el blog de reseñas de Andrés Accorsi

domingo, 10 de enero de 2010

10/ 01: MARVEL 1985


Esto lo leí hace un tiempito, pero me había quedado con la leche de escribir unas líneas al respecto.
Primero, lo obvio: qué grosso que es Mark Millar. Posta, hace más de 15 años que lo sigo y me sobran los dedos de una mano para contar las historietas suyas que no me convencieron. Una de las facetas más increíbles de este escocés es su versatilidad, su capacidad de escribir en los registros más variados. Por supuesto, la gran masa de sus laburos giran en torno a los superhéroes, pero no sólo tiene buenas obras por afuera de ese género, sino que –sin salir de los superhéroes- se da el lujo de producir material tan distinto entre sí como Kick-Ass y sus historias para Superman Adventures.
La historia que hoy nos ocupa, por ejemplo, tiene superhéroes a patadas, pero no sé si es un comic de superhéroes. Por ahí se podía contar la misma historia con héroes y villanos de los pulps, o de las novelas de ciencia-ficción, o de los dibujos animados del Cartoon Network. Lo que importa es explorar la relación entre tres cebados (dos adultos y un pibe de 12 años) y aquello que los ceba, que casualmente son los comics de superhéroes de Marvel. Y el resultado es una gloriosa oda al fan, el comic que cualquier cebado de Marvel quisiera escribir, o –si está muuuy pasado de rosca- protagonizar.
Un detalle muy copado es que Millar ambienta esta historia en 1985, que es más o menos cuando yo empecé a acceder con algun regularidad a los comics de Marvel gracias a las ediciones brasileñas. Es la época de Secret Wars, del Thor de Simonson, de los Fantastic Four de Byrne, los X-Men de Claremont y Romita Jr. y los Avengers de Stern y Buscema. O sea, había muchos motivos para ser fan de Marvel y esa fascinación, esa sensación de estar descubriendo algo nuevo y muy copado, está perfectamente plasmada en esta obra. Y además, como Millar no se pierde una, desliza otro elemento atrapante de 1985: el naciente cisma entre el mainstream y el comic alternativo que empezaba a asomar por aquel entonces en las páginas del Comics Journal y que se fue ampliando con el correr de la segunda mitad de los ´80.
Pero para hacer creíble una historieta ambientada en el mundo real, donde las míticas epopeyas de los Avengers y los X-Men son apenas buenas historietas, hacen falta personajes con verdadera carnadura humana (cosa que Millar logra sin el menor sobresalto) y, sobre todo, un dibujante capaz de reproducir de modo realista el mundo en el que vivimos (o en el que vivíamos en 1985, que se parece poco a este) y aún así transmitir esa fascinación de la que hablábamos antes. No es tarea fácil, pero Millar se sacó la lotería con el inspiradísimo Tommy Lee Edwards. Edwards es un gran dibujante, nunca bien ponderado en el mainstream yanki, que acá sacó chapa de campeón. Se tomó un año y medio para dibujar estas 150 páginas y el esfuerzo, la dedicación y el talento se notan en cada viñeta.
Cada puesta en página, cada enfoque están perfectamente elegidos. La paleta de colores está perfectamente amoldada a cada uno de los climas que plantea el guión y –por supuesto- cambia brutalmente cuando nos metemos en la otra realidad, aquella donde las míticas míticas epopeyas de los Avengers y los X-Men son tapa de todos los diarios (incluso del Daily Bugle). Para lograr ese grado de realismo y esa sensación de estar viendo una película, Edwards recurre mucho a la referencia fotográfica, pero la trabaja de tal modo que no desentona, sino que se integra perfectamente a la página dibujada. Olvidate de esos comics de Marvel de 2010 llenos de fotos por todas partes, que parecen todos obra de un mismo dibujante (el famoso Juan Carlos Flicker) y tienen menos onda que Inés Pertiné. Edwards propone un dibujo sumamente realista que se escapa tanto de esa fórmula chota y decadente, como de la del supuesto capo del dibujo realista, el querido Alex Dioss. Acá los personajes son actores, no modelos. Y cuando pintan el grotesco, la exageración y la desemesura (por ejemplo, cuando se machacan Hulk y el Juggernaut, o cuando MODOK, Ultron, Fing Fang Foom y otros nenes traviesos atormentan a todo un pueblo), Edwards no se ata a esa sobriedad casi pacata de Ross, sino que tira el comic por la ventana y pela como pelaría uno de sus ídolos, el inolvidable Jorge Zaffino.
El balance, como resulta obvio, es absolutamente positivo. La oda al fan es mucho más que una palmadita en la espalda, un “gracias, muchachos, por bancar a los comics de Marvel y vivirlos como si fuesen reales”. Millar y Edwards la convirtieron en una historia intensa, con climas y personajes memorables y un cuidado especial por no dejar pagando al lector que no consumía comics de Marvel en los ´80. Una historieta realmente excelente, de esas de las que cuando cerrás el libro, se escucha la ovación para los autores.

sábado, 9 de enero de 2010

09/ 01: NEW NATIONAL KID


Acá empieza la leyenda. Este libro reúne las primeras historietas cortas de Suehiro Maruo, el Genio Maldito del Manga. Acá están los trabajos de fines de los ´80 y principios de lo ´90 que le permitieron asentarse como autor en la prestigiosa antología Garo y dejar gradualmente su laburo como ilustrador en revistas porno. Incluso está la primera historieta que le publicaron fuera de Japón, la polémica y estremecedora El Planeta de los Japos.
Por supuesto, es un Maruo primerizo, todavía muy lejos del nivel que le veremos en los otros recopilatorios de historias cortas (D.D.T., Lunatic Lovers, etc.) o en sus celebradas novelas gráficas (Doctor Inugami, La Extraña Historia de la Isla Panorama, etc.). Pero ya está, desde el vamos, la impronta única del genio: ese origen autodidacta que lo lleva a no parecerse a ninguno de los mangakas de su generación, sino a los antiguos grabadistas, o a dibujantes europeos, como Vittorio Giardino o André Juillard. También está desde el principio el amor por la atrocidad: la sangre, las mutilaciones, las violaciones, la gente que estalla esparciendo sus entrañas por toda la página, la crueldad sin límites y los insectos, por todos lados los insectos, para dejar bien claro que se está pudriendo todo, todo el tiempo.
También aparece temprano el clima surreal, lo onírico como reemplazo de la lógica argumental. Muchas historias son bizarreadas sin pies ni cabeza, con momentos que parecen tomados de sueños –o más bien pesadillas- del autor. Y, como en los sueños, en las historietas de Maruo aparecen también imágenes poderosísimas, de increíble belleza y sublime vuelo poético. Por ahí no en la historia del pibe con dos porongas que fantasea con llenarle dos agujeros a la vez a la chica que le gusta, pero en casi todas las demás (me vienen a la mente las dos de Hormigas Eléctricas, delirios dignos de David Cronenberg en ácido), entre los hectolitros de sangre y los cuerpos destrozados, se cuela un lirismo casi imposible de reproducir.
Y por si faltara algo, el primer Maruo ya se divertía jugando a los simbolismos. Por supuesto, casi todos tienen que ver con el sexo (una de sus fijaciones), pero también hay hermosas metáforas visuales que tienen que ver con la historia del Japón, el honor en la guerra, la relación entre el hombre y la tecnología, e incluso el genocidio de judíos perpetrado por los nazis. Todo eso, plasmado en un dibujo elegante, sofisticado, casi barroco, y a la vez mezclado con sangre, pijas y estalidos de bombas atómicas.
Dentro de lo que es la narrativa más convencional, tenemos que destacar los tres episodios de Pécora (protagonizados por una colegiala maligna y perturbadora) y por supuesto, El Planeta de los Japos, la impactante ucronía (o What If…, para decirlo en términos comiqueros) en la que Maruo nos cuenta una Segunda Guerra Mundial que termina cuando Japón lanza bombas atómicas sobre Los Angeles y San Francisco y EEUU presenta su rendición incondicional para someterse a la ocupación (y todo tipo de humillaciones) por parte del Imperio del Sol Naciente. Esas 28 páginas justifican todo el libro.
Pero no recomiendo empezar por New National Kid. Estas son historias para lectores que ya compraron la Fórmula Maruo, no para cebar a nuevos fans. Si nunca leíste a Maruo, arrancá con La Sonrisa del Vampiro, o con La Isla Panorama, o con Lunatic Lovers, si lo tuyo son las historias cortas. Pero a New National Kid entrale cuando ya estés en crack, perdido totalmente en las garras de este vicio con nombre y apellido que tanto daño hace y tanto placer da.

viernes, 8 de enero de 2010

08/ 01: B.P.R.D. Vol.4: THE DEAD


Y sí, estoy prendido fuego con Guy Davis. Estoy más cebado que el Virrey Ceballos en el CBC. Enseguida me puse a buscar algo de Davis que tuviera sin leer y así caí en este gran recopilatorio del B.P.R.D., co-escrito por Mike Mignola y John Arcudi y dibujado por este monstruo supremo del Noveno Arte.
The Dead viene justo después de Plague of Frogs y es cuando B.P.R.D. pela chapa de serie en serio, ya no de mero spin-off de Hellboy. Acá vemos cómo se suma un miembro nuevo (el Capitán Ben Daimio), cómo se explica minuciosamente el pasado de Abe Sapien, y cómo Liz, Roger y Johann se mudan del viejo edificio de Connecticut a una mega-base en una montaña de Colorado donde –fiel al estilo del B.P.R.D.- los esperan más peligros que si salieran a pasear por el Bajo Flores a las tres de la mañana disfrazados de los Teen Angels.
Cuando ya parecía que no había forma, Mignola y Arcudi se las ingenian para hacer aparecer a… más villanos nazis! Es increíble cómo los guionistas yankis pelan todo el tiempo nuevos villanos nazis. Creánme: Vamos a estar en el año 2340, nadie se va a acordar de qué carajo era la Segunda Guerra Mundial, y los comics yankis van a seguir poblados de villanos del Tercer Reich. En esta ocasión la amenaza es creíble, y además está al nivel de poder que maneja el B.P.R.D. en esta nueva y recontra-upgradeada locación.
El aporte de John Arcudi a la serie es notable, en el sentido de que se nota. Esta saga no se lee igual que las que escribía Mignola en solitario. Y eso está muy bueno, además. El caso de Arcudi es raro: es un guionista que se cansó de cosechar fracasos… con trabajos de MUY buen nivel! El tipo creó a Major Bummer (gran serie que leíamos cinco boludos y que catapultó a la fama a Doug Mahnke) y la rompió en títulos segundones del mainstream como Thunderbolts, Gen13, Doom Patrol y Aquaman, ante la atenta mirada de seis o siete fans y el ninguneo de la gran masa del pueblo comiquero. Acá por suerte le toca mojar en un título que funciona más allá de la convocatoria que él pueda aportar, o sea que no se lo van a cancelar, ni a rajarlo a la primera de cambio, como le pasó tantas veces.
El trabajo de Guy Davis acá es muy distinto que el que nos genocidó las neuronas en The Marquis. Casi todas las páginas tienen cinco cuadros o menos, lo cual le permite jugar con una narrativa más descomprimida. La propia impronta del guión le exige mantener la sensación de freakeada todo el tiempo: no hay una página en la que uno no sienta que puede pasar cualquier cosa, y cuando pasan “esas” cosas, Davis no escatima impacto ni grandilocuencia. Además es impresionante cómo un tipo que demostró semejante dominio del blanco y negro, se complementa a la perfección con un colorista. Está bien… no es cualquier colorista. Es Dave Stewart, el violero de Eurythimcs… digo, el colorista top de Dark Horse y uno de los tres o cuatro más grossos de los EEUU. De cualquier manera, la simbiosis entre Stewart y Davis es sorprendente y magistral.
Y por supuesto, el ídolo hace acá algunas de las cosas que ya mostró en su obra magna: Se luce con los fondos y los trajes, crea unos monstruos alucinantes y trabaja las expresiones faciales con tanta sutileza y tanta precisión, que estas nos cuentan muchísimo acerca de los personajes. Parte del conflicto de la trama es que el Capitán Daimio aparece de la nada y toma las riendas del equipo, y Liz desconfía de él, no sólo porque le falta un cacho de cara y acaba de verlo resucitar (que sería lógico, no? ¿O vos tenés muchos amigos con media cara y tres días de hospedaje con todo pago en la morgue?), sino porque no sabe nada sobre Daimio, su historia y su forma de ser. Pero claro, Liz no lee la historieta dibujada por Davis. Nosotros sí, y es impresionante lo mucho que sabemos acerca de Daimio sólo por las expresiones que el ídolo le dibuja en el rostro.
En general, los arcos de transición entre sagas grossas suelen naufragar en el Océano de la Intrascendencia, pero esta vez, gracias a la incorporación de Arcudi y el gran momento por el que pasaba Guy Davis, B.P.R.D. ganó todos los partidos de la pretemporada y llegó al Clausura con el equipo en condiciones de “pelear allá arriba”. Cuando lea el Vol.5, les cuento cómo le fue…

jueves, 7 de enero de 2010

07/ 01: EL CALAVERA: ESTAR MUERTO ES TONTO


Darío Adanti es un historietista y animador argentino, de la generación de los que ahora tienen un poquito menos de 40. Algunos lo recuerdan por sus historietas en Suélteme, sus chistes en Humor, o sus ilustraciones en Página/12, pero la mayoría lo asocia con Vacaláctica o Elvis Christ, los cortos animados que hizo para MTV en la segunda mitad de los ´90, cuando vivía en Miami. Desde hace varios años, Adanti vive en Madrid y trabaja en la popular revista humorística El Jueves y en la infantil Dibus, con enorme éxito. Acá, mientras tanto, no sólo no lo conoce nadie, sino que los que lo conocían ya no lo nombran, como si hubiese un pacto tácito para condenarlo al olvido.
El Calavera apareció por primera vez en Suélteme, pero fue en España donde se hizo realmente popular. Este es el segundo recopilatorio de las historietas protagonizadas por este personaje, al que no cuesta definir como un muerto vivo mexicano completamente subnormal. Las ridículas aventuras del Calavera transcurren en el remoto paraje de Chipacingo, donde los muertos, zombies y demás criaturas bizarras interactúan con total normalidad. Así vemos desfilar al Hombre-Gato, al cadáver zombie de Adolf Hitler, al axolote sabio, a San Perro, a Charles Manson, a Basualdo el jorobado, al chihuahua drogón Chiguagüeño, a Ton Terías y Bobo O´Brien, más un abundante surtido de indios, campesinos y cactus, todos ellos abocados a dejarle en claro al Calavera que es un retrasado mental y un infeliz completo.
El pueblito y el desierto tienen un aire absolutamente surreal y casi abstracto, pero cuando el gag lo requiere, aparecen elementos bien del mundo real como los noticieros, los rascacielos, las armerías y las cadenas de comidas rápidas. Pero lo más gracioso del Calavera es cuando se da el lujo de prescindir por completo de la realidad y se juega todo al delirio, a este mundo con su propia lógica ensimismada, limada y en un punto poética, que tanto nos recuerda al de Krazy Kat. Ahí es donde el absurdo realmente se eleva a niveles de genialidad increíbles.
Pero Adanti además se da otro lujo: contar historias completas sin usar textos. En estos episodios, la impronta icónica de su dibujo se potencia y la narrativa se convierte en un mecanismo de relojería tan infalible que parece mentira que el autor lo esté usando para experimentar, o para cagarse de risa. Las historias con diálogos, mientras tanto, están llenas de frases desopilantes y memorables y casi siempre tienen cuadros más grandes, donde se aprecia a full la excelencia del dibujo de Adanti.
Que, digámoslo de una vez, le gana al infladísimo Chris Ware en su propio juego. Adanti también tiene ese trazo perfecto, ese dominio de la geometría que le permite dibujar con claridad prístina lo que se le dé la gana, también sabe articular puestas en página novedosas y arriesgadas en las que la narrativa no se resiente jamás, también le salen bien los truquitos de manipulación del lenguaje del comic, también transmite esa sensación de que en sus historietas puede pasar cualquier cosa, también sabe establecer ese tono entre satírico y delirante con un regusto tristón, también sabe hacer poemas gráficos con personajitos aniñados, mezcla de bizarros, tiernos y estúpidos. Tiene el problema de que se dedica a la historieta cómica, en una revista apuntada al humor como es El Jueves, o a la historieta y la ilustración infantil. Pero el día que se tire a hacer una novela gráfica ambiciosa (cosa que veo menos probable que el Fin del Mundo anunciado por los mayas para 2012, o la línea de comics de WildStorm anunciada por Deux para Marzo), no tengo dudas de que los críticos “serios” se van a rendir a sus pies y Fantagraphics, Top Shelf y Drawn & Quarterly se van a apuñalar unos a otros para ver quién publica en EEUU todas las boludeces que hizo Adanti para España durante la última década.
Para los que quieran ayudarme a combatir al olvido (y de paso, hacer justicia), les cuento que este libro de El Calavera está editado por De Ponent, pero Adanti también tiene libros editados por Dolmen y El Jueves, más algunos one-shots en editoriales de los ´90 que ya no existen.
Cuando éramos niños, Adanti iba a un colegio (el San Agustín) que tenía con mi colegio (el Mary Graham) un eterno y encarnizado Boca-River, por el hecho de estar a apenas tres cuadras uno del otro. Seguramente habremos intercambiado huevazos de un micro a otro, o algún que otro foul inclemente en un partido de futbol intercolegial, pero las heridas ya se cerraron. La hermana de Darío se casó con Esteban Podetti (que también iba al Mary) y yo estoy acá, aplaudiendo de pie a este ex-San Agustín que tanta alegría me da con sus historietas.

miércoles, 6 de enero de 2010

06/ 01: THE MARQUIS: INFERNO


Guy Davis es un autor sumamente atípico para el mercado norteamericano, en el que se desenvuelve con creciente éxito y repercusión desde fines de los ´80. Atípico por miles de motivos, entre ellos su inmensa y siempre ascendente calidad, pero además por el hecho de que le gusta a los franceses. Los franceses se ceban MAL con Guy Davis, lo tienen allá arriba y logran que el autor reparta su tiempo entre las miniseries del B.P.R.D. que dibuja para Dark Horse y distintos proyectos para editoriales francesas, entre los que se destaca Los Zombies que se Comieron la Tierra, junto al guionista Thierry Frissen. Y Davis, feliz de la vida, produce muchas páginas y embolsa muchos cheques.
Entre su abultada producción, se destaca aquella que él mismo escribe, y a la que claramente le puso todo su corazón y hasta su último miligramo de talento: The Marquis. Iniciada en 1997 e interrumpida mil veces porque caían otros trabajos, The Marquis tuvo un preludio en Caliber, una miniserie de 5 episodios, más un one-shot y una mini de dos partes en Oni, y ahora recaló en Dark Horse, que recopiló todo lo publicado hasta hoy en el fastuoso tomo que hoy nos ocupa. Cuando Davis tenga un rato libre, piensa continuar la serie, obviamente en la editorial del caballito.
La historia transcurre en la ciudad de Venisalle, que no existe, pero a la que Davis sitúa en una Francia de mediados del Siglo XVIII (y por ahí sea eso lo que la convirtió en hitazo entre los franceses). Bajo el férreo control de la Iglesia y el Ejército, la ciudad vive con miedo a la Inquisición, pero casi nadie se abstiene de cometer abyectos pecados y de entregarse a los vicios más profanos, bajo el ala de impunidad que les brinda una especie de hiper-burdel llamado El Confesionario. Con total hipocresía, esa gente sale después a la calle a pedir mano dura contra los pecadores… no sé si les suena…
Vol de Galle es un inquisidor ya veterano, que recibe un don: ver a los demonios que poseen los cuerpos de los humanos y los conducen por la senda del pecado y el crimen. Ungido por los santos y oculto bajo su aterradora máscara, combate a fuego y acero a los humanos poseídos, ante la mirada atónita de curas y militares que no saben quién es, ni por qué mata a esa gente aparentemente decente. Hasta ahí, la historia es más o menos convencional. Pero Davis pega un giro magistral: cerca del final del primer arco nos enteramos qué hacen esas criaturas infernales entre los vivos, cómo llegaron a ocupar los cuerpos de los ciudadanos de Venisalle y quién le otorgó a Vol los dones que lo convirtieron en el temido cazador de diablos conocido como el Marquis. No les quiero contar más para no estropearles la sorpresa.
Antes de estas revelaciones, la vulnerabilidad del Marquis era la duda, que horadaba su fe hasta convertirse en una especie de condena del espíritu. Luego, cuando se entera de cómo es realmente la cosa, se vuelve mucho menos vulnerable y pierde un poquito la gracia. Excepto porque es un mortal común y corriente que se machaca casi a diario con poderosísimas criaturas del Averno que bien podrían manducárselo como si fuera un alfajor Cachafaz. Emerge así un Marquis más heroico y menos traumado, en un contexto donde cobran más protagonismo las internas entre los demonios.
Los personajes secundarios son básicamente dos: el General Herzoge, cuyas milicias tratan sin éxito de detener al misterioso y esquivo Marquis, y el Inquisidor Supremo Morsea, que sueña con someter al justiciero a los más ignominiosos tormentos para arrancarle la confesión que lo condene al Infierno. Ambos están muy bien trabajados y resultan fundamentales para explicarnos (en extensas secuencias de diálogo que rara vez se hacen pesadas) el contexto social, político y religioso en el que se desarrolla la saga. Pero hasta ahora, el Marquis, con su poder de detectar el aura de los diablos “encubiertos”, les saca tanta ventaja a sus perseguidores que no logran tener demasiado peso en la trama, más allá de ser un mero obstáculo que Vol sortea con holgura. En algún momento, el Marquis se verá máscara a cara con Herzoge y Morsea, y supongo que va a ser memorable.
Y me queda un párrafo para hablar maravillas del dibujo de Guy Davis, cuando se podría escribir un libro entero de loas a este animal del lápiz, la tinta y las tramas mecánicas. Su trabajo en The Marquis es técnicamente soberbio: se embarca en páginas de muchos cuadros, cuida al milímetro todos los detalles de la ambientación (trajes, armas, edificios), pela en los momentos justos las splash-pages y las secuencias mudas (que suelen ser magníficas), y como si esto fuera poco, te hace delirar con unos monstruos alucinantes y originalísimos, que bien podría haber imaginado Quique Alcatena. Cada episodio de The Marquis tiene un laburo infernal (en más de un sentido) y nos muestra a un maestro en su mejor momento, comprometido a full con la historia que narra y con el mundo en el que la ambienta. Posta, vale la pena venderle el alma a Satanás (o incluso a Ricardo Fort) para comprarse este libro y zambullirse de lleno en el subyugante mundo de The Marquis.

martes, 5 de enero de 2010

05/ 01: BAYOU Vol.1


El salto de los webcomics a los libros de papel es algo que los argentinos venimos viendo muy de cerca hace más de tres años, gracias al fenómeno conocido como Historietas Reales. En EEUU, la cosa arrancó en 2009, con Zuda Comics, el sello de DC que publica comics online y luego –votación de los lectores mediante- “premia” a los autores de los comics más exitosos con la edición en libro. El primero en ganar esa distinción fue Jeremy Love, con su historieta Bayou, que es la que hoy nos ocupa.
Básicamente, Bayou nos va a mostrar cómo la pequeña Lee Wagstaff explora una especie de País de las Maravillas/ Mundo de Oz/ Tierra de Nuncajamás que existe por debajo de un pantano de Louisiana, en la segunda mitad del Siglo XIX. Su guía va a ser el mismísimo Bayou, una mezcla entre Shreck y Swamp Thing, que juega de local en ese mundo bizarro, donde puede pasar cualquier cosa. ¿Qué hace Lee en esa dimensión fantástica a la que llega tras adentrarse en un pantano inmundo? Busca a Lily, una nena blanca que desapareció y de cuyo secuestro los aldeanos (blancos y más malos que Dan DiDio) culpan al papá de Lee, cuyo único delito es ser negro.
El dibujo de Jeremy Love es muy, muy bueno, y los colores de Patrick Morgan hacen mucho por cuidar los distintos climas que propone el autor, que son muchos y muy logrados. El formato apaisado (onda el Bife Angosto de Gustavo Sala) no jode para nada y el hecho de que haya pocos cuadros por página hace que la lectura sea rápida y ágil, como la de un buen manga.
Vamos ahora a los problemas. El más grave es que el planteo, si bien está bueno, no aguanta para sostener varios libros de 150 páginas. Por ahí hubiera sido mejor optar por una narrativa menos descomprimida, con más cuadros por página, y que la historia llegara a su fin en un único tomo. Obviamente no es la idea de Jeremy Love, que nos propone embarcarnos en una odisea mucho más extensa y ambiciosa de lo que -me parece- amerita el planteo argumental.
El segundo problema es que Bayou derrapa rápidamente hacia un simplismo que neutraliza su mensaje. Love quiere bajar línea y denunciar el feroz racismo que existía en los estados del Sur en el Siglo XIX, lo cual es una idea justa y noble. Pero él mismo desvirtúa el mensaje al presentarnos un contexto en el que TODOS los blancos son unos fachos hijos de mil puta, salvajes, mentirosos, ladinos, incapaces de considerar a los negros seres un poco más evolucionados que los animales, dispuestos a echarles la culpa de cualquier cosa, sin pruebas y sin reparos a la hora de torturarlos con una crueldad y una mala leche dignas de nuestra vieja, infame y –esperemos- nunca olvidada ni perdonada ESMA. Habrá que explicarle al amigo Love que eso es racismo al revés y que tampoco suma.
El resto, todo bien: tenemos un autor nuevo y bueno, con un estilo original, pistas no muy obvias de que leyó a los autores correctos, y algo para decir. Y además este primer tomo nos presenta a un par de personajes copados (Lee), interesantes (Bayou), irritantes (Lily) y exasperantes (Calvin, el abnegado papá de Lee que se aguanta mansito las humillaciones, las falsas acusaciones y los castigos inclementes a los que lo someten los pérfidos blancos de la aldea). Es un punto de partida más que digno. Ojalá me equivoque y en los tomos futuros la historia crezca en complejidad y en el desarrollo de algunos personajes atractivos pero poco definidos (básicamente Bayou y los villanos de la dimensión fantástica), como para justificar la ambición del proyecto. Y de última, se puede comprar para asombrarnos con el dibujo de Love, que es realmente excelente.

lunes, 4 de enero de 2010

04/ 01: ZIZI Y PETER PANPAN


¿Se puede hacer una historieta de garche que no sea porno? Y, sí, pero hace falta un genio…
No me quiero extender acá hablando maravillas de Gerard Lauzier. Por ahí alcanza con decir que explotó a principios de los ´70, que retrató y satirizó a la clase media francesa con una agudeza y una mala leche irrepetibles y que, tras un período sumamente prolífico, abandonó el campo de la historieta para dedicarse a escribir cuentos, obras de teatro y guiones para cine. En todo le fue bárbaro, tanto que para cuando falleció, en Diciembre de 2008, era para la cultura de Francia algo así como lo que el inolvidable Negro Fontanarrosa fue (y será siempre) para nosotros.
De la mano de este prócer nació en 1974 la historieta “de garche no porno” que hoy nos ocupa. Si le sacamos los polvos, el guión no avanza ni tiene el menor sentido. Y sin embargo, el sexo (abundante) no está pensado para calentar al lector. No hay primeros planos de genitales, ni de fellatios, ni de eyaculaciones. Pero se habla TODO EL TIEMPO de esas tres cosas, y de muchas más.
Zizi y Peter Panpan son una pareja que, mediante un experimento científico de vanguardia, logran vencer sus traumas sexuales: la eyaculación precoz y la frigidez. De paso descubren algo inédito: El Orgasmo Total. Los resultados del experimento se exponen en un congreso de sexología, donde –acá empieza la sátira sociopolítica- están representadas todas las minorías sexuales: voyeurs, sadomasoquistas, lesbianas, exhibicionistas y hasta el Frente de Sumisión de Hermafroditas Pasivos. El Orgasmo Total se politiza, se radicaliza y pronto estalla en todo París un alud de manifestaciones por los derechos sexuales. Obviamente, cuando la gente empieza a garchar por la calle como si fueran conejos ebrios y en pleno viaje de egresados, el Gobierno se ve obligado a tomar cartas en el asunto y los acontecimientos se precipitan. Aparecen –miren lo que es la sincronía- guerrilleros sexuales, secuestros con sodomización, represión ilegal por parte de la policía, presos políticos, y por supuesto, el Boca-River entre fachos y bolches, que tan de moda estaba en los ´70 y que tanto le gustaba a Lauzier, que lo metía en todas sus historietas para mofarse descarnadamente de ambos bandos.
Al mejor estilo de los cuentos de Fontanarrosa, el absurdo empieza a ganar terreno, y ya para el final estamos sumidos en el disparate más absoluto, con el clima festivo al palo (nunca mejor dicho) y la infaltable reflexión amarga (otro clásico de Lauzier) como corolario, chiquito y casi oculto entre tanta nerca prendida fuego.
Por supuesto, más gracioso que ver gente garchando por la calle, o manifestantes que marchan en bolas con sus pancartas, es ver cómo reaccionan las clásicas facciones reaccionarias (de ahí su nombre), como la Iglesia, los milicos, la policía, etc. Lauzier les dedica bastante atención y –lógicamente- los deja en ridículo. Pero lo más lindo es ver cómo, a medida que el movimiento de derechos sexuales crece y gana protagonismo, se van sumando los medios, la gente común de clase media y hasta parte de los sectores reaccionarios (incluso la embajadora de los EEUU!). El sexo (o en realidad, cualquier cosa vinculada al placer) es una ola irrefrenable que se propaga, potenciada por la libertad, la alegría y –cómo no- la ideología. Lauzier juega mucho con esto, y logra un efecto muy cómico al contraponer el desenfreno sexual con los discursos de barricada tan típicos de los ´70, cuando había una sociedad movilizada, dispuesta a ganar las calles y pelear por las causas más diversas, incluso algunas más nobles que el plazo fijo que quedó en el banco.
Les Sextraordinaires Aventures de Zizi et Peter Panpan (tal el título completo de la obra) se publicó por episodios en la revista Lui (una onda Maxim, pero bien) y le trajo más de un problema con la censura. Después fue recopilada en álbum por Dargaud y no pasó nada. El sexo salvaje, sin barreras y por todos los orificios, mezclado con una buena dosis de sátira política y social, puede lograr que nos caguemos bien de risa y hasta que, cuando se apaga la luz, se encienda una reflexión. Para eso hace falta un genio, pero claro, en los ´70 lo teníamos a Lauzier…

domingo, 3 de enero de 2010

03/ 01: THE DEAD Vol.1


Bueno, tras ese bizarro flashback a 1949, vuelvo a 2009.
Jamás entendí la gracia de los zombies. En una de esas porque no consumo películas de terror desde los ´80. Pero lo cierto es que los zombies están muy de moda y –por esas cosas del destino- hace poco me leí entera una enciclopedia de cine de zombies del escritor y guionista argentino Luciano Saracino. Con toda esa bola de conocimiento teórico encima, me mandé a la práctica y cacé el Previews decidido a pedirme un comic de zombies que pareciera pulenta. Había muchísimos y opté por dos viejos amigos que rara vez defraudan: Alan “la Bruja” Grant y Simon “la Bestia” Bisley tienen su serie de zombies en la editorial Berserker y su primer recopilatorio (Kingdom of Flies) acaba de salir en EEUU.
La historia es la típica: un grupo de humanos resiste el embate de miles de zombies, en una ciudad plagada de muertos vivos. Acá se trata de una dotación de bomberos, a los que con el correr de las páginas se suman dos milicos y (supongo que por pedido de Bisley) una pandilla de motoqueros heavy metal. Y están todos los elementos que –dicen los que saben- le otorgan chapa de clásico a las pelis de zombies: tripas, sangre, decapitaciones, desmembramientos, algo de sátira social, algo de humor negro y un buen par de tetas al aire. Por supuesto, Grant y Biz se zarpan con el humor negro, que es y será su fuerte, y con el gore sanguinoliento, una especialidad de la Bestia.
La principal cagada es que el guión no sorprende. Simplemente ves cómo mueren de a uno los secundarios y –cada tanto- algún protagonista. El desarrollo de personajes está y funciona, o sea que cada muerte provoca un impacto más allá de las tripas y la sangre. Y está lleno de chistes buenísimos (especialmente cuando Grant se mofa de cómo los medios cubren la plaga zombie). Pero no hay un rumbo, más allá de seguir aguantando un poco más. Encima esto es el primer tomo. Hay más en camino, que no sé con qué van a llenar.
La segunda cagada es que Bisley apenas planta los lápices. El responsable del acabado visual es Andrew Brown, un dibujante de la B Metropolitana, que dice “entintar” a Bisley, pero lo tapa casi por completo. El resultado parece una cruza entre Biz y Kevin O´Neill, pero sin la magia ni el talento de ninguno de los dos. A Bisley se lo intuye en la puesta en página y en algunos splash-pages realmente salvajes, pero no esperes la clásica orgía visual de otros comics del ídolo, porque no la vas a encontrar. El TPB también incluye las portadas de las revistitas, a cargo de Glenn Fabry, que son malignamente fastuosas, al nivel de sus mejores trabajos para Preacher.
Y bueno, me voy sin entender el fenómeno de los zombies. Me reí mucho (de hecho, tal vez compre el segundo recopilatorio para leer más chistes macabros), me impactaron las masacres y la truculencia, me encariñé con un par de personajes (de los cuales sólo Vinsen llegó al final) y no me importó un carajo no saber por qué toda esa gente se convirtió en zombies. Pero siento que la experiencia no me dejó demasiado, o por lo menos sigo sin saber por qué hay fans capaces de consumir toneladas de películas o comics muy parecidos a este, y casi idénticos entre sí. ¿Cuál será la gracia, el chiste que todavía no entendí? ¿Alguien me lo explica, por favor?

sábado, 2 de enero de 2010

02/ 01: METROPOLIS


Visto de afuera, esto es perfecto: una obra clásica de uno de los más grandes autores del Noveno Arte, en un tomo autoconclusivo (para los que estamos hartos de que aventurarnos en la lectura de un manga implique hipotecar años, estantes y fortunas pra reunir los chotocientos mil tomos en los que al Sensei Mishiro Melamama se le ocurrió contarnos su historieta) y encima bien impreso (no como los tomos de Astroboy de la misma editorial, que son directamente actos de necrofilia para con el pobre Tezuka).
Pero claro, en algún momento post-compra del tomito, te vas a sentar a leerlo, y para eso vas a querer saber si el contenido, si la historieta Metrópolis en sí, está buena o no. Yo creo que voy a llegar al “Sí”, pero por un camino sinuoso, en el que va a haber que gambetear a varias dudas.
Para empezar, no te la compres por ser fan de la Metrópolis de Fritz Lang. Esto no tiene nada que ver. Sí, hay un tipo con poder político dispuesto a todo para acrecentar ese poder. Y sí, hay un androide a quien todo el mundo confunde con un humano hecho y derecho. Pero el resto, va totalmente para otro lado. Y si se parece a algo, te diría que a Astroboy. Acá Tezuka empieza a explorar el tema de la relación entre humanos y robots, en 1949, tres años antes de crear a Tetsuwan Atom. Incluso el androide de Metrópolis (Michi), es un chico que vuela y tiene superpoderes muy parecidos a los del ídolo que pronto llegaría para cambiar la historia del manga. O sea que por ese lado, suma puntos.
El principal problema de Metrópolis es el mismo de todas las obras de ciencia-ficción tezukeras del período pre-Astroboy: el tipo no sabía a qué público apuntaba. Así es como tenemos una historia dura, con conspiraciones jodidas, bizarras y peligrosas mutaciones, enfrentamientos armados, destrucción masiva, conflictos de identidad (y hasta de sexo) y un final más triste que la ubicación de Racing en la tabla de los promedios, pero dibujada en un estilo absolutamente infantil. Los robots parecen sacados de esos cartoons de los años '30 y '40 en los que bailan y cantan los insectos, los soldaditos de plomo y hasta las cucharitas y tazas de café (de hecho, hay un homenaje MUY obvio a Mickey Mouse). Los personajes son aún más aniñados y bonitos que en Astroboy, ven las estrellitas cuando se golpean y se deshacen en gestos ampulosos y grandilocuentes. El dramatismo impuesto por el guión, brilla por su ausencia en el dibujo.
Pero, bizarro, excesivo y rocambolesco, el guión se la banca. Mantiene el interés, hace crecer la tensión en los últimos tramos y no deja cabos sueltos. El dibujo, obviamente, es notable. Sin los lujos expresionistas del Tezuka más maduro, pero hiper-competente. La historia está ambientada a fines del Siglo XX y la gente está vestida como en 1930, pero bueno, por ahí es un guiño a la peli de Fritz Lang y no un gesto de desinterés o de falta de creatividad del Manga no Kamisama.
Y cuando ya leíste bastantes mangas de Tezuka, aparece un atractivo extra (que al principio es un garrón, pero cuando te acostumbrás, te encanta) que es el del elenco recurrente. Tezuka jugaba a que todas sus obras tuvieran un mismo elenco actoral, como los directores de cine o teatro que ponen siempre a los mismos actores en distintos roles, según lo requiera cada obra. Osamu hacía lo mismo, pero con "actores" de papel y tinta. Así es como un personaje que se ve exactamente igual en dos trabajos distintos del Maestro, se desempeña en distintos roles y a veces con distintos nombres. Y acá están casi todos los de la primera época: Duke Red (acá como “Barón Rojo”), Kenichi, Lamp (en un papel tan menor, que ni lo nombran), el Doctor Bell (o Yamadano), Cerebroff (o Notarlin) y por supuesto, el más grande, Shunsaku Ban (aquí llamado “Mostachio”), que es el “actor” que participa en más obras de Tezuka. Reencontrarse con todas esas caras conocidas le da un gustito extra a la obra, como cuando ponés Volver y aparece una peli en la que Pablo Rago era un borreguito de escuela primaria, Calabró era gracioso y Moria estaba buenísima.
En fin, la buena edición, el hecho de que se edite un clásico, el cebamiento que me causó la peli de Rintaro y Otomo (levemente basada en el manga)… todo eso suma para comprar y recomendar Metrópolis. Sin la convicción con la que recomiendo al Tezuka de los ´70, pero bueno, por ahora, es lo que hay…

viernes, 1 de enero de 2010

01/ 01: UNKNOWN SOLDIER Vol.1


Después de blanquear públicamente mi condición de otaku de Vertigo, barrabrava de Vertigo y –donde me apuren- talibán de Vertigo, es lógico empezar este blog con la reseña de un comic de Vertigo, el subsello de DC que desde 1993 viene demoliendo cualquier preconcepto acerca de lo que se puede y no se puede hacer dentro de este medio.
Unknown Soldier juega todo el tiempo sobre la línea. Y eso ya de por sí, lo hace un gran comic. Hay que tener estómago para disfrutarlo (no todo el mundo se banca ver cómo le vuelan la cabeza a un nene de 10 años, o cómo varios nenes de 13 violan a nenas de 10), pero es verdaderamente poderoso y contundente en su mensaje.
Todo transcurre en 2002-2003 en Uganda, país devastado por la lucha de etnias, donde la intolerancia religiosa agrava los problemas políticos, sanitarios y de extrema pobreza, mientras los gobiernos de los países centrales hacen de cuenta que ayudan, pero en realidad espían para ver si pueden rapiñar alguna ganancia en este río revuelto. Pero lo único que te podés llevar de Uganda es –si te cobran barato- un par de enfermedades y si no, directamente un corchazo en la cabeza.
Este Unknown Soldier tiene algún vínculo con el anterior (el de la recordada miniserie de Garth Ennis y Killian Plunkett), pero en el primer tomo apenas se lo intuye. Ya llegará el momento de enterarnos cómo el eminente médico y pacifista Moses Lwanga se convierte en una máquina de matar implacable y sanguinaria
En general, cuando los guionistas yankis se proponen explicarnos los problemas del Tercer Mundo, se meten en berenjenales de los que no logran salir jamás y en los que se mueven con la destreza de un pingüino empetrolado. Pero esta vez, estamos frente a un tipo que hizo los deberes. Joshua Dysart venía de fracasar en Swamp Thing (la serie que dibujaba Enrique Breccia y que algún verdulero dijo que vendía 15 millones de ejemplares, ¿se acuerdan?), pero acá pela un relato bien documentado, de gran verosimilitud, crudo, salvaje, incómodo como tampón de virulana… uno de esos guiones que están tan bien que te dejan mal.
A cargo del dibujo tenemos al notable italiano Alberto Ponticelli, que lleva ya varios años de laburo constante en el mercado estadounidense. En general, se mueve mejor en blanco y negro (en su espectacular estilo entre Ted McKeever y Michael Gaydos), pero acá le pidieron otra cosa y quedó algo raro, una especie de deformación caricaturesca de los grandes dibujantes “noir”, tipo Sean Phillips, Leo Manco o Eduardo Risso. Eso en cuanto a la superficie. En la narrativa y en la puesta en página, sigue siendo el Ponticelli de siempre, el que la rompió en trabajos como Wall After Wall (2005). Y el colorista también es italiano, con lo cual uno supone que laburarán en el mismo estudio, o algo así, porque se complementan a la perfección.
Si te bancás ver sangre a raudales, muertes, violencia extrema, monjas y nenitos sodomizados y cagados a palos o a tiros, y no te molesta que en las primeras 144 páginas te den ínfimas pistas acerca de quién es el protagonista y por qué hace lo que hace, enganchate en esta serie desde el primer tomo y preparate para una experiencia única y alucinante. Unknown Soldier es una historieta adulta, arriesgada, de alto impacto y de impecable factura, a años luz del viejo, querido y siempre mayoritario “más de lo mismo”. Esto es pulenta de verdad.

BIENVENIDOS!

Hola!
Hoy arranca este blog que tiene por consigna ofrecer todos los días del año una reseña de algún comic. Habrá algunas más extensas, otras más breves, algunas semi-refritadas de textos ya publicados, y muchísimas 100% inéditas. La idea es reseñar los libros a medida que los voy leyendo, pero también voy a mechar reseñas de obras que leí hace ya un tiempo.
No los voy a aburrir (en este blog) con anuncios de las revistas que editamos, ni de las movidas que organizamos, ni de las mesas redondas o conferencias en las que me toque participar. Todo eso tiene su espacio en el blog y en el Facebook de Comiqueando (hazte fan!).
Este espacio es para hablar de comics, casi siempre bien. La imprescindible cuota de polémica y/o kilombo la pueden aportar ustedes, a través de comments que expresen su disenso con las opiniones que van a aparecer en las reseñas y con las que más de uno seguramente no coincidirá ni a palos.
Ojalá se copen y me acompañen a lo largo de los próximos 365 días. Feliz 2010 para todos!