A veces pasa que se impone la lógica. Lo que hizo Dan Jurgens con Thor fue tan grosso, tan definitivo, que no tenía mucho sentido seguir adelante con la serie una vez que él la dejara. Y así es como La revista lanzada en 1998, cierra en 2004, tras 85 episodios de un nivel promedio muy, muy alto. Jurgens no se queda hasta el final, por eso estos seis episodios finales caen en manos de Michael Avon Oeming, el dibujante de Powers, que es un fan a muerte de la mitología nordica, y además autor de un comic de vikingos y asgardianos llamado Hammer of the Gods, que había salido sin armar demasiado revuelo unos años antes, en 2001.
La saga final de Thor a cargo de Oeming tiene dos problemas, ninguno demasiado grave: 1) es medio brutal el salto del último episodio de Jurgens al primero de Oeming. Tanto que –de todo lo que contó Jurgens en sus últimos años al frente de Thor- lo único que se menciona en el repaso con el que abre Oeming es la muerte de Odin y el ascenso del Dios del Trueno al trono de Asgard. El resto (toda la compleja trama de Thor jugando a ser Dios, mientras la ciudad de los dioses flota sobre Manhattan) se ignora por completo. De golpe volvemos al Thor más icónico, sin barba, con cara de pendejo y con ese traje feo, el de los botones enormes y los brazos al descubierto. Hubiese estado mejor una transición más “suave” de un arco a otro.
Y 2) este último tramo está bastante estirado. La cosa se pone realmente interesante por la mitad del tercer episodio, mientras que Oeming dedica el primero y el segundo a una mínima explicación de qué es el Ragnarok para los dioses nórdicos y a una excesiva cantidad de combates, uno más cruento que otro, entre Thor, sus aliados y sus enemigos. Con 50 páginas menos, Disassembled sería mil veces mejor.
Todo esto no empaña la genialidad de la última vuelta de tuerca que pega el guionista. Una vez que Thor adquiere la sabiduría que nunca nadie tuvo y se da cuenta de lo que nadie nunca se dio cuenta, la trama se eleva muy, muy por encima de la machaca sanguinolienta. Y ahí sí, alcanza el status mítico, el carácter definitivo, que identifica a los grandes cierres de las grandes sagas. Thor descubre el mecanismo cíclico del Ragnarok (en realidad, de los Ragnaroks) y decide desactivarlo, aunque esto signifique dejar de existir. No sólo él: todos los dioses, buenos y malos, se repliegan al plano de la no-existencia, no sin que antes Oeming saque del medio a Beta Ray Bill, Valkyrie y algún otro personaje que pudieran necesitar sus colegas mientras Thor estuviera en el limbo.
La escena final del libro es un acto de unos huevos increíbles, incluso en esta serie, en la que Jurgens nunca se cansó de impactarnos con su inolvidable despliegue de unos huevos gigantescos. Es un cierre fatídico y profundamente conmovedor, que además le saca jugo y le agrega sentido a la clásica contradicción de Thor, la del dios asgardiano que la pasaba bárbaro en la Tierra y muchas veces priorizó a los humanos por sobre su estirpe divina. Un lujo y una gloria, ya casi sobre el final de la irrepetible era de Marvel capitaneada por Joe Quesada y Bill Jemas.
Del dibujo, lo mejor que puedo decir es que hay un sólo dibujante que se banca los seis episodios consecutivos, algo que casi no sucedió en los 79 números de Dan Jurgens. Bueno, tampoco es para tanto... Andrea de Vito no es un desastre, ni un muerto impresentable. Es simplemente un dibujante flojo, sin imaginación, sin un estilo original, ni lindo, sin ideas novedosas a la hora de armar la página, duro en las expresiones faciales (hay que darle una serie protagonizada por R2-D2 y C3-PO). Acá lo ayuda bastante el color de Laura Villari, pero no alcanza para ponerlo ni cerca de un nivel que le haga justicia a la magnitud de los guiones.
Y como ya sabés (o te imaginás) unos años después de este hermoso final, la historia de Thor volvió a empezar, con ooootra vuelta de tuerca que le permitió a ooootro guionista (el maestro J.M. Straczynski) traer de vuelta al Dios del Trueno y reintegrarlo al Universo Marvel. Por amor a lo que hicieron Jurgens y Oeming, no lo voy a leer. Sé que arranca bien, porque leí los dos primeros episodios, intrigado, a ver cómo carajo hacían volver a Thor. También sé que la peli de 2011 afana bastante de ahí. Pero hasta ahí llego. No me copa tanto Thor como para arrancar con otra etapa, y menos después de lo mucho que me gustó esta. Ahora me falta sólo comprarme en libro los... 30 primeros episodios, que los tengo en revistitas, y se acabó Thor, por lo menos para mí.
lunes, 2 de septiembre de 2013
domingo, 1 de septiembre de 2013
01/ 09: LOS MAS VENDIDOS DE AGOSTO
Agosto fue un mes de excelentes ventas para mi mini-distribuidora, obviamente papeadas por la brutal cantidad de novedades que se editaron, casi todas con la mira puesta en Crack Bang Boom. Veamos qué fue lo que más se vendió una vez que terminó la alucinante convención rosarina:
1) Perramus Vol.1+2 (De la Flor)
2) Las Historietas de Crist (La Duendes)
3) Banda de Dos (Ed. Municipal de Rosario)
4) Oeste Sangriento (Ed. Municipal de Rosario)
5) ¿Dónde está el Polaco? (Fabio Zurita)
6) Far South (Puro Comic)
7) Perramus Vol.4 (De la Flor)
8) Liga del Mal (Llanto de Mudo)
9) Términus Vol.3 (Términus)
10) Segundo Círculo (Llanto de Mudo)
Y mirá vos... en un mes dominado por los títulos nuevos, el primer puesto se lo llevó el Vol.1+2 de Perramus, que había salido en Julio. La reedición del Vol.4 arrimó al puesto 7, como para terminar de redondear un mes perfecto para este clásico fundamental de Juan Sasturain y Alberto Breccia, magníficamente editado por De la Flor.
Otros dos títulos lanzados antes de Agosto se aferraron al Top Ten a fuerza de muy buenas ventas: ¿Dónde está el Polaco? y el Vol.3 de Términus resistieron el embate de las novedades y se quedaron un mes más entre los más vendidos.
¿Y qué pasa cuando salen muchísimas novedades juntas? Pasa que ninguna vende todo lo que podría vender, porque compiten entre sí por el poder de compra de las comiquerías, que no se multiplica mágicamente por tres o por cuatro sólo porque los editores esperan a Crack Bang Boom para lanzar sus publicaciones. Así es como entre... 20 novedades, sólo siete figuran entre las más vendidas y muchas quedaron muy, muy lejos del Top Ten.
Por eso corresponde destacar a Las Historietas de Crist, el recopilatorio de La Duendes que -entre todo el malón de novedades- fue el que más interés suscitó. Y muy grossa la apuesta de la Editorial Municipal de Rosario: editó en Argentina dos obras de autores brazucas, estos vinieron a manijear el lanzamiento a Crack Bang Boom, y los dos libros se prendieron fuego en comiquerías, donde habitualmente no se ve material de autores brazucas, salvo que sean dibujantes que trabajan para Marvel o DC. Ahí se abrió una brecha que ojalá se explote a futuro.
Para Septiembre, la mayoría de las novedades saldrá después del 15, buscando coincidir con Comicópolis. En los papeles, tendremos nuevos trabajos de Fabián Zalazar, Alcatena y Mazzitelli, Rodolfo Santullo, Matías Bergara, Max Aguirre, Camila Torre Notari, Leo Sandler... y en una de esas, Oswal, Guy Delisle y el Niño Rodríguez. Yo estoy muy compenetrado con el evento y un poquito menos en la distribución, así que por ahí la cosa afloja bastante de acá al 22, y levanta recién en los últimos días del mes, con las novedades ya editadas y yo más metido en este tema. Veremos qué sucede.
1) Perramus Vol.1+2 (De la Flor)
2) Las Historietas de Crist (La Duendes)
3) Banda de Dos (Ed. Municipal de Rosario)
4) Oeste Sangriento (Ed. Municipal de Rosario)
5) ¿Dónde está el Polaco? (Fabio Zurita)
6) Far South (Puro Comic)
7) Perramus Vol.4 (De la Flor)
8) Liga del Mal (Llanto de Mudo)
9) Términus Vol.3 (Términus)
10) Segundo Círculo (Llanto de Mudo)
Y mirá vos... en un mes dominado por los títulos nuevos, el primer puesto se lo llevó el Vol.1+2 de Perramus, que había salido en Julio. La reedición del Vol.4 arrimó al puesto 7, como para terminar de redondear un mes perfecto para este clásico fundamental de Juan Sasturain y Alberto Breccia, magníficamente editado por De la Flor.
Otros dos títulos lanzados antes de Agosto se aferraron al Top Ten a fuerza de muy buenas ventas: ¿Dónde está el Polaco? y el Vol.3 de Términus resistieron el embate de las novedades y se quedaron un mes más entre los más vendidos.
¿Y qué pasa cuando salen muchísimas novedades juntas? Pasa que ninguna vende todo lo que podría vender, porque compiten entre sí por el poder de compra de las comiquerías, que no se multiplica mágicamente por tres o por cuatro sólo porque los editores esperan a Crack Bang Boom para lanzar sus publicaciones. Así es como entre... 20 novedades, sólo siete figuran entre las más vendidas y muchas quedaron muy, muy lejos del Top Ten.
Por eso corresponde destacar a Las Historietas de Crist, el recopilatorio de La Duendes que -entre todo el malón de novedades- fue el que más interés suscitó. Y muy grossa la apuesta de la Editorial Municipal de Rosario: editó en Argentina dos obras de autores brazucas, estos vinieron a manijear el lanzamiento a Crack Bang Boom, y los dos libros se prendieron fuego en comiquerías, donde habitualmente no se ve material de autores brazucas, salvo que sean dibujantes que trabajan para Marvel o DC. Ahí se abrió una brecha que ojalá se explote a futuro.
Para Septiembre, la mayoría de las novedades saldrá después del 15, buscando coincidir con Comicópolis. En los papeles, tendremos nuevos trabajos de Fabián Zalazar, Alcatena y Mazzitelli, Rodolfo Santullo, Matías Bergara, Max Aguirre, Camila Torre Notari, Leo Sandler... y en una de esas, Oswal, Guy Delisle y el Niño Rodríguez. Yo estoy muy compenetrado con el evento y un poquito menos en la distribución, así que por ahí la cosa afloja bastante de acá al 22, y levanta recién en los últimos días del mes, con las novedades ya editadas y yo más metido en este tema. Veremos qué sucede.
sábado, 31 de agosto de 2013
31/ 08: MORTIS Vol.1
A partir de 2007, un grupo de autores chilenos se propusieron revivir mediante comics hechos para la web al legendario Doctor Mortis, el protagonista de una recordada serie de comics de terror que fue furor en el país vecino entre 1967 y 1977. A lo largo de tres “temporadas” de seis episodios unitarios, completaron 18 historias con guionistas y dibujantes rotativos, todas vinculadas al inminente regreso del personaje, que lleva décadas cautivo de sus enemigos. En las distintas historias cortas, los autores retomaron distintos aspectos de la mitología clásica del Dr. Mortis e incluso la enriquecieron al sumarle nuevos personajes, conceptos y formas de vincular a los personajes y conceptos que ya existían. Bajo esa portada que está primera en la lista del INCUCAI para recibir un transplante de onda, este libro reúne las 18 historietas de 8 páginas y termina justo cuando está por suceder lo inevitable: el regreso del Dr. Mortis. Vamos a recorrerlo, a ver qué hay para subrayar.
Lo más interesante es cómo algunas historias, además de ayudarnos a armar el complejo rompecabezas del regreso del Dr. Mortis, nos brindan una trama inquietante, bien planteada y bien resuelta en sus 8 páginas. Algunos lo logran mediante el recurso de meter chotocientas viñetas por página, pero como es algo difícil, los perdonamos y los ovacionamos igual. Miguel Ángel Ferrada (uno de los tres cerebros de la movida) logra esta proeza en Bóveda, Alfredo Rodríguez en Fatamorgana y Mauricio Ahumada en Dante, que tal vez sea la mejor historia, la más perturbadora y seguramente la mejor narrada. Hay varias muy buenas historias más, pero pocas se la bancan fuera del contexto de la saga mayor.
De hecho, eso es lo más interesante del libro, la forma en que los tres “capitanes” (Ferrada, Felipe Benavides y Carlos Reyes, este último invitado a Comicópolis) dirigen a sus compañeros guionistas para que las distintas historias cortas se integren al concepto global. Así, unas retoman elementos de las clásicas y otras retoman elementos de las primeras historias de este mismo libro, y lo más interesante: las hacen avanzar. Entre todos le dan personalidades y motivaciones bien elaboradas tanto a personajes nuevos como a personajes heredados de la saga original que –uno que leyó historieta setentosa sospecha- seguramente tendrían poca onda o poca profundidad.
Vamos con los dibujantes, que hay varios muy buenos. Italo Ahumada y Francisco Inostroza son dos autores muy influenciados por Alberto Breccia, en su vertiente más accesible, más comercial. Los dos son muy atractivos y hacen muy buen uso de los recursos gráficos heredados del maestro. Javier Bahamonde es otro dibujante por encima de la media, cultor de un estilo muy trillado pero efectivo, cercano al mainstream yanki. Juan Vásquez, un fenómeno, un dibujante virtuoso, original, con un estilo potente y sugestivo. Lo pusieron a dibujar una historia repleta de texto y con mil cuadros por página, pero igual brilla. Gabriel Rodríguez (el grosso de Locke & Key) la rompe en ocho páginas de cuatro cuadros en formato widescreen, en la que se revela como un capo también en blanco y negro. Y dejo para el final al mejor dibujante del tomo, Olivier Balez, el francés radicado en Chile que nos visitó el año pasado en Viñetas Sueltas. También se fumó una historia de infinitas viñetas por página, pero le puso toneladas de magia a cada cuadro, con un laburo impactante, sólido y de increíble originalidad en el uso de claroscuros y grisados aplicados en el photoshop.
Titulado “In Absentia”, este tomo se convirtió en el primero de tres que recopilan las nuevas aventuras del Dr. Mortis, sus aliados y enemigos. Puede leerse como una típica antología, o como un tapiz en el que varias historias cortas se unen para dar vida (o muerte) a una gran epopeya, mucho más compleja y ambiciosa. O como un catálogo de autores chilenos, muchos muy buenos e injustamente desconocidos fuera de su país. El Dr. Mortis está de vuelta y yo también, prometo volver pronto a visitarlo.
Lo más interesante es cómo algunas historias, además de ayudarnos a armar el complejo rompecabezas del regreso del Dr. Mortis, nos brindan una trama inquietante, bien planteada y bien resuelta en sus 8 páginas. Algunos lo logran mediante el recurso de meter chotocientas viñetas por página, pero como es algo difícil, los perdonamos y los ovacionamos igual. Miguel Ángel Ferrada (uno de los tres cerebros de la movida) logra esta proeza en Bóveda, Alfredo Rodríguez en Fatamorgana y Mauricio Ahumada en Dante, que tal vez sea la mejor historia, la más perturbadora y seguramente la mejor narrada. Hay varias muy buenas historias más, pero pocas se la bancan fuera del contexto de la saga mayor.
De hecho, eso es lo más interesante del libro, la forma en que los tres “capitanes” (Ferrada, Felipe Benavides y Carlos Reyes, este último invitado a Comicópolis) dirigen a sus compañeros guionistas para que las distintas historias cortas se integren al concepto global. Así, unas retoman elementos de las clásicas y otras retoman elementos de las primeras historias de este mismo libro, y lo más interesante: las hacen avanzar. Entre todos le dan personalidades y motivaciones bien elaboradas tanto a personajes nuevos como a personajes heredados de la saga original que –uno que leyó historieta setentosa sospecha- seguramente tendrían poca onda o poca profundidad.
Vamos con los dibujantes, que hay varios muy buenos. Italo Ahumada y Francisco Inostroza son dos autores muy influenciados por Alberto Breccia, en su vertiente más accesible, más comercial. Los dos son muy atractivos y hacen muy buen uso de los recursos gráficos heredados del maestro. Javier Bahamonde es otro dibujante por encima de la media, cultor de un estilo muy trillado pero efectivo, cercano al mainstream yanki. Juan Vásquez, un fenómeno, un dibujante virtuoso, original, con un estilo potente y sugestivo. Lo pusieron a dibujar una historia repleta de texto y con mil cuadros por página, pero igual brilla. Gabriel Rodríguez (el grosso de Locke & Key) la rompe en ocho páginas de cuatro cuadros en formato widescreen, en la que se revela como un capo también en blanco y negro. Y dejo para el final al mejor dibujante del tomo, Olivier Balez, el francés radicado en Chile que nos visitó el año pasado en Viñetas Sueltas. También se fumó una historia de infinitas viñetas por página, pero le puso toneladas de magia a cada cuadro, con un laburo impactante, sólido y de increíble originalidad en el uso de claroscuros y grisados aplicados en el photoshop.
Titulado “In Absentia”, este tomo se convirtió en el primero de tres que recopilan las nuevas aventuras del Dr. Mortis, sus aliados y enemigos. Puede leerse como una típica antología, o como un tapiz en el que varias historias cortas se unen para dar vida (o muerte) a una gran epopeya, mucho más compleja y ambiciosa. O como un catálogo de autores chilenos, muchos muy buenos e injustamente desconocidos fuera de su país. El Dr. Mortis está de vuelta y yo también, prometo volver pronto a visitarlo.
viernes, 30 de agosto de 2013
30/ 08: SLEEPERS
Mirá qué interesante... EDT me quiere vender este comic como si fuera una especie de “iberimanga”, un manga de un autor español y yo -que soy un salame- entro como un gil y me lo compro, sobre todo porque tuvo buenas críticas y ganó un premio muy prestigioso que se define por votación popular. Ahora, me siento a leer el “manga” y me encuentro con que sí, es bastante obvio que Luis Nuñez de Castro Torres (Luis NCT, de aquí en más) leyó mucho manga, pero su influencia principal es claramente Paul Pope.
Sleepers tiene un argumento con algún que otro guiño al shonen (una cruenta machaca entre robots gigantes narrada en un flashback, un par de pibes que pelan poderes, bastante acción), que bien podría dibujarse al estilo europeo y ser un álbum francés, o bien podría convertirse en una miniserie de Vertigo, de tres o cuatro episodios. No tiene esa impronta manguesca fuerte, no estás todo el tiempo detectando choreos u homenajes a los maestros del comic ponja, ni en el dibujo, ni en la narrativa, ni en la construcción de los personajes.
Se trata de un comic post-apocalíptico, con tres protagonistas de edades y personalidades muy distintas, muy buenos personajes secundarios, un universo extraño, atractivo, interesante para recorrer (o para ambientar en él secuelas y precuelas), con una trama lineal, redonda, coherente a pesar de su fuerte contenido fantástico, y con un ritmo zarpado (absolutamente occidental) que nos sube a una montaña rusa de amor, ternura y esperanza y también desolación, crueldad y perversiones muy al límite. Todos esos aspectos están muy bien logrados por Luis NCT, y si tengo que destacar uno sólo, creo que me quedo con la construcción de los personajes, que me cerró por todos lados: protagonistas, secundarios y villanos. Y en segundo lugar destaco el ritmo, que es realmente intenso. Se complica soltar el librito antes de llegar a la última página, porque todo el tiempo pasan cosas grossas, o te transmite la sensación de que están por pasar cosas grossas.
Y por supuesto, lo más ganchero, lo que más me cebó para hacerme fan de Luis NCT es el dibujo, que tiene TODA la onda. A grandes rasgos, la faz gráfica está muy enrolada en la línea de Paul Pope, con esa cosa dinámica, por momentos medio surreal, con excelentes composiciones de viñetas, momentos intimistas muy logrados... y además se nota que el autor leyó a dibujantes españoles muy buenos y muy personales, como Toni Garcés, Fernando De Felipe o Javier Rodríguez. Hay, como en los buenos mangakas, un uso muy logrado de la línea cinética y las tramas mecánicas y un criterio invariablemente acertado para decidir cuándo darle peso a los fondos y cuándo hacerlos desaparecer. Pero el trazo en sí, lo que se ve más en la superficie, tiene muy poco de japonés y mucho de dibujante occidental del palo alternativo.
Me encantó Sleepers, y me encantó descubrir a un autor que no conocía. Luis NCT me enganchó desde la primera página con el dibujo y después me cautivó con la trama. El final me dejó pidiendo más, así que ya lo tengo en mi lista de los autores de los que quiero leer más material. Estamos ante el primer trabajo importante de un tipo que –estoy seguro- nos va a ofrecer muchos más, y al que es un placer ver mezclar una gama de influencias tan vasta como interesante. Muy recomendable, incluso si habitualmente no leés manga, ni pseudo-manga hecho por autores occidentales.
Sleepers tiene un argumento con algún que otro guiño al shonen (una cruenta machaca entre robots gigantes narrada en un flashback, un par de pibes que pelan poderes, bastante acción), que bien podría dibujarse al estilo europeo y ser un álbum francés, o bien podría convertirse en una miniserie de Vertigo, de tres o cuatro episodios. No tiene esa impronta manguesca fuerte, no estás todo el tiempo detectando choreos u homenajes a los maestros del comic ponja, ni en el dibujo, ni en la narrativa, ni en la construcción de los personajes.
Se trata de un comic post-apocalíptico, con tres protagonistas de edades y personalidades muy distintas, muy buenos personajes secundarios, un universo extraño, atractivo, interesante para recorrer (o para ambientar en él secuelas y precuelas), con una trama lineal, redonda, coherente a pesar de su fuerte contenido fantástico, y con un ritmo zarpado (absolutamente occidental) que nos sube a una montaña rusa de amor, ternura y esperanza y también desolación, crueldad y perversiones muy al límite. Todos esos aspectos están muy bien logrados por Luis NCT, y si tengo que destacar uno sólo, creo que me quedo con la construcción de los personajes, que me cerró por todos lados: protagonistas, secundarios y villanos. Y en segundo lugar destaco el ritmo, que es realmente intenso. Se complica soltar el librito antes de llegar a la última página, porque todo el tiempo pasan cosas grossas, o te transmite la sensación de que están por pasar cosas grossas.
Y por supuesto, lo más ganchero, lo que más me cebó para hacerme fan de Luis NCT es el dibujo, que tiene TODA la onda. A grandes rasgos, la faz gráfica está muy enrolada en la línea de Paul Pope, con esa cosa dinámica, por momentos medio surreal, con excelentes composiciones de viñetas, momentos intimistas muy logrados... y además se nota que el autor leyó a dibujantes españoles muy buenos y muy personales, como Toni Garcés, Fernando De Felipe o Javier Rodríguez. Hay, como en los buenos mangakas, un uso muy logrado de la línea cinética y las tramas mecánicas y un criterio invariablemente acertado para decidir cuándo darle peso a los fondos y cuándo hacerlos desaparecer. Pero el trazo en sí, lo que se ve más en la superficie, tiene muy poco de japonés y mucho de dibujante occidental del palo alternativo.
Me encantó Sleepers, y me encantó descubrir a un autor que no conocía. Luis NCT me enganchó desde la primera página con el dibujo y después me cautivó con la trama. El final me dejó pidiendo más, así que ya lo tengo en mi lista de los autores de los que quiero leer más material. Estamos ante el primer trabajo importante de un tipo que –estoy seguro- nos va a ofrecer muchos más, y al que es un placer ver mezclar una gama de influencias tan vasta como interesante. Muy recomendable, incluso si habitualmente no leés manga, ni pseudo-manga hecho por autores occidentales.
jueves, 29 de agosto de 2013
29/ 08: HOY NO HAY NADA
La verdad que tengo leído un comic muy interesante, pero no voy a tener tiempo de escribir la reseña.
Por muchos compromisos que se me acumularon para hoy, pero sobre todo porque estoy a full concentrado en la organización de Comicópolis, el mega-evento internacional de historieta que vamos a hacer del 19 al 22 de Septiembre en Tecnópolis. Ya falta muy poquito y todavía quedan muchas cosas por resolver, además de apagar los incendios con los que nos encontramos todos los días, lógicos en un evento de esa magnitud.
Ya hay bastante información en el Facebook de Comicópolis, pronto lanzamos la página web, y sí, se viene una movida muy, muy grossa. Seguila de cerca y andá reservando esos cuatro días, para disfrutarlos a todo comic en el microestadio de Tecnópolis, el lugar más parecido al predio de la San Diego Comic Con que yo vi en Argentina.
Y los invitados! Chequealos vos mismo. Yo todavía no puedo creer el elenco que se armó. Nunca se vio una cosa así en nuestro país. Sumale las 11 muestras, los talleres, las charlas... Va a ser algo memorable, posta.
Además no se suspende por lluvia! Ni por nevada mortal, ni por apocalipsis zombie! Caiga lo que caiga de arriba, el predio abre, los stands atienden, los invitados vienen y la historieta explota.
Nada más por hoy. Necesitaba este respiro para resolver otras cuestiones. Mañana, otra reseña.
Por muchos compromisos que se me acumularon para hoy, pero sobre todo porque estoy a full concentrado en la organización de Comicópolis, el mega-evento internacional de historieta que vamos a hacer del 19 al 22 de Septiembre en Tecnópolis. Ya falta muy poquito y todavía quedan muchas cosas por resolver, además de apagar los incendios con los que nos encontramos todos los días, lógicos en un evento de esa magnitud.
Ya hay bastante información en el Facebook de Comicópolis, pronto lanzamos la página web, y sí, se viene una movida muy, muy grossa. Seguila de cerca y andá reservando esos cuatro días, para disfrutarlos a todo comic en el microestadio de Tecnópolis, el lugar más parecido al predio de la San Diego Comic Con que yo vi en Argentina.
Y los invitados! Chequealos vos mismo. Yo todavía no puedo creer el elenco que se armó. Nunca se vio una cosa así en nuestro país. Sumale las 11 muestras, los talleres, las charlas... Va a ser algo memorable, posta.
Además no se suspende por lluvia! Ni por nevada mortal, ni por apocalipsis zombie! Caiga lo que caiga de arriba, el predio abre, los stands atienden, los invitados vienen y la historieta explota.
Nada más por hoy. Necesitaba este respiro para resolver otras cuestiones. Mañana, otra reseña.
miércoles, 28 de agosto de 2013
28/ 08: CHE (A GRAPHIC BIOGRAPHY)
Y sí, hay más biografías del Che Guevara en historieta. Esta debe ser la más reciente, porque se lanzó en 2008, y en una de esas también la mejor.
El guión de Spain Rodríguez (1940-2012) es muy, muy bueno. Dinámico, completo, muy bien condimentado con detalles poco conocidos de la vida del Che, con la indagación justa (ni mucha como para aburrir, ni poca como para dejarte en bolas) acerca de la coyuntura política de cada uno de los países en los que el mítico guerrillero hizo de las suyas, e incluso de su país de origen, que vendría a ser el nuestro. Rodríguez explica la Argentina de los años ´40 y ´50, en pocas páginas pero con un criterio más certero que cualquier otro historietista yanki que se haya enfrentado (aunque sea de pasada) con ese fenómeno complejísimo, virtualmente indescifrable llamado “peronismo”.
A diferencia de otras biografías de Guevara, la de Spain no mete a presión fragmentos de los textos escritos por el Che. A veces este se manda diálogos o pensamientos tan sofisticados, que es obvio que el autor los tomó de las escrituras del propio Guevara, pero estas citas encubiertas nunca se roban el protagonismo ni obstaculizan un relato muy, muy ameno. Al tratarse de un libro encargado y editado por un sello claramente alineado a un partido de izquierda, estaba el riesgo de que a Spain le pidieran una hagiografía del Che, que resaltara sólo sus virtudes y barriera abajo de la alfombra sus contradicciones y sus fracasos. Por suerte en la historieta eso no sucede. El autor trata muy bien al Che, no disimula en lo más mismo su comunión con las ideas del “personaje”, y sin embargo no se limita a endiosarlo. A lo largo de las 100 páginas que dura la novela vemos a Guevara tropezar, equivocarse, replantearse cosas, tener que pedir disculpas, obstinarse en decisiones que resultan erróneas, etc.
A nivel guión, te soy sincero, no sé si habrá una biografía del Che más interesante, más ganchera. Lo que la tira un poco para atrás es el dibujo. Ojo, no tanto como a aquella biografía del Che realizada por autores japoneses (la vimos el 27/02/11) en la que el dibujo era una patada en las bolas digna del Flaco Schiavi en la puerta del área grande. Spain no es horrible, es limitado. Es curioso, porque en este trabajo de 2008 muestra las mismas falencias que en sus trabajos 40 años anteriores, los de su época underground, cuando se hizo “famoso” con historietas como Trashman. Ese es uno de los problemas: Spain trata de ser un dibujante académico, realista, correcto, y no le sale. Tiene un muy buen manejo de sombras, texturas y tramas, equilibra muy bien blancos y negros, elige muy bien los ángulos de las viñetas, pero falla a menudo en la anatomía y en las caras. Vistas de lejos, estas páginas parecen una especie de Joe Sacco tirado a chanta.
Y el otro problema es que Rodríguez nunca le da al dibujo la chance de llevar adelante el relato. Todo está basado en los textos, a tal punto que se puede leer sólo los bloques de texto (y algún diálogo, ponele) y la historia se entiende perfectamente. En eso se parece mucho a los Big Books de Paradox. El dibujo no está ahí para narrar, sino para ilustrar (con más onda que virtuosismo) algo, un cachito, de lo que nos cuenta el texto.
Claramente estamos frente a un libro que no está pensado para deleitar al lector de historietas más curtido, o más purista. Spain pensó esta biografía para vendérsela a los fans del Che Guevara que la van a comprar en una librería “careta”, gente que en su mayoría no se preocupa por la mucha o poca integración entre texto e imagen o el reparto entre ambos de las responsabilidades narrativas de una historia. Para ese lector no entrenado, este es un comic alucinante, que informa, entretiene, te roba alguna sonrisa, por momentos te indigna y encima te deja pensando. Y encima tiene el atractivo de ser una co-edición entre una editorial británica y una yanki, de una obra de un autor yanki (con sangre española, pero yanki al fin), en la que los villanos son... los yankis.
La próxima vez que se te pase por la cabeza comprarte una remera o una gorra del Che, pensalo dos veces. Por ahí con la misma guita, o una moneda más, te podés comprar esta historieta que no estará dibujada por Enrique y Alberto Breccia, pero se la re-banca a la hora de contar la vida de este ícono del Siglo XX nacido acá cerquita.
El guión de Spain Rodríguez (1940-2012) es muy, muy bueno. Dinámico, completo, muy bien condimentado con detalles poco conocidos de la vida del Che, con la indagación justa (ni mucha como para aburrir, ni poca como para dejarte en bolas) acerca de la coyuntura política de cada uno de los países en los que el mítico guerrillero hizo de las suyas, e incluso de su país de origen, que vendría a ser el nuestro. Rodríguez explica la Argentina de los años ´40 y ´50, en pocas páginas pero con un criterio más certero que cualquier otro historietista yanki que se haya enfrentado (aunque sea de pasada) con ese fenómeno complejísimo, virtualmente indescifrable llamado “peronismo”.
A diferencia de otras biografías de Guevara, la de Spain no mete a presión fragmentos de los textos escritos por el Che. A veces este se manda diálogos o pensamientos tan sofisticados, que es obvio que el autor los tomó de las escrituras del propio Guevara, pero estas citas encubiertas nunca se roban el protagonismo ni obstaculizan un relato muy, muy ameno. Al tratarse de un libro encargado y editado por un sello claramente alineado a un partido de izquierda, estaba el riesgo de que a Spain le pidieran una hagiografía del Che, que resaltara sólo sus virtudes y barriera abajo de la alfombra sus contradicciones y sus fracasos. Por suerte en la historieta eso no sucede. El autor trata muy bien al Che, no disimula en lo más mismo su comunión con las ideas del “personaje”, y sin embargo no se limita a endiosarlo. A lo largo de las 100 páginas que dura la novela vemos a Guevara tropezar, equivocarse, replantearse cosas, tener que pedir disculpas, obstinarse en decisiones que resultan erróneas, etc.
A nivel guión, te soy sincero, no sé si habrá una biografía del Che más interesante, más ganchera. Lo que la tira un poco para atrás es el dibujo. Ojo, no tanto como a aquella biografía del Che realizada por autores japoneses (la vimos el 27/02/11) en la que el dibujo era una patada en las bolas digna del Flaco Schiavi en la puerta del área grande. Spain no es horrible, es limitado. Es curioso, porque en este trabajo de 2008 muestra las mismas falencias que en sus trabajos 40 años anteriores, los de su época underground, cuando se hizo “famoso” con historietas como Trashman. Ese es uno de los problemas: Spain trata de ser un dibujante académico, realista, correcto, y no le sale. Tiene un muy buen manejo de sombras, texturas y tramas, equilibra muy bien blancos y negros, elige muy bien los ángulos de las viñetas, pero falla a menudo en la anatomía y en las caras. Vistas de lejos, estas páginas parecen una especie de Joe Sacco tirado a chanta.
Y el otro problema es que Rodríguez nunca le da al dibujo la chance de llevar adelante el relato. Todo está basado en los textos, a tal punto que se puede leer sólo los bloques de texto (y algún diálogo, ponele) y la historia se entiende perfectamente. En eso se parece mucho a los Big Books de Paradox. El dibujo no está ahí para narrar, sino para ilustrar (con más onda que virtuosismo) algo, un cachito, de lo que nos cuenta el texto.
Claramente estamos frente a un libro que no está pensado para deleitar al lector de historietas más curtido, o más purista. Spain pensó esta biografía para vendérsela a los fans del Che Guevara que la van a comprar en una librería “careta”, gente que en su mayoría no se preocupa por la mucha o poca integración entre texto e imagen o el reparto entre ambos de las responsabilidades narrativas de una historia. Para ese lector no entrenado, este es un comic alucinante, que informa, entretiene, te roba alguna sonrisa, por momentos te indigna y encima te deja pensando. Y encima tiene el atractivo de ser una co-edición entre una editorial británica y una yanki, de una obra de un autor yanki (con sangre española, pero yanki al fin), en la que los villanos son... los yankis.
La próxima vez que se te pase por la cabeza comprarte una remera o una gorra del Che, pensalo dos veces. Por ahí con la misma guita, o una moneda más, te podés comprar esta historieta que no estará dibujada por Enrique y Alberto Breccia, pero se la re-banca a la hora de contar la vida de este ícono del Siglo XX nacido acá cerquita.
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martes, 27 de agosto de 2013
27/ 08: TROLLEY
Bueno, vamos a aflojar un poquito con la historieta argentina para meternos con la historieta chilena, a ver en qué andan los autores del país vecino, del que me traje una valija llena de libros cuando estuve en Abril. Vamos a mechar con comic yanki, manga, europeo, etc., pero se vienen varias semanas con mucha historieta chilena.
Y empezamos por la ciudad de Chile que a mí más me gusta, la mágica y cautivante Valparaíso. Acá, además de un montón de porteños que no saben qué es un piquete y nunca putearon a Macri, hay unos tranvías eléctricos llamados “trolley”, algo parecido al trolebús que tuvo Buenos Aires hasta que en los ´60 los colectivos se quedaron con todo. El trolley es una especie de orgullo de Valparaíso, tan parte de su patrimonio histórico como los majestuosos murales que adornan sus paredes, o como El Máscara, uno de los mejores boliches de música ochentosa del continente americano. Tan importante es este transporte público para los “porteños” que dos de ellos, Sebastián Castillo y Claudio Rocco, le dedicaron una breve novela gráfica de 47 páginas, apuntada al público infantil y financiada por el Estado.
Trolley es una especie de Cars, pero protagonizada por tranvías. El argumento es muy básico y se centra en una historia de amor imposible, al estilo Romeo y Julieta, entre un trolley llamado Lalo y una elevadora llamada Isabel. Como buena parte de Valparaíso está edificada sobre las laderas de las montañas, hay algunos elevadores, teleféricos, ascensores ccolectivos o como se llamen, para que la gente suba y baje de modo más sencillo que recorriendo las empinadas calles de las laderas. Lo cierto es que la trama es sumamente lineal, se explicita todo varias veces y la única sorpresa que se reserva el guionista Castillo es que finalmente Lalo e Isabel terminan mal. Bastante mal para una historieta infantil.
El dibujo de Rocco también es muy sencillo, pero aún así logra dos cosas difíciles: darles expresividad y onda a personajes que no tienen rasgos humanos, y retratar de modo muy fiel el maravilloso paisaje urbano de Valparaíso. Lamentablemente, lo tira un poco abajo el color, puesto a los santos pedos y con varios desaciertos. Ojo, no es horrible. Pero no está ni por casualidad a la altura del dibujo. La narrativa está muy bien cuidada, con un gran equilibrio entre escenas tranqui y escenas de acción, escenas mudas y escenas con mucho texto, splash pages y páginas de ocho cuadros, páginas con grilla widescreen y páginas con grillas verticales, grillas clásicas... Se nota claramente que Rocco es un buen lector de historieta y sabe buscar la planificación adecuada para cada secuencia, para potenciar desde allí la fuerza del guión y del dibujo.
Y bueno, nada más. Es una historia breve, y encima pensada en términos casi minimalistas, porque se supone que va a ser la primera historieta que lean muchos chicos. No la recomiendo demasiado a los adultos, excepto a aquellos que conocieron y amaron a Valparaíso. A mí, esos minutos de lectura me transportaron de nuevo a un lugar que me gustó muchísimo conocer, y sólo por eso Trolley me llegó y me mantuvo interesado hasta el final. Para opinar responsablemente sobre los méritos de Sebastián Castillo como guionista, necesitaría leer por lo menos una obra más.
Y empezamos por la ciudad de Chile que a mí más me gusta, la mágica y cautivante Valparaíso. Acá, además de un montón de porteños que no saben qué es un piquete y nunca putearon a Macri, hay unos tranvías eléctricos llamados “trolley”, algo parecido al trolebús que tuvo Buenos Aires hasta que en los ´60 los colectivos se quedaron con todo. El trolley es una especie de orgullo de Valparaíso, tan parte de su patrimonio histórico como los majestuosos murales que adornan sus paredes, o como El Máscara, uno de los mejores boliches de música ochentosa del continente americano. Tan importante es este transporte público para los “porteños” que dos de ellos, Sebastián Castillo y Claudio Rocco, le dedicaron una breve novela gráfica de 47 páginas, apuntada al público infantil y financiada por el Estado.
Trolley es una especie de Cars, pero protagonizada por tranvías. El argumento es muy básico y se centra en una historia de amor imposible, al estilo Romeo y Julieta, entre un trolley llamado Lalo y una elevadora llamada Isabel. Como buena parte de Valparaíso está edificada sobre las laderas de las montañas, hay algunos elevadores, teleféricos, ascensores ccolectivos o como se llamen, para que la gente suba y baje de modo más sencillo que recorriendo las empinadas calles de las laderas. Lo cierto es que la trama es sumamente lineal, se explicita todo varias veces y la única sorpresa que se reserva el guionista Castillo es que finalmente Lalo e Isabel terminan mal. Bastante mal para una historieta infantil.
El dibujo de Rocco también es muy sencillo, pero aún así logra dos cosas difíciles: darles expresividad y onda a personajes que no tienen rasgos humanos, y retratar de modo muy fiel el maravilloso paisaje urbano de Valparaíso. Lamentablemente, lo tira un poco abajo el color, puesto a los santos pedos y con varios desaciertos. Ojo, no es horrible. Pero no está ni por casualidad a la altura del dibujo. La narrativa está muy bien cuidada, con un gran equilibrio entre escenas tranqui y escenas de acción, escenas mudas y escenas con mucho texto, splash pages y páginas de ocho cuadros, páginas con grilla widescreen y páginas con grillas verticales, grillas clásicas... Se nota claramente que Rocco es un buen lector de historieta y sabe buscar la planificación adecuada para cada secuencia, para potenciar desde allí la fuerza del guión y del dibujo.
Y bueno, nada más. Es una historia breve, y encima pensada en términos casi minimalistas, porque se supone que va a ser la primera historieta que lean muchos chicos. No la recomiendo demasiado a los adultos, excepto a aquellos que conocieron y amaron a Valparaíso. A mí, esos minutos de lectura me transportaron de nuevo a un lugar que me gustó muchísimo conocer, y sólo por eso Trolley me llegó y me mantuvo interesado hasta el final. Para opinar responsablemente sobre los méritos de Sebastián Castillo como guionista, necesitaría leer por lo menos una obra más.
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lunes, 26 de agosto de 2013
26/ 08: SCALPED Vol.10
Qué lindo es llegar al final de una serie larga de la cual reseñé todos los tomos en el blog. Mi romance con Scalped se remonta a un ya lejanísimo 12/09/10 y desde entonces –con largas pausas en el medio- no dejé nunca de vibrar con las animaladas que Jason Aaron y R.M. Guéra le hicieron hacer a este insuperable elenco de personajes liderado por Dashiell Bad Horse y Lincoln Red Crow.
Como todo en la vida, Scalped llegó a su fin y este último TPB resuelve con maestría todos los plots centrales de una serie que –definitivamente- marcó un antes y un después. A la violencia descontrolada y los ríos de sangre del Vol.9, acá le siguen... más violencia descontrolada y más ríos de sangre. Enseguida queda claro que los problemas de Prairie Rose no se solucionan con sólo meter en cana a Red Crow. De hecho, con Red Crow en cana, los problemas no hacen más que empeorar. Así que se viene el showdown final, el Todos contra Todos que Todos queríamos ver, con Dash, Red Crow, Catcher y el Agente Nitz en los roles centrales, Dino y Falls Down agazapados en las márgenes y un papel muy importante para Maggie Standing Rock, otro de los personajes que Aaron sumó en aquel crucial Vol.8
Desde aquel tomo, además de profundizar la sensación de “se pudre todo”, Aaron mandó a dos de sus creaciones más jodidas a transitar la senda de la redención. O al menos eso parecía. Uno, acostumbrado a las atrocidades con las que nos golpeó una y otra vez esta serie, enseguida desconfió y sospechó que se trataba de una fantochada, que en realidad ninguno de estos hijos de mil putas se quería redimir de nada. Sin embargo, al final, hay una esperanza. Tipos que hicieron muchos mértitos para terminar muertos, terminan vivos. Tipos que merecían ir en cana hasta el fin de los tiempos (o hasta que Diana Raznovich aprenda a dibujar) terminan libres, reciben una segunda oportunidad. Y tipos que tuvieron infinitas oportunidades de lograr la impunidad absoluta y –con ella- la posibilidad de apoderarse de millonarios negocios turbios, al final eligieron otra senda: no la de la paz, el amor y la familia ejemplar, pero tampoco la de la corrupción y la conservación a cualquier precio de sus privilegios.
Por ser el último, y por tener sólo cinco episodios, este tomo está dibujado de punta a punta por el imbatible R.M. Guéra, el serbio radicado en España. No alcanzan las palabras para hablar bien del trabajo de este monstruo, en cuya línea realista y oscura viven lo mejor de las tradiciones europea, argentina y yanki. Quiero YA más historietas dibujadas por Guéra. Cualquiera, eh? Me viene bien todo lo que haya dibujado, hasta esas aventuras históricas medio anodinas con las que deliran los franceses y que duran chotocientos mil tomos... Este autor ya se subió al carro de los fundamentales y va a ser muy difícil bajarlo de ahí, por lo menos en lo que queda de esta década.
Scalped nunca fue sorpresa. Desde el primer día despidió un fuerte olor a papa fina y hasta el último día cumplió todas las expectativas que despertó desde el principio. Sorprende, obviamente, que Vertigo le haya dado luz verde a una obra tan sórdida, tan extrema como esta. Y eso se lo debemos al amigo Will Dennis, casi tan responsable de esta gloriosa serie como Jason Aaron y R.M. Guéra. ¿Faltará mucho para que alguien intente cantarle “quiero retruco” a Scalped y pelar un comic más heavy, más tremendo y mejor que este? Me temo que sí, que faltan muchos, muchos años. Mientras eso ocurre, tenemos estos 10 tomos de Scalped, más de 1200 páginas de mala leche, violencia, asesinatos, drogas, traiciones, garches, torturas, abortos y crueldad en todas sus formas.
Cuando comentaba uno de los primeros tomos yo señalaba que Aaron cuenta la vida de los pieles rojas en la reservación de un modo bastante similar a como los medios argentinos narran la vida en las villas de Buenos Aires y el Conurbano. Y en este tomo me acordé de nuevo de eso, cuando Maggie Standing Rock dice “Me cago en los periodistas. Se acuerdan de nosotros sólo cuando hay una historia sucia para publicar”. Si el que cuenta las historias sucias es Jason Aaron, ojalá haya muchas más.
Como todo en la vida, Scalped llegó a su fin y este último TPB resuelve con maestría todos los plots centrales de una serie que –definitivamente- marcó un antes y un después. A la violencia descontrolada y los ríos de sangre del Vol.9, acá le siguen... más violencia descontrolada y más ríos de sangre. Enseguida queda claro que los problemas de Prairie Rose no se solucionan con sólo meter en cana a Red Crow. De hecho, con Red Crow en cana, los problemas no hacen más que empeorar. Así que se viene el showdown final, el Todos contra Todos que Todos queríamos ver, con Dash, Red Crow, Catcher y el Agente Nitz en los roles centrales, Dino y Falls Down agazapados en las márgenes y un papel muy importante para Maggie Standing Rock, otro de los personajes que Aaron sumó en aquel crucial Vol.8
Desde aquel tomo, además de profundizar la sensación de “se pudre todo”, Aaron mandó a dos de sus creaciones más jodidas a transitar la senda de la redención. O al menos eso parecía. Uno, acostumbrado a las atrocidades con las que nos golpeó una y otra vez esta serie, enseguida desconfió y sospechó que se trataba de una fantochada, que en realidad ninguno de estos hijos de mil putas se quería redimir de nada. Sin embargo, al final, hay una esperanza. Tipos que hicieron muchos mértitos para terminar muertos, terminan vivos. Tipos que merecían ir en cana hasta el fin de los tiempos (o hasta que Diana Raznovich aprenda a dibujar) terminan libres, reciben una segunda oportunidad. Y tipos que tuvieron infinitas oportunidades de lograr la impunidad absoluta y –con ella- la posibilidad de apoderarse de millonarios negocios turbios, al final eligieron otra senda: no la de la paz, el amor y la familia ejemplar, pero tampoco la de la corrupción y la conservación a cualquier precio de sus privilegios.
Por ser el último, y por tener sólo cinco episodios, este tomo está dibujado de punta a punta por el imbatible R.M. Guéra, el serbio radicado en España. No alcanzan las palabras para hablar bien del trabajo de este monstruo, en cuya línea realista y oscura viven lo mejor de las tradiciones europea, argentina y yanki. Quiero YA más historietas dibujadas por Guéra. Cualquiera, eh? Me viene bien todo lo que haya dibujado, hasta esas aventuras históricas medio anodinas con las que deliran los franceses y que duran chotocientos mil tomos... Este autor ya se subió al carro de los fundamentales y va a ser muy difícil bajarlo de ahí, por lo menos en lo que queda de esta década.
Scalped nunca fue sorpresa. Desde el primer día despidió un fuerte olor a papa fina y hasta el último día cumplió todas las expectativas que despertó desde el principio. Sorprende, obviamente, que Vertigo le haya dado luz verde a una obra tan sórdida, tan extrema como esta. Y eso se lo debemos al amigo Will Dennis, casi tan responsable de esta gloriosa serie como Jason Aaron y R.M. Guéra. ¿Faltará mucho para que alguien intente cantarle “quiero retruco” a Scalped y pelar un comic más heavy, más tremendo y mejor que este? Me temo que sí, que faltan muchos, muchos años. Mientras eso ocurre, tenemos estos 10 tomos de Scalped, más de 1200 páginas de mala leche, violencia, asesinatos, drogas, traiciones, garches, torturas, abortos y crueldad en todas sus formas.
Cuando comentaba uno de los primeros tomos yo señalaba que Aaron cuenta la vida de los pieles rojas en la reservación de un modo bastante similar a como los medios argentinos narran la vida en las villas de Buenos Aires y el Conurbano. Y en este tomo me acordé de nuevo de eso, cuando Maggie Standing Rock dice “Me cago en los periodistas. Se acuerdan de nosotros sólo cuando hay una historia sucia para publicar”. Si el que cuenta las historias sucias es Jason Aaron, ojalá haya muchas más.
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viernes, 23 de agosto de 2013
23/ 08: ALICIA EN EL PAIS DE LOS MONOS
¿Kerías más Keramidas? Acá está. Y con una obra de 2012, fresquita, editada en España casi sin delay por los amigos de EDT. Alicia en el País de los Monos nos invita a descubrir a un Nicolás Keramidas mucho más original y zarpado que el que se consagró con Luuna. Así como en esa serie se le notaba al dibujante su pasado como animador en Disney y Luuna nos recordaba bastante a Pocahontas, acá Keramidas lima para el otro lado, para el del dibujo cercano a la animación, pero mucho más funny, más descontrolado, más expresivo... más Looney Tunes, si se quiere. En los fondos, se va al carajo como se iba Carlos Meglia en Cañarí, en las caras y los cuerpos por momentos parece Roger Langridge y en la narrativa, se da el lujo de romper varias veces la puesta en página tradicional, para llevarnos por verdaderos laberintos de viñetas, pero sin que nos perdamos nunca.
Porque ...el País de los Monos es, ante todo, una historieta para chicos. Pensada para que la disfrutemos también los grandes, claro, pero concebida básicamente como una aventura trepidante, delirante y apenitas zarpada, para chicos de 8 a 11 años, más o menos. Algo parecido a lo que sucedía con la otra creación del guionista Tebo que se publicó en castellano: la ácida y satírica Capitán Bíceps, con los gloriosos dibujos de Zep.
Está claro que a Tebo le gusta jugar en el límite entre la historieta para todo público y la historieta un poquito más jugada. Acá, sobre esa línea, hace magia, como hacía el Pájaro Caniggia sobre la línea de cal. Los personajes son impredecibles, carismáticos y –en algunos casos- bastante groseros. La epopeya avanza de modo lineal, con margen para colgarse a contemplar este mundo alucinante y hasta para que los personajes canten y bailen. Los diálogos están afiladísimos y en ellos reside buena parte del atractivo de los personajes, especialmente de Eddy, el mandril barriobajero que hace gala del siempre gracioso lunfardo español. Los traductores Pedro Riera y Aliénor Benoist hicieron lo que todo traductor debe hacer: respetar al autor y cagarse en el público minoritario. ¿Estamos traduciendo para España? Perfecto, tío: cambiamos todo el lunfardo francés que puso Tebo por lunfardo español y si no lo entienden en Latinoamérica, a tomar por culo, coño.
Lo mejor del libro (que está repleto de hallazgos por donde se lo mire) es sin dudas la conjunción entre guión y dibujo, la forma en que Tebo y Keramidas se apoyan uno en el otro para potenciarse mutuamente. Este guión, con un dibujante del montón, también habría levantado unas cuantas ovaciones. Keramidas, puesto a dibujar un guión con mucha menos onda, seguramente también la habría descosido. Ahora, lo que sale de la unión, de la fusión entre estas dos bestias es un comic brillante, cautivante de principio a fin, que no querés que se termine nunca.
Alicia en el País de los Monos te propone 50 páginas de diversión en estado puro, con humor, acción, delirio, riesgos muy bien asumidos en la narrativa, un colorista (Nob) que se complementa a la perfección con el dibujante y –lo más atractivo- un mundo nuevo para explorar, que se nutre en parte de la mitología de Tarzán y en parte de las aventuras de Alicia de Lewis Carroll, pero que rápidamente cobra su propia identidad y brilla (como suele decirse) con luz propia. Tebo y Keramidas dejaron el alma en cada viñeta de este álbum (que ojalá tenga infinitas secuelas) y eso se nota y se agradece. Ahora que está medio de moda la historieta para chicos, de acá se puede aprender un montón.
Porque ...el País de los Monos es, ante todo, una historieta para chicos. Pensada para que la disfrutemos también los grandes, claro, pero concebida básicamente como una aventura trepidante, delirante y apenitas zarpada, para chicos de 8 a 11 años, más o menos. Algo parecido a lo que sucedía con la otra creación del guionista Tebo que se publicó en castellano: la ácida y satírica Capitán Bíceps, con los gloriosos dibujos de Zep.
Está claro que a Tebo le gusta jugar en el límite entre la historieta para todo público y la historieta un poquito más jugada. Acá, sobre esa línea, hace magia, como hacía el Pájaro Caniggia sobre la línea de cal. Los personajes son impredecibles, carismáticos y –en algunos casos- bastante groseros. La epopeya avanza de modo lineal, con margen para colgarse a contemplar este mundo alucinante y hasta para que los personajes canten y bailen. Los diálogos están afiladísimos y en ellos reside buena parte del atractivo de los personajes, especialmente de Eddy, el mandril barriobajero que hace gala del siempre gracioso lunfardo español. Los traductores Pedro Riera y Aliénor Benoist hicieron lo que todo traductor debe hacer: respetar al autor y cagarse en el público minoritario. ¿Estamos traduciendo para España? Perfecto, tío: cambiamos todo el lunfardo francés que puso Tebo por lunfardo español y si no lo entienden en Latinoamérica, a tomar por culo, coño.
Lo mejor del libro (que está repleto de hallazgos por donde se lo mire) es sin dudas la conjunción entre guión y dibujo, la forma en que Tebo y Keramidas se apoyan uno en el otro para potenciarse mutuamente. Este guión, con un dibujante del montón, también habría levantado unas cuantas ovaciones. Keramidas, puesto a dibujar un guión con mucha menos onda, seguramente también la habría descosido. Ahora, lo que sale de la unión, de la fusión entre estas dos bestias es un comic brillante, cautivante de principio a fin, que no querés que se termine nunca.
Alicia en el País de los Monos te propone 50 páginas de diversión en estado puro, con humor, acción, delirio, riesgos muy bien asumidos en la narrativa, un colorista (Nob) que se complementa a la perfección con el dibujante y –lo más atractivo- un mundo nuevo para explorar, que se nutre en parte de la mitología de Tarzán y en parte de las aventuras de Alicia de Lewis Carroll, pero que rápidamente cobra su propia identidad y brilla (como suele decirse) con luz propia. Tebo y Keramidas dejaron el alma en cada viñeta de este álbum (que ojalá tenga infinitas secuelas) y eso se nota y se agradece. Ahora que está medio de moda la historieta para chicos, de acá se puede aprender un montón.
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jueves, 22 de agosto de 2013
22/ 08: DAYBREAK
Pará: ¿Yo no había reseñado ya Daybreak, de Brian Ralph? Sí, fue en un ya lejanísimo 27/05/10. Pero esa vez reseñé sólo el Vol.1, porque me compré aquel tomito sin darme cuenta de que era sólo el primer tercio de una historia. Nunca conseguí los Vol.2 y 3, no me compré el recopilatorio cuando salió en tapa dura y cuando salió en softcover sí, me tiré de cabeza y me deshice del Vol.1, que me quedó repetido. O sea que antes de seguir, recomiendo leer (o releer) aquella ancestral reseña del Vol.1 ¿Ya está? Bien.
¿Viste que yo especulaba con que, en una de esas, Ralph nos contaba un poco más sobre este mundo devastado en el que transcurre la historia? Bueno, un acto de ingenuidad de mi parte. Tal como sucedió en las primeras 50 páginas, las 100 restantes no nos revelan absolutamente nada del holocausto que llevó a estos personajes a vivir en este entorno hostil, más peligroso que Edgardo Alfano y Morales Solá. Brian Ralph sostiene hasta el final sus tres recursos más interesantes, a saber:
1.No mostrar demasiado a los zombies, no hacer tanto hincapié en la masacre, sino más bien en la amenaza que representan para los protagonistas.
2.Hacer que un personaje sea invisible y no hable. Es ese personaje al que los otros le hablan todo el tiempo en segunda persona, pero que jamás responde, y desde cuya óptica está mostrado todo lo que sucede en la novela. Ese vacío, sin duda, lo ocupa el lector, que rápidamente se siente incluído, involucrado en una historia fuerte y atrapante incluso para mí, que no me copo ni por casualidad con las historias de zombies.
3.Bancar a toda costa la grilla inamovible de seis cuadros, pase lo que pase. Eso que en El Caballero Negro resultaba extraño, ríspido, deficitario, en Daybreak es un hallazgo. Ralph emprende una cruzada dificilísima: contar una historia tremenda, a todo o nada, de altísimo impacto, pero sin enfantizar la machaca, sin entregarse nunca a la estridencia, sin pochoclear ni dos viñetas. Y para eso, la grilla inmutable de seis cuadros es una aliada de un valor incalculable. Para eso y para tener bien controlado el ritmo narrativo, plagado de silencios que generan una tensión increíble en el lector.
El final es excelente, pero no te lo voy a contar. Y del dibujo de Ralph ya hablé un montón en la reseña del Vol.1. Así que no me queda más que recomendar enfáticamente Daybreak a cualquiera que busque una historia de zombies 100% atípica, narrada como los dioses, con un guión minimalista y que a la vez funciona como un mecanismo de relojería, con excelentes diálogos, un personaje muy bien trabajado, muchas secuencias espectaculares y un dibujo muy original y muy hermoso. Por supuesto se lo recomiendo también a los que todavía no hayan descubierto a Brian Ralph, uno de los narradores más completos e interesantes que tiene hoy el comic yanki. En medio de una voraz zombiexploitation (perdón por el horrendo neologismo), tan hueca como insostenible, Daybreak se destaca como una papita finísima, un comic de zombies para paladares sofisticados, una islita de caviar en el océano de polenta. A comerla!
¿Viste que yo especulaba con que, en una de esas, Ralph nos contaba un poco más sobre este mundo devastado en el que transcurre la historia? Bueno, un acto de ingenuidad de mi parte. Tal como sucedió en las primeras 50 páginas, las 100 restantes no nos revelan absolutamente nada del holocausto que llevó a estos personajes a vivir en este entorno hostil, más peligroso que Edgardo Alfano y Morales Solá. Brian Ralph sostiene hasta el final sus tres recursos más interesantes, a saber:
1.No mostrar demasiado a los zombies, no hacer tanto hincapié en la masacre, sino más bien en la amenaza que representan para los protagonistas.
2.Hacer que un personaje sea invisible y no hable. Es ese personaje al que los otros le hablan todo el tiempo en segunda persona, pero que jamás responde, y desde cuya óptica está mostrado todo lo que sucede en la novela. Ese vacío, sin duda, lo ocupa el lector, que rápidamente se siente incluído, involucrado en una historia fuerte y atrapante incluso para mí, que no me copo ni por casualidad con las historias de zombies.
3.Bancar a toda costa la grilla inamovible de seis cuadros, pase lo que pase. Eso que en El Caballero Negro resultaba extraño, ríspido, deficitario, en Daybreak es un hallazgo. Ralph emprende una cruzada dificilísima: contar una historia tremenda, a todo o nada, de altísimo impacto, pero sin enfantizar la machaca, sin entregarse nunca a la estridencia, sin pochoclear ni dos viñetas. Y para eso, la grilla inmutable de seis cuadros es una aliada de un valor incalculable. Para eso y para tener bien controlado el ritmo narrativo, plagado de silencios que generan una tensión increíble en el lector.
El final es excelente, pero no te lo voy a contar. Y del dibujo de Ralph ya hablé un montón en la reseña del Vol.1. Así que no me queda más que recomendar enfáticamente Daybreak a cualquiera que busque una historia de zombies 100% atípica, narrada como los dioses, con un guión minimalista y que a la vez funciona como un mecanismo de relojería, con excelentes diálogos, un personaje muy bien trabajado, muchas secuencias espectaculares y un dibujo muy original y muy hermoso. Por supuesto se lo recomiendo también a los que todavía no hayan descubierto a Brian Ralph, uno de los narradores más completos e interesantes que tiene hoy el comic yanki. En medio de una voraz zombiexploitation (perdón por el horrendo neologismo), tan hueca como insostenible, Daybreak se destaca como una papita finísima, un comic de zombies para paladares sofisticados, una islita de caviar en el océano de polenta. A comerla!
miércoles, 21 de agosto de 2013
21/ 08: EL CABALLERO NEGRO
En realidad el libro debería llamarse “LA Caballero Negro”, porque está protagonizado por una brigada de tanques, no por un tipo. Recién sobre el final, alguien apoda a Ernst Von Bauer “Caballero Negro”. Mientras tanto, es simplemente el heroico líder de un equipo, en el que el protagonismo es más grupal que individual.
Lo que hace interesante a esta serie ochentosa de Motofumi Kobayashi es que es el Haunted Tank o el Sgt. Rock, al revés. Acá los buenos son los nazis! Kobayashi nunca los llama “nazis” y la única vez que viene un salame a hacerse el poronga en nombre de “el partido”, se come una ñapi. Para nosotros, los valientes muchachos de la Caballero Negro son patriotas que no defienden a un imperio, ni a un genocida pasado de rosca, sino a la gloria de su Alemania querida frente a las huestes bárbaras de los soviéticos. Como cuando los yankis van a Vietnam a pelear por la democracia y la libertad, muerto más, bomba menos...
Las historias son MUY parecidas a las que creaba Robert Kanigher para los comics bélicos de DC: argumentos sencillos, cero indagación en la motivación de los soldados, poco desarrollo de personajes, un enemigo casi etéreo, que está, pero al que casi nunca le vemos la cara ni le escuchamos la voz (ni nos enteramos por qué carajo está ahí, peleando contra nuestros héroes), y por supuesto, una increíble cantidad de coincidencias que le permiten a “los buenos” salir ilesos de ordalías desmesuradas. La única vez que Kobayashi amaga con pegarle un volantazo a la serie, a las 10 páginas ya volvió al status quo inicial. Recién al final, se juega a terminarla allá arriba, con un último episodio muy grosso, muy emotivo, donde no le queda más remedio que hacerse cargo de que los alemanes terminan por perder la guerra.
¿Están buenas las historias? Más o menos. Muchas se parecen demasiado entre sí y pocas son trascendentales. ¿Los diálogos? Sí, de una. En ese rubro, Kobayashi le pasa el trapo a Kanigher, mal. ¿El dibujo? El dibujo es EXCELENTE. La pluma de Kobayashi estalla en un festival mágico de detallitos microscópicos, casi imposibles de lograr. Mete unas aguadas alucinantes, se rompe el culo con el realismo en los tanques, armas y uniformes de los distintos bandos, pela a full en las expresiones faciales, deja a vida en las escenas multitudinarias, en las que dibuja a miles de soldaditos diminutos, hasta el más mínimo detalle... la verdad que visualmente esto es impresionante, al nivel de las mejores historietas bélicas de Juan Giménez o Solano López.
Lo que es MUY raro es la narrativa. Kobayashi arma todas las páginas en cuatro o cinco tiras de viñetas muy finitas, alargadas y achatadas. Como ya dije, es asombrosa la cantidad de detalles que logra meter en cada una. El problema es que, al no modificar casi nunca esa grilla tan claustrofóbica, no tiene con qué acentuar los momentos más impactantes. O sea, el cuadrito en el que una manito abre la escotilla del tanque ocupa el mismo espacio que el cuadrito en el que vuela a la mierda el tanque más grosso de los rusos. No hay énfasis, no hay jerarquía. Es como leer un cuento sin signos de puntuación: si le prestás atención, lo vas a entender y quizás incluso lo disfrutes. Pero todo el tiempo se hace obvio que falta algo. Las pocas veces que Kobayashi se juega a meter viñetas más grandes, la rompe. Son imágenes zarpadas, que te detonan las retinas. La cagada es que son muy poquitas, hacían falta muchas más.
Si te copa la historieta bélica, ya sabés que Motofumi Kobayashi es un referente fundamental, que siempre se luce cuando hay armas, tanques y soldados de por medio, en la guerra que sea y sea cual sea el bando elegido para interpretar el rol de “los buenos”. En ese sentido, El Caballero Negro (Kurokishi Monogatari, en japonés) no defrauda ni a palos. Ahora si lo que buscás son historias más complejas, con personajes más elaborados y más giros argumentales sorprendentes, se me ocurren mil cosas para recomendarte que te van a cebar más que este manga. Yo, que estoy on fire con los dibujos del sensei, prometo volver a visitarlo antes de fin de año.
Lo que hace interesante a esta serie ochentosa de Motofumi Kobayashi es que es el Haunted Tank o el Sgt. Rock, al revés. Acá los buenos son los nazis! Kobayashi nunca los llama “nazis” y la única vez que viene un salame a hacerse el poronga en nombre de “el partido”, se come una ñapi. Para nosotros, los valientes muchachos de la Caballero Negro son patriotas que no defienden a un imperio, ni a un genocida pasado de rosca, sino a la gloria de su Alemania querida frente a las huestes bárbaras de los soviéticos. Como cuando los yankis van a Vietnam a pelear por la democracia y la libertad, muerto más, bomba menos...
Las historias son MUY parecidas a las que creaba Robert Kanigher para los comics bélicos de DC: argumentos sencillos, cero indagación en la motivación de los soldados, poco desarrollo de personajes, un enemigo casi etéreo, que está, pero al que casi nunca le vemos la cara ni le escuchamos la voz (ni nos enteramos por qué carajo está ahí, peleando contra nuestros héroes), y por supuesto, una increíble cantidad de coincidencias que le permiten a “los buenos” salir ilesos de ordalías desmesuradas. La única vez que Kobayashi amaga con pegarle un volantazo a la serie, a las 10 páginas ya volvió al status quo inicial. Recién al final, se juega a terminarla allá arriba, con un último episodio muy grosso, muy emotivo, donde no le queda más remedio que hacerse cargo de que los alemanes terminan por perder la guerra.
¿Están buenas las historias? Más o menos. Muchas se parecen demasiado entre sí y pocas son trascendentales. ¿Los diálogos? Sí, de una. En ese rubro, Kobayashi le pasa el trapo a Kanigher, mal. ¿El dibujo? El dibujo es EXCELENTE. La pluma de Kobayashi estalla en un festival mágico de detallitos microscópicos, casi imposibles de lograr. Mete unas aguadas alucinantes, se rompe el culo con el realismo en los tanques, armas y uniformes de los distintos bandos, pela a full en las expresiones faciales, deja a vida en las escenas multitudinarias, en las que dibuja a miles de soldaditos diminutos, hasta el más mínimo detalle... la verdad que visualmente esto es impresionante, al nivel de las mejores historietas bélicas de Juan Giménez o Solano López.
Lo que es MUY raro es la narrativa. Kobayashi arma todas las páginas en cuatro o cinco tiras de viñetas muy finitas, alargadas y achatadas. Como ya dije, es asombrosa la cantidad de detalles que logra meter en cada una. El problema es que, al no modificar casi nunca esa grilla tan claustrofóbica, no tiene con qué acentuar los momentos más impactantes. O sea, el cuadrito en el que una manito abre la escotilla del tanque ocupa el mismo espacio que el cuadrito en el que vuela a la mierda el tanque más grosso de los rusos. No hay énfasis, no hay jerarquía. Es como leer un cuento sin signos de puntuación: si le prestás atención, lo vas a entender y quizás incluso lo disfrutes. Pero todo el tiempo se hace obvio que falta algo. Las pocas veces que Kobayashi se juega a meter viñetas más grandes, la rompe. Son imágenes zarpadas, que te detonan las retinas. La cagada es que son muy poquitas, hacían falta muchas más.
Si te copa la historieta bélica, ya sabés que Motofumi Kobayashi es un referente fundamental, que siempre se luce cuando hay armas, tanques y soldados de por medio, en la guerra que sea y sea cual sea el bando elegido para interpretar el rol de “los buenos”. En ese sentido, El Caballero Negro (Kurokishi Monogatari, en japonés) no defrauda ni a palos. Ahora si lo que buscás son historias más complejas, con personajes más elaborados y más giros argumentales sorprendentes, se me ocurren mil cosas para recomendarte que te van a cebar más que este manga. Yo, que estoy on fire con los dibujos del sensei, prometo volver a visitarlo antes de fin de año.
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martes, 20 de agosto de 2013
20/ 08: SCALPED Vol.9
En el tomo anterior, Scalped estaba por explotar y en este explotó. La reseña podría limitarse a esa frase y estaría perfecto. Si leíste alguna vez Scalped, seguro sentiste esa sensación de “el día que esto explote vamos a presenciar una hecatombe como pocas veces se vio en una historieta”. Eso que vos presentiste, y sobre todo temiste, se desencadena acá, en un tomo que no da respiro.
Sobra el primer episodio en el que, para festejar los 50 números del comic-book, Jason Aaron cuenta una historia ambientada 135 años en el pasado y que casi no tiene relación con la saga central. Es una historia cortita, complementada con pin-ups de grandes dibujantes invitados (están Brendan McCarthy y Jordi Bernet, dos ídolos indiscutidos de este blog), en la que lo más lindo es el dibujo de R.M. Guéra, que además rotula él mismo los diálogos con una tipografía manual alucinante, muy parecida a la del maestro Jean Giraud.
Y después sí, arranca Knuckle Up, el arco que da título al libro, y se va todo a la mierda y más allá. No aparecen Hassel ni Carol, pero todos los demás personajes protagonizan las escenas más shockeantes que se te puedan ocurrir, en una guerra descontrolada, de todos contra todos, por supuesto enchastrada con las más abyectas traiciones. Ni siquiera ahora, que estamos a milímetros del final, Aaron se tira a simplificar la historia, a eliminar tramas y personajes secundarios para concentarse en los protagonistas, que vendrían a ser Dashiell Bad Horse y Lincoln Red Crow. Por el contrario, el sheriff Karnow, que debutó en el tomo anterior, tiene muchísimo peso en este. E incluso por primera vez Aaron le da bola y desarrollo a Rath, uno de los capos del narcotráfico entongados con Red Crow.
O sea que estamos ante unas 120 páginas de tremenda complejidad, absolutamente inaccesibles para el que no leyó todo lo anterior. Acá ya no se recapitula nada, no se menciona en los diálogos lo que pasó algunos episodios atrás, acá ya no hay “tu tía”. La sangre empieza a correr en la primera página y sigue corriendo en la última. Prairie Rose está envuelta en el bolonki más heavy de su historia y ya no hay códigos, no hay alianzas, no hay runflas, no hay nada que pueda asemejarse a algún tipo de lazo de solidaridad entre los personajes. Para varios de ellos, tampoco habrá Vol.10, porque no llegarán vivos.
Si algún día te preguntaste hasta dónde iba a llegar el grim´n gritty, cuál era el límite de la violencia, la depravación y la crueldad, Aaron y Guéra (que en este tomo se despacha con algunos de los mejores dibujos de la serie) te ofrecen la respuesta. Es una respuesta jodida, perturbadora, en un punto dañina. Y a la vez magistral, definitiva.
Por favor, entre tantos hijos de puta que se traicionan unos a otros, que el Vol.10 no traicione las altísimas expectativas que me generaron este tomo y el anterior. ¿Dije que terminaba Scalped antes de fin de mes? Con suerte aguanto hasta el lunes, y eso porque sábado y domingo no vamos a tener reseñas...
Sobra el primer episodio en el que, para festejar los 50 números del comic-book, Jason Aaron cuenta una historia ambientada 135 años en el pasado y que casi no tiene relación con la saga central. Es una historia cortita, complementada con pin-ups de grandes dibujantes invitados (están Brendan McCarthy y Jordi Bernet, dos ídolos indiscutidos de este blog), en la que lo más lindo es el dibujo de R.M. Guéra, que además rotula él mismo los diálogos con una tipografía manual alucinante, muy parecida a la del maestro Jean Giraud.
Y después sí, arranca Knuckle Up, el arco que da título al libro, y se va todo a la mierda y más allá. No aparecen Hassel ni Carol, pero todos los demás personajes protagonizan las escenas más shockeantes que se te puedan ocurrir, en una guerra descontrolada, de todos contra todos, por supuesto enchastrada con las más abyectas traiciones. Ni siquiera ahora, que estamos a milímetros del final, Aaron se tira a simplificar la historia, a eliminar tramas y personajes secundarios para concentarse en los protagonistas, que vendrían a ser Dashiell Bad Horse y Lincoln Red Crow. Por el contrario, el sheriff Karnow, que debutó en el tomo anterior, tiene muchísimo peso en este. E incluso por primera vez Aaron le da bola y desarrollo a Rath, uno de los capos del narcotráfico entongados con Red Crow.
O sea que estamos ante unas 120 páginas de tremenda complejidad, absolutamente inaccesibles para el que no leyó todo lo anterior. Acá ya no se recapitula nada, no se menciona en los diálogos lo que pasó algunos episodios atrás, acá ya no hay “tu tía”. La sangre empieza a correr en la primera página y sigue corriendo en la última. Prairie Rose está envuelta en el bolonki más heavy de su historia y ya no hay códigos, no hay alianzas, no hay runflas, no hay nada que pueda asemejarse a algún tipo de lazo de solidaridad entre los personajes. Para varios de ellos, tampoco habrá Vol.10, porque no llegarán vivos.
Si algún día te preguntaste hasta dónde iba a llegar el grim´n gritty, cuál era el límite de la violencia, la depravación y la crueldad, Aaron y Guéra (que en este tomo se despacha con algunos de los mejores dibujos de la serie) te ofrecen la respuesta. Es una respuesta jodida, perturbadora, en un punto dañina. Y a la vez magistral, definitiva.
Por favor, entre tantos hijos de puta que se traicionan unos a otros, que el Vol.10 no traicione las altísimas expectativas que me generaron este tomo y el anterior. ¿Dije que terminaba Scalped antes de fin de mes? Con suerte aguanto hasta el lunes, y eso porque sábado y domingo no vamos a tener reseñas...
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lunes, 19 de agosto de 2013
19/ 08: SÚPER PUTA
Manel Fontdevila (no me canso de repetirlo) es uno de los mejores autores que dio la historieta española, en toda su historia y en todos los estilos. Habitualmente asociado al humor costumbrista o la sátira de géneros con tintes bizarros, a mediados de la década pasada Fontdevila invirtió todos los ratos libres de casi dos años de su vida para trabajar en una historieta extraña, absolutamente experimental, cuya gracia se limita al título. Súper Puta (2007) no se parece en nada a lo que te imaginás. No es la versión española de The Pro (aquella joyita de Garth Ennis y Amanda Conner), ni nada por el estilo. Se llama así porque el autor quería un nombre potente, directo, que fuera al choque. Pero podría llamarse tranquilamente “Pantera”, “El Hada Amarilla” o “Sombreros Mexicanos”.
Súper Puta tampoco se parece en nada a los otros comics del inmenso Manel. Aquí el autor suelta el lápiz y la rotring y se lanza a dibujar más de 100 páginas directo con pincel, sin boceto previo y además... sin guión! Fontdevila adopta el estilo de los surrealistas, la escritura automática (o psicografía) que utilizaba André Breton, y se lanza a contar una historia extensa y compleja... sin tener la menor idea de qué iba a suceder en la página siguiente. Cada vez que se le ocurría una idea de cómo continuar la historia, la anotaba... para NO usarla! Por supuesto hubo un filtro, y terminó por rehacer o tirar a la mierda entre 20 y 30 páginas que no lo conformaban. Pero la historia se armó a base de improvisar todo, de dejar fluir dibujos y textos hacia donde soplara el viento del subconciente del autor.
Como te imaginarás, el resultado se pasa de críptico. Algunas escenas se extienden demasiado, otras directamente no se entienden y hay puntos importantes de la trama que casi no tienen explicación. Aún así, y aunque parezca mentira, la historia llega a una especie de desenlace bastante coherente y los personajes son consistentes con sus roles, no hacen una cosa y después todo lo contrario. De todos modos, Súper Puta entra en la categoría de “delirios de un autor al que le chupa un huevo laburar de espaldas al público” y sólo por eso, no se lo puede recomendar a los que no somos fans a muerte de Fontdevila.
Lo más raro que tiene esta novela es la forma en la que están integrados el dibujo y los textos. Estos últimos aparecen manuscritos por Fontdevila y además ocupan un porcentaje muy alto del espacio en la página. Hay poquísimas viñetas sin texto y muchísimas que sólo tienen texto. O sea, hay muchísimo para leer. Buena parte de lo que escribe Manel no va a ningún lado, son juegos retorcidos con el idioma, que le sirven a su vez para jugar con las tipografías que –repito- crea él mismo con su puño y letra. Dentro de ese caos, hay textos de gran nivel literario, profundos, elevados, muy interesantes, más allá de su ínfimo aporte a la trama.
Y el dibujo es -como siempre- sublime. Incluso sin boceto, incluso resistiendo en las márgenes de páginas invadidas por ingentes cantidades de texto, el dibujo de Fontdevila es excelente, de punta a punta. Cerca del final hay una secuencia (rarísima) en la que abandona su estética habitual, limpita, ideal para la comedia, y pela unas imágenes oscuras, ominosas, en las que reverberan Igort y José Muñoz. Es uno de los momentos visualmente más logrados dentro de esta extraña exploración por la mente del maestro catalán.
Con Súper Puta, Manel Fontdevila se dio el gusto de escribir y dibujar una historieta no pensada para agradar a las masas que lo siguen semana a semana en El Jueves, sino creada para joder, para probar cosas nuevas y muy limadas. El gesto es, sin dudas, loable. El comic en sí, sin ser un desastre, necesitaba un andamiaje más sólido a nivel guión para sostenerse todas esas páginas. Como esperé a verlo en oferta para comprarlo, no me quejo ni ahí. Sólo con los alucinantes dibujos de Fontdevila, se recontra-justificó la guita que gasté.
Súper Puta tampoco se parece en nada a los otros comics del inmenso Manel. Aquí el autor suelta el lápiz y la rotring y se lanza a dibujar más de 100 páginas directo con pincel, sin boceto previo y además... sin guión! Fontdevila adopta el estilo de los surrealistas, la escritura automática (o psicografía) que utilizaba André Breton, y se lanza a contar una historia extensa y compleja... sin tener la menor idea de qué iba a suceder en la página siguiente. Cada vez que se le ocurría una idea de cómo continuar la historia, la anotaba... para NO usarla! Por supuesto hubo un filtro, y terminó por rehacer o tirar a la mierda entre 20 y 30 páginas que no lo conformaban. Pero la historia se armó a base de improvisar todo, de dejar fluir dibujos y textos hacia donde soplara el viento del subconciente del autor.
Como te imaginarás, el resultado se pasa de críptico. Algunas escenas se extienden demasiado, otras directamente no se entienden y hay puntos importantes de la trama que casi no tienen explicación. Aún así, y aunque parezca mentira, la historia llega a una especie de desenlace bastante coherente y los personajes son consistentes con sus roles, no hacen una cosa y después todo lo contrario. De todos modos, Súper Puta entra en la categoría de “delirios de un autor al que le chupa un huevo laburar de espaldas al público” y sólo por eso, no se lo puede recomendar a los que no somos fans a muerte de Fontdevila.
Lo más raro que tiene esta novela es la forma en la que están integrados el dibujo y los textos. Estos últimos aparecen manuscritos por Fontdevila y además ocupan un porcentaje muy alto del espacio en la página. Hay poquísimas viñetas sin texto y muchísimas que sólo tienen texto. O sea, hay muchísimo para leer. Buena parte de lo que escribe Manel no va a ningún lado, son juegos retorcidos con el idioma, que le sirven a su vez para jugar con las tipografías que –repito- crea él mismo con su puño y letra. Dentro de ese caos, hay textos de gran nivel literario, profundos, elevados, muy interesantes, más allá de su ínfimo aporte a la trama.
Y el dibujo es -como siempre- sublime. Incluso sin boceto, incluso resistiendo en las márgenes de páginas invadidas por ingentes cantidades de texto, el dibujo de Fontdevila es excelente, de punta a punta. Cerca del final hay una secuencia (rarísima) en la que abandona su estética habitual, limpita, ideal para la comedia, y pela unas imágenes oscuras, ominosas, en las que reverberan Igort y José Muñoz. Es uno de los momentos visualmente más logrados dentro de esta extraña exploración por la mente del maestro catalán.
Con Súper Puta, Manel Fontdevila se dio el gusto de escribir y dibujar una historieta no pensada para agradar a las masas que lo siguen semana a semana en El Jueves, sino creada para joder, para probar cosas nuevas y muy limadas. El gesto es, sin dudas, loable. El comic en sí, sin ser un desastre, necesitaba un andamiaje más sólido a nivel guión para sostenerse todas esas páginas. Como esperé a verlo en oferta para comprarlo, no me quejo ni ahí. Sólo con los alucinantes dibujos de Fontdevila, se recontra-justificó la guita que gasté.
domingo, 18 de agosto de 2013
18/ 08: NEW TEEN TITANS: GAMES
Del backstage de esta historieta se escribió más que de la historieta misma: los cambios que le hicieron al argumento esbozado en 1988, la magia que hubo que hacer para no desaprovechar las sesenta y pico de páginas dibujadas en aquel primer arranque, ese semáforo esquizofrénico que funcionó todos esos años en DC, que un día frenaba, otro día re-evaluaba y otro día exigía para ayer la finalización de la novela... En fin, avatares del mundo editorial yanki, del que no zafaron ni siquiera dos de los exponentes más incuestionables del comic superheroico “moderno”. Si te comprás (o bajás) la novela gráfica, vas a encontrar muchas páginas en las que los maestros Marv Wolfman y George Pérez cuentan este larguísimo proceso, comparan el plan original con el resultado final, etc. Pero sobre todo te vas a encontrar con 120 páginas de historieta, y en una de esas querés saber si vale la pena leerlas.
La verdad que es una historia divertida, con lindas vueltas de tuerca. Lo dice alguien que no siente nostalgia por los Titans de Wolfman y Pérez, que se cebó mal con ellos a los 16-17 años y cinco años después ya no tenía ni compraba las revistas que en algún momento atesoró. Creo que no leía un comic de los Titans desde... no me acuerdo... De Zero Hour para acá, si leí los Secret Files & Origins, es mucho. O sea que mi vínculo afectivo con los personajes es tenue, no altera para nada mi visión de esta obra.
Me parece que si no comprás el humo de “la hiper-epopeya que tardó casi 25 años en concretarse y que representa la despedida definitiva de la mejor dupla que metió mano en la serie”, se disfruta bastante. Hay una intriga grossa, muchas escenas de alto impacto, mucha acción, muy buenos diálogos (Wolfman dialogó TODA la novela en 2011) y se respira esa sensación icónica de “ESTOS son los Titans y ESTA es su aventura definitiva en las que los vas a ver desplegar TODO su potencial”. Por ahí al estar desligada de la continuidad de una serie mensual, la novela gráfica gana en libertad, y a la vez pierde un poquito de impacto: acá hay cambios grossos en el status quo de los Titans, que al que leía la revista en 1988 le hubiesen roto la cabeza y a los que leemos hoy la novela gráfica nos parecen bastante menos relevantes.
Creo que si tengo que rescatar algo por encima del resto es el amor por los personajes. Se nota a ocho cuadras que Wolfman y Pérez, además de conocerse de memoria entre ellos, conocen A FULL a los Titans. Para ellos no son dibujitos, son pibes y minas de verdad, a los que les deben respeto, lealtad y cariño, como a cualquier amigo de hace mil años. Esto se nota en todos los miembros del grupo, pero especialmente en Nightwing, que es el que tiene más apariciones no escritas por Wolfman. No hay vuelta que darle: pasan las décadas y NADIE entiende a Dick Grayson mejor que Wolfman.
El dibujo de George Pérez está a un nivel muy alto. No es el Pérez Perfecto, pero se le acerca mucho. Seguramente se luciría más si él mismo hubiese entintado todas las páginas, lo cual es –sin dudas- mucho pedir. El maestro la rompe (como siempre) en el armado de la página y la secuencia, algo que se disfruta enormemente en una publicación bastante más grande que el típico comic-book. Las páginas de Games están llenas de viñetas, grandes, chiquitas, horizontales, verticales, divididas por zanjas, sin zanjas, con todo tipo de transiciones y sobre todo con un gran dinamismo. Las páginas nunca transmiten la sensación de “acá no pasa nada”, ni siquiera cuando los héroes paran para hablar entre ellos o tratar de deducir las retorcidas movidas de sus adversarios. Hay una muy buena simbiosis con los coloristas, excelentes fondos (que escasean poco, en pocas viñetas) y unos recursos estilísticos alucinantes cada vez que Pérez muestra a Raven en la dimensión espiritual de Azarath.
Games encaja perfecto justo después de A Lonely Place of Dying. Y se lee como un final, como la despedida de “los Titans de Wolfman y Pérez”. Como si te dijeran “olvidémonos de todo lo que viene después de esto y salimos ganando todos”. Y está bien, es un pacto al que suscribo. Principalmente porque si la etapa de la dupla se terminara en ese n°61 de la segunda serie y de ahí pasáramos a Games, nos ahorraríamos muchas horas de lecturas sosas y decepcionantes, que hicieron que más de uno (me incluyo) pasara de hadcore fan a ex-fan de los Titans: páginas y páginas de un Marv Wolfman poco inspirado, tratando de remar en el océano de polenta junto a dibujantes que no le llegan ni a la suela del zapato a George Pérez. Tarde pero seguro, los maestros se reconciliaron con todos los (ya viejos) fans que vibramos con los Titans en los ´80. Bien por ellos!
La verdad que es una historia divertida, con lindas vueltas de tuerca. Lo dice alguien que no siente nostalgia por los Titans de Wolfman y Pérez, que se cebó mal con ellos a los 16-17 años y cinco años después ya no tenía ni compraba las revistas que en algún momento atesoró. Creo que no leía un comic de los Titans desde... no me acuerdo... De Zero Hour para acá, si leí los Secret Files & Origins, es mucho. O sea que mi vínculo afectivo con los personajes es tenue, no altera para nada mi visión de esta obra.
Me parece que si no comprás el humo de “la hiper-epopeya que tardó casi 25 años en concretarse y que representa la despedida definitiva de la mejor dupla que metió mano en la serie”, se disfruta bastante. Hay una intriga grossa, muchas escenas de alto impacto, mucha acción, muy buenos diálogos (Wolfman dialogó TODA la novela en 2011) y se respira esa sensación icónica de “ESTOS son los Titans y ESTA es su aventura definitiva en las que los vas a ver desplegar TODO su potencial”. Por ahí al estar desligada de la continuidad de una serie mensual, la novela gráfica gana en libertad, y a la vez pierde un poquito de impacto: acá hay cambios grossos en el status quo de los Titans, que al que leía la revista en 1988 le hubiesen roto la cabeza y a los que leemos hoy la novela gráfica nos parecen bastante menos relevantes.
Creo que si tengo que rescatar algo por encima del resto es el amor por los personajes. Se nota a ocho cuadras que Wolfman y Pérez, además de conocerse de memoria entre ellos, conocen A FULL a los Titans. Para ellos no son dibujitos, son pibes y minas de verdad, a los que les deben respeto, lealtad y cariño, como a cualquier amigo de hace mil años. Esto se nota en todos los miembros del grupo, pero especialmente en Nightwing, que es el que tiene más apariciones no escritas por Wolfman. No hay vuelta que darle: pasan las décadas y NADIE entiende a Dick Grayson mejor que Wolfman.
El dibujo de George Pérez está a un nivel muy alto. No es el Pérez Perfecto, pero se le acerca mucho. Seguramente se luciría más si él mismo hubiese entintado todas las páginas, lo cual es –sin dudas- mucho pedir. El maestro la rompe (como siempre) en el armado de la página y la secuencia, algo que se disfruta enormemente en una publicación bastante más grande que el típico comic-book. Las páginas de Games están llenas de viñetas, grandes, chiquitas, horizontales, verticales, divididas por zanjas, sin zanjas, con todo tipo de transiciones y sobre todo con un gran dinamismo. Las páginas nunca transmiten la sensación de “acá no pasa nada”, ni siquiera cuando los héroes paran para hablar entre ellos o tratar de deducir las retorcidas movidas de sus adversarios. Hay una muy buena simbiosis con los coloristas, excelentes fondos (que escasean poco, en pocas viñetas) y unos recursos estilísticos alucinantes cada vez que Pérez muestra a Raven en la dimensión espiritual de Azarath.
Games encaja perfecto justo después de A Lonely Place of Dying. Y se lee como un final, como la despedida de “los Titans de Wolfman y Pérez”. Como si te dijeran “olvidémonos de todo lo que viene después de esto y salimos ganando todos”. Y está bien, es un pacto al que suscribo. Principalmente porque si la etapa de la dupla se terminara en ese n°61 de la segunda serie y de ahí pasáramos a Games, nos ahorraríamos muchas horas de lecturas sosas y decepcionantes, que hicieron que más de uno (me incluyo) pasara de hadcore fan a ex-fan de los Titans: páginas y páginas de un Marv Wolfman poco inspirado, tratando de remar en el océano de polenta junto a dibujantes que no le llegan ni a la suela del zapato a George Pérez. Tarde pero seguro, los maestros se reconciliaron con todos los (ya viejos) fans que vibramos con los Titans en los ´80. Bien por ellos!
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