el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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domingo, 11 de mayo de 2014

11/ 05: HAPPY!

¡Ay, qué hijo de puta, cómo me hizo reir Grant Morrison! La verdad que no me esperaba que esto fuera tan bueno. La consigna parece un “quiero retruco” de Morrison para Garth Ennis o Mark Millar. “¿A ustedes los aplauden cada vez que se mandan un comic jodido, sórdido, lleno de puteadas y atrocidades al límite de lo publicable? Bueno, voy a hacer yo un comic en esa línea, a ver cómo me va”. El resultado es increíble. Tiene poco en común con las otras obras de Morrison, es cierto. Pero se trata de una historia llena de virtudes, con ideas originales, un clima hipnótico y atrapante, muchos chistes y groserías muy graciosas y la extensión exacta, como para no tener que estirar ni comprimir la trama.
Happy! es un thriller truculento, desolador, sumergido en una mala leche tremenda. El protagonista es Nick Sax, un ex-policía al que le cagaron la carrera y la vida y se convirtió en un hijo de puta drogadicto, borracho y cínico que para la olla laburando como asesino a sueldo. Sax recibe el encargo de boletear a tres hermanos y, por error, mata a cuatro. Eso que parece una nimiedad desencadena una serie de kilombos mayúsculos y hace que tanto los mafiosos más heavies como los policías más corruptos se lancen a la caza de este personaje violento e inescrupuloso como pocos. Y ahí llega Happy, una especie de burrito/unicornio azul, con alas y cara de dibujito animado. ¿Qué hace ese personaje bonito, ingenuo y lleno de esperanza en el mundo recontra-sórdido de Nick Sax? Eso es lo que va a explorar Morrison a lo largo de estas páginas.
Del contrapunto entre Nick y Happy van a salir las mejores escenas del tomo, y además el animalito va a lograr que el asesino, además de escapar de sus perseguidores, se involucre en el escabroso misterio de un pervertido disfrazado de Papá Noel que tiene secuestrados a una docena de nenes y nenas para abusar de ellos y después matarlos en plena Nochebuena. Por supuesto, el protagonista zafa de peligros medio extremos y si sus enemigos tuvieran un mínimo de puntería, habría sido boleta antes de la página 25. Pero bueno, son convenciones del género. Lo bueno es que, en medio de un vendaval de tiros, piñas y fierrazos a la cabeza, Morrison hace crecer la tensión página a página y logra resolver todos los conflictos con maestría en un final absolutamente satisfactorio y bastante impredecible.
Para dibujar este festival de la corrupción, la depravación y la mugre, el escocés convocó nada menos que a Darick Robertson, con quien no había trabajado nunca. Y se sacó la lotería, el PRODE y el Quini 6. Robertson nunca dibujó mejor que en esta historieta. Acá deja, literalmente, la vida en cada viñeta. Por momentos, Robertson se vuelve tan realista, mete tantos detalles que parece Brian Bolland o un Phil Jimenez muy inspirado. Visto de lejos, parece Dave Gibbons entintado en un estilo oscuro. Como siempre, el dibujante de Transmetropolitan y The Boys saca a relucir su chapa cuando puede coquetear con el grotesco y acá las oportunidades sobran. También se luce en los paisajes urbanos realistas, en las escenas de machaca y en otra especialidad suya, que es el gore. Un trabajo realmente magnífico de Robertson, que cambia de colorista a mitad de camino sin resentirse en lo más mínimo.
Creo que desde aquellos numeritos de Spawn de hace mil años que Morrison no publicaba en Image. Por suerte eligió para Happy! al sello hoy más identificado con la historieta de fuerte impronta autoral, el que más cabida le da a los grandes autores que se proponen crear conceptos que no encajan en el mainstream, o a los que sueñan con ver a sus comics convertidos en películas o series sin que los millones se los lleven Disney o Warner. Y ya que estaba, el escocés nos regaló una gema al límite de lo impublicable, dibujada como la San Puta, con la que demostró ser torazo en rodeo ajeno, porque –repito- esto parece mucho más un comic de Ennis o de Millar que uno de Grant Morrison. Y si no te gusta, me chupa la happy.

miércoles, 18 de julio de 2012

18/ 07: TRANSMETROPOLITAN Vol.10

Bueno, terminé Transmetropolitan! Saldé una deuda conmigo mismo, contraída hace 15 larguísimos años, cuando empecé a comprar la serie en revistitas.
Este tomo es extra-large: además de los seis típicos episodios de la serie de Warren Ellis y Darick Roberston, trae 110 páginas más, con los dos libros de “artículos” escritos por Spider Jerusalem y las 9 portadas de Robertson para las primeras ediciones en TPB. Los artículos son medio un choreo. Son una galería de pin-ups de dibujantes casi siempre muy grossos, con textos (casi siempre breves) en los que Ellis hace hincapié en la mala leche de Spider y su relación enfermiza con la mega-urbe que lo vio nacer. Hay mínimas referencias a la trama política, pero casi todos son soliloquios de Spider hablando de sí mismo, de las drogas, las putas, las modas y de las miserias de la Ciudad.
Claro que la trama política es la protagonista excluyente de las 144 páginas que realmente importan, las que le ponen punto final a la saga. Spider contra Callahan, último round y lo que está en juego es nada menos que... todo. El final de Transmetropolitan se publicó hace 10 años, así que me siento habilitado a spoilear sin piedad: lo que finalmente sucede es que Spider, al límite de su aguante, logra derrocar al corrupto presidente de los EEUU. Y no organiza un asesinato, ni una revolución. Simplemente hace lo que todo periodista debería hacer: exponer la verdad que se oculta tras el chamuyo de los poderosos. Con sus chanchullos y delitos expuestos, el Sonrisas termina depuesto y en cana, como nos hubiera gustado ver a Carlos Menem, por ejemplo. Pero claro, para eso hace falta que la sociedad y la clase política sientan asco por las transgresiones de su gobernante y acá a Carlos lo votaban y lo reivindicaban hasta cuando ocultaba las pruebas para que no se supiera quién mató a su hijo.
Con bastante acción, con unos cuantos chistes, con un personaje muy secundario (el papá de Yelena) que espera hasta el final para pelar chapa, con un epílogo excelente, estos seis episodios no pierden tiempo en descripciones, ni en el jugueteo previo. Esto es –por fin- un comic de palo y a la bolsa, donde las escenas tranqui se concentran en el epílogo, cuando el conflicto heavy ya está recontra-resuelto. Al final, la Verdad le gana a la Mentira y todos felices, aunque Ellis se empecine en recordarnos que el adalid de la Verdad es un hijo de mil putas, perverso e irredimible hasta el final. Que haya luchado contra otro hijo, nieto y bisnieto de puta y defendido una causa justa, no hace que Spider sea un buen tipo y eso nos lo subrayan –para mi gusto- demasiadas veces.
Lo de Robertson es –una vez más- correctísimo, con un buen equilibrio entre páginas en las que deja la vida y páginas pensadas para ser sacadas con fritas. Acá se banca escenas realmente difíciles de dibujar, como un combate entre dos multitudes, o una persecución de autos, que es algo tan complicado de plasmar con fuerza en una historieta. Y por supuesto, muchas escenas de las que a él le gustan: dos cabezas, cero fondo y mucho diálogo, con un par de expresiones faciales copadas y no mucho más.
Transmetropolitan es, hasta el final, un comic combativo, cáustico, incómodo. No sé si contracultural, pero sí revolucionario, en el sentido de que se propone sacudir nuestras ideas, cambiar nuestra forma de pensar no sólo cómo va a ser el futuro, sino también cómo encaramos la vida en sociedad, nuestra relación con la justicia, con la política, con los medios de comunicación. Eso sólo lo hace magistral y nos deja en deuda eterna con Warren Ellis, porque no cualquiera se plantea semejante hecatombe mental, y menos a través de una obra que te atrapa, te calienta, te divierte y hasta te hace reir.
Qué lindo hubiese sido tener un Spider Jerusalem en Argentina hace 10 años, cuando la policía de Duhalde asesinaba a Kosteki y Santillán y el “periodismo independiente” titulaba “La Crisis Causó Dos Nuevas Muertes”...

domingo, 8 de julio de 2012

08/ 07: TRANSMETROPOLITAN Vol.9

A esta altura del partido, cuando ya falta tan poquito para el final, es medio ilógico pedirle a Warren Ellis que cambie de ritmo. Ya está, ya nos acostumbramos a que Transmetropolitan avanza así, de a poquito, sin apuro. A lo sumo le podemos pedir que en los episodios unitarios pase algo y que en los arquitos de tres episodios cierre las puntas que quedan pendientes para el enfrentamiento final entre Spider Jersualem y Gary Callahan, alias “el Sonrisas”, el presidente de los EEUU.
Por suerte, en este tomo, Ellis nos hace bastante caso. El primer unitario es la nada misma: 22 páginas para mostrarnos cómo Spider se pone las pilas para su siguiente gran jugada. Hay un poquito de exploración del paisaje urbano con bajada de línea (una especialidad de esta serie), un par de chistes groseros y no mucho más. En el segundo unitario, la cosa se pone espesa: casi todo el episodio nos muestra con lujo de detalles cómo el “héroe” tortura con violencia y sadismo a un garca de la B (trans) Metropolitana para arrancarle data jugosa en contra de su encumbrado enemigo. Es un capítulo tenso, durísimo de digerir, que tiene por objeto mostrarnos hasta dónde está dispuesto a llegar Spider con tal de destruir a Callahan.
El tercer unitario es un lujo. Por enésima vez, Ellis se propone indagar en las consecuencias de aquello tan grosso que pasó en el tomo anterior, pero esta vez centra todo en Mitchell Royce, el director de The Word, el diario en el que trabajaba Spider antes de pasar a la clandestinidad. Si alguna vez imaginaste que Royce podía pelar la chapa que pela en este episodio, es porque consumís más drogas que el protagonista de esta serie. Sin duda, esta es la revelación más power del tomo, y sí, 22 páginas para narrar lo que narra Ellis son demasiadas, pero esta vez lo ovacionamos igual.
Y nos queda el arquito de tres episodios, que arranca a un ritmo desesperante, de insostenible lentitud. Con el correr de las páginas, queda claro que Liesl Barclay va a tener un rol destacado en el desenlace y ahí sí, se justifica tanto prólogo y tanta presentación. Cuando la saguita (titulada The Cure, como una de las mejores bandas de todos los tiempos) agarra algo así como un impulso, de nuevo pasa algo muy heavy que amenaza con cambiar brutalmente el status quo de la Ciudad y hasta último momento no sabés si Spider logró o no hacer la jugada maestra que venía planeando desde el inicio del tomo antes de que todo se vaya a la mierda. La última secuencia es sencillamente genial y te deja pidiendo el próximo (y último) tomo a gritos que le helarían la sangre a la barra brava de Nueva Chicago.
O sea que, con pachorra y todo, Transmetropolitan avanza hacia el final y llega a esa instancia con inmejorables expectativas, que ojalá no defraude. La verdad es que sólo se puede criticar eso, lo poco que pasa en cada episodio. El resto es brillante, desde lo macro (la construcción del universo en el que sucede la historia) hasta lo más chiquitito (cada diálogo, cada viñeta muda pensada para que se luzcan las expresiones faciales). Y por supuesto, el punto más alto es el trabajo que pone Ellis en convencernos de que Spider Jerusalem, el talibán de la verdad, no es un ser de papel y tinta sino una criatura real como vos y yo, tridimensional, compleja, verosímil a pesar de sus irrefrenables excesos.
Para anotarse todos estos porotos, Ellis cuenta con el apoyo incondicional de Darick Robertson, que sigue ahí firme, sin faltar en ningún número. Como ya vimos, de vez en cuando los autores inventan triquiñuelas para que el dibujante no tenga que matarse en los fondos, largas secuencias que pueden narrarse sólo con planos bien cercanos, o con un mismo fondo repetido muchas veces, o algo por el estilo. Y cuando no vale usar ninguno de esos yeites, Robertson se arremanga y pela episodios en los que casi no hay viñetas sin fondos laburadísimos, llenos de detalles alucinantes, sin nada librado al azar. Pobre pibe, está en una serie donde la estrella es el guionista y encima cada tres números viene un nuevo portadista de primerísimo nivel a devastarnos las retinas con unas ilustraciones de la hostia. Lo de este tomo ya es un acto de crueldad para con Robertson: tres tapas de Glenn Fabry y tres de Moebius. Un game over definitivo.
Y ahí estamos, a apenas un tomito del final de esta serie salvaje y polémica que nos acompaña desde los albores del blog. Prometo leerlo antes de fin de mes. Pero estoy tan cebado que seguro lo leo esta semana...

sábado, 16 de junio de 2012

16/ 06: TRANSMETROPOLITAN Vol.8

El octavo TPB de Transmetropolitan no se diferencia en nada de sus antecesores. Darick Robertson dibuja en un muy buen nivel, siempre al filo del grotesco, con gran despliegue y lucimiento en algunos episodios y con trucos bastante ingeniosos para dibujar menos en otros episodios. Warren Ellis, por su parte, despliega primero una saguita en tres partes bastante impactante, en la que pasa algo bastante jodido, y después dedica tres episodios a contar –con un ritmo más pausado que el de costumbre- las consecuencias de eso grosso que pasó en la trilogía que abre el tomo.
Acá finalmente se empieza a resolver el subplot de la enfermedad de Spider Jerusalem, mientras que el otro subplot, el de la guerra sin cuartel entre el periodista kamikaze y el Presidente de los EEUU, avanza bastante poco. No quiero explicar de qué va la historia de tres episodios, porque la idea de Ellis es sorprendernos. De hecho, no había ni el más mínimo indicio en los tomos anteriores de que podía pasar algo así en el mundo en el que está ambientada esta historia. Pero mirá qué turro lo que nos cuenta Ellis en los tres episodios que funcionan como epílogos:
En el primero, Spider se entera (junto con los lectores) cuál es su enfermedad y qué posibilidades tiene de curarse. En el segundo, Spider y sus sucias asistentes consiguen un nuevo bunker y el ídolo vuelve a confrontar con el Presidente Callahan, en una conferencia de prensa. En el tercero, nos enteramos de más consecuencias jodidas de lo que pasó al principio del tomo, mientras Spider y el Presidente empiezan a orquestar sus próximas movidas. Fin. 66 páginas para eso. Y algunos chistes, y varios diálogos ingeniosos. ¿No será poco?
Nos acercamos al final, y en vez de acelerar, Ellis ralentiza el relato. ¿Qué onda? ¿Querrá sorprendernos con un abrupto cambio de ritmo? ¿O estará estirando asquerosamente un puñado muy acotado de ideas? Porque esta vez no hay radiografía social, no hay runfla política, no hay nada, eh? Solo eso que te conté recién y un subtexto (particularmente atractivo si vivís en Argentina) acerca de la guerra entre el gobierno y los medios de comunicación y cómo unos y otros tratan de comprarse, co-optarse o en última instancia, eliminarse el uno al otro. ¿Quién la tiene más larga? ¿El periodista talibán de la verdad, o un hijo de puta al que votó mucha gente pero no tiene reparos en cagarse en nadie? ¿Y cuánto está dispuesto a enchastrarse el supuesto héroe para desenmascarar al villano? Ya nos enteraremos en los dos tomos que faltan. Por ahora, no tengo mucho más para decir sobre este tomo en particular. Ah, sí. No más Vertigo hasta Julio, a ver si diversificamos un poquito.

sábado, 28 de enero de 2012

28/ 01: FURY: PEACEMAKER

Otra saguita de Nick Fury a cargo de Garth Ennis y Darick Robertson no era algo que uno fuera a dejar pasar fácilmente, y menos después de aquella que salió en 2001 en los albores del sello Marvel MAX (la reseñamos en Febrero de 2011).
Esta segunda saga, sin embargo, es bastante diferente a la anterior, por muchos motivos, principalmente 1) no es Marvel MAX, o sea que no hay puteadas, hay menos gore y la única escena de sexo está mucho más sugerida y 2) no transcurre en la actualidad, sino en plena Segunda Guerra Mundial, cuando Fury no era el capo de SHIELD, sino un valiente sargento de las tropas aliadas que le hacían el aguante a Hitler. También hay diferencias más sutiles. La que más suma es que acá Ennis no se plantea en ningún momento el mestizaje de géneros. Este es un comic 100% bélico, sin espionaje, sin elementos sobrenaturales, sin superhéroes y –lo más importante- sin un sólo chiste.
Ah... te empezó a gustar, no? Es que hasta los más férreos detractores de Ennis tienen que reconocer que, cuando se mete a fondo con la temática bélica y deja afuera los chistes, el irlandés es un acorazado insumergible. Peacemaker es una historia dura, áspera, y mucho más creíble que casi cualquier otra ambientada en el Universo Marvel. Ese detalle no es menor: esta saga está tan en continuidad que hasta revela cómo el viejo Nick perdió el ojo que le falta. Y aún así es un detalle. No es lo importante, porque este es un comic de Garth Ennis, no de Roy Thomas, y la intención no es encarar un retcon minucioso del pasado de Fury. De hecho, a los Howling Commandos apenas si se los menciona al pasar.
Acá, Fury comparte el protagonismo con un grupito de soldados británicos con una misión: eliminar como sea al Mariscal de Campo Stephen Barkhorn, el más brillante estratega de la jerarquía militar de la Alemania nazi. Y ahí se disparan –a falta de uno- tres dilemas éticos complejos e incómodos, a los que Ennis les saca un enorme provecho. Primero, Barkhorn le perdonó la vida a Fury tras una estrepitosa derrota de los yankis en Túnez. ¿Da para matarlo? Segundo, a Barkhorn le tocó presenciar atroces crímenes de lesa humanidad perpetrados por los nazis en Rusia y se indignó tanto que –dicen- planea matar al mismísimo fuhrer. ¿No es mejor dejarlo vivo y que cumpla con su propósito? Y tercero, ponele que Barkhorn o las tropas de Fury matan a Hitler y se termina la guerra: ¿qué hacemos? ¿Qué hace un tipo como Fury cuando no hay guerra? Este último dilema estaba bastante presente en la miniserie anterior, y acá vuelve con todo. Claramente, Ennis concibe a Nick como un enamorado de la guerra.
La trama está un poquito estirada (el primer episodio, sin ir más lejos, no aporta absolutamente nada) pero estos tres dilemas la hacen espesa, inquietante, tensa. Por supuesto, cada tanto irrumpe la acción y los combates entre los panzers alemanes y los bravos soldados aliados le prenden fuego a la página con una violencia zarpada y realista a la vez. Pero (como en la recordada Unknown Soldier), todo se resuelve con diálogos y en el último episodio. Ahí, recién ahí, aparece la mala leche característica de Ennis, y es sumamente bienvenida.
El dibujo de Robertson está muy por debajo de otros trabajos suyos. Tenía dos entintadores que eran garantía: Jimmy Palmiotti (que lo acompañó en la saga anterior de Fury) y Rodney Ramos (que lo entintaba en Transmetropolitan). Aún así, el dibujo (no la narrativa, que es óptima) derrapa miles de veces. Hay viñetas lindas, que parecen de Robertson inspirado, o de Joe Kubert, o de Tim Truman, o de John Severin, y después hay unos abortos infumables que parecen de esos verduleros de Image de principios de los ´90. No sé por qué, pero acá Robertson no logra ni en pedo mantener un nivel sólido y parejo a lo largo de las 144 páginas de la obra.
Lo cual no es óbice para recomendarla a full, porque el guión es excelente. Si sos fan de Ennis, del comic bélico o de Nick Fury, internate entre las líneas enemigas para capturar esta historieta que vale la pena, y mucho.

domingo, 8 de enero de 2012

08/ 01: TRANSMETROPOLITAN Vol.7

Bueno, al final este va a ser el Año Transmetropolitan. Leí tres tomos en el 2010, tres en el 2011, y me quedan para este año cuatro tomos, que juro solemnemente reseñar antes del 31 de Diciembre.
Este tomo se ajusta a la fórmula que veníamos viendo en los TPBs anteriores: una saguita de tres episodios en los que avanza la trama central de la serie y tres historias autoconclusivas, no muy conectadas con los conflictos principales. Una fórmula que Warren Ellis buscó, definió y refinó hasta que –para esta altura de su magnum opus- la hizo funcionar como un relojito.
La saguita más extensa se titula Back to the Basics y define cuál va a ser el rumbo de la serie de acá hasta el final: se viene la guerra declarada y sin cuartel entre Spider Jerusalem y Gary Callahan, el Sonrisas, el presidente de los Estados Unidos. Spider encuentra un nuevo medio a través del cual publicar sus columnas y de a poquito, vemos cómo se deteriora su salud. Y no mucho más. ¿Por qué pasa tan poco en 66 páginas? Porque como siempre, Ellis nos distrae de la trama para 1) desarrollar cada vez más a los personajes (Spider, sus sucias asistentes, su viejo jefe Mitchell Royce, sus nuevos editores, el villano, etc.). 2) mostrar pequeñas postales de la vida en esta mega-urbe futurista-decadente. 3) bajar línea acerca de esa obscena orgía entre los medios y el poder que casi siempre termina con la verdad sodomizada, enchastrada y descartada. Por supuesto, estas tres cosas le salen tan bien, que poco importa la lentitud con la que avanzan los conflictos centrales.
Y claro, después vienen tres episodios en los que la trama grossa no avanza prácticamente nada. De atrás para adelante, el tercero habla acerca de la constante renovación del paisaje urbano, de cómo nadie tiene reparos en cagarse en la historia para demoler edificios viejos y construir nuevos, algo que si vivís en Buenos Aires seguro te va a pegar fuerte. El episodio termina con un mini-prólogo muy ganchero a lo que va a pasar en el próximo tomo, que no tengo idea de qué es.
El del medio se mete con los locos. ¿Qué hacemos con los locos? Mantenerlos internados y bajo supervisión sale muy caro. Mejor soltarlos y que –los que pueden- consuman. ¿Y los que no? Mala leche. Spider se toma el trabajo de escuchar a los locos, de bancarlos mientras estos elucubran bizarras teorías conspirativas acerca de... cualquier cosa. Pero nuestro héroe no es ningún boludo: con paciencia y saliva, encuentra entre estas teorías del disparate datos que le pueden servir en su cruzada contra el Sonrisas.
Y dejé para el final al primero, Business, que se mete con un tema jodido como enema de chimichurri: la prostitución infantil. Pocas veces leí una historieta tan sórdida, tan cruda, tan devastadora y a la vez tan conmovedora como esta. Ellis se sumerge a fondo en un tema desgarrador, complejo, incómodo, y –a través del personaje de Bill Rose- baja una línea tan coherente como desesperanzada. Esas 22 páginas valen lo que te pidan por todo el tomo.
Como siempre, Darick Robertson acompaña con un dibujo correctísimo, sin fisuras y con un par de hallazgos. Uno de los más notables es su repertorio virtualmente infinito de caras para tooodos esos cientos de habitantes de la hiper-metrópolis a los que Spider se cruza, entrevista, investiga, o caga a trompadas. Muy notable lo de este muchacho, que llegó como tercerón y con Transmetropolitan logró un merecido status de estrella.
Estamos ahí, a apenas 18 episodios del final. Por fin, 15 años después de comprarme aquel primer número, me voy a enterar cómo carajo termina este maravilloso canto a la transgresión, a la lucha por las convicciones, a los valores que el poder y la prosperidad no pueden comprar. Aguante Spider!

viernes, 7 de octubre de 2011

07/ 10: TRANSMETROPOLITAN Vol.6


Ufff… Más de un mes sin leer un comic de Vertigo! Ya me estaba por salir un tumor fecal en el cerebro! Ya empezaba a mirar con cariño los tomitos de Naruto y los afiches de Martín Redrado Diputado…
Ahora sí, estoy seguro de que estos episodios no los había leído nunca en la época en que coleccionaba Transmetropolitan en revistas. ¿Por qué? Porque me faltaba el primer numerito de los que recopila este tomo, el 31. ¿Por qué? Porque era el que se compraba toda la gilada que no seguía mes a mes la serie y entonces era difícil de conseguir. ¿Por qué se compraban este numerito? Porque era un punto de enganche, pensado para sumar nuevos lectores, y encima tenía páginas de varios dibujantes invitados, entre ellos Bryan Hitch, Frank Quitely y Eduardo Risso. Además se publicó en el 2000, justo cuando Warren Ellis se fue de The Authority, y muchos fans de esa serie se volcaron a las otras series del guionista, que eran essssta y Planetary, creo. Y por ahí también Hellblazer.
Lo cierto es que al leer este tomo descubrí material que para mí era 100% nuevo. El libro arranca con ese capítulo, el de los dibujantes invitados, que es un chiste largo: simplemente nos muestra cómo reacciona Spider Jerusalem frente al hecho de que es tan famoso que ya aparece hasta en películas porno, en dibujos animados y en todo el merchandising habido y por haber. Se podría haber contado lo mismo en 12 páginas. El segundo unitario funciona de epílogo a la saga brava, áspera, desalentadora, con la que cerró el tomo anterior. Spider se comió un garrón de aquellos y ahora encuentra la forma de dar vuelta la tortilla a su favor. También, se podría haber contado en 8 páginas, 10 a lo sumo. Y el tercer unitario es otra oda al chamuyo: 22 páginas para que las “Roñosas Asistentes” de Spider blanqueen por qué prefieren jugarse la vida laburando para él, en vez de renunciar y dedicarse a otra cosa, que es lo que haría cualquier adulto en sus cabales.
Menos mal que Ellis domina las artes del relleno y la estirada como pocos. En tooodas esas secuencias largas al pedo, o en las que no pasa nada, el guionista mete diálogos geniales, nos cuenta cosas acerca de cómo funciona la retorcida mente de Spider, revela más detalles fascinantes e inquietantes acerca de la vida en esta mega-metrópolis del futuro y baja línea acerca del periodismo y su relación con el poder. Como además salpica todo esto con un humor grosero, punzante y que no pierde efecto con la reiteración, uno se deja llevar y el trámite se hace placentero, aunque pase poquísimo. Y cuando pasa lo que tiene que pasar, está invariablemente bueno, así que se justifica la espera.
Como el tomo anterior, este cierra con una trilogía arriesgada: acá Spider toma la iniciativa sin medir los riesgos. Con los tapones de punta, dispuesto a matar, a cagarse a trompadas y a disparar su pistola que disrupta los intestinos, lleva adelante una investigación periodística brillante, un escrache irrebatible que pone contra las cuerdas a su principal enemigo, el presidente de los EEUU. Por supuesto, el ídolo comprende el costo de lo que está por hacer y se prepara para un cambio brutal en su status quo, que por supuesto no te voy a contar por las dudas de que no lo hayas leído. Que alcance con decir que es una movida osada, impredecible y que te deja pidiendo a gritos el próximo tomo, a ver cómo sigue la historia.
Por el lado del dibujo, Darick Robertson mantiene la calidad de siempre, y pilotea sin sobresaltos escenas realmente difíciles de dibujar. La trilogía (Gouge Away) tiene más acción y más violencia que las historias promedio de Transmetropolitan, pero eso no asusta a un tipo que había dibujado mucho comic de superhéroes en los ´90, cuando la machaca sanguinolienta estaba a la orden del día. Y de los invitados del primer episodio, el que más impacta es Risso (cómo no), al que el colorista Nathan Eyring potencia con un truco que no se podría haber usado para colorear ninguna de las otras secuencias del tomo.
Más que nunca, Transmetropolitan se convirtió en un comic de barricada, de lucha, de resistencia, de jugarse por los ideales hasta las últimas consecuencias y bancarse lo que venga. Hay piñas, garches, chistes alucinantes, un contexto de ciencia-ficción totalmente hipnótico, un montón de cosas que adornan el paquete. Pero acá lo importante es lo que viene adentro, lo que Ellis tiene para decir. Y lo que tiene para decir es una cátedra de honestidad, de compromiso, de verdad, memoria y justicia, que nos infla el pecho y nos inspira a todos los que alguna vez laburamos de periodistas. Muy, muy grosso.

sábado, 20 de agosto de 2011

20/ 08: TRANSMETROPOLITAN Vol.5


¿Habré leído estos episodios en la época en que compraba Transmetropiltan en revistitas y las leía mes a mes? La verdad, no me acuerdo en absoluto. Leo el libro y para mí es todo nuevo, no tengo la más puta idea de lo que puede pasar, si bien estoy seguro de haber comprado en su momento los numeritos que recopila este tomo. O sea que si Warren Ellis y Darick Robertson alguna vez me desvigaron, los años transcurridos y la mala memoria me reconstruyeron el hímen. Lo cual es bastante doloroso, porque estamos en una etapa de la serie en la que –si bien no escasean los chistes subidos de tono- las historias están pensadas para pegar fuerte, para cagar a trompadas al lector con furia, con asco, con muy mala leche.
El tomo arranca con un gran unitario que es básicamente un soliloquio introspectivo del gran Spider Jerusalem, anécdotas de su infancia, de su juventud, reflexiones, pinceladas que le agregan carnadura a este increíble personaje. El segundo unitario es uno de los latrocinios que cada tanto cometían Ellis y Robertson: 22 páginas de una única viñeta, con textos de Spider acerca de la vida en la Ciudad, sin narrativa, con dibujos elaborados y textos casi siempre impactantes, pero sin nada que haga avanzar las tramas ni nos permita conocer mucho más que algunas opiniones explosivas del protagonista.
El tercer unitario es, lejos, el mejor: una cátedra de periodismo y de historieta a la vez, con momentos desopilantes, diálogos magníficos y una sóla página estropeada por el exceso de globos y textos. Encima es –hasta ahora- el episodio mejor dibujado de toda la serie. Posta, esas paginitas valen el precio que pagues por todo el libro.
Y para cerrar, una trilogía brava, incómoda, devastadora: Lonely City nos muestra a Spider y sus “roñosas asistentes” dispuestos a jugarse la vida para llegar a la verdad en un caso que involucra un asesinato brutal en plena calle y a varios policías, posibles autores del crimen. A medida que las sospechas recaigan cada vez más sobre la cana, la cosa se va a poner más y más espesa, hasta que sólo pueda terminar con más muertes y más dolor. Nuestro periodista-kamikaze no sólo va a tener que pensar: también correr, saltar, esquivar balas y hasta repartir trompadas y patadas para llegar entero al final de la saga. Un final que va a ser triste, desolador, casi digno de DMZ. En Lonely City, Ellis traza una especie de catálogo de los poderse capaces de desactivar, esconder y silenciar la verdad y Spider es el boludo que, a pesar de todos sus esfuerzos, logra gambetear todas las trampas que le ponen, salvo la última, la del poder político, lo cual además engancha con lo que se venía armando en el tomo anterior: cada vez es más claro que el villano de la serie va a ser nada menos que el presidente de los EEUU. Idea extrema, copada, pero difícil de pilotear. Veremos cómo lo hace Ellis en los próximos tomos.
Lo de Robertson, muy correcto. Se mata (ya lo aplaudimos) en el tercer unitario y se tira un poco a chanta en el episodio final de la trilogía, en el que prácticamente no dibuja un puto fondo. Pero cuando el guión no le da opciones, sus fondos están muy, muy logrados, llenos de vida y de detalles copados. Aunque claro, con el correr de los números, queda clarísimo que lo que más le interesa son las expresiones faciales y ahí es donde realmente pone toda la carne al asador. Con un personaje tan exacerbado, tan volátil y tan al límite como Spider, nunca faltan los momentos en los que las emociones arrasan cual tsunami, y ahí Robertson se divierte a full y las plasma con maestría en los rostros de su “elenco”.
Cada vez más despiadada y más feroz, esta primera mitad de Transmetropolitan es, además de una gran serie, una invitación a pensar, a discutir, a involucrarse. También a cagarse de risa de vez en cuando, e incluso a sufrir en los momentos más heavies. Le pongo muchas fichas a lo que nos depare la segunda mitad.

domingo, 24 de julio de 2011

24/ 07: TRANSMETROPOLITAN Vol.4


Otro esperado reencuentro! Después de muuuuchos meses, vuelvo a leer esta indescriptible serie de Warren Ellis y Darick Robertson. Y justo me toca leer un tomo que gira en torno a las elecciones, un día que hay elecciones (en Santa Fe) y donde parece que la bajeza, la canallada, la venalidad más burda y chabacana va a ser la que saque más votos.
Sin ser flojo ni mucho menos, este es el tomo que menos me emocionó en lo que va de la serie. Evidentemente, Spider Jerusalem funciona mejor como cronista o testigo que como protagonista, y acá cobra mucho protagonismo, porque Ellis lo deja involucrarse demasiado en la contienda electoral entre la Bestia y el Sonrisas. El propio Spider se da cuenta de esto, lo manifiesta y lo sufre. O sea que no es un “error” del guionista, sino un camino tomado con premeditación y que, para mi gusto, no da tan buenos frutos como el otro. Para Spider, claramente tampoco. Este es el arco en el que peor la pasa.
Lo más copado terminan por ser, por un lado, las guarangadas que dice y hace Spider. Ahí, Ellis no falla y sigue tan salvaje como siempre. Y por el otro lado, las ideas limadas que Ellis pela para mostrarnos que esto transcurre en un futuro hiper-tecno. Los personajes mencionan o consumen como si fuera lo más normal del mundo un montón de productos, sustancias, operaciones quirúrgicas y hasta religiones absolutamente originales y alucinantes, que ojalá se inventen pronto, en especial el neurotransmisor (ocultable en el esmalte para uñas) que le produce a nuestras víctimas alucinaciones en las que tienen sexo con simios duros de merca que sufren el síndrome de cólon irritable.
A medida que se acercan las elecciones, Ellis le da más y más protagonismo a los dos candidatos presidenciales, a los que –gracias a las gloriosas charlas que tienen con Spider- llegamos a conocer bien a fondo. Pero claro, los dos detestan a nuestro kamikaze del periodismo y gane quien gane, ninguno tendrá reparos a la hora de hacerle pagar caro tanto insulto, tantas humillaciones y –sobre todo- tanto compromiso con la verdad. Spider interactúa tanto con los políticos que casi no lo vemos junto a sus asistentes, Yelena y Channon. Como las chicas están al pedo, las vemos intentar generar sus propias subtramas, pero ninguna cobra ninguna relevancia.
La saga de las elecciones podría haberse contado tranquilamente en cuatro episodios en vez de seis, pero Ellis aprovecha los restantes para mandar a Spider a pasear por la Ciudad, y en esos tramos, los más descriptivos (si se quiere, los más sociológicos) aparecen varios de los hallazgos más notables del tomo, así que está todo bien… leído en TPB. En la lectura mes a mes de los numeritos, me acuerdo que eran un palo en el orto del grosor de una palmera. El TPB también ofrece como bonus tracks las dos historias cortas de Transmetropolitan que salieron en sendos Winter´s Edge, la antología que editó Vertigo durante tres años. Esas dos también son pequeñas perlas, jodidas y deliciosas.
A lo largo de todo el tomo, como ya es costumbre, nos acompañan los dibujos de Darick Robertson, siempre ajustadísimo en la narrativa y con un trazo siempre propenso a derrapar hacia el grotesco. Cosa que los guiones de Ellis también hacen casi siempre, y ahí es donde me parece que Robertson se siente más cómodo. No le pidas que dibuje minas hermosas porque no las va a dibujar ni aunque se esmere; pero pedile gordos repulsivos y te los va a dibujar tan repulsivos que hasta les vas a sentir el olor a chivo, cigarrillo y vino berreta. Como la saga está bastante estirada, hay lugar para muchas páginas de una sóla viñeta, y ahí Robertson y el entintador Rodney Ramos dejan la vida, en tomas jugadas (y superpobladas) de la Ciudad, su gente, sus carteles, sus grafittis y su mugre.
Tengo a mano un par de tomos más, así que prometo volver pronto a la Ciudad, a ver cómo cambia la vida de este maestro de la mala leche a partir del cambio de presidente. O a ver si Ellis agarra para otro lado. Yo estoy seguro de haber leído por lo menos 15 episodios más cuando coleccionaba los numeritos en los ´90. Pero posta, no me acuerdo absolutamente nada posterior a esta saga. Mejor, así me sorprendo más.

martes, 22 de febrero de 2011

22/ 02: FURY


Estamos en 2001 y empieza a tomar forma la Tercera Era Dorada de Marvel, de la mano de Joe Quesada y Bill Jemas. Uno de los hallazgos de ese momento es el sello MAX, un espacio para jugar con los personajes de siempre, pero apuntados al público adulto. Y no, el resultado no fueron comics de superhéroes con tetas y puteadas, sino unas cuantas historietas muy notables.
La que hoy nos ocupa tiene un sólo problema: la extensión. No era una historia para seis comic-books. En una novela gráfica de 96 se podría haber contado lo mismo, de modo más efectivo. Pero el guión es de Garth Ennis y la especialidad de Ennis es estirar. Estira lindo, con buenos diálogos, con escenas de desarrollo de personajes que están muy bien, y por supuesto, con su habitual culto a la violencia, los chumbos y la mala leche. En realidad, Fury es un comic contra la violencia, un alegato, una advertencia. Ennis se mete en la psiquis de Nick Fury y nos muestra un lado siniestro del longevo capo de SHIELD: terminada la Guerra Fría (y cuando todavía los fundamentalistas islámicos no eran el Nuevo Enemigo), el tipo se siente vacío y llega al punto de añorar los años de operaciones encubiertas, guerras sucias y aprietes a los espías contrarios para que revelen data top secret. ¿Puede un tipo que evitó miles de guerras enamorarse de la guerra? Eso es lo que se propone responder Ennis.
También, ya que está, baja una línea muy interesante acerca de la geopolítica del Siglo XX, explica las relaciones entre la O.N.U. y los gobiernos de los países centrales y las relaciones entre estos y sus respectivos servicios de inteligencia. Por supuesto, todo salpicado con una orgía de sangre, gore, torturas y atrocidades varias, en su mayoría cometidas por el villano (el ruso Rudi Gagarin), pero también algunas perpetradas por Fury y “los buenos”. Ennis le saca un enorme provecho al sello MAX: nada de lo que pasa acá podría pasar en un típico comic de superhéroes. No sólo porque estos intervendrían y desactivarían en segundos (y sin derramar una gota de sangre) el conflicto que intentar detonar Gagarin. El nivel de salvajada que se muestra en esta obra es sólo para el lector muy curtido, con mucho estómago. No son nada más los chistes groseros, la temática política o el abuso de la palabra “fuck”. Acá el héroe estrangula al villano con los intestinos de este último, expuestos gracias a un certero cuchillazo en el vientre.
Y por ahí lo más flojo es el intento de insertar un tercer género en la historia: Espionaje y bélico juntos se llevan bastante bien, pero cuando Ennis quiere meter comedia, cae o bien en un grotesco muy revulsivo (Fuckface, un guiño a Arseface) o en una boludez que casi no causa gracia (el personaje de Wendell). En Punisher, el chiste de meter elementos cómicos le salió bastante mejor que acá.
Para dibujar esta animalada, Ennis contó con un grosso al que no le cuesta para nada derrapar hacia el grotesco: Darrick Robertson tiene momentos de mucho realismo (con caras de Fury copiadas de fotos de Clint Eastwood), momentos mucho más caricaturescos y momentos (miles) totalmente desaforados, en los que potencia el impacto y el asco que nos tiene que generar todo este carnaval de los chumbos, las bombas, las torturas y las trompadas. Acá nace la dupla que luego se reunirá en Born y en The Boys y la verdad es que estos dos salvajes se entienden a la perfección. Sin ser un genio ni mucho menos (de hecho, tiene varios errores de anatomía), Robertson sabe acompañar al guionista: le pone onda a las escenas repletas de diálogos en las que nadie mueve un dedo y se zarpa más allá de lo descriptible en las escenas en las que estalla la violencia y vuela gente (y cachos de gente) por el aire. Bien Jimmy Palmiotti, también, que refuerza este laburo desde el entintado.
Fury no es una joya, ni un comic fundamental. Pero es un comic sólido, arriesgado, que se jugó a darle una vuelta de tuerca heavy y a la vez verosímil a un personaje de larguísima trayectoria, y que cumple con su cometido: arrancarte alguna sonrisa macabra y shockearte con un despliegue despiadado y visceral de muerte y violencia, cortesía de unos pocos hijos de puta para los cuales la guerra no significa tragedia, sino poder.

sábado, 8 de enero de 2011

08/ 01: THE PUNISHER: BORN


Este libro tenía todo para que yo cayera sobre él: Garth Ennis al frente de un comic bélico y encima relacionado con su versión de Punisher para el sello Max de Marvel, en el que –como ya vimos- escribió tres o cuatro sagas realmente impresionantes. Y ahí fui, sin saber muy bien de qué se trataba la historia.
Lo primero que me impactó fue el dibujo de Darick Roberston, en un nivel altísimo, muy por encima de su standard habitual. ¿Qué pasó? ¿Le agarró un ataque de virtuosismo? No, le pusieron un entintador mejor que todos los anteriores, nada menos que el maestro Tom Palmer, veterano de mil combates gloriosos junto a monstruos como Neal Adams, John Buscema y Gene Colan, entre muchos otros. Palmer le da a Robertson el equilibrio justo entre power y sutileza, lo hace más elegante, menos grotesco, pero sin que el dibujo pierda fuerza, algo fundamental si tenemos en cuenta las atrocidades que Ennis le hace dibujar al co-creador de Transmetropolitan. La combinación es realmente exquisita, y los colores de Paul Mounts se ajustan perfectamente a lo que propone el dibujo, además de reforzar acertadamente los distintos climas por los que nos lleva el guión.
Y el guión… ma-mita! Acá el irlandés sale con los tapones de punta, con el cuchillo entre los dientes, desde la primera secuencia. Hay un par de chistes zarpados, sí, pero esta vez eso no importa. Esta vez gana la tragedia, la reflexión amarga acerca de cómo el salvajismo le gana a la humanidad. Todo el comic se balancea entre dos ejes: el primero (encarnado en el soldado Stevie Goodwin) habla de lo absurdo de esta guerra, del error grosero que comete EEUU al mandar a sus chicos a morir a esa jungla despiadada llamada Vietnam. Y por supuesto, Ennis no ahorra escenas tremendas y escabrosas a la hora de llevar agua para su molino y graficar esta idea. En ese sentido, esto está casi al nivel de The Other Side (la joya de Jason Aaron), que es el comic sobre Vietnam más atroz que yo recuerde. Y además hay frases geniales, realmente memorables y conmovedoras.
El segundo eje gira en torno de Frank Castle, un capitán de sólo 22 años, curtido como si tuviera 45. Castle le agarró el gustito a la guerra, se copó con esto de matar impunemente a quien le parece que merece morir. El Punisher –nos sugiere Ennis- ya vive dentro suyo, años antes de que muera su familia y se ponga el buzo con la calavera. Con el correr de los episodios vemos hasta dónde está dispuesto a llegar Castle para que la guerra no se termine y para que enemigos, traidores, violadores, dealers de heroína y corruptos varios paguen con sangre sus afrentas. La guerra le pudrió el bocho a más de un combatiente y Castle no es para nada la excepción. La diferencia es que, si venías leyendo el Punisher de Ennis, ya sabés para dónde se le van a escapar los jugadores que le faltan: Al final, resulta que todo lo que le vamos a ver hacer a Frank en la jungla de cemento es poco comparado con lo que hizo en la jungla posta.
Born no es el típico injerto de retro-continuidad, ni la típica historia pensada para echar luz sobre eventos poco conocidos del pasado de un personaje conocido. O sí, pero el énfasis no está puesto ahí, sino en crear un comic bélico estremecedor, perturbador, donde además de las vidas de centenares de soldados está en juego la psiquis de Frank Castle. Por supuesto, ya sabés que esa pobre psiquis se va a comer una goleada histórica, pero Ennis aprovecha ese elemento para darle a Born una pátina de thriller psicológico complejo, bravo, incómodo como tampón de virulana. Y por si faltaba algo, este animal desbocado que parece gozar como un salvaje cada vez que le toca escribir historias de guerra (o cantos a la ultra-violencia en general), se juega a bajar línea CONTRA la guerra, y lo hace con una potencia y una inteligencia a prueba de balas. Como además el Punisher no aparece ni un cuadrito, si no te copa el personaje la podés leer igual, como si fuera un comic de guerra cualquiera. O en realidad, muy por encima de la mayoría.

sábado, 6 de marzo de 2010

06/ 03: TRANSMETROPOLITAN Vol.3


Descubrí al Spider Jerusalem del mundo real y me hice adicto. No creo que se meta drogas duras ni lo imagino traspasando los cordones de seguridad a fuerza de puñetazos, pero en las columnas semanales que escribe Arturo Pérez-Reverte está toda la lucidez, la mala leche y el talento que uno se imagina que despliega Spider en I Hate it Here. Pérez-Reverte es un cronista descarnado de la España y del mundo en que le tocó vivir y todas las semanas caza el lanzallamas y sale indignado a rostizar a ministros, empresas, programas de TV y demás generadores de mediocridad y estupidez. A veces cuenta anécdotas de sus años como cronista de guerra en lugares jodidos al extremo, y a veces cuenta historias chiquitas, cotidianas, de amigas y amigos suyos que pueden ser pescadores, espías, prostitutas, mozos de restaurant, escritores, periodistas, soldados o amas de casa. Pero el tipo está ahí, atrincherado, y sale todas las semanas a matar o morir munido de un teclado y de una mirada despiadada y brillante sobre la realidad, los medios y la forma en que los medios muestran la realidad. Pérez-Reverte es famoso por sus novelas de ficción, pero en sus libros de columnas de opinión (Patente de Corso y Con Animo de Ofender) encontré lo más parecido a Spider Jerusalem que puede existir hoy en el mundo real.
Pero volvamos a Transmetropolitan. En este tomo, la obra magna de Warren Ellis y Darick Robertson pone segunda y se mete de lleno en un tema fascinante: Spider Jerusalem y Yelena (su nueva asistente) van a cubrir las elecciones presidenciales de los EEUU. Imagínense el festín que se hace Spider con este festival grandilocuente de runflas espúreas y debates sin ideas entre mentirosos profesionales. “La Bestia” Heller y “Sonrisas” Callahan son caricaturas filosamente acertadas de los típicos políticos yankis y lo más interesante –como suele suceder- no es lo que dicen, sino lo que ocultan. Y ahí va Spider, prendido fuego, a hundir su bisturí enchastrado en asco y mala leche.
Como buen inglés, Ellis detecta enseguida lo que hace tan hueca a la política yanki: no hay un enfrentamiento ideológico. Los dos partidos se conforman con desacreditar al candidato contrario y llenan horas de discursos con ideas abstractas que suenan maravillosas, pero que tienen cero injerencia en la vida de la gente. Después, según quién gane, el Estado gastará unos mangos más o menos en educación y salud, mandará más o menos tropas a armar kilombo en los países del Tercer Mundo y permitirá que los grandes grupos económicos se empomen con o sin forro a la gente, pero la verdad es que –gane quien gane- cambia todo demasiado poco.
Para esta etapa, el personaje de Spider empieza a ganar complejidad: ¿Qué quiere? ¿Hasta dónde está dispuesto a llegar? ¿Cómo lo afecta su voraz consumo de drogas? ¿De repente le pintó un amor de verdad? De a poquito Ellis empieza a investigar por debajo de la superficie del personaje. Y además lo enfrenta a un dilema moral interesantísimo: Si hay un sólo candidato capaz de ganarle la elección al presidente más hijo de puta de la historia, ¿lo bancamos aunque esté un poco sucio, o lo incineramos a la primera que se mande? Como siempre, Spider se juega por la verdad, caiga quien caiga. Y las consecuencias que va a pagar van a ser altísimas.
Del laburo de Robertson ya ni hace falta hablar. Está perfectamente asentado como dibujante de la serie, ya le sale todo de taquito y ya es un atractivo más de esta serie polémica, adictiva y que corrió varias veces los límites de lo que se puede hacer en un comic. Transmetropolitan es un comic visceral, furioso, caótico, corrosivo, pero sobre todo vital. Transmetropolitan es sexo, drogas, política y religión. Es indignación, inconformismo y barricada. Un graffiti con puteadas sobre la fachada de los corruptos escrito con pis, vómito, guasca, mierda y sangre. Y no sé cuándo, pero volveremos.

miércoles, 17 de febrero de 2010

17/ 02: TRANSMETROPOLITAN Vol.2


Como esta araña pervertida y kamikaze, yo también soy un bicho de ciudad. Y acá estoy, una vez más atrapado en La Ciudad, esa en la que Warren Ellis y Darick Robertson nos tienden una trampa atrás de otra y nosotros caemos felices.
El segundo tomo empieza como terminó el anterior: con tres episodios unitarios. El primero es un incómodo debate acerca de los pro y los contra de tener cuerpo. El tercero es un alegato en favor de la preservación de las culturas pasadas y la investigación tecnológica de avanzada. Y el segundo es una Obra Maestra hecha y derecha, 22 páginas tan grossas, con conceptos tan jugosos y atractivos que podrían convertirse en trampolín para una segunda serie regular, ambientada en el mismo universo de Transmet, pero centrada en estos personajes (los Revividos).
Y para completar la simetría, el tomo 2 termina como empezó el 1: con un arco de tres espisodios. Acá vemos cómo dos mujeres que no se conocen entre sí, una desde la tumba y otra desde el “diario” para el que trabaja Spider, despliegan un plan maestro para cagarle la vida a nuestro “héroe”. Sin asistentes, ni crédito, ni teléfono, ni acceso a la web, Spider va a tener que sobrevivir en la hostil megalópolis, acosado por varios enemigos que lo quieren pasar a valores.
Uno de ellos es un perro policía al que Spider le volatilizó los genitales en el primer arco, y que busca venganza. Ellis hace con este perro el mismo chiste que Garth Ennis hizo con Herr Starr en la revista de Preacher: el villano jodido va detrás del “héroe” y sufre una derrota humillante tras otra, todas acompañadas de horrendas mutilaciones. Pero no le importa, porque su fuerza de voluntad, propulsada por el odio, es más potente que el dolor. La diferencia es que uno hizo el chiste en breves secuencias salpicadas a lo largo de tres episodios y el otro lo estiró 66 números y un especial. Adivinen cuál es más gracioso…
Hablando de gracioso, la vez pasada casi no mencioné un elemento fundamental de Transmetropolitan: las guarangadas. Las cataratas de insultos que larga Spider cada vez que se saca son memorables. Y en cualquier otro momento, cuando menos te lo esperás, Ellis te bombardea con chistes de curas, de drogas, de enfermedades venéreas, de caca, de pedo, necro y zoofilia, chistes de franceses (como en su notable y reciente Crécy), de abogados, de discapacitados… No hay límites para el humor, dice Ellis (y yo coincido), y menos cuando es gracioso.
Nos queda por subrayar la evolución en el dibujo. Ahora con un entintador estable (el prolijo Rodney Ramos), Robertson mejora sensiblemente su performance. Ahora que los guiones son muy distintos entre sí, y requieren distintos estados de ánimo, distintos climas y –en el capítulo de las Reservaciones- distintas ambientaciones, Robertson se banca el desafío y lo supera de modo más que decoroso. Dos de los unitarios de este libro (el de los Revividos y el de las Reservaciones) están seguro entre los mejores a nivel dibujo de –por lo menos- el primer tramo de la serie. Un truquito que a Robertson le sale cada vez mejor: poblar la Ciudad de carteles y graffitis, stickers y remeras, cada vez más ingeniosos y graciosos, una “disciplina” en la que el Number One va a ser siempre Kevin O´Neill (en Marshall Law, obvio), pero en la que Robertson se luce cada vez más.
Y bueno, Transmetropolitan va creciendo. En este tomo nos queda claro que no está tan bueno ser Spider Jerusalem… aunque si uno lograra ganarse enemigos tan patéticos o tan hijos de puta como los que tiene él, SI estaría bueno ser Spider Jerusalem… En fin, tema para debatir conmigo mismo en otro momento… Lo cierto es que a medida que se suman conflictos, a medida que Ellis narra más y describe menos, la serie gana en complejidad y en atractivo. Y no me acuerdo mucho, porque lo leí hace mil años, pero estoy seguro de que lo mejor todavía no llegó. Ya volveremos por más…

lunes, 8 de febrero de 2010

08/ 02: TRANSMETROPOLITAN Vol.1


Para festejar que Vertigo empezó a reeditar todo Transmetropolitan en 10 hermosos tomitos, no se me ocurrió mejor idea que vender mis revistas (tenía todos los numeritos hasta el 41, ó 42, no me acuerdo) y abalanzarme sobre los libros. Este tipo de reencuentros hay que festejarlos y hoy, 13 años después de haber descubierto a Transmet cuando iba por el n°5, me vuelvo a cebar como el primer día con Spider Jerusalem y su forzado regreso a la Ciudad.
Y para los que creen que en este blog se repiten mucho los autores (Tezuka, Víctor Santos, Brian Wood), fíjense cómo también se repiten los temas. En la reseña de DMZ salió el tema de los medios de comunicación y cómo, en las manos incorrectas, sirven para deformar la realidad y –a la larga- cagarle la vida a la gente. Acá una vez más el periodismo, el oficio de mostrar lo que pasa, ocupa la primera plana. Spider Jerusalem representa el extremo opuesto al de los jefes de Matty Roth: él es el kamikaze de la verdad, el talibán de la verdad, el cebado de mierda que no tiene ningún reparo en ofender ni humillar a nadie con tal de propagar la verdad. La serie nos va a contar lo caro que sale jugarse la vida por la verdad y lo loco que hay que estar para abrazarla con la vehemencia con la que la abraza Spider. Pero además nos va a revelar muchísimo más sobre el periodismo y su relación con la vida y la sociedad.
Para hacerlo más interesante, el guionista (un tal Warren Ellis, supongo que les suena ;) ambienta la saga en una ciudad del futuro, que (como la que nos mostraba Altuna en Ficcionario) no es mucho más que una caricatura apenas exagerada de cualquier gran metrópolis del 2010. La Ciudad es, sin duda, protagonista de Transmetropolitan desde el primer número. Pero claro, la serie no se hizo famosa por la ciudad, sino por el personaje central, el glorioso Spider Jerusalem. Con Spider, Ellis lleva al límite el truco del protagonista jodido. Acá tenemos a un “héroe” ególatra, despótico, drogón, kilombero, violento, mal hablado, mentiroso, vengativo… un tipo repulsivo, al que sólo redimen su compromiso con su profesión y su enorme talento a la hora de filtrar la realidad y convertirla en artículos periodísticos. Imposible no amarlo, sobre todo los que laburamos en este rubro.
Este primer tomo incluye el arco incial (el de los Transients) y los tres unitarios que le siguen (el del presidente, el de la tele y el de las religiones), que son tres joyas a las que Ellis eventualmente va a superar, pero no de taquito, porque realmente dejan el listón muy, muy arriba. Este es el primer laburo del guionista que se aleja del género de los superhéroes y logra una cierta repercusión (al principio bastante escasa, pero después arrolladora), con lo cual acá se desata y derrama (o en realidad, eyacula) hectolitros de mala leche en un tsunami de furia contenida, puteadas e inmundicias. El Ellis desencadenado no es para todo el mundo, pero si te la bancás, está más bueno que comerse una milanga con Coca-Cola y música de InXS.
Para dibujar este hipnótico y desmesurado mundo futurista-decadente (falta Ranxerox, nomás), Ellis eligió a otro inglés con demasiados superhéroes a sus espaldas, que se merecía la chance de dibujar algo más personal: Darick Robertson. Robertson no es un genio ni mucho menos (está a años luz de Frank Quitely, dentro de un estilo con algunas similitudes), y el jueguito de cambiar de entintadores en casi todos los episodios tampoco lo ayuda. Pero se la banca. Y cuando el guión vira hacia el grotesco (o sea, varias veces por capítulo), la rompe. No le pidas que dibuje minas lindas, porque es más al pedo que pedirle a un intendente peronista que no afane. No le salen las minas lindas. Pero dibuja excelentes vómitos y la mejor gata de tres ojos y dos bocas que vas a ver en tu vida.
Como Spider, volveremos pronto a la Ciudad, a vivir nuevas peripecias.