Como durante buena parte de 2016, esta vez se me acumularon tres libros para reseñar.
Arranco con Reptilia, uno de los mangas más antiguos de Kazuo Umezu, el maestro definitivo del manga de terror. Son tres historietas de distinta extensión, todas publicadas originalmente entre 1965 y 1966 y conectadas entre sí por la presencia de una misma criatura maligna: la mujer serpiente. Entre las tres historias suman más de 300 páginas… y la verdad que se hacen difíciles de digerir.
A ver, esto no es horrible. Es anticuado. Los argumentos son flojos, con recursos imposibles, los diálogos son paupérrimos, el dibujo está muy por debajo de lo que veremos en obras posteriores de Umezu… No me pareció desastroso por dos motivos: por un lado el excelente flujo narrativo que propone el autor, que de alguna manera logra que la historia te enganche; y por el otro el clima que logra conjurar, un clima ominoso, tortuoso, muy tenso a pesar de que por momentos es todo tan bizarro que no sabés si ponerte nervioso o cagarte de risa. A mí casi todo el tiempo me puso nervioso. Sin tramas mecánicas, sólo con el blanco y el negro de su pincel y su plumín, Umezu define un mundo muy enroscado (es lógico, son víboras), muy cerrado en sí mismo, donde no hay lugar para virtuosismos porque hasta el último trazo está puesto en función de lograr ese clima que destacaba yo recién y que es uno de los pocos elementos que rescatan a Reptilia del abismo de la intrascendencia. Por suerte tengo sin leer otras obras de Umezu, así que volveré a buscar revancha.
Me voy a Canadá a 2007, cuando Drawn & Quarterly publica Albert and the Others, que en pocos minutos se convirtió en mi obra favorita del gran Guy Delisle. Se trata de 26 historias cortas, de entre una y siete páginas, protagonizadas por señores de los que sólo conocemos el nombre de pila. Cada uno empieza con una letra: Albert, Bernard, Christophe… y así hasta llegar a Zoltan.
Las 26 historias son mudas y están todas estructuradas en una grilla de 15 viñetas muy chiquitas, no muy distinto a lo que planteaba Lewis Trondheim en Génesis Apocalípticos (ver reseña del 16/09/14). La grilla inamovible y el trazo de Delisle le dan homogeneidad a los 26 relatos, que no tienen ninguna conexión entre sí. Algunos son más limados, otros van hacia un humor de comedia física, algunos tienen un cierto trasfondo más social y otros (generalmente los de una sóla página) son más zarpados a nivel guarangada. Delisle no sólo la rompe en el control molecular de la narrativa: estas pequeñas pantomimas le permiten también demostrar su fenomenal manejo del lenguaje gestual y corporal de los personajes, asombrarnos con los giros impredecibles de los argumentos, y además demostrar que no necesita reflejar realidades socio-políticas de países remotos para narrar historias geniales. Acá hay un par de historias cortitas, sin textos, sin siquiera onomatopeyas, con un dibujo hiper-minimalista, y que son gemas, pequeñas piedras preciosas que ya querrían haber escrito los guionistas más grosos que te puedas imaginar. Si nunca leíste nada de Delisle, no saques pasaje a China, Israel o Birmania. Arrancá por acá y descubrí al canadiense en un nivel sencillamente inverosímil.
Y termino acá en Argentina, en 2016, con la primera aventura de Max Hell, que marca (creo) el debut como guionista de Guillermo Höhn, en equipo con Pablo Tambuscio, a quien conocimos en las antologías de la Liga del Mal. Este es un comic de poquísimas pretensiones: 50 páginas con pocas viñetas por página (hay sólo dos con más de siete cuadros, el resto siempre de 5 para abajo), un argumento simple, lineal, un esfuerzo del guionista por presentar correctamente a los personajes y sobre todo por transmitirnos la sensación de maravilla que experimentan Max y sus amigos al recorrer el planeta en el que transcurre casi toda la aventura. Una aventura muy ganchera para los chicos que miran los dibujos animados actuales de Cartoon Network o Disney XD, con buen ritmo, algunos diálogos ingeniosos y una puntita astutamente abierta para resolver en la entrega que viene, aparentemente este año.
El dibujo de Tambuscio es excelente, 100% puesto al servicio de la historia, con variedad de enfoques, de climas, unos fondos magníficos, un diseño de personajes exquisito y una paleta de colores que logra impactar sin caer en la estridencia. Se nota que este muchacho la tiene muy clara en materia de ilustración de libros infantiles y supo poner ese talento sobre el tablero a la hora de encarar una historieta más extensa que las que le habíamos visto hasta la fecha. Si tenés pibes menores de 10-11 años (pueden ser ahijados, sobrinos o mascotas bípedas), llevales Max Hell, quedá como un duque y de paso leelo y flasheá un rato vos también.
Gracias por el aguante y nos rencontramos ni bien tenga más libros leídos.
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sábado, 25 de marzo de 2017
sábado, 24 de mayo de 2014
24/ 05: INSPECTEUR MORONI Vol.3
Ultimo tomo de esta serie en la que el maestro canadiense Guy Delisle se encargó de mostrarnos el lado absurdo y los rincones más miserables del típico policial “de procedimiento”.
Después de la no-aventura de la vez pasada, Delisle vuelve a apostar a un relato intenso, vertiginoso, con tiros, persecuciones y muchísimas escenas en exteriores. Y le sale el mejor de los tres guiones que escribió para el Inspecteur Moroni. El único problema que tiene es que algunas páginas están muy sobrecargadas de diálogo. Está compensado con muchas y muy buenas secuencias mudas, pero visualmente, me pasó que llegué a algunas páginas, vi la cantidad de texto que había y sólo atiné a cerrar el libro para retomar la lectura un rato más tarde.
Delisle se encuentra con mucho para explicar, porque mete a un personaje que prácticamente convierte a Moroni en secundario, y necesita contranos quién es y por qué hace lo que hace. El personaje de Eugéne Puthoff es complejo, con varias aristas atractivas, y Delisle se propone explorarlo a fondo. Para eso lo tiene que dejar hablar mucho, de su pasado, de su guerra secreta contra una corporación maligna y de una conspiración a gran escala que –en una de esas- incluye a los mismísimos alienígenas. ¿Víctima o victimario? ¿Trastornado o visionario? El canadiense nos da los elementos para que nosotros mismos juzguemos a Eugéne. Y si Moroni se convierte en secundario, Vanceslas, la madre del inspector y sus jefes y compañeros de la policía aparecen muy, muy poquito, en roles muy pequeños, pero casi siempre logran aportar buenos toques de humor/ patetismo a la trama central.
Decía que este es el mejor de los guiones de esta serie, y seguro se debe a que es el que logra el equilibrio más fino entre una aventura frenética, un buen desarrollo de personajes y, por supuesto, el humor. En ese sentido lo emparento bastante con Snarked!, la joyita de Roger Langridge que me tocó comentar ayer. La sátira a la cana y sus procedimientos sigue ahí, en un primer plano, pero además Delisle se anima a hablar –siempre desde la joda, nunca desde el púlpito- de otros temas importantes, que tienen que ver con la tensión constante entre la preservación del medio ambiente y la rosca empresarial a gran escala. La verdad, un lujo.
A diferencia de los dos primeros álbumes, que salieron con pocos meses de distancia, Le Syndrome de Stockholm salió dos años después de su antecesor. Quizás por eso se nota un poquito más la evolución del dibujo de Guy Delisle, que transita hacia un trazo más suelto, más plástico, menos frío, menos calculado, más expresivo. Entre esa leve mutación del grafismo y el uso del color, esto se ve todavía más distinto de las obras autobiográficas del autor que los otros tomos del Inspecteur Moroni. Posta, hay que esforzarse para ver en este trabajo rasgos gráficos que emparenten a este Delisle con el que nos contó sus viajes por Shenzhen, Birmania, Pyongyang o Jerusalén. Claramente el estilo que pela el autor en estos álbumes de Moroni es mucho más ganchero, más comercial, si se quiere, aunque sin renunciar a una fuerte impronta personal.
Repito lo que dije la vez pasada: creo que esta serie nunca se tradujo al castellano y me parece bastante injusto, no sólo porque me imagino que Delisle ya tiene una cantidad importante de fans incondicionales, que le comprarían de una estos álbumes e incluso otros mil veces peores, sino porque se trata de historietas de excelente calidad, accesibles no a los chicos pero sí a los adolescentes, muy bien escritas y brillantemente dibujadas. Y ahora sí, creo que hasta el año que viene no rompo más las bolas con Guy Delisle, que ya amenazaba con convertirse en otro autor fetiche de este blog.
Después de la no-aventura de la vez pasada, Delisle vuelve a apostar a un relato intenso, vertiginoso, con tiros, persecuciones y muchísimas escenas en exteriores. Y le sale el mejor de los tres guiones que escribió para el Inspecteur Moroni. El único problema que tiene es que algunas páginas están muy sobrecargadas de diálogo. Está compensado con muchas y muy buenas secuencias mudas, pero visualmente, me pasó que llegué a algunas páginas, vi la cantidad de texto que había y sólo atiné a cerrar el libro para retomar la lectura un rato más tarde.
Delisle se encuentra con mucho para explicar, porque mete a un personaje que prácticamente convierte a Moroni en secundario, y necesita contranos quién es y por qué hace lo que hace. El personaje de Eugéne Puthoff es complejo, con varias aristas atractivas, y Delisle se propone explorarlo a fondo. Para eso lo tiene que dejar hablar mucho, de su pasado, de su guerra secreta contra una corporación maligna y de una conspiración a gran escala que –en una de esas- incluye a los mismísimos alienígenas. ¿Víctima o victimario? ¿Trastornado o visionario? El canadiense nos da los elementos para que nosotros mismos juzguemos a Eugéne. Y si Moroni se convierte en secundario, Vanceslas, la madre del inspector y sus jefes y compañeros de la policía aparecen muy, muy poquito, en roles muy pequeños, pero casi siempre logran aportar buenos toques de humor/ patetismo a la trama central.
Decía que este es el mejor de los guiones de esta serie, y seguro se debe a que es el que logra el equilibrio más fino entre una aventura frenética, un buen desarrollo de personajes y, por supuesto, el humor. En ese sentido lo emparento bastante con Snarked!, la joyita de Roger Langridge que me tocó comentar ayer. La sátira a la cana y sus procedimientos sigue ahí, en un primer plano, pero además Delisle se anima a hablar –siempre desde la joda, nunca desde el púlpito- de otros temas importantes, que tienen que ver con la tensión constante entre la preservación del medio ambiente y la rosca empresarial a gran escala. La verdad, un lujo.
A diferencia de los dos primeros álbumes, que salieron con pocos meses de distancia, Le Syndrome de Stockholm salió dos años después de su antecesor. Quizás por eso se nota un poquito más la evolución del dibujo de Guy Delisle, que transita hacia un trazo más suelto, más plástico, menos frío, menos calculado, más expresivo. Entre esa leve mutación del grafismo y el uso del color, esto se ve todavía más distinto de las obras autobiográficas del autor que los otros tomos del Inspecteur Moroni. Posta, hay que esforzarse para ver en este trabajo rasgos gráficos que emparenten a este Delisle con el que nos contó sus viajes por Shenzhen, Birmania, Pyongyang o Jerusalén. Claramente el estilo que pela el autor en estos álbumes de Moroni es mucho más ganchero, más comercial, si se quiere, aunque sin renunciar a una fuerte impronta personal.
Repito lo que dije la vez pasada: creo que esta serie nunca se tradujo al castellano y me parece bastante injusto, no sólo porque me imagino que Delisle ya tiene una cantidad importante de fans incondicionales, que le comprarían de una estos álbumes e incluso otros mil veces peores, sino porque se trata de historietas de excelente calidad, accesibles no a los chicos pero sí a los adolescentes, muy bien escritas y brillantemente dibujadas. Y ahora sí, creo que hasta el año que viene no rompo más las bolas con Guy Delisle, que ya amenazaba con convertirse en otro autor fetiche de este blog.
miércoles, 14 de mayo de 2014
14/ 05: INSPECTEUR MORONI Vol.2
Hoy no estoy con pilas para escribir. Dormí mal, me desperté 50 veces durante la noche y ahora tengo sueño y dolor de cabeza.
Vamos a despachar esto rapidísimo. Por suerte es el Vol.2 de una serie cuyo Vol.1 leí la semana pasada, así que si escroleás un toque para abjao y releés la reseña del primer tomo vas a tener bastante claro de qué se trata esta serie de Guy Delisle.
Por supuesto, zafo de hablar del dibujo, porque este tomo está dibujado exactamente en el mismo estilo, con la misma puesta en página y la misma paleta de colores. Todo excelente, además.
Y la diferencia grossa está en el guión, porque esta vez Delisle apuesta por una no-aventura. Deja que la comedia de enredos se coma toda la trama, no la matiza (como la vez pasada) con un caso policial. Este vendría a ser el “Las Joyas de la Castafiore” del Inspector Moroni: un álbum que transcurre todo puertas adentro (en el departamento del protagonista o en los despachos de la central de policía donde trabaja) y que se basa en situaciones chiquitas, minúsculas diría yo, casi imperceptibles. Expedientes que van y vienen, una máquina expendedora de café... boludeces, detalles en los que Delisle deja reposar una comedia muy graciosa, con el timing perfectamente controlado para lograr ponernos un toque nerviosos. Porque claro, los personajes son todos una basura: fóbicos, mezquinos, pusilánimes, celosos, genuflexos, fármaco-dependientes...
Se supone que Moroni es “el bueno”, pero está demasiado trastornado para que nos genere algún tipo de simpatía. La relación con su perro Vanceslas se hace más explícita y cuanto más ahonda Delisle en ella, más enroscado parece todo. Y su relación con mujeres que no sean su madre... mejor ni hablar. Por suerte, de todas estas freakeadas salen escenas de gran comicidad.
Me queda un tomo más sin leer, a ver si vuelven las persecuciones y los tiros, además de los chistes y los enredos. Creo que esto nunca se publicó en castellano, pero realmente amerita, porque son historias muy bien escritas y magníficamente dibujadas que, además de entretenernos un rato, nos invitan a que nos mofemos de la cana, sus procedimientos y sus intrigas palaciegas puertas adentro. No está nada mal.
Vamos a despachar esto rapidísimo. Por suerte es el Vol.2 de una serie cuyo Vol.1 leí la semana pasada, así que si escroleás un toque para abjao y releés la reseña del primer tomo vas a tener bastante claro de qué se trata esta serie de Guy Delisle.
Por supuesto, zafo de hablar del dibujo, porque este tomo está dibujado exactamente en el mismo estilo, con la misma puesta en página y la misma paleta de colores. Todo excelente, además.
Y la diferencia grossa está en el guión, porque esta vez Delisle apuesta por una no-aventura. Deja que la comedia de enredos se coma toda la trama, no la matiza (como la vez pasada) con un caso policial. Este vendría a ser el “Las Joyas de la Castafiore” del Inspector Moroni: un álbum que transcurre todo puertas adentro (en el departamento del protagonista o en los despachos de la central de policía donde trabaja) y que se basa en situaciones chiquitas, minúsculas diría yo, casi imperceptibles. Expedientes que van y vienen, una máquina expendedora de café... boludeces, detalles en los que Delisle deja reposar una comedia muy graciosa, con el timing perfectamente controlado para lograr ponernos un toque nerviosos. Porque claro, los personajes son todos una basura: fóbicos, mezquinos, pusilánimes, celosos, genuflexos, fármaco-dependientes...
Se supone que Moroni es “el bueno”, pero está demasiado trastornado para que nos genere algún tipo de simpatía. La relación con su perro Vanceslas se hace más explícita y cuanto más ahonda Delisle en ella, más enroscado parece todo. Y su relación con mujeres que no sean su madre... mejor ni hablar. Por suerte, de todas estas freakeadas salen escenas de gran comicidad.
Me queda un tomo más sin leer, a ver si vuelven las persecuciones y los tiros, además de los chistes y los enredos. Creo que esto nunca se publicó en castellano, pero realmente amerita, porque son historias muy bien escritas y magníficamente dibujadas que, además de entretenernos un rato, nos invitan a que nos mofemos de la cana, sus procedimientos y sus intrigas palaciegas puertas adentro. No está nada mal.
martes, 6 de mayo de 2014
06/ 05: INSPECTEUR MORONI Vol.1
Allá por 2001, el mismo año en que publicó Shenzhen (reseñada el 10/02/14), el maestro Guy Delisle inició una serie de la que llegó a realizar tres tomos. Los álbumes de Inspecteur Moroni son tan distintos de los libros de crónicas autobiográficas de Delisle, que si no te dicen que se trata del mismo autor, no tenés forma de darte cuenta. Acá, el canadiense radicado en Francia “se disfraza” de un autor mucho más convencional que el que narra sus viajes a lugares extraños.
Estos son álbumes “como Dios manda”: formato grande, tapa dura, 48 páginas con 10 u 11 viñetas a todo color, y sobre todo dibujadas en un estilo MUY pensado para el color. Las aventuras de este primerizo detective de la policía son lineales, con un humor eficaz pero no demasiado original, con la comedia que se impone ampliamente sobre la acción y unos cuantos toques de mala leche, de crítica filosa a la institución policial, muy sutiles, para nada grotescos.
En este primer álbum hay una trama policial compleja, una operación de contrabando a gran escala, a la que Delisle envuelve dentro de un gigantesco malentendido bastante disparatado. Nada que no hayamos visto ya en series, películas o historietas que mezclan la comedia con el policial. Lo más raro es el propio Inspector Moroni: su relación con su madre, con los fármacos y sobre todo con su perro, que –como varios animalitos de las historietas de Joann Sfar- tiene la facultad de dialogar con su dueño y mostrarse frente a sus ojos como una “persona” con rasgos de animal, pero con uso del raciocinio y del pulgar reversible. El compañero de Moroni en esta misión, el veterano Blaras, es otro personaje muy interesante, bien desarrollado por el autor, que al principio lo plantea como un estereotipo muy obvio y con el correr de las páginas lo deja ganar relieve, sin eclipsar al protagonista.
El dibujo nos muestra una faceta totalmente distinta del dibujo de Delisle. Acá lo vemos en un estilo elegante, muy prolijo, muy despegado de la influencia de los dibujantes de tiras para diarios de EEUU, y más cerca de lo que hacía Manu Larcenet en sus inicios, en la época de Los Superhéroes Injustamente Desconocidos (reseñado un lejano 02/05/10). Olvidate de esas viñetas grandes e impactantes con dibujos copiados de la realidad que vimos en los libros “de los viajes”, o de ese efecto increíble que parecía reproducir el trazo del lápiz con una herramienta digital. Esto –repito- está muy pensado para el color y si se publicaran los dibujos que Delisle le entrega a la infalible Brigitte Findakly, veríamos páginas y páginas de “hilitos”, sin masas negras y sin efectos de iluminación.
Lo único que realmente se conserva de lo visto en los otros libros de Delisle es el talento para orquestar el relato gráfico, incluso en páginas en las que hay que acomodar (sin zarparse, sin romper nunca la grilla de cuatro tiras) muchas más viñetas. Hay un ritmo, una cadencia, que tiene que ver con lo que leímos en sus crónicas de viajes. Y claro, la expresividad de los personajes, que acá está potenciada por el hecho de que Inspecteur Moroni es –definitivamente- una comedia y el autor se esfuerza mucho más por arrancarnos una risa o aunque sea una sonrisa. En todo lo demás, estamos ante un trabajo radicalmente distinto a las obras más conocidas de este autor, que a partir de ahora suma el rótulo de versátil.
No te quiero mentir: hasta ahora, Inspecteur Moroni no da ni por casualidad el jugo que dan los libros que cuentan los viajes de Delisle por China, Birmania o Corea del Norte. Si ser menos ricos para el análisis convierte a los comics en peores comic, esta es una obra decididamente inferior a las que ya vimos. Lo cual no significa que estemos ante una historieta chota o intrascendente: si la onda es divertirse, pasarla bien, reirse un toque con una trama policial atravesada por la comedia de enredos, acá hay una muy linda historia, que además puede atrapar a lectores más jóvenes (desde 13 años, diría yo).
Tengo para leer los otros dos tomos de Inspecteur Moroni, a ver con qué más me sorprende el maestro Guy Delisle, del que –de a poco- me voy haciendo hincha incondicional.
Estos son álbumes “como Dios manda”: formato grande, tapa dura, 48 páginas con 10 u 11 viñetas a todo color, y sobre todo dibujadas en un estilo MUY pensado para el color. Las aventuras de este primerizo detective de la policía son lineales, con un humor eficaz pero no demasiado original, con la comedia que se impone ampliamente sobre la acción y unos cuantos toques de mala leche, de crítica filosa a la institución policial, muy sutiles, para nada grotescos.
En este primer álbum hay una trama policial compleja, una operación de contrabando a gran escala, a la que Delisle envuelve dentro de un gigantesco malentendido bastante disparatado. Nada que no hayamos visto ya en series, películas o historietas que mezclan la comedia con el policial. Lo más raro es el propio Inspector Moroni: su relación con su madre, con los fármacos y sobre todo con su perro, que –como varios animalitos de las historietas de Joann Sfar- tiene la facultad de dialogar con su dueño y mostrarse frente a sus ojos como una “persona” con rasgos de animal, pero con uso del raciocinio y del pulgar reversible. El compañero de Moroni en esta misión, el veterano Blaras, es otro personaje muy interesante, bien desarrollado por el autor, que al principio lo plantea como un estereotipo muy obvio y con el correr de las páginas lo deja ganar relieve, sin eclipsar al protagonista.
El dibujo nos muestra una faceta totalmente distinta del dibujo de Delisle. Acá lo vemos en un estilo elegante, muy prolijo, muy despegado de la influencia de los dibujantes de tiras para diarios de EEUU, y más cerca de lo que hacía Manu Larcenet en sus inicios, en la época de Los Superhéroes Injustamente Desconocidos (reseñado un lejano 02/05/10). Olvidate de esas viñetas grandes e impactantes con dibujos copiados de la realidad que vimos en los libros “de los viajes”, o de ese efecto increíble que parecía reproducir el trazo del lápiz con una herramienta digital. Esto –repito- está muy pensado para el color y si se publicaran los dibujos que Delisle le entrega a la infalible Brigitte Findakly, veríamos páginas y páginas de “hilitos”, sin masas negras y sin efectos de iluminación.
Lo único que realmente se conserva de lo visto en los otros libros de Delisle es el talento para orquestar el relato gráfico, incluso en páginas en las que hay que acomodar (sin zarparse, sin romper nunca la grilla de cuatro tiras) muchas más viñetas. Hay un ritmo, una cadencia, que tiene que ver con lo que leímos en sus crónicas de viajes. Y claro, la expresividad de los personajes, que acá está potenciada por el hecho de que Inspecteur Moroni es –definitivamente- una comedia y el autor se esfuerza mucho más por arrancarnos una risa o aunque sea una sonrisa. En todo lo demás, estamos ante un trabajo radicalmente distinto a las obras más conocidas de este autor, que a partir de ahora suma el rótulo de versátil.
No te quiero mentir: hasta ahora, Inspecteur Moroni no da ni por casualidad el jugo que dan los libros que cuentan los viajes de Delisle por China, Birmania o Corea del Norte. Si ser menos ricos para el análisis convierte a los comics en peores comic, esta es una obra decididamente inferior a las que ya vimos. Lo cual no significa que estemos ante una historieta chota o intrascendente: si la onda es divertirse, pasarla bien, reirse un toque con una trama policial atravesada por la comedia de enredos, acá hay una muy linda historia, que además puede atrapar a lectores más jóvenes (desde 13 años, diría yo).
Tengo para leer los otros dos tomos de Inspecteur Moroni, a ver con qué más me sorprende el maestro Guy Delisle, del que –de a poco- me voy haciendo hincha incondicional.
lunes, 10 de febrero de 2014
10/ 02: SHENZHEN
Shenzhen es el primero de los (cuatro) libros en los que el canadiense (radicado en Francia) Guy Delisle nos cuenta sus viajes por lugares medio bizarros del planeta. Este es un viaje que el autor realiza en 1997, narrado en un comic que se edita por primera vez en 2000. O sea que va antes de sus viajes a Pyongyang (lo reseñamos el 14/08/10) y a Birmania (lo reseñamos el 15/11/11). Veamos cómo le fue.
Shenzhen es una mega-ciudad de China, a la que Delisle viaja durante tres meses para supervisar la producción de una serie animada, producida por un estudio francés para el que trabaja. En esos meses, ademá, va a descubrir una nueva cultura, muy distinta de la canadiense y la francesa, siempre acompañado de intérpretes porque no entiende una palabra de chino y casi no encuentra chinos que hablen inglés, ni mucho menos francés. Buena parte de las más de 140 páginas que ofrece el libro, se tratan de eso, de una crónica graciosa de las costumbres, los paisajes, las comidas y hasta los olores que Delisle descubre en la mega-urbe china. Los restaurantes donde se morfa perro, los maniquíes en las vidrieras, el tránsito intenso de bicicletas, las obras en construcción, la basura y hasta la proliferación de soretes humanos en los lugares más improbables son algunas de las cosas que impactan al autor y este nos cuenta, obviamente en clave de humor.
Por suerte, esta vez no hay un contexto político tan denso como el de Corea del Norte, Myanmar o Israel. Delisle casi no ve militares, no respira ese clima de opresión, no le caen misiles a dos cuadras del hotel. Esta rara cruza de comunismo y capitalismo que experimenta en China le causa una cierta sorpresa, pero –de nuevo- le parece más graciosa o bizarra que indignante. Por supuesto le da por el quinto forro prender la tele y que haya sólo dos canales, pero no está contado como algo grave, no hay una intención de denunciar una injusticia o un disparate mayúsculos como sí se ve en otras crónicas del canadiense.
Lo más lindo, o lo que a mí más me gustó, es cómo Delisle nos mantiene enganchados todas esas páginas sin un conflicto fuerte. Se supone que el tipo llega con una misión: garantizarle un nivel de calidad a esta serie en la que trabajan los animadores chinos. Pero rápidamente se da cuenta de que todo está planteado con menos tiempo, menos guita y menos ganas de las que hacen falta para que todo salga bien y dice “ma´sí, váyanse a cagar”. Y en vez de hacerse mala sangre por la baja calidad de la animación, se relaja y se propone simplemente corregir los errores más groseros, que igual son muchos. Toda esa parte en la que Delisle nos muestra el backstage de la realización de la serie es muy divertida, muy ganchera, y claro, es la que peor hace quedar a los locales, porque los muestra como unos improvisados, colgados y bastante ineptos a la hora de laburar.
Por supuesto, a la hora de describir, de no narrar, de no engancharse a establecer un conflicto fuerte o a generar tensión, Delisle tiene un arma infalible que es la asombrosa calidad de su dibujo. Mezcla perfecta entre Lewis Trondheim y los humoristas de los diarios yankis (con Ted Rall a la cabeza), el grafismo del canadiense se embellece y se potencia con un fastuoso trabajo de grises aplicados con lápiz negro. De hecho, salvo algún fondo negro de alguna viñeta, toda la obra parece estar dibujada con lápiz negro, un elemento al que Delisle le arranca una gama de texturas virtualmente infinita. Quizás sea un efecto de photoshop que imita el trazo del lápiz, pero lo cierto es que se ve muy, muy suelto, muy genuino, y sobre todo muy bello. Cada tanto, el relato es interrumpido por una splah-page en la que el autor mete una ilustración sin textos, en la que retrata con un grado de detalle pasmoso algún edificio o algún paisaje urbano de Shenzhen que le llamó mucho la atención. Son imágenes imponentes, en cuya contemplación te podés colgar horas.
Si sos fan de Guy Delisle, no hace falta que te recomiende este libro. Ahora, si estás pensando en engancharte con las crónicas de este talentoso autor que recorre lugares bizarros, me parece que te van a impactar más Pyongyang, Crónicas de Birmania o Jerusalén, porque tienen todo ese contenido extra de los contextos socio-políticos espesos. Habrá más Delisle en el blog, en los próximos meses.
Shenzhen es una mega-ciudad de China, a la que Delisle viaja durante tres meses para supervisar la producción de una serie animada, producida por un estudio francés para el que trabaja. En esos meses, ademá, va a descubrir una nueva cultura, muy distinta de la canadiense y la francesa, siempre acompañado de intérpretes porque no entiende una palabra de chino y casi no encuentra chinos que hablen inglés, ni mucho menos francés. Buena parte de las más de 140 páginas que ofrece el libro, se tratan de eso, de una crónica graciosa de las costumbres, los paisajes, las comidas y hasta los olores que Delisle descubre en la mega-urbe china. Los restaurantes donde se morfa perro, los maniquíes en las vidrieras, el tránsito intenso de bicicletas, las obras en construcción, la basura y hasta la proliferación de soretes humanos en los lugares más improbables son algunas de las cosas que impactan al autor y este nos cuenta, obviamente en clave de humor.
Por suerte, esta vez no hay un contexto político tan denso como el de Corea del Norte, Myanmar o Israel. Delisle casi no ve militares, no respira ese clima de opresión, no le caen misiles a dos cuadras del hotel. Esta rara cruza de comunismo y capitalismo que experimenta en China le causa una cierta sorpresa, pero –de nuevo- le parece más graciosa o bizarra que indignante. Por supuesto le da por el quinto forro prender la tele y que haya sólo dos canales, pero no está contado como algo grave, no hay una intención de denunciar una injusticia o un disparate mayúsculos como sí se ve en otras crónicas del canadiense.
Lo más lindo, o lo que a mí más me gustó, es cómo Delisle nos mantiene enganchados todas esas páginas sin un conflicto fuerte. Se supone que el tipo llega con una misión: garantizarle un nivel de calidad a esta serie en la que trabajan los animadores chinos. Pero rápidamente se da cuenta de que todo está planteado con menos tiempo, menos guita y menos ganas de las que hacen falta para que todo salga bien y dice “ma´sí, váyanse a cagar”. Y en vez de hacerse mala sangre por la baja calidad de la animación, se relaja y se propone simplemente corregir los errores más groseros, que igual son muchos. Toda esa parte en la que Delisle nos muestra el backstage de la realización de la serie es muy divertida, muy ganchera, y claro, es la que peor hace quedar a los locales, porque los muestra como unos improvisados, colgados y bastante ineptos a la hora de laburar.
Por supuesto, a la hora de describir, de no narrar, de no engancharse a establecer un conflicto fuerte o a generar tensión, Delisle tiene un arma infalible que es la asombrosa calidad de su dibujo. Mezcla perfecta entre Lewis Trondheim y los humoristas de los diarios yankis (con Ted Rall a la cabeza), el grafismo del canadiense se embellece y se potencia con un fastuoso trabajo de grises aplicados con lápiz negro. De hecho, salvo algún fondo negro de alguna viñeta, toda la obra parece estar dibujada con lápiz negro, un elemento al que Delisle le arranca una gama de texturas virtualmente infinita. Quizás sea un efecto de photoshop que imita el trazo del lápiz, pero lo cierto es que se ve muy, muy suelto, muy genuino, y sobre todo muy bello. Cada tanto, el relato es interrumpido por una splah-page en la que el autor mete una ilustración sin textos, en la que retrata con un grado de detalle pasmoso algún edificio o algún paisaje urbano de Shenzhen que le llamó mucho la atención. Son imágenes imponentes, en cuya contemplación te podés colgar horas.
Si sos fan de Guy Delisle, no hace falta que te recomiende este libro. Ahora, si estás pensando en engancharte con las crónicas de este talentoso autor que recorre lugares bizarros, me parece que te van a impactar más Pyongyang, Crónicas de Birmania o Jerusalén, porque tienen todo ese contenido extra de los contextos socio-políticos espesos. Habrá más Delisle en el blog, en los próximos meses.
Etiquetas:
autobiografía,
Guy Delisle,
Shenzhen
martes, 15 de noviembre de 2011
15/ 11: BURMA CHRONICLES

Pobre pibe Guy Delisle... Compite con Joe Sacco a ver quién viaja a los lugares más chotos del planeta. Si no leiste la reseña de Pyongyang (página 51 del segundo libro del blog) te recomiendo leerla antes de seguir con esta...
¿Ya está? Bueno, Burma Chronicles cuenta las andanzas de Delisle en Birmania, el país al que la dictadura militar que lo gobierna desde fines de los ´80 decidió llamar Myanmar y al que en los países anglófonos se conoce como Burma. Como en Pyongyang, el autor combina las no-aventuras típicas del comic autobiográfico con un montón de información acerca de la vida en Birmania, su geografía, su cultura, su religión, su gastronomía y –sobre todo- los serios problemas de pobreza y desigualdad social, olímpicamente ignorados por un régimen totalitario que encarcela y tortura a quienes se le plantan en la vereda de enfrente.
La gran diferencia era que en Pyongyang (capital de Corea del Norte, si te llevaste Geografía a Octosto o Juliembre) el canadiense se encontraba con una población totalmente adoctrinada para apoyar de modo acrítico las excentricidades de la élite gobernante, mientras que en Birmania se encuentra con una población que está muy al tanto de las prevendas, los chanchuyos y las inequidades del régimen dictatorial, pero no tiene huevos para reaccionar. La gente agacha el lomo y sigue como siempre, clavada en el atraso y el oprobio, mientras la única líder opositora (galardonada con el Premio Nobel de la Paz) lleva décadas condenada a un arresto domiciliario que le impide aparecer en público y conducir al pueblo hacia la rebelión, o forzar una salida democrática.
En el medio, Delisle analiza (sin meterse demasiado a fondo) el rol de las Naciones Unidas, las potencias centrales, las multinacionales, los países vecinos y las organizaciones no gubernamentales que están presentes en Birmania, todas defendiendo sus propios intereses, excepto las ONGs, que gambetean como pueden las restricciones de la dictadura para ayudar a paliar las deficiencias sanitarias, educacionales y nutricionales de la gran masa del pueblo birmano, abandonado a su suerte por la cúpula militar.
Y aún así, Burma Chronicles no es un comic abiertamente socio-político. Lo Delisle es más abrir grandes los ojos y decir “boludo, no puedo creer que pase esto” que armar la barricada y erigirse en improbable oposición a la dictadura. ¿Por qué? Porque tiene otras cosas que hacer: viajar, conocer, acompañar a su esposa (que trabaja para Médicos Sin Fronteras), criar a su hijito Louis, dar clases de animación y –por supuesto- dibujar historietas, que de eso vive. Todas esas actividades de Delisle, su vida social, su ocio, etc., comparten protagonismo con la faceta “testimonial” de la obra y van casi siempre para el lado contrario, es decir, para el lado de la comedia costumbrista y de choque de culturas. Que además es el terreno donde el canadiense la tiene más clara. El equilibrio entre ambas cosas está tan bien logrado que probablemente sea lo más interesante de la obra. ¿Algo para criticar? Sí, es un poco larga. Son más de 260 páginas y te tiene que interesar demasiado el tema para fumártelas todas sin decir “uh, loco... ¿falta mucho para que vuelvan a Francia?”.
El dibujo, una vez más, es excelente. Bajo la aparente sencillez del trazo de Delisle se ocultan un virtuoso del lápiz, un gran observador y un narrador nato. Esta vez se nota claramente que los grises están aplicados con técnica digital, sin ese truquito para que parecieran puestos a lápiz que vimos en Pyongyang. Y de nuevo suman muchísimo a las composiciones tanto de las viñetas como de las páginas. En general, toda la faz visual se ve mejor y más sólida que en las obras anteriores de Delisle, como si de pronto hubiese recibido una transfusión de sangre de Miguel Gallardo, además de la influencia más obvia, que es la de Lewis Trondheim.
Si te interesa conocer la remota, exótica y cuasi-aislada Birmania de la mano de uno de los grandes autores de la historieta francófona actual, Burma Chronicles es un trip del cual no te vas a querer bajar ni a palos. Mingalaba!
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sábado, 14 de agosto de 2010
14/ 08: PYONGYANG

Después de oir hablar muchísimo de este libro y de que me lo recomendaran a full, me decidí a leerlo y la verdad es que es una auténtica delicia. Guy Delisle, nacido en la zona francófona de Canadá, vive en Francia donde, además de historietas, hace animación para el principal estudio del país galo. En un momento le toca supervisar una producción de la cual el grueso del trabajo de animación se envió a un estudio en Corea del Norte, y así es como nuestro protagonista termina pasando dos meses de su vida en Pyongyang, la capital del último bastión del stalinismo.
A lo largo de más de 170 páginas, Delisle va a combinar las típicas no-aventuras cotidianas del género autobiográfico con toneladas de datos acerca de la industria globalizada de la animación y –lo más importante- acerca de la vida de millones de norcoreanos bajo el régimen comunista que lleva ya más de 60 años en el poder. Con un gran criterio, Delisle elige hacer hincapié en las cosas más extrañas de la vida en Corea del Norte, y se mete con temas que no sólo desconocemos los occidentales, sino incluso los propios norcoreanos, a los que la información les llega… un poquito toqueteada. Gracias a este libro nos enteramos de que Corea del Norte es el único país del planeta donde no existe internet, que hay un sólo lugar en todo el país donde sirven Coca-Cola, que hay un sólo canal de televisión (excepto los domingos, que emiten dos señales), que están prohibidos los celulares (bueno, una a favor!) y la pornografía (otra en contra!), y que hay un edificio gigantesco, de 105 pisos, pensado para ser el hotel más grande de Asia, pero que jamás se terminó y que hoy es un monumento tan hueco y tan grandilocuente como la propaganda oficial que parece no dejar espacios sin ocupar.
Por suerte Delisle no la juega de cronista imparcial, no se limita a mostrar. También opina y baja línea todo el tiempo. En un punto es incómodo, porque lo vemos casi todo el tiempo rodeado de un guía y un traductor que están ahí para asistirlo, pero a los que el canadiense considera poco menos que oligofrénicos y a los que se refiere como “mi servidumbre” (obviamente en joda). Pero la gracia está en esa combinación: por un lado, el típico relato de un choque entre culturas (porque la Pyongyang que nos pinta Delisle es absolutamente alienígena para cualquiera criado en el mundo capitalista), y por el otro la “denuncia”, light, jocosa, en tono casi burlón, de las falencias del régimen que los lugareños no parecen percibir y que a los ojos de Delisle y sus amigos europeos son tan patéticas como grotescas. La verdad, no quisiera haber estado en el lugar del autor, dos meses aislado del mundo, rodeado de gente con la que prácticamente no te podés comunicar y que actúa como si le hubiesen lavado el cerebro.
El dibujo de Delisle está muy, muy bien. De lejos parece esas tiras de los diarios yankis, ese dibujo humorísitico básico, sin onda, hecho con lo justo, para cumplir. Pero Delisle tiene varias virtudes que en esas tiras no se ven: por un lado la narrativa, que es excelente, con muchos cuadros por página, gran elaboración de las secuencias, un gran criterio para determinar cuánto dura cada escena y dónde meter las pausas y los silencios; y por el otro el trabajo de los grises, que parecen aplicados con lápiz negro, sobre figuras y fondos delineados en tinta. Por ahí es un efecto digital, pero parece hecho a lápiz y está buenísimo, porque le da textura a ese dibujo tan esquemático, y porque le permite a Delisle ofrecer un excelente balance en cada página. Las expresiones faciales son un lujo que no te podés dar con un dibujo tan sintético, pero el lenguaje corporal de los personajes está tan logrado como en los mejores trabajos de Lewis Trondheim. Los dibujos “realistas”, de paisajes y monumentos, basados en fotos, no tienen desperdicio y se nota y se agradece que estén laburados (en realidad, laburadísimos) a mano.
Guy Delisle se comió un garrón importante. Pero supo transformarlo con enorme talento y mucho humor en una historieta que entretiene, informa y activa la infrecuente tarea del pensamiento. Autobiografía de alto vuelo, sátira socio-política y –por supuesto- la recomendación a los colegas que trabajan en el campo de la animación de renunciar en el acto el día que los capos te quieran mandar a supervisar una producción derivada a los estudios norcoreanos.
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