el blog de reseñas de Andrés Accorsi

jueves, 9 de enero de 2014

09/ 01: MORIR POR EL CHE

Una vez más los caminos de la historieta se cruzan con la convulsionada vida del mítico Ernesto “Che” Guevara. Esta vez un guionista uruguayo (Roy) y un dibujante argentino (Marcos Vergara) unen esfuerzos para contar una historia con algunos visos de ficción, pero insertada en un contexto 100% real como fue el de la visita del Che a Montevideo en Agosto de 1961.
Lo más interesante del libro es la investigación meticulosa realizada por Roy, que estudió publicaciones, grabaciones y testimonios de la época para reproducir fielmente los acontecimientos y hasta para tirar conjeturas bastante bien fundadas allí donde los hechos se hacían confusos o misteriosos. Roy pone especial énfasis en lo que tiene que ver con el asesinato de Arbelio Ramírez, un docente y periodista que caerá muerto en la calle tras el discurso del Che en la Universidad Nacional, y al que el guión de la historieta vincula (de modo sutil y verosímil) con una trama de espionaje entre las clásicas superpotencias de la Guerra Fría.
El guionista hace el esfuerzo de dotar a Arbelio de una personalidad interesante, a través de buenos diálogos con otros personajes, y algo similar intenta con un personaje 100% ficticio: Patricia, la chica que estudia bioquímica y milita en una agrupación de izquierda que delira ante la inminente llegada del Che. Sin embargo, la chapa grossa se la lleva el rosarino que acompañó a Fidel Castro desde los inicios de la revolución cubana. En apenas 14 páginas, Guevara se morfa el protagonismo y eclipsa sin la menor dificultad al resto de los personajes. Roy escribe a un Che afable, lúcido, humilde a la hora de relacionarse con sus anfitriones y decidido a la hora de bajar línea entre sus partidarios. Una vez que el Che sale de escena, pareciera que la fiesta se terminó hace rato y hay que conformarse con las sobras.
El dibujo de Vergara juega a dos puntas: es puro nervio y pura expresividad a la hora de dibujar a la gente común, y todo detalle y rigor histórico a la hora de recrear a la ciudad de los botijas y los terrajas, los pintas y los planchas, los refuerzos y los championes, los manyas y los bolsos. El grafismo de Vergara se luce muy especialmente porque acá podemos disfrutar de sus lápices sin entintar. Una vez digitalizados y realzados en el photoshop, los lápices fueron coloreados por Caio Di Lorenzo, el encargado de subrayar los climas mediante una paleta virtual, intencionalmente acotada, sin colores plenos, con mucha más sutileza que estridencia. Como suele suceder en los trabajos de Vergara, los principales logros están en la narrativa, en ese ritmo ágil y fluído que el prócer de San Nicolás sabe imponerle a toda clase de relatos. Acá tiene a su favor la proliferación de viñetas (y hasta secuencias) mudas y el hecho de que se tiene que bancar sólo una página de más de 6 viñetas. Eso le permite planificar la narración con soltura y dejar la vida en los fondos que así lo requieren y en esas escenas multitudinarias que siempre son un dolor de huevos para los dibujantes.
Morir por el Che me gustó como historieta, pero no me volvió loco, más allá de lo grato que resulta siempre leer otras 80 páginas dibujadas por Vergara. Donde sí me convenció totalmente es en su faceta documental, en la posibilidad que nos ofrecen Roy y Marcos de leer esta novela como un fiel testimonio de un hecho histórico poco recordado (por lo menos en Argentina) como es el paso del Che Guevara por la Montevideo de 1961. Hasta la viñeta, siempre.

miércoles, 8 de enero de 2014

08/ 01: JOURNEY INTO MYSTERY Vol.2

Este tomo sigue, a grandes rasgos, los lineamientos del anterior. La saga Fear Itself, la mega-machaca a todo o nada contra el hermano perdido de Odin conocido como Serpent, llega a su cataclísmico final en revistas que no leeré jamás y en Journey into Mystery vemos el lado B de la epopeya. La especialidad de Kieron Gillen en esta serie parece ser esa: mostrarnos lo que pasa por atrás de los combates grandilocuentes entre monos hiper-poderosos, en una apuesta por el anti-pochoclo sumamente arriesgada y a la vez acertada.
Lo malo es que sigue prisionero de una saga chotísima y todo lo que pasa en este tomo tiene por lo menos algo que ver con Fear Itself y sus efímeras consecuencias (-Uy, se murió Thor! -Sí, claro). Y lo bueno es que JiM está MUY bien escrito, de nuevo con alucinantes diálogos, magníficos bloques de texto y una pátina de inteligencia, de elaboración, de fineza poco frecuente en el mainstream de Marvel. En materia de guiones, los puntos más altos del tomo son dos unitarios, dos episodios que bien podrían no estar, pero que le sirven a Gillen para terminar de redondear a dos personajes: uno es el que está protagonizado por Volstagg (nunca tan grosso) y el otro, con Mephisto como figura excluyente, le da al guionista la posibilidad de explorar el tema de los dioses, los demonios, las entidades cósmicas que pueblan el Universo Marvel. ¿Cómo se relacionan entre sí? ¿Qué orden jerárquico existe entre ellos? ¿Cómo responden a estas mega-crisis que amenazan con alterar “para siempre” el status quo y el equilibrio de poderes? Un Mephisto muy rosquero y muy gracioso nos revela todo esto en un unitario que –ahora sí- me hizo acordar mucho a Sandman.
Y hay un unitario más, también escrito de modo exquisito, pero no por Gillen, sino por Robert Rodi, autor de aquella memorable saga de Loki que reseñamos un lejano 25/03/10. Esto es una especie de pasada en limpio de algunas cosas planteadas por Gillen en el tomo anterior, sobre todo lo que tiene que ver con la forma en que este nuevo Loki se relaciona con los distintos personajes de Asgard. Si con esto la serie no captó nuevos lectores que se cebaran mal con la trama, era para cerrarla y dedicarse a la decoración de tortas.
Entonces tenemos tres unitarios muy, muy atractivos y tres episodios un poco menos gancheros, aunque muy llevaderos, en los que avanza la saga del joven Loki y sus aliados, siempre a la sombra de los sucesos de Fear Itself. Veamos qué onda los dibujantes, ya que esta vez Doug Braithwaite brilla por su ausencia y aporta apenas un flashback de tres páginas.
El unitario de Robert Rodi viene con un ancho de espadas, que es el dibujo de Pasqual Ferry. El español es un dibujante del mega-carajo incluso cuando labura a media máquina y acá, si bien no deja la vida, cuenta con el apoyo de un monstruo del color digital, el increíble Frank D´Armata. Entre los dos logran unas páginas realmente hermosas.
Los tres episodios de la saga central están a cargo del muerto, del fiambre, del irredimible Whilce Portacio, pésimo dibujante si los hay. Me niego a dedicarle más puteadas, prefiero arrojar un piadoso manto de silencio. Simplemente digo... ¡Tres episodios! Capaz que son más que los que dibujó para WetWorks, su notable “creación” de los ´90...
Y los dos unitarios que escribe Gillen caen en manos de Richard Elson, un dibujante de estilo bien clásico al que jamás había visto ni oído nombrar. Es raro, porque en la historia protagonizada por Mephisto se lo ve bastante precario, duro, con algunos problemas en la anatomía y las caras, mientras que en el unitario de Volstagg está mucho más suelto, más plástico, mucho mejor. Trabaja con distintas coloristas, es cierto, pero ¿eso explica tanta mejora entre una historieta y otra? Ni idea, lo cierto es que si los próximos laburos de Elson se parecen a lo que hace acá en su segundo unitario, va a ser un nombre a tener en cuenta.
Journey into Mystery avanza a paso firme, pero sin apresurarse, hacia ese hermoso lugar, ese nirvana llamado “comic de autor dentro del mainstream”. Sigo cebado como para entrarle muy pronto al Vol.3, a ver con qué me sorprende Kieron Gillen ahora que se sacó de encima la pesada mochila de Fear Itself.

martes, 7 de enero de 2014

07/ 01: TINA BLOOM

Este cuasi-clásico del comic español de principios de los ´90 supo poblar durante varios años las mesas de saldo de Buenos Aires, para eventualmente desaparecer, como tantas cosas que siempre están hasta que un día no están más. Además se trata del primer álbum de Francesc Infante, un autor claramente enrolado en el estilo atómico, que se volcó al comic de “grande”, con casi 30 años y con tan mala suerte que llegó a publicar en un medio importante (la gloriosa revista Cairo) justo cuando la fiesta se terminaba y la gigantesca movida del comic para adultos comenzaba un prolongado y triste repliegue. De hecho, no sé si alguna vez se llegó a lanzar un segundo álbum de Infante en alguna editorial. En Norma, seguro que no.
Tina Bloom, sin ser una joya, era una historieta bastante interesante. No tenía continuará, no ocupaba la misma cantidad de páginas en cada número de Cairo y no se proponía rodear a la protagonista de un elenco de secundarios, sino que los personajes que compartían viñetas con Tina estaban claramente de paso, en virtud de circunstancias muy puntuales que se terminaban en la última viñeta de cada historia. Básicamente, lo que hacía el autor en cada entrega era plantear una situación de corte más o menos sentimental, que sirviera para mostrarnos los amores, desamores, inseguridades, recuerdos y fantasías de Tina, y rápidamente agregar un elemento “aventurero” que nunca llegaría a explotarse ni a explicarse en toda su dimensión: un naufragio, un sátiro (de los mitos griegos, no un violador), un ciclón, un viaje en tren que recupera el clima de esas películas de espías onda El Expreso de Oriente... todo eso le sirve a Infante para “barnizar” anécdotas menores en las que Tina se encuentra o desencuentra con algún chongo que le gusta, a veces con un tono más trágico, a veces más jocoso y a veces felizmente mezcladas con un cierto realismo mágico. Las historias más cortas (hay algunas de una y dos páginas) son más livianitas y van directo para el lado del erotismo, sin renunciar a una cierta sofisticación, aunque a años luz de los relatos más ambiciosos del libro.
No sé si a las lectoras mujeres les cerrará mucho el personaje de Tina. Se trata de la típica “drama queen”, la mina que de todo hace un kilombo de proporciones. Además de fantasiosa es competitiva, buscona, borracha, merquera (aunque Infante no la dibuje aspirando polvitos está bastante claro que estos son parte de su ritual nocturno), calentona y pajera en el sentido literal del término. A mí me cerró porque el autor me la vendió como una mina que sabe lo que quiere y va al frente para conseguirlo. Sea que se le antoje un amor para toda la vida o un garchecito en medio de la confusión, Tina va para adelante y encara, generalmente a unos tipos con pinta de galán de Hollywood de los años ´40, y que pase lo que tenga que pasar.
En cuanto a la faz gráfica, Infante se muestra como un dibujante sumamente sólido, enrolado –como ya dije- en el estilo atómico o la línea clara posmoderna. No es fácil diferenciarlo de Michael Cherkas, por citar al referente de este estilo que más rasgos comparte con Infante. El autor suple la falta de color con un claroscuro fuerte, muy pensado, sumado a un excelente trabajo en la aplicación de grises, logrados con tramas mecánicas. De todos modos, siempre lo más llamativo es el trazo vigoroso y versátil del pincel, esa línea negra desbordante de plasticidad y elegancia que por momentos me recordó a Yves Chaland. Infante maneja de taquito la grilla de nueve cuadros, pero acá tiene varias páginas con más de 12 o 13 viñetas chiquitas. En todas se las ingenia para equilibrar perfectamente las composiciones. La narrativa propiamente dicha a veces se complica porque, como ya vimos, los guiones incorporan elementos oníricos o fantásticos y el autor, para subrayarlos, enrarece el clima de los relatos y los hace intencionalmente ambiguos. Por suerte, en los momentos en los que más se juega a experimentar, Infante no derrapa, sino que sorprende con hallazgos a aquellos lectores que hicimos ese esfuerzo extra, de comprometernos con una narración que parecía irse rápidamente a la mierda.
Tendría que revisar la colección de Cairo, a ver si hay otras historietas de Francesc Infante que hayan quedado afuera de este álbum. Y sigo atento, a ver si aparece editada en libro alguna otra obra de este interesantísimo autor al que la fama nunca le llegó.

lunes, 6 de enero de 2014

06/ 01: EL PERRO DE LA ESQUINA LADRA DE NUEVO

Para mi sorpresa y mi alegría, este librito se parece bastante poco al que me tocó reseñar allá por el 10/09/11. No es que aquel me hubiese resultado choto, para nada, pero la idea era leer algo distinto, sobre todo para que la reseña no fuera un clon de la que ya redacté en su momento. Básicamente, la consigna se mantiene: Leo Arias busca y encuentra mil variantes a la idea de que Elías pasa todos los días por una esquina en la que un perro lo asusta con sus ladridos. Con eso (y una dosis importante de talento) esta tira bancó los trapos más de 10 años en las páginas de Billiken. Por suerte hay más.
Además de las ya clásicas tiras, planteadas tanto en el habitual formato horizontal como en el vertical, que es una bizarreada que a Arias le sale muy bien, este libro incorpora varias historietas de una página entera y –lo más interesante- dos historietas de varias páginas. Las historietas de una página son cinco y no están nada mal. Son como versiones más largas de las tiras, en las que no necesariamente se repite el leiv motif de Elías asustado por el ladrido del perro. Las historias “largas” son dos. Una tiene 10 páginas, todas divididas en cuatro viñetas iguales. Es una clásica acumulación de malos entendidos, mezclado con una lucha entre el Búho Batman y la Rata, que termina con todos los personajes de la tira trenzados en una pelea descontrolada, al estilo de los viejos (y bastante violentos) dibujos animados.
Y lo mejor del libro es la primera historieta, Arena, que tiene 9 páginas pero parecen muchas más, porque Leo las divide en 12 viñetas iguales. Arena tiene el timing de los mejores cortos animados de Tom & Jerry o Tweety & Silvestre, un montón de gags zarpados e inmejorables excusas para que Arias no dibuje fondos. Además es la única historieta de Elías y el Perro de la Esquina en la que aparecen adultos. Es una historieta realmente muy graciosa, que te va a arrancar sonrisas aunque tengas más de 9 ó 10 años, y que además muestra una faceta de Leo Arias que no se ve en las tiras de tres o cuatro viñetas: el gran manejo que tiene el autor de la construcción de las secuencias, los cambios de plano, los empalmes entre una escena y la siguiente. Acá hay mucho logros en ese sentido, por eso la destaco por sobre todo el material de la serie que pude leer hasta ahora (creo que, contando el que sacó Domus, ya son tres libros, no?).
El dibujo de Arias no varía para nada respecto de lo ya comentado, así que no me quiero reiterar. Es digno de destacarse cómo no se notan diferencias de estilo, ni siquiera ínfimas, entre las historietas de los tres libritos, como si Leo hubiese dibujado todo el material la misma semana. Evidentemente, el autor llegó a esta tira ya muy canchero, muy asentado en este estilo limpito, bien gráfico, bien icónico, de irresistible atractivo para los más chicos.
Y ya está. No quiero leer más historietas para chicos de Leo Arias. Quiero verlo hacer historietas para grandes, una novela gráfica, algo bien denso, con otro tono, otros climas, otra extensión. Estamos ante un historietista muy completo, con mucha experiencia, con muchos recursos, capaz de trabajar en varios estilos distintos pero siempre muy personales. No digo que en la historieta infantil se esté “desaprovechando”, sino que a mí me gustaría verlo ir por más, a romperla como en esas nueve páginas de Arena, pero en otro estilo y con otra onda. ¿Será mucho pedir?

domingo, 5 de enero de 2014

05/ 01: JOURNEY INTO MYSTERY Vol.1

Tarde pero seguro arranco con esta colección de 2011 que tanta chapa cosechó entre los críticos yankis, que hasta llegaron a describirla como “el Sandman de Marvel”. ¿Es para tanto? No. O por lo menos no en este primer tomo.
Kieron Gillen, un periodista inglés que escribía sobre música, videojuegos y comics, un día se vio mágicamente transformado en guionista de historietas. Le tocó nada menos que hacerse cargo de Thor cuando lo dejó J.M. Straczynski y le fue bastante bien. Un año después, como venía la peli de Thor, Marvel quería una nueva serie del Dios del Trueno y ahí fue Matt Fraction a lanzar un nuevo número 1. Y la serie que escribía Gillen, que continuaba la numeración clásica de Journey into Mystery, recuperó su viejo título y siguió adelante, ahora con Loki (que –no hace falta aclarar- se morfa la peli de Kenneth Branagh) como protagonista. Por supuesto, la idea podía fallar, y más cuando desde el primer arco argumental Gillen tiene que hacerse cargo de las cosas grossas que estaban sucediendo en simultáneo tanto en la revista de Thor como en ese crossover patético, terriblemente vendehumo, llamado Fear Itself.
De alguna manera, la serie protagonizada por este Loki de 13 ó 14 años no naufragó. Tiene dos problemas fundamentales: 1) hay que saber mucho de la historia de Thor, Asgard y todos los dioses nórdicos para entender lo que pasa. Esto está lleno de referencias a los comics ya mencionados, a la etapa de Walt Simonson, obviamente a lo que hicieron Gillen y Straczynski... Si caés en bolas, te van a marear muy rápido, sobre todo porque el guionista elige no explicar puntillosamente nada de lo que menciona a la hora de mostrar el background de estos personajes. 2) Todo el tiempo sentí que a los conflictos que me mostraba Gillen les faltaba espesor. A cada página se me hizo más claro que la epopeya grossa estaba en otro lado (en revistas que no pienso leer) y que lo que sucede en JiM es una especie de backstage, de runfla por detrás de la acción y la machaca, que no es intrascendente, pero tampoco te hipnotiza y te ceba como las grandes sagas superheroicas en las que todo el universo está en juego.
¿Y por qué no naufraga la serie? Porque está muy bien escrita. Gillen demuestra conocer muy bien a estos personajes (no sólo a Loki, también a Volstagg, Odin, Hela, Mephisto, Tyr, Surtur) y logra que las roscas en las que se trenzan resulten novedosas, creíbles y coherentes con lo que cada uno hizo en el pasado. Hay excelentes diálogos y –como hacía Neil Gaiman en Sandman- el guionista recurre varias veces al truco de hacer que los personajes se narren entre ellos historias y anécdotas, en las que nos regala unos bloques de texto de gran vuelo literario. Falta un poquito más de emoción, quiero que se me frunza más el orto ante la inminencia de un final nefasto para Loki y sus aliados, cosa que hasta ahora no está siquiera insinuada. Pero vamos bien.
El dibujo también está a cargo de un inglés, en este caso Doug Braithwaite, a quien le pidieron expresamente que haga algo parecido a lo que hizo en Justice, su serie de la Liga de la Justicia, en la que se encargaba de los lápices para que luego viniera Alex Ross a pelar magia. Acá podemos disfrutar de los maravillosos dibujos de Braithwaite sin entintar, simplemente levantados en el photoshop y coloreados con onda y sofisticación por Ulises Arriola. El resultado es gráficamente muy atractivo, lleno de matices, de sutilezas... y de yeites para que Braithwaite no tenga que dibujar fondos. Como pasa cada vez que a un dibujante talentoso y de estética realista lo dejan publicar lápices sin entintar, en las mejores viñetas de este tomo flota el fantasma del maestro Gene Colan, al que –me parece- la habría encantado dibujar esta historieta.
Por ahora, Journey into Mystery promete. Ojalá en los tomos siguientes cumpla. Tengo la sensación de que sí, de que una vez libre de toda la movida de Fear Itself, la serie va a tomar un rumbo más claro, más propio. La idea de un Loki adolescente y menos poderoso está buena, la interacción con el resto del elenco está muy lograda, los diálogos y los bloques de texto están muy por encima de la media, y sólo falta que empiecen a pasar cosas más grossas, por supuesto sin derrapar hacia un comic 100% de machaca, ya que buena parte de la gracia de JiM reside en su tono no pochoclero. Sólo por eso (y por su sana intención de hacer comic de autor dentro del mainstream) merece ser bancada a muerte por los que militamos contra el “más de lo mismo”.

sábado, 4 de enero de 2014

04/ 01: BOULE ET BILL Vol.24

Este es un tomo con 44 planchas autoconclusivas de una de las series emblemáticas del comic infanto-juvenil francófono, creada en 1959 por el maestro Jean Roba (1930-2006), quien además fue uno de los integrantes principales del equipo que asistió a André Franquin en varios de sus mejores álbumes de Spirou y Fantasio. En España, Boule et Bill se tradujo con bastante criterio como “Bill y Bolita”, invirtiendo los roles, porque en la versión original Bill es el perro y Boule el chico pelinaranja. En Argentina, donde durante muchos años se publicó en la revista Billiken, algún traductor fan de las drogas duras la rebautizó “Dany y Pompón”, y así fue como la conocimos los lectores de varias generaciones.
Este tomo trae historietas de la primera mitad de los años ´90, obra de un Roba ya sesentón, pero asombrosamente moderno y actual en los temas que toca. Aclaremos de antemano que esto está a años luz de Titeuf o de El Pequeño Spirou. Boule et Bill es una serie tradicional, con mínima cabida para el humor basado en la mala leche y cero cabida para los chistes más escatológicos o que rozan la temática sexual. Dentro de este humor 100% apto para todo público, limpito y familiero, Roba se mueve con mucha cancha y nunca le faltan recursos para plantear situaciones graciosas en las que el nene y su cocker spaniel comparten el protagonismo básicamente con los padres de Boule, la tortuga Caroline y algún amiguito del barrio o del cole.
En un punto, Boule et Bill me hizo acordar un toque a Siento y Miento, de Alfredo Rodríguez, por su (no sé si existe esta palabra) insularidad. Son pocos personajes, el autor se muestra casi reticente a sumar nuevos, y llama la atención la poca gente con la que interactúan. Las planchas ambientadas en el colegio (donde Boule puede codearse con decenas de chicos y profesores) son poquísimas y cuando la acción se desplaza a la casa, Roba nos muestra un barrio suburbano (claramente cheto), donde se ven pocas casas vecinas, y donde se siente la proximidad de una especie de parque con mucha vegetación, o directamente un bosque. Lo del barrio apartado y la casa con todas las comodidades se contradice de modo bastante grosero con el auto del papá de Boule, un Citröen 3 CV hecho mierda, que a menudo los deja a pata, lo cual también aporta situaciones cómicas a la tira. Por supuesto, los chicos de escuela primaria que leen esta historieta no deben notar la contradicción.
En cuanto al dibujo de Roba, estamos ante un exponente cristalino de la línea clara de Marcinelle, la que tiene a Franquin como principal referente. Roba capta con lujo de detalles el estilo del maestro y le incorpora cambios muy chiquitos, apenas perceptibles. La onda es, claramente, respetar los lineamientos trazados en los ´50 por Franquin y actualizarlos lo mínimo indispensable como para no perder frescura frente a los ojos de los chicos de los ´90. Y si alguna vez dudás del talento de Roba con el lápiz, alcanza con abrir el libro y dejarse maravillar con la ilustración (sin entintar ni colorear) que engalana la retiración de tapa y la primera página. Ahí el autor deja la vida en cada detalle y nos regala una composición magnífica, con la que nos podemos colgar horas, como para cerrarnos el orto si alguna vez le señalamos que, después de 35 años al frente de Boule et Bill, cada tanto se nota alguna página sacada medio con fritas.
Tengo un tomo más sin leer, con material bastante más viejo. En unos meses, entonces, vuelven Bill y Boule a hacer de las suyas en el blog.

viernes, 3 de enero de 2014

03/ 01: THE COMPLETE E.C. SEGAR POPEYE Vol.9

Si seguís el blog hace un tiempo, ya sabés los pruritos que tengo yo a la hora de leer historieta yanki pre-1960 y lo mal que me ha ido en algunas de mis escasas incursiones en ese terreno. Esta vez me voy más al carajo que nunca, con 150 páginas de tiras diarias publicadas originalmente durante 1934 y principios de 1935. Sí, hiciste bien la cuenta: son historietas de hace OCHENTA años.
Las 450 tiras que recopila este libro (de 1989) son parte de la etapa clásica de Popeye the Sailorman, una de las tiras diarias más importantes de todos los tiempos, que el maestro Elzie Segar había creado allá por 1919 con el nombre de Thimble Theatre. En 1929 apareció por primera vez Popeye y, como tantas veces, un personaje pensado para secundario terminó por comerse la tira y por desplazar a roles menores a Castor Oyl y su escuálida hermana Olive, que fueron las estrellas de la primera etapa. La época que todo el mundo recuerda, y la que habitualmente se reedita en este tipo de colecciones, es la que tiene a Popeye como protagonista y que abarca buena parte de la década del ´30, hasta el temprano deceso de Segar en 1938, cuando muere con sólo 44 años.
Me llamaron la atención muchas cosas de esta tira, hoy medio marciana. A ver si logro resumirlas todas.
Primero, me sorprendió cómo todas las historias (este libro abarca más o menos cuatro arcos argumentales, de distinta extensión) están motorizadas por el capricho. Todas empiezan igual: a alguien se le ocurre una idea descabellada y como tiene –o consigue- la plata para llevarla a cabo, ese capricho se hace realidad. La comicidad de la aventuras pasa por ahí: por explorar qué sucede cuando estos caprichos disparatados se ponen en práctica.
Y eso también me sorprendió: esta es una tira 100% cómica. Hay aventuras, cada tanto hay algún peligro, Popeye reparte unas cuantas trompadas... pero el hilo conductor es el humor. Las situaciones son graciosas, los diálogos son brillantemente delirantes (me hicieron acordar mucho a los de los Hermanos Marx), hay chistes recurrentes y gags totalmente impredecibles, y cada tira tiene una especie de remate humorístico, incluso en plena aventura.
Para que eso funcione tenés que tener muy bien pensados a los personajes y ese es otro hallazgo muy notable de Segar.
Por otro lado, en ese clima de delirio festivo que tienen las aventuras (algunas realmente muy extensas), a veces el autor “se olvida” a los personajes en el camino. Por ahí al principio de un arco argumental, Olive, Castor, Wimpy o Swee´Pea amagan con tener un papel importante, y unas tiras más adelante desaparecen de escena sin mayor explicación. El único que está siempre al frente de la trama es Popeye, que además es el que tiene los diálogos más cómicos (ya desde la ortografía te hace cagar de risa) y al que Segar elige para bajar línea en materia socio-política, con talento y sutileza.
Lo que menos me cerró es que este tipo, que era un verdadero superdotado del dibujo humorístico, resolviera TODO con tres planos. En las 450 tiras, todo está contado con a) planos en los que vemos a los personajes de cuerpo entero, b) planos donde se cortan un toquecito por abajo de las rodillas y c) planos donde se cortan entre las rodillas y la pelvis. Y no hay NADA más, eh? Primeros planos hay DOS en todo el libro. Ni uno más. Y eso que para 1934 ya era muy frecuente el uso de muchos planos distintos, tanto en las historietas cómicas como en las de aventuras. No digo que así narradas las tiras de Popeye no funcionan, para nada. Pero me hubiera gustado ver más variedad de planos.
No creo que me ponga a armar la colección de las tiras de Segar, pero seguro que a este libro lo voy a atesorar, porque me gustó, me sorprendió y me pareció importante para entender varias cosas, entre ellas por qué se considera a este material un clásico fundamental de las primeras décadas de la historia del comic. Además muchos elementos de la estética de Segar volvieron en los ´80 de la mano de dibujantes que a mí me gustan mucho (Miguel Gallardo, Esteban Podetti, Pablo Fayó) y por supuesto esos “guiños” se disfrutan más cuando conocés el material original al que están haciendo referencia.
Lo que sí me voy a comprar el día que los vea baratos son los recopilatorios del Popeye de Bud Sagendorf, el asistente de Segar que continuó la tira tras la muerte del maestro. Por lo menos uno, para ver qué onda, porque pintan interesantes y porque a Sagendorf le tengo un cariño especial. Lástima el precio asesino al que los edita IDW...

jueves, 2 de enero de 2014

02/ 01: EMILIA/O

Este álbum es el Vol.5 de la colección Puta Mili (que supongo habrá consistido básicamente de reediciones de Historias de la Puta Mili, la popular serie de humor anti-castrense iniciada en 1986 por Ivá) y además podría ser considerado el Vol.0 de La Parejita, la magnífica serie de Manel Fontdevila con la que nos encontramos allá por el 15/03/12. En estas 60 páginas realizadas entre 1993 y 1994 están las primeras apariciones de Emilia y Mauricio, que en ese entonces ya eran una pareja inseparable y hoy, 20 años después, siguen juntos en las páginas de El Jueves.
El planteo de esta serie es un delirio: Mauricio se tiene que ir a hacer la colimba (“la mili”, en la Madre Patria, donde aún hoy es obligatoria) y Emilia, para no extrañarlo, decide hacerse pasar por varón e inscribirse ella también para hacer la colimba. Con la ayuda de una amiga funcionaria del gobierno, consigue un documento falso, en el que en vez de Emilia se llama Emilio, y ahí va, a ponerse a las órdenes de unos milicos a los que Fontdevila satiriza sin la menor compasión.
Básicamente, Emilia/o le sirve al autor para dos cosas. Por un lado, para desplegar una vasta dosis de humor malalechístico en el que invariablemente salen mal parados los militares y el cura que los asiste en el destacamento. Por otro lado, cuenta las trapisondas que hacen los colimbas, las cosas que inventan para zafar de las órdenes ridículas que les dan sus superiores, para escaparse del cuartel y salir de joda, etc. Este segundo elemento, que es un clásico del humor ya más viejo y reiterativo que Mirtha Legrand, acá recibe una inyección de novedad a través de Emilia. De pronto, uno de los “traviesos reclutas” es una chica, con lo cual cada vez que Mauricio logra zafar de las tareas del colimba, Emilia trata de zafar ella también, para compartir con su novio fogosos encuentros sexuales en los lugares más insólitos.
Los mejores momentos salen del contrapunto entre Emilia y todos sus compañeros, que no saben que es ua mujer disfrazada de varón. A Emilia le dan asco los comentarios pajeros (y el tráfico permanente de revistas con minas en bolas), hace fuerza para no explotar ante los comentarios machistas o misóginos y llega a extremos ridículos para no desnudarse nunca frente a los demás soldados. Y si todo esto te parece medio disparatado o medio boludo, esperá a ver qué hace Emilia con sus tampones usados.
El dibujo de Fontdevila está demasiado bueno para ser de hace 20 años. El inmenso Manel demostraba, ya en sus primeras páginas para El Jueves, un estilo bien definido, un gran manejo del pincel y de la rotring, un talento asombroso para aplicar el color (sospecho que con acuarelas, no con computadora) y ganas de innovar hasta en detalles como el rotulado. A esto hay que agregarle la gran solvencia narrativa de los dibujos, con las secuencias perfectamente planificadas y con el timing ideal para la comedia, los ángulos siempre bien elegidos y un gran criterio para elegir cuándo deshacerse de los marcos de las viñetas, y a veces también de los fondos.
Como ya dije alguna vez, el hecho de que Manel Fontdevila sea virtualmente desconocido en Argentina me parece una injusticia gigantesca, a esta altura una verdadera afrenta, comparable al hecho de que Menem, Cavallo y De la Rúa puedan caminar libremente por la calle como cualquiera de nosotros. Algún día, la injusticia se revertirá y seremos millones los que hablemos maravillas del trabajo de este monstruo inagotable. Mientras tanto y a tono con el tema militar de este libro, acá cavamos una humilde trinchera desde donde hacerle el aguante a este gigante de la historieta humorística, del que sigo encontrando (y disfrutando) obras que no conocía.

miércoles, 1 de enero de 2014

01/ 01: LOS MAS VENDIDOS DE DICIEMBRE

Otra vez Diciembre fue el mes record en materia de ventas para mi mini-
distribui-
dora, a pesar de que no fueron tantas las novedades que salieron y de que yo me tomé un par de francos. Por supuesto, el misterio estaba en quién iba a salir segundo porque este mes salía un nuevo libro de la peste felina y ya sabemos que cada vez que eso sucede, el primer puesto es para la horrenda historieta de Nik. Fue un ranking durísimo, en el que hubo que vender MUCHOS ejemplares para entrar, y estos fueron los títulos más pedidos por mis clientes:
1) Gaturro Vol.22 (De la Flor)
2) Transmundo (Colihue)
3) Bolita (Historieteca)
4) Términus Vol.4 (Términus)
5) Lo Que No Importa Está Acá (Moebius)
6) Shankar Vol.2 (Loco Rabia)
7) Barlovento (Napoleones Sin Batallas/ Entelequia)
8) Cybersix Vol.2 (Napoleones Sin Batallas/ Entelequia)
9) Escuela de Monstruos Vol.3 (Pictus)
10) Zitarrosa (Loco Rabia)

Obviamente, lo más notable es que la dupla integrada por Mazzitelli y Alcatena tenga tres libros entre los 10 más vendidos, y todos de distintas editoriales. Una de ellas, Colihue, llevaba más de cuatro años sin editar historietas y volvió con un hitazo a prueba de balas como resultó ser Transmundo. Ojalá pronto haya nuevos lanzamientos de Colihue en este ranking.
Tal como yo suponía, tanto Bolita como Términus podían vender mucho más de lo que vendieron en el mes que fueron lanzadas, y ahí están, ocupando posiciones más altas que en el Top Ten de Noviembre. Y para el mes que empieza hoy, las fichas están puestas en el Vol.2 de Ofelia, de Julieta Arroquy, que no entró al ranking porque salió demasiado cerca de fin de mes, cuando muchos pedidos ya habían sido despachados.
Para Enero le tengo fe también a lo nuevo de Max Aguirre (que se anunció para Diciembre y se postergó unas semanas) y a Navarrito, un libro de La Duendes que recopila una muy interesante historieta ochentosa de Ricardo Barreiro y Alberto Dose. Por supuesto, los lanzamientos de Enero suelen ser pocos, y vendiendo una cantidad de ejemplares modesta también se puede ingresar a la lista de los más vendidos, lo cual le abre el juego incluso a las novedades de Diciembre que –por ahora- no generaron demasiado interés.
Lo importante, en definitiva, no es cuánto vende Gaturro, o el que sea, sino que el ritmo editorial no decae, siguen apareciendo nuevos sellos, más editoriales apuestan por la historieta y la gente acompaña y le apuesta sus manguitos al material (nuevo o clásico) de los autores nacionales. Vamos por otro año a toda historieta argentina.

martes, 31 de diciembre de 2013

31/ 12: QUINTA TEMPORADA

Bueno, llegamos a nuestro cuarto 31 de Diciembre, lo cual es... muchísimo.
Este año tuvimos 347 posts (uno más que en 2012), escritos en Buenos Aires, Santiago de Chile, Rosario, Salta, Lima, San Luis, Mendoza y Montevideo, con amplia mayoría de reseñas, que es algo que también se va a repetir en 2014. Me encantaría darle más variedad al blog y publicar textos sobre otras cosas, pero la verdad es que tengo tantos libros sin leer que prefiero meterle pata a las reseñas. De hecho, mañana vamos a tener –como siempre- los Más Vendidos de Diciembre y el jueves ya vuelven las reseñas, no me voy a colgar con el relevamiento de todo lo que salió en 2013, ni me da para armar el ranking de lo que más se vendió durante el año.
Prefeiero lanzarme sobre los pilones de libros sin leer, donde me esperan (entre otros próceres) Rafael Albuquerque, Quique Alcatena, Mike Allred, Raquel Alzate, Leo Arias, Michael Avon Oeming, Brian Azzarello, David B., Kyle Baker, Ricardo Barreiro, Baru, Brian Michael Bendis, Matías Bergara, Simon Bisley, Christophe Blain, Alberto Breccia, Ed Brubaker, El Bruno, Mark Buckingham, Kurt Busiek, Caloi, Giuseppe Camuncoli, Mike Carey, Carlos Casalla, Yves Chaland, Jerome Charyn, Howard Chaykin, Damián Connelly, Copi, Richard Corben, Paul Cornell, Diego Cortés, Crist, Nicolas De Crécy, Guy Delisle, Andy Diggle, Will Eisner, Warren Ellis, Garth Ennis, Alejandro Farías, Enrique Fernández, Manel Fontdevila, Matt Fraction, André Franquin, Kieron Gillen, Juan Giménez, Carlos Gómez, Diego Greco, Paul Grist, Alfredo Grondona White, Moto Hagio, Hermann, Jonathan Hickman, Joe Hill, Hiroshi Hirata, Junji Ito, Adao Iturrsugarai, Paul Jenkins, Phil Jimenez, Jock, Geoff Johns, Shintaro Kago, Jack Kirby, Robert Kirkman, Satoshi Kon, Teddy Kristiansen, Roger Langridge, David Lapham, Michael Lark, Jeff Lemire, Liniers, Alejandra Lunik, Alex Maleev, Suehiro Maruo, Marc-Antoine Mathieu, Max, Eduardo Mazzitelli, David Mazzucchelli, Brendan McCarthy, Scott McCloud, Ted McKeever, Cacho Mandrafina, Mike Mignola, Mark Millar, Peter Milligan, Shigeru Mizuki, Moebius, Edu Molina, Montesol, Alan Moore, Grant Morrison, José Muñoz, Sean Murphy, Takeshi Obata, Tsugumi Ohba, Oswal, Carlos Pacheco, Stephan Pastis, Frederik Peeters, Rubén Pellejero, Peyo, Sean Phillips, Renzo Podestá, Alberto Ponticelli, Paul Pope, Miguelanxo Prado, Frank Quitely, Pascal Rabaté, Humberto Ramos, Eduardo Risso, Roba, James Robinson, Gabriel Rodríguez, el Niño Rodríguez, John Romita Jr., J.J. Rovella, David Rubín, Greg Rucka, Joe Sacco, Guillermo Saccomanno, Richard Sala, Víctor Santos, Rodolfo Santullo, Salvador Sanz, Luciano Saracino, Steven Seagle, Elzie Segar, Joann Sfar, Scott Snyder, Fiona Staples, Jim Steranko, James Stokoe, J.M. Straczynski, Carol Swain, Jiro Taniguchi, Maurice Tillieux, Carlos Trillo, Lewis Trondheim, Tute, Alejo Valdearena, Brian Vaughan, Marcos Vergara, Mark Waid, J.H. Williams III, Bill Willingham, Brian Wood, Robin Wood, Leinil Francis Yu, Fabián Zalazar y Zep.
La verdad es que la montaña de los pendientes es alta y empinada. Me voy a esforzar para leer antes del 31/12/14 aunque sea algo de lo que salga este año, aunque no lo puedo garantizar con total certeza.
No sé si se notó en los posts del blog, pero para mí el 2013 fue un gran año, en el que me fue muy bien en muchos aspectos y la pasé realmente 10 puntos. Me falló Racing, nada más, que la remó decorosamente en el primer semestre y dio bastante lástima en el segundo.
Como siempre, la meta para el 2014 es ir por más, no sin antes agradecerles a todos los que de alguna manera contribuyeron a que yo haya tenido un año tan lindo, tan satisfactorio. A los 1865 “megusteadores” del Facebook, a los 456 seguidores del blog y a los lectores, que entre fieles y ocasionales suelen andar todos los meses por los 26 o 27.000. Esta cruzada delirante sigue un año más y está bueno sentirse acompañado, incluso por los subnormales/ intolerantes/ fachos/ trolls y demás fauna con la que habitualmente compartimos este espacio virtual. Un espacio que –repito por enésima vez- es ante todo un espacio de libertad, donde todos podemos expresarnos a nuestras anchas. En este blog no hay filtros ni nunca los va a haber. Y lo mismo corre para el tema de la guita. Acá no hay guita de por medio. No busco auspiciantes, no vendo ni venderé nunca espacios en el blog y quiero que esto siga así: libre y pobre, como los perros callejeros.
Ahora sí, se larga oficialmente la Quinta Temporada de 365 Comics por Año. Va a ser un placer compartirla con los que se quieran quedar un año más, haciendo el aguante del otro lado de mi monitor. ¡Feliz 2014 para todos!

lunes, 30 de diciembre de 2013

30/ 12: SWEET TOOTH Vol.5

No podía dejar que se terminara el año sin retomar esta serie, a la que tenía abandonada desde un ya lejano 25/08/12. Injusticia asboluta, porque (como todos los lectores de Sweet Tooth, creo) venía muy cebado con las intrigas y los cliffhangers malignos que nos había dejado Jeff Lemire en el tomo anterior.
Ya muy cerca del final (el próximo TPB es el último), Lemire dedica tres de los siete episodios de este tomo a contarnos una historia ambientada en el extremo norte de Norteamérica en 1911. Es una historia tensa, violenta, muy jodida... y además nos muestra cómo y por qué nace en ese momento un bebito con osamenta de ciervo, destinado además a transmitir una plaga que puede acabar con la humanidad toda. En ningún momento Lemire nos aclara que esto mismo sucedió casi 100 años después, cuando nació Gus. Pero la data está, los antecedentes ya existen. El canadiense le pone toda el alma a esta historia, como para que uno se enganche con personajes que no son los de siempre, y en vez de dibujarla él, se la sirve en bandeja a su amigo Matt Kindt. Y Kindt la dibuja así nomás, a los santos pedos, con un cuidado milimétrico en la narrativa y un “me chupa un huevo” absoluto en el dibujo y el color. La verdad que yo no esperaba una performance desbordante de elegancia y virtuosismo, como tampoco esperaba este dibujo tan básico, tan crudo, tan al filo del mamarracho.
Tan personal, tan visceral y tan al límite es lo de Kindt, que cuando das vuelta la página y arranca el arco dibujado por Lemire, parece que estuvieras leyendo un comic de... Phil Jimenez, o Mike Kaluta. Digo, en el contraste. No es que Lemire haya empezado de golpe a dibujar careta, respetando la anatomía clásica y demás. El canadiense se mantiene firme en su estilo despojado, a veces rústico, sumamente expresivo, en ese registro en el que rápidamente el dibujo pasa a un segundo plano para darle todo el protagonismo a la narrativa, que es perfecta. Lemire es un maestro a la hora de manipularnos mediante el armado de las secuencias. Logra ponernos nerviosos, hacernos sufrir, relajarnos, maravillarnos, esperanzarnos, shockearnos... Nos lleva y nos trae como a unos muñecos de trapo, fáciles de zangolotear.
El guión tiene su infaltable cuota de giros impredecibles, de momentos tremendos, de revelaciones impactantes y sobre todo de una constante sensación de peligro, que rara vez decae. Esta vez se desactiva el juego de la road movie: todo sucede en un radio de pocos kilómetros, siempre en torno al bunker al que accedieron los protagonistas en el tomo anterior. Y aún así, casi sin moverse de esa base, Lemire se las ingenia para –una vez más- sumar personajes interesantes y descartar a otros, que garpan más muertos que vivos. Lo único que no me cierra mucho es que en muy poco tiempo (van apenas 32 episodios) Gus pasó de nene a muchacho. Al principio, Lemire lo dibujaba como a un nene de 9 ó 10 años y ahora parece tener 13 ó 14. Me gustaba más cuando era más borreguito (diría un cura pedófilo).
Y así como Jeff Lemire no quiso estirar más de la cuenta esta obra maestra y decidió terminarla en el n° 40, yo elijo no estirar al pedo esta reseña. Lo más importante ya está dicho: Sweet Tooth avanza hacia su último tomo a un ritmo trepidante, sin desviarse nunca de ese rumbo inicial, marcado por la aventura al palo, la violencia, la mala leche y la forma siempre sorprendente de hilvanar las historias de un elenco de personajes complejo, variado y de enorme profundidad. Dentro de unos meses, llegará la hora de comprobar si el final está al nivel de las glorias acumuladas hasta el momento por esta gran serie.

domingo, 29 de diciembre de 2013

29/ 12: EL VIEJO

Una vez más, el blog le abre sus puertas a la producción de los otros países de Latinoamérica, esta vez con un comic uruguayo de particular interés porque está co-editado por un sello charrúa y uno argento, lo que lo hace fácil de conseguir de este lado del charco.
El libro reúne 30 historietas muy breves (la más larga tiene cuatro páginas), originalmente publicadas en Freeway, una revista de tendencias, moda y cultura que se distribuye en forma gratuita en bares, centros culturales y boliches de Montevideo. En ese espacio, apuntado básicamente a jóvenes con buen nivel de educación y de ingresos, el guionista Alceo dio vida a El Viejo, junto al dibujante Matías Bergara (a esta altura, un fetiche de este blog). El Viejo es un tipo que físicamente parece un sesentón, pero a partir de los años en los que ubica las anécdotas que narra, podemos deducir que en realidad anda por los cuarentaipico (como yo). También es un crítico inmisericorde, sin reparos a la hora de masacrar las obras de los artistas, aunque sean amigos suyos (como yo); prefiere escuchar música en su casa, a oscuras y poniendo discos, en lugar de padecer las incomodidades y la estupidez colectiva de los conciertos masivos (como yo); no conoce la nostalgia (como yo) y considera que el amor de pareja es un chamuyo insostenible (como yo). O sea que me identifiqué bastante con el personaje, a pesar de que Alceo se esfuerza para que nos caiga mal.
La gracia de la serie es esa: ver al Viejo hacer atrocidades, demostrar su total falta de códigos, su soberbia, su desprecio por los gustos y pasiones de los demás, su mala leche a prueba de balas... y que nos resulte divertido y hasta querible. Se trata de un comic de alta incorrección política, en la que este tipo extravagante, distante, elitista y cínico, es el héroe, es el capo, es el personaje al que casi todo le sale bien y al que los hechos (que obviamente responden a una lógica farsesca y no realista) le dan la razón. Además del humor cáustico, Alceo despliega un notable manejo del absurdo y un amplio abanico de referencias a la música, el futbol, el cine, la tele y los hábitos de consumo del presente y de los ´80, que es la época a la que volvemos cada vez que el Viejo protagoniza algún flashback. También hay guiños comiqueros limados (de Larguirucho y Condorito a Jean Grey y la fauna de las comiquerías) muy bien puestos.
Lo mejor que tiene Alceo (que logra los mejores resultados en las dos historietas que en vez de dos páginas tienen cuatro) es que es un guionista impredecible. Cuando ya leiste más de 20 historias de El Viejo, creés que ya tenés decodificada la fórmula, que ya no hay más sorpresas, y de algún modo Alceo te vuelve a sorprender y a descolocar, siempre desde su talento para el humor. Quiero leer más obras suyas. Ah, y además de las historias de El Viejo, el libro trae otras seis historias muy cortitas (también de dos páginas) en las que Alceo trabaja sin personajes fijos, y con referencias (y chistes muy crueles) más centrados en la temática cinéfila. Ahí también hay hallazgos, dibujados por Richard Ortiz, un muy correcto seguidor de los lineamientos estéticos del mainstream yanki.
En el resto del tomo (es decir, en todo el tramo protagonizado por el Viejo) tenemos a Bergara en un gran nivel. A veces, se lo ve trenzado en una dura lucha contra la cantidad de cuadros y la cantidad de texto que tiene que meter, pero casi siempre se disfruta de un Bergara a sus anchas, al que se le nota que la está pasando bien mientras dibuja las animaladas que escribe Alceo. El estilo del dibujante muta hacia la caricatura y se aleja bastante de lo que vimos en Dengue, Acto de Guerra o El Graf Spee. Acá hay más primeros planos y en cada uno de ellos Bergara sube mucho la apuesta en materia de expresividad, para acentuar los rasgos y la comicidad de los personajes y las situaciones. Cuando se le ocurren buenas ideas para zafar de dibujar fondos, las pone en práctica, y uno nunca siente que le están mezquinando algo en materia de dibujo. En parte porque hay un muy buen trabajo en el color, que es casualmente lo que a mí menos me cerraba de Dengue. Acá no sólo Matías colorea mucho mejor que en aquella novela gráfica (reseñada el 25/10/12) sino que en algunas historietas le habilita la paleta digital a su hermano Ismael, que es un verdadero virtuoso en este tema. No estaría mal que el próximo trabajo de Bergara a color estuviera 100% coloreado por su hermano.
Desde la siempre copada Montevideo, Alceo y Bergara me hicieron reir y hasta identificarme con un personaje nefasto, amargo, jodido, irredimible e irreivindicable. Si te gusta esa vertiente del humor sin barreras, o si seguís fielmente a este joven y talentoso dibujante uruguayo, no dejes de visitar a El Viejo. El año que viene, más Matías Bergara en el blog.

sábado, 28 de diciembre de 2013

28/ 12: ALL-STAR WESTERN Vol.1

Este es un título de los New 52 que no me generó la menor desconfianza porque, claro, era la continuación directa de Jonah Hex, la serie que más me interesaba de las que llegaron al momento del reboot. Sin embargo, al leerlo me encuentro con que, si bien la presencia de Justin Gray y Jimmy Palmiotti garantiza una continuidad con lo que a mí me gustaba, hay tres cambios muy notables.
El primero es casi cosmético: Jonah Hex, el cazarrecompensas más jodido del Oeste, ahora opera en el Este. Justo cuando la revista incorpora la palabra “western” a su nombre. Y no en cualquier ciudad. Ahora un Hex un poquito más maduro desensilla en una joven Gotham City, un dato que Gray y Palmiotti aprovecharán para vincular sutilmente a esta revista con las muchas series de Batman y demás justicieros de Gotham.
El segundo es más llamativo. En vez de tener a Jordi Bernet como dibujante principal y un amplio elenco de invitados rotativos, All-Star Western opta por un único dibujante, y así es como Moritat tiene que pisar el acelerador a fondo para cumplir con las entregas de los seis episodios que incluye este TPB. Moritat es una gran opción para dibujar esta seríe, porque es un estudioso de la obra de Jean Giraud, un referente definitivo para todo lo que sea comic de cowboys o cualquier otro comic ambientado en EEUU en la segunda mitad del Siglo XIX. La cagada es que, al ritmo de 20 páginas por mes, Moritat no llega a reproducir la magia de Giraud y termina por bajar su nivel, hasta hacerse casi irreconocible. Sobre el final no vemos ni por accidente los hallazgos que pela el dibujante en el primer episodio y si se hace tolerable es por la categoría que pela el colorista Gabriel Bautista, que entiende perfecto lo que Moritat está tratando de hacer, e incluso lo que no logra hacer por tener que dibujar a los pedos.
Y el tercer cambio es el más radical. Lo mejor que tenía la revista de Jonah Hex era que estaba compuesta casi exclusivamente por episodios autoconclusivos, historias breves, que en muchos casos podían leerse en cualquier orden y aún así entenderse sin ninguna dificultad. Bueno, eso quedó atrás. Ahora la revista nos invita a seguir una saga con un continuariola infinito, en la que cada arco o línea argumental empalma con otra, de modo que siempre haya cosas pendientes para que Hex resuelva en un futuro episodio. Esta vez, está todo bien estructurado. La llegada de Hex a Gotham, los primeros casos que le toca resolver, el vínculo con el Dr. Amadeus Arkham, la trama de corrupción que empieza a quedar expuesta... Ojalá los guionistas puedan bancar esta forma de narrar a lo largo de varios TPBs.
Por ahora, lo mejor es cómo se adapta Hex al nuevo entorno, cosa que Gray y Palmiotti utilizan para bajar una línea sutil acerca del progreso y sus costos para la gente común, que –en grotesco contraste con la “prosperidad” de la pujante Gotham- la pasa bastante mal. Y lo más choto es la pérdida del realismo. Veníamos bien, con un grim´n gritty denso, shockeante, lindo, y de pronto sobre el final, cuando Hex cae en lo que años más tarde será la Baticueva, nos encontramos con que se tiene que enfrentar a... un murciélago de más de tres metros de altura. Y encima le gana fácil. Esto en el Oeste no pasaba....
El TPB incluye también los back-ups de All-Star Western, que son dos, ambos escritos por Gray y Palmiotti. Por un lado, una nueva versión de El Diablo que no me interesó en lo más mínimo, y que se salva por los dibujos del maestro Bernet, que no podía faltar. Y por el otro, un personaje nuevo, Barbary Ghost, una chica oriental que va a impartir justicia en San Francisco. Sin ser una genialidad, esta tiene un guión clásico y muy sólido, mientras que Phil Winslade cumple muy decorosamente en la faz gráfica, incluso sin dejar el 100% de lo que puede hacer este virtuoso británico.
En síntesis, All-Star Western se parece poco a la revista de Jonah Hex, pero por ahora está muy interesante, por momentos muy bien dibujada, y -lo más importante- sigue fiel a la esencia truculenta y perturbadora que Jimmy Palmiotti y Justin Gray supieron imprimirle a la caripela más fulera del Oeste.

viernes, 27 de diciembre de 2013

27/ 12: THIRTEEN

Vamos por más cero comments. Hoy, la recorrida por la historieta europea me lleva a Inglaterra, al año 2002, cuando el maestro Mike Carey aprovecha el bachecito entre Lucifer y Hellblazer para mandarse una saga de ciencia-ficción para la revista 2000 A.D.. Si dentro de la bibliografía de Carey parecía que Inferno (reseñada el 11/08/13) era una rareza, Thirteen es una bizarreada hecha y derecha.
Esta es una saga de un poquito más de 80 páginas, en la que Carey plantea una aventura al palo, a todo o nada, con mucho ritmo y muchísima acción, en un estilo medio hollywoodense, con el impacto como principal objetivo. Todo gira en torno a Joe Bulmer, un punga, un malviviente de la B Metropolitana, con un leve poder telekinético. Al principio de la historia, Joe entra en contacto con una misteriosa bolita que amplifica groseramente sus poderes, y ahí empiezan sus problemas. Porque claro, esa bolita no cayó en sus manos porque sí, si no que tiene que ver con una intrincada trama que involucra no a una, sino a dos razas alienígenas que están ocultas entre los humanos.
Dentro de un contexto estridente y pochoclero, Carey se las va a ingeniar para darle mucha onda y bastante profundidad a Joe y a Daksha, otra chica con poderes psíquicos que lo va a ayudar. También encuentra espacio para lucirse con los diálogos (con muy buenos chistes, generalmente subidos de tono) y para pegarle un sacudón potente e impredecible a la trama, cuando faltan diez páginas para el final. Por supuesto los buenos zafan de peligros medio imposibles, los malos se mandan cagadas medio inexplicables, o tienen muy mala suerte... no esperes un gran cuidado por conservar algún tipo de verosímil, porque está claro que esa no es la prioridad. La gracia es vibrar al ritmo de una historia trepidante, que no da tregua y en la que a Joe y Daksha le pasan un montón de cosas grossas. Si la encarás por ese lado, sin mayores pretensiones, seguro te vas a divertir un buen rato.
Ahora, si no te interesan en lo más mínimo las aventuras de un margineta con poderes, ni te divierte ver cómo la Londres del presente es invadida por bichos, naves y armas futuristas, igualmente Thirteen te puede llegar a atrapar por el lado del dibujo. Esto está todo dibujado por Andy Clarke (lo vimos en un TPB de Batman & Robin el 31/10/12) en un nivel altísimo. Clarke es un dibujante de estilo realista al que le encanta meter un montón de rayitas mínimas, esas que metía todo el tiempo Travis Charest para que se notaran menos sus afanos a Jim Lee, o las que metía Doug Mahnke cuando buscaba lucirse en algún trabajo puntual. La anatomía de Clarke no es ni tan grotesca como la de Mahnke ni tan fría como la de Charest. El inglés, así de virtuoso y puntilloso como lo vemos, se esfuerza por darle mucha plasticidad a los cuerpos, mucha expresividad a las caras (cosa que no se veía en su arco de Batman & Robin) y el resto, es todo bonus track. Sus monstruos son tremendos, los fondos están donde tienen que estar, invariablemente bien trabajados, sus armas y máquinas están perfectas (yo lo pondría de una a dibujar una saguita de Iron Man) y –por si faltara algo- la narrativa está muy cuidada. El color de Chris Blythe apuntala con criterio el laburo de Clarke y –a tono con la espectacularidad del guión- detona en casi todas las secuencias una pirotecnia de efectos digitales muy impactantes pero finolis.
Esto está editado en EEUU por DC, en la época en la que co-producía álbumes con la 2000 A.D., así que no debe ser tan difícil de conseguir. Y está bueno para leer a Mike Carey en una obra más distendida, menos pretenciosa, más pensada para entretener al lector que para cambiarle la vida. O para deleitarse con el gran laburo de Andy Clarke, un dibujante a tener muy en cuenta por los fans del dibujo académico-realista.