segunda aventura de este libro (que empieza, pero concluye en el próximo) es sin dudas la más política. Acá hay protocolo a full: emisarios, negociaciones, rendición formal de un pueblo a manos de otro, todo como lo indica el reglamento. Y un poquito de machaca, claro, porque cada tanto los malos tienen que capturar a Tarzan para que este después se escape.
Y tal vez eso sea lo más choto de estas historietas: la cantidad de cosas terribles de las que zafa Tarzan. Página tras página lo vemos caer bajo una red, lanzarse por la rendijita de una puerta de piedra que baja tipo Indiana Jones, surtir a mano limpia a varios soldados armados, lanzarse en catapulta por encima de un muro de fuego, tirarse a la boca de un volcán que está por entrar en erupción, escapar del terremoto, el derrumbe, el desprendimiento de rocas y el río de lava una vez que el volcán despierta, saltar al borde de un precipicio, sumergirse en un mar en medio de un maremoto, ser arrastrado por la corriente en una zona de paredes rocosas, ser perseguido por un tipo que le dispara con una ametralladora mientras un montón de arqueros lo cagan a flechazos… y podría seguir, pero ya me aburrí. O sea, chicos, no lo intenten en sus casas. Al lado de todo eso, trenzarse con un leopardo hambriento es un pic-nic.
Por suerte tenemos los dibujos de Hogarth, en un nivel incomprensible para la mente humana. Las escenas del volcán que acaba con el Pueblo del Fuego y la del maremoto que hace lo propio con Pueblo del Mar, son obras maestras del dibujo y lo van a ser por siempre (o hasta que 6-7-8 gane un Premio Clarín, diría Peluffo). Acá Hogarth rompe la grilla ajustadita y repetida hasta el infinito y salta al vacío con viñetas cuádruples, monumentales y electrizantes, en las que deja la vida. En la segunda aventura lo vuelve a hacer, pero una sóla vez, cuando el maligno Dagga Ramba recibe a Tarzan en el patíbulo donde (cree, el pobre iluso) lo va a colgar para siempre. Impresionante.
Me queda un tomo más sin leer. Si noto nuevas mejoras, tendré que ir por los siete restantes, nomás…
miércoles, 20 de octubre de 2010
20/ 10: TARZAN Vol.9

Otra vez en bolas y a los gritos…
Para este tomo, el maestro Burne Hogarth ya se acerca peligrosamente a su mejor momento. Le falta zarparse un poquito más, sublevarse a esa grilla de 12 cuadros idénticos que se repite demasiadas veces y jugarse a narrar un poco más con la imagen, que muchas veces es apenas una ilustración redundante respecto de lo que ya nos contaron los textos. Se viene el estallido y Tarzan empieza a aparecer en poses cada vez más jugadas en las que el aplastante dominio de la anatomía por parte de Hogarth se empieza a lucir muy por encima del de sus pares de aquel entonces (y estamos hablando de nenes de pecho como Harold Foster y Alex Raymond, que conste). En un par de tomos, esto que empezó volando bajito se va a convertir en una orgía visual a la que ningún fan del dibujo realista se puede resistir.
Pero, ¿llego a comprarme dos tomos más? Digo, ¿resistirá mi estómago la lectura de dos tomos más? Porque la verdad que para los que leemos los comics por los guiones, esto es un sacerdocio. Okey, en este tomo Tarzan no asume el liderazgo de ninguna manada de monos tras vencer en combate al más poronga, pero el resto… ma-mita! No mejora nada! La primera aventura es muuuy larga (tanto que empezó en el tomo anterior) y se centra en un villano, el avechuchesco Klaas Vanger, que hace las mil y una para quedarse con la casa de una familia de colonos holandeses, bajo la cual hay una mina de diamantes. Por supuesto, Tarzan se encargará de que sus planes fracasen una y mil veces hasta que uno de los colonos, el grandote Carlus, será quien termine de una vez con el garca con cara de garca.
En la segunda aventura, Tarzan entrará en contacto con la enésima civilización perdida en el espesor de la jungla, el Reino del Agua, eternamente enfrentado al Reino del Fuego, que aparecerá un poquito más en el próximo tomo. Los muchachos del Agua no tendrán demasiados reparos en capturar y maltratar bastante al Rey de la Selva, excepto por la bella princesa que –obvia y predeciblemente- se enamora de nuestro salvaje favorito. Con o sin princesa babosa, Tarzan zafará de los distintos peligros y del yugo que pretende imponerle el perverso Molocar, incluso sin ayuda de sus súbditos, ya que en el Reino del Agua sólo hay peces y de los grandotes, todos hostiles al ser humano.
O sea, otras 52 páginas totalmente intrascendentes. Y hasta con ideas desaprovechadas. En un momento de la primera saga, el jefe de una manada de babuinos le chorea a Klaas Vanger una riñonera llena de diamantes, se la pone y la luce a la vista de todos. En uno de sus tantos enfrentamientos con la monada, el villano mata al babuino, pero la riñonera con las joyas se la termina llevando un trío de jinetes que pasaba por ahí y a los que justo les pintó tirarles unos tiros a los monitos. Y ya está, Vanger se olvida de la riñonera porque estos tipos están armados. ¿Y él no? ¿Y las decenas de babuinos con los que acaba de pelear eran perritos caniche? ¿Y Tarzan no se aviva? No, estaba ayudando a los monos heridos a escapar hacia un refugio. Obviamente nadie tenía idea de cómo darle peso dramático a los elementos que iban apareciendo semana tras semana.
Bueno, voy a meditar seriamente el tema de seguir o no seguir adelante con la colección. Para tener todo lo de Hogarth son nueve tomos más y los guiones no justifican comprar ni dos páginas más. Pero el dibujo sí, y mucho. Veremos qué onda…
miércoles, 6 de octubre de 2010
06/ 10: TARZAN Vol.8

Pero la puta madre, en mi vida leí guiones tan chotos! ¿Por qué el genio, el prócer, el maestro de los maestros Burne Hogarth tuvo que dibujar estos engendros tan abyectos? ¿No pensó que 72 años después algún fan de sus dibujos iba a querer leer las historietas y le iban a parecer un bofe? Nah, maestro, eso no se hace…
Esto es realmente desgarrador. Hogarth hace lo que puede, mejora con el correr de las planchas y se acerca de a poco a su mejor momento. Está prisionero de esa condena que son las páginas de 10 ó 12 viñetas, prolijamente ordenaditas en impertérritas cuatro tiras iguales, y aún en esos confines tan adversos dibuja cada vez mejor. Pero los guiones, papito… Los guiones son para ahorcarse con una liana.
Este es un clásico: Tarzan entra en contacto con una civilización humana. Pueden ser colonos holandeses, o miembros de una raza perdida en el espesor de la jungla. La mina más linda gusta de Tarzan, o el rey de este pueblo se fascina con la habilidad de Tarzan. Un garca con cara de garca se siente desplazado y se convence de que, si saca a Tarzan del medio, va a volver a ser el macho de la mina, o la mano derecha del rey. Se viene un ataque grosso, de negros salvajes o alguna otra amenaza, y el garca espera su oportunidad para –en el medio del kilombo- apuñalar a Tarzan por la espalda, o directamente pelear para el bando de los malos. ¿Sabés cuántas veces pasa esto en los dos tomos que llevo leídos? Cuatro.
Otra: Tarzan se encuentra con una manada de simios grandotes (no necesariamente gorilas). El jefe se enfrenta a Tarzan, el héroe gana y, por ley de la manada, pasa a ser el jefe. Esto, en dos tomos, pasa tres veces. Dos de ellas, con sólo 15 páginas de diferencia. Después Tarzan se va a la mierda, atrás de una mina, o capturado por otros indios, y los monos ¿qué hacen? ¿El que era jefe vuelve a ser jefe? ¿O algún otro mono se planta y dice “Pará, si Tarzan le ganó, yo también le gano”? ¿Para qué asume Tarzan la capitanía de los monos? Si a la primera de cambio se va de la manada… Además, ¿de qué sirve ser el jefe de la monada? ¿Para garcharse a las monas más lindas? Tarzan no se garcha monas! Se garcha humanas! O sea, no tiene lógica.
Como no tiene lógica esta sucesión infinita de peripecias que se repiten ad infinitum, que se concatenan unas con otras sin un minuto de paz, sin explorar las consecuencias de lo que pasa, sin más hilación que la ambientación selvática y la voz de un narrador omnipresente que nos cuenta un cuento tan predecible como poco interesante. Y en el medio, hoy con los monos, mañana con los negros, un rato con los chinos, y cuando pinta alguna minita interesante con los blancos, anda Tarzan, siempre listo para matar a quien se le haga el malo y siempre ágil para esquivar lanzas, tiros, zarpas y estampidas de ñúes. El tipo cambia de manada, de tribu, de mujer, de todo menos de ropa, y nada parece importarle demasiado. Tiene la ventaja, además, de que habla todos los idiomas (se entiende con colonos holandeses, con exploradores yankis, con guerreros zwahilis, con elefantes, chinos, gorilas, semi-humanos…) y de que casi nada lo lastima. Y de que cada vez que se cae por un peñasco, abajo hay un río, claro.
Hogarth me puede, ya te lo conté. Tengo hasta las novelas gráficas que hizo para Inglaterra en los ´70. Pero no sé si voy a aguantar mucho más la lectura de estas historias tan, pero tan mal escritas. Gracias, infinitas gracias E.C. Comics, gracias Editorial Frontera, gracias revista Pilote, por haber hecho añicos la matriz cultural de la que salían como chorizos “guiones” como los que tengo que padecer para leer al Tarzan de Hogarth. De verdad, qué lindo es ver que el comic pudo evolucionar y que esta bosta ilegible que en 1939 era el pico más alto del mainstream, hoy es una marcianada sin la menor conexión con lo que se produce y se lee en todo el mundo.
miércoles, 29 de septiembre de 2010
29/ 09: TARZAN Vol.7

Como seguramente habrán notado varios, este blog que presume de su eclecticismo y de su gusto amplio a la hora de leer comics prácticamente no se mete con la historieta pre-1955. ¿Por qué? ¿Qué pasa? ¿A qué viene la discriminación? A que, por lo menos para mi gusto, el 99% del comic pre-1955 no tiene gusto a nada. Los guiones no se sostienen, los personajes no están bien desarrollados, no sé, no me cierra. Me refiero sobre todo al comic de aventuras, no tanto al humorístico, que tiene hallazgos muy notables ya desde principios del Siglo XX. Por supuesto, hay excepciones (la más clarita debe ser el Spirit de Will Eisner, joya absoluta si las hay), pero a grandes rasgos, la historieta de aventuras “clásica” no me mueve un pelo.
Pero bueno, la carne es débil. Nuestra querida y nunca bien ponderada Hada de los Saldos hizo magia y hoy tenemos a $ 25 en los kioscos porteños unos tomos de Tarzan editados como la mega-San Puta por Planeta DeAgostini, y por si faltara algo, a partir de este tomo se recopila todo lo que dibujó entre 1937 y 1950 el maestro Burne Hogarth, que es el dibujante clásico que a mí más me gusta. Lo de Harold Foster en Tarzan –para qué te voy a mentir- me parece espantoso, no así lo de Prince Valiant, que es pecho frío, pero hermoso de verdad. Así que esperé hasta que los tomos españoles llegaran a la Era Hogarth y me tiré de cabeza.
La verdad, el dibujo todavía no está al nivel mítico de Hogarth. Creo que va a llegar a ese momento cumbre en un par de tomos (cada tomo abarca un año de la plancha dominical), pero lo que se ve en este tomo puntual es un tipo que dibuja muy bien todo menos a Tarzan, que no le sale copado, y que claramente no se siente cómodo con tantas viñetas por página. La acción, en viñetas tan chicas, se luce poco, y además los textos están integrados a la viñeta, pero sin globos de diálogo, y sin siquiera un bloquecito (o caption) para contener a las palabras. Ya sé que en esa época se estilaba contar así, pero leído hoy, tiene menos gracia que un desalojo.
De todos modos lo peor son los guiones, de autor anónimo, que son apenas una sucesión de peligros que Tarzan resuelve casi sin despeinarse, y que prácticamente no dan tregua porque claro, todas las semanas tenía que pasar algo que mantuviera entretenido y cebado al lector. Acá están todos los clichés del género de aventuras de los que –de MAD para acá- se han sabido mofar pícaros de toda calaña. El héroe blanco es noble, los negros salvajes son malos, las minitas suspiran invariablemente por el héroe, la aventura se resuelve rápido y sin mayores consecuencias y si un episodio termina con el bueno cayendo por un precipicio, el próximo nos revela que abajo hay un lago, o un río, y que el héroe zafó una vez más.
Lo único interesante es que esto está escrito en una época en la que se suponía que a la historieta la leían sólo los adultos, entonces hay bastantes muertes escabrosas, Tarzan mata a fieras cuadrúpedas o bípedas sin distinción y sin que le tiemble el pulso (aunque aclara que sólo en defensa propia), y hasta una de las minitas le manifiesta de modo muy claro al hombre mono sus intenciones de colgársele de la liana. O sea que esto estaba en sintonía con lo que en esa misma época (fines de los años ´30) se podía leer en los pulps, en las novelas detectivescas y demás lecturas escapistas de aquel EEUU al que todavía le costaba dejar atrás la Gran Depresión.
En total, para tener todo el Tarzan de Hogarth hay que comprarse 12 tomos. La verdad, no sé si me la voy a bancar, pero tengo una leve fe de que, a medida que levanta vuelo el dibujo del maestro, mejore aunque sea un poco el nivel de los guiones, que hasta ahora son más difíciles de tragar que un caño de escape envuelto en papel de lija.
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