Además de esposa del gran Hideaki Anno (el capo del Estudio Gainax, a quien se le atribuye la creación de Evangelion), Moyoco Anno es una prestigiosa mangaka, con poca obra, pero muy cuidada. Sakuran, de 2003, es su trabajo más reciententemente editado en Occidente y además un gekiga muy logrado en varios aspectos.
La trama es atractiva: Sakuran nos invita a seguir la carrera de Kiyoha, una nena de ocho o nueve años que es vendida a un burdel y que ascenderá en esa perversa estructura hasta convertirse en la prostituta más cotizada de Yoshiwara. Por su carácter díscolo y rebelde, Kiyoha confrontará una y mil veces con sus superiores, con sus compañeras y hasta con sus clientes, lo cual le traerá un sinfín de problemas. Para complicarla más, a los 17 años, cuando lleva poco tiempo ejerciendo la prostitución, se enamora perdidamente de un muchacho y se decide a escapar del burdel para quedarse con él. Sobre esta base, Moyoco Anno construirá una historia dramática, con conflictos fuertes, momentos muy, muy heavies (sobre todo cuando vemos los castigos que le imponen a Kiyoha cada vez que fracasan sus intentos de sublevación) y un ritmo medio errático, que fluctúa entre trámites pachorros y protocolares y aceleradas grossas, en las que de pronto pasan muchas cosas en muy pocas páginas.
De todos modos, el desarrollo argumental signado por las desventuras de Kiyoha no es lo que más me llamó la atención. Me parece que los hallazgos más grossos de Moyoco van por otro lado: Primero, la reconstrucción histórica. La historia no está ambientada en el presente, sino en el período Edo (“estás en Edo”, le dijeron al choborra, y respondió “obvio, elotudo!”), cuando los burdeles de Yoshiwara (la “zona roja” de la ciudad que hoy es Tokyo) eran frecuentados por señores feudales y samurais. El guión saca un enorme provecho de esta ambientación, y además la explica a full. La autora se mató investigando cómo funcionaba la prostitución VIP en esa época y nos transmite toda esa información sin aburrir para nada. Además de enriquecer el contexto de la historia, la ambientación le permite a Moyoco lucirse a la hora de dibujar edificios, kimonos, cortinados, alfombras y peinados de esa época, todos detalles cuidadísimos, que se disfrutan a lo largo de todo el tomo y levantan un vuelo alucinante en las páginas a color, felizmente conservadas por Vertical para esta edición.
El otro hallazgo increíble de Sakuran, lo que a mí más me impactó, es la construcción del personaje protagónico. En poquitas páginas y mucho antes de que Moyoco nos revele cómo cayó en el burdel, ya compramos a Kiyoha, ya nos convenció de que es un personaje único, impredecible, distinto a cualquier otro que hayamos leído en cualquier otra historieta, del país que sea. Hermosa, conflictiva, llena de rabia y dolor, capaz de enamorarse de un imposible, de resistir castigos durísimos, de brindar infinito placer a sus clientes e infinitos dolores de cabeza a las autoridades del burdel donde (a pesar suyo) trabaja. Kiyoha es tan tridimensional que uno sufre con ella, se enoja con ella, se enamora con ella, se rebela con ella. Creo que hasta aprendí a chupar pija con ella, aunque no tengo intenciones de comprobarlo en la práctica. Posta, el trabajo y el cariño que le pone Moyoco Anno a este personaje es formidable, a tal punto que te hace dudar de que se resigne a terminar su historia en la página 300.
Sakuran es un manga distinto, que te mete en un mundo glamoroso y perverso del cual yo desconocía todo, que nos seduce desde el carisma apabullante de un personaje increíble al que vemos evolucionar página a página, que no le juega todas las fichas al erotismo (se habla mucho de coger y se coge bastante, pero se ve poca carne) y que encima está muy, muy bien dibujado. La narrativa es un poquito retorcida, alguna vez te puede llegar a confundir (entre otras cosas porque a las prostitutas las producen para que se vean prácticamente idénticas), pero no tiene tropiezos mayúsculos. Si te gusta el gekiga y querés descubrir a una autora que lo domina con jerarquía, osadía y sofisticación, date una vuelta por los burdeles de Yoshiwara y enamorate vos también de Sakuran.
domingo, 10 de marzo de 2013
sábado, 9 de marzo de 2013
09/ 03: DIAS NEGROS
Esta es la fórmula posta para los guionistas ronin, los que no tienen el kiosquito armado en la Fierro, ni entregan el marrón para publicar unitariios de 12 páginas en los contenittores italianos, ni se dejan la vida presentando proyectos de álbum a las editoriales francesas: siete u ocho guiones cortos, un tema que más o menos los englobe a todos, repartir los guiones entre varios dibujantes amigos que quieran laburar de onda (en los posible, que dos o tres de esos 7 u 8 sean conocidos, o tengan un grupúsculo de fans considerable) y cuando todo el mundo entrega, romper el chanchito para editar una antología o yirar con el libro terminado por los sellos editores chicos y medianos que suelen apostar por los autores incipientes de la historieta argentina.
Damián Connelly (vimos una novela suya en Enero de 2012) lo entendió perfectamente y se embarcó en este proyecto que engloba siete historias autoconclusivas, con la excusa de que todas transcurren en la misma ciudad. La verdad, no se nota. No sólo porque los personajes no se cruzan nunca, sino porque los dibujantes aportan planteos gráficos tan disímiles, que no hay una cohesión, no decís “ah, están en Winchester”, a menos que un cartel nos lo indique. Pero vamos a las historias, que son lo importante.
Arrancamos con una breve historia en prosa, acompañada por una ilustración de Berliac. Obviamente seguí de largo, porque yo quería leer historietas, no prosa. Así caí en la primera historieta, la más extensa (27 páginas), en la que descubrí, por un lado, un guión atrapante, fuerte, sin cabos sueltos, un verdadero mecanismo de relojería. Y por otro lado, al dibujante brasilero Odyr Bernardi, un bicho rarísimo, con una técnica pictórica medio brecciana, muy jugada a los climas y sin tropiezos en la narrativa. Si en alguna viñeta algo no está clarísimo, se debe a que el trabajo de Odyr parece realizado a todo color y luego “traducido” a blanco, negro y grises. Me imagino esto a color y me vuelvo loco, flasheo un comic dibujado por Munch o Van Gogh...
La siguiente historia es más breve (8 páginas) y más confusa. No se sabe muy bien a dónde va Connelly, y los enfoques que elige Loris Z tampoco ayudan demasiado. Sospecho que si tenés muy escuchado el álbum Pet Sounds de los Beach Boys, esto debe tener más sentido, pero a mí que lo escuché poco (y hace mucho) me dejó bastante en bolas.
Vamos con otra historia larga (21 páginas), para la que Connelly recluta a Renzo Podestá, el dibujante de 27, y este responde con una fiesta del claroscuro. Un laburo realmente brillante de Podestá, con momentos muy Sin City, y con algunas secuencias perfectas (la que inicia la página 7, por ejemplo), de esas que sólo se le pueden ocurrir a un narrador consumado. El guión nos sumerge en una obsesión bizarra y perversa, aunque desaprovecha un toquecito el tema de que lo que sucede tiene que ver con la filmación de una película porno. Connelly apuesta mucho a las viñetas mudas, lo cual potencia el laburo de Renzo y a la vez tiñe de amibigüedad algunas escenas (sobre todo la del final), que podrían ser más claras, o más redondas, con la ayuda de los textos.
Amelia, con dibujos de Diego Simone, es una muy breve historieta de 4 páginas. No da para desmenuzarla, pero sí para destacar la calidad de los dibujos. Otra muy cortita es la que cierra el tomo, tres paginitas dibujadas por Loris Z, esta vez con menos masas negras y más claridad, un poquito más cerca de Jeff Lemire. El guión, como casi todos los guiones de tres páginas, apenas esboza una idea.
Y vuelvo para atrás para encontarme con Muerta al Amanecer, una historieta con 22 páginas y un guión sencillamente brillante. No quiero contar nada, porque quiero que lo leas. Está dibujado por un Matías San Juan inspiradísimo, en un estilo donde se encuentran Pier Brito (maestro de Matías), Juan Bobillo, Paul Pope y el Lucas Varela más realista, el de Sasha Despierta. La narrativa es perfecta, los fondos son alucinantes, los personajes son 100% creíbles y –como en la historieta de Odyr- parece un trabajo realizado a color y traspasado a grises, lo cual lo desluce un toquecito, no mucho. De nuevo, me imagino estas páginas a color y me caigo de orto, reboto y me vuelvo a caer unas 53672 veces. Un detallito menor: en un momento, Adrian dice “¡Nada, ni una puta cosa va a pasarte!”. Frase desafortunada, que parece una mala traducción del inglés y que, leída en Argentina, no suena ni linda ni verosímil. El resto, una maravilla.
Si no te hiciste fan de Damián Connelly cuando editó Devil Got My Woman, ahora tenés una nueva oportunidad de descubrirlo. Es un guionista raro, con un gran manejo del misterio, de los climas sobrenaturales, de esas cosas extrañas que aparecen en las historias al principio como algo menor y al final como algo intoxicante. Y en esta antología despliega todo lo que sabe hacer, de la mano de algunos dibujantes muy, muy grossos. La recomiendo a full.
Damián Connelly (vimos una novela suya en Enero de 2012) lo entendió perfectamente y se embarcó en este proyecto que engloba siete historias autoconclusivas, con la excusa de que todas transcurren en la misma ciudad. La verdad, no se nota. No sólo porque los personajes no se cruzan nunca, sino porque los dibujantes aportan planteos gráficos tan disímiles, que no hay una cohesión, no decís “ah, están en Winchester”, a menos que un cartel nos lo indique. Pero vamos a las historias, que son lo importante.
Arrancamos con una breve historia en prosa, acompañada por una ilustración de Berliac. Obviamente seguí de largo, porque yo quería leer historietas, no prosa. Así caí en la primera historieta, la más extensa (27 páginas), en la que descubrí, por un lado, un guión atrapante, fuerte, sin cabos sueltos, un verdadero mecanismo de relojería. Y por otro lado, al dibujante brasilero Odyr Bernardi, un bicho rarísimo, con una técnica pictórica medio brecciana, muy jugada a los climas y sin tropiezos en la narrativa. Si en alguna viñeta algo no está clarísimo, se debe a que el trabajo de Odyr parece realizado a todo color y luego “traducido” a blanco, negro y grises. Me imagino esto a color y me vuelvo loco, flasheo un comic dibujado por Munch o Van Gogh...
La siguiente historia es más breve (8 páginas) y más confusa. No se sabe muy bien a dónde va Connelly, y los enfoques que elige Loris Z tampoco ayudan demasiado. Sospecho que si tenés muy escuchado el álbum Pet Sounds de los Beach Boys, esto debe tener más sentido, pero a mí que lo escuché poco (y hace mucho) me dejó bastante en bolas.
Vamos con otra historia larga (21 páginas), para la que Connelly recluta a Renzo Podestá, el dibujante de 27, y este responde con una fiesta del claroscuro. Un laburo realmente brillante de Podestá, con momentos muy Sin City, y con algunas secuencias perfectas (la que inicia la página 7, por ejemplo), de esas que sólo se le pueden ocurrir a un narrador consumado. El guión nos sumerge en una obsesión bizarra y perversa, aunque desaprovecha un toquecito el tema de que lo que sucede tiene que ver con la filmación de una película porno. Connelly apuesta mucho a las viñetas mudas, lo cual potencia el laburo de Renzo y a la vez tiñe de amibigüedad algunas escenas (sobre todo la del final), que podrían ser más claras, o más redondas, con la ayuda de los textos.
Amelia, con dibujos de Diego Simone, es una muy breve historieta de 4 páginas. No da para desmenuzarla, pero sí para destacar la calidad de los dibujos. Otra muy cortita es la que cierra el tomo, tres paginitas dibujadas por Loris Z, esta vez con menos masas negras y más claridad, un poquito más cerca de Jeff Lemire. El guión, como casi todos los guiones de tres páginas, apenas esboza una idea.
Y vuelvo para atrás para encontarme con Muerta al Amanecer, una historieta con 22 páginas y un guión sencillamente brillante. No quiero contar nada, porque quiero que lo leas. Está dibujado por un Matías San Juan inspiradísimo, en un estilo donde se encuentran Pier Brito (maestro de Matías), Juan Bobillo, Paul Pope y el Lucas Varela más realista, el de Sasha Despierta. La narrativa es perfecta, los fondos son alucinantes, los personajes son 100% creíbles y –como en la historieta de Odyr- parece un trabajo realizado a color y traspasado a grises, lo cual lo desluce un toquecito, no mucho. De nuevo, me imagino estas páginas a color y me caigo de orto, reboto y me vuelvo a caer unas 53672 veces. Un detallito menor: en un momento, Adrian dice “¡Nada, ni una puta cosa va a pasarte!”. Frase desafortunada, que parece una mala traducción del inglés y que, leída en Argentina, no suena ni linda ni verosímil. El resto, una maravilla.
Si no te hiciste fan de Damián Connelly cuando editó Devil Got My Woman, ahora tenés una nueva oportunidad de descubrirlo. Es un guionista raro, con un gran manejo del misterio, de los climas sobrenaturales, de esas cosas extrañas que aparecen en las historias al principio como algo menor y al final como algo intoxicante. Y en esta antología despliega todo lo que sabe hacer, de la mano de algunos dibujantes muy, muy grossos. La recomiendo a full.
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viernes, 8 de marzo de 2013
08/ 03: LEGION OF SUPERHEROES Vol.1
Esta es una serie en la cual me enganché tarde, y leí (poco antes de empezar con el blog) la segunda mitad, es decir, los últimos tres tomos. Ahora conseguí los dos primeros, o sea que arranco a leerla sabiendo de antemano a dónde van a desembocar varios de los plots que Mark Waid y Barry Kitson empiezan a armar ya desde los primeros episodios. Por suerte me acuerdo poco de aquellos tres tomos...
Lo mejor que tiene este TPB es que es realmente introductorio. Cumple perfectamente con la consigna de mostrarle el mundo de la Legion al lector que no la conoce y de lograr que uno se cebe y quiera saber más sobre estos personajes. Esto es muy importante, porque se trata de un reboot de la Legion (conocido como “el threeboot”, porque inaugura una tercera continuidad), que barre abajo de la alfombra todo lo anterior y arranca de cero, en un universo donde lo que para nosotros eran historietas de la Legion, para los personajes también. Por otro lado, fracasa, porque –claramente- Waid sale a la cancha con el objetivo de que su Legion sea LA Legion del Siglo XXI y no, no duró ni cinco años.
Lo cierto es que la historia y los personajes están muy bien presentados. Hay cambios sutiles respecto de las versiones anteriores de casi todos los Legionarios, excelentes explicaciones y vueltas de tuerca para los poderes (sobre todo en Phantom Girl, Colossal Boy, Dream Girl y Triplicate Girl) y un giro muy extraño en rol mismo de la Legion: esta vez no son un grupo de superhéroes al servicio de los Planetas Unidos, sino un movimiento ideológico de rebeldía juvenil. Cualquier chico harto de una sociedad que pretende controlarlos demasiado, puede ser Legionario. Y si tiene poderes, puede entrar al equipo que va a las misiones. Es un concepto raro, arriesgado, y que Waid dejará gradualmente de lado para concentrarse en la faceta superheroica de la serie.
La fórmula es la de siempre, y aún así funciona: el guionista tira varias puntas, las va resolviendo de a una, y siempre por atrás del argumento central se desenvuelven y avanzan varias sub-tramas, y casi siempre se atisba el surgimiento de una nueva. En todos los episodios vemos a los Legionarios (casi siempre divididos en sub-grupitos) enfrentar crisis menores, mientras por los costados cobra forma una crisis mayor. Para la últimas páginas del tomo, la mano ya se pone espesa y queda bastante claro que el antagonista grosso va a ser Praetor Lemnos, un tipo intrigante, sumamente hábil, con muchísimos recursos y decidido a iniciar una guerra planetaria a gran escala. Responsable del genocidio que devasta a Orando (el planeta de la Princesa Projectra, pilar económico de los PU), Lemnos pinta para convertirse en un villano de primerísimo nivel... a menos que Waid tenga la pésima idea de revelarnos (en el Vol.2), que en realidad es un títere de algún villano de los clásicos, tipo Universo o el Time Trapper.
El dibujo de Barry Kitson es, como siempre, muy correcto. El británico y Waid se conocen muy bien (ya habían trabajado juntos en L.E.G.I.O.N. y en Empire) y eso se nota. Sin ser un fenómeno, Kitson se pone las pilas para deslumbrar con algunos fondos, se banca secuencias difíciles, con multitudes de personajes todos de distintos planetas y con distintas fisonomías, y en lo que generalmente deja gusto a poco es en las expresiones faciales, que son cuatro o cinco y se repiten siempre, en todos los personajes. El episodio que no dibuja Kitson cae en manos de Leonard Kirk (el de la JSA, siempre aburrido y del montón) y además hay dos dibujantes invitados que aportan breves historietas de 8 páginas: el ignoto (pero muy interesante) Scott Iwahashi y el maestro Dave Gibbons, apenitas por debajo de su mejor nivel.
No me queda muy claro por qué esta versión de la Legion fracasó, al punto que para el n° 37 viene Jim Shooter (!) a tratar de salvar las papas y barre abajo de la alfombra buena parte de lo desarrollado por Waid (y Tony Bedard, quien lo secunda en la última etapa). Por lo menos en el arranque, tenía una consigna novedosa, buenos personajes (impecables Brainiac 5, Dream Girl y Cosmic Boy), excelentes diálogos, buen equilibrio entre machaca y escenas más tranqui, y un dibujante no genial, pero muy competente y muy compenetrado con la propuesta. Prometo entrarle pronto al Vol.2, mientras trato de conseguir barato el Vol.3, así la completo.
Lo mejor que tiene este TPB es que es realmente introductorio. Cumple perfectamente con la consigna de mostrarle el mundo de la Legion al lector que no la conoce y de lograr que uno se cebe y quiera saber más sobre estos personajes. Esto es muy importante, porque se trata de un reboot de la Legion (conocido como “el threeboot”, porque inaugura una tercera continuidad), que barre abajo de la alfombra todo lo anterior y arranca de cero, en un universo donde lo que para nosotros eran historietas de la Legion, para los personajes también. Por otro lado, fracasa, porque –claramente- Waid sale a la cancha con el objetivo de que su Legion sea LA Legion del Siglo XXI y no, no duró ni cinco años.
Lo cierto es que la historia y los personajes están muy bien presentados. Hay cambios sutiles respecto de las versiones anteriores de casi todos los Legionarios, excelentes explicaciones y vueltas de tuerca para los poderes (sobre todo en Phantom Girl, Colossal Boy, Dream Girl y Triplicate Girl) y un giro muy extraño en rol mismo de la Legion: esta vez no son un grupo de superhéroes al servicio de los Planetas Unidos, sino un movimiento ideológico de rebeldía juvenil. Cualquier chico harto de una sociedad que pretende controlarlos demasiado, puede ser Legionario. Y si tiene poderes, puede entrar al equipo que va a las misiones. Es un concepto raro, arriesgado, y que Waid dejará gradualmente de lado para concentrarse en la faceta superheroica de la serie.
La fórmula es la de siempre, y aún así funciona: el guionista tira varias puntas, las va resolviendo de a una, y siempre por atrás del argumento central se desenvuelven y avanzan varias sub-tramas, y casi siempre se atisba el surgimiento de una nueva. En todos los episodios vemos a los Legionarios (casi siempre divididos en sub-grupitos) enfrentar crisis menores, mientras por los costados cobra forma una crisis mayor. Para la últimas páginas del tomo, la mano ya se pone espesa y queda bastante claro que el antagonista grosso va a ser Praetor Lemnos, un tipo intrigante, sumamente hábil, con muchísimos recursos y decidido a iniciar una guerra planetaria a gran escala. Responsable del genocidio que devasta a Orando (el planeta de la Princesa Projectra, pilar económico de los PU), Lemnos pinta para convertirse en un villano de primerísimo nivel... a menos que Waid tenga la pésima idea de revelarnos (en el Vol.2), que en realidad es un títere de algún villano de los clásicos, tipo Universo o el Time Trapper.
El dibujo de Barry Kitson es, como siempre, muy correcto. El británico y Waid se conocen muy bien (ya habían trabajado juntos en L.E.G.I.O.N. y en Empire) y eso se nota. Sin ser un fenómeno, Kitson se pone las pilas para deslumbrar con algunos fondos, se banca secuencias difíciles, con multitudes de personajes todos de distintos planetas y con distintas fisonomías, y en lo que generalmente deja gusto a poco es en las expresiones faciales, que son cuatro o cinco y se repiten siempre, en todos los personajes. El episodio que no dibuja Kitson cae en manos de Leonard Kirk (el de la JSA, siempre aburrido y del montón) y además hay dos dibujantes invitados que aportan breves historietas de 8 páginas: el ignoto (pero muy interesante) Scott Iwahashi y el maestro Dave Gibbons, apenitas por debajo de su mejor nivel.
No me queda muy claro por qué esta versión de la Legion fracasó, al punto que para el n° 37 viene Jim Shooter (!) a tratar de salvar las papas y barre abajo de la alfombra buena parte de lo desarrollado por Waid (y Tony Bedard, quien lo secunda en la última etapa). Por lo menos en el arranque, tenía una consigna novedosa, buenos personajes (impecables Brainiac 5, Dream Girl y Cosmic Boy), excelentes diálogos, buen equilibrio entre machaca y escenas más tranqui, y un dibujante no genial, pero muy competente y muy compenetrado con la propuesta. Prometo entrarle pronto al Vol.2, mientras trato de conseguir barato el Vol.3, así la completo.
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jueves, 7 de marzo de 2013
07/ 03: COMIKAZE: ANTOLOGIA 2009
Mis dibujantes mexicanos favoritos son Tony Sandoval (que vive y publica en Francia) y Humberto Ramos, que vive en México y publica mayoritariamente en EEUU. ¿Y el resto? Hay muchísimos más. Un porcentaje muy amplio, lamentablemente, tiene como única meta insertarse en el mainstream yanki, como lo hiciera Ramos hace 20 años, y para eso están dispuestos a no ser autores de comic sino meros dibujantes, tipos que –con un buen billete mediante- dibujan sin chistar lo que inventan otros tipos, sin ningún control y casi ningún derecho sobre esas obras. Otros artistas mexicanos trabajan para el mercado local, dominado por publicaciones muy baratas, de gran masividad y nefandas cualidades, llamadas “los sensacionales”. Al lado de los sensacionales, la peor época de Columba parece la Pilote de los ´60, cuando la dirigía René Goscinny.
Mientras tanto, en las márgenes, sobreviven (como en casi todas partes) proyectos más chiquitos, menos ambiciosos, capitaneados por los propios dibujantes y guionistas, que además se proponen ser autores, es decir, decidir ellos qué temas tocan, en qué estéticas se enrolan y demás. Lo que no se puede hacer en una antología como esta es decidir cuántas páginas dura tu historieta. En 88 páginas conviven 16 historietas, con lo cual deducirás que son todas muy, muy breves. Veamos qué se puede rescatar.
La primera historieta, El Libro, de Bernardo Fernández, es un magnífico homenaje a Watchmen, con excelentes dibujos. La siguiente, de Jesús Antonio Hernández, es apenas el preludio a una saga, o sea que a nivel guión no aporta casi nada. El dibujo, muy logrado, en una onda tipo Travis Charest. Le sigue otra aventura demasiado breve, con un muy buen trabajo de Renato Guerra, especialista en tramas mecánicas. El Valle de los Leprosos, de Juan Carlos Silva, prescinde del virtuosismo para transmitir con más fuerza un mensaje muy grosso, muy impactante. Fatal Error, de Patricio Betteo también es demasiado cortita, con un dibujo hermoso, que se disfruta a pleno. Ramón Salas, autor de El Código del Guerrero, no dibuja mal, pero tiene serios problemas en la narrativa. Y todo lo contrario sucede con Eva Cabrera, autora de La Leona, limitada como dibujante pero muy canchera a la hora de la puesta en página y el armado de las secuencias.
Las Voces del Tiempo es una de las mejores historietas del tomo y es obra –lógicamente- de una dupla integrada por un guionista (Ernesto Yip) y un dibujante (Hugo Arámburo). Ciencia-ficción de alto vuelo, finoli, con mensaje. Le sigue una historia muy floja y después Black Rain, con otra dupla autoral en la que sobresale el trabajo de Raúl Valdés, un dibujante muy interesante. Me salteo otra historia cortita y menor para llegar a la notable El Otro Efecto Mariposa, otro punto alto en la antología, escrita por RG Llarena y dibujada por Axel Medellín. La siguiente historieta no me aportó mucho desde el guión y se nota que era a color y sufrió mucho el paso a blanco y negro. Pero me sirvió para descubrir a Augusto Mora, un dibujante descomunal, grossísimo, además de muy sólido a la hora de la narrativa. Quiero más historietas de este monstruo. Me salteo otras dos historias muy flojas para llegar a la última, El Unico Dios, otra de ci-fi, con un guión atrapante (de Abraham Martínez) y un dibujo muy bueno de Miguel Mora, al que se le nota un poquito el laburo con fotos, pero las logra integrar muy bien a su grafismo.
El balance general de Comikaze es muy positivo y espero que en los años transcurridos (esto es de 2009) estos autores (o por lo menos los buenos) hayan logrado afianzarse, generar obras más extensas, llegar a un público más amplio que les permita vivir de su talento y sin renunciar a la facultad de hacer lo que se les canta. Por ahí es una quimera, pero bueno, es mi deseo. Ojalá la historieta mexicana siga firme en un camino de búsqueda, de no quedarse y sobre todo de no aislarse, de no esconderse dentro de sus fronteras ni disfrazarse de comic yanki o europeo. Acá hay muchos autores que tienen mucho talento para volcar en propuestas distintas, originales, para nada tributarias de lo que ya se vio mil veces. Ojalá los dejen.
Mientras tanto, en las márgenes, sobreviven (como en casi todas partes) proyectos más chiquitos, menos ambiciosos, capitaneados por los propios dibujantes y guionistas, que además se proponen ser autores, es decir, decidir ellos qué temas tocan, en qué estéticas se enrolan y demás. Lo que no se puede hacer en una antología como esta es decidir cuántas páginas dura tu historieta. En 88 páginas conviven 16 historietas, con lo cual deducirás que son todas muy, muy breves. Veamos qué se puede rescatar.
La primera historieta, El Libro, de Bernardo Fernández, es un magnífico homenaje a Watchmen, con excelentes dibujos. La siguiente, de Jesús Antonio Hernández, es apenas el preludio a una saga, o sea que a nivel guión no aporta casi nada. El dibujo, muy logrado, en una onda tipo Travis Charest. Le sigue otra aventura demasiado breve, con un muy buen trabajo de Renato Guerra, especialista en tramas mecánicas. El Valle de los Leprosos, de Juan Carlos Silva, prescinde del virtuosismo para transmitir con más fuerza un mensaje muy grosso, muy impactante. Fatal Error, de Patricio Betteo también es demasiado cortita, con un dibujo hermoso, que se disfruta a pleno. Ramón Salas, autor de El Código del Guerrero, no dibuja mal, pero tiene serios problemas en la narrativa. Y todo lo contrario sucede con Eva Cabrera, autora de La Leona, limitada como dibujante pero muy canchera a la hora de la puesta en página y el armado de las secuencias.
Las Voces del Tiempo es una de las mejores historietas del tomo y es obra –lógicamente- de una dupla integrada por un guionista (Ernesto Yip) y un dibujante (Hugo Arámburo). Ciencia-ficción de alto vuelo, finoli, con mensaje. Le sigue una historia muy floja y después Black Rain, con otra dupla autoral en la que sobresale el trabajo de Raúl Valdés, un dibujante muy interesante. Me salteo otra historia cortita y menor para llegar a la notable El Otro Efecto Mariposa, otro punto alto en la antología, escrita por RG Llarena y dibujada por Axel Medellín. La siguiente historieta no me aportó mucho desde el guión y se nota que era a color y sufrió mucho el paso a blanco y negro. Pero me sirvió para descubrir a Augusto Mora, un dibujante descomunal, grossísimo, además de muy sólido a la hora de la narrativa. Quiero más historietas de este monstruo. Me salteo otras dos historias muy flojas para llegar a la última, El Unico Dios, otra de ci-fi, con un guión atrapante (de Abraham Martínez) y un dibujo muy bueno de Miguel Mora, al que se le nota un poquito el laburo con fotos, pero las logra integrar muy bien a su grafismo.
El balance general de Comikaze es muy positivo y espero que en los años transcurridos (esto es de 2009) estos autores (o por lo menos los buenos) hayan logrado afianzarse, generar obras más extensas, llegar a un público más amplio que les permita vivir de su talento y sin renunciar a la facultad de hacer lo que se les canta. Por ahí es una quimera, pero bueno, es mi deseo. Ojalá la historieta mexicana siga firme en un camino de búsqueda, de no quedarse y sobre todo de no aislarse, de no esconderse dentro de sus fronteras ni disfrazarse de comic yanki o europeo. Acá hay muchos autores que tienen mucho talento para volcar en propuestas distintas, originales, para nada tributarias de lo que ya se vio mil veces. Ojalá los dejen.
miércoles, 6 de marzo de 2013
06/ 03: EL BONDI
Ah, bueno! ¿Lo tenías a Chelo Candia guionista? La otra vez que comenté un libro suyo, allá por 2010, me encontré con un talentoso dibujante, volcado a un humor gráfico muy interesante, con buenas ideas y mucha mala leche. Ahora me subo a El Bondi y me encuentro con un guionista de la San Puta, que se florea como los que saben en una historia fuerte, estremecedora, con más giros sorpresivos en 54 páginas que las que algunas series ofrecen en 54 episodios.
Y en contrapunto con lo que más me había gustado de Rigor Mortis, acá Candia renuncia al virtuosismo gráfico. Se propone ponerle todas las pilas al guión y a la narrativa, y opta por un dibujo más crudo, menos ganchero, no pensado para lucirse sino para acompañar al guión. Y se pasa un poquito de rosca. El dibujo, sin ser precario, no tiene vuelo, es más bien del montón. Incluso puede generarle rechazo a los más apegados al virtuosismo que generalmente relacionamos con los maestros del estilo realista. Chelo Candia se olvida en esta obra de su trazo más suelto, más lírico: sabe que se va a ensuciar hasta los codos, entonces se pone la remera más crota que tiene y arriba el overol. Y el resultado es... bastante ordinario, y además bastante injusto, porque no se nota casi nunca que detrás de esa superficie (a veces desprolija y a veces sobrecargada de detalles innecesarios) hay un tipo que la tiene clarísima. Por suerte sí se nota en la narrativa, que funciona como un relojito y resulta una gratísima sorpresa después de verlo a Candia desenvolverse o bien en breves secuencias humorísticas, o bien en historietas más fumadas, donde todo el énfasis estaba puesto en las sensaciones que transmitía el dibujo.
Y lo realmente loco, lo más, más notable de El Bondi, es la altísima calidad del guión. Posta: varios de los más encumbrados guionistas (del palo y del país que quieras) le picanearían los genitales a sus hijos con tal de poder escribir un guión con tanta jerarquía como la que exhibe Candia en esta obra. Todo gira en torno a violentos sucesos que tienen lugar arriba de un colectivo, que –nos enteramos en la quinta viñeta- va a terminar hecho mierda. La gracia es que Candia no nos revela los hechos en forma lineal, sino que los reconstruye de forma fragmentaria, primero a través de la declaración de una nena en la comisaría del pueblo y después con testimonios de otros personajes que presenciaron distintos momentos de la alocada carrera del bondi hacia el desastre. De a poco y a los tumbos, nos termina de caer la ficha de qué pasó, por qué y de qué jugaba cada uno de los personajes que viajaban en el bondi.
Cuando ya tenemos el cuadro más o menos armado, Candia pega un volantazo y le dedica las últimas 19 páginas a las consecuencias de lo que le pasó al bondi, ahora con el protagonismo más centrado en dos o tres personajes perfectamente desarrolados y con una dirección más tradicional, más para el lado del thriller urbano, con cuasi-héroes a los que los villanos tratarán de hacer desaparecer. Es un tramo final repleto de mala leche, en el que tampoco faltan la violencia al palo y las revelaciones shockeantes. Ni los buenos diálogos, que son una constante en toda la obra. Realmente son muchos los hallazgos del guión y están muy bien repartidos a lo largo de las 54 páginas e incluso de los epílogos, realizados por Candia cuando terminó de serializar la saga en un sitio web.
Hacete un favor: bancate el dibujo, esforzate por no ver el apuro con el que se lo sacó de encima el autor. Imaginate que no lo dibujó Chelo Candia con lo justo, sino... el Horacio Altuna de los ´80 dejando la vida en cada viñeta, y te vas a volver loco, vas a treparte a las paredes como un poseído, blandiendo el libro como si fuera un estandarte y al grito de “Aprendan, giles! ESTO es historieta, la puta que los parióooo!”. Posta, qué lindo sería una remake de El Bondi con un dibujo más cuidado, más prolijo, menos under... Lo que dibujó Chelo para esta historieta no es impresentable, pero al lado de la infinita chapa del guión, queda muy, muy opacado. Espero a su próxima obra con tanta impaciencia como cuando espero al 67 para ir a bolichear los viernes a la noche.
Y en contrapunto con lo que más me había gustado de Rigor Mortis, acá Candia renuncia al virtuosismo gráfico. Se propone ponerle todas las pilas al guión y a la narrativa, y opta por un dibujo más crudo, menos ganchero, no pensado para lucirse sino para acompañar al guión. Y se pasa un poquito de rosca. El dibujo, sin ser precario, no tiene vuelo, es más bien del montón. Incluso puede generarle rechazo a los más apegados al virtuosismo que generalmente relacionamos con los maestros del estilo realista. Chelo Candia se olvida en esta obra de su trazo más suelto, más lírico: sabe que se va a ensuciar hasta los codos, entonces se pone la remera más crota que tiene y arriba el overol. Y el resultado es... bastante ordinario, y además bastante injusto, porque no se nota casi nunca que detrás de esa superficie (a veces desprolija y a veces sobrecargada de detalles innecesarios) hay un tipo que la tiene clarísima. Por suerte sí se nota en la narrativa, que funciona como un relojito y resulta una gratísima sorpresa después de verlo a Candia desenvolverse o bien en breves secuencias humorísticas, o bien en historietas más fumadas, donde todo el énfasis estaba puesto en las sensaciones que transmitía el dibujo.
Y lo realmente loco, lo más, más notable de El Bondi, es la altísima calidad del guión. Posta: varios de los más encumbrados guionistas (del palo y del país que quieras) le picanearían los genitales a sus hijos con tal de poder escribir un guión con tanta jerarquía como la que exhibe Candia en esta obra. Todo gira en torno a violentos sucesos que tienen lugar arriba de un colectivo, que –nos enteramos en la quinta viñeta- va a terminar hecho mierda. La gracia es que Candia no nos revela los hechos en forma lineal, sino que los reconstruye de forma fragmentaria, primero a través de la declaración de una nena en la comisaría del pueblo y después con testimonios de otros personajes que presenciaron distintos momentos de la alocada carrera del bondi hacia el desastre. De a poco y a los tumbos, nos termina de caer la ficha de qué pasó, por qué y de qué jugaba cada uno de los personajes que viajaban en el bondi.
Cuando ya tenemos el cuadro más o menos armado, Candia pega un volantazo y le dedica las últimas 19 páginas a las consecuencias de lo que le pasó al bondi, ahora con el protagonismo más centrado en dos o tres personajes perfectamente desarrolados y con una dirección más tradicional, más para el lado del thriller urbano, con cuasi-héroes a los que los villanos tratarán de hacer desaparecer. Es un tramo final repleto de mala leche, en el que tampoco faltan la violencia al palo y las revelaciones shockeantes. Ni los buenos diálogos, que son una constante en toda la obra. Realmente son muchos los hallazgos del guión y están muy bien repartidos a lo largo de las 54 páginas e incluso de los epílogos, realizados por Candia cuando terminó de serializar la saga en un sitio web.
Hacete un favor: bancate el dibujo, esforzate por no ver el apuro con el que se lo sacó de encima el autor. Imaginate que no lo dibujó Chelo Candia con lo justo, sino... el Horacio Altuna de los ´80 dejando la vida en cada viñeta, y te vas a volver loco, vas a treparte a las paredes como un poseído, blandiendo el libro como si fuera un estandarte y al grito de “Aprendan, giles! ESTO es historieta, la puta que los parióooo!”. Posta, qué lindo sería una remake de El Bondi con un dibujo más cuidado, más prolijo, menos under... Lo que dibujó Chelo para esta historieta no es impresentable, pero al lado de la infinita chapa del guión, queda muy, muy opacado. Espero a su próxima obra con tanta impaciencia como cuando espero al 67 para ir a bolichear los viernes a la noche.
martes, 5 de marzo de 2013
05/ 03: THE HEART OF THE BEAST
Esta es una de las primeras novelas gráficas de Vertigo, publicada allá por 1994, cuando era un sello joven, pujante y todavía bastante anclado a ciertas raíces que tenían que ver con el terror y lo sobrenatural. En ese contexto, el maestro Dean Motter se manda este ambicioso guión, en el que se propone recrear el mito de Frankenstein en clave noventosa, y para el cual recluta a Judith Dupré, una escritora especializada en el peculiar mundillo de las galerías de arte, que es el marco en el que va a transcurrir casi toda la historia.
La verdad que el hallazgo de repensar a Frankenstein en el mundo de los yuppies merqueros, las cirugías plásticas innecesarias, los vernisages caretas y la frivolización del arte, justifica de por sí solo la lectura del libro. La historia de amor entre Sandra y Victor te puede atrapar más o menos, pero el recurso de un hombre artificial, pergeñado, animado y controlado por un cirujano plástico con varios negocios turbios y vinculado al mundo de las artes, es una genialidad indiscutible. Entre tanta careteada, entre tanto ser humano hueco, entre tanto impostor, entre tantas supuestas genialidades del arte armadas con cachos de obras previas (llamala intertextualidad o choreo, como más te guste) Victor encaja demasiado bien.
También el tema de los negocios turbios del Doctor Wright da pie a una trama más cercana al thriller, con desapariciones misteriosas y muertes siniestras, que Motter aprovecha para mostrar algo más que cabecitas que hablan. Se nota un poco que las secuencias de acción no le interesan demasiado, que están ahí para condimentar, para salpimentar a la trama romántica y para forzar a Victor a hacer las cosas que se supone que Sandra no debe ver. En ese sentido tiene una onda Resistiré: al principio parece una telenovela normal con algún misterio medio extraño y para el final la historia de amor queda necesariamente eclipsada por la magnitud de esa power-bola armada con elementos de thriller y de ciencia-ficción. Sumemos los muy buenos diálogos, la picardía de Dupré para satirizar al mundillo de las galerías, los pintores y los críticos de arte, y nos queda una obra muy completa, con muchas puntas interesantes para atrapar a distintos tipos de lectores.
Lo que menos me cerró de todo son esos fragmentos de la novela original, del Frankenstein de Mary Shelley, que están mechados en los momentos justos, en los que el texto del Siglo XIX refleja (con lógica distorsión) lo que le está sucediendo a Victor en el presente. Eso está muy piola, pero 1) da demasiadas pistas acerca del misterio de Victor, y 2) le complica la narrativa a un Sean Phillips que todavía estaba a años luz del narrador sólido e infalible que es hoy. Phillips labura a color directo, con unas hermosas pinceladas de acuarelas que lo acercan al estilo pictórico (tan de moda en esa época) y que anticipan cosas que veríamos años más tarde en los trabajos de David Mack, entre otros. Lamentablemente opta por un estilo demasiado pendiente del realismo fotográfico y desperdicia su talento copiando fotos (por suerte no las chorea para retocarlas mínimamente como los Juan Carlos Flicker del Siglo XXI). Tan pegado está a la foto, que cuando aparecen imágenes de la tele, para diferenciarlas de las otras, Phillips arma una fotonovela! Con fotos posta, con un mínimo filtro aplicado, para que se note que se trata de una pantalla. Y lo más lindo: como la historia está ambientada en el mundo de las artes plásticas, Phillips mete cada vez que puede homenajes a los grandes maestros, al darle a los personajes de la novela poses y expresiones que toma prestadas de cuadros famosos. Sus paisajes de New York son hermosos (por supuesto, un fan del hard boiled como Phillips se luce cuando el guión lo lleva por los sórdidos senderos del thriller) y en casi todas las páginas en las que no le meten los fragmentos de Frankenstein, la narrativa fluye lo más bien.
The Heart of the Beast retrata a su época con ácida mala leche y se disfruta aún hoy, quizás porque no hemos bajado lo suficiente nuestros niveles de frivolidad y superficialidad. Ni el consumo de frula, ni las muertes a causa del SIDA, ni la alienación que produce la vida en las grandes urbes, ni la generación de monstruos que parecen seres humanos. Ni mucho menos la glorificación (efímera y marketinera) de artistas pedorros con ínfulas de vanguardistas. O sea que leída hoy, esta novela gráfica es, además de osada, cautivante y entretenida, bastante actual. Ojalá se reedite, así los nuevos lectores pueden disfrutarla.
La verdad que el hallazgo de repensar a Frankenstein en el mundo de los yuppies merqueros, las cirugías plásticas innecesarias, los vernisages caretas y la frivolización del arte, justifica de por sí solo la lectura del libro. La historia de amor entre Sandra y Victor te puede atrapar más o menos, pero el recurso de un hombre artificial, pergeñado, animado y controlado por un cirujano plástico con varios negocios turbios y vinculado al mundo de las artes, es una genialidad indiscutible. Entre tanta careteada, entre tanto ser humano hueco, entre tanto impostor, entre tantas supuestas genialidades del arte armadas con cachos de obras previas (llamala intertextualidad o choreo, como más te guste) Victor encaja demasiado bien.
También el tema de los negocios turbios del Doctor Wright da pie a una trama más cercana al thriller, con desapariciones misteriosas y muertes siniestras, que Motter aprovecha para mostrar algo más que cabecitas que hablan. Se nota un poco que las secuencias de acción no le interesan demasiado, que están ahí para condimentar, para salpimentar a la trama romántica y para forzar a Victor a hacer las cosas que se supone que Sandra no debe ver. En ese sentido tiene una onda Resistiré: al principio parece una telenovela normal con algún misterio medio extraño y para el final la historia de amor queda necesariamente eclipsada por la magnitud de esa power-bola armada con elementos de thriller y de ciencia-ficción. Sumemos los muy buenos diálogos, la picardía de Dupré para satirizar al mundillo de las galerías, los pintores y los críticos de arte, y nos queda una obra muy completa, con muchas puntas interesantes para atrapar a distintos tipos de lectores.
Lo que menos me cerró de todo son esos fragmentos de la novela original, del Frankenstein de Mary Shelley, que están mechados en los momentos justos, en los que el texto del Siglo XIX refleja (con lógica distorsión) lo que le está sucediendo a Victor en el presente. Eso está muy piola, pero 1) da demasiadas pistas acerca del misterio de Victor, y 2) le complica la narrativa a un Sean Phillips que todavía estaba a años luz del narrador sólido e infalible que es hoy. Phillips labura a color directo, con unas hermosas pinceladas de acuarelas que lo acercan al estilo pictórico (tan de moda en esa época) y que anticipan cosas que veríamos años más tarde en los trabajos de David Mack, entre otros. Lamentablemente opta por un estilo demasiado pendiente del realismo fotográfico y desperdicia su talento copiando fotos (por suerte no las chorea para retocarlas mínimamente como los Juan Carlos Flicker del Siglo XXI). Tan pegado está a la foto, que cuando aparecen imágenes de la tele, para diferenciarlas de las otras, Phillips arma una fotonovela! Con fotos posta, con un mínimo filtro aplicado, para que se note que se trata de una pantalla. Y lo más lindo: como la historia está ambientada en el mundo de las artes plásticas, Phillips mete cada vez que puede homenajes a los grandes maestros, al darle a los personajes de la novela poses y expresiones que toma prestadas de cuadros famosos. Sus paisajes de New York son hermosos (por supuesto, un fan del hard boiled como Phillips se luce cuando el guión lo lleva por los sórdidos senderos del thriller) y en casi todas las páginas en las que no le meten los fragmentos de Frankenstein, la narrativa fluye lo más bien.
The Heart of the Beast retrata a su época con ácida mala leche y se disfruta aún hoy, quizás porque no hemos bajado lo suficiente nuestros niveles de frivolidad y superficialidad. Ni el consumo de frula, ni las muertes a causa del SIDA, ni la alienación que produce la vida en las grandes urbes, ni la generación de monstruos que parecen seres humanos. Ni mucho menos la glorificación (efímera y marketinera) de artistas pedorros con ínfulas de vanguardistas. O sea que leída hoy, esta novela gráfica es, además de osada, cautivante y entretenida, bastante actual. Ojalá se reedite, así los nuevos lectores pueden disfrutarla.
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lunes, 4 de marzo de 2013
04/ 03: EPIDEMIA DE MELANCOLIA
Hoy estoy cansado y con mucho sueño, así que no me des mucha bola si pongo cara de orto y nada me convence.
Después de haber devorado y venerado las novelas gráficas de Tony Sandoval, me interné en este libro que reúne 10 historias cortas, todas en blanco y negro y –sospecho- publicadas en absoluto desorden. Hay algunas con cierto aire noventoso, mezcladas con otras que parecen más recientes, pero el tomo de La Cúpula no brinda información acerca de la procedencia de estas historias. Todo muy cheto, tapa dura de la San Puta, papel grueso, pero las historietas están tiradas a la marchanta, sin un mínimo renglón que nos cuente cuándo y dónde se publicaron originalmente, algo que quizás sólo nos interese a los MUY fanáticos de Sandoval y que sin duda contribuiría a opinar con más fundamento acerca del material.
En materia de dibujo, este libro no ofrece mayores sobresaltos para los que venimos siguendo la obra del ídolo mexicano. No hay color, okey, pero está todo lo demás. El trazo finito, el plumín mágico descontrolado que recuerda al Lorenzo Mattotti de Stigmata, esa asombrosa capacidad de pasar de la síntesis a la agorafobia, bichos, monstruos y criaturas, técnicas distintas combinadas de manera poco habitual, expresionismo al palo, composiciones raras que recuerdan a Moebius, infinitas variantes en la narrativa... y por supuesto, un cuidado mucho mayor en el equilibrio de la página, porque no está el color para pilotearla. O sea que, con matices, porque se nota que hay material de períodos distintos, esto se ve casi tan bien como las obras más conocidas (y más grossas) de este virtuoso del dibujo.
Los guiones, en cambio, no me terminaron de cerrar. Veamos:
Bosque de Huesos tiene ideas hermosas y magníficos bloques de texto. Tiene un problemita menor, que es que no hay forma de que el conflicto se solucione. Es simplemente el protagonista asumiendo, a través de data que le tiran, que está todo perdido. O sea, el clima de bajón le gana a la historia.
The Wardrobe, al ser más extensa (16 páginas) tiene más espacio para plantear mejor el conflicto y definir mejor a los personajes. Los buenos le ganan un poquito fácil a una amenaza muy heavy, pero en general es una linda historia, amena, profunda, con momentos flasheros de verdad.
Paseo Solitario tiene una sóla página y cuatro viñetas. Imposible opinar sobre eso.
Sequía parece ser un trabajo de un Sandoval más primerizo, que se pasa de metafórico y se complica cuando trata de narrar una extensa secuencia sin textos. De lo más flojito del tomo.
Espinas, esa que está dibujada más a lo bestia, casi emparentada con Jeff Lemire, es una historia atrapante, muy bien llevada, a pesar de algún giro demasiado bizarro cerca del final. Gran laburo.
El Banquete es otra historia bajonera, en la que no hay forma de resolver los problemas que aquejan al anciano protagonista. El dibujo, por su parte, es tan perfecto que no se puede creer.
Lluvia tiene un planteo ambicioso, potencialmente muy rico. Lástima que, al estar comprimida en 8 páginas, la narrativa se desluce y falta espacio para que Sandoval presente con más onda al personaje. Igual se la banca.
Olas de Ti es una breve historieta de tinte emo, también para el lado del bajón, con una piña en la segunda página para que parezca que pasa algo, que el autor cuenta algo en vez de limitarse a lloriquear. Otra bastante floja.
A Paseo Vespertino le sobra vuelo poético y está plagada de imágenes bellísimas, bien hilvanadas en secuencias deliciosas. Le falta un conflicto más sólido, algo más ganchero para contar.
Y cierra Epidemia de Melancolía, que es una no-historia, parecida a esos “poemas ilustrados” que hacía El Tomi en la Fierro, aunque sin rimas y con más elegancia. De nuevo, las imágenes son alucinantes, pero el guión no se propone contarnos nada. Lo cual no está mal de por sí. Simplemente a mí me parece un desperdicio que un tipo con el talento de Sandoval, que ya demostró sobradamente su enorme capacidad como guionista de sus propias histotorietas, elija no contar buenas historias, no respaldar sus majestuosos dibujos con argumentos fuertes.
De todos modos, si sos fan de Sandoval (y si no, replanteate tu existencia) vas a querer tener de una 80 páginas más con historietas de este genio definitivo del Noveno Arte. Y si de los 10 guiones te cierran... cuatro, a una bestia que dibuja así hay que decirle “gracias, Maestro”, y seguirla chupando.
Después de haber devorado y venerado las novelas gráficas de Tony Sandoval, me interné en este libro que reúne 10 historias cortas, todas en blanco y negro y –sospecho- publicadas en absoluto desorden. Hay algunas con cierto aire noventoso, mezcladas con otras que parecen más recientes, pero el tomo de La Cúpula no brinda información acerca de la procedencia de estas historias. Todo muy cheto, tapa dura de la San Puta, papel grueso, pero las historietas están tiradas a la marchanta, sin un mínimo renglón que nos cuente cuándo y dónde se publicaron originalmente, algo que quizás sólo nos interese a los MUY fanáticos de Sandoval y que sin duda contribuiría a opinar con más fundamento acerca del material.
En materia de dibujo, este libro no ofrece mayores sobresaltos para los que venimos siguendo la obra del ídolo mexicano. No hay color, okey, pero está todo lo demás. El trazo finito, el plumín mágico descontrolado que recuerda al Lorenzo Mattotti de Stigmata, esa asombrosa capacidad de pasar de la síntesis a la agorafobia, bichos, monstruos y criaturas, técnicas distintas combinadas de manera poco habitual, expresionismo al palo, composiciones raras que recuerdan a Moebius, infinitas variantes en la narrativa... y por supuesto, un cuidado mucho mayor en el equilibrio de la página, porque no está el color para pilotearla. O sea que, con matices, porque se nota que hay material de períodos distintos, esto se ve casi tan bien como las obras más conocidas (y más grossas) de este virtuoso del dibujo.
Los guiones, en cambio, no me terminaron de cerrar. Veamos:
Bosque de Huesos tiene ideas hermosas y magníficos bloques de texto. Tiene un problemita menor, que es que no hay forma de que el conflicto se solucione. Es simplemente el protagonista asumiendo, a través de data que le tiran, que está todo perdido. O sea, el clima de bajón le gana a la historia.
The Wardrobe, al ser más extensa (16 páginas) tiene más espacio para plantear mejor el conflicto y definir mejor a los personajes. Los buenos le ganan un poquito fácil a una amenaza muy heavy, pero en general es una linda historia, amena, profunda, con momentos flasheros de verdad.
Paseo Solitario tiene una sóla página y cuatro viñetas. Imposible opinar sobre eso.
Sequía parece ser un trabajo de un Sandoval más primerizo, que se pasa de metafórico y se complica cuando trata de narrar una extensa secuencia sin textos. De lo más flojito del tomo.
Espinas, esa que está dibujada más a lo bestia, casi emparentada con Jeff Lemire, es una historia atrapante, muy bien llevada, a pesar de algún giro demasiado bizarro cerca del final. Gran laburo.
El Banquete es otra historia bajonera, en la que no hay forma de resolver los problemas que aquejan al anciano protagonista. El dibujo, por su parte, es tan perfecto que no se puede creer.
Lluvia tiene un planteo ambicioso, potencialmente muy rico. Lástima que, al estar comprimida en 8 páginas, la narrativa se desluce y falta espacio para que Sandoval presente con más onda al personaje. Igual se la banca.
Olas de Ti es una breve historieta de tinte emo, también para el lado del bajón, con una piña en la segunda página para que parezca que pasa algo, que el autor cuenta algo en vez de limitarse a lloriquear. Otra bastante floja.
A Paseo Vespertino le sobra vuelo poético y está plagada de imágenes bellísimas, bien hilvanadas en secuencias deliciosas. Le falta un conflicto más sólido, algo más ganchero para contar.
Y cierra Epidemia de Melancolía, que es una no-historia, parecida a esos “poemas ilustrados” que hacía El Tomi en la Fierro, aunque sin rimas y con más elegancia. De nuevo, las imágenes son alucinantes, pero el guión no se propone contarnos nada. Lo cual no está mal de por sí. Simplemente a mí me parece un desperdicio que un tipo con el talento de Sandoval, que ya demostró sobradamente su enorme capacidad como guionista de sus propias histotorietas, elija no contar buenas historias, no respaldar sus majestuosos dibujos con argumentos fuertes.
De todos modos, si sos fan de Sandoval (y si no, replanteate tu existencia) vas a querer tener de una 80 páginas más con historietas de este genio definitivo del Noveno Arte. Y si de los 10 guiones te cierran... cuatro, a una bestia que dibuja así hay que decirle “gracias, Maestro”, y seguirla chupando.
domingo, 3 de marzo de 2013
03/ 03: SHANKAR Vol.1
Una vez más, los maestros Eduardo Mazzitelli y Quique Alcatena recitan sus arcanos hechizos y conjuran a un héroe perfecto, más allá del tiempo y las civilizaciones, para protagonizar fantásticas aventuras que no se parecen en casi nada a las típicas.
En las historietas de Mazzitelli casi siempre se repite esta constante: el héroe no sufre. Es un grosso, un capo, un as, un world champion que se cansó de cosechar copa y medalla en todas las disciplinas. El héroe resuelve los combates de taquito y sin despeinarse. Nunca lo vemos hecho mierda en el piso, cagado a palos, con sangre en la boca, tratando de sacar fuerzas de donde no hay para levantarse y retomar la pelea. Los héroes mazzitellianos no tienen dudas, no tienen miedo, van al frente contra monstruos y dragones, guerreros y emperadores, dioses y demonios, siempre convencidos de que la batalla es un trámite, que no hay chances de morir ni de salir gravemente heridos. Esto sería un bajón irremontable, si no fuera por un detalle para nada menor: en el contexto de las historias que cuentan Mazzitelli y Alcatena, los combates SON trámites. Ni más ni menos. Los conflictos no se resuelven cuando el héroe derrota a las amenazas que enfrenta. Las amenazas son más bien obstáculos, que el héroe debe sortear para llegar a otra instancia de su búsqueda. La violencia no es la solución. A lo sumo, es la llave que abre otra puerta, para que el héroe pueda seguir su periplo hacia la verdad, hacia la redención, hacia el amor, o lo que sea que lo motiva en su epopeya.
Eso se ve clarísimo en Shankar. Acá -entre guiños a Michael Moorcock, Hugo Pratt, Go Nagai, Emilio Salgari, Fiodor Dostoyevsky y todos los libros sobre mitología que entren las bibliotecas de Eduardo y Quique- vemos a Shankar vencer a toda clase de oponentes sin el menor esfuerzo. Las luchas más intensas son las del Shankar niño o adolescente, porque ahí sabía menos y cada victoria le costaba más. Y sin embargo, en la estructura de estos relatos, los combates son una peripecia menor. En la saga de la India, el héroe lucha por salvarle la vida a quien tal vez sea su hermana. En la de China (la que menos me atrapó) intentará descifrar los caprichos del emperador-niño Xiao Gui. En la de Japón (la mejor, por afano) buscará resolver el misterio del suicidio del poderoso Otsuki Hidetora. En la de los mares de Malasia, hará lo imposible por preservar los conocimientos ancestrales y secretos de Lemuria. Y en la de Rusia, tratará de que el inestable y peligroso zar Rasputín se equilibre para el lado del Bien. Entremezcladas con cada una de las “misiones” de Shankar, Mazzitelli nos narrará decenas (no sé si no centenas) de mitos y leyendas de cada una de estas culturas, y varias “historias dentro de la historia”, breves fragmentos en los que el guionista deja volar un poco más su prosa, en memorables bloques de texto. O sea que en este bestial masacote de 300 páginas hay muchísimo para leer.
Y muchísimo para mirar, claro. Porque una vez más, Alcatena se deja poseer por su plumín mágico y nos deleita con unas imágenes imponentes, de una belleza indescriptible, perfectamente hilvanadas en secuencias vibrantes y sugestivas como sólo él puede hacerlo. Como ya sucedió en Imperator, el guión le da a Quique excusas para visitar distintas civilizaciones y plasmar en sus páginas a los más espectaculares seres soñados por cada una de estas civilizaciones. ¿Y qué hace ahí un aborigen piel roja, si Shankar no visita nunca las planicies de EEUU? No importa: el guión se las ingenia para que Alcatena pueda dibujar también indios sioux. Y majestuosos palacios y abisales infiernos y ominosas cavernas y todo lo que se te ocurra, dibujado con ese virtuosismo tan típico de Alcatena y tan atípico en el resto del universo del comic, presente y pasado. Además de muchos seres sobrenaturales que luchan, rosquean o tiran profecías enigmáticas, acá hay otro ser sobrenatural (pero nacido en Caballito) que es quien les da vida a todos ellos, un monstruo legendario de carne y hueso, inspirado como pocas veces y decidido a dejar la vida en cada viñeta.
Alguien dijo alguna vez que Mazzitelli y Alcatena inventaron su propio género y yo coincido bastante con eso. A lo largo de casi 25 años, juntos diseñaron su propio continente dentro de la historieta mundial y lo poblaron con creaciones únicas y maravillosas, con historias que pulverizaron los confines de la clásica fantasía épica y la llevaron más allá. Dentro de ese reino mágico y misterioso, estas primeras 300 páginas de Shankar acumulan méritos y logros para aspirar a la corona. Descubrilas. Y rezale a las deidades de todos los panteones para que salga pronto el Vol.2.
En las historietas de Mazzitelli casi siempre se repite esta constante: el héroe no sufre. Es un grosso, un capo, un as, un world champion que se cansó de cosechar copa y medalla en todas las disciplinas. El héroe resuelve los combates de taquito y sin despeinarse. Nunca lo vemos hecho mierda en el piso, cagado a palos, con sangre en la boca, tratando de sacar fuerzas de donde no hay para levantarse y retomar la pelea. Los héroes mazzitellianos no tienen dudas, no tienen miedo, van al frente contra monstruos y dragones, guerreros y emperadores, dioses y demonios, siempre convencidos de que la batalla es un trámite, que no hay chances de morir ni de salir gravemente heridos. Esto sería un bajón irremontable, si no fuera por un detalle para nada menor: en el contexto de las historias que cuentan Mazzitelli y Alcatena, los combates SON trámites. Ni más ni menos. Los conflictos no se resuelven cuando el héroe derrota a las amenazas que enfrenta. Las amenazas son más bien obstáculos, que el héroe debe sortear para llegar a otra instancia de su búsqueda. La violencia no es la solución. A lo sumo, es la llave que abre otra puerta, para que el héroe pueda seguir su periplo hacia la verdad, hacia la redención, hacia el amor, o lo que sea que lo motiva en su epopeya.
Eso se ve clarísimo en Shankar. Acá -entre guiños a Michael Moorcock, Hugo Pratt, Go Nagai, Emilio Salgari, Fiodor Dostoyevsky y todos los libros sobre mitología que entren las bibliotecas de Eduardo y Quique- vemos a Shankar vencer a toda clase de oponentes sin el menor esfuerzo. Las luchas más intensas son las del Shankar niño o adolescente, porque ahí sabía menos y cada victoria le costaba más. Y sin embargo, en la estructura de estos relatos, los combates son una peripecia menor. En la saga de la India, el héroe lucha por salvarle la vida a quien tal vez sea su hermana. En la de China (la que menos me atrapó) intentará descifrar los caprichos del emperador-niño Xiao Gui. En la de Japón (la mejor, por afano) buscará resolver el misterio del suicidio del poderoso Otsuki Hidetora. En la de los mares de Malasia, hará lo imposible por preservar los conocimientos ancestrales y secretos de Lemuria. Y en la de Rusia, tratará de que el inestable y peligroso zar Rasputín se equilibre para el lado del Bien. Entremezcladas con cada una de las “misiones” de Shankar, Mazzitelli nos narrará decenas (no sé si no centenas) de mitos y leyendas de cada una de estas culturas, y varias “historias dentro de la historia”, breves fragmentos en los que el guionista deja volar un poco más su prosa, en memorables bloques de texto. O sea que en este bestial masacote de 300 páginas hay muchísimo para leer.
Y muchísimo para mirar, claro. Porque una vez más, Alcatena se deja poseer por su plumín mágico y nos deleita con unas imágenes imponentes, de una belleza indescriptible, perfectamente hilvanadas en secuencias vibrantes y sugestivas como sólo él puede hacerlo. Como ya sucedió en Imperator, el guión le da a Quique excusas para visitar distintas civilizaciones y plasmar en sus páginas a los más espectaculares seres soñados por cada una de estas civilizaciones. ¿Y qué hace ahí un aborigen piel roja, si Shankar no visita nunca las planicies de EEUU? No importa: el guión se las ingenia para que Alcatena pueda dibujar también indios sioux. Y majestuosos palacios y abisales infiernos y ominosas cavernas y todo lo que se te ocurra, dibujado con ese virtuosismo tan típico de Alcatena y tan atípico en el resto del universo del comic, presente y pasado. Además de muchos seres sobrenaturales que luchan, rosquean o tiran profecías enigmáticas, acá hay otro ser sobrenatural (pero nacido en Caballito) que es quien les da vida a todos ellos, un monstruo legendario de carne y hueso, inspirado como pocas veces y decidido a dejar la vida en cada viñeta.
Alguien dijo alguna vez que Mazzitelli y Alcatena inventaron su propio género y yo coincido bastante con eso. A lo largo de casi 25 años, juntos diseñaron su propio continente dentro de la historieta mundial y lo poblaron con creaciones únicas y maravillosas, con historias que pulverizaron los confines de la clásica fantasía épica y la llevaron más allá. Dentro de ese reino mágico y misterioso, estas primeras 300 páginas de Shankar acumulan méritos y logros para aspirar a la corona. Descubrilas. Y rezale a las deidades de todos los panteones para que salga pronto el Vol.2.
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Shankar
sábado, 2 de marzo de 2013
02/ 03: CATWOMAN Vol.1
La verdad que Catwoman como personaje me interesa poco. Sobre todo cuando alguien decidió que no sea una villana clásica, sino una cuasi-heroína, una mina ambigua, intrépida, pero a la que seduce irrestistiblemente la posibilidad de redimirse y demostrar (o en una de esas, demostrarle a Batman) que a pesar de todo lo que hizo y vivió puede ser una buena persona. Cuanto menos mala es Catwoman, menos me atrae. Pero bueno, con el combo devastador Ed Brubaker en guiones + Darwyn Cooke en dibujos + Mike Allred en tintas, entré como un caballo a esta serie de 2001, en la que el guionista busca redefinir el rol de Catwoman y darle sentido a su impronta de “justiciera que juega por afuera del sistema y no tiene drama en cagarse en las reglas que imponen Batman y la cana de Gotham”.
La saga arranca con Catwoman y Selina Kyle supuestamente muertas y será el veterano Slam Bradley (personaje de cuando los detectives compartían antologías con los encapuchados, allá por fines de los ´30) quien descubra la conexión entre ellas y el paradero de la famosa chorra felina. Son 32 páginas (originalmente serializadas en varios números de Detective Comics) en los que Brubaker está a sus anchas, jugando de local en el hard boiled que tanto ama, con unos bloques de texto y unos diálogos afiladíismos. Y el maestro Cooke acompaña con los mejores dibujos del tomo, bien en la línea que más tarde veremos en sus comics del Spirit. El zarpado dibuja a Batman (que felizmente aparece poco) en el estilo de la serie animada de los ´90 y solo por eso, merece una ovación de pie. Pero realmente no hay una viñeta por abajo de la perfección.
Después viene el primer arco de la serie regular y Cooke ya no es 100% Cooke, sino que lo entinta Allred. Y sigue sin bajar de los 10 puntos, aunque ahora es un poquito menos personal. Ya se nota que tanto la narrativa como el dibujo están pensados para traccionar a la mayor cantidad posible de lectores hacia la revista. De todos modos hay momentos que te quitan el aliento, como la secuencia con la que abre el segundo episodio, esa en la que Selina corre por los techos de Gotham y termina por infiltrarse en los archivos de la policía. Cooke resuelve la machaca con elegancia, se luce en los flashbacks y las secuencias oníricas y pela un traje para Catwoman muy original y muy atractivo, a tal punto que post-reboot sigue usando uno muy similar.
Los guiones de Brubaker se encuentran con un escollo: sin Slam Bradley no hay hard boiled. Se puede poner gangsters, se pueden usar bloques de texto narrados en primera persona por la protagonista, todo bien. Pero no es hard boiled. Y además ese sub-género tiende a una cantidad de escenas de acción muy por debajo de la del comic de superhéroes y acá es imperativo que haya peleas y/o tiroteos en todos los episodios. Y se nota demasiado que lo que más le interesa a Brubaker es lo que le pasa por la cabeza a Catwoman, su vuelta al barrio, sus replanteos, su reencuentro con Holly, su relación con Leslie Thompkins, su telenovela con Batman... El misterio del asesino serial que descuartiza prostitutas está porque no puede no estar y se resuelve de modo... apenas aceptable. Tanto la necesidad de contar una aventura como la de tener machaca en todos los episodios parecen incomodar un poco al guionista, que por suerte tiene la cancha suficiente para no empantarse, ni que se le desplome el relato cada vez que Catwoman tiene que entrar a rebolear patadas.
Claramente estamos ante un intento de hacer comic de autor dentro del mainstream. Algo parecido a lo que vimos con la Batgirl de Kelley Puckett, pero con autores que me ceban más y un personaje que me ceba menos, aunque Brubaker y Cooke se esfuercen por hacerla más humana, más creíble y –sobre todo- menos calientapijas. Así que cuando pueda voy a seguir con esta serie, aunque en los próximos tomos no esté Darwyn Cooke. DC está reeditando toda la etapa de Brubaker en mega-TPBs de muchos números a un precio más que razonable, y hasta metieron en los libros el Secret Files & Origins y la majestuosa novela gráfica Selina´s Big Score, íntegramente a cargo de Cooke (y con Slam Bradley de co-protagonista!). Veremos si banco la colección original de TPBs o si me paso a la nueva edición, aunque me quede repetida la graphic novel.
La saga arranca con Catwoman y Selina Kyle supuestamente muertas y será el veterano Slam Bradley (personaje de cuando los detectives compartían antologías con los encapuchados, allá por fines de los ´30) quien descubra la conexión entre ellas y el paradero de la famosa chorra felina. Son 32 páginas (originalmente serializadas en varios números de Detective Comics) en los que Brubaker está a sus anchas, jugando de local en el hard boiled que tanto ama, con unos bloques de texto y unos diálogos afiladíismos. Y el maestro Cooke acompaña con los mejores dibujos del tomo, bien en la línea que más tarde veremos en sus comics del Spirit. El zarpado dibuja a Batman (que felizmente aparece poco) en el estilo de la serie animada de los ´90 y solo por eso, merece una ovación de pie. Pero realmente no hay una viñeta por abajo de la perfección.
Después viene el primer arco de la serie regular y Cooke ya no es 100% Cooke, sino que lo entinta Allred. Y sigue sin bajar de los 10 puntos, aunque ahora es un poquito menos personal. Ya se nota que tanto la narrativa como el dibujo están pensados para traccionar a la mayor cantidad posible de lectores hacia la revista. De todos modos hay momentos que te quitan el aliento, como la secuencia con la que abre el segundo episodio, esa en la que Selina corre por los techos de Gotham y termina por infiltrarse en los archivos de la policía. Cooke resuelve la machaca con elegancia, se luce en los flashbacks y las secuencias oníricas y pela un traje para Catwoman muy original y muy atractivo, a tal punto que post-reboot sigue usando uno muy similar.
Los guiones de Brubaker se encuentran con un escollo: sin Slam Bradley no hay hard boiled. Se puede poner gangsters, se pueden usar bloques de texto narrados en primera persona por la protagonista, todo bien. Pero no es hard boiled. Y además ese sub-género tiende a una cantidad de escenas de acción muy por debajo de la del comic de superhéroes y acá es imperativo que haya peleas y/o tiroteos en todos los episodios. Y se nota demasiado que lo que más le interesa a Brubaker es lo que le pasa por la cabeza a Catwoman, su vuelta al barrio, sus replanteos, su reencuentro con Holly, su relación con Leslie Thompkins, su telenovela con Batman... El misterio del asesino serial que descuartiza prostitutas está porque no puede no estar y se resuelve de modo... apenas aceptable. Tanto la necesidad de contar una aventura como la de tener machaca en todos los episodios parecen incomodar un poco al guionista, que por suerte tiene la cancha suficiente para no empantarse, ni que se le desplome el relato cada vez que Catwoman tiene que entrar a rebolear patadas.
Claramente estamos ante un intento de hacer comic de autor dentro del mainstream. Algo parecido a lo que vimos con la Batgirl de Kelley Puckett, pero con autores que me ceban más y un personaje que me ceba menos, aunque Brubaker y Cooke se esfuercen por hacerla más humana, más creíble y –sobre todo- menos calientapijas. Así que cuando pueda voy a seguir con esta serie, aunque en los próximos tomos no esté Darwyn Cooke. DC está reeditando toda la etapa de Brubaker en mega-TPBs de muchos números a un precio más que razonable, y hasta metieron en los libros el Secret Files & Origins y la majestuosa novela gráfica Selina´s Big Score, íntegramente a cargo de Cooke (y con Slam Bradley de co-protagonista!). Veremos si banco la colección original de TPBs o si me paso a la nueva edición, aunque me quede repetida la graphic novel.
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viernes, 1 de marzo de 2013
01/ 03: LOS MAS VENDIDOS DE FEBRERO
Febrero fue un mes chotísimo. Vendí menos que en Octubre, y en Octubre laburé medio mes (y casi todos los libros estaban más baratos). Eso hizo que títulos que vendieron pocas cantidad de ejemplares, se suban sin dificultad a la lista de los 10 más vendidos.
De hecho, las cinco novedades que salieron este mes entraron al ranking, cosa que rara vez sucede, porque muchos de mis clientes son bastante conservadores y –salvo Gaturro, Macanudo y alguna otra garantía de hitazo- piden las novedades en cantidades sumamente prudentes. Esta vez no fue la excepción, pero en el marco de cifras muy chicas, los lanzamientos del mes lograron trepar en malón a lo más alto del ranking.
Veamos cómo quedó:
1) Bairoletto y Otras Historias (La Duendes)
2) Coltrane (La Pinta)
3) ¿Quién es Montt? (De la Flor)
4) Letra Muerta (Fan)
5) Macanudo Vol.9 (Común)
6) Historias de Bosquenegro (Comiks Debris)
7) Zebita (Comiks Debris)
8) Macanudo Vol.1 (De la Flor)
9) Sol de Noche (La Duendes)
10) Peter Kampf lo Sabía (Ojodepez)
Creo que el recopilatorio de historias cortas de Gianni Dalfiume le dio a La Duendes su primera pole position en este ranking. Repito, vendiendo modestamente, sin arrasar, ni mucho menos. Y el aguante de Sol de Noche (que ya lleva acumulados tres meses de buenas ventas) le va a permitir a la editorial patagónica disfrutar también de las mieles de los longsellers, los libros que se venden siempre.
Coltrane (del italiano Paolo Parisi) se quedó con un segundo puesto importante, porque La Pinta llevaba varios meses sin editar novedades. Una novela no gráfica de autores argentinos que se mete con el tema de los zombies copó un notable cuarto puesto y los nuevos títulos para chicos de la colección Toing! (con Calvi y Rovella, autores de lujo) también aprovecharon la chatura del panorama general para entrar al Top Ten sin vender fortunas. Hay que ver si alguna de estas novedades logra permanecer un mes más en el ranking. La verdad, no me jugaría ciegamente por ninguna.
De la Flor se comió dos puestos del Top Ten con sendas reediciones de dos títulos siempre muy pedidos y que cuando regresan del limbo de los agotados suelen hacer desastres. Y los puestos restantes fueron para uno de los títulos mejor recibidos de 2012 (el Vol.9 de Macanudo) y para un insumergible, Peter Kampf lo Sabía, que lleva casi un año y medio circulando y no para de vender parejito.
Ojalá en Marzo se recupere la venta, así para entrar al ranking hay que vender mucho. Hay en carpeta un libro del maestro Luis Scafati, una nueva antología coordinada por Alejandro Farías, el Vol.2 de Términus y reediciones de obras de Oesterheld, Parés y Sala, entre otras. Veremos qué sucede.
De hecho, las cinco novedades que salieron este mes entraron al ranking, cosa que rara vez sucede, porque muchos de mis clientes son bastante conservadores y –salvo Gaturro, Macanudo y alguna otra garantía de hitazo- piden las novedades en cantidades sumamente prudentes. Esta vez no fue la excepción, pero en el marco de cifras muy chicas, los lanzamientos del mes lograron trepar en malón a lo más alto del ranking.
Veamos cómo quedó:
1) Bairoletto y Otras Historias (La Duendes)
2) Coltrane (La Pinta)
3) ¿Quién es Montt? (De la Flor)
4) Letra Muerta (Fan)
5) Macanudo Vol.9 (Común)
6) Historias de Bosquenegro (Comiks Debris)
7) Zebita (Comiks Debris)
8) Macanudo Vol.1 (De la Flor)
9) Sol de Noche (La Duendes)
10) Peter Kampf lo Sabía (Ojodepez)
Creo que el recopilatorio de historias cortas de Gianni Dalfiume le dio a La Duendes su primera pole position en este ranking. Repito, vendiendo modestamente, sin arrasar, ni mucho menos. Y el aguante de Sol de Noche (que ya lleva acumulados tres meses de buenas ventas) le va a permitir a la editorial patagónica disfrutar también de las mieles de los longsellers, los libros que se venden siempre.
Coltrane (del italiano Paolo Parisi) se quedó con un segundo puesto importante, porque La Pinta llevaba varios meses sin editar novedades. Una novela no gráfica de autores argentinos que se mete con el tema de los zombies copó un notable cuarto puesto y los nuevos títulos para chicos de la colección Toing! (con Calvi y Rovella, autores de lujo) también aprovecharon la chatura del panorama general para entrar al Top Ten sin vender fortunas. Hay que ver si alguna de estas novedades logra permanecer un mes más en el ranking. La verdad, no me jugaría ciegamente por ninguna.
De la Flor se comió dos puestos del Top Ten con sendas reediciones de dos títulos siempre muy pedidos y que cuando regresan del limbo de los agotados suelen hacer desastres. Y los puestos restantes fueron para uno de los títulos mejor recibidos de 2012 (el Vol.9 de Macanudo) y para un insumergible, Peter Kampf lo Sabía, que lleva casi un año y medio circulando y no para de vender parejito.
Ojalá en Marzo se recupere la venta, así para entrar al ranking hay que vender mucho. Hay en carpeta un libro del maestro Luis Scafati, una nueva antología coordinada por Alejandro Farías, el Vol.2 de Términus y reediciones de obras de Oesterheld, Parés y Sala, entre otras. Veremos qué sucede.
jueves, 28 de febrero de 2013
28/ 02: DOLLS KILLER
Hoy me como otro “cero comments”, pero bueno, es lo que hay. Me toca reseñar otra obra de guionista francés con dibujante hispanoparlante y esta vez el equipito está integrado por Nicolas Pona (ya vimos otro trabajo suyo en el blog) y el gran Sergio Bleda, uno de los autores españoles con más continuidad en el mercado francés. Dolls Killer se pensó como una trilogía, pero como las ventas no fueron buenas, se canceló luego del segundo álbum. Felizmente, la edición española ofrece los dos álbumes y una síntesis escena por escena de lo que Pona había planeado para el tercero.
La saga está protagonizada por Juliette Desanges, una francesa transplantada a EEUU y convertida en una policía dura, infalible, de mucha presencia en los medios por su afición al gatillo fácil. Juliette deberá confrontar con un asesino serial que deja muñecas junto a sus víctimas, y con sus propios fantasmas, vestigios de cosas muy heavies que le pasaron en su niñez. Y acá hay que hacer un corte, diferenciar muy bien ambas partes del argumento.
Por el lado de la trama policial, de la investigación, las pistas, el informe del forense, etc., Dolls Killer hace bastante agua. No atrapa, no convence, a lo sumo impacta cuando pintan las secuencias de acción (persecuciones, tiros, cuchillazos, trompadas) o cuando el dibujo chorrea sangre. El misterio no está bien llevado, el lector nunca tiene la más mínima pista de quién puede ser el asesino (dependemos de que él mismo, una vez acorralado por la cana, revele su identidad y sus motivaciones), todas cosas que empañan el desarrollo de la trama y que se evidencian más en el segundo álbum. En el primero, más o menos la piloteamos con el plot de La Voz, y con la trama romántica que envuelve a Juliette con la mamá de Stevie. El segundo se juega más a resolver el misterio de los asesinatos y las muñecas y lo hace, pero tropezando demasiadas veces.
Ahora, por el otro lado, el del desarrollo de Juliette como personaje, el trabajo de Pona es impecable. Elige con mucha astucia dónde meter los flashbacks al pasado de la protagonista y qué revelarnos en cada uno, usa con gran criterio el recurso de mostrarnos lo que sueña, de a poco logra sumergirnos en la psiquis de Juliette y compartir incluso sus patologías. Cuanto más claro nos queda que a Juliette le faltan un par de jugadores (y por qué) más mérito y más logica tiene lo que hace el personaje en cada una de las situaciones límite que le propone el guión. No te digo que la trama policial “moleste” al desarrollo de la protagonista, pero sin duda no es lo que más me interesó. Me cebé mucho más con lo otro, con bucear en los mambos que convirtieron a esta mina en un bicho raro, impredecible, con serios problemas a la hora de vincularse con otros seres humanos y con la capacidad de convertir a esos problemas en armas para sobresalir en la profesión que ejerce. Eso me pareció muy, muy loable.
Y el dibujo de Bleda, como siempre, me encantó. Lo banco en todas. Cuando se zarpa con la estilización, como si quisiera dibujar a Aeon Flux, también. Y cuando va para el lado más clásico, más tradicional, más cerca de Alfonso Font o Alfonso López, me parece una maravilla. Bleda mezcla muchas cosas muy distintas en su estilo, tantas que te marea. Y además se permite cambiar bastante, no sólo de obra a obra, sino incluso dentro de un mismo trabajo. Acá hay secuencias que parecen narradas por Boucq o por Loisel, viñetas que parecen entintadas por Frank Miller en un comic de Sin City, escenas que recuerdan al Bleda de la etapa más under, el de El Hijo de Kim... y lo bueno es que todo se integra armónicamente para darle forma a un trabajo muy sólido. El color también está muy bien planteado, pensado para acompañar los distintos climas del guión, y el tema de las infinitas páginas de más de 7 cuadros parece no afectar para nada a la narrativa que, como en todas las obras de Bleda, es impecable.
Si sos fan del dibujante, entrale sin dudarlo. Si no, fijate. Te tiene que atrapar un policial duro, violento, con mucha sangre, mucha mala leche, con un misterio no del todo logrado, y con una protagonista atípica, muy bien presentada, cuyos rayes mentales amenazan con superar a la intriga que genera la trama del asesino serial.
La saga está protagonizada por Juliette Desanges, una francesa transplantada a EEUU y convertida en una policía dura, infalible, de mucha presencia en los medios por su afición al gatillo fácil. Juliette deberá confrontar con un asesino serial que deja muñecas junto a sus víctimas, y con sus propios fantasmas, vestigios de cosas muy heavies que le pasaron en su niñez. Y acá hay que hacer un corte, diferenciar muy bien ambas partes del argumento.
Por el lado de la trama policial, de la investigación, las pistas, el informe del forense, etc., Dolls Killer hace bastante agua. No atrapa, no convence, a lo sumo impacta cuando pintan las secuencias de acción (persecuciones, tiros, cuchillazos, trompadas) o cuando el dibujo chorrea sangre. El misterio no está bien llevado, el lector nunca tiene la más mínima pista de quién puede ser el asesino (dependemos de que él mismo, una vez acorralado por la cana, revele su identidad y sus motivaciones), todas cosas que empañan el desarrollo de la trama y que se evidencian más en el segundo álbum. En el primero, más o menos la piloteamos con el plot de La Voz, y con la trama romántica que envuelve a Juliette con la mamá de Stevie. El segundo se juega más a resolver el misterio de los asesinatos y las muñecas y lo hace, pero tropezando demasiadas veces.
Ahora, por el otro lado, el del desarrollo de Juliette como personaje, el trabajo de Pona es impecable. Elige con mucha astucia dónde meter los flashbacks al pasado de la protagonista y qué revelarnos en cada uno, usa con gran criterio el recurso de mostrarnos lo que sueña, de a poco logra sumergirnos en la psiquis de Juliette y compartir incluso sus patologías. Cuanto más claro nos queda que a Juliette le faltan un par de jugadores (y por qué) más mérito y más logica tiene lo que hace el personaje en cada una de las situaciones límite que le propone el guión. No te digo que la trama policial “moleste” al desarrollo de la protagonista, pero sin duda no es lo que más me interesó. Me cebé mucho más con lo otro, con bucear en los mambos que convirtieron a esta mina en un bicho raro, impredecible, con serios problemas a la hora de vincularse con otros seres humanos y con la capacidad de convertir a esos problemas en armas para sobresalir en la profesión que ejerce. Eso me pareció muy, muy loable.
Y el dibujo de Bleda, como siempre, me encantó. Lo banco en todas. Cuando se zarpa con la estilización, como si quisiera dibujar a Aeon Flux, también. Y cuando va para el lado más clásico, más tradicional, más cerca de Alfonso Font o Alfonso López, me parece una maravilla. Bleda mezcla muchas cosas muy distintas en su estilo, tantas que te marea. Y además se permite cambiar bastante, no sólo de obra a obra, sino incluso dentro de un mismo trabajo. Acá hay secuencias que parecen narradas por Boucq o por Loisel, viñetas que parecen entintadas por Frank Miller en un comic de Sin City, escenas que recuerdan al Bleda de la etapa más under, el de El Hijo de Kim... y lo bueno es que todo se integra armónicamente para darle forma a un trabajo muy sólido. El color también está muy bien planteado, pensado para acompañar los distintos climas del guión, y el tema de las infinitas páginas de más de 7 cuadros parece no afectar para nada a la narrativa que, como en todas las obras de Bleda, es impecable.
Si sos fan del dibujante, entrale sin dudarlo. Si no, fijate. Te tiene que atrapar un policial duro, violento, con mucha sangre, mucha mala leche, con un misterio no del todo logrado, y con una protagonista atípica, muy bien presentada, cuyos rayes mentales amenazan con superar a la intriga que genera la trama del asesino serial.
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miércoles, 27 de febrero de 2013
27/ 02: LES SENTINELLES Vol.3
Tercer tomo de esta serie con guionista francés y dibujante argentino, y la verdad es que hay muchos cambios respecto del tomo anterior.
Cuando reseñé el Vol.2 (03/09/12) me llamaba la atención que al guionista Xavier Dorison le permitieran muchísima flexibilidad en cuanto al rigor histórico. Estaba claro que la serie está ambientada en la Primera Guerra Mundial, pero dentro de ese contexto, Dorison fruteaba tranquilo. Esta vez no: hay muchas más menciones a acontecimientos históricos reales y más cuidado en representar de modo muy realista esas oscuras jornadas que sacudieron a Europa allá por 1915.
También señalábamos que los villanos, alemanes pero todavía no nazis, funcionaban como mero obstáculo, no tenían desarrollo, no había por parte de Dorison una intención de convertir ni siquiera a uno de ellos en un personaje posta. De nuevo, esta vez eso se da vuelta y dos de los mejores personajes de este tomo vienen del bando enemigo: son el Übermensch (la respuesta germana al Cortahierro de los franceses) y el Oberleutnant, un comandante de las tropas alemanas que demuestra (como en más de una historieta de Oesterheld) que se puede pelear en el bando contrario al de los protagonistas y aún así tener códigos, preservar el honor y –también en una situación en la que manda la muerte- honrar la vida.
En cuanto al guión, no hay muchas más innovaciones respecto del tomo anterior. De nuevo tenemos a los Centinelas encargados de una misión jodida, en un arco argumental que va para adelante, que no esquiva el grim ´n gritty onda Suicide Squad ni los dilemas morales, perfectamente planteados por Dorison en escenas muy tensas, de gran carga emotiva. Además del Cortahierro y Djibouti, el equipo de “los buenos” suma ahora a Pegaso, un oficial propulsado por un jet-pack que le permite volar, pero que viene de la aristocracia y con un agrande que al principio lo hará chocar con sus camaradas. Con el correr de las páginas, Pegaso se integrará mejor al equipo y los lectores (y los otros Centinelas) aprenderemos a quererlo y a valorar su coraje y su dignidad.
Y en cuanto al dibujo, también hay novedades: en los primeros tomos llamaba la atención que Enrique Breccia dibujara tan pocos cuadros por página, a tal punto que en cada álbum de Los Centinelas pasaba bastante menos que en el álbum francés promedio. Ahora eso se revirtió: hay un par de splash-pages majestuosas y un par de páginas de menos de 5 viñetas. El resto, siempre ofrece 6 o más viñetas, hasta llegar al extremo de las 11 viñetas, algo que –me parece- no habíamos visto nunca, en ninguna otra historieta en los 45 años de profesión que lleva el Churrique. Por supuesto, el monstruo se la re-banca y su dibujo brilla con fulgor incandescente en absolutamente todas las páginas del libro, las de mil viñetas y las de una sóla.
En parte esto tiene que ver con que lo dejan colorearse a sí mismo: ahí Breccia saca una diferencia escalofriante y sorprende incluso a los que lo seguimos desde siempre con esa combinación perfecta entre climas en los que manda la sutileza cuasi-poética y exabruptos viscerales, de altísimo impacto visual, puestos en los momentos justos. Destaquemos también su magnífico trabajo a la hora de dibujar pueblos, ciudades, aviones y armas de la Europa de hace 100 años y ese otro plus, eso que Breccia dibuja (como los dioses) en Los Centinelas y –andá a saber por qué- se resistió a dibujar en todas sus otras historietas: los cuerpos en acción, las peleas físicas, los combates cuerpo a cuerpo, ya no resueltos con el primer plano de un puño, sino desplegados con generosidad y contundencia por este genio de nuestro Noveno Arte, hoy radicado en Italia.
Hasta ahora Dorison y Breccia vienen entregando un tomo de Los Centinelas (de 62 páginas, que para Francia no es poco) cada dos años. Este tomo se editó en 2011 (creo que en castellano todavía no salió), así que con un poco de orto, este año tenemos el Vol.4 de esta extraña mezcla entre historieta bélica, aventura histórica y machaca superheroica en la que guionista francés y dibujante argentino nos llevan a vivir una Primera Guerra Mundial distinta. No tan distinta como la que vimos el otro día en Arrowsmith, pero no menos cautivante.
Cuando reseñé el Vol.2 (03/09/12) me llamaba la atención que al guionista Xavier Dorison le permitieran muchísima flexibilidad en cuanto al rigor histórico. Estaba claro que la serie está ambientada en la Primera Guerra Mundial, pero dentro de ese contexto, Dorison fruteaba tranquilo. Esta vez no: hay muchas más menciones a acontecimientos históricos reales y más cuidado en representar de modo muy realista esas oscuras jornadas que sacudieron a Europa allá por 1915.
También señalábamos que los villanos, alemanes pero todavía no nazis, funcionaban como mero obstáculo, no tenían desarrollo, no había por parte de Dorison una intención de convertir ni siquiera a uno de ellos en un personaje posta. De nuevo, esta vez eso se da vuelta y dos de los mejores personajes de este tomo vienen del bando enemigo: son el Übermensch (la respuesta germana al Cortahierro de los franceses) y el Oberleutnant, un comandante de las tropas alemanas que demuestra (como en más de una historieta de Oesterheld) que se puede pelear en el bando contrario al de los protagonistas y aún así tener códigos, preservar el honor y –también en una situación en la que manda la muerte- honrar la vida.
En cuanto al guión, no hay muchas más innovaciones respecto del tomo anterior. De nuevo tenemos a los Centinelas encargados de una misión jodida, en un arco argumental que va para adelante, que no esquiva el grim ´n gritty onda Suicide Squad ni los dilemas morales, perfectamente planteados por Dorison en escenas muy tensas, de gran carga emotiva. Además del Cortahierro y Djibouti, el equipo de “los buenos” suma ahora a Pegaso, un oficial propulsado por un jet-pack que le permite volar, pero que viene de la aristocracia y con un agrande que al principio lo hará chocar con sus camaradas. Con el correr de las páginas, Pegaso se integrará mejor al equipo y los lectores (y los otros Centinelas) aprenderemos a quererlo y a valorar su coraje y su dignidad.
Y en cuanto al dibujo, también hay novedades: en los primeros tomos llamaba la atención que Enrique Breccia dibujara tan pocos cuadros por página, a tal punto que en cada álbum de Los Centinelas pasaba bastante menos que en el álbum francés promedio. Ahora eso se revirtió: hay un par de splash-pages majestuosas y un par de páginas de menos de 5 viñetas. El resto, siempre ofrece 6 o más viñetas, hasta llegar al extremo de las 11 viñetas, algo que –me parece- no habíamos visto nunca, en ninguna otra historieta en los 45 años de profesión que lleva el Churrique. Por supuesto, el monstruo se la re-banca y su dibujo brilla con fulgor incandescente en absolutamente todas las páginas del libro, las de mil viñetas y las de una sóla.
En parte esto tiene que ver con que lo dejan colorearse a sí mismo: ahí Breccia saca una diferencia escalofriante y sorprende incluso a los que lo seguimos desde siempre con esa combinación perfecta entre climas en los que manda la sutileza cuasi-poética y exabruptos viscerales, de altísimo impacto visual, puestos en los momentos justos. Destaquemos también su magnífico trabajo a la hora de dibujar pueblos, ciudades, aviones y armas de la Europa de hace 100 años y ese otro plus, eso que Breccia dibuja (como los dioses) en Los Centinelas y –andá a saber por qué- se resistió a dibujar en todas sus otras historietas: los cuerpos en acción, las peleas físicas, los combates cuerpo a cuerpo, ya no resueltos con el primer plano de un puño, sino desplegados con generosidad y contundencia por este genio de nuestro Noveno Arte, hoy radicado en Italia.
Hasta ahora Dorison y Breccia vienen entregando un tomo de Los Centinelas (de 62 páginas, que para Francia no es poco) cada dos años. Este tomo se editó en 2011 (creo que en castellano todavía no salió), así que con un poco de orto, este año tenemos el Vol.4 de esta extraña mezcla entre historieta bélica, aventura histórica y machaca superheroica en la que guionista francés y dibujante argentino nos llevan a vivir una Primera Guerra Mundial distinta. No tan distinta como la que vimos el otro día en Arrowsmith, pero no menos cautivante.
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martes, 26 de febrero de 2013
26/ 02: THE MARVELS PROJECT
Fogoneado por la recomendación de lectores de este blog y amigos cuyos gustos suelen coincidir con los míos, cuando vi barato este libro me lancé sobre él.
Adentro me encontré con un prolijo recuento de los albores de las carreras de los primeros superhéroes de Marvel, los que surgieron poquito antes de que EEUU se sumara oficialmente a la Segunda Guerra Mundial. Al igual que el Legacies de Len Wein, The Marvels Project no tiene una estructura típica, con principio, desarrollo y fin de un argumento, sino que funciona como una especie de crónica de distintos acontecimientos que suceden entre 1938 y 1942, narrados por un personaje que los mira mitad de adentro y mitad de afuera. El Angel es un justiciero enmascarado, a quien el propio Capitán América tiene en alta estima. Pero nunca pisará la Alemania nazi, ni siquiera un mísero cuartel militar de EEUU y no se sentará ni cerca del presidente Roosevelt. O sea que mucho de lo que sucede en la/s historia/s, el Angel no lo vivió, sino que se lo contaron otros protagonistas. La idea de que sea un personaje claramente segundón el que lleve la voz cantante sirve para que la historia, si bien cobra visos épicos, sea vista siempre desde el suelo, desde un tipo normal, sin poderes, que gran parte del día es un newyorkino más. Casi la Gran Astro City.
Gradualmente, el maestro Ed Brubaker (que es quien firma este guión) desplaza el foco de Nueva York hacia el frente de combate en Europa y sobre el final le dedica también una extensa (y desoladora) secuencia a los trágicos sucesos de Pearl Harbor. Los superhéroes impulsan la historia hacia el género en el que se sienten más cómodos, pero recién al final la machaca grandilocuente le gana la pulseada al género bélico, al espionaje y al crimen urbano que (con la onda típica de los pulps) domina buena parte de la obra. La idea de Brubaker es recontar este amanecer de los héroes en el Universo Marvel desde una óptica más realista y menos bizarra, y para eso se apoya bastante en el primer tramo de Marvels (aquel clásico de Kurt Busiek y Alex Ross), al que expande, complementa y traiciona en sólo detalle, que es la edad de Nick Fury.
De todos modos, no se puede decir que Brubaker no haya hecho los deberes: por acá desfilan muchísimos personajes de fines de los ´30 y principios de los ´40, incluso algunos con poquísimas apariciones, y el guionista se esfuerza por darle a cada uno un perfil propio, una impronta propia y hasta que nos interesemos por ellos. Hay héroes, hay villanos, hay –como en todo comic que juega a implantar retroactivamente las bases de la continuidad- guiños a lo que uno sabe que va a suceder y además hay una especie de misterio muy bien llevado que tiene que ver con Matt Hawkins, el Two-Gun Kid, el cowboy desplazado en el tiempo que compartió varias aventuras con los héroes del presente.
Al frente del dibujo está Steve Epting, un tipo que hace 20 años era dedicidamente un John Buscema de la B, y más tarde (en sus pasos por DC y especialmente CrossGen) mejoró ostensiblemente hasta convertirse en un gran dibujante de estilo realista. Epting formó equipo con Brubaker varios años en la revista del Capi América y está clarísimo que es una dupla que se entiende a la perfección. Si queda algo para criticarle a Epting a esta altura del partido es que su dibujo se pasa un poquito de solemne. Los personajes parecen no distenderse nunca, jamás se rien, siempre están con cara de malitos, viendo a quien soltarle el próximo grito o la próxima trompada. El resto, todo óptimo. Me encantó su Human Torch (obviamente tributario del de Alex Dioss), me encantó su reconstrucción histórica tanto de New York como de la Europa en guerra, la forma en la que integró las referencias fotográficas al dibujo y, por supuesto, la forma en que el glorioso Dave Stewart entendió el estilo de Epting y lo levantó tremendamente con su habitual magia cromática.
The Marvels Project ofrece una versión más verosímil, más dramática, más cruda, en un punto más humana, de las primeras epopeyas de los héroes marvelianos de la mal llamada Golden Age. Si ese contexto histórico te interesa mínimamente, dale una oportunidad, porque Brubaker puso mucho huevo para que esos personajes, que en su momento eran sosos, chatos y sin onda, acá brillen en todo su esplendor. Incluso se tomó el laburo de explicar cosas imposibles como la militancia de Namor en los Invaders, codo a codo con Human Torch, con quien se cagó a trompadas en varias ocasiones. Y por si faltara algo, el dibujo está muy, muy bien.
Adentro me encontré con un prolijo recuento de los albores de las carreras de los primeros superhéroes de Marvel, los que surgieron poquito antes de que EEUU se sumara oficialmente a la Segunda Guerra Mundial. Al igual que el Legacies de Len Wein, The Marvels Project no tiene una estructura típica, con principio, desarrollo y fin de un argumento, sino que funciona como una especie de crónica de distintos acontecimientos que suceden entre 1938 y 1942, narrados por un personaje que los mira mitad de adentro y mitad de afuera. El Angel es un justiciero enmascarado, a quien el propio Capitán América tiene en alta estima. Pero nunca pisará la Alemania nazi, ni siquiera un mísero cuartel militar de EEUU y no se sentará ni cerca del presidente Roosevelt. O sea que mucho de lo que sucede en la/s historia/s, el Angel no lo vivió, sino que se lo contaron otros protagonistas. La idea de que sea un personaje claramente segundón el que lleve la voz cantante sirve para que la historia, si bien cobra visos épicos, sea vista siempre desde el suelo, desde un tipo normal, sin poderes, que gran parte del día es un newyorkino más. Casi la Gran Astro City.
Gradualmente, el maestro Ed Brubaker (que es quien firma este guión) desplaza el foco de Nueva York hacia el frente de combate en Europa y sobre el final le dedica también una extensa (y desoladora) secuencia a los trágicos sucesos de Pearl Harbor. Los superhéroes impulsan la historia hacia el género en el que se sienten más cómodos, pero recién al final la machaca grandilocuente le gana la pulseada al género bélico, al espionaje y al crimen urbano que (con la onda típica de los pulps) domina buena parte de la obra. La idea de Brubaker es recontar este amanecer de los héroes en el Universo Marvel desde una óptica más realista y menos bizarra, y para eso se apoya bastante en el primer tramo de Marvels (aquel clásico de Kurt Busiek y Alex Ross), al que expande, complementa y traiciona en sólo detalle, que es la edad de Nick Fury.
De todos modos, no se puede decir que Brubaker no haya hecho los deberes: por acá desfilan muchísimos personajes de fines de los ´30 y principios de los ´40, incluso algunos con poquísimas apariciones, y el guionista se esfuerza por darle a cada uno un perfil propio, una impronta propia y hasta que nos interesemos por ellos. Hay héroes, hay villanos, hay –como en todo comic que juega a implantar retroactivamente las bases de la continuidad- guiños a lo que uno sabe que va a suceder y además hay una especie de misterio muy bien llevado que tiene que ver con Matt Hawkins, el Two-Gun Kid, el cowboy desplazado en el tiempo que compartió varias aventuras con los héroes del presente.
Al frente del dibujo está Steve Epting, un tipo que hace 20 años era dedicidamente un John Buscema de la B, y más tarde (en sus pasos por DC y especialmente CrossGen) mejoró ostensiblemente hasta convertirse en un gran dibujante de estilo realista. Epting formó equipo con Brubaker varios años en la revista del Capi América y está clarísimo que es una dupla que se entiende a la perfección. Si queda algo para criticarle a Epting a esta altura del partido es que su dibujo se pasa un poquito de solemne. Los personajes parecen no distenderse nunca, jamás se rien, siempre están con cara de malitos, viendo a quien soltarle el próximo grito o la próxima trompada. El resto, todo óptimo. Me encantó su Human Torch (obviamente tributario del de Alex Dioss), me encantó su reconstrucción histórica tanto de New York como de la Europa en guerra, la forma en la que integró las referencias fotográficas al dibujo y, por supuesto, la forma en que el glorioso Dave Stewart entendió el estilo de Epting y lo levantó tremendamente con su habitual magia cromática.
The Marvels Project ofrece una versión más verosímil, más dramática, más cruda, en un punto más humana, de las primeras epopeyas de los héroes marvelianos de la mal llamada Golden Age. Si ese contexto histórico te interesa mínimamente, dale una oportunidad, porque Brubaker puso mucho huevo para que esos personajes, que en su momento eran sosos, chatos y sin onda, acá brillen en todo su esplendor. Incluso se tomó el laburo de explicar cosas imposibles como la militancia de Namor en los Invaders, codo a codo con Human Torch, con quien se cagó a trompadas en varias ocasiones. Y por si faltara algo, el dibujo está muy, muy bien.
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lunes, 25 de febrero de 2013
25/ 02: ZHONG GUO
Vuelvo a encontrarme con el maestro belga Hermann Huppen (de acá en más, Hermann a secas) y su hijo Yves (de acá en más Yves H.), quien oficia de guionista en esta prolífica y exitosa dupla. En esta novela gráfica, padre e hijo nos llevan a la China del futuro para contarnos una clásica historia de espionaje, condimentada con elementos de ciencia-ficción.
Esta vez, las 52 páginas le alcanzan perfectamente a Yves H. para desarrollar la trama. De hecho, se da el lujo de escribir varias y muy intensas secuencias mudas, en las que se luce a pleno el talento de su padre, dibujante y narrador de calidad superlativa. Como en tantas historietas de misterio, en las últimas páginas habrá que aclarar verbalmente varios puntos oscuros de la trama y aparecerán algunos soliloquios un poco más extensos, pero nada que se compare ni remotamente con los masacotes de texto que vimos en La Chica de Ipanema.
En un tono sobrio, sin las estridencias típicas de las películas de James Bond, Yves H. nos mete en medio del típico enredo diplomático: un espía chino, que supuestamente robó datos confidenciales, pide asilo en la embajada de EEUU, donde nunca va a estar del todo seguro, porque hay infiltrados que responden a los servicios de inteligencia chinos, a la mafia de las tríadas y a la propia CIA que –como siempre- tiene su propia agenda. El primer tramo de la novela parece concentrarse en cómo Wang Li Fang zafa de sus captores, pero con el correr de las páginas, el guionista desplaza el foco hacia el agente Ditto, un ser clonado numerosas veces (incluso por distintas facciones), que intentará desenredar esta siniestra red de conjuras que intoxica, corrompe y lleva al límite del protocolo a las relaciones diplomáticas entre China y EEUU.
Por suerte el tema de las identidades y las lealtades volátiles (algo frecuente en el género del espionaje) no complica innecesariamente la comprensión de la trama. Que -en rigor de verdad- es más bien sencilla, a tal punto que muchas de las secuencias de acción parecen estar puestas por Yves H. simplemente para sacudirnos un poco, para asegurarnos de que no nos aburran el protocolo y el chamuyo. El hecho de que haya clones, autos que vuelan y chiches tecno del futuro también hace su aporte a la espectacularidad y a la tensión dramática de algunas escenas. Sin ser una maravilla, el guión está bastante bien y se hace sumamente llevadero.
Y como siempre, lo que manda al libro a la pila de los imprescindibles es el trabajo de Hermann al frente de los dibujos. El maestro aprovecha a full las secuencias mudas, las secuencias oníricas, las escenas en las que la acción le roba el protagonismo al protocolo, esos momentos tensos de interrogatorios, aprietes y torturas, las persecuciones por esta gigantesca urbe china del futuro, las escenas en mansiones y oficinas de lujo, para variar radicalmente la paleta de colores, para acompañar cada cambio de secuencia con cambios muy notables (y siempre acertadísimos) en la iluminación y sobre todo en las tonalidades del color. Todo a manopla, eh? Acá no existe el photoshop, ni ningún chiche informático. Los fondos, laburadísimos y omnipresentes como en toda novela pensada para el público franco-belga, están todos dibujados, hay cero foto retocada. Las armas, vehículos, laboratorios, rascacielos y hasta celulares ni siquiera están basados en fotos, porque al ambientar la historia en el futuro, Hermann los tiene que imaginar. Hay muchos hallazgos en el dibujo del belga, pero creo que me quedo con el de los saltos permanentes en el color, esa adaptación constante de la paleta del maestro a las muchas variantes que le ofrece el guión en materia de climas y locaciones.
Zhong Guo no es LA obra maestra de los Huppen, no cambia la historia ni te dan el diploma de Boludo si no la leés jamás. No obstante lo cual (cantaba el Carpo, que hoy cumple ocho años de gira) se trata de una historieta sólida, potente, convincente y con unos dibujos que te detonan las retinas en fuegos artificiales de placer. Me queda sin leer un libro más de Yves H. y Hermann, pero lo guardo para más adelante, para después de mitad de año.
Esta vez, las 52 páginas le alcanzan perfectamente a Yves H. para desarrollar la trama. De hecho, se da el lujo de escribir varias y muy intensas secuencias mudas, en las que se luce a pleno el talento de su padre, dibujante y narrador de calidad superlativa. Como en tantas historietas de misterio, en las últimas páginas habrá que aclarar verbalmente varios puntos oscuros de la trama y aparecerán algunos soliloquios un poco más extensos, pero nada que se compare ni remotamente con los masacotes de texto que vimos en La Chica de Ipanema.
En un tono sobrio, sin las estridencias típicas de las películas de James Bond, Yves H. nos mete en medio del típico enredo diplomático: un espía chino, que supuestamente robó datos confidenciales, pide asilo en la embajada de EEUU, donde nunca va a estar del todo seguro, porque hay infiltrados que responden a los servicios de inteligencia chinos, a la mafia de las tríadas y a la propia CIA que –como siempre- tiene su propia agenda. El primer tramo de la novela parece concentrarse en cómo Wang Li Fang zafa de sus captores, pero con el correr de las páginas, el guionista desplaza el foco hacia el agente Ditto, un ser clonado numerosas veces (incluso por distintas facciones), que intentará desenredar esta siniestra red de conjuras que intoxica, corrompe y lleva al límite del protocolo a las relaciones diplomáticas entre China y EEUU.
Por suerte el tema de las identidades y las lealtades volátiles (algo frecuente en el género del espionaje) no complica innecesariamente la comprensión de la trama. Que -en rigor de verdad- es más bien sencilla, a tal punto que muchas de las secuencias de acción parecen estar puestas por Yves H. simplemente para sacudirnos un poco, para asegurarnos de que no nos aburran el protocolo y el chamuyo. El hecho de que haya clones, autos que vuelan y chiches tecno del futuro también hace su aporte a la espectacularidad y a la tensión dramática de algunas escenas. Sin ser una maravilla, el guión está bastante bien y se hace sumamente llevadero.
Y como siempre, lo que manda al libro a la pila de los imprescindibles es el trabajo de Hermann al frente de los dibujos. El maestro aprovecha a full las secuencias mudas, las secuencias oníricas, las escenas en las que la acción le roba el protagonismo al protocolo, esos momentos tensos de interrogatorios, aprietes y torturas, las persecuciones por esta gigantesca urbe china del futuro, las escenas en mansiones y oficinas de lujo, para variar radicalmente la paleta de colores, para acompañar cada cambio de secuencia con cambios muy notables (y siempre acertadísimos) en la iluminación y sobre todo en las tonalidades del color. Todo a manopla, eh? Acá no existe el photoshop, ni ningún chiche informático. Los fondos, laburadísimos y omnipresentes como en toda novela pensada para el público franco-belga, están todos dibujados, hay cero foto retocada. Las armas, vehículos, laboratorios, rascacielos y hasta celulares ni siquiera están basados en fotos, porque al ambientar la historia en el futuro, Hermann los tiene que imaginar. Hay muchos hallazgos en el dibujo del belga, pero creo que me quedo con el de los saltos permanentes en el color, esa adaptación constante de la paleta del maestro a las muchas variantes que le ofrece el guión en materia de climas y locaciones.
Zhong Guo no es LA obra maestra de los Huppen, no cambia la historia ni te dan el diploma de Boludo si no la leés jamás. No obstante lo cual (cantaba el Carpo, que hoy cumple ocho años de gira) se trata de una historieta sólida, potente, convincente y con unos dibujos que te detonan las retinas en fuegos artificiales de placer. Me queda sin leer un libro más de Yves H. y Hermann, pero lo guardo para más adelante, para después de mitad de año.
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